ESCALERA DE MELANCOLÍA: MUSEO DE SAN ANTOLÍN

El paulatino cierre de diversas iglesias de Tordesillas ponía en riesgo el patrimonio artístico e histórico que aquellos edificios guardaban. Se conjuró el peligro convirtiendo la iglesia de San Antolín en museo, y en él se depositaron muchas de las piezas que hasta entonces habían estado en las parroquias de la villa.

Esto ha dado como resultado el Museo de San Antolín, uno de los espacios expositivos de contenido religioso más interesantes de cuantos se pueden visitar en Valladolid: tanto por lo que se exhibe como por el edificio en sí mismo.

Documentado está que a la iglesia de San Antolín con frecuencia venía a misa la reina Juana I de Castilla (mal llamada la Loca). Lo hacía recorriendo un pasadizo que, desde el palacio donde se alojaba (ya desaparecido), comunicaba con la iglesia, construida entre el siglo XVI y XVII. Pero aquella devoción de la reina también está preñada de una leyenda: terminada la liturgia, Juana subía los cincuenta y seis  escalones de la torre del edificio para ver si por algún camino volvía su querido Felipe el Hermoso, que ya había fallecido hace tiempo. Aquellos cincuenta y seis escalones que subía la reina presa de melancolía, sin embargo sirven para ascender hasta contemplar el Duero y una de las panorámicas más extensas que se puedan disfrutar en Valladolid.  No es de extrañar, por tanto, que muchos importantes edificios de Tordesillas se hayan orientado hacia el terraza del Duero.

Vamos a cruzar la puerta del museo e iniciar una sosegada visita del mismo.

 

Vista general de la iglesia de San Antolín, con una escultura de Juana I en primer plano, realizada por el escultor zamorano Hipólito Pérez. Destaca la torre cilíndrica cuyas escaleras subiremos.

 

La capilla de los Alderete precede a la sacristía, que es de donde arranca la torre. Ascensión que dejaremos para el final de la visita. La capilla se trata de una de las piezas monumentales más importante de los que se puede ver en Tordesillas, población que, por cierto puede presumir sobradamente de patrimonio e historia. Se accede a la capilla a través de una bella reja del siglo XVI, entre gótica y renacentista. En el retablo principal, de estilo plateresco se aprecia el quehacer de  Gaspar de Tordesillas y de Juan de Juni, que hizo los relieves principales.

 

Sepulcro en alabastro de Pedro González  Alderete  fundador de este espacio funerario que ha sido valorado como uno de los más interesantes de Castilla. Falleció en Granada en 1501, fue comendador de la Orden de Santiago y  regidor de Tordesillas. El sepulcro fue labrado en 1550 en el taller de Gaspar de Tordesillas.

 

Sepulcro de Rodrigo de  Alderete, fechado en 1527,  fue juez mayor de Vizcaya. Su nicho está rematado por el escudo de los Alderete.

 

En la nave central, llamativamente decorado su techo, hay un Cristo yacente de la escuela de Gregorio Fernández. Se trata de una pieza con los brazos articulados que tanto puede ser presentada yacente, como ahora lo está, como en posición de crucificado.

 

Retablo del siglo XVII profusamente ilustrado en que hay pinturas de Felipe Gil de Mena. Este artista, muy apreciado en vida, tiene obra en numerosos templos de Valladolid y alguna pieza en el Museo de Escultura, procedente del convento de San Francisco de Medina de Rioseco.

 

La capilla de los Acevedo tiene un Calvario cuya figura principal está atribuida de Francisco del Rincón, uno de los grandes de la imaginería española. Algunos le consideran maestro de Gregorio Fernández, aunque lo más seguro es que fuera simplemente el mecenas y avalista de Fernández en la corte de Felipe III. Del Rincón fue el creador de los pasos procesionales barrocos, uno de los cuales se encuentra en el Museo de Escultura.

 

Acaso la joya del museo, si es que es posible destacar de entre todo lo que ofrece, sea una escultura de la Inmaculada. Está esculpida en madera en el siglo XVII por Pedro de Mena (escultor barroco considerado de lo mejor de la imaginería andaluza). Su perfección  alcanza tales niveles que pareciera hecha de delicada porcelana. Es una pieza de bellísimas formas y proporciones.

 

 

 

Bajo el coro, entre otras cosas se pueden encontrar varias tallas del arcángel San Miguel, de Santiago Apóstol y una cruz procesional que tiene la particularidad de tener labrado lo que parece una panorámica de Tordesillas.

Un detalle muy curioso es una puerta de hierro que se trajo de la iglesia de San Pedro, donde está enterrado Andrés Juan Gaitán, inquisidor en el Perú y que de tan controvertido oficio dejó huella incluso en la decoración (el símbolo de la Inquisición: la cruz, la espada y el olivo o la palma) de los cinco grandes cerrojos que blindan esta puerta.

 

A punto de terminar el recorrido por el museo, y ya junto a  la puerta, se ofrece al visitante una curiosa tabla policromada del siglo XVI. Se desconoce la autoría pero bien podría tratarse del  encargo de un matrimonio (que aparece al pie de la escena en actitud orante). La tabla reproduce la misa de San Gregorio acompañada un una curiosa iconografía del martirio de Jesús: la columna donde fue atado, tenazas con que fue torturado, escalera para la crucifixión, la lanza con que se atravesó su costado, los dados que los soldados utilizaron para jugarse su túnica, etc. Es una muestra de lo más típico (y curioso) de la utilización del arte para mostrar mensajes y afianzar creencias: un comic, en definitiva, diríamos ahora.

 

El museo también ofrece al visitante libros, casullas,  orfebrería y cuadros, algunos de los cuales están pintados sobre cobre.

 

En el edificio colindante con el Museo  (Casas del Tratado) se exponen varias maquetas, entre las que está la del Palacio Real que habitó Juana I entre 1509 y 1555, desde el que iba a la iglesia de San Antolín. Este palacio, de modesta construcción, fue mandado construir por Enrique III hacia 1400,  y reinando Carlos III se derribó en 1773 dado su estado de abandono.

 

NOTA: El museo está en la calle Tratado de Tordesillas. Horario: 11:30 a 13:30 y 16:30 a 18:30. La entrada cuesta dos euros y los niños entran gratis. Cierra domingos tarde y lunes.

 

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PASAJE DE GUTIÉRREZ: “EL MÁS GRANDIOSO DE CUANTOS CONOCEMOS EN ESPAÑA”

Cuando en septiembre de 1886 se inauguró el Pasaje de Gutiérrez, la prensa local lo presentó como “El más grandioso de cuantos conocemos en España; más elegante y más espacioso que el magnífico con el que cuenta Zaragoza; no hay ni en Madrid ni en Barcelona, ni en Sevilla ninguno que con él pueda compararse”.

Seguramente sería una entusiasta y exagerada afirmación, pero lo cierto es que Valladolid recibió esta nueva calle con gran alegría: era una forma de incorporarse a la modernidad. Las principales ciudades españolas tenían sus galerías comerciales siguiendo la moda de las capitales europeas: París, Bruselas, Milán, Manchester, etc. Y Valladolid no se quedó a la zaga de esta nueva arquitectura urbana. Era una forma como, de nuevo según la prensa local, “desprovincializar la cultura local”.

La construcción de estos pasajes comerciales era, también, una forma de mostrar la industrialización de las poblaciones.

Pero ¿por qué el nombre de las galerías?  Eusebio Gutiérrez era  un rico hombre de negocios originario de Santander: tenía algunas industrias en Valladolid y era propietario de diversas casas y solares. Y es precisamente en una de aquellas casas, que daba a dos calles: antigua calle del Obispo y a calle Sierpes (actuales Fray Luis de León y Castelar –todavía queda una pequeña calle próxima a Castelar llamada Sierpes-), donde  Gutiérrez encargó al afamado arquitecto Jerónimo Ortíz de Urbina que hiciera una reforma del edificio.

Aprovechando la reforma de fachadas y de interior, se llevó a cabo la construcción del pasaje. Curiosamente, ningún documento se conserva en el Archivo Municipal de Valladolid que dé cuenta de la construcción de este pasaje: no hay ni planos, ni  permisos,  ni nada de nada. Esto lleva a la conclusión de que se hizo una obra saltándose la ordenanza de construcción aprovechando la licencia para reforma del edificio que se había solicitado en 1884. Da toda la impresión de que las autoridades municipales debieron hacerse los desentendidos, pues semejante obra no podía pasar desapercibida durante su ejecución.

Es el caso que la ciudad acogió aquella moderna calle con los brazos abiertos.  Y en la actualidad es una de las pocas construcciones de estas características que se conservan en España.

¿Quién era el arquitecto Jerónimo (o Gerónimo) Ortíz de Urbina?  Lo resumiremos diciendo que, junto con su hijo Antonio (que era maestro de obras), firmó muchas construcciones en las calles de Valladolid, especialmente en el centro y en la expansión burguesa de Miguel Íscar hacia la Estación del Norte. Sus obras más significadas son el desaparecido frontón de Fiesta Alegre (construido en 1894 en el solar que actualmente ocupa la Residencia Universitaria Santiago en la calle Muro) y el colegio San José (1885) en la plaza de Santa Cruz. Para algunos, el Pasaje Gutiérrez es su obra más señera. Desde 1998 está declarado Bien de Interés Cultural.

Avanzado el siglo XX el pasaje entró en decadencia, se cerraron diversos comercios y se abandonó el mantenimiento. Todo ello hasta que en 1986 los propietarios cedieron el uso del paseo al Ayuntamiento y este, a cambio, acometió la restauración del mismo siguiendo el proyecto del arquitecto Ángel Luis Fernández Muñoz.

… Pues a disfrutar un rato por el Pasaje de Gutiérrez.

 

Vistas generales del pasaje y su aspecto al anochecer con la iluminación decorativa que le instalaron en 2013.

 

El Mercurio. Se trata de un dios romano que se equipara con Hermes, de origen griego: mensajero de los dioses, encargado de llevar las almas de los fallecidos al más allá, símbolo de la abundancia y del éxito comercial. De ahí que se considere emblema del comercio. Por tanto tiene toda su justificación su colocación en el Pasaje Gutiérrez que, como sabemos, se construyó, precisamente, para albergar actividades comerciales. Esta escultura “Mercurio volador” es una copia de la realizada por  el escultor francés Juan de Bolonia (como Giambologna le conocían en Italia) en 1565 y que se conserva en el Museo del Bargello de Florencia. Al pie de la escultura figura el texto “Val D’Osné”, que delata su fabricación francesa.

 

Primer plano del  Mercurio cubierto con el petaso, sombrero que usaban los griegos y romanos para protegerse del sol y de la lluvia, especialmente en los viajes y en la caza. La escultura, sin embargo, ha perdido el caduceo, esa vara abrazada por dos serpientes, símbolo de la paz y la concordia que acompaña la figura de Mercurio. Véase, en comparación, el Mercurio que preside la entrada de la Facultad de Comercio, con su caduceo. La costumbre de representarlo con alas es porque también se le considera protector de los viajeros.

 

Esculturas, realizadas en terracota y muy deterioras,  que llevan la firma de  M. Gossin, Visseaux, París. Están puestas alrededor de Mercurio y  representan las cuatro estaciones del año, que por el orden de colocación son la Primavera (a la derecha de Mercurio) y sucesivamente siguiendo al revés de las agujas del reloj, el Verano, el Otoño y el Invierno. La del verano, hasta no hace tanto incluso portaba una hoz de hierro en su mano derecha.

 

Un detalle de gran belleza son el niño y la niña que sostienen el reloj en el balconcillo. Su fabricación lleva también la firma de M. Gossin, que demuestra el intento de traer a Valladolid el gusto que inspiraba las galerías parisinas. En este balconcillo parece que en ocasiones se celebraban  conciertos de música en los años de esplendor del pasaje.

 

La cubierta está construida con tejas de vidrio procedentes de la Real Fábrica de Cristales de la Granja, lo  que demuestra el interés en hacer una construcción cuidada en todos sus detalles.

 

Los techos del pasaje están decorados con pinturas de Salvador Seijas en las que se presentan diversas alegorías. Por orden de  las imágenes de arriba a abajo: la Agricultura, Apolo, la Primavera, el Comercio y la Industria.  Seijas (profesor de dibujo de la Escuela de Bellas Artes de Valladolid)  fue pintor muy reconocido en  Valladolid en su época y destacó por la pintura decorativa.

 

Los espejos que hay sobre las entradas de los establecimientos  se instalaron en la reciente restauración con el fin de sustituir los antiguos letreros de los numerosos comercios que estaban cerrados.

 

 

La puerta que da a la calle Fray Luis de León lleva la fecha de 1885 (cuando se inició la obra), y la de Castelar, la del año siguiente, cuando se inauguró el pasaje. Hay que fijarse, también, en las fachadas, que son completamente distintas y de una rejería muy cuidada.

 

Detalle de las puertas, decoradas; y de un capitel en el interior de uno de los locales del Pasaje.

 

Fotografía de la década de 1970 en la que se aprecian locales cerrados y la ausencia de la estatua de Mercurio. Eran años en los que se arrastraba el abandono del pasaje y la falta de comercios interesados en establecerse en el mismo (imagen tomada del Archivo Municipal de Valladolid).

 

PRINCIPALES FUENTES CONSULTADAS: Guía de Arquitectura de Valladolid, coordinada por Juan Carlos Arnuncio Pastor; El Valladolid de los Ortiz de Urbina, de Fco. Javier Domínguez Burrieza; Desarrollo urbanístico  y arquitectónico de Valladolid (1851-1936), de Mª Antonia Virgili Blanquet; Escultura pública en la ciudad de Valladolid, de José Luis Cano de Gardoqui García; y Archivo Municipal de Valladolid.

GENTES DEL VIEJO OFICIO DE ZAPATERO

La saga de zapateros Vibot se remonta hasta  casi dos siglos atrás y en Villalón de Campos hay un museo que rinde homenaje y recuerdo a este apellido. Nació en 2007 por impulso de Ana, hija de Victorino Vibot (1929-1998), último artesano de una dinastía que abrió el bisabuelo Bonifacio.

El apellido Vibot tiene un hueco y reconocimiento en el mundo del calzado, incluso en el Museo de Elda (sancta sanctorum de la fabricación de calzado) hay objetos de Julio, hermano de Victorino.

El museo evoca el mundo de un oficio de gran importancia y que tenía diversas especialidades: taconeros (o fabricantes de tacones de madera), borceguineros (algo así como fabricantes de botines), o chapineros (aquellos que fabricaban chanclos de corcho, que más tarde se fueron sustituyendo por escarpines). Pero, sobre todo, la gran división de la artesanía del calzado llegó a estar entre aquellos oficiales de zapatería de “obra prima” o zapateros “de los nuevo”, y los vulgarmente conocidos como zapateros de viejo o remendones que eran aquellos que se dedicaban a arreglar zapatos usados.

La fabricación de zapatos de manera artesanal exigía años de aprendizaje y talleres con abundante mano de obra: las empresas podían llegar a tener media docena de aprendices. Ana Vibot comenta que el taller de su padre tuvo cinco  obreros y el de su abuelo, ocho. Es el caso que ahora nadie quiere aprender a confeccionar zapatos.

Un oficio en el que en su vieja tradición practicada por los maestros se rozaba la perfección creativa, tal como relata Dionisio Arias, “Dioni”, el último oficial que hubo en el taller de Victoriano.  Ya está jubilado pero sigue enseñando el museo con la misma ilusión e interés que ponía en hacer el calzado a medida hasta pocos años.

La visita al museo hace caer en la cuenta de que el calzado, sea bota o zapato, tiene personalidad y complejidad: no son lo mismo unos zapatos bluchers que unos mocasines ingleses, ni que un zapato brogue o un full-brogue (aquel zapato blanco y negro que calzaban los viejos músicos de jazz). Pues bien, toda la variedad de estilos y formas se exponen en las vitrinas del museo.

Hasta dos largas jornadas con dedicación exclusiva se requieren para la confección de unos zapatos, nos cuenta Dioni. Una actividad que tiene su propio argot hasta el punto de que los pies no se miden en centímetros, sino en “punto francés”, que es una medida internacional en la que tres puntos equivalen a dos centímetros; o semences (palabra francesa), que son las  puntas pequeñas, cambrillones (término también de origen francés relativo a la suela y para armarla), empalmillar (coser la suela con la piel a mano), etc. etc. Como se puede observar, es notable la influencia francesa en el mundo del calzado.

 

Vista general del museo.

 

Si algo es importante para conseguir un zapato perfectamente adaptado al pie del usuario, eso es la horma. Por eso el museo exhibe una variadísima y artística colección de hormas fabricadas en madera de haya que se arman como un puzzle para conseguir ajustarse a las formas de cada pie.


Entre las curiosidades están las zapatillas de clavos de la atleta vallisoletana Maite Martínez con las que ganó la medalla de bronce en la prueba de 800 metros disputada en el Mundial de Atletismo de Osaka 2007. También hay unas zapatillas de Marta Domínguez, la atleta palentina.

 

Reproducción de un banco para fabricar o reparar calzado.

 

Es muy llamativa la variedad de maquinaria que se requiere para confeccionar unos zapatos. Una maquinaria en la que conviven los viejos potros con los “modernos” bancos de finisaje: banco para raspar, dar cera o rematar zapatos, del año 1950.

 

 Maquina manual a pedales para hacer ojales, sacabocados, etc.

 

 Bigornia, yunque o burro, de 1880 y al fondo una máquina de coser del año 1900.

 

Si variada es la maquinaria, más lo es la herramienta del maestro zapatero. Prácticamente un utensilio para cada paso que lleva a confeccionar un buen par de zapatos: leznas, punzones, busetos,  viras, sacabocados, polímetros, desbravadores de suelas, tranchetes para cortar suelas, agujas de todo tipo, cuchillas, tenazas y los más variados martillos, en fin un largo instrumental para conseguir el más mínimo detalle y que, además, esconde un variadísimo vocabulario en vías de extinción.

 

Vitrina dedicada a Pedro Lozano Pérez, otro afamado y premiado maestro artesano de Palencia que también cerró el taller.

 

Otros curiosos detalles que se pueden ver en el museo.

 

NOTAS: El museo está en la calle Rúa, 17. Es un museo privado creado al calor de los fondos de la Unión Europea gestionados por la Asociación para el Desarrollo Rural de Tierra de Campos. El horario es de 10 a 14 h. y de 17 a 20. de lunes a sábado (horario comercial de la tienda de calzado Vibot). Se puede visitar los domingos concertándolo a través del teléfono 983 74 02 13. El precio de la entrada es de 2 euros.

VILLALÓN DE CAMPOS: HISTORIA, PATRIMONIO Y SOPORTALES

Villalón fue una de las poblaciones más importantes de Tierra de Campos, cuando el trigo era el oro de Castilla y el mercado de ganados el centro de la actividad comercial de muchos pueblos de alrededor. Pero toda aquella actividad ha venido muy a menos y queda lejos de los casi 4.000 habitantes que contabilizada al comenzar el siglo XX. Es el desesperante signo de los tiempos que corren en buena parte de Castilla y León

Villalón de Campos asentó su importancia histórica entre otras cosas en el privilegio que Fernando III otorgó a la localidad en 1204 para celebrar Mercado Grande en la plaza todos los sábados del año, convirtiéndose en los siglos XIV y XV en uno de mercados financieros de Europa, debido a que los cambistas tenían instalados aquí sus negocios al igual que ocurriera en Medina de Rioseco y Medina del Campo.

A aquellas actividades le siguió un importantísimo negocio en torno a la producción y distribución de cereales que pervivió razonablemente bien hasta entrado el siglo XX. Prueba de ello es que en 1912 se inauguró, con presencia del mismísimo Alfonso XIII,  la línea ferroviaria que unió la localidad con Palencia y Medina de Rioseco (y lógicamente, con Valladolid). La ferroviaria fue, a su vez, una actividad importante por el personal y servicios que movía y, sobre todo, para el tráfico de mercancías. Pero el declive de la comarca en la década de 1960 llevó a que en 1969 se clausurara el servicio.

En otro tiempo, no solo el trigo y el ganado eran importantes, sino que incluso antes fue un importante centro de distribución para buena parte de España de pescado desalado procedente de los centros pesqueros del Cantábrico.

No obstante,  este pasado espléndido y el empeño que su gente pone en conseguir un futuro para el municipio, deja un rastro de patrimonio y evocaciones muy importante.

Mas,  antes de comenzar nuestro paseo por la localidad, dejemos constancia del nombre de una de sus calles. Entre los personajes nacidos en la localidad, como el noble Alonso Pimentel, el escritor y protestante Cristóbal Villalón, o el hebraísta Gaspar de Grajal, amigo de fray Luís de León, entre otros, hay una calle dedicada a Clara del Rey. Nació esta mujer en Villalón en 1765 y falleció en Madrid por la metralla de una bala de cañón en los sucesos del 2 de mayo de 1808 combatiendo, junto con su marido e hijos, contra las tropas napoleónicas en el parque de artillería de Monteleón. Una placa en la fachada de la iglesia madrileña de la Buena Dicha y el nombre de una calle de la capital de España también recuerdan su memoria.

 

Recorriendo la soportalada calle Rúa, la principal de la localidad, se llega a la Plaza Mayor, o del Rollo, en torno a la iglesia de San Miguel (s.XIII-XIV)  que, por cierto, guarda una talla de Juan de Juni y otra atribuida a Berruguete.

 

Por muy conocido que sea, el Rollo es una de las joyas de Villalón y, además, de los mejor labrados de toda España, según se puede apreciar en sus detalles. Construido en 1523 se atribuye al gótico burgalés.

 

Fachada de la Casa Consistorial, edificada en 1928 con una personalísima decoración.

 

Primer plano de una escultura en bronce que rinde homenaje a la vendedora de quesos (es famoso el llamado queso de pata de mulo), obra de Jesús Trapote Medina.

 

Foto del arco apuntado de los restos del convento de San Francisco, en la parte alta de la plaza Mayor.

 

Pilares de los soportales seguramente procedentes del vecino convento de San Francisco, que estaba detrás de la iglesia de San Miguel.

 

Diversas casas nobles,  y una vivienda considerada como destacada muestra de la arquitectura tradicional terracampina,  la del número 4 de la calle Ángel María Llamas.

 

Fuente del Chicharro, al final de la calle Constitución (que sale de la plaza Mayor en dirección a Boadilla) antes estaba en la plaza del Rollo pero se reinstaló en la plaza de San Juan, cuya iglesia se ve al fondo.

 

Algo muy característico de la iglesia de San Juan (s. XV)  es su construcción humilde y característica de Tierra de Campos: apenas se ve piedra y lo justo de ladrillo,  el resto es adobe y madera, incluido su ábside, tal como se aprecia en la foto.

 

Antiguo hospital en la plaza de San Juan, de estilo gótico. Ahora está oculto tras un andamio que intenta evitar su derrumbe total. De esta joya de la arquitectura del barro ya solo queda la fachada, tras hundirse toda la cubierta.

 

Villalón tuvo hasta cinco  parroquias. De ellas, quedan tres iglesias, las ya citadas de San Miguel y San Juan, y la de San Pedro (gótico mudéjar s XIII-XIV) en mal estado de conservación.

 

Frente a San Pedro, la fachada de una antigua panera.

 

Villalón llegó a tener cuatro fábricas de harina, lo que da testimonio de su importante actividad cerealística.

 

Depósito de agua inspirado en los palomares, una forma amable de hacer construcción civil moderna evocando la arquitectura tradicional.

 

Dos escuelas construidas en el último tercio del XIX hay en la localidad: una alberga el Museo del Queso (en la imagen), la otra acoge dependencias dedicadas a servicios sociales. Otros dos centros museísticos hay en la localidad: el Museo del Calzado Vibot y el Centro de Interpretación del Palomar del Abuelo.

 

El pueblo guarda un pequeño tesoro bajo muchas de sus casas que está reivindicando y dando a conocer: las bodegas que se remontan a los siglos XVI y XVII.  La falta de promontorios del terreno que facilitaran la excavación de los típicos barrios de bodegas, ha hecho que sus habitantes las hicieran bajo las viviendas. Eran bodegas tanto para la elaboración del imprescindible vino como para hacer de silos para la conservación de alimentos o almacenamiento de mercancías: el tamaño y longitud de cada bodega suele tener que ver con la importancia y actividad de cada casa. Es legendario el uso de las bodegas para el estraperlo, que en el siglo XIX incluso llevó a  que interviniera el ejército para intentar terminar con aquel fraudulento negocio (fotografía tomada de la página oficial del Ayuntamiento).

 

Y finalizaremos con una colección de fotografías de los soportales. Villalón es un auténtico parque temático de soportales. Los hay de toda clase y materiales: madera (rústica o  finamente trabajada), hierro, piedra, ladrillo, cemento… Los soportales son los principales testigos de la vieja y tradicional actividad comercial de Villalón de Campos. Actividad que se desarrollaba a lo largo de la calle principal (la Rúa)  y que se extendía por todas las casas que orlan la plaza Mayor.

VALLADOLID: DE ALDEA A CIUDAD

En vida del Conde Ansúrez, Valladolid seguramente ya  comenzó a conocerse  como villa. Aquella aldea junto a las Esguevas que en el siglo XI ocupó el Conde con el encargo de fortalecer la frontera del Pisuerga, pronto vio crecer su caserío y su importancia. Mas tendrá que esperar hasta el siglo XVI para que Felipe II le conceda el título de ciudad.

A fecha de hoy, Valladolid ostenta los títulos de MUY NOBLE, MUY LEAL, HEROICA Y LAUREADA CIUDAD. Esta acumulación de atributos se ha ido cuajando a lo largo de ocho siglos. Es, por tanto, una larga historia.

La primera vez que aparece escrito el título de villa es en un privilegio firmado por Alfonso VII (en la imagen, tomada de wikipedia) en 1152.  Se trata de un documento en el que la Corona establece los términos y límites de la villa y su tierra declarando, además, los mojones que la separaban de las tierras colindantes. De la importancia de aquella villa medieval da cuenta el hecho de que el monarca la visitara con frecuencia, llegándose incluso a celebrar varios concilios en Valladolid para, entre otros asuntos, arreglar las diferencias con el reino de Portugal.

Carlos I (V de Alemania) residió frecuentemente en Valladolid. España no tenía una capital fija y allí donde estuviera la corte ese el centro de los territorios españoles. A lo largo de los siglos XV y XVI fueron muchos los años que la corte se asentó en la villa, hasta que en 1561 Felipe II escogió Madrid como sede permanente de la corte convirtiéndola de facto en la capital del Imperio.

Seguramente para compensar ese “abandono” de Valladolid, el monarca concedió a la villa donde nació el título de ciudad. Así, el 9 de enero de 1596 el monarca firma una cédula mandando que se diera el nombre de CIUDAD a Valladolid. Documento que, entre otras cosas decía: “Sabed que teniendo consideración a los muchos, buenos y leales servicios que el Concejo, justicia, regidores, cavalleros (sic), escuderos, oficiales y hombres buenos de la muy noble villa de Valladolid a hecho a los señores reyes nuestros progenitores y a mí, y a los que continuamente haze (sic), y a que yo nací en ella, y a que es calificada por las muchas particularidades y cosas insignes que tiene…” etc. etc. Y se mandó hacer el nuevo sello de la ciudad para acomodarlo al nuevo título, apareciendo, desde entonces el lema de MUY NOBLE Y MUY LEAL CIUDAD. (Fotografía tomada frente al antiguo matadero -pº Zorrilla- en la que una fecha rememora el año del nombramiento de ciudad).

¿Más, de dónde venía el timbre de Noble y Leal que aparecía junto al de Ciudad?

Para saber esto hay que retroceder dos siglos. Corría  el año de  1329, cuando Alfonso XI (nieto de María de Molina) calificó a los vecinos de la villa como “Buenos y leales” vasallos. Ese nombramiento fue fruto de una larga historia que puede quedar resumida de la siguiente manera: Alfonso XI tenía como valido a Alvar Núñez Osorio. El valido estaba sometido a numerosas conjuras promovidas por sus rivales políticos. Es el caso que los enemigos de Alvar Núñez hicieron correr el rumor de que se quería casar con la infanta Leonor de Castilla,  hermana del monarca y que residía en Valladolid. Resulta que la infanta, por indicación de su hermano,  se iba a desplazar a la frontera de Portugal por unos asuntos de estado, pero los vallisoletanos, tanto de la villa como del alfoz, creyendo que en realidad iba a ser llevada para casarla con el valido, debido a un rumor que hicieron correr sus enemigos,  sitiaron las puertas de Valladolid impidiendo la salida de Leonor. En ese episodio ardió el monasterio de las Huelgas (sabe Dios quien lo prendió). El monarca, pensando legítimamente, que los vallisoletanos se habían rebelado contra él, vino armado hacia la villa. Las gentes de Valladolid se negaron a recibir al monarca mientras estuviera acompañado de su valido. Una vez despedido este, las soliviantadas gentes de Valladolid franquearon al monarca las puertas de la villa. Aclarado todo ese embrollo, el monarca se dio cuenta de que, fuera por unas razones u otras, las gentes de Valladolid actuaron de buena fe en defensa de la Corona (la imagen está tomada de wikipedia y se trata de un cuadro del Museo del Prado).

La larguísima carta concediendo el título, señalaba el agradecimiento por los  servicios prestados por los vallisoletanos a su abuela María de Molina y a él mismo durante su niñez; califica de traidor a Alvar Núñez; reconoce la lealtad de la villa defendiendo los intereses de la corona; les exime de responsabilidad en el incendio de las Huelgas Reales; etc. En definitiva, concluye la carta  llamando “bonos e leales vassallos al Concejo de Valladolit e a todos los vecinos moradores…” (sic)

Otros muchos favores hizo el rey a la villa, entre otros, eximirla de ciertos impuestos y donarla de varias poblaciones cercanas, contribuyendo a la creación de un rico y grande alfoz de Valladolid.

Fue el rey Juan II, padre de Isabel la Católica, el que en 1422 otorgó a Valladolid el título de Muy Noble por los buenos y leales servicios de la villa a los reyes que le precedieron.  Este título se lo ganó la villa debido al gran peso que a lo largo del siglo XIV tuvo en la historia de los reinos hispánicos. Por eso, el monarca, a petición de los procuradores del reino reunidos en Ocaña, dictó: “… por quanto la mi villa de Valladolid es la mas notable villa de mis rregnos e aun de los regnos comarcanos, que me suplicavades que por la mas ennobleçer e por los muchos e buenos, e leales serviçios que los vecinos e moradores de la dicha villa fizieron a los rreyes mis anteçesores e fazen a mi cada dia (…) que la dicha villa se llamase de aquí adelante la muy noble villa de Valladolid…” (sic) De ahí que el sello de la ciudad de entonces en adelante incluyera la leyenda de NOBILISMI CONCILLI VALISOLETANI. (Fotografía del sepulcro de Juan II en la Cartuja de Miraflores, Burgos).

Isabel II, mediante Real Decreto fechado el 8 de agosto de 1854 otorgó a la ciudad el calificativo de Heroica, firmando para ello lo siguiente: “En atención al patriotismo y decisión con que la ciudad de Valladolid y su Ayuntamiento levantaron el estandarte de la libertad en la noche del 15 al 16 de julio último, contribuyendo así eficazmente al triunfo del glorioso alzamiento nacional, vengo en disponer que la ciudad de  Valladolid una el título de heroica a los de muy noble y muy leal que antes tenía, y que al Ayuntamiento de la misma se dé el tratamiento de Excelencia”.  Aquel reconocimiento fue recibido por la ciudad  “con el mayor júbilo y entusiasmo”. (Fotografía de Isabel II capturada en wikipedia).

¿Qué es lo que había ocurrido aquella gloriosa noche de julio de 1854?  Pues que la ciudad se echó a la calle para reclamar la dimisión del gobierno y exigir la recuperación de la Constitución de 1837.  En realidad aquel pronunciamiento venía precedido del malestar de las clases populares, pues  arrastraban problemas de subsistencia y se incrementaba desmesuradamente el coste de los productos más básicos. Se disparó el precio del pan en la ciudad y los alcaldes de entonces no dieron muestras de tomar medidas, hasta que estalló una revuelta  que alimentó el levantamiento  de la noche del 15 de julio. Aquel pronunciamiento  progresista, capitaneado por una Junta provincial,  encumbró a la alcaldía de Valladolid a Calixto Fernández de la Torre y situó a la ciudad a  la cabeza  de las primeras poblaciones en secundar la exigencia del cumplimiento de la Constitución y, sobre todo, de exigir a la reina Isabel II que dejara de proteger a los moderados apoyados en un sistema electoral caciquil.

El último y  controvertido título de Laureada, lo firma Francisco Franco el 17 de julio de 1939: concede a la ciudad la facultad de ostentar la Cruz Laureada de San Fernando y ordena que se grabe en los escudos del municipio. Aquel decreto comenzaba así: “La intervención de la ciudad de Valladolid en el Alzamiento nacional ha tenido singularísimo relieve (… la ciudad…) rompe con su cerco urbano dominado, invade la provincia, frena a las avanzadillas de la invasión minera y en ciega superación de españolismo parte en ayuda de los patriotas de Madrid (…y…) logra con sin igual arrojo la conquista del Alto del León (…y concluye…) Como recuerdo a las gestas heroicas de Valladolid en la Movimiento nacional y homenaje a quien desplegó decisiva aportación a él en los primeros momentos de la guerra de liberación de España, concedo a aquella ciudad la Cruz Laureada de San Fernando, que desde hoy deberá grabar en sus escudos”.

En pocas fechas el Ayuntamiento convocó un concurso para el diseño del nuevo escudo de la ciudad. Quedó desierto y tras precisas indicaciones, se encarga el dibujo a un tal Amador Hernández.

Desde entonces, Valladolid ostenta los títulos honoríficos de MUY NOBLE, MUY LEAL, HEROICA Y LAUREADA CIUDAD

 

FUENTES CONSULTADAS: “Títulos y Armas de la Ciudad de Valladolid”, de Filemón Arribas Arranz; “Valladolid durante el bienio progresista”, varios autores;  “Una historia de Valladolid” (VV.AA.) coordinado por Javier Burrieza; hemeroteca de El Norte de Castilla; y Archivo Municipal de Valladolid.

EL ESCUDO DE LA CIUDAD DE VALLADOLID

El escudo de Valladolid arranca de antiguo y su historia se ha ido escribiendo a partir  de diversos documentos, fechas y conjeturas más o menos bien fundadas. Una historia en la que no faltan leyendas  sobre el origen y su evolución.

Sabemos que Alfonso X el Sabio en el año de 1255 ordena que los lugares de Tudela de Duero, Simancas y Peñaflor de Hornija, no ostente otras señas ni sellos que no sean los de Valladolid. ¿Cuáles eran esos sellos?  Los historiadores llegan a la conclusión de que eran los que aparecían en  dos privilegios expedidos por el Concejo de Valladolid: firmado uno en 1266 y el otro, diez años más tarde. Relacionados el primero con un asunto de impuestos, y el otro sobre el lugar donde había de edificarse el convento de San Pablo. El sello tenía dos caras: en una se representa la muralla de Valladolid con ocho puertas y en el medio la inscripción VAL con la leyenda de  “SELLO DEL CONCEJO DE VALLADOLID”,  y en la otra un castillo de tres torres con la leyenda   “LA GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO ESTÉ CON NOSOTROS”, tal como se puede apreciar en las imágenes que siguen.

Reproducción del sello,  en la que se aprecia que al original encontrado en su día le faltaba una parte del mismo tanto en el anverso como en el reverso.

¿Cuál podía ser la enseña de Valladolid hasta entonces? No hay documento alguno que nos dé una pista,  pero en alguna medida se ha venido aceptando que el característico ajedrezado de Ansúrez podía ser el emblema en el que se reconociera la villa.

Fotografía tomada de una de las paredes del Ayuntamiento.

Hasta el siglo XVI no se ha documentado  ninguna otra enseña de la ciudad. Un documento del Archivo de Simancas fechado en 1520  muestra un escudo también de forma circular con ocho castillos en el borde (como bordura se conoce técnicamente) y seis  figuras –una de ella incompleta-  de forma triangular  y onduladas. Este escudo se describe como que las figuras parten del lado izquierdo hacia el derecho. Sobre la orientación correcta de las lenguas no volveremos a entrar pues es muy recurrente el debate sobre el tema. El escudo lleva además la leyenda de “Noble concejo vallisoletano” (traducido del latín, que es como figura).

Uno de los escudos que aparecen al pie de diversos privilegios del siglo XVI, conservados en el Archivo Municipal de Valladolid.

Y entramos en el origen de las banderas, llamas o farpas. Se han manejado por los historiadores locales de todas las épocas diversas teorías. Una, es que se trata de una adopción del escudo de armas del conde Rodríguez González Cisneros, más conocido como Girón y que dio nombre a una larga saga. Este noble fue coetáneo del Conde Ansúrez y a él también se le atribuye haber contribuido a la repoblación de Valladolid; su escudo incluía tres girones. Otra, la de que Valladolid es una ciudad fluvial y de riberas. Otra más: en tiempos de Fernando III soldados vallisoletanos ayudaron a la conquista de Carpio en poder sarraceno; para ello se levantaron varias hogueras  con el fin del engañar a los sitiados, a los que derrotaron; y así, la ciudad tomó el símbolo de unas  llamas doradas sobre un fondo encarnado – en recuerdo de la sangre derramada en la contienda-  para incorporarlo a su escudo; corría el siglo XIII. Una muy socorrida que sigue tomando el fuego como motivo: se trata de llamas que recuerdan los  dos horrorosos incendios que vivió Valladolid en 1461 y 1561. Y seguimos con aquella explicación que habla de la representación de los pendones posaderos. Por si eran pocas las conjeturas, hay que añadir aquella que indica que las llamas onduladas representan las cinco casas de los linajes de los Tovar y los Reoyo;  estos eran clanes que se repartían todos los oficios concejiles no sin cierta rivalidad entre ellos. Estos clanes surgieron en el siglo XIII y ostentaron el poder del municipio hasta el siglo XVI; más de una vez el rey tuvo que intervenir para poner paz entre ellos.   Terminamos añadiendo que tal vez las farpas se traten de una representación del banderín que podían ostentar los caballeros en sus lanzas o los caudillos locales; mientras que la enseña del rey era el banderín rectangular y completo, los caballeros a su servicio o los municipios que tuvieran derecho a disponer de caballería o los caudillos concejiles, tenían que ondear un banderín roto en farpas. Esto último viene a cuento pues en su día se creó la caballería del concejo: 150 hombres buenos y pobladores de Valladolid, ateniéndose a las indicaciones de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio. Este cuerpo de caballeros tenía la obligación de acompañar al rey cada vez que viniera a la villa y hacer a lo largo del año tres alardes (demostraciones) como forma de mantenerse en forma y adiestrado.

Banderín de la escultura del Monumento a los Cazadores de Alcántara,  frente a la Academia de Caballería.

 A partir de aquí los diversos historiadores optan por alguna de las opciones, pareciendo más sólida aquella que apunta a la última explicación indicada. Y en cuanto a la fecha en que comenzó a usarse el escudo que ahora conocemos, pues tal vez habrá que dar por bueno el de los tiempos del reinado de Juan II, cuando en 1422 de  el título de Noble  a la ciudad de Valladolid. Más otro ha venido siendo el debate sobre cuantas llamas debían contener el escudo. Es el caso que los diversos escudos que han ido apareciendo en documentos y representaciones, el número de figuras oscila entre cuatro y ocho.

Y en cuanto a los colores rojo y amarillo (oro) que también a veces entran en conjeturas en lo que al escudo de Valladolid respecta, hay que indicar que  son los típicos colores del reino de Castilla desde Fernando III y los ostentan numerosas poblaciones. Rojo y oro que se adoptan en los pendones de caballería de Carlos I.

La corona que preside el escudo de Valladolid, aunque en menor medida, también ha conocido algunos cambios. Si bien parece más extendida y reproducida la coronal real (ocho florones: de los que tres son vistos completos y dos la mitad), no faltan representaciones, sobre todo en los años de la república pero también anteriormente, de lo que podría ser una corona condal –en homenaje y reconocimiento de la ciudad al Conde Ansúrez-, o simplemente por descuido de los dibujantes, que no supieron representar la corona real. El caso es que el escudo no ha ostentado corona hasta finales del siglo XVII.

Reproducción del escudo que Valladolid  ostentaba en 1908 y  que se puede ver en el patio interior del Ayuntamiento.

En julio de 1939 Francisco Franco concede a Valladolid la Cruz Laureada de San Fernando, indicando expresamente en el decreto, que debía incorporarla al escudo de la ciudad.

En definitiva, siguiendo la descripción de Filemón Arribas (que, entre otras cosas fue Archivero del Archivo de Simancas), el escudo actual de Valladolid debe describirse y reproducirse como: “De gules cinco banderas de oro flameadas, nacientes del lado siniestro del escudo y la bordura de gules cargada de ocho castillos de oro, almenados de tres almenas, con tres homenajes el de en medio mayor y cada homenaje también con tres almenas, mazonados de sable y aclarado de azur. Timbrado con coronel de ocho florones, visibles cinco de ellos ”… aunque el Ayuntamiento (hablamos de la década de 1940) indicara que las banderas deben salir del lado diestro.  Al escudo había que añadirle la Cruz Laureada de San Fernando.

La descripción que hace Fernando Pino, Archivero del Ayuntamiento de Valladolid, es la siguiente:”De oro, terminado en cinco triángulos de líneas rectas, mirando a la derecha del escudo sobre fondo rojo. Alrededor bordura de color rojo  con ocho castillos de oro, con tres almenas cada uno, siendo mayor la del medio, y cada torre con tres almenas. Corona real de ocho florones, visibles tres completos en el centro y dos mediados en los extremos. Enmarcado todo el escudo en la Cruz Laureda de San Fernando”.

Rematamos este somero recorrido por los escudos de la ciudad indicando que el actual se adoptó en 1939, como ya se ha dicho.  Su diseño había salido a concurso, pero este quedó desierto a juicio del tribunal, por lo que tras escuchar las opiniones de los expertos se le encargó a un tal Amador Hernández, que lo dibujó siguiendo las instrucciones que se le pasaron.

Fotografía  del año 1939 del escudo conservada en el Archivo Municipal.

Y en cuanto a esas llamas, como muchos llaman a  las farpas del escudo, no me resisto a incluir lo que de ellas pensaba Quevedo, del que es sobradamente conocida su aversión a tener que residir en Valladolid al calor obligado de la Corte. En sus “Alabanzas irónicas a Valladolid, mudándose la corte de ella”, en sus últimas estrofas, esto escribió el ingenioso poeta: “En cuanto a mudar tus armas, / Juzgo, que acertado fuera, / Porque solos los demonios / Traen llamas en sus tarjetas. / La primera ves que las vi, / Te tuve en las apariencias /  Por arrabal de el infierno, / I en todo muy su parienta. / Más ya se, por tu linaje,  / Que te apellidas Cazuela. / Que en vez de guisados hace / Desaguisados sin cuenta.”

Realizado este repaso por la historia de la enseña de Valladolid, sugiero un paseo siguiendo la estela de algunos escudos que se pueden ver por las calles y jardines de la ciudad.

 

Representación del anverso y reverso del primer escudo de la ciudad (s. XIII). Se puede ver en el pedestal del monumento al Conde Ansúrez de la Plaza Mayor.

 

Fachada del Ayuntamiento de Valladolid, coronado por corona real.  El edificio se inauguró en 1908.

 

Cristalera de la escalera principal del Ayuntamiento: observese que, intencionadamente o por descuido, el escudo no está rematado por una corona real.

 

Antiguo convento de San Francisco, sito en la plaza Mayor: su fachada se adornaba con sendos escudos del concejo: imágenes de la reproducción del convento en el llamado callejón de San Francisco (el autor es Sousa), y la fachada original del convento, realizada en el siglo XVIII por Ventura Pérez.

 

A los pies de Zorrilla y sobre la cabeza de la musa, se reproduce el escudo de la ciudad que imperaba a finales del siglo XIX. Se trata de la escultura que hay en la plaza de Zorrilla.

 

Gigantesco escudo floral a la entrada del Campo Grande.

 

Uno de los escudos que adornan la fuente de la Fama en recuerdo del alcalde Miguel Iscar, erigida en 1880. También la fuente del Cisne, en la Pérgola, ofrece escudos realizados en 1887.

 

La fachada de la Estacion del Norte está rematada por este grupo escultórico llevado a cabo por el Angel Díaz Sanchez. Las figuras representan a la Industria y la Agricultura.

 

Leones portantes del escudo de la ciudad que vigilan al antigua entrada del vivero de San Lorenzo, en el Paseo de Isabel la Católica, que se acondicionó a finales del s. XIX.

 

Una de las arcas de la traída de Argales y el arca principal ostentan el escudo vallisoletano. En uno de ellos se puede leer la fecha de 1588. Se trata de los escudos labrados en piedra más antiguos de Valladolid.

 

Así mismo el escudo se puede ver en la mayoría de los letreros anunciadores de las calles, en adornos de puntos de luz y en diverso mobiliario urbano, como las fuentes de piedra que se instalaron en la década de 1950, tal como se aprecia en la segunda imágen. Arriba, la coronación de la antigua Casa de Socorro  (década de 1930) de la calle López Gómez, que ahora acoge una biblioteca municipal dedicada a Francisco Javier Martín Abril.

FUENTES DOCUMENTALES: Archivo Municipal de Valladolid;  “Títulos y Armas de la Ciudad de Valladolid”, de Filemón Arribas Arranz; “El Escudo de la Ciudad de Valladolid”, de Alejandro Rebollo Matías; “Artículos”, de Fernando Pino Rebolledo… y otros artículos diversos.

 

VICENTE ESCUDERO: LA INSPIRACIÓN DE BERRUGUETE

Yo me inspiré en las tallas del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, mi ciudad natal, dijo Vicente Escudero allá por la década de 1950. De entre los escultores, sin duda fue Alonso Berruguete el que más interiorizó el bailarín: decía que en las figuras del imaginero se puede intuir el movimiento del zapateado, y de las alegrías, bulerías  y seguiriyas.

Vicente Escudero Urive fue uno de los bailarines más importantes de su generación. Tanto, que algunos críticos llegan a decir que  en el baile hay un antes  y un después de Vicente Escudero, pues fue pionero en muchas cosas y  bebió no solo de las tallas clásicas, sino de otras variadas fuentes.  De edad y actividad artística longeva (nace en Valladolid en 1888 y fallece en Barcelona en 1980) fue, además,  coreógrafo y teórico respetado de la danza. Dio conferencias, escribió algunos libros, hizo exposiciones de pintura, no renunció al cante y también  fue actor  en algunas películas.

De él se dice que introdujo la pureza en el flamenco y que fue decisivo para popularizar este arte fuera del entorno gitano y llevarlo a las salas de conciertos. Se crió en el barrio de San Juan (nació en la calle Tudela) y de los gitanos aprendió a amar el flamenco. Tanto fue así que a veces pareciera que incluso él fuera gitano.

Se trata de un personaje rodeado de historias que abundan en su insobornable afición, como el que ensayara sus zapateados infantiles en las tapas de las alcantarillas, llegando a romper algunas; o sus prácticas de baile y equilibrio que llevó a cabo subido a  un tronco caído sobre la Esgueva, que le obligaron a desarrollar un equilibrio sorprendente (parece que más de una vez cayó al agua, tal como relata el propio bailarín).

Su familia, humilde (su padre era zapatero artesano de calzado a medida), terminó por rendirse a la vocación del Vicente aún niño, y con quince años recién cumplidos comenzó a ganar sus primeras perras con el baile en pueblos y ferias de Valladolid. No obstante aún habría de trabajar en algunas imprentas, en las que al parecer duraba muy poco, porque incluso sobre los estribos de las máquinas tipográficas practicaba su baile, desatendiendo sus cometidos laborales.

Pronto asaltó los escenarios madrileños, en los que tuvo más de un disgusto, dado que los guitarristas se negaron a actuar con él porque parece que no dominaba aún el compás, y la velocidad y arranques de sus zapateados hacía imposible el trabajo de los músicos. No parece que aquello arredrara al futuro maestro, pues apostaba por la innovación y por evitar que los pases de baile fueran una cosa rutinaria y previsible. Y en cuanto al acompañamiento musical dijo que igual le daba que fuera con una guitarra, con el compás de un martillo o con el rugido de un león.

Corría el año de 1910 y Vicente, sin ningún miedo ni reparo, decide marcharse al extranjero: Lisboa fue su primer destino y ese mismo año recala en París, donde creó su primera compañía y abrió una academia de baile español que pronto quedó desbordada por el numeroso alumnado.

Actuó en los principales escenarios de París, Lisboa, Madrid, Barcelona, Roma, San Petersburgo, Berlín o Nueva York: algún periódico norteamericano llegó a señalarle como el mejor bailarín del mundo.  En la capital francesa pronto entró en contacto con artistas de otras artes que le llevaron hacia las vanguardias de la época, como el cubismo y el surrealismo tan de moda en los años 20 y 30. Asistía a las tertulias de los artistas destacados y trabó buena amistad con algunos de ellos, como fueron los pintores Picasso, Fernand Leger, Joan Miró o Juan Gris; poetas y escritores tales como Louis Aragón y Paul Éluard;  y con cineastas y fotógrafos: Luis Buñuel y Man Ray.

Se codeó con todos los grandes del baile y la danza, convirtiéndose él mismo en uno de los maestros de su época. Actuó con Carmen Amaya, La Argentina (Antonia Mercé), Marienma, Pastora Imperio,  Ana Paulova, Antonio de Bilbao…

No obstante el bailarín, no se prodigó en actuaciones en España porque, tal como relató  él mismo en 1956: “Aquí se entiende poco mi baile, salvo una minoría… el resto de  la gente no está acostumbrada al baile flamenco serio, ahora lo que se lleva es la velocidad y la acrobacia”.

Cuando Escudero comenzó su carrera, el flamenco adolecía de un exceso de florituras y falsos dramatismos. Escudero eliminó todo eso y, al hacerlo, recuperó la esencia y el corazón de esta forma de danza. La negativa de Escudero hacia las concesiones y su fe en su visión de la danza, dieron nuevo vigor a esa forma de arte que es el baile de flamenco.

Después de retirarse como bailarín en 1961, continuó desempeñando una importante labor docente a través de sus conferencias y escritos. Residía en Barcelona.

Contado todo esto, vamos a dar un paseo por el Valladolid que evoca a Vicente Escudero.

 

Iglesia de San Juan, el barrio donde nació Escudero en 1888. De esta misma plaza parte la calle que lleva el nombre del bailarín.

 

En el año 2005 se inauguró el Centro Cívico Bailarín Vicente Escudero, sito en la calle Verbena. A un costado del edificio, en la calle Santa Lucía, hay una escultura que representa al personaje. Se instaló en 2006 y sus autores son los artistas Bustelo, Ostern y Juan Villa.

 

Junto a la Oficina del Turismo del Campo Grande se halla la escultura en bronce realizada por Belén González Díaz en 1995. La autora ha querido destacar un gesto característico del bailarín haciendo sonido con sus propias uñas.

 

En el año 2014 en los soportales del Teatro Calderón se instaló una placa conmemorativa del bailarín, muy próxima está  la de Marienma.

 

A finales de la década de 1950 el director de cine José Val del Omar, muy desconocido para el gran público, pero de reconocido prestigio por su cine experimental, rodó en la salas del Museo de Escultura de Valladolid un documental titulado “Fuego en Castilla”. Este documental recibió una mención especial en el Festival de Canes y en otros festivales internacionales, como en Méjico. El film, en su segunda mitad tiene el sonido de fondo que produce con su baile Vicente Escudero. Él no sale en ningún momento, pero se ha publicado esta imagen el artista en pleno rodaje. La foto es de Filadelfo, aunque entre lo hasta ahora publicado no se cita al fotógrafo, o se cita con otro nombre. El film, que dura 17 minutos, está en continua exhibición en una sala del Museo.

 

Sin salir del Museo, en la sala Arte y Vida Privada, se exhibe un documental del NODO titulado “Flamenco en Castilla” y rodado en 1970  (aunque ya se había retirado de la escena) en el que bailan María Marquez y Vicente Escudero. Sabemos de la inspiración que al bailarín le producían las tallas de Berruguete. Para Vicente Escudero, el Museo de Escultura era algo así como la madre de todos los sonidos: los suelos de madera que permitían un zapateado y un raspado divinos; las esculturas de los imagineros, que parecían transmitir movimientos de danza, el sonido de las salas… Escudero también actuó en un largometraje protagonizado por Antonio Gades y dirigido por Mario Camus en 1967: “Con el viento solano”, se titulaba

 

Corría el mes de marzo de 1965 cuando la ciudad rindió un homenaje al artista: se inauguró una calle con su nombre en el barrio de San Juan (esta calle antes se llamaba Catorce Metros),   y en el Teatro Calderón actuaron las principales figuras del flamenco en España. En la imagen, Vicente Escudero y el alcalde Santiago López González.  En las imágenes se ven los carteles que anunciaban el homenaje del Calderón, que en aquellas fechas coincidió con la Semana Internacional de Cine. Fotos de Filadelfo del Archivo Municipal de Valladolid.

 Cartel del homenaje que le rinden en 1941 en Barcelona. Actuaba con su amada Carmita García, con la convivió hasta el fallecimiento de ella.

 

Escudero recibió diversos reconocimientos en España. En 1932 ya se le hizo un homenaje en Valladolid impulsado por el académico Narciso Alonso Cortés, al que le unía una gran amistad. En 1941 se le concedió la medalla de oro de la ciudad. En 1954 hubo un deslumbrante espectáculo en su honor en el Teatro Carrión. En noviembre de 1974 recibió el gran reconocimiento nacional. Vicente ya tenía 87 años y el Ministerio de Información y Turismo le da un gran homenaje en el Teatro Monumental de Madrid. La foto, de autor desconocido, pertenece al Archivo Municipal.

 

 En diciembre de 1980 falleció Vicente Escudero  cumplidos los 92 años, y fue enterrado en el Panteón de Personas Ilustres del cementerio del Carmen.