EL PUENTE DE LOS ROMANOS

EL PUENTE DE BECILLA ES EL MÁS IMPORTANTE DE LA INGENIERÍA ROMANA EN VALLADOLID

El sol de membrillo que anuncia el invierno y hace cristalina la atmósfera, crea una luminosidad inédita en el resto del año. Estas condiciones son inmejorables para hacer una “descubierta” por los confines de Tierra de Campos, modulados con elegancia por tesos apenas perceptibles.

De entre diversos destinos hay uno que, sin duda, bien merece la pena: la calzada y puente romano de Becilla de Valderaduey. Está Becilla en medio de una tierra antigua y casi ignota: territorio de vacceos, asentamiento de romanos, escenario de disputas fronterizas entre los señores de los reinos de León y de Castilla. Guerras y batallas que han hecho que en los pueblos terracampinos las casas se aprieten entre sí, bien agrupadas, encaramadas a una loma en algunos casos, con restos de fortificaciones y que, por tanto, apenas ofrezcan construcciones desparramadas fuera de sus límites urbanos, sólo algún chozo, caseto, guardaviñas, o un palomar asoma entre lomas y tesos.

Presume con razón Becilla de tener el único resto de verdadera calzada romana, pues de todo lo que por ahí se suele atribuir a la misma época no son sino restos medievales, puentes incluidos que, acaso, sí, se hayan consolidado sobre antiguos restos romanos.

Efectivamente, el puente de 30 metros y la calzada, de unos 350, son una muestra visible y visitable de la presencia romana en el municipio, en el que se han encontrado otros vestigios tales como mosaicos, algún busto de mármol y monedas. Esto demuestra que Becilla fue villa principal del Imperio. Recientes investigaciones apuntan a que la calzada pertenece al itinerario que unía Astorga con Zaragoza, la llamada Vía 27.

Tiene el puente de Becilla tres vanos sobre el cauce del Valderaduey, y tres aliviaderos bajo la calzada: una losa de hormigón sobre el pavimento los delata. Y los dos gruesos pilares que sustentan el puente muestran los correspondientes tajamares que se enfrentan al río cortando el empuje terco de sus aguas. “Al puente le faltan algunas piedras de sus petriles”, comenta un paisano, “se las ha llevado la riada, las dos riadas que hubo casi seguidas hace pocos años”, y se queja, “es que no se limpia el cauce y los troncos taponan los ojos, por lo que el agua salta por encima”.

No son el puente y la calzada ningún yacimiento arqueológico que esté protegido por una valla o tapado por la propia tierra para, de cualquiera de estas maneras evitar expolios. No, el puente y la calzada son lugar habitual de paseo, por eso, un enorme cartelón a cada lado de la calzada advierte de que puede caer el peso de la Ley contra quién causare algún daño a piedras y construcciones tan expuestas. El puente es un buen principio (podría ser, en realidad, destino único para un viaje) para buscar otra referencia en el municipio.

Frente a la plaza, pasada la carretera y pueblo arriba, por la calle Nueva, que discurre entre casas de adobe, ladrillo, enfoscado o loseta, nos podemos acercar hasta unos jardincillos que decoran la plaza en la que se erige la iglesia de San Miguel (una de las dos que hay) que, según expertos, es de los edificios mudéjares más interesantes de la zona. Se trata de un edificio de XVI y torre del XVII que en su techumbre artesonada muestra una estimable decoración. Y no es poco mérito presumir de un edificio mudéjar notable en una comarca, como la de Tierra de Campos, que tal vez contabiliza la mitad del mudéjar de toda la provincia.

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