LOS MARQUESES DE VALVERDE DE LA SIERRA

Valladolid, a pesar del destrozo de los años 70 del siglo pasado, aún conserva diversos palacios, más conservados unos, más transformados otros. Es el caso que entre ellos está el palacio de los marqueses de Valverde. Sito en la calle San Ignacio frente a la iglesia de San Miguel y San Julián, y haciendo esquina con la plaza de Fabio Nelli, donde se alza el impresionante palacio de aquel importante banquero vallisoletano.

Si añadimos que se halla en las proximidades del convento de la Concepción, hablamos de que nos encontramos en uno de los enclaves más interesantes de Valladolid, tanto por arquitectura como por historia. Además,  no muy lejos están  la Plaza del Viejo Coso, del siglo XIX, y la casa del Marqués de Castrofuerte.

En definitiva, por la época en que algunas de estas construcciones se fueron levantando, estamos en el epicentro del Renacimiento del Valladolid cortesano.

La casa de los Marqueses de Valverde, que data de los primeros años del siglo XVI y que ha conocido diversas reformas en el XVIII y en el XX,  no es el palacio mejor conservado de Valladolid, aunque es perfectamente reconocible su traza, que mantiene todavía el aire del renacimiento italiano (especialmente en su esquina con la calle Expósitos) y, en todo caso, una bonita fachada.

Hay que advertir que el marquesado de Valverde es, en realidad de Valverde de la Sierra, que nada tiene que ver con otro título nobiliario que también responde a Valverde: un título creado en el siglo XVII por Felipe IV que está unido al ducado  de  Medina Sidonia.

No, el marquesado de Valverde de la Sierra se remonta a 1678, cuando Carlos II concedió este título a Fernando de Tovar y Enríquez de Castilla Cañas y Silva, a la sazón entre otros títulos, caballero de la Orden de Calatrava y señor de la Tierra de la Reina, que es donde está enclavado Valverde de la Sierra: un bonito pueblecito a los pies del pico Espiguete, todo una referencia de la Montaña Palentina. Desde principios del siglo XXI el título lo ostenta Irene Vázquez, residente en Cataluña y profesora de Formación Profesional.

El edificio palaciego fue levantado por el Oidor de la Chancillería Juan de Figueroa, que junto con su esposa María Núñez de Toledo, fundaron el cercano convento de la Concepción en 1521. Terminó perteneciendo a don Fernando de Tovar Enríquez de Castilla, señor de Tierra de la Reina,  y marqués de Valverde  a raíz de la creación de marquesado, como se ha dicho, por Carlos II.

La fachada tiene grabada la fecha de 1763, probablemente debida a obras o haber sido reconstruida en dicho año en algunas de sus partes. Juan Agapito y Revilla nos habla de la azarosa vida de este palacio que arrastra una curiosa leyenda que incluso se ha trasladado a la literatura, y sobre la que más adelante volveremos. En julio de 1736 el palacio padeció incendio. En este mismo palacio residieron los Agustinos Filipinos antes de ocupar el convento que ahora ocupan en la calle Filipinos. Más tarde estuvo ocupado por los Padres Carmelitas, hasta que, finalmente se convirtió en un edificio de bajos y viviendas de alquiler.

El almohadillado que hay en la puerta y otros detalles de la fachada siguen los gustos de la arquitectura florentina. Y también llama la atención la hilera de ventanas superiores en la  que se suceden formas redondas y formas cuadradas.

La esquina  es de dos ventanas superpuestas  con un pilar almohadillado que al parecer se mantiene desde el siglo XVI.

Escudos  de la familia Figueroa (cinco hojas de higuera), y Tovar (banda engolada).

Esquina coronada por dos figuras femeninas alojadas en sendos óculos flanqueando el escudo de los Tovar.

Patio del palacio que sirve para hacernos una idea de cómo era, dado que este no es el original ni las columnas que lo adornan.

Los Tovar, que como hemos recibieron el marquesado,  fueron una importante familia  que, por ejemplo, dejaron una fortificación en  Boca de Huérgano, en la zona de Tierra de la Reina, de la que se conserva la llamada torre de los Tovar, un torreón medieval de finales de la Edad Media. La imagen está tomada de Diario de Valderrueda.

Los marqueses de Valverde, entre otras rentas que obtenían de sus propiedades de Valladolid tales como casas, riberas y molinos,  disponían de unos ingresos extra con el comercio de la nieve. Tenían un contrato con el municipio de Valladolid (estamos hablando del entorno del siglo  XVIII) por el cual cuando en los pozos de nieve de la ciudad comenzaba a escasear el hielo que se había empozado procedente de las charcas de la Esgueva y otros lugares durante el invierno, los marqueses (que en realidad vivían en Madrid), previo aviso del Ayuntamiento, mandaban que los arrieros de Valverde de la Sierra, trajeran hielo procedente de los neveros perpetuos del pico Espigüete, que se alza sobre el pueblo. Aquel trasiego es una de las señas de identidad de ese y otros municipios del entorno, que vivían de él una vez que se terminaban las faenas agrícolas.

Y decíamos que la Casa cuenta con una leyenda relacionada con las infidelidades de la marquesa, que, al parecer tienen su plasmación en las dos figuras (hombre y mujer) que flanquean la ventana principal del palacio que da a la calle San Ignacio.  Al parecer, la marquesa  fue infiel a su esposo con uno de los criados de la casa. Se trataba, como no podía ser de otra forma, de un joven atractivo. Se cruzaban besos  al principio y pronto comenzaron los encuentros furtivos. Según versiones de la leyenda comenzaron a planificar su huida. Pero en esas estaban cuando fueron descubiertos por el marqués, que denunció la infidelidad de su esposa que, a la sazón, por aquellas épocas (no tan lejanas) era delito. Aquello abrió un proceso penal que terminó en la condena de marquesa y criado.

El marqués mandó labrar en la fachada la imagen de su infiel esposa y su desleal criado para que sirviera de escarnio público de ambos.

Esta leyenda fue recogida por Ramón de Campoamor  en “Drama universal”, que en su escena XXXV titulada Los marqueses de Valverde, de esta forma la comenzó: «Se alzó en Valladolid un edificio, / de Fabio Nelli en la plazuela un día, /y desnudo, en el ancho frontispicio, /el cuerpo de la dueña se veía. /Creyó, haciendo la impúdica escultura, /este Marqués celoso y delirante, /vil castigar la vil desenvoltura /de esa adultera esposa y del amante / Ciego, al llenar a su mujer de lodo, / no ve el Marqués que su deshonra sella / publicando el imbécil de este modo / la infamia de él y la vergüenza de ella”.

ALGUNA DE LA BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA: “Guía de Arquitectura de Valladolid” (coord. J.C. Arnuncio);  “Las calles de Valladolid” (J. Agapito y Revilla);  “Arquitectura y Nobleza” ( Jesús Urrea); “Guía Misteriosa de Valladolid” (Javier Burrieza); y “Pozos de nieve y abastecimiento de hielo en la provincial de Valladolid” (Jesús Anta).

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EL DIABLO ANDA SUELTO

En  la iglesia de Santiago Apóstol se guarda una repintada escultura del arcángel San Miguel de tamaño natural y al decir de los expertos, de escasa calidad. Está datada en el siglo XVIII y es de autor desconocido.

Esta escultura presidía el Arco de Santiago, derribado en 1864 y que a su vez había sustituido a la llamada Puerta del Campo, un cerramiento de la cerca medieval del siglo XIV. Por puerta del Campo nos estamos refiriendo a la que había al final de la calle Santiago y por la que se salía al espacio abierto que con el paso del tiempo llegó a ser el Campo Grande.

Fotografía del Archivo Municipal

El Arco de Santiago, más ornamental que defensivo (como era la Puerta), según la historiadora María Antonia Fernández del Hoyo, se debió construir hacia 1625 por el arquitecto de la ciudad Diego de Praves –cosa que, no obstante, no está documentada-. En esta puerta se entronizó una escultura de San Miguel, a la sazón patrono de la ciudad hasta que en 1746 le sustituyó en su cometido protector de la ciudad  el recién elevado a los altares Pedro Regalado. Por cierto, por la otra cara de la puerta, la que daba hacia la calle Santiago había una imagen de la Virgen de San Lorenzo, de cuyo rastro nada se sabe.

Como es lógico, San Miguel, protector de la ciudad, tenía su hornacina en la cara del Arco que miraba hacia el exterior,  para así detener a quienes trataran de hacer daño a la ciudad.

Decíamos que la escultura de San Miguel se instala en la iglesia de Santiago Apóstol en 1864. Pero ¡oh! le falta el dragón, la serpiente, el demonio… ese ángel caído, ese lucero brillante hijo de la aurora –Lucifer, o Luzbel-, como le define el profeta Isaías. Un ángel que quiso ser como el Altísimo y que, sin embargo, fue expulsado al sepulcro, a las profundidades del abismo. En definitiva, en la tradición cristiana, la personificación del Mal,  pero que para los helenos el Demonio era, en realidad, un ser superior próximo a los dioses…

Fachada de la iglesia de San Miguel, en la calle San Ignacio.

Ese Satanás -el que nos lleva por el mal camino- que fue derrotado por  el jefe de las milicias celestiales, el arcángel San Miguel: brazo ejecutor de la justicia divina que tiene en sus pies, derrotado, al enemigo infernal. Vestido con coraza, protegido por el escudo y blandiendo la espada, que en ocasiones es de fuego (también se le suele representar con una lanza).

Este ser protector aparece también en la religión hebrea e islámica.

El arcángel fue nuestro patrón durante siglos. Pero aquella imagen que sobre la puerta principal de Valladolid, la del Campo nos protegía,  no tenía al maléfico, al maligno, bajo sus pies: ¿se le escapó?  y, por tanto, ¿eso ha permitido que el demonio ande libre por nuestra ciudad?

Acaso sí, si nos atenemos a las historias que ruedan por Valladolid. Veamos.

De antiguo viene el que el Diablo ande haciendo de las suyas por nuestras calles, tal como nos relató Anonio Martínez Viérgol, que en 1892 publicó esta leyenda titulada  “El Puente Mayor”. Mas, ya nos advierte el autor, desde la primera línea que: “Antes, lector, que pases adelante, hacerte una advertencia es mi deseo; nada hermoso hallarás, todo es muy feo”.

En el siglo onceno había en Valladolid dos linajes enfrentados que controlaron durante siglos la vida social y económica de la villa: se repartían alternativamente, con la aquiescencia de los reyes, el gobierno de Valladolid. Se trataba de poderosas familias cada una de las cuales dominaba siete casas principales: los Tovar y los Reoyo.

Uno de los jóvenes Tovar, apuesto doncel, se prendó de una preciosa muchacha que vivía al otro lado del Pisuerga, el río Mayor. Flor se llamaba: un ser angelical “que nació de un beso que el viento dio en el cáliz de una rosa”

Cada noche el  joven enamorado acudía al encuentro de su amada cruzando el río con una barca. Pero una de aquellas noches algo inesperado ocurrió. Era una noche de tormenta y aguacero y se dirigía presuroso a desatar su barquilla para remar al otro lado del río. En esa ansiedad andaba camino del Pisuerga, cuando  se le cruzó uno de los Reoyo. Su odio y enfrentamiento secular salieron a relucir y ambos jóvenes se desafían. Desenvainan las espadas. Con furia se embisten. Cruzan sus aceros… hasta que “Reoyo cae a un lado traspasado el corazón”.

Aquel inesperado y trágico encuentro  retrasó el momento de cruzar el río. La tormenta y el aguacero no habían hecho sino aumentar en los minutos que los jóvenes emplearon en el desafío. Tal era el furor del temporal que la barquilla se había desbaratado. “¿Qué hacer? ¿Cruzar a nado? ¡Vana empresa! El Tovar se desespera”.

Se sintió abandonado por Dios y gritando clama “¡Satán! Ven en mi ayuda; un renegado reclama tu poder a tan buen precio que mi conciencia, cuando soy y ansío, lo depongo desde hoy a tú albedrío (…) condúceme a los brazos de mi amada”.

Fotomontaje realizado con una escultura del siglo XVIII del Museo de Escultura de autor anónimo.

Y de entre las aguas del Pisuerga, entre olores azufrados y pestilentes, apareció Satanás “muy feo y con rabo”, y le dijo que puesto tanto era su deseo de ver a su amada Flor,  “yo un puente forjaré porque la veas”.  Y en pocos instantes “el Pisuerga alborotado por el Puente Mayor se vio cruzado”.

El Tovar cruzó el puente a la carrera y al otro lado del mismo vio a su Flor a sus pies tendida. Parecía dormida y dándola un beso la susurró “Flor despierta”… Pero, horror, estaba muerta: un rayo la mató. Preso de una terrible desesperación el desgraciado Tovar enloqueció…

Y es que el Diablo siempre cobra sus servicios.

En una de las salas del Museo de Valladolid (plaza de Fabio Nelli) se muestra un sillón de cuero pespunteado con artísticos clavos y primorosamente decorado  que data del siglo XVI.

De la existencia de este sillón se tiene noticia hace poco más de cien años. Estaba sujeto en lo alto de la pared de la sacristía de la Universidad con fuertes abrazaderas de hierro y bocabajo, lo que hacía imposible sentarse en él.

Esta extraña colocación llamó la atención hace más de un siglo de una persona que preguntó por el sillón,  y la respuesta que obtuvo fue que se trataba del sillón del Diablo y que tenía una leyenda de terror.

Mediado el siglo XVI había en Valladolid un afamado médico que realizaba notables curaciones. Andrés de Proaza se llamaba y por sus venas corría sangre  mora y judía.

En la calle Esgueva vivía, cuyas traseras, lamidas por el cauce de la Esgueva,  daban a la actual calle Solanilla. Se murmuraba que era nigromante y que en el sótano de aquella casa practicaba hechicerías. Por la noche se oían gemidos y en el cauce del río flotaban coágulos de sangre.

La alarma producida en el barrio por la desaparición de un niño llevó a los alguaciles a entrar en su vivienda… y, horrorizados,  allí encontraron  los restos de la criatura,  que había sido diseccionado en vivo, tal como terminó confesando el médico.

Procesado por el Tribunal Universitario (por aquel entonces la Universidad tenía sus propios jueces y cárcel), fue hallado culpable y condenado a morir  ahorcado en la plaza pública.

Para resarcirse de los daños e indemnizaciones, las autoridades universitarias intentaron vender los bienes de aquel malvado, pero nadie quiso comprar nada que hubiera pertenecido a semejantes monstruo.

Es el caso que la Universidad se quedó, entre otros objetos, con un elegante sillón de piel, el que ahora luce en el Museo. Un sillón que, según había relatado antes el propio Andrés de Proaza, tenía poderes sobrenaturales para la curación de enfermedades, pero que aquel que en él se sentara por tres veces, no siendo médico moriría; y también moriría quien intentara destruirlo.

La Universidad guardó el sillón en un trastero. Mas, un bedel que vigilaba las aulas entre clase y clase y no tenía más que hacer, lo rescató del trastero y en él se sentó a esperar que salieran del aula los alumnos. Así un día y otro más, hasta que al tercer día, al no levantarse tras la terminación de las clases, trataron de despertarle pensando que estaba dormido… Pero no, no estaba dormido, estaba muerto.

No le dieron más importancia a aquel luctuoso hecho, y la vida siguió entre las paredes de la Universidad. La alarma cundió cuando el bedel que le sustituyó también lo hallaron muerto recostado en el sillón.

Hechas algunas indagaciones, se recordó lo que el nigromante asesino había relatado. Así que las autoridades universitarias decidieron colgarlo bocabajo en la sacristía de la Universidad, tal como se ha contado al principio de este relato.

Así nos lo ha contado Saturnino Rivera Manescau que en 1948 escribió Tradiciones universitarias (Historias y fantasías).

Y ahí está… luciendo en el Museo de Valladolid. El historiador Anastasio Rojo Vega, acaso el mayor experto en estos temas, dejó escrito que tras muchas investigaciones, el tal Proaza no existió.  Pero cierto es que, salvo alguna conjetura, nada se sabe con seguridad acerca de a quién perteneció este diabólico sillón de cuero.

Por si acaso, aviso al visitante,  mejor ni siquiera rozar el sillón del Diablo del Museo de Valladolid.

En el capítulo en el que Don Quijote y Sancho montan en el famoso caballo de madera Clavileño, y les hacen creer que iban volando por el cielo,  el caballero le recuerda al escudero que no debe destaparse los ojos: «No hagas tal —respondió don Quijote— y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerno de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra, por no desvanecerse» 

Más aquí Cervantes erró, pues aquel viaje no partió de Madrid, sino de Valladolid. El licenciado Torralba, de nombre Eugenio (1485-1531) fue un personaje que algunos  consideran uno de los más importantes científicos de su época. Nació en Cuenca pero pasó una larga temporada en Valladolid. Médico, filósofo, nigromante…  fue sometido a la Inquisición por haber predicho el saqueo de Roma y mostrar saberes ocultos. Ante el Santo Oficio reconoció que tenía un criado (Zequiel) de portentosos poderes que fue quien desde Valladolid le llevó a Roma por los aires  montado en un grueso palo la noche del 6 de mayo de 1527 para contemplar el sangriento saqueo de la Ciudad Santa. Y esa misma noche lo devolvió a Valladolid donde contó lo que aún tardaría varias jornadas en llegar como noticia a la Corte española.

Ilustración de una edición del Licenciado Torralba, de Campoamor, en la que se muestra al diablo portando al médico y criado Zequiel.

Sometido a juicio, para salvarse de lo peor reconoció que su criado era el diablo. Pero ¿lo era en realidad? Sobre este interesante personaje escribieron, entre otros,  Julio Caro Baroja, y Ramón de Campoamor le dedicó un poemario en el que jugaba con la doble personalidad de personaje benéfico y diabólico que parece que era su criado Zequiel.

En pleno fervor romántico, José Zorrilla escribió una obra de teatro titulada “El alcalde Ronquillo o el Diablo en Valladolid” que se estrenó en 1845.

Nuestro dramaturgo toma como personaje a  Ronquillo, que es el célebre alcalde que juzgó a los comuneros e hizo  ahorcar al obispo Acuña. Pero le toma como pretexto para escribir un drama siguiendo la leyenda de que el Diablo se llevó el cadáver de Ronquillo, merecedor del infierno por haber hecho matar ni más ni menos que a un obispo. Aquella acción demoniaca ocurrió mientras  los monjes franciscanos estaban velando su cuerpo en el convento de San Francisco, en la plaza Mayor.

Es tradición indudable que en Valladolid fue enterrado el alcalde Ronquillo, personaje cruel que hizo colgar a un mismísimo obispo. El monje franciscano que al día siguiente de la muerte de Ronquillo tenía que predicar las honras fúnebres del personaje, llegada la noche se retiró a la biblioteca del convento  para preparar su discurso… Pero en medio del más profundo silencio un estrepitoso sonido de trompetas le asustó de tal manera que el fraile se escondió entre las estanterías.

Fotomontaje realizado a partir de una imagen tomada del blog Rituals y Propaganda.

Entre los libros que le ocultaban, vio entrar en la sala a un gran número de enlutados precedidos por un jefe que ordenó que a la estancia trajeran el cadáver del alcalde. Y en seguida, en medio de un espantoso ruido de cadenas un tropel de demonios trajo el alma del difunto envuelta en llamas. Y allí mismo fue condenado a prisión perpetua en el infierno en cuerpo y alma. Para ejecutar la sentencia hicieron salir de su escondite al fraile y le obligaron a bajar a la iglesia donde estaba el cuerpo del condenado al infierno. Levantaron la losa y extrajeron el cuerpo. Tras una ceremonia, en la que los demonios hicieron que el alcalde escupiera la hostia que había recibido antes de morir, se apoderaron de su cuerpo y desaparecieron  con él.

A los pocos instantes descargó horrible tempestad que despertó a toda la ciudad y la población creyó que había llegado poco menos que el fin del mundo.

Desde entonces, los frailes franciscanos, cuando mostraban el convento, señalaban un agujero en el techo de la iglesia que habían abierto los demonios al llevarse el cuerpo del alcalde Ronquillo.

Y con estas u otras similares palabras, tan tremenda leyenda nos lo han relatado Matías Sangrador y Antolínez de Burgos en sus respectivas historias de Valladolid.

Rodrigo Ronquillo en realidad murió en Madrid y fue enterrado en Arévalo.

Entre los libros que le ocultaban, vio entrar en la sala a un gran número de enlutados precedidos por un jefe que ordenó que a la estancia trajeran el cadáver del alcalde. Y en seguida, en medio de un espantoso ruido de cadenas un tropel de demonios trajo el alma del difunto envuelta en llamas. Y allí mismo fue condenado a prisión perpetua en el infierno en cuerpo y alma. Para ejecutar la sentencia hicieron salir de su escondite al fraile y le obligaron a bajar a la iglesia donde estaba el cuerpo del condenado al infierno. Levantaron la losa y extrajeron el cuerpo. Tras una ceremonia, en la que los demonios hicieron que el alcalde escupiera la hostia que había recibido antes de morir, se apoderaron de su cuerpo y desaparecieron  con él.

A los pocos instantes descargó horrible tempestad que despertó a toda la ciudad y la población creyó que había llegado poco menos que el fin del mundo.

Desde entonces, los frailes franciscanos, cuando mostraban el convento, señalaban un agujero en el techo de la iglesia que habían abierto los demonios al llevarse el cuerpo del alcalde Ronquillo.

Y con estas u otras similares palabras, tan tremenda leyenda nos lo han relatado Matías Sangrador y Antolínez de Burgos en sus respectivas historias de Valladolid.

Rodrigo Ronquillo en realidad murió en Madrid y fue enterrado en Arévalo.

Son muchas las esculturas y pinturas que representan a San Miguel en iglesias y Museo de Escultura. De entre ellas he escogido estas tres.

Ángulo inferior derecho del cuadro Tentaciones de San Antonio Abad, de Jan Brueghel de Velours (1568-1625). Museo de Escultura.
Vista parcial del Retablo de San Miguel Arcángel, del Maestro de Osma (hacia 1500). Museo de la Catedral de Valladolid.
San Miguel Arcángel, de Felipe de Espinabete (1719-1799). Madera policromada. Museo Nacional de Escultura.

EL FERROCARRIL Y LAS ESTACIONES

El ferrocarril ha desempeñado un papel fundamental en la historia de  Valladolid y su provincia. De hecho, la llegada del ferrocarril a la ciudad en 1860 supuso un antes y un después para la vida y la economía vallisoletana.

También para algunos  municipios de la provincia, como es el caso de Medina del Campo, que se convirtió en un centro neurálgico de las comunicaciones ferroviarias, y en diversos pueblos, que vieron como la construcción de una estación supuso un avance importantísimo. Si a ello añadimos sendos talleres de reparaciones en Valladolid y Medina del Campo, que llegaron a tener incluso escuela propia de aprendices, acabamos de entender cuanto bienestar aportó el ferrocarril a Valladolid.

Pero no vamos a meternos en la harina de la historia, sino a darnos un paseo por algunas estaciones y lugares relacionados con el ferrocarril.

El ferrocarril supuso un enorme avance para las comunicaciones y para el desplazamiento de viajeros. El ferrocarril tenía una enorme capacidad de arrastre de mercancías, así como una comodidad para los pasajeros, hasta entonces baqueteados en largos e incómodos desplazamientos en diligencia. Y hasta que el vehículo no se popularizó muy avanzado el siglo XX, el ferrocarril (también el coche de línea) fue la manera de desplazarse por la península e incluso al extranjero.

Tras la Guerra Civil, el gobierno nacionalizó el ferrocarril creando la empresa RENFE (Red Nacional de Ferrocarriles Españoles), pues desde el principio las líneas del tren las habían puesto en marcha  empresas privadas, que conseguían del Estado las concesiones correspondientes.

El primer tren que llegó a Valladolid fue el 8 de julio de 1860. Venía de Burgos y a esa ciudad se volvió después de pasearse varias veces por el Arco de Ladrillo. Todavía no estaba construido el tramo Madrid-Valladolid de la línea ferroviaria Madrid- Hendaya que estaba construyendo la concesionaria de ese tendido ferroviario: Ferrocarriles del Norte. Sorprendió a la muchedumbre que salió a recibir el tren, el que vinera con 56 vagones. Vagones cargados de traviesas, railes, clavos y carbón para los obras del citado tramos Valladolid-Madrid. La potente máquina de vapor, a la que habían bautizado con el nombre de “Valladolid”, estaba construida en Francia por la empresa Grafenstaden y Schneider. Se trataba de una locomotora muy parecida a la que aparece en la fotografía.

Fotografícas del Archivo Municipal de Valladolid

La primera estación de Valladolid estuvo al pie del Arco de Ladrillo, hasta que en 1895 entró en servicio la que ahora conocemos: Estación Campo Grande.

La necesidad de un sitio para que la población de Valladolid se expansionase, de manera especial la clase trabajadora, animó al Ayuntamiento del año 1900 a realizar gestiones para que la Compañía de los Ferrocarriles del Norte construyera un apeadero en el Pinar de Antequera; poco más tarde se levantó una pequeña estación que sin contemplaciones ni sensibilidad por la historia vallisoletana, se derribó en 2008 bajo el pretexto de las obras de soterramiento del tendido ferroviario a su paso por el Pinar. Se trataba de una típica estación  de ladrillo que en su interior ofrecía una interesante estructura y escalera de hierro. Un lugar donde facilitar que la gente pudiera llegar al Pinar y “saturar los pulmones dando vida y energía”, según se escribió en las crónicas periodísticas de principios del siglo XX.

Unos pocos años antes de la estación de El Pinar, exactamente en 1885, se había construido la de La Esperanza, en el tránsito del Arco de Ladrillo a la Farola. Se trata de la línea Valladolid-Ariza, que servía para dar salida a los trigos, y otras mercancías y pasajeros hacia el corredor del Ebro. La línea la construyó y explotó la compañía MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante). Aunque pueda desanimar visitar ahora esta vieja estación,  habida cuenta de lo apartado que está, se puede respirar todavía su ambiente ferroviario. En las imágenes se ven el reloj, muy característico de todas las estaciones de tren, y junto a la estación construcciones de la Azucarera Santa Victoria. La línea fue cerrada al tráfico de viajeros en 1985 y a mercancías en 1994. No obstante en las inmediaciones de Valladolid sigue prestando servicio a la fábrica RENAULT.

La Esperanza ofrece un conjunto de típicos edificios ferroviarios compuesto por almacenes y edificio de pasajeros. El edificio principal  es de  fachada de mampostería y tradicional reloj de estación. En este edificio  tiene su sede ASVAFER, una asociación de amigos del ferrocarril que trata de conservar la memoria y la historia de este trascendental medio de locomoción, así como fomentar su utilización.  A la derecha de la fotografía se ven los edificios de la antigua Azucarera Santa Victoria.

Fotografía del AMVA

Este paseo un tanto melancólico nos lleva a  hablar de la estación de la plaza de San Bartolomé, en el barrio de la Victoria. Era el punto de partida del tren económico a Medina de Rioseco,  o más popularmente conocido como tren burra (por la lentitud de su marcha). Comenzó a prestar servicio en 1884 y la línea se cerró en 1969. Su puesta en marcha requirió la compra de 5 locomotoras Sharp-Stewart que se fabricaron en Manchester. La línea ferroviaria la explotaba la Compañía de Ferrocarriles Castilla y Española de Ferrocarriles Secundarios.  Una de estas pequeñas máquinas de vapor se puede ver en la citada plaza rindiendo homenaje a tan entrañable e histórica línea ferroviaria. También en Medina de Rioseco hay otra locomotora  en uno de los jardines que bordean la carretera de León. 

Ambas imágenes son del AMVA

Hubo otra estación en el corazón de Valladolid. Donde ahora presta servicio la Estación de Autobuses antes estaba la estación Campo de Béjar, que daba servicio a la línea ferroviaria llamada tren burra. Las unidades, más bien pequeñas, entraban desde la Plaza de San Bartolomé por el Puente Mayor, el paseo de Isabel la Católica  y el Paseo de Zorrilla, hasta esta estación inmediata al Arco de Ladrillo. En una de las imágenes se ve cuando se comenzó a derribar el edificio de Campo de Béjar en la década de 1970;  en otra, unos curiosos posan junto a la máquina del tren frente a la Academia de Caballería pues había descarrilado y tuvo que permanecer parada unas cuantas horas; y por último, el tren a su paso por Isabel la Católica: un operario iba en el morro de la locomotora avisando de la presencia del trenecillo.

Foto del AMVA

La estación de Medina del Campo entró en servicio en septiembre de 1860 una vez que las obras del tendido hacia Madrid, desde Valladolid, llegaron a la villa. La estructura de la estación  es casi idéntica a la de Valladolid, incluso en la marquesina de los andenes. La estación se inauguró en 1902. Medina del Campo siguió creciendo en importancia ferroviaria cuando entraron en servicio nuevas líneas que comunicaban con Zamora y Segovia.

NOTA: Hay varios libros muy recomendables que tratan detalladamente de algunas de las cosas que en este artículo se comentan: El ferrocarril en la ciudad de Valladolid (1858-2018), de Pedro Pintado Quintana; y de este mismo autor, El ferrocarril Valladolid-Ariza. Godofredo Garabigo Gregorio escribió el libro El ferrocarril de Valladolid a Medina de Rioseco, tren burra.

LA CARA B DE LA HISTORIA DE VALLADOLID

En el devenir de la historia de Valladolid hay muchos personajes que sin que sean conocidos por el gran público, sin embargo tienen tras de sí curiosas vidas.

Con ellos se podría escribir otra historia de Valladolid, algo así como la cara B de los viejos discos de vinilo. Canciones que se consideraban menores pero que en realidad muchas de ellas escondían excelentes piezas musicales.

En esta ocasión propongo detenernos en cuatro personas que, con mayor o menor vinculación con Valladolid, me parecen interesantes.

Red Hugh O´Donnell  murió en Simancas, donde hay una placa que le recuerda y fue enterrado en el convento de San Francisco de Valladolid. Se trata de un irlandés que nació en 1572 y falleció en 1602. Era un noble de nacimiento, pues su padre era el rey de Tir Connail. Participó al frente de sus tropas en diversas guerras entre clanes, pero, sobre todo en diversas batallas contra las tropas inglesas. En realidad aquella contienda era el enfrentamiento entre los católicos irlandeses y los ingleses protestantes.

Derrotado por los ingleses, O´Donnell huyó a España con otros capitanes implicados en la rebelión irlandesa contra la corona inglesa. En Galicia fue recibido con grandes honores e inició contactos con Felipe III para que el monarca le facilitara tropas y pertrechos con los que hacer un desembarco militar en Irlanda.

Vino por Valladolid en 1601 para entrevistarse con el rey, que parece que le prometió organizar una invasión. Mas, al cabo de un año de no recibir noticias inició viaje para volver a Valladolid, pero la muerte le alcanzó en Simancas (parece que por una infección).

Fue enterrado en el convento de San Francisco, de Valladolid, sin que hasta la fecha esté localizada su tumba en aquel convento, que llegó a parecer un cementerio por la cantidad de personas que en él estaban enterradas. Tras la desamortización y después de varios años de abandono, se recogieron todos los restos de cuantas tumbas quedaban por allí y se depositaron en un osario del cementerio del Carmen, que ha sido removido al menos en un par de ocasiones.

Una placa en el castillo o archivo de Simancas (1991) y otra en el callejón de San Francisco de Valladolid (2011), recuerdan al personaje que llegó a alcanzar gran fama en vida. Lo cierto es que a pesar del tiempo transcurrido, son muchos los irlandeses, descendientes o no de aquel héroe, que cada año vienen a Simancas casi en peregrinación. En Irlanda se la han erigido varias estatuas y publicado unas cuantas novelas.

Alfonso de Espina, que llegó a ser confesor real de Enrique IV de Castilla,  en 1485,  publicó un libro titulado  Fortalitium Fidei (título resumido de “Fortaleza de la fe contra judíos, musulmanes y otros enemigos de la fe cristina”), uno de los textos que integran los Tratados Demonológicos. Espina, famoso predicador  quiso contribuir a advertir sobre los peligros que acarreaba iniciar tratos con el diablo. Estaba muy extendido en aquella época que había personas que para conseguir sus fines pactaban con el diablo. Pero la verdad es que su texto arremetía también contra herejes, moros y judíos. Su texto se ha llegado a calificar como un catecismo de odio hacia los judíos. Este clérigo era un franciscano del convento de Valladolid que llegó a rector de la Universidad de Salamanca.

Su cercanía a los círculos reales le llevó a que Juan II de Castilla le pidiera que asistiera a Álvaro de Luna en el momento de su ejecución, que ocurrió en junio de 1453 en la plaza Mayor de Valladolid. La imagen corresponde a un grabado de Juan Barcelón, 1791.

Otro clérigo importante tuvo Valladolid, que contrasta con Alfonso de Espina. Se trata de Juan de Torquemada (1388-1468), dominico nacido en Valladolid y que alcanzó el cardenalato. Un personaje que a pesar de tener una calle a él dedicada (Cardenal Torquemada), en el barrio de Rondilla es, paradójicamente, muy desconocido. Y esto sucede por la sencilla razón de que su nombre le ha jugado la mala pasada de que la mayoría de las personas crean que la citada calle está dedicada al inquisidor Torquemada, valido de los Reyes Católicos y personaje controvertido que pocas simpatías despierta, que, además era sobrino de Juan. Sin embargo Juan de Torquemada  fue un cultísimo clérigo del siglo XV, doctor en teología,  protector de artistas, experto en Derecho,  reconciliador de religiones y personaje muy importante en vida, en la que llegó a ejercer de pacificador de las disputas entre Carlos VII de Francia y Enrique IV de Inglaterra.

Fue prior de San Pablo de Valladolid y mandó construir la fachada del convento (ojo, no la de la iglesia).

Y concluiremos nuestra pequeña relación de personajes relacionados con Valladolid con una novelista.

La fama de los dramaturgos y poetas más relevantes del Siglo de Oro español, ha eclipsado a otros muchos escritores. Tuvo Valladolid en aquel siglo dorado un amplio círculo de literatos que demostraron acreditada calidad. Y de entre ellos, acaso de los más desconocidos sea, precisamente, una mujer: doña Beatriz Bernal  que fue la única en toda España que escribió una novela de caballerías (muy de moda por aquella época). De largo título que se puede resumir en Don Cristalián de España, editada en Valladolid, se trata de un libro de caballerías, que vio la luz sin que la escritora lo firmara, pero en el prólogo se deja bien claro que estaba escrito por una mujer. Aquello era un verdadero desafío para su época, pues invadía el terreno masculino. Beatríz Bernal era una persona de gran cultura que tuvo la osadía de destruir los prejuicios moralistas de la época que consideraban a las mujeres carentes de ingenio.

Nuestro historiador Antolínez de Burgos dijo de la novela que se la podía comparar a los mejores libros de la época.

En la trama cobran gran importancia los personajes femeninos y, de hecho, a Membrina se la llega a considerar como un antecedente del feminismo, pues de ella dice la autora: “Hubo una ínsula, llamada de las Maravillas, de la cual era señora una doncella muy gran sabidora en las artes. Fue tanto el su saber, que jamás quiso tomar marido, porque nadie tuviera mando ni señorío sobre ella.

La obra alcanzó gran popularidad y aún en vida vio cómo se tradujo a otros idiomas. Y su título completa era: Historia de los invictos y magnánimos caballeros don Cristalián de España, príncipe de Trapisonda, y del infante Lucescanio, su hermao, hijos del famosísimo emperador Lindedel de Trapisonda”… (toma ya…)

Se desconoce la fecha exacta de nacimiento y fallecimiento de Beatriz Bernal, que oscila entre 1501 y 1586.

EL MONUMENTO A LEOPOLDO CANO

Guarda Valladolid una historia seguramente muy desconocida, pero realmente interesante. Se trata del desaparecido monumento en homenaje al literato Leopoldo Cano. Una escultura que padeció una azarosa e injusta vida.

… Y comenzó a suceder en el año 1934.

Necesario es perfilar, aunque sea someramente, la biografía de Leopoldo Cano y Masas. Nació en Valladolid en noviembre de 1844 y falleció en Madrid el día 9 de abril de 1934. Vivió, por tanto, casi 90 noventa años.

Su casa de nacimiento fue el desaparecido palacio del Almirante de Castilla. Estaba en la calle Angustias y era de grandes proporciones. Se desconoce la fecha de construcción pero por algunos datos podríamos pensar que su origen se remonta al siglo XV. En sus dependencias llegó a estar la Diputación Provincial entre 1850 y 1856. Posteriormente se derribó y sobre parte del solar se edificó el Teatro Calderón de la Barca. Inaugurado el 28 de septiembre de  1864,  se puede considerar como uno de los de mayores dimensiones de toda España.

Entonces, la calle en la que nació Leopoldo Cano se llamaba de las Damas, sin que se sepa porqué. Una calle que frecuentó José Zorrilla pues en ella vivía su aya Marcelina, hasta que en diciembre de 1901, el Ayuntamiento cambió su nombre por el de Leopoldo Cano.

Leopoldo Cano fue un hombre polifacético: militar (alcanzó el grado de general de división), matemático y literato. Destacó como autor teatral y sus obras lograron un gran éxito tanto en España como en América. En 1910 entró en la Real Academia Española. Su estilo, ampuloso para nuestros días, estaba de acuerdo con la moda de su tiempo. Fue un autor de espíritu liberal con grandes preocupaciones sociales que plasma en muchas de sus obras. Se le clasifica dentro del Realismo y se lo considera como uno de los discípulos del neorromántico José Echegaray. Su obra más importante fue La Pasionaria,  estrenada en el Jovellanos de Madrid.  Y se acercó a la tragedia clásica al publicar  La muerte de Lucrecia.

En vida recibió honores y numerosos homenajes, como el que le tributó el Ateneo en octubre de 1924, que entre otros agasajos puso una lápida en el pilar del Teatro Calderón que forma esquina entre las calles Leopoldo Cano y Angustias.

Y ahí va la historia: se trata de un monumento del que seguramente la mayoría de la gente de Valladolid no habrá oído hablar.

En la sesión del 21 de abril de 1934 el Ayuntamiento, presidido por el alcalde socialista García Quintana,  acordó  homenajear al recién fallecido Cano aceptando la propuesta del Sr. Cabello de erigir un monumento o una fuente artística en los jardincillos situados en la plaza de Libertad,  “tanto por ser un lugar de cierto recogimiento, como por estar próximo a la casa donde vivió el poeta y asimismo al teatro en que obtuvo sus mejores éxitos como dramaturgo”.

Se convocó un concurso público para que los escultores presentaran propuestas. Entre las bases del concurso figuraba que el monumento se basara en el poema de Cano titulado La Frontera, muy querido para él.

El poema es un claro canto a la fraternidad y la convivencia.  Algunas de sus estrofas dicen:  “Allá en mi país natal,/que de Francia está vecino,/ hay en medio de un camino/una piedra y un rosal./La piedra está en la frontera,/el rosal en torno crece,/y cada flor que aparece/de su hermana es extranjera (…) Yo, mirando tristemente/esa línea fronteriza,/que tortuosa se desliza/con aspecto de serpiente,/y recordando los lazos/que el hombre rompe iracundo,/pensé: ¡El amor creó el mundo!/¡El odio le hizo pedazos!/¡Cuán absurda y caprichosa/es la pretensión humana!/¿Dejará de ser hermana/una rosa de otra rosa?/Y en la piedra, entre las dos/pobres flores, dejé escrito:/La frontera es un delito/contra las leyes de Dios”.

En las bases se añadía que la escultura alegórica a La Frontera debía ser en piedra,  que el escultor tuviera en cuenta el lugar donde se iba a emplazar y que solo podrían concurrir artistas españoles.

Entre las tres propuestas que se recibieron, los expertos designados por el Ayuntamiento acordaron que el concurso lo ganara Emiliano Barral. Entre los expertos figuraba el arquitecto e historiador Juan Agapito y Revilla y el pintor vallisoletano García Lesmes.

Los otros dos concursantes fueron los escultores Verdugo y Conde, por un lado; y Juan José Moreno Llebra, más conocido como “Cheché”. Conde, más tarde fue el autor de las figuras infantiles del parque del Poniente; y “Cheché” tendrá un protagonismo que luego veremos.

Boceto que presentó “Cheché” al concurso. AMVA.

Autorretrato de Barral. Propiedad de la familia. Museo de Segovia.

Emiliano Barral, nacido en Sepúlveda, vivió entre 1896 y 1936. Tiene obra repartida por numerosos lugares, entre los que podemos destacar el Museo Reina Sofía, la Casa Museo de Machado (con quien trabó amistad), y el Cementerio Civil de Madrid.

En Valladolid ya se le conocía, pues en 1932 se instaló en el Campo Grande (inmediaciones de la fuente de La Fama), el monumento a Núñez de Arce, realizado por el escultor.

Imagen del boceto del monumento proyectado por Barral, obtenida del libro Pintura y escultura en Valladolid en el siglo XX (1900-1936)

Su proyecto consistía en un basamento rectangular de “piedra neolítica” donde se colocaría la dedicatoria al poeta y, sobre dicho pedestal, la representación del amor fraternal y universal del que habla el poema, que el artista lo representaba como una matrona que cobija bajo su manto a tres niños desnudos. Como dijo el propio Barral: “hijos distintos, pero unidos bajo el manto de la misma madre”. 

Fotografía de la plaza de la Libertad en 1935, y proyecto de como quedaría el monumento de Barral. AMVA.

Fotografía propiedad de la familia del escultor el día de la inauguración. Tomada del libro “Emiliano Barral“.

El monumento se inauguró el 9 de abril de 1935, justamente un año después del fallecimiento del poeta. Al acto asistieron muchas autoridades civiles y, sobre todo, militares, entidades culturales, significados intelectuales, familiares del poeta,   y numeroso público que aplaudió cuantos discursos allí se pronunciaron, que contenían palabras tan elogiosas como las que pronunció don Mariano Escribano, a la sazón alcalde de Valladolid en aquellos meses y que  describían el monumento como “bella obra, símbolo de la poesía”.

El Norte de Castilla de 10 de abril de 1935. Inauguración del monumento en la plaza. Los actos tuvieron continuidad en la Casa Consistorial.

El alcalde Escribano, camino de la inauguración del monumento a Cano. Obérvese el despliegue militar que rendía homenaje al poeta. Foto (retocada) del AMVA. Colección Óscar Campillo.

Mas, aquellos elogios al poco se cambiaron por críticas de la prensa, burlas por parte del público y animadversión de los grupos políticos más conservadores. Del monumento se llegó a decir que era una representación de la III Internacional o una alegoría de la República. Aquel cambio tan drástico  seguramente se debía a que el clima político local se estaba radicalizando especialmente por parte de los detractores de la República y porque el escultor era de reconocida ideología de izquierdas. Quizá también porque la escultura rompía los moldes academicistas de los típicos y hieráticos monumentos de aquella época, pues incluso los pliegues del manto de la matrona marcaban claramente sus formas femeninas.

Total, que el Ayuntamiento, de tendencia conservadora,  acordó proponer al escultor que hiciera algunas modificaciones del monumento y que, además, se trasladara a un lugar más apartado de la vista del público, como era el Campo Grande, donde se pretendía que  la hiedra lo cubriría en parte. Aquello contó con el aplauso de la prensa, que llegó a tildar del monumento de “armatoste”.

El escultor Barral se negó a tales pretensiones, pero el Consistorio aprovechó la debilidad del artista en unas semanas en las que se hallaba enfermo, y el 15 de octubre comenzó a desmotar el monumento y lo guardó en los almacenes municipales: apenas habían transcurrido seis meses desde su inauguración y El Norte de Castilla aplaudía que se desmontara aquella “lamentable escultura”.

El consistorio quería mantener el reconocimiento a Leopoldo Cano, y para ello convocó un concurso que el 4 de diciembre de 1935 lo ganó “Cheché”. El busto, de corte clásico,  se inauguró en la plaza de la Libertad en marzo de 1936,  hasta que, posteriormente, unas obras de remodelación de la plaza hicieron que el Ayuntamiento optara por recolocar el busto en  las inmediaciones del paseo del Príncipe del Campo Grande, donde ahí sigue. Al concurso se habían presentado también Ángel Vaquero Agudo y Ángel Trapote Mateo.

Boceto de “Cheché”. En la plaza de la Libertad se estaba construyendo una pérgola y se acordó que en el jardincillo de la misma se pusiera “un monumento sencillo” erigido a la memoria de Leopoldo Cano.

En mayo de 1936 falleció el concejal Remigio Cabello, que fue quien había propuesto, dos años antes, hacer un monumento en homenaje a Cano. Quiso la casualidad que Cabello falleciera en mayo de 1936 y que su séquito funerario pasara por la plaza de la Libertad, de donde se había quitado el monumento al poeta y que se sustituyó por el busto encargado a Cheché, que luego fue a parar al Campo Grande. En la foto del AMVA (colección Oscar Campillo) subrayo la ubicación del busto.

De nuevo alcanzó la alcaldía el socialista Antonio García Quintana, y en junio de ese mismo año (1936),  se decidió  rescatar el monumento a Cano y tras unas modificaciones que aceptó el escultor Barral,  se colocó en la plaza de la Trinidad, frente al Hospicio Provincial.

Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936  provocó su derribo y destrucción por los grupos más reaccionarios de Valladolid.

De aquel monumento solo se conservó el basamento, que se utilizó como banco de la plaza. Y el resto se dio por desaparecido, hasta que a principios de los años 80, el profesor Martín González localizó una parte del monumento, en concreto el torso de la matrona, que estaba en la parte  dependiente de la Cofradía de la Antigua Devoción de Nuestra Señora  de Extramuros.

El sábado 28 de julio de 1984 el torso quedó instalado provisionalmente en el patio de acceso a la Capilla del Museo Nacional de Escultura. En la actualidad se puede contemplar en el jardín del Museo. 

NOTA: fuentes utilizadas

Pintura y escultura en Valladolid en el siglo XX (1900-1936). José Carlos Brasas Egido y Jesús Urrea Fernández.

Escultura pública en la ciudad de Valladolid. José Luis Cano de Gardoqui.

Emiliano Barral. Juan Manuel Santamaría.

“Entre el Arte y la Política: La Frontera, de Emiliano Barral”. Ana Mª Pérez Pérez.

Archivo Municipal de Valladolid

El Norte de Castilla

Museo Nacional de Escultura

JOSÉ ZORRILLA: BIBLIOTECARIO Y CRONISTA DE VALLADOLID… Y OTROS CRONISTAS

José Zorrilla fue Cronista Oficial de Valladolid. El segundo del que yo tenga noticia. Antes lo fue Matías Sangrador. De la información que dispongo parece que esta figura  ahora honorífica (y en su tiempo retribuida), no existió hasta el siglo XIX. Desde luego, rastreando la información documental publicada del XVIII parece deducirse que entonces no existían los cronistas oficiales. Una figura que emanó del Gobierno de la Nación, pues para poder nombrar a Zorrilla, el Ayuntamiento tuvo que acogerse a un Real Decreto de 28 de noviembre de 1851.

Pero, no nos perdamos en legalismos. Lo cierto es que en el caso de Zorrilla, el Ayuntamiento vio la oportunidad de acudir en sostén de nuestro preclaro vate que, como casi toda su vida, estaba en gran precariedad económica… Y esto nos llevaría a la imposible tarea en este artículo de relatar la vida (personal y pública) de una persona cuyas andanzas son verdaderamente 7-croplegendarias: desde su rebeldía juvenil (se fugó de la casa paterna),  pasando por sus matrimonios,   hasta su tiempo de residencia en Francia y los 12 años que vivió en Cuba y Méjico: Maximiliano le nombró director del Teatro Nacional y Lector del Emperador.

Y esto sin entrar en toda su carrera literaria cuajada de éxitos  y también de mediocridades. Pero, desde luego, alcanzó fama, enorme popularidad y mérito nacional: en 1848 (tenía 31 años de edad) fue elegido miembro de la Real Academia Española de la Lengua (aunque no tomaría posesión hasta casi cuarenta años después tras nuevo nombramiento). Y en 1889, ya al borde del final de su vida, en Granada fue coronado como Poeta Nacional en medio de unos fastos pocas veces vistos, en los que participaron la regente  infanta Isabel, el presidente del Consejo de Ministros, el presidente del Congreso, condes, marqueses y embajadores, entre otras destacadas personalidades.

El entierro de Zorrilla en Madrid, su posterior traslado a Valladolid y su recibimiento en la ciudad que lo vio nacer, han pasado a los anales de la historia por el enorme gentío que lo acompañó en cada una de estas tres ocasiones, y los reconocimientos oficiales con que le honraron. A tal fin en Valladolid se creó en su honor el Panteón de Personas Ilustres en el Cementerio del Carmen (antes de Vallisoletanos Ilustres, hasta que se enterró en él a Rosa Chacel).

Más, antes de continuar adelante es necesario aclarar una cosa. Es frecuente que a tal o cual escritor se le cite como cronista de Valladolid: Pinheiro da Vega, Manuel Canesi, Ventura Pérez, Hilarión Sancho, Juan Ortega Rubio, etc. O el poco conocido Rafael Floranes, cuyos artículos sobre Valladolid están aún, injustamente,  por publicar. Se sabe que un tal Rodrigo de Verdesoto  en siglo XVI anotaba los sucesos más sobresalientes de la ciudad.

Cronistas hubo de Indias y casi cada monarca (desde la Edad Media) nombraba su Cronista: legendaria es la controversia entre Bartolomé de las Casas (obispo de Chiapas) y Ginés de Sepúlveda (cronista del Emperador) sobre los derechos de los indígenas.

No, aquí me estoy refiriendo a los cronistas “oficiales” nombrados por el Ayuntamiento de Valladolid. En otras localidades de la provincia, como Medina del Campo y de Rioseco, también se nombraban cronistas. Y cronistas oficiales parece que nombró la Diputación, como es el caso de Zorrilla, que también lo fue de la Provincia.

La realidad es  que hay una laguna en nuestra historia local por  la ausencia de un detallado trabajo de investigación y divulgación de nuestros cronistas, aunque en alguna ocasión escuché al actual cronista, Teófanes Egido, que o estaba en ello o que recomendaba que se hiciera. Y me aferro a esta carencia  para  exculparme de las lagunas  o errores que este artículo pueda contener. Y aprovecho este capítulo de disculpas para advertir de la necesaria reducción que he tenido que hacer de la historia de cada uno de los cronistas, algunos de los cuales llenaría un libro.

Pues bien, a la espera de esa futura publicación,  propongo este somero artículo sobre los cronistas de Valladolid. No sin antes advertir que además del tiempo que pasé rastreando bibliografía, libros  y artículos, esto que relato no hubiera sido posible sin la colaboración del Archivo Municipal de Valladolid y, especialmente, de su trabajadora Mirem Díaz Blanco.

Además de los  citados Matías Sangrador, Zorrilla y Teófanes Egido, Valladolid ha tenido como cronistas a Emilio Ferrari, Casimiro González García-Valladolid, Narciso Alonso Cortés, Francisco Mendizábal García, y Luis Calabia. Y hay que añadir un cronista oficial ocasional: M. Martín Fernández (que firmaba con el seudónimo de Doctor Blas).

Vamos a ello.

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Matías Sangrador y Vitores (o Vítores con tilde), nació en Valladolid el 24 de febrero de 1819. Se doctoró en leyes, dio clases en la Universidad pero a partir de 1846 ejerció la judicatura y recorrió diversas ciudades españolas. Entre sus obras destacan la publicación en 1851 del Tomo I de Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid y en 1854 el Tomo II;  y en 1859 La vida de San Pedro Regalado. Es un referente importante para la historiografía vallisoletana. Murió en Valladolid el 29 de abril de 1869.  

Cronista nombrado el 21 de julio de 1862.

La primera imagen está tomada del blog Vallisoletum, y la segunda de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

 
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6-domus-pucelae975-3-entierro-de-zorrilla-foto-viuda-e-hijos-de-fdez-ilustracion-espanola-y-americana-8-10-1895José Zorrilla y Moral nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817 y falleció en Madrid el 23 de enero de 1893. Cultivó todos los géneros literarios. En su vida y obra no nos detenemos, pues algo ya hemos contando antes,  pero sí en una anécdota. En su momento (1882)  el nombramiento de cronista llevaba aparejada una buena retribución anual  y, además,  el Gobierno le estaba tramitando, también, una pensión. Es el caso que al año siguiente  de saberse esta noticia recibió carta de un supuesto sobrino en la que tras felicitarle por su nombramiento como cronista, le pedía alguna recomendación para conseguir algún empleo. El poeta le contestó que no tenía sobrinos, pero que no le volvería la espalda y le ayudaría, más “… ten presente (…le contesta…)  que he vivido y vivo de mi trabajo, por conservar mi independencia salvaje, por no adular a nadie, ni servir a ningún gobernante (…) y no he tenido más parientes que cuarenta y seis años de trabajo…”. 

Zorrilla fue nombrado cronista el 2 de junio de 1882 que, según el acuerdo, municipal, era una forma de reconocer a un hijo esclarecido de la ciudad y de esa manera asegurar su porvenir. En el acta aparece una asignación anual de 4.500 pesetas para los gastos de desempeño del cargo.

Imágenes: calle Fray Luis de Granada -Casa Zorrilla- (bajorelieve de 1895 esculpido por Dionisio Pastor); y fotos tomadas del blog Domus Pucelae: recibimiento de los restos de Zorrilla en la acera de Recoletos y traslado por la calle Angustias

 
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Emilio Pérez Ferrari: Valladolid 24 de febrero de 1850- Madrid 1 de noviembre de 1907. Poeta y periodista se doctoró en Derecho y Filosofía y Letras. Formó parte del cuerpo de archiveros e ingresó en la Real Academia de la Lengua en 1905. 

Fue  nombrado cronista el 8 de octubre de 1891.

El retrato está tomado de La Ilustración Española y su casa natal está en  calle Ferrari, 1 (la lápida es 1911  hecha por Aurelio Rodriguez Vicente Carretero).


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Casimiro González García-Valladolid  (1855-1928). Licenciado en Derecho, funda en 1895 el Diario de Valladolid, que apenas duró cuatro meses. Fue director de la Crónica Mercantil, que junto con El Norte de Castilla era el periódico más influyente en la ciudad. Fue presidente de la Comisión de Monumentos y de la Academia de la Historia. 

Nombrado cronista por acuerdo municipal de 1 de marzo de 1902.

Imagen cogida de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

 


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Narciso Alonso Cortés: Valladolid 11.03.1875- 19.05.1972. Poeta, investigador e historiador de la literatura. Especialista en Zorrilla, fue el primer director de la Casa de Cervantes. Presidio la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción,  y Académico de la Lengua desde 1952. Entre las curiosidades de su prolongada vida, destaca su afición al ciclismo en su juventud, modalidad en la que llegó a competir en pruebas oficiales. Antonio Machado le dedicó una poema: “A Narciso Alonso Cortés, poeta de Castilla”..

Nombrado cronista el 12 de julio de 1912.

Fotografía del Archivo Municipal de Valladolid y casa de la calle Felipe II.

 
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Francisco Mendizábal Garcia (1885-1976). Archivero de formación, desarrolló su vida profesional en la Real Chancillería de Valladolid, de la que llegó a ser director a partir de 1941. También ejerció de profesor de historia  en la Universidad. Fue nombrado miembro del la Real Academia de la Lengua, y además de sus artículos periodísticos  y otros escritos, alcanzó fama por su encendido verbo en programas radiofónicos.  Como curiosidad cabe relatar que la famosa radio de resistencia antifranquista Radio París, le hizo una entrevista en aquella ciudad con motivo de una exposición de fotografías de Semana Santa en la capital francesa en 1960.

Fue nombrado cronista en el Pleno del Ayuntamiento de 17 de marzo de 1920, cuando contaba con 35 años de edad. Seguramente el cronista más joven que ha conocido Valladolid, y también el que más tiempo estuvo ejerciendo.

Ambas fotos son del Archivo Municipal de Valladolid (la primera es del fotógrafo Garay).

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Luis Calabia Ibáñez (1904-1989). Periodista, fue un verdadero maestro de la profesión, en la que cultivó todos los géneros: crónica municipal, cultura, arte, deportes. Fue redactor jefe de El diario Regional y corresponsal del Marca. Académico de Bellas Artes de la Purísima Concepción. Aunque se le conoce por su faceta periodística, en realidad era  funcionario de la Confederación Hidrográfica del Duero.

Su elección como Cronista se produjo el 31 de mayo de 1978.

Foto del Archivo Municipal.

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Teófanes Egido López (Gajates, Salamanca, 1936). Carmelita, estudió en la Universidad de Valladolid, a la que estuvo ligado hasta su jubilación en 2001 como catedrático de Historia Moderna. Destacado especialista en el siglo XVIII, ha hecho notables incursiones en otras centurias. Tiene una extensa producción entre libros y artículos. 

Fue elegido cronista por acuerdo municipal de 2 de octubre de 2001 y vino a sustituir la vacante de Luis Calabia, que había fallecido 22 años antes.

Foto obtenida de Salamanca al Día.

Teófanes Egido solicitó ser relevado como Cronista (con su sentido del humor, dijo que lo hizo porque quería conocer en vida quien le iba a sustituir).  En efecto, el Ayuntamiento pronto eligió a su sucesor y nombró a José Delfin Val. El nuevo cronista nació en Salamanca en el año 1940 y ejerció el periodismo hasta su jubilación primero en Televisión Española y después en Radio Nacional de España de Valladolid. Tiene en su haber numerosos libros relacionados con Valladolid de gran variedad temática, y es miembro de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción.

Fue elegido en el Pleno Municipal de 27 de julio de 2018, con el respaldo de todos los partidos políticos.

La foto es de El Día de Valladolid.

… Y, veamos el caso de un curioso cronista circunstancial:

 
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Mariano Martín Fernández (Valladolid 1866-1940). Fue abogado y ejerció la política como diputado y senador. Fue periodista  y corresponsal en diversos diarios locales y nacionales, como El Norte de Castilla o La Prensa de Buenos Aires. Fundador de la Asociación de la Prensa en Madrid. Firmaba algunos artículos como El Doctor Blas o El Bachiller Franqueza. 

Por lo que él mismo dice, parece que el Ayuntamiento de Valladolid lo  nombró  cronista especial para asistir y escribir sobre la Coronación de Zorrilla como Poeta Nacional.

La primera foto es de la Biblioteca Digital de Castilla y León; la segunda está tomada en su casa natal y es un detalle conmemorativo de su nombramiento en Granada como poeta nacional.

Más, no para aquí la relación de cronistas, pues el Ayuntamiento ha añadido otro: José Miguel Ortega, en calidad de Cronista Deportivo Oficial  de Valladolid. Algo que refleja el peso que ha adquirido el deporte en la sociedad.

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tribuna-de-valladolid-alberto-mingueza-cropNació José Miguel Ortega Bariego el 17 de marzo de 1943. De profesión periodista, ha trabajado para medios como El País, El Norte de Castilla, El Mundo de Valladolid, TVE, Marca y Radio Nacional Española. Aunque su actividad y publicaciones están muy centradas en el deporte, sin embargo  también ha escrito diversos libros sobre la historia de Valladolid: “Historia de 100 tabernas de Valladolid”, etc.  Además ostenta la Insignia de Oro del Real Valladolid. Sostiene el cronista que acaso el primer lugar de España donde se practicó el balompié fue en Valladolid, a tenor de algunos legajos que leyó en el Archivo Municipal, y cosa muy probable teniendo en cuenta la antigua presencia en nuestra ciudad de ingleses y escoceses, gente de la Gran Bretaña, patria del football.

Fue elegido Cronista Deportivo Oficial de Valladolid en el pleno municipal del 1 de junio de 2013.

La primera foto corresponde al homenaje que le tributó el Real Valladolid (está tomada de la página oficial del Real Valladolid SAD); y la segunda imagen corresponde a la presentación de uno de sus libros (la foto está tomada del periódico digital Tribuna de Valladolid y ha sido realizada por Alberto Mingueza).

DEL AYUNTAMIENTO VALLISOLETANO HABLAMOS

Este año 2019 se está conmemorando el 40 aniversario de las primeras elecciones municipales en Democracia. Puede ser un buen pretexto para curiosear un poco por algunos avatares consistoriales. Para ello propongo dar un vistazo a vuela pluma por los últimos cien años.

El 3 de abril de 1979 se celebraron los primeros comicios locales democráticos.  Era la tercera vez que el pueblo estaba llamado a las urnas en menos de dos años: en junio de 1977 se votó para formar la Asamblea Constituyente, y en marzo de 1979 se habían convocado Elecciones Generales.

Vamos, pues, a detenernos en algunas curiosidades en torno al Ayuntamiento de Valladolid. Para ello vamos a irnos, también, más lejos de estos cuarenta años democráticos, y nos asomaremos al Ayuntamiento de hace 100 años y comentaremos algunas otras curiosidades que han acaecido a lo largo de todo este tiempo.

Despacho de Alcaldía. Foto de Cacho

Si no he sumado mal, en estos cien años Valladolid ha conocido treinta y dos alcaldes contando con el actual, más algunos más accidentales de brevísima duración, que sustituyeron transitoriamente a fallecidos o enfermos. Esto nos da una media de 3,1 años de duración cada alcalde. Si quitamos los tres alcaldes  que ha habido en estos últimos cuarenta años de Democracia,  en los sesenta anteriores la media baja a 2 años de duración.

La verdad es que hubo temporadas en las que la brevedad de algunos ediles fue asombrosa. Para ello nos vamos al año 1924. A lo largo de aquel año hasta ocho personas llevaron el bastón de la alcaldía. Más accidentada imposible: así nos lo contó Mariano Cañas en 2009 en El Norte de Castilla: en octubre de 1923 José Morales Moreno fue elegido, pero le dieron tres meses de plazo para que se repusiera de una enfermedad, y ocupa el sillón el concejal Vaca hasta que el 30 de enero se hace cargo de la alcaldía el teniente de alcalde Álvaro Olea y Pimentel. El 6 de abril se constituye una nueva corporación y Blas Sierra Rodríguez es elegido alcalde, quien dimite el día 21 por hallarse enfermo. Le sustituye como alcalde electo Nicolás López Serrano, que fallece el 19 de octubre. Se hace cargo accidentalmente Rodrigo Esteban Cebrián que a los diez días dimite (el 30 de octubre). En sesión de 3 de noviembre es elegido mediante votación Ramón Álvarez del Manzano, que presenta su dimisión irrevocable el 11 de diciembre (por cierto, alegando la falta de confianza por parte de los concejales que le eligieron); y ese mismo día es proclamado alcalde Vicente Moliner Vaquero… ¡Tela!

¿Cuáles eran las actividades privadas de estos más de treinta alcaldes de los últimos cien años? Destacan, por el número, empresarios, abogados, militares, médicos,  hay solo tres trabajadores por cuenta ajena, algún catedrático y algún maestro. En definitiva, la mayor parte de los alcaldes que ha conocido Valladolid en estos cien años eran de clase alta y acomodada bien por profesión (militar de alta graduación,  por ejemplo),  bien por actividad (médicos, empresarios…).

Pero volvamos a 1919.  En ese año hasta dos alcaldes pasaron por el sillón: Luís Gutiérrez López, que dimitió en febrero por motivos de salud, pero también por discrepancias con los concejales, y le sustituyó ese mismo mes Gaspar Rodríguez Pardo que en noviembre presentó su dimisión alegando, también, motivos de salud, pero no se la admitieron y tuvo que ejercer hasta el 1 de abril del año siguiente. Como vemos en 1919 y 1924, lo del estado de salud da para todo.

Detengámonos en curiosear sobre cuáles eran los asuntos que se trataron en los plenos de 1919. Por cierto, era habitual que se celebraran varios plenos en el mes, no como ahora en que salvo excepciones solo se celebra uno al mes, y en muchos municipios pequeños uno al trimestre. La razón es que muchas competencias que antaño eran de pleno, se fueron pasando a Comisiones de Gobierno o a exclusividad de Alcaldía.

Nos preguntábamos sobre qué asuntos preocupaban a nuestros ediles de hace 100 años. Vamos a verlo, resumidamente.

Se trató de abordar una reforma de la Policía Municipal (convocatoria de plazas, uniformes, ascensos, etc.), asunto que fue muy polémico (sin que en realidad se llegara a conclusiones importantes), y motivó varios enfrentamientos entre los concejales. En esa época los Policías eran llamados Guardias.

Preocupaban mucho los  asuntos de Beneficencia. Se elaboraba un censo de personas acogidas a la beneficencia municipal que se iba modificando prácticamente todos los meses en función de las personas que perdían esa situación o entraban en ella. Para las atenciones de la Beneficencia se disponía de un asilo, de un presupuesto para pagar el suministro de medicamentos y  vacunas, o para atender las necesidades de leche para las criaturas de familias humildes: eso se llevaba a través de un programa que se llamaba la “Gota de leche”.

Se abordó la construcción y mantenimiento de escuelas pública. Y ese mismo año se comenzó a pensar en crear dos escuelas  para mujeres adultas de carácter voluntario. La edad mínima para acceder a dichas aula era de 13 años. Para ponerlas en marcha se mandató a dos maestras que estudiaran como se hacía en Madrid y Barcelona. Valladolid entonces tenía una veintena de escuelas para niños y niñas. El analfabetismo en España rondaba al 50 % de la población, aunque en Valladolid parecía que era sensiblemente menor.

En todos los plenos había  acuerdos sobre el cementerio, referidos generalmente a la construcción de unidades de enterramiento, licencias a particulares para la construcción de panteones o concesión de titularidades de los mismos.

Se aprobaron diversas gratificaciones de los empleados públicos que solían estar individualizadas según sus actividades y horas extraordinarias. Así como también había que acordar la concesión de pensiones a funcionarios municipales.

En lo que a pavimentación de calles, aquel año dominaron dos especialmente: el paseo de Alfonso XIII (actual acera de Recoletos) y la calle de Santiago. Por cierto, esta segunda fue realmente polémica, lo que  llevó a que la obra fuera tratada en el pleno varias veces  por dos principales razones: por la subasta para la adjudicación, y por las quejas de los comerciantes sobre cómo se llevaban a cabo las obras pues parece que repercutía en sus negocios.

Todo ello, aparte de los acuerdos de tipo administrativo y, digamos, ordinario: devolución de fianzas por contratos, formación de presupuesto, licencias de obras, caja de reclutas, etc.

Valladolid, aquel año 1919 registraba datos de un muerto al día a causa de la tuberculosis, una enfermedad por desgracia muy común en las primeras décadas del siglo XX.

Existía preocupación por las condiciones higiénicas de la ciudad y, por tanto, el alcalde Gaspar Rodríguez Pardo emitió un bando el 28 de octubre en el que entre otras cosas decía: “Para que las calles se mantengan siempre en el estado de higiene y limpieza que la importancia de nuestra ciudad exige (…) se prohíbe que haya muladares y depósitos de basura a menos de 450 metros del perímetro de la ciudad”. El bando también incluía esta prohibición: “No se arrojaran en ninguna hora por los balcones o ventanas, basuras, aguas sucias ni limpias, no se sacudirán telas ni ropas después de las siete de la mañana en verano, y de las nueve en invierno”

Como efemérides de aquel año, podemos citar que César Silió  fue nombrado, el 16 de abril de 1919, Ministro de Instrucción en el Gabinete de Maura. Y que nació Miguel Delibes.

Mas, vengamos a ese 1979, primer año de elecciones democráticas.

Fue elegido alcalde Tomás Rodríguez Bolaños. Aquel primer año (también los sucesivos) hubo que dar una vuelta completa a la administración municipal. Sirva de ejemplo lo que El Norte de Castilla publicaba el 31 de julio: “”El Ayuntamiento en la frontera de la legalidad. Adoptó acuerdos que pueden ser nulos”. Y a continuación el alcalde indicaba que “Cada día es más difícil funcionar con la Ley de Régimen Local (…) y para poder iniciar determinadas actuaciones hemos de correr algunos riesgos”

El Norte de Castilla: julio de 1979

En julio se declaró la plaza Mayor como zona peatonal, y las fiestas de aquel año se inauguraron con el pregón del poeta vallisoletano Jorge Guillén.

Vamos a ver algunos alcaldes que lo fueron en años clave de la política durante estos cien años que estamos recorriendo.

A Luís Gutiérrez López, que era el alcalde que abrió el año 1919, El Norte de Castilla lo definió como “abogado de mérito y joven de grandes esperanzas”. Hubo en su mandato un curioso debate entre los concejales digamos socialistas que querían que el Ayuntamiento saludara el fin de la Primera Guerra Mundial, y los conservadores, que negaban los valores de las naciones vencedoras.

Antonio García Quintana con su familia

Antonio García Quintana, trabajador de las artes gráficas,  fue el último alcalde de la II República. Fue fusilado en la campa de San Isidro el día 8 de octubre de 1936. Entre las muchas iniciativas que se llevaron a cabo bajo su mandato, destaca una muy peculiar y desconocida: un estudio para traer agua para abastecimiento de la ciudad desde los manantiales de Viloria (entonces Viloria del Henar).

Florentino Criado

El primer alcalde de Valladolid tras el triunfo en la ciudad tras el golpe de Estado fue Florentino Criado Sanz. Un militar profesional forjado en las Guerra de África bajo cuyo mandato se iniciaron los trámites para la construcción de aeropuerto de Villanubla.

Francisco Bravo en el centro del grupo de concejales, con unos folios de la mano

El último alcalde de la Dictadura fue Francisco Bravo Revuelta, Auxiliar de Farmacia diplomado. Llegó a la Alcaldía por dimisiones de varios concejales, incluido el entonces alcalde Manuel Vidal García, para poder presentarse a las elecciones que se habían convocado para abril de 1979.

Retrato de Rodríguez Bolaños colgado en la Casa Consistorial. Realizado por Cano

Y el primer alcalde de la Democracia fue Tomás Rodríguez Bolaños, del PSOE. Trabajador de FASA como analista químico, estuvo en el cargo hasta el 17 de junio de 1995. Tuvo la tarea de poner en marcha un verdadero Ayuntamiento, hasta entonces carente del presupuesto necesario y de las competencias adecuadas.

¿Y en relación con el Ayuntamiento, qué decir de las mujeres?

Adelaida Díez Díez y Eloisa de Felipe Alonso fueron las dos primeras concejalas que hubo en el Ayuntamiento de Valladolid, tal como nos recuerda el historiador Enrique Berzal.  Accedieron al consistorio en otoño de 1928 pero no por elección. Sucedió que habían dimitido hasta 16 concejales, y el gobernador civil se vio en la obligación de designar sustitutos por la vía de decreto, pues parece que no debían quedar concejales suplentes. En aquellos años, merced al Estatuto Municipal de Calvo Sotelo de 1924, las mujeres ya podían acceder a desempeñar funciones concejiles. Eso sí, se las exigía no estar casadas ni sujetas a patria potestad, autoridad marital o tutela.

Transcurrieron 39 años hasta que en 1963 fuera elegida concejala María Dolores Pérez Lapeña. Licenciada en Derecho y vinculada a la Sección Femenina, fue elegida por el tercio de entidades económicas, culturales y profesionales. Los otros dos tercios eran los de cabezas de familia y el sindical. También formó parte de la Diputación Provincial.

Iñigo de Toro en la izquierda de la imágen, y Pérez Lapeña en la derecha.

Poco tiempo después (1967) Lapeña compartió consistorio con otra mujer, María Teresa Íñigo de Toro. Polifacética profesional del mundo de la comunicación, la cultura y la historia. Fue teniente de alcalde.

Pilar García Santos
Pilar Fol Frutos
Victorina Alonso-Cortés

En 1979, con el primer Ayuntamiento democrático, tres mujeres formaron parte de la corporación: por el PSOE, Pilar García Santos –que fue concejala de Cultura-,  y Pilar Fol Frutos–concejala de Deportes-. Y Victorina Alonso-Cortés, de la extinta UCD.

NOTA: La mayoría de imágenes y textos proceden del Archivo Municipal de Valladolid, El Norte de Castilla, “Diccionario de Alcaldes de Valladolid”, “Valladolid, Alcaldes y Municipio en el siglo XX”, y el blog “Valladolid la mirada curiosa”.