LA PREMONICIÓN DE LA LECHUZA Y OTRAS LEYENDAS

Hay lugares por los que seguramente pasamos a diario, u objetos cotidianos cerca de nosotros que, sin embargo, guardan una secreta historia: leyenda en muchos casos  y realidad en otros, sobrecogen cuando se conocen.  Pues bien, vamos a recorrer algunos de estos lugares  que esconden un relato fantástico… ¡que a veces fue verdad!…

En una de las salas del Museo de Valladolid (Plaza  de Fabio Nelli) se muestra un sillón de cuero pespunteado con artísticos clavos  y primorosamente decorado.

De la existencia de  este sillón se tiene noticia hace poco más de cien años. Estaba sujeto en lo alto de la pared de la sacristía de la Universidad con fuertes abrazaderas de hierro, de tal manera que  no pudiera descolgarse, y bocabajo, lo  que hacía imposible pretender sentarse en el sillón.

¿Por qué  aquella extraña colocación?  La primera persona que hace más de un siglo preguntó por aquello recibió la siguiente respuesta: “Es el Sillón del Diablo y tiene una leyenda de terror”.

Mediado el siglo XVI había en Valladolid un afamado médico que realizaba notables curaciones. Andrés de Proaza se llamaba y por sus venas corría sangre  mora y judía. En la calle Esgueva vivía, cuyas traseras, lamidas por el cauce de la Esgueva,  daban a la actual calle Solanilla.

Se murmuraba que era nigromante y que en el sótano de aquella casa practicaba hechicerías. Por la noche se oían gemidos y en el cauce del río flotaban cuágulos de sangre.

La alarma producida en el barrio por la desaparición de un niño llevó a los alguaciles a entrar en su vivienda… y, horrorizados,  allí encontraron  los restos de la criatura,  que había sido diseccionado en vivo, tal como terminó confesando el médico.

Procesado por el Tribunal Universitario, fue hallado culpable y condenado a morir  ahorcado en la plaza pública.

Las autoridades universitarias intentaron vender los bienes de aquel malvado, pero nadie quiso comprar nada que hubiera pertenecido a semejantes monstruo.

Es el caso que la Universidad se quedó, entre otros objetos, con un elegante sillón de piel, el que ahora luce en el Museo. Un sillón que, según había relatado antes el propio Andrés de Proaza, tenía poderes sobrenaturales para la curación de enfermedades, pero que aquel que en él se sentara por tres veces, no siendo médico moriría; y también moriría quien intentara destruirlo.

La Universidad lo guardó en un trastero, pero lo recuperó un bedel para sentarse en espera de clase y clase… hasta que el tercer día lo encontraron muerto recostado sobre el sillón. Y aquel mismo triste destino le alcanzó al bedel que sustituyó al fallecido anteriormente.

Hechas algunas indagaciones, se recordó lo que el nigromante asesino había relatado. Así que las autoridades universitarias decidieron colgarlo bocabajo en la sacristía de la Universidad, tal como se ha contado al principio de este relato.

Y ahí está… luciendo en el Museo de Valladolid. El historiador Anastasio Rojo Vega, acaso el mayor experto en estos temas, dejó escrito que tras muchas investigaciones, el tal Proaza no existió.  Pero cierto es que, salvo alguna conjetura, nada se sabe con seguridad acerca de a quién perteneció este diabólico sillón de cuero.

Por si acaso, aviso al visitante,  mejor ni siquiera rozar el sillón del Diablo del Museo de Valladolid.

 

Los moros… las moras.  ¡Cuántos lugares de nuestra geografía se conocen con el término de mora o moro!: ¿para referirse a algo muy antiguo? … ¿para designar un lugar maléfico?… Tratados y enciclopedias podrían escribirse al respecto. Nosotros aquí lo dejaremos en algo mucho más sencillo.

En el pueblo de Sieteiglesias de Trabancos hay una fuente llamada de la Mora. Se trata de una de esas fuentes apartadas del municipio que incluso algunos lugareños la atribuyen un  origen romano ¡cuántas fuentes romanas parece haber en nuestra provincia! En su frontispicio de acceso figura la fecha de 1862, que seguramente obedecerá a una reconstrucción de la misma aprovechando un manantial natural que mana de la ladera en la que se encuentra la fuente.

Esta fuente está como a un kilómetro de distancia del casco urbano y dispone de dos túneles (a derecha e izquierda): de buenas aguas, dicen, es uno de ellos; de aguas más duras el otro.

Incluso se le atribuyen propiedades curativas,  y hasta ella llegó a beber sus aguas Isabel la Católica cuentan algunas gentes del municipio, tal como relata Margarita Álvarez, que ha escrito la historia de Sieteiglesias. Pero…

… una mora habita en su interior, en unos túneles que ¿se juntan o no?… que  cuando el sol se ponía,  de ellos salía  a peinarse con peine de plata.

Una leyenda que así se contó en el  pregón de las fiestas de San Pelayo de 2008, que se celebran cada 25 de junio: “La leyenda más famosa/ que vamos a interpretar/ es la fuente de la mora/ que queremos resaltar/… Y relata la Mora en primera persona:  Desde la mudéjar fuente/ vuestra sed habéis saciado/ en mis pasadizos os he curado/ bebiendo el agua corriente./ La reina Isabel/ a mí vino en ocasiones/ para saciar su sed/ sin cobrarle comisiones./ Por las noches perdidos/ no andéis por los caminos/ que sabéis por conocidos/ la maldad de mis hechizos./ La fuente vigilo/ cerca de mi morada/ peinándome en sigilo/ con peine de plata./ Si bebes agua cristalina/ procurar hacerlo de día/ pero cuídate de visitar/ la fuente en la oscuridad”.

Estos ripios no nos dicen sino que al caer la noche, ningún varón prudente debe acercarse a la fuente, pues la mora los encandila y, un vez hechizados, se los lleva al fondo de la oscura galería, de donde ya nunca jamás saldrán…

… Pero todo esto ha sido relatado en pretérito, ¿y quién nos asegura que esta estas leyenda no es una realidad en tiempos actuales? En cualquier caso, al atardecer no es buena idea acercarse a ninguna fuente de la mora.

 

Ya es asunto de viejos recuerdos entre las comadres de Santa Clara, ese antiguo enclave vallisoletano que absorbieron los nuevos barrios de Rondilla y Hospital nacidos al calor del desarrollo del Valladolid industrial de la década de 1960.

“¡Me he cruzado con la mujer a la que se le aparecía su abuela!”. No se sabe su nombre, pero todo el barrio así conocía a una joven que vivía por la calle del Soto… corrían los años inmediatos de posguerra.

Dos ancianas mujeres relatan que a aquella mujer con frecuencia se le aparecía su difunta abuela. La joven rezaba el rosario pero el espectro de su abuela se lo rompía. Iba al cementerio del Carmen y las puertas se abrían sin que la joven tuviera que empujarlas. Hasta que ofreció una misa en la iglesia de Carmen Extramuros por el alma de su abuela. Parece que aquello aquietó al espíritu y que ya no volvió a aparecer…. “Yo conocí a la joven a la que se le aparecía su abuela, ¡pobre muchacha!”, me contaron no hace mucho.

 

¡Ay! con el tema de las abuelas: ya escribió el insigne José Zorrilla que en la casa que habitó de niño (ahora Museo Casa de Zorrilla, en la calle Fray Luis de Granada) que también se le apareció su abuela. Cuenta en su libro “Recuerdos del tiempo viejo” que “Una tarde (…) creí ver a alguien en el sillón de brazos (…) empujé y abrí del todo la puerta: una señora de cabello empolvado, encaje en los puños y ancha falda de seda verde, a quien yo no había visto nunca, ocupaba efectivamente el sillón (…) me acerqué a ella sin miedo ni desconfianza (… y me dijo…) yo soy tu abuelita; quiéreme mucho y Dios te iluminará”.

 

Más, mucho da de sí la iglesia de Carmen Extramuros. Corría el mes de octubre de 1977. Durante varias noches cientos de personas acudían a  la campa donde se levanta esta popular iglesia remozada su fachada en 1966. De los alrededores de la iglesia salía el inquietante sonido de una profunda respiración. Así varios días. Un entretenimiento para muchos que, aunque incrédulos, no dejaban de tener una morbosa inquietud. Los más exaltados rompieron cristales, forzaron verjas y se subieron a los tejados. Otros, entre quienes lo recuerdan, hablan de remover las lápidas para ver a la luz de linternas si, efectivamente, algún difunto respiraba. Incluso los recuerdos añaden la existencia del cuerpo de un hombre de raza negra recientemente hallado ahogado en el Pisuerga. Hubo incidentes entre la policía y los más exaltados.

Parece que, al fin, se desveló que se trataba de una o varias lechuzas que emiten ese peculiar sonido en época de celo.

Aunque la ciencia todo lo explique, nadie quiere escuchar el sonido de la lechuza cerca de uno mismo,  pues a este ser alado de la noche se le atribuye un poder premonitorio. En realidad se considera animal de mal agüero: “¡Uf!, Una noche escuché la lechuza: al día siguiente una pobre muchacha que vivía en una casa próxima a la mía se arrojó al tren por causa de un desengaño amoroso”, me relataron no hace mucho en un pueblo de Valladolid.

 

En la antigüedad muchas personas pensaban que los puentes tenían que ser obra del Diablo, sino no se explicaban como era posible que se construyera obra de tanta dificultad…

…Bueno, a lo mejor no les faltaba razón, a tenor de la leyenda que se escribió a finales del siglo XIX sobre cómo se construyó el Puente Mayor de Valladolid.

La construcción de este puente tiene varias versiones más o menos históricas, pero lo más seguro es que, desde luego, no se construyera en tiempos del Conde Ansúrez –tal vez hubiera a lo sumo  un puente de madera-. Pero no nos interesa, en este caso, la ciencia sino la leyenda. Y a ella vamos.

En el siglo onceno había en Valladolid dos linajes enfrentados  que controlaban la vida social y económica de la villa: los Tovar y los Reoyo. Es el caso que un Tovar, apuesto doncel, se prendó de una preciosa muchacha, Flor se llamaba, que vivía al otro lado del Pisuerga. A su encuentro ansioso acudía atravesando el rio con una barquilla. Una de aquellas noches en las que buscaba el abrazo propio de corazones amantes, en su camino se interpuso un Reoyo. Noche de tormenta y aguacero. Se desafían y chocan las espadas. En este lance cae herido el Reoyo, atravesado su corazón por la acero de su oponente.

Más, aquel encuentro sangriento retrasó el momento de cruzar el río y la tormenta había desbaratado la barquilla del Tovar…  y temerario sería intentar atravesar el Pisuerga a nado. En su desesperación reniega de Dios y clama: “Satán, ven en mi ayuda”.

Entre las aguas emergió Satanás, que al Tovar le dijo: “Mísero mortal (…) yo un puente forjaré porque la veas”. Con el consentimiento del doncel, ansioso de unirse a su amada Flor, en unos instantes unos cíclopes construyeron el Puente Mayor que el Tovar cruzó a la carrera.

Pero cuando alcanzó la otra orilla, tras un trueno aterrador, se halla a sus pies tendido el cuerpo inerme de su amante… “horrible maldición, estaba muerta”. Y en su inmensa desesperación, el desgraciado Tovar enloqueció.

Visto que el Diablo siempre cobra sus servicios, aconsejable es cruzar con premura el Puente Mayor.

 

Bajo el suelo de la ermita de Fuenlabradilla hay fuerzas telúricas y subterráneos secretos. No muy lejos de aquí se encontraron restos de humanos gigantescos. Esta ermita, también conocida como de las Huelgas, está a las afueras de San Miguel del Arroyo, en un discreto enclave paralelo a la carretera que conduce hacia Viloria.

Don Exiquio García-Carbajo (que algunas gentes del pueblo llamaban “el brujo”) fue pionero de la parapsicología en España. Hijo del pueblo, compró ya en edad avanzada este enclave silencioso y apartado. Su intención: construir un centro de referencia para la meditación y el desarrollo de la parapsicología. Algunos jóvenes del pueblo  ayudaron voluntariamente a consolidar las ruinas de una iglesia que fue construida por la orden del Císter siguiendo las enseñanzas arquitectónicas de los templarios.  Incluso la fuente de agua clara que hay junto a la vieja iglesia a ciertas horas del día deja de manar. Una fuente de la que, en tiempos, salía aceite y cuando los frailes intentaron hacer negocio con su venta dejó de manar.

Se trata de  un punto de paso de peregrinos hacia Santiago de Compostela, y los médiums a los que Don Exiquio invitó a visitar el lugar afirmaron que en él se juntan energías telúricas y cósmicas.

Es un sitio muy, muy hermoso… pero, por si acaso, mejor no andar muy a solas por el enclave al atardecer.

 

NOTA: Para realizar este reportaje, aparte de hemeroteca y relatos personales, he consultado los libros (ambos de recomendable lectura): “Tradiciones universitarias: historias y fantasías”, de Saturnino Rivera Manescau, 1948 (de donde he tomado la historia sobre el sillón del diablo);  y “Guía misteriosa de Valladolid”, de Javier Burrieza  (Castilla y León Tradicional, 2009). El relato original sobre el Puente Mayor, cuyo autor es Antonio Martínez Viergol, publicado en  1892, se puede consultar en Biblioteca Digital de Castilla y León.

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