PALACIOS VALLISOLETANOS: HISTORIA DE VALLADOLID Y DE ESPAÑA

Entre el siglo XV y el XVII, Valladolid vivió acaso sus años de oro. Fueron dos  centurias del mayor esplendor histórico y cultural. Aquellos años dejaron un inmenso patrimonio arquitectónico que acogió a la nobleza y a influyentes burgueses en la política y la economía de la época. Más no solo fueron los palacios, sino también los conventos, la catedral  e instituciones, como la Real Audiencia y Chancillería, los edificios de la Universidad (histórica facultad de Derecho y Colegio de Santa Cruz), los talleres de los escultores Berruguete, Gregorio Fernández y Juan de Juni, etc.

La marcha de la Corte a Madrid y las posteriores crisis económicas contribuyeron a la decadencia, abandono y ruina  de muchas de aquellas casas. Y a eso se añadió el desafuero urbanístico vallisoletano que se practicó en las décadas de 1960 y 1970, que dejaron maltrecho el esplendor palaciego: se destruyeron muchas de aquellas construcciones, aunque alguna conserva,  como testimonio, la puerta de entrada.

No obstante es muy valioso el censo de palacios que aún son perfectamente reconocibles. A su rehabilitación ha contribuido en buena medida el uso administrativo o cultural que han ido adquiriendo sobre todo a partir de los años 80.

Acaso no seamos muy conscientes de lo que se conserva, pues parte de ese patrimonio ha quedado enmascarado por el uso que tiene, que no apunta a considerarlo como palacio. Me refiero, por ejemplo, al Palacio Real, que aún se sigue llamando “capitanía”, o al Arzobispado, que ocupa uno de los mejores y bien conservados palacios, o  la Biblioteca de la Junta de Castilla y León (antiguo hospicio y tal vez el palacio más grande que hubo en Valladolid), o la Casa del Estudiante y el Centro Buendía (ambos de la Universidad que ocupan varios palacios)… por no traer a colación diversos colegios y órdenes religiosas que se hicieron propietarios de casas palaciegas.

Si hacemos caso al cronista portugués  Pinheiro da Veiga, en los años en los que la corte se instaló en la ciudad entre 1601 y 1606, se contabilizaban hasta 400 palacios o casas palaciegas. Un número acaso exagerado. Lo cierto es que a día de hoy, según Jesús Urrea –catedrático de Arte de la Universidad de Valladolid-, podemos hablar de que se conservan casi  cuarenta construcciones,  de que de poco  más de una docena ofrece restos identificables, y noticias hay de una treintena  que ha desaparecido, entre ellos el palacio del Almirante de Castilla, sobre cuyo solar se levanta hoy el Teatro Calderón.

No vamos a entrar en detalles de cómo se han conservado varios de estos palacios, algunos de los cuales  han sufrido  modificaciones sustanciales. En cualquier caso, en el mundo de los palacios  palpita buena parte de la historia de Valladolid (y de España).

Bien merece la pena disfrutar de este patrimonio que aún existe. Y con esto dicho, vamos a pasear por Valladolid con unas breves pinceladas sobre algunos edificios palaciegos. Veremos una sucesión de pórticos, patios, escaleras y salones. Los principales destacan  por sus características dos torres a ambos lados de la fachada.

Prácticamente todos tienen algún tipo de protección histórica y urbanística. Salvo el palacio Real, al que solo se puede acceder mediante visita guiada, el resto en general se puede ver sobre todo en horario de mañana, pues se trata de espacios administrativos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El palacio Real (plaza de San Pablo) tiene el patio más grande de todos los palacios que hubo en Valladolid. El edificio se fue construyendo a partir de varias casas que en esta manzana tenían Francisco de los Cobos –secretario personal de Carlos I- y su esposa María de Mendoza. Desde 1876 tiene uso militar. Se puede visitar llamando  a los  teléfonos  983 219 310 o 983 327 302. En las imágenes: galería y jardín  de Saboya,  y escalera principal.

 

 

Palacio del Marqués de  Villena –una de las dependencias del Museo de Escultura- en la calle Cadenas de San Gregorio. Data del siglo XVI. Conserva la fachada y su puerta de entrada, la galería y la escalera. Las dos torres que la coronan datan del siglo XIX y  se construyeron  cuando se hizo una profunda reforma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El  palacio de Pimentel –sede de la Diputación Provincial de Valladolid e inmediato al de Villena-, también obedece al nombre de Rivadavia cuyos condes fueron sus propietarios durante 300 años, hasta que lo vendieron a un particular en 1849 y este, a su vez, a la Diputación Provincial en el año 1875. Ha sufrido muchas transformaciones. Conserva como más destacado la esquina plateresca que da a la plaza de San Pablo. En su escalera principal exhibe uno de los más importantes cuadros de Juan Pantoja de la Cruz: La resurrección de Cristo –considerado una de las primeras obras  del “tenebrismo”, corriente barroca del XVII que jugaba con fuertes contrastes entre la luz y la sombra-.

 

En la misma calle de Cadenas de San Gregorio no ha de pasarse por alto la fachada del palacio del Conde de Gondomar (más conocido como Casa del Sol). Actualmente está adscrito al Museo de Escultura. Construido en 1540, el conde lo adquirió en 1599. Este palacio acogió la más importante biblioteca que había en España, propiedad de Gondomar. Gran parte de esta riqueza bibliográfica ahora está en la Biblioteca Nacional de España. En la cripta de la aledaña iglesia de San Benito el Viejo (actual Sala de Reproducciones) está enterrado el conde. Este personaje, de los más influyentes en su época, fue embajador de España en Inglaterra entre los difíciles años de 1613 y 1622. Su vasta cultura y habilidad diplomática le ha valido el que se le conozca como “el Maquiavelo español”.

 

Los Condes de Benavente eran propietarios del que tal vez fue el más grande de los palacios. Sito en la plaza de la Trinidad, actualmente acoge la Biblioteca de la Junta de Castilla y León. Sus tapias llegaban hasta la misma orilla del Pisuerga y hasta que se construyó el palacio Real, en él se alojaron los reyes Felipe II y Felipe III. En 1847 lo compró la Diputación Provincial para dedicarlo a Hospicio, y en 1990 se instaló la Biblioteca.

 

Hemos de asomarnos al Pisuerga para detenernos a contemplar el paredón de piedra que se alza en la orilla contraria de la playa fluvial: se trata de los restos del palacio de la Ribera. Era el lugar de veraneo de la corte de Felipe III  y además de sus edificios correspondientes, presumió de fuentes monumentales y notables esculturas. La corte tuvo en la ciudad todos los ingredientes propios de su poder, pues incluso disponía de un barco militar y su correspondiente dotación de tropa que, para entretenimiento de los cortesanos y el pueblo, realizaba maniobras de navegación. Parece documentado que a los pies de estos muros se realizó la primera demostración de buceo del mundo, mediante un artilugio ideado por el reputado ingeniero Jerónimo de Ayanz: corría el año de 1602.

 

El palacio del licenciado Butrón (plaza de Santa Brígida, aunque su fachada principal da a la calle San Diego), terminó de construirse en 1572 y ahora se dedica a Archivo General de la Junta de Castilla y León, además de acoger algunos servicios administrativos relacionados con la conservación del Patrimonio. Su patio tiene tres pandas (galerías o corredores de un claustro) desiguales más una cuarta que, en realidad, es una fachada. Son varios los palacios que  tienen solo tres lados con arcos. La escalera de este palacio puede presumir de ser tal vez la más grande, con enormes peldaños de una sola pieza de granito. El patio está presidido por una representación de la Concordia (no olvidemos que estamos en la casa de uno de los abogados más prestigiosos en su época): diosa romana del acuerdo y el entendimiento.

 

El banquero Fabio Nelli mandó construir su espectacular residencia en el último cuarto del XVI, siguiendo los gustos italianizantes. Se trata de uno de los edificios renacentistas más importantes de Valladolid y el más reputado de la arquitectura civil vallisoletana.  Desde 1967 alberga el Museo Arqueológico que pasó, posteriormente,  a denominarse Museo de Valladolid. Parece que sus dos torres siguen el modelo del palacio Arzobispal.

 

Junto al palacio de Fabio Nelli está el de los marqueses de Valverde, mandado construir en los primeros años  del XVI. Parte de la fortuna de esta familia se basó en el comercio de la nieve que para las ciudades del interior de la península mandaban traer desde sus tierras de la montaña palentina. Cuenta la leyenda, verdaderamente infundada, que el marqués, habiendo pillado en adulterio a su esposa, mandó instalar en la fachada sendas figuras del amante y su mujer para escarnio del vecindario.

 

 

Y entre los palacios más notables está el del marqués de Villasante, actual palacio Arzobispal desde 1857. Sito en la calle San Juan de Dios (detrás del teatro Calderón), se construyó mediado el siglo XVI. Tiene diversas y valiosas obras de arte y el artesanado (también del siglo XVI)  de su escalera principal  se trajo del municipio de Fuente el Sol.

 

Uno de los palacios con más trascendencia histórica es el de los Vivero. Su construcción se remonta al siglo XV y en él firmaron en 1469 su compromiso matrimonial los reyes Católicos, lo que les valió la animadversión de parte de la nobleza. Formó parte de la Chancillería y desde 1996 alberga el Archivo Histórico Provincial. En su origen se trataba de una construcción fortificada, con torres y foso, hasta que los reyes Católicos mandaron eliminar estos elementos defensivos.

 

Hasta aquí los que podríamos considerar principales palacios nobiliarios, pero aún hay en la ciudad más construcciones palaciegas de indudable interés. La mayoría de ellas se reparten entre en el entorno de la iglesia de San Martín, la calle Fray Luis de León y la plaza de Santa Cruz. Mas otros hay repartidos por diversos  lugares de la ciudad: Casa de Luis de Vitora (actual colegio de Jesús y María en la plaza de Santa Cruz, y cuyo arquitecto bien pudo ser el mismo que el que construyó el palacio de Fabio Nelli)FOTO 1; palacios de Pedro Laso de Castilla (actual casa del Estudiante)FOTO 2 y 3; casa de los Galdós (c/ Prado 7); casa de Simón de Cervatos (c/ Zúñiga, 11); Casa del conde de Buendía (c/ Juan Mambrilla, 14 –actuales dependencias de la Universidad-); casa del doctor Diego Escudero (c/ Fray Luis de León, 15); Casa de los Gallo, actual Hotel Imperial, etc. etc.

 

Restos dispersos pero interesantes tenemos en el interior del Museo de la Universidad (Pl. de Santa Cruz) en la imágen;  y  jardines del Museo de Escultura.

 

No podemos terminar este paseo por los palacios vallisoletanos sin llamar la atención sobre uno de los que amenazan  ruina, a pesar conservar, al menos que se vea, su fachada principal: la casa del Secretario Alonso Arias (c/San Martín, 14). Su construcción se remonta también al siglo XVI.

 

Curiosos grafitis y diversos juegos en sendas balaustradas de los patios del Palacio Real y del licenciado Butrón, seguramente gravados para su solaz por la servidumbre y guardia palaciega.

 

NOTA: existe abundante bibliografía sobre el particular, por lo que por no cansar, me limito a citar a  autores que han tratado sobre los palacios: Jesús Urrea, María Antonia Fernández del Hoyo, Daniel Villalobos, Javier Pérez Gil, Sara Pérez, Eloísa Wattenberg, Juan Carlos Arnuncio, Juan José Martín González …

 

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LA PREMONICIÓN DE LA LECHUZA Y OTRAS LEYENDAS

Hay lugares por los que seguramente pasamos a diario, u objetos cotidianos cerca de nosotros que, sin embargo, guardan una secreta historia: leyenda en muchos casos  y realidad en otros, sobrecogen cuando se conocen.  Pues bien, vamos a recorrer algunos de estos lugares  que esconden un relato fantástico… ¡que a veces fue verdad!…

En una de las salas del Museo de Valladolid (Plaza  de Fabio Nelli) se muestra un sillón de cuero pespunteado con artísticos clavos  y primorosamente decorado.

De la existencia de  este sillón se tiene noticia hace poco más de cien años. Estaba sujeto en lo alto de la pared de la sacristía de la Universidad con fuertes abrazaderas de hierro, de tal manera que  no pudiera descolgarse, y bocabajo, lo  que hacía imposible pretender sentarse en el sillón.

¿Por qué  aquella extraña colocación?  La primera persona que hace más de un siglo preguntó por aquello recibió la siguiente respuesta: “Es el Sillón del Diablo y tiene una leyenda de terror”.

Mediado el siglo XVI había en Valladolid un afamado médico que realizaba notables curaciones. Andrés de Proaza se llamaba y por sus venas corría sangre  mora y judía. En la calle Esgueva vivía, cuyas traseras, lamidas por el cauce de la Esgueva,  daban a la actual calle Solanilla.

Se murmuraba que era nigromante y que en el sótano de aquella casa practicaba hechicerías. Por la noche se oían gemidos y en el cauce del río flotaban cuágulos de sangre.

La alarma producida en el barrio por la desaparición de un niño llevó a los alguaciles a entrar en su vivienda… y, horrorizados,  allí encontraron  los restos de la criatura,  que había sido diseccionado en vivo, tal como terminó confesando el médico.

Procesado por el Tribunal Universitario, fue hallado culpable y condenado a morir  ahorcado en la plaza pública.

Las autoridades universitarias intentaron vender los bienes de aquel malvado, pero nadie quiso comprar nada que hubiera pertenecido a semejantes monstruo.

Es el caso que la Universidad se quedó, entre otros objetos, con un elegante sillón de piel, el que ahora luce en el Museo. Un sillón que, según había relatado antes el propio Andrés de Proaza, tenía poderes sobrenaturales para la curación de enfermedades, pero que aquel que en él se sentara por tres veces, no siendo médico moriría; y también moriría quien intentara destruirlo.

La Universidad lo guardó en un trastero, pero lo recuperó un bedel para sentarse en espera de clase y clase… hasta que el tercer día lo encontraron muerto recostado sobre el sillón. Y aquel mismo triste destino le alcanzó al bedel que sustituyó al fallecido anteriormente.

Hechas algunas indagaciones, se recordó lo que el nigromante asesino había relatado. Así que las autoridades universitarias decidieron colgarlo bocabajo en la sacristía de la Universidad, tal como se ha contado al principio de este relato.

Y ahí está… luciendo en el Museo de Valladolid. El historiador Anastasio Rojo Vega, acaso el mayor experto en estos temas, dejó escrito que tras muchas investigaciones, el tal Proaza no existió.  Pero cierto es que, salvo alguna conjetura, nada se sabe con seguridad acerca de a quién perteneció este diabólico sillón de cuero.

Por si acaso, aviso al visitante,  mejor ni siquiera rozar el sillón del Diablo del Museo de Valladolid.

 

Los moros… las moras.  ¡Cuántos lugares de nuestra geografía se conocen con el término de mora o moro!: ¿para referirse a algo muy antiguo? … ¿para designar un lugar maléfico?… Tratados y enciclopedias podrían escribirse al respecto. Nosotros aquí lo dejaremos en algo mucho más sencillo.

En el pueblo de Sieteiglesias de Trabancos hay una fuente llamada de la Mora. Se trata de una de esas fuentes apartadas del municipio que incluso algunos lugareños la atribuyen un  origen romano ¡cuántas fuentes romanas parece haber en nuestra provincia! En su frontispicio de acceso figura la fecha de 1862, que seguramente obedecerá a una reconstrucción de la misma aprovechando un manantial natural que mana de la ladera en la que se encuentra la fuente.

Esta fuente está como a un kilómetro de distancia del casco urbano y dispone de dos túneles (a derecha e izquierda): de buenas aguas, dicen, es uno de ellos; de aguas más duras el otro.

Incluso se le atribuyen propiedades curativas,  y hasta ella llegó a beber sus aguas Isabel la Católica cuentan algunas gentes del municipio, tal como relata Margarita Álvarez, que ha escrito la historia de Sieteiglesias. Pero…

… una mora habita en su interior, en unos túneles que ¿se juntan o no?… que  cuando el sol se ponía,  de ellos salía  a peinarse con peine de plata.

Una leyenda que así se contó en el  pregón de las fiestas de San Pelayo de 2008, que se celebran cada 25 de junio: “La leyenda más famosa/ que vamos a interpretar/ es la fuente de la mora/ que queremos resaltar/… Y relata la Mora en primera persona:  Desde la mudéjar fuente/ vuestra sed habéis saciado/ en mis pasadizos os he curado/ bebiendo el agua corriente./ La reina Isabel/ a mí vino en ocasiones/ para saciar su sed/ sin cobrarle comisiones./ Por las noches perdidos/ no andéis por los caminos/ que sabéis por conocidos/ la maldad de mis hechizos./ La fuente vigilo/ cerca de mi morada/ peinándome en sigilo/ con peine de plata./ Si bebes agua cristalina/ procurar hacerlo de día/ pero cuídate de visitar/ la fuente en la oscuridad”.

Estos ripios no nos dicen sino que al caer la noche, ningún varón prudente debe acercarse a la fuente, pues la mora los encandila y, un vez hechizados, se los lleva al fondo de la oscura galería, de donde ya nunca jamás saldrán…

… Pero todo esto ha sido relatado en pretérito, ¿y quién nos asegura que esta estas leyenda no es una realidad en tiempos actuales? En cualquier caso, al atardecer no es buena idea acercarse a ninguna fuente de la mora.

 

Ya es asunto de viejos recuerdos entre las comadres de Santa Clara, ese antiguo enclave vallisoletano que absorbieron los nuevos barrios de Rondilla y Hospital nacidos al calor del desarrollo del Valladolid industrial de la década de 1960.

“¡Me he cruzado con la mujer a la que se le aparecía su abuela!”. No se sabe su nombre, pero todo el barrio así conocía a una joven que vivía por la calle del Soto… corrían los años inmediatos de posguerra.

Dos ancianas mujeres relatan que a aquella mujer con frecuencia se le aparecía su difunta abuela. La joven rezaba el rosario pero el espectro de su abuela se lo rompía. Iba al cementerio del Carmen y las puertas se abrían sin que la joven tuviera que empujarlas. Hasta que ofreció una misa en la iglesia de Carmen Extramuros por el alma de su abuela. Parece que aquello aquietó al espíritu y que ya no volvió a aparecer…. “Yo conocí a la joven a la que se le aparecía su abuela, ¡pobre muchacha!”, me contaron no hace mucho.

 

¡Ay! con el tema de las abuelas: ya escribió el insigne José Zorrilla que en la casa que habitó de niño (ahora Museo Casa de Zorrilla, en la calle Fray Luis de Granada) que también se le apareció su abuela. Cuenta en su libro “Recuerdos del tiempo viejo” que “Una tarde (…) creí ver a alguien en el sillón de brazos (…) empujé y abrí del todo la puerta: una señora de cabello empolvado, encaje en los puños y ancha falda de seda verde, a quien yo no había visto nunca, ocupaba efectivamente el sillón (…) me acerqué a ella sin miedo ni desconfianza (… y me dijo…) yo soy tu abuelita; quiéreme mucho y Dios te iluminará”.

 

Más, mucho da de sí la iglesia de Carmen Extramuros. Corría el mes de octubre de 1977. Durante varias noches cientos de personas acudían a  la campa donde se levanta esta popular iglesia remozada su fachada en 1966. De los alrededores de la iglesia salía el inquietante sonido de una profunda respiración. Así varios días. Un entretenimiento para muchos que, aunque incrédulos, no dejaban de tener una morbosa inquietud. Los más exaltados rompieron cristales, forzaron verjas y se subieron a los tejados. Otros, entre quienes lo recuerdan, hablan de remover las lápidas para ver a la luz de linternas si, efectivamente, algún difunto respiraba. Incluso los recuerdos añaden la existencia del cuerpo de un hombre de raza negra recientemente hallado ahogado en el Pisuerga. Hubo incidentes entre la policía y los más exaltados.

Parece que, al fin, se desveló que se trataba de una o varias lechuzas que emiten ese peculiar sonido en época de celo.

Aunque la ciencia todo lo explique, nadie quiere escuchar el sonido de la lechuza cerca de uno mismo,  pues a este ser alado de la noche se le atribuye un poder premonitorio. En realidad se considera animal de mal agüero: “¡Uf!, Una noche escuché la lechuza: al día siguiente una pobre muchacha que vivía en una casa próxima a la mía se arrojó al tren por causa de un desengaño amoroso”, me relataron no hace mucho en un pueblo de Valladolid.

 

En la antigüedad muchas personas pensaban que los puentes tenían que ser obra del Diablo, sino no se explicaban como era posible que se construyera obra de tanta dificultad…

…Bueno, a lo mejor no les faltaba razón, a tenor de la leyenda que se escribió a finales del siglo XIX sobre cómo se construyó el Puente Mayor de Valladolid.

La construcción de este puente tiene varias versiones más o menos históricas, pero lo más seguro es que, desde luego, no se construyera en tiempos del Conde Ansúrez –tal vez hubiera a lo sumo  un puente de madera-. Pero no nos interesa, en este caso, la ciencia sino la leyenda. Y a ella vamos.

En el siglo onceno había en Valladolid dos linajes enfrentados  que controlaban la vida social y económica de la villa: los Tovar y los Reoyo. Es el caso que un Tovar, apuesto doncel, se prendó de una preciosa muchacha, Flor se llamaba, que vivía al otro lado del Pisuerga. A su encuentro ansioso acudía atravesando el rio con una barquilla. Una de aquellas noches en las que buscaba el abrazo propio de corazones amantes, en su camino se interpuso un Reoyo. Noche de tormenta y aguacero. Se desafían y chocan las espadas. En este lance cae herido el Reoyo, atravesado su corazón por la acero de su oponente.

Más, aquel encuentro sangriento retrasó el momento de cruzar el río y la tormenta había desbaratado la barquilla del Tovar…  y temerario sería intentar atravesar el Pisuerga a nado. En su desesperación reniega de Dios y clama: “Satán, ven en mi ayuda”.

Entre las aguas emergió Satanás, que al Tovar le dijo: “Mísero mortal (…) yo un puente forjaré porque la veas”. Con el consentimiento del doncel, ansioso de unirse a su amada Flor, en unos instantes unos cíclopes construyeron el Puente Mayor que el Tovar cruzó a la carrera.

Pero cuando alcanzó la otra orilla, tras un trueno aterrador, se halla a sus pies tendido el cuerpo inerme de su amante… “horrible maldición, estaba muerta”. Y en su inmensa desesperación, el desgraciado Tovar enloqueció.

Visto que el Diablo siempre cobra sus servicios, aconsejable es cruzar con premura el Puente Mayor.

 

Bajo el suelo de la ermita de Fuenlabradilla hay fuerzas telúricas y subterráneos secretos. No muy lejos de aquí se encontraron restos de humanos gigantescos. Esta ermita, también conocida como de las Huelgas, está a las afueras de San Miguel del Arroyo, en un discreto enclave paralelo a la carretera que conduce hacia Viloria.

Don Exiquio García-Carbajo (que algunas gentes del pueblo llamaban “el brujo”) fue pionero de la parapsicología en España. Hijo del pueblo, compró ya en edad avanzada este enclave silencioso y apartado. Su intención: construir un centro de referencia para la meditación y el desarrollo de la parapsicología. Algunos jóvenes del pueblo  ayudaron voluntariamente a consolidar las ruinas de una iglesia que fue construida por la orden del Císter siguiendo las enseñanzas arquitectónicas de los templarios.  Incluso la fuente de agua clara que hay junto a la vieja iglesia a ciertas horas del día deja de manar. Una fuente de la que, en tiempos, salía aceite y cuando los frailes intentaron hacer negocio con su venta dejó de manar.

Se trata de  un punto de paso de peregrinos hacia Santiago de Compostela, y los médiums a los que Don Exiquio invitó a visitar el lugar afirmaron que en él se juntan energías telúricas y cósmicas.

Es un sitio muy, muy hermoso… pero, por si acaso, mejor no andar muy a solas por el enclave al atardecer.

 

NOTA: Para realizar este reportaje, aparte de hemeroteca y relatos personales, he consultado los libros (ambos de recomendable lectura): “Tradiciones universitarias: historias y fantasías”, de Saturnino Rivera Manescau, 1948 (de donde he tomado la historia sobre el sillón del diablo);  y “Guía misteriosa de Valladolid”, de Javier Burrieza  (Castilla y León Tradicional, 2009). El relato original sobre el Puente Mayor, cuyo autor es Antonio Martínez Viergol, publicado en  1892, se puede consultar en Biblioteca Digital de Castilla y León.

UN PASEO DIFERENTE POR EL CAMPO GRANDE

En  el Campo Grande está la mayor parte de las esculturas más antiguas de Valladolid, pero es que, además, recordaremos a  unos cuantos personajes destacados de la historia vallisoletana.

Al menos, que haya llegado hasta nuestros días, no son muchas las esculturas que se erigieron en Valladolid hasta la década de los ochenta del siglo XX (no obstante sabemos de algunas fuentes profusamente adornadas en el desaparecido palacio de la Ribera -cuyos restos se pueden ver frente a la actual playa de las Moreras-).  Y más concretamente hasta 1900 no se levantaron más que media docena, sin contar con algunos bajorrelieves que se instalaron en las fachadas de las casas de personajes ilustres: Cervantes, Colón y Zorrilla.

Cierto es que tenemos noticias de otras esculturas que hubo en el Campo Grande entre los años 1829 y 1835, que más adelante comentaremos.

La única escultura que hay del año 1900 es la del monumento a Zorrilla, en la plaza que lleva su nombre, y la más antigua es del año 1835: un Neptuno tallado en piedra que se halla en una islita próxima a la zona de juegos infantiles contigua al paseo de Zorrilla.

En fin, lo mejor es que vayamos paseando por todas estas esculturas: una forma diferente de ver el afamado y agradable Campo Grande.

 

Archiconocida es la escultura de José Zorrilla. El resultado final de este monumento que preside la entrada al Campo Grande es la conjunción de una propuesta municipal por rendir homenaje al poeta y dramaturgo, y la iniciativa popular del Ateneo de Madrid por erigir una escultura dedicada al más afamado de los escritores españoles de su época. Fechada en 1900, su autor es Aurelio Rodríguez Vicente Carretero (el mismo de la escultura del Conde Ansúrez de la Plaza Mayor): el vate declama y la alegoría de la Poesía escucha.

 

Al fondo de este paseo de Coches del Campo Grande está el monumento a Colón: de Antonio Susillo, se inauguró en el año 1905. Es, sin duda, la  escultura más grande de Valladolid. Los avatares de su instalación en Valladolid son interesantes: proyectada para erigirse en La Habana, llegada la independencia de aquella isla tanto Madrid como Sevilla pugnaron por recibir la escultura,  más el que Valladolid fuera el lugar de la muerte y primer entierro del descubridor parece que inclinó la balanza en favor de nuestra ciudad. El grupo escultórico está coronado por el almirante Colón y la representación de la Fe: cruz en una mano, cáliz en la otra y velo cubriéndole el rostro.

 

En este mismo paseo del jardín está la escultura que homenajea a Vicente Escudero. Su autora es Belén González Díaz y se erigió en 1995. Vicente Escudero (1888-1980), hijo de un humilde zapatero, fue grande entre los grandes del flamenco, no solo por su arte en el baile,  sino por su  enorme erudición sobre el mundo del flamenco.

 

Una detrás de la Oficina de Turismo,  y otra cerca del monumento a Colón, hay sendas figuras que representan a una muchacha contemplando un caracol, la primera; y un amable oso polar, la segunda. Se instalaron hacia 1968 y son las dos únicas esculturas  de las doce que llegó a haber en el Campo Grande  del autor salmantino Agustín Casillas Osado.

 

Nos aprestamos a recorrer el paseo del Príncipe comenzando por la plaza de Zorrilla, pero antes de entrar en el paseo hemos de fijarnos en un panel que resume la historia de la plaza, realizada por el artista Miguel Ángel Soria.

 

Nos recibe a la derecha del paseo el homenaje a los fotógrafos Marcelino Muñoz y su hijo  Vicente,  de Eduardo Cuadrado (1994). Años 50-60: se les conocía como minuteros, pues revelaban la foto en unos minutos sin tener que acudir a un laboratorio. El Campo Grande y la plaza Zorrilla eran lugares a los  que antes de popularizarse las cámaras de fotos,  una veintena de fotógrafos de Valladolid acudían domingos y festivos para retratar a soldados, novios y familias. Unos, como la saga Cabezas (Martín, Manolo y Cristóbal -Cholo-),  llevaban la fotografía en unos días a  casa;  otros, como los Muñoz, te la entregaban al momento.

 

A nuestra izquierda, el busto de poeta Leopoldo Cano (1844-1934), miembro de la Real Academia de la Lengua, se le asigna al realismo. La escultura es de 1936 y está realizado por Juan José Moreno Llebra.

 

Al otro lado del paseo, frente a Cano, y un tanto escondida, está el busto de la escritora Rosa Chacel (1898-1994). Su autor es Francisco Barón y se instaló en 1988, año en el que Valladolid le tributó un gran homenaje con motivo de cumplir sus 90 años.

 

Y desde este punto buscaremos en una isleta próxima a la zona de juegos infantiles colindante con el Paseo de Zorrilla, la imagen de Neptuno. Esta escultura es la más antigua que se conserva en Valladolid: 1835. Formaba parte de un trío de figuras que decoraron el paseo de Coches del Campo Grande: representaciones de Neptuno, Venus y Mercurio. Por cierto, muchas críticas se levantaron entre opinión pública y prensa por  los senos desnudos de Venus. Por sucesivas remodelaciones, primero se quitó la de Venus (otros dicen de La Abundancia),  y en 1878 las de Mercurio (que ha desaparecido también) y la Neptuno, que  volvió a instalarse en el Campo Grande en la década de 1930.

 

Si nos acercamos hasta el lago veremos una placa que homenajea al famos0 Catarro, el barquero que durante años paseo a niños y mayores por este lugar emblemático de Valladolid. Su autor es el escultor es Luis Santiago Pardo (autor, entre otras esculturas, de la Rosa Chacel de la plaza del Poniente).

 

La famosa Pérgola está presidida por la Fuente del Cisne, realizado por Gonzalo Bayón, su primer emplazamiento fue la plaza del Poniente, en 1887. Esta fuente en realidad se construyó para abastecimiento de agua a la población traída mediante una canalización desde un manantial que nacía al pie de la fábrica de harinas la Perla, al otro lado del Pisuerga en el barrio de la Victoria. Hasta que a los pocos años dejó de prestar servicio y pasó a ser decorativa en el Campo  Grande (corría el año de 1892). Curiosa fue la polémica entre los concejales del Ayuntamiento sobre si las figuras femeninas  (náyades o ninfas) debían tener el color carnal del barro o el verde que algo disimulaba su desnudez. En fin, cosas de la pacatería de aquella época.

 

Entre el paseo del Príncipe y la famosa pajarera, está  la Glorieta del Libro, un lugar recatado y tranquilo que acoge una fuente de la que no mana agua, rematada por una escultura que es un sencillo monumento a la lectura: “Niño y libro”, se titula. Se instaló con motivo del VII Congreso Nacional de Libreros celebrado en Valladolid en 1980.  Se inauguró el día 30 de julio y su autor es Manuel García Vázquez, que firma como Buciños por el municipio donde nació este escultor gallego.

 

Muy cerca de esta Glorieta está el busto en bronce  de Miguel Íscar (1828-1880) que fue alcalde de Valladolid entre 1877 y 1880. De breve mandato,  sin embargo fue enorme su contribución a la ciudad: entre otras, impulsar el Campo Grande que ahora conocemos. Temerario sería  resumir aquí su huella en la ciudad y la historia del Campo Grande. El autor de la escultura es Aurelio Rodríguez Carretero y se instaló en 1907.

 

Y la fuente de la Fama. Erigida en 1883 en homenaje a  Miguel Íscar.  El pedestal y estanque son de Antonio Iturralde y la escultura de Mariano Chicote. Es preciso advertir que la fuente no está coronada por un ángel (aunque tenga alas), sino por una diosa de la mitología griega y romana: la Fama (de ahí el nombre de la fuente). Es decir, la mujer alada que pregona y difunde, algo así como una voz pública que da a conocer las virtudes de  alguien.  La inauguración de la fuente (construida por suscripción popular) fue uno de los grandes acontecimientos de la historia doméstica de Valladolid. En 2010 se hizo una rehabilitación de la fuente, retirando la escultura de bronce original (deteriorada por el agua) y sustituida por una réplica llevada a cabo por el escultor y ceramista Andrés Coello.

 

En un apartado de la zona de la fuente de la Fama está la escultura que recuerda a Núñez de Arce (1832-1903). Realizada por Emiliano Barral en 1932. Núñez de Arce, además de escritor fue gobernador civil de Barcelona, diputado, ministro y académico de la lengua.

 

Este paseo por las esculturas del Campo Grande no puede finalizar sin fijarnos en los leones que decoran la puerta del Príncipe  (en honor del que fue Alfonso XII) que mira hacia el Arco de Ladrillo. Una rehabilitación llevada a cabo en 1998 incluyó la reposición de los leones que la coronan, realizada por el escultor en piedra, y reconocido restaurador, Rodrigo de la Torre Martín-Romo, con taller en Valladolid. Esta puerta conoció diversos avatares y cambios de ubicación: en 1846 se aprobó su construcción y hemos de llegar hasta 1894 para que tuviera una ubicación definitiva. Parece que en su origen estuvo coronada por unos leones realizados por el escultor Fernández de la Oliva (el autor del Cervantes de la plaza de la Universidad).

 

 

Hay dos esculturas que aunque no están propiamente en el Campo Grande, no deben pasar desapercibidas para el paseante. Se trata del bajorelieve que indica la casa (Acera Recoletos, 12) donde nació el escritor Miguel Delibes (1920-2010): se debe a la Fundición Capa, una empresa radicada en Madrid que ha reproducido esculturas de la mayoría de los escultores contemporáneos, además de realizar obra propia. Y el grupo escultórico  de los Héroes de Alcántara (una unidad de caballería creada en el siglo XVII), frente la Academia de Caballería: obra de Mariano Benlliure e instalada en 1931.

 

NOTA: Entre la bibliografía,  archivos y hemeroteca consultados, hay un par de  libros destacados:  “Escultura pública en la ciudad de Valladolid”, escrito por José Luis Cano de Gardoqui García; y  el libro de María Antonia Fernández del Hoyo publicado con el título  “Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande de Valladolid”.  Y la revista Atticus publicó en su tirada de diciembre de 2010 un detallado artículo sobre el grupo escultórico de Colón.

EL RECREO DE LOS NOBLES

El entorno en el que se juntan los términos municipales de Laguna de Duero, Boecillo y Viana de Cega ofrece la posibilidad de ver algunas  construcciones muy  interesantes vinculadas con  la vieja nobleza y la burguesía vallisoletanas.

Esto no obedece a una casualidad, sino al hecho de que hasta que los vehículos a motor permitieron realizar largos desplazamientos, quienes tenían capacidad económica para construirse una finca de verano o un lugar de recreo, buscaban lugares cercanos que dispusieran de agua, vegetación y buenas tierras de labranza.

Por eso no es de extrañar que estemos hablando del río Duero y sus feraces vegas, a escasos kilómetros de la ciudad.

Comenzaremos por las soberbias paredes que rodean lo que se conoce como Bosque  Real.

 

Esta extensa finca de recreo (enclavada en el término de Laguna) de la monarquía tiene su origen en unos aposentos que en este lugar se mandó construir Isabel la Católica. A partir de aquí, sin perdernos  en más fechas ni averiguaciones, nos basta  con saber que esta casa se hizo junto al monasterio del Abrojo, donde residió San Pedro Regalado (1390-1456). Fue Carlos I quien a principios del siglo XVI fue mejorado aquel primigenio aposento y, sobre todo, los terrenos adyacentes, tras su compra por la corona, se convirtieron en lo que ahora conocemos como Bosque Real: una zona boscosa para la práctica de la caza y el asueto de la monarquía. La finca tiene una cerca almenada y una puerta que es la que vemos en la imagen y que da a la vieja carretera que une Laguna con Boecillo. La fecha de esta cerca se puede situar en el año  1556. Felipe II continuó haciendo reformas y mejorando la finca. El escudo que preside la portada representa el águila de San Juan abrazando el escudo real. En el interior de la urbanización aún se conserva parte de una portada de las dependencias reales.

 

Bordeando la tapia del Bosque Real (retrocediendo hacia Laguna), se llega hasta los escasos restos que se conservan del Monasterio del Abrojo, junto al Duero.  Los franciscanos, orden a la que pertenecía San Pedro Regalado, no fueron los primeros ocupantes de este convento, pues por este enclave pasaron diversas órdenes religiosas hasta el establecimiento franciscano. El monasterio conoció un pavoroso incendio en 1624 que incluso afectó al palacio real colindante. No obstante se reconstruyó hasta que, definitivamente abandonado, entró en ruina. Ahora solo conserva un murete de piedra en el que se aloja la que se llama fuente de San Pedro y una alberca.  Desde este enclave sale una senda que lleva hasta el río.

 

Según nos aproximamos a las bodegas de Boecillo (una vez pasado el Duero) en lo alto del monte que hay a sus espaldas, destaca la silueta del edificio del Colegio de Escoceses de Valladolid. Se trata de un edificio construido en 1798 como lugar de recreo veraniego de los alumnos. El antecedente de la presencia de seminarios escoces, ingleses e irlandeses en España hay que situarlo en tiempos de Felipe II, cuando protegió la formación de religiosos católicos frente al hostigamiento que recibían por parte de los anglicanos de las Islas Británicas (en Escocia había una ley que prohibía la existencia de seminarios católicos). De esta finca de verano (de tres pisos de altura y ático) sabemos que durante la Guerra de la Independencia fue ocupada por los franceses para dependencia de los oficiales. Más tarde, el general Wellington la utilizó en 1812 durante unos días. Un patíbulo hallado en 1995 en una bodega bajo el convento hace sospechar que era un lugar donde se ajusticiaba a los afrancesados y oficiales napoleónicos.  Desde este punto arranca un sendero que conduce hasta Viana de Cega y del que hay un reportaje en este mismo blog: ideal para caminar o hacerlo en bici.

 

Y llegamos hasta el municipio de Boecillo. En él se levanta el palacio de los condes de Gamazo. Edificio que durante varios años se convirtió en casino y que actualmente se dedica en exclusiva a la hostelería (el casino se ha instalado en el antiguo cine Roxy de Valladolid –calle María de Molina-). El condado de Gamazo es un título creado en 1909 por Alfonso XIII en favor de Juan Antonio Gamazo y Abarca, hijo de Germán Gamazo (que aparece en la fotografía).  El I conde de Gamazo era a su vez III marqués de Soto de Aller y III vizconde Miravalles. Actualmente se llegan por la tercera generación de condes. Juan Antonio era nieto de Timoteo Gamazo que, huérfano, tuvo la protección de su abuelo materno, que le procuró estudios de en la capital  y herencia abundante. Llegó a ser administrador del Patrimonio Real. Y en este punto arranca la historia de una saga que continúa con Germán Gamazo. Licenciado en Derecho ,   ministro de Fomento,  se codeó con la élite española  (era cuñado de Maura)  e invirtió  en los más variados sectores de la actividad económica. Juan Antonio (su hijo)  formó parte de diversos consejos de administración (BANESTO, por ejemplo), fue gobernador del Banco de España,   trabó amistad con Juan Carlos de Borbón,  y fue  electo diputado en Cortes en varias ocasiones entre los  años 1910 y 1936 por la circunscripción de Medina del Campo. El palacio se construyó en 1928 por Juan Antonio, sobre una casa de cierta prestancia que había inaugurado su padre Germán en 1892 (según relata  Cándido Martínez, buen conocedor de la historia de Boecillo). Un palacio que apenas habitó, pues la residencia habitual de los Gamazo estaba en Madrid.

 

Siguiendo la Vega de Porras, que se extiende entre el Duero y las bodegas de Boecillo, en dirección al término de Viana de Cega, llegaríamos caminando como una hora hasta la finca de verano del banquero vallisoletano Fabio Nelli, nacido en 1533 cuyo palacio está en la plaza de Valladolid que tiene su nombre. Esta finca, levantada donde el Cega entrega sus aguas al Duero la compró Fabio Nelli en 1599. No es visitable, no obstante sí podemos conocer esta imagen de sus más antiguas construcciones.  Conserva la entrada, la capilla y el escudo de la familia (la imagen está tomada de la página oficial del Ayuntamiento de Boecillo).

 

NOTA: Dejando el vehículo frente a la puerta del Bosque Real, se puede hacer un paseo por los tres principales lugares que aquí se relata. Para llegar a la finca de los Escoceses hay un camino que sube por encima de las bodegas. Y desde el colegio de los escoceses ya es fácil llegar hasta el casco urbano de Boecillo. Entre ida y vuelta no llega a 6 kms.

 

CASTILLOS DEL SEQUILLO: FRONTERA ENTRE LOS REINOS DE LEÓN Y CASTILLA.

El Sequillo, río de nombre y caudal modestos, de escasa prestancia y aparente inocencia,  alcanzó protagonismo significado en las disputas entre los reinos de León y Castilla a lo largo de los siglos XII y XIII.

Durante setenta años se convirtió en parte de la frontera, junto con el río Trabancos, que en Valladolid dividía los reinos de Castilla y León. Entre 1157 y 1230 se partió  en dos el reino cristiano del noroeste hispano: León por un lado y la naciente Castilla por otro. El Sequillo está en medio de los territorios que se disputaron los reyes de ambos reinos, pues necesitaban dominar las tierras de Campos, cuyo trigo llenaba los graneros de las aldeas y las despensas de los castillos. Para ello fundaron poblaciones, dieron prebendas a los nuevos moradores, amurallaron  pueblos  y levantaron castillos. Todo aquel intensísimo movimiento urbanístico y poblacional dejó una huella que todavía se percibe en las villas  que jalonan el Sequillo.

Toda esta historia arrancó cuando a la muerte del rey de León, Alfonso VII (1157), este dividió el territorio entre sus hijos e hijas: aquí comenzó una continua disputa entre el consolidado reino de León y el emergente reino de Castilla. Una división que terminó cuando Fernando III llamado el Santo, y coronado en Valladolid, consiguió unir ambos reinos, allá en el año de 1230.

Aquella cadena de castillos del Sequillo alcanzaba un punto en el  que se dividía entre los que, siguiendo el curso físico del río, llegaban hasta su desembocadura en el Valderaduey, ya en tierras zamoranas; y los que apuntaban hacia Toro, junto al Duero que, también fue frontera natural.

Superada la frontera y pacificados los territorios: junto a aquellos castillos (más bien pequeños, de sólidos muros, y construidos en lo alto de los tesos y en los bordes de Torozos),  fueron apareciendo nuevas fortalezas pero ya con trazas palaciegas: no estaban tan pensadas para la batalla como para la residencia de los nobles. La prueba es que se levantan en el llano, confiados en que no habría más batallas entre los reinos cristianos, y ya los musulmanes no constituían ninguna amenaza al norte del Duero.

Pues vamos a hacer un recorrido siguiendo algunos de aquellos castillos que pespuntean el Sequillo. Fortalezas que seguramente sean las más antiguas de Valladolid, después de los castillos que en siglos precedentes defendieron las orillas del Duero frente a los musulmanes: hablamos de los siglos X y XI: Peñafiel, Curiel, Tordesillas…

 

Empezaremos por Valdenebro de los Valles. No existen documentos  escritos que atestigüen su pertenencia a la cadena de fortificaciones fronterizas, más cuando uno se acerca a los escasos restos de su antiguo castillo, situado en el mismo casco urbano,  y se asoma al amplísimo territorio que domina, no puede dejar de pensarse que en un momento u otro, este municipio fue plaza fuerte en su día… Y no debemos dejar de ver la curiosa torre de la iglesia del municipio, con su escalera de caracol a ella pegada. La base de la torre es románica del siglo XIII ,y la planta del templo ya pertenece al XVI.

 

Medina de Rioseco perdió todo rastro de su castillo, aunque se conserva, ya muy remozada, la puerta de Zamora conocida como Arco de las Nieves, por haber allí una capilla dedicada a la Virgen de las Nieves.

 

Puerta del Reloj de Villabrágima. Esta puerta (con un reloj instalado en el siglo XX),  perteneció a la muralla que se levantó en el siglo XIII.

 

No es nada casual la ubicación del castillo de Tordehumos, y muy grande su importancia estratégica, pues desde él se domina casi todo el valle del Sequillo, y desde él se podían enviar avisos al resto de los castillos fronterizos. En el año 974 la localidad se la cita como Autero (Otero)  de Fumus.  Impresiona desde abajo la proporción que tuvo esta fortaleza que, ahora derruidas todas sus construcciones interiores (aunque es posible que queden restos por excavar  bajo tierra), ha quedado reducida a una pequeña meseta desde la que se obtienen inmensas panorámicas de todas las tierras y caseríos que lo rodean: Rioseco, Montealegre, Villabrágima, Villagarcía, Urueña o San Pedro de Latarce están a la vista de quien pasee rodeando el borde de las antiguas murallas. En Tordehumos se firmó el famoso tratado entre el rey leonés Alfonso IX y el castellano Alfonso VIII (uno de los siete tratados que se firmaron entre ambos reinos a lo largo de aquella guerra de fronteras). Sirvió para pacificar las luchas entre ambos reinos. Corría el año de 1194: el rey castellano devolvería fortalezas al de León, y que en caso de que el leonés falleciera sin descendencia, el castellano heredaría su reino: la orden del Temple y la de Calatrava se comprometieron a hacer cumplir el tratado, y mantener la paz entre los reinos.  Al castillo se sube fácilmente a través de una senda creada al efecto, y se puede recorrer alrededor, así como entrar al interior. Fotografía de la silueta de Urueña desde el castillo de Tordehumos.

 

Del castillo de Villagarcía de Campos, tenemos noticias desde mediado el siglo XIV.  En él se crió unos años el famoso Jeromín (Jerónimo), hijo natural de Carlos V. Aquel niño bastardo alcanzó relieve en la historia rebautizado por su hermanastro Felipe II con el nombre de Juan de Austria. De todas formas está en proceso de un profundo estudio arqueológico que, a lo mejor, revela una construcción más antigua de lo que hasta ahora se conoce.

 

Nuestro siguiente destino será San Pedro de Latarce. Tiene uno de los castillos más singulares de Valladolid, y seguramente de los más desconocidos: de planta ovalada, construido con cal y canto,  se levanta en la misma orilla del Sequillo. Esta fortaleza perteneció a Doña Berenguela, madre de Fernando III el Santo. En algún momento de su historia estuvo en manos de los templarios, para pasar luego a la orden de San Juan. El interior del castillo, una vez perdida su función defensiva,  albergó casas.  En las imágenes también se puede observar el lugar de la puerta principal del acceso. Desde aquí retrocederemos para buscar Urueña, aunque la línea defensiva del Sequillo continúa por los municipios de Belver de los Montes y Castronuevo, donde desemboca en el Valderaduey, pero estos municipios, que  se adentran en la provincia de Zamora, ya solo conservan escasísimos restos de sus fortificaciones.

 

A causa de la fama de sus murallas nos olvidamos de que  Urueña aún conserva su castillo, ahora convertido en cementerio municipal. El castillo está junto a un pequeño lavajo que llama la atención por estar en lo alto del páramo torozano.

 

Y terminamos nuestro recorrido en Tiedra: en la fotografía, imagen de Tiedra vista desde Villalonso, inmediato a Toro. Municipios, ambos que también disponen de sendas fortificaciones.

 

EL RELOJ, EN LA TORRE… Y OTROS RELOJES DE VALLADOLID

Hasta que en el siglo XX se popularizara el uso del reloj, los relojes públicos fueron muy importantes; tanto que  uno de los elementos más típicos y característicos de las actuales casas consistoriales es la presencia del reloj, normalmente bajo el castillete que soporta la campana. Aunque ya en el siglo XVII algún Ayuntamiento disponía de reloj en su fachada, lo normal es que hasta avanzado el siglo XIX, el reloj municipal estuviera instalado en la torre de una iglesia debido a que era el lugar ideal para la colocación del mismo: un lugar alto y, por tanto, fácilmente visible desde muchos puntos de la población, y también más fácilmente oíble desde largas distancias, pues sus campanadas regían la vida de la gente y era necesario que se oyera dentro de la población y por los campos.

De antiguo se dio importancia al reloj y de ello nos ilustra que ya en el siglo XV el Concejo de Valladolid dispusiera de reloj (antes incluso que de Casa Consistorial), pues documentado está que 1498 se pagaba a una persona por el mantenimiento del reloj de Santa María (la antigua Colegiata- que conserva sus restos detrás de la actual Catedral-), al mismo tiempo que en ese mismo año  se estaba pagando a cuenta la instalación de un reloj en el desaparecido  Convento de San Francisco (lugar donde habitualmente se reunía el Regimiento).

Y, sin más, vamos a recorrer la ciudad siguiendo el rastro de sus relojes.

 

En 1706 se instaló el reloj en la torre de la Catedral, procedente de la antigua Colegiata. Cuando se desplomó la torre en mayo de 1841, y con ella cae el reloj (aunque había otro en la fachada de la Casa Consistorial),  el Ayuntamiento de la época enseguida comenzó a hacer gestiones para proveerse de un nuevo reloj en alguna torre de la ciudad. A pesar de que se ha publicado que se instaló  en la iglesia de San Miguel, no parece lógico en absoluto,  dado que la iglesia no tenía torre, sino espadaña. Las torres se erigían en iglesias parroquiales, no en iglesias conventuales (que es el caso de San Miguel), que solo tenían espadaña. En mi opinión, el lugar elegido fue la torre de la Antigua, tal como se demuestra en el dibujo realizado en su día por Martí y Monsó. Pero, sobre todo, los archivos municipales registran en 1841 un acuerdo de lo necesario, útil y conveniente que es la colocación de un reloj en la torre de la iglesia (de la Antigua)  por lo capaz, sólido y elevado de su torre, para que “supliera la falta que ha causado la del que había en la de la Santa Iglesia de la Catedral de resultas de su ruina.” De la existencia de este reloj también da fe Madoz en su diccionario elaborado en la década de 1840, indicando que era uno de los cinco que existían en la ciudad. El reloj se desmontó en 1892.

 

En 1911 se instaló la maquinaria y esferas de la nueva torre de la catedral. La maquinaria es francesa (empresa Terraillon y J.Petijean, de la ciudad de Morez du Jura –Francia-) y lo montó el taller vallisoletano de relojería de Carmen García del Olmo. Se restauró en 1995 y previamente se habían sustituido sus viejas esferas pues corrían peligro de caer al vacío. En las imágenes, detalle de la maquinaria del reloj y una de sus  viejas esferas que se conservan en el interior de la torre catedralicia. Desde hace un par de décadas tiene instalado un sistema de precisión y funcionamiento que  hace innecesario darle  la  cuerda a mano que antiguamente había que hacer cada cierto tiempo.

 

En el año 1776 se concluyeron las obras construcción del actual edificio  que conocemos  de la parroquia de San Andrés, hasta entonces una apartada ermita. No sé si ya entonces se instaló un reloj en su torre, pero lo que es seguro es que sí se  hizo en 1894,  aprovechando uno de los dos relojes que se habían desmontado del antiguo Ayuntamiento derribado en 1879. En 1897 (El Norte de Castilla), el Ayuntamiento discutía sobre la conveniencia de arreglar el reloj de la torre de San Andrés, que según el cura de la parroquia, llevaba tiempo sin funcionar. Es el caso que por los motivos que fuere, el consistorio decidió que no se gastaba los cuartos en arreglar el reloj (las esferas actuales, evidentemente, ya no son las mismas).

 

 En la iglesia de Santiago,  en 1881 se alojó en lo alto de su torre otro de los dos relojes de la vieja Casa Consistorial, aunque no corrió mejor suerte que el de San Andrés, pues también tenemos noticias de que en el año de 1922 ya llevaba tiempo sin funcionar, aunque en este caso parece que los gastos de su reparación iban a correr por cuenta de la feligresía. Pero es que aquel popular reloj debía arrastrar algunos problemas, pues en 1898 también hubo quejas por que no funcionaba, y se apelaba al Ayuntamiento para que lo arreglara lo más pronto posible. Este reloj , que ya no existe, todavía estaba funcionando en la década de 1970 (foto del Archivo Municipal de Valladolid).

 

Entre 1859 y 1970 la esquina del edificio de la Universidad lució un reloj (fotografía de la época).  Se tiene noticia documentada de que en 1579 la Universidad ya dispuso de un reloj mecánico que se sustituyó por otro en 1789, hasta que en 1857 ya se pensó en instalar otro nuevo  cuyo mecanismo y esfera es el que se muestra en el patio del Palacio de Santa Cruz. La maquinaria de este reloj se trajo de una prestigiosa fábrica situada en Morez du Jura (Francia), y montado en Valladolid por el relojero Ignacio Neugart. En realidad este reloj se instaló inicialmente hacia los patios interiores del edificio,  y fue en una reforma de la torre esquinera de la Universidad cuando se reinstaló orientado a la calle.

 

En 1908, terminadas ya las obras de la nueva Casa Consistorial,  se acuerda adquirir un reloj para la torre central.  No fue un tema de rápida ejecución, pues se da cuenta de repetidas reuniones “en las que se ha discutido y pensado con todo detenimiento este particular”… Es más, se acordó formar una sub comisión sobre el particular. El debate estaba en si se trasladaba otro reloj de los existentes en la ciudad. Pero la idea se desechó. Se acordó adquirir un reloj nuevo. Se pidieron dos presupuestos: a Moisés Díez, de Palencia; y a Paul Odobey, de Morez de Jura (Francia). Finalmente se adjudicó a la empresa de Palencia, porque al ser una empresa española “sin ofensa para nadie” debe ser preferible. La oferta del fabricante de Palencia, que incluía tres campanas,  ofrecía un badajo grande para ser utilizado en casos de incendios, grandes acontecimientos y otros motivos. Además instala un pararrayos. Las características del reloj consistían en que tocaba horas y cuartos dobles. Tenía cuerda para ocho días y la máquina medía 210 centímetros y pesaba 425 kilogramos.


No son muchos (apenas una docena) el número de relojes instalados en  fachadas de edificios particulares o institucionales (al margen de establecimientos comerciales), como es el caso de la antigua Delegación de Hacienda (en la imagen) construida hacia 1934 y que lleva la firma del arquitecto Cuadrillero (muy reconocido en su época)  en la plaza de Madrid.

 

El Instituto Zorrilla hay que situarlo en su remoto origen en tiempos de Isabel II, pero el edificio que ahora existe se inauguró en 1907 y es obra del arquitecto Teodosio Torres (el que también proyectó la actual plaza de toros o el llamado hospital viejo en la calle Sanz y Forés).

 

En 1953 comenzó a funcionar el reloj que corona el edificio número 12 de la plaza de España. Con ese motivo, el edificio se conoció popularmente como la Casa del Reloj. Debajo del mismo se  puede ver el escudo de la antigua Caja de Ahorros Provincial de Valladolid.

 

Reloj que corona el edificio que hace esquina entre las calles Duque de la Victoria y Constitución. La instalación de un reloj en la coronación de un edificio se  consideraba como elemento de distinción. En la actualidad esto ya no es moda, como todavía ocurría hasta le década de 1950.


Desde luego, no sería justo recorrer los relojes de Valladolid sin dejar constancia de dos entrañables relojes: el  del Pasaje Gutiérrez (1886) en el que  sendos infantes realizados por el escultor Gossin, sujetan un reloj asomados a  un balconcillo en el que, antaño, en ocasiones se ofrecían conciertos. El pasaje Gutiérrez está declarado Bien de Interés Cultural. Y el del de la Estación de la Esperanza, de la línea ferroviaria de Ariza que comenzó a prestar servicio en 1895.

 

Y un par de imágenes para el recuerdo: la antigua Casa Consistorial (con su reloj) construida tras el incendio de 1561 y derribado en 1879; y el viejo auditorio del Campo Grande (ambas imágenes son del Archivo Municipal de Valladolid).

 

NOTA: Además de archivos, hemeroteca y algunos libros, para confirmar ciertos extremos de este artículo sobre el reloj de la Catedral  me han sido de gran valor los comentarios de Juan Luis Saiz, experto en restauración arquitectónica.

VALLADOLID Y LAS REINAS

La historia de España ha dado reinas excepcionales, que lo fueron por derecho y no por su condición de consorte. Mujeres que lucharon por sus derechos monárquicos y que defendieron los intereses de sus reinos. Que tuvieron que abrirse camino en un mundo hostil para la mujer. Que algunas sufrieron, a pesar de ser reinas, malos tratos, encierros y desprecios.  Nos estamos refiriendo a la Edad Media, pues la historia de España dio un salto de masculinidad monárquica desde Juana I en el siglo XVI, hasta Isabel II, ya en el XIX.

Pues bien, la mayoría de aquellas reinas lo fueron de los reinos de Castilla y León (juntos o por separado), y Valladolid atesora lugares que evocan a aquellas mujeres.

A lo largo de este año de 2017 se están llevando  a cabo algunas actividades conmemorativas de los 800 años transcurridos desde que Fernando III, llamado el Santo, fuera coronado Rey  de Castilla en la ciudad de Valladolid. Corona a la que añadiría en 1230 la de León uniendo, de esa manera, ambos reinos tras muchos años de disputas entre ambos territorios.

Si el dicho popular, no carente de ribetes machistas, de  que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, tiene ejemplos concretos, sin duda es el caso de Doña Berenguela, madre de Fernando III y propiciadora de que su hijo se ciñera la corona real.

La historia de los reinos de Castilla y León es una larga sucesión de uniones, separaciones, fronteras cambiantes, alianzas, estrategias, fidelidades y traiciones hasta su definitiva unidad. En esta película  hubo un espacio esencial para reinas excepcionales que tuvieron un papel  protagonista, más allá de figurantes o consortes (aunque entre estas no faltaron mujeres de gran talla por encima, incluso, de sus esposos reyes por derecho).

Nos estamos refiriendo a reinas “verdaderas”, es decir a aquellas que ejercieron el poder por sí mismas,  no por su posición matrimonial. Monarcas que supieron rodearse de una corte personal de músicos, poetas, filósofos o humanistas que terminaron por ejercer una gran influencia en la vida cultural y social de su tiempo.

Valladolid y algunas villas y pueblos de su provincia fueron escenarios históricos privilegiados de bodas, coronaciones, recibimientos, Cortes y disputas que jalonan la historia de los reinos de España.

Con este pretexto vamos a dar un paseo por  lugares vallisoletanos que evocan esta estrecha relación de Valladolid con las reinas. A tal fin daremos alguna pincelada (pues no es posible abordar con la extensión de un libro de historia aquellas vidas) sobre algunas de estas excepcionales mujeres.

 

Urraca I de Castilla (1079 o 1080 a  1126) hija de Alfonso VI y madre de Alfonso VII accedió al trono en 1109.  Fue la primera mujer que reinó sola en Castilla y León y se la describe como valiente e indómita.  Tuvo una estrecha relación con el Conde Ansúrez, que fue su ayo durante unos años, en cuya casa vivió desde que cumplió los ochos años de edad hasta que a los 16 años llegó la consumación del matrimonio que sus padres habían concertado con Raimundo de Constanza. La influencia del Conde, según algunos historiadores,  apunta a que fue él quien recomendó a Urraca su posterior matrimonio con Alfonso I el Batallador, rey de Aragón. De tormentosa vida, durante su relación matrimonial con Alfonso I,  llegó a sufrir maltratos físicos delante de la corte, e incluso la mandó encerrar para no separarse de ella y así no perder el reino de Castilla que lo consideraba como propio. Más, la reina supo maniobrar para segar la hierba bajo los pies de su esposo. Los reinos de Castilla y León y Aragón terminaron por separarse poniendo en serios apuros al Conde Ansúrez, que había prometido fidelidad a ambos.

 

La plaza Mayor de Valladolid exhibe una placa en su fachada de la Casa Consistorial que recuerda a Doña Berenguela. También la vieja Colegiata, mandada construir por Ansúrez, tiene papel protagonista en la historia de Berenguela (1181-1246). Esta  reina fue hija de Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra. Descrita como mujer excepcional y reina prudente, fue madre de Fernando III llamado el Santo. Tras diversas disputas con los nobles que pretendían que la corona recayera sobre Blanca de Castilla, consiguió los apoyos suficientes para ser reconocida como reina, y días después coronada (según esa placa) en la actual plaza Mayor de Valladolid, pero lo más probable es que aquello realmente ocurriera en la actual plaza de la Universidad, en 1217 conocida como del Mercado. Aquel acto se llevó a cabo en medio de una gran expectación y parece que se hizo en un lugar amplio que permitiera la presencia de la muchedumbre que quería ser testigo de aquel acontecimiento. En el mismo momento de su coronación traspasó el reinado a su hijo Fernando III y se trasladaron a la Colegiata para entonar un Te Deum . En realidad reinaron juntos durante treinta años  sin que se conozcan desavenencias importantes entre madre e hijo. Doña Berenguela se había casado en 1197  con Alfonso IX de León en la iglesia colegiata de Santa María de Valladolid, ignorando la prohibición de aquel matrimonio por parte del Papa Inocencio III que apelaba a consanguineidad entre ambos contrayentes.

 

María Alfonso de Meneses pasó a la historia como María de Molina (1265-1321).  El  Molina le vino  a raíz de que ya al final de su vida recibió de su esposo Sancho IV el señorío de Molina, ubicado en la provincia de Guadalajara. Era nieta de doña Berenguela y su matrimonio, del que nacieron siete hijos, no fue reconocido por el papado por razones de consanguineidad –igual que ocurriera con la boda de su abuela-. El matrimonio terminó por recibir el plácet de Bonifacio VIII merced a una generosísima donación de María al papa en 1301, lo que allanó el camino para que Fernando IV fuera reconocido como heredero de la corona. Aquel reconocimiento fue el resultado de numerosas intrigas en las que María de Molina se mostró especialmente inteligente, dando poder a las emergentes oligarquías urbanas enfrentadas a la nobleza. Fue verdaderamente tres veces reina: como esposa, madre y abuela regente, dada la precaria salud de su hijo Fernando y la falta de edad para gobernar de su nieto, que sería Alfonso XI. La custodia de su nieto se la dio “a los hombres buenos de la ciudad de Valladolid”. En definitiva, tuvo que estar al frente del reino hasta el final de sus días.  María de Molina fundó las Huelgas Reales (orden cisterciense) e impulsó el convento de San Pablo. Alivió las cargas fiscales de la naciente burguesía, se alineó con Bonifacio VIII para la liquidación de la orden del Temple, etc. Era prima carnal de Alfonso X: el nombre de calle Mirabel, en el barrio de la Rondilla, viene dado por el camino que conducía hasta el Real Palacio de Mirabel, en las inmediaciones de la Overuela, donde se dice que se redactó parte de las famosas Siete Partidas de Alfonso X el Sabio. Falleció en el desaparecido convento de San Francisco aunque está enterrada en las Huelgas Reales de Valladolid. (Las imágenes muestran la torre mudéjar de las Huelgas Reales –del blog Arte en Valladolid, de Javier Baladrón, al igual que  la sepultura de la reina-;   restos antiguos del convento de San Pablo, aunque ya prácticamente nada se conserva de su primigenia construcción; y el Museo de Valladolid conserva el sarcófago donde se guardaron los restos del infante Alfonso hijo de María de Molina).

 

En el Palacio de los Vivero (que aparece en las fotografías -solo visitable mañanas de día de diario-),  Isabel I de Castilla (1451-1504) firmó su compromiso matrimonial con Fernando de Aragón, príncipes aún aquel año de 1469. Para protegerse de las iras de parte de los nobles  que no vieron con buenos ojos aquel matrimonio, los príncipes  se refugiaron durante unos meses en Medina de Rioseco bajo la protección de Fadrique I Enríquez, a la sazón Almirante de Castilla, abuelo de Fernando y tío lejano de Isabel y, sobre todo, poderoso personaje respetado por el resto de la nobleza castellana.  Fueron muchos los escenarios vallisoletanos que vivieron los acontecimientos del reinado de Isabel y Fernando. La reina nació en Madrigal de las Altas Torres y falleció en el Palacio Testamentario de Medina del Campo. 

 

De Juana I de Castilla -mal llamada la Loca- (1479-1555)… pues ¡anda que no hemos tenido monarcas que debieron ser incapacitados en algún momento de su vida! De sobradamente conocida biografía, destacamos que fue reconocida como reina por los nobles castellanos durante la reclusión a la que le sometió su esposo Felipe el Hermoso en el castillo o palacio de Mucientes (fotografía) en los primeros días de julio de 1506 tratando, precisamente, de inhabilitarla. Son muchos los lugares de la provincia que guardan relación con la reina: Medina de Campo, Tordesillas…  Parece documentado que durante su reclusión  en Tordesillas oía misa en  San Antolín,   pero la leyenda añade que después subía hasta la torre de la iglesia para ver si desde allí oteaba la llegada de su (ya) fallecido esposo Felipe. (La escultura de la fotografía es del zamorano Hipólito Pérez, frente a la fachada de San Antolín donde destaca la torre a la que ascendía la reina Juana).

 

Hasta el mes de febrero de 2018, el palacio de Butrón (Sede del Archivo General de Castilla y León) sito en la plaza de Santa Brígida, ofrece al público una interesante exposición sobre Fernando III el Santo, hijo de Doña Berenguela.

 

NOTAS: son muchos los textos que abordan las vidas de estas mujeres, algunas con abultada bibliografía. Más si alguien quiere tener una visión de conjunto, recomiendo alguno de  los siguientes libros: Reinas Medievales en los Reinos Hispánicos (de María Jesús Fuente); Reinas Medievales españolas (de Vicenta Márquez de la Plata y Luis Valero de Bernabé); y Mujeres Ilustres de Valladolid, siglos XII-XIX (VV.AA.) editado por el Ayuntamiento de Valladolid. La sepultura de María de Molina puede verse aprovechando el horario de misa de 12 de los domingos de las Huelgas Reales (se entra por la calle Estudios).