UN PASEO DIFERENTE POR EL CAMPO GRANDE

En  el Campo Grande está la mayor parte de las esculturas más antiguas de Valladolid, pero es que, además, recordaremos a  unos cuantos personajes destacados de la historia vallisoletana.

Al menos, que haya llegado hasta nuestros días, no son muchas las esculturas que se erigieron en Valladolid hasta la década de los ochenta del siglo XX (no obstante sabemos de algunas fuentes profusamente adornadas en el desaparecido palacio de la Ribera -cuyos restos se pueden ver frente a la actual playa de las Moreras-).  Y más concretamente hasta 1900 no se levantaron más que media docena, sin contar con algunos bajorrelieves que se instalaron en las fachadas de las casas de personajes ilustres: Cervantes, Colón y Zorrilla.

Cierto es que tenemos noticias de otras esculturas que hubo en el Campo Grande entre los años 1829 y 1835, que más adelante comentaremos.

La única escultura que hay del año 1900 es la del monumento a Zorrilla, en la plaza que lleva su nombre, y la más antigua es del año 1835: un Neptuno tallado en piedra que se halla en una islita próxima a la zona de juegos infantiles contigua al paseo de Zorrilla.

En fin, lo mejor es que vayamos paseando por todas estas esculturas: una forma diferente de ver el afamado y agradable Campo Grande.

 

Archiconocida es la escultura de José Zorrilla. El resultado final de este monumento que preside la entrada al Campo Grande es la conjunción de una propuesta municipal por rendir homenaje al poeta y dramaturgo, y la iniciativa popular del Ateneo de Madrid por erigir una escultura dedicada al más afamado de los escritores españoles de su época. Fechada en 1900, su autor es Aurelio Rodríguez Vicente Carretero (el mismo de la escultura del Conde Ansúrez de la Plaza Mayor): el vate declama y la alegoría de la Poesía escucha.

 

Al fondo de este paseo de Coches del Campo Grande está el monumento a Colón: de Antonio Susillo, se inauguró en el año 1905. Es, sin duda, la  escultura más grande de Valladolid. Los avatares de su instalación en Valladolid son interesantes: proyectada para erigirse en La Habana, llegada la independencia de aquella isla tanto Madrid como Sevilla pugnaron por recibir la escultura,  más el que Valladolid fuera el lugar de la muerte y primer entierro del descubridor parece que inclinó la balanza en favor de nuestra ciudad. El grupo escultórico está coronado por el almirante Colón y la representación de la Fe: cruz en una mano, cáliz en la otra y velo cubriéndole el rostro.

 

En este mismo paseo del jardín está la escultura que homenajea a Vicente Escudero. Su autora es Belén González Díaz y se erigió en 1995. Vicente Escudero (1888-1980), hijo de un humilde zapatero, fue grande entre los grandes del flamenco, no solo por su arte en el baile,  sino por su  enorme erudición sobre el mundo del flamenco.

 

Una detrás de la Oficina de Turismo,  y otra cerca del monumento a Colón, hay sendas figuras que representan a una muchacha contemplando un caracol, la primera; y un amable oso polar, la segunda. Se instalaron hacia 1968 y son las dos únicas esculturas  de las doce que llegó a haber en el Campo Grande  del autor salmantino Agustín Casillas Osado.

 

Nos aprestamos a recorrer el paseo del Príncipe comenzando por la plaza de Zorrilla, pero antes de entrar en el paseo hemos de fijarnos en un panel que resume la historia de la plaza, realizada por el artista Miguel Ángel Soria.

 

Nos recibe a la derecha del paseo el homenaje a los fotógrafos Marcelino Muñoz y su hijo  Vicente,  de Eduardo Cuadrado (1994). Años 50-60: se les conocía como minuteros, pues revelaban la foto en unos minutos sin tener que acudir a un laboratorio. El Campo Grande y la plaza Zorrilla eran lugares a los  que antes de popularizarse las cámaras de fotos,  una veintena de fotógrafos de Valladolid acudían domingos y festivos para retratar a soldados, novios y familias. Unos, como la saga Cabezas (Martín, Manolo y Cristóbal -Cholo-),  llevaban la fotografía en unos días a  casa;  otros, como los Muñoz, te la entregaban al momento.

 

A nuestra izquierda, el busto de poeta Leopoldo Cano (1844-1934), miembro de la Real Academia de la Lengua, se le asigna al realismo. La escultura es de 1936 y está realizado por Juan José Moreno Llebra.

 

Al otro lado del paseo, frente a Cano, y un tanto escondida, está el busto de la escritora Rosa Chacel (1898-1994). Su autor es Francisco Barón y se instaló en 1988, año en el que Valladolid le tributó un gran homenaje con motivo de cumplir sus 90 años.

 

Y desde este punto buscaremos en una isleta próxima a la zona de juegos infantiles colindante con el Paseo de Zorrilla, la imagen de Neptuno. Esta escultura es la más antigua que se conserva en Valladolid: 1835. Formaba parte de un trío de figuras que decoraron el paseo de Coches del Campo Grande: representaciones de Neptuno, Venus y Mercurio. Por cierto, muchas críticas se levantaron entre opinión pública y prensa por  los senos desnudos de Venus. Por sucesivas remodelaciones, primero se quitó la de Venus (otros dicen de La Abundancia),  y en 1878 las de Mercurio (que ha desaparecido también) y la Neptuno, que  volvió a instalarse en el Campo Grande en la década de 1930.

 

Si nos acercamos hasta el lago veremos una placa que homenajea al famos0 Catarro, el barquero que durante años paseo a niños y mayores por este lugar emblemático de Valladolid. Su autor es el escultor es Luis Santiago Pardo (autor, entre otras esculturas, de la Rosa Chacel de la plaza del Poniente).

 

La famosa Pérgola está presidida por la Fuente del Cisne, realizado por Gonzalo Bayón, su primer emplazamiento fue la plaza del Poniente, en 1887. Esta fuente en realidad se construyó para abastecimiento de agua a la población traída mediante una canalización desde un manantial que nacía al pie de la fábrica de harinas la Perla, al otro lado del Pisuerga en el barrio de la Victoria. Hasta que a los pocos años dejó de prestar servicio y pasó a ser decorativa en el Campo  Grande (corría el año de 1892). Curiosa fue la polémica entre los concejales del Ayuntamiento sobre si las figuras femeninas  (náyades o ninfas) debían tener el color carnal del barro o el verde que algo disimulaba su desnudez. En fin, cosas de la pacatería de aquella época.

 

Entre el paseo del Príncipe y la famosa pajarera, está  la Glorieta del Libro, un lugar recatado y tranquilo que acoge una fuente de la que no mana agua, rematada por una escultura que es un sencillo monumento a la lectura: “Niño y libro”, se titula. Se instaló con motivo del VII Congreso Nacional de Libreros celebrado en Valladolid en 1980.  Se inauguró el día 30 de julio y su autor es Manuel García Vázquez, que firma como Buciños por el municipio donde nació este escultor gallego.

 

Muy cerca de esta Glorieta está el busto en bronce  de Miguel Íscar (1828-1880) que fue alcalde de Valladolid entre 1877 y 1880. De breve mandato,  sin embargo fue enorme su contribución a la ciudad: entre otras, impulsar el Campo Grande que ahora conocemos. Temerario sería  resumir aquí su huella en la ciudad y la historia del Campo Grande. El autor de la escultura es Aurelio Rodríguez Carretero y se instaló en 1907.

 

Y la fuente de la Fama. Erigida en 1883 en homenaje a  Miguel Íscar.  El pedestal y estanque son de Antonio Iturralde y la escultura de Mariano Chicote. Es preciso advertir que la fuente no está coronada por un ángel (aunque tenga alas), sino por una diosa de la mitología griega y romana: la Fama (de ahí el nombre de la fuente). Es decir, la mujer alada que pregona y difunde, algo así como una voz pública que da a conocer las virtudes de  alguien.  La inauguración de la fuente (construida por suscripción popular) fue uno de los grandes acontecimientos de la historia doméstica de Valladolid. En 2010 se hizo una rehabilitación de la fuente, retirando la escultura de bronce original (deteriorada por el agua) y sustituida por una réplica llevada a cabo por el escultor y ceramista Andrés Coello.

 

En un apartado de la zona de la fuente de la Fama está la escultura que recuerda a Núñez de Arce (1832-1903). Realizada por Emiliano Barral en 1932. Núñez de Arce, además de escritor fue gobernador civil de Barcelona, diputado, ministro y académico de la lengua.

 

Este paseo por las esculturas del Campo Grande no puede finalizar sin fijarnos en los leones que decoran la puerta del Príncipe  (en honor del que fue Alfonso XII) que mira hacia el Arco de Ladrillo. Una rehabilitación llevada a cabo en 1998 incluyó la reposición de los leones que la coronan, realizada por el escultor en piedra, y reconocido restaurador, Rodrigo de la Torre Martín-Romo, con taller en Valladolid. Esta puerta conoció diversos avatares y cambios de ubicación: en 1846 se aprobó su construcción y hemos de llegar hasta 1894 para que tuviera una ubicación definitiva. Parece que en su origen estuvo coronada por unos leones realizados por el escultor Fernández de la Oliva (el autor del Cervantes de la plaza de la Universidad).

 

 

Hay dos esculturas que aunque no están propiamente en el Campo Grande, no deben pasar desapercibidas para el paseante. Se trata del bajorelieve que indica la casa (Acera Recoletos, 12) donde nació el escritor Miguel Delibes (1920-2010): se debe a la Fundición Capa, una empresa radicada en Madrid que ha reproducido esculturas de la mayoría de los escultores contemporáneos, además de realizar obra propia. Y el grupo escultórico  de los Héroes de Alcántara (una unidad de caballería creada en el siglo XVII), frente la Academia de Caballería: obra de Mariano Benlliure e instalada en 1931.

 

NOTA: Entre la bibliografía,  archivos y hemeroteca consultados, hay un par de  libros destacados:  “Escultura pública en la ciudad de Valladolid”, escrito por José Luis Cano de Gardoqui García; y  el libro de María Antonia Fernández del Hoyo publicado con el título  “Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande de Valladolid”.  Y la revista Atticus publicó en su tirada de diciembre de 2010 un detallado artículo sobre el grupo escultórico de Colón.

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4 comentarios en “UN PASEO DIFERENTE POR EL CAMPO GRANDE

  1. Comentas que por exceso de pacatería (palabro este de uso poco frecuente) hubo gran polémica sobre “si las figuras femeninas (náyades o ninfas) debían tener el color carnal del barro o el verde que algo disimulaba su desnudez”. Estamos hablando de la fuente de finales del XIX y también comentas el escándalo de los los senos desnudos de Venus de la escultura más antigua de Valladolid (1835).
    Esto me hace recordar la historia de la célebre escultura de Don Purpurino retirado de Fuente Dorada en los años 40 por idénticas razones de “pacateria” y que fue a dar con sus huesos (lease piedras) a Tamariz de Campos.
    Pero esto es otra historia que quizás algún día nos comentes.
    Un abrazo

    • Sí, Enrique, lo del Purpurino también tuvo su miga. Respecto a la palabra pacato, me gusta manejar término, efectivamente, un tanto en desuso, pero que definen perfectamente lo que quiero decir. Creo que estamos empobreciendo mucho el lenguaje y perdiendo palabras casi perfectas. Te pongo un ejemplo: retrete. Busca cuantas palabras y sinónimos tratan de sustituir esta perfecto lugar en el que evacuamos nuestras necesidades: ¿W.C.? ¿servicio?, ¿lavabos?…. Un saludo.

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