CRUCEROS, EN LA SOLEDAD DE LOS CAMINOS

Son infinidad las cruces de piedra que se pueden encontrar en caminos y tierras de Valladolid, especialmente en los páramos y sus estribaciones (quizá porque en ellos abunda la piedra). Y no nos referimos a las que forman parte de los Vía Crucis, ni tampoco a los humilladeros y aquellas que se erigen a las puertas de iglesias y ermitas.

No, hablamos de aquellas cruces solitarias que están en las encrucijadas de los  caminos, en el interior de un pinar (como la cruz de Tudela, en Mojados), en mitad de unas tierras de cultivo o  presidiendo las eras.

Todos representan la misma cruz, el símbolo máximo de la religión cristiana. Sin embargo no todos, ni mucho menos, han sido erigidos por los mismos motivos. Incluso algunos nadie ha sabido explicar porque fueron puestos en el lugar que ocupan. Pero lo cierto es que es difícil que en las inmediaciones de una población o en los caminos que a ellas conducen –especialmente si se trata de encrucijadas- no se encuentre una cruz.

Un buen puñado de cruces no son sino el recuerdo de una muerte súbita (el infarto que sorprendió al segador en el campo), el agradecimiento por el desenlace feliz de un rayo que no terminó con la vida de un campesino junto a su arado o con el rebaño de un pastor.

 

¿Tal vez la cristianización del rito pagano por el que los viajeros del pueblo de Roma,  al emprender un viaje depositaban piedras al borde del camino en honor de Hermes?, lugares donde se solían poner los santones para augurar buen viaje a los caminantes. ¿O tal vez la cristianización de lugares que transmiten cierta magia, como tradicionalmente se han considerado las encrucijadas, en las que en ocasiones se practicaban ciertos rituales?

Los celtas consideraban sagrados los cruces de los caminos, o, también lugares en los que se encontraban el demonio y las ánimas que vagaban por la noche. También tenían la costumbre de enterrar a sus muertos con piedras a las afueras de las poblaciones.

En fin, en las encrucijadas se comenzó a invocar a ciertas divinidades para protegerse de los males y la oscuridad… y una forma de hacer ofrendas era dejar piedras, que se iban convirtiendo en un montón y, acaso, aquello fue el origen de consolidar pilastras o cruceros.

En cualquier caso, los cruceros se multiplicaron a partir de la Contrarreforma. Una obsesión por imponer la presencia de la religión en todos los órdenes de la vida: no solo en el interior de los templos, en las tradiciones populares o en el interior de los hogares, sino también en la intemperie y, especialmente, en los caminos, como el llamado crucero del Pelícano en las afueras de Portillo según se va desde Valladolid, o el de Bahabón en la carretera hacia Campaspero. Sobre todo en las encrucijadas, del que es buen ejemplo la cruz del Pico de  Montemayor de Pililla, del siglo XVI.  Endefinitiva, a las entradas (o salidas según se mire) de las poblaciones.

En Quintanilla de Arriba, el que hay a las orillas del Duero recuerda una leyenda incluida un trágica muerte: el hermano Diego (en este mismo blog se relata aquel episodio). También los hay que recuerdan el agradecimiento por un buen año de mies, o para hacer una rogativa perpetua pidiendo una buena cosecha. Y los hay que se levantaron para indicar los límites territoriales de un pueblo.

 

Del crucero de Torrescárcela, en el valle del Valcorba, se sabe que desde antaño, por San Marcos, en abril, hasta él se iba en rogativa  para implorar buenas cosechas.

En Mojados está la cruz de Tudela  (siglo XVII), que aún se puede contemplar en todo su esplendor, la cual señala un cruce de caminos de aquella época, como es el camino antiguo a Valladolid, a través de la cañada de Santiago. Después en el siglo XX sirvió en carnavales a los mojadenses para peregrinar el Miércoles de Ceniza en procesión hasta ella y enterrar la sardina

Hay cruceros muy ilustrados, como el de Canalejas de Peñafiel que data de 1760 y que está en la plaza de la Cruz.

Algunos,  decorados con querubines, como los de Aldea de San Miguel, San Miguel del Arroyo o la llamada cruz de Pesquera, en Cogeces de Iscar (del siglo XVI)…

… O adornados con bolas, como los de Lomoviejo o Cogeces del Monte… Unos están completamente desnudos, otros representan la crucifixión de Cristo, también los hay esculpidos con tibias y calaveras… y algunos incluyen una sucinta Piedad…

Se pueden ver cruceros en Casasola de Arión, Iscar, Llano de Olmedo, Fompedraza, Puras, Bocigas, un curioso crucero de hierro en Marzales, Campaspero (quizá la población con más cruces), Alaejos…

 

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EL HENAR, UN ARROYO LEGENDARIO

El modesto arroyo del Henar nace en tierras cuellaranas, en la provincia de Segovia. Y al arzobispado de aquella ciudad pertenecieron algunos de los pueblos de este valle y otros del páramo de Cogeces-Campaspero.

 Estos municipios quedaron definitivamente asentados en Valladolid cuando el decreto del ministro de Fomento Javier de Burgos en 1833 rehízo los límites y comarcas que han terminado por configurar las provincias actuales.

 Es el caso que el Henar recorre 25 kilómetros hasta desembocar en Cogeces de Íscar. Y junto a él, tres poblaciones que guardan recuerdos y añoranzas de lo que en el pasado fue un cauce cangrejero cuyo agua regaba huertas y movía algunos molinos: de harina primero y de producción de energía eléctrica después.

El arroyo ahora está seco en su cabecera, que nacía junto a los  manantiales  de Juarros,  las Torres y  los Peces. Pero en la actualidad necesita adentrarse en el valle de Viloria para que sean los manantiales que a un lado y otro hay aporten el escaso agua que vemos: como el del Batán o de los Morales, entre otros.

Esta precariedad de aguas sin embargo no se corresponde con la historia del arroyo, pues alimentó diversos molinos e incluso en la década de 1930 se estudió abastecer la ciudad de Valladolid con el abundante agua que manaba de las fuentes del valle de Viloria, sin menoscabar el caudal del Henar.

Contado esto, vamos a visitar los municipios de Viloria, San Miguel del Arroyo y Santiago del Arroyo, siguiendo el cauce del Henar.

Más, antes, propongo dar una caminata desde Viloria hasta el Henar. Un paseo de un par de horas entre ida y vuelta.

 

Partimos de la plaza Mayor  o del Templete (aunque ya no quede tal construcción). Por el costado derecho de una casa aislada que parece presidir la plaza arranca una callecita que nos llevará, en apenas unos pasos, a un senderillo umbrío que entre saúcos, olmos y matorrales desciende rápidamente hacia el valle y nos deja encaminados hacia el Monasterio del Henar. Iremos a tomar la parte derecha del valle, ignorando un ancho camino que arranca por la izquierda.

 

Cuando lleguemos a la disyuntiva que aparece en la fotografía, mejor tomar el camino de la izquierda, pues es más agradable y sombrío.

 

Imágenes del valle,  del camino y panorámica de Viloria. Al otro lado del valle está la fuente del Batán, de tan limpias aguas que aún cría berros. Se llama del Batán porque en ella antaño se abatanaban las lanas. Viloria, además de haber replantado el valle con diversidad de árboles incluso frutales,  está tratando de recuperar una vieja laguna que antes había en este enclave.

 

 A los pies del santuario del Henar hay una agradable y frecuentada pradería. En ella, una fuente fechada en 1833, y en la carretera hacia Cuéllar una especie de capillita recuerda la leyenda de la  típica aparición mariana a un pastor. Relatan quienes han escrito sobre esto, que la imagen de la virgen estaba en un pozo en el que permanentemente alumbraba una vela.

 

El santuario acoge una virgen de talla románica y de discutida procedencia, aunque parece claro que data del siglo XII. En torno a la devoción popular que cada año congrega miles de peregrinos, se levantaron los edificios del santuario entre los siglos XVII y XVIII, que incluye un claustro en el que están las dependencias de los monjes. Esta virgen está declarada desde 1958 patrona de los resineros, pues  recorre tierras de antigua producción resinera,  que si bien cayó en desuso frente a los derivados del petróleo, en la actualidad está conociendo una renaciente actividad. 

 

 Concluida la caminata nos dirigiremos hacia San Miguel del Arroyo por la carretera vieja,  no sin antes advertir de la presencia de un molino a nuestra derecha, y un poco más adelante, alejados de la carretera, restos del despoblado de Casarejos.

 

San Miguel del Arroyo. Algunas gentes del municipio me contaron que el Henar era un lugar vivido y que eran los propios vecinos los que limpiaban  y cuidaban su cauce. Además de cangrejos, las aguas del arroyo regaban generosas huertas y que, incluso, la rata de agua antaño se cazaba para atender los gustos culinarios o la necesidad de llenar el estómago. Por el término hay numerosas fuentes, alguna de las cuales (Fuentes Claras), de limpias aguas que surten al municipio, aunque este esté enganchado a la traída llamada de la Churrería. El término posee uno de los grandes pinares (el Negral) que antaño producía una enjundiosa actividad resinera.

 

Junto a la ermita del pueblo, un interesantísimo e ilustrado crucero fechado en 1552.

 

 A las afueras, por el valle, los restos de la ermita de la Virgen de Fuenlabradilla, un lugar de resonancias esotéricas, también conocida como del Santo Espíritu o de las Huelgas.

 

 Nuestro próximo destino será Santiago del Arroyo, una pedanía, con alcalde propio, dependiente de San Miguel.  Mas, antes no debe pasar desapercibido un gran pino aislado que sobrevivió a las obras de la autovía, gracias al empeño de algunos ciudadanos de la localidad.

 

Algunas imágenes de Santiago, en cuyo término está el mayor sabinar de la provincia.

 

 A las afueras, la laguna del Prado y un viejo molino. En Santiago, el  cauce del Henar da un giro de 90 º  hacia la izquierda, y bordeando el sabinar que se encuentra al otro lado de la autovía, va a buscar las aguas del Cega, junto a Cogeces de Íscar.

 

Si estamos dispuestos a que nuestro vehículo coja un poco de polvo, desde Santiago podemos tomar un camino de concentración que parte por debajo de la autovía y discurre paralelo al cauce del Henar. Este camino nos facilita ver otro viejo molino llamado del Valle y la antigua fábrica de rubia (fábrica del Macho) y, como el arroyo, llegaremos a Cogeces de Íscar. La fábrica de rubia producía el cotizado tinte rojo, quizá el color más empleado para la industria del vestir, al menos en el pasado.

 SUGERENCIA: En este mismo blog se pueden ver artículos relacionados con el valle del Henar: UN PROYECTO QUIMÉRICO,  UNA ENIGMÁTICA ERMITA, EL SABINAR DE VALLADOLID y  DE PUENTE A PUENTE.

EL PISUERGA Y LOS ESPOLONES

La belleza natural del Pisuerga la inmortalizó Cervantes en su “Coloquio de los Perros”: “Vamos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento“… “Vámos”, dijo el Alférez.

Se refería Cervantes al Espolón Viejo, un paseo que se prolongaba por la orilla próxima a lo que ahora es la Academia de Caballería. Porque más tarde, ya en el s. XVIII, se construyó el Espolón Nuevo, en la parte del río más inmediata al puente Mayor, detrás del palacio del Conde  -donde ahora está la biblioteca de la Junta de Castilla y León-  cuyas tapias llegaban hasta la misma orilla del río.

Ambos espolones fueron adornados con bancos de piedra, rejería de hierro,  y bolas y leones que lo embellecían.

Las orillas del Pisuerga desde antiguo han concitado el interés de la ciudad. Era, de hecho, un parque natural al que la ciudadanía se asomaba… lugar donde pasar los días festivos.

Este lugar de la ciudad se frecuentaba sobre todo en invierno, pues debido a que está orientado hacia poniente es un lugar relativamente cálido. Sin embargo, el espacio preferido por los vallisoletanos para pasar los calurosos días del estío era el Prado de la Magdalena, donde, además se celebraba la fiesta de San Juan. El Prado tenía mucho arbolado y estaba refrescado por las aguas de la Esgueva.

Las orillas del Pisuerga eran espacio para esparcimiento de la población: baños  paseos en barca incluidos aunque ya en épocas más recientes.  Pero también era lugar para ganarse la vida no sin sufrimiento: lavanderas, pescadores y aguadores encontraban en el río los medios para llevar el pan a casa cada día.

Más tarde, una vez que el Campo Grande comenzó a adquirir el porte y vegetación que ahora presenta, gracias al impulso del alcalde Miguel Íscar, el gran parque se convirtió en la referencia para el esparcimiento de la población. Y más lugares de recreo se fueron consolidando con el paso del tiempo: el Pinar de Antequera a raíz de construirse el apeadero de tren en 1900  (destruido); y Puente Duero (por Beniduero se la conocía en las décadas 1960 y 1970) cuando la población ya comenzó a disponer de vehículo propio.

Pues ya que estamos en pleno verano, vamos a asomarnos a las orillas del Pisuerga.

 

La Sociedad Económica de Amigos del País, una asociación filantrópica auspiciada por Carlos III, solicitó en 1784 que se hiciera una plantación de árboles en los terrenos inmediatos al Pisuerga a la altura, más o menos, del Espolón Nuevo. Por aquella época la plantación de árboles se consideraba una actividad que contribuía a mejorar la salubridad de la población. Sobre este plano de Diego Pérez Martínez de 1875 (aprox.) vemos la plantación  (6); (1) palacio del Conde de Benavente, actual biblioteca de la Junta de Castilla y León; (2) desembocadura del ramal interior de la Esgueva, por debajo del puente de la Cárcel; (3) puente Mayor y aceñas; (4) fuente y pilón llamada del Conde y el regato que llegaba hasta el río. Esto ha hecho que en ocasiones se pensara que era un tercer ramal de las Esguevas; (5) Espolón Nuevo; (7) Espolón Viejo; y (8) torre de la Catedral.

 

En el mismo cauce del Pisuerga se celebraban toda clase de actividades festivas teniendo como fondo el Palacio de la Ribera, muy próximo al puente Mayor, y que ocupaba buena parte de la actual Huerta del Rey: navegaba una galera real o se celebraban fiestas de toros en el agua. Dibujo de Ventura Pérez  (siglo XVIII). En la parte de abajo del dibujo, el Espolón Nuevo.

 

“Vistas del paseo del Espolón”, se titula este cuadro de Leonardo de Araujo de hacia 1815. Véanse los bancos corridos de piedra y las columnas con sus adornos: bolas y leones. Con frecuencia había orquestas que amenizaban los días festivos. Este cuadro se conserva en la Casa de Zorrilla.

 

Detalle de los adornos del Espolón. Dibujo de Ventura Pérez.

 

Vista del palacio del Conde de Benavente desde el río: de nuevo vemos detalles del Espolón: dibujo de Valentín Cardereda, de 1836.

 

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Lavanderas junto a las aceñas… cuando todavía eran reconocibles en el último tercio del s. XIX. (AMVA: Archivo Municipal de Valladolid)

 

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Fechada en 1888, vemos al fondo la orilla del barrio de la Victoria. (AMVA)

 

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Las aceñas ya prácticamente destruidas. Año 1970, se aprecia la estructura del edificio que preside la entrada del Barrio de la Victoria en la plaza de San Bartolomé. AMVA.

 

Fotografia de 1857 en la que se ven las aceñas aún completas. Al fondo asoman dos arcos del Puente Mayor, y sobre él destaca la puerta que cerraba el puente por la parte del barrio de la Victoria. Esta foto se suele considerar como la más antigua de Valladolid, cosa que no se ajusta a la realidad, pues hay al menos otras dos que representan las fachadas del Colegio de San Gregorio y San Pablo que están fechadas en 1852, según me ha informado el experto Antonio Torres Ochoa.

 

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Y  vamos a la zona de las Tenerías. Año 1910. Barcas y, de nuevo, lavanderas. Parte de las tenerías aún son reconocibles en la actualidad si se pasea por la orilla del río. AMVA

 

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El puente Mayor está muy presente en cualquier estampa del Pisuerga. En este caso vemos al fondo a la derecha la estación de San Bartolomé (tren burra), y a la izquierda la fábrica de harinas La Perla, convertida actualmente en hotel. AMVA

 

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Pero el Pisuerga no siempre es “amable” y con frecuencia, sobre todo cuando no estaba regulado por embalses, se desbordaba. Aquí vemos el agua a punto de tapar los ojos del puente. AMVA

 

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Inundación de 1926. AMVA

 

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Inundación de 1979. AMVA

 

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Volvamos al Pisuerga lúdico. Muchachos bañándose en 1918. AMVA

 

En 1958 se construyó la playa artificial. Durante muchos años fue muy frecuentada por los bañistas, tal como se aprecia en esta foto de los años 70. Al fondo y sobre el agua, las numerosas barcas que  se paseaban por el río.  AMVA

 

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Panorámica de las piscinas Deportiva, Samoa y playa, rebosantes de gente en 1969. AMVA

 

Empezamos de la mano de Cervantes y vamos a terminar con el gran literato: en el pretil del puente Mayor del lado de la Victoria, una lápida reproduce un pasaje de La Galatea alabando el Pisuerga.

 

 

 

2017: QUE LA BELLEZA NOS ACOMPAÑE

Feliz año 2017, el año del bicentenario del nacimiento de José Zorrilla.

Lo que deseamos para nosotros y nuestra gente querida no sucederá si no nos empeñamos en conseguirlo. Mientras tanto, propongo disfrutar de las cosas bellas, que pueden ir desde un sencillo chozo a una obra de arte.

Por eso os dedico una de mis piezas preferidas del Museo Nacional de Escultura: Ángeles alféreces, anónimo del siglo XVII… por su serena belleza.

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