LOS FIELATOS DE VALLADOLID

Los asuntos de los impuestos siempre son controvertidos sobre todo porque a casi nadie nos gusta pagarlos. Pero antigua es su existencia, y buena parte de las obras que desde hace siglos se hacen en las poblaciones es gracias a los impuestos destinados a ese fin: construir y arreglar los puentes, las puertas, adoquinar las calles, construir fuentes y conducciones de agua… Se han llamado adehalas, sisas, etc.  Pero si hay un impuesto tan popular por conocido, como impopular por los conflictos que ha generado, fue la imposición municipal sobre usos y consumos: lo que se pagaba en los famosos fielatos. Los fielatos existían en la mayoría de las poblaciones, especialmente si eran de cierta importancia y lugar al que acudían a comprar la gente de los municipios del entorno.

Este impuesto, pocos años antes de extinguirse se llamaba oficialmente “rentas y exacciones”, antes se conoció como “arbitrios” y, antes aún “impuesto de consumos”… y muy antiguamente, “portazgo”.

Los fielatos eran las casillas donde los consumeros (así se llamaba a los empleados que se encargaban de cobrar) verificaban los productos que se traían a vender a las poblaciones. Muchos de aquellos productos tenían que pagar un impuesto según la clase y la cantidad. Y es un impuesto que ha estado en vigor hasta el 31 de diciembre de 1962. Por tanto aún viven muchas personas que lo recuerdan, así como recordaran las pequeñas construcciones donde se apostaban los encargados del cobro.

Se pagaba por las cosas más diversas, y estaba en relación con productos que se introducían en la ciudad para vender: fueran alubias, paja, vino, pescado, pan, higos o patatas… incluso jabón.

Los fielatos se instalaban en las entradas de la ciudad de forma estable (en 1961 sabemos que se hicieron obras en trece de aquellos fielatos). En 1947 los fielatos se habían ido reubicando según crecía la ciudad: treinta y un fielatos se contabilizaban en noviembre de 1955. Y también conocemos que en  1957 se crearon fielatos ambulantes debido a que los accesos a Valladolid y los núcleos de población eran cada vez más diversos.

Prototipo de casilla de fielato de 1882. Imágen el Archivo Municipal tomada del artículo “Los fielatos en Valladolid a través de los rastros documentales”, de Jesús Alonso editado en la Revista de Folklore de la Fundación Joaquín Díaz.

Al inicio de la década de 1960 eran continuas las críticas a este impuesto: la prensa lo tachaba de anacrónico. Por eso en el Ayuntamiento se empieza a hablar de su eliminación.

Pero habrá que esperar a que la ley de 1962 sobre Reforma de la Hacienda municipal para que en ella se acordara la supresión del impuesto y, por tanto, los fielatos dejarán de funcionar desde el 1 de enero de 1963. En aquel momento  Valladolid contaba con 19 casetas fijas de fielatos y el  Ayuntamiento aprobó una cantidad de dinero para proceder al derribo de las mismas.

¿Qué hacían los administradores de los fielatos? Pues cobrar en efectivo y extender a cambio un documento (papeleta) por el que se acreditaba que el sujeto había pagado su impuesto y por tanto podía vender su mercancía a minoristas o por sí mismo.

Su controvertido carácter venía de antiguo. En 1866 la administración pensaba en suprimirlos y sustituirlos por una licencia de venta y un complemento especial de contribuciones directas. La razón de este cuestionamiento era que se consideraba que el cobro en los fielatos era engañoso y manipulable, pues el impuesto que el vendedor pagaba en la puerta de la población lo recargaba en el precio al igual que lo que se le decomisaba o estropeaba en el registro que le hacían el funcionario del fielato.

Detalles de la ubicación de algunos fielatos según plano de 1890. El tercero se corresponde a la carretera de Soria antes de cruzar la vía hacia Circular.

En fin, tan impopular y conflictivo era que había guardias municipales que prestaban su servicio en los fielatos. Y son muchos los casos registrados de peleas muy serias entre vendedores y consumeros. Además, fueron varias las ocasiones en las que por motivos de huelgas o carestía de la vida la gente apedreaba las casillas de los consumeros e incluso hubo casos de prenderlas fuego, cosa fácil de hacer pues muchas eran de madera.

De entre los muchos conflictos  y problemas que daban los fielatos podemos comentar que en el año 1900 algunos concejales del Ayuntamiento de Valladolid se quejan  de que el personal que está en los fielatos es interino y no estaba demostrando celo en su trabajo, de tal manera que la recaudación  cayó escandalosamente, pues en muchos casos los consumeros no se personaban en la caseta y Valladolid, decían, “se había convertido en una puerta abierta al matute más escandaloso”.

Se conoce de casos como el de la detención arbitraria de un señor en el fielato de la Estación porque se negó a pagar el impuesto ¡por una docena de mantecadas! que traía para su casa. Pero más curioso es que en el fielato del canal de  castilla se cobró a una pobre mujer que venía a lavar lo ropa desde Zaratán: 1,50 pesetas por tres canteros de jabón… ¡que, además, había comprado en Valladolid! y, por tanto, pagaba dos veces impuestos por el mismo producto.

En  1912, año duro de carestía de la vida,  una turba de gente apedreó e incluso quemó algunos fielatos.

La prensa da noticia en 1930 de una pelea en el fielato de las puertas de Tudela por la cantidad de paja que iba en el carro: encargado y ciudadano acabaron en la casa de socorro con diversas lesiones.

En fin, son muchas y recurrentes las noticias sobre la ira contra aquellos “entrañables” fielatos.

Fielato del camino a Renedo. Publicado por Raquel de las Heras.

Solo cabe añadir que circula en artículos, libros e internet que la famosa torrecilla de la carretera de Rueda era un fielato: y no es cierto. Sí  que había un fielato por este lugar pero la torre no. Esta formaba parte de una finca particular. Y también indico que tampoco los antiguos almacenes que hay en el Paseo del Arco de Ladrillo, nada más pasar las vías del ferrocarril, fuera un fielato: aquello eran los Almacenes Generales de Castilla que tenían arrendados o en propiedad diversos mayoristas de la alimentación. El fielato estaba más adelante hacia la carretera de Madrid.

Fielato a la entrada de Medina de Rioseco, reconvertido en oficina del Camino de Santiago.

CASA DE JOSÉ ZORRILLA: AIRE DE ROMANTICISMO

El descuido de una criada permitió que el niño José entrara en aquella habitación que siempre estaba cerrada. Era el dormitorio de huéspedes de la casa que ocupaba la familia Zorrilla, y nadie entraba en él salvo ocasionalmente para ventilarlo. Pero  aquel día, José empujó la puerta entreabierta y vio que sentada en la silla de la habitación estaba su abuela paterna Nicolasa. Había fallecido antes de que naciera el que sería futuro poeta y dramaturgo, por lo que éste nunca llegó a conocerla. Pero ahí estaba su abuela con la que, recogido en su regazo, estuvo charlando. Desde entonces acá no son pocas las veces que el espectro de Nicolasa vaga por la casa del poeta.

Era esta una casa que la familia tenía en alquiler y en la que el dramaturgo vivió hasta cumplir 7 años,  y a la que volvió mucho tiempo después, laureado y afamado. Y si el resto de España fue justo con él reconociendo sus méritos, y para ello se le eligió miembro de la Academia Española en 1882 -cumplidos los 65 años-, no lo fue menos la ciudad que le vio nacer. Para ello, el Ayuntamiento de Valladolid acordó, también aquel año, nombrarle “Bibliotecario y Cronista honorario de la Corporación”, cargo que le reportaba una gratificación de 4.500 pesetas anuales que contribuyó  a aliviar su precaria economía.0

El ambiente de la casa refleja la época de Zorrilla. Muebles, decoración, lámparas, instrumentos de música, mesas y sillas recrean un lugar en el que se vivía y también se recibía. Pues quien se diera a conocer como poeta en Madrid ante el féretro de Larra, alcanzó la fama y reconocimientos suficientes como para tener numerosas amistades en todos los ambientes sociales

No son originales todos los muebles de la casa, aunque la mayoría han sido donados por la familia de Zorrilla, pero sí algunos le pertenecieron y fueron usados por él. Por ejemplo la mesa, sillón y librería del escritorio.  También la Diputación Provincial ha depositado algunos muebles en la casa.

El fallecimiento de Zorrilla, acaecido en 1893, a punto de cumplir 76 años, fue un  acontecimiento en la villa de Madrid, cuyos habitantes salieron a la calle para despedir el cuerpo del poeta.  Y tres años después, sus restos  fueron traídos al  cementerio de Valladolid para que reposaran en el panteón de Personas Ilustres.

De su fallecimiento hay dos testimonios en la casa: la mascarilla mortuoria que le moldeó Aurelio Rodríguez Vicente Carretero, el mismo que más tarde fundiría la estatua en bronce que preside la plaza de Zorrilla; y el sillón del escritorio, donde dice la tradición que murió, toda vez que los problemas respiratorios que le aquejaron durante los últimos días de su vida le impedían estar tumbado largo tiempo y que, por tanto, sentía algún alivio sentado en este sillón y recostado sobre el escritorio.

CASA DE JOSÉ ZORRILLA: c/ Fray Luis de Granada, 1. Valladolid.

VISITAS: martes a sábado: 10 a 14 y 17 a 20 h. Domingos y festivos: 10 a 14 h.

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 En el salón de la música, que acoge un piano y un arpa, artistas y políticos pasaban algunas tardes alrededor del autor de “Don Juan Tenorio”

 

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Corona laureada de bronce que preside el comedor. Le fue entregada por el Ayuntamiento de Barcelona entre las 892 coronas, algunas de oro, que le regalaron  corporaciones, liceos y ateneos de toda España cuando  fue coronado en Granada, en 1889 y con 72 años, Poeta Nacional en presencia de representantes de la Reina y de numerosos políticos, artistas y escritores

 

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Escritorio y sillón utilizados por Zorrilla

 

2 aPajarera típica de las casas burguesas de entonces

 

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Una costumbre de la época era decorar los abanicos, incluso que estuvieran dedicados, como si se tratara de los actuales autógrafos

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La habitación de los huéspedes, donde según la leyenda se apareció la abuela al poeta

 

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Apunte al natural tomado en el féretro de Zorrilla. Está junto a la máscara mortuoria que luego serviría para la estatua del poeta en la plaza de Zorrilla

 

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Calesa original usada por el escritor

 

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Jardines de la Casa de Zorrilla

ENCLAVES VALLISOLETANOS

El debate sobre competencias y organización de la llamada “desescalada” que conduzca a un futuro de fecha incierta en la que podamos decir que la vida vuelve a ser como la que teníamos antes de la Declaración de Alarma decretada el 14 de marzo, me ha llevado a remirar el mapa de la provincia de Valladolid, pues buena parte del modelo de vuelta a la normalidad está asentando en los límites provinciales o  municipales… o en Zonas Básicas de Salud. Es decir, en el territorio.

Si nos fijamos en el territorio veremos que no es una “cosa” tan precisa y compacta como pudiera parecer, pues hay curiosas excepcionalidades, de las que Valladolid tiene un puñado de ejemplos.

En España son unos veinticinco los enclaves que están fuera de los límites autonómicos o provinciales, y también  hay términos municipales que son titulares de territorio exógeno a sus límites, pero dentro de la provincia.

De esos 22 enclaves españoles, dos de ellos se refieren a Valladolid: la dehesa de San Llorente, que depende de Mayorga aunque en territorio leonés; y los municipios de Roales de Campos y Quintanilla del Molar, rodeados de tierra zamorana y leonesa.

Más dentro de la provincia, se localizan cerca de una veintena de tierras que están fuera del término municipal al que pertenecen.

No obstante, antes de entrar con algún detalle en algunos de estos casos, bueno es dar una pincelada de las posibles causas de estas singularidades.

Para hacernos una idea rápida hay que decir que el mapa de las provincias no terminó de consolidarse hasta finales de la década de 1830, a raíz del famoso Real Decreto de Javier de Burgos del año 1833: era el ministro de Fomento. Hasta entonces, aunque ya existía la administración provincial, y las diputaciones creadas por las Cortes de Cádiz en 1813, el territorio provincial no era ni parecido a lo que ahora conocemos.

Para ir ciñéndonos a Valladolid, acudamos a lo que relata Antonio Sánchez del Barrio en su artículo La provincia de Valladolid, historia abreviada de su territorio, en el queen nos ilustra indicando que en el último tercio del siglo XVIII lo que caracterizaba a la provincia de Valladolid era la irregularidad de sus límites, de tal manera que el 45 % de su superficie se localizaba en enclaves dispersos. Solo las provincias de Toro y Madrid de aquella época superaban la dispersión territorial de Valladolid.

Aquello era debido a que la mayor parte de los territorios españoles estaban bajo jurisdicción eclesial, estaban sujetos a obligaciones  tributarias de otras poblaciones, o eran  propiedad de unos u otros señoríos. Por ejemplo, casi todo el Valle del Esgueva y el  del Jaramiel dependían del arzobispado de Palencia y formaban parte de la comarca palentina del Cerrato.

El territorio provincial  predecesor del actual estaba formada por dos ciudades, amén de villas, lugares, aldeas, granjas y cotos hasta sumar 528 nombres a los que añadir 87 despoblados. En la actualidad Valladolid lo forman 225 municipios y 9 pedanías, amén de un buen puñado de despoblados.

Contado esto, veamos algunas imágenes con las que ilustrar este relato.

Mapa actual de la provincia de Valladolid: en la parte de arriba debería estar grafiada la dehesa de San Llorente, y a la izquierda se ve perfectamente la isla formada por los municipios de Roales de Campos y Quintanilla del Molar.

Mapa de la provincia en 1779. En rojo se dibujan perfiles de territorios inconexos entre sí. Y este mismo mapa, puesto en forma de plano de superficie en el año 1803 nos da idea cabal de cómo era aquella provincia.

Volvamos a los enclaves actuales. Vemos en la parte alta la Dehesa de San Llorente, perteneciente a Mayorga está completamente rodeada por la provincia de León. La Dehesa está despoblada y tiene una extensión próxima a las 11 ha. Está atravesada por el arroyo del Valle, y más que dehesa (algunas encinas conserva) está dedicada a tierras de cultivo. En 2014 el Ayuntamiento señaló una ruta ornitológica para disfrute de propios y forasteros. La imagen está tomada del blog “Valladolid, rutas y paisajes”.

Bodegas de Roales de Campos, lo que nos da idea de un pasado vitivinícola, e iglesia de Quintanilla del Molar. Dos pequeños municipios de Tierra de Campos que apenas suman algo más de dos centenares de habitantes, pero que no carecen de historia y patrimonio. Fotos obtenidas de las respectivas páginas oficiales de sendos Ayuntamientos.

Decíamos que en la provincia hay una veintena de enclaves que perteneciendo a un municipio están fuera de su término. De entre ellos destacamos los dos de la ciudad de Valladolid: Navabuena y el Rebollar, que aparecen dibujados en el plano oficial del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU). Navabuena es el situado más al norte y el Rebollar el que está hacia el oeste de la ciudad.

Navabuena, grafiado con el número 3 en el mapa del Ministerio de Agricultura y Alimentación, es un espacio natural de 4.973 ha. en el que hay varias fincas y donde está el Centro Penitenciario de Valladolid, ese mal llamado “de Villanubla”.  Esta foto, así como las del Rebollar están obtenidas del PGOU de Valladolid.

El Campo de Tiro “Faustino Alonso”,  gestionado por la Federación de Tiro Olímpico de Castilla y León, y la de Caza está ubicado en la finca del Rebollar, entre los términos de Ciguñuela, Robladillo y Geria. En el mapa aparece identificada con el número 9. Esta propiedad del municipio de Valladolid ocupa una extensión de 396 ha. En ella hay una de esas construcciones singulares del ámbito rural consistente en un antiguo pozo cubierto acompañado de un pilón previsto para abrevar el ganado ovino.

PEDRO EL REGALADO, HIJO DE MARÍA DE LA COSTANILLA

El 13 de mayo es la festividad de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid. Hasta su elección en el siglo XVIII como protector de la ciudad, era San Miguel arcángel el encargado de velar por los hombres y mujeres que habitaban la antigua ciudad cortesana.

Corría el año de 1746. La ciudad, aquel año,  celebró con enorme entusiasmo la noticia del primer vallisoletano que había  subido a los altares. La fiesta duró varios días y cuentan las crónicas que fue una auténtica locura popular. No faltó de nada: fuegos artificiales, grandes hogueras, corridas de toros,  hubo extraordinarios actos litúrgicos, impresionantes comitivas de gremios y cofradías, desfile de bandas de música,  y no faltaron bailes al son de las chirimías. La ciudad toda era una fiesta. Incluso se hizo una consulta popular para ver si la gente le quería como patrono, con una masiva respuesta afirmativa.

Pero ¿quién era ese tal Pedro? Pedro Regalado nació en Valladolid en 1390 –fecha, en cualquier caso no muy fiable-,  y falleció, ya en olor de santidad,  en La Aguilera en marzo de 1456. Sabemos ahora que venía de una familia de judíos conversos.

Su padre se llamaba Pedro  (y apellidaba Regalado) y a su madre (que quedó viuda siendo aún  joven)  María, como casi todas las mujeres entonces (y casi hasta hoy mismo), la conocían como la Regalada o, también, como María de la Costanilla (por la calle donde vivía), actual de la Platería y donde nació Pedro. A Pedro, ya clérigo, en algún documento se le anota como Pedro de la Regalada, o Pedro de la Costanilla, o Pedro de la Costanilla y Regalado, o incluso Periquillo de Valladolid… o fray Pedro de Valladolid y, una vez muerto, mucha gente lo citaba como “el Santo Regalado”.

No es mucho lo que se conoce de su vida.  Cuando contaba 13 o 14 años entra en el Convento de San Francisco, muy próximo a su casa natal. A los 22 años fue nombrado sacerdote. Estuvo al frente de los conventos franciscanos de La Aguilera (Burgos), y el Abrojo (Laguna de Duero). Conventos con reglas de observancia muy rigurosas en los que la oración, meditación y ayuno severo se sumaban a un hábito espartano y a lo sumo unas sencillas sandalias para cubrir el pie durante todo el año (hiciera la temperatura que fuese).

Su fama milagrera ya se fue labrando en vida, pues se le atribuyeron episodios de bilocación, amén del  renombrado caso de domesticación de un toro que, suelto, aterrorizaba a la población (razón por la que también se le considera patrón de los toreros); y su proverbial capacidad de atravesar el Duero utilizando su manto a modo de liviana balsa.

Apenas fallecido, se contabilizaron cerca de doscientos milagros, entre los que, además de realizar numerosas sanaciones de enfermos deshauciados, llegó a resucitar brevemente para entregar un pan a un pobre hambriento que oraba delante de su tumba.

Alcanzó tal fama  que incluso  la Reina Isabel la Católica visitó su tumba en el monasterio de la Aguilera, y mandó erigir un vistoso  sepulcro.

Pues, contado todo esto, vamos a recorrer los lugares que evocan la historia e imagen de este santo silencioso.

La casa natal se le atribuye en el número 1 de la calle de la Platería (antigua Costanilla). No está muy claro que este fuera el lugar exacto –habida cuenta de los dos incendios que tanto en 1461 y 1561 arrasaron la calle-, pero a tenor del apellido de su madre –Costanilla-, sí parece probado que, al menos, nació en esa calle.  Un cuadro y una placa conmemorativa en la fachada dejan constancia del nacimiento del santo.

 Iglesia del Salvador, en la plaza del mismo nombre. Cuando en 1683 se beatificó al Regalado, este comenzó a recibir culto en el templo, debido a que parece razonable que hubiera sido bautizado en él.  Edificada sobre la antigua ermita de Santa Elena, del siglo XIII, ya alcanzó la categoría de parroquia en el siglo XIV, dedicada desde un principio al Salvador.  Su fachada es plateresca, realizada por el famoso Juan Sanz de Escalante entre los años 1541 y 1559. Algún historiador de la época la calificó como de las más preciosas de España.

 

La torre, muy esbelta, presenta dos cuerpos bien distintos: uno, en piedra,  del siglo XVII, y otro –ochavado-  (del s. XVIII) en ladrillo. Rematado por un tejado de pizarra de las canteras de Bernardos (Segovia)  debido a una reconstrucción que hubo que hacerse tras su hundimiento a principios del XVIII. La torre de la Catedral de Valladolid está inspirada en esta de El Salvador.

 

Retablo mayor, del siglo XVIII, definida por el catedrático Jesús Urrea como expresión del rococó vallisoletano. En lo alto del crucero, escudo de los Almirantes de Castilla, protectores que fueron del Salvador.

 

Una de las capillas más interesantes, concluida en 1487,  es la de San Juan Bautista. Acoge un magnífico retablo (1504) de la escuela flamenca. En el suelo se pueden ver enterramientos que seguramente pertenecieran a la ermita de Santa Elena, al tratarse de la zona más antigua del templo.

 

Pila bautismal que la tradición  dice que en ella fue bautizado San Pedro Regalado.

 

Y capilla de San Pedro, con un retablo de  1709 atribuido a Juan de Ávila, representa la traslación del santo por unos ángeles desde el monasterio del Abrojo al de La Aguilera que, precisamente, imita el grupo escultórico que hay en este último monasterio.

 

A un costado del Salvador se erige una escultura instalada en 2004 y realizada por Miguel García Delgado, sevillano con numerosa obra pública en España.

 

El monasterio del Abrojo está en un paraje próximo a la finca real  que frecuentaron los Reyes Católicos, y sus descendientes Carlos V  y Felipe II. De aquel palacio campestre donde se practicaba la caza, hoy quedan las tapias amuralladas, y en su interior una urbanización de chalets.

No  fueron los franciscanos los primeros  en asentarse en aquel lugar, pues antes perteneció a diversas órdenes religiosas, hasta que en 1441 se instalaron los del císter, que serían sustituidos por los franciscanos reformados a los que pertenecía el Regalado.

Tanto el monasterio como el palacio sufrieron un incendio en 1624. No obstante el monasterio fue reconstruido y actualmente se conservan unos pocos vestigios: restos de un muro, el acceso a la bodega, un estanque (con el que  se regaba la huerta del monasterio), y una fuente (llamada de San Pedro).

 

El santuario de La Aguilera tiene su origen en el siglo XIV, acoge el sepulcro de Regalado, amén de una capilla dedicada igualmente al santo. En la imagen, panorámica del edificio y detalle del sepulcro del santo mandado construir por Isabel la Católica. Está realizado en mármol a finales del XV y atribuido a la escuela de Colonia, que por aquel entonces trabajaba en la catedral de Burgos. Ambas fotografías son de Miguel Ángel Santos.

 

… Y obligado es, al menos, dejar anotado que el desaparecido convento de San Francisco (en la Plaza Mayor), es otra referencia de la vida de san Pedro, pues, como ya se ha dicho, en aquel convento,  del que no queda resto edificado alguno, entró el santo en edad adolescente (en la imágen, placa conmemorativa frente al actual Teatro Zorrilla)

Amén del monasterio de la Aguilera y la iglesia de El Salvador, la cantidad de imágenes (cuadros o esculturas) del Regalado que hay en numerosos lugares, dan idea del alcance popular que tuvo. Así, encontraremos (sobre todo esculturas) en el Carmen de Extramuros,  San Lorenzo, Santuario Nacional, Jesús Nazareno, las Angustias y la Catedral, en Valladolid; también en los conventos de las Descalzas Reales y Corpus Christi de la capital vallisoletana;  y en iglesias de Laguna de Duero, Renedo de Esgueva, Cigales, Cabezón, Medina de Rioseco, Melgar de Fernamental, Burgo de Osma…

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

La Ciudad del Regalado. VVAA. Coordinado por Javier Burrieza. Ayuntamiento de Valladolid, 2004.

San Pedro Regalado: Teófanes Egido. Caja de Ahorros Popular, 1983

Catálogo monumental de Valladolid, de Juan José Martín González y Jesús Urrea. Institución Cultural Simancas y Diputación de Valladolid, 1985.

Iconografía de San Pedro Regalado: S. Andrés Ordax. Junta de Castilla y León, 1991.

LA CASA DE LOS REYES

A fuer de que las últimas siete generaciones de vallisoletanos vienen conociendo que el edificio que preside la plaza de San Pablo son dependencias militares,  ha contribuido  a que no se tenga en cuenta en toda su dimensión la importancia  histórica y arquitectónica del antiguo Palacio Real.

Esto ha privado de un mayor conocimiento y disfrute por parte de la población de este singular edificio. Consciente de ello, el Ministerio de Defensa  trata de hacerlo más asequible mediante visitas guiadas, algunas actividades culturales,  y la instalación en una de sus salas de un pequeño museo que recoge la historia reciente del edificio.

Sería tarea imposible resumir siquiera la historia y avatares del Palacio Real,  que no es sino el resultado de diversas intervenciones urbanísticas que condujeron a que entre 1601 y 1606 Felipe III instalara en él la Corte, convirtiendo a Valladolid en la capital de la Hispanidad durante aquellos años, de la mano del gran especulador urbanístico que fue el Duque de Lerma.

Aprestémonos, al menos, a dar un paseo por el interior de este sitio real que desde 1999 está declarado Bien de Interés Cultural, y que ha conocido numerosas reformas tanto interiores como exteriores.

 

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Fachada actual del Palacio Real, e imagen de su aspecto en el siglo XVIII (grabado reproducido del afamado libro de Ventura Pérez: “Historia de la muy noble y muy Leal Ciudad de Valladolid. Recopilada de varios autores en este año de 1759”). El palacio se fue forjando a partir de varias casas que Francisco de los Cobos (secretario de Carlos V) y su esposa María de Mendoza obtuvieron  por dote matrimonial en 1522

 

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Patio principal, el de mayor tamaño de entre todos los palacios que llegó a tener Valladolid. Y detalle del empedrado

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Los medallones que adornan las arquerías recogen personajes históricos principales, como la de Carlos V, pero también personajes mitológicos no todos identificados: parece que hay una imagen de Alejandro Magno, de Héctor y Paris…  Y se ven los escudos de los numerosos reinos de la España del siglo XVII, como el de Castilla

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Tanto durante la invasión francesa, en la que Napoleón  se instaló en el palacio con numerosa tropa que alteró profundamente la estructura interior del edificio, como en sucesivos usos del mismo, se llevaron a cabo diversas y notables modificaciones, como esta, en la que se ve a finales del XVIII completamente tapiadas las galerías (fotografía de Jean Laurent). También alojó dependencias de Hacienda, Audiencia Territorial, etc.  Las galerías actualmente recogen diversa decoración histórico-militar

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Arco de una de las partes más antiguas del palacio, y una de las dependencias. Durante la estancia de la Corte en Valladolid, la ciudad llegó a contabilizar más de 400 palacios

 

8a8b Hay dependencias que por tener uso administrativo no se muestran en la visita guiada que se lleva a cabo los miércoles por la mañana, como la galería y jardín de Saboya

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Escalera principal con profusa y rica decoración. No es la original del siglo XVII, sino una nueva levantada siguiendo las trazas de 1762 del afamado arquitecto Ventura Rodríguez. En estos años, Ventura Rodríguez estaba trabajando en la Catedral, Convento de Agustinos Filipinos, Colegio de Santa Cruz, Ayuntamiento de La Seca, etc.

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Oratorio de la Reina. La capilla real no se conserva

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Una habitación recoge reproducciones de escenas de batallas del pintor Augusto Ferrer Dalmau, como esta titulada “Rocroi el último tercio” (1643, durante la Guerra de los Treinta Años)

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El Salón del Trono es en realidad una construcción que llevó a cabo el Ministerio de Defensa siguiendo modelos de otros palacios reales

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Una de las habitaciones del palacio muestra paneles explicativos de la evolución del edificio y de los avatares históricos desde que está ocupado por el Ministerio de Defensa

 

NOTAS: El libro imprescindible para conocer la historia y arquitectura del Palacio Real, editado en 2006 por la Universidad de Valladolid y el Ministerio de Defensa,  tiene como autor a Javier Pérez Gil.

Para inscribirse en la visita guiada es preciso llamar a los  teléfonos  983 219 310 o 983 327 302

 

 

LA ÉPICA EN EL ARTE

Hace unos días publiqué una entrada sobre la Guerra de las Comunidades y la Batalla de Villalar. El resultado de aquella batalla fue la degollación de los capitanes comuneros Padilla, Bravo y Maldonado, que está representada en un cuadro que se conserva en el Palacio de las Cortes. Y justo estamos en vísperas del aniversario del levantamiento de Madrid contra los franceses el dos de mayo de 1808. Así que se me ha ocurrido colgar algunos cuadros que reflejan momentos épicos de la historia. Algunos más legendarios que históricos como la batalla de Covadonga; y la mayoría, en general, pintados en el siglo XIX, en el que el romanticismo y la construcción de la identidad de las naciones guiaba los pinceles de los artistas.

El incendio de Troya, de Juan de la Corte, siglo XVII. Museo Nacional del Prado.
Numancia, de Alejo Vera y Estaca, 1834. Museo Nacional del Prado
Guzmán el Bueno, de Salvador Martìnez Cubells, 1884. Museo Nacional del Prado.
Don Pelayo en Covadonga, de Luis de Madrazo y Kuntz, 1855. Museo Nacional del Prado.
Batalla de las Navas de Tolosa o de Alacab, de Francisco de Paula Van Halen y Gil, 1864. Museo Nacional del Prado.
Ejecución de los comuneros de Castilla, de Antonio Gisbert Pérez, 1860. Palacio de las Cortes.
El dos de mayo de 1808 o La carga de los mamelucos, de Francisco de Goya, 1814. Museo Nacional del Prado.
El tres de mayo o Los fusilamientos. de Francisco de Goya, 1814. Museo Nacional del Prado.
Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert Pérez, 1888. Museo Nacional del Prado.
El cuarto estado, de Giuseppe Pellizza, 1901. Museo del Novecento.
Guernica, de Pablo Picasso, 1937. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

LA GUERRA DE LAS COMUNIDADES, Y VILLALAR

 “Las campanas de San Pablo / han cesado de tocar. / De pie, los procuradores / se yerguen para mirar / al rey postrado de hinojos / a la izquierda del altar. / El de Burgos, por las Cortes / la ha comenzado a exhortar: / Si nos hallamos reunidos / es por haceros jurar / los fueros y libertades / que tendréis que respetar”

Así comienza Los comuneros, ese bello poema que escribiera en su día Luís López Álvarez, del que  Vicente Aleixandre dijo que era “un poeta muy castellano, uno de los más castellanos que existan en nuestra lengua”.  Y  continúa Aleixandre: “ha conseguido algo que parece hoy casi imposible: el remozamiento de una épica”.

Luis López Ávarez en la Campa de Villalar. Fotografía publicada por El Norte de Castilla.

Publicado por primera vez en 1972, Los comuneros relata los acontecimientos y escenas principales de la Guerra de las Comunidades desatada cuando muchas ciudades españolas se levantaron contra las imposiciones de Carlos I.

Sostiene el historiador Enrique Berzal que “los especialistas más renombrados en la materia  convienen en aplicar al movimiento de las Comunidades de Castilla el calificativo de revolucionario por su potencial radicalmente transformador del orden social y político del momento”. Y que se trata de un episodio, mitificado es verdad, que cumplió una función decisiva “en el proceso de construcción de la identidad nacional española a partir de 1808”.

Fueron unos acontecimientos que estuvieron muy presentes en el debate político de  la España del Romanticismo y en el discurso de construcción de la identidad de la Nación Española.

La Guerra de las Comunidades trasciende la épica de la derrota comunera en Villalar y el marco actual de Castilla y León, pues se trató de una auténtica guerra de alcance nacional. En ella intervinieron multitud de personajes, intereses e intrigas, lo que implicó a numerosísimas poblaciones de toda la geografía española.

Y termina el poema de Luis López Álvarez: “Desde entonces, ya Castilla / no se ha vuelto a levantar, / en manos del rey bastardo, / o de regente falaz, / siempre añorando una junta, / o esperando a un capitán”

Pues bien, vamos a pasear  por los lugares  que fueron escenario de aquella guerra. En el relato no nos vamos a detener en los variados factores que influyeron en aquel movimiento revolucionario que, incluso, tuvo elementos de política internacional. Simplemente,   con el pretexto del 23 de abril, día del mes del año de 1521, vamos a recorrer municipios y paisajes vallisoletanos de aquella gesta comunera, siguiendo, muy resumidamente,  sus principales acontecimientos.

Corría el año del Señor de 1520…

… Y ocurrieron muchas cosas

El pueblo de Toledo se subleva ante la prohibición de Carlos I de que sus representantes se unan a otras villas para oponerse a las intenciones del monarca: su traslado a Alemania para ser proclamado Emperador, pagar  impuestos para costear la aventura real y ver cómo garantizar el gobierno de España en ausencia del rey.

Escultura Carlos V y el Furor, de Leone Leoni, siglo XVI. Museo del Prado.

En Valladolid los sublevados tratan de impedir que Carlos I se traslade a Santiago de Compostela para celebrar las cortes que sancionen sus pretensiones. Una vez abiertas las cortes, que luego se suspendieron, Córdoba, Jaén, Madrid, Murcia y Toro se oponen, y Toledo y Salamanca estuvieron ausentes.

En Segovia, Zamora, Guadalajara, Burgos y otras poblaciones explotan  contra el rey  y en Tordesillas es ajusticiado Rodrigo, por haber votado a favor del rey en La Coruña.

En Ávila se constituye la Santa Junta del Reino (una especie de Gobierno revolucionario) en la que participan delegados de Segovia, Salamanca, Toro y Zamora. Gentes de otras poblaciones asistieron pero sin ser representantes oficiales de sus municipios. Pedro Lasso de la Vega es elegido presidente de la Junta y Juan de Padilla nombrado jefe de las tropas comuneras.

Dibujo representando la Santa Junta, publicado por El Mundo de Castilla y León.

Aquella Junta, que no fue un arrebato rebelde sino el resultado de un proceso político organizado y meditado, aprobó la denominada Ley Perpetua de 1520 que ahora cumple quinientos años, redactada en Ávila por los procuradores castellano. Muchos historiadores la consideran el primer antecedente histórico del constitucionalismo español. 

Ni más ni menos abordó asuntos tales como las competencias de los diputados de los concejos, la independencia judicial,  preceptos que garanticen la libertad individual y los derechos de las personas, los derechos de nacionalidad,  un orden económico al servicio del reino y hasta estableció una Hacienda pública.

El día 21 de agosto, las tropas reales se presentan en Medina del Campo para tomar la artillería con la que atacar a la ciudad de Segovia. Los medineses, conocedores de antemano de la presencia del ejército del rey habían desmontado las piezas artilleras,  y apiladas en la calle las  rodearon con sus cuerpos las mujeres y hombres afines a la causa comunera.

Pensaron los realistas que los defensores saldrían huyendo si prendían fuego a Medina,  pero no se amedrentaron los comuneros y las tropas de Carlos I tuvieron que retirarse sobre todo cuando las llamas, que destruyeron buena parte de la villa, alcanzaron el convento de San Francisco, donde los comerciantes medinenses guardaban sus posesiones. Tres días después, Padilla entró en Medina al frente de sus tropas.

Al saberse la noticia del incendio de Medina, se sumaron a la causa comunera las poblaciones de Palencia, Cáceres, Badajoz, Sevilla, Jaén, Úbeda y Baeza.

Monumento a Juan Bravo en la plaza de Medina del Campo, Segovia. Fue instalado en 1922 y su autor es Aniceto Marinas.

En recuerdo de aquella epopeya llevada a cabo en los primeros tiempos de la Guerra de Comunidades, en Segovia hay una plaza que lleva el nombre de Medina del Campo, y en esta villa a otra plaza se la llamó Segovia.

Aquel mismo agosto, los jefes comuneros parlamentan en Tordesillas con doña Juana y  la Santa Junta se establece en esta villa, hasta que en diciembre cae en manos realistas.

Entonces la Santa Junta se traslada a Valladolid y se reúne en el convento  de San Pablo: nombra a Pedro Lasso de la Vega jefe de sus tropas, pero el l pueblo, descontento, exige que sea Padilla el que esté al frente de las mismas.

Llega el año de 1521…

… Valladolid se convierte en el epicentro de la confrontación entre Comuneros y Realistas.

Las tropas comuneras toman Mucientes.

Restos del castillo de Mucientes, llamado El Palacio. En él se alojo Juana, donde fue reconocida como reina de Castilla.

Padilla destruye la fortaleza de Cigales.

En febrero Padilla sale de Valladolid y  por Zaratán marcha con sus tropas hacia Torrelobatón.  Se debilita la rebelión comunera pues Granada, Cádiz y otras ciudades andaluzas juran fidelizad al rey.

Castillo de Torrelobatón, fortificación de traza correspondiente a la llamada escuela de Valladolid.

Padilla logra, después de tres días de combate, hacerse con la fortaleza de Torrelobatón. Se suceden numerosos episodios en poblaciones de La Mancha:  el obispo Acuña, con sus tropas comuneras,  se hace fuerte en Toledo, donde reside la María de Pacheco, esposa de Padilla, apodada “la leona de Castilla”.

El 15 de abril los nobles acampan en Peñaflor de Hornija y reciben importantes refuerzos.

Aquel fatídico día 23 de abril, día de San Jorge…

Al mando de Padilla, el ejército comunero sale de Torrelobatón hacia Toro. Fue interceptado por las tropas reales y en un terreno embarrado próximo a Villalar se inicia una corta pero intensa batalla. El paraje se conoce como Puente de Fierro sobre el arroyo de los Molinos.

Monumento conmemorativo de la Batalla de Villalar, en la carretera a Marzales, sobre el arroyo de los Molinos. El paraje está declarado desde 1996 Bien de Interés Cultural con la categoría de Sitio Histórico.

Al caer la tarde las tropas comuneras son derrotadas  y sus capitanes conducidos al castillo de Villalba de los Alcores.

Restos del castillo de Villalba de los Alcores.

Al día siguiente los jefes comuneros son condenados a muerte. Juan Bravo y Juan de Padilla fueron decapitados al amanecer. Horas más tarde también cayó la cabeza de Francisco Maldonado. Cuando Juan Bravo oyó decir el pregón previo a la decapitación,  se volvió al verdugo y le dijo que mentía él y quien le mandó dar el pregón, pues no eran traidores sino “celosos del bien público y defensores de la libertad del Reino”.

Cuadro La ejecución de los Comuneros de Castilla, de Antonio Gisbert (1860) conservado en el Palacio de las Cortes, Madrid.

El 25 de octubre las tropas comuneras se rinden en Toledo.

Sigue la historia…

El 1 de octubre de 1522 Carlos I promulga en Valladolid un “perdón general”  excepto para 293 comuneros.  Entre finales de septiembre y primeros de octubre de 1522 son decapitados en Tordesillas siete procuradores, Pedro Maldonado en Simancas y el dirigente comunero Villoria, en Salamanca.

Cuatro años más tarde…

En Simancas ocurrió el 24 de febrero de 1526:  el obispo Acuña, que permanecía prisionero,  intenta huir, pero no lo consigue, y apresado de nuevo, el 24 de marzo fue ajusticiado a garrote vil y colgado su cuerpo en las almenas del castillo.

El castillo de Simancas se construyó en el siglo XV, pero tuvo una importante reconstrucción dirigida por los arquitectos Juan de Herrera y Francisco de Mora en el s. XVI.

POSDATA: Tras la degollación, los gobernadores no permitieron que el cuerpo de Padilla fuera entregado a su viuda María de Pacheco, para evitar que sus restos fueran recibidos en Toledo como un mártir y alimentara la causa comunera aún viva en tierras manchegas.  No hay certeza de donde descansas sus restos, pues se sabe que se dio autorización para que fueran enterrados en el monasterio de los padres jerónimos de la Mejorada, sito en el término de Olmedo, pero no hay certeza de que esto se cumpliera y por tanto su cadáver permaneció en Villalar.

Monasterio Santa María de la Mejorada, declarado Bien de Interés Cultural. Imagen aérea tomada de la página oficial de Bodegas y Viñedos La Mejorada.

El caso es que una vez que definitivamente los comuneros rindieron Toledo, el cuerpo de Padilla ya no fue reclamado por nadie, y nada se sabe de su paradero.

Los restos del monasterio, en parte recuperados por el afamado arquitecto Moneo, y sus  tierras, ahora están convertidos en una explotación agrícola donde, entre otras cosas,  se produce un excelente vino. Se puede visitar, pero por si acaso mejor de día, pues cuenta  la leyenda que el  espíritu de Padilla  vaga por el monasterio, pesaroso y añorante de su esposa.