EL CONDE ANSÚREZ: UNA EXPOSICIÓN EN EL MUSEO DE VALLADOLID

Desde tiempo inmemorial, la tradición ha hecho del Conde Pedro Ansúrez un gran antepasado de los vallisoletanos, adjudicándole fundaciones y hechos que no parecen probados, pues la investigación arqueológica y documental hasta ahora pocas evidencias ha aportado sobre el origen de nuestra ciudad y la presencia en ella del Conde y su esposa Eilo.

Con ocasión del noveno centenario del fallecimiento del Conde, el Museo de Valladolid ha organizado una exposición que nos adentra en los entresijos que se conocen de Valladolid y de las andanzas ansurianas por estas tierras.

Una exposición sencilla, seriamente documentada, didáctica y amena que no nos debemos perder.

Se trata de una colección de piezas conservadas en el Museo que dan testimonio de la historia de Valladolid y su conde. Historia real o imaginada construida a lo largo de los siglos entre la verdad y la leyenda.

A estas piezas se une una maqueta del Valladolid de Ansúrez con una proyección audiovisual que recorre los lugares más significativos de aquella aldea medieval;  y un documental que repasa la vida del Conde hasta su fallecimiento.

Su fallecimiento se conmemora en este año 2018 no por que exista una fehaciente documentación que así acredite su muerte, al igual que la fecha de su nacimiento también es incierta, sino porque se sabe que en marzo de 2017 todavía aparece firmando en un documento real, y al no existir ya ningún otro rastro posterior  los historiadores han convenido que debió fallecer en este año que corre.

En cualquier caso, son muchos los historiadores que consideran a Ansúrez como el personaje más influyente de los reinos cristianos del noroeste español.

Pero, mejor vayamos a ver algunos detalles de la exposición.

 

Antes de acceder a la sala de la exposición nos encontraremos con esta instalación  que en el patio del palacio de Fabio Nelly reproduce el mosaico de Diana y las estaciones,  que procedente de la villa romana de  Villa de Prado, se conserva en la sala VIII del Museo. El mosaico ha sido realizado por el alumnado de la Escuela de Ingenierías Industriales de Valladolid.

 

El Valladolid del Conde Ansúrez nos recibe en la primera planta.

 

Panorámica general de la sala con la maqueta del Valladolid antiguo en el centro.

 

Detalle de la maqueta. A la derecha, la colegiata que se consagró en 1095  y  en cuyo entorno nació un nuevo barrio de la aldea. Este asentamiento ansuriano saltaba uno de los ramales de la Esgueva lo que obligó a construir algunos de los numerosos puentes que Valladolid llegó a tener. Obsérvese como la aldea del siglo XI que se encontró Ansúrez utilizada el ramal más próximo a la población a modo de frontera defensiva. Al fondo, sobre el Pisuerga (como Pisorize se le nombra en un documento de 1084) el puente de madera que se construyó en aquella época.

 

Panorámica del Valladolid que comenzaba a emerger: el número 1 indica la colegiata que mandara edificar Ansúrez y su esposa Eilo; el número 2 señala la parroquia de San Pelayo, de la que como la de San Julián, no hay certeza alguna que ya existiera antes de la llegada del Conde; el número 3 indica la parroquia de San Julián. Desde luego, existieran antes del Conde o las mandara edificar éste, lo cierto es que Ansúrez las donó más tarde a la Colegiata, lo que evidencia que, de una manera u otra, fueron  de su propiedad. Bajo el plano, restos romanos que aparecieron en la zona de la Colegiata. Se piensa que en tiempos del Conde algo se sabía de la existencia de aquellos antiguos asentamientos romanos y que por esa razón aquí mando construir su magna obra religiosa. De Santa María de la Antigua no hay referencias escritas hasta la segunda mitad del siglo XII, ya bien lejos de la vida del Conde, lo que arroja incertidumbre acerca de si se construyó en vida de aquel.

 

Curiosa imagen que se puede ver en el documental de la exposición: la Colegiata de Santa María la Mayor sobrepuesta a un mural de Eugenio Oliva que hay en el Círculo de Recreo y que representa al Conde supervisando los planos de la Colegiata que se estaba construyendo.

 

Monedas de la época.

 

Moneda que acuñó Ansúrez durante su estancia en Urgell (1104-1109) para defender los intereses de su nieto Armengol VI aún menor de edad. En ella se lee: PETRUS COMES- URGELLO DUX. No está muy claro si la acepción “dux”, se refiere a señor de Urgell o a caudillo, cosa baladí en principio pero que puede “escocer” según a quién si se trataba del “dueño” (señor), o de un defensor circustancial  (caudillo) de los intereses de aquellos lares.

 

 Imagen que se proyecta en el documental en el que se ve claramente los territorios y poblaciones en los que Ansúrez ejerció su autoridad.

 

Algunos de los escudos bordados en los siglos XVI-XVII. En uno de ellos pueden verse las aldabas (anillas) que con frecuencia se asocian al Conde. El origen de estas aldabas también se pierde en la bruma de la historia. Veamos: parece que estuvieron clavadas en las puertas de la Antigua, que se sepa, en el siglo XIV; que procedían de las puertas de Córdoba; que las arrebató de aquellas puertas sarracenas Armengol VI; o acaso Alfonso VI.  Y el ajedrezado que tanto se asocia a Ansúrez es, con pocas dudas, un escudo que aparece muy posteriormente a la vida del Conde y que fue característico de los Armengoles. En cualquier caso, cierto es que en tiempos ansurianos no existía aún heráldica. Otra cosa es que la tradición le adjudique al Conde este típico ajedrezado que, por otra parte, era común a otras figuras señeras de la Edad Media.

 

Espada que la tradición atribuye al Conde, pero quedan pocas dudas de  que en realidad se trata de un arma del siglo XV.

 

Cirios de la Cofradía de Santa María de la Esgueva, del siglo XVIII, y que se asocian a Ansúrez por creer que el palacio (luego hospital) de Santa María de la Esgueva fue una fundación hecha en vida del Conde y su esposa Eilo.

 

Diferentes instantáneas del documental que se proyecta en la exposición y que no hay que perderse: las guerras fraticidas entre Sancho II y sus hermanos; Alfonso, que perdió la guerra provocada por su hermano Sancho se refugia en Toledo,  acompañado de Ansúrez, bajo el dominio de  Al-Mamún; y conquista de Toledo por Alfonso VI en el año 1085.

 

… Y con los condes Ansúrez y Eilo nos despedimos de la visita a esta interesante exposición en el Museo de Valladolid. Mas, es buena ocasión para visitar el resto de las salas del Museo.

 

NOTAS: para la confección de este artículo me han sido de mucha utilidad los comentarios que me hizo Fernando Pérez Rodríguez-Aragón, Conservador del Museo de Valladolid.

La exposición estará abierta hasta diciembre.

Sobre el Museo de Valladolid hay un artículo en este mismo blog.

HORARIOS: julio a a septiembre de 10:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00

Domingos y festivos solo mañana,  y los lunes está cerrado.

De octubre a junio el horario de tarde es de 16:00 a 19:00

 

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CURIOSAS CONSTRUCCIONES

La ciudad de Valladolid creció al galope en  pocos años. Aquello supuso un fuerte destrozo en el caserío tradicional y la aparición de nuevos barrios. Hablamos de la segunda mitad del siglo XX, en la que, primero necesidad de dar casa a la inmigración rural debido al asentamiento de nuevas industrias, y más tarde por la construcción de viviendas como objeto de inversión, hizo que el casco urbano creciera enormemente en pocos años.

El número de habitantes pasó de 120.000 a 320.000 (en números redondos), con el consiguiente incremento del número de viviendas y la superficie ocupada por el casco urbano.

En esta “nueva” ciudad muchas construcciones antes en el extrarradio quedaron engullidas por los nuevos barrios que fueron naciendo.

No obstante, ahí están los testimonios monumentales de la  historia vallisoletana, como palacios e  iglesias; también  calles y plazas, sin olvidar unas cuantas importantes construcciones industriales.

Pero entre el caserío se esconden otros testigos, digamos menores, de un Valladolid que también existió y que dan fe de sus avatares y de sus formas de vida.

Se trata de construcciones modestas que  están diseminadas por las costuras de la ciudad y  que en muchos casos pasan desapercibidas sobre todo por el desconocimiento de su razón de ser.

Y a ellas me voy a referir en un paseo por algunos de esos testigos de un Valladolid pretérito, que siguen estando ahí dando testimonio de numerosos avatares de la historia de la ciudad y de sus gentes. Muchas de estas construcciones están protegidas por el Plan General de Ordenación Urbana para que nadie pueda (en principio) destruirlas debido al valor histórico y arquitectónico que tienen.

 

Desde el Puente Mayor, y del lado del barrio de la Victoria, aún se ve perfectamente reconocible el emplazamiento que tuvo el llamado “ingenio de Zubiaurre”. Pedro de Zubiaurre que era un destacado militar e  ingeniero, construyó una gigantesca noria con la finalidad de subir las aguas del Pisuerga para surtir a la población. Se construyó en 1603 y dejó de funcionar en 1758. Con este ingenio, en vez de surtir las fuentes de la ciudad el taimado Duque de Lerma, valido del rey,  se regaron la huerta y los jardines del palacio de la Ribera. Reinaba en España Felipe III que tenía instalada su corte en Valladolid. No hay detalles ni planos de cómo era en realidad aquella noria, pero Nicolás García Tapia, uno de los mayores expertos en tecnología del Renacimiento ha realizado esta reconstrucción a partir de noticias conocidas sobre el ingenio. Ahora, sobre sus restos de piedra,  está una captación de urgencia de aguas del Pisuerga para el caso de que llegara a faltar el agua de los canales del Duero y de Castilla.

 

Seguimos en las orillas del Pisuerga, esta vez en el otro puente histórico: el llamado Colgante (antiguamente, del Prado  y, también, de Hierro). Hay junto al puente una pequeña construcción que está dedicada actualmente a cafetería. Se trata de una caseta que albergaba la maquinaria necesaria para llevar el agua hasta la estación de ferrocarril por una conducción de poco más de 1 km. a lo largo de la calle del Hospital Militar. Cuando en 1856 se construye el ferrocarril, la ciudad no tenía caudal de agua suficiente como para satisfacer las necesidades de agua que necesitaban las máquinas de vapor, por lo que la empresa ferroviaria construyó su propia toma de agua mediante un gran pozo junto al Pisuerga. Era tanto el caudal, que ofreció al Ayuntamiento el sobrante de agua para que este regara los jardines del Campo Grande.

 

El curtido y tratamiento de pieles (las tenerías) fue una gran industria que impulsó el matrimonio Dibildos-Harriet en la segunda mitad del XIX. La industria de curtidos vallisoletana y la barcelonesa fueron punteras en España en la producción de pieles. Cuando se fueron a construir las tenerías, junto al Pisuerga, las mujeres de aquel entorno protestaron pues temían que se les cerrara el paso para bajar a lavar a la orilla del río. Los Dibildo parece que no cerraron por completo todo el frente. Aquella actividad ha dejado varias señales perfectamente visibles junto al Pisuerga. Y entre ella,  unas pilas que desde luego suscitan ciertas dudas: serán lavadero (por el tipo de piedras parece que sí –incluso hay quien las llama lavaderos de Harriet-), pero también hay datos suficientes como para afirmar que eran pilas propias de la actividad curtidora. En cualquier caso, un lugar muy evocador.

 

La llamada “casa del bedel” es una construcción que se puede ver desde el callejón de las Doncellas, por detrás del edificio universitario rector Tejerina. En horas y días de clase se puede entrar por las Doncellas, sino, hay que acercarse a esta casa por las instalaciones universitarias. Lo que ahora vemos es una construcción del siglo XVIII, sobre una anterior del XVI que se derribó tras un incendio. En ella vivió primero el bedel o guarda de la Universidad,  luego el escribano y, parece, que más tarde el jardinero. En su entorno pueden verse un par de jardincillos ornamen tales que son herederos del antiguo jardín botánico que tuvo la Universidad en este lugar. La Universidad llegó a tener, entre otras construcciones,  paneras y cárcel propias.

 

En el último tercio del siglo XVII se construyó la cárcel de la Chancillería (especie de tribunal supremo o audiencia).  Una cárcel que ha estado en uso hasta la década de 1930, en la que se construyó la Prisión Provincial en  la calle Madre de Dios. En 1988 se rehabilitó para albergar una biblioteca universitaria. La vieja cárcel de Chancillería, conserva también las trazas de la casa del Alcaide. Este presidio volvió a ponerse en uso durante la Guerra Civil para albergar a mujeres represaliadas.

 

En el camino del Cementerio asoma a la  Esgueva un edificio que popularmente se conoce como “el Picón”, seguramente por la estructura angular que tiene. Pertenece a la Confederación Hidrográfica del Duero y ha conocido diversos usos: Casa de Oficios de Mecánica del Automóvil promovida por la UGT y almacén de la propia Confederación. De este edificio sabemos que sus inicios están en un proyecto para almacén fechado en 1918, pero desde luego, hasta la década de 1920 el Ayuntamiento no cedió el terreno para su construcción.

Peculiares gallineros en la calle Canal, sita en la dársena del canal de Castilla. Propios de una sociedad ruralizante que se trataba de reproducir en la ciudad, están asociados a las viviendas de los trabajadores del Canal que hay en la calle, algunos de los cuales también dispusieron de un huerto en el tramo final de la desembocadura, hasta que desaparecieron para hacer el parque que hoy luce paralelo a la carretera de Gijón.

 

El parador de la Alegría, próximo al Arco de Ladrillo, es una obra de Jerónimo Ortíz de Urbina fechada en 1880 y que sustituyó a otro que existía en este mismo solar. La  estación del ferrocarril y sus talleres, así como  los almacenes que había en la carretera de Madrid, propiciaron una intensa actividad económica y trasiego de personas que alentó la aparición de paradores y posadas en este entorno. De todas ellas se conserva este edificio cuyo uso ya nada tiene que ver con aquella primigenia ocupación.

 

En el paseo de Zorrilla, a continuación de las antiguas instalaciones militares de automovilismo, aún asoma, un tanto vencido por el paso del tiempo y su falta de uso, el edificio de una vieja escuela que contribuyó a que aprendiera las primeras letras la chiquillería que en las primeras décadas del siglo XX andaba por estos parajes.

 

Torre del Fielato llaman a esta construcción exenta al final de la carretera de Rueda. Junto a ella, un curioso parque que informa sobre las ciudades hermanadas con Valladolid. A pesar de su nombre, no hay nada que confirme que esta torrecilla tuviera algo que ver con fielato alguno. Cierto es que por estos parajes hubo una de esas casetas en las que un recaudador cobraban los impuestos por las mercancías que se traían a vender a Valladolid, pero no era esta la función de esta almenada torre de ladrillo, así que habrá que buscar su origen en alguna finca que por aquí hubiera.

 

Y despedimos nuestro paseo en el prado de la Magdalena. En un laguito que hay se pueden contemplar tres arcos de la antigua cerca que cerraba los accesos a la ciudad salvo en puertas y portillos en los que se cobraban los impuestos por los productos que se traían a los mercados. La cerca también servía para impedir el paso a cuantas personas extrañas vinieran por aquí en tiempos de epidemias y así evitar su propagación. Estos arcos estaban sobre la Esgueva y tenían rejas que impedían el paso de barcas que trataran de evitar los impuestos municipales: eso que ha dado en llamarse “contrabando”, es decir actividades que fueran contra el bando municipal que fijaba las tasas por la introducción de mercancías foráneas en la villa.

AQUELLOS ANTIGUOS HOSPITALES

Valladolid tiene una contrastada tradición de atención a pobres, enfermos y niños abandonados que ha materializado durante siglos en una red de centros asistenciales: asilos, hospitales y hospicios han dado cobijo a quienes lo han necesitado.

Es larga la relación de aquellos llamados hospitales: viudas, curas jubilados, pobres, enfermos, enajenados,  niños y niñas abandonados, peregrinos, etc. solían  encontrar algún establecimiento que los acogiera. En general, estos establecimientos estaban auspiciados por nobles,  cofradías,  conventos y el propio Concejo. Todos estos lugares normalmente eran benéficos y amparados a las limosnas y donaciones de personas piadosas o hermanos cofrades.

En fin, una ciudad que, de todas maneras, y más allá de la caridad, puede presumir de médicos acreditados como lo fueron  Alonso Rodríguez de Guevara, pionero en auspiciar en el mundo disecciones de cadáveres para la enseñanza de la medicina cuando corría el siglo XVI;  Luis de Mercado, médico de cámara de Felipe II y de cuyos tratados de medicina han aprendido generaciones de médicos;  Dionisio Daza Chacón, que atendió al mismísimo Cervantes en la batalla de Lepanto, etc.

La historia de la medicina en Valladolid ha dejado un rastro perceptible al que vamos a referirnos, no sin dejar advertido que sería de pretenciosos intentar resumir en un artículo tan larga y compleja historia: vamos a centrarnos en la última centuria para señalar lugares que nos incentiven a dar un paseo para recorrerlos.

Hasta que en 1953 se abrió al público el gigantesco hospital Onésimo Redondo –conocido popularmente como “la residencia” (en democracia tomó el nombre de Hospital Río Hortega)-, los enfermos eran atendidos en una red de centros públicos y privados cuyas historias son, en muchos casos, realmente curiosas. Y a ellas vamos a referirnos.

 

Fueron muchos los lugares de acogida y beneficencia que cuentan varios siglos de existencia, como es el caso del convento de San Cosme y San Damián, en la plaza del Rosarillo. De él ya hay noticias a finales de la Edad Media como lugar de acogida de pobres, y en siglo XVIII ejercía como Hospital de Convalecientes, es decir, personas que dadas de alta en un hospital necesitaban, sin embargo, reponerse. Conserva su fachada, pero trasladada a la calle de San Juan de Dios como puerta de la Residencia Sacerdotal.

 

Uno de los viejos hospitales fue el  Municipal de Santa María de Esgueva, que se habilitó en el llamado palacio de los Ansúrez (sin que en realidad haya demasiada fiabilidad sobre la existencia de tal palacio). En 1865 se adscribió al Hospital de la Resurrección. La piqueta de la década de 1970 derribó aquel entrañable edificio  que ya llevaba años abandonado. Las imágenes  son de los años 30. Fotografías de Carvajal del Archivo Municipal de Valladolid –en lo sucesivo AMVA-.

 

El hospital de la Resurrección se fundó en el siglo XVI y se derribó en 1890, tras llevar varios años abandonado: en 1881 se trasladaron los enfermos al Hospital del Esgueva. En el solar, varios años después se construyó la llamada Casa Mantilla (esquina Miguel Íscar con Acera de Recoletos). Cervantes ambientó algunos capítulos de “El coloquio de los perros”  y “El casamiento engañoso”  en las salas de este hospital. La escultura del Cristo Resucitado que presidía la fachada  se reinstaló en los jardines de la Casa de Cervantes, y el retablo del Santo Sepulcro se conserva en la iglesia de la Magdalena.

 

Corría el año de 1889 cuando el nuevo Hospital Provincial se convertía en una realidad. Varios años de gestación  y la mano del arquitecto de la Diputación Teodosio Torres  (también ocupó plaza de arquitecto del Ministerio de Instrucción Pública) permitieron que Valladolid contara con un moderno hospital, más propio del siglo XX que se avecinaba que aquellos vetustos (pero entrañables) hospitales que ya hemos comentado. Desde 1997, tras una larga restauración, el edificio se dedica a dependencias administrativas de la Diputación de Valladolid.

 

En nombre de la Reina, la  marquesa de  Alhucemas inauguró  en 1919 el nuevo “Real Dispensario Antituberculoso Victoria Eugenia”. Ubicado en la calle Muro, desde 1983 es sede del Centro de Educación de Personas Adultas. El impulsor de aquel hospital fue Román Durán, a la sazón director de Sanidad de Valladolid. La lucha contra la temida tuberculosis ha sido una constante durante décadas en España. También había un pabellón Antituberculoso en el Prado de la Magdalena , y en Viana de Cega (hace años convertido en un enorme edificio fantasma): en la fotografía, enfermos tomando el aire limpio del Pinar.  

 

No muy lejos del Antituberculoso se inauguró en la década de 1950 el ambulatorio del 18 de julio (en la calle Gamazo), que actualmente sirve de dependencias sindicales (UGT). Su aspecto y filosofía se corresponde con el modelo de atención hospitalaria que tuvo su auge en la España de los 50-60.

 

La última Casa de Socorro que como tal funcionó en Valladolid está situada en la calle López Gómez. La Casa de Socorro conoció varias ubicaciones, siendo esta la definitiva una vez que se inauguró  el colegio García Quintana en 1943, tras un largo proceso de construcción que se gestó en 1926. No obstante, en esta dependencia, que ahora es una biblioteca municipal, antes estuvieron los juzgados.

 

 Muy cerca de la antigua Casa de Socorro está el edificio que fue Sanatorio del doctor Escudero (Félix Escudero): calle Santuario 14 (ahora son dependencias de la Consejería de Agricultura). Este edificio comenzó a construirse en 1944 y junto con el de Jolín y Quemada componía la tríada de hospitales del Valladolid de posguerra. Tres hospitales con personalidad bien diferenciada que, como les describieron en prensa en cierta ocasión, se caracterizaban por la ortodoxia de Escudero, la cirugía renovadora de Jolín, y la cirugía de urgencia de Quemada.

 

El acogimiento de niños abandonados tiene tras de sí una larga historia en Valladolid,  y está cuajada de muchas curiosidades: por ejemplo, durante años se financiaba con parte del dinero obtenido por la venta de entradas del Corral de Comedias o con la venta de aloja. Pero no nos vamos a detener en ello. El Hospicio ha tenido diversas sedes y su última ubicación hasta la década de 1970  fue el antiguo palacio de los Condes de Benavente, actual biblioteca de la Junta de Castilla y León en la plaza de la Trinidad. La fotografía es del año 1900, AMVA.

 

La atención a los enfermos mentales (locos se les llamaba antes) ha tenido diversos edificios. El anterior al moderno Hospital Psiquiátrico ubicado en el barrio de Parquesol, fue el monasterio de Nuestra Señora de Prado, que ahora acoge a la Consejería de Cultura. Manicomio se le llamaba  y lo fue entre 1898 y 1976, cuando se inauguró el actual hospital.  Hasta lo actual, se han conocido “manicomios” en la calle Orates (ahora Cánovas del Castillo) – entre 1489 y 1850-. El nombre de Orates viene, precisamente, por estar allí el lugar donde se encerraba a los locos –se decía que se les reconocía por estar continuamente hablando a lo tonto (de ahí lo de Orates)-; y en  la calle Alonso Pesquera -antigua casa del Cordón-, entre 1850 y 1898. En la fotografía del  AMVA entrada al manicomio a principios del s. XX.

 

 Hasta 2007 y desde 1945 (aproximadamente) ha prestado servicio el hospital Virgen de la Salud, más conocido como clínica del doctor Jolín, nombre de su fundador: Víctor Jolín Daguerre.  Una clínica que en realidad regentaban las Siervas de María desde 1962. El edificio –en la fotografía- está situado en la calle Pedro Niño con esquina a Paseo de Isabel la Católica  y actualmente es una residencia de personas mayores. Hay más hospitales regentados por congregaciones religiosas, como el Sagrado Corazón, en la calle Alonso Pesquera, cuya titularidad es de las Siervas de Jesús de la Caridad. Su aspecto moderno actual está muy transformado,  pero en este lugar llevan instaladas las monjas desde 1897, donde desarrollaban sus  actividades caritativas con los enfermos.

 

De 1943 es el sanatorio del Doctor Quemada (su nombre completo era José Quemada Blanco) que estaba en la calle Aurora esquina con Paseo de Zorrilla. En la fotografía de El Norte de Castilla,  inauguración de la capilla del sanatorio en 1947. En el año 1985 se instalaron las verjas del ya desaparecido hospital  en la plaza del Doctor Quemada.

 

El Hospital Militar, que dejó de prestar servicio en 1995 y que ahora ocupa la Consejería de Sanidad, se construyó en 1933. Bien es verdad que anteriormente, y en este mismo emplazamiento,  desde el siglo XIX ya había dependencias sanitarias de atención específica para soldados y oficiales.

 

La Cruz Roja también tiene en Valladolid una larga historia de atención sanitaria. En la década de 1910 establece un Cuarto de Socorro en la calle Nuñez de Arce, que pronto se quedó pequeño. En el años 1932 se trasladaron a un nuevo local, ya desaparecido, en la calle Leopoldo Cano. Aquel sanatorio se convirtió en hospital militar durante la Guerra Civil y servicio de información sobre heridos y fallecidos en la contienda. Allí estuvo la Cruz Roja hasta que en 1965 inauguraron el hospital de la calle Felipe II (en la fotografía) que ha sido de su propiedad hasta que en el año 2000 dejaron de prestar asistencia sanitaria y lo vendieron. En la fotografía de época vemos una actividad realizada en febrero de 1932 en los locales de Leopoldo Cano (está tomada de El Norte de Castilla).

 

Aunque ya nada quede de él,  no quiero terminar este paseo por los viejos hospitales, sin referirme a uno,  desaparecido, y del que no ha quedado rastro visible alguno, al menos que se sepa. Se trata del llamado “sanato” que en realidad era el Sanatorio del Carmen,  en la calle Paulina Harriet. Este sanatorio fue fundado por el prestigioso urólogo  Rodrigo Esteban Cebrián en la década de 1920. En la memoria de algunas personas se recuerda como “el sanato de D. Cebrián”. Médico muy acreditado fue nombrado profesor auxiliar de la Facultad de Medicina al mismo tiempo que Pío del Río Hortega. Fue alcalde “accidental” en 1924 y a lo largo de su vida recibió numerosos reconocimientos a pesar de haber sido represaliado en el franquismo para que no ejerciera la docencia en la Universidad. La foto es de José Luís Salinas. Detalle de las verjas que daban entrada al sanatorio (AMVA).

 

 

 

LAS PIEDRAS MÁS ANTIGUAS DE VALLADOLID

Vamos a intentar adentrarnos en el mundo del Valladolid más antiguo. Incluso de cuando estos lares ribereños del Pisuerga y de las Esguevas no tenían nombre que haya llegado hasta nosotros.

Nos referimos, claro está, al término municipal de Valladolid.

Según indican los historiadores, Valladolid aparece citado por vez primera en un documento fechado en el año 1085.

Parece que se trataba de una aldea o una finca agrícola (que era una manera de denominar a muchos asentamientos que se iban produciendo a medida que los reinos hispanos del noroeste ganaban terreno en la cuenca del Duero). Hablamos, por tanto, de la época en que hace su aparición por esta aldea a las orillas del Pisoriza el comes Petro Asúriz y su esposa Ailoni comedissa,   ues se acepta la fecha (más o menos) de 1072 como  la de la entrega que le hace Adefonsus (Alfonso VI)  de estas tierras.

Ya de entrada ni siquiera está muy claro si Valladolid estaba amurallada (acaso una rudimentaria empalizada) o no, o si disponía de algún alcázar. Parece que sí existía la iglesia de San Pelayo (San Miguel después) en lo que ahora es la céntrica plaza de San Miguel. Sí sabemos que en 1095, dos décadas después de que Ansúrez llegara a estas tierras,  se consagra Sancte Marie Vallisolite (más tarde conocida como la Mayor): la obra por antonomasia del Conde y su esposa. Cantado el Te Deum, que con toda seguridad se entonaría el día que se consagró la Colegiata, vamos a iniciar el camino (incierto y atrevido) que nos lleve a dar constancia de las piedras más antiguas de Valladolid.

Nos vamos a hacer un poco de trampa, pues no consideramos los restos de cerámica, que son muchos. Por tanto nos centraremos en materiales pétreos propiamente dichos o en construcciones que, aunque sean de ladrillo, indican una determinada antigüedad en que la piedra ya se utilizaba y labraba.

 

En la década de 1980 hubo varios hallazgos arqueológicos de carácter prehistórico. Destaca la pequeñita hacha cuyas medidas son de 10,7 x 2 x 1,2 cm. de grosor que se halló al realizar unas obras en una casa particular de la  calle Alcarria. Se atribuye al Bronce final y está depositada en el Museo de Valladolid, aunque no expuesta al público.  Fotografía cedida por cortesía del Museo de Valladolid.

 

Hay otros hallazgos, como  una pieza lítica realizada sobre una lámina de sílex blanco (imagen tomada del libro Arqueología Urbana en Valladolid), encontrada en Arturo Eyries y que, con grandes dudas,  se atribuye al último Neolítico o a  la Edad del Bronce y podríamos hablar de unos 3000 años antes de, por ejemplo, el asentamiento vacceo de Soto de Medinilla. Hay noticias de otras hachas pulimentadas halladas en la calle Niña Guapa, en el barrio de Pajarillos y en otros diversos lugares de la ciudad (algunos de estos restos se encuentran en paradero desconocido). En cualquier caso, la dispersión de estos hallazgos y la escasez de los mismos,  hace pensar que no proceden de asentamientos humanos en lo que ahora conocemos como Valladolid,  sino de aportes de tierras procedentes de otros lugares.

 

El Soto de Medinilla  es un poblado Celtíbero de la Edad del Hierro que aparece  entre los siglos VIII y VII a.C. pero que en realidad es una sucesión de diversas ocupaciones que llegaron hasta el siglo II a.C. Las casas se construyeron con estacas y barro o adobe. El Museo de Valladolid expone  una amplia muestra de la historia y utillaje de este asentamiento junto al Pisuerga. El Soto es un gran meandro que forma el Pisuerga entre la fábrica de Michelin y el  barrio de la Overuela. Mas, entre restos cerámicos y otras piezas de metal, se localizó un molino de vaivén realizado en piedra, que es el que aparece en la fotografía.

 

No faltan historiadores y cronistas que atribuyen Valladolid a un origen romano. Un asentamiento llamado Pincia (o Pintia). Otros investigadores hablan del nombre de Pisoraca (Pisuerga). Lo cierto es que en el subsuelo de la ciudad se han ido encontrando numerosos hallazgos de época romana: pavimentos y mosaicos, cerámicas, enterramientos, numismática, esculturas, inscripciones, etc. Además, restos y trazados reconocibles de diversas villas: en el Cabildo, en el pago de Argales, en Villa de Prado… De estas construcciones romanas nos quedamos con la de Villa de Prado, datada en el siglo IV d.C. Está entre la antigua Granja Escuela José Antonio y el nuevo Estadio José Zorrilla. De esta villa hay documentación y restos perfectamente reconocibles. Y como de piedras estamos hablando: aportamos una fotografía de los muros que delimitaban ciertas dependencias, y del mosaico Diana Cazadora que el que sea una obra artística no oculta que está realizada con caliza y mármol, además de vidrio. Se expone en el Museo de Valladolid.

 

Anterior a este mosaico está el Ara Votiva encontrada durante la construcción de una piscina en Casa Santa (una finca al norte de Valladolid, a la derecha de la carretera de Cabezón de Pisuerga cerca del límite con Santovenia de Pisuerga), fechada en el I-II d.C. Es de piedra caliza y tiene la siguiente inscripción: “Claudia Anna (consagró este ara) a las Ninfas, por la salud de Claudio Licerico, su hombre, cumpliendo el voto con ánimo alegre”. Está expuesta, también, en el Museo de Valladolid.

 

Y seguimos con restos romanos. Al hacer los sondeos pertinentes en el entorno de la Antigua para la construcción de un aparcamiento subterráneo (que no ha llegado a hacerse), aparecieron numerosos restos: romanos, medievales y contemporáneos. De entre todos destaca un hipocaustum (lo que ahora llamaríamos una gloria). En las imágenes vemos el lugar de su emplazamiento bajo tierra, el arco de entrada (ladrillo y piedra), el interior tal como fue fotografiado por los arqueólogos (se aprecia una capa de agua en el fondo de unos 10-15 cm. de profundidad), y un montaje fotográfico que he realizado para hacernos una idea de cómo puede ser en un vistazo más amplio de la estancia, que tiene un número indeterminado de pilares de ladrillo (cuadrados y redondos). Es importante indicar que esta cámara calefactora tiene las siguientes dimensiones: 250 x 100 cm. de superficie, y unos 75 cm. de altura.

 

 Sin duda, la colegiata de Santa María la Mayor es la construcción más señera atribuible al Conde y su esposa. Y, desde luego, de la que hay pruebas fehacientes de su realización, cosa que, por ejemplo, no podemos decir de otras construcciones atribuidas a los condes.  Por tanto será necesario incluir las ruinas de la colegiata sitas tras la Catedral, como parte de las piedras más antiguas de Valladolid (finales del siglo XI). Si nos atenemos a lo que comúnmente se viene diciendo de la colegiata del Conde tendremos que indicar que de ella solo queda parte de la torre pórtico que daba acceso a un pequeño templo románico del que ya nada se conserva a raíz de las obras del s. XIII de incipiente estilo gótico que se superpusieron a la primigenia construcción románica, y que se pueden ver en la parte derecha junto a la torre original.

 

Y estaríamos llegando, cronológicamente, a un conjunto de construcciones que se fueron levantando entre los siglos XII y XIII que aún son perfectamente reconocibles. Nos referimos a la Antigua: aparece citada por primera vez en el año 1177 y hay dudas razonables de su existencia con anterioridad a la Colegiata; y, desde luego, estaríamos hablando de su torre y el pórtico, pues en todo caso el resto del edificio nada tiene que ver con su construcción original.  A esta emblemática torre vallisoletana, en el entorno cronológico al que nos referimos, habría que añadir el Puente Mayor, el puente de Puente Duero, la torre de San Martín, la puerta del alcázar de la Magdalena, y las murallas de la villa, en las que nos detenemos a continuación.

 

Del siglo XI no hay restos arqueológicos  ni documentos que permitan hablar de la existencia de una muralla en torno al primitivo Valladolid. En todo caso, de existir una muralla sería de fabricación tosca y de piedra sin trabajar. Otros investigadores hablan de que a los sumo sería de una empalizada de adobes y madera. A mayor abundamiento, se sabe por la Primera Crónica General de España que hallándose Alfonso VI en Valladolid hacia 1086, recibió una delegación de Ruiz Díaz (el conocido como Cid) que se alojó en posadas: es decir, que todo parece indicar que en aquellas fechas no existía ningún palacio  u otro edificio relevante en el que se albergara el monarca.  Lo más probable es que hasta finales del XII, reinando ya Alfonso VIII,  en Valladolid no se levantara una verdadera muralla con sus puertas y torres. Y si difícil es establecer si disponía de una cerca también lo es determinar si tenía un castillo o fortaleza. En cualquier caso, la primera notificación escrita sobre la existencia de un palacio o fortaleza data de 1188. Lo más razonable es pensar que la cimentación de los restos de muralla que ahora conocemos en  la calle de Angustias sean edificaciones o reedificaciones que se daten a finales del XII o principios del XIII. En las imágenes: señalización en el pavimento de plaza del Poniente, de los restos subterráneos del alcazarejo (que se pueden ver en los sótanos de San Benito, al igual que los de la muralla). Restos reconstruidos de muralla en la calle de las Angustias.

 

 Y daremos por concluida esta atrevida y incursión en el mundo de la arqueología en busca de  “la primera piedra” de Valladolid, acercándonos hasta  la plaza de San Miguel. En ella se han dejado unos testimonios de donde estaba la iglesia de San Pelayo (luego de san Miguel) cuya construcción se atribuye a una época anterior a la llegada del Conde.  La razón del cambio de nombre de la iglesia viene determinado por el nombramiento del arcángel san Miguel como patrón de la villa en fecha muy posterior a la advocación de san Pelayo (un niño mártir del siglo X  torturado por Abderramán III que el mundo cristiano adoptó como símbolo de la lucha contra los sarracenos). Es quizá esta advocación la que permitiría afirmar su construcción a finales del X o principios del XI, tal como anotan algunos arqueólogos,  que atribuyen su erección a la existencia en Valladolid de una colonia mozárabe que, probablemente, hacía que en esta aldea los oficios religiosos siguieran el rito mozárabe y no el romano.

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:  “Arqueología urbana en Valladolid”, VV.AA.; “La Villa de Prado, un yacimiento romano en la ciudad de Valladolid”, de  Fernando Pérez Rodríguez-Aragón; “El alcázar real de Valladolid”, de Miguel Martín Montes; “Los orígenes prehistóricos y arqueológicos de Valladolid”, de Miguel Ángel Martín Montes e incluido en el libro  Una historia de Valladolid –VV.AA.-; ” La prehistoria”, de Germán Delibes de Castro y José Ignacio Herrán Martínez;  “Arqueología romana”, de Tomás Mañanes Pérez;  “Ara dedicada a las ninfas hallada en Valladolid”, de Ricardo Martín Valls y Germán Delibes de Castro;  “Documentos de la Iglesia Colegial de Santa María la Mayor”, transcriptos por Manuel Mañueco Villalobos y anotados por José Zurita Nieto; “Guía de Arquitectura de Valladolid” (VV.AA.); expediente municipal para la construcción de un aparcamiento subterráneo en la Antigua; y  piezas e imágenes expuestas en el Museo de Valladolid.

EL CÍRCULO DE RECREO: EVOCACIÓN DE UN VALLADOLID BURGUÉS.

El Círculo de Recreo de  Valladolid es una institución nacida al calor de una moda burguesa y aristocrática decimonónica ya periclitada pero que trata de sobrevivir adaptándose a los tiempos que corren. Mas, con independencia de los factores históricos, su sede social de la calle Duque de la Victoria, ofrece un singular conjunto de detalles.

Los Casinos o Círculos de Recreo son instituciones que fueron naciendo hacia el final del siglo XVIII. El monarca Carlos III, impulsor de la modernización de España, fue un entusiasta animador de estos nuevos lugares de reunión de caballeros. Según relató el periodista Francisco de Cossío en 1944, estos Círculos servían para que “varones graves y letrados encontraran el gran pretexto para salir de sus casas libres de todo disgusto conyugal (…) En estos centros de cultura se acostumbraron los hombres a hablar entre sí de cosas banales y divertidas, a murmurar animadamente (…) libres de la tutela de la Economía, de las Ciencias y de las Artes. Y claro está, a los sabios y letrados se les unieron prontamente los frívolos y ociosos, y se creó una palabra maravillosa que corresponde exactamente a la época romántica, la palabra socio”.

Y a la palabra socio le siguió la de Círculo, y acaso cansados los hombres solo de hablar, se decidieron a jugar, y así nació el Casino.

Pronto proliferaron los Círculos y Casinos de todo tipo. Si bien en Valladolid ciudad lo tenemos muy asociado al Círculo de Recreo de la calle Duque de la Victoria, que ciertamente se formó por los hombres influyentes de la ciudad que conformaban la burguesía local, lo cierto es que si nos fijamos en los municipios de la provincia veremos círculos de labradores, de obreros, de artesanos, de católicos, etc. En 1924 había en la provincia 84 círculos y casinos, de los que 15 tenían  su sede social en la capital.

Corría el año de 1844 cuando se fundó el  Círculo de Recreo de Valladolid, con 72 socios y 5 trabajadores de plantilla. Desde entonces han trascurridos casi 175 años y si es cierto que la inmensa mayoría de los socios eran miembros de la burguesía más selecta de la ciudad, ahora se puede hablar, sin que haya perdido ese aire elitista, de una entidad más plural tanto ideológica como socialmente.

No obstante, aquella alta sociedad decimonónica era muy variada, pues entre los socios adscritos que se dedicaban a la política, había moderados, progresistas, unionistas, republicanos, liberales, conservadores…

Es cierto, como comentan algunos de los más veteranos socios y otros de reciente incorporación, que un pasado muy vinculado al franquismo durante la Guerra Civil hace perdurar la imagen de un lugar excluyente y conservador. Pero, según testimonios bien fundados,  en los últimos sesenta años poquísimas veces se ha rechazado a alguien, y no ha sido por razones ideológicas, sino por haber venido precedido de un reconocido dudoso comportamiento social. Se habla de que uno de esos vetos fue, incluso, para un militar de alta graduación.

Una institución tan veterana está cuajada de anécdotas, de entre las que sobresale el que en 1874 se le negó la posibilidad de dar un concierto  a un joven pianista por no venir acompañado  de una persona que garantizase sus conocimientos. Aquel joven pianista se llamaba Isaac Albéniz.

La apertura que desde hace tiempo lleva haciendo el Círculo se concreta entre otras cosas, en que la cafetería y el comedor están abiertos al público. Y en la realización de actividades dirigidas a la ciudadanía y no solo a sus asociados, lo que lleva a en que en sus salones se celebren desde torneos de ajedrez  a  conferencias con los más diversos contenidos.

Sea por unas u otras razones, lo cierto es que el Círculo de Recreo está intentando rejuvenecer tanto su media de edad como que se incorporen socios vengan de la actividad profesional o laboral que sea. Eso sí, se sigue llevando como timbre de honor el que nunca se hayan conocido disputas entre socios por motivos políticos,  y así es voluntad que siga sucediendo. Un intento de neutralidad que lleva a que entre la variadísima decoración de sus paredes y estanterías no figure  imagen o signo de ninguna confesión religiosa.

 

El edificio actual,  que se debe al arquitecto  vallisoletano Emilio Baeza Eguiluz, sigue los dictados del academicismo francés. El primer local que ocuparon en 1844 fueron dos pisos arrendados en la acera de San Francisco (plaza Mayor). En 1854 compran un inmueble en la calle Olleros (actual Duque de la Victoria) esquina con Constitución. Los gastos eran muchos y los ingresos no daban para mantener el edificio en propiedad, así que lo vendieron y al nuevo propietario le arrendaron varios pisos del mismo edificio. A finales del XIX hubo que derribar el edifico por su mal estado y en 1902  se inauguró el que ahora conocemos. En 1913 los socios vuelven a hacerse con la propiedad de todo el inmueble.

 

Vestíbulo de acceso al edificio.

 

Escalera principal.

 

Salón rojo. Otro hay, contiguo, que se llama verde. Ambos nombres debido al color dominante en su decoración.

 

Varias perspectivas del interior del edificio.

 

 

Diversos detalles de su salón principal.

 

Las pinturas del edificio se encargaron a Eugenio Oliva Rodrigo, artista palentino afincado en Madrid. El asesoramiento para su elección vino de la Real Academia de Bellas Artes de Valladolid y especialmente de José Martí y Monsó.  Techo del salón,  en el que se representan Apolo y Terpsícore, la Música, el Amor y la Gloria. En total, cuarenta y siete figuras de grupos alegóricos.

 

Pared presidencial del salón, con un cuadro en el que aparecen el Conde Ansúrez y doña Eylo supervisando las obras de la catedral. En un lateral, el laureado Zorrilla.

 

 

Biblioteca principal (hay otra de menor entidad) en la que no falta detalle alguno: librerías bellamente labradas, armario de fichas, columna donde colgar los periódicos. El Casino siempre estuvo suscrito a una gran cantidad de periódicos y revistas, entre los que no faltaban algunos de lengua inglesa o francesa, muestra del espíritu cosmopolita de sus socios.

 

Sala de billar (dispone de dos mesas de juego), y detalle de algunos de sus palos o tacos personalizados.

 

Uno de los varios salones de juego con que cuenta el Círculo.

 

Restaurante y una bella escalera modernista de acceso.

 

Foto de principios del siglo XX, en que había unos cincuenta empleados entre los que no faltaban peluqueras, limpiabotas, chicos de los recados, encargado de billares, bibliotecario, camareros, limpiadoras, etc. Recuerdo de aquella especie de microcosmos de oficios es, por ejemplo, la silla de barbero que se conserva en los bajos del Casino (junto al restaurante).

 

Diversos detalles de los muchos que se pueden disfrutar en el edificio: 

 

 NOTA: además de testimonios directos, para escribir este reportaje he tenido en cuenta los libros: “El Círculo de Recreo de Valladolid (1844-2010)”, de Rafael Serrano García; “Ciento cincuenta años del Círculo de Recreo (1844-1994)”, de VV.AA.; “Guía de Arquitectura de Valladolid”, de VV.AA; y “Valladolid, recuerdos y grandezas (1902)” de Casimiro G. García Valladolid.

 

ESCALERA DE MELANCOLÍA: MUSEO DE SAN ANTOLÍN

El paulatino cierre de diversas iglesias de Tordesillas ponía en riesgo el patrimonio artístico e histórico que aquellos edificios guardaban. Se conjuró el peligro convirtiendo la iglesia de San Antolín en museo, y en él se depositaron muchas de las piezas que hasta entonces habían estado en las parroquias de la villa.

Esto ha dado como resultado el Museo de San Antolín, uno de los espacios expositivos de contenido religioso más interesantes de cuantos se pueden visitar en Valladolid: tanto por lo que se exhibe como por el edificio en sí mismo.

Documentado está que a la iglesia de San Antolín con frecuencia venía a misa la reina Juana I de Castilla (mal llamada la Loca). Lo hacía recorriendo un pasadizo que, desde el palacio donde se alojaba (ya desaparecido), comunicaba con la iglesia, construida entre el siglo XVI y XVII. Pero aquella devoción de la reina también está preñada de una leyenda: terminada la liturgia, Juana subía los cincuenta y seis  escalones de la torre del edificio para ver si por algún camino volvía su querido Felipe el Hermoso, que ya había fallecido hace tiempo. Aquellos cincuenta y seis escalones que subía la reina presa de melancolía, sin embargo sirven para ascender hasta contemplar el Duero y una de las panorámicas más extensas que se puedan disfrutar en Valladolid.  No es de extrañar, por tanto, que muchos importantes edificios de Tordesillas se hayan orientado hacia el terraza del Duero.

Vamos a cruzar la puerta del museo e iniciar una sosegada visita del mismo.

 

Vista general de la iglesia de San Antolín, con una escultura de Juana I en primer plano, realizada por el escultor zamorano Hipólito Pérez. Destaca la torre cilíndrica cuyas escaleras subiremos.

 

La capilla de los Alderete precede a la sacristía, que es de donde arranca la torre. Ascensión que dejaremos para el final de la visita. La capilla se trata de una de las piezas monumentales más importante de los que se puede ver en Tordesillas, población que, por cierto puede presumir sobradamente de patrimonio e historia. Se accede a la capilla a través de una bella reja del siglo XVI, entre gótica y renacentista. En el retablo principal, de estilo plateresco se aprecia el quehacer de  Gaspar de Tordesillas y de Juan de Juni, que hizo los relieves principales.

 

Sepulcro en alabastro de Pedro González  Alderete  fundador de este espacio funerario que ha sido valorado como uno de los más interesantes de Castilla. Falleció en Granada en 1501, fue comendador de la Orden de Santiago y  regidor de Tordesillas. El sepulcro fue labrado en 1550 en el taller de Gaspar de Tordesillas.

 

Sepulcro de Rodrigo de  Alderete, fechado en 1527,  fue juez mayor de Vizcaya. Su nicho está rematado por el escudo de los Alderete.

 

En la nave central, llamativamente decorado su techo, hay un Cristo yacente de la escuela de Gregorio Fernández. Se trata de una pieza con los brazos articulados que tanto puede ser presentada yacente, como ahora lo está, como en posición de crucificado.

 

Retablo del siglo XVII profusamente ilustrado en que hay pinturas de Felipe Gil de Mena. Este artista, muy apreciado en vida, tiene obra en numerosos templos de Valladolid y alguna pieza en el Museo de Escultura, procedente del convento de San Francisco de Medina de Rioseco.

 

La capilla de los Acevedo tiene un Calvario cuya figura principal está atribuida de Francisco del Rincón, uno de los grandes de la imaginería española. Algunos le consideran maestro de Gregorio Fernández, aunque lo más seguro es que fuera simplemente el mecenas y avalista de Fernández en la corte de Felipe III. Del Rincón fue el creador de los pasos procesionales barrocos, uno de los cuales se encuentra en el Museo de Escultura.

 

Acaso la joya del museo, si es que es posible destacar de entre todo lo que ofrece, sea una escultura de la Inmaculada. Está esculpida en madera en el siglo XVII por Pedro de Mena (escultor barroco considerado de lo mejor de la imaginería andaluza). Su perfección  alcanza tales niveles que pareciera hecha de delicada porcelana. Es una pieza de bellísimas formas y proporciones.

 

 

 

Bajo el coro, entre otras cosas se pueden encontrar varias tallas del arcángel San Miguel, de Santiago Apóstol y una cruz procesional que tiene la particularidad de tener labrado lo que parece una panorámica de Tordesillas.

Un detalle muy curioso es una puerta de hierro que se trajo de la iglesia de San Pedro, donde está enterrado Andrés Juan Gaitán, inquisidor en el Perú y que de tan controvertido oficio dejó huella incluso en la decoración (el símbolo de la Inquisición: la cruz, la espada y el olivo o la palma) de los cinco grandes cerrojos que blindan esta puerta.

 

A punto de terminar el recorrido por el museo, y ya junto a  la puerta, se ofrece al visitante una curiosa tabla policromada del siglo XVI. Se desconoce la autoría pero bien podría tratarse del  encargo de un matrimonio (que aparece al pie de la escena en actitud orante). La tabla reproduce la misa de San Gregorio acompañada un una curiosa iconografía del martirio de Jesús: la columna donde fue atado, tenazas con que fue torturado, escalera para la crucifixión, la lanza con que se atravesó su costado, los dados que los soldados utilizaron para jugarse su túnica, etc. Es una muestra de lo más típico (y curioso) de la utilización del arte para mostrar mensajes y afianzar creencias: un comic, en definitiva, diríamos ahora.

 

El museo también ofrece al visitante libros, casullas,  orfebrería y cuadros, algunos de los cuales están pintados sobre cobre.

 

En el edificio colindante con el Museo  (Casas del Tratado) se exponen varias maquetas, entre las que está la del Palacio Real que habitó Juana I entre 1509 y 1555, desde el que iba a la iglesia de San Antolín. Este palacio, de modesta construcción, fue mandado construir por Enrique III hacia 1400,  y reinando Carlos III se derribó en 1773 dado su estado de abandono.

 

NOTA: El museo está en la calle Tratado de Tordesillas. Horario: 11:30 a 13:30 y 16:30 a 18:30. La entrada cuesta dos euros y los niños entran gratis. Cierra domingos tarde y lunes.

 

PASAJE DE GUTIÉRREZ: “EL MÁS GRANDIOSO DE CUANTOS CONOCEMOS EN ESPAÑA”

Cuando en septiembre de 1886 se inauguró el Pasaje de Gutiérrez, la prensa local lo presentó como “El más grandioso de cuantos conocemos en España; más elegante y más espacioso que el magnífico con el que cuenta Zaragoza; no hay ni en Madrid ni en Barcelona, ni en Sevilla ninguno que con él pueda compararse”.

Seguramente sería una entusiasta y exagerada afirmación, pero lo cierto es que Valladolid recibió esta nueva calle con gran alegría: era una forma de incorporarse a la modernidad. Las principales ciudades españolas tenían sus galerías comerciales siguiendo la moda de las capitales europeas: París, Bruselas, Milán, Manchester, etc. Y Valladolid no se quedó a la zaga de esta nueva arquitectura urbana. Era una forma como, de nuevo según la prensa local, “desprovincializar la cultura local”.

La construcción de estos pasajes comerciales era, también, una forma de mostrar la industrialización de las poblaciones.

Pero ¿por qué el nombre de las galerías?  Eusebio Gutiérrez era  un rico hombre de negocios originario de Santander: tenía algunas industrias en Valladolid y era propietario de diversas casas y solares. Y es precisamente en una de aquellas casas, que daba a dos calles: antigua calle del Obispo y a calle Sierpes (actuales Fray Luis de León y Castelar –todavía queda una pequeña calle próxima a Castelar llamada Sierpes-), donde  Gutiérrez encargó al afamado arquitecto Jerónimo Ortíz de Urbina que hiciera una reforma del edificio.

Aprovechando la reforma de fachadas y de interior, se llevó a cabo la construcción del pasaje. Curiosamente, ningún documento se conserva en el Archivo Municipal de Valladolid que dé cuenta de la construcción de este pasaje: no hay ni planos, ni  permisos,  ni nada de nada. Esto lleva a la conclusión de que se hizo una obra saltándose la ordenanza de construcción aprovechando la licencia para reforma del edificio que se había solicitado en 1884. Da toda la impresión de que las autoridades municipales debieron hacerse los desentendidos, pues semejante obra no podía pasar desapercibida durante su ejecución.

Es el caso que la ciudad acogió aquella moderna calle con los brazos abiertos.  Y en la actualidad es una de las pocas construcciones de estas características que se conservan en España.

¿Quién era el arquitecto Jerónimo (o Gerónimo) Ortíz de Urbina?  Lo resumiremos diciendo que, junto con su hijo Antonio (que era maestro de obras), firmó muchas construcciones en las calles de Valladolid, especialmente en el centro y en la expansión burguesa de Miguel Íscar hacia la Estación del Norte. Sus obras más significadas son el desaparecido frontón de Fiesta Alegre (construido en 1894 en el solar que actualmente ocupa la Residencia Universitaria Santiago en la calle Muro) y el colegio San José (1885) en la plaza de Santa Cruz. Para algunos, el Pasaje Gutiérrez es su obra más señera. Desde 1998 está declarado Bien de Interés Cultural.

Avanzado el siglo XX el pasaje entró en decadencia, se cerraron diversos comercios y se abandonó el mantenimiento. Todo ello hasta que en 1986 los propietarios cedieron el uso del paseo al Ayuntamiento y este, a cambio, acometió la restauración del mismo siguiendo el proyecto del arquitecto Ángel Luis Fernández Muñoz.

… Pues a disfrutar un rato por el Pasaje de Gutiérrez.

 

Vistas generales del pasaje y su aspecto al anochecer con la iluminación decorativa que le instalaron en 2013.

 

El Mercurio. Se trata de un dios romano que se equipara con Hermes, de origen griego: mensajero de los dioses, encargado de llevar las almas de los fallecidos al más allá, símbolo de la abundancia y del éxito comercial. De ahí que se considere emblema del comercio. Por tanto tiene toda su justificación su colocación en el Pasaje Gutiérrez que, como sabemos, se construyó, precisamente, para albergar actividades comerciales. Esta escultura “Mercurio volador” es una copia de la realizada por  el escultor francés Juan de Bolonia (como Giambologna le conocían en Italia) en 1565 y que se conserva en el Museo del Bargello de Florencia. Al pie de la escultura figura el texto “Val D’Osné”, que delata su fabricación francesa.

 

Primer plano del  Mercurio cubierto con el petaso, sombrero que usaban los griegos y romanos para protegerse del sol y de la lluvia, especialmente en los viajes y en la caza. La escultura, sin embargo, ha perdido el caduceo, esa vara abrazada por dos serpientes, símbolo de la paz y la concordia que acompaña la figura de Mercurio. Véase, en comparación, el Mercurio que preside la entrada de la Facultad de Comercio, con su caduceo. La costumbre de representarlo con alas es porque también se le considera protector de los viajeros.

 

Esculturas, realizadas en terracota y muy deterioras,  que llevan la firma de  M. Gossin, Visseaux, París. Están puestas alrededor de Mercurio y  representan las cuatro estaciones del año, que por el orden de colocación son la Primavera (a la derecha de Mercurio) y sucesivamente siguiendo al revés de las agujas del reloj, el Verano, el Otoño y el Invierno. La del verano, hasta no hace tanto incluso portaba una hoz de hierro en su mano derecha.

 

Un detalle de gran belleza son el niño y la niña que sostienen el reloj en el balconcillo. Su fabricación lleva también la firma de M. Gossin, que demuestra el intento de traer a Valladolid el gusto que inspiraba las galerías parisinas. En este balconcillo parece que en ocasiones se celebraban  conciertos de música en los años de esplendor del pasaje.

 

La cubierta está construida con tejas de vidrio procedentes de la Real Fábrica de Cristales de la Granja, lo  que demuestra el interés en hacer una construcción cuidada en todos sus detalles.

 

Los techos del pasaje están decorados con pinturas de Salvador Seijas en las que se presentan diversas alegorías. Por orden de  las imágenes de arriba a abajo: la Agricultura, Apolo, la Primavera, el Comercio y la Industria.  Seijas (profesor de dibujo de la Escuela de Bellas Artes de Valladolid)  fue pintor muy reconocido en  Valladolid en su época y destacó por la pintura decorativa.

 

Los espejos que hay sobre las entradas de los establecimientos  se instalaron en la reciente restauración con el fin de sustituir los antiguos letreros de los numerosos comercios que estaban cerrados.

 

 

La puerta que da a la calle Fray Luis de León lleva la fecha de 1885 (cuando se inició la obra), y la de Castelar, la del año siguiente, cuando se inauguró el pasaje. Hay que fijarse, también, en las fachadas, que son completamente distintas y de una rejería muy cuidada.

 

Detalle de las puertas, decoradas; y de un capitel en el interior de uno de los locales del Pasaje.

 

Fotografía de la década de 1970 en la que se aprecian locales cerrados y la ausencia de la estatua de Mercurio. Eran años en los que se arrastraba el abandono del pasaje y la falta de comercios interesados en establecerse en el mismo (imagen tomada del Archivo Municipal de Valladolid).

 

PRINCIPALES FUENTES CONSULTADAS: Guía de Arquitectura de Valladolid, coordinada por Juan Carlos Arnuncio Pastor; El Valladolid de los Ortiz de Urbina, de Fco. Javier Domínguez Burrieza; Desarrollo urbanístico  y arquitectónico de Valladolid (1851-1936), de Mª Antonia Virgili Blanquet; Escultura pública en la ciudad de Valladolid, de José Luis Cano de Gardoqui García; y Archivo Municipal de Valladolid.