BARRIOS DE BODEGAS DEL VALLE ESGUEVA

El mundo del vino se ha convertido en España en un enorme mercado que mueve cientos de millones de euros. El turismo en torno a las bodegas se centra en visitarlas,  dormir en lujosos hoteles en medio de viñedos… incluso en  museos dedicados exclusivamente al vino.

Todo esto ha hecho olvidar que, sin embargo, el vino fue en otro tiempo una cosa sencilla, de producción para el consumo de la familia, de disponer de un majuelo para sacar vino para el año, de ir a merendar a las bodegas con las viandas que hubiera por casa: un poco de queso, un chorizo, rico pan… y vino joven de la bodega… nada de grandes crianzas. Incluso lo que no se hubiera consumido en el año había que tirarlo para meter el  mosto nuevo en las cubas.

Casi nadie disponía de  lagar propio donde prensar la uva: había uno o dos lagares para todo el  pueblo y a él acudía cada vecino con sus cuévanos de uvas: recogía el mosto que saliera en proporción a la cantidad de uva que hubiera llevado, y lo guardaba en la oscuridad de su bodega a esperar que fermentara.

Vamos a hacer un recorrido por el Valle de la Esgueva fijándonos en los tradicionales “barrios de bodegas”, que ofrecen un paisaje con el encanto de lo auténtico y de lo sencillo. Lejos del bullicio de las denominaciones de origen y sus deslumbrantes bodegas.

Los barrios de bodegas responden a  una técnica constructiva, una historia y un paisaje especialmente peculiar en Valladolid, de tal manera que los conjuntos de bodegas antiguas y tradicionales que se pueden ver en muchos pueblos representan un excepcional valor etnográfico y paisajístico.

La producción tradicional de vino ha dado lugar tanto a un paisaje característico en las laderas de los tesos, motas y cerros como a un vocabulario singular: cerceras (cierceras o zarzeras: el nombre viene de la orientación del lugar por el que se ventila la bodega –el norte, el viento del cierzo-), echaderos (por donde se arroja la uva al interior de la bodega, cubas, cubetes, bocoyes,  lagar, viga, cocedera …

Todos los municipios del valle tienen bodegas, pero vamos a fijarnos solo en algunas de ellas, y en algunas cosas más.

 

Como a dos kilómetros  antes de llegar a Piña de Esgueva, al fondo a  mano derecha se ve la espadaña del despoblado de Torremazariegos. Un poblado  (abandonado en el siglo XVIII) que hubo a los pies de un teso  en su día coronado por una pequeña fortaleza. A la espadaña se puede llegar perfectamente por un camino evidente que sale de Piña. En este entorno, en dirección a Valladolid, fue hallado en su día un magnífico cementerio visigodo cuyos restos se conservan en el Museo de Valladolid (palacio de Fabio Nelli).

 

Barrio de bodegas de Piña. Arriba a la derecha se ven los restos de una antigua casa de monte: lugar que se habitaba durante el verano para hacer la cosecha del páramo.

 

Atentos al barrio de bodegas de Esguevillas de Esgueva.

 

Villaco está un poco apartado de la carretera, pero vamos a acercarnos hasta su casco urbano.

 

Y si paramos en Castroverde de Cerrato, subiremos dando un paseo por el cotarro en cuyas laderas están las bodegas. Arriba se mantiene aún en pie la llamada puerta de Santa Clara, que no es sino restos de una formidable fortificación posiblemente del siglo IX.

 

No pasar por alto las antiguas bodegas que hay a la izquierda nada más pasar Torre de Esgueva. Son de un primitivismo sorprendente. Hoy día están prácticamente abandonadas.

 

 

Fombellida.

 

Las bodegas de Canillas están a la entrada del pueblo: torre de la iglesia y las dos columnas de su antiguo castillo.

 

Bodegas de Encinas de Esgueva. Para verlas forzoso es caminar hacia la parte alta del pueblo.

 

Uno de tantos majuelos del valle. Rodeado de almendros, como es tradicional en Valladolid. El valle de la Esgueva no está en ninguna denominación de origen, pero conserva una extraordinaria cultura del vino.