LA FÁBRICA DE LA LUZ

Pocas ciudades tienen, dentro de su casco urbano, un paraje donde un río desemboca en otro. Valladolid, sí. Entre el barrio de Rondilla y el barrio España, el Esgueva, o la Esgueva, canalizado a principios del s. XX su antiguo cauce natural hacia este lugar, desemboca en el Pisuerga. La Esgueva domesticada vierte sus aguas con el ruido propio de una pequeña catarata de 7 metros de altura  formada por unas escaleras gigantes, produciendo un sonido intenso, monótono y agradable: es “el salto” de la Esgueva.

Hay en la desembocadura un conglomerado de canalillos y esclusas, y construcciones de hierro procedente de los Altos Hornos de Vizcaya que, en su momento, servían para producir luz con la que alumbrar algunas barriadas de la ciudad: la Central Eléctrica de Linares. Esta vieja construcción  es  más conocida como la  “fábrica de la luz”, que se erigió hacia 1930.la fabrica de la luz

Es necesario demorarse un buen rato para contemplar despacio y con tiempo todas las construcciones que en su día se levantaron en este enclave. Se trata de un punto en el que es preciso  apreciar la convivencia entre lo construido por el ser humano, y lo que la naturaleza ha ido moldeando con el paso del tiempo: hay aquí una vegetación abundante, vigorosa, en la que no faltan higueras y “árboles del cielo” (ailantos). Se trata, sin duda, de uno de los lugares más singulares de la ciudad, tanto si lo contemplamos desde las esclusas de hierro sobre la Esgueva, como desde la misma orilla del Pisuerga, a la que habremos descendido por cualquiera de los dos lados del salto.

La fábrica de la luz se ha reconvertido, perdida por completo su original función, para dar cobijo a un complejo deportivo de piragüismo que, con el nombre de Narciso Suárez, rinde homenaje a un campeón internacional de ese deporte.

Todo el entorno de la desembocadura, salvada la vegetación más próxima a la misma, ha sido urbanizado en forma de jardines para crear zonas de esparcimiento y expansión: sea hacia el Soto de Medinilla –entre la Esgueva y el puente del Cabildo-; sea hacia el Puente Mayor pasando por el de Condesa Eylo. Los jardines y paseos que se extienden a uno y otro lado de la desembocadura, especialmente los que conducen  hasta el puente Condesa Eylo, llamados Ribera de Castilla, son una amplia zona verde que da cumplimiento a la vieja reivindicación de los vecinos de la Rondilla, asfixiados de asfalto y estrecheces desde el nacimiento del barrio, producto de una de las especulaciones de suelo más brutales que ha conocido la ciudad, allá por los primeros sesenta.

 

 

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PUENTES DE COLORES SOBRE EL RÍO

En los años sesenta de siglo pasado, el canal que ahora es el Esgueva (o la Esgueva) – en realidad, lo que queda  de los brazos, esguevas, con los que éste río fundía sus aguas en el Pisuerga- la corporación municipal  quiso  taparlo, esconderlo. Una forma, en definitiva, de  humillarlo. Reflejo, una vez más, de la mala relación que la ciudad siempre tuvo con este río. Mala convivencia que es un  auténtico paradigma de la hipocresía que  en ocasiones demuestran las sociedades: las esguevas arrastraban los desechos, las basuras, los vertidos de los orinales de los habitantes de la ciudad… Un servicio indispensable que, sin embargo, sólo mereció sonetos de desprecio escritos por notables poetas y comportamientos de desafecto Quizá por eso, a veces el río se desbordaba con enfado produciendo cuantiosos daños. Y ahora, cosas que ocurren cuando en vez de destruir o tapar se pone interés en recuperar, es un atractivo itinerario para quien camine a lo largo del paseo del Cauce.

Cuando se pensó en adecentar las orillas del río, ya casi al final del siglo anterior,  se debatió sobre si el tratamiento que se iba a  dar al cauce debía ser duro o blando,  con más cemento o con más vegetación, más frío o más cálido;  de cualquier modo, al final es uno de los paseos emblemáticos de Valladolid.

Para completar la rehabilitación de sus orillas, decidieron que cinco puentes, a partir del  que cruza el río en el camino del Cementerio, hacia la desembocadura, fueran engalanados por un artista.

A Pablo Ransa se le encargó que de colores pintara los puentes, de traza noble alguno, con escudo incluido, y de sencilla y agradable construcción de ladrillo y piedra caliza  el resto. El primero lo pintó de reflejos irisados;  trazó libélulas sobre un suave azulado en el que  es un antiguo acueducto; de rojo vivo  y cangrejos destacó otro de los puentes; dibujó peces  sobre verde en el cuarto puente; y aplicó el amarillo para acompañar el dibujo de salamandras en el quinto de los puentes decorados. El trabajo es, en definitiva, una especie de resumen del río, habitado ahora por multitud de patos que aportan movimiento a la monotonía del incansable discurrir del agua.

Estos puentes comunican sitios humildes; hace años, un tanto alejados de la ciudad; en su tiempo, lugares de huertas y descampados; más allá de Santa Clara, en la carretera que conducía hacia  Santander. Quizá por eso fue el sitio elegido para levantar varias promociones de viviendas baratas: para  trabajadores de ENDASA unas casas bajas, las que están a la derecha en dirección a la desembocadura; y a la izquierda, otras manzanas de varias plantas a las que pusieron  títulos de homenaje al Caudillo y a sus tropas: XXV Años de Paz y Leones de Castilla.