LOS ÚLTIMOS PAGANOS: VILLA ROMANA DE ALMENARA-PURAS

Vamos a visitar un museo y yacimiento arqueológico de gran interés, sito en el término municipal de Almenara.

Como seguro que en cualquier folleto turístico y, sobre todo, en internet cualquiera podrá hacerse una idea precisa de lo que se puede visitar, quiero contar una historia que a todos nos la contó Luis Díaz Viana en su libro Los últimos paganos.

La villa de Almenara (del siglo V), como muchas que hubo en Valladolid, algunas de las cuales están documentadas (aunque ni mucho menos con restos visitables tan importantes como esta), era el centro de un complejo campesino prácticamente autosuficiente. Destaca la de Almenara por sus azulejos, alguno de los cuales está en el Museo de Valladolid, pero in situ hay unos cuantos de gran belleza y perfección, como por ejemplo el de Pegaso o el de los Peces.

Una larga pasarela que sobrevuela sobre los restos arqueológicos facilita la observación de las dependencias, perfectamente reconocibles.ALMENARA 3

A esta extensa pieza principal se ha añadido una reconstrucción de determinados ambientes romanos y una pequeña villa con todos los elementos que caracterizaban estas mansiones campesinas.

Antes de entrar al yacimiento, diversos objetos de época o sus reproducciones, así como amenos y concisos paneles explicativos, preparan adecuadamente la visita a la pieza original, lo que permite su mayor disfrute y configuran un complejo museístico, de ahí el nombre de Museo de la Villas Romanas…

Pero iba a contarles una historia. Bien. Decía que en estas villas –pagos- vivían pacíficamente los campesinos  romanos (fueran propietarios o siervos), alejados de las intrigas de la metrópoli (en este caso Constantinopla, pues estamos hablando de la época del Imperio Bizantino) y en armónica convivencia con todos sus dioses. Esos seres que, aun estando en el Olimpo, eran asequibles y prácticos: uno se dedicaba a favorecer las cosechas, otros a proteger los ganados…  Había un dios o diosa para cada asunto. La gente veía a sus dioses como seres cercanos que les ayudaba en caso de necesidad. Con ellos, los  humanos conseguían ordenar su vida e interpretar lo desconocido, que era mucho en aquella época. Eran útiles para conectar con el más allá y les protegían de los males que pudieran acechar.

Más, algo ocurrió en Constantinopla: la conversión de Constantino y su esposa al cristianismo. No fue, como en general todas las conversiones, sino una decisión de conveniencia política y económica… Y claro, convertido el emperador y su corte,  el resto de los romanos tenían que seguirle  y despedir a los viejos dioses. El monoteísmo expulsaba al politeísmo. Como el imperio era muy extenso y no todo el mundo “comulgaba” con aquel cambio, sobre todo porque se llevaban muy bien con sus dioses de toda la vida, desde Constantinopla se facilitó que los infieles al nuevo dios, que normalmente eran los súbditos situados en los confines del imperio, comenzaran a ser acosados por los llamados bárbaros cristianizados. De tal manera que numerosas partidas de jinetes hostigaban a los últimos paganos (es decir, a los que vivían en los pagos) para que adoptaran por la fuerza al dios de los cristianos, además de dedicarse a arrebatarles sus propiedades.

Pues bien, conocida esta historia, acaso el visitante pueda hacerse una idea más interesante y curiosa cuando se acerque a recorrer esta  villa romana,  en medio de la planicie de las Tierras de Pinares.

Horario de visita: octubre a marzo: de jueves a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:00 a 18:00. Abril a septiembre: martes a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:30 a 20:00

CRUCEROS, EN LA SOLEDAD DE LOS CAMINOS (velay 6)

Son infinidad las cruces de piedra que se pueden encontrar en caminos y tierras de Valladolid, especialmente en los páramos y sus estribaciones (quizá porque en ellos abunda la piedra, cosa que no ocurre en Tierra de Campos o en tierras de Medina). Y no me refiero a las que forman parte de los Vía Crucis, ni tampoco a los humilladeros y aquellas que se erigen a las puertas de iglesias y ermitas.

No, me fijo en aquellas cruces solitarias que están en las encrucijadas de los  caminos, en el interior de un pinar (como la cruz de Tudela, en Mojados), o en mitad de unas tierras de cultivo.

Todos representan la misma cruz, el símbolo máximo de la religión cristiana. Sin embargo no todos, ni mucho menos, han sido erigidos por los mismos motivos. Incluso algunos nadie ha sabido explicar porque fueron puestos en el lugar que ocupan. Pero lo cierto es que es difícil que en las inmediaciones de una población o en los caminos que a ellas conducen –especialmente si se trata de encrucijadas- no se encuentre una cruz (de piedra generalmente).

Algunas de estas cruces están descontextualizadas pues donde ahora se hallan es una morada distinta a la original, tal como ocurre con el crucero del Cristo del Amparo, del siglo XVI que está en la plaza de la Cruz en La Cistérniga, pero antes estaba en la desaparecida ermita de la Veracruz.

Hay cruceros muy ilustrados, como el de Canalejas de Peñafiel que data de 1760 y que está en la plaza de la Cruz. Profusamente labrado,  muestra aperos que dan testimonio de la tradicional actividad vitivinícola de la localidad.

Del crucero de Torrescárcela, en el valle del Valcorba, se sabe que desde antaño, en abril hasta él se iba en rogativa  para implorar buenas cosechas.

Un buen puñado de cruces no son sino el recuerdo de una muerte súbita (el infarto que sorprendió al segador en el campo), el agradecimiento por el desenlace feliz de un rayo que no terminó con la vida de un campesino junto a su arado o con el rebaño de un pastor. También los hay que recuerdan el agradecimiento por un buen año de mies, o para hacer una rogativa perpetua pidiendo una buena cosecha. Y los hay que se levantaron para indicar los límites territoriales de un pueblo.cruceros

En cualquier caso, los cruceros se multiplicaron a partir del siglo XV. Una obsesión por imponer la presencia de la religión en todos los órdenes de la vida: no solo en el interior de los templos, en las tradiciones populares o en el interior de los hogares, sino también en la intemperie y, especialmente, en los caminos, como el llamado crucero del Pelícano en las afueras de Portillo según se va desde Valladolid, o el de Bahabón en la carretera hacia Campaspero. Sobre todo en las encrucijadas, del que es buen ejemplo la cruz del Pico de  Montemayor de Pililla, del siglo XVI (corresponde a la fotografía). En definitiva, a las entradas (o salidas según se mire) de las poblaciones ¿Tal vez la cristianización del rito pagano por el que los viajeros al emprender un viaje depositaban piedras al borde del camino en honor de Hermes? ¿O tal vez la cristianización de lugares que transmiten cierta magia, como tradicionalmente se han considerado las encrucijadas, en las que en ocasiones se practicaban ciertos rituales?

Casi siempre de piedra, hay cruceros decorados con querubines, como los de Aldea de San Miguel, San Miguel del Arroyo, el del Pelícano de Arrabal de Portillo o la llamada cruz de Pesquera, en Cogeces de Iscar (del siglo XVI)…

O adornados con bolas, como son los de Lomoviejo o Cogeces del Monte… Unos están completamente desnudos, otros representan la crucifixión de Cristo, también los hay esculpidos con tibias y calaveras… y algunos incluyen una sucinta Piedad…

Se pueden ver cruceros en Casasola de Arión, Iscar, Llano de Olmedo, Fompedraza, Puras, Bocigas, un curioso crucero de hierro en Marzales, Campaspero (quizá la población con más cruces), Alaejos, en las eras de Quintanilla de Arriba…

En fin una larga relación que ocuparía mucho espacio.