EN SEPTIEMBRE, FERIA Y FIESTAS DE VALLADOLID

La Feria de Septiembre tiene su origen en la Edad Media, aunque  el formato que más o menos conocemos ahora, ha arraigado sobre todo a lo largo del siglo XIX, donde ha adquirido notoriedad y atención municipal.

Esta Feria   ha tenido ligeras variaciones en su denominación ( a veces de Septiembre, otras de Valladolid…) hasta que en 1960 oficialmente se convirtió en Feria y fiestas de San Mateo (en 1939 también se la llamó así pero solo aquel año). Y en el año 2.000 Ferias de la Virgen de San Lorenzo.

El abanico de sus fechas ha sido muy abierto, pues no era raro que llegara hasta entrado octubre. En cualquier caso, se trataba de unas fiestas encajadas entre la finalización de las labores agrícolas del verano y el inicio de la vendimia. No en balde la fiesta estaba más pensada en atraer a forasteros de los pueblos de la provincia que en los propios habitantes de la ciudad. Y eso por una sencilla razón: se trataba de que además de que se cerraran transacciones comerciales en torno la feria del ganado y la agricultura,  los comercios incrementaran sus ventas.

La Feria de Septiembre hunde sus raíces en el privilegio para organizar feria que en  1156 el rey Alfonso VII concede al concejo vallisoletano. Aquella feria anual se concedió para ser celebrada en la fecha de Santa María (Asunción de Nuestra Señora) es decir, el 15 de agosto.

Más, con el tiempo, entrado el siglo XVIII,  se pasó a septiembre, pues su celebración en agosto impedía la presencia en la ciudad de abundante público, dado que el campesinado se hallaba en plena recolección de la mies.

Tiempo después, se celebró la feria en octubre, en torno a la festividad del Arcángel san Miguel, a la sazón patrón de la ciudad hasta que en 1746 se le cambiase por el recién ascendido a los altares San Pedro Regalado.

El problema es que la feria en torno al arcángel San Miguel se alargaba hasta octubre y aquello originaba continuas quejas de los  empresarios de la plaza de toros y los comerciantes, debido a que llegaban las lluvias y el mal tiempo. Así que el concejo en 1843  las adelantó a  fechas en torno al 21 de septiembre, día de San Mateo aunque la fiesta no se llegara a conocer con el nombre del santo.

Este factor climático volvió a surgir en 1910 cuando de nuevo los representantes empresariales pidieron que se celebraran las fiestas en torno a la Virgen de San Lorenzo, alegando un estudio de pluviometría y temperatura que abarcaba los últimos 40 años anteriores… aunque el cambio no llegó a cuajar.

Pues vayamos a ver algunas imágenes de la historia de estas ferias vallisoletanas.

 


El programa de fiestas dependía mucho del presupuesto municipal y de las aportaciones que hicieran empresas y comercios. El repaso a los programas desde que podemos conocerlos, indica que las actividades han sido tan variadas como  los gustos y las épocas, y su inventario sería casi interminable: desfile de carrozas, certámenes literarios, juegos florales, concurso de dulzainas, demostraciones ecuestres, proclamación de reinas y damas, juegos de cañas, cinematógrafos, demostraciones aerostáticas… Pero de entre toda la panoplia casi nunca han faltado las corridas de toros, los fuegos artificiales, las competiciones deportivas, exhibición bandas y música, el circo y las consabidas casetas y barracas con los más variados contenidos y productos.

Las exhibiciones más antiguas han sido las corridas de toros y juegos de cañas. De los fuegos artificiales al menos en el siglo XVI ya se tiene noticias.

Y la feria de ganado y productos agropecuarios que, en definitiva, es el origen de las fiestas septembrinas de Valladolid. (El primer cartel corresponde al año 1871)

 

Las fiestas de Valladolid no han tenido apellido santoral hasta que en 1960 pasaron a denominarse oficialmente “de San Mateo”.

Y en 2000 pasaron a “Virgen de San Lorenzo”, entre otras cosas por razones climáticas más benignas en los primeros días de septiembre, frente al chorro invernal y llovedizo que con frecuencia acontece en los últimos días del mismo mes.

 

De los populares gigantes y cabezudos que se sepa al menos ya pasearon en 1877.

Más, lo cierto es que buena parte de toda aquella actividad tenía, básicamente, como objetivo, animar a los forasteros a venir a la ciudad y que en ella gastaran sus buenos cuartos. De ahí la ocurrente colaboración entre ayuntamiento y comerciantes e industriales. Esa finalidad era tal que incluso en 1887 se subvencionaron los billetes de tren para animar a venir a la capital, habida cuenta de que el año anterior parece que la afluencia fue algo floja.

También ha sido frecuente el debate entre los munícipes sobre si colaborar o no económicamente al desarrollo de las corridas de toros, en unas ocasiones por razones presupuestarias y en otras por evitar amiguismos, toda vez que las corridas siempre han sido organizadas por particulares, aunque fuera en el coso municipal.

 

La actual Feria de Muestras enraíza en las ferias medievales del siglo XII.  Y ha conocido diversos avatares. Con un formato y otro se ha mantenido siempre hasta que se comenzó a pensar en otro formato más del tipo Feria de Muestras que ahora conocemos. En 1850 se celebró una magna Exposición Pública a la que acudieron empresas y otras entidades de muchos lugares de España. La feria del ganado siguió pero no así aquel formato de Muestras, a excepción de 1906. De nuevo se retoma en 1935 a propuesta de la Cámara de Comercio y se montan pabellones en el Campo Grande, pero sin llegar a disponer de un edifico permanente. En 1936 ya no se llevó a cabo a causa de la Guerra Civil (por cierto, tampoco fiestas: ni el  37 ni el 38). Hasta que en 1965 se inaugura en unos pabellones de obra la Feria Regional de Muestras, que ha llegado a nuestros días tras alcanzar el rango de Nacional y luego Internacional. (La última foto es de los años 70).

Cuadro de Gabriel Osmundo: Feria de Valladolid. 1880. Conservado en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid

Feria de ganado en Campo Grande, principios del s. XX.

Los escenarios han variado también muchas veces, aunque en general  intentado que fuera en lugares céntricos habida cuenta, tal como se llegó a decir en algún pleno municipal, que había que facilitar las cosas a los forasteros y hacer demostración de las bellezas y virtudes urbanísticas y monumentales de la ciudad. En general giraron en torno al Campo Grande (incluso la feria de ganado), hasta que definitivamente se desechó para evitar el deterioro de tan magnífico y apreciado jardín.

 

Así, sin entrar en fechas ni secuencia de acontecimientos, las Fiestas de Valladolid y la Feria de Ganado han conocido el citado Campo Grande, la Plaza Mayor-calle Santiago-Fuente Dorada, las Moreras, la plaza de San Nicolás, la explanada de la Academia de Caballería tras su incendio, los aledaños del viejo estadio Zorrilla, y la Rubia hasta su actual emplazamiento en Parquesol para carruseles, circos  y barracas.

La feria de ganado también conoció el Prado de la Magdalena en los años 60. (La primera imágen es de 1937 en el Campo Grande, la otra, de la Rubia en 1974).

 

Muy curiosos son los contenidos de los bandos que cada año pregonaba el Ayuntamiento para el buen desenvolvimiento de la feria. Su contenido se repite sin apenas variaciones durante muchos años, hasta que nuevas circunstancias y costumbres obligan a introducir modificaciones.

Por ejemplo el de 1870, convocando a la”Feria Anual”, entre otras cosas advertía: “Los carruajes y recuas de bestias al atravesar y circular por la población irán al paso, llevando la derecha y sin pararse en punto alguno”… “ “No se confiará caballería alguna a los menores de 15 años”…  “Las tiendas de bebidas y cafés no despacharán desde las once de la noche hasta el amanecer”… “Todo vendedor admitirá la moneda corriente de oro, plata o cobre (salvo) que esté resellada o con falta notable de peso”…

El bando del alcalde Miguel Íscar, pregonado en 1878, básicamente decía lo mismo, más abundaba en que “En la parte exterior de tablones y tiendas no se podrá colocar objeto alguno que pueda entorpecer el paso en aceras y soportales”…

En fin, otras veces se advertía de que “En las calles y sitios públicos donde puedan interrumpir el libre tránsito, no se permitirán los juegos de bolos, barra, morrillo, pelota y demás de esta especie”… “Todos los juegos prohibidos por ley serán perseguidos” (¿y el resto del año?)…. “Tendrán que retirarse andamos, escombros, materiales de construcción que permanezcan en las calles y plazas”…

También se dictaban bandos para el buen desenvolvimiento de las corridas de toros, con contenidos tales como: “Con el fin de evitar desavenencias no podrán abrirse bajo ningún pretexto paraguas ni sombrillas”… “No se entrará al tendido con palos, bastones ni otro instrumento contundente”… “Nadie arrojará a la plaza cáscaras de fruta u otros objetos que puedan perjudicar la lidia”….

 

…Y veamos otras variadas imágenes y recuerdos de la ferias vallisoletanas…

 Pregón de Concha Velasco, en primer término, sentada, Rosa Chacel. Año de 1985.

Desfile de carrozas, año de 1963.

Pregón y proclamacion de reina y damas en 1974.

 

 

 

Anuncio en El Norte de Castilla de exhibición de los primeros cinematógrafos durante las ferias. Año de 1896.Noticia del 21 de septiembre de 1975 (El Norte de Castilla).

 

Uno de los hermanos Toneti, durante una rifa benéfica en una caseta de las ferias: 1967.

 

Si el lector o lectora está interesado en conocer con mayor detalle esto que aquí se ha contado, al margen de los numerosos documentos municipales consultados, están, entre otros, los siguientes libros:

Ferias y fiestas de San Mateo, de Paz Altés Melgar y Rosa Mª Calleja Gago.

El ayuntamiento y la fiesta, de Juan Manuel Olcese Alvear.

Virgen de San Lorenzo, patrona de la ciudad, de Javier Burrieza Sánchez.

 

NOTA: Todas las fotos excepto la que indique otra cosa, están obtenidas del Archivo Municipal de Valladolid,  y los recortes de prensa del archivo digital de El Norte de Castilla.

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VALLADOLID 1866, LA CIUDAD QUE SORPRENDIÓ A ZORRILLA

Después de más de treinta años de ausencia, Zorrilla recaló en Valladolid. No conozco con precisión si eso fue en 1866 o 1867, pero para el caso es lo mismo. Veamos: José Maximino Zorrilla y Moral nació, como sobradamente se conoce, en Valladolid en 1817. Con nueve años su familia se traslada a Sevilla y Madrid. El joven José Zorrilla vuelve a Valladolid en 1835, donde  mal estudió Derecho algún  año. Y a partir de ahí comienza un largo periodo de su vida propio de una novela. Es el caso que después de casi doce años de residencia en Méjico, en 1866  regresa a España e inicia un viaje por varias ciudades, recalando en Valladolid, donde permanecerá algún tiempo.

Es decir, pasó unos  31 años fuera de su ciudad natal.

En 1867, durante la estancia del poeta en España, fusilan a su protector en  Méjico, el emperador Maximiliano, dejándole huérfano de amparo  y sobrecogido por aquella noticia. Producto de su periplo por España y de su aflicción por la muerte de Maximiliano, Zorrilla escribe un alegato  –El drama del alma– en favor del emperador asesinado que incluye diversas consideraciones sobre ciudades y tierras de España,  y el  reencuentro con su Valladolid natal.

En 1866 estamos en una ciudad que aunque mostraba ciertos signos de crisis, sin embargo había conocido unos cambios extraordinarios que el propio poeta refleja en sus versos: junto a los recuerdos de su infancia, se encuentra con una ciudad de febril actividad económica que ni se podía imaginar. Estaba ante el Valladolid moderno cuyas huellas aún son perfectamente identificables.

Sin duda, el recuerdo que Zorrilla guardaba del Valladolid de su niñez era el de una ciudad “poco más que un pueblo grande, un lozadal en invierno y un lugar polvoriento en verano, en el que viejas iglesias, conventos y palacios, a los que costaba mantenerse en pie, formaban la postal turística de la población”, tal como relata José Miguel Ortega del Río en su libro El siglo en que cambió la ciudad. Y cuando nuestro poeta, treinta años más tarde, se encuentra con una ciudad que había más que duplicado su población en treinta años: la dejó con menos de 20.000 habitantes y se la encontró con  unos  50.000.

No es de extrañar, por tanto, el asombro del vate:

Esta es Valladolid… ¡al fin la veo! / ¡Con qué placer…, como la luz primera / cuando en ella nací! ¡Dios mío!, creo / que vuelvo hoy a nacer. Espera, espera / cariñosa amistad!, solo un paseo /Por la plaza, una vuelta por la Acera, / déjame este aire respirar: deseo / beber las dulces aguas de esta fuente / de mis recuerdos y bañar mi alma / en el remanso tibio y trasparente / que hace, con ellas resbalando en calma, / del tranquilo Pisuerga la corriente. / Déjame… quiero hablar con estas piedras, / y abrazar estos árboles, y ansioso / besar estas paredes de que yedras / son mis dulces memorias, y reposo / tomar en estos bancos en que un día, / mal estudiante, a divagar venía.

(…)

Aquellas son las torres bizantinas / del buen don Per-Anzules… en  mi oído / no olvidando jamás, vibrando ha ido /  el son de sus campanas argentinas.

 ¡Qué esta es Valladolid! Fábricas nuevas / banco, teatros, fuentes, adoquines / canal, ferrocarril….; ¿y mis Esguevas? /  ¿y mis prados de ayer?…  plazas…  jardines, / ¡pero, oh noble amistad! ¿dónde me llevas? / Yo recuerdo estos curvos callejones: / conozco esos antiguos caserones… / Esta es la calle de terreno escasa / donde mis muertos padres han vivido: / y esa… ¡que existe aún! … esa es la casa / donde a mi vida inútil he nacido.

Lógico era que el poeta se sintiera incluso aturdido ante lo que estaba viendo según paseara por las calles de su ciudad natal. En poco más de 30 años el Valladolid de los 60 mostraba los enormes cambios y mejoras en todos los sentidos, incluido la creación del Banco de Valladolid (1857). Las primeras obras para soterrar los ramales de la Esgueva comenzaron en 1848. Y en el año 1854 se instalaron farolas de gas  para el alumbrado.

Más, que mejor manera de ver ese Valladolid de 1866 que dándonos un paseo por algunos de los lugares que cita Zorrilla (y algunos otros). Para ello, hasta donde se pueda, nos serviremos de fotografías y grabados de la época.

 

Plano de la ciudad en 1866. Archivo Municipal de Valladolid (AMVA).

 

La torre de la Antigua, que junto con la de la Colegiata  (¿o la de San Martín?), eran las “torres bizantinas del buen don Per-Anzules” que tanto apreciaba Zorrilla. (AMVA)

 

Las calles Torrecilla, Prado, Empecinado, etc. (en definitiva, el entorno de la casa donde nació Zorrilla) tenían casonas o palacios que la piqueta destructora de los años 60 del siglo pasado se encargó de destruir. No obstante quedan algunas fachadas y patios que permiten apreciar esos “antiguos  caserones” que Zorrilla cita como lugares de sus correrías infantiles. Por ejemplo el portón  del número 9 de la calle Empecinado: casa del licenciado Juan de Zarandona, con su patio renacentista. (Foto J. Anta)

 

Zorrilla se marchó de Valladolid conociendo un solo puente, y cuando vuelve se encuentra con el llamado puente Colgante, de Hierro o del Prado, una demostración de modernidad y del imperio del hierro en la construcción moderna. Su construcción comenzó a gestarse en 1851   y se inauguró en 1865. (Foto de Jean Laurent -AMVA-)

 

El Arco de ladrillo  se había construido en 1856, con casi 150.000 ladrillos macizos. Se levantó incluso antes de que comenzaran las obras del ferrocarril (se puede considerar, por tanto, la primera obra ferroviaria de Valladolid). Cuando en julio de 1858  la Reina Isabel II visitó la ciudad y los terrenos de la futura estación de ferrocarril, ya estaba construido el Arco de Ladrillo (que por entonces se conocía como Arco de la Estación) pero las vías aún no pasaban por debajo de él. Y, a mayor abundamiento hemos de indicar que la primera estación ferroviaria se construyó junto al Arco. En 1860  había llegado la primera locomotora a Valladolid, y en 1864 ya estaba concluida por completo la línea ferroviaria Madrid-Irún… (La foto está tomada del blog Domus Pucelae).

 

… Y el canal (de Castilla) que cita Zorrilla en sus versos. Su dársena era lo que ahora llamaríamos un polígono industrial. Se había terminado de construir en 1835 y se había constituido en el principal foco industrial de la ciudad: industrias harineras, talleres, un tejar, almacenes de grano, empresas siderometalúrgicas, empresas de hilados y tejidos… Muchos de sus edificios estaban construidos con cierto gusto: frisos, columnas y esculturas mitológicas… ventanas ojivales como una iglesia. En 1856 había sido pasto de las llamas durante los motines del pan. La empresa Fundiciones  del Canal realizó, entre otras cosas, la estatua de Cervantes de la plaza de la Universidad, y la fábrica de harinas la Perla se ha mantenido activa hasta el año 2006. (Las imágenes corresponden a un grabado del Semanario Pintoresco Español y una foto del AMVA).

 

Las aceñas del puente Mayor aún eran perfectamente reconocibles. (Foto de Jean Laurent -AMVA-).

 

La Casa Consistorial que se levantó durante la reconstrucción del centro de Valladolid tras el pavoroso incendio de 1561 todavía estaba en pie, pero se encontraba en muy mal estado, y tras varios años sin tomar decisiones acabaría derribándose en 1879, siendo Miguel Íscar alcalde de la ciudad. (Foto de Jean Laurent -AMVA-)…

 

… Y la Plaza Mayor en un día de mercado.  En la Acera de San Francisco  se había abierto el moderno café del Norte en 1861, local donde con el paso de los años se formó  una especie de club de admiradores de Zorrilla: hacían una tertulia y a alguna de ellas acudió el poeta en su postrera y última estancia en Valladolid.  El rincón de la imagen se corresponde con el actual Banco de Santander que, como se ve, el edificio se comió una calle -que ahora se llama callejón de San Francisco-.(Foto de B. Maeso -AMVA-)

 

Los teatros Lope de Vega y Calderón de la Barca, que le sorprendieron,  se habían inaugurado en diciembre de  1861 y en septiembre de 1864 respectivamente. El Corral de Comedias (que estaba en la actual plaza Martí y Monsó) que Zorrilla recordaba de su temprana juventud hacía tiempo que estaba cerrado y amenazaba ruina. Por eso la ciudad recibió con alegría la construcción de sendos nuevos teatros. En la inauguración del Lope de Vega se representó “El premio del buen hablar” (Lope de Vega); y el Calderón, con la obra “El alcalde de Zalamea”.  Precisamente en el Calderón se tributó un homenaje al poeta durante su estancia en la ciudad. (AMVA)

 

La casa que habitó Cervantes junto a la Esgueva suscitaba dudas, así que  tras diversas investigaciones sobre cual podía ser la verdadera, en 1866 se decidió colocar una placa en la fachada que ahora conocemos, declarándola Casa de Cervantes. (AMVA)

 

 La Fuente Dorada, que el poeta recordaba, cuando recaló en Valladolid estaba adornada con una escultura del dios Apolo. (Foto de Gaudín -colección  C. Sánchez-)

 

Y la Catedral, sin ninguna de sus dos torres: la única que tenía se había derrumbado en 1841 y hasta 1880 no comenzaría a con construirse la actual. (AMVA)


Antigua Academia de Caballería, de forma ochavada. (Grabado de Emilio Prieto -AMVA-)

 

 

 

PEDRO EL REGALADO, HIJO DE MARÍA DE LA COSTANILLA

El 13 de mayo es la festividad de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid. Hasta su elección en el siglo XVIII como protector de la ciudad, era San Miguel arcángel el encargado de velar por los hombres y mujeres que habitaban la antigua ciudad cortesana.

Corría el año de 1746. La ciudad, aquel año,  celebró con enorme entusiasmo la noticia del primer vallisoletano que había sido subido a los altares. La fiesta duró varios días y cuentan las crónicas que fue una auténtica locura popular. No faltó de nada: fuegos artificiales, grandes hogueras, corridas de toros,  hubo extraordinarios actos litúrgicos, impresionantes comitivas de gremios y cofradías, desfile de bandas de música,  y no faltaron bailes al son de las chirimías. La ciudad toda era una fiesta. Incluso se hizo una consulta popular para ver si la gente le quería como patrono, con una masiva respuesta afirmativa.

Pero ¿quién era ese tal Pedro? Pedro Regalado nació en Valladolid en 1390 –fecha, en cualquier caso no muy fiable-,  y falleció, ya en olor de santidad,  en La Aguilera en marzo de 1456. Sabemos ahora que venía de una familia de judíos conversos.

Su padre se llamaba Pedro  (y apellidaba Regalado) y a su madre (que quedó viuda siendo aún  joven)  María, como casi todas las mujeres entonces (y casi hasta hoy mismo), la conocían como la Regalada o, también, como María de la Costanilla (por la calle donde vivía), actual de la Platería y donde nació Pedro. A Pedro, ya clérigo, en algún documento se le anota como Pedro de la Regalada, o Pedro de la Costanilla, o Pedro de la Costanilla y Regalado, o incluso Periquillo de Valladolid… o fray Pedro de Valladolid y, una vez muerto, mucha gente lo citaba como “el Santo Regalado”.

No es mucho lo que se conoce de su vida.  Cuando contaba 13 o 14 años entra en el Convento de San Francisco, muy próximo a su casa natal. A los 22 años fue nombrado sacerdote. Estuvo al frente de los conventos franciscanos de La Aguilera (Burgos), y el Abrojo (Laguna de Duero). Conventos con reglas de observancia muy rigurosas en los que la oración, meditación y ayuno severo se sumaban a un hábito espartano y a lo sumo unas sencillas sandalias para cubrir el pie durante todo el año (hiciera la temperatura que fuese).

Su fama milagrera ya se fue labrando en vida, pues se le atribuyeron episodios de bilocación, amén del  renombrado caso de domesticación de un toro que, suelto, aterrorizaba a la población (razón por la que también se le considera patrón de los toreros); y su proverbial capacidad de atravesar el Duero utilizando su manto a modo de liviana balsa.

Apenas fallecido, se contabilizaron cerca de doscientos milagros, entre los que, además de realizar numerosas sanaciones de enfermos deshauciados, llegó a resucitar brevemente para entregar un pan a un pobre hambriento que oraba delante de su tumba.

Alcanzó tal fama  que incluso  la Reina Isabel la Católica visitó su tumba en el monasterio de la Aguilera, y mandó erigir un vistoso  sepulcro.

Pues, contado todo esto, vamos a recorrer los lugares que evocan la historia e imagen de este santo silencioso.

 

La casa natal se le atribuye en el número 1 de la calle de la Platería (antigua Costanilla). No está muy claro que este fuera el lugar exacto –habida cuenta de los dos incendios que tanto en 1461 y 1561 arrasaron la calle-, pero a tenor del apellido de su madre –Costanilla-, sí parece probado que, al menos, nació en esa calle.  Un cuadro y una placa conmemorativa en la fachada dejan constancia del nacimiento del santo.

 Iglesia del Salvador, en la plaza del mismo nombre. Cuando en 1683 se beatificó al Regalado, este comenzó a recibir culto en el templo, debido a que parece razonable que hubiera sido bautizado en él.  Edificada sobre la antigua ermita de Santa Elena, del siglo XIII, ya alcanzó la categoría de parroquia en el siglo XIV, dedicada desde un principio al Salvador.  Su fachada es plateresca, realizada por el famoso Juan Sanz de Escalante entre los años 1541 y 1559. Algún historiador de la época la calificó como de las más preciosas de España.

 

La torre, muy esbelta, presenta dos cuerpos bien distintos: uno, en piedra,  del siglo XVII, y otro –ochavado-  (del s. XVIII) en ladrillo. Rematado por un tejado de pizarra de las canteras de Bernardos (Segovia)  debido a una reconstrucción que hubo que hacerse tras su hundimiento a principios del XVIII. La torre de la Catedral de Valladolid está inspirada en esta de El Salvador.

 

Retablo mayor, del siglo XVIII, definida por el catedrático Jesús Urrea como expresión del rococó vallisoletano. En lo alto del crucero, escudo de los Almirantes de Castilla, protectores que fueron del Salvador.

 

Una de las capillas más interesantes, concluida en 1487,  es la de San Juan Bautista. Acoge un magnífico retablo (1504) de la escuela flamenca. En el suelo se pueden ver enterramientos que seguramente pertenecieran a la ermita de Santa Elena, al tratarse de la zona más antigua del templo.

 

Pila bautismal que la tradición (no demostrada) indica que en ella fue bautizado San Pedro Regalado.

 

Y capilla de San Pedro, con un retablo de  1709 atribuido a Juan de Ávila, representa la traslación del santo por unos ángeles desde el monasterio del Abrojo al de La Aguilera que, precisamente, imita el grupo escultórico que hay en este último monasterio.

 

A un costado del Salvador se erige una escultura instalada en 2004 y realizada por Miguel García Delgado, sevillano con numerosa obra pública en España.

 

El monasterio de Aniago o del Abrojo está en un paraje próximo a la finca real  que frecuentaron los Reyes Católicos, y sus descendientes Carlos V  y Felipe II. De aquel palacio campestre donde se practicaba la caza, hoy quedan las tapias amuralladas, y en su interior una urbanización de chalets.

No  fueron los franciscanos los primeros  en asentarse en aquel lugar, pues antes perteneció a diversas órdenes religiosas, hasta que en 1441 se instalaron los del císter, que serían sustituidos por los franciscanos reformados a los que pertenecía el Regalado.

Tanto el monasterio como el palacio sufrieron un incendio en 1624. No obstante el monasterio fue reconstruido y actualmente se conservan unos pocos vestigios: restos de un muro, el acceso a la bodega, un estanque (con el que  se regaba la huerta del monasterio), y una fuente (llamada de San Pedro).

 

El santuario de La Aguilera tiene su origen en el siglo XIV, acoge el sepulcro de Regalado, amén de una capilla dedicada igualmente al santo. En la imagen, panorámica del edificio y detalle del sepulcro del santo mandado construir por Isabel la Católica. Está realizado en mármol a finales del XV y atribuido a la escuela de Colonia, que por aquel entonces trabajaba en la catedral de Burgos. Ambas fotografías son de Miguel Ángel Santos.

 

… Y obligado es, al menos, dejar anotado que el desaparecido convento de San Francisco (en la Plaza Mayor), es otra referencia de la vida de san Pedro, pues, como ya se ha dicho, en aquel convento,  del que no queda resto edificado alguno, entró el santo en edad adolescente (en la imágen, placa conmemorativa frente al actual Teatro Zorrilla)

Amén del monasterio de la Aguilera y la iglesia de El Salvador, la cantidad de imágenes (cuadros o esculturas) del Regalado que hay en numerosos lugares, dan idea del alcance popular que tuvo. Así, encontraremos (sobre todo esculturas) en el Carmen de Extramuros,  San Lorenzo, Santuario Nacional, Jesús Nazareno, las Angustias y la Catedral, en Valladolid; también en los conventos de las Descalzas Reales y Corpus Christi de la capital vallisoletana;  y en iglesias de Laguna de Duero, Renedo de Esgueva, Cigales, Cabezón, Medina de Rioseco, Melgar de Fernamental, Burgo de Osma…

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

La Ciudad del Regalado. VVAA. Coordinado por Javier Burrieza. Ayuntamiento de Valladolid, 2004.

San Pedro Regalado: Teófanes Egido. Caja de Ahorros Popular, 1983

Catálogo monumental de Valladolid, de Juan José Martín González y Jesús Urrea. Institución Cultural Simancas y Diputación de Valladolid, 1985.

Iconografía de San Pedro Regalado: S. Andrés Ordax. Junta de Castilla y León, 1991.

POZOS DE NIEVE Y ABASTECIMIENTO DE HIELO

Ya está en las librerías mi libro titulado Pozos de nieve y abastecimiento de hielo en la provincia de Valladolid.  En esta entrega del blog hago un brevísimo resumen de una actividad industrial que ha dejado huella en diversos municipios vallisoletanos.

Todavía en los años 40 del siglo XX se seguía utilizando nieve o hielo natural para la fabricación de helados, la confección de bebidas refrescantes,  para bajar la fiebre,  taponar hemorragias o contener inflamaciones musculares. Me refiero a hielo recogido en las montañas o en las charcas de las ciudades, aunque ya existía el hielo artificial y estaba prohibido el uso del natural.

Es curioso como un elemento natural tan sencillo aún sigue aplicándose cotidianamente: no solo para hacer cubatas o gin-tonics, sino para relajar las contusiones, porque ¿qué es lo que se ponen en las rodillas o los tobillos los astros del baloncesto cuando se sientan a descansar en el banquillo? ¡hielo!

El hielo, del que se sabe que ya en el siglo XI a.C. se empleaba en China, ha tenido a lo largo de la historia muchísimas aplicaciones. Pero en España y Europa fue sobre todo entre los siglos XIV y XIX cuando el uso del hielo natural conoció su máximo esplendor. Incluso se escribieron numerosos tratados médicos aconsejando como debía emplearse para favorecer la salud.

El Palacio Real (lo que normalmente se conoce como Capitanía) en la plaza de San Pablo, tenía dos pozos de nieve en la cuesta del Tomillo (carretera de Renedo), y se llenaban en invierno con el hielo que se recogía en las charcas o bodones que había en el actual barrio Belén.

Muchos monasterios y conventos, como San Pablo, Nuestra Señora de Prado, San Francisco, etc. y casas señoriales disponían de sus propios pozos de hielo que utilizaban no solo para consumo propio sino para vender a la población.

Las normas de venta de hielo eran muy curiosas. Por ejemplo: había que vender preferentemente a los empadronados en la población, y solo si sobraba se permitía vender a los forasteros; y además del horario comercial, los que explotaban los pozos estaban obligados a suministrarlo a cualquier hora del día y de la noche si era para atender enfermos.

Pero este trasiego y almacenamiento de hielo no era exclusivo de la ciudad. También se llevaba a cabo en muchos municipios, algunos de los cuales todavía conservan su recuerdo en el callejero, como La Seca u Olmedo, que tienen una calle llamada Pozo de Nieve. Y sabemos que  Alaejos, Íscar, Laguna de Duero, Medina de Rioseco, Rueda, Peñafiel, Pesquera de Duero, etc., etc. también dispusieron de pozo de nieve.

NOTA:  algunas fotos están “capadas”, porque  tienen derechos de autor.

 

El famoso palacio de los Marqueses de Valverde, que está en la plaza de Fabio Nelly, conoció su esplendor entre otras cosas por el comercio del hielo. El marquesado tenía cedidas numerosos poblaciones en  la montaña palentina, y desde aquellos pueblos, especialmente de Valverde de la Sierra (que está al pie del pico Espigüete), se traía hielo en el verano a Valladolid.

 

Nava del Rey conserva uno de los pozos más interesantes de España. Este pozo, que es visitable, ya existía al menos en el siglo XVI, y se ha conservado hasta nuestros días sobre todo porque en los últimos tiempos se usó como almacenamiento de hollejo de la uva (fotos del exterior e interior del edificio). La imagen del interior es de José Manuel Rodríguez.

 

En Medina del Campo, el llamado Mirador de la Reina, en la Mota es, en realidad un viejo pozo de nieve. Imagen de sus contrafuertes y desaguadero. (Foto del exterior: José María Cabezas).

 

Callejero de Olmedo.

 

 Si visitamos  la sala capitular de la cofradía de las Angustias, veríamos un cuadro en el que está pintado un pozo de nieve (señalado por la mano de una de las personas representadas en el cuadro) que había en las huertas de Linares (barrio de la Rondilla). Fotografía de Alberto Mingueza.

 En el borde del páramo de Urueña (hermosa población), se conservan los restos de un viejo pozo nevero.

 

 

La afamada heladería Baonza, en la Plaza Mayor de Tordesillas, aún utilizó hielo natural avanzado el siglo XX para elaborar sus ricos productos.

 

JOSÉ ZORRILLA: BIBLIOTECARIO Y CRONISTA DE VALLADOLID… Y OTROS CRONISTAS

José Zorrilla fue Cronista Oficial de Valladolid. El segundo del que yo tenga noticia. Antes lo fue Matías Sangrador. De la información que dispongo parece que esta figura  ahora honorífica (y en su tiempo retribuida), no existió hasta el siglo XIX. Desde luego, rastreando la información documental publicada del XVIII parece deducirse que entonces no existían los Cronistas Oficiales. Una figura que emanó, parece, del Gobierno de la Nación, pues para poder nombrar a Zorrilla, el Ayuntamiento tuvo que acogerse a un Real Decreto de 28 de noviembre de 1851.

Pero, no nos perdamos en legalismos. Lo cierto es que en el caso de Zorrilla, el Ayuntamiento vio la oportunidad de acudir en sostén de nuestro preclaro vate que, como casi toda su vida, estaba en gran precariedad económica… Y esto nos llevaría a la imposible tarea en este artículo de relatar la vida (personal y pública) de una persona cuyas andanzas son verdaderamente 7-croplegendarias: desde su rebeldía juvenil (se fugó de la casa paterna),  pasando por sus matrimonios,   hasta su tiempo de residencia en Francia y los 12 años que vivió en Cuba y Méjico: Maximiliano le nombró director del Teatro Nacional y Lector del Emperador.

Y esto sin entrar en toda su carrera literaria cuajada de éxitos  y también de mediocridades. Pero, desde luego, alcanzó fama, enorme popularidad y mérito nacional: en 1848 (tenía 31 años de edad) fue elegido miembro de la Real Academia Española de la Lengua (aunque no tomaría posesión hasta casi cuarenta años después tras nuevo nombramiento). Y en 1889, ya al borde del final de su vida, en Granada fue coronado como Poeta Nacional en medio de unos fastos pocas veces vistos, en los que participaron la regente  infanta Isabel, el presidente del Consejo de Ministros, el presidente del Congreso, condes, marqueses y embajadores, entre otras destacadas personalidades.

El entierro de Zorrilla en Madrid, su posterior traslado a Valladolid y su recibimiento en la ciudad que lo vio nacer, han pasado a los anales de la historia por el enorme gentío que lo acompañó en cada una de estas tres ocasiones, y los reconocimientos oficiales con que le honraron. A tal fin en Valladolid se creó en su honor el Panteón de Personas Ilustres en el Cementerio del Carmen.

Más, antes de continuar adelante es necesario aclarar una cosa. Es frecuente que a tal o cual escritor se le cite como cronista de Valladolid: Pinheiro da Vega, Manuel Canesi, Ventura Pérez, Hilarión Sancho, Juan Ortega Rubio, etc. O el poco conocido Rafael Floranes, cuyos artículos sobre Valladolid están aún, injustamente,  por publicar.

Cronistas hubo de Indias y casi cada monarca (desde la Edad Media) nombraba su Cronista: legendaria es la controversia entre Bartolomé de las Casas (obispo de Chiapas) y Ginés de Sepúlveda (cronista del Emperador) sobre los derechos de los indígenas.

No, aquí me estoy refiriendo a los cronistas “oficiales” nombrados por el Ayuntamiento de Valladolid. En otras localidades de la provincia, como Medina del Campo y de Rioseco, también se nombraban cronistas. Y cronistas oficiales parece que nombró la Diputación, como es el caso de Zorrilla, que tambien lo fue de la Provincia.

La realidad es  que hay una laguna en nuestra historia local por  la ausencia de un detallado trabajo de investigación y divulgación de nuestros cronistas, aunque en alguna ocasión escuché al actual cronista, Teófanes Egido, que o estaba en ello o que recomendaba que se hiciera. Y me aferro a esta carencia  para  exculparme de las lagunas  o errores que este artículo pueda contener. Y aprovecho este capítulo de disculpas para advertir de la necesaria reducción que he tenido que hacer de la historia de cada uno de los cronistas, algunos de los cuales llenaría un libro.

Pues bien, a la espera de esa futura publicación,  propongo este somero artículo sobre los Cronistas de Valladolid. No sin antes advertir que además del tiempo que pasé rastreando bibliografía, libros  y artículos, esto que relato no hubiera sido posible sin la colaboración del Archivo Municipal de Valladolid y, especialmente, de su trabajadora Mirem Díaz Blanco.

Además de los  citados Matías Sangrador, Zorrilla y Teófanes Egido, Valladolid ha tenido como cronistas a Emilio Ferrari, Casimiro González García-Valladolid, Narciso Alonso Cortés, Francisco Mendizábal García, y Luis Calabia. Además de un cronista oficial ocasional: M. Martín Fernández (que firmaba con el seudónimo de Doctor Blas).

Vamos a ello.

 

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Matías Sangrador y Vitores (o Vítores con tilde), nació en Valladolid el 24 de febrero de 1819. Se doctoró en leyes, dio clases en la universidad pero a partir de 1846y ejerció la judicatura y recorrió diversas ciudades españolas. Entre sus obras destacan la publicación en 1851 del Tomo I de Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid y en 1854 el Tomo II y en 1859 La vida de San Pedro Regalado. Es un referente importante para la historiografía vallisoletana. Murió en Valladolid el 29 de abril de 1869.  

Cronista nombrado el 21 de julio de 1862.

La primera imagen está tomada del blog Vallisoletum, y la segunda de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

 
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6-domus-pucelae975-3-entierro-de-zorrilla-foto-viuda-e-hijos-de-fdez-ilustracion-espanola-y-americana-8-10-1895José Zorrilla y Moral nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817 y falleció en Madrid el 23 de enero de 1893. Cultivó todos los géneros literarios. En su vida y obra no nos detenemos, pues algo ya hemos contando antes,  pero sí en una anécdota. En su momento (1882)  el nombramiento de cronista llevaba aparejada una buena retribución anual  y, además,  el Gobierno le estaba tramitando, también, una pensión. Es el caso que al año siguiente  de saberse esta noticia recibió carta de un supuesto sobrino en la que tras felicitarle por su nombramiento como cronista, le pedía alguna recomendación para conseguir algún empleo. El poeta le contestó que no tenía sobrinos, pero que no le volvería la espalda y le ayudaría, más “… ten presente (…le contesta…)  que he vivido y vivo de mi trabajo, por conservar mi independencia salvaje, por no adular a nadie, ni servir a ningún gobernante (…) y no he tenido más parientes que cuarenta y seis años de trabajo…”. 

Zorrilla fue nombrado cronista el 2 de junio de 1882 que, según el acuerdo, municipal, era una forma de reconocer a un hijo esclarecido de la ciudad y de esa manera asegurar su porvenir. En el acta aparece una asignación anual de 4.500 pesetas para los gastos de desempeño del cargo.

Imágenes: calle Fray Luis de Granda -Casa Zorrilla- (bajorelieve de 1895 esculpido por Dionisio Pastor); y fotos tomadas del blog Domus Pucelae: recibimiento de los restos de Zorrilla en la acera de Recoletos y traslado por la calle Angustias

 
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Emilio Pérez Ferrari: Valladolid 24 de febrero de 1850- Madrid 1 de noviembre de 1907. Poeta y periodista se doctoró en Derecho y Filosofía y Letras. Formó parte del cuerpo de archiveros e ingresó en la Real Academia de la Lengua en 1905. 

Fue  nombrado cronista el 8 de octubre de 1891.

El retrato está tomado de La Ilustración Española y su casa natal está en  calle Ferrari, 1 (la lápida es 1911 y hecha por Aurelio Rodriguez Vicente Carretero).


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Casimiro González García-Valladolid  (1855-1928). Licenciado en Derecho, funda en 1895 el Diario de Valladolid, que apenas duró cuatro meses. Fue director de la Crónica Mercantil que jutno con El Norte de Castilla era el periódico más influyente en la ciudad. Fue presidente del la Comisión de Monumentos y de la Academia de la Historia. 

Nombrado cronista por acuerdo de 1 de marzo de 1902.

Imagen cogida de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

 


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Narciso Alonso Cortés: Valladolid 11.03.1875- 19.05.1972. Poeta, investigador e historiador de la literatura. Especialista en Zorrilla, fue el primer director de la Casa de Cervantes. Presidio la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción y Académico de la Lengua desde 1952. Entre las curiosidades de su prolongada vida, destaca su afición al ciclismo en su juventud, modalidad en la que llegó a competir en pruebas oficiales. Antonio Machado le dedicó una poema: “A Narciso Alonso Cortés, poeta de Castilla”..

Nombrado cronista el 12 de julio de 1912.

Fotografía del Archivo Municipal de Valladolid y casa de la calle Felipe II.

 
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Francisco Mendizábal Garcia (1885-1976). Archivero de formación, desarrolló su vida profesional en la Real Chancillería de Valladolid, de la que llegó a ser directora partir de 1941. También ejerció de profesor de historia  en la Universidad. Fue nombrado miembro del la Real Academia de la Lengua, y además de sus artículos periodísticos  y otros escritos, alcanzó fama por su encendido verbo en programas radiofónicos.  Como curiosidad cabe relatar que la famosa radio de resistencia antifranquista Radio París, le hizo una entrevista en aquella ciudad con motivo de una exposición de fotografías de Semana Santa en la capital francesa. en 1960.

No puedo precisar la fecha de su nombramiento como cronista, que debió ser entre 1928 y 1929.

Ambas fotos son del Archivo Municipal de Valladolid (la primera es del fotógrafo Garay).

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Luis Calabia Ibáñez (1904-1989). Periodista, fue un verdadero maestro de la profesión, en la que cultivó todos los géneros: crónica municipal, cultura, arte, deportes. Fue redactor jefe de El diario Regional y fue corresponsal del Marca. Académico de Bellas Artes de la Purísima Concepción. Aunque se le conoce por su faceta periodística, en realidad era  funcionario de la Confederación Hidrográfica del Duero.

Su elección como Cronista se produjo el 31 de mayo de 1978.

Foto del Archivo Municipal.

 

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Teófanes Egido López (Gajates, Salamanca, 1936). Benedictino, estudió en la Universidad de Valladolid, a la que estuvo ligado hasta su jubilación en 2001 como catedrático de Historia Moderna. Destacado especialista en el siglo XVIII, ha hecho notables incursiones en otras centurias. Tiene una extensa producción entre libros y artículos. 

Fue elegido cronista por acuerdo municipal de 2 de octubre de 2001 y vino a sustituir la vacante de Luis Calabia, que había fallecido 22 años antes.

Foto obtenida de Salamanca al Día.

… Y, veamos el caso de un curioso cronista circunstancial:

 
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Mariano Martín Fernández (Valladolid 1866-1940). Fue abogado y ejerció la política como diputado y senador. Fue periodista  y corresponsal en diversos diarios locales y nacionales, como El Norte de Castilla o La Prensa de Buenos Aires. Fundador de la Asociación de la Prensa en Madrid. Firmaba algunos artículos como El Doctor Blas o El Bachiller Franqueza. 

Por lo que él mismo dice, parece que el Ayuntamiento de Valladolid lo  nombró  cronista especial para asistir y escribir sobre la Coronación de Zorrilla como Poeta Nacional.

La primera foto es de la Biblioteca Digital de Castilla y León; la segunda está tomada en su casa natal y es un detalle conmemorativo de su nombramiento en Granada como poeta nacional.

 

Más, no para aquí la relación de cronistas, pues el Ayuntamiento ha añadido otro: José Miguel Ortega, en calidad de Cronista Deportivo Oficial  de Valladolid. Algo que refleja el peso que ha adquirido el deporte en la sociedad.

 

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tribuna-de-valladolid-alberto-mingueza-cropNació José Miguel Ortega Bariego el 17 de marzo de 1943. De profesión periodista, ha trabajado para medios como El País, El Norte de Castilla, El Mundo de Valladolid, TVE, Marca y Radio Nacional Española. Aunque su actividad y publicaciones están muy centradas en el deporte, sin embargo  también ha escrito diversos libros sobre la historia de Valladolid: “Historia de 100 tabernas de Valladolid”, etc.  Además ostenta la Insignia de Oro del Real Valladolid. Sostiene el cronista que acaso el primer lugar de España donde se practicó el balompié fue en Valladolid, a tenor de algunos legajos que leyó en el Archivo Municipal, y cosa muy probable teniendo en cuenta la antigua presencia en nuestra ciudad de ingleses y escoceses, gente de la Gran Bretaña, patria del football.

Fue elegido Cronista Deportivo Oficial de Valladolid en el pleno municipal del 1 de junio de 2013.

La primera foto corresponde al homenaje que le tributó el Real Valladolid (está tomada de la página oficial del Real Valladolid SAD); y la segunda imagen corresponde a la presentación de uno de sus libros (la foto está tomada del periódico digital Tribuna de Valladolid y ha sido realizada por Alberto Mingueza).

 

LA MINERÍA DEL YESO

El yeso ha sido  un material que con intensidad se ha extraído de la tierra para atender necesidades del ser humano. Las laderas de los cerros y páramos vallisoletanos son especialmente ricas en yeso  y a poco que nos fijemos cuando paseamos por sus inmediaciones podremos ver “heridas” blanquecinas que señalan la existencia de una vieja mina de yeso.

Hay, en Valladolid, unas cuantas localidades en las que la minería del yeso ha tenido su importancia, bien para el consumo endógeno de sus habitantes como para la venta a otras comarcas y empresas de construcción. Podemos citar, entre otras, a Tudela de Duero, Quintanilla de Arriba, Alcazarén, Iscar, Camporredondo, Cabezón de Pisuerga, Piña de Esgueva, Villavaquerín y Portillo.

Mediado el siglo XIX se sabe que en Alcazarén había producción de yeso que daba trabajo a 100 vecinos.  Cerca de 40 en Iscar. Y en Portillo hubo actividad  relacionada con el  yeso hasta los años 60 del siglo XX, en la que se empleaban unas cuantas familias.

El yeso y la cal se han utilizado en acabados interiores, blanqueo de paredes, sellado de juntas en muros, aislante térmico, fabricación de tabiques y escayolas. Pero también para la noble modelación de piezas de escultura… y para fabricar las modestas tizas con las que garabatear en la pizarra.

Hasta que ya casi al final de la producción de yeso natural se metieron máquinas excavadoras para horadar las galerías yesíferas, lo normal es que la extracción se hiciera a pico y pala para cargar los carros tirados por mulas.

Desde luego sería muy interesante que de alguna manera se recogiera el testimonio de aquella actividad minera tan característica de Valladolid: herramienta, maquinaria, documentos, fotografías…, y se conservara el curioso paisaje que labró la extracción de yeso.

A continuación veremos unas cuantas fotografías en las que se aprecia el  interior de varias minas de yeso, la mayoría de Portillo, y también de Tudela de Duero (la que está entibada mediante columnas de ladrillo). Algunas de estas minas, una vez cesada la actividad se utilizaron (más o menos) de bodega, y en otras se hizo popular la crianza de champiñones en pacas de paja. Veremos, también, un horno para cocer  yeso en el paraje conocido como Barco García (Portillo).

 

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HOMENAJE A LOS FOTÓGRAFOS: LOS FILADELFO COMO EJEMPLO

Valladolid ya en  los albores de la fotografía tuvo excelentes fotógrafos, aficionados o profesionales, que dejaron para la posteridad numerosos testimonios de ambientes, acontecimientos, personajes y monumentos. Gracias a ellos conocemos mucho mejor la historia del último siglo y medio de  nuestra ciudad, porque no solo está en legajos, libros y periódicos, sino también en imágenes.

Desde el principio, el objetivo de aquellas rudimentarias cámaras captó todos los asuntos de la vida vallisoletana: desde los más cotidianos hasta los más pomposos.  Bodas, entierros, procesiones, manifestaciones, desfiles, ferias, deportes, accidentes, inauguraciones, visitas reales, edificios… todo, absolutamente todo ha  pasado (y posado) delante del ojo atento y curioso del fotógrafo.

Las imágenes que nos han legado Clifford, Gilardi, Carvajal o Laurent son sinónimo de testimonios históricos impagables.

Pero no solo aquellos más afamados han rendido un impagable servicio a la historia, pues ahí están también los Cacho o los Filadelfo (tanto en sus colaboraciones en prensa como en sus estudios)… O  Bariego, o  Garay… y los Muñoz, unos “minuteros” (pues entregaban las fotos en escasos munitos), antecesores de una puñado de fotógrafos que, ya  entrado el siglo XX, se apostaban cada domingo y festivo en la plaza Zorrilla para retratar a cuantos paseantes quisieran tener o regalar  un retrato: novios, soldados, estudiantes, familias enteras…

Creo que  aún está por llegar un adecuado reconocimiento a aquellas generaciones de fotógrafos que nos han permitido conocer con gran detalle la historia reciente de Valladolid. Porque en general solemos detenernos en las fotografías más antiguas de la ciudad (que llevan la firma de los más afamados),  acaso sin darnos de que un buen número de profesionales, con sus modestas pretensiones –que casi siempre son el cómo ganarse la vida, que ya es mucho-, sin embargo han dejado un reguero de imágenes imprescindibles para conocer la vida cotidiana que, en definitiva, es la que más nos atañe.

En cualquier caso, resumir la historia de la fotografía de Valladolid en cuatro párrafos sería tan pretencioso como harto imposible. Al lector más interesado le remito al interesantísimo  libro de Ricardo González Luces de un siglo. Valladolid en la fotografía del siglo XIX, editado en 2001 por El Norte de Castilla y Caja Duero (Lovader Ediciones). En él, al menos, se relata el inicio de la fotografía. A falta de que alguna vez se aborde el siglo XX.

Por eso,  esta entrega de “Valladolid, la mirada curiosa”, quiere rendir homenaje a aquellos fotógrafos, y para ello lo hago mediante una selección de  fotografías de los Filadelfo González (padre e hijo) que he obtenido básicamente en el Archivo Municipal de Valladolid.

Filadelfo padre, nacido en 1885,  comenzó a ejercer en 1915, igual que el primer Cacho (Patricio). Padre e hijo trabajaron  en su estudio, en la calle y para diversos periódicos locales, por lo que nos han dejado el relato en imágenes de  casi un siglo del Valladolid cotidiano.

Todas las fotografías, salvo las que  indiquen otra cosa, están obtenidas del Archivo Municipal de Valladolid (AMVA).

 

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Año de 1936, en plena Guerra Civil. Valladolid: Hospital de  Sangre de Renovación Española (reproducida de Todocolección)

 

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Panorámica desde la torre de la Catedral, año 1947 . La torre que destaca es la de la iglesia del Salvador

 

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Plaza Zorrilla años 50 línea 1 de autobuses urbanos. Entonces el transporte urbano lo gestionaba la empresa Carrión, hasta que en 1979 se inicia el proceso de municipalización que desembocó en la creación de AUVASA en 1982

 

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Arbolada Plaza Mayor años 50: el yugo y las flechas presidía la fachada del Ayuntamiento, y las columnas servían de soporte para anuncios de los cines de la ciudad

 

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Década de los 50: plaza de la Rinconada: línea correos- canal de Castilla

 

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El mercado del Campillo, en la foto, se desmontó en 1957 

 

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Años 60 procesión de Domingo de Ramos en la calle de Platerías 

 

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El bus urbano entra en la calle María de Molina (años 60) viniendo desde plaza Santa Ana: coches aparcados frente a la fachada del Hotel Inglaterra. Inaugurado en 1886, tras la Guerra Civil cambió su nombre por Hotel de los Italianos, más del agrado de la ideología dominante en aquella época

 

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Calle Duque de la Victoria, década de los 60

 

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Trabajos en su silo… camiones, tractores, caballerías… El régimen emanado de la Guerra Civil fue muy obsesivo en asegurar  suministro de cereal

 

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Locomotora saliendo de la estación de San Bartolomé en dirección a Medina de Rioseco. El tren burra dejó de circular en 1956

 

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Charlton Heston (o su doble) cabalgando en Torrelobatón cuando en 1961 se rodaron en aquel municipio escenas de la afamada película de El Cid

 

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Paseo de San Isidro, al fondo está la plaza Circular cuando aún no se había construido el paso subterráneo, que se inauguró en 1959

 

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Derribo de la iglesia de San Ildefonso, a primero de los años 70…

… y, a continuación algunos alcaldes y autoridades de Valladolid retratados por la cámara de los Filadelfo

 

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Corría el año 1928. Entre otros, y sentados de izquierda a derecha: arzobispo Gandásegui, el infante Juan Manuel (segundo hijo de Alfonso XIII)… y el último de la derecha, el alcalde Arturo Illera Serrano 

 

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Luis Funoll y Mauro, alcalde que en 1939 inauguró la rehabilitación de la fuente el Sol (la efeméride está grabada en el muro de la fuente)

 

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Santiago López González, foto de 1963. Fotografía tomada en su domicilio  el día de Reyes. Fue alcalde entre 1961 y 1965

 

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Antolín de Santiago y Juárez (segundo por la derecha), en los años 60,  junto a Teresa Iñigo de Toro, que entre otras actividades fue famosa periodista radiofónica. Antolín de Santiago ejerció de alcalde entre 1971 y 1974

 

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Tomás Rodríguez Bolaños (tercero por la derecha) fue alcalde de la ciudad entre 1979 y 1995 ( a su derecha el teniente de alcalde Manuel González)…

 

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thumbnail_wp_20170106_12_19_56_pro-crop

…. y no  dejamos pasar la oportunidad de rendir homenaje a los Muñoz, minuteros del Campo Grande: Marcelino Muñoz (de la colección Joaquín Díaz); y escultura  de Eduardo Cuadrado sita en el Campo Grande en recuerdo de los Muñoz