EL RELOJ, EN LA TORRE… Y OTROS RELOJES DE VALLADOLID

Hasta que en el siglo XX se popularizara el uso del reloj, los relojes públicos fueron muy importantes; tanto que  uno de los elementos más típicos y característicos de las actuales casas consistoriales es la presencia del reloj, normalmente bajo el castillete que soporta la campana. Aunque ya en el siglo XVII algún Ayuntamiento disponía de reloj en su fachada, lo normal es que hasta avanzado el siglo XIX, el reloj municipal estuviera instalado en la torre de una iglesia debido a que era el lugar ideal para la colocación del mismo: un lugar alto y, por tanto, fácilmente visible desde muchos puntos de la población, y también más fácilmente oíble desde largas distancias, pues sus campanadas regían la vida de la gente y era necesario que se oyera dentro de la población y por los campos.

De antiguo se dio importancia al reloj y de ello nos ilustra que ya en el siglo XV el Concejo de Valladolid dispusiera de reloj (antes incluso que de Casa Consistorial), pues documentado está que 1498 se pagaba a una persona por el mantenimiento del reloj de Santa María (la antigua Colegiata- que conserva sus restos detrás de la actual Catedral-), al mismo tiempo que en ese mismo año  se estaba pagando a cuenta la instalación de un reloj en el desaparecido  Convento de San Francisco (lugar donde habitualmente se reunía el Regimiento).

Y, sin más, vamos a recorrer la ciudad siguiendo el rastro de sus relojes.

 

En 1706 se instaló el reloj en la torre de la Catedral, procedente de la antigua Colegiata. Cuando se desplomó la torre en mayo de 1841, y con ella cae el reloj (aunque había otro en la fachada de la Casa Consistorial),  el Ayuntamiento de la época enseguida comenzó a hacer gestiones para proveerse de un nuevo reloj en alguna torre de la ciudad. A pesar de que se ha publicado que se instaló  en la iglesia de San Miguel, no parece lógico en absoluto,  dado que la iglesia no tenía torre, sino espadaña. Las torres se erigían en iglesias parroquiales, no en iglesias conventuales (que es el caso de San Miguel), que solo tenían espadaña. En mi opinión, el lugar elegido fue la torre de la Antigua, tal como se demuestra en el dibujo realizado en su día por Martí y Monsó. Pero, sobre todo, los archivos municipales registran en 1841 un acuerdo de lo necesario, útil y conveniente que es la colocación de un reloj en la torre de la iglesia (de la Antigua)  por lo capaz, sólido y elevado de su torre, para que “supliera la falta que ha causado la del que había en la de la Santa Iglesia de la Catedral de resultas de su ruina.” De la existencia de este reloj también da fe Madoz en su diccionario elaborado en la década de 1840, indicando que era uno de los cinco que existían en la ciudad. El reloj se desmontó en 1892.

 

En 1911 se instaló la maquinaria y esferas de la nueva torre de la catedral. La maquinaria es francesa (empresa Terraillon y J.Petijean, de la ciudad de Morez du Jura –Francia-) y lo montó el taller vallisoletano de relojería de Carmen García del Olmo. Se restauró en 1995 y previamente se habían sustituido sus viejas esferas pues corrían peligro de caer al vacío. En las imágenes, detalle de la maquinaria del reloj y una de sus  viejas esferas que se conservan en el interior de la torre catedralicia. Desde hace un par de décadas tiene instalado un sistema de precisión y funcionamiento que  hace innecesario darle  la  cuerda a mano que antiguamente había que hacer cada cierto tiempo.

 

En el año 1776 se concluyeron las obras construcción del actual edificio  que conocemos  de la parroquia de San Andrés, hasta entonces una apartada ermita. No sé si ya entonces se instaló un reloj en su torre, pero lo que es seguro es que sí se  hizo en 1894,  aprovechando uno de los dos relojes que se habían desmontado del antiguo Ayuntamiento derribado en 1879. En 1897 (El Norte de Castilla), el Ayuntamiento discutía sobre la conveniencia de arreglar el reloj de la torre de San Andrés, que según el cura de la parroquia, llevaba tiempo sin funcionar. Es el caso que por los motivos que fuere, el consistorio decidió que no se gastaba los cuartos en arreglar el reloj (las esferas actuales, evidentemente, ya no son las mismas).

 

 En la iglesia de Santiago,  en 1881 se alojó en lo alto de su torre otro de los dos relojes de la vieja Casa Consistorial, aunque no corrió mejor suerte que el de San Andrés, pues también tenemos noticias de que en el año de 1922 ya llevaba tiempo sin funcionar, aunque en este caso parece que los gastos de su reparación iban a correr por cuenta de la feligresía. Pero es que aquel popular reloj debía arrastrar algunos problemas, pues en 1898 también hubo quejas por que no funcionaba, y se apelaba al Ayuntamiento para que lo arreglara lo más pronto posible. Este reloj , que ya no existe, todavía estaba funcionando en la década de 1970 (foto del Archivo Municipal de Valladolid).

 

Entre 1859 y 1970 la esquina del edificio de la Universidad lució un reloj (fotografía de la época).  Se tiene noticia documentada de que en 1579 la Universidad ya dispuso de un reloj mecánico que se sustituyó por otro en 1789, hasta que en 1857 ya se pensó en instalar otro nuevo  cuyo mecanismo y esfera es el que se muestra en el patio del Palacio de Santa Cruz. La maquinaria de este reloj se trajo de una prestigiosa fábrica situada en Morez du Jura (Francia), y montado en Valladolid por el relojero Ignacio Neugart. En realidad este reloj se instaló inicialmente hacia los patios interiores del edificio,  y fue en una reforma de la torre esquinera de la Universidad cuando se reinstaló orientado a la calle.

 

En 1908, terminadas ya las obras de la nueva Casa Consistorial,  se acuerda adquirir un reloj para la torre central.  No fue un tema de rápida ejecución, pues se da cuenta de repetidas reuniones “en las que se ha discutido y pensado con todo detenimiento este particular”… Es más, se acordó formar una sub comisión sobre el particular. El debate estaba en si se trasladaba otro reloj de los existentes en la ciudad. Pero la idea se desechó. Se acordó adquirir un reloj nuevo. Se pidieron dos presupuestos: a Moisés Díez, de Palencia; y a Paul Odobey, de Morez de Jura (Francia). Finalmente se adjudicó a la empresa de Palencia, porque al ser una empresa española “sin ofensa para nadie” debe ser preferible. La oferta del fabricante de Palencia, que incluía tres campanas,  ofrecía un badajo grande para ser utilizado en casos de incendios, grandes acontecimientos y otros motivos. Además instala un pararrayos. Las características del reloj consistían en que tocaba horas y cuartos dobles. Tenía cuerda para ocho días y la máquina medía 210 centímetros y pesaba 425 kilogramos.


No son muchos (apenas una docena) el número de relojes instalados en  fachadas de edificios particulares o institucionales (al margen de establecimientos comerciales), como es el caso de la antigua Delegación de Hacienda (en la imagen) construida hacia 1934 y que lleva la firma del arquitecto Cuadrillero (muy reconocido en su época)  en la plaza de Madrid.

 

El Instituto Zorrilla hay que situarlo en su remoto origen en tiempos de Isabel II, pero el edificio que ahora existe se inauguró en 1907 y es obra del arquitecto Teodosio Torres (el que también proyectó la actual plaza de toros o el llamado hospital viejo en la calle Sanz y Forés).

 

En 1953 comenzó a funcionar el reloj que corona el edificio número 12 de la plaza de España. Con ese motivo, el edificio se conoció popularmente como la Casa del Reloj. Debajo del mismo se  puede ver el escudo de la antigua Caja de Ahorros Provincial de Valladolid.

 

Reloj que corona el edificio que hace esquina entre las calles Duque de la Victoria y Constitución. La instalación de un reloj en la coronación de un edificio se  consideraba como elemento de distinción. En la actualidad esto ya no es moda, como todavía ocurría hasta le década de 1950.


Desde luego, no sería justo recorrer los relojes de Valladolid sin dejar constancia de dos entrañables relojes: el  del Pasaje Gutiérrez (1886) en el que  sendos infantes realizados por el escultor Gossin, sujetan un reloj asomados a  un balconcillo en el que, antaño, en ocasiones se ofrecían conciertos. El pasaje Gutiérrez está declarado Bien de Interés Cultural. Y el del de la Estación de la Esperanza, de la línea ferroviaria de Ariza que comenzó a prestar servicio en 1895.

 

Y un par de imágenes para el recuerdo: la antigua Casa Consistorial (con su reloj) construida tras el incendio de 1561 y derribado en 1879; y el viejo auditorio del Campo Grande (ambas imágenes son del Archivo Municipal de Valladolid).

 

NOTA: Además de archivos, hemeroteca y algunos libros, para confirmar ciertos extremos de este artículo sobre el reloj de la Catedral  me han sido de gran valor los comentarios de Juan Luis Saiz, experto en restauración arquitectónica.

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SÍMBOLOS EN EL CEMENTERIO DEL CARMEN

Si hay un lugar en la tierra en el que los símbolos hablan más que las palabras, ese  es, casi con toda seguridad, un cementerio. Y el Cementerio del Carmen de Valladolid no es una excepción. A poco que nos paseemos con detenimiento y sin recelo alguno mirando de frente y con detalle las tumbas y mausoleos, veremos cómo resaltan detalles  que terminan por componer una sinfonía de símbolos: macabros unos,  cultos otros, íntimos, personales…

En definitiva,  mensajes que los deudos o  los propios finados, según  voluntad dictada en vida, y según las modas de cada época, quieren dejar para la postrimería.

Los símbolos muchas veces son enigmáticos,  pues con frecuencia se prestan a dobles lecturas,  según contextos históricos o culturales. De hecho, en numerosas ocasiones resulta harto imposible hallar una interpretación inequívoca,   cierta y clara. Por ejemplo una pirámide (que no es  indicativo único de la masonería); de una estrella (¿cinco o seis puntas?);  una flor, un ángel…

La muerte para la religión cristiana es en realidad una paradoja: fin y principio, fallecimiento y vida, esperanza, mejor vida… por eso la presencia de plantas vivas, verdes es el mejor exponente de lo que nos espera. De ahí la costumbre de adornar las tumbas con flores, de la presencia del ciprés (cupressus sempervirens -siempre verde, vivo-), de la vid (que cada año revive)…

Cementerio: dormitorio, un sueño pasajero para los cristianos, el lugar donde reposan los cuerpos en espera de  la resurrección… esperanza.

Lo que este reportaje  propone no es un catálogo exhaustivo de símbolos, ni mucho menos una propuesta única e incontestable de su interpretación. Ha sido necesario consultar unos cuantos artículos y varios libros especializados en simbología e iconografía para llegar a poner un texto a cada fotografía… Así que lo aquí escrito queda a merced de mejores y más fundadas interpretaciones. Y, sobre todo, solicita la clemencia del lector o lectora  por la reducción a tres o cuatro líneas de cosas que exigirían una larga explicación.

Pero antes de entrar en materia, demos unas escuetas pinceladas al porque de noviembre como mes de difuntos. En las culturas celtas, griegas y romanas, la época del año que luego terminaría por conocerse como noviembre,  representaba el fin del ciclo agrícola:  ya todos los frutos del campo han sido recogidos, la tierra entra en letargo, se avecina el invierno… Hades, el dios del inframundo permitía que en esta estación los muertos emergieran a la superficie para comunicar con sus familiares. Los primeros cristianos celebraban cada mártir, hasta que estos fueron numerosos y no era posible honrarlos a todos. Entre el s. VIII y IX se va consolidando la idea de dedicar un día especial para recordarlos a todos: los santos (ahora 1 de noviembre) primero; y los difuntos en general (2 de noviembre) después. Otros cristianos, como ortodoxos, anglicanos y luteranos no comparten la celebración de difuntos en estas fechas, aunque también rinden recuerdo a los fallecidos.

Más, dejémonos de literatura. Y adentrémonos en el Cementerio del Carmen. Las imágenes que acompañan este reportaje no indican el lugar concreto de donde han sido tomadas. Y ello por dos razones: porque en ocasiones son muy frecuentes, y… en otras, porque este reportaje lo que quiere es invitar a que paseemos por el cementerio con los ojos bien abiertos, advirtiendo, en todo caso, que se trata de la parte más antigua del camposanto.

 

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El rey de los cementerios católicos occidentales es el ciprés. Nos recibe y nos acompaña,  se encuentra por doquier tanto en el interior como en los alrededores del camposanto: longevidad, perennidad. Tronco y follaje alto,  ascendente hacia el cielo: nexo de unión entre el cielo y la tierra: hunde sus raíces verticales en la tierra y se eleva hacia el cielo. En la Grecia antigua ya tenía carácter funerario, igual que en la Roma posterior: por su verdor perenne  es referencia de la eternidad. Vertical.. tránsito de la tierra al cielo.

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Sin duda la cruz, desnuda o con sudario, es el símbolo por antonomasia del cementerio. Su origen es anterior al cristianismo, pero claro es que cobra total relevancia en la religión a raíz de la crucifixión de Cristo: glorificación del alma, perdón de los pecados, la salvación a través del símbolo del Redentor. La cruz es la intersección entre lo horizontal y lo vertical, lo que la convierte en un símbolo totalizador. Su presencia está en todas las culturas,  más en el cristianismo cobra la fuerza de la unión del cielo y la tierra, la reconciliación del Creador con su creación: el centro del mundo.

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El ancla es uno de esos símbolos que tiene varias interpretaciones. De entrada hace referencia a la cruz, pues era una forma oculta de representación de la misma en los primeros tiempos del cristianismo para evitar la persecución. También es un símbolo de seguridad, de confianza, de esperanza y salvación: firmeza, solidez.

 

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 La calavera y las tibias cruzadas son inequívocamente representación de la fugacidad  de lo material, es decir, de la muerte, también de la tumba de Adán.

 

 Escalera… ascensión. En el Libro de los Muertos de los egipcios: “ya está colocada mi escalera para ver a los dioses”…  La escalera es un intento de remontarse a un nivel superior. En el Génesis, el sueño de Jacob aparece una escalera que comunica con los cielos. En la Edad Media, símbolo de representación entre los mundos.

 

¿Arca de la Alianza? Trono de Yahvé para los israelitas. Relación de Yahvé con su pueblo elegido, guarda las Tablas de la Ley.

 

La vid y  el acanto.  La vid, planta sagrada, hierba de la vida, signo de la inmortalidad.  El mismo Jesucristo se compara con la vid: “Yo soy la vid… “. Uvas: Eucaristía. La viña, símbolo del reino de los cielos. Acanto: renacimiento, perennidad.

 

El monte del Calvario, monte pelado, pétreo. El Gólgota en griego… el lugar donde fue enterrado Adán, también donde se ajusticiaba a los reos . Por eso, con frecuencia, al pie de la cruz se representa un cráneo. A Jesús se le representa ajusticiado en el lugar donde estaba la tumba de Adán, y con la sangre derramada caída sobre el primer hombre hay un nuevo renacimiento de la raza humana: Adán sale de su tumba renacido.


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El reloj alado, normalmente acompañado de la frase “tempus fugit”, o lo que es lo mismo: el tiempo vuela, se escapa. Irremisiblemente el tiempo todo lo acaba, devora la vida: nuestro paso por el mundo es, sin duda,  breve y transitorio. Más las alas también pueden hacer referencia al alma, pues es una forma muy clásica de representarla, la capacidad del espíritu para remontarse a las alturas.

 

Guadaña y pala, símbolo puro y duro de la muerte. La guadaña, atributo de la Muerte, que iguala  y no discrimina… también representación de la cosecha y la esperanza.

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La típica corona de flores con la que se rinde homenaje y recuerdo a los difuntos, y adorna, esculpida, multitud de lápidas,  tiene un origen difuso: ¿a gloria?  Pero  bien puede venir explicado por el círculo, la eternidad. Símbolo, también, del tiempo: movimiento sin principio ni fin, sucesión continua de instantes: recuerdo permanente.  Cristo es el alfa y el omega: principio y fin de todas las cosas… El círculo, figura geométrica perfecta, sin principio ni fin. Unidad con Cristo tanto en la vida como después de la muerte. Más la corona también es el nexo entre la realidad humana y el más allá: el ser coronado se relaciona con el orden superior como premio, pues es un símbolo de carácter sagrado, venido del origen divino del poder.

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Columnas, pirámides, obeliscos, columnas truncadas… símbolos muy masónicos, pero no exclusivamente, ni mucho menos. La columna, representación de las dos columnas de templo de Salomón (masonería pura), pero también firmeza, solidez, conectan la tierra con el cielo. Como la pirámide y el obelisco: elevación, creatividad divina; un símbolo ascensional. Los egipcios ya la usaban y el cristianismo la adoptó como representación del mismo Jesucristo. La  pirámide también es característica de los enterramientos masones. Y la columna rota lo dice todo: la vida se ha truncado. Muy típico en enterramientos masones, pero no solo.

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Triángulos por doquier. Aquí estamos, en principio, ante enterramientos masones. Primero porque es la parte del cementerio que antes estaba segregada de los enterramientos cristianos. Y segundo, porque el triángulo es el símbolo masón por excelencia. Representa la perfección… y también columnas. Aunque también representación de la Santísima Trinidad, sin embargo, por el contexto, más bien  tiene unas claras connotaciones masónicas: la Fuerza, la Belleza  y la Sabiduría… o los tres reinos: mineral, vegetal y animal. Pero el triángulo también representa la Trinidad. Se ha constatado que bajo símbolos masónicos se ha enterrado a gente que nada tenía que ver con esta disciplina, simplemente porque eran comunistas o desafectos declarados del régimen franquista.

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Muy repetida: la urna cubierta. Simboliza la eternidad, que da fe de la muerte del cuerpo y el polvo en que se convertirá. Y el velo cubriéndola custodia esos restos.

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Y el fuego… y la antorcha, que iluminan el camino de los muertos. El símbolo de la luz de la verdad y del espíritu… de la vida, de la inmortalidad. La antorcha invertida, encendida o apagada,  es la muerte, la vida extinguida.

 
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Muchas flores pétreas adornan las tumbas. La flor, representación, entre otras cosas, de la virtud y la armonía. Hojas y pétalos perennes… rosas, pensamientos: la regeneración, no mueren, están siempre llenas de vida ¿la vida eterna? La rosa es el renacimiento, la victoria sobre el dolor y la muerte, también símbolo del amor y a perfección. En Oriente, por ejemplo,  una amapola es el símbolo del sueño eterno.

 
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Estrellas de cinco puntas ¿la estrella de Belén, las cinco llagas de Cristo? ¿Un símbolo masónico sobre todo si lleva un ojo en su centro? Y la de seis puntas: la estrella de David, el alma humana. Representa, también, el cruce de dos triángulos aludiendo a la imbricación del espíritu y la materia. Pero las estrellas también pueden ser puertas de los cielos, canales por los que se comunica lo divino y lo humano… el principio de las cosas, de la vida.

 

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Los ángeles son los intermediarios entre la tierra y el cielo: protectores del sueño eterno, implorantes, acompañantes hacia el cielo. Seres alados, pues las alas significan espiritualidad. Al igual que en la tierra los reyes se rodean de una corte, los ángeles son la corte del reino celestial. Más, también son los mensajeros del Juicio Final, anunciado a golpe de trompetas.

 

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Las virtudes teologales Fe, Esperanza y Caridad. Tienen muy diversas forma de representarse. La Fe, con una cruz, con un cáliz, con una lámpara o cirio, o con los ojos vendados: aceptar lo que no se ve. La Esperanza eleva sus manos y mirada hacia el cielo, a veces porta una cruz, suele ser una figura alada. La Caridad (que no aparece en imagen) suele ser una matrona que lleva en brazos (o protege) a uno o varios niños. Para los budistas, la Caridad es la mayor virtud.

 

21a Casi un resumen de los símbolos es esta tumba: guadaña, antorcha invertida, reloj de arena con alas.

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Y nos vamos: antaño la campana tañía advirtiendo de que el cementerio se iba  a cerrar. Habrá que volver otro día a seguir paseando por entre tumbas y panteones.

FRANCIA EN VALLADOLID

A poco que miremos a nuestro alrededor veremos en la ciudad de Valladolid nombres, lugares y personas que guardan una relación más o menos cercana con Francia.

Aunque pueda parecer paradójico, en la Edad Media y siglos inmediatamente posteriores, había un  importante trasiego entre moradores de unos u otros países de lo que conocemos como Europa, del que el Camino de Santiago bien puede ser un ejemplo.  No obstante la mayor parte de la población humilde vivía y moría en la misma aldea o villa donde nació.

También los arquitectos o maestros de obras, pintores, cómicos, literatos… Amén de los ejércitos que con frecuencia guerreaban en países muy alejados de los suyos… Y los nobles y embajadores con sus séquitos… religiosos y congregaciones que acudían a lejanos países para fundar conventos y monasterios al calor de las prebendas de nobles deseosos de congraciarse con el más allá… las monarquías con sus contratos matrimoniales para sellar el dominio o la paz entre reinos y territorios…

En fin, un número importante de personas que, además, dejaron rastro en la historia y el arte de cada época.

Valladolid no fue una excepción, y desde su “aparición” en la historia, es decir, desde que el conde Petro Asuriz (Pedro Ansúrez) llegara a nuestra aldea a engrandecerla ya conocemos la presencia de Francia junto a la Esgueva.

Y con este punto de partida, nos aprestamos a rastrear la presencia de Francia en Valladolid, lo que nos llevará por un largo recorrido de lugares y efemérides.

 

Según relata Juan Agapito y Revilla,  al engrandecimiento de Valladolid también contribuyeron los franceses: “… la conquista de Toledo en 1085 por Alfonso VI dio ocasión a que (…) terminada la expedición y licenciadas las tropas, muchos de los francos o franceses que vinieron a ayudar en tal empresa, no volvieron a su patria y se quedaron por nuestras (…) ciudades o villas, una de las cuales fue Valladolid, que fue ajustada por el ilustre Conde don Pedro Ansúrez, señor del territorio, con el capitán Martín Franco y sus quadrillas francesas, por quienes el nombre de la calle de Francos donde sentaron, principalmente, y este apellido en Valladolid…”  La antigua  calle Francos, es la actual Juan Mambrilla.

 

Mas, no fue esta la primera e importante referencia de la presencia francesa, pues cuando Ansúrez promueve la construcción de la colegiata de Santa María la Mayor elige como primer abad de la misma a Don Salto, francés, así como los miembros del Cabildo, de la misma nacionalidad. En la fotografía, los cipreses simulan las antiguas columnas de la colegiata, que aún conserva  parte de su torre y algún muro.

 

La nobleza, mediante sus estancias más o menos esporádicas en la ciudad,  contribuyó a dar cierta fama a Valladolid. Y entre esa nobleza hubo un buen puñado de franceses  -acaso decir francesas sería más lógico- pues fueron esposas de reyes y príncipes, nacidas en el vecino país, las que recalaron en la ciudad. De estos casos señalamos un par de ejemplos. Germana de Foix (s. XV-XVI) era hija de María de Orleans, hermana de Luis XII de Francia, y se casó con Fernando II de Aragón (viudo de Isabel la Católica). Pues bien, el único hijo de ese postrer matrimonio vio la luz el año de 1509 en Valladolid. Se llamó Juan de Aragón y Foix y tuvo la desgracia (muy común en la época) de fallecer a las pocas horas de nacer. Otra reina francesa, Blanca de Borbón, matrimonió con Pedro I de Castilla (el Cruel) en Valladolid en el año 1353. En la imagen, Germana de Foix.

 

En la ciudad prolifera en edificios públicos y una calle un apellido de origen francés: Delibes. Miguel Delibes (1920- 2010) nuestro convecino y afamado escritor y periodista. Pues bien, el apellido proviene de Francia, de la zona de Toulouse. El abuelo paterno, Fréderic Delibes,  era un técnico que se vino en 1860 a trabajar a España en la construcción del tendido ferroviario Alar del Rey-Cantabria, y en aquellas tierras se enamoró de una española. Aquella línea ferroviaria era el porvenir de los trigos terracampinos, que recorriendo el Canal de Castilla en barcaza, se trasladarían a vagones de tren en Alar para alcanzar los puertos cántabros y, desde ahí, exportarse especialmente a las colonias. Por cierto, hubo otros ingenieros franceses que echaron raíces en Valladolid. En la imagen, la casa donde nació Delibes (Acera de Recoletos, 12).

 

El gran escultor Juan de Juni, que falleció en Valladolid en 1577, había nacido en Francia el año 1506:  en la localidad de Joigny, y cuando recaló en España, su apellido se castellanizó como Juni. Se estableció en Valladolid en 1540, donde vivió más de treinta años, y  junto con Alonso Berruguete fue el creador de la gran escuela de la escultura castellana. Tiene obra en diversos museos y edificios de Valladolid y en otras localidades,  como por ejemplo en Oporto y la fachada de San Marcos en León. En la foto, detalle de Santo Entierro,  del Museo de Escultura.

 

Paulina Harriet, que da nombre a una calle,  nació en Francia hacia 1811 y falleció en Valladolid en 1891. Casó con el también francés Juan Dibildos. El matrimonio se instaló en la ciudad al llamado de la entonces pujante economía vallisoletana (fueron unos cuantos los franceses que vinieron a Valladolid a invertir capitales y montar industrias).  Hacia 1845 el matrimonio adquirió una empresa en quiebra y  montó la  fábrica de curtidos, mantas y bayetas “La Rubia” (sita en las inmediaciones del camino de Simancas) que con el tiempo terminó dando nombre al barrio donde se instaló la manufactura. Juan, entre otras actividades, también  formó parte de la sociedad que construyó el Teatro Calderón.

 

Más, su esposa Paulina, también formó parte activa de la sociedad vallisoletana. Y con ese espíritu emprendedor y filantrópico, impulsó el establecimiento en la ciudad del colegio de Nuestra Señora de Lourdes, de la orden de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (fundada por el francés Juan Bautista de La Salle).  Misma orden que, más tarde, construyó el colegio de La Salle.

 

Resulta llamativa la presencia francesa en Valladolid a través de la educación. Pues no solo están los colegidos antes citados, sino que también tenemos la Alianza Francesa. En 1980 se crea el Petite École française, que ha tenido sucesivas sedes en Valladolid: colegio de El Salvador, edificio RENFE, y finalmente en 1995 da el salto a crear un instituto pero ya en instalaciones de Laguna de Duero. Colegio Lestonnac (calle Cigüeña, 30). El actual colegio Niño Jesús (calle Duque de Lerma, 1)  lo fundó la orden de Hijas de la Caridad; las primeras monjas que recalaron en Valladolid hablaban todas francés;  su primera ubicación fue el antiguo Hospital de la calle Sanz y Forés, en la década de 1960. A esta misma orden, creada por San Vicente de Paúl y Luisa de Marillac en el s. XVII pertenece la  residencia  femenina Labouré (calle Madre de Dios, 9).   Y las monjas dominicas francesas, que concluyeron sus actividades docentes en el convento que ha terminado por conocerse como Las Francesas: edificio que tiene sus orígenes en el siglo XV como convento de Santa Cruz de las Comendadoras de Santiago (el claustro –patio de las Tabas- es del siglo XVI y la iglesia que vemos, del  XVIII).

 

Y siguiendo con la enseñanza, es imprescindible destacar el nombre de Bernés. Que fue, entre otras actividades, capellán de la comunidad de monjas francesas del ya citado colegio Niño Jesús. Se trata del Padre George  (Jorge)  Bernés (nacido en Montesquiou 1921 y fallecido en Toulouse. 2017). El padre Bernés, que ejerció la docencia en el colegio de El Salvador,  introdujo el rugby en Valladolid y creó el equipo de El Salvador durante su estancia en nuestra ciudad acaecida en la década de 1960. (En la imagen un recorte de El Norte de Castilla).

 

La flor de lis (flor del lirio)  es fácil encontrársela en escudos palaciegos y otros nobles edificios. Es el emblema por antonomasia de la heráldica francesa, que lo comenzó a utilizar en el siglo XII y, por tanto,  de la dinastía Borbón. También aparece en el escudo oficial de España. El primero de los borbones en suelo español fue Felipe de Borbón, duque de Anjou, nacido en Versalles: bisnieto de Felipe IV de España (de la casa de Austria), y nieto del rey francés Luis XIV y María Teresa de Austria (que fue infanta de España). Aquel Felipe de Anjou es el que tras la Guerra de Sucesión en España en 1700 se coronó como Felipe V. Desde entonces, el escudo oficial de la Casa Real de España tiene incorporada la flor de lis en su escudo. No obstante, también la veremos con fruición en el colegio de San Gregorio (Museo de Escultura), por ser el símbolo de su fundador: fray Alonso de Burgos. Y en el escudo del Duque de Lerma (el que sostienen los leones de San Pablo). En la foto, el escudo que preside la fachada del Palacio Real de Valladolid.

 

Valladolid está hermanada con la ciudad de Lille desde 1986. Ahora con apenas actividad, sin embargo aquel hermanamiento sirvió para intercambios culturales, estudiantes y sociales. Por ejemplo, el Hospital Clínico firmó un convenio de investigación con un hospital de aquella ciudad francesa. La ciudad da nombre a una calle en Valladolid. En el Campo Grande hay un monolito (frente al número 12 de la acera de Recoletos, donde precisamente nació Delibes). Este monolito tiene grabada  la siguiente leyenda: “Conmemoramos que este año 1994, las ciudades hermanadas de Lille y Valladolid, fueron elegidas para celebrar la etapa inaugural del Tour de Francia y la Vuelta Ciclista a España. Valladolid 25-IV-94”

 

La presencia de los ejércitos franceses en España antes y durante la Guerra de la Independencia, nos ha dejado muchos episodios históricos en la ciudad y buen número de crónicas y noticias. Más no nos vamos a entretener mucho en ello. Una placa de mármol nos recuerda, junto a la Fuente de la Salud (Avenida Juan Carlos I frente al antiguo mercado central y actuales edificios multifuncionales) que en 1762 estuvieron acampados en este lugar varios batallones franceses.

 

Y también en estos altos de San Isidro tuvo lugar un curioso y luctuoso episodio: (que, por cierto, tiene dos versiones). Nos quedaremos con que una baqueta, disparada accidentalmente por un soldado francés,  acabó con la vida de su jefe, el general Malher, que yace enterrado bajo una losa que podemos ver en la entrada de la iglesia de San Pedro  (calle Real de Burgos, 10). Aquello ocurrió en marzo de 1808.

 

José I, hermano de Bonaparte y rey de España durante unos días de enero de 1809, ocupó el Palacio Real sito en la plaza de San Pablo. No obstante su breve paso por el escenario de la historia vallisoletana, hubo tiempo para que en la entrada de San Benito se esculpiera el escudo de aquel breve rey francés. Escudo que no dista mucho de los tradicionales de la casa real española solo que en esta variación bonapartista, las flores de lis de la parte central se sustituyeron por el águila imperial.

 

Valladolid es la provincia española con mayor número de fundaciones del císter. Entre ellas está el actual Monasterio de las Huelgas Reales. Lo fundó Doña María de Molina en 1282 para acoger a la orden cisterciense, muy de moda en aquellos siglos  y protegida por reyes y nobles. Fue creada en el siglo XI por San Roberto de Molesmes y su mayor difusor fue Bernardo de Claraval. La primera fundación tuvo lugar en la localidad francesa de Molesmes. El escudo oficial de la fundación cisterciense está plagado de flores de lis.  Flores que han quedado “incrustadas” en el escudo del colegio de las Huelgas, que nació al  amparo de este monasterio vallisoletano. La traza actual del monasterio de las Huelgas pertenece al siglo XVI.

 

Seguimos en la estela de la religión y hemos de acudir a la iglesia de San Martín, en la calle con el mismo nombre. Está presidida por una escultura de Antonio Tomé de 1721. En ella se representa la partición de la capa por el soldado romano que con el tiempo llegaría a ser San Martín de Tours. Media capa se la dio a un pobre muerto de frío y con la otra siguió arropándose el soldado. Corría el siglo IV de la era cristiana. San Martín fue un santo muy celebrado  desde el principio, y si no fuera por la fama que alcanzó Santiago Apóstol, San Martín habría sido la principal referencia en el mundo cristiano europeo. Se cuentan por miles las iglesias y fundaciones dedicadas al santo, que atesora la advocación de 12 catedrales. El Consejo de Europa le ha investido como una de los primeros grandes viajeros europeos y un valor común que comparten la mayoría de los países de la Unión Europea.

 

Francia ha sido una referencia en el mundo de la hostelería. En Valladolid en 1859 se rotuló con el nombre de hotel Parías un antiguo parador de diligencias. Pero en 1883 se construyó un edificio en la calle Teresa Gil para hacer un hotel: el Hotel de France, promovido por Pedro Hourcade, un francés que quería dar a la ciudad un lugar refinado. Tras la Guerra Civil española se cambió el nombre por Isabel y Fernando (el hotel Inglaterra se mudó por de los Italianos), debido a que aquellos nombres de las democracias europeas no casaban muy bien con la nueva ideología impuesta en España. Con el tiempo el hotel se reconvirtió en la residencia universitaria Reyes Católicos. En la foto del Archivo Municipal observese el abuhardillado del edificio, tan característico del París decimonónico.

 

Renault, sin duda, es actualmente la principal referencia francesa en Valladolid. Se nombre francés anduvo medio escondido cuando la fábrica de automóviles se conocía como FASA (Fábrica de Automóviles S.A.) aunque sobradamente conocido era su matriz francesa. La empresa la promovió  en 1951  el teniente coronel Manuel Jiménez Alfaro, y en 1953 circuló por las calles de Valladolid el primer vehículo: un 4 x 4. En la fotografía de Cacho, del Archivo Municipal de Valladolid, se ve al que fuera alcalde Santiago López en una visita a la fábrica en abril de 1953. Y veinte años más tarde la matriz francesa MICHELÍN fabrica su primer neumático en la factoría de Valladolid.

 

Y concluimos nuestro paseo por la presencia de Francia en Valladolid con dos imágenes. Algunos fotógrafos franceses han dejado las mejores fotografías del Valladolid decimonónico, como la del puente colgante, realizada por Jean Laurent en 1864;  o el grabado del Campo Grande elaborado a vista de pájaro por Alfred Guesdon en 1854. Ambas imágenes están tomadas del Archivo Municipal de Valladolid. Para situarnos en la imagen de Guesdon, el edificio octogonal que está casi en el centro del grabado es la antigua Academia de Caballería, que es donde está la actual.

 NOTA: Amén de indagar en archivos y diversos textos sobre Valladolid,  hay un  libro titulado Valladolid la huella francesa, de Luis Torrecilla Hernández, que aborda algunas de las cosas que aquí se han relatado.

 

 

EN SEPTIEMBRE, FERIA Y FIESTAS DE VALLADOLID

La Feria de Septiembre tiene su origen en la Edad Media, aunque  el formato que más o menos conocemos ahora, ha arraigado sobre todo a lo largo del siglo XIX, donde ha adquirido notoriedad y atención municipal.

Esta Feria   ha tenido ligeras variaciones en su denominación ( a veces de Septiembre, otras de Valladolid…) hasta que en 1960 oficialmente se convirtió en Feria y fiestas de San Mateo (en 1939 también se la llamó así pero solo aquel año). Y en el año 2.000 Ferias de la Virgen de San Lorenzo.

El abanico de sus fechas ha sido muy abierto, pues no era raro que llegara hasta entrado octubre. En cualquier caso, se trataba de unas fiestas encajadas entre la finalización de las labores agrícolas del verano y el inicio de la vendimia. No en balde la fiesta estaba más pensada en atraer a forasteros de los pueblos de la provincia que en los propios habitantes de la ciudad. Y eso por una sencilla razón: se trataba de que además de que se cerraran transacciones comerciales en torno la feria del ganado y la agricultura,  los comercios incrementaran sus ventas.

La Feria de Septiembre hunde sus raíces en el privilegio para organizar feria que en  1156 el rey Alfonso VII concede al concejo vallisoletano. Aquella feria anual se concedió para ser celebrada en la fecha de Santa María (Asunción de Nuestra Señora) es decir, el 15 de agosto.

Más, con el tiempo, entrado el siglo XVIII,  se pasó a septiembre, pues su celebración en agosto impedía la presencia en la ciudad de abundante público, dado que el campesinado se hallaba en plena recolección de la mies.

Tiempo después, se celebró la feria en octubre, en torno a la festividad del Arcángel san Miguel, a la sazón patrón de la ciudad hasta que en 1746 se le cambiase por el recién ascendido a los altares San Pedro Regalado.

El problema es que la feria en torno al arcángel San Miguel se alargaba hasta octubre y aquello originaba continuas quejas de los  empresarios de la plaza de toros y los comerciantes, debido a que llegaban las lluvias y el mal tiempo. Así que el concejo en 1843  las adelantó a  fechas en torno al 21 de septiembre, día de San Mateo aunque la fiesta no se llegara a conocer con el nombre del santo.

Este factor climático volvió a surgir en 1910 cuando de nuevo los representantes empresariales pidieron que se celebraran las fiestas en torno a la Virgen de San Lorenzo, alegando un estudio de pluviometría y temperatura que abarcaba los últimos 40 años anteriores… aunque el cambio no llegó a cuajar.

Pues vayamos a ver algunas imágenes de la historia de estas ferias vallisoletanas.

 


El programa de fiestas dependía mucho del presupuesto municipal y de las aportaciones que hicieran empresas y comercios. El repaso a los programas desde que podemos conocerlos, indica que las actividades han sido tan variadas como  los gustos y las épocas, y su inventario sería casi interminable: desfile de carrozas, certámenes literarios, juegos florales, concurso de dulzainas, demostraciones ecuestres, proclamación de reinas y damas, juegos de cañas, cinematógrafos, demostraciones aerostáticas… Pero de entre toda la panoplia casi nunca han faltado las corridas de toros, los fuegos artificiales, las competiciones deportivas, exhibición bandas y música, el circo y las consabidas casetas y barracas con los más variados contenidos y productos.

Las exhibiciones más antiguas han sido las corridas de toros y juegos de cañas. De los fuegos artificiales al menos en el siglo XVI ya se tiene noticias.

Y la feria de ganado y productos agropecuarios que, en definitiva, es el origen de las fiestas septembrinas de Valladolid. (El primer cartel corresponde al año 1871)

 

Las fiestas de Valladolid no han tenido apellido santoral hasta que en 1960 pasaron a denominarse oficialmente “de San Mateo”.

Y en 2000 pasaron a “Virgen de San Lorenzo”, entre otras cosas por razones climáticas más benignas en los primeros días de septiembre, frente al chorro invernal y llovedizo que con frecuencia acontece en los últimos días del mismo mes.

 

De los populares gigantes y cabezudos que se sepa al menos ya pasearon en 1877.

Más, lo cierto es que buena parte de toda aquella actividad tenía, básicamente, como objetivo, animar a los forasteros a venir a la ciudad y que en ella gastaran sus buenos cuartos. De ahí la ocurrente colaboración entre ayuntamiento y comerciantes e industriales. Esa finalidad era tal que incluso en 1887 se subvencionaron los billetes de tren para animar a venir a la capital, habida cuenta de que el año anterior parece que la afluencia fue algo floja.

También ha sido frecuente el debate entre los munícipes sobre si colaborar o no económicamente al desarrollo de las corridas de toros, en unas ocasiones por razones presupuestarias y en otras por evitar amiguismos, toda vez que las corridas siempre han sido organizadas por particulares, aunque fuera en el coso municipal.

 

La actual Feria de Muestras enraíza en las ferias medievales del siglo XII.  Y ha conocido diversos avatares. Con un formato y otro se ha mantenido siempre hasta que se comenzó a pensar en otro formato más del tipo Feria de Muestras que ahora conocemos. En 1850 se celebró una magna Exposición Pública a la que acudieron empresas y otras entidades de muchos lugares de España. La feria del ganado siguió pero no así aquel formato de Muestras, a excepción de 1906. De nuevo se retoma en 1935 a propuesta de la Cámara de Comercio y se montan pabellones en el Campo Grande, pero sin llegar a disponer de un edifico permanente. En 1936 ya no se llevó a cabo a causa de la Guerra Civil (por cierto, tampoco fiestas: ni el  37 ni el 38). Hasta que en 1965 se inaugura en unos pabellones de obra la Feria Regional de Muestras, que ha llegado a nuestros días tras alcanzar el rango de Nacional y luego Internacional. (La última foto es de los años 70).

Cuadro de Gabriel Osmundo: Feria de Valladolid. 1880. Conservado en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid

Feria de ganado en Campo Grande, principios del s. XX.

Los escenarios han variado también muchas veces, aunque en general  intentado que fuera en lugares céntricos habida cuenta, tal como se llegó a decir en algún pleno municipal, que había que facilitar las cosas a los forasteros y hacer demostración de las bellezas y virtudes urbanísticas y monumentales de la ciudad. En general giraron en torno al Campo Grande (incluso la feria de ganado), hasta que definitivamente se desechó para evitar el deterioro de tan magnífico y apreciado jardín.

 

Así, sin entrar en fechas ni secuencia de acontecimientos, las Fiestas de Valladolid y la Feria de Ganado han conocido el citado Campo Grande, la Plaza Mayor-calle Santiago-Fuente Dorada, las Moreras, la plaza de San Nicolás, la explanada de la Academia de Caballería tras su incendio, los aledaños del viejo estadio Zorrilla, y la Rubia hasta su actual emplazamiento en Parquesol para carruseles, circos  y barracas.

La feria de ganado también conoció el Prado de la Magdalena en los años 60. (La primera imágen es de 1937 en el Campo Grande, la otra, de la Rubia en 1974).

 

Muy curiosos son los contenidos de los bandos que cada año pregonaba el Ayuntamiento para el buen desenvolvimiento de la feria. Su contenido se repite sin apenas variaciones durante muchos años, hasta que nuevas circunstancias y costumbres obligan a introducir modificaciones.

Por ejemplo el de 1870, convocando a la”Feria Anual”, entre otras cosas advertía: “Los carruajes y recuas de bestias al atravesar y circular por la población irán al paso, llevando la derecha y sin pararse en punto alguno”… “ “No se confiará caballería alguna a los menores de 15 años”…  “Las tiendas de bebidas y cafés no despacharán desde las once de la noche hasta el amanecer”… “Todo vendedor admitirá la moneda corriente de oro, plata o cobre (salvo) que esté resellada o con falta notable de peso”…

El bando del alcalde Miguel Íscar, pregonado en 1878, básicamente decía lo mismo, más abundaba en que “En la parte exterior de tablones y tiendas no se podrá colocar objeto alguno que pueda entorpecer el paso en aceras y soportales”…

En fin, otras veces se advertía de que “En las calles y sitios públicos donde puedan interrumpir el libre tránsito, no se permitirán los juegos de bolos, barra, morrillo, pelota y demás de esta especie”… “Todos los juegos prohibidos por ley serán perseguidos” (¿y el resto del año?)…. “Tendrán que retirarse andamos, escombros, materiales de construcción que permanezcan en las calles y plazas”…

También se dictaban bandos para el buen desenvolvimiento de las corridas de toros, con contenidos tales como: “Con el fin de evitar desavenencias no podrán abrirse bajo ningún pretexto paraguas ni sombrillas”… “No se entrará al tendido con palos, bastones ni otro instrumento contundente”… “Nadie arrojará a la plaza cáscaras de fruta u otros objetos que puedan perjudicar la lidia”….

 

…Y veamos otras variadas imágenes y recuerdos de la ferias vallisoletanas…

 Pregón de Concha Velasco, en primer término, sentada, Rosa Chacel. Año de 1985.

Desfile de carrozas, año de 1963.

Pregón y proclamacion de reina y damas en 1974.

 

 

 

Anuncio en El Norte de Castilla de exhibición de los primeros cinematógrafos durante las ferias. Año de 1896.Noticia del 21 de septiembre de 1975 (El Norte de Castilla).

 

Uno de los hermanos Toneti, durante una rifa benéfica en una caseta de las ferias: 1967.

 

Si el lector o lectora está interesado en conocer con mayor detalle esto que aquí se ha contado, al margen de los numerosos documentos municipales consultados, están, entre otros, los siguientes libros:

Ferias y fiestas de San Mateo, de Paz Altés Melgar y Rosa Mª Calleja Gago.

El ayuntamiento y la fiesta, de Juan Manuel Olcese Alvear.

Virgen de San Lorenzo, patrona de la ciudad, de Javier Burrieza Sánchez.

 

NOTA: Todas las fotos excepto la que indique otra cosa, están obtenidas del Archivo Municipal de Valladolid,  y los recortes de prensa del archivo digital de El Norte de Castilla.

VALLADOLID 1866, LA CIUDAD QUE SORPRENDIÓ A ZORRILLA

Después de más de treinta años de ausencia, Zorrilla recaló en Valladolid. No conozco con precisión si eso fue en 1866 o 1867, pero para el caso es lo mismo. Veamos: José Maximino Zorrilla y Moral nació, como sobradamente se conoce, en Valladolid en 1817. Con nueve años su familia se traslada a Sevilla y Madrid. El joven José Zorrilla vuelve a Valladolid en 1835, donde  mal estudió Derecho algún  año. Y a partir de ahí comienza un largo periodo de su vida propio de una novela. Es el caso que después de casi doce años de residencia en Méjico, en 1866  regresa a España e inicia un viaje por varias ciudades, recalando en Valladolid, donde permanecerá algún tiempo.

Es decir, pasó unos  31 años fuera de su ciudad natal.

En 1867, durante la estancia del poeta en España, fusilan a su protector en  Méjico, el emperador Maximiliano, dejándole huérfano de amparo  y sobrecogido por aquella noticia. Producto de su periplo por España y de su aflicción por la muerte de Maximiliano, Zorrilla escribe un alegato  –El drama del alma– en favor del emperador asesinado que incluye diversas consideraciones sobre ciudades y tierras de España,  y el  reencuentro con su Valladolid natal.

En 1866 estamos en una ciudad que aunque mostraba ciertos signos de crisis, sin embargo había conocido unos cambios extraordinarios que el propio poeta refleja en sus versos: junto a los recuerdos de su infancia, se encuentra con una ciudad de febril actividad económica que ni se podía imaginar. Estaba ante el Valladolid moderno cuyas huellas aún son perfectamente identificables.

Sin duda, el recuerdo que Zorrilla guardaba del Valladolid de su niñez era el de una ciudad “poco más que un pueblo grande, un lozadal en invierno y un lugar polvoriento en verano, en el que viejas iglesias, conventos y palacios, a los que costaba mantenerse en pie, formaban la postal turística de la población”, tal como relata José Miguel Ortega del Río en su libro El siglo en que cambió la ciudad. Y cuando nuestro poeta, treinta años más tarde, se encuentra con una ciudad que había más que duplicado su población en treinta años: la dejó con menos de 20.000 habitantes y se la encontró con  unos  50.000.

No es de extrañar, por tanto, el asombro del vate:

Esta es Valladolid… ¡al fin la veo! / ¡Con qué placer…, como la luz primera / cuando en ella nací! ¡Dios mío!, creo / que vuelvo hoy a nacer. Espera, espera / cariñosa amistad!, solo un paseo /Por la plaza, una vuelta por la Acera, / déjame este aire respirar: deseo / beber las dulces aguas de esta fuente / de mis recuerdos y bañar mi alma / en el remanso tibio y trasparente / que hace, con ellas resbalando en calma, / del tranquilo Pisuerga la corriente. / Déjame… quiero hablar con estas piedras, / y abrazar estos árboles, y ansioso / besar estas paredes de que yedras / son mis dulces memorias, y reposo / tomar en estos bancos en que un día, / mal estudiante, a divagar venía.

(…)

Aquellas son las torres bizantinas / del buen don Per-Anzules… en  mi oído / no olvidando jamás, vibrando ha ido /  el son de sus campanas argentinas.

 ¡Qué esta es Valladolid! Fábricas nuevas / banco, teatros, fuentes, adoquines / canal, ferrocarril….; ¿y mis Esguevas? /  ¿y mis prados de ayer?…  plazas…  jardines, / ¡pero, oh noble amistad! ¿dónde me llevas? / Yo recuerdo estos curvos callejones: / conozco esos antiguos caserones… / Esta es la calle de terreno escasa / donde mis muertos padres han vivido: / y esa… ¡que existe aún! … esa es la casa / donde a mi vida inútil he nacido.

Lógico era que el poeta se sintiera incluso aturdido ante lo que estaba viendo según paseara por las calles de su ciudad natal. En poco más de 30 años el Valladolid de los 60 mostraba los enormes cambios y mejoras en todos los sentidos, incluido la creación del Banco de Valladolid (1857). Las primeras obras para soterrar los ramales de la Esgueva comenzaron en 1848. Y en el año 1854 se instalaron farolas de gas  para el alumbrado.

Más, que mejor manera de ver ese Valladolid de 1866 que dándonos un paseo por algunos de los lugares que cita Zorrilla (y algunos otros). Para ello, hasta donde se pueda, nos serviremos de fotografías y grabados de la época.

 

Plano de la ciudad en 1866. Archivo Municipal de Valladolid (AMVA).

 

La torre de la Antigua, que junto con la de la Colegiata  (¿o la de San Martín?), eran las “torres bizantinas del buen don Per-Anzules” que tanto apreciaba Zorrilla. (AMVA)

 

Las calles Torrecilla, Prado, Empecinado, etc. (en definitiva, el entorno de la casa donde nació Zorrilla) tenían casonas o palacios que la piqueta destructora de los años 60 del siglo pasado se encargó de destruir. No obstante quedan algunas fachadas y patios que permiten apreciar esos “antiguos  caserones” que Zorrilla cita como lugares de sus correrías infantiles. Por ejemplo el portón  del número 9 de la calle Empecinado: casa del licenciado Juan de Zarandona, con su patio renacentista. (Foto J. Anta)

 

Zorrilla se marchó de Valladolid conociendo un solo puente, y cuando vuelve se encuentra con el llamado puente Colgante, de Hierro o del Prado, una demostración de modernidad y del imperio del hierro en la construcción moderna. Su construcción comenzó a gestarse en 1851   y se inauguró en 1865. (Foto de Jean Laurent -AMVA-)

 

El Arco de ladrillo  se había construido en 1856, con casi 150.000 ladrillos macizos. Se levantó incluso antes de que comenzaran las obras del ferrocarril (se puede considerar, por tanto, la primera obra ferroviaria de Valladolid). Cuando en julio de 1858  la Reina Isabel II visitó la ciudad y los terrenos de la futura estación de ferrocarril, ya estaba construido el Arco de Ladrillo (que por entonces se conocía como Arco de la Estación) pero las vías aún no pasaban por debajo de él. Y, a mayor abundamiento hemos de indicar que la primera estación ferroviaria se construyó junto al Arco. En 1860  había llegado la primera locomotora a Valladolid, y en 1864 ya estaba concluida por completo la línea ferroviaria Madrid-Irún… (La foto está tomada del blog Domus Pucelae).

 

… Y el canal (de Castilla) que cita Zorrilla en sus versos. Su dársena era lo que ahora llamaríamos un polígono industrial. Se había terminado de construir en 1835 y se había constituido en el principal foco industrial de la ciudad: industrias harineras, talleres, un tejar, almacenes de grano, empresas siderometalúrgicas, empresas de hilados y tejidos… Muchos de sus edificios estaban construidos con cierto gusto: frisos, columnas y esculturas mitológicas… ventanas ojivales como una iglesia. En 1856 había sido pasto de las llamas durante los motines del pan. La empresa Fundiciones  del Canal realizó, entre otras cosas, la estatua de Cervantes de la plaza de la Universidad, y la fábrica de harinas la Perla se ha mantenido activa hasta el año 2006. (Las imágenes corresponden a un grabado del Semanario Pintoresco Español y una foto del AMVA).

 

Las aceñas del puente Mayor aún eran perfectamente reconocibles. (Foto de Jean Laurent -AMVA-).

 

La Casa Consistorial que se levantó durante la reconstrucción del centro de Valladolid tras el pavoroso incendio de 1561 todavía estaba en pie, pero se encontraba en muy mal estado, y tras varios años sin tomar decisiones acabaría derribándose en 1879, siendo Miguel Íscar alcalde de la ciudad. (Foto de Jean Laurent -AMVA-)…

 

… Y la Plaza Mayor en un día de mercado.  En la Acera de San Francisco  se había abierto el moderno café del Norte en 1861, local donde con el paso de los años se formó  una especie de club de admiradores de Zorrilla: hacían una tertulia y a alguna de ellas acudió el poeta en su postrera y última estancia en Valladolid.  El rincón de la imagen se corresponde con el actual Banco de Santander que, como se ve, el edificio se comió una calle -que ahora se llama callejón de San Francisco-.(Foto de B. Maeso -AMVA-)

 

Los teatros Lope de Vega y Calderón de la Barca, que le sorprendieron,  se habían inaugurado en diciembre de  1861 y en septiembre de 1864 respectivamente. El Corral de Comedias (que estaba en la actual plaza Martí y Monsó) que Zorrilla recordaba de su temprana juventud hacía tiempo que estaba cerrado y amenazaba ruina. Por eso la ciudad recibió con alegría la construcción de sendos nuevos teatros. En la inauguración del Lope de Vega se representó “El premio del buen hablar” (Lope de Vega); y el Calderón, con la obra “El alcalde de Zalamea”.  Precisamente en el Calderón se tributó un homenaje al poeta durante su estancia en la ciudad. (AMVA)

 

La casa que habitó Cervantes junto a la Esgueva suscitaba dudas, así que  tras diversas investigaciones sobre cual podía ser la verdadera, en 1866 se decidió colocar una placa en la fachada que ahora conocemos, declarándola Casa de Cervantes. (AMVA)

 

 La Fuente Dorada, que el poeta recordaba, cuando recaló en Valladolid estaba adornada con una escultura del dios Apolo. (Foto de Gaudín -colección  C. Sánchez-)

 

Y la Catedral, sin ninguna de sus dos torres: la única que tenía se había derrumbado en 1841 y hasta 1880 no comenzaría a con construirse la actual. (AMVA)


Antigua Academia de Caballería, de forma ochavada. (Grabado de Emilio Prieto -AMVA-)

 

 

 

PEDRO EL REGALADO, HIJO DE MARÍA DE LA COSTANILLA

El 13 de mayo es la festividad de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid. Hasta su elección en el siglo XVIII como protector de la ciudad, era San Miguel arcángel el encargado de velar por los hombres y mujeres que habitaban la antigua ciudad cortesana.

Corría el año de 1746. La ciudad, aquel año,  celebró con enorme entusiasmo la noticia del primer vallisoletano que había sido subido a los altares. La fiesta duró varios días y cuentan las crónicas que fue una auténtica locura popular. No faltó de nada: fuegos artificiales, grandes hogueras, corridas de toros,  hubo extraordinarios actos litúrgicos, impresionantes comitivas de gremios y cofradías, desfile de bandas de música,  y no faltaron bailes al son de las chirimías. La ciudad toda era una fiesta. Incluso se hizo una consulta popular para ver si la gente le quería como patrono, con una masiva respuesta afirmativa.

Pero ¿quién era ese tal Pedro? Pedro Regalado nació en Valladolid en 1390 –fecha, en cualquier caso no muy fiable-,  y falleció, ya en olor de santidad,  en La Aguilera en marzo de 1456. Sabemos ahora que venía de una familia de judíos conversos.

Su padre se llamaba Pedro  (y apellidaba Regalado) y a su madre (que quedó viuda siendo aún  joven)  María, como casi todas las mujeres entonces (y casi hasta hoy mismo), la conocían como la Regalada o, también, como María de la Costanilla (por la calle donde vivía), actual de la Platería y donde nació Pedro. A Pedro, ya clérigo, en algún documento se le anota como Pedro de la Regalada, o Pedro de la Costanilla, o Pedro de la Costanilla y Regalado, o incluso Periquillo de Valladolid… o fray Pedro de Valladolid y, una vez muerto, mucha gente lo citaba como “el Santo Regalado”.

No es mucho lo que se conoce de su vida.  Cuando contaba 13 o 14 años entra en el Convento de San Francisco, muy próximo a su casa natal. A los 22 años fue nombrado sacerdote. Estuvo al frente de los conventos franciscanos de La Aguilera (Burgos), y el Abrojo (Laguna de Duero). Conventos con reglas de observancia muy rigurosas en los que la oración, meditación y ayuno severo se sumaban a un hábito espartano y a lo sumo unas sencillas sandalias para cubrir el pie durante todo el año (hiciera la temperatura que fuese).

Su fama milagrera ya se fue labrando en vida, pues se le atribuyeron episodios de bilocación, amén del  renombrado caso de domesticación de un toro que, suelto, aterrorizaba a la población (razón por la que también se le considera patrón de los toreros); y su proverbial capacidad de atravesar el Duero utilizando su manto a modo de liviana balsa.

Apenas fallecido, se contabilizaron cerca de doscientos milagros, entre los que, además de realizar numerosas sanaciones de enfermos deshauciados, llegó a resucitar brevemente para entregar un pan a un pobre hambriento que oraba delante de su tumba.

Alcanzó tal fama  que incluso  la Reina Isabel la Católica visitó su tumba en el monasterio de la Aguilera, y mandó erigir un vistoso  sepulcro.

Pues, contado todo esto, vamos a recorrer los lugares que evocan la historia e imagen de este santo silencioso.

 

La casa natal se le atribuye en el número 1 de la calle de la Platería (antigua Costanilla). No está muy claro que este fuera el lugar exacto –habida cuenta de los dos incendios que tanto en 1461 y 1561 arrasaron la calle-, pero a tenor del apellido de su madre –Costanilla-, sí parece probado que, al menos, nació en esa calle.  Un cuadro y una placa conmemorativa en la fachada dejan constancia del nacimiento del santo.

 Iglesia del Salvador, en la plaza del mismo nombre. Cuando en 1683 se beatificó al Regalado, este comenzó a recibir culto en el templo, debido a que parece razonable que hubiera sido bautizado en él.  Edificada sobre la antigua ermita de Santa Elena, del siglo XIII, ya alcanzó la categoría de parroquia en el siglo XIV, dedicada desde un principio al Salvador.  Su fachada es plateresca, realizada por el famoso Juan Sanz de Escalante entre los años 1541 y 1559. Algún historiador de la época la calificó como de las más preciosas de España.

 

La torre, muy esbelta, presenta dos cuerpos bien distintos: uno, en piedra,  del siglo XVII, y otro –ochavado-  (del s. XVIII) en ladrillo. Rematado por un tejado de pizarra de las canteras de Bernardos (Segovia)  debido a una reconstrucción que hubo que hacerse tras su hundimiento a principios del XVIII. La torre de la Catedral de Valladolid está inspirada en esta de El Salvador.

 

Retablo mayor, del siglo XVIII, definida por el catedrático Jesús Urrea como expresión del rococó vallisoletano. En lo alto del crucero, escudo de los Almirantes de Castilla, protectores que fueron del Salvador.

 

Una de las capillas más interesantes, concluida en 1487,  es la de San Juan Bautista. Acoge un magnífico retablo (1504) de la escuela flamenca. En el suelo se pueden ver enterramientos que seguramente pertenecieran a la ermita de Santa Elena, al tratarse de la zona más antigua del templo.

 

Pila bautismal que la tradición (no demostrada) indica que en ella fue bautizado San Pedro Regalado.

 

Y capilla de San Pedro, con un retablo de  1709 atribuido a Juan de Ávila, representa la traslación del santo por unos ángeles desde el monasterio del Abrojo al de La Aguilera que, precisamente, imita el grupo escultórico que hay en este último monasterio.

 

A un costado del Salvador se erige una escultura instalada en 2004 y realizada por Miguel García Delgado, sevillano con numerosa obra pública en España.

 

El monasterio de Aniago o del Abrojo está en un paraje próximo a la finca real  que frecuentaron los Reyes Católicos, y sus descendientes Carlos V  y Felipe II. De aquel palacio campestre donde se practicaba la caza, hoy quedan las tapias amuralladas, y en su interior una urbanización de chalets.

No  fueron los franciscanos los primeros  en asentarse en aquel lugar, pues antes perteneció a diversas órdenes religiosas, hasta que en 1441 se instalaron los del císter, que serían sustituidos por los franciscanos reformados a los que pertenecía el Regalado.

Tanto el monasterio como el palacio sufrieron un incendio en 1624. No obstante el monasterio fue reconstruido y actualmente se conservan unos pocos vestigios: restos de un muro, el acceso a la bodega, un estanque (con el que  se regaba la huerta del monasterio), y una fuente (llamada de San Pedro).

 

El santuario de La Aguilera tiene su origen en el siglo XIV, acoge el sepulcro de Regalado, amén de una capilla dedicada igualmente al santo. En la imagen, panorámica del edificio y detalle del sepulcro del santo mandado construir por Isabel la Católica. Está realizado en mármol a finales del XV y atribuido a la escuela de Colonia, que por aquel entonces trabajaba en la catedral de Burgos. Ambas fotografías son de Miguel Ángel Santos.

 

… Y obligado es, al menos, dejar anotado que el desaparecido convento de San Francisco (en la Plaza Mayor), es otra referencia de la vida de san Pedro, pues, como ya se ha dicho, en aquel convento,  del que no queda resto edificado alguno, entró el santo en edad adolescente (en la imágen, placa conmemorativa frente al actual Teatro Zorrilla)

Amén del monasterio de la Aguilera y la iglesia de El Salvador, la cantidad de imágenes (cuadros o esculturas) del Regalado que hay en numerosos lugares, dan idea del alcance popular que tuvo. Así, encontraremos (sobre todo esculturas) en el Carmen de Extramuros,  San Lorenzo, Santuario Nacional, Jesús Nazareno, las Angustias y la Catedral, en Valladolid; también en los conventos de las Descalzas Reales y Corpus Christi de la capital vallisoletana;  y en iglesias de Laguna de Duero, Renedo de Esgueva, Cigales, Cabezón, Medina de Rioseco, Melgar de Fernamental, Burgo de Osma…

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

La Ciudad del Regalado. VVAA. Coordinado por Javier Burrieza. Ayuntamiento de Valladolid, 2004.

San Pedro Regalado: Teófanes Egido. Caja de Ahorros Popular, 1983

Catálogo monumental de Valladolid, de Juan José Martín González y Jesús Urrea. Institución Cultural Simancas y Diputación de Valladolid, 1985.

Iconografía de San Pedro Regalado: S. Andrés Ordax. Junta de Castilla y León, 1991.

POZOS DE NIEVE Y ABASTECIMIENTO DE HIELO

Ya está en las librerías mi libro titulado Pozos de nieve y abastecimiento de hielo en la provincia de Valladolid.  En esta entrega del blog hago un brevísimo resumen de una actividad industrial que ha dejado huella en diversos municipios vallisoletanos.

Todavía en los años 40 del siglo XX se seguía utilizando nieve o hielo natural para la fabricación de helados, la confección de bebidas refrescantes,  para bajar la fiebre,  taponar hemorragias o contener inflamaciones musculares. Me refiero a hielo recogido en las montañas o en las charcas de las ciudades, aunque ya existía el hielo artificial y estaba prohibido el uso del natural.

Es curioso como un elemento natural tan sencillo aún sigue aplicándose cotidianamente: no solo para hacer cubatas o gin-tonics, sino para relajar las contusiones, porque ¿qué es lo que se ponen en las rodillas o los tobillos los astros del baloncesto cuando se sientan a descansar en el banquillo? ¡hielo!

El hielo, del que se sabe que ya en el siglo XI a.C. se empleaba en China, ha tenido a lo largo de la historia muchísimas aplicaciones. Pero en España y Europa fue sobre todo entre los siglos XIV y XIX cuando el uso del hielo natural conoció su máximo esplendor. Incluso se escribieron numerosos tratados médicos aconsejando como debía emplearse para favorecer la salud.

El Palacio Real (lo que normalmente se conoce como Capitanía) en la plaza de San Pablo, tenía dos pozos de nieve en la cuesta del Tomillo (carretera de Renedo), y se llenaban en invierno con el hielo que se recogía en las charcas o bodones que había en el actual barrio Belén.

Muchos monasterios y conventos, como San Pablo, Nuestra Señora de Prado, San Francisco, etc. y casas señoriales disponían de sus propios pozos de hielo que utilizaban no solo para consumo propio sino para vender a la población.

Las normas de venta de hielo eran muy curiosas. Por ejemplo: había que vender preferentemente a los empadronados en la población, y solo si sobraba se permitía vender a los forasteros; y además del horario comercial, los que explotaban los pozos estaban obligados a suministrarlo a cualquier hora del día y de la noche si era para atender enfermos.

Pero este trasiego y almacenamiento de hielo no era exclusivo de la ciudad. También se llevaba a cabo en muchos municipios, algunos de los cuales todavía conservan su recuerdo en el callejero, como La Seca u Olmedo, que tienen una calle llamada Pozo de Nieve. Y sabemos que  Alaejos, Íscar, Laguna de Duero, Medina de Rioseco, Rueda, Peñafiel, Pesquera de Duero, etc., etc. también dispusieron de pozo de nieve.

NOTA:  algunas fotos están “capadas”, porque  tienen derechos de autor.

 

El famoso palacio de los Marqueses de Valverde, que está en la plaza de Fabio Nelly, conoció su esplendor entre otras cosas por el comercio del hielo. El marquesado tenía cedidas numerosos poblaciones en  la montaña palentina, y desde aquellos pueblos, especialmente de Valverde de la Sierra (que está al pie del pico Espigüete), se traía hielo en el verano a Valladolid.

 

Nava del Rey conserva uno de los pozos más interesantes de España. Este pozo, que es visitable, ya existía al menos en el siglo XVI, y se ha conservado hasta nuestros días sobre todo porque en los últimos tiempos se usó como almacenamiento de hollejo de la uva (fotos del exterior e interior del edificio). La imagen del interior es de José Manuel Rodríguez.

 

En Medina del Campo, el llamado Mirador de la Reina, en la Mota es, en realidad un viejo pozo de nieve. Imagen de sus contrafuertes y desaguadero. (Foto del exterior: José María Cabezas).

 

Callejero de Olmedo.

 

 Si visitamos  la sala capitular de la cofradía de las Angustias, veríamos un cuadro en el que está pintado un pozo de nieve (señalado por la mano de una de las personas representadas en el cuadro) que había en las huertas de Linares (barrio de la Rondilla). Fotografía de Alberto Mingueza.

 En el borde del páramo de Urueña (hermosa población), se conservan los restos de un viejo pozo nevero.

 

 

La afamada heladería Baonza, en la Plaza Mayor de Tordesillas, aún utilizó hielo natural avanzado el siglo XX para elaborar sus ricos productos.