ESCRITO EN EL SUELO

El urbanismo y las modas van dejando numerosas huellas en la ciudad: esculturas, rotulación del nombre de las calles,  lápidas conmemorativas o explicativas en las fachadas, fechas y placas en los portales… y  hasta en el suelo se pueden ver huellas que visibilizan lo que algún día hubo allí o  lo que se oculta a nuestros ojos en el subsuelo.

Valladolid, sobre todo en las últimas décadas en las que hay mayor sensibilidad por la historia y el patrimonio de la ciudad, han sido unos cuantos los lugares en los que se han “dibujado” en el suelo detalles mediante colores y materiales que ofrecen a la ciudadanía una especie de relato que ayudan a entender lo que en realidad no está visible. Es una forma de ir dejando constancia viva y en lo posible respetuosa de la vieja ciudad sobre la que se va construyendo la actual.

Con estas premisas propongo recorrer unos cuantos de estos lugares.

Lo que más abunda por centro de Valladolid son placas de bronce fijadas al suelo que dan noticia de edificios pretéritos, calles antiguas y relatos de la Esgueva. Si recorremos con detenimiento los soportales de la plaza Mayor serán unas cuantas las que nos encontraremos, así que como ejemplo traemos a colación la que está en la misma puerta de la Casa Consistorial, que da cuenta del edificio que se construyó en 1570 hasta su derribo en 1879 debido a su estado ruinoso. El actual edificio se inauguró en 1908.

En 1885 se remodeló la fachada de la Iglesia de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que acoge una cofradía penitencial fundada en 1596, peor que hasta 1676 no dispuso del templo que ahora se erige en la calle Jesús. Tras una reciente remodelación de la calle, en el pavimento se ha dejado constancia de donde estaba la fachada inicial del siglo XVII (una especie de triángulo isósceles). Aquella fachada se retranqueó en el año 1885 pues, si nos fijamos, veremos que de haberse mantenido, su esquina quedaría completamente pegada al nuevo Ayuntamiento. No obstante en realidad se retranqueó porque se quería dejar paso hasta el recientemente construido mercado de la plaza del Val (1882), que por aquel entonces se consideró una modernización de la ciudad.

Si nos vamos a la calle Sandoval, en un costado del mercado del Val, se ha adoquinado el suelo haciendo un juego con formas y colores distintos para dejar constancia que por este lugar discurría el ramal norte de la Esgueva en dirección hacia San Benito y su desembocadura en el Pisuerga. Al principio de la calle Sandoval, en la parte de la plaza del Val, una placa en el suelo deja constancia de este discurrir de la Esgueva y del “cariño” que tan vallisoletano río le profesaba el gran Francisco de Quevedo.

En un lateral del antiguo convento de San Benito, actuales dependencias municipales, mirando hacia la plaza del Poniente se ha hecho una especie de turrón del duro y se ha indicado en el pavimento el perfil el alcázar real sobre el que posteriormente se construyó el convento. Debajo de este “montaje” sí se conservan restos auténticos de la antigua fortaleza, tal como se refleja en la fotografía.

Delante de la fachada de Archivo Municipal de Valladolid, antigua iglesia y convento de San Agustín, en la calle Santo Domingo de Guzmán, un pequeño resalte de piedra pareciera que hubiera quedado olvidado cuando en 2003 terminaron la inmensa obra de rehabilitación que llevaron a cabo los arquitectos Gabriel Gallegos y Primitivo González. Pero, desde luego, este pequeño resto histórico no es más que un giño de lo que encierra tanto el edificio como el Parque Arqueológico de está en el costado del Archivo. El Parque pone al descubierto no solo restos de convento de San Agustín, sino restos del antiguo barrio de Reoyo. Un barrio con importantes connotaciones en la historia de Valladolid, pues viene de uno de los dos linajes que durante siglos se repartieron la administración y prebendas de la villa. El otro linaje era el de los Tovar. En el Parque se aprecia una noria, un silo y restos de una pequeña iglesia quizá anterior a la de San Agustín; y restos de algunas capillas de San Agustín.

Volvemos a la Esgueva en la calle de Miguel Íscar. Una vez que se cubrió el cauce en el siglo XIX lo cierto es que en ciertos puntos de la calle con frecuencia se producían hundimientos de la calzada, hasta que en 2006 se acometió una obra de envergadura  para solucionar este recurrente problema de una vez por todas. Según los planos de los que disponen, que datan de 1860 es la mayor bóveda que cubría el río. Aprovechando la urbanización de la calle, mediante baldosas rojas y negras se ha “dibujado” en el suelo la dirección que seguía el río. Se puede comenzar su recorrido desde la plaza de España por la acera de los pares y cruzar a la de los impares. En las imágenes pueden verse estas marcas frente a la Casa Museo de Cervantes y las obras que se acometieron en 2006 (foto publicada en El Día de Valladolid).

Ya que estamos en la calle Miguel Íscar nos acercamos hasta el paseo de Coches del Campo Grande y a la altura de los edificios acristalados, una decena de pequeñas placas de acero nos informan de que en este lugar estaba uno de los principales cementerios judíos. Cuando en 2002 se remodeló el paseo central de Campo Grande se localizaron restos óseo repartidos por 78 enterramientos. Pero los arqueólogos calcularon que se traba de un cementerio que bien  podría haber albergado  un millar de cuerpos. Un sencillo texto del poeta granadino del siglo XII, Mosheh Ibn Ezra, rotulado en una de las placas sirve para honrar la memoria de aquellos vecinos judíos que, hasta la intolerancia religiosa del siglo XV convivieron, en Valladolid, con moros y cristianos: “Son tumbas viejas, de tiempos antiguos/en los que unos hombres duermen el sueño eterno/No hay en su interior ni odio ni envidia/ni tampoco amor o enemistad de vecinos/Al verlas mi mente no es capaz/de distinguir entre esclavos y señores”.

Tanto los judíos  como los musulmanes tenían que enterrarse fuera de las murallas. Por eso en este punto estaba este enterramiento, y en la Casa del Estudiante de la calle Real de Burgos, estaba el cementerio musulmán.

Pues nos vamos al final de calle Santiago, allí donde estaba la puerta del Campo. Una placa deja constancia de aquella puerta, que marcaba los límites de la cerca de la ciudad. Por debajo del asfalto pasaba el cauce de la Esgueva que venía por la actual calle Miguel Íscar, como antes hemos visto. En este punto el cubrimiento del río dejó una formidable construcción que tal vez algún día se haga visitable para el público en general.

Ya son antiguas las marcas que la traía de Argales y de las Marinas de la calle Teresa Gil –a la altura de los números 10 y 20 de la calle-  (en realidad se trata de un grupo de manaderos cercanos uno del otro) del  siglo XVI. Trozos de estas conducciones (sifones, tuberías, etc.) se conservan en San Benito y el jardín del Museo de Valladolid.

Nos dirigimos a la Bajada de la Libertad y a la altura de los números 15-17 en el pavimento se deja constancia de otro de los ramales de la Esgueva. Y en la foto (tomada del libro Valladolid y el río Esgueva. Una historia de encuentros y desencuentros) se puede ver que hay debajo del edificio recién construido y sirve de ejemplo de numerosos restos de la canalización del río y de sus puentes históricos que hay en unos cuantos edificios y calles de la ciudad.

Continúa la Bajada de la Libertad por la calle Angustias. En ella, a raíz de un paño de piedra que apareció tras unas obras en el interior de un edificio, ha pasado considerarse parte de la muralla. En cualquier caso, en el suelo se ha marcado con loseta de distinto color la ubicación de algunas puertas de acceso, en esta parte conocida como el Bao. En la imagen una placa adherida al paño de piedra. Esta placa advierte de que la muralla debió levantarse en el siglo XII y que en el XV perdió su función, por lo que parte de sus piedras sirvieron de cimentación para otras construcciones. Y que bajo la cota de la calle se hallan restos auténticos de la fortificación.

Parece que cuando el repoblador Ansúrez llegó a la aldea vallisoletana ya estaba construida la iglesia de san Pelayo, que un siglo más tarde cambió su advocación por la de san Miguel, que fue patrón de la ciudad hasta el siglo XVIII. Aquel templo estaba en la actual plaza de San Miguel. Precisamente en ese siglo se decidió derribar el templo dado su ruinoso estado. La última reforma que se hizo de la plaza, decidió dejar un pequeño testimonio de aquella primitiva iglesia en forma de unas losetas que indican donde aún hay restos arqueológicos. Algunos elementos arqueológicos de la iglesia se depositaron en el Museo de Valladolid junto a un panel informativo. Estos restos, lápidas en general, se encuentran en el acceso al jardín del Museo.

Las recientes obras de ampliación del Hospital Clínico dejaron al descubierto restos de edificaciones religiosas de cuya existencia ya había constancia. De estos restos se ha dejado huella evocadora mediante dibujos sobre el asfalto perfectamente visibles en la zona de acceso a Urgencias.

Y nos vamos a despedir con una huella simpática que no tiene que ver con ningún acontecimiento histórico o urbanístico de enjundia, pero que rebosa la evocación de un Valladolid antiguo. Hay en la calle dibujada una serpiente que es en realidad la plasmación del nombre de la calle: Sierpes, cuyo nombre viene de lo sinuoso de su trazado, que en realidad ha quedado reducido a solo un tramo de la vieja calle que era notoriamente más larga. Delfín Val, cronista de Valladolid, escribió en la Revista de Folklore de la Fundación Joaquín Díaz un texto titulado “Dos muertes en la calle Sierpes”. Una, ocurrida en 1750,  habla de un hombre que murió a manos de un soldado que previamente había sido increpado por la esposa del asesinado por orinar en la calle. La otra, la relataremos prácticamente en su totalidad: “A principios de siglo se cantaba por las calles y mercados de Valladolid una coplilla que decía “En la calle de la Sierpe mataron a Pepinillo por hacer burlo a los guardias y enseñarles el culillo”. El guardia que disparó contra el despantalonado Pepinillo pertenecía a un piquete antidisturbios que había tratado, sin resultado, de aplacar  los ánimos airados de un grupo de mujeres, que se manifestaban por las calles de Valladolid porque les habían subido el precio del pan en unos céntimos. Aquellas mujeres, que debían ser de armas tomar, apedreaban a los guardias con tan desatada furia, que éstos tuvieron que refugiarse en la estrecha calle de la Sierpe. Fue entonces cuando el randa de Pepinillo tiró de pantalón y lanzó por la boca la imitación de una ventosidad dedicada a la autoridad. Un disparo dio con el pícaro en tierra y solo su sangre logró dispersar la manifestación, olvidándola, para atenderle a él…”

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NOTA: El libro Valladolid y el río Esgueva, editado por el Ayuntamiento de Valladolid, está coordinado por Jesús Misiego y José Ignacio Díaz-Caneja.

SIMANCAS, TESTIGO DE UNA LEGENDARIA BATALLA

A los pies de Simancas, y atravesando el último puente medieval de su recorrido, el Pisuerga corre a rendir sus aguas en el Duero.

Es este, por tanto, el último lugar en el que aún se puede disfrutar de los paisajes que ha ido labrando el caudaloso río desde que nació en las montañas Palentinas.

Partiremos desde el otro lado del puente medieval, cuya fábrica actual se remonta al siglo XIII, y al que se le atribuye un primer origen romano. Desde aquí apreciamos una panorámica general del caserío,  que creció trepando las laderas que caen sobre el río. El paso sobre el puente nos permite apreciar el punto en el que el Pisuerga ya ha adquirido su máximo caudal escasos metros antes de desembocar en el Duero.

Nos encaramos hacia Simancas por un murete de piedra que se ve perfectamente desde el puente y que nos conduce hacia uno de los pocos rollos jurisdiccionales que se conservan en Valladolid, y hasta el afamado mirador de Simancas, al final de la calle Costanilla. Este rollo fue fruto de una disposición de  Felipe II, que eximió a la población de su dependencia  de Valladolid otorgándola, por tanto, capacidad para administrarse por sí misma.

Desde el mirador, que no por las veces que haya sido visitado deja de perder interés, se aprecia en toda su dimensión el impresionante puente, y cómo el Pisuerga comienza a describir una curva hacia donde perderá su nombre.

Buen lugar es el mirador para percatarnos de la magnitud que debió tener la batalla de Simancas,  pues se desarrolló, más o menos, por los campos que, a este lado del río, se encontraban hacia nuestra izquierda.

Aquella famosísima batalla y la mejor documentada de todas las de aquellos siglos, se desarrolló en agosto de año 939. Fue una gran victoria de los reinos cristianos de León, Castilla y Navarra sobre las tropas sarracenas de Abderraman III: algunas crónicas hablan de que aquel poderoso califa vino con un ejército de  100.000 hombres (seguramente una exageración). Lo cierto es que aquella victoria cristiana tuvo eco en toda Europa, y se considera el principio del declive de la dominación musulmana, pues se rebasó la frontera del Duero hasta el río Tormes y, desde entonces, apenas hubo razias del Al Andalus al norte de este río. Como en buena parte de aquellas batallas de reconquista, no falta la leyenda acerca de la intervención de un santo en favor de los cristianos, en este caso San Millán, lo que junto a su aparición en otras batallas, lo convirtió en co-patrón de España, junto a Santiago. 

En este punto de Simancas, y antes de volver a su puente medieval, vamos a dar un paseo por el interesante caserío de la villa. Desde la plaza del Mirador se vislumbra la fachada del Ayuntamiento, hacia donde iremos para bordear la iglesia románica de El Salvador y situarnos frente a la entrada principal del Archivo General. Allí está la llamada fuente del Rey. Antes habremos pasado por una escultura de Coello que representa la leyenda de las doncellas mancas.

Siguiendo la ronda del Archivo, en su costado nos acercamos hasta una fuente antigua, con su pilón, que, cosa poco corriente, aparece dibujada en grabados del siglo XIX.

Desde este lugar, y apenas iniciado el largo descenso hasta el río, tomaremos la calle Cava que, ascendiendo, nos introduce de nuevo en el casco urbano: por  las calles Cava, Olmas y Herradura llegaremos hasta la de El Salvador, donde se levanta uno de los muchos hospitales de pobres, huérfanos y peregrinos que había por todo Valladolid –muchos ya desaparecidos-. Este conserva muy bien su traza del siglo XVI. Y esto nos lleva de nuevo a la famosa batalla de Simancas: El Salvador es el nombre  de la iglesia de la localidad, el de una calle, el del hospital que acabamos de visitar… es El Salvador (uno de los sobrenombres de Cristo) patrón de la villa porque en la fecha de su onomástica (6 de agosto) se conmemora la batalla.

Concluiremos la excursión buscando calles que, bajando, nos permitan volver a nuestro punto de partida, desde donde nos acercaremos a tocar el agua del río. Los más curiosos pueden llegar hasta el mismo centro del cauce caminando sobre las piedras de una antigua pesquera: la potencia de las aguas del Pisuerga impone… y si nos dejamos llevar por las sensaciones, vivifican.

Camino del mirador está el rollo de la justicia que se puede ver en la izquierda de la imagen. Un poco más arriba se puede ver el arranque de un arco que servía de puerta de entrada a la fortaleza simanquina.

Paisaje desde el mirador, donde se aprecia el lamentable estado de la vieja fábrica de harinas.

Escultura de Gonzalo Coello que representa la leyenda de las siete mancas y cuyos ellos se remontan a los tiempos de Abderramán II. La tradición de doncellas que tributaban algunas poblaciones a los califas árabes también existe en otros puntos de España.

Fuente del Rey, frente al Archivo General. La traza actual del castillo se debe a Juan de Herrera, pero el origen de la fortaleza se remonta a una construcción musulmana. El archivo fue iniciado por Carlos I y consolidado por su hijo Felipe II, que encargó a Juan de Herrera que hiciera las modificaciones pertinentes para esta finalidad archivística. Guarda toda la documentación producida por los órganos de gobierno de la monarquía hispánica desde los Reyes Católicos hasta Isabel II. La UNESCO lo declaró en 2017 Patrimonio de la Humanidad en su categoría de Memoria del Mundo

Vieja fuente del siglo XIX

Hospital de El Salvador, del siglo XVI.

Las aguas del Pisuerga vistas desde la pesquera.

NOTA. Sobre la batalla de Simancas recomiendo la lectura de “Simancas 939. La batalla del Supremo Poder” en el blog Ermitiella, de la arqueóloga vallisoletana Mariché Escribano.

FERIA DEL LIBRO

Este miércoles 5 de junio, de 12 a 14 h. estaré en la caseta de Editorial Páramo para entregar el libro a quienes lo hayan comprado anticipadamente. Y para atenderos a quienes queráis comprarlo en la Feria.

También vale acercarse para, simplemente, charlar un rato.

El libro se presentará oficialmente el domingo 9 a las 12 en el Teatro Zorrilla. Ya lo recordaré.

CRUCEROS, EN LA SOLEDAD DE LOS CAMINOS

Son infinidad las cruces de piedra que se pueden encontrar en caminos y tierras de Valladolid, especialmente en los páramos y sus estribaciones (quizá porque en ellos abunda la piedra). Y no nos referimos a las que forman parte de los Vía Crucis, ni tampoco a los humilladeros y aquellas que se erigen a las puertas de iglesias y ermitas.

No, hablamos de aquellas cruces solitarias que están en las encrucijadas de los  caminos, en el interior de un pinar (como la cruz de Tudela, en Mojados), en mitad de unas tierras de cultivo o  presidiendo las eras.

Todos representan la misma cruz, el símbolo máximo de la religión cristiana. Sin embargo no todos, ni mucho menos, han sido erigidos por los mismos motivos. Incluso algunos nadie ha sabido explicar porque fueron puestos en el lugar que ocupan. Pero lo cierto es que es difícil que en las inmediaciones de una población o en los caminos que a ellas conducen –especialmente si se trata de encrucijadas- no se encuentre una cruz.

Un buen puñado de cruces no son sino el recuerdo de una muerte súbita (el infarto que sorprendió al segador en el campo), el agradecimiento por el desenlace feliz de un rayo que no terminó con la vida de un campesino junto a su arado o con el rebaño de un pastor.

 

¿Tal vez la cristianización del rito pagano por el que los viajeros del pueblo de Roma,  al emprender un viaje depositaban piedras al borde del camino en honor de Hermes?, lugares donde se solían poner los santones para augurar buen viaje a los caminantes. ¿O tal vez la cristianización de lugares que transmiten cierta magia, como tradicionalmente se han considerado las encrucijadas, en las que en ocasiones se practicaban ciertos rituales?

Los celtas consideraban sagrados los cruces de los caminos, o, también lugares en los que se encontraban el demonio y las ánimas que vagaban por la noche. También tenían la costumbre de enterrar a sus muertos con piedras a las afueras de las poblaciones.

En fin, en las encrucijadas se comenzó a invocar a ciertas divinidades para protegerse de los males y la oscuridad… y una forma de hacer ofrendas era dejar piedras, que se iban convirtiendo en un montón y, acaso, aquello fue el origen de consolidar pilastras o cruceros.

En cualquier caso, los cruceros se multiplicaron a partir de la Contrarreforma. Una obsesión por imponer la presencia de la religión en todos los órdenes de la vida: no solo en el interior de los templos, en las tradiciones populares o en el interior de los hogares, sino también en la intemperie y, especialmente, en los caminos, como el llamado crucero del Pelícano en las afueras de Portillo según se va desde Valladolid, o el de Bahabón en la carretera hacia Campaspero. Sobre todo en las encrucijadas, del que es buen ejemplo la cruz del Pico de  Montemayor de Pililla, del siglo XVI.  Endefinitiva, a las entradas (o salidas según se mire) de las poblaciones.

En Quintanilla de Arriba, el que hay a las orillas del Duero recuerda una leyenda incluida un trágica muerte: el hermano Diego (en este mismo blog se relata aquel episodio). También los hay que recuerdan el agradecimiento por un buen año de mies, o para hacer una rogativa perpetua pidiendo una buena cosecha. Y los hay que se levantaron para indicar los límites territoriales de un pueblo.

 

Del crucero de Torrescárcela, en el valle del Valcorba, se sabe que desde antaño, por San Marcos, en abril, hasta él se iba en rogativa  para implorar buenas cosechas.

En Mojados está la cruz de Tudela  (siglo XVII), que aún se puede contemplar en todo su esplendor, la cual señala un cruce de caminos de aquella época, como es el camino antiguo a Valladolid, a través de la cañada de Santiago. Después en el siglo XX sirvió en carnavales a los mojadenses para peregrinar el Miércoles de Ceniza en procesión hasta ella y enterrar la sardina

Hay cruceros muy ilustrados, como el de Canalejas de Peñafiel que data de 1760 y que está en la plaza de la Cruz.

Algunos,  decorados con querubines, como los de Aldea de San Miguel, San Miguel del Arroyo o la llamada cruz de Pesquera, en Cogeces de Iscar (del siglo XVI)…

… O adornados con bolas, como los de Lomoviejo o Cogeces del Monte… Unos están completamente desnudos, otros representan la crucifixión de Cristo, también los hay esculpidos con tibias y calaveras… y algunos incluyen una sucinta Piedad…

Se pueden ver cruceros en Casasola de Arión, Iscar, Llano de Olmedo, Fompedraza, Puras, Bocigas, un curioso crucero de hierro en Marzales, Campaspero (quizá la población con más cruces), Alaejos…

 

EL HENAR, UN ARROYO LEGENDARIO

El modesto arroyo del Henar nace en tierras cuellaranas, en la provincia de Segovia. Y al arzobispado de aquella ciudad pertenecieron algunos de los pueblos de este valle y otros del páramo de Cogeces-Campaspero.

 Estos municipios quedaron definitivamente asentados en Valladolid cuando el decreto del ministro de Fomento Javier de Burgos en 1833 rehízo los límites y comarcas que han terminado por configurar las provincias actuales.

 Es el caso que el Henar recorre 25 kilómetros hasta desembocar en Cogeces de Íscar. Y junto a él, tres poblaciones que guardan recuerdos y añoranzas de lo que en el pasado fue un cauce cangrejero cuyo agua regaba huertas y movía algunos molinos: de harina primero y de producción de energía eléctrica después.

El arroyo ahora está seco en su cabecera, que nacía junto a los  manantiales  de Juarros,  las Torres y  los Peces. Pero en la actualidad necesita adentrarse en el valle de Viloria para que sean los manantiales que a un lado y otro hay aporten el escaso agua que vemos: como el del Batán o de los Morales, entre otros.

Esta precariedad de aguas sin embargo no se corresponde con la historia del arroyo, pues alimentó diversos molinos e incluso en la década de 1930 se estudió abastecer la ciudad de Valladolid con el abundante agua que manaba de las fuentes del valle de Viloria, sin menoscabar el caudal del Henar.

Contado esto, vamos a visitar los municipios de Viloria, San Miguel del Arroyo y Santiago del Arroyo, siguiendo el cauce del Henar.

Más, antes, propongo dar una caminata desde Viloria hasta el Henar. Un paseo de un par de horas entre ida y vuelta.

 

Partimos de la plaza Mayor  o del Templete (aunque ya no quede tal construcción). Por el costado derecho de una casa aislada que parece presidir la plaza arranca una callecita que nos llevará, en apenas unos pasos, a un senderillo umbrío que entre saúcos, olmos y matorrales desciende rápidamente hacia el valle y nos deja encaminados hacia el Monasterio del Henar. Iremos a tomar la parte derecha del valle, ignorando un ancho camino que arranca por la izquierda.

 

Cuando lleguemos a la disyuntiva que aparece en la fotografía, mejor tomar el camino de la izquierda, pues es más agradable y sombrío.

 

Imágenes del valle,  del camino y panorámica de Viloria. Al otro lado del valle está la fuente del Batán, de tan limpias aguas que aún cría berros. Se llama del Batán porque en ella antaño se abatanaban las lanas. Viloria, además de haber replantado el valle con diversidad de árboles incluso frutales,  está tratando de recuperar una vieja laguna que antes había en este enclave.

 

 A los pies del santuario del Henar hay una agradable y frecuentada pradería. En ella, una fuente fechada en 1833, y en la carretera hacia Cuéllar una especie de capillita recuerda la leyenda de la  típica aparición mariana a un pastor. Relatan quienes han escrito sobre esto, que la imagen de la virgen estaba en un pozo en el que permanentemente alumbraba una vela.

 

El santuario acoge una virgen de talla románica y de discutida procedencia, aunque parece claro que data del siglo XII. En torno a la devoción popular que cada año congrega miles de peregrinos, se levantaron los edificios del santuario entre los siglos XVII y XVIII, que incluye un claustro en el que están las dependencias de los monjes. Esta virgen está declarada desde 1958 patrona de los resineros, pues  recorre tierras de antigua producción resinera,  que si bien cayó en desuso frente a los derivados del petróleo, en la actualidad está conociendo una renaciente actividad. 

 

 Concluida la caminata nos dirigiremos hacia San Miguel del Arroyo por la carretera vieja,  no sin antes advertir de la presencia de un molino a nuestra derecha, y un poco más adelante, alejados de la carretera, restos del despoblado de Casarejos.

 

San Miguel del Arroyo. Algunas gentes del municipio me contaron que el Henar era un lugar vivido y que eran los propios vecinos los que limpiaban  y cuidaban su cauce. Además de cangrejos, las aguas del arroyo regaban generosas huertas y que, incluso, la rata de agua antaño se cazaba para atender los gustos culinarios o la necesidad de llenar el estómago. Por el término hay numerosas fuentes, alguna de las cuales (Fuentes Claras), de limpias aguas que surten al municipio, aunque este esté enganchado a la traída llamada de la Churrería. El término posee uno de los grandes pinares (el Negral) que antaño producía una enjundiosa actividad resinera.

 

Junto a la ermita del pueblo, un interesantísimo e ilustrado crucero fechado en 1552.

 

 A las afueras, por el valle, los restos de la ermita de la Virgen de Fuenlabradilla, un lugar de resonancias esotéricas, también conocida como del Santo Espíritu o de las Huelgas.

 

 Nuestro próximo destino será Santiago del Arroyo, una pedanía, con alcalde propio, dependiente de San Miguel.  Mas, antes no debe pasar desapercibido un gran pino aislado que sobrevivió a las obras de la autovía, gracias al empeño de algunos ciudadanos de la localidad.

 

Algunas imágenes de Santiago, en cuyo término está el mayor sabinar de la provincia.

 

 A las afueras, la laguna del Prado y un viejo molino. En Santiago, el  cauce del Henar da un giro de 90 º  hacia la izquierda, y bordeando el sabinar que se encuentra al otro lado de la autovía, va a buscar las aguas del Cega, junto a Cogeces de Íscar.

 

Si estamos dispuestos a que nuestro vehículo coja un poco de polvo, desde Santiago podemos tomar un camino de concentración que parte por debajo de la autovía y discurre paralelo al cauce del Henar. Este camino nos facilita ver otro viejo molino llamado del Valle y la antigua fábrica de rubia (fábrica del Macho) y, como el arroyo, llegaremos a Cogeces de Íscar. La fábrica de rubia producía el cotizado tinte rojo, quizá el color más empleado para la industria del vestir, al menos en el pasado.

 SUGERENCIA: En este mismo blog se pueden ver artículos relacionados con el valle del Henar: UN PROYECTO QUIMÉRICO,  UNA ENIGMÁTICA ERMITA, EL SABINAR DE VALLADOLID y  DE PUENTE A PUENTE.

EL PISUERGA Y LOS ESPOLONES

La belleza natural del Pisuerga la inmortalizó Cervantes en su “Coloquio de los Perros”: “Vamos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento“… “Vámos”, dijo el Alférez.

Se refería Cervantes al Espolón Viejo, un paseo que se prolongaba por la orilla próxima a lo que ahora es la Academia de Caballería. Porque más tarde, ya en el s. XVIII, se construyó el Espolón Nuevo, en la parte del río más inmediata al puente Mayor, detrás del palacio del Conde  -donde ahora está la biblioteca de la Junta de Castilla y León-  cuyas tapias llegaban hasta la misma orilla del río.

Ambos espolones fueron adornados con bancos de piedra, rejería de hierro,  y bolas y leones que lo embellecían.

Las orillas del Pisuerga desde antiguo han concitado el interés de la ciudad. Era, de hecho, un parque natural al que la ciudadanía se asomaba… lugar donde pasar los días festivos.

Este lugar de la ciudad se frecuentaba sobre todo en invierno, pues debido a que está orientado hacia poniente es un lugar relativamente cálido. Sin embargo, el espacio preferido por los vallisoletanos para pasar los calurosos días del estío era el Prado de la Magdalena, donde, además se celebraba la fiesta de San Juan. El Prado tenía mucho arbolado y estaba refrescado por las aguas de la Esgueva.

Las orillas del Pisuerga eran espacio para esparcimiento de la población: baños  paseos en barca incluidos aunque ya en épocas más recientes.  Pero también era lugar para ganarse la vida no sin sufrimiento: lavanderas, pescadores y aguadores encontraban en el río los medios para llevar el pan a casa cada día.

Más tarde, una vez que el Campo Grande comenzó a adquirir el porte y vegetación que ahora presenta, gracias al impulso del alcalde Miguel Íscar, el gran parque se convirtió en la referencia para el esparcimiento de la población. Y más lugares de recreo se fueron consolidando con el paso del tiempo: el Pinar de Antequera a raíz de construirse el apeadero de tren en 1900  (destruido); y Puente Duero (por Beniduero se la conocía en las décadas 1960 y 1970) cuando la población ya comenzó a disponer de vehículo propio.

Pues ya que estamos en pleno verano, vamos a asomarnos a las orillas del Pisuerga.

 

La Sociedad Económica de Amigos del País, una asociación filantrópica auspiciada por Carlos III, solicitó en 1784 que se hiciera una plantación de árboles en los terrenos inmediatos al Pisuerga a la altura, más o menos, del Espolón Nuevo. Por aquella época la plantación de árboles se consideraba una actividad que contribuía a mejorar la salubridad de la población. Sobre este plano de Diego Pérez Martínez de 1875 (aprox.) vemos la plantación  (6); (1) palacio del Conde de Benavente, actual biblioteca de la Junta de Castilla y León; (2) desembocadura del ramal interior de la Esgueva, por debajo del puente de la Cárcel; (3) puente Mayor y aceñas; (4) fuente y pilón llamada del Conde y el regato que llegaba hasta el río. Esto ha hecho que en ocasiones se pensara que era un tercer ramal de las Esguevas; (5) Espolón Nuevo; (7) Espolón Viejo; y (8) torre de la Catedral.

 

En el mismo cauce del Pisuerga se celebraban toda clase de actividades festivas teniendo como fondo el Palacio de la Ribera, muy próximo al puente Mayor, y que ocupaba buena parte de la actual Huerta del Rey: navegaba una galera real o se celebraban fiestas de toros en el agua. Dibujo de Ventura Pérez  (siglo XVIII). En la parte de abajo del dibujo, el Espolón Nuevo.

 

“Vistas del paseo del Espolón”, se titula este cuadro de Leonardo de Araujo de hacia 1815. Véanse los bancos corridos de piedra y las columnas con sus adornos: bolas y leones. Con frecuencia había orquestas que amenizaban los días festivos. Este cuadro se conserva en la Casa de Zorrilla.

 

Detalle de los adornos del Espolón. Dibujo de Ventura Pérez.

 

Vista del palacio del Conde de Benavente desde el río: de nuevo vemos detalles del Espolón: dibujo de Valentín Cardereda, de 1836.

 

b amva Pisuerga_03

Lavanderas junto a las aceñas… cuando todavía eran reconocibles en el último tercio del s. XIX. (AMVA: Archivo Municipal de Valladolid)

 

c Pisuerga_1888

Fechada en 1888, vemos al fondo la orilla del barrio de la Victoria. (AMVA)

 

d Pisuerga_1970

Las aceñas ya prácticamente destruidas. Año 1970, se aprecia la estructura del edificio que preside la entrada del Barrio de la Victoria en la plaza de San Bartolomé. AMVA.

 

Fotografia de 1857 en la que se ven las aceñas aún completas. Al fondo asoman dos arcos del Puente Mayor, y sobre él destaca la puerta que cerraba el puente por la parte del barrio de la Victoria. Esta foto se suele considerar como la más antigua de Valladolid, cosa que no se ajusta a la realidad, pues hay al menos otras dos que representan las fachadas del Colegio de San Gregorio y San Pablo que están fechadas en 1852, según me ha informado el experto Antonio Torres Ochoa.

 

e amva pisuerga 1910

Y  vamos a la zona de las Tenerías. Año 1910. Barcas y, de nuevo, lavanderas. Parte de las tenerías aún son reconocibles en la actualidad si se pasea por la orilla del río. AMVA

 

f Pisuerga_07

El puente Mayor está muy presente en cualquier estampa del Pisuerga. En este caso vemos al fondo a la derecha la estación de San Bartolomé (tren burra), y a la izquierda la fábrica de harinas La Perla, convertida actualmente en hotel. AMVA

 

g Pisuerga_12

Pero el Pisuerga no siempre es “amable” y con frecuencia, sobre todo cuando no estaba regulado por embalses, se desbordaba. Aquí vemos el agua a punto de tapar los ojos del puente. AMVA

 

j amva pisuerga 1926

Inundación de 1926. AMVA

 

i amva pisurga 1979

Inundación de 1979. AMVA

 

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Volvamos al Pisuerga lúdico. Muchachos bañándose en 1918. AMVA

 

En 1958 se construyó la playa artificial. Durante muchos años fue muy frecuentada por los bañistas, tal como se aprecia en esta foto de los años 70. Al fondo y sobre el agua, las numerosas barcas que  se paseaban por el río.  AMVA

 

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Panorámica de las piscinas Deportiva, Samoa y playa, rebosantes de gente en 1969. AMVA

 

Empezamos de la mano de Cervantes y vamos a terminar con el gran literato: en el pretil del puente Mayor del lado de la Victoria, una lápida reproduce un pasaje de La Galatea alabando el Pisuerga.