PASAJE DE GUTIÉRREZ: “EL MÁS GRANDIOSO DE CUANTOS CONOCEMOS EN ESPAÑA”

Cuando en septiembre de 1886 se inauguró el Pasaje de Gutiérrez, la prensa local lo presentó como “El más grandioso de cuantos conocemos en España; más elegante y más espacioso que el magnífico con el que cuenta Zaragoza; no hay ni en Madrid ni el Barcelona, ni en Sevilla ninguno que con él pueda compararse”.

Seguramente sería una entusiasta y exagerada afirmación, pero lo cierto es que Valladolid recibió esta nueva calle con gran alegría: era una forma de incorporarse a la modernidad. Las principales ciudades españolas tenían sus galerías comerciales siguiendo la moda de las capitales europeas: París, Bruselas, Milán, Manchester, etc. Y Valladolid no se quedó a la zaga de esta nueva arquitectura urbana. Era una forma como, de nuevo según la prensa local, “desprovincializar la cultura local”.

La construcción de estos pasajes comerciales era, también, una forma de mostrar la industrialización de las poblaciones.

Pero ¿por qué el nombre de las galerías?  Eusebio Gutiérrez era  un rico hombre de negocios originario de Santander: tenía algunas industrias en Valladolid y era propietario de diversas casas y solares. Y es precisamente en una de aquellas casas, que daba a dos calles: antigua calle del Obispo y a calle Sierpes (actuales Fray Luis de León y Castelar –todavía queda una pequeña calle próxima a Castelar llamada Sierpes-), donde el Gutiérrez encargó al afamado arquitecto Jerónimo Ortíz de Urbina que haga una reforma del edificio.

Y aprovechando la reforma de fachadas y de interior, se llevó a cabo la construcción del pasaje. Curiosamente, ningún documento se conserva en el Archivo Municipal de Valladolid que dé cuenta de la construcción de este pasaje: no hay ni planos, ni  permisos  ni nada de nada. Esto lleva a la conclusión de que se hizo una obra saltándose la ordenanza de construcción aprovechando la licencia para reforma del edificio que se había solicitado en 1884. Da toda la impresión de que las autoridades municipales debieron hacerse los desentendidos, pues semejante obra no podía pasar desapercibida durante su ejecución.

Es el caso que la ciudad acogió aquella moderna calle con los brazos abiertos.  Y, en la actualidad, es una de las pocas construcciones de estas características que se conservan en España.

¿Quién era el arquitecto Jerónimo (o Gerónimo) Ortíz de Urbina?  Lo resumiremos diciendo que, junto con su hijo Antonio (que no llegó a arquitecto, sino que era maestro de obras), firmó muchas construcciones en las calles de Valladolid, especialmente en el centro y en la expansión burguesa de Miguel Íscar hacia la Estación del Norte. Sus obras más señeras son el desaparecido frontón de Fiesta Alegre (construido en 1894 en el solar que actualmente ocupa la Residencia Universitaria Santiago en la calle Muro) y el colegio San José (1885) en la plaza de Santa Cruz. Para algunos, el Pasaje Gutiérrez es su obra más señera. Desde 1998 está declarado Bien de Interés Cultural.

Avanzado el siglo XX el pasaje entró en decadencia, se cerraron diversos comercios y se abandonó el mantenimiento. Todo ello hasta que en 1986 los propietarios cedieron el uso del paseo al Ayuntamiento y este, a cambio, acometió la restauración del mismo siguiendo el proyecto del arquitecto Ángel Luis Fernández Muñoz.

… Pues a disfrutar un rato por el Pasaje de Gutiérrez.

 

Vistas generales del pasaje y su aspecto al anochecer con la iluminación decorativa que le instalaron en 2013.

 

El Mercurio. Se trata de un dios romano que se equipara con Hermes, de origen griego: mensajero de los dioses, encargado de llevar las almas de los fallecidos al más allá, símbolo de la abundancia y del éxito comercial. De ahí que se considere emblema del comercio. Por tanto tiene toda su justificación su colocación en el Pasaje Gutiérrez que, como sabemos, se construyó, precisamente, para albergar actividades comerciales. Esta escultura “Mercurio volador” es una copia de la realizada por  el escultor francés Juan de Bolonia (como Giambologna le conocían en Italia) en 1565 y que se conserva en el Museo del Bargello de Florencia. Al pie de la escultura figura el texto “Val D’Osné”, que delata su fabricación francesa.

 

Primer plano del  Mercurio cubierto con el petaso, sombrero que usaban los griegos y romanos para protegerse del sol y de la lluvia, especialmente en los viajes y en la caza. La escultura, sin embargo, ha perdido el caduceo, esa vara abrazada por dos serpientes, símbolo de la paz y la concordia que acompaña la figura de Mercurio. Véase, en comparación, el Mercurio que preside la entrada de la Facultad de Comercio, con su caduceo. La costumbre de representarlo con alas es porque también se le considera protector de los viajeros.

 

Esculturas, realizadas en terracota y muy deterioras,  que llevan la firma de  M. Gossin, Visseaux, París. Están puestas alrededor de Mercurio y  representan las cuatro estaciones del año, que por el orden de colocación son la Primavera (a la derecha de Mercurio) y sucesivamente siguiendo al revés de las agujas del reloj, el Verano, el Otoño y el Invierno. La del verano, hasta no hace tanto incluso portaba una hoz de hierro en su mano derecha.

 

Un detalle de gran belleza son el niño y la niña que sostienen el reloj en el balconcillo. Su fabricación lleva también la firma de M. Gossin, que demuestra el intento de traer a Valladolid el gusto que inspiraba las galerías parisinas. En este balconcillo parece que en ocasiones se celebran algunos conciertos de música en los años de esplendor del pasaje.

 

La cubierta está construida con tejas de vidrio procedentes de la Real Fábrica de Cristales de la Granja, lo  que demuestra el interés en hacer una construcción cuidada en todos sus detalles.

 

Los techos del pasaje están decorados con pinturas de Salvador Seijas en las que se presentan diversas alegorías. Por orden de  las imágenes de arriba a abajo: la Agricultura, Apolo, la Primavera, el Comercio y la Industria.  Seijas (profesor de dibujo de la Escuela de Bellas Artes de Valladolid)  fue pintor muy reconocido en  Valladolid en su época y destacó por la pintura decorativa.

 

Los espejos que hay sobre las entradas de los establecimientos  se instalaron en la reciente restauración con el fin de sustituir los antiguos letreros de los numerosos comercios que estaban cerrados.

 

 

Las fechas de la puerta que da a la calle Fray Luis de León lleva la fecha de 1885 (cuando se inició la obra), y la de Castelar, la del año siguiente, cuando se inauguró el pasaje. Hay que fijarse, también, en las fachadas, que son completamente distintas y de una rejería muy cuidada.

 

Detalle de las puertas, decoradas; y de un capitel en el interior de uno de los locales del Pasaje.

 

Fotografía de la década de 1970 en la que se aprecian locales cerrados y la ausencia de la estatua de Mercurio. Eran años en los que se arrastraba el abandono del pasaje y la falta de comercios interesados en establecerse en el mismo (imagen tomada del Archivo Municipal de Valladolid).

 

PRINCIPALES FUENTES CONSULTADAS: Guía de Arquitectura de Valladolid, coordinada por Juan Carlos Arnuncio Pastor; El Valladolid de los Ortiz de Urbina, de Fco. Javier Domínguez Burrieza; Desarrollo urbanístico  y arquitectónico de Valladolid (1851-1936), de Mª Antonia Virgili Blanquet; Escultura pública en la ciudad de Valladolid, de José Luis Cano de Gardoqui García; y Archivo Municipal de Valladolid.

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GENTES DEL VIEJO OFICIO DE ZAPATERO

La saga de zapateros Vibot se remonta hasta  casi dos siglos atrás y en Villalón de Campos hay un museo que rinde homenaje y recuerdo a este apellido. Nació en 2007 por impulso de Ana, hija de Victorino Vibot (1929-1998), último artesano de una dinastía que abrió el bisabuelo Bonifacio.

El apellido Vibot tiene un hueco y reconocimiento en el mundo del calzado, incluso en el Museo de Elda (sancta sanctorum de la fabricación de calzado) hay objetos de Julio, hermano de Victorino.

El museo evoca el mundo de un oficio de gran importancia y que tenía diversas especialidades: taconeros (o fabricantes de tacones de madera), borceguineros (algo así como fabricantes de botines), o chapineros (aquellos que fabricaban chanclos de corcho, que más tarde se fueron sustituyendo por escarpines). Pero, sobre todo, la gran división de la artesanía del calzado llegó a estar entre aquellos oficiales de zapatería de “obra prima” o zapateros “de los nuevo”, y los vulgarmente conocidos como zapateros de viejo o remendones que eran aquellos que se dedicaban a arreglar zapatos usados.

La fabricación de zapatos de manera artesanal exigía años de aprendizaje y talleres con abundante mano de obra: las empresas podían llegar a tener media docena de aprendices. Ana Vibot comenta que el taller de su padre tuvo cinco  obreros y el de su abuelo, ocho. Es el caso que ahora nadie quiere aprender a confeccionar zapatos.

Un oficio en el que en su vieja tradición practicada por los maestros se rozaba la perfección creativa, tal como relata Dionisio Arias, “Dioni”, el último oficial que hubo en el taller de Victoriano.  Ya está jubilado pero sigue enseñando el museo con la misma ilusión e interés que ponía en hacer el calzado a medida hasta pocos años.

La visita al museo hace caer en la cuenta de que el calzado, sea bota o zapato, tiene personalidad y complejidad: no son lo mismo unos zapatos bluchers que unos mocasines ingleses, ni que un zapato brogue o un full-brogue (aquel zapato blanco y negro que calzaban los viejos músicos de jazz). Pues bien, toda la variedad de estilos y formas se exponen en las vitrinas del museo.

Hasta dos largas jornadas con dedicación exclusiva se requieren para la confección de unos zapatos, nos cuenta Dioni. Una actividad que tiene su propio argot hasta el punto de que los pies no se miden en centímetros, sino en “punto francés”, que es una medida internacional en la que tres puntos equivalen a dos centímetros; o semences (palabra francesa), que son las  puntas pequeñas, cambrillones (término también de origen francés relativo a la suela y para armarla), empalmillar (coser la suela con la piel a mano), etc. etc. Como se puede observar, es notable la influencia francesa en el mundo del calzado.

 

Vista general del museo.

 

Si algo es importante para conseguir un zapato perfectamente adaptado al pie del usuario, eso es la horma. Por eso el museo exhibe una variadísima y artística colección de hormas fabricadas en madera de haya que se arman como un puzzle para conseguir ajustarse a las formas de cada pie.


Entre las curiosidades están las zapatillas de clavos de la atleta vallisoletana Maite Martínez con las que ganó la medalla de bronce en la prueba de 800 metros disputada en el Mundial de Atletismo de Osaka 2007. También hay unas zapatillas de Marta Domínguez, la atleta palentina.

 

Reproducción de un banco para fabricar o reparar calzado.

 

Es muy llamativa la variedad de maquinaria que se requiere para confeccionar unos zapatos. Una maquinaria en la que conviven los viejos potros con los “modernos” bancos de finisaje: banco para raspar, dar cera o rematar zapatos, del año 1950.

 

 Maquina manual a pedales para hacer ojales, sacabocados, etc.

 

 Bigornia, yunque o burro, de 1880 y al fondo una máquina de coser del año 1900.

 

Si variada es la maquinaria, más lo es la herramienta del maestro zapatero. Prácticamente un utensilio para cada paso que lleva a confeccionar un buen par de zapatos: leznas, punzones, busetos,  viras, sacabocados, polímetros, desbravadores de suelas, tranchetes para cortar suelas, agujas de todo tipo, cuchillas, tenazas y los más variados martillos, en fin un largo instrumental para conseguir el más mínimo detalle y que, además, esconde un variadísimo vocabulario en vías de extinción.

 

Vitrina dedicada a Pedro Lozano Pérez, otro afamado y premiado maestro artesano de Palencia que también cerró el taller.

 

Otros curiosos detalles que se pueden ver en el museo.

 

NOTAS: El museo está en la calle Rúa, 17. Es un museo privado creado al calor de los fondos de la Unión Europea gestionados por la Asociación para el Desarrollo Rural de Tierra de Campos. El horario es de 10 a 14 h. y de 17 a 20. de lunes a sábado (horario comercial de la tienda de calzado Vibot). Se puede visitar los domingos concertándolo a través del teléfono 983 74 02 13. El precio de la entrada es de 2 euros.

VALLADOLID: DE ALDEA A CIUDAD

En vida del Conde Ansúrez, Valladolid seguramente ya  comenzó a conocerse  como villa. Aquella aldea junto a las Esguevas que en el siglo XI ocupó el Conde con el encargo de fortalecer la frontera del Pisuerga, pronto vio crecer su caserío y su importancia. Mas tendrá que esperar hasta el siglo XVI para que Felipe II le conceda el título de ciudad.

A fecha de hoy, Valladolid ostenta los títulos de MUY NOBLE, MUY LEAL, HEROICA Y LAUREADA CIUDAD. Esta acumulación de atributos se ha ido cuajando a lo largo de ocho siglos. Es, por tanto, una larga historia.

La primera vez que aparece escrito el título de villa es en un privilegio firmado por Alfonso VII (en la imagen, tomada de wikipedia) en 1152.  Se trata de un documento en el que la Corona establece los términos y límites de la villa y su tierra declarando, además, los mojones que la separaban de las tierras colindantes. De la importancia de aquella villa medieval da cuenta el hecho de que el monarca la visitara con frecuencia, llegándose incluso a celebrar varios concilios en Valladolid para, entre otros asuntos, arreglar las diferencias con el reino de Portugal.

Carlos I (V de Alemania) residió frecuentemente en Valladolid. España no tenía una capital fija y allí donde estuviera la corte ese el centro de los territorios españoles. A lo largo de los siglos XV y XVI fueron muchos los años que la corte se asentó en la villa, hasta que en 1561 Felipe II escogió Madrid como sede permanente de la corte convirtiéndola de facto en la capital del Imperio.

Seguramente para compensar ese “abandono” de Valladolid, el monarca concedió a la villa donde nació el título de ciudad. Así, el 9 de enero de 1596 el monarca firma una cédula mandando que se diera el nombre de CIUDAD a Valladolid. Documento que, entre otras cosas decía: “Sabed que teniendo consideración a los muchos, buenos y leales servicios que el Concejo, justicia, regidores, cavalleros (sic), escuderos, oficiales y hombres buenos de la muy noble villa de Valladolid a hecho a los señores reyes nuestros progenitores y a mí, y a los que continuamente haze (sic), y a que yo nací en ella, y a que es calificada por las muchas particularidades y cosas insignes que tiene…” etc. etc. Y se mandó hacer el nuevo sello de la ciudad para acomodarlo al nuevo título, apareciendo, desde entonces el lema de MUY NOBLE Y MUY LEAL CIUDAD. (Fotografía tomada frente al antiguo matadero -pº Zorrilla- en la que una fecha rememora el año del nombramiento de ciudad).

¿Más, de dónde venía el timbre de Noble y Leal que aparecía junto al de Ciudad?

Para saber esto hay que retroceder dos siglos. Corría  el año de  1329, cuando Alfonso XI (nieto de María de Molina) calificó a los vecinos de la villa como “Buenos y leales” vasallos. Ese nombramiento fue fruto de una larga historia que puede quedar resumida de la siguiente manera: Alfonso XI tenía como valido a Alvar Núñez Osorio. El valido estaba sometido a numerosas conjuras promovidas por sus rivales políticos. Es el caso que los enemigos de Alvar Núñez hicieron correr el rumor de que se quería casar con la infanta Leonor de Castilla,  hermana del monarca y que residía en Valladolid. Resulta que la infanta, por indicación de su hermano,  se iba a desplazar a la frontera de Portugal por unos asuntos de estado, pero los vallisoletanos, tanto de la villa como del alfoz, creyendo que en realidad iba a ser llevada para casarla con el valido, debido a un rumor que hicieron correr sus enemigos,  sitiaron las puertas de Valladolid impidiendo la salida de Leonor. En ese episodio ardió el monasterio de las Huelgas (sabe Dios quien lo prendió). El monarca, pensando legítimamente, que los vallisoletanos se habían rebelado contra él, vino armado hacia la villa. Las gentes de Valladolid se negaron a recibir al monarca mientras estuviera acompañado de su valido. Una vez despedido este, las soliviantadas gentes de Valladolid franquearon al monarca las puertas de la villa. Aclarado todo ese embrollo, el monarca se dio cuenta de que, fuera por unas razones u otras, las gentes de Valladolid actuaron de buena fe en defensa de la Corona (la imagen está tomada de wikipedia y se trata de un cuadro del Museo del Prado).

La larguísima carta concediendo el título, señalaba el agradecimiento por los  servicios prestados por los vallisoletanos a su abuela María de Molina y a él mismo durante su niñez; califica de traidor a Alvar Núñez; reconoce la lealtad de la villa defendiendo los intereses de la corona; les exime de responsabilidad en el incendio de las Huelgas Reales; etc. En definitiva, concluye la carta  llamando “bonos e leales vassallos al Concejo de Valladolit e a todos los vecinos moradores…” (sic)

Otros muchos favores hizo el rey a la villa, entre otros, eximirla de ciertos impuestos y donarla de varias poblaciones cercanas, contribuyendo a la creación de un rico y grande alfoz de Valladolid.

Fue el rey Juan II, padre de Isabel la Católica, el que en 1422 otorgó a Valladolid el título de Muy Noble por los buenos y leales servicios de la villa a los reyes que le precedieron.  Este título se lo ganó la villa debido al gran peso que a lo largo del siglo XIV tuvo en la historia de los reinos hispánicos. Por eso, el monarca, a petición de los procuradores del reino reunidos en Ocaña, dictó: “… por quanto la mi villa de Valladolid es la mas notable villa de mis rregnos e aun de los regnos comarcanos, que me suplicavades que por la mas ennobleçer e por los muchos e buenos, e leales serviçios que los vecinos e moradores de la dicha villa fizieron a los rreyes mis anteçesores e fazen a mi cada dia (…) que la dicha villa se llamase de aquí adelante la muy noble villa de Valladolid…” (sic) De ahí que el sello de la ciudad de entonces en adelante incluyera la leyenda de NOBILISMI CONCILLI VALISOLETANI. (Fotografía del sepulcro de Juan II en la Cartuja de Miraflores, Burgos).

Isabel II, mediante Real Decreto fechado el 8 de agosto de 1854 otorgó a la ciudad el calificativo de Heroica, firmando para ello lo siguiente: “En atención al patriotismo y decisión con que la ciudad de Valladolid y su Ayuntamiento levantaron el estandarte de la libertad en la noche del 15 al 16 de julio último, contribuyendo así eficazmente al triunfo del glorioso alzamiento nacional, vengo en disponer que la ciudad de  Valladolid una el título de heroica a los de muy noble y muy leal que antes tenía, y que al Ayuntamiento de la misma se dé el tratamiento de Excelencia”.  Aquel reconocimiento fue recibido por la ciudad  “con el mayor júbilo y entusiasmo”. (Fotografía de Isabel II capturada en wikipedia).

¿Qué es lo que había ocurrido aquella gloriosa noche de julio de 1854?  Pues que la ciudad se echó a la calle para reclamar la dimisión del gobierno y exigir la recuperación de la Constitución de 1837.  En realidad aquel pronunciamiento venía precedido del malestar de las clases populares, pues  arrastraban problemas de subsistencia y se incrementaba desmesuradamente el coste de los productos más básicos. Se disparó el precio del pan en la ciudad y los alcaldes de entonces no dieron muestras de tomar medidas, hasta que estalló una revuelta  que alimentó el levantamiento  de la noche del 15 de julio. Aquel pronunciamiento  progresista, capitaneado por una Junta provincial,  encumbró a la alcaldía de Valladolid a Calixto Fernández de la Torre y situó a la ciudad a  la cabeza  de las primeras poblaciones en secundar la exigencia del cumplimiento de la Constitución y, sobre todo, de exigir a la reina Isabel II que dejara de proteger a los moderados apoyados en un sistema electoral caciquil.

El último y  controvertido título de Laureada, lo firma Francisco Franco el 17 de julio de 1939: concede a la ciudad la facultad de ostentar la Cruz Laureada de San Fernando y ordena que se grabe en los escudos del municipio. Aquel decreto comenzaba así: “La intervención de la ciudad de Valladolid en el Alzamiento nacional ha tenido singularísimo relieve (… la ciudad…) rompe con su cerco urbano dominado, invade la provincia, frena a las avanzadillas de la invasión minera y en ciega superación de españolismo parte en ayuda de los patriotas de Madrid (…y…) logra con sin igual arrojo la conquista del Alto del León (…y concluye…) Como recuerdo a las gestas heroicas de Valladolid en la Movimiento nacional y homenaje a quien desplegó decisiva aportación a él en los primeros momentos de la guerra de liberación de España, concedo a aquella ciudad la Cruz Laureada de San Fernando, que desde hoy deberá grabar en sus escudos”.

En pocas fechas el Ayuntamiento convocó un concurso para el diseño del nuevo escudo de la ciudad. Quedó desierto y tras precisas indicaciones, se encarga el dibujo a un tal Amador Hernández.

Desde entonces, Valladolid ostenta los títulos honoríficos de MUY NOBLE, MUY LEAL, HEROICA Y LAUREADA CIUDAD

 

FUENTES CONSULTADAS: “Títulos y Armas de la Ciudad de Valladolid”, de Filemón Arribas Arranz; “Valladolid durante el bienio progresista”, varios autores;  “Una historia de Valladolid” (VV.AA.) coordinado por Javier Burrieza; hemeroteca de El Norte de Castilla; y Archivo Municipal de Valladolid.

EL ESCUDO DE LA CIUDAD DE VALLADOLID

El escudo de Valladolid arranca de antiguo y su historia se ha ido escribiendo a partir  de diversos documentos, fechas y conjeturas más o menos bien fundadas. Una historia en la que no faltan leyendas  sobre el origen y su evolución.

Sabemos que Alfonso X el Sabio en el año de 1255 ordena que los lugares de Tudela de Duero, Simancas y Peñaflor de Hornija, no ostente otras señas ni sellos que no sean los de Valladolid. ¿Cuáles eran esos sellos?  Los historiadores llegan a la conclusión de que eran los que aparecían en  dos privilegios expedidos por el Concejo de Valladolid: firmado uno en 1266 y el otro, diez años más tarde. Relacionados el primero con un asunto de impuestos, y el otro sobre el lugar donde había de edificarse el convento de San Pablo. El sello tenía dos caras: en una se representa la muralla de Valladolid con ocho puertas y en el medio la inscripción VAL con la leyenda de  “SELLO DEL CONCEJO DE VALLADOLID”,  y en la otra un castillo de tres torres con la leyenda   “LA GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO ESTÉ CON NOSOTROS”, tal como se puede apreciar en las imágenes que siguen.

Reproducción del sello,  en la que se aprecia que al original encontrado en su día le faltaba una parte del mismo tanto en el anverso como en el reverso.

¿Cuál podía ser la enseña de Valladolid hasta entonces? No hay documento alguno que nos dé una pista,  pero en alguna medida se ha venido aceptando que el característico ajedrezado de Ansúrez podía ser el emblema en el que se reconociera la villa.

Fotografía tomada de una de las paredes del Ayuntamiento.

Hasta el siglo XVI no se ha documentado  ninguna otra enseña de la ciudad. Un documento del Archivo de Simancas fechado en 1520  muestra un escudo también de forma circular con ocho castillos en el borde (como bordura se conoce técnicamente) y seis  figuras –una de ella incompleta-  de forma triangular  y onduladas. Este escudo se describe como que las figuras parten del lado izquierdo hacia el derecho. Sobre la orientación correcta de las lenguas no volveremos a entrar pues es muy recurrente el debate sobre el tema. El escudo lleva además la leyenda de “Noble concejo vallisoletano” (traducido del latín, que es como figura).

Uno de los escudos que aparecen al pie de diversos privilegios del siglo XVI, conservados en el Archivo Municipal de Valladolid.

Y entramos en el origen de las banderas, llamas o farpas. Se han manejado por los historiadores locales de todas las épocas diversas teorías. Una, es que se trata de una adopción del escudo de armas del conde Rodríguez González Cisneros, más conocido como Girón y que dio nombre a una larga saga. Este noble fue coetáneo del Conde Ansúrez y a él también se le atribuye haber contribuido a la repoblación de Valladolid; su escudo incluía tres girones. Otra, la de que Valladolid es una ciudad fluvial y de riberas. Otra más: en tiempos de Fernando III soldados vallisoletanos ayudaron a la conquista de Carpio en poder sarraceno; para ello se levantaron varias hogueras  con el fin del engañar a los sitiados, a los que derrotaron; y así, la ciudad tomó el símbolo de unas  llamas doradas sobre un fondo encarnado – en recuerdo de la sangre derramada en la contienda-  para incorporarlo a su escudo; corría el siglo XIII. Una muy socorrida que sigue tomando el fuego como motivo: se trata de llamas que recuerdan los  dos horrorosos incendios que vivió Valladolid en 1461 y 1561. Y seguimos con aquella explicación que habla de la representación de los pendones posaderos. Por si eran pocas las conjeturas, hay que añadir aquella que indica que las llamas onduladas representan las cinco casas de los linajes de los Tovar y los Reoyo;  estos eran clanes que se repartían todos los oficios concejiles no sin cierta rivalidad entre ellos. Estos clanes surgieron en el siglo XIII y ostentaron el poder del municipio hasta el siglo XVI; más de una vez el rey tuvo que intervenir para poner paz entre ellos.   Terminamos añadiendo que tal vez las farpas se traten de una representación del banderín que podían ostentar los caballeros en sus lanzas o los caudillos locales; mientras que la enseña del rey era el banderín rectangular y completo, los caballeros a su servicio o los municipios que tuvieran derecho a disponer de caballería o los caudillos concejiles, tenían que ondear un banderín roto en farpas. Esto último viene a cuento pues en su día se creó la caballería del concejo: 150 hombres buenos y pobladores de Valladolid, ateniéndose a las indicaciones de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio. Este cuerpo de caballeros tenía la obligación de acompañar al rey cada vez que viniera a la villa y hacer a lo largo del año tres alardes (demostraciones) como forma de mantenerse en forma y adiestrado.

Banderín de la escultura del Monumento a los Cazadores de Alcántara,  frente a la Academia de Caballería.

 A partir de aquí los diversos historiadores optan por alguna de las opciones, pareciendo más sólida aquella que apunta a la última explicación indicada. Y en cuanto a la fecha en que comenzó a usarse el escudo que ahora conocemos, pues tal vez habrá que dar por bueno el de los tiempos del reinado de Juan II, cuando en 1422 de  el título de Noble  a la ciudad de Valladolid. Más otro ha venido siendo el debate sobre cuantas llamas debían contener el escudo. Es el caso que los diversos escudos que han ido apareciendo en documentos y representaciones, el número de figuras oscila entre cuatro y ocho.

Y en cuanto a los colores rojo y amarillo (oro) que también a veces entran en conjeturas en lo que al escudo de Valladolid respecta, hay que indicar que  son los típicos colores del reino de Castilla desde Fernando III y los ostentan numerosas poblaciones. Rojo y oro que se adoptan en los pendones de caballería de Carlos I.

La corona que preside el escudo de Valladolid, aunque en menor medida, también ha conocido algunos cambios. Si bien parece más extendida y reproducida la coronal real (ocho florones: de los que tres son vistos completos y dos la mitad), no faltan representaciones, sobre todo en los años de la república pero también anteriormente, de lo que podría ser una corona condal –en homenaje y reconocimiento de la ciudad al Conde Ansúrez-, o simplemente por descuido de los dibujantes, que no supieron representar la corona real. El caso es que el escudo no ha ostentado corona hasta finales del siglo XVII.

Reproducción del escudo que Valladolid  ostentaba en 1908 y  que se puede ver en el patio interior del Ayuntamiento.

En julio de 1939 Francisco Franco concede a Valladolid la Cruz Laureada de San Fernando, indicando expresamente en el decreto, que debía incorporarla al escudo de la ciudad.

En definitiva, siguiendo la descripción de Filemón Arribas (que, entre otras cosas fue Archivero del Archivo de Simancas), el escudo actual de Valladolid debe describirse y reproducirse como: “De gules cinco banderas de oro flameadas, nacientes del lado siniestro del escudo y la bordura de gules cargada de ocho castillos de oro, almenados de tres almenas, con tres homenajes el de en medio mayor y cada homenaje también con tres almenas, mazonados de sable y aclarado de azur. Timbrado con coronel de ocho florones, visibles cinco de ellos ”… aunque el Ayuntamiento (hablamos de la década de 1940) indicara que las banderas deben salir del lado diestro.  Al escudo había que añadirle la Cruz Laureada de San Fernando.

La descripción que hace Fernando Pino, Archivero del Ayuntamiento de Valladolid, es la siguiente:”De oro, terminado en cinco triángulos de líneas rectas, mirando a la derecha del escudo sobre fondo rojo. Alrededor bordura de color rojo  con ocho castillos de oro, con tres almenas cada uno, siendo mayor la del medio, y cada torre con tres almenas. Corona real de ocho florones, visibles tres completos en el centro y dos mediados en los extremos. Enmarcado todo el escudo en la Cruz Laureda de San Fernando”.

Rematamos este somero recorrido por los escudos de la ciudad indicando que el actual se adoptó en 1939, como ya se ha dicho.  Su diseño había salido a concurso, pero este quedó desierto a juicio del tribunal, por lo que tras escuchar las opiniones de los expertos se le encargó a un tal Amador Hernández, que lo dibujó siguiendo las instrucciones que se le pasaron.

Fotografía  del año 1939 del escudo conservada en el Archivo Municipal.

Y en cuanto a esas llamas, como muchos llaman a  las farpas del escudo, no me resisto a incluir lo que de ellas pensaba Quevedo, del que es sobradamente conocida su aversión a tener que residir en Valladolid al calor obligado de la Corte. En sus “Alabanzas irónicas a Valladolid, mudándose la corte de ella”, en sus últimas estrofas, esto escribió el ingenioso poeta: “En cuanto a mudar tus armas, / Juzgo, que acertado fuera, / Porque solos los demonios / Traen llamas en sus tarjetas. / La primera ves que las vi, / Te tuve en las apariencias /  Por arrabal de el infierno, / I en todo muy su parienta. / Más ya se, por tu linaje,  / Que te apellidas Cazuela. / Que en vez de guisados hace / Desaguisados sin cuenta.”

Realizado este repaso por la historia de la enseña de Valladolid, sugiero un paseo siguiendo la estela de algunos escudos que se pueden ver por las calles y jardines de la ciudad.

 

Representación del anverso y reverso del primer escudo de la ciudad (s. XIII). Se puede ver en el pedestal del monumento al Conde Ansúrez de la Plaza Mayor.

 

Fachada del Ayuntamiento de Valladolid, coronado por corona real.  El edificio se inauguró en 1908.

 

Cristalera de la escalera principal del Ayuntamiento: observese que, intencionadamente o por descuido, el escudo no está rematado por una corona real.

 

Antiguo convento de San Francisco, sito en la plaza Mayor: su fachada se adornaba con sendos escudos del concejo: imágenes de la reproducción del convento en el llamado callejón de San Francisco (el autor es Sousa), y la fachada original del convento, realizada en el siglo XVIII por Ventura Pérez.

 

A los pies de Zorrilla y sobre la cabeza de la musa, se reproduce el escudo de la ciudad que imperaba a finales del siglo XIX. Se trata de la escultura que hay en la plaza de Zorrilla.

 

Gigantesco escudo floral a la entrada del Campo Grande.

 

Uno de los escudos que adornan la fuente de la Fama en recuerdo del alcalde Miguel Iscar, erigida en 1880. También la fuente del Cisne, en la Pérgola, ofrece escudos realizados en 1887.

 

La fachada de la Estacion del Norte está rematada por este grupo escultórico llevado a cabo por el Angel Díaz Sanchez. Las figuras representan a la Industria y la Agricultura.

 

Leones portantes del escudo de la ciudad que vigilan al antigua entrada del vivero de San Lorenzo, en el Paseo de Isabel la Católica, que se acondicionó a finales del s. XIX.

 

Una de las arcas de la traída de Argales y el arca principal ostentan el escudo vallisoletano. En uno de ellos se puede leer la fecha de 1588. Se trata de los escudos labrados en piedra más antiguos de Valladolid.

 

Así mismo el escudo se puede ver en la mayoría de los letreros anunciadores de las calles, en adornos de puntos de luz y en diverso mobiliario urbano, como las fuentes de piedra que se instalaron en la década de 1950, tal como se aprecia en la segunda imágen. Arriba, la coronación de la antigua Casa de Socorro  (década de 1930) de la calle López Gómez, que ahora acoge una biblioteca municipal dedicada a Francisco Javier Martín Abril.

FUENTES DOCUMENTALES: Archivo Municipal de Valladolid;  “Títulos y Armas de la Ciudad de Valladolid”, de Filemón Arribas Arranz; “El Escudo de la Ciudad de Valladolid”, de Alejandro Rebollo Matías; “Artículos”, de Fernando Pino Rebolledo… y otros artículos diversos.

 

VICENTE ESCUDERO: LA INSPIRACIÓN DE BERRUGUETE

Yo me inspiré en las tallas del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, mi ciudad natal, dijo Vicente Escudero allá por la década de 1950. De entre los escultores, sin duda fue Alonso Berruguete el que más interiorizó el bailarín: decía que en las figuras del imaginero se puede intuir el movimiento del zapateado, y de las alegrías, bulerías  y seguiriyas.

Vicente Escudero Urive fue uno de los bailarines más importantes de su generación. Tanto, que algunos críticos llegan a decir que  en el baile hay un antes  y un después de Vicente Escudero, pues fue pionero en muchas cosas y  bebió no solo de las tallas clásicas, sino de otras variadas fuentes.  De edad y actividad artística longeva (nace en Valladolid en 1888 y fallece en Barcelona en 1980) fue, además,  coreógrafo y teórico respetado de la danza. Dio conferencias, escribió algunos libros, hizo exposiciones de pintura, no renunció al cante y también  fue actor  en algunas películas.

De él se dice que introdujo la pureza en el flamenco y que fue decisivo para popularizar este arte fuera del entorno gitano y llevarlo a las salas de conciertos. Se crió en el barrio de San Juan (nació en la calle Tudela) y de los gitanos aprendió a amar el flamenco. Tanto fue así que a veces pareciera que incluso él fuera gitano.

Se trata de un personaje rodeado de historias que abundan en su insobornable afición, como el que ensayara sus zapateados infantiles en las tapas de las alcantarillas, llegando a romper algunas; o sus prácticas de baile y equilibrio que llevó a cabo subido a  un tronco caído sobre la Esgueva, que le obligaron a desarrollar un equilibrio sorprendente (parece que más de una vez cayó al agua, tal como relata el propio bailarín).

Su familia, humilde (su padre era zapatero artesano de calzado a medida), terminó por rendirse a la vocación del Vicente aún niño, y con quince años recién cumplidos comenzó a ganar sus primeras perras con el baile en pueblos y ferias de Valladolid. No obstante aún habría de trabajar en algunas imprentas, en las que al parecer duraba muy poco, porque incluso sobre los estribos de las máquinas tipográficas practicaba su baile, desatendiendo sus cometidos laborales.

Pronto asaltó los escenarios madrileños, en los que tuvo más de un disgusto, dado que los guitarristas se negaron a actuar con él porque parece que no dominaba aún el compás, y la velocidad y arranques de sus zapateados hacía imposible el trabajo de los músicos. No parece que aquello arredrara al futuro maestro, pues apostaba por la innovación y por evitar que los pases de baile fueran una cosa rutinaria y previsible. Y en cuanto al acompañamiento musical dijo que igual le daba que fuera con una guitarra, con el compás de un martillo o con el rugido de un león.

Corría el año de 1910 y Vicente, sin ningún miedo ni reparo, decide marcharse al extranjero: Lisboa fue su primer destino y ese mismo año recala en París, donde creó su primera compañía y abrió una academia de baile español que pronto quedó desbordada por el numeroso alumnado.

Actuó en los principales escenarios de París, Lisboa, Madrid, Barcelona, Roma, San Petersburgo, Berlín o Nueva York: algún periódico norteamericano llegó a señalarle como el mejor bailarín del mundo.  En la capital francesa pronto entró en contacto con artistas de otras artes que le llevaron hacia las vanguardias de la época, como el cubismo y el surrealismo tan de moda en los años 20 y 30. Asistía a las tertulias de los artistas destacados y trabó buena amistad con algunos de ellos, como fueron los pintores Picasso, Fernand Leger, Joan Miró o Juan Gris; poetas y escritores tales como Louis Aragón y Paul Éluard;  y con cineastas y fotógrafos: Luis Buñuel y Man Ray.

Se codeó con todos los grandes del baile y la danza, convirtiéndose él mismo en uno de los maestros de su época. Actuó con Carmen Amaya, La Argentina (Antonia Mercé), Marienma, Pastora Imperio,  Ana Paulova, Antonio de Bilbao…

No obstante el bailarín, no se prodigó en actuaciones en España porque, tal como relató  él mismo en 1956: “Aquí se entiende poco mi baile, salvo una minoría… el resto de  la gente no está acostumbrada al baile flamenco serio, ahora lo que se lleva es la velocidad y la acrobacia”.

Cuando Escudero comenzó su carrera, el flamenco adolecía de un exceso de florituras y falsos dramatismos. Escudero eliminó todo eso y, al hacerlo, recuperó la esencia y el corazón de esta forma de danza. La negativa de Escudero hacia las concesiones y su fe en su visión de la danza, dieron nuevo vigor a esa forma de arte que es el baile de flamenco.

Después de retirarse como bailarín en 1961, continuó desempeñando una importante labor docente a través de sus conferencias y escritos. Residía en Barcelona.

Contado todo esto, vamos a dar un paseo por el Valladolid que evoca a Vicente Escudero.

 

Iglesia de San Juan, el barrio donde nació Escudero en 1888. De esta misma plaza parte la calle que lleva el nombre del bailarín.

 

En el año 2005 se inauguró el Centro Cívico Bailarín Vicente Escudero, sito en la calle Verbena. A un costado del edificio, en la calle Santa Lucía, hay una escultura que representa al personaje. Se instaló en 2006 y sus autores son los artistas Bustelo, Ostern y Juan Villa.

 

Junto a la Oficina del Turismo del Campo Grande se halla la escultura en bronce realizada por Belén González Díaz en 1995. La autora ha querido destacar un gesto característico del bailarín haciendo sonido con sus propias uñas.

 

En el año 2014 en los soportales del Teatro Calderón se instaló una placa conmemorativa del bailarín, muy próxima está  la de Marienma.

 

A finales de la década de 1950 el director de cine José Val del Omar, muy desconocido para el gran público, pero de reconocido prestigio por su cine experimental, rodó en la salas del Museo de Escultura de Valladolid un documental titulado “Fuego en Castilla”. Este documental recibió una mención especial en el Festival de Canes y en otros festivales internacionales, como en Méjico. El film, en su segunda mitad tiene el sonido de fondo que produce con su baile Vicente Escudero. Él no sale en ningún momento, pero se ha publicado esta imagen el artista en pleno rodaje. La foto es de Filadelfo, aunque entre lo hasta ahora publicado no se cita al fotógrafo, o se cita con otro nombre. El film, que dura 17 minutos, está en continua exhibición en una sala del Museo.

 

Sin salir del Museo, en la sala Arte y Vida Privada, se exhibe un documental del NODO titulado “Flamenco en Castilla” y rodado en 1970  (aunque ya se había retirado de la escena) en el que bailan María Marquez y Vicente Escudero. Sabemos de la inspiración que al bailarín le producían las tallas de Berruguete. Para Vicente Escudero, el Museo de Escultura era algo así como la madre de todos los sonidos: los suelos de madera que permitían un zapateado y un raspado divinos; las esculturas de los imagineros, que parecían transmitir movimientos de danza, el sonido de las salas… Escudero también actuó en un largometraje protagonizado por Antonio Gades y dirigido por Mario Camus en 1967: “Con el viento solano”, se titulaba

 

Corría el mes de marzo de 1965 cuando la ciudad rindió un homenaje al artista: se inauguró una calle con su nombre en el barrio de San Juan (esta calle antes se llamaba Catorce Metros),   y en el Teatro Calderón actuaron las principales figuras del flamenco en España. En la imagen, Vicente Escudero y el alcalde Santiago López González.  En las imágenes se ven los carteles que anunciaban el homenaje del Calderón, que en aquellas fechas coincidió con la Semana Internacional de Cine. Fotos de Filadelfo del Archivo Municipal de Valladolid.

 Cartel del homenaje que le rinden en 1941 en Barcelona. Actuaba con su amada Carmita García, con la convivió hasta el fallecimiento de ella.

 

Escudero recibió diversos reconocimientos en España. En 1932 ya se le hizo un homenaje en Valladolid impulsado por el académico Narciso Alonso Cortés, al que le unía una gran amistad. En 1941 se le concedió la medalla de oro de la ciudad. En 1954 hubo un deslumbrante espectáculo en su honor en el Teatro Carrión. En noviembre de 1974 recibió el gran reconocimiento nacional. Vicente ya tenía 87 años y el Ministerio de Información y Turismo le da un gran homenaje en el Teatro Monumental de Madrid. La foto, de autor desconocido, pertenece al Archivo Municipal.

 

 En diciembre de 1980 falleció Vicente Escudero  cumplidos los 92 años, y fue enterrado en el Panteón de Personas Ilustres del cementerio del Carmen.

VALLADOLID EN EL MUNDO

Nada mejor que iniciar el año asomándonos al mundo. Por eso vamos a dar una vuelta al globo terráqueo siguiendo la estela de los “Valladolid” que hay repartidos por el planeta.

 Son unos cuantos los lugares  que tienen o han tenido el nombre de Valladolid: ciudades en unos casos, barrios en otros, es el caso que  el nombre de nuestra ciudad abunda, especialmente en Latinoamérica.

Es corriente que los países que han ejercido la colonización en otros continentes, hayan llevado también el nombre de la ciudad materna de su fundador o  explorador: una forma de rendir homenaje y recuerdo. Franceses, ingleses, belgas, portugueses,  italianos o españoles han ido regando el mundo de topónimos que reproducen el nombre de pueblos y ciudades del continente europeo.

Si a países de destino nos referimos, son Filipinas y Méjico los dos que tienen  más referencias de ciudades españolas.

En cuanto al ranking de los nombres, probablemente sea San Sebastián el que más se repite,  seguida muy de cerca por Zaragoza y Málaga.

Pero Valladolid no se queda corta, pues hay más referencias en el mundo  de las que se manejan en las informaciones que por ahí circulan, si sumamos, además, municipios que en algún momento de su historia han llevado el nombre de nuestra ciudad.

Dispongámonos, pues, a iniciar un largo viaje de circunvalación a la Tierra: embarcamos en nuestro particular jet, aceleramos por la pista y despegamos… ¡ponemos rumbo a África!

Nuestro primer destino es Guinea Ecuatorial.


La República de Guinea Ecuatorial obtuvo su independencia en 1968. Hay en ese país centro africano una ciudad llamada Añisok o Añisoc, fundada  como Valladolid de los Bimbiles por España en la década de 1940 sobre una pequeña aldea. Con la independencia del país recupera el nombre de la vieja aldea. Actualmente rebasa los 40.000 habitantes. Este municipio, que ha pedido hace unos años hermanarse con Valladolid (asunto al que parece que no se ha dado respuesta), tiene una curiosa anécdota: en 1954, el gobernador de Guinea envió a Valladolid un telegrama de agradecimiento por que desde nuestro Ayuntamiento se le hubieran remitido fotografías y planos de la fuente Dorada con el fin de erigir una réplica de la misma en la población. Parece ser que aquella fuente se destruyó en 1978 bajo la dictadura de Macías.

 

Y atravesamos el Atlántico rumbo  a Méjico. Aterrizamos en Morelia, ciudad azteca fundada con el nombre de Valladolid en 1545 (antes Michuacan). Nombre que mantuvo hasta el año 1828 que lo cambió por el de Morelia en honor al generalísimo José María Morelos, nacido en aquella población. Morelia, que ronda los 800.000 habitantes está hermanada con Valladolid desde 1978, fecha en que celebró los 150 años de su nuevo nombre. El centro de Morelia está declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Presume de ser el destino turístico más importante de Méjico (si exceptuamos algunas zonas de playas).

 

No abandonamos Méjico sin acercarnos a Valladolid, una ciudad situada en Yucatán. Zací era el nombre de la ciudad maya sobre la cual en 1543 se fundó la ciudad de Valladolid. Zací significa gavilán blanco y da nombre a uno de los cenotes a cielo abierto más grandes e impresionantes de la península del Yucatán: una caverna de unos 45 metros de diámetro. Valladolid, de unos 50.000 habitantes, vive fundamentalmente del turismo.

 

 Atrás dejamos la península del Yucatán y ponemos rumbo hacia el estado de Aguascalientes: en esta ocasión no vamos a aterrizar pero sobrevolamos sobre una pequeña localidad, apenas 1.500 habitantes llamada Valladolid, perteneciente al municipio de Jesús María, y situado a más de 1800 metros de altitud.

 

Nuestro siguiente destino es  Honduras para disfrutar del paisaje montañoso en el que está asentada la cafetalera Valladolid de las Mercedes, en el Distrito o Departamento de Lempira.  La población, que roza los 4.000 habitantes, está asentada sobre suelo de origen volcánico y rodada de grandes precipicios y  bosques de pinos.

 

Sin abandonar Honduras vamos a tomar tierra en Nueva Valladolid de Comayagua, que en el país se moteja como la “Antañona”, debido a que se trata de una de las primeras fundaciones españolas del país. Su nombre inicial fue el de Santa María de la Concepción de Comayagua. Popularmente también se conoce como el País de las Higueras. Cambiado al de Valladolid por Felipe II. Tiene el casco histórico mejor conservado de Honduras, lo que le proporciona una próspera actividad turística. Tiene Comayagua unas salas cinematográficas llamadas Valladolid. Nos estamos quedando sin combustible, así que ponemos rumbo a otro destino: Colombia.

 

Repostamos en un aeropuerto cercano al municipio de Apia, en territorio colombiano. El municipio de Apia (región de Risalda) está ubicado sobre territorio montañoso cuyo relieve corresponde a la vertiente oriental de la cordillera occidental de los Andes. La ciudad se divide en veredas o fracciones municipales, y es una de estas verederas la que responde al nombre de Valladolid.

 

Kennedy es una de las localidades del distrito de Bogotá, la capital de Colombia, que comenzó a gestarse en la década de 1930. Tiene una población que supera el millón de habitantes, y entre sus 438 barrios está Valladolid. Para hacernos una idea, Bogotá es una conurbación que supera los ocho millones de habitantes.  Bueno, pues en ese inmenso océano de calles y casas está el barrio de Valladolid.

 

Decimos adiós a  Colombia.  El radar de nuestro avión señala que volamos sobre Ecuador. Damos varias vueltas en el cielo sobre Valladolid en la zona de Zamora-Chinchipé. Consultamos nuestros datos y nos indican que esta población se fundó en 1557  y que llegó a ser la capital de la Gobernación de Yaguarzongo, a orillas del río Chinchipé (por cierto también hay en la zona un río llamado Valladolid).  A principios del siglo XX estaba prácticamente deshabitada, hasta que nuevos colonos comenzaron a darla una segunda vida: se refundó solemnemente en 1962. Su población se dedica fundamentalmente a la agricultura y elabora unos afamados quesos. Atrás quedan las leyendas de la antigua y  majestuosa Valladolid, de la que aún se reconocen restos arqueológicos.

 

No abandonamos territorio ecuatoriano pues nos dirigimos hacia Loja, muy cerca de Zamora-Chinchipe.  Loja, una provincia de 500.000 habitantes,  se conoce como la capital cultura de Ecuador. Su ubicación, fronteriza entre la costa y la amazonía le confieren unas peculiaridades económicas, etnográficas e históricas. Y entre uno de sus tantas parroquias o barrios, también nos encontraremos con Valladolid…  Tenemos que pensar en nuestro próximo y lejano destino. Nos aseguramos de tener  lleno el tanque de combustible pues hemos de atravesar el Océano Pacífico, camino de Filipinas.

 

En la provincia de Negros Occidental,  el municipio de Valladolid supera ronda los 38.000 habitantes. Fue una ciudad importante de las Islas Filipinas y hasta que fue bautizada con el nombre de nuestra ciudad, se conocía como Inabuyan. Destaca, de entre su patrimonio, la iglesia de Guadalupe (1851), y también ofrece el Balay Dolid (Museo de Valladolid). Para entender la complejidad urbana de Filipinas, indicamos que Valladolid se distribuye en 16 barrios o barangays.

 

Filipinas tiene, sin duda una enorme relación con Valladolid que proviene de la presencia en aquellas islas de los Agustinos. Y para un detallado conocimiento de esta huella española en Filipinas nada mejor que visitar el Museo Agustino-Filipino de Valladolid. Pero aún hemos de ver un detalle más sobre la presencia vallisoletana en Filipinas: la iglesia de San Joaquín, en Iloilo. Esta construcción religiosa, levantada a finales del XIX con trazas de fortaleza representa en su fachada una imagen de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid. La iglesia está construida en un colina inmediata a la costa y su campanario servía como observatorio para avistar la presencia de piratas en busca de esclavos filipinos: detectada la presencia de “garays” (barcos piratas), las campanas llamaban a que la población  se pusiera a salvo refugiándose en la iglesia. La fachada, además de la imagen de San Pedro, ofrece un enorme mural de motivo militar: la batalla de Tetuán, en la que los españoles derrotaron a los soldamos musulmanes. Fue construida entre 1859 y 1869 impulsada por el fraile vallisoletano Tomás Santarén, de la orden Agustina. No se sabe muy bien a qué obedece esta decoración: ¿homenaje a su padre que luchó en aquella batalla?… ¿intimidación a los moros negreros que se acercaban a por esclavos filipinos? Es el caso que se trata de una construcción y decoración verdaderamente curiosas.

 

Nuestro vuelo alrededor del mundo toca a su fin: volvemos a casa. Pero aún nos queda una nueva sorpresa antes de aterrizar en el aeropuerto de Villanubla: el Valladolid coruñés del Concello de Touro, dependiente de la parroquia de  San Fiz de Quión. Este Valladolid es un minúsculo núcleo rural de apenas dos casas perdido en una hermosa zona boscosa.

 

LA PREMONICIÓN DE LA LECHUZA Y OTRAS LEYENDAS

Hay lugares por los que seguramente pasamos a diario, u objetos cotidianos cerca de nosotros que, sin embargo, guardan una secreta historia: leyenda en muchos casos  y realidad en otros, sobrecogen cuando se conocen.  Pues bien, vamos a recorrer algunos de estos lugares  que esconden un relato fantástico… ¡que a veces fue verdad!…

En una de las salas del Museo de Valladolid (Plaza  de Fabio Nelli) se muestra un sillón de cuero pespunteado con artísticos clavos  y primorosamente decorado.

De la existencia de  este sillón se tiene noticia hace poco más de cien años. Estaba sujeto en lo alto de la pared de la sacristía de la Universidad con fuertes abrazaderas de hierro, de tal manera que  no pudiera descolgarse, y bocabajo, lo  que hacía imposible pretender sentarse en el sillón.

¿Por qué  aquella extraña colocación?  La primera persona que hace más de un siglo preguntó por aquello recibió la siguiente respuesta: “Es el Sillón del Diablo y tiene una leyenda de terror”.

Mediado el siglo XVI había en Valladolid un afamado médico que realizaba notables curaciones. Andrés de Proaza se llamaba y por sus venas corría sangre  mora y judía. En la calle Esgueva vivía, cuyas traseras, lamidas por el cauce de la Esgueva,  daban a la actual calle Solanilla.

Se murmuraba que era nigromante y que en el sótano de aquella casa practicaba hechicerías. Por la noche se oían gemidos y en el cauce del río flotaban cuágulos de sangre.

La alarma producida en el barrio por la desaparición de un niño llevó a los alguaciles a entrar en su vivienda… y, horrorizados,  allí encontraron  los restos de la criatura,  que había sido diseccionado en vivo, tal como terminó confesando el médico.

Procesado por el Tribunal Universitario, fue hallado culpable y condenado a morir  ahorcado en la plaza pública.

Las autoridades universitarias intentaron vender los bienes de aquel malvado, pero nadie quiso comprar nada que hubiera pertenecido a semejantes monstruo.

Es el caso que la Universidad se quedó, entre otros objetos, con un elegante sillón de piel, el que ahora luce en el Museo. Un sillón que, según había relatado antes el propio Andrés de Proaza, tenía poderes sobrenaturales para la curación de enfermedades, pero que aquel que en él se sentara por tres veces, no siendo médico moriría; y también moriría quien intentara destruirlo.

La Universidad lo guardó en un trastero, pero lo recuperó un bedel para sentarse en espera de clase y clase… hasta que el tercer día lo encontraron muerto recostado sobre el sillón. Y aquel mismo triste destino le alcanzó al bedel que sustituyó al fallecido anteriormente.

Hechas algunas indagaciones, se recordó lo que el nigromante asesino había relatado. Así que las autoridades universitarias decidieron colgarlo bocabajo en la sacristía de la Universidad, tal como se ha contado al principio de este relato.

Y ahí está… luciendo en el Museo de Valladolid. El historiador Anastasio Rojo Vega, acaso el mayor experto en estos temas, dejó escrito que tras muchas investigaciones, el tal Proaza no existió.  Pero cierto es que, salvo alguna conjetura, nada se sabe con seguridad acerca de a quién perteneció este diabólico sillón de cuero.

Por si acaso, aviso al visitante,  mejor ni siquiera rozar el sillón del Diablo del Museo de Valladolid.

 

Los moros… las moras.  ¡Cuántos lugares de nuestra geografía se conocen con el término de mora o moro!: ¿para referirse a algo muy antiguo? … ¿para designar un lugar maléfico?… Tratados y enciclopedias podrían escribirse al respecto. Nosotros aquí lo dejaremos en algo mucho más sencillo.

En el pueblo de Sieteiglesias de Trabancos hay una fuente llamada de la Mora. Se trata de una de esas fuentes apartadas del municipio que incluso algunos lugareños la atribuyen un  origen romano ¡cuántas fuentes romanas parece haber en nuestra provincia! En su frontispicio de acceso figura la fecha de 1862, que seguramente obedecerá a una reconstrucción de la misma aprovechando un manantial natural que mana de la ladera en la que se encuentra la fuente.

Esta fuente está como a un kilómetro de distancia del casco urbano y dispone de dos túneles (a derecha e izquierda): de buenas aguas, dicen, es uno de ellos; de aguas más duras el otro.

Incluso se le atribuyen propiedades curativas,  y hasta ella llegó a beber sus aguas Isabel la Católica cuentan algunas gentes del municipio, tal como relata Margarita Álvarez, que ha escrito la historia de Sieteiglesias. Pero…

… una mora habita en su interior, en unos túneles que ¿se juntan o no?… que  cuando el sol se ponía,  de ellos salía  a peinarse con peine de plata.

Una leyenda que así se contó en el  pregón de las fiestas de San Pelayo de 2008, que se celebran cada 25 de junio: “La leyenda más famosa/ que vamos a interpretar/ es la fuente de la mora/ que queremos resaltar/… Y relata la Mora en primera persona:  Desde la mudéjar fuente/ vuestra sed habéis saciado/ en mis pasadizos os he curado/ bebiendo el agua corriente./ La reina Isabel/ a mí vino en ocasiones/ para saciar su sed/ sin cobrarle comisiones./ Por las noches perdidos/ no andéis por los caminos/ que sabéis por conocidos/ la maldad de mis hechizos./ La fuente vigilo/ cerca de mi morada/ peinándome en sigilo/ con peine de plata./ Si bebes agua cristalina/ procurar hacerlo de día/ pero cuídate de visitar/ la fuente en la oscuridad”.

Estos ripios no nos dicen sino que al caer la noche, ningún varón prudente debe acercarse a la fuente, pues la mora los encandila y, un vez hechizados, se los lleva al fondo de la oscura galería, de donde ya nunca jamás saldrán…

… Pero todo esto ha sido relatado en pretérito, ¿y quién nos asegura que esta estas leyenda no es una realidad en tiempos actuales? En cualquier caso, al atardecer no es buena idea acercarse a ninguna fuente de la mora.

 

Ya es asunto de viejos recuerdos entre las comadres de Santa Clara, ese antiguo enclave vallisoletano que absorbieron los nuevos barrios de Rondilla y Hospital nacidos al calor del desarrollo del Valladolid industrial de la década de 1960.

“¡Me he cruzado con la mujer a la que se le aparecía su abuela!”. No se sabe su nombre, pero todo el barrio así conocía a una joven que vivía por la calle del Soto… corrían los años inmediatos de posguerra.

Dos ancianas mujeres relatan que a aquella mujer con frecuencia se le aparecía su difunta abuela. La joven rezaba el rosario pero el espectro de su abuela se lo rompía. Iba al cementerio del Carmen y las puertas se abrían sin que la joven tuviera que empujarlas. Hasta que ofreció una misa en la iglesia de Carmen Extramuros por el alma de su abuela. Parece que aquello aquietó al espíritu y que ya no volvió a aparecer…. “Yo conocí a la joven a la que se le aparecía su abuela, ¡pobre muchacha!”, me contaron no hace mucho.

 

¡Ay! con el tema de las abuelas: ya escribió el insigne José Zorrilla que en la casa que habitó de niño (ahora Museo Casa de Zorrilla, en la calle Fray Luis de Granada) que también se le apareció su abuela. Cuenta en su libro “Recuerdos del tiempo viejo” que “Una tarde (…) creí ver a alguien en el sillón de brazos (…) empujé y abrí del todo la puerta: una señora de cabello empolvado, encaje en los puños y ancha falda de seda verde, a quien yo no había visto nunca, ocupaba efectivamente el sillón (…) me acerqué a ella sin miedo ni desconfianza (… y me dijo…) yo soy tu abuelita; quiéreme mucho y Dios te iluminará”.

 

Más, mucho da de sí la iglesia de Carmen Extramuros. Corría el mes de octubre de 1977. Durante varias noches cientos de personas acudían a  la campa donde se levanta esta popular iglesia remozada su fachada en 1966. De los alrededores de la iglesia salía el inquietante sonido de una profunda respiración. Así varios días. Un entretenimiento para muchos que, aunque incrédulos, no dejaban de tener una morbosa inquietud. Los más exaltados rompieron cristales, forzaron verjas y se subieron a los tejados. Otros, entre quienes lo recuerdan, hablan de remover las lápidas para ver a la luz de linternas si, efectivamente, algún difunto respiraba. Incluso los recuerdos añaden la existencia del cuerpo de un hombre de raza negra recientemente hallado ahogado en el Pisuerga. Hubo incidentes entre la policía y los más exaltados.

Parece que, al fin, se desveló que se trataba de una o varias lechuzas que emiten ese peculiar sonido en época de celo.

Aunque la ciencia todo lo explique, nadie quiere escuchar el sonido de la lechuza cerca de uno mismo,  pues a este ser alado de la noche se le atribuye un poder premonitorio. En realidad se considera animal de mal agüero: “¡Uf!, Una noche escuché la lechuza: al día siguiente una pobre muchacha que vivía en una casa próxima a la mía se arrojó al tren por causa de un desengaño amoroso”, me relataron no hace mucho en un pueblo de Valladolid.

 

En la antigüedad muchas personas pensaban que los puentes tenían que ser obra del Diablo, sino no se explicaban como era posible que se construyera obra de tanta dificultad…

…Bueno, a lo mejor no les faltaba razón, a tenor de la leyenda que se escribió a finales del siglo XIX sobre cómo se construyó el Puente Mayor de Valladolid.

La construcción de este puente tiene varias versiones más o menos históricas, pero lo más seguro es que, desde luego, no se construyera en tiempos del Conde Ansúrez –tal vez hubiera a lo sumo  un puente de madera-. Pero no nos interesa, en este caso, la ciencia sino la leyenda. Y a ella vamos.

En el siglo onceno había en Valladolid dos linajes enfrentados  que controlaban la vida social y económica de la villa: los Tovar y los Reoyo. Es el caso que un Tovar, apuesto doncel, se prendó de una preciosa muchacha, Flor se llamaba, que vivía al otro lado del Pisuerga. A su encuentro ansioso acudía atravesando el rio con una barquilla. Una de aquellas noches en las que buscaba el abrazo propio de corazones amantes, en su camino se interpuso un Reoyo. Noche de tormenta y aguacero. Se desafían y chocan las espadas. En este lance cae herido el Reoyo, atravesado su corazón por la acero de su oponente.

Más, aquel encuentro sangriento retrasó el momento de cruzar el río y la tormenta había desbaratado la barquilla del Tovar…  y temerario sería intentar atravesar el Pisuerga a nado. En su desesperación reniega de Dios y clama: “Satán, ven en mi ayuda”.

Entre las aguas emergió Satanás, que al Tovar le dijo: “Mísero mortal (…) yo un puente forjaré porque la veas”. Con el consentimiento del doncel, ansioso de unirse a su amada Flor, en unos instantes unos cíclopes construyeron el Puente Mayor que el Tovar cruzó a la carrera.

Pero cuando alcanzó la otra orilla, tras un trueno aterrador, se halla a sus pies tendido el cuerpo inerme de su amante… “horrible maldición, estaba muerta”. Y en su inmensa desesperación, el desgraciado Tovar enloqueció.

Visto que el Diablo siempre cobra sus servicios, aconsejable es cruzar con premura el Puente Mayor.

 

Bajo el suelo de la ermita de Fuenlabradilla hay fuerzas telúricas y subterráneos secretos. No muy lejos de aquí se encontraron restos de humanos gigantescos. Esta ermita, también conocida como de las Huelgas, está a las afueras de San Miguel del Arroyo, en un discreto enclave paralelo a la carretera que conduce hacia Viloria.

Don Exiquio García-Carbajo (que algunas gentes del pueblo llamaban “el brujo”) fue pionero de la parapsicología en España. Hijo del pueblo, compró ya en edad avanzada este enclave silencioso y apartado. Su intención: construir un centro de referencia para la meditación y el desarrollo de la parapsicología. Algunos jóvenes del pueblo  ayudaron voluntariamente a consolidar las ruinas de una iglesia que fue construida por la orden del Císter siguiendo las enseñanzas arquitectónicas de los templarios.  Incluso la fuente de agua clara que hay junto a la vieja iglesia a ciertas horas del día deja de manar. Una fuente de la que, en tiempos, salía aceite y cuando los frailes intentaron hacer negocio con su venta dejó de manar.

Se trata de  un punto de paso de peregrinos hacia Santiago de Compostela, y los médiums a los que Don Exiquio invitó a visitar el lugar afirmaron que en él se juntan energías telúricas y cósmicas.

Es un sitio muy, muy hermoso… pero, por si acaso, mejor no andar muy a solas por el enclave al atardecer.

 

NOTA: Para realizar este reportaje, aparte de hemeroteca y relatos personales, he consultado los libros (ambos de recomendable lectura): “Tradiciones universitarias: historias y fantasías”, de Saturnino Rivera Manescau, 1948 (de donde he tomado la historia sobre el sillón del diablo);  y “Guía misteriosa de Valladolid”, de Javier Burrieza  (Castilla y León Tradicional, 2009). El relato original sobre el Puente Mayor, cuyo autor es Antonio Martínez Viergol, publicado en  1892, se puede consultar en Biblioteca Digital de Castilla y León.