EL VUELO DE LA CARPA: MUSEO ORIENTAL

El centenario Museo Oriental ya tenía organizada una colección en 1874, aunque solo con el objeto de mostrar a los seminaristas agustinos-filipinos las culturas en las que habrían de sumergirse cuando, ya formados, marcharan hacia Oriente.

El museo, acaso uno de los más desconocidos de Valladolid,  acoge la mejor colección de arte de Extremo Oriente existente en España, y abarca una cronología que va desde el siglo VI a. C. hasta el siglo XXI.

Se trata de piezas y objetos  que se centran en las culturas china, filipina y japonesa.

En 1908 se colocó la colección en un enorme salón del convento. Y a partir de aquel año el Museo  se abre al público aunque sólo a los varones, pues las normas de entonces establecían que en un convento de frailes no podían entrar mujeres. Esta restricción desaparece por completo en 1980, cuando se abre  en las dependencias actuales.  El Museo no está estancado con su colección original, sino que se enriquece con nuevas aportaciones, como  la que hizo en su día la familia Ibañez-Urbón, que cedió varias porcelanas chinas Yuang que abarcan un periodo que va desde el siglo XIII hasta el XXI.

¿Qué nos vamos a encontrar en este museo? La verdad es que es imposible resumirlo, pues se trata de una ingente variedad de objetos, materiales y costumbres. Pero podemos destacar los esmaltes, la cerámica y porcelana, las lacas, esculturas en jade y marfil, sedas, caligrafía, mobiliario vario, armas y armaduras, vestimenta, etc. etc. además de numerosas fotografías, grabados y dibujos.

Más, antes de comenzar un recorrido por el museo es necesario indicar que en él está muy presente la figura de fray Andrés de Urdaneta. Este monje agustino no solo encabezó la primera expedición de seminaristas a Filipinas, sino que su fama trascendió por haber sido el que estableció el llamado “tornaviaje”. Esta ruta, que se utilizó durante siglos, marcó a los barcos el rumbo de ida y vuelta entre Filipinas y México, y permitió un continuo trasiego de mercancías y especias de todo tipo que, desde México, terminaban por llegar a España. Itinerario que siguieron buena parte de los preciados objetos que se exponen en el Museo, entre los que se encuentran los famosos mantones de Manila que, en realidad, proceden de Cantón o la provincia de Fukien, ambos enclaves en suelo chino.

Entremos en algunos detalles sobre este interesante viaje: en 1559 Felipe II escribe desde Valladolid una carta a Urdaneta en la que pide al que antes fue experto marino (que incluso navegó junto a Juan Sebastián el Cano), que condujera las naves reales desde Méjico (que es donde estaba el agustino), hasta Filipinas y que las hiciera regresar con éxito: le estaba pidiendo que hiciera un viaje de ida y vuelta que hasta entonces jamás se había realizado. Y así se llevó a cabo en el año de 1565. El viaje de ida y vuelta se hizo  por rutas distintas, para aprovechar los vientos favorables a las velas de las naves.

El museo tiene, además, un valor añadido: el edifico en el que se halla emplazado… Pero, pasemos a deambular por sus salas, deteniéndonos con detalle en algunas de sus piezas.

 

La sede del museo está en el edificio neoclásico que comenzó a construirse en 1759 siguiendo los planos del afamado arquitecto Ventura Rodríguez. Este arquitecto tiene numerosa obra pública y religiosa en toda España: Palacio de Liria, fachada de la catedral  de Pamplona, culminación del Pilar de Zaragoza, capilla Real de Madrid, balneario de las Caldas, etc. etc.

 

Pasillos y claustro, en el que se ha instalado un busto del padre Manuel Blanco, importante botánico del siglo XIX. Describió más de dos mil especies de la flora filipina y su obra tiene el especial valor de indicar las aplicaciones culinarias y medicinales de cada especie.

 

Entrada al  Museo.

 

Blas Sierra, director del Museo, en una de las salas de China destaca un  dibujo sobre papel, titulado “Carpas remontando una cascada”, de la Dinastía Ming, que gobernó China entre 1368 y 1644, en el que se ve una gran carpa que  parece  pretender alcanzar la luna anaranjada que preside el cuadro,  mientras que las olas, casi unas garras, tratan de atraparla impidiéndola cumplir su sueño. Es, en definitiva, una metáfora que representa la lucha contra los obstáculos que el ser humano ha de superar para conseguir  sus deseos.

 La pintura está muy influenciada por el taoísmo, que muestra su amor y sensibilidad por la naturaleza. A buen seguro que el cuadro lo pintó algún monje budista que, al igual que otros pintores y poetas, escogió para su “fugis mundo” –cual anacoretas- las montañas o las orillas de los ríos. Dice la leyenda que se comunicaban entre ellos a través de las carpas: depositaban un mensaje en la boca del pez para que este lo llevara hasta otro eremita asentado en alguna montaña o en otro remoto lugar de la orilla de algún río. 

 

Y como en todo cuadro chino que se precie, se verá una muestra de caligrafía –los ideogramas-, que representa el arte de escribir. Pero en lo que a caligrafía se refiere nos fijaremos en otras muestras.  En China, la caligrafía y la pintura persiguen la misma cosa. El arte de escribir es la exhibición de la libertad de movimientos. La mano del calígrafo –del pintor- traza los ideogramas moviendo su muñeca como si se tratara de pasos de danza. En la cultura china, una pintura con caligrafía adquiere más valor que una pintura sin ella. Es más, con frecuencia, los cuadros son, en realidad, únicamente ideogramas: representaciones del arte de la danza, del ritmo, de la libertad. La caligrafía es el arte de danzar sobre el papel. Y de este arte de la caligrafía ofrece el museo diversas y bellas muestras. Algunos de los lienzos no han podido ser traducidos por tratarse de dialectos  chinos ya extinguidos.

 

En las salas de Filipinas, un Santo Niño de Cebú, realizado en madera, oro y plata por un orfebre chino hacia 1760 por encargo de los misioneros Agustinos-Filipinos, reproduce la imagen original de este Niño –realizada únicamente en madera- que se conserva en la Basílica del Santo Niño de Cebú, propiedad de los mismos frailes. La talla original, símbolo de los Agustinos, la portaba Magallanes cuando recaló en Filipinas, allá por 1521,  y se la regaló a una princesa de la isla que se encaprichó de la talla.

 

Y no podían faltar los kimonos japoneses en el museo. De entre ellos se puede destacar el “Kimono con cerezo en flor”. Realizado en el siglo XIX, está pintado y bordado en seda y oro. La prenda ofrece las tres artes más características del Japón: el arte textil, el de bordar y el de pintar. Representa el espíritu japonés: el kimono, la floración del cerezo, el renacer de la vida –las flores- en pleno invierno aún cuando parece que el árbol está totalmente muerto. Pero también advierte de lo efímero de la vida y la belleza, pues estas delicadas flores invernales pronto caerán abatidas por el viento. La flor del cerezo es, en realidad, corta como la vida del samurai. Una vida corta pero intensa que, sin embargo, ha merecido la pena, porque la flor y el samurai han luchado y vivido por algo.

 

 Buda Sakyamuni, realizado en China en bronce.

 

Avalokitesvara, dinastía Ming (1368-1644). Se trata de uno de los santos del budismo, que aún preparándose para llegar a la categoría de Buda no logran alcanzar su objetivo.

 

Traje de dragones, bordado en seda, es del siglo XIX.

 

Colección de armas de Mindanao (Filipinas).

 

Marfiles hispano-filipinos: en este caso se trata de figuras para ser vestidas.

 

Armadura japonesa de hierro, laca,  cuero y seda. Realizada en el siglo XVII.

 

Vitrina de marfiles chinos. Obsérvese en uno de ellos el  detallado trabajo para representar escenas de una batalla.

 

 

Entre tantísimos objetos curiosos que alberga el Museo está la espada del general Jáudenes, que en nombre de España rindió Filipinas en 1898.

 

NOTAS. El museo está en el Real Colegio de PP. Agustinos, sito  en paseo de Filipinos, 7 Valladolid. HORARIO: de 16 a 19 horas de lunes a sábados. Domingos y festivos de 12 a 14. Por las mañanas, sólo grupos concertados.  Teléfonos 983 306 800 y 900

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PASEO ENTRE ÁRBOLES: DÍA MUNDIAL DEL ÁRBOL

Las viejas huertas de los conventos, las riberas de ríos y canales, y los parques, aportan a Valladolid  un valioso patrimonio natural formado por los árboles. Pero estos testigos vivos y en continua evolución, también se prodigan por calles y plazuelas.

En las  últimas décadas Valladolid ha incrementado de forma exponencial sus parques y zonas ajardinadas, creando una mancha ecológica que supera incluso las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud en cuanto a los metros cuadrados de zona verde que debe disponer cada habitante. La estadística dice que en Valladolid hay casi 20 metros cuadrados por persona (la OMS recomienda 15). Eso referido solo a jardines digamos urbanos. Si incluyéramos el Pinar de Antequera, la Fuente El Sol y las riberas de ríos y canales, tendríamos que decir que cada vallisoletano dispone de 90 metros cuadrados de zona verde y arbolada.

Cabe anotar que buena parte de esos jardines urbanos se han tenido que hacer en zonas periféricas de los barrios: Canterac, La Salud, Ribera de Castilla… pues la brutal especulación urbanística de los años 60 y 70 ocupó prácticamente todo el suelo urbanizable de los barrios de Delicias, Pajarillos y Rondilla (entre otros), haciendo imposible crear buenas zonas verdes entre el callejero de esos barrios.

Pues bien, contado esto, y tomando como disculpa que el día 28 de junio se celebra el Día Mundial del Árbol, vamos a dar un paseo buscando algunos de los árboles y jardines más interesantes de Valladolid ciudad, no sin advertir que esta propuesta no agota en absoluto todas las posibilidades de disfrutar de nuestros árboles y jardines.

 

Plátanos de la plaza Circular. Son sin duda los más imponentes de Valladolid. Esta plaza se construyó una vez que se soterró la Esgueva que pasaba por aquí buscando la actual calle de Nicolás Salmerón. En la plaza había un puente que aún se conserva en el subsuelo.

 

El Campo Grande es sin duda es el gran jardín botánico de la ciudad. Pero no vamos a detenernos especialmente en él, sino que vamos a buscar un par de ginkos  que hay en la zona de juegos infantiles presidida por un gran barco de madera, junto al Paseo de Zorrilla. No será fácil verlos y para ello hay que fijarse en las ramas altas que despuntan de entre el resto de árboles. El ginko, llamado también árbol de los abanicos por la forma de sus hojas, se considera acaso el árbol más antiguo de la humanidad que se conserva. A esta conclusión se ha llegado por encontrarse sus hojas junto a antiguos fósiles.

 

El árbol del amor, o de judas (que tan contradictorios nombre tiene), ofrece una espléndida floración en primavera. El nombre de judas viene dado por que se dice que en un ejemplar de ellos se ahorcó Judas, desesperado por su traición a Jesús en el huerto de los olivos. Este ejemplar está en la calle Núñez de Arce –en el jardincillo de la Fundación Segundo y Santiago Montes-.

 
Cipreses de la plaza de la Universidad. Se plantaron para simular las columnas de la antigua colegiata que aún ofrece buena parte de su torre y algunos muros. El ciprés es un árbol cargado de simbolismo asociado a la unión de la tierra y el cielo, y a la vida. Los romanos los plantaban en los caminos y delante de las casas que ofrecían alojamiento a los viajeros. Realidad o leyenda, se dice que con la madera de ciprés se construyó el arca de Noé y parte del templo de Salomón.

 

Curiosísimo ejemplar de higuera que medra en las paredes de piedra del pozo que hay en el patio del palacio de Fabio Nelly, actual sede del Museo de Valladolid.

 

Pasaje del Voluntariado, tras la iglesia de San Benito. Un gran tejo preside el espacio, en el que también se pueden ver tilos y algún saúco. El tejo es el árbol sagrado de los celtas debido a su longevidad. De hecho, los cementerios se construían junto a algún ejemplar de este árbol hasta que en la cristiandad fue sustituido por el ciprés. Otro tejo hay en la plaza del Viejo Coso. En la segunda imagen hay un ejemplar de saúco y se puede ver la estructura del antiguo frontón de la calle Expósitos: un lugar mítico de Valladolid cerrado al público desde hace muchos años.

 

En la plaza de San Pablo, un cedro plantado en 1880 actúa de escenario para la escultura de Felipe II: erigida en 1964,  es una copia del original de Pompeo Leoni.

 

La plaza de la Trinidad ofrece también dos buenos ejemplares de cedros, que junto a los plátanos, dan sombra a la columna central de la plaza que no es sino un adorno que antes estuvo embelleciendo la Fuente Dorada.

 

Las Moreras dan buenas oportunidades para observar diversos árboles. En el antiguo vivero, llamado de San Lorenzo y hecho en los años 60 del siglo XIX, hay un raro pinsapo (árbol endémico de las sierras mediterráneas de España). 

 

El paseo de las Moreras muestra los mejores ejemplares de sauces de Valladolid: árbol de hoja caduca que parece aspirar a tenerla perenne, pues apenas termina de tirarla en invierno cuando ya muestra los brotes de las nuevas hojas. El nombre de Moreras viene de la gran plantación de moreras que se hizo en tiempos pasados, cuando la confección de seda era una industrial boyante (y protegida por los reyes), y había que alimentar a los gusanos de las que se extraía el material con que confeccionar tan delicada tela.

 

Lugar tradicional donde pasar los días soleados del invierno (los de verano se solía ir al Prado de la Magdalena), la chopera de las Moreras viene del siglo XVIII, cuando la Asociación Económica de Amigos del País, que  propiciaba obras y actividades para modernizar España y mejorar las condiciones higiénicas de la población, consideró saludable para la aireación de Valladolid plantar árboles en el Espolón Nuevo (detrás del palacio de los condes de Benavente –actual sede de la biblioteca de Castilla y León en la plaza de la Trinidad), cosa que se llevó a efecto en la década de los 80 del s. XVIII.

 

Y buena forma de rematar este paseo es hacerlo delante de la secuoya del Canal de Castilla. Plantada junto a una casa llamada “tirolesa o suiza” por su forma y adornos, mide 36 metros. Se trata de uno de los cerca de 150 árboles que existen en  el Catálogo de especímenes vegetales de singular relevancia de Castilla y León.

CANAL DE CASTILLA: UNA QUIMERA DE LA ILUSTRACIÓN

De la dársena del barrio de la Victoria hasta la esclusa 42 (a la altura del antiguo poblado de Tafisa), el recorrido por las orillas del canal de Castilla es un paseo excepcional en la Meseta Castellana.

El Canal de Castilla es una de las obras más relevantes de la ingeniería española de la época Moderna. Las obras adquirieron el máximo rango posible, al declararse como Reales Obras del Canal de Castilla. Se trataba del intento de una España moderna que seguía la estela de los países europeos y que perseguía el progreso material del país.

Hasta llegar al proyecto definitivo del actual canal no se puede olvidar que ya en los siglos XVI y XVII la Corona andaba soñando con la construcción de un canal (por cierto, no solo en el de Castilla, sino en otros varios, incluido el de Aragón). Sabemos que Carlos I de España, hacia 1550 ya planteaba tras la posibilidad de unir por vía acuática la Meseta con el Cantábrico.  Y Felipe II también acarició esta posibilidad, para lo que encargó el levantamiento topográfico del territorio español.

Pero no fue hasta 1751 para que, bajo el impulso del Marqués de la Ensenada, Fernando VI ordenara la constitución de una comisión de estudio sobre las posibilidades de construir algunos canales de navegación.

Nació el canal con la quimérica pretensión de atravesar la Cordillera Cantábrica y unir el corazón de la meseta con el mar. No se consiguió finalizar aquella empresa de titanes que comenzó en 1753, y los trigos terracampinos sólo llegaron, en barca, hasta Alar del Rey. Desde allí, el ferrocarril transportaba el cereal hasta los puertos santanderinos.

Su construcción adquirió notable proporción administrativa, hasta el punto de convertirse en un ente de magnas proporciones. El canal generó un complejo entramado compuesto por los más diversos cargos políticos y burocráticos, amén de numerosos oficios.

También necesitó proveerse de hospitales en diversos puntos del trazado según avanzaban las obras: Sahagún el Viejo, Dueñas, Cigales, Medina de Rioseco y el monasterio de Matallana -que luego pasaría a ser cantera para las obras del Canal-, por ejemplo. Además hubo que habilitar presidios para acoger a los penados que desde distintas cárceles de España se enviaban a trabajar en las obras del Canal, con toda la intendencia que ello suponía.

Un curioso detalle: los esfuerzos que por temporadas exigían las obras del canal llevaron en varios ocasiones a pedir licencia al obispado de Palencia para que permitiera trabajar en días festivos, con la condición de hacerlo después de haber oído misa y anunciándolo al pueblo durante la misa para evitar malos entendidos.

Para hacernos idea de la magnitud de la obra diremos que en 1786 se anota la presencia de 2.000 soldados y otros tantos campesinos trabajando en las obras.

Pero ¿qué es el Canal de Castilla?

Una arteria de agua de 207 km. que atraviesa 38 términos municipales de Valladolid, Palencia y Burgos, y que tiene sus dársenas en Medina de Rioseco, Alar del Rey y Valladolid.

Los primeros barcos comenzaron a navegar en 1792, y tras algunos lustros de gran actividad (hasta 365 barcas llegaron a estar al servicio del Canal), en 1954, después de una larga y agónica decadencia, navegó la última embarcación. Ahora el Canal sirve para proveer de agua potable a las poblaciones que se encuentran en su recorrido, y para regar las tierras de labranza.

Para las funciones de regadío fue necesario someter al canal a unas costosas obras: subir el fondo, estrechar la sección, reducir la altura de los saltos de algunas esclusas y suprimir compuertas; todo  para conseguir el objetivo de aumentar la velocidad del agua, pues esta debería correr más rápido si se quería que el Canal funcionara para regadío. Como curiosidad cabe indicar que el Canal, pese a lo que se cita en muchas ocasiones, jamás ha perdido, oficialmente, la condición de navegable. Ningún decreto, orden o circular ha advertido de que el Canal de Castilla dejara de ser navegable.

Vamos a dar un paseo de apenas un par de horas entre ida y vuelta. Un recorrido que tiene en su mayor parte carácter muy urbano, pues discurre en paralelo a los barrios de la Victoria, Parva la Ría y antiguo poblado de Tafisa, lo que aumenta el disfrute de puntos de vista y parajes muy variopintos.

 

En el barrio de la Victoria, de Valladolid, está la dársena donde termina el ramal del sur, cuya obra concluyó en 1835. Hasta 1849 no estuvo en uso la dársena de Medina de Rioseco – el ramal de Campos-, y entonces ya esta insólita arteria de agua quedó practicable para la navegación. En total, 207 kilómetros que pasan por 38 términos municipales de Palencia y Valladolid principalmente (además de Burgos).

 

Andar por las orillas del canal es recorrer uno de los patrimonios históricos industriales más importantes de España.

 

En la orilla izquierda, donde están las naves de mantenimiento, estaba el puerto seco: lugar donde se reparaban las barcas. Ahora está tapado, pero se conserva la estructura y piedras que parece que la Confederación Hidrográfica del Duero quiere rescatar.

 

En la nave principal (-calle Canal- frente al Archivo de la Confederación), se señalizan los senderos GR 39 y GR 89, que son senderos de largo recorrido que discurren por Montes Torozos y Canal de Castilla, respectivamente.

 

El Canal fue declarado Conjunto Histórico Artístico el 14 de agosto de 1991. En la imagen, uno de los miliarios que marcan los kilómetros. Hasta donde sé, solo se conservan dos de estos hitos.

 

Los caminos de sirga del Canal son un marco ideal para el paseo, la bici o la carrera.

 

El canal es un auténtico corredor biológico que facilita la dispersión de los organismos que lo habitan. Sus ecosistemas ribereños configuran una franja de hábitat ideal para especies animales y forestales. Una densa arboleda jalona los caminos, cuyo itinerario desde la dársena debe comenzarse por la orilla derecha y cruzar hacia la orilla izquierda en el primer puente que se vea. La grafiosis de la década de los ochenta del siglo XX también hizo estragos en los olmos que crecían en las orillas del canal. Ahora, algunos ejemplares se recuperan entre la alameda. En el tramo más urbano, numerosos patos y pollas de agua acompañaran el camino al que asoman varios barrios de la ciudad: la Victoria, la Maruquesa, Fuente el Sol, la Parva de la Ría y, ya casi al final, las ya despobladas casas de la antigua Tafisa.

 

Esclusa 42 -la última del canal-, cuyo edificio sirvió antes de almacén y fielato, y ahora es un  centro de control del canal. Esta esclusa, además, parece que es la única cuyas puertas siguen funcionando.

 

Podemos prolongar el paseo durante un pequeño tramo hasta donde la carretera de la Overuela se estrecha,  y el Canal y el Pisuerga casi se rozan. Debajo de nosotros un puente permite que el arroyo Berrocal vierta sus aguas en el río. Aunque no se puede ver, el puente tiene una buena potencia constructiva y, como todas las obras del canal, está protegido urbanísiticamente. Por cierto, en las primeras y últimas horas del día, es un buen observatorio de la evolución de las rapaces que anidan en el Soto de Medinilla (al otro lado del río) cuando estas están en plena actividad de caza.

 

La viejas casas del poblado de Tafisa, a la altura de la esclusa 42: melancolía a raudales.

 

Paralelo al primer tramo de la dársena discurre la calle Canal, en la que hay tanto naves como viviendas que se facilitaron a los trabajadores de la empresa. En la imagen, pequeños corrales que cuidan los habitantes de la calle.

 

… Y, a continuación, unas cuantas fotos en blanco y negro. La dársena llegó a ser en el siglo XIX el principal centro de actividad económica de Valladolid: fundiciones, cerámicas, tejidos, industrias harineras y diversos talleres,  constituían lo que hoy llamaríamos un auténtico polígono industrial. La primera imagen es de 1888 y el resto ya del siglo XX.  Las fotos son del Archivo Municipal de Valladolid y de la Confederación Hidrográfica del Duero.

 



PRESENTACIÓN DEL LIBRO SOBRE LOS POZOS DE NIEVE

En la Mota de Medina del Campo se conserva la estructura exterior y el desaguadero de un gran pozo de nieve. El lugar se conoce como Mirador de la Reina. A buen seguro que habría otros pozos de nieve habida cuenta de la importancia que tuvo la villa medinense. Además, el Archivo Histórico de la localidad conserva un buen puñado de legajos que da cuenta de la actividad de empozado y venta del hielo.

 

PASEO POR MINGUELA: UN VIEJO PUEBLO ABANDONADO

Son muchos los pueblos que a lo largo de la historia se han ido abandonando en el  territorio vallisoletano, especialmente durante la Edad Media. Forzados por las guerras fronterizas, hambrunas, epidemias o los caprichos de los señores feudales, comunidades enteras, a un tiempo o poco a poco, fueron abandonando sus casas para buscar lugares más amables que habitar. De todos estos despoblados medievales acaso el más famoso sea el de Fuenteungrillo (en el término de Villalba de los Alcores).

No obstante, el despoblamiento es un fenómeno que  ha seguido produciéndose a lo largo de la Edad Moderna y Contemporánea: baste recordar Villacreces y Honquilana, que se abandonaron en los  años 80 del siglo pasado.

Pero en esta ocasión vamos a fijarnos en un mítico pueblo abandonado: Minguela. Sus derruidas paredes están  en la cabecera del arroyo Valcorba y se apunta la fecha de 1638 como el año en el que el abandono ya fue definitivo. Sus habitantes se repartieron principalmente por los vecinos Bahabón y Campaspero.

Daremos un paseo de unos cinco kilómetros entre ida y vuelta. Para ello partiremos desde Bahabón. El itinerario no tiene pérdida alguna.

 

Plaza Mayor de Bahabón, un pueblo en la raya de Segovia, en el que predominan las construcciones en piedra, característico de la comarca: Torrescárcela, Cogeces del Monte, Campaspero, Viloria, etc.

 

Tomaremos la carretera que conduce hacia Campaspero. Pasamos por delante de un solitario crucero, y antes de llegar al puente sobre el Valcorba se abre un camino a nuestra derecha.

 

No queda más que seguirlo hasta que a la izquierda una caseta de pozo nos advierte de que tenemos que ir en aquella dirección cruzando el arroyo por un improvisado puente de madera.

 

Y al fondo ya nos anuncia su presencia lo que se conoce como “el Torreón” que no es sino lo que queda de la iglesia de San Cristobal.

 

Potente muro que encincha los restos de “el Torreón”.

 

Pasado el Torreón, llegamos a un marcado camino: hemos de tomar la derecha y, antes de adentrarnos en la espesura de la chopera, fijémonos en un puentecillo de piedra que forma parte de un viejo camino empedrado…

 

… Y, ahora, es momento de internarnos en la chopera: un murete de piedra bordeará el camino al principio. El sendero, por muy cubierto de vegetación que esté, no se pierde nunca. El frondoso arbolado que ha medrado a orillas del Valcorba, las covachas de la pared, los muros… confieren a todo el conjunto un aspecto singular, tan agradable como solitario… y un tanto inquietante: la sensación de que aún resuenan las voces de sus antiguos habitantes…  

Nos recibe el  escarpado borde del páramo que ampara el nacimiento del Valcorba y protegía las casas de Minguela.

 

Paredón que se conoce como el Hospital. El pueblo ocupaba un lugar estratégico en el camino entre Cuéllar y Peñafiel, dos plazas muy fuertes y poderosas  en su época, y también con numerosas rivalidades, razón por la cual Minguela se vio envuelta en muchas disputas entre los señores de Peñafiel y Cuéllar. Bien es verdad que aquella posición también fue causa de una creciente importancia, que hizo que incluso llegara a ser más importante que Campaspero. Se relata la pernocta en el poblado de algunos monarcas. Además de la iglesia, disponía de hospital, panera y ermita.

 

Aunque abandonado, siguió conservando parte de sus casas, que los antiguos habitantes ocupaban ocasionalmente en razón de las tareas agrícolas y ganaderas.  Esto ha hecho que aún se mantengan en pie algunos muros. De Minguela ya hay noticias en el siglo XI. Se apunta que la causa del rápido abandono de Minguela fue una insoportable carga de impuestos… Y si dejamos que las causas nos las explique la leyenda se nos hablará de una serpiente que se escondió que, agazapada en una cueva,  durante una noche envenenó la leche que al día siguiente iban a beber sus habitantes, produciendo una gran mortandad sobre todo entre la población infantil.

 

Minguela tuvo dos barrios y parece que la fuente que nos encontraremos en lo más profundo de la espesura arbórea estaba, más o menos, en el centro del poblado. Esta fuente acaso sea de las más antiguas que se conservan en Valladolid. Hasta la fuente de Minguela han estado viniendo  a lavar la ropa, aún en pleno siglo XX, mujeres de Campaspero, que dista cuatro kilómetros. Aquella costumbre ha forjado leyendas y numerosas historias que relatan quienes todavía viven. A estas mujeres se las conocía como “mingueleras”.

La Revista de Arqueología  publicó en 2007 (nº 314) que una de sus cuevas se habían hallado cuatro pinturas rupestres esquemáticas  de pequeñas dimensiones (siete centímetros) que podrían corresponder a la Edad del Bronce (digamos que unos 2.000 años a.d. C.)… más no parece que sea un hallazgo debidamente contrastado y confirmado ¿una broma de unos mozalbetes que se entretuvieron en inventar un pasado prehistórico al lugar pintando en las paredes de las cuevas que presiden el lugar? Dejémoslo aquí. En cualquier caso, seguro que estas oquedades (amplias en algún caso) sirvieron para refugiarse de las inclemencias del tiempo y pernoctar a aquellos primeros colonos que llegaron al valle en lo que se iban levantado las casas que habrían de habitar.

 

La vuelta a Bahabón nos depara algunas vistas de este viejo municipio, cuya iglesia ofrece en uno de sus muros el típico frontón o trinquete tan típico de los pueblos vallisoletanos. En otro tiempo lugar que congregaba a todo el pueblo los días festivos para disfrutar de los juegos de pelota a mano.

 NOTA: Si algún lector o lectora quiere profundizar en la historia de Minguela, hay un libro escrito por José María de Viloria García titulado “Minguela: un pueblo muerto en su juventud”.

VALLADOLID 1866, LA CIUDAD QUE SORPRENDIÓ A ZORRILLA

Después de más de treinta años de ausencia, Zorrilla recaló en Valladolid. No conozco con precisión si eso fue en 1866 o 1867, pero para el caso es lo mismo. Veamos: José Maximino Zorrilla y Moral nació, como sobradamente se conoce, en Valladolid en 1817. Con nueve años su familia se traslada a Sevilla y Madrid. El joven José Zorrilla vuelve a Valladolid en 1835, donde  mal estudió Derecho algún  año. Y a partir de ahí comienza un largo periodo de su vida propio de una novela. Es el caso que después de casi doce años de residencia en Méjico, en 1866  regresa a España e inicia un viaje por varias ciudades, recalando en Valladolid, donde permanecerá algún tiempo.

Es decir, pasó unos  31 años fuera de su ciudad natal.

En 1867, durante la estancia del poeta en España, fusilan a su protector en  Méjico, el emperador Maximiliano, dejándole huérfano de amparo  y sobrecogido por aquella noticia. Producto de su periplo por España y de su aflicción por la muerte de Maximiliano, Zorrilla escribe un alegato  –El drama del alma– en favor del emperador asesinado que incluye diversas consideraciones sobre ciudades y tierras de España,  y el  reencuentro con su Valladolid natal.

En 1866 estamos en una ciudad que aunque mostraba ciertos signos de crisis, sin embargo había conocido unos cambios extraordinarios que el propio poeta refleja en sus versos: junto a los recuerdos de su infancia, se encuentra con una ciudad de febril actividad económica que ni se podía imaginar. Estaba ante el Valladolid moderno cuyas huellas aún son perfectamente identificables.

Sin duda, el recuerdo que Zorrilla guardaba del Valladolid de su niñez era el de una ciudad “poco más que un pueblo grande, un lozadal en invierno y un lugar polvoriento en verano, en el que viejas iglesias, conventos y palacios, a los que costaba mantenerse en pie, formaban la postal turística de la población”, tal como relata José Miguel Ortega del Río en su libro El siglo en que cambió la ciudad. Y cuando nuestro poeta, treinta años más tarde, se encuentra con una ciudad que había más que duplicado su población en treinta años: la dejó con menos de 20.000 habitantes y se la encontró con  unos  50.000.

No es de extrañar, por tanto, el asombro del vate:

Esta es Valladolid… ¡al fin la veo! / ¡Con qué placer…, como la luz primera / cuando en ella nací! ¡Dios mío!, creo / que vuelvo hoy a nacer. Espera, espera / cariñosa amistad!, solo un paseo /Por la plaza, una vuelta por la Acera, / déjame este aire respirar: deseo / beber las dulces aguas de esta fuente / de mis recuerdos y bañar mi alma / en el remanso tibio y trasparente / que hace, con ellas resbalando en calma, / del tranquilo Pisuerga la corriente. / Déjame… quiero hablar con estas piedras, / y abrazar estos árboles, y ansioso / besar estas paredes de que yedras / son mis dulces memorias, y reposo / tomar en estos bancos en que un día, / mal estudiante, a divagar venía.

(…)

Aquellas son las torres bizantinas / del buen don Per-Anzules… en  mi oído / no olvidando jamás, vibrando ha ido /  el son de sus campanas argentinas.

 ¡Qué esta es Valladolid! Fábricas nuevas / banco, teatros, fuentes, adoquines / canal, ferrocarril….; ¿y mis Esguevas? /  ¿y mis prados de ayer?…  plazas…  jardines, / ¡pero, oh noble amistad! ¿dónde me llevas? / Yo recuerdo estos curvos callejones: / conozco esos antiguos caserones… / Esta es la calle de terreno escasa / donde mis muertos padres han vivido: / y esa… ¡que existe aún! … esa es la casa / donde a mi vida inútil he nacido.

Lógico era que el poeta se sintiera incluso aturdido ante lo que estaba viendo según paseara por las calles de su ciudad natal. En poco más de 30 años el Valladolid de los 60 mostraba los enormes cambios y mejoras en todos los sentidos, incluido la creación del Banco de Valladolid (1857). Las primeras obras para soterrar los ramales de la Esgueva comenzaron en 1848. Y en el año 1854 se instalaron farolas de gas  para el alumbrado.

Más, que mejor manera de ver ese Valladolid de 1866 que dándonos un paseo por algunos de los lugares que cita Zorrilla (y algunos otros). Para ello, hasta donde se pueda, nos serviremos de fotografías y grabados de la época.

 

Plano de la ciudad en 1866. Archivo Municipal de Valladolid (AMVA).

 

La torre de la Antigua, que junto con la de la Colegiata  (¿o la de San Martín?), eran las “torres bizantinas del buen don Per-Anzules” que tanto apreciaba Zorrilla. (AMVA)

 

Las calles Torrecilla, Prado, Empecinado, etc. (en definitiva, el entorno de la casa donde nació Zorrilla) tenían casonas o palacios que la piqueta destructora de los años 60 del siglo pasado se encargó de destruir. No obstante quedan algunas fachadas y patios que permiten apreciar esos “antiguos  caserones” que Zorrilla cita como lugares de sus correrías infantiles. Por ejemplo el portón  del número 9 de la calle Empecinado: casa del licenciado Juan de Zarandona, con su patio renacentista. (Foto J. Anta)

 

Zorrilla se marchó de Valladolid conociendo un solo puente, y cuando vuelve se encuentra con el llamado puente Colgante, de Hierro o del Prado, una demostración de modernidad y del imperio del hierro en la construcción moderna. Su construcción comenzó a gestarse en 1851   y se inauguró en 1865. (Foto de Jean Laurent -AMVA-)

 

El Arco de ladrillo  se había construido en 1856, con casi 150.000 ladrillos macizos. Se levantó incluso antes de que comenzaran las obras del ferrocarril (se puede considerar, por tanto, la primera obra ferroviaria de Valladolid). Cuando en julio de 1858  la Reina Isabel II visitó la ciudad y los terrenos de la futura estación de ferrocarril, ya estaba construido el Arco de Ladrillo (que por entonces se conocía como Arco de la Estación) pero las vías aún no pasaban por debajo de él. Y, a mayor abundamiento hemos de indicar que la primera estación ferroviaria se construyó junto al Arco. En 1860  había llegado la primera locomotora a Valladolid, y en 1864 ya estaba concluida por completo la línea ferroviaria Madrid-Irún… (La foto está tomada del blog Domus Pucelae).

 

… Y el canal (de Castilla) que cita Zorrilla en sus versos. Su dársena era lo que ahora llamaríamos un polígono industrial. Se había terminado de construir en 1835 y se había constituido en el principal foco industrial de la ciudad: industrias harineras, talleres, un tejar, almacenes de grano, empresas siderometalúrgicas, empresas de hilados y tejidos… Muchos de sus edificios estaban construidos con cierto gusto: frisos, columnas y esculturas mitológicas… ventanas ojivales como una iglesia. En 1856 había sido pasto de las llamas durante los motines del pan. La empresa Fundiciones  del Canal realizó, entre otras cosas, la estatua de Cervantes de la plaza de la Universidad, y la fábrica de harinas la Perla se ha mantenido activa hasta el año 2006. (Las imágenes corresponden a un grabado del Semanario Pintoresco Español y una foto del AMVA).

 

Las aceñas del puente Mayor aún eran perfectamente reconocibles. (Foto de Jean Laurent -AMVA-).

 

La Casa Consistorial que se levantó durante la reconstrucción del centro de Valladolid tras el pavoroso incendio de 1561 todavía estaba en pie, pero se encontraba en muy mal estado, y tras varios años sin tomar decisiones acabaría derribándose en 1879, siendo Miguel Íscar alcalde de la ciudad. (Foto de Jean Laurent -AMVA-)…

 

… Y la Plaza Mayor en un día de mercado.  En la Acera de San Francisco  se había abierto el moderno café del Norte en 1861, local donde con el paso de los años se formó  una especie de club de admiradores de Zorrilla: hacían una tertulia y a alguna de ellas acudió el poeta en su postrera y última estancia en Valladolid.  El rincón de la imagen se corresponde con el actual Banco de Santander que, como se ve, el edificio se comió una calle -que ahora se llama callejón de San Francisco-.(Foto de B. Maeso -AMVA-)

 

Los teatros Lope de Vega y Calderón de la Barca, que le sorprendieron,  se habían inaugurado en diciembre de  1861 y en septiembre de 1864 respectivamente. El Corral de Comedias (que estaba en la actual plaza Martí y Monsó) que Zorrilla recordaba de su temprana juventud hacía tiempo que estaba cerrado y amenazaba ruina. Por eso la ciudad recibió con alegría la construcción de sendos nuevos teatros. En la inauguración del Lope de Vega se representó “El premio del buen hablar” (Lope de Vega); y el Calderón, con la obra “El alcalde de Zalamea”.  Precisamente en el Calderón se tributó un homenaje al poeta durante su estancia en la ciudad. (AMVA)

 

La casa que habitó Cervantes junto a la Esgueva suscitaba dudas, así que  tras diversas investigaciones sobre cual podía ser la verdadera, en 1866 se decidió colocar una placa en la fachada que ahora conocemos, declarándola Casa de Cervantes. (AMVA)

 

 La Fuente Dorada, que el poeta recordaba, cuando recaló en Valladolid estaba adornada con una escultura del dios Apolo. (Foto de Gaudín -colección  C. Sánchez-)

 

Y la Catedral, sin ninguna de sus dos torres: la única que tenía se había derrumbado en 1841 y hasta 1880 no comenzaría a con construirse la actual. (AMVA)


Antigua Academia de Caballería, de forma ochavada. (Grabado de Emilio Prieto -AMVA-)

 

 

 

LAS TRES PUERTAS DE MEDINA DE RIOSECO

Medina de Rioseco es un impresionante municipio: por historia y monumentalidad. Sus cuatro iglesias principales tienen un imponente porte catedralicio. Y el patrimonio civil que encierra no será fácil verlo en otros lugares.

Es una muestra de la riqueza y pujanza económica que vivió Rioseco, como en general toda Tierra de Campos, cuando el trigo de esta comarca era una auténtica mina de oro. A Medina de Rioseco se le llegó a conocer como la “India chica” -o “la ciudad de los mil millonarios”-, equiparándola de esa manera a las ricas tierras de ultramar. Triste es ver, hoy, como buena parte de esta comarca está sometida a un declive y despoblamiento tremendos.

Hay muchas opciones de recorridos por Rioseco, entre los que el entorno de la dársena del Canal de Castilla no es la menor… o los jardines y plazas: …. o sus fuentes;  y  anotadas quedan sus iglesias, sin olvidar el Museo de San Francisco, el de Semana Santa o la Harinera San Antonio; y, en general, el callejero de la ciudad, con un agradable sabor a antiguo y señorial (en razón de sus casonas).

Hablar de Rioseco es hablar de palabras mayores tanto en patrimonio (como ya se ha dicho) como en historia. Y para ello solo un par de detalles.

En Rioseco se refugiaron, recién casados,  Isabel y Fernando. El casamiento no contaba con el beneplácito de Enrique IV  hermanastro de Isabel.  Es el caso que para protegerse de las iras del rey, los jóvenes esposos contaron con el respaldo del poderoso Fadrique  Enríquez, Almirante de Castilla (que a la sazón era señor de Rioseco,  abuelo de Fernando y tío lejano de Isabel), por tanto  personaje por cuyas venas corría sangre real, y en caso de conflicto podría ser enemigo temible del propio rey.

Pero es que en Rioseco, lustros más tarde (1520), también se refugió el cardenal Adriano, regente del reino en ausencia del Emperador Carlos V, huyendo de las tropas comuneras.

Entre las muchas opciones que hay de disfrutar de Rioseco, propongo buscar las tres puertas que aún se mantienen de las siete que llegó a tener en su momento. Esto nos va a permitir pasear por las calles del municipio y contemplar diversos edificios  y ambientes.

Comenzaremos en el puente sobre el Sequillo, que da entrada a Rioseco si llegamos desde Valladolid, no sin antes advertir que no daremos cuenta de todos y cada uno de los lugares, edificios, monumentos y ambientes que nos vamos a encontrar en el camino, pues su relación obligaría a un extensísimo reportaje… no obstante, volveremos a la Ciudad de los Almirantes en más ocasiones.

 

Nada más cruzar el puente hay un edificio de ladrillo  (P: en el plano que acompaña este reportaje) que da la bienvenida y es la sede de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago. Pues bien, este modesto edificio era en otro tiempo como otra puerta (virtual) pues en él estaba alojado el “portazgo”, es decir, el lugar donde se recaudaban los impuestos por los productos que se introducían en la localidad para venderlos en tiendas y mercados. Estos portazgos también se conocían como fielatos… vaya, lo que hoy llamaríamos peaje.

 

Camino de la plaza Mayor, ya adentrados en la ciudad, veremos a un lado el Parque Duque de Osuna: situado a los pies del desaparecido  castillo,  se hizo en 1858 y ha sido el lugar tradicional de paseo de los riosecanos. Cuentan que antaño la gente pudiente frecuentaba uno de los paseos, y el pueblo llano y la servidumbre, el otro. Las columnas y pilastras son restos del antiguo palacio de los Almirantes (o castillo).

 

Y el antiguo Convento de San Francisco (s. XVI- XVIII), que hoy alberga un interesantísimo museo que, si tenemos tiempo, no hay que perderse por  la historia, cultura y escultura que ofrece.

 

Precisamente frente al Convento, bordeando el parque, sale la calle del Almirante que, cuesta arriba,  lleva hasta la puerta de Zamora. Construida en el XVI, también se conoce como Arco de las Nieves, por haber en ella una capilla dedicada a la Virgen de las Nieves (¿será porque en sus inmediaciones había uno de  los pozos de nieve que tuvo Rioseco?). El alzado es muy original pues tiene que dar acceso a varias calles. Podemos subir hasta los jardines del Castillo y ver una panorámica de la ciudad. Pero necesariamente hemos de volver por el mismo sitio a buscar la plaza Mayor.

 

Plaza Mayor y casa Consistorial (1 en el plano), reconstruida en el último tercio del s. XX, sus soportales pertenecieron al claustro del convento de San Francisco. Medina de Rioseco  es una de las tres poblaciones de la provincia que ostenta el  título de ciudad: Valladolid y Nava del Rey son las otras dos.

 

Una calle lateral del Ayuntamiento (Ronda de Santa Ana), con traza amurallada, lleva directamente hasta nuestra segunda puerta: la del Arco del Ajujar (13). Comenzada a construir en el siglo XIII (como la muralla), en sus bajos hay un pequeño museo Municipal. Junto a la puerta se podrán observar restos de la antigua fortificación.

 

Bordeando la población, encinchada por el cauce del Sequillo, alcanzaremos la puerta de San Sebastián (14). Esta es una puerta señorial que no pertenece a la muralla original. Se construyó en el siglo XVI –sustituyendo una anterior-, y fue costeada por el municipio (es decir, por el pueblo): en su frontispicio figura la inscripción “populus faciebat”. Se trata de una puerta monumental, llamativa por sus dos arcos y característica del Renacimiento. En su cara exterior están labrados los escudos de la ciudad, y en su interior alberga una capilla donde se venera la imagen del Cristo de las Puertas.

 

Fuente y alberca de San Sebastián, en la carretera de Villalón, algunos artículos la fechan en el siglo XVI y sería, por tanto, la más antigua de todas las fuentes de la ciudad, erigidas en el siglo XIX.

 

Desde la puerta de San Sebastián, sugiero acercarse hasta el Canal de Castilla (llamado Ramal de Campos) cuya dársena, terminada de construir hacia 1850, se convirtió en el epicentro de una gran actividad industrial y agrícola. Tanto por la zona ajardinada que la rodea como por las vistas que ofrece (la gran lámina de agua crea una luminosidad especial), bien merece la pena recrearse un rato en su entorno. La Fábrica de Harinas San Antonio conserva toda su maquinaria del siglo XIX, y tiene horarios de visita al público.

 

 Nuestra vuelta al punto de inicio es el mejor pretexto para atravesar el corazón de Rioseco recorriendo la calle Rúa (como así se conoce en la localidad), pero que, en realidad son dos calles: Lázaro Alonso y Román Martín. Calle a cuyos lados se ubican buena parte de los edificios más monumentales del municipio. La Rúa, singular por sus soportales, está considerada como uno de los conjuntos más interesantes de la arquitectura popular de la provincia.

 

Ya hemos dejado atrás la Plaza Mayor y nos dirigimos al puente donde comenzamos nuestro paseo… y nos despedimos de Medina de Rioseco fijándonos en un interesante edificio que está a nuestra izquierda: una posada del siglo XVI en la que se alojó el poeta León Felipe (1884-1968) en sus estancias en la localidad. Por cierto, al albaceas de León Felipe, que fue un tal Alejando Campos Ramírez, más conocido por el seudónimo de Finisterre (escritor también aunque de escasa fortuna), se le atribuye ser el inventor del futbolín.

 

Plano de Medina de Rioseco.