EL PATRIMONIO DEL CONCEJO

Edificios y otras construcciones de interés en la Provincia de Valladolid será la publicación divulgativa más importante sobre construcciones civiles, privadas o públicas, en la provincia de Valladolid, que se ha hecho hasta la fecha.

En consonancia con el proyecto, el soporte en el que se publique estará cuidado al detalle: cubierta, diseño del pintor Manolo Sierra, prólogo de la escritora Esperanza Ortega, papel de gran calidad, etc. 

Es el resultado de años de análisis sobre el terreno y estudios documentales llevados a cabo por Jesús Anta Roca,  investigador, escritor y divulgador, que se acompañan por fotografías a color e ilustraciones explicativas. No se trata de un libro técnico ni académico, sino dirigido al público en general sea de origen rural o urbano.

El libro será publicado por la editorial Páramo. Una editorial vallisoletana que pone especial interés en libros  de poesía, narrativa y pensamiento, así como en el campo de la recuperación y estudio de los pueblos de Castilla y de su historia.

El libro, ahora se puede adquirir en pre venta (crowdfunding) a través de la plataforma www.lanzanos.com con precio más bajo que luego en las librerías, y obsequios diversos.

Una vez que se entra en lanzanos y elegimos el importe de apoyo, lo primero que hay que hacer es REGISTRARSE. Recomiendo poner nombre y primer apellido todo junto.

A continuación  ofrezco un extracto del primer capítulo:

AFANES Y OBLIGACIONES DE LOS CONCEJOS

Bajo el paraguas de lo municipal (o lo público), se amparan muchas instituciones y edificios. A poco que se repase la historia de la vida local, y las ordenanzas y fueros municipales,  detrás de estos edificios y construcciones se verá  la mano de las  competencias y de las iniciativas de los ayuntamientos (concejos, regimientos… como en cada momento se  han ido conociendo). Los municipios,  según su tamaño o su importancia en el entramado territorial, además de disponer de casa consistorial, tenían que contribuir a  que hubiera escuela,  pósito, matadero, hospital, mesón, posada, herradero  y cárcel; asegurar y regular el abastecimiento de los productos básicos (carne, pescado, vino, pan, miel, sebo, aceite, velas y hasta hielo…); mejorar y mantener caminos y puentes; sin olvidar, por supuesto, el surtido de aguas y la consiguiente construcción de fuentes, lavaderos y abrevaderos… y hasta la regulación de juegos y diversiones (juegos de pelota, plazas de toros…).

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Algunas de las construcciones  que aquí encontrará el lector y lectora, ahora en muchos casos están abandonadas y en riesgo de desaparición, como los colmenares o los chozos de viñadores y resineros. Sin embargo durante siglos  fueron lugares de sudor y de esperanzas. Además, en numerosos casos están descontextualizadas, convertidas casi en objetos decorativos del campo, incluso a veces bastante transformados hasta el punto de que no está muy claro para qué sirvieron en su día. Esta despersonalización se ha producido por la pérdida del uso que en su día tuvieron debido a los cambios en las formas y tecnología de la producción agrícola y ganadera, que han ocasionado modificaciones incluso en el paisaje. Así, por ejemplo, lo normal es que ahora un guardaviñas esté rodeado de tierras de cereal, y no de majuelos.

Por suerte,  una nueva concepción del patrimonio está haciendo que muchos municipios vayan incluyendo en sus normas de planeamiento la protección de una variada muestra de construcciones populares y vernáculas que, además, sirven para ofrecer un atractivo cultural y turístico, facilitando, con ello, no solo la conservación, sino el aprecio ciudadano hacia las mismas. Ya no se ve con los mismos ojos que hace un tiempo la fuente tradicional, el chozo, el matadero, el palomar, la vieja escuela o el almacén del pósito.

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EXTENSOS PAISAJES PINARIEGOS

Tierra de Pinares, una comarca en la que el sur de Valladolid se funde con Segovia, y tiene en el pino y en el mudéjar sus principales atractivos. 

Si a esta comarca le añadimos Tierra de Campos, se comprenderá porqué algunos expertos consideran que la provincia de Valladolid posee uno de los mejores conjuntos patrimoniales de arte mudéjar de la Meseta norte.

Tierra de Pinares es una entidad histórica, económica y paisajística con  personalidad y perfil propios, por lo que me apresto a recorrer algunos de sus parajes. Un  viaje que nos llevará desde Aldea de San Miguel hasta Cuéllar, no sin advertir que, aunque algo más apartada de esta ruta, está Coca en lontananza y bien merece una visita porque, además, se ha convertido en un centro importante de impulso de la extracción de resina, actividad, junto con la explotación del piñón, tradicionales (y en otro tiempo fundamentales).

Un agricultor socarrón me comentó, hace tiempo, que hasta que comenzó la fiebre del ladrillo, y por tanto el aumento de los ingresos municipales provenientes de obras y construcciones, Portillo era, sin duda, el pueblo más rico de la provincia. Y no le falta razón a tenor de los censos del siglo XIX y XX relativos a la explotación de los pinares portillanos.

Cierto es que del pino, como se dice del cerdo, se aprovecha todo: piña, piñón, cascara del piñón, resina, madera y, antes, se obtenía la pez, en función de si es piñonero o resinero.

La comarca, dominada por masas pinariegas está hendida por algunos cursos fluviales, como son el Eresma, Adaja y Henar, entre otros más pequeños, que rompen la homogeneidad del paisaje y le aportan especies forestales diversas que contribuyen a una rica diversidad vegetal.

 

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La  iglesia de San Miguel, en Aldea de San Miguel, se considera una construcción excepcional del mudéjar vallisoletano, además de ser uno de los edificios mejor conservados. Quien la visite no se olvide de apreciar la curiosidad de su puerta de entrada, en la que la portada del siglo XVI, deja entrever, sin embargo, las arquivoltas apuntadas de estilo toresano.

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Muchas referencias tiene Portillo, en la que desde luego no debe faltar una visita a su castillo: pozo y ascenso a la torre. Conserva la puerta original del siglo XV-XVI. Desde la torre se pueden disfrutar inmensas panorámicas, como esta de los pinares de Portillo.

 

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Plaza Mayor y Casa Consistorial de Montemayor de Pililla. Este municipio tiene, entre todos sus pinares, uno que llaman de la Unión, por tratarse de una explotación perteneciente, junto a otros muchos pinares en España, a la Unión Resinera. Fundada en 1898,  fue en su día una de las empresas más importantes del país. El paisaje de este entorno está dominado por el pino resinero. Y si de pinares resineros hablamos no se puede olvidar el pinar del Negral que, en el término de San Miguel del Arroyo, fue de los pocos que mantuvo actividad resinera tradicional antes de que, más recientemente, se reactivara la extracción de este producto

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Viloria  (cuya plaza principal aparece en la foto) es, desde Valladolid, la antesala del monasterio del Henar y si hemos de detenernos en sus frescas praderías es porque, con independencia de creencias religiosas, la Virgen del Henar fue nombrada en 1958 patrona de los resineros, lo que ya dice bastante de en qué tierras nos encontramos y a que se dedicaban sus gentes  en Viloria, San Miguel  y Santiago del Arroyo, Montemayor, y otros pueblos del entorno. En la imagen la cubierta de la fuente donde la leyenda sitúa la aparición de la Virgen

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El patrimonio histórico y monumental de Cuéllar es impresionante. Una de sus antiguas iglesias, la de San Martín, se ha habilitado como Centro de Interpretación del Arte Mudéjar. En la  primera foto, parte del castillo tomado desde su reconstruido adarve y el Centro de Interpretación del Mudéjar al fondo… y una panorámica del casco urbano de la villa

 

7-crop Quizá el principal municipio vallisoletano en lo que tiene que ver con  la fabricación de muebles y auxiliares (aunque la crisis económica le ha golpeado con fuerza) Íscar rinde homenaje a sus maestros ebanistas y carpinteros. Se trata de una escultura de Coello instalada a la entrada del municipio.

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Si hay algo en Pedrajas de San Esteban con lo que la mayoría de sus habitantes se sienta identificada es, sin duda, con la ermita y paraje de Sacedón. Ya hace rato que el paisaje de pino resinero (pinus pinaster) ha cambiado al pino piñonero (pinus pinea), como refleja este frondoso pino en Sacedón. En uno de ellos se ha instalado un monumento al piñonero, que trepaba por los árboles para recoger las piñas de las que saldrá el piñón,  uno de los productos naturales más exquisitos que se puedan paladear, y en el que Pedrajas está especializado.

Concluido nuestro paseo vamos a detenernos en algunos detalles relacionados con el pinar: 

Chozo resinero San Macario, en Montemayor de Pililla. Estos chozos, servían  a los resineros para guardar la herramienta, protegerse de las inclemencias del tiempo, pasar la noche o sestear.

 

Banqueto, una especie de escalerilla que se fabricaba in situ y servía para alzarse un poco más para resinar. Pinar de El Negral, en San Miguel del Arroyo.

 

La peguera era un horno para fabricar la pez. La resina que caía fuera del pote y se amontonaba en el suelo se mezclaba con las hojas del pino y la tierra, produciendo una masa resinosa que se conoce como sarro. Pues bien, este sarro es el que se recogía y se apilaba dentro de  la peguera para quemarlo y producir la pez. Se trata de un pequeño horno construido en el mismo pinar y fabricado con ladrillo refractario. Imágen obtenida del blog Lastras de Cuéllar.

 

NOTA: Sobre arte mudéjar hay infinidad de  publicaciones. Para quien quiera conocer con algún detalle esta expresión de los alarifes moros en tierras cristianas recomiendo los libros “Arte Mudéjar en la provincia de Valladolid”, (año  2007); y “Rutas del Mudéjar en la provincia de Valladolid”, (año 2005) ambos editados por la Diputación de Valladolid.

 

EL PATRIMONIO DEL CONCEJO

Amigas y amigos lectores. Esta entrada en “Valladolid la mirada curiosa” es para comentaros que está en marcha mi próximo libro. Tiene como título EL PATRIMONIO DEL CONCEJO.

Se está vendiendo en crowdfunding, es decir, en preventa, con el objetivo de conseguir una recaudación previa para asegurar su edición.

Va a ser uno de esos libros bonitos y agradables de leer: portada del artista Manolo Sierra; prólogo de la escritora Esperanza Ortega y un interior con numerosas fotos.

El libro trata de ese patrimonio civil que ha sido imprescindible para los municipios: desde la Casa Consistorial al último chozo de pastor perdido en el páramo: escuelas, fuentes, mataderos, pósitos, colmenares, guardaviñas, etc, etc.

No es un libro técnico ni un catálogo sistemático de todos y cada uno de los municipios. Es, más bien, un paseo por los municipios vallisoletanos y su entorno.

Está escrito pensando en disfrutar y reivindicar nuestro patrimonio del común, es decir de la sociedad, del municipio. Tiene un punto reivindicativo llamando la atención sobre lo interesante que es  este patrimonio y la necesidad de valorarlo y protegerlo pues en realidad forma parte del paisaje de las tierras vallisoletanas.

Se compra a través LANZANOS.COM (ahora vale 20 euros y luego en librerías, 25)

Si sois amigos míos de Facebook, podéis entrar a través de mi muro y os lleva directamente al libro. Si no, picar en LANZANOS. COM y seguir las instrucciones en el apartado de libros.

Si tenéis alguna dificultad, me lo comentáis para ayudaros a resolverlo.

Se editará a través de la Editorial Páramo, una empresa joven de Valladolid.

Recomiendo hacerlo en el ordenador, porque no sé por que razón, a través del móvil parece que da algún problema.

Os dejo algunas fotos que saldrán en el libro.

TRAS LOS PASOS DEL ALMIRANTE

Cristóbal Colón está íntimamente ligado a Valladolid pues, entre otras relaciones que tuvo con la ciudad, fue donde falleció.

Colón fue un personaje misterioso desde su nacimiento hasta su tumba: ni se sabe dónde y cuando nació, ni como era su rostro,  ni en qué lugar se encuentran, con total seguridad,  sus restos mortales. No obstante se viene dando por bueno que lo más probable es  que estén en Sevilla, aunque parece que pasaron por La Habana, y los dominicanos sostienen que están en la catedral de Santo Domingo.

El misterioso navegante pasó al menos tres veces por Valladolid  a intervalos de 10 años: 1486, 1496 y 1506, donde dejó certezas contrastadas y también, cómo no, alguna que otra leyenda y laguna histórica.

Propongo un paseo siguiendo los principales lugares que evocan su presencia en la ciudad.

 

El antiguo monasterio jerónimo de Nuestra Señora de Prado (hoy sede de la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León –Avd. Salamanca-) será el principio de nuestra larga e interesante ruta urbana. En el monasterio, del siglo XV con importantes reformas del XVII y XVIII,  pernoctó Colón el 11 de agosto de 1486, donde, camino de Medina de Rioseco, el navegante explicó su proyecto a los monjes, recabando su apoyo a la empresa ante la reina Isabel. Al monasterio se le ha llegado a llamar “el Escorial de Valladolid”.

 

Desde el monasterio nos encaminamos hacia el grupo escultórico de la plaza de Colón, que rememora su gesta descubridora. Obra del escultor Antonio Susillo fue Erigido en 1901,  además de elementos alegóricos, reproduce algunas escenas de la vida de Colón. Los bajorrelieves reproducen las siguientes escenas: exposición del proyecto en la Rábida, salida desde Palos, llegada a América y recibimiento en Barcelona

 

Nuestro siguiente destino será la plaza Mayor, y forzoso es ir a los soportales del Teatro Zorrilla, pues unos metros por delante de su fachada, una placa en el suelo nos recuerda el lugar donde falleció el navegante: el desaparecido convento de San Francisco. Y fue en aquel convento donde se depositaron sus restos mortales el 20 de mayo de 1506, tras el agravamiento de su salud que lo pasó en algún lugar de la ciudad (que no fue en el sitio donde señala una placa junto al Museo de Colón). Colón fue ingresado en el convento que a la sazón, como otros conventos de la ciudad, ejercía de hospital. Una vez fallecido fue enterrado en una capilla que pertenecía a la familia de su  amigo Luis de la Cerda. Tres años más tarde, sus restos salieron camino de Sevilla por expreso deseo de su hijo Diego… y desde entonces se inicia el misterio sobre donde reposan los restos del descubridor, honor que también lo reclama la República Dominicana.

 

Por la plaza de Fuente Dorada Colón paseó algunos días de su mes de estancia en la ciudad, allá por el verano de  1496. No se conoce donde residió durante ese tiempo, pero es probable que lo hiciera en un pequeño palacio que en la calle Teresa Gil tenía su amigo y protector y citado Luis de la Cerda (influyente noble en la Corte de los Reyes). Es el caso que su estancia fue preparatoria para un encuentro con la corte, y Colón aprovechó para comprar un rico ajuar que le permitiera presentarse con dignidad y decoro ante los Reyes Católicos tras su segundo viaje desde América. Gastó sus buenos “cuartos” en diversos comercios de la plaza de Fuente Dorada donde jubeteros,  sastres y zapateros tenían sus talleres.

 

Nuestra siguiente meta será el Museo de Colón, en cuyo patio de entrada hay un placa que dice: “Aquí murió Colón”. Esta placa se instaló en este lugar en 1866, siguiendo las indicaciones de algún cronista de la época que con escasos datos situó aquí el fallecimiento de nuestro personaje. El Ayuntamiento dio por bueno algo que no lo era en realidad y además de instalar la placa, rebautizó como calle Colón la que hasta  entonces era calle Ancha de la Magdalena.  No obstante este pequeño pedazo de la huerta de las salesas sirvió para que en 1968  la ciudad construyera un museo reproduciendo una casa palaciega que su hijo Diego tuvo en propiedad en la isla de Santo Domingo. Por cierto, la placa la hizo el escultor Nicolás Fernández de la Oliva en 1866. Este escultor, era profesor de la Escuela de Bellas Artes de Valladolid y, entre otras obras, suya es la escultura de Cervantes en la plaza de la Universidad. 

 

Si estamos dispuestos a alargar la caminata, el siguiente destino  debería ser la plazuela de la Trinidad, y más concretamente  la iglesia de San Nicolás. La razón de esta visita es que la iglesia acoge una imagen de la virgen a la que, según la leyenda, Colón se encomendó durante su brevísima estancia en el Monasterio de Nuestra Señora de Prado, donde estaba esta imagen románica del siglo XIII en 1486. Desde entonces se conoce la imagen como Virgen de Colón o Virgen del Descubrimiento.

 

La misteriosa biografía de nuestro almirante alcanza a que ni siquiera se le conozca algún retrato hecho en vida que nos pudiera mostrar, al menos, como era su rostro en algún momento de su existencia. De Colón hay un buen puñado de pinturas todas muy diferentes entre sí. Este retrato (año 1520) es de Ghirlandaio y se conserva en el Museo del Mar y la Navegación, de Génova.

NOTA: En este mismo blog hay una entrada sobre el Museo de Colón.

CRUCEROS, EN LA SOLEDAD DE LOS CAMINOS

Son infinidad las cruces de piedra que se pueden encontrar en caminos y tierras de Valladolid, especialmente en los páramos y sus estribaciones (quizá porque en ellos abunda la piedra). Y no nos referimos a las que forman parte de los Vía Crucis, ni tampoco a los humilladeros y aquellas que se erigen a las puertas de iglesias y ermitas.

No, hablamos de aquellas cruces solitarias que están en las encrucijadas de los  caminos, en el interior de un pinar (como la cruz de Tudela, en Mojados), en mitad de unas tierras de cultivo o  presidiendo las eras.

Todos representan la misma cruz, el símbolo máximo de la religión cristiana. Sin embargo no todos, ni mucho menos, han sido erigidos por los mismos motivos. Incluso algunos nadie ha sabido explicar porque fueron puestos en el lugar que ocupan. Pero lo cierto es que es difícil que en las inmediaciones de una población o en los caminos que a ellas conducen –especialmente si se trata de encrucijadas- no se encuentre una cruz.

Un buen puñado de cruces no son sino el recuerdo de una muerte súbita (el infarto que sorprendió al segador en el campo), el agradecimiento por el desenlace feliz de un rayo que no terminó con la vida de un campesino junto a su arado o con el rebaño de un pastor.

 

¿Tal vez la cristianización del rito pagano por el que los viajeros del pueblo de Roma,  al emprender un viaje depositaban piedras al borde del camino en honor de Hermes?, lugares donde se solían poner los santones para augurar buen viaje a los caminantes. ¿O tal vez la cristianización de lugares que transmiten cierta magia, como tradicionalmente se han considerado las encrucijadas, en las que en ocasiones se practicaban ciertos rituales?

Los celtas consideraban sagrados los cruces de los caminos, o, también lugares en los que se encontraban el demonio y las ánimas que vagaban por la noche. También tenían la costumbre de enterrar a sus muertos con piedras a las afueras de las poblaciones.

En fin, en las encrucijadas se comenzó a invocar a ciertas divinidades para protegerse de los males y la oscuridad… y una forma de hacer ofrendas era dejar piedras, que se iban convirtiendo en un montón y, acaso, aquello fue el origen de consolidar pilastras o cruceros.

En cualquier caso, los cruceros se multiplicaron a partir de la Contrarreforma. Una obsesión por imponer la presencia de la religión en todos los órdenes de la vida: no solo en el interior de los templos, en las tradiciones populares o en el interior de los hogares, sino también en la intemperie y, especialmente, en los caminos, como el llamado crucero del Pelícano en las afueras de Portillo según se va desde Valladolid, o el de Bahabón en la carretera hacia Campaspero. Sobre todo en las encrucijadas, del que es buen ejemplo la cruz del Pico de  Montemayor de Pililla, del siglo XVI.  Endefinitiva, a las entradas (o salidas según se mire) de las poblaciones.

En Quintanilla de Arriba, el que hay a las orillas del Duero recuerda una leyenda incluida un trágica muerte: el hermano Diego (en este mismo blog se relata aquel episodio). También los hay que recuerdan el agradecimiento por un buen año de mies, o para hacer una rogativa perpetua pidiendo una buena cosecha. Y los hay que se levantaron para indicar los límites territoriales de un pueblo.

 

Del crucero de Torrescárcela, en el valle del Valcorba, se sabe que desde antaño, por San Marcos, en abril, hasta él se iba en rogativa  para implorar buenas cosechas.

En Mojados está la cruz de Tudela  (siglo XVII), que aún se puede contemplar en todo su esplendor, la cual señala un cruce de caminos de aquella época, como es el camino antiguo a Valladolid, a través de la cañada de Santiago. Después en el siglo XX sirvió en carnavales a los mojadenses para peregrinar el Miércoles de Ceniza en procesión hasta ella y enterrar la sardina

Hay cruceros muy ilustrados, como el de Canalejas de Peñafiel que data de 1760 y que está en la plaza de la Cruz.

Algunos,  decorados con querubines, como los de Aldea de San Miguel, San Miguel del Arroyo o la llamada cruz de Pesquera, en Cogeces de Iscar (del siglo XVI)…

… O adornados con bolas, como los de Lomoviejo o Cogeces del Monte… Unos están completamente desnudos, otros representan la crucifixión de Cristo, también los hay esculpidos con tibias y calaveras… y algunos incluyen una sucinta Piedad…

Se pueden ver cruceros en Casasola de Arión, Iscar, Llano de Olmedo, Fompedraza, Puras, Bocigas, un curioso crucero de hierro en Marzales, Campaspero (quizá la población con más cruces), Alaejos…

 

EL TRABAJOSO MONUMENTO DEL CONDE

La huella del conde Ansúrez en Valladolid (y III)

Se inauguró en la Plaza Mayor  el 30 de diciembre de 1903. Si solo dijéramos esto estaríamos hurtando una más que interesante historia sobre el mismo, que tuvo una larguísima gestación cuajada de numerosas anécdotas y curiosidades.

Y a ellas no vamos a referir muy resumidamente.

En el año de 1862 se solicita presupuesto de una estatua de Don Pedro Ansúrez al escultor Nicolás Fernández de la Oliva (a la sazón profesor de la Escuela de Industrias, Artes y Oficios, y autor de la escultura de Cervantes situada en la plaza de la Universidad). Este presenta varios presupuestos según la estatua se realizara en piedra caliza, mármol del país, mármol de Carrara o bronce. Según el historiador José Luis Cano de Gardoqui García, el monumento se iba a colocar en la plaza de San Miguel.

El caso es que ese primer tanteo tardó cinco años en cuajar, pues no fue hasta 1867 cuando el Ayuntamiento acordó con Fernández de la Oliva las bases para construir el monumento. Para pagar los gastos se hizo una suscripción popular y se compró una piedra con el fin de hacer el pedestal. Piedra que tardó en estar en la Plaza Mayor, pues en realidad acabó poniéndose como pedestal a la estatua del dios Apolo que durante unos años adornó  la Fuente Dorada.

En 1872, parece que  ya había una piedra en medio de la plaza con la finalidad de ser el pedestal del conde. Piedra que fue objeto de debate en un pleno municipal de 1877, en el que varios concejales pidieron que la piedra se trasladara a la plaza de Santa María o lugar próximo al palacio que habitó el Conde, que es  donde se sugiríó que se  levantara su estatua; y que en la plaza Mayor se construyera una fuente monumental abastecida con las aguas del Pisuerga que en esas fechas estaban abasteciendo las fuentes de la ciudad.

(Esta imágen es ficticia, creada por Alberto García, diseñador gráfico, a petición mía)

Pero hemos sabido  que sobre aquella piedra en realidad había un obelisco que estaba instalado en 1873. Se trataba, al parecer, de un “monumento provisional”  (¿a la I República?). Es el caso que el “dichoso” obelisco fue  motivo de algunas controversias: en 1877 el concejal encargado del “ornato público” propuso que se derribara, alegando  que “la permanencia del obelisco es ofensiva a la reconocida cultura de la capital de Castilla la Vieja”. 

Ciertamente esa piedra era, valga la expresión, “una china en el zapato de la ciudad”: en 1875, es decir dos años antes de lo relatado más arriba, Valladolid iba a recibir la visita de Alfonso XII, motivo por el que se quería mostrarle la mejor cara de la ciudad. Para tal fin se acordó que desapareciera el capitel (obelisco) sito en la plaza y que se sustituyera por una estatua en yeso del Conde.

VENTICINCO AÑOS MÁS TARDE

Llegamos a agosto de 1900, fecha en que el alcalde Mariano González Lorenzo se lamentaba de que “… el monumento del conde Don Pedro Ansúrez que tantas veces se ha  proyectado, quedándose otras tantas relegado al olvido sin causas que lo justificasen…”

Parece que ya la corporación se pone a ello para saldar esta vieja deuda con la memoria del repoblador de Valladolid, y de nuevo se estudia la forma de llevarse a cabo. En ese mismo año, el escultor Aurelio Carretero se ofrece al Ayuntamiento para llevar a cabo la construcción del monumento. A todo esto, el primer escultor consultado, Fernández de la Oliva, había fallecido en agosto de 1887.

A tal efecto se crea una comisión encargada de inspeccionar y revisar las obras y los gastos que fueren necesarios para la construcción del monumento. Para abaratar costes el propio Carretero propone que la obra se lleve a cabo en invierno, aprovechando la temporada “del plus”. ¿Y qué era el plus? Pues cuando el Ayuntamiento contrataba obreros jornaleros del campo que terminadas las faenas del campo (siega y vendimia principalmente) se quedan sin trabajo, y de esta manera se les abonaba algún salario que les permitiera pasar el invierno.

(Archivo Municipal de Valladolid)

Por cierto, el asunto del coste también preocupó a Carretero, pues él mismo presentó un proyecto “conteniendo los vuelos de la imaginación para no presentar un modelo irrealizable por su coste y sujetado a lo que realmente puede llevarse a cabo sin sacrificio, procurando que dentro de su sencillez reúna todas las condiciones de Monumento y a la vez tenga sabor de época”…

Hubo algún debate acerca de si el pedestal y la estatua deberían ser realizados por el escultor o si se podían separar, como así se hizo finalmente: Carretero la escultura y bronces del pedestal, y Agapito Revilla (a la sazón arquitecto municipal) el pedestal de piedra.

Y el pleno de 4 de enero de 1901  toma el acuerdo de que se construya en la Plaza Mayor, de acuerdo al presupuesto que habían presentado Carretero y Revilla.

Vamos a dar dos pinceladas sobre quienes fueron los ejecutores del monumento. Aurelio Rodríguez-Vicente Carretero, que solía firmar como Aurelio Carretero o A. Carretero, nació en  Medina de Rioseco 17 enero de 1863  y falleció en  Madrid en marzo de 1917. Entre otras obras, es el autor del monumento a Zorrilla, los bustos de Isabel la Católica en Medina del Campo y el de Miguel Íscar en el Campo Grande, así como de la escultura que preside el panteón de personas ilustres del cementerio del Carmen.

Y Juan Agapito y Revilla, arquitecto municipal de Valladolid, nació en la ciudad el 13 diciembre de 1867, y falleció en 1944. Destaca no tanto por obras arquitectónicas (hizo el iglesia de La Pilarica) como por sus numerosos estudios y publicaciones sobre la historia de Valladolid. Supongo que todos uds. conocerán su obra imprescindible: Las calles de Valladolid. También hay que destacar que fue quien halló el famoso plano de Ventura Seco de 1833. Estaba adherido a la parte inferior de una mesa en las dependencias municipales. Agapito lo reprodujo con todo detalle, y el original se conserva en el Archivo Municipal.

Para la realización de la estatua, el municipio solicitó  al Ministerio de la Guerra que cediera gratuitamente 350 kilogramos de bronce. Pero  aquella solicitud no fue atendida, pues siguiendo las instrucciones  de la reina regente María Cristina de Austria, madre del menor futuro Alfonso XIII, se rechazó tal petición alegando la escasez de existencias de bronce en los parques de Artillería.

Ante esta contrariedad, en marzo de 1901 el propio escultor Carretero ofreció gratuitamente el bronce de lo que tenía en su estudio.

POR FIN, LA INAUGURACIÓN

El Ayuntamiento quiso inaugurar el monumento durante las Ferias de septiembre de 1903, tal como se anunciaba en el programa, pero hubo que suspender el acontecimiento pues el pedestal aún no estaba terminado.

Fue el 30 de diciembre. A las 11 de la mañana, según acta levantada por el secretario municipal.  Con toda la corporación presente, se procedió al descubrimiento de la estatua, y el acto fue amenizado por los acordes de la Marcha Real y se disparó  multitud de cohetes y bombas reales.

Ahora, detengámonos con detalle en el monumento que finalmente fue inaugurado:

La escultura se concibe reposada y tranquila con el pendón castellano en la mano derecha, y  del brazo izquierdo  pende, y recoge, el manto digno de nobleza al mismo tiempo que porta el documento que le acredita señor de Valladolid.

El pedestal, según la memoria del proyecto de 1900  llevará “unos pilarotes que sujeten las cadenas propias de los puentes levadizos hasta la coronación almenada. En el frente la figura simbólica de Castilla narrando a unos niños la Historia del Conde y los hechos de sus mayores; los laterales ostentan dos escudos orlados, ambos de laurel y roble, conteniendo el uno un castillo y el otro un cebú, reuniendo así gloria, firmeza, nobleza y fuerza”.

 

Es el caso que el pedestal que finalmente se levanta sigue las indicaciones de Agapito y Revilla, modificando sustancialmente  la idea del escultor. Y es el que ahora luce en la plaza Mayor: una inscripción que pone, “La ciudad de Valladolid erige este monumento a la memoria de su protector y magnánimo bienhechor el Conde D. Pedro Ansúrez. Siglos XI-XII”. Frente a la Casa Consistorial, el escudo de la ciudad.

En los costados sendos relieves que representan el acto conocido de la vida del Conde ante Alfonso I el Batallador, rey de Aragón,  divorciado  de Dª Urraca, con la soga al cuello (el divorcio puso en aprietos al conde, pues debía lealtad a Urraca su “señora natural”, y al rey aragonés, al que había prestado “juramento de fidelidad”).

Y el otro suponemos que  representa las obras de la iglesia de Santa María la Mayor con la torre de la Antigua al fondo, que según entonces se creía, eran las dos obras más artísticas que hizo Ansúrez en la villa. Ahora sabemos que, podría existir o no la capilla de la Antigua, pero desde luego no su torre.

Finalmente hay varios sellos redondos que representan las dos caras (una muralla con ocho puertas y torres donde pone VAL por un lado; y por otro un castillo): se trata, en realidad de una representación simplificado del primer sello oficial de Valladolid, que se puso en un pergamino del siglo XIII.

 

EL PANTEÓN DE ANSÚREZ DE LA CATEDRAL

La huella del conde Ansúrez en Valladolid (II)

Del panteón de Ansúrez en la Catedral Metropolitana existen dudas razonables sobre su autenticidad. Amando Represa sostiene que los condes dejaron dispuesto ser enterrados en el monasterio de San Benito el Real de Sahagún de Campos, pero “… a pesar de lo dicho nada sabemos sobre la certeza de los restos que yacen hoy”, en la Catedral.

Parece lógica la voluntad del matrimonio de ser enterrados en Sahagún pues podríamos decir que era la “capital” de los vastos territorios que controlaban Eylo y Ansúrez. 

Por eso sorprende que Ansúrez fuera enterrado en su colegiata de Valladolid y que en Sahagún de Campos nada se sepa del enterramiento de Eylo.

No obstante, en general los historiadores no discuten la tesis de José Zurita Nieto, canónigo de la Catedral, que en 1918 publicó un trabajo de investigación  sobre el enterramiento del conde.  Sostiene Zurita que los restos de Ansúrez se acomodaron debajo del coro alto de la Colegiata construida por el conde. Que en la nueva colegiata del XIII sus huesos fueron a parar al crucero, guardados en una caja de piedra.  Que en 1674 se trasladaron a la nueva Catedral. Y que con el tiempo  recalaron en la capilla que hay junto al Evangelio (al lado izquierdo según se mira al altar).

Del sepulcro nos da cuenta esta escueta noticia inserta en el Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid, y que dice así: “Sepulcro del Conde Pedro Ansúrez; escultura en madera policromada, de hacia 1585, reja del siglo XVII y pintura sobre tabla de San Miguel, del último tercio del siglo XVI”. Aunque algún documento avala más que la reja sea del XVI, como el San Miguel y la escultura. En resumen: el sepulcro que hoy conocemos se acomoda en 1774 según traza de Ventura Pérez.

 

 

La composición del sepulcro es una recreación ahistórica, como se puede apreciar en el bulto que realizó el escultor, vistiéndole más bien como un patricio romano, o como a un Carlomagno: su armadura y casco para nada tienen que ver con las de la época del conde.

 

El panteón está presidido por una representación del arcángel san Miguel (patrono de la ciudad hasta que lo fue Regalado). En ambos lados del enterramiento hay sendas leyendas que resaltan sus supuestas fundaciones. Así en una de ellas se lee, textualmente: “hizo la Iglesia Mayor y dotóla largamente/ el Antigua, y la gran puente/ que son obras de valor/ San Nicolás, y otras tales/ que son obras Reales/ según por ellas se prueba/ Dexó el Hospital Esgueva/ con otros dos hospitales…” Además de glosar sus virtudes: “Aquí yace sepultado / un Conde digno de fama, / un varón señalado, / leal, valiente, esforzado, / Don Pedro Ansúrez se llama”

 

 Al lado del sepulcro del conde hay un retablo neoclásico de la Crucifixión, original del flamenco Michel Coxcie. A este autor se le conoce como el Rafael de los Países Bajos, y tiene obra repartida por media Europa, incluido el Museo del Prado.

 

El día 3 de febrero de 1979 se hizo una especie de exhumación de los restos del conde. Para ello, una amplia representación de la ciudad se congregó en torno a la caja que guardan sus huesos. En las fotografías que se tomaron aparecen en primer término el catedrático de Historia del Arte Jesús Urrea, el canónigo archivero de la Catedral Vicente Rodríguez Valencia y el historiador Juan José Martín González. Se comprobó que los restos pertenecían a un hombre fallecido en avanzada edad y de gran fortaleza física.

  ¿Y qué conocemos de los enterramientos del resto de las personas que tuvieron especial relevancia en la vida del conde? En el Monasterio de San Benito de Sahagún fue enterrado Alfonso, el hijo del matrimonio que estaba llamado a heredar el título nobiliario pero que la muerte se lo llevó aún joven.  En el mismo monasterio fue enterrado  Alfonso VI y varias de sus esposas y amantes (se le conocen cinco esposas y dos amantes). Alfonso murió en Toledo en junio de 1109 y su cuerpo fue  trasladad0 a Sahagún en agosto. En la actualidad los restos reposan en un discreto sepulcro ubicado en  el Monasterio  de las monjas benedictinas de Santa Cruz, en la misma localidad.

De la reina Doña Urraca sabemos que fue enterrada en el panteón de los Reyes de san Isidoro, en León, aunque en la actualidad no están localizados, debido a la remoción de restos y panteones que sufrió San Isidoro.

 

El Museo Arqueológico Nacional conserva la lauda sepulcral de Alfonso, hijo de los condes. Ostenta la siguiente leyenda: “En el sexto día de los idus de diciembre de la era de 1131 murió Alfonso, el hijo querido del conde Pedro Ansúrez y de la condesa Elión”. La fecha corresponde a la llamada Era Hispánica, que en la actualidad equivale al día 8 de diciembre de 1903.

 

Imagen del panteón de los Reyes de San Isidoro, donde fue enterrada Doña Urraca, que en su infancia estuvo al cuidado de los condes.

 

 Enterramiento de Alfonso VI, en el monasterio de Santa Cruz, de Sahagún. Hay diferencias de opinión sobre la estrecha relación del monarca con Ansúrez: unos sostienen que fueron compañeros de juegos desde la infancia; otros, que el conde fue instructor de Alfonso. (Imagen tomada de Sahagún Digital)