UN VALLE ENTRE TIERRA DE CAMPOS Y TOROZOS

De nuevo vamos a recorrer un tramo del antiguo trazado del tren burra. Unos tres kilómetros que “vuelan” sobre el caserío de Valverde de Campos que se levanta en un valle  que desde Tierra de Campos penetra en Torozos.

Este tramo no está acondicionado como vía verde, tal como sí ocurre con el de Zaratán y con el que une Cuenca de Campos con Villalón. Acaso por esto pueda parecer, incluso, más interesante y agreste.

Si arrancamos desde el primer puente que se ofrece a la izquierda, viniendo desde Rioseco, pronto llegaremos a una semiderruida estación escoltada por unos cipreses. La verdad es que el ambiente produce tanta melancolía como rabia por haber permitido que se este edificio se eche a perder irremediablemente.

El paseo, tan pegado a la ladera de Torozos, permite apreciar con mucho detalle una de las formaciones geológicas más características de Valladolid: las cárcavas. Unas profundas hendiduras que las torrenteras de agua van abriendo  en las blandas calizas y areniscas de los cerros y elevaciones de la provincia.

Apenas perceptibles cuando se pasea por el mismo trayecto que el tren, sin embargo son varios los puentes y pontones de piedra bien labrada que se van salvando según nos aproximamos hacia la carretera de León, que será el punto de retorno, aunque esta vez lo haremos por el valle para poder ver con detalle las citadas construcciones ferroviarias. Este valle lo tomaremos a escasos metros de la carretera.

Mientras tanto, volvamos a la vista sobre Valverde, que destaca tanto por su iglesia como por una enorme finca vallada con piedra en cuyo rincón se levanta un noble edificio. Se trata de una casa-palacio bastante descuidada que tiene su origen en el siglo XVI pero  que su aspecto actual se debe al marqués de Monreal, que se hizo con la finca en el XVIII.

Y antes de dejar definitivamente a nuestra espalda el casco urbano, en la cuesta de los Moros destacan los cimientos  de una fortificación. Pasa por ser lo que queda de un castillo o alcazarejo que, desde luego,  debió tener buenas dimensiones.

Poco antes de concluir el trazado del tren burra, que en algunos tramos discurre casi en trinchera, observaremos  una pequeña construcción muy pegada a la ladera caliza de Torozos. Se trata de una fuente manantial (sin agua) que presenta una ingeniosa construcción para recoger el agua que en sus días brotaría casi ya en el páramo (es encomiable la necesidad de aprovechar todas las oportunidades para captar agua que, en general, hay en todos los municipios vallisoletanos).

El retorno por el valle, muy atentos a las construcciones ferroviarias que se van manifestando a nuestra derecha, es un agradable paseo que explica el nombre el municipio: valle verde. El arroyo de los Coruñeses, aunque modesto,  aporta la  suficiente humedad que  permite el crecimiento de varios bosquecillos  de chopos.

Atravesar  el caserío de Villaverde  es buena ocasión para apreciar como la ubicación del municipio delata el encuentro entre la piedra caliza de Torozos y el adobe terracampino, tal como se pone de manifiesto en muchas de las más añejas construcciones del municipio.

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