AQUELLOS ANTIGUOS HOSPITALES

Valladolid tiene una contrastada tradición de atención a pobres, enfermos y niños abandonados que ha materializado durante siglos en una red de centros asistenciales: asilos, hospitales y hospicios han dado cobijo a quienes lo han necesitado.

Es larga la relación de aquellos llamados hospitales: viudas, curas jubilados, pobres, enfermos, enajenados,  niños y niñas abandonados, peregrinos, etc. solían  encontrar algún establecimiento que los acogiera. En general, estos establecimientos estaban auspiciados por nobles,  cofradías,  conventos y el propio Concejo. Todos estos lugares normalmente eran benéficos y amparados a las limosnas y donaciones de personas piadosas o hermanos cofrades.

En fin, una ciudad que, de todas maneras, y más allá de la caridad, puede presumir de médicos acreditados como lo fueron  Alonso Rodríguez de Guevara, pionero en auspiciar en el mundo disecciones de cadáveres para la enseñanza de la medicina cuando corría el siglo XVI;  Luis de Mercado, médico de cámara de Felipe II y de cuyos tratados de medicina han aprendido generaciones de médicos;  Dionisio Daza Chacón, que atendió al mismísimo Cervantes en la batalla de Lepanto, etc.

La historia de la medicina en Valladolid ha dejado un rastro perceptible al que vamos a referirnos, no sin dejar advertido que sería de pretenciosos intentar resumir en un artículo tan larga y compleja historia: vamos a centrarnos en la última centuria para señalar lugares que nos incentiven a dar un paseo para recorrerlos.

Hasta que en 1953 se abrió al público el gigantesco hospital Onésimo Redondo –conocido popularmente como “la residencia” (en democracia tomó el nombre de Hospital Río Hortega)-, los enfermos eran atendidos en una red de centros públicos y privados cuyas historias son, en muchos casos, realmente curiosas. Y a ellas vamos a referirnos.

 

Fueron muchos los lugares de acogida y beneficencia que cuentan varios siglos de existencia, como es el caso del convento de San Cosme y San Damián, en la plaza del Rosarillo. De él ya hay noticias a finales de la Edad Media como lugar de acogida de pobres, y en siglo XVIII ejercía como Hospital de Convalecientes, es decir, personas que dadas de alta en un hospital necesitaban, sin embargo, reponerse. Conserva su fachada, pero trasladada a la calle de San Juan de Dios como puerta de la Residencia Sacerdotal.

 

Uno de los viejos hospitales fue el  Municipal de Santa María de Esgueva, que se habilitó en el llamado palacio de los Ansúrez (sin que en realidad haya demasiada fiabilidad sobre la existencia de tal palacio). En 1865 se adscribió al Hospital de la Resurrección. La piqueta de la década de 1970 derribó aquel entrañable edificio  que ya llevaba años abandonado. Las imágenes  son de los años 30. Fotografías de Carvajal del Archivo Municipal de Valladolid –en lo sucesivo AMVA-.

 

El hospital de la Resurrección se fundó en el siglo XVI y se derribó en 1890, tras llevar varios años abandonado: en 1881 se trasladaron los enfermos al Hospital del Esgueva. En el solar, varios años después se construyó la llamada Casa Mantilla (esquina Miguel Íscar con Acera de Recoletos). Cervantes ambientó algunos capítulos de “El coloquio de los perros”  y “El casamiento engañoso”  en las salas de este hospital. La escultura del Cristo Resucitado que presidía la fachada  se reinstaló en los jardines de la Casa de Cervantes, y el retablo del Santo Sepulcro se conserva en la iglesia de la Magdalena.

 

Corría el año de 1889 cuando el nuevo Hospital Provincial se convertía en una realidad. Varios años de gestación  y la mano del arquitecto de la Diputación Teodosio Torres  (también ocupó plaza de arquitecto del Ministerio de Instrucción Pública) permitieron que Valladolid contara con un moderno hospital, más propio del siglo XX que se avecinaba que aquellos vetustos (pero entrañables) hospitales que ya hemos comentado. Desde 1997, tras una larga restauración, el edificio se dedica a dependencias administrativas de la Diputación de Valladolid.

 

En nombre de la Reina, la  marquesa de  Alhucemas inauguró  en 1919 el nuevo “Real Dispensario Antituberculoso Victoria Eugenia”. Ubicado en la calle Muro, desde 1983 es sede del Centro de Educación de Personas Adultas. El impulsor de aquel hospital fue Román Durán, a la sazón director de Sanidad de Valladolid. La lucha contra la temida tuberculosis ha sido una constante durante décadas en España. También había un pabellón Antituberculoso en el Prado de la Magdalena , y en Viana de Cega (hace años convertido en un enorme edificio fantasma): en la fotografía, enfermos tomando el aire limpio del Pinar.  

 

No muy lejos del Antituberculoso se inauguró en la década de 1950 el ambulatorio del 18 de julio (en la calle Gamazo), que actualmente sirve de dependencias sindicales (UGT). Su aspecto y filosofía se corresponde con el modelo de atención hospitalaria que tuvo su auge en la España de los 50-60.

 

La última Casa de Socorro que como tal funcionó en Valladolid está situada en la calle López Gómez. La Casa de Socorro conoció varias ubicaciones, siendo esta la definitiva una vez que se inauguró  el colegio García Quintana en 1943, tras un largo proceso de construcción que se gestó en 1926. No obstante, en esta dependencia, que ahora es una biblioteca municipal, antes estuvieron los juzgados.

 

 Muy cerca de la antigua Casa de Socorro está el edificio que fue Sanatorio del doctor Escudero (Félix Escudero): calle Santuario 14 (ahora son dependencias de la Consejería de Agricultura). Este edificio comenzó a construirse en 1944 y junto con el de Jolín y Quemada componía la tríada de hospitales del Valladolid de posguerra. Tres hospitales con personalidad bien diferenciada que, como les describieron en prensa en cierta ocasión, se caracterizaban por la ortodoxia de Escudero, la cirugía renovadora de Jolín, y la cirugía de urgencia de Quemada.

 

El acogimiento de niños abandonados tiene tras de sí una larga historia en Valladolid,  y está cuajada de muchas curiosidades: por ejemplo, durante años se financiaba con parte del dinero obtenido por la venta de entradas del Corral de Comedias o con la venta de aloja. Pero no nos vamos a detener en ello. El Hospicio ha tenido diversas sedes y su última ubicación hasta la década de 1970  fue el antiguo palacio de los Condes de Benavente, actual biblioteca de la Junta de Castilla y León en la plaza de la Trinidad. La fotografía es del año 1900, AMVA.

 

La atención a los enfermos mentales (locos se les llamaba antes) ha tenido diversos edificios. El anterior al moderno Hospital Psiquiátrico ubicado en el barrio de Parquesol, fue el monasterio de Nuestra Señora de Prado, que ahora acoge a la Consejería de Cultura. Manicomio se le llamaba  y lo fue entre 1898 y 1976, cuando se inauguró el actual hospital.  Hasta lo actual, se han conocido “manicomios” en la calle Orates (ahora Cánovas del Castillo) – entre 1489 y 1850-. El nombre de Orates viene, precisamente, por estar allí el lugar donde se encerraba a los locos –se decía que se les reconocía por estar continuamente hablando a lo tonto (de ahí lo de Orates)-; y en  la calle Alonso Pesquera -antigua casa del Cordón-, entre 1850 y 1898. En la fotografía del  AMVA entrada al manicomio a principios del s. XX.

 

 Hasta 2007 y desde 1945 (aproximadamente) ha prestado servicio el hospital Virgen de la Salud, más conocido como clínica del doctor Jolín, nombre de su fundador: Víctor Jolín Daguerre.  Una clínica que en realidad regentaban las Siervas de María desde 1962. El edificio –en la fotografía- está situado en la calle Pedro Niño con esquina a Paseo de Isabel la Católica  y actualmente es una residencia de personas mayores. Hay más hospitales regentados por congregaciones religiosas, como el Sagrado Corazón, en la calle Alonso Pesquera, cuya titularidad es de las Siervas de Jesús de la Caridad. Su aspecto moderno actual está muy transformado,  pero en este lugar llevan instaladas las monjas desde 1897, donde desarrollaban sus  actividades caritativas con los enfermos.

 

De 1943 es el sanatorio del Doctor Quemada (su nombre completo era José Quemada Blanco) que estaba en la calle Aurora esquina con Paseo de Zorrilla. En la fotografía de El Norte de Castilla,  inauguración de la capilla del sanatorio en 1947. En el año 1985 se instalaron las verjas del ya desaparecido hospital  en la plaza del Doctor Quemada.

 

El Hospital Militar, que dejó de prestar servicio en 1995 y que ahora ocupa la Consejería de Sanidad, se construyó en 1933. Bien es verdad que anteriormente, y en este mismo emplazamiento,  desde el siglo XIX ya había dependencias sanitarias de atención específica para soldados y oficiales.

 

La Cruz Roja también tiene en Valladolid una larga historia de atención sanitaria. En la década de 1910 establece un Cuarto de Socorro en la calle Nuñez de Arce, que pronto se quedó pequeño. En el años 1932 se trasladaron a un nuevo local, ya desaparecido, en la calle Leopoldo Cano. Aquel sanatorio se convirtió en hospital militar durante la Guerra Civil y servicio de información sobre heridos y fallecidos en la contienda. Allí estuvo la Cruz Roja hasta que en 1965 inauguraron el hospital de la calle Felipe II (en la fotografía) que ha sido de su propiedad hasta que en el año 2000 dejaron de prestar asistencia sanitaria y lo vendieron. En la fotografía de época vemos una actividad realizada en febrero de 1932 en los locales de Leopoldo Cano (está tomada de El Norte de Castilla).

 

Aunque ya nada quede de él,  no quiero terminar este paseo por los viejos hospitales, sin referirme a uno,  desaparecido, y del que no ha quedado rastro visible alguno, al menos que se sepa. Se trata del llamado “sanato” que en realidad era el Sanatorio del Carmen,  en la calle Paulina Harriet. Este sanatorio fue fundado por el prestigioso urólogo  Rodrigo Esteban Cebrián en la década de 1920. En la memoria de algunas personas se recuerda como “el sanato de D. Cebrián”. Médico muy acreditado fue nombrado profesor auxiliar de la Facultad de Medicina al mismo tiempo que Pío del Río Hortega. Fue alcalde “accidental” en 1924 y a lo largo de su vida recibió numerosos reconocimientos a pesar de haber sido represaliado en el franquismo para que no ejerciera la docencia en la Universidad. La foto es de José Luís Salinas. Detalle de las verjas que daban entrada al sanatorio (AMVA).

 

 

 

Anuncios

LAS PIEDRAS MÁS ANTIGUAS DE VALLADOLID

Vamos a intentar adentrarnos en el mundo del Valladolid más antiguo. Incluso de cuando estos lares ribereños del Pisuerga y de las Esguevas no tenían nombre que haya llegado hasta nosotros.

Nos referimos, claro está, al término municipal de Valladolid.

Según indican los historiadores, Valladolid aparece citado por vez primera en un documento fechado en el año 1085.

Parece que se trataba de una aldea o una finca agrícola (que era una manera de denominar a muchos asentamientos que se iban produciendo a medida que los reinos hispanos del noroeste ganaban terreno en la cuenca del Duero). Hablamos, por tanto, de la época en que hace su aparición por esta aldea a las orillas del Pisoriza el comes Petro Asúriz y su esposa Ailoni comedissa,   ues se acepta la fecha (más o menos) de 1072 como  la de la entrega que le hace Adefonsus (Alfonso VI)  de estas tierras.

Ya de entrada ni siquiera está muy claro si Valladolid estaba amurallada (acaso una rudimentaria empalizada) o no, o si disponía de algún alcázar. Parece que sí existía la iglesia de San Pelayo (San Miguel después) en lo que ahora es la céntrica plaza de San Miguel. Sí sabemos que en 1095, dos décadas después de que Ansúrez llegara a estas tierras,  se consagra Sancte Marie Vallisolite (más tarde conocida como la Mayor): la obra por antonomasia del Conde y su esposa. Cantado el Te Deum, que con toda seguridad se entonaría el día que se consagró la Colegiata, vamos a iniciar el camino (incierto y atrevido) que nos lleve a dar constancia de las piedras más antiguas de Valladolid.

Nos vamos a hacer un poco de trampa, pues no consideramos los restos de cerámica, que son muchos. Por tanto nos centraremos en materiales pétreos propiamente dichos o en construcciones que, aunque sean de ladrillo, indican una determinada antigüedad en que la piedra ya se utilizaba y labraba.

 

En la década de 1980 hubo varios hallazgos arqueológicos de carácter prehistórico. Destaca la pequeñita hacha cuyas medidas son de 10,7 x 2 x 1,2 cm. de grosor que se halló al realizar unas obras en una casa particular de la  calle Alcarria. Se atribuye al Bronce final y está depositada en el Museo de Valladolid, aunque no expuesta al público.  Fotografía cedida por cortesía del Museo de Valladolid.

 

Hay otros hallazgos, como  una pieza lítica realizada sobre una lámina de sílex blanco (imagen tomada del libro Arqueología Urbana en Valladolid), encontrada en Arturo Eyries y que, con grandes dudas,  se atribuye al último Neolítico o a  la Edad del Bronce y podríamos hablar de unos 3000 años antes de, por ejemplo, el asentamiento vacceo de Soto de Medinilla. Hay noticias de otras hachas pulimentadas halladas en la calle Niña Guapa, en el barrio de Pajarillos y en otros diversos lugares de la ciudad (algunos de estos restos se encuentran en paradero desconocido). En cualquier caso, la dispersión de estos hallazgos y la escasez de los mismos,  hace pensar que no proceden de asentamientos humanos en lo que ahora conocemos como Valladolid,  sino de aportes de tierras procedentes de otros lugares.

 

El Soto de Medinilla  es un poblado Celtíbero de la Edad del Hierro que aparece  entre los siglos VIII y VII a.C. pero que en realidad es una sucesión de diversas ocupaciones que llegaron hasta el siglo II a.C. Las casas se construyeron con estacas y barro o adobe. El Museo de Valladolid expone  una amplia muestra de la historia y utillaje de este asentamiento junto al Pisuerga. El Soto es un gran meandro que forma el Pisuerga entre la fábrica de Michelin y el  barrio de la Overuela. Mas, entre restos cerámicos y otras piezas de metal, se localizó un molino de vaivén realizado en piedra, que es el que aparece en la fotografía.

 

No faltan historiadores y cronistas que atribuyen Valladolid a un origen romano. Un asentamiento llamado Pincia (o Pintia). Otros investigadores hablan del nombre de Pisoraca (Pisuerga). Lo cierto es que en el subsuelo de la ciudad se han ido encontrando numerosos hallazgos de época romana: pavimentos y mosaicos, cerámicas, enterramientos, numismática, esculturas, inscripciones, etc. Además, restos y trazados reconocibles de diversas villas: en el Cabildo, en el pago de Argales, en Villa de Prado… De estas construcciones romanas nos quedamos con la de Villa de Prado, datada en el siglo IV d.C. Está entre la antigua Granja Escuela José Antonio y el nuevo Estadio José Zorrilla. De esta villa hay documentación y restos perfectamente reconocibles. Y como de piedras estamos hablando: aportamos una fotografía de los muros que delimitaban ciertas dependencias, y del mosaico Diana Cazadora que el que sea una obra artística no oculta que está realizada con caliza y mármol, además de vidrio. Se expone en el Museo de Valladolid.

 

Anterior a este mosaico está el Ara Votiva encontrada durante la construcción de una piscina en Casa Santa (una finca al norte de Valladolid, a la derecha de la carretera de Cabezón de Pisuerga cerca del límite con Santovenia de Pisuerga), fechada en el I-II d.C. Es de piedra caliza y tiene la siguiente inscripción: “Claudia Anna (consagró este ara) a las Ninfas, por la salud de Claudio Licerico, su hombre, cumpliendo el voto con ánimo alegre”. Está expuesta, también, en el Museo de Valladolid.

 

Y seguimos con restos romanos. Al hacer los sondeos pertinentes en el entorno de la Antigua para la construcción de un aparcamiento subterráneo (que no ha llegado a hacerse), aparecieron numerosos restos: romanos, medievales y contemporáneos. De entre todos destaca un hipocaustum (lo que ahora llamaríamos una gloria). En las imágenes vemos el lugar de su emplazamiento bajo tierra, el arco de entrada (ladrillo y piedra), el interior tal como fue fotografiado por los arqueólogos (se aprecia una capa de agua en el fondo de unos 10-15 cm. de profundidad), y un montaje fotográfico que he realizado para hacernos una idea de cómo puede ser en un vistazo más amplio de la estancia, que tiene un número indeterminado de pilares de ladrillo (cuadrados y redondos). Es importante indicar que esta cámara calefactora tiene las siguientes dimensiones: 250 x 100 cm. de superficie, y unos 75 cm. de altura.

 

 Sin duda, la colegiata de Santa María la Mayor es la construcción más señera atribuible al Conde y su esposa. Y, desde luego, de la que hay pruebas fehacientes de su realización, cosa que, por ejemplo, no podemos decir de otras construcciones atribuidas a los condes.  Por tanto será necesario incluir las ruinas de la colegiata sitas tras la Catedral, como parte de las piedras más antiguas de Valladolid (finales del siglo XI). Si nos atenemos a lo que comúnmente se viene diciendo de la colegiata del Conde tendremos que indicar que de ella solo queda parte de la torre pórtico que daba acceso a un pequeño templo románico del que ya nada se conserva a raíz de las obras del s. XIII de incipiente estilo gótico que se superpusieron a la primigenia construcción románica, y que se pueden ver en la parte derecha junto a la torre original.

 

Y estaríamos llegando, cronológicamente, a un conjunto de construcciones que se fueron levantando entre los siglos XII y XIII que aún son perfectamente reconocibles. Nos referimos a la Antigua: aparece citada por primera vez en el año 1177 y hay dudas razonables de su existencia con anterioridad a la Colegiata; y, desde luego, estaríamos hablando de su torre y el pórtico, pues en todo caso el resto del edificio nada tiene que ver con su construcción original.  A esta emblemática torre vallisoletana, en el entorno cronológico al que nos referimos, habría que añadir el Puente Mayor, el puente de Puente Duero, la torre de San Martín, la puerta del alcázar de la Magdalena, y las murallas de la villa, en las que nos detenemos a continuación.

 

Del siglo XI no hay restos arqueológicos  ni documentos que permitan hablar de la existencia de una muralla en torno al primitivo Valladolid. En todo caso, de existir una muralla sería de fabricación tosca y de piedra sin trabajar. Otros investigadores hablan de que a los sumo sería de una empalizada de adobes y madera. A mayor abundamiento, se sabe por la Primera Crónica General de España que hallándose Alfonso VI en Valladolid hacia 1086, recibió una delegación de Ruiz Díaz (el conocido como Cid) que se alojó en posadas: es decir, que todo parece indicar que en aquellas fechas no existía ningún palacio  u otro edificio relevante en el que se albergara el monarca.  Lo más probable es que hasta finales del XII, reinando ya Alfonso VIII,  en Valladolid no se levantara una verdadera muralla con sus puertas y torres. Y si difícil es establecer si disponía de una cerca también lo es determinar si tenía un castillo o fortaleza. En cualquier caso, la primera notificación escrita sobre la existencia de un palacio o fortaleza data de 1188. Lo más razonable es pensar que la cimentación de los restos de muralla que ahora conocemos en  la calle de Angustias sean edificaciones o reedificaciones que se daten a finales del XII o principios del XIII. En las imágenes: señalización en el pavimento de plaza del Poniente, de los restos subterráneos del alcazarejo (que se pueden ver en los sótanos de San Benito, al igual que los de la muralla). Restos reconstruidos de muralla en la calle de las Angustias.

 

 Y daremos por concluida esta atrevida y incursión en el mundo de la arqueología en busca de  “la primera piedra” de Valladolid, acercándonos hasta  la plaza de San Miguel. En ella se han dejado unos testimonios de donde estaba la iglesia de San Pelayo (luego de san Miguel) cuya construcción se atribuye a una época anterior a la llegada del Conde.  La razón del cambio de nombre de la iglesia viene determinado por el nombramiento del arcángel san Miguel como patrón de la villa en fecha muy posterior a la advocación de san Pelayo (un niño mártir del siglo X  torturado por Abderramán III que el mundo cristiano adoptó como símbolo de la lucha contra los sarracenos). Es quizá esta advocación la que permitiría afirmar su construcción a finales del X o principios del XI, tal como anotan algunos arqueólogos,  que atribuyen su erección a la existencia en Valladolid de una colonia mozárabe que, probablemente, hacía que en esta aldea los oficios religiosos siguieran el rito mozárabe y no el romano.

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:  “Arqueología urbana en Valladolid”, VV.AA.; “La Villa de Prado, un yacimiento romano en la ciudad de Valladolid”, de  Fernando Pérez Rodríguez-Aragón; “El alcázar real de Valladolid”, de Miguel Martín Montes; “Los orígenes prehistóricos y arqueológicos de Valladolid”, de Miguel Ángel Martín Montes e incluido en el libro  Una historia de Valladolid –VV.AA.-; ” La prehistoria”, de Germán Delibes de Castro y José Ignacio Herrán Martínez;  “Arqueología romana”, de Tomás Mañanes Pérez;  “Ara dedicada a las ninfas hallada en Valladolid”, de Ricardo Martín Valls y Germán Delibes de Castro;  “Documentos de la Iglesia Colegial de Santa María la Mayor”, transcriptos por Manuel Mañueco Villalobos y anotados por José Zurita Nieto; “Guía de Arquitectura de Valladolid” (VV.AA.); expediente municipal para la construcción de un aparcamiento subterráneo en la Antigua; y  piezas e imágenes expuestas en el Museo de Valladolid.

EL CÍRCULO DE RECREO: EVOCACIÓN DE UN VALLADOLID BURGUÉS.

El Círculo de Recreo de  Valladolid es una institución nacida al calor de una moda burguesa y aristocrática decimonónica ya periclitada pero que trata de sobrevivir adaptándose a los tiempos que corren. Mas, con independencia de los factores históricos, su sede social de la calle Duque de la Victoria, ofrece un singular conjunto de detalles.

Los Casinos o Círculos de Recreo son instituciones que fueron naciendo hacia el final del siglo XVIII. El monarca Carlos III, impulsor de la modernización de España, fue un entusiasta animador de estos nuevos lugares de reunión de caballeros. Según relató el periodista Francisco de Cossío en 1944, estos Círculos servían para que “varones graves y letrados encontraran el gran pretexto para salir de sus casas libres de todo disgusto conyugal (…) En estos centros de cultura se acostumbraron los hombres a hablar entre sí de cosas banales y divertidas, a murmurar animadamente (…) libres de la tutela de la Economía, de las Ciencias y de las Artes. Y claro está, a los sabios y letrados se les unieron prontamente los frívolos y ociosos, y se creó una palabra maravillosa que corresponde exactamente a la época romántica, la palabra socio”.

Y a la palabra socio le siguió la de Círculo, y acaso cansados los hombres solo de hablar, se decidieron a jugar, y así nació el Casino.

Pronto proliferaron los Círculos y Casinos de todo tipo. Si bien en Valladolid ciudad lo tenemos muy asociado al Círculo de Recreo de la calle Duque de la Victoria, que ciertamente se formó por los hombres influyentes de la ciudad que conformaban la burguesía local, lo cierto es que si nos fijamos en los municipios de la provincia veremos círculos de labradores, de obreros, de artesanos, de católicos, etc. En 1924 había en la provincia 84 círculos y casinos, de los que 15 tenían  su sede social en la capital.

Corría el año de 1844 cuando se fundó el  Círculo de Recreo de Valladolid, con 72 socios y 5 trabajadores de plantilla. Desde entonces han trascurridos casi 175 años y si es cierto que la inmensa mayoría de los socios eran miembros de la burguesía más selecta de la ciudad, ahora se puede hablar, sin que haya perdido ese aire elitista, de una entidad más plural tanto ideológica como socialmente.

No obstante, aquella alta sociedad decimonónica era muy variada, pues entre los socios adscritos que se dedicaban a la política, había moderados, progresistas, unionistas, republicanos, liberales, conservadores…

Es cierto, como comentan algunos de los más veteranos socios y otros de reciente incorporación, que un pasado muy vinculado al franquismo durante la Guerra Civil hace perdurar la imagen de un lugar excluyente y conservador. Pero, según testimonios bien fundados,  en los últimos sesenta años poquísimas veces se ha rechazado a alguien, y no ha sido por razones ideológicas, sino por haber venido precedido de un reconocido dudoso comportamiento social. Se habla de que uno de esos vetos fue, incluso, para un militar de alta graduación.

Una institución tan veterana está cuajada de anécdotas, de entre las que sobresale el que en 1874 se le negó la posibilidad de dar un concierto  a un joven pianista por no venir acompañado  de una persona que garantizase sus conocimientos. Aquel joven pianista se llamaba Isaac Albéniz.

La apertura que desde hace tiempo lleva haciendo el Círculo se concreta entre otras cosas, en que la cafetería y el comedor están abiertos al público. Y en la realización de actividades dirigidas a la ciudadanía y no solo a sus asociados, lo que lleva a en que en sus salones se celebren desde torneos de ajedrez  a  conferencias con los más diversos contenidos.

Sea por unas u otras razones, lo cierto es que el Círculo de Recreo está intentando rejuvenecer tanto su media de edad como que se incorporen socios vengan de la actividad profesional o laboral que sea. Eso sí, se sigue llevando como timbre de honor el que nunca se hayan conocido disputas entre socios por motivos políticos,  y así es voluntad que siga sucediendo. Un intento de neutralidad que lleva a que entre la variadísima decoración de sus paredes y estanterías no figure  imagen o signo de ninguna confesión religiosa.

 

El edificio actual,  que se debe al arquitecto  vallisoletano Emilio Baeza Eguiluz, sigue los dictados del academicismo francés. El primer local que ocuparon en 1844 fueron dos pisos arrendados en la acera de San Francisco (plaza Mayor). En 1854 compran un inmueble en la calle Olleros (actual Duque de la Victoria) esquina con Constitución. Los gastos eran muchos y los ingresos no daban para mantener el edificio en propiedad, así que lo vendieron y al nuevo propietario le arrendaron varios pisos del mismo edificio. A finales del XIX hubo que derribar el edifico por su mal estado y en 1902  se inauguró el que ahora conocemos. En 1913 los socios vuelven a hacerse con la propiedad de todo el inmueble.

 

Vestíbulo de acceso al edificio.

 

Escalera principal.

 

Salón rojo. Otro hay, contiguo, que se llama verde. Ambos nombres debido al color dominante en su decoración.

 

Varias perspectivas del interior del edificio.

 

 

Diversos detalles de su salón principal.

 

Las pinturas del edificio se encargaron a Eugenio Oliva Rodrigo, artista palentino afincado en Madrid. El asesoramiento para su elección vino de la Real Academia de Bellas Artes de Valladolid y especialmente de José Martí y Monsó.  Techo del salón,  en el que se representan Apolo y Terpsícore, la Música, el Amor y la Gloria. En total, cuarenta y siete figuras de grupos alegóricos.

 

Pared presidencial del salón, con un cuadro en el que aparecen el Conde Ansúrez y doña Eylo supervisando las obras de la catedral. En un lateral, el laureado Zorrilla.

 

 

Biblioteca principal (hay otra de menor entidad) en la que no falta detalle alguno: librerías bellamente labradas, armario de fichas, columna donde colgar los periódicos. El Casino siempre estuvo suscrito a una gran cantidad de periódicos y revistas, entre los que no faltaban algunos de lengua inglesa o francesa, muestra del espíritu cosmopolita de sus socios.

 

Sala de billar (dispone de dos mesas de juego), y detalle de algunos de sus palos o tacos personalizados.

 

Uno de los varios salones de juego con que cuenta el Círculo.

 

Restaurante y una bella escalera modernista de acceso.

 

Foto de principios del siglo XX, en que había unos cincuenta empleados entre los que no faltaban peluqueras, limpiabotas, chicos de los recados, encargado de billares, bibliotecario, camareros, limpiadoras, etc. Recuerdo de aquella especie de microcosmos de oficios es, por ejemplo, la silla de barbero que se conserva en los bajos del Casino (junto al restaurante).

 

Diversos detalles de los muchos que se pueden disfrutar en el edificio: 

 

 NOTA: además de testimonios directos, para escribir este reportaje he tenido en cuenta los libros: “El Círculo de Recreo de Valladolid (1844-2010)”, de Rafael Serrano García; “Ciento cincuenta años del Círculo de Recreo (1844-1994)”, de VV.AA.; “Guía de Arquitectura de Valladolid”, de VV.AA; y “Valladolid, recuerdos y grandezas (1902)” de Casimiro G. García Valladolid.

 

ESCALERA DE MELANCOLÍA: MUSEO DE SAN ANTOLÍN

El paulatino cierre de diversas iglesias de Tordesillas ponía en riesgo el patrimonio artístico e histórico que aquellos edificios guardaban. Se conjuró el peligro convirtiendo la iglesia de San Antolín en museo, y en él se depositaron muchas de las piezas que hasta entonces habían estado en las parroquias de la villa.

Esto ha dado como resultado el Museo de San Antolín, uno de los espacios expositivos de contenido religioso más interesantes de cuantos se pueden visitar en Valladolid: tanto por lo que se exhibe como por el edificio en sí mismo.

Documentado está que a la iglesia de San Antolín con frecuencia venía a misa la reina Juana I de Castilla (mal llamada la Loca). Lo hacía recorriendo un pasadizo que, desde el palacio donde se alojaba (ya desaparecido), comunicaba con la iglesia, construida entre el siglo XVI y XVII. Pero aquella devoción de la reina también está preñada de una leyenda: terminada la liturgia, Juana subía los cincuenta y seis  escalones de la torre del edificio para ver si por algún camino volvía su querido Felipe el Hermoso, que ya había fallecido hace tiempo. Aquellos cincuenta y seis escalones que subía la reina presa de melancolía, sin embargo sirven para ascender hasta contemplar el Duero y una de las panorámicas más extensas que se puedan disfrutar en Valladolid.  No es de extrañar, por tanto, que muchos importantes edificios de Tordesillas se hayan orientado hacia el terraza del Duero.

Vamos a cruzar la puerta del museo e iniciar una sosegada visita del mismo.

 

Vista general de la iglesia de San Antolín, con una escultura de Juana I en primer plano, realizada por el escultor zamorano Hipólito Pérez. Destaca la torre cilíndrica cuyas escaleras subiremos.

 

La capilla de los Alderete precede a la sacristía, que es de donde arranca la torre. Ascensión que dejaremos para el final de la visita. La capilla se trata de una de las piezas monumentales más importante de los que se puede ver en Tordesillas, población que, por cierto puede presumir sobradamente de patrimonio e historia. Se accede a la capilla a través de una bella reja del siglo XVI, entre gótica y renacentista. En el retablo principal, de estilo plateresco se aprecia el quehacer de  Gaspar de Tordesillas y de Juan de Juni, que hizo los relieves principales.

 

Sepulcro en alabastro de Pedro González  Alderete  fundador de este espacio funerario que ha sido valorado como uno de los más interesantes de Castilla. Falleció en Granada en 1501, fue comendador de la Orden de Santiago y  regidor de Tordesillas. El sepulcro fue labrado en 1550 en el taller de Gaspar de Tordesillas.

 

Sepulcro de Rodrigo de  Alderete, fechado en 1527,  fue juez mayor de Vizcaya. Su nicho está rematado por el escudo de los Alderete.

 

En la nave central, llamativamente decorado su techo, hay un Cristo yacente de la escuela de Gregorio Fernández. Se trata de una pieza con los brazos articulados que tanto puede ser presentada yacente, como ahora lo está, como en posición de crucificado.

 

Retablo del siglo XVII profusamente ilustrado en que hay pinturas de Felipe Gil de Mena. Este artista, muy apreciado en vida, tiene obra en numerosos templos de Valladolid y alguna pieza en el Museo de Escultura, procedente del convento de San Francisco de Medina de Rioseco.

 

La capilla de los Acevedo tiene un Calvario cuya figura principal está atribuida de Francisco del Rincón, uno de los grandes de la imaginería española. Algunos le consideran maestro de Gregorio Fernández, aunque lo más seguro es que fuera simplemente el mecenas y avalista de Fernández en la corte de Felipe III. Del Rincón fue el creador de los pasos procesionales barrocos, uno de los cuales se encuentra en el Museo de Escultura.

 

Acaso la joya del museo, si es que es posible destacar de entre todo lo que ofrece, sea una escultura de la Inmaculada. Está esculpida en madera en el siglo XVII por Pedro de Mena (escultor barroco considerado de lo mejor de la imaginería andaluza). Su perfección  alcanza tales niveles que pareciera hecha de delicada porcelana. Es una pieza de bellísimas formas y proporciones.

 

 

 

Bajo el coro, entre otras cosas se pueden encontrar varias tallas del arcángel San Miguel, de Santiago Apóstol y una cruz procesional que tiene la particularidad de tener labrado lo que parece una panorámica de Tordesillas.

Un detalle muy curioso es una puerta de hierro que se trajo de la iglesia de San Pedro, donde está enterrado Andrés Juan Gaitán, inquisidor en el Perú y que de tan controvertido oficio dejó huella incluso en la decoración (el símbolo de la Inquisición: la cruz, la espada y el olivo o la palma) de los cinco grandes cerrojos que blindan esta puerta.

 

A punto de terminar el recorrido por el museo, y ya junto a  la puerta, se ofrece al visitante una curiosa tabla policromada del siglo XVI. Se desconoce la autoría pero bien podría tratarse del  encargo de un matrimonio (que aparece al pie de la escena en actitud orante). La tabla reproduce la misa de San Gregorio acompañada un una curiosa iconografía del martirio de Jesús: la columna donde fue atado, tenazas con que fue torturado, escalera para la crucifixión, la lanza con que se atravesó su costado, los dados que los soldados utilizaron para jugarse su túnica, etc. Es una muestra de lo más típico (y curioso) de la utilización del arte para mostrar mensajes y afianzar creencias: un comic, en definitiva, diríamos ahora.

 

El museo también ofrece al visitante libros, casullas,  orfebrería y cuadros, algunos de los cuales están pintados sobre cobre.

 

En el edificio colindante con el Museo  (Casas del Tratado) se exponen varias maquetas, entre las que está la del Palacio Real que habitó Juana I entre 1509 y 1555, desde el que iba a la iglesia de San Antolín. Este palacio, de modesta construcción, fue mandado construir por Enrique III hacia 1400,  y reinando Carlos III se derribó en 1773 dado su estado de abandono.

 

NOTA: El museo está en la calle Tratado de Tordesillas. Horario: 11:30 a 13:30 y 16:30 a 18:30. La entrada cuesta dos euros y los niños entran gratis. Cierra domingos tarde y lunes.

 

PASAJE DE GUTIÉRREZ: “EL MÁS GRANDIOSO DE CUANTOS CONOCEMOS EN ESPAÑA”

Cuando en septiembre de 1886 se inauguró el Pasaje de Gutiérrez, la prensa local lo presentó como “El más grandioso de cuantos conocemos en España; más elegante y más espacioso que el magnífico con el que cuenta Zaragoza; no hay ni en Madrid ni en Barcelona, ni en Sevilla ninguno que con él pueda compararse”.

Seguramente sería una entusiasta y exagerada afirmación, pero lo cierto es que Valladolid recibió esta nueva calle con gran alegría: era una forma de incorporarse a la modernidad. Las principales ciudades españolas tenían sus galerías comerciales siguiendo la moda de las capitales europeas: París, Bruselas, Milán, Manchester, etc. Y Valladolid no se quedó a la zaga de esta nueva arquitectura urbana. Era una forma como, de nuevo según la prensa local, “desprovincializar la cultura local”.

La construcción de estos pasajes comerciales era, también, una forma de mostrar la industrialización de las poblaciones.

Pero ¿por qué el nombre de las galerías?  Eusebio Gutiérrez era  un rico hombre de negocios originario de Santander: tenía algunas industrias en Valladolid y era propietario de diversas casas y solares. Y es precisamente en una de aquellas casas, que daba a dos calles: antigua calle del Obispo y a calle Sierpes (actuales Fray Luis de León y Castelar –todavía queda una pequeña calle próxima a Castelar llamada Sierpes-), donde  Gutiérrez encargó al afamado arquitecto Jerónimo Ortíz de Urbina que hiciera una reforma del edificio.

Aprovechando la reforma de fachadas y de interior, se llevó a cabo la construcción del pasaje. Curiosamente, ningún documento se conserva en el Archivo Municipal de Valladolid que dé cuenta de la construcción de este pasaje: no hay ni planos, ni  permisos,  ni nada de nada. Esto lleva a la conclusión de que se hizo una obra saltándose la ordenanza de construcción aprovechando la licencia para reforma del edificio que se había solicitado en 1884. Da toda la impresión de que las autoridades municipales debieron hacerse los desentendidos, pues semejante obra no podía pasar desapercibida durante su ejecución.

Es el caso que la ciudad acogió aquella moderna calle con los brazos abiertos.  Y en la actualidad es una de las pocas construcciones de estas características que se conservan en España.

¿Quién era el arquitecto Jerónimo (o Gerónimo) Ortíz de Urbina?  Lo resumiremos diciendo que, junto con su hijo Antonio (que era maestro de obras), firmó muchas construcciones en las calles de Valladolid, especialmente en el centro y en la expansión burguesa de Miguel Íscar hacia la Estación del Norte. Sus obras más significadas son el desaparecido frontón de Fiesta Alegre (construido en 1894 en el solar que actualmente ocupa la Residencia Universitaria Santiago en la calle Muro) y el colegio San José (1885) en la plaza de Santa Cruz. Para algunos, el Pasaje Gutiérrez es su obra más señera. Desde 1998 está declarado Bien de Interés Cultural.

Avanzado el siglo XX el pasaje entró en decadencia, se cerraron diversos comercios y se abandonó el mantenimiento. Todo ello hasta que en 1986 los propietarios cedieron el uso del paseo al Ayuntamiento y este, a cambio, acometió la restauración del mismo siguiendo el proyecto del arquitecto Ángel Luis Fernández Muñoz.

… Pues a disfrutar un rato por el Pasaje de Gutiérrez.

 

Vistas generales del pasaje y su aspecto al anochecer con la iluminación decorativa que le instalaron en 2013.

 

El Mercurio. Se trata de un dios romano que se equipara con Hermes, de origen griego: mensajero de los dioses, encargado de llevar las almas de los fallecidos al más allá, símbolo de la abundancia y del éxito comercial. De ahí que se considere emblema del comercio. Por tanto tiene toda su justificación su colocación en el Pasaje Gutiérrez que, como sabemos, se construyó, precisamente, para albergar actividades comerciales. Esta escultura “Mercurio volador” es una copia de la realizada por  el escultor francés Juan de Bolonia (como Giambologna le conocían en Italia) en 1565 y que se conserva en el Museo del Bargello de Florencia. Al pie de la escultura figura el texto “Val D’Osné”, que delata su fabricación francesa.

 

Primer plano del  Mercurio cubierto con el petaso, sombrero que usaban los griegos y romanos para protegerse del sol y de la lluvia, especialmente en los viajes y en la caza. La escultura, sin embargo, ha perdido el caduceo, esa vara abrazada por dos serpientes, símbolo de la paz y la concordia que acompaña la figura de Mercurio. Véase, en comparación, el Mercurio que preside la entrada de la Facultad de Comercio, con su caduceo. La costumbre de representarlo con alas es porque también se le considera protector de los viajeros.

 

Esculturas, realizadas en terracota y muy deterioras,  que llevan la firma de  M. Gossin, Visseaux, París. Están puestas alrededor de Mercurio y  representan las cuatro estaciones del año, que por el orden de colocación son la Primavera (a la derecha de Mercurio) y sucesivamente siguiendo al revés de las agujas del reloj, el Verano, el Otoño y el Invierno. La del verano, hasta no hace tanto incluso portaba una hoz de hierro en su mano derecha.

 

Un detalle de gran belleza son el niño y la niña que sostienen el reloj en el balconcillo. Su fabricación lleva también la firma de M. Gossin, que demuestra el intento de traer a Valladolid el gusto que inspiraba las galerías parisinas. En este balconcillo parece que en ocasiones se celebraban  conciertos de música en los años de esplendor del pasaje.

 

La cubierta está construida con tejas de vidrio procedentes de la Real Fábrica de Cristales de la Granja, lo  que demuestra el interés en hacer una construcción cuidada en todos sus detalles.

 

Los techos del pasaje están decorados con pinturas de Salvador Seijas en las que se presentan diversas alegorías. Por orden de  las imágenes de arriba a abajo: la Agricultura, Apolo, la Primavera, el Comercio y la Industria.  Seijas (profesor de dibujo de la Escuela de Bellas Artes de Valladolid)  fue pintor muy reconocido en  Valladolid en su época y destacó por la pintura decorativa.

 

Los espejos que hay sobre las entradas de los establecimientos  se instalaron en la reciente restauración con el fin de sustituir los antiguos letreros de los numerosos comercios que estaban cerrados.

 

 

La puerta que da a la calle Fray Luis de León lleva la fecha de 1885 (cuando se inició la obra), y la de Castelar, la del año siguiente, cuando se inauguró el pasaje. Hay que fijarse, también, en las fachadas, que son completamente distintas y de una rejería muy cuidada.

 

Detalle de las puertas, decoradas; y de un capitel en el interior de uno de los locales del Pasaje.

 

Fotografía de la década de 1970 en la que se aprecian locales cerrados y la ausencia de la estatua de Mercurio. Eran años en los que se arrastraba el abandono del pasaje y la falta de comercios interesados en establecerse en el mismo (imagen tomada del Archivo Municipal de Valladolid).

 

PRINCIPALES FUENTES CONSULTADAS: Guía de Arquitectura de Valladolid, coordinada por Juan Carlos Arnuncio Pastor; El Valladolid de los Ortiz de Urbina, de Fco. Javier Domínguez Burrieza; Desarrollo urbanístico  y arquitectónico de Valladolid (1851-1936), de Mª Antonia Virgili Blanquet; Escultura pública en la ciudad de Valladolid, de José Luis Cano de Gardoqui García; y Archivo Municipal de Valladolid.

GENTES DEL VIEJO OFICIO DE ZAPATERO

La saga de zapateros Vibot se remonta hasta  casi dos siglos atrás y en Villalón de Campos hay un museo que rinde homenaje y recuerdo a este apellido. Nació en 2007 por impulso de Ana, hija de Victorino Vibot (1929-1998), último artesano de una dinastía que abrió el bisabuelo Bonifacio.

El apellido Vibot tiene un hueco y reconocimiento en el mundo del calzado, incluso en el Museo de Elda (sancta sanctorum de la fabricación de calzado) hay objetos de Julio, hermano de Victorino.

El museo evoca el mundo de un oficio de gran importancia y que tenía diversas especialidades: taconeros (o fabricantes de tacones de madera), borceguineros (algo así como fabricantes de botines), o chapineros (aquellos que fabricaban chanclos de corcho, que más tarde se fueron sustituyendo por escarpines). Pero, sobre todo, la gran división de la artesanía del calzado llegó a estar entre aquellos oficiales de zapatería de “obra prima” o zapateros “de los nuevo”, y los vulgarmente conocidos como zapateros de viejo o remendones que eran aquellos que se dedicaban a arreglar zapatos usados.

La fabricación de zapatos de manera artesanal exigía años de aprendizaje y talleres con abundante mano de obra: las empresas podían llegar a tener media docena de aprendices. Ana Vibot comenta que el taller de su padre tuvo cinco  obreros y el de su abuelo, ocho. Es el caso que ahora nadie quiere aprender a confeccionar zapatos.

Un oficio en el que en su vieja tradición practicada por los maestros se rozaba la perfección creativa, tal como relata Dionisio Arias, “Dioni”, el último oficial que hubo en el taller de Victoriano.  Ya está jubilado pero sigue enseñando el museo con la misma ilusión e interés que ponía en hacer el calzado a medida hasta pocos años.

La visita al museo hace caer en la cuenta de que el calzado, sea bota o zapato, tiene personalidad y complejidad: no son lo mismo unos zapatos bluchers que unos mocasines ingleses, ni que un zapato brogue o un full-brogue (aquel zapato blanco y negro que calzaban los viejos músicos de jazz). Pues bien, toda la variedad de estilos y formas se exponen en las vitrinas del museo.

Hasta dos largas jornadas con dedicación exclusiva se requieren para la confección de unos zapatos, nos cuenta Dioni. Una actividad que tiene su propio argot hasta el punto de que los pies no se miden en centímetros, sino en “punto francés”, que es una medida internacional en la que tres puntos equivalen a dos centímetros; o semences (palabra francesa), que son las  puntas pequeñas, cambrillones (término también de origen francés relativo a la suela y para armarla), empalmillar (coser la suela con la piel a mano), etc. etc. Como se puede observar, es notable la influencia francesa en el mundo del calzado.

 

Vista general del museo.

 

Si algo es importante para conseguir un zapato perfectamente adaptado al pie del usuario, eso es la horma. Por eso el museo exhibe una variadísima y artística colección de hormas fabricadas en madera de haya que se arman como un puzzle para conseguir ajustarse a las formas de cada pie.


Entre las curiosidades están las zapatillas de clavos de la atleta vallisoletana Maite Martínez con las que ganó la medalla de bronce en la prueba de 800 metros disputada en el Mundial de Atletismo de Osaka 2007. También hay unas zapatillas de Marta Domínguez, la atleta palentina.

 

Reproducción de un banco para fabricar o reparar calzado.

 

Es muy llamativa la variedad de maquinaria que se requiere para confeccionar unos zapatos. Una maquinaria en la que conviven los viejos potros con los “modernos” bancos de finisaje: banco para raspar, dar cera o rematar zapatos, del año 1950.

 

 Maquina manual a pedales para hacer ojales, sacabocados, etc.

 

 Bigornia, yunque o burro, de 1880 y al fondo una máquina de coser del año 1900.

 

Si variada es la maquinaria, más lo es la herramienta del maestro zapatero. Prácticamente un utensilio para cada paso que lleva a confeccionar un buen par de zapatos: leznas, punzones, busetos,  viras, sacabocados, polímetros, desbravadores de suelas, tranchetes para cortar suelas, agujas de todo tipo, cuchillas, tenazas y los más variados martillos, en fin un largo instrumental para conseguir el más mínimo detalle y que, además, esconde un variadísimo vocabulario en vías de extinción.

 

Vitrina dedicada a Pedro Lozano Pérez, otro afamado y premiado maestro artesano de Palencia que también cerró el taller.

 

Otros curiosos detalles que se pueden ver en el museo.

 

NOTAS: El museo está en la calle Rúa, 17. Es un museo privado creado al calor de los fondos de la Unión Europea gestionados por la Asociación para el Desarrollo Rural de Tierra de Campos. El horario es de 10 a 14 h. y de 17 a 20. de lunes a sábado (horario comercial de la tienda de calzado Vibot). Se puede visitar los domingos concertándolo a través del teléfono 983 74 02 13. El precio de la entrada es de 2 euros.

VALLADOLID: DE ALDEA A CIUDAD

En vida del Conde Ansúrez, Valladolid seguramente ya  comenzó a conocerse  como villa. Aquella aldea junto a las Esguevas que en el siglo XI ocupó el Conde con el encargo de fortalecer la frontera del Pisuerga, pronto vio crecer su caserío y su importancia. Mas tendrá que esperar hasta el siglo XVI para que Felipe II le conceda el título de ciudad.

A fecha de hoy, Valladolid ostenta los títulos de MUY NOBLE, MUY LEAL, HEROICA Y LAUREADA CIUDAD. Esta acumulación de atributos se ha ido cuajando a lo largo de ocho siglos. Es, por tanto, una larga historia.

La primera vez que aparece escrito el título de villa es en un privilegio firmado por Alfonso VII (en la imagen, tomada de wikipedia) en 1152.  Se trata de un documento en el que la Corona establece los términos y límites de la villa y su tierra declarando, además, los mojones que la separaban de las tierras colindantes. De la importancia de aquella villa medieval da cuenta el hecho de que el monarca la visitara con frecuencia, llegándose incluso a celebrar varios concilios en Valladolid para, entre otros asuntos, arreglar las diferencias con el reino de Portugal.

Carlos I (V de Alemania) residió frecuentemente en Valladolid. España no tenía una capital fija y allí donde estuviera la corte ese el centro de los territorios españoles. A lo largo de los siglos XV y XVI fueron muchos los años que la corte se asentó en la villa, hasta que en 1561 Felipe II escogió Madrid como sede permanente de la corte convirtiéndola de facto en la capital del Imperio.

Seguramente para compensar ese “abandono” de Valladolid, el monarca concedió a la villa donde nació el título de ciudad. Así, el 9 de enero de 1596 el monarca firma una cédula mandando que se diera el nombre de CIUDAD a Valladolid. Documento que, entre otras cosas decía: “Sabed que teniendo consideración a los muchos, buenos y leales servicios que el Concejo, justicia, regidores, cavalleros (sic), escuderos, oficiales y hombres buenos de la muy noble villa de Valladolid a hecho a los señores reyes nuestros progenitores y a mí, y a los que continuamente haze (sic), y a que yo nací en ella, y a que es calificada por las muchas particularidades y cosas insignes que tiene…” etc. etc. Y se mandó hacer el nuevo sello de la ciudad para acomodarlo al nuevo título, apareciendo, desde entonces el lema de MUY NOBLE Y MUY LEAL CIUDAD. (Fotografía tomada frente al antiguo matadero -pº Zorrilla- en la que una fecha rememora el año del nombramiento de ciudad).

¿Más, de dónde venía el timbre de Noble y Leal que aparecía junto al de Ciudad?

Para saber esto hay que retroceder dos siglos. Corría  el año de  1329, cuando Alfonso XI (nieto de María de Molina) calificó a los vecinos de la villa como “Buenos y leales” vasallos. Ese nombramiento fue fruto de una larga historia que puede quedar resumida de la siguiente manera: Alfonso XI tenía como valido a Alvar Núñez Osorio. El valido estaba sometido a numerosas conjuras promovidas por sus rivales políticos. Es el caso que los enemigos de Alvar Núñez hicieron correr el rumor de que se quería casar con la infanta Leonor de Castilla,  hermana del monarca y que residía en Valladolid. Resulta que la infanta, por indicación de su hermano,  se iba a desplazar a la frontera de Portugal por unos asuntos de estado, pero los vallisoletanos, tanto de la villa como del alfoz, creyendo que en realidad iba a ser llevada para casarla con el valido, debido a un rumor que hicieron correr sus enemigos,  sitiaron las puertas de Valladolid impidiendo la salida de Leonor. En ese episodio ardió el monasterio de las Huelgas (sabe Dios quien lo prendió). El monarca, pensando legítimamente, que los vallisoletanos se habían rebelado contra él, vino armado hacia la villa. Las gentes de Valladolid se negaron a recibir al monarca mientras estuviera acompañado de su valido. Una vez despedido este, las soliviantadas gentes de Valladolid franquearon al monarca las puertas de la villa. Aclarado todo ese embrollo, el monarca se dio cuenta de que, fuera por unas razones u otras, las gentes de Valladolid actuaron de buena fe en defensa de la Corona (la imagen está tomada de wikipedia y se trata de un cuadro del Museo del Prado).

La larguísima carta concediendo el título, señalaba el agradecimiento por los  servicios prestados por los vallisoletanos a su abuela María de Molina y a él mismo durante su niñez; califica de traidor a Alvar Núñez; reconoce la lealtad de la villa defendiendo los intereses de la corona; les exime de responsabilidad en el incendio de las Huelgas Reales; etc. En definitiva, concluye la carta  llamando “bonos e leales vassallos al Concejo de Valladolit e a todos los vecinos moradores…” (sic)

Otros muchos favores hizo el rey a la villa, entre otros, eximirla de ciertos impuestos y donarla de varias poblaciones cercanas, contribuyendo a la creación de un rico y grande alfoz de Valladolid.

Fue el rey Juan II, padre de Isabel la Católica, el que en 1422 otorgó a Valladolid el título de Muy Noble por los buenos y leales servicios de la villa a los reyes que le precedieron.  Este título se lo ganó la villa debido al gran peso que a lo largo del siglo XIV tuvo en la historia de los reinos hispánicos. Por eso, el monarca, a petición de los procuradores del reino reunidos en Ocaña, dictó: “… por quanto la mi villa de Valladolid es la mas notable villa de mis rregnos e aun de los regnos comarcanos, que me suplicavades que por la mas ennobleçer e por los muchos e buenos, e leales serviçios que los vecinos e moradores de la dicha villa fizieron a los rreyes mis anteçesores e fazen a mi cada dia (…) que la dicha villa se llamase de aquí adelante la muy noble villa de Valladolid…” (sic) De ahí que el sello de la ciudad de entonces en adelante incluyera la leyenda de NOBILISMI CONCILLI VALISOLETANI. (Fotografía del sepulcro de Juan II en la Cartuja de Miraflores, Burgos).

Isabel II, mediante Real Decreto fechado el 8 de agosto de 1854 otorgó a la ciudad el calificativo de Heroica, firmando para ello lo siguiente: “En atención al patriotismo y decisión con que la ciudad de Valladolid y su Ayuntamiento levantaron el estandarte de la libertad en la noche del 15 al 16 de julio último, contribuyendo así eficazmente al triunfo del glorioso alzamiento nacional, vengo en disponer que la ciudad de  Valladolid una el título de heroica a los de muy noble y muy leal que antes tenía, y que al Ayuntamiento de la misma se dé el tratamiento de Excelencia”.  Aquel reconocimiento fue recibido por la ciudad  “con el mayor júbilo y entusiasmo”. (Fotografía de Isabel II capturada en wikipedia).

¿Qué es lo que había ocurrido aquella gloriosa noche de julio de 1854?  Pues que la ciudad se echó a la calle para reclamar la dimisión del gobierno y exigir la recuperación de la Constitución de 1837.  En realidad aquel pronunciamiento venía precedido del malestar de las clases populares, pues  arrastraban problemas de subsistencia y se incrementaba desmesuradamente el coste de los productos más básicos. Se disparó el precio del pan en la ciudad y los alcaldes de entonces no dieron muestras de tomar medidas, hasta que estalló una revuelta  que alimentó el levantamiento  de la noche del 15 de julio. Aquel pronunciamiento  progresista, capitaneado por una Junta provincial,  encumbró a la alcaldía de Valladolid a Calixto Fernández de la Torre y situó a la ciudad a  la cabeza  de las primeras poblaciones en secundar la exigencia del cumplimiento de la Constitución y, sobre todo, de exigir a la reina Isabel II que dejara de proteger a los moderados apoyados en un sistema electoral caciquil.

El último y  controvertido título de Laureada, lo firma Francisco Franco el 17 de julio de 1939: concede a la ciudad la facultad de ostentar la Cruz Laureada de San Fernando y ordena que se grabe en los escudos del municipio. Aquel decreto comenzaba así: “La intervención de la ciudad de Valladolid en el Alzamiento nacional ha tenido singularísimo relieve (… la ciudad…) rompe con su cerco urbano dominado, invade la provincia, frena a las avanzadillas de la invasión minera y en ciega superación de españolismo parte en ayuda de los patriotas de Madrid (…y…) logra con sin igual arrojo la conquista del Alto del León (…y concluye…) Como recuerdo a las gestas heroicas de Valladolid en la Movimiento nacional y homenaje a quien desplegó decisiva aportación a él en los primeros momentos de la guerra de liberación de España, concedo a aquella ciudad la Cruz Laureada de San Fernando, que desde hoy deberá grabar en sus escudos”.

En pocas fechas el Ayuntamiento convocó un concurso para el diseño del nuevo escudo de la ciudad. Quedó desierto y tras precisas indicaciones, se encarga el dibujo a un tal Amador Hernández.

Desde entonces, Valladolid ostenta los títulos honoríficos de MUY NOBLE, MUY LEAL, HEROICA Y LAUREADA CIUDAD

 

FUENTES CONSULTADAS: “Títulos y Armas de la Ciudad de Valladolid”, de Filemón Arribas Arranz; “Valladolid durante el bienio progresista”, varios autores;  “Una historia de Valladolid” (VV.AA.) coordinado por Javier Burrieza; hemeroteca de El Norte de Castilla; y Archivo Municipal de Valladolid.