Villacreces, un pueblo deshabitado desde hace tres décadas, recibe a los visitantes en los confines del norte de la provincia de Valladolid.

Desde Villalón de Campos se llega hasta la palentina Villada y atravesando Pozuelos del Rey,  al final de una carretera recién construida, se dibuja un paraje que impresiona sobremanera: un pueblo vacío, marrón de abobes,  ruinas recortadas sobre un horizonte casi infinito, quietud extrema, soledad absoluta, silencio.

Villacreces se ha constituido en un yacimiento de adobes: por todas partes  viviendas y tapiales corraleros  se han ido viniendo abajo. El barro y paja  que alguna vez abrigó a las gentes que  habitaban las casas se ha fundido con la tierra. No obstante, las fachadas y  paredes que resisten el paso del tiempo sin derrumbarse producen la apariencia de mantener, aún, el trazado de las calles.

“Los últimos habitantes se marcharon a Villada. Quienes vivan aún serán nonagenarios.  No había agua corriente en las casas, el agua la cogían de pozos y de la fuente”, comenta Santiago Baeza, alcalde de Santervás de Campos, municipio al que se agregó  Villacreces: oficialmente desapareció por completo como municipio. Ahora, ni un mal letrero de carretera indica la dirección de Villacreces.

Es un caserío de pequeña extensión, pero su recorrido da mucho de si. Todavía hay multitud de restos que dan fe de la vida que alguna vez tuvo. Un paseo atento por entre las casas ofrecerá objetos variopintos: un SEAT 600 abandonado, máquinas aventadoras inservibles, brocales de pozo, alguna pequeña rueda de molino, gastadas vigas de madera, restos de persianas y otros objetos domésticos,  una puerta que aún crea la ilusión de cerrar el acceso a una casa, las tripas de un palomar, algún huerto, unos almendros. En fin, testimonios de quienes antes habitaba  sus casas, recorrían las calles, cuidaban las bodegas y atendían los corrales que, de todas formas, se llevaron consigo cuanto de valor y utilidad pudieron.

Sólo una construcción se mantiene enteramente en pie: la torre mudéjar del siglo XVI. Cuadrada y de cinco cuerpos, abre en su parte más alta los arcos de medio punto donde se alojaban las campanas. Y, muy común en las construcciones mudéjares, se pueden apreciar a lo largo de toda la torre los agujeros en los que se instalaban los andamios que facilitaban su construcción. Mechinales, se llaman estos orificios. Recientemente unos desalmados han robado la última campana que quedaba. Ahora, la torre es morada de búhos y palomas, y no es nada aconsejable aventurarse a subir por sus escaleras de madera, muy podrida ya. Próxima a la torre, también se mantiene en pie la fachada de la iglesia que se reconstruyó en los años 50.

Al final del pueblo hay  muchas  bodegas cuyas entradas se han ido cegando con la tierra de las bóvedas que se van viniendo abajo. Es un lugar donde no se debe  caminar fuera de los senderos marcados, pues son numerosos los agujeros que se han ido abriendo, así como por el mal estado de las techumbres antes consolidadas con vigas de madera.

Y a las afueras del pueblo, un oasis en medio de Tierra de Campos. Eso parece la chopera y la profusa  vegetación que medran junto a las orillas de un riachuelo y una fuente de abundantes aguas. Un puentecillo salva el riachuelo y dos grandes pilones rebosantes de agua encharcan todo el entorno, verde, sombrado. Un lugar muy atractivo en verano al que suelen venir gentes de los pueblos de alrededor.

Villacreces es un municipio antiguo. Su historia se remonta al siglo XI y sus pastos han sido codiciados. Pastores de Quintanilla que traían aquí sus rebaños  en el XVI pleitearon con Peñafiel por el uso de los pastos. Acabó siendo tierra de Peñafiel. Fue villa  en el XVIII. El valor de su trigo llegó a ser  referencia en la comarca. Unas 44 casas tenía a mediados del XIX. Con 230 habitantes comenzó el siglo veinte y mantuvo una escuela mixta hasta los años sesenta.

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2 comentarios en “UN DESPOBLADO EN TIERRA DE CAMPOS

  1. Te ha faltado apuntar algo sobre el cementerio que al lado de las bodegas acogía a sus difuntos. Conocí a un hombre que habitó en ese municipio, posiblemente haya muerto ya. Yo trabajé como guarda de campo en sus tierras cuando ya estaba despoblado. Muy buena el agua de su fuente y refrescante en verano.
    Me ha gustado especialmente el último párrafo de tu texto. No sabía que había llegado a pertenecer a Peñafiel y que estuviese ten valorado su grano en aquellos tiempos.

    Un saludo.

    • Amigo, ese lugar es realmente paradójico. La primera vez que estuve allí, hace como 15 años, apenas se llegaba por un ancho camino que cruzaba a nivel las vías del tren. Todavía quedaba en activo la nave de un pastor que iba todos los días a cuidar de su ganado.. Ahora, tiene una hermosa carretera y un viaducto que salva las vías del tren… cuando ya no queda ni el pastor.
      Ya ves, para su despoblamiento mucho tuvo que ver la falta de buenas comunicaciones, y ahora que no hay nadie, tiene una buena carretera.

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