CUEVAS VALLISOLETANAS

Valladolid no puede presumir de cuevas naturales, por lo que bien poco merecería la pena siquiera comentar sobre este tema. Pero a fuer de tener un buen conocimiento de las condiciones geomorfológicas de las comarcas vallisoletanas han de citarse las cuevas de Valdelaperra y la sima del Pinar, en Aldealbar.

Las incursiones que la Unión Espeleológica Vallisoletana ha realizado en oquedades susceptibles de tener algún interés,  indican que la angosta cueva de Valdelaperra, cuya boca está en un pequeño roquedo calizo (cantil) que  mira al arroyo de Valdecascón, en el término de Cogeces del Monte y no muy lejos del monasterio de la Armedilla, apenas llegará a medir unos cien metros y su interior no ofrece nada interesante –foto que ilustra el artículo-. Eso sí, desde su entrada se puede disfrutar de un espléndido paisaje.

Otra cueva, sita en un pinar del término de Aldealbar, tiene alguna mayor complejidad. Para acceder a ella hay que descender por un estrecho pozo de unos cuatro metros de profundidad y en su interior hay dos ramales, uno de los cuales llega a medir ciento cincuenta metros, y buena parte de su recorrido puede hacerse de pie. Esta cueva, que se puede llamar “sima de Aldealbar”, no debe confundirse con la llamada “cueva de la Mora”, en el mismo término pero ya en el borde por donde se desciende al valle del Valcorba.

Esta  cueva de la Mora, sin ningún interés espereológico,  representa una de las viejas leyendas de cuando la ocupación sarracena. Varias cuevas y fuentes hay en la provincia que reciben el mismo nombre y, de todas, se narra la misma historia: habitado el lugar por una musulmana, esta salía al atardecer a beber y lavar sus ropas en un fuente próxima,  y aprovechaba los últimos rayos del sol poniente para peinar sus cabellos con un peine de oro.

Para ver otras posibles hendiduras en los cerros vallisoletanos hay que adentrarse en algunas minas de yeso, como las de las Mamblas de Tudela, acaso las más profundas. Una incursión no muy aconsejable por lo inestable de la cubierta que con facilidad produce peligrosos desprendimientos, aunque sí es posible asomarse a su embocadura.

 

 

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