VILLAVAQUERÍN, EVOCACIÓN DE DELIBES

Vamos a pasear por territorio  de Villavaquerín, un municipio del valle del arroyo Jaramiel. Pueblo que  oficialmente aún conserva el apellido “de Cerrato”, denotativo de su antigua pertenencia a aquella comarca predominantemente palentina.

NOTA AL MARGEN: ME COMENTAN EN DOS LIBRERÍAS QUE MI LIBRO POZOS DE NIEVE Y COMERCIO DE HIELO EN LA PROVINCIA DE VALLADOLID ESTÁ SIENDO EL MÁS VENDIDO DE LOS LIBROS DE NO FICCIÓN.

Este municipio tiene cierta popularidad pues en él se rodaron escenas de la película “Las ratas”, basada en la novela de Miguel Delibes, en la que muchos vecinos aparecen como extras. También  una antigua finca de su término municipal (la Sinova) es mencionada por el escritor en su “Diario de un cazador” y otras novelas por haberla frecuentado en sus incursiones por el campo escopeta en mano.

Son días de paisajes. La primavera muestra una de las paletas cromáticas más hermosas de Valladolid: vallejos o barcos, laderas y páramos ofrecen matices y contrastes solo disfrutables en esta época del año, a pesar de que la lluvia se muestra esquiva haciendo peligrar cosechas.

La luz es especialmente clara y transparente, y  el viento, con trazas todavía invernales, sopla con fuerza en el páramo.

Andaremos como cuatro kilómetros por el valle de Valdeguinte, siguiendo un camino perfectamente marcado: detrás de la iglesia y pasadas las bodegas, nos encaminamos hacia el cementerio, más antes de que incluso lo veamos, un camino, llamado en el pueblo de Olivares (por conducir hacia aquella población), lame la ladera que nos irá conduciendo hasta el páramo. Cuando veamos una bifurcación, ya  encajados en el barco, sin duda hay que tomar el de la derecha.

Pues vamos a ello.

 

En la década de los 60 se incendió la casa consistorial, que se rehabilitó por completo en 1998, cuando fue reinaugurada. Al fondo la iglesia de Santa Cecilia, del siglo XVI y cuyo pórtico aparece expresamente en “Las ratas”.

 

El caserío de Villavaquerín, desde el camino que llevamos, con el barrio de bodegas en primer término. El pueblo tuvo castillo y llegó a estar enteramente fortificado durante la Edad Media.

 

Barco y camino que irá marcando nuestro itinerario.

 

Paisaje desde el camino de Olivares.

 

Llegados al páramo de Buenos Aires, diversas perfectivas… árboles aún desnudos pespuntean el paisaje.

 

La vuelta nos permitirá observar una panorámica de las Mamblas de Tudela, y la Mambla (a la izquierda) de Villabáñez.

 

Merece la pena demorarse un rato por el barrio de bodegas: las hay para todos los gustos y estilos.

 

Un plano que nos ayudará a situarnos en la ruta: 1 Villavaquerín; 2 camino de Olivares; 3 páramo.

ALLÁ EN EL FONDO DEL VALLE: ENCINAS DE ESGUEVA

Creció Encinas en una vaguada del páramo que cae hacia la Esgueva. Una vaguada flanqueada a uno y otro lado por el castillo de los Aguilar y la iglesia de San Mamés.

El caserío más antiguo está en la parte alta del municipio. Cosa lógica pues, a fin de cuentas, era una forma de dominar el valle. Ha de tenerse en cuenta que, ahora, este Esgueva  que discurre pacífico y sosegado, en otro tiempo fue frontera tanto entre los reinos moros y cristianos, como entre los de León y Castilla, y vía de penetración de cualquier posible invasión que viniera del norte o del este.  Además,  era una forma de estar a salvo de las riadas de la Esgueva que aunque en la actualidad ofrece un caudal modesto, esconde una historia de crecidas y desbordamientos  recurrentes.

De la posición estratégica de Encinas da cuenta la existencia de restos vacceos hallados en sus inmediaciones, lo que habla de lugar apetecido para el asentamiento de civilizaciones antiguas. De esta ubicación estratégica también da cuenta el enclave de cruces de caminos en el que se halla: la carretera del valle que conduce hacia Palencia y Burgos siguiendo el cauce del río; los caminos, ahora carreteras, que conducen hacia Roa de Duero, Peñafiel (por el valle del Cuco) y Piñel.

Más todo ese pasado importante no ha impedido que, como todos los pueblos del valle, se halla ido despoblando.

 

 

Comenzaremos nuestro paseo en el castillo de los Aguilar, Condes de Encinas, que exhiben su escudo en el ángulo de una de las torres. Los inicios de la fortaleza se remontan al siglo XIV.

 

Lo más antigua del caserío se aloja en la parte alta del municipio, trepando por  un barco de la ladera del páramo que comunica con el valle del Duero y, desde cierta altura, mira hacia la Esgueva.  En el caserío destaca la Iglesia de San Mamés  (nombre que viene, parece, de “el que fue amamantado”) del siglo XIV con una  torre mocha, muy parecida a las de la cercana comarca del Cerrato, a la que  Encinas y otras  poblaciones de la Esgueva pertenecieron en otro tiempo.

 

Nuestro paseo por el pueblo nos llevará a unos agradables jardines, al frontón junto a la antigua escuela de niños;  y a la vuelta, frente a las escaleras que conducen a la iglesia, la vieja escuela de niñas, ahora centro social y tienda del pueblo.

 

La plaza Mayor, pequeña y recoleta, muestra en la fachada de una de sus casas un reloj de sol ajustado a las más estrictas normas “científicas” de funcionamiento.

 

El recorrido por las calles de Encinas nos ofrecerá diversas construcciones en las que piedra, adobe y ladrillo se dan la mano, amén del barrio de bodega. Y, en la calle Principal, donde está el restaurante Casa Paco –que ofrece un excelente lechazo- , hay una noble casa de 1921.

 

Si queremos alargar el paseo, tomaremos la carretera que conduce a Roa, y como a dos kilómetros  se eleva el Otero hasta los 926 metros, cien metros por encima de Encinas. Sostienen en el pueblo que tiene la misma altitud que el Cuchillejo (Castrillo de Duero), considerado el punto más alto de Valladolid (933 metros). Cierto es que apenas 7 metros les diferencia.

 

Y desde este Otero, y la carretera que lleva hasta él,  se contempla un  hermoso y extenso paisaje de Encinas,  y al fondo su  vecina Canillas, con  sendas columnas que no son sino los últimos restos de su antiguo castillo.

 

Ofrece Encinas la posibilidad de disfrutar de un embalse situado  a 1,5 km. del casco urbano. Sobre él podemos encontrar un artículo en este mismo blog: “Un rincón insólito en el Valle Esgueva”.

LEONES EN VALLADOLID

Para contemplar leones no hace falta irse a exóticos lugares. También los tenemos en Valladolid. Bien es verdad que bastante más pequeños… y de piedra. Pero con más historia de cuantos pudiéramos observar  en África.

Hay leones coronando columnas, vigilando nobles espacios, anunciando epopeyas, acechando en jardines, decorando fachadas…

No está nada claro el porqué  de la presencia de la figura leonada en tan diversos lugares de la ciudad. Tal vez se trata de una representación del poder real, de la pertenencia de Valladolid al reino de León, o  una metáfora de la guardia y custodia: sepa quien se atreva a penetrar en estos lugares que la fuerza del león los protege; o una advertencia: la fiereza del rey de la selva protege los reinos y linajes representados en los escudos que sus garras sujetan.

Es el caso que, como sabemos,  las pilastras de los atrios servían para delimitar poderes y fueros especiales. Lugares en los que no actuaba la justicia ordinaria sino la propia del estamento propietario del lugar, tanto da que fuera la universidad, un convento o un palacio.

El león ha sido una figura presente en la historia de Valladolid. No hay más que ver que la fachada del desaparecido Hospital Esgueva, cuya fundación  se atribuye al matrimonio Ansúrez-Eylo, llegó tener leones en su fachada, animales que portaban del escudo del Conde. Fotografía tomada del blog Arte en Valladolid.

Delante de  la colegiata de Santa María la Mayor (más o menos donde ahora está la Catedral)  se levantó una columna coronada por un león que conmemoraba la victoria del rey Ordoño II sobre el moro Ulit. Esta columna llegaría hasta el siglo XIX  y se conocía como León de la Catedral, de la que da fe el historiador Juan Antolínez de Burgos, y que dibujó Ventura Pérez. El león –tal vez representación del reino leones-, descansaba sobre un moro derrotado y portaba el estandarte del Conde Ansúrez.  Imagen obtenida en el blog Domus Pucelae.

Más, el transcurso del tiempo ha terminado también por hacer del león una simple figura decorativa.

Calle del León hay en Valladolid sin que se sepa muy bien el porqué ¿acaso porque detrás del Palacio Real (actual plaza de las Brígidas) hubo un pequeño zoo que incluía leones, para divertimento de la Corte? O porque en sus inmediaciones hubiera alguna columna o arco que tuviera leones en su decoración.

Vayamos, dicho todo esto, de safari fotográfico por Valladolid.

 

 

En los jardines de la Avenida de Santa Teresa,  junto a la puerta de los Carros, hay agazapado, y al acecho como buen cazador, un león de los que decoraban la cerca del convento de San Pablo. Entre sus garras sostiene el escudo de armas del Duque de Lerma.

 

Y, siguiendo la estela de este majestuoso convento, la fachada de San Pablo se ve rodeada de un atrio compuesto de 13 pilares y 14 fieros leones que, como no puede ser de otra manera, también sostienen el escudo del Duque de Lerma. Estas columnas sirvieron para sustentar las cadenas que indicaban el área jurisdiccional de los monjes, de tal manera que cualquiera que llegara a ella quedaba a salvo de la justicia ordinaria, pero sujeto (que también tenía sus penas) al fuero eclesiástico. El Duque de Lerma fue uno de los grandes benefactores de San Pablo, con tan enorme ego que desplazó la huella del obispo de Palencia fray Alonso de Burgos (anterior protector), e inundó el edificio con sus señas ducales.

 

Más leones portantes del escudo del Duque de Lerma hay guardando la entrada al convento de los dominicos de San Pablo, que está en la calleja lateral del templo.

 

 

La fachada de San Pablo está coronada por dos gigantescos leones que sustentan el escudo de los Reyes Católicos, al igual que se aprecia en la vecina fachada del colegio de San Gregorio.

 

Aunque no es accesible, por tratarse de un inmueble particular, en el número 10 de la calle Francisco Zarandona, un edificio que remonta su construcción al año 1855 acoge en el hueco de la escalera un indolente felino de estuco.

 

Y de ahí nos encaminamos hacia la plaza de la Rinconada, en cuyo edifico de correos (inaugurado en 1922 y  bastante reformado en su coronación –a peor-), dos leones esperan la cada vez más escasa correspondencia en papel.

 

La calle de Pedro Niño, que discurre por delante de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora de San Lorenzo, desemboca en la avenida de Isabel la Católica, justo frente a las puertas del antiguo vivero municipal, coronada por sendos leones tenentes del escudo de la ciudad. El vivero, conocido como  San Lorenzo (o huerta de los Capuchinos), empezó a ponerse en servicio hacia 1845. Parece que luego se trasladó al Prado de la Magdalena, y más recientemente al término de Renedo de Esgueva.

 

Nuestros pasos nos encaminan hasta la llamada puerta del Príncipe, en el Campo Grande. Puerta del Príncipe Alfonso sería el nombre más correcto, tal como figura en el acuerdo municipal de 1859 para que se construyera, en honor del que sería futuro Alfonso XII, que había nacido dos años antes.

 

Las fotografías de principios del siglo XX mostraban unas columnas desnudas, pero por las crónicas del XIX  sabemos que entre los numerosos avatares que padecieron las puertas (tanto para su  construcción como por diversos traslados) sí debió tener  pétreos leones esculpidos por Nicolás Fernández de la Oliva (el mismo que firma el Cervantes de la plaza de la Universidad). Por eso,  la reforma del perímetro del Campo Grande efectuada en 1998,  llevó a adecentar las puertas incluyendo dos leones con el escudo de la ciudad. La obra se la encargaron  al vallisoletano Roberto de la Torre Martín-Romo, un escultor en piedra  y experto en restauraciones  de gran prestigio en España.

 

El monumento a Colón, obra del sevillano Antonio Susillo, fue inaugurado en 1905. Sus siete toneladas de peso incluyen la figura de un regio león que no debería estar campando por Valladolid, sino por Cuba. Pero la pérdida de aquella colonia española, a la que estaba destinada la gigantesca escultura, hizo que recalara en Valladolid.  El fiero león, coronado con un castillo, sostiene en una de sus temibles zarpas la N del “Non plus ultra”, una metáfora de la fe de la corona de Castilla y León en “destrozar” la idea de que no había más tierra continental que la que se acababa en Finisterre.

 

Y caminamos hacia la plaza de la Universidad, con  sigilo, pues pasaremos por delante de los leones que vigilan la casa de Mantilla.

 

El atrio de la Universidad tiene 18 columnas en las  que se encaraman 20 leones. Los de las esquinas sujetan el escudo real, y el resto el Árbol de la Ciencia, emblema de la Universidad. Los pilares y sus figuras, recientemente, restaurados,  datan de 1724 y se hicieron con piedra de Campaspero. Tienen la boca entreabierta y en su día ostentaban una lengua  embutida y sostenida con plomo.

 

Seguimos en territorios universitarios. Traspasamos la cancela que da acceso a los jardines (antigua huerta) que hay entre el palacio de Santa Cruz y el colegio universitario. En ellos, a la sombra de la fachada del antiguo colegio jesuita de  San Ambrosio (siglo XVIII), que aquí se trajo en 1940 desde su emplazamiento original en la calle Ruíz Hernández,  sendos leones  sujetan el escudo de Castilla.

 

Nuestro safari fotográfico concluye delante de la fachada del templo de Santa María Magdalena, en cuya fachada se exhibe el que se considera escudo más grande de Valladolid, que corresponde con los emblemas de don Pedro  de la Gasca, sacerdote, diplomático y militar español del siglo XVI, elevado a la categoría de pacificador de Perú y que determinó que esta iglesia  fuera su última morada… a  poco que nos fijemos perfectamente se ve un león un tanto desdibujado en lo más alto del escudo.

 

NOTA: para quien quiera conocer algo más sobre  la presencia de estos fieros leones, amén de los legajos del Archivo Municipal de Valladolid y unas cuantas referencias dispersas en diversos textos, se puede acudir al libro sobre el Campo Grande de María Antonia Fernández del Hoyo, al Catálogo Monumental de Valladolid, al libro sobre las calles de Valladolid de Agapito y Revilla,  o a la revista Atticus de diciembre de 2010.

POZOS DE NIEVE Y ABASTECIMIENTO DE HIELO

Ya está en las librerías mi libro titulado Pozos de nieve y abastecimiento de hielo en la provincia de Valladolid.  En esta entrega del blog hago un brevísimo resumen de una actividad industrial que ha dejado huella en diversos municipios vallisoletanos.

Todavía en los años 40 del siglo XX se seguía utilizando nieve o hielo natural para la fabricación de helados, la confección de bebidas refrescantes,  para bajar la fiebre,  taponar hemorragias o contener inflamaciones musculares. Me refiero a hielo recogido en las montañas o en las charcas de las ciudades, aunque ya existía el hielo artificial y estaba prohibido el uso del natural.

Es curioso como un elemento natural tan sencillo aún sigue aplicándose cotidianamente: no solo para hacer cubatas o gin-tonics, sino para relajar las contusiones, porque ¿qué es lo que se ponen en las rodillas o los tobillos los astros del baloncesto cuando se sientan a descansar en el banquillo? ¡hielo!

El hielo, del que se sabe que ya en el siglo XI a.C. se empleaba en China, ha tenido a lo largo de la historia muchísimas aplicaciones. Pero en España y Europa fue sobre todo entre los siglos XIV y XIX cuando el uso del hielo natural conoció su máximo esplendor. Incluso se escribieron numerosos tratados médicos aconsejando como debía emplearse para favorecer la salud.

El Palacio Real (lo que normalmente se conoce como Capitanía) en la plaza de San Pablo, tenía dos pozos de nieve en la cuesta del Tomillo (carretera de Renedo), y se llenaban en invierno con el hielo que se recogía en las charcas o bodones que había en el actual barrio Belén.

Muchos monasterios y conventos, como San Pablo, Nuestra Señora de Prado, San Francisco, etc. y casas señoriales disponían de sus propios pozos de hielo que utilizaban no solo para consumo propio sino para vender a la población.

Las normas de venta de hielo eran muy curiosas. Por ejemplo: había que vender preferentemente a los empadronados en la población, y solo si sobraba se permitía vender a los forasteros; y además del horario comercial, los que explotaban los pozos estaban obligados a suministrarlo a cualquier hora del día y de la noche si era para atender enfermos.

Pero este trasiego y almacenamiento de hielo no era exclusivo de la ciudad. También se llevaba a cabo en muchos municipios, algunos de los cuales todavía conservan su recuerdo en el callejero, como La Seca u Olmedo, que tienen una calle llamada Pozo de Nieve. Y sabemos que  Alaejos, Íscar, Laguna de Duero, Medina de Rioseco, Rueda, Peñafiel, Pesquera de Duero, etc., etc. también dispusieron de pozo de nieve.

NOTA:  algunas fotos están “capadas”, porque  tienen derechos de autor.

 

El famoso palacio de los Marqueses de Valverde, que está en la plaza de Fabio Nelly, conoció su esplendor entre otras cosas por el comercio del hielo. El marquesado tenía cedidas numerosos poblaciones en  la montaña palentina, y desde aquellos pueblos, especialmente de Valverde de la Sierra (que está al pie del pico Espigüete), se traía hielo en el verano a Valladolid.

 

Nava del Rey conserva uno de los pozos más interesantes de España. Este pozo, que es visitable, ya existía al menos en el siglo XVI, y se ha conservado hasta nuestros días sobre todo porque en los últimos tiempos se usó como almacenamiento de hollejo de la uva (fotos del exterior e interior del edificio). La imagen del interior es de José Manuel Rodríguez.

 

En Medina del Campo, el llamado Mirador de la Reina, en la Mota es, en realidad un viejo pozo de nieve. Imagen de sus contrafuertes y desaguadero. (Foto del exterior: José María Cabezas).

 

Callejero de Olmedo.

 

 Si visitamos  la sala capitular de la cofradía de las Angustias, veríamos un cuadro en el que está pintado un pozo de nieve (señalado por la mano de una de las personas representadas en el cuadro) que había en las huertas de Linares (barrio de la Rondilla). Fotografía de Alberto Mingueza.

 En el borde del páramo de Urueña (hermosa población), se conservan los restos de un viejo pozo nevero.

 

 

La afamada heladería Baonza, en la Plaza Mayor de Tordesillas, aún utilizó hielo natural avanzado el siglo XX para elaborar sus ricos productos.

 

JOSÉ ZORRILLA: BIBLIOTECARIO Y CRONISTA DE VALLADOLID… Y OTROS CRONISTAS

José Zorrilla fue Cronista Oficial de Valladolid. El segundo del que yo tenga noticia. Antes lo fue Matías Sangrador. De la información que dispongo parece que esta figura  ahora honorífica (y en su tiempo retribuida), no existió hasta el siglo XIX. Desde luego, rastreando la información documental publicada del XVIII parece deducirse que entonces no existían los Cronistas Oficiales. Una figura que emanó, parece, del Gobierno de la Nación, pues para poder nombrar a Zorrilla, el Ayuntamiento tuvo que acogerse a un Real Decreto de 28 de noviembre de 1851.

Pero, no nos perdamos en legalismos. Lo cierto es que en el caso de Zorrilla, el Ayuntamiento vio la oportunidad de acudir en sostén de nuestro preclaro vate que, como casi toda su vida, estaba en gran precariedad económica… Y esto nos llevaría a la imposible tarea en este artículo de relatar la vida (personal y pública) de una persona cuyas andanzas son verdaderamente 7-croplegendarias: desde su rebeldía juvenil (se fugó de la casa paterna),  pasando por sus matrimonios,   hasta su tiempo de residencia en Francia y los 12 años que vivió en Cuba y Méjico: Maximiliano le nombró director del Teatro Nacional y Lector del Emperador.

Y esto sin entrar en toda su carrera literaria cuajada de éxitos  y también de mediocridades. Pero, desde luego, alcanzó fama, enorme popularidad y mérito nacional: en 1848 (tenía 31 años de edad) fue elegido miembro de la Real Academia Española de la Lengua (aunque no tomaría posesión hasta casi cuarenta años después tras nuevo nombramiento). Y en 1889, ya al borde del final de su vida, en Granada fue coronado como Poeta Nacional en medio de unos fastos pocas veces vistos, en los que participaron la regente  infanta Isabel, el presidente del Consejo de Ministros, el presidente del Congreso, condes, marqueses y embajadores, entre otras destacadas personalidades.

El entierro de Zorrilla en Madrid, su posterior traslado a Valladolid y su recibimiento en la ciudad que lo vio nacer, han pasado a los anales de la historia por el enorme gentío que lo acompañó en cada una de estas tres ocasiones, y los reconocimientos oficiales con que le honraron. A tal fin en Valladolid se creó en su honor el Panteón de Personas Ilustres en el Cementerio del Carmen.

Más, antes de continuar adelante es necesario aclarar una cosa. Es frecuente que a tal o cual escritor se le cite como cronista de Valladolid: Pinheiro da Vega, Manuel Canesi, Ventura Pérez, Hilarión Sancho, Juan Ortega Rubio, etc. O el poco conocido Rafael Floranes, cuyos artículos sobre Valladolid están aún, injustamente,  por publicar.

Cronistas hubo de Indias y casi cada monarca (desde la Edad Media) nombraba su Cronista: legendaria es la controversia entre Bartolomé de las Casas (obispo de Chiapas) y Ginés de Sepúlveda (cronista del Emperador) sobre los derechos de los indígenas.

No, aquí me estoy refiriendo a los cronistas “oficiales” nombrados por el Ayuntamiento de Valladolid. En otras localidades de la provincia, como Medina del Campo y de Rioseco, también se nombraban cronistas. Y cronistas oficiales parece que nombró la Diputación, como es el caso de Zorrilla, que tambien lo fue de la Provincia.

La realidad es  que hay una laguna en nuestra historia local por  la ausencia de un detallado trabajo de investigación y divulgación de nuestros cronistas, aunque en alguna ocasión escuché al actual cronista, Teófanes Egido, que o estaba en ello o que recomendaba que se hiciera. Y me aferro a esta carencia  para  exculparme de las lagunas  o errores que este artículo pueda contener. Y aprovecho este capítulo de disculpas para advertir de la necesaria reducción que he tenido que hacer de la historia de cada uno de los cronistas, algunos de los cuales llenaría un libro.

Pues bien, a la espera de esa futura publicación,  propongo este somero artículo sobre los Cronistas de Valladolid. No sin antes advertir que además del tiempo que pasé rastreando bibliografía, libros  y artículos, esto que relato no hubiera sido posible sin la colaboración del Archivo Municipal de Valladolid y, especialmente, de su trabajadora Mirem Díaz Blanco.

Además de los  citados Matías Sangrador, Zorrilla y Teófanes Egido, Valladolid ha tenido como cronistas a Emilio Ferrari, Casimiro González García-Valladolid, Narciso Alonso Cortés, Francisco Mendizábal García, y Luis Calabia. Además de un cronista oficial ocasional: M. Martín Fernández (que firmaba con el seudónimo de Doctor Blas).

Vamos a ello.

 

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Matías Sangrador y Vitores (o Vítores con tilde), nació en Valladolid el 24 de febrero de 1819. Se doctoró en leyes, dio clases en la universidad pero a partir de 1846y ejerció la judicatura y recorrió diversas ciudades españolas. Entre sus obras destacan la publicación en 1851 del Tomo I de Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid y en 1854 el Tomo II y en 1859 La vida de San Pedro Regalado. Es un referente importante para la historiografía vallisoletana. Murió en Valladolid el 29 de abril de 1869.  

Cronista nombrado el 21 de julio de 1862.

La primera imagen está tomada del blog Vallisoletum, y la segunda de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

 
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6-domus-pucelae975-3-entierro-de-zorrilla-foto-viuda-e-hijos-de-fdez-ilustracion-espanola-y-americana-8-10-1895José Zorrilla y Moral nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817 y falleció en Madrid el 23 de enero de 1893. Cultivó todos los géneros literarios. En su vida y obra no nos detenemos, pues algo ya hemos contando antes,  pero sí en una anécdota. En su momento (1882)  el nombramiento de cronista llevaba aparejada una buena retribución anual  y, además,  el Gobierno le estaba tramitando, también, una pensión. Es el caso que al año siguiente  de saberse esta noticia recibió carta de un supuesto sobrino en la que tras felicitarle por su nombramiento como cronista, le pedía alguna recomendación para conseguir algún empleo. El poeta le contestó que no tenía sobrinos, pero que no le volvería la espalda y le ayudaría, más “… ten presente (…le contesta…)  que he vivido y vivo de mi trabajo, por conservar mi independencia salvaje, por no adular a nadie, ni servir a ningún gobernante (…) y no he tenido más parientes que cuarenta y seis años de trabajo…”. 

Zorrilla fue nombrado cronista el 2 de junio de 1882 que, según el acuerdo, municipal, era una forma de reconocer a un hijo esclarecido de la ciudad y de esa manera asegurar su porvenir. En el acta aparece una asignación anual de 4.500 pesetas para los gastos de desempeño del cargo.

Imágenes: calle Fray Luis de Granda -Casa Zorrilla- (bajorelieve de 1895 esculpido por Dionisio Pastor); y fotos tomadas del blog Domus Pucelae: recibimiento de los restos de Zorrilla en la acera de Recoletos y traslado por la calle Angustias

 
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Emilio Pérez Ferrari: Valladolid 24 de febrero de 1850- Madrid 1 de noviembre de 1907. Poeta y periodista se doctoró en Derecho y Filosofía y Letras. Formó parte del cuerpo de archiveros e ingresó en la Real Academia de la Lengua en 1905. 

Fue  nombrado cronista el 8 de octubre de 1891.

El retrato está tomado de La Ilustración Española y su casa natal está en  calle Ferrari, 1 (la lápida es 1911 y hecha por Aurelio Rodriguez Vicente Carretero).


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Casimiro González García-Valladolid  (1855-1928). Licenciado en Derecho, funda en 1895 el Diario de Valladolid, que apenas duró cuatro meses. Fue director de la Crónica Mercantil que jutno con El Norte de Castilla era el periódico más influyente en la ciudad. Fue presidente del la Comisión de Monumentos y de la Academia de la Historia. 

Nombrado cronista por acuerdo de 1 de marzo de 1902.

Imagen cogida de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

 


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Narciso Alonso Cortés: Valladolid 11.03.1875- 19.05.1972. Poeta, investigador e historiador de la literatura. Especialista en Zorrilla, fue el primer director de la Casa de Cervantes. Presidio la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción y Académico de la Lengua desde 1952. Entre las curiosidades de su prolongada vida, destaca su afición al ciclismo en su juventud, modalidad en la que llegó a competir en pruebas oficiales. Antonio Machado le dedicó una poema: “A Narciso Alonso Cortés, poeta de Castilla”..

Nombrado cronista el 12 de julio de 1912.

Fotografía del Archivo Municipal de Valladolid y casa de la calle Felipe II.

 
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Francisco Mendizábal Garcia (1885-1976). Archivero de formación, desarrolló su vida profesional en la Real Chancillería de Valladolid, de la que llegó a ser directora partir de 1941. También ejerció de profesor de historia  en la Universidad. Fue nombrado miembro del la Real Academia de la Lengua, y además de sus artículos periodísticos  y otros escritos, alcanzó fama por su encendido verbo en programas radiofónicos.  Como curiosidad cabe relatar que la famosa radio de resistencia antifranquista Radio París, le hizo una entrevista en aquella ciudad con motivo de una exposición de fotografías de Semana Santa en la capital francesa. en 1960.

No puedo precisar la fecha de su nombramiento como cronista, que debió ser entre 1928 y 1929.

Ambas fotos son del Archivo Municipal de Valladolid (la primera es del fotógrafo Garay).

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Luis Calabia Ibáñez (1904-1989). Periodista, fue un verdadero maestro de la profesión, en la que cultivó todos los géneros: crónica municipal, cultura, arte, deportes. Fue redactor jefe de El diario Regional y fue corresponsal del Marca. Académico de Bellas Artes de la Purísima Concepción. Aunque se le conoce por su faceta periodística, en realidad era  funcionario de la Confederación Hidrográfica del Duero.

Su elección como Cronista se produjo el 31 de mayo de 1978.

Foto del Archivo Municipal.

 

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Teófanes Egido López (Gajates, Salamanca, 1936). Benedictino, estudió en la Universidad de Valladolid, a la que estuvo ligado hasta su jubilación en 2001 como catedrático de Historia Moderna. Destacado especialista en el siglo XVIII, ha hecho notables incursiones en otras centurias. Tiene una extensa producción entre libros y artículos. 

Fue elegido cronista por acuerdo municipal de 2 de octubre de 2001 y vino a sustituir la vacante de Luis Calabia, que había fallecido 22 años antes.

Foto obtenida de Salamanca al Día.

… Y, veamos el caso de un curioso cronista circunstancial:

 
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Mariano Martín Fernández (Valladolid 1866-1940). Fue abogado y ejerció la política como diputado y senador. Fue periodista  y corresponsal en diversos diarios locales y nacionales, como El Norte de Castilla o La Prensa de Buenos Aires. Fundador de la Asociación de la Prensa en Madrid. Firmaba algunos artículos como El Doctor Blas o El Bachiller Franqueza. 

Por lo que él mismo dice, parece que el Ayuntamiento de Valladolid lo  nombró  cronista especial para asistir y escribir sobre la Coronación de Zorrilla como Poeta Nacional.

La primera foto es de la Biblioteca Digital de Castilla y León; la segunda está tomada en su casa natal y es un detalle conmemorativo de su nombramiento en Granada como poeta nacional.

 

Más, no para aquí la relación de cronistas, pues el Ayuntamiento ha añadido otro: José Miguel Ortega, en calidad de Cronista Deportivo Oficial  de Valladolid. Algo que refleja el peso que ha adquirido el deporte en la sociedad.

 

pagina-oficial-del-real-valladolid-club-de-futbol

tribuna-de-valladolid-alberto-mingueza-cropNació José Miguel Ortega Bariego el 17 de marzo de 1943. De profesión periodista, ha trabajado para medios como El País, El Norte de Castilla, El Mundo de Valladolid, TVE, Marca y Radio Nacional Española. Aunque su actividad y publicaciones están muy centradas en el deporte, sin embargo  también ha escrito diversos libros sobre la historia de Valladolid: “Historia de 100 tabernas de Valladolid”, etc.  Además ostenta la Insignia de Oro del Real Valladolid. Sostiene el cronista que acaso el primer lugar de España donde se practicó el balompié fue en Valladolid, a tenor de algunos legajos que leyó en el Archivo Municipal, y cosa muy probable teniendo en cuenta la antigua presencia en nuestra ciudad de ingleses y escoceses, gente de la Gran Bretaña, patria del football.

Fue elegido Cronista Deportivo Oficial de Valladolid en el pleno municipal del 1 de junio de 2013.

La primera foto corresponde al homenaje que le tributó el Real Valladolid (está tomada de la página oficial del Real Valladolid SAD); y la segunda imagen corresponde a la presentación de uno de sus libros (la foto está tomada del periódico digital Tribuna de Valladolid y ha sido realizada por Alberto Mingueza).

 

ZORRILLA, EN UN RINCÓN DE LA ESGUEVA

José Zorrilla, joven aún,  no solo deambuló por el viejo Valladolid que le vio nacer, sino que se interesó por otros rincones de la provincia. No sé si llegó a visitarlos, pero desde luego de ellos escribió. Uno fue Fuensaldaña, pues a un cuadro que entonces se guardada en el convento de las monjas de aquella localidad le dedicó un cuento: “La Madona de Pablo Rubens”.

Y otro paraje fue el valle de la Esgueva, que protagoniza su obra titulada “Honra y vida que se pierden, no se cobran,  mas  se vengan”. El profesor de la Universidad de Valladolid Ricardo de la Fuente Ballesteros, en su libro “Valladolid y Zorrilla”, sitúa  el desarrollo de la narración en las proximidades de Canillas, Encinas y Villafuerte.

Es el caso que el poeta vivió en este valle uno de los tantos episodios y aventuras que conoció a lo largo de su vida. El mismo escritor relata en “Recuerdos del tiempo viejo” que cuando su padre, a la vista de su poco interés por los estudios de derecho que manifestaba el joven Zorrilla, le  quiso recluir en  Lerma obligándole a tomar una diligencia (galera) que le condujera a aquella población burgalesa donde residía su familia, aprovechó un descuido del conductor y se montó a lomos de una yegua que por el campo pastaba,  y “… me volví a Valladolid por el valle de Esgueva, que era otro camino del que la galera había traído.” Tal como él mismo relata.

Pues bien, vamos a darnos un paseo por este paraje  de Castilla al son de  los primeros versos de la citada  obra de Zorrilla: “Honra y vida que se pierden, no se cobran, más se vengan”. Acompañaremos el texto con discretas  imágenes, de Encinas, Canillas y otros rincones del valle,  que no estorben las rimas del poema.

En un rincón de Castilla, / allá en el fondo de un valle, / sobre tres cerros distintos / hay tres torres semejantes.

1

Castillos los llaman unos, / otros atalayas árabes, / más su origen positivo /  a la verdad no se sabe.

2

Un río humilde, el Esgueva,  / la falda a los cerros lame, / y entre huertas y majuelos / lleva a rastra sus cristales.

Entre los olmos y las vides / con que tapiza su margen, / y ambas filas de colinas / que le interrumpen el aire, / hay derramados sin orden /  más de un ciento de lugares  / que amasados todos ellos / un pueblo tal vez no valen.

3

Pues los pueblos con el río,  / y las huertas de la margen, / las colinas que le cercan / en dos bandas desiguales, / y lo tres cerros distintos / con tres torres semejantes,/ de tal modo unos en otros / vegetan, pasan o yacen, / que todo el conjunto entero, / sin que esto lo dude nadie, / tomando nombre del río / forman sin disputa un valle.

4

Está la noche expirando, / y allá  en el fin de la sombra / en vacilante crepúsculo / tiñe el Oriente la aurora.

6

La luna en el Occidente / su pálida luz ahoga, / y las estrellas la siguen / luz reflejando medrosa.

Silba el cierzo entre las ramas / de los árboles sin hojas, / y con espejos de hielo / Esgueva sus aguas orla (…)

 NOTA: el texto está tomado de la edición de 1943 que Librería Santarén hizo en el cincuenta aniversario del fallecimiento de José Zorrilla.

 

PASEO TURÍSTICO POR VALLADOLID CON ZORRILLA

Boris de Tannenberg en su libro “La poesía castellana contemporánea” (escrito en francés y editado en 1889), dedicó un capítulo a José Zorrilla. El joven  Tannenberg visitó al poeta en Valladolid en algún momento (no precisado) entre los años 1885 y 1888. Nuestro poeta por aquél entonces vivía en la calle de los Baños (actual Echegaray y próxima al viejo mercado de Potugalete).  Fruto de aquella visita, el francés publica en su libro el relato de un paseo -hoy día diríamos turístico- que le ofreció Zorrilla.

Voy a reproducirlo completo, pues es una deliciosa descripción de cómo Zorrilla veía los monumentos, así como de algunos comentarios de las cosas de la ciudad.6323525-l

En las palabras del poeta veremos cierta acidez y crítica por el estado lamentable de algunos monumentos, pero en modo alguno significa esto desdén o desapego, pues si de algo presumió Zorrilla fue de su amor por Valladolid.

Contado esto, dispongámonos a dar ese paseo con Zorrilla,  no sin antes advertir que el texto de Tannenberg es conocido gracias a  la traducción que en su día publicó Narciso Alonso Cortés, y del que Begoña de Vicente, en su día trabajadora de la Casa de Zorrilla, me hizo partícipe.  Las fotos son del Archivo Municipal de Valladolid, y los grabados del libro “Recuerdos y bellezas de España (Valladolid)”. Salvo la foto del tranvía, que es de 1910, el resto de las imágenes se corresponden con la época en que poeta y crítico literario dieron el paseo.

 

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Dos minutos después estamos en la calle, y marchando siempre a su paso menudo y vivo, no cesa de hablar y de explicarme todo lo que pasa ante mis ojos, con un relieve pintoresco de lenguaje y un verbo humorístico encantador, que no puedo reproducir.

Este es Valladolid, donde he nacido y he venido a pasar mis últimos días… Me han dado la sinecura de cronista de la provincia, una manera delicada de ayudarme… Nadie conoce esta ciudad mejor que yo; yo sé de memoria todas las casas, todas las piedras antiguas… No es, por otra parte, de las más curiosas de España desde el punto de vista artístico; los turistas no encuentran gran cosa. Su mayor riqueza son los recuerdos a ella ligados…

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… Espere usted, que le he traído delante de la catedral: es un enorme edificio inacabado, obra del arquitecto de Felipe II, Herrera, el mismo que hizo el Escorial… Aquí, como en el Escorial, triunfa la línea recta: una arquitectura fría y pesada…

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… He aquí algo que vale infinitamente  más; es lo que nosotros llamamos la Antigua, una iglesia románica del siglo XI; hace largo tiempo que no se entra en ella, porque amenaza ruina. La torre es de una pureza de líneas, de una esbeltez incomparable; a mí me ha tenido siempre prendado, y he hablado de ella en una de mis leyendas. Pero se desplomará el mejor días, falta de las restauraciones necesarias; estamos en una negligencia estúpida y en beocismo artístico sin límites…

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… Al paso, voy a mostrar a usted la casa donde yo nací; ahora está deshabitada y en  lastimoso estado: siempre he tenido el proyecto de rescatarla algún día (se refería el poeta a la actual Casa de Zorrilla, que está detrás del edificio de la Diputación que aparece en la imágen)… Está justamente al lado del palacio donde nació Felipe II; hemos sido vecinos… ¿Ve usted esta ventana de la planta baja cuya reja ha sido cortada en dos y está sujeta por una cadena? Por aquí se le hizo salir para bautizarle por la parte frontera, en el convento de San Pablo…

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 … La fachada de este convento es una joya artística: fíjese usted que riqueza, que variedad de adornos! Admiro que hubiera hombres bastante pacientes para hacer esto…

 
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A dos pasos de aquí, quiero que vea usted también la fachada del colegio de San Gregorio, (actual Museo de Escultura) que es una verdadera maravilla… Como el carácter religioso del edificio no ha retenido la imaginación un poco libre del artista, hay aquí mucha más audacia y fantasía. Entreténgase usted en estudiar un poco los detalles: estos escultores de la Edad Media tenían caprichos de un grotesco inestimable…

 
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… Vamos ahora a dar una vuelta a la Plaza Mayor. Pero está un poco lejos; tomemos el tranvía… Hele precisamente ahí abajo… Pst! Pst… Oh! No tenga usted prisa; esperará cinco minutos si es preciso; no estamos en París, donde hay que correr detrás del ómnibus…

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… Podría llevarle a usted a la casa de Cervantes, pero está muy lejos y no tiene nada de particular. Está en venta, y me la han ofrecido, no muy cara. La proposición me tentaba: el viejo Zorrilla terminando sus días en la casa de Cervantes, no estaba mal. Pero después de pensarlo desistí, porque la casa no es habitable, y hubiera estado muy mal… Ya llegamos…

 

h 2 jacvoa 1870 jean laurent-crop … Está la plaza rodeada de soportales, es un bello efecto ¿no es verdad? Está en el centro mismo de Valladolid, el lugar de cita de los tontos desde las cuatro de la tarde (en la imágen, el tramo de la Plaza Mayor que entonces se conocía como Acera de San Francisco, por el convento que en su día había aquí)… En este país se pasa el tiempo en pasear… En este momento no hay animación; el día es caluroso y es cerca de mediodía… Podemos volver a pié. (A una señora que pasa) Buenos días, doña Rafaela ¿está bien su marido? Vamos, me alegro… (A mí) Es la peinadora de mi mujer…

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… Pasamos por el mercado; entremos. Quiero que pruebe usted una sandía. (Al vendedor) ¿Son buenas tus sandías? ¡De seguro! Bueno, pues mándeme una; mándame también un melón… (Continuando el camino). Toda esta gente me conoce y me saluda, ya ve usted. No hay en España hombre de letras más popular que yo entre las clases obreras… Cuido, por otra parte, de mi popularidad; no soy hosco y hablo a todo el mundo… Ya estamos de vuelta; entremos… Usted primero, se lo ruego.

Almorzamos con champagne, con un buen humor de estudiantes… Sin embargo se hacía preciso renunciar a la lectura, a la deliciosa charla. La hora de partir había llegado. Zorrilla quiso acompañarme hasta la estación…

… Y continúa su relato el joven francés Tannenberg…

… Como había tiempo, fuimos a pie, para tomar un poco el fresco… Él, fatigado, no hablaba, marchando sin apresurarse, con las manos cruzadas atrás; yo, con esa angustia y esa tristeza que acometen después de todos los instantes dichosos pasado en cualquier sitio, cuando, al caer el sol, es preciso decir adiós y reanudar la marcha… soñando con tantos recuerdos evocados y escuchando todavía resonar en mi oído el eco de tantos hermosos versos… 

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… Seguíamos el paseo de álamos que se extiende en el Campo Grande. Es allí donde, en los tiempos heroicos de Valladolid, se celebraban los autos de fe. Veía yo el jardín público animarse y la multitud esparcirse para el paseo vespertino… “Heme en el coche: ciérranse las portezuelas. El poeta, subido en el estribo, me da el último apretón de manos. Puede usted jactarse, me dice, de haber confesado a Zorrilla.

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Parte el tren, deslizándose al principio con lentitud; y le veo todavía largo tiempo, de pie en el andén, saludándome siempre con ese ademán español en las manos, tan gracioso y tan amigable.