LAS CRUCES DEL SIGLO

En cierta ocasión, visitando Piñel de Abajo, me indicaron la existencia de una gran cruz en la cima de Carracuriel, un monte que alcanza los 859 metros de altitud y a cuya cima se puede llegar no sin algún esfuerzo para salvar los 60 metros de desnivel desde el caserío del pueblo. “Como la cruz del siglo la conocemos aquí, pues se puso al empezar el siglo XX” me comentaron. Y no supieron darme más explicación por los motivos que llevaron a las gentes de entonces, sus abuelos, a tomar tal decisión: la cruz es grande y el empeño debió exigir cierta dosis de trabajo.

Son muchas las cruces que se alzan en las principales alturas de muchos municipios vallisoletanos, tal como ocurre en toda España. Esto puede obedecer a distintos motivos. Las personas siempre tuvimos cierta obsesión por dejar constancia del dominio del entorno y en una sociedad católica, como tradicionalmente fue la española (por decisión y también por imposición), que mejor constancia y símbolo que la cruz cristiana, habida cuenta de la crucifixión de Jesús en el monte Carmelo.

Pero transcurrido cierto tiempo observé que ciertamente eran muy numerosos los picos en los que se alzan cruces que, por otro lado,  parece que su antigüedad no fuera exagerada, por lo que presentí que probablemente hubo una cierta coincidencia, o una especie de hora cero en la que comenzaron a encaramarse cruces en las cimas de montes y montañas.

Probablemente esta segunda intuición no explique todos los casos, a lo mejor ni siquiera la mayoría, pero llegó un momento en que el término cruz del siglo lo escuché en un par de conversaciones, por lo que a poco que me puse a indagar llegué a cierta conclusión que explica en parte la presencia de la cruz en Piñel de Abajo y, seguramente, en más municipios.

Y no es otra que la recomendación que en 1899 hizo el Papa León XIII para que en los lugares más elevados de las poblaciones se levantara el símbolo de cristiandad con el que recibir y conmemorar la llegada del siglo XX. Una fecha sin duda simbólica y, también, como es práctica común en todas las religiones, se trataba de aprovechar esa efeméride ¡nada más y menos que el siglo XX! para dejar constancia de la omnipresencia doctrinal. Y para tal fin parece que aquella aparente simple recomendación fue acompañada de una orden para que se constituyeran comisiones pastorales que velaran por el impulso de tal consejo. Hay quien suscribe que aquel impulso papal obedeció a un firme deseo que dejar constancia de que la religión no tenía que estar reñida con las ciencias y las técnicas modernas que, sin duda, estaban teniendo un gran desarrollo en el tránsito del siglo XIX al XX. Pero, sobre todo, debía quedar claro que la ciencia estaba muy bien, pero que, en última instancia, la religión se encargaría de reconducir las “desviaciones” de los hombres de ciencia.

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