LA MINERÍA DEL YESO

El yeso ha sido  un material que con intensidad se ha extraído de la tierra para atender necesidades del ser humano. Las laderas de los cerros y páramos vallisoletanos son especialmente ricas en yeso  y a poco que nos fijemos cuando paseamos por sus inmediaciones podremos ver “heridas” blanquecinas que señalan la existencia de una vieja mina de yeso.

Hay, en Valladolid, unas cuantas localidades en las que la minería del yeso ha tenido su importancia, bien para el consumo endógeno de sus habitantes como para la venta a otras comarcas y empresas de construcción. Podemos citar, entre otras, a Tudela de Duero, Quintanilla de Arriba, Alcazarén, Iscar, Camporredondo, Cabezón de Pisuerga, Piña de Esgueva, Villavaquerín y Portillo.

Mediado el siglo XIX se sabe que en Alcazarén había producción de yeso que daba trabajo a 100 vecinos.  Cerca de 40 en Iscar. Y en Portillo hubo actividad  relacionada con el  yeso hasta los años 60 del siglo XX, en la que se empleaban unas cuantas familias.

El yeso y la cal se han utilizado en acabados interiores, blanqueo de paredes, sellado de juntas en muros, aislante térmico, fabricación de tabiques y escayolas. Pero también para la noble modelación de piezas de escultura… y para fabricar las modestas tizas con las que garabatear en la pizarra.

Hasta que ya casi al final de la producción de yeso natural se metieron máquinas excavadoras para horadar las galerías yesíferas, lo normal es que la extracción se hiciera a pico y pala para cargar los carros tirados por mulas.

Desde luego sería muy interesante que de alguna manera se recogiera el testimonio de aquella actividad minera tan característica de Valladolid: herramienta, maquinaria, documentos, fotografías…, y se conservara el curioso paisaje que labró la extracción de yeso.

A continuación veremos unas cuantas fotografías en las que se aprecia el  interior de varias minas de yeso, la mayoría de Portillo, y también de Tudela de Duero (la que está entibada mediante columnas de ladrillo). Algunas de estas minas, una vez cesada la actividad se utilizaron (más o menos) de bodega, y en otras se hizo popular la crianza de champiñones en pacas de paja. Veremos, también, un horno para cocer  yeso en el paraje conocido como Barco García (Portillo).

 

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PORTILLO: ESCUELAS, AGUA, VISTAS Y CASTILLO

Municipio notable es Portillo que, en la punta del páramo, domina un amplísimo territorio. No es extrañar, por tanto, que durante buena parte de la historia, reyes y nobles se disputaran la posesión de su castillo. Más no debe olvidarse que su arrabal (Arrabal de Portillo) es tan antiguo como importante, pues ya en el s. XVIII tenía una población prácticamente igual a la de Portillo.

En alguna medida la historia de Portillo y Valladolid están, digamos, ligadas: en la Edad Media Portillo fue dominio de los Armengol de Urgel, señores de Valladolid  y emparentados con el Conde Ansúrez por matrimonio con sus hijas. Y en Portillo estuvo preso el valido Álvaro de Luna hasta que fue ejecutado en Valladolid. Pero, en fin, viejas (e interesantes) historias.

Portillo fue en un tiempo acaso el pueblo (dejémoslo en uno de los pueblos) más ricos de la provincia: el pino, con todos sus productos, aportaba a este municipio una elevada renta per cápita. Pero, como en cierta ocasión me dijo un viejo del lugar: “Bueno, era el más rico hasta que llegó el boom del ladrillo, con el que otros pueblos mucho más pequeños y menos importantes comenzaron a forrarse con las urbanizaciones”. ¡Es difícil encontrar tanta sabiduría en una frase que defina el devenir de la historia reciente!

Pues, con esta breve introducción, vamos a dar un largo y, en cierto modo, exigente paseo, para, desde Arrabal, llegar a lo más alto que nos ofrece el entorno: la torre del castillo… y vuelta.

 

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Junto al parque de Arrabal, inmediato a la antigua carretera de Segovia, arranca la calle Anastasio Gutiérrez que tiene en su esquina el viejo edificio de la Guardia Civil…

 

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… Descendemos por la citada calle hasta la plaza de la antigua Plaza de Toros, en el que se alza uno de los varios colegios que hay en Portillo y Arrabal…

 

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… Y hacia  mano derecha iniciamos un recorrido que, pasando por delante de la iglesia de San Juan Evangelista, del siglo XVI (declarada Bien de Interés Cultural), alberga  algunas tallas de Juan de Juni y Alonso Berruguete. Nos dirigimos hacia un pequeño colegio ya casi a las afueras del pueblo: está siguiendo la calle de la Dehesa. Y si venimos hasta aquí es para rendir homenaje a lo que se ha convertido en un recinto cultural de tan modesta apariencia como gran calidad de los músicos que en él actúan. Se trata de lo que se conoce como la Estufa (por la vieja chimenea que calentaba el aula)
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Si retrocedemos sobre nuestros pasos, pronto veremos la calle Empedrada. Y por ella iniciamos el ascenso hasta Portillo. De esta calzada no mucho se sabe, y se considera que ya existía en el s. XI, sin que sea nada creíble su atribución a una construcción romana. El paisaje comienza a ensancharse considerablemente


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Al final de la cuesta Empedrada nos recibe una escuela, y hay que dirigirse hacia la izquierda para acercarnos a lo que queda del viejo cementerio. Una destacada antena se convierte en nuestra referencia para acercarnos hasta…

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… La senda que nos conduce hacia el mirador del Pico del Calvario. Las vistas hablan por sí solas

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Volvemos al arco del viejo cementerio y con una evidente lógica nos adentramos en el casco urbano de Portillo. Nuestros pasos se dirigen hacia el Castillo. Pasearemos por las calles nobles del pueblo: casas de piedra y escudos que jalonan las fachadas. Los arcos (o puerta)  de la antigua plaza de la Villa, donde antes estaba el Ayuntamiento (hasta que se bajó a Arrabal). Arcos del siglo XVIII. Adentrados en la plaza, junto a los arcos está la fachada de la iglesia de San Juan, de origen medieval pero reconstruida en el s. XVIII…

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… Nuestro camino hacia el castillo pasa junto a otra iglesia, la de San Juan Bautista, de origen gótico, que ahora alberga un bar y restaurante…

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15… Y, el castillo. Su larga historia hace imposible que aquí la resuma (se comenzó a construir en el s. XIV);  pero, al menos, un par de curiosidades, En él, el afamado Álvaro de Luna, valido de Juan II de Castilla,  tuvo “dos” vidas: una como dueño y señor del castillo (del que sus enemigos se mofaban porque, decían, carecía de agua) y, otra, como prisionero en sus propias mazmorras hasta ser conducido al cadalso en Valladolid. Buen ejemplo de la cara y cruz del poder y sus avatares

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Obligado es adentrarse en el castillo (abre, seguro, los fines de semana, gracias a la actividad de la asociación Amigos de los Castillos). La torre, de 28 metros de altura y 116 escalones; y el pozo,  que mediante una escalera de caracol de 123 escalones nos adentra en las entrañas de la tierra. Igual luego tiemblan las canillas, pero no hay que renunciar a visitar ambas dependencias

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Frente al castillo, una gran arca, en cuyo frontal se anota la fecha de 1899 que nos indica el año en el que se subió el agua hasta Portillo. Hasta entonces, aljibes y pozos sirvieron de abastecimiento cuando no se quería o podía bajar hasta las fuentes de los arrabales. El hogar de Personas Mayores que hay frente al castillo también tiene un aljibe

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Nuestro paseo va dirigiéndose a su final. Más, desde el castillo, por su parte de atrás, hay que buscar la iglesia de Santa María la Mayor, en cuya plaza se ha habilitado para su visita, el antiguo aljibe (se suele hablar de aljibes pues antes de que se conocieran con detalle se pensaba que eran dos)… pero no, se trata de uno solo. Es una gran sala de 95 m2 de superficie y una altura de unos 6 metros

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Y ya vamos buscando el Arco Mayor o portillo de Escuevas, una torre albarrana que fue puerta de acceso a Portillo. Por ella iniciamos del descenso al lugar donde comenzamos, allá, en Arrabal. Total, dependiendo que cuanto nos entretengamos en cada lugar, en un par de horas concluimos el paseo

CRUCEROS, EN LA SOLEDAD DE LOS CAMINOS (velay 6)

Son infinidad las cruces de piedra que se pueden encontrar en caminos y tierras de Valladolid, especialmente en los páramos y sus estribaciones (quizá porque en ellos abunda la piedra, cosa que no ocurre en Tierra de Campos o en tierras de Medina). Y no me refiero a las que forman parte de los Vía Crucis, ni tampoco a los humilladeros y aquellas que se erigen a las puertas de iglesias y ermitas.

No, me fijo en aquellas cruces solitarias que están en las encrucijadas de los  caminos, en el interior de un pinar (como la cruz de Tudela, en Mojados), o en mitad de unas tierras de cultivo.

Todos representan la misma cruz, el símbolo máximo de la religión cristiana. Sin embargo no todos, ni mucho menos, han sido erigidos por los mismos motivos. Incluso algunos nadie ha sabido explicar porque fueron puestos en el lugar que ocupan. Pero lo cierto es que es difícil que en las inmediaciones de una población o en los caminos que a ellas conducen –especialmente si se trata de encrucijadas- no se encuentre una cruz (de piedra generalmente).

Algunas de estas cruces están descontextualizadas pues donde ahora se hallan es una morada distinta a la original, tal como ocurre con el crucero del Cristo del Amparo, del siglo XVI que está en la plaza de la Cruz en La Cistérniga, pero antes estaba en la desaparecida ermita de la Veracruz.

Hay cruceros muy ilustrados, como el de Canalejas de Peñafiel que data de 1760 y que está en la plaza de la Cruz. Profusamente labrado,  muestra aperos que dan testimonio de la tradicional actividad vitivinícola de la localidad.

Del crucero de Torrescárcela, en el valle del Valcorba, se sabe que desde antaño, en abril hasta él se iba en rogativa  para implorar buenas cosechas.

Un buen puñado de cruces no son sino el recuerdo de una muerte súbita (el infarto que sorprendió al segador en el campo), el agradecimiento por el desenlace feliz de un rayo que no terminó con la vida de un campesino junto a su arado o con el rebaño de un pastor. También los hay que recuerdan el agradecimiento por un buen año de mies, o para hacer una rogativa perpetua pidiendo una buena cosecha. Y los hay que se levantaron para indicar los límites territoriales de un pueblo.cruceros

En cualquier caso, los cruceros se multiplicaron a partir del siglo XV. Una obsesión por imponer la presencia de la religión en todos los órdenes de la vida: no solo en el interior de los templos, en las tradiciones populares o en el interior de los hogares, sino también en la intemperie y, especialmente, en los caminos, como el llamado crucero del Pelícano en las afueras de Portillo según se va desde Valladolid, o el de Bahabón en la carretera hacia Campaspero. Sobre todo en las encrucijadas, del que es buen ejemplo la cruz del Pico de  Montemayor de Pililla, del siglo XVI (corresponde a la fotografía). En definitiva, a las entradas (o salidas según se mire) de las poblaciones ¿Tal vez la cristianización del rito pagano por el que los viajeros al emprender un viaje depositaban piedras al borde del camino en honor de Hermes? ¿O tal vez la cristianización de lugares que transmiten cierta magia, como tradicionalmente se han considerado las encrucijadas, en las que en ocasiones se practicaban ciertos rituales?

Casi siempre de piedra, hay cruceros decorados con querubines, como los de Aldea de San Miguel, San Miguel del Arroyo, el del Pelícano de Arrabal de Portillo o la llamada cruz de Pesquera, en Cogeces de Iscar (del siglo XVI)…

O adornados con bolas, como son los de Lomoviejo o Cogeces del Monte… Unos están completamente desnudos, otros representan la crucifixión de Cristo, también los hay esculpidos con tibias y calaveras… y algunos incluyen una sucinta Piedad…

Se pueden ver cruceros en Casasola de Arión, Iscar, Llano de Olmedo, Fompedraza, Puras, Bocigas, un curioso crucero de hierro en Marzales, Campaspero (quizá la población con más cruces), Alaejos, en las eras de Quintanilla de Arriba…

En fin una larga relación que ocuparía mucho espacio.