GENTES DEL VIEJO OFICIO DE ZAPATERO

La saga de zapateros Vibot se remonta hasta  casi dos siglos atrás y en Villalón de Campos hay un museo que rinde homenaje y recuerdo a este apellido. Nació en 2007 por impulso de Ana, hija de Victorino Vibot (1929-1998), último artesano de una dinastía que abrió el bisabuelo Bonifacio.

El apellido Vibot tiene un hueco y reconocimiento en el mundo del calzado, incluso en el Museo de Elda (sancta sanctorum de la fabricación de calzado) hay objetos de Julio, hermano de Victorino.

El museo evoca el mundo de un oficio de gran importancia y que tenía diversas especialidades: taconeros (o fabricantes de tacones de madera), borceguineros (algo así como fabricantes de botines), o chapineros (aquellos que fabricaban chanclos de corcho, que más tarde se fueron sustituyendo por escarpines). Pero, sobre todo, la gran división de la artesanía del calzado llegó a estar entre aquellos oficiales de zapatería de “obra prima” o zapateros “de los nuevo”, y los vulgarmente conocidos como zapateros de viejo o remendones que eran aquellos que se dedicaban a arreglar zapatos usados.

La fabricación de zapatos de manera artesanal exigía años de aprendizaje y talleres con abundante mano de obra: las empresas podían llegar a tener media docena de aprendices. Ana Vibot comenta que el taller de su padre tuvo cinco  obreros y el de su abuelo, ocho. Es el caso que ahora nadie quiere aprender a confeccionar zapatos.

Un oficio en el que en su vieja tradición practicada por los maestros se rozaba la perfección creativa, tal como relata Dionisio Arias, “Dioni”, el último oficial que hubo en el taller de Victoriano.  Ya está jubilado pero sigue enseñando el museo con la misma ilusión e interés que ponía en hacer el calzado a medida hasta pocos años.

La visita al museo hace caer en la cuenta de que el calzado, sea bota o zapato, tiene personalidad y complejidad: no son lo mismo unos zapatos bluchers que unos mocasines ingleses, ni que un zapato brogue o un full-brogue (aquel zapato blanco y negro que calzaban los viejos músicos de jazz). Pues bien, toda la variedad de estilos y formas se exponen en las vitrinas del museo.

Hasta dos largas jornadas con dedicación exclusiva se requieren para la confección de unos zapatos, nos cuenta Dioni. Una actividad que tiene su propio argot hasta el punto de que los pies no se miden en centímetros, sino en “punto francés”, que es una medida internacional en la que tres puntos equivalen a dos centímetros; o semences (palabra francesa), que son las  puntas pequeñas, cambrillones (término también de origen francés relativo a la suela y para armarla), empalmillar (coser la suela con la piel a mano), etc. etc. Como se puede observar, es notable la influencia francesa en el mundo del calzado.

 

Vista general del museo.

 

Si algo es importante para conseguir un zapato perfectamente adaptado al pie del usuario, eso es la horma. Por eso el museo exhibe una variadísima y artística colección de hormas fabricadas en madera de haya que se arman como un puzzle para conseguir ajustarse a las formas de cada pie.


Entre las curiosidades están las zapatillas de clavos de la atleta vallisoletana Maite Martínez con las que ganó la medalla de bronce en la prueba de 800 metros disputada en el Mundial de Atletismo de Osaka 2007. También hay unas zapatillas de Marta Domínguez, la atleta palentina.

 

Reproducción de un banco para fabricar o reparar calzado.

 

Es muy llamativa la variedad de maquinaria que se requiere para confeccionar unos zapatos. Una maquinaria en la que conviven los viejos potros con los “modernos” bancos de finisaje: banco para raspar, dar cera o rematar zapatos, del año 1950.

 

 Maquina manual a pedales para hacer ojales, sacabocados, etc.

 

 Bigornia, yunque o burro, de 1880 y al fondo una máquina de coser del año 1900.

 

Si variada es la maquinaria, más lo es la herramienta del maestro zapatero. Prácticamente un utensilio para cada paso que lleva a confeccionar un buen par de zapatos: leznas, punzones, busetos,  viras, sacabocados, polímetros, desbravadores de suelas, tranchetes para cortar suelas, agujas de todo tipo, cuchillas, tenazas y los más variados martillos, en fin un largo instrumental para conseguir el más mínimo detalle y que, además, esconde un variadísimo vocabulario en vías de extinción.

 

Vitrina dedicada a Pedro Lozano Pérez, otro afamado y premiado maestro artesano de Palencia que también cerró el taller.

 

Otros curiosos detalles que se pueden ver en el museo.

 

NOTAS: El museo está en la calle Rúa, 17. Es un museo privado creado al calor de los fondos de la Unión Europea gestionados por la Asociación para el Desarrollo Rural de Tierra de Campos. El horario es de 10 a 14 h. y de 17 a 20. de lunes a sábado (horario comercial de la tienda de calzado Vibot). Se puede visitar los domingos concertándolo a través del teléfono 983 74 02 13. El precio de la entrada es de 2 euros.

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