CRUCEROS, EN LA SOLEDAD DE LOS CAMINOS

Son infinidad las cruces de piedra que se pueden encontrar en caminos y tierras de Valladolid, especialmente en los páramos y sus estribaciones (quizá porque en ellos abunda la piedra). Y no nos referimos a las que forman parte de los Vía Crucis, ni tampoco a los humilladeros y aquellas que se erigen a las puertas de iglesias y ermitas.

No, hablamos de aquellas cruces solitarias que están en las encrucijadas de los  caminos, en el interior de un pinar (como la cruz de Tudela, en Mojados), en mitad de unas tierras de cultivo o  presidiendo las eras.

Todos representan la misma cruz, el símbolo máximo de la religión cristiana. Sin embargo no todos, ni mucho menos, han sido erigidos por los mismos motivos. Incluso algunos nadie ha sabido explicar porque fueron puestos en el lugar que ocupan. Pero lo cierto es que es difícil que en las inmediaciones de una población o en los caminos que a ellas conducen –especialmente si se trata de encrucijadas- no se encuentre una cruz.

Un buen puñado de cruces no son sino el recuerdo de una muerte súbita (el infarto que sorprendió al segador en el campo), el agradecimiento por el desenlace feliz de un rayo que no terminó con la vida de un campesino junto a su arado o con el rebaño de un pastor.

 

¿Tal vez la cristianización del rito pagano por el que los viajeros del pueblo de Roma,  al emprender un viaje depositaban piedras al borde del camino en honor de Hermes?, lugares donde se solían poner los santones para augurar buen viaje a los caminantes. ¿O tal vez la cristianización de lugares que transmiten cierta magia, como tradicionalmente se han considerado las encrucijadas, en las que en ocasiones se practicaban ciertos rituales?

Los celtas consideraban sagrados los cruces de los caminos, o, también lugares en los que se encontraban el demonio y las ánimas que vagaban por la noche. También tenían la costumbre de enterrar a sus muertos con piedras a las afueras de las poblaciones.

En fin, en las encrucijadas se comenzó a invocar a ciertas divinidades para protegerse de los males y la oscuridad… y una forma de hacer ofrendas era dejar piedras, que se iban convirtiendo en un montón y, acaso, aquello fue el origen de consolidar pilastras o cruceros.

En cualquier caso, los cruceros se multiplicaron a partir de la Contrarreforma. Una obsesión por imponer la presencia de la religión en todos los órdenes de la vida: no solo en el interior de los templos, en las tradiciones populares o en el interior de los hogares, sino también en la intemperie y, especialmente, en los caminos, como el llamado crucero del Pelícano en las afueras de Portillo según se va desde Valladolid, o el de Bahabón en la carretera hacia Campaspero. Sobre todo en las encrucijadas, del que es buen ejemplo la cruz del Pico de  Montemayor de Pililla, del siglo XVI.  Endefinitiva, a las entradas (o salidas según se mire) de las poblaciones.

En Quintanilla de Arriba, el que hay a las orillas del Duero recuerda una leyenda incluida un trágica muerte: el hermano Diego (en este mismo blog se relata aquel episodio). También los hay que recuerdan el agradecimiento por un buen año de mies, o para hacer una rogativa perpetua pidiendo una buena cosecha. Y los hay que se levantaron para indicar los límites territoriales de un pueblo.

 

Del crucero de Torrescárcela, en el valle del Valcorba, se sabe que desde antaño, por San Marcos, en abril, hasta él se iba en rogativa  para implorar buenas cosechas.

En Mojados está la cruz de Tudela  (siglo XVII), que aún se puede contemplar en todo su esplendor, la cual señala un cruce de caminos de aquella época, como es el camino antiguo a Valladolid, a través de la cañada de Santiago. Después en el siglo XX sirvió en carnavales a los mojadenses para peregrinar el Miércoles de Ceniza en procesión hasta ella y enterrar la sardina

Hay cruceros muy ilustrados, como el de Canalejas de Peñafiel que data de 1760 y que está en la plaza de la Cruz.

Algunos,  decorados con querubines, como los de Aldea de San Miguel, San Miguel del Arroyo o la llamada cruz de Pesquera, en Cogeces de Iscar (del siglo XVI)…

… O adornados con bolas, como los de Lomoviejo o Cogeces del Monte… Unos están completamente desnudos, otros representan la crucifixión de Cristo, también los hay esculpidos con tibias y calaveras… y algunos incluyen una sucinta Piedad…

Se pueden ver cruceros en Casasola de Arión, Iscar, Llano de Olmedo, Fompedraza, Puras, Bocigas, un curioso crucero de hierro en Marzales, Campaspero (quizá la población con más cruces), Alaejos…

 

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EL TRABAJOSO MONUMENTO DEL CONDE

La huella del conde Ansúrez en Valladolid (y III)

Se inauguró en la Plaza Mayor  el 30 de diciembre de 1903. Si solo dijéramos esto estaríamos hurtando una más que interesante historia sobre el mismo, que tuvo una larguísima gestación cuajada de numerosas anécdotas y curiosidades.

Y a ellas no vamos a referir muy resumidamente.

En el año de 1862 se solicita presupuesto de una estatua de Don Pedro Ansúrez al escultor Nicolás Fernández de la Oliva (a la sazón profesor de la Escuela de Industrias, Artes y Oficios, y autor de la escultura de Cervantes situada en la plaza de la Universidad). Este presenta varios presupuestos según la estatua se realizara en piedra caliza, mármol del país, mármol de Carrara o bronce. Según el historiador José Luis Cano de Gardoqui García, el monumento se iba a colocar en la plaza de San Miguel.

El caso es que ese primer tanteo tardó cinco años en cuajar, pues no fue hasta 1867 cuando el Ayuntamiento acordó con Fernández de la Oliva las bases para construir el monumento. Para pagar los gastos se hizo una suscripción popular y se compró una piedra con el fin de hacer el pedestal. Piedra que tardó en estar en la Plaza Mayor, pues en realidad acabó poniéndose como pedestal a la estatua del dios Apolo que durante unos años adornó  la Fuente Dorada.

En 1872, parece que  ya había una piedra en medio de la plaza con la finalidad de ser el pedestal del conde. Piedra que fue objeto de debate en un pleno municipal de 1877, en el que varios concejales pidieron que la piedra se trasladara a la plaza de Santa María o lugar próximo al palacio que habitó el Conde, que es  donde se sugiríó que se  levantara su estatua; y que en la plaza Mayor se construyera una fuente monumental abastecida con las aguas del Pisuerga que en esas fechas estaban abasteciendo las fuentes de la ciudad.

(Esta imágen es ficticia, creada por Alberto García, diseñador gráfico, a petición mía)

Pero hemos sabido  que sobre aquella piedra en realidad había un obelisco que estaba instalado en 1873. Se trataba, al parecer, de un “monumento provisional”  (¿a la I República?). Es el caso que el “dichoso” obelisco fue  motivo de algunas controversias: en 1877 el concejal encargado del “ornato público” propuso que se derribara, alegando  que “la permanencia del obelisco es ofensiva a la reconocida cultura de la capital de Castilla la Vieja”. 

Ciertamente esa piedra era, valga la expresión, “una china en el zapato de la ciudad”: en 1875, es decir dos años antes de lo relatado más arriba, Valladolid iba a recibir la visita de Alfonso XII, motivo por el que se quería mostrarle la mejor cara de la ciudad. Para tal fin se acordó que desapareciera el capitel (obelisco) sito en la plaza y que se sustituyera por una estatua en yeso del Conde.

VENTICINCO AÑOS MÁS TARDE

Llegamos a agosto de 1900, fecha en que el alcalde Mariano González Lorenzo se lamentaba de que “… el monumento del conde Don Pedro Ansúrez que tantas veces se ha  proyectado, quedándose otras tantas relegado al olvido sin causas que lo justificasen…”

Parece que ya la corporación se pone a ello para saldar esta vieja deuda con la memoria del repoblador de Valladolid, y de nuevo se estudia la forma de llevarse a cabo. En ese mismo año, el escultor Aurelio Carretero se ofrece al Ayuntamiento para llevar a cabo la construcción del monumento. A todo esto, el primer escultor consultado, Fernández de la Oliva, había fallecido en agosto de 1887.

A tal efecto se crea una comisión encargada de inspeccionar y revisar las obras y los gastos que fueren necesarios para la construcción del monumento. Para abaratar costes el propio Carretero propone que la obra se lleve a cabo en invierno, aprovechando la temporada “del plus”. ¿Y qué era el plus? Pues cuando el Ayuntamiento contrataba obreros jornaleros del campo que terminadas las faenas del campo (siega y vendimia principalmente) se quedan sin trabajo, y de esta manera se les abonaba algún salario que les permitiera pasar el invierno.

(Archivo Municipal de Valladolid)

Por cierto, el asunto del coste también preocupó a Carretero, pues él mismo presentó un proyecto “conteniendo los vuelos de la imaginación para no presentar un modelo irrealizable por su coste y sujetado a lo que realmente puede llevarse a cabo sin sacrificio, procurando que dentro de su sencillez reúna todas las condiciones de Monumento y a la vez tenga sabor de época”…

Hubo algún debate acerca de si el pedestal y la estatua deberían ser realizados por el escultor o si se podían separar, como así se hizo finalmente: Carretero la escultura y bronces del pedestal, y Agapito Revilla (a la sazón arquitecto municipal) el pedestal de piedra.

Y el pleno de 4 de enero de 1901  toma el acuerdo de que se construya en la Plaza Mayor, de acuerdo al presupuesto que habían presentado Carretero y Revilla.

Vamos a dar dos pinceladas sobre quienes fueron los ejecutores del monumento. Aurelio Rodríguez-Vicente Carretero, que solía firmar como Aurelio Carretero o A. Carretero, nació en  Medina de Rioseco 17 enero de 1863  y falleció en  Madrid en marzo de 1917. Entre otras obras, es el autor del monumento a Zorrilla, los bustos de Isabel la Católica en Medina del Campo y el de Miguel Íscar en el Campo Grande, así como de la escultura que preside el panteón de personas ilustres del cementerio del Carmen.

Y Juan Agapito y Revilla, arquitecto municipal de Valladolid, nació en la ciudad el 13 diciembre de 1867, y falleció en 1944. Destaca no tanto por obras arquitectónicas (hizo el iglesia de La Pilarica) como por sus numerosos estudios y publicaciones sobre la historia de Valladolid. Supongo que todos uds. conocerán su obra imprescindible: Las calles de Valladolid. También hay que destacar que fue quien halló el famoso plano de Ventura Seco de 1833. Estaba adherido a la parte inferior de una mesa en las dependencias municipales. Agapito lo reprodujo con todo detalle, y el original se conserva en el Archivo Municipal.

Para la realización de la estatua, el municipio solicitó  al Ministerio de la Guerra que cediera gratuitamente 350 kilogramos de bronce. Pero  aquella solicitud no fue atendida, pues siguiendo las instrucciones  de la reina regente María Cristina de Austria, madre del menor futuro Alfonso XIII, se rechazó tal petición alegando la escasez de existencias de bronce en los parques de Artillería.

Ante esta contrariedad, en marzo de 1901 el propio escultor Carretero ofreció gratuitamente el bronce de lo que tenía en su estudio.

POR FIN, LA INAUGURACIÓN

El Ayuntamiento quiso inaugurar el monumento durante las Ferias de septiembre de 1903, tal como se anunciaba en el programa, pero hubo que suspender el acontecimiento pues el pedestal aún no estaba terminado.

Fue el 30 de diciembre. A las 11 de la mañana, según acta levantada por el secretario municipal.  Con toda la corporación presente, se procedió al descubrimiento de la estatua, y el acto fue amenizado por los acordes de la Marcha Real y se disparó  multitud de cohetes y bombas reales.

Ahora, detengámonos con detalle en el monumento que finalmente fue inaugurado:

La escultura se concibe reposada y tranquila con el pendón castellano en la mano derecha, y  del brazo izquierdo  pende, y recoge, el manto digno de nobleza al mismo tiempo que porta el documento que le acredita señor de Valladolid.

El pedestal, según la memoria del proyecto de 1900  llevará “unos pilarotes que sujeten las cadenas propias de los puentes levadizos hasta la coronación almenada. En el frente la figura simbólica de Castilla narrando a unos niños la Historia del Conde y los hechos de sus mayores; los laterales ostentan dos escudos orlados, ambos de laurel y roble, conteniendo el uno un castillo y el otro un cebú, reuniendo así gloria, firmeza, nobleza y fuerza”.

 

Es el caso que el pedestal que finalmente se levanta sigue las indicaciones de Agapito y Revilla, modificando sustancialmente  la idea del escultor. Y es el que ahora luce en la plaza Mayor: una inscripción que pone, “La ciudad de Valladolid erige este monumento a la memoria de su protector y magnánimo bienhechor el Conde D. Pedro Ansúrez. Siglos XI-XII”. Frente a la Casa Consistorial, el escudo de la ciudad.

En los costados sendos relieves que representan el acto conocido de la vida del Conde ante Alfonso I el Batallador, rey de Aragón,  divorciado  de Dª Urraca, con la soga al cuello (el divorcio puso en aprietos al conde, pues debía lealtad a Urraca su “señora natural”, y al rey aragonés, al que había prestado “juramento de fidelidad”).

Y el otro suponemos que  representa las obras de la iglesia de Santa María la Mayor con la torre de la Antigua al fondo, que según entonces se creía, eran las dos obras más artísticas que hizo Ansúrez en la villa. Ahora sabemos que, podría existir o no la capilla de la Antigua, pero desde luego no su torre.

Finalmente hay varios sellos redondos que representan las dos caras (una muralla con ocho puertas y torres donde pone VAL por un lado; y por otro un castillo): se trata, en realidad de una representación simplificado del primer sello oficial de Valladolid, que se puso en un pergamino del siglo XIII.

 

EL PANTEÓN DE ANSÚREZ DE LA CATEDRAL

La huella del conde Ansúrez en Valladolid (II)

Del panteón de Ansúrez en la Catedral Metropolitana existen dudas razonables sobre su autenticidad. Amando Represa sostiene que los condes dejaron dispuesto ser enterrados en el monasterio de San Benito el Real de Sahagún de Campos, pero “… a pesar de lo dicho nada sabemos sobre la certeza de los restos que yacen hoy”, en la Catedral.

Parece lógica la voluntad del matrimonio de ser enterrados en Sahagún pues podríamos decir que era la “capital” de los vastos territorios que controlaban Eylo y Ansúrez. 

Por eso sorprende que Ansúrez fuera enterrado en su colegiata de Valladolid y que en Sahagún de Campos nada se sepa del enterramiento de Eylo.

No obstante, en general los historiadores no discuten la tesis de José Zurita Nieto, canónigo de la Catedral, que en 1918 publicó un trabajo de investigación  sobre el enterramiento del conde.  Sostiene Zurita que los restos de Ansúrez se acomodaron debajo del coro alto de la Colegiata construida por el conde. Que en la nueva colegiata del XIII sus huesos fueron a parar al crucero, guardados en una caja de piedra.  Que en 1674 se trasladaron a la nueva Catedral. Y que con el tiempo  recalaron en la capilla que hay junto al Evangelio (al lado izquierdo según se mira al altar).

Del sepulcro nos da cuenta esta escueta noticia inserta en el Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid, y que dice así: “Sepulcro del Conde Pedro Ansúrez; escultura en madera policromada, de hacia 1585, reja del siglo XVII y pintura sobre tabla de San Miguel, del último tercio del siglo XVI”. Aunque algún documento avala más que la reja sea del XVI, como el San Miguel y la escultura. En resumen: el sepulcro que hoy conocemos se acomoda en 1774 según traza de Ventura Pérez.

 

 

La composición del sepulcro es una recreación ahistórica, como se puede apreciar en el bulto que realizó el escultor, vistiéndole más bien como un patricio romano, o como a un Carlomagno: su armadura y casco para nada tienen que ver con las de la época del conde.

 

El panteón está presidido por una representación del arcángel san Miguel (patrono de la ciudad hasta que lo fue Regalado). En ambos lados del enterramiento hay sendas leyendas que resaltan sus supuestas fundaciones. Así en una de ellas se lee, textualmente: “hizo la Iglesia Mayor y dotóla largamente/ el Antigua, y la gran puente/ que son obras de valor/ San Nicolás, y otras tales/ que son obras Reales/ según por ellas se prueba/ Dexó el Hospital Esgueva/ con otros dos hospitales…” Además de glosar sus virtudes: “Aquí yace sepultado / un Conde digno de fama, / un varón señalado, / leal, valiente, esforzado, / Don Pedro Ansúrez se llama”

 

 Al lado del sepulcro del conde hay un retablo neoclásico de la Crucifixión, original del flamenco Michel Coxcie. A este autor se le conoce como el Rafael de los Países Bajos, y tiene obra repartida por media Europa, incluido el Museo del Prado.

 

El día 3 de febrero de 1979 se hizo una especie de exhumación de los restos del conde. Para ello, una amplia representación de la ciudad se congregó en torno a la caja que guardan sus huesos. En las fotografías que se tomaron aparecen en primer término el catedrático de Historia del Arte Jesús Urrea, el canónigo archivero de la Catedral Vicente Rodríguez Valencia y el historiador Juan José Martín González. Se comprobó que los restos pertenecían a un hombre fallecido en avanzada edad y de gran fortaleza física.

  ¿Y qué conocemos de los enterramientos del resto de las personas que tuvieron especial relevancia en la vida del conde? En el Monasterio de San Benito de Sahagún fue enterrado Alfonso, el hijo del matrimonio que estaba llamado a heredar el título nobiliario pero que la muerte se lo llevó aún joven.  En el mismo monasterio fue enterrado  Alfonso VI y varias de sus esposas y amantes (se le conocen cinco esposas y dos amantes). Alfonso murió en Toledo en junio de 1109 y su cuerpo fue  trasladad0 a Sahagún en agosto. En la actualidad los restos reposan en un discreto sepulcro ubicado en  el Monasterio  de las monjas benedictinas de Santa Cruz, en la misma localidad.

De la reina Doña Urraca sabemos que fue enterrada en el panteón de los Reyes de san Isidoro, en León, aunque en la actualidad no están localizados, debido a la remoción de restos y panteones que sufrió San Isidoro.

 

El Museo Arqueológico Nacional conserva la lauda sepulcral de Alfonso, hijo de los condes. Ostenta la siguiente leyenda: “En el sexto día de los idus de diciembre de la era de 1131 murió Alfonso, el hijo querido del conde Pedro Ansúrez y de la condesa Elión”. La fecha corresponde a la llamada Era Hispánica, que en la actualidad equivale al día 8 de diciembre de 1903.

 

Imagen del panteón de los Reyes de San Isidoro, donde fue enterrada Doña Urraca, que en su infancia estuvo al cuidado de los condes.

 

 Enterramiento de Alfonso VI, en el monasterio de Santa Cruz, de Sahagún. Hay diferencias de opinión sobre la estrecha relación del monarca con Ansúrez: unos sostienen que fueron compañeros de juegos desde la infancia; otros, que el conde fue instructor de Alfonso. (Imagen tomada de Sahagún Digital)

VISTAS DEL VALLADOLID HISTÓRICO

Los lugares más altos y más próximos a la ciudad son la Cuesta de la Maruquesa y San Isidro.  A menos de media legua ya se puede tener una vista panorámica de la villa. Estamos hablando, claro está, antes de que en el siglo XX comenzaran a construirse viviendas de una altura que ahora impiden la vista de la ciudad antigua. En la actualidad necesitamos desplazarnos a puntos mucho más altos, como son  el Cerro de San Cristóbal o  Zaratán, ya a cinco kilómetros del centro histórico de Valladolid, aunque todavía, desde el borde más alto de Fuente el Sol, se puede ver en parte la vieja ciudad.

No es de extrañar, por tanto, que las dos primeras y más antiguas vistas de Valladolid se tomaran desde la Maruquesa y San Isidro, en el siglo XVI.

Sin embargo, Valladolid, a pesar de la importancia histórica y administrativa que ha tenido, no dispone de información gráfica adecuada hasta ya el siglo XVIII. Es decir, que plano propiamente dicho, no se conoce ninguno hasta el famoso de Ventura Seco fechado en 1738. Hasta entonces algunas pocas vistas panorámicas se pueden considerar de cierto interés. Suelen ser representaciones del paisaje con más aire pictórico que arquitectónico.

No obstante, diversas publicaciones y  grabados  nos han ido mostrando nuevas vistas de la ciudad en las que nos vamos a entretener.

Antes de ver las imágenes he de agradecer al arquitecto Óscar Burón el que me haya facilitado unos cuantos de  los grabados  que a continuación muestro por orden, más o menos, cronológico.

 

 

Este grabado de G. Braun y F. Hohenbergius (hacia 1574), junto con el de Wyngaerden, es una de las dos panorámicas más  antiguas de Valladolid. Está realizado sobre un dibujo original de Joris Haffangel, que se conserva en la Biblioteca Nacional Austriaca, Viena, fechado en 1565. Hay otro ejemplar de Braun y Hohenbergius en la  Biblioteca de Santa Cruz, Valladolid, aunque en mal estado de conservación. Está realizado desde el alto de San Isidro y se ve perfectamente la torre de la Antigua, entre otras, y  el camino a Tudela. De este grabado se han hecho numerosas copias y reinterpretaciones por diferentes autores en  años posteriores. Ahora mismo, desde San Isidro, es imposible reconocer aquella ciudad del siglo XVI pues los grandes edificios han ocultado por completo la vista.

 

A. Van  Der Wyngaerden era un pintor holandés, que estuvo al servicio de Felipe II, que le nombró pintor de cámara una vez que terminó el encargo de dibujar un buen número de ciudades españolas, entre ellas también los municipios de Tordesillas y Medina del Campo. La panorámica de Valladolid está tomada desde la Cuesta de la Maruquesa. Se fecha en 1565 y en realidad se trata de dos trabajos, uno no coloreado; y otro, en sepia de un tamaño enorme: 130 x 20,5 centímetros.

 

 En el “Libro de grandezas y otras cosas memorables de España”, Pedro de Medina incluyó en 1549 esta personal visión de Valladolid, junto con una descripción de la ciudad. Lógicamente no puede compararse, ni mucho menos, con las dos excelentes panorámicas antes comentadas.

Gabriel Meisner nos dejó este dibujo de Valladolid en 1640. Al igual de las tres imágenes que vienen a continuación sin duda se trata de una reinterpretación del grabado de Braun y Hohenbergius.

 

Francesco Valezo realizó este grabado en 1595 sobre dibujo realizado por él en 1579. Forma parte de una  colección italiana de las ciudades más ilustres y famosas del mundo.

 

Grabado del siglo XVII, incluida en Theatrum hispaniae exhibens regni, urbes, villas ac Viridiana magis ilustria.

 

Vista general de Valladolid, hecha por el francés Gabriel Huquier en 1770.

 

Un grabado de 1837 mostrando una fortificación francesa con Valladolid al fondo.

 

Vista de Valladolid publicada en el Semanario Pintoresco Español en 1842.

 

 Este grabado, una orla en realidad, se fecha en 1847 y pertenece a la “Carte administrative, physique et routiere de l´Espagne et du Portugal”.

 

En 1854 se fecha esta curiosa y enigmática panorámica de Valladolid a vista de pájaro realizada por el francés Alfred Guesdon. La verdad es que no se ha podido explicar con certeza como Guesdon llevó a cabo esta toma desde el aire. La explicación más razonable es que la hiciera subido a la barquilla de un globo aerostático cautivo.

 

La Crónica General de la Provincia de Valladolid, de Fernando Fulgosio y publicada en 1869, incluye esta vista de la ciudad, seguramente copiando de una fotografía de francés Jean Laurent realizada en 1865.

 

Publicado en el libro “Castilla y León según la visión de los viajeros extranjeros”, se incluye esta vista de la ciudad de autor desconocido.

 

Aunque no se trata de una vista panorámica de Valladolid, de las que trata este reportaje, no debe pasar desapercibido este cuadro. Pintado por Pantoja de la Cruz en 1602, retrata a la Infanta Ana Mauricia y se conserva en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Pues bien, en la ventana se ven las aceñas del puente Mayor y el incipiente barrio de la Victoria. Se trata, en definitiva, de la más antigua representación pictórica de un enclave de Valladolid.

 

Invito, para finalizar,  a pasear sosegadamente por el borde de Fuente el Sol, sobre todo a partir del mirador que allí se ha habilitado, para descubrir (mejor con unos prismáticos) parte del Valladolid del siglo XVI que dibujó Wyngaerden y que  aún está ahí, agobiado por la ciudad moderna.

 

 

 

VALLADOLID, UN MUSEO DE LA INDUSTRIA

A poco que paseemos por la ciudad de Valladolid y sus alrededores con un poco de atención, veremos continuamente muestras de su actividad industrial del siglo XIX y XX.

Hasta que se hicieron los polígonos industriales de Argales y San Cristóbal, las actividades industriales no tenían espacios específicos para llevar a cabo sus actividades.

Eso no quiere decir que las industrias no buscaran los lugares más apropiados para su desenvolvimiento. Así, se crearon auténticos polígonos industriales en torno a la dársena del Canal de Castilla, y las vías del ferrocarril y  los talleres ferroviarios. Amén de las que o bien por necesidades de espacio o por evitar emisión de humos en el interior de la población, se ubicaban en el extrarradio.

El Esgueva también tenía varios molinos, algunos para elaboración de papel.

Es el caso que el paso del tiempo y el crecimiento de la ciudad, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, terminó por rodear aquellas cerámicas, textiles o fundiciones, que tarde o temprano tuvieron que reubicarse en otros asentamientos o cesar su actividad. Famosa es la pelea de los vecinos de los barrios de Vadillos y San Juan para que la cerámica Silió cesara de emitir hollín delante de las mismas ventanas del vecindario.

Muchas de aquellas industrias han dejado en el interior de casco urbano de Valladolid un reguero de edificios y construcciones todavía reconocibles que darían para hacer un “museo” de la industria  al aire libre. Un museo que tiene su complemento en las numerosas fotografías que nos ilustran de ese pasado un tanto nostálgico del Valladolid antiguo.

Y con estas premisas vamos a ver algunas de esas imágenes y pasear por algunas calles de la ciudad.

 

La dársena del Canal de Castilla a partir de 1840 se constituyó en lo que pudiéramos considerar el primer polígono industrial de Valladolid. Se construyeron algunas fundiciones, como “Fundiciones de Castilla”. Por supuesto había, también molinos harineros,  y alguna industria  textil (La Industrial Castellana), así como diversos almacenes de carbón y madera. Fotografía de la dársena del Archivo Municipal de Valladolid (AMVA).

 

En los pies de la estatua de Cervantes, en la plaza de la Universidad, puede verse un testimonio de la actividad de la Fundición del Canal.

 

En la carretera de Madrid,  a raíz de la construcción del ferrocarril del Norte y también por la proximidad a la estación de Ariza (La Esperanza), también se fueron levantando varias empresas. En las imágenes, fábrica de harinas del Ejército, e interior de la fábrica de harinas de Emeterio Guerra. AMVA.

 

 Las tenerías de Valladolid,  junto al Pisuerga, se construyeron en la segunda mitad del XIX. Sus curtidos competían con las fuertes industrias de Cataluña. Foto de AMVA.

 

Cerámica en las Puertas de Tudela (más o menos actual plaza Circular). La industria cerámica tuvo un papel destacado en Valladolid, De sus hornos salieron tejas y ladrillos que se vendían por toda España. De hecho, aunque no fue exactamente así, algunos historiadores sostienen que el Arco de Ladrillo se construyó para demostrar la fortaleza de la industria cerámica vallisoletana. AMVA.

 

Curiosa imagen (año 1910) de la fábrica de harmonios y órganos Quintín Ruffner, en la carretera de Salamanca. AMVA

 

Los alrededores de Valladolid se fueron poblando de cerámicas, empresas de alimentación, químicas, textiles, etc. que terminaron engullidas por el crecimiento de la ciudad. La cerámica Silió se fusionó en 1915  con “La Progresiva Castellana”, una empresa que estaba al principio de San Isidro y que ocupaba una inmensa parcela de 3.000 m2. En las imágenes, detalle de la artística crestería de Cerámicas Silió, y pabellón de La Progresiva en la exhibición de 1906 que se montó en el Campo Grande. Fue como un antecedente de la Feria de Muestras, pero su nombre era “Exposición Regional de la Agricultura, la Industria y las Artes”, y se celebró en septiembre. AMVA.

 

 

Testigo de los Talleres Miguel de Prado (que estaban junto a la calle que lleva su nombre) que iniciaron su andadura en 1874 y cien años después cesó la actividad, construyéndose bloques de viviendas en su inmenso solar. En las imágenes, una turbina construida por estos talleres, que está instalada frente a la Escuela de Ingenierías Industriales del Paseo del Cauce.  El primer edificio de las ingenierías, que comenzaron a impartirse en 1913, fue el colegio mayor de Santa Cruz. Junto con los famosos Talleres Gabilondo creados en 1860 (luego ENERTEC, en la fotografía –Avenida de Madrid-),  Miguel de Prado fueron buques insignia de la industria vallisoletana.

 

Los incendios eran muy habituales en las fábricas de harinas: el polvo seco que saturaba el ambiente prendía con facilidad ante cualquier chispa de las máquinas con las que se manipulaba el cereal. En la imagen, incendio de la fábrica de harinas El Palero en 1975. Construida en 1846, tras el fuego ya dejó de ejercer la actividad. En su solar, aprovechando el edificio principal, se construyó el Museo de la Ciencia. AMVA.

 

 La extinguida NICAS (Nitratos de Castilla), en la carretera de Cabezón, presentó su solicitud de instalación en 1942. Cerró en 1993, despidió  a 266 trabajadores y posteriormente se demolió. La ciudad la consideraba una empresa altamente contaminante.  Ahora están las instalaciones de Queserías Entrepinares. (AMVA).

 

Al final de la  avenida de Segovia, en 1948 se construyó INQUIOSA (Industrias Químico-Orgánicas SA), que en el barrio se la conoce como la fábrica de betunes, que abarcaba una enorme parcela entre las calles Celtas Cortos y Ebro. Ahora, sus edificios principales (vivienda y oficinas)  están ocupados ahora por el colegio Virgen Niña. Conserva parte del cerramiento original, que se ve en la foto, y de las naves solo queda algún resto que se ve en la calle Ebro.

 

El Polígono de Argales se inauguró el 14 de marzo de 1962. Fue el primer polígono construido para tal fin. AMVA

 

Y el de San Cristóbal inicia sus trámites en julio de 1972. Al igual que el de Argales, básicamente lo que acoge son almacenes y talleres con muchos casos con venta directa al público, por lo que se consideran muy terciarizados. Foto  antigua del AMVA y el polígono visto en la actualidad desde el cerro de San Cristóbal.

 

Algunas industrias, como TAFISA y ENDASA estuvieron obligadas a construir viviendas para los trabajadores. En febrero de 1956 se entregaron las 50 viviendas del llamado poblado de TAFISA (carretera de Burgos); y el de ENDASA en 1965, junto al barrio España. En las imágenes, el de ENDASA, habitado; y el de TAFISA, en el que ya nadie vive.

Sugiero que veáis también en el blog los  artículos “Un recorrido por la memoria industrial de Valladolid”, y “Arco de Ladrillo, símbolo vallisoletano”


 

 

SOBRE HUESOS … Y OTRAS HISTORIAS DE DIFUNTOS

Se acerca el tiempo de difuntos: noviembre. Mes por antonomasia para que la cultura cristiana recuerde y honre a sus seres queridos que ya no están en este mundo.

No es fácil explicar por qué noviembre es el mes cristiano de honra a los difuntos. Quizá es porque ya se habían terminado todas las faenas agrícolas y por el acortamiento de las horas de luz como que se entraba en la oscuridad. Tal vez, porque había más tiempo para dedicarlo a recordar a los ausentes…

En la cultura celta noviembre era un tiempo para recordar a los difuntos, y en esa tradición de sustituir las fiestas llamadas paganas, acaso el cristianismo introdujo la costumbre de recordar a los difuntos en ese mes. Un mes que, además comienza a anunciar el invierno.

En cualquier caso, cierto es que el día primero de noviembre es el de los santos, y día festivo, pero el día dos sigue dedicado a los ausentes y en el calendario cristiano es el día de los “fieles difuntos”. Algo tiene que ver con el purgatorio, es decir, con aquellas ánimas que, según la religión cristiana, tienen que purificar antes de entrar en el cielo. Y como ellos no pueden ya hacer nada, tienen que ser los deudos los que recen por ellos y así acorten su tiempo de espera.

¿Cuáles son las costumbres funerarias en otras religiones? Veamos.

El Talmud judío explica que hay que enterrar el cuerpo entero, no luego de que haya sido reducido por cremación o cualquier otro medio.

Para el Islam, el cadáver se deposita directamente en la tierra, recostado sobre el lado derecho y con la cara dirigida a La Meca. El islam reprueba el embalsamamiento, la cremación e incluso las tumbas y monumentos funerarios. Los allegados pueden expresar su dolor, pero sin excesos. Es contrario a los preceptos de trasladar los restos mortales del difunto a otra ciudad, ya que es aconsejable enterrar a un musulmán en el cementerio de la ciudad donde murió. Aunque esto tiene muchas excepciones: durante la Guerra Civil, en el cementerio del Carmen de Valladolid  se enterraron varios “moros de los que trajo Franco”, como así se conocía a las tropas rifeñas que le acompañaron. Se construyó un apartado de ladrillo con alegorías arabizantes y se dieron órdenes expresas de que se les permitiera ser enterrados según sus ritos y costumbres (no como al resto de no católicos que iban a parar al llamado cementerio civil). Pasados unos años sus cuerpos fueron llevados a su país de origen y hacia la década de 1960 se destruyó la construcción que los acogía.

El budismo propugna la cremación para permitir que el espíritu se libera del cuerpo.

Hasta ahora, para los cristianos, la cremación destruye la mayor parte del cuerpo y el entierro de la carne se torna imposible, lo que viola el mandamiento bíblico, por lo que la cremación, aunque admitida por la Iglesia, no se practicaba hasta hace unas pocas décadas.

Es el caso que en occidente y todo el mundo latino, así como en la cultura anglosajona (con su halloween  incluido) noviembre es un mes en el que la muerte está presente, al menos durante unos días.

 

Por cierto, ¿qué significa Halloween?: es una contracción del inglés All Hallowos Eve, que traducido al castellano sería “Víspera de todos los santos”.

Vale, tenemos cada cual a nuestros seres queridos en su panteón o en el recuerdo de donde se esparcieron sus cenizas.

Pero de muchos personajes históricos se desconoce el lugar de enterramiento,  se han extraviado sus restos, o estos han sido sometidos a numerosos traslados.

Desde luego, la ocupación francesa de muchos templos durante la Guerra de Independencia, la posterior desamortización y consiguiente derribo de muchas iglesias,  y la Guerra Civil, contribuyeron a que hayan desparecido multitud de restos de mucha gente importante en la historia.

Vamos  a citar un caso a modo de ejemplo. Desde que en 1681 Calderón de la Barca fuera enterrado en la iglesia de San Salvador, de Madrid, sus restos fueron movidos de lugar seis veces para ser depositados en otras iglesias e incluso en un cementerio, hasta que con la Guerra Civil, se destruyó parte del templo de Nuestra Señora de los Dolores, donde al parecer reposaban sus despojos,  y sus restos se pierden.

Añadamos que también se desconoce el paradero de  Cervantes, Lope de Vega y Velázquez, entre otros muchos.

Valladolid también tiene historias parecidas a esta, y conserva unos cuantos enterramientos bien conocidos que merecen ser señalados. Y a ello nos vamos a dedicar a continuación.

 

Berruguete falleció en septiembre de 1561 y fue enterrado en Ventosa de la Cuesta, pueblo vallisoletano que era de su propiedad. ¿Por qué? Para pagar sus campañas bélicas Felipe II mandó vender numerosas propiedades de la corona, y entonces Berruguete compra Ventosa de la Cuesta. Eso le dio señorío y le permitió subir en la escala social, pues a pesar de su fama, no dejaba de carecer de nobleza.  Hay que decir que hasta finales del XIX no se supo que estaba enterrado en el altar mayor de  la iglesia de Ventosa, pero también sabemos que unas reformas que se hicieron en el suelo de la iglesia en 1768 borró las huellas y restos de su tumba, por lo que ahora mismo no se sabe dónde pueden parar.

 

 Pedro Niño, fundador de la iglesia de San Lorenzo, fue enterrado en la misma  Sin embargo en Recuerdos y Grandezas se transcribe incluso el texto de su lápida en la iglesia de San Lorenzo, de Valladolid.  Pedro Niño falleció en Cigales en 1453, lo que ha llevado a que en más de una publicación se indique que fue enterrado en aquella localidad. Puede ser incluso cierto que lo fuera hasta el traslado de sus restos a Valladolid. Mas, ahora mismo no se conoce con precisión donde está su enterramiento. Sabemos que en el suelo de la iglesia de San Lorenzo había una losa que decía: “Aquí yace sepultado Don Pedro Niño (que) hizo edificar este templo desde los cimientos arriba.” Pero diversas reformas, también en el enlosado de iglesia han debido remover su ubicación por lo que, hasta donde sé, nadie puede indicar con mínima precisión donde yace. Personaje interesantísimo de la historia de España este Pedro Niño: I Señor de Cigales y de Valverde, y  I Conde de Buelna , fue un destacado militar: marino y corsario al servicio de Enrique III, recorrió todo el Mediterráneo y también navegó por el Canal de la Mancha y Flandes. Foto antigua de la iglesia de San Lorenzo.

 

Mas, como estamos en centenario del fallecimiento del Conde Ansúrez, forzoso es referirse a él: todos damos por bueno que sus restos descansan en el enterramiento que hay en la Catedral de Valladolid. Así lo asegura un estudio de José Zurita Nieto, canónigo de la Catedral de Valladolid. Sostiene en un trabajo de investigación sobre el conde fechado en 1918, que los restos de Ansúrez se acomodaron debajo del coro alto de la Colegiata construida por el conde. Que en la nueva colegiata del XIII sus huesos fueron a parar al crucero, guardados en una caja de piedra.  Que en 1674 se trasladaron a la nueva Catedral. Y que con el tiempo  recalaron en la capilla que hay junto al Evangelio (al lado izquierdo según se mira al altar)…

 

… Sin embargo de los restos de su esposa doña Eilo nada se sabe. Ambos dejaron dicho que querían ser enterrados en la iglesia de San Benito el Real de Sahagún de Campos. ¿Por qué entonces él está enterrado en Valladolid? Pero es que, además, los restos de Eilo no están (ni han debido estar nunca) en Sahagún. ¿Dónde entonces? Sin embargo todas las publicaciones sobre el asunto repiten que fue enterrada en Sahagún.

 

Y ¿qué decir de nuestro apreciado Gregorio Fernández? pues que tampoco sabemos muy bien cuáles son sus huesitos: el 22 de enero de 1636 fue enterrado en una sepultura de su propiedad en el Convento del Carmen Calzado de Madrid, donde había llevado a cabo diversos trabajos. En el siglo XIX la Real Academia de Bellas Artes quiso erigir un monumento en su honor, pero al levantar su lápida se encontraron muchos huesos y restos mezclados de diferentes personas que nada tenían que ver con él, pues la sepultura había cambiado de propiedad en el siglo XVIII y se habían añadido otros difuntos ¿y sacados sus restos? La imagen es un retrato que se conserva en el Museo de Escultura de Valladolid.

 

Tiene Valladolid el recuerdo de un héroe irlandés: Red Hugh O´Donnell. Falleció en el castillo de Simancas en septiembre de 1602 y fue enterrado en el antiguo convento de San Francisco que estaba en la plaza Mayor de Valladolid. Tiene una placa que lo recuerda en el llamado callejón de San Francisco. Con la destrucción del templo sus restos desaparecieron. Este personaje, hijo de reyes,  destacó por luchar contra las tropas invasoras inglesas. Aunque tuvo sonadas victorias, finalmente tuvo que huir de su país con parte de sus capitanes y vino a refugiarse en España, donde creyó que Felipe II le proporcionaría medios para volver a conquistar su isla… pero el monarca demoraba su decisión y en ese tiempo se produjo la muerte del héroe irlandés. Por cierto, también en este convento fue enterrado Cristóbal Colón.

 

 Veamos, ahora, unos enterramientos bien conocidos. María de Molina, la gran señora de las reinas de España, conocida, por sus méritos, “La grande”, está enterrada en el Monasterio de las Huelgas Reales, al que, por cierto, se puede acceder por la calle de los Estudios los domingos en la misa de 12.

 

 En el interior de la iglesia de la Magdalena está el sepulcro de Pedro  de la Gasca, obra en alabastro de Esteban Jordán. La Gasca fue un obispo pero también diplomático y militar. Entre otras muchas cosas que hizo, está la de acabar con la rebelión de Gonzalo Pizarro en el Virreinato del Perú, por lo que se le conoce como “el pacificador”.

 

 

En el suelo del zaguán de la iglesia de San Pedro Apóstol se puede ver una lápida con su inscripción  ya muy desdibujada. Se trata del sepulcro del general Malher, oficial del ejército de Napoleón, que murió en unos ejercicios militares que la tropa estaba realizando en los altos de San Isidro. Al parecer a uno de los soldados se le disparó fortuitamente el fusil y salió impulsada la baqueta, hiriendo de muerte a Malher.

 

Don Álvaro de Luna fue ejecutado en Valladolid, degollado, tal como estaba reservado a los nobles: a los delincuentes comunes se les ahorcaba. Por cierto, es completamente falsa la leyenda de que su cabeza fue colgada en la “famosa” argolla de la plaza del Ochavo. Fue enterrado en la iglesia de San Francisco, hasta que  hacia 1498 sus restos fueron trasladados por su familia hasta la capilla que fundara el Condestable en la catedral de Toledo, en la que descansa junto a su segunda esposa doña Juana de Pimentel, conocida, desde que su marido fuera ejecutado, como “la triste condesa”.  Álvaro de Luna fue un personaje muy  significado de la historia de España: maestre de Santiago y Condestable de Castilla,  llevó el gobierno de los reinos por muchos años hasta que sus días finalizaron en la ejecución de julio de 1453. Cuadro del Museo del Prado.

 

Y finalizamos nuestro paseo por el mundo de los difuntos con este curioso enterramiento. Existe la creencia de que en la iglesia del municipio de San Román de Hornija fueron enterrados el rey godo Chindasvinto y su esposa Reciberga. Si traigo a colación este supuesto enterramiento es por concluir con uno de los más hermosos epitafios que se conocen. Hay varias versiones, en razón de su traducción, pero todas son muy similares, así nos quedaremos con esta que comienza así: “Si se pudiera evitar la muerte dando joyas y oro, ningún mal podría acabar con la vida de los reyes. Pero, como la suerte golpea por igual a todos los mortales, ni el dinero salva a los reyes, ni el llanto a los pobres. Desde aquí, esposa, porque no pude vencer al destino, concluido tu funeral, te encomiendo a la protección de los santos, para que, cuando el fuego voraz venga a abrasar la tierra, resurjas unida a ellos. Y ahora, amada mía Reciberga ¡adios! Mientras prepara el féretro tu amado rey Chindasvinto”

 

 

FUENTE DORADA: DESDE HACE 400 AÑOS

En 1618 ya corría el agua de la traída de Argales en la fuente que se levantó en la plaza de la Espadería, o de Guarnicioneros, o de la Gallinería Vieja, que de todas estas formas se conocía la que terminaría llamándose plaza de la Fuente Dorada, nombre que definitivamente se acordó en 1863.

Es decir, este año 2018 es el cuarto centenario de la existencia de esta popular e histórica fuente de Valladolid.

La presencia de fuentes en el interior de la ciudad trajo grandes ventajas y beneficios a la comunidad: sirvió  para el consumo de boca y para cocinar los alimentos. También fue muy útil para la higiene de las personas y facilitó las tareas domésticas consustanciales al abastecimiento de agua y lavado de ropa. Favoreció las actividades económicas y artesanales, y permitió apagar incendios (muy frecuentes en aquellas épocas) con mayor eficacia.

Las obras  fueron muy costosas y complicadas, pues no era cosa pequeña coger agua a más de 6 kilómetros de distancia y hacerla llegar hasta la fuente solo mediante gravedad con un escaso desnivel, por lo que Juan de Herrera hizo una auténtica proeza. De hecho, la traía de las aguas de Argales hasta Valladolid se ha calificado como una de las obras de ingeniería más importantes del Renacimiento español. Producto de aquellas obras son las famosas y conocidas Arcas Reales.

 

La construcción de la fuente Dorada y la que se erigió después en Rinconada fue el resultado de un proyecto que, en realidad, se había quedado muy corto respecto de las expectativas del Concejo que en el año 1603 había acordado que el agua llegara,  al menos, a otras seis plazas más. En la imagen se refleja el proyecto al que aspiró el Ayuntamiento en el siglo XVII. Pero no pudo ser, por razones económicas. ¿Cómo era la primera fuente que se construyó en 1618?  No hay ningún plano ni dibujo, pero por algunas descripciones podemos deducir que la fuente tenía bolas y pedestales, con antepechos de hierro, una gran taza octogonal y varias escaleras, y estaba rematada por una bola con una aguja de bronce (dorado). De ahí su tradicional nombre de Fuente Dorada. La imagen está tomada del libro que sobre las Arcas Reales coordinó Carlos Carricajo.

 

Unos cien años después los adornos se cambiaron por unos delfines de piedra, y encima un tiesto de flores bajo una estatua representando la primavera, muy dorada. También tenía bolas y pedestales. Por las crónicas de la época conocemos que un muchacho le rompió la cabeza de una pedrada y que el pueblo comenzó a llamarla “fuente de la primavera sin cabeza”. Acompañamos el artículo con un fotomontaje de Alberto García (a petición mía) de cómo podría haber sido esa fuente si aún hoy existiera. Con el paso de los años la estatua de la primavera se sustituyó por una tinaja o jarrón, sin que se pueda saber en qué año ocurrió aquello.

 

En 1840 nos encontramos ante una reforma de la fuente para colocar la estatua del dios Apolo sobre un pedestal. De esta fuente sí tenemos una fotografía de la época que localizó casualmente  el catedrático de Historia el Arte Jesús Urrea. La fuente también tuvo adornos dorados. Tenía un pilón ochavado y estaba rodeada de un zócalo de piedra y un enverjado con ocho remates de bronce. Para el pedestal se utilizó piedra de la torre de la Catedral que poco antes se había hundido. Como tantas cosas, en principio intrascendentes, que acometía la corporación, no fue asunto sencillo tomar la decisión sobre su colocación y, así, se anduvo en informes y cavilaciones sobre la orientación que debía tener la escultura: ¿debería mirar hacia la calle Orates, es decir hacia la Catedral, o debería orientarse hacia la plaza Mayor? Para ello se emitieron sendos informes: uno del arquitecto municipal, y otro del pintor Pedro González de cuyo taller, sin que se sepa muy bien porqué (¿esculpida o restaurada por él?) salió la escultura para instalarse en el pedestal. Ambos coincidieron en que debía orientarse hacia la calle de Orates, tanto porque es la que da la perspectiva más larga para ver la escultura, como porque, según el pintor, al representar al dios del sol, debería orientarse hacia el Este, lugar por donde amanece el astro rey. La foto original  tiene el siguiente pie: “La fuente del dios Apolo en la plaza de Fuente Dorada hacia 1857, por Gaudin. Foto colec. C. González”.

 

Esta fuente se desmontó en 1876 y se sustituyó, sucesivamente, por  cubos de piedra y, luego, de hierro (según años), con una farola encima. Que fuera una fuente de sencilla factura no significa que los ediles no se preocuparan por ella, pues incluso el tipo de farolas que se pusieron en ella dio origen a más de un debate en el pleno del Ayuntamiento.  Así, los concejales se emplearon a fondo en julio de 1897 para debatir si la fuente, en vez de disponer una columna de tres farolas, tal como proponía el dictamen de la comisión, debía ser de una sola farola, de las llamadas cuatro de septiembre. Pero aún más, un concejal propuso que ni farola de una luminaria ni de tres, sino que se colocara una de cinco. Sometido tan “importante” asunto a votación, ganó el dictamen de la comisión… es decir que el cubo de la plaza de Fuente Dorada lució una farola de tres luminarias. No obstante, no fue este un asunto que quedara grabado a fuego para la eternidad, pues como se aprecia en las fotos de época, la fuente  sustentó diversos tipos de farolas. Pero es que el afán de perfilar los detalles por parte de los munícipes no tenía límites, dado que  el debate también se extendió a sobre si la piedra a emplear en la nueva fuente debía ser de las canteras de Campaspero,  de Villanubla… o de granito. A pesar de que Valladolid ya se estaba abasteciendo con el agua del Canal del Duero, el Ayuntamiento decidió que la fuente Dorada, así como la de Rinconada,  siguiera surtiéndose de las aguas de la traída de Argales.

 

Y llegamos a 1948, año en el que el Ayuntamiento retoma la idea de que la Fuente Dorada tuviera algún adorno. Para ello nada mejor que aprovechar la donación de una estatua que hasta entonces estaba ubicada en el Palacio del Marqués de Casa Pombo (más conocido como palacio de Villena). Una estatua que se mandó pintar con purpurina: de ahí la sorna popular que hizo que acabara  conociéndose como Don Purpurino. Apodo que ha quedado para la historia y en el que nos reconocemos cuando hablamos de aquella estatua de bronce. La escultura se inauguró en 1949, en medio de un estanque con peces de colores, pero no contó con la simpatía popular.

 

¿Porqué no contó con las simpatías del público? Veamos. Según se mirara desde cierta perspectiva, el “Purpurino” parecía estar sujetándose el pene, que no era sino un pergamino que portaba en su mano izquierda a la altura de la cintura. Por otro lado no se sabía a ciencia cierta de que personaje se trataba:  ¿un dios Hermes, un azteca, un mensajero…? En El Norte de Castilla se publicó lo siguiente: “Ayer fue descubierta, previa una mano de deleznable purpurina, la estatua que corona la fuente Dorada”, y sigue: “Un impaciente que ayer nos escribía llamaba a esta figura “el fantasma del saco”, debido a que su capa parecía la tela de un saco.

 

Total, que en 1953 (cuatro años después de su inauguración) el Ayuntamiento terminó por desmontar el Purpurino, donarle al pueblo de Tamariz de Campos, donde ahí sigue, y poner una esbelta columna que se remataba con cuatro farolas de hierro fundido, permaneciendo igual el estanque y graderío que rodeaba los surtidores. La fuente se desplazó de sitio y se ubicó a un lado, para facilitar el tráfico de coches y el aparcamiento. La foto es de Cacho.

 

Aquella gran fuente se desmontó en la década de 1970 y la famosa Fuente Dorada quedó reducida a un mísero cubo de piedra en un rincón de la plaza. Ahora, la columna y sus farolas están en la plaza de La Trinidad, delante de la biblioteca de la Junta de Castilla y León (o de la iglesia de San Nicolás).

 

Hasta que en 1998,  tras la profunda remodelación que se hizo  en la plaza, volvimos a tener la fuente monumental que actualmente vemos. Se debe al arquitecto, ya fallecido, Fernando González Poncio, que fue quien firmó la remodelación de la plaza e incluyó, por iniciativa propia,  la erección de esta fuente. El diseño ha tratado de representar una especie de resumen histórico de la misma: la bola dorada que adornó la fuente en su primera traza; el pilón ochavado que tuvo en ocasiones; figuras y mascarones que con frecuencia adornaban la fuente; un relato y representación de los oficios y actividades que a lo largo de los siglos hubo en sus inmediaciones. Los adornos incluyen una mujer con el cántaro, pues es la principal protagonista en el abastecimiento de agua a los hogares.

 

Los cuatro mascarones por los que  mana el agua representan las estaciones del año: comienza por la primavera, que mira hacia la calle Teresa Gil, y siguen hacia la derecha el verano, el otoño  y el invierno.  La cara de la primavera es un rostro joven, que va envejeciendo notablemente según discurren las estaciones del año. . Estos mascarones también representan las estaciones en el adorno que aparece en sus cuellos: los frutos de la primavera… las mieses del verano… las uvas del otoño… y las bellotas del invierno. Y, por último, la fuente esconde un pequeño secreto: el nombre de su escultor, el citado González Poncio, que está grabado bajo el mascarón de la primavera que, como se ha  dicho, mira hacia la calle Teresa Gil,  donde el ya fallecido arquitecto vivió algunos años. Esta leyenda difícilmente se lee cuando la piedra está mojada, por lo que si se quiere ver con claridad hay que madrugar un poco, antes de que comience a fluir el agua desde los caños.