FOTOS EN BLANCO Y NEGRO PARA EL VERANO (2). TRANSPORTE PÚBLICO.

El transporte urbano de viajeros comenzó en Valladolid en 1879 con un servicio de tranvías tirados por caballos.  Y habrá que esperar hasta 1910 para disponer de una red de tranvías eléctricos.

En la postguerra, el servicio de viajeros lo prestaba la empresa SATA, que pasó numerosos apuros para poder prestar el servicio: falta de neumáticos, carestía de gasolina, instalación de gasógenos…

Hasta que en 1945 los autobuses urbanos los empezó a gestionar la Empresa Carrión.

Fue en 1982 cuando se municipalizó el servicio urbano de viajeros. Y para ello el  Ayuntamiento creó la empresa municipal AUVASA.

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FOTOS EN BLANCO Y NEGRO PARA EL VERANO (1). ESFORZADOS DEPORTISTAS.

CON ESTA ENTREGA INICIO UNA SERIE DE CARPETAS DE FOTOGRAFÍAS DE VALLADOLID, MUCHAS DE LAS CUALES E IDO PUBLICANDO EN EL BLOG, PERO ME HA PARECIDO INTERESANTE AGRUPARLAS Y DISFRUTAR DE ELLAS DURANTE UNAS SEMANAS.

Estamos en verano y es duro proponer paseos por la ciudad o la provincia, aunque no está de más indicar que, seguramente, lo más atractivo para los tórridos días del estío sea visitar museos y exposiciones, pues suelen ser lugares frescos.

Así que propongo una serie algo así como parecida a pasear por un museo, pues se trata de fotografías antiguas.

Es fácil que unas cuantas ya las conozcáis, dado que son típicas estampas y escenas vallisoletanas, pero aún no por repetidas dejan de ser curiosas y entretenidas.

Serán unas cinco o seis carpetas, dependiendo de lo que me vaya encontrando en mis archivos.

He de advertir que las fotografías no son originales, sino digitalizaciones tomadas en diversos archivos y  publicaciones.

Si puedo ofrecer estas imágenes es gracias no solo a lo que  he ido recogiendo personalmente, sino a lo que otras personas me han facilitado para poder llevar yo a cabo diversas investigaciones. Quiero destacar de entre todos, el voluminoso e interesante fondo de digitalizaciones que me entregó  Roberto Delgado, una persona muy interesada por las cosas de Valladolid.

Y empezamos esta serie con imágenes  sobre acontecimientos deportivos. Muestran usa selección de aquellas especialidades más populares, como el fútbol,  hasta las más elitistas, como es el polo a caballo. No faltan boxeadores, ciclistas ni motoristas.

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EL VUELO DE LA CARPA: MUSEO ORIENTAL

El centenario Museo Oriental ya tenía organizada una colección en 1874, aunque solo con el objeto de mostrar a los seminaristas agustinos-filipinos las culturas en las que habrían de sumergirse cuando, ya formados, marcharan hacia Oriente.

El museo, acaso uno de los más desconocidos de Valladolid,  acoge la mejor colección de arte de Extremo Oriente existente en España, y abarca una cronología que va desde el siglo VI a. C. hasta el siglo XXI.

Se trata de piezas y objetos  que se centran en las culturas china, filipina y japonesa.

En 1908 se colocó la colección en un enorme salón del convento. Y a partir de aquel año el Museo  se abre al público aunque sólo a los varones, pues las normas de entonces establecían que en un convento de frailes no podían entrar mujeres. Esta restricción desaparece por completo en 1980, cuando se abre  en las dependencias actuales.  El Museo no está estancado con su colección original, sino que se enriquece con nuevas aportaciones, como  la que hizo en su día la familia Ibañez-Urbón, que cedió varias porcelanas chinas Yuang que abarcan un periodo que va desde el siglo XIII hasta el XXI.

¿Qué nos vamos a encontrar en este museo? La verdad es que es imposible resumirlo, pues se trata de una ingente variedad de objetos, materiales y costumbres. Pero podemos destacar los esmaltes, la cerámica y porcelana, las lacas, esculturas en jade y marfil, sedas, caligrafía, mobiliario vario, armas y armaduras, vestimenta, etc. etc. además de numerosas fotografías, grabados y dibujos.

Más, antes de comenzar un recorrido por el museo es necesario indicar que en él está muy presente la figura de fray Andrés de Urdaneta. Este monje agustino no solo encabezó la primera expedición de seminaristas a Filipinas, sino que su fama trascendió por haber sido el que estableció el llamado “tornaviaje”. Esta ruta, que se utilizó durante siglos, marcó a los barcos el rumbo de ida y vuelta entre Filipinas y México, y permitió un continuo trasiego de mercancías y especias de todo tipo que, desde México, terminaban por llegar a España. Itinerario que siguieron buena parte de los preciados objetos que se exponen en el Museo, entre los que se encuentran los famosos mantones de Manila que, en realidad, proceden de Cantón o la provincia de Fukien, ambos enclaves en suelo chino.

Entremos en algunos detalles sobre este interesante viaje: en 1559 Felipe II escribe desde Valladolid una carta a Urdaneta en la que pide al que antes fue experto marino (que incluso navegó junto a Juan Sebastián el Cano), que condujera las naves reales desde Méjico (que es donde estaba el agustino), hasta Filipinas y que las hiciera regresar con éxito: le estaba pidiendo que hiciera un viaje de ida y vuelta que hasta entonces jamás se había realizado. Y así se llevó a cabo en el año de 1565. El viaje de ida y vuelta se hizo  por rutas distintas, para aprovechar los vientos favorables a las velas de las naves.

El museo tiene, además, un valor añadido: el edifico en el que se halla emplazado… Pero, pasemos a deambular por sus salas, deteniéndonos con detalle en algunas de sus piezas.

La sede del museo está en el edificio neoclásico que comenzó a construirse en 1759 siguiendo los planos del afamado arquitecto Ventura Rodríguez. Este arquitecto tiene numerosa obra pública y religiosa en toda España: Palacio de Liria, fachada de la catedral  de Pamplona, culminación del Pilar de Zaragoza, capilla Real de Madrid, balneario de las Caldas, etc. etc.

 

Pasillos y claustro, en el que se ha instalado un busto del padre Manuel Blanco, importante botánico del siglo XIX. Describió más de dos mil especies de la flora filipina y su obra tiene el especial valor de indicar las aplicaciones culinarias y medicinales de cada especie.

Entrada al  Museo.

Blas Sierra, director del Museo, en una de las salas de China destaca un  dibujo sobre papel, titulado “Carpas remontando una cascada”, de la Dinastía Ming, que gobernó China entre 1368 y 1644, en el que se ve una gran carpa que  parece  pretender alcanzar la luna anaranjada que preside el cuadro,  mientras que las olas, casi unas garras, tratan de atraparla impidiéndola cumplir su sueño. Es, en definitiva, una metáfora que representa la lucha contra los obstáculos que el ser humano ha de superar para conseguir  sus deseos.

 La pintura está muy influenciada por el taoísmo, que muestra su amor y sensibilidad por la naturaleza. A buen seguro que el cuadro lo pintó algún monje budista que, al igual que otros pintores y poetas, escogió para su “fugis mundo” –cual anacoretas- las montañas o las orillas de los ríos. Dice la leyenda que se comunicaban entre ellos a través de las carpas: depositaban un mensaje en la boca del pez para que este lo llevara hasta otro eremita asentado en alguna montaña o en otro remoto lugar de la orilla de algún río. 

 

Y como en todo cuadro chino que se precie, se verá una muestra de caligrafía –los ideogramas-, que representa el arte de escribir. Pero en lo que a caligrafía se refiere nos fijaremos en otras muestras.  En China, la caligrafía y la pintura persiguen la misma cosa. El arte de escribir es la exhibición de la libertad de movimientos. La mano del calígrafo –del pintor- traza los ideogramas moviendo su muñeca como si se tratara de pasos de danza. En la cultura china, una pintura con caligrafía adquiere más valor que una pintura sin ella. Es más, con frecuencia, los cuadros son, en realidad, únicamente ideogramas: representaciones del arte de la danza, del ritmo, de la libertad. La caligrafía es el arte de danzar sobre el papel. Y de este arte de la caligrafía ofrece el museo diversas y bellas muestras. Algunos de los lienzos no han podido ser traducidos por tratarse de dialectos  chinos ya extinguidos.

En las salas de Filipinas, un Santo Niño de Cebú, realizado en madera, oro y plata por un orfebre chino hacia 1760 por encargo de los misioneros Agustinos-Filipinos, reproduce la imagen original de este Niño –realizada únicamente en madera- que se conserva en la Basílica del Santo Niño de Cebú, propiedad de los mismos frailes. La talla original, símbolo de los Agustinos, la portaba Magallanes cuando recaló en Filipinas, allá por 1521,  y se la regaló a una princesa de la isla que se encaprichó de la talla.

 

Y no podían faltar los kimonos japoneses en el museo. De entre ellos se puede destacar el “Kimono con cerezo en flor”. Realizado en el siglo XIX, está pintado y bordado en seda y oro. La prenda ofrece las tres artes más características del Japón: el arte textil, el de bordar y el de pintar. Representa el espíritu japonés: el kimono, la floración del cerezo, el renacer de la vida –las flores- en pleno invierno aún cuando parece que el árbol está totalmente muerto. Pero también advierte de lo efímero de la vida y la belleza, pues estas delicadas flores invernales pronto caerán abatidas por el viento. La flor del cerezo es, en realidad, corta como la vida del samurai. Una vida corta pero intensa que, sin embargo, ha merecido la pena, porque la flor y el samurai han luchado y vivido por algo.

 

 Buda Sakyamuni, realizado en China en bronce.

 

Avalokitesvara, dinastía Ming (1368-1644). Se trata de uno de los santos del budismo, que aún preparándose para llegar a la categoría de Buda no logran alcanzar su objetivo.

 

Traje de dragones, bordado en seda, es del siglo XIX.

 

Colección de armas de Mindanao (Filipinas).

 

Marfiles hispano-filipinos: en este caso se trata de figuras para ser vestidas.

 

Armadura japonesa de hierro, laca,  cuero y seda. Realizada en el siglo XVII.

 

Vitrina de marfiles chinos. Obsérvese en uno de ellos el  detallado trabajo para representar escenas de una batalla.

Entre tantísimos objetos curiosos que alberga el Museo está la espada del general Jáudenes, que en nombre de España rindió Filipinas en 1898.

 

NOTAS. El museo está en el Real Colegio de PP. Agustinos, sito  en paseo de Filipinos, 7 Valladolid. HORARIO: de 16 a 19 horas de lunes a sábados. Domingos y festivos de 10 a 14. Por las mañanas de días de entresemana sólo grupos concertados.  Teléfonos 983 306 800 y 900

DE LA PIEDRA AL HIERRO: UN PASEO ENTRE PUENTES

Este artículo lo publiqué hace varios años, pero lo reedito, con actualizaciones, además de dar noticia de otros artículos en este mismo blog sobre los puentes Mayor y Colgante, que en estos momentos están en trámite de declararse Bien de Interés Cultural. La imagen de cabecera es un grabado del 1760 de Ventura Pérez. En él se ve la puerta de entrada que entonces había en la parte del barrio de la Victoria.

Cuando  el Conde Ansúrez a finales del siglo XI recaló en la aldea que luego llegaría a convertirse en Valladolid, es seguro que el Pisuerga, río caudaloso, lo viera desde la orilla opuesta al barrio de la Victoria. Había venido con un pequeño acompañamiento de soldados y algunos leales vasallos para, mandado por su rey, repoblar tierras y pacificar las relaciones con los musulmanes. Ansúrez era muy apreciado por la corte  y, además, dominaba el árabe, lo que le hacía idóneo para mantener relaciones diplomáticas con los sarracenos.

Necesariamente tuvo que ver el esplendor del Pisuerga a su paso por Valladolid desde esta orilla, pues a buen seguro tuvo que haber vadeado el río en tierras palentinas, donde su menor caudal y mayor estrechez permitiría cruzar las aguas, o por el puente de Cabezón de Pisuerga, de factura anterior al puente Mayor. Además tenía que reconocer el terreno de esta parte de Valladolid y parlamentar con la gente de Cabezón de Pisuerga, población de la que entonces dependía Valladolid, que entre el Pisuerga y las Esguevas ya daba noticias de su existencia desde hacía más de un siglo.0-crop

Luego vendría la construcción del puente que, evidentemente, no es el que ahora vemos, sino seguramente tuviera una primera construcción de madera que iría dando paso a otra construcción ya en piedra hacia el siglo XIII.  Además, durante la Guerra de la Independencia se volaron algunos ojos del puente.

En cualquier caso tenemos, para comenzar un largo paseo, un puente de origen medieval (s. XI) que recibe el nombre de Mayor porque así se conocía por entonces al Pisuerga: río Mayor, acaso para distinguirlo de las pequeñas Esguevas y otros arroyos que correrían por la zona, como el río Olmos,  que discurría por el actual barrio de la Rubia.

Cruzamos el río Mayor y nos dirigimos hacia la orilla derecha para, a la altura del edificio Duque de Lerma, bajarnos hacia la única pared que se conserva del antiguo palacio de la Ribera, sede veraniega de la corte a principios del XVII. A la altura de los restos de la antigua fábrica de luz, sitúa la historia (en cualquier caso por confirmar) que se hizo la primera inmersión de buzos en la historia mundial: el ingeniero Jerónimo de Ayanz (que por entonces residía en Valladolid) fue su inventor y asombró a la corte que, con Felipe III a la cabeza,  acudió a dar fe de la hazaña.

Pasado el palacio de la Ribera de nuevo subimos al asfalto para, frente al edificio de Cruz Roja, volver a caminos en tierra por los que, de forma más o menos intermitente, llegaremos hasta el segundo puente que se levantó en Valladolid: el Colgante. Este puente es un emblema de la modernidad y fue una demostración del hierro como nuevo y desafiante material para la construcción.

Iremos pasando, por arriba o por abajo, todos los puentes que se fueron construyendo para ensanchar Valladolid en torno a la Huerta del Rey: Poniente (1954), Isabel la Católica (1956), y García Morato (1961) hasta llegar al puente Colgante que, levantado en 1865, es el lugar por donde cruzaremos de orilla para volver hacia el Mayor.

Los pies de las fotografías que acompañan esta propuesta de paseo ilustran algunas referencias que no debemos perdernos en este itinerario que, según lo que nos entretengamos en cada lugar, no llegará a dos horas (unos 6 kilómetros).

El verano es una de las mejores estaciones para pasear alrededor del Pisuerga, lleno de vida.

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A la izquierda, boca por la que desemboca el canal de Castilla, y hueco en el que estaba instalado el ingenio de Zubiaurre (inmensa noria para abastecer el palacio de la Ribera), y detrás, pintado de verde, la antigua fábrica de harinas la Perla, ahora convertida en hotel.

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La antigua fábrica de la luz.

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Puente Colgante (o de Hierro) y al fondo la torre del Museo de la Ciencia.

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Antes de cruzar el puente Colgante fijarse en el restaurante La Goya, uno de esos establecimientos veteranos, fundado en 1902.

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Nada más pasar el puente Colgante, a la derecha, esta construcción tiene un gran pozo a su costado, pertenece a RENFE y es desde donde se abastecía de agua la estación de Valladolid hasta que hubo agua corriente en la ciudad. Esta es una foto de como estaba hasta hace muy poco tiempo, pues ahora se ha reconvertido en un restaurante.

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Una de las plataformas que permiten entrar en contacto directo con el agua del Pisuerga.

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Restos de las antiguas tenerías, donde se curtían los cueros.

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La caseta de El Catarro, barquero mítico y popular ya fallecido. Esta es una foto antigua, pues la caseta, que aún está ahí, se ha pintado con los colores de la camiseta del Real Valladolid.

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Restos del palacio de la Ribera, a la izquierda el barco de recreo que surca las aguas del río.

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Lo que queda de las aceñas, antiguo molino que en el XIX ya estaba en desuso. Hace dos años se ha llevado a cabo un detallado estudio de estas aceñas con el ánimo de ponerlas en valor. Queda pendiente que, finalmente, quiere hacer el Ayuntamiento. 

 

NOTA: En este mismo blog hay dos artículos que tratan sobre ambos puentes: Puente Mayor, un puente de leyenda, y Los puentes Mayor y Colgante, Bienes de Interés Cultural.

VALLADOLID DE CINE: LA COQUITO

En este año 2021 se está recordando el rodaje de algunas escenas de la película El Cid en Torrelobatón, que llevó aparejada la presencia de Charlton Heston en Valladolid, y una cierta decepción por que no nos visitara Sofía Loren.

Pues bien, me parece apropiado reeditar una entrada en el blog que ya publiqué hace un par de años y que trata de Valladolid y su provincia como escenarios de cines, y especialmente de una película: La Coquito.

Por cierto, aprovecho para recomendar la lectura del magnífico libro recién editado “Arquitectura de cines en Valladolid”, firmado por Daniel Villalobos y hecho realidad con la inestimable colaboración de Sara Pérez en lo que a documentación archivística se refiere.

Según escribió en su día en El Norte de Castilla el periodista Antonio Corbillón, podemos hablar de que en Valladolid se han rodado unas 60 películas de largometraje (otra cosa son los cortos que tan de moda se han puesto en los últimos tiempos). Segovia, Ávila, Burgos y Salamanca superan considerablemente a Valladolid en el número de largometrajes.

XVII edición (año 1972) de la actual SEMINCI, cuando aún se conocía como de “valores religiosos y humanos”, y se celebraba en el mes de abril.  Fotografía del Archivo Municipal de Valladolid (AMVA).

Eso sí, hemos tenido entre ilustres directores y actores, a Orson Welles –Mr. Arkadin– y a Charlton Heston y Raf Vallone galopando por Torrelobatón durante el rodaje de El Cid (Sofía Lóren no estuvo en estas tomas).

Juan Antonio Bardem (izquierda) paseando por Valladolid con Vicente Escudero (derecha) en marzo de 1965. Fotografía de Filadelfo (AMVA).

Pero algo parece que apunta en otra dirección: si hasta ahora ha sido Hollywood el que en ocasiones se instalaba en Valladolid, Bollywood  y alguna potente cadena televisiva han recalado en nuestras plazas y pueblos no hace mucho para rodar un musical, en el caso de la industria cinematográfica india;  y una serie  (Magi) sobre un viaje a España de cuatro niños japoneses en el siglo XVI. Así,  la plaza Mayor de Valladolid, el Palacio de Santa Cruz, el Patio Herreriano, el convento de Santa Isabel,  y los municipios de Tiedra  y Urueña, han visto las andanzas de bailarines de la India y de principescas carrozas de los tiempos de Felipe II.

Esto nos lleva a saber que han sido varios los escenarios de la capital vallisoletana que se han asomado a la gran pantalla,  entre los que figuran el Puente Mayor, el Museo Patio Herreriano, la Plaza Zorrilla, etc. 

De entre todos, acaso el que más veces se ha utilizado ha sido el Museo de Escultura: Una muchacha de Valladolid, el citado Mister Arkadin, Fuego en Castilla (del singular director Val del Omar) así como diversos documentales de cierta importancia, como Y la madera se hizo carne, han llevado a la pantalla la fachada, claustro y algunas salas del Museo.

El Diario Regional y El Norte de Castilla se hicieron amplio eco de la presencia de Orson Welles en Valladolid. La imagen está tomada del libro La controversia de Valladolid, de Clemente de Pablos Miguel.

El Pasaje Gutiérrez (uno de los más bellos pasajes al estilo europeo que se conocen) ha aparecido en Memorias de Leticia Valle, Soldados de plomo e Íntimos  y extraños.

Y la Estación del Norte pone fondo a Hola ¿estás sola? y Todo menos la chica.

La Plaza Mayor y el Café del Norte decoraron Un buen día lo tiene cualquiera, Monseñor Quijote y Soldados de plomo.

Los talleres del Norte aparecieron en la que se considera primera película rodada íntegramente en Valladolid: Salida de los obreros de los talleres del ferrocarril del Norte a la hora de comer, rodada en 1904 por los hermanos Pradera, que regentaban el añorado cine Pradera en el Campo Grande.

En cuanto a la provincia,  en Torrelobatón  durante tres días del año 1961 hubo un despliegue impresionante de actores y extras: las crónicas de la época hablan de 600 figurantes, más de la mitad, gente del pueblo: por aquel paraje cabalgó El Cid. Además, en el castillo hay una sala  dedicada a recordar este rodaje en el que se exhiben carteleras que anunciaron la película en numerosos idiomas, pues se exhibió en medio mundo.

El Cid, 1961, escenas rodadas en Torrelobatón. Fotografía de Filadelfo ( AMVA).

En Teresa de Jesús (con Aurora Bautista como protagonista) aparece Medina del Campo; en Tordesillas se rodaron escenas de  Locura de Amor y El Lazarillo de Tormes;  Laguna de Duero  en Mamá es boba, y Villavaquerín con la adaptación de Las Ratas, novela de Miguel Delibes, son, entre otros municipios como Wamba, Peñafiel o Fuensaldaña, lugares que  han tenido su minuto de gloria en la gran pantalla.

Fotograma de Locura de Amor (1948) de Juan de Orduña,  algunas de cuyas escenas se rodaron en Tordesillas.

Añadamos a este somero repaso sobre rodajes de películas en Valladolid, que el director vallisoletano Iván Sáinz-Pardo convirtió el Campo Grande en una selva amazónica para rodar El último viaje del Almirante (Colón) que se proyectó en la SEMINCI. Y Arturo Dueñas tuvo como protagonista destacado el paisaje de Valladolid en su extenso documental sobre el pintor Cuadrado Lomas: Tierras construidas.

Contado todo esto, que ha sido publicado en diversos medios, vamos a detenernos en un film que apenas ha sido citado entre las películas que muestran escenas de algún enclave vallisoletano. Me refiero a La Coquito. Se trata de una película dirigida por  Pedro Masó  en 1977 (en Valladolid se estrenó en enero de 1978).  En ella hay una larga escena rodada en el Teatro Calderón,  en la que la protagonista -Iliana Ross- mostraba sus encantos interpretando a la cupletista Coquito. Iliana era una jovencísima y espectacular actriz de 17 años procedente de San Juan de Puerto Rico, cuyo nombre real  es Ileana Martínez del Valle y acabó casándose con el director de la película, con quien vivió 23 años y de cuyo matrimonio nacieron tres hijos.

Cartel promocional de la película La Coquito.

La escena en el Calderón en realidad quería pasar como si fuera el Teatro Romea de Barcelona, que es donde se supone que se desarrollaba la trama. 

El film también incluye otros escenarios vallisoletanos: el interior del Círculo de Recreo y un duelo a pistola en el Cementerio del Carmen: dos de los varios hombres con los que La Coquito tuvo relaciones, previo pago de ciertas cantidades de dinero a su madre, se retaron y la cosa acabó con padrinos y duelo a sangre, es decir que no era necesario llegar a la muerte, bastaba con que uno hiriera a otro.

Parece, pero no he podido confirmarlo, que también se hizo  alguna  toma en el Teatro Lope de Vega.

Carátula de La Coquito, cuando se  editó para ser distribuida en DVD.

El film estaba basado en una novela de Joaquín Belda (una historia sobre La Chelito –famosa vedette en su tiempo-). Pero la familia de la artista no permitió que Pedro Masó utilizara el nombre real, por lo que optó por desarrollar una historia similar pero con un nombre fingido. Como anécdota podemos decir que la primera persona en que pensó Masó fue en la entonces también joven Isabel Pantoja. La Coquitocuando cantaba en realidad lo hacía en playbak (magistral, por cierto) pues la verdadera voz la puso la cantante onubense Blanca Villa.

Ambientada en los años 20, cuando La Coquito, acompañada de su madre, la actriz Amparo Rivelles, llega a España procedente de su tierra natal, Cuba, en España había una dura pugna entre Eduardo Dato y Largo Caballero: una escena recrea una manifestación de obreros protestando por la subida del precio del pan.

Ileana solo rodó dos películas en toda su vida, pues Pedro, muy celoso, no quiso que se convirtiera en una sexy boom en aquella España del destape, y eso que incluso le propusieron el papel de una “chico Bond”.  En 1981 rodó su segunda y última película –fallida, la verdad- titulada Puente aéreo

En el film, acaso el rostro más conocido que aparece, aparte de Amparo Rivelles, sea el de Juanito  Navarro.

Otras localizaciones de esta película fueron Palencia, Cuenca, Palma de Mallorca y San Juan de Puerto Rico.

Reportaje del Diario Regional en julio de 1977.

La prensa local se hizo un eco desigual del rodaje de aquellas memorables escenas del Calderón. Mientras El Norte de Castilla se despachó el 12 de julio de 1977 con un escueto: “Se rueda una película en el Teatro Calderón con extras vallisoletanos”, El Diario Regional  publicó un amplio reportaje con varias fotografías.

Parte de la cartelería de los cines de Valladolid en el mes de enero de 1978, cuando se estrenó La Coquito.

NOTA: para documentar este reportaje, entre otras publicaciones, he utilizado la hemeroteca de El Norte de Castilla,  Diario Regional y libertaddigital.com ; “Cine en Castilla y León (1910-2010)”, de Ismael Shahín y Alberto Palacios; “Castilla y León en el Cine”, de Fernando González García; el trabajo fin de master (TFM), “Escenarios de películas. Creación de una ruta cinematográfica en la ciudad de Valladolid”, de Irene González Agüera; “Cines de Valladolid”, de Daniel Villalobos, Sara Pérez e Iván Rincón; “El cinematógrafo (1896-1919)”, de Luis Martín Arias y Pedro Sáinz Guerra; y el asesoramiento del experto cinematográfico Alfonso Jesús Población.

CRUCEROS, EN LA SOLEDAD DE LOS CAMINOS

Son infinidad las cruces de piedra que se pueden encontrar en caminos y tierras de Valladolid, especialmente en los páramos y sus estribaciones (quizá porque en ellos abunda la piedra). Y no nos referimos a las que forman parte de los Vía Crucis, ni tampoco a los humilladeros y aquellas que se erigen a las puertas de iglesias y ermitas.

No, hablamos de aquellas cruces solitarias que están en las encrucijadas de los  caminos, en el interior de un pinar (como la cruz de Tudela, en Mojados), en mitad de unas tierras de cultivo o  presidiendo las eras.

Mas, acaso sería conveniente detenernos en qué es la cruz. Una pregunta aparentemente absurda, pero hay abundantísima literatura sobre el significado de la cruz. Para resumir, siguiendo a una de las máximas autoridades sobre iconografía y simbología, Federico Revilla:”nos hallamos ante uno de los símbolos fundamentales, acaso el más rico y complejo de todos”. Representa la energía, la perfección (hablamos de la cruz, que hasta Roma, era cuadrada) que representa numerosas coincidencias con el simbolismo del número cuatro. En fin, sea como sea, la cruz está presente en las más remotas culturas, desde la cruz cretense del siglo XV antes de Cristo. Incluso en las sociedades actuales desacralizadas, la cruz representa la defensa contra un peligro o la invocación a la buena suerte.

Volviendo a los cruceros, estos representan la misma cruz, el símbolo máximo de la religión cristiana. Sin embargo no todos, ni mucho menos, han sido erigidos por los mismos motivos. Incluso algunos nadie ha sabido explicar porque fueron puestos en el lugar que ocupan. Pero lo cierto es que es difícil que en las inmediaciones de una población o en los caminos que a ellas conducen –especialmente si se trata de encrucijadas- no se encuentre una cruz.

Un buen puñado de cruces no son sino el recuerdo de una muerte súbita (el infarto que sorprendió al segador en el campo), el agradecimiento por el desenlace feliz de un rayo que no terminó con la vida de un campesino junto a su arado o con el rebaño de un pastor.

¿Tal vez la cristianización del rito pagano por el que los viajeros del pueblo de Roma,  al emprender un viaje depositaban piedras al borde del camino en honor de Hermes?, lugares donde se solían poner los santones para augurar buen viaje a los caminantes. ¿O tal vez la cristianización de lugares que transmiten cierta magia, como tradicionalmente se han considerado las encrucijadas, en las que en ocasiones se practicaban ciertos rituales?

Los celtas consideraban sagrados los cruces de los caminos, o, también lugares en los que se encontraban el demonio y las ánimas que vagaban por la noche. También tenían la costumbre de enterrar a sus muertos con piedras a las afueras de las poblaciones.

En fin, en las encrucijadas se comenzó a invocar a ciertas divinidades para protegerse de los males y la oscuridad… y una forma de hacer ofrendas era dejar piedras, que se iban convirtiendo en un montón y, acaso, aquello fue el origen de consolidar pilastras o cruceros.

En cualquier caso, los cruceros se multiplicaron a partir de la Contrarreforma. Una obsesión por imponer la presencia de la religión en todos los órdenes de la vida: no solo en el interior de los templos, en las tradiciones populares o en el interior de los hogares, sino también en la intemperie y, especialmente, en los caminos, como el llamado crucero del Pelícano en las afueras de Portillo según se va desde Valladolid, o el de Bahabón en la carretera hacia Campaspero. Sobre todo en las encrucijadas, del que es buen ejemplo la cruz del Pico de  Montemayor de Pililla, del siglo XVI.  Endefinitiva, a las entradas (o salidas según se mire) de las poblaciones.

En Quintanilla de Arriba, el que hay a las orillas del Duero recuerda una leyenda incluida un trágica muerte: el hermano Diego (en este mismo blog se relata aquel episodio). También los hay que recuerdan el agradecimiento por un buen año de mies, o para hacer una rogativa perpetua pidiendo una buena cosecha. Y los hay que se levantaron para indicar los límites territoriales de un pueblo.

Del crucero de Torrescárcela, en el valle del Valcorba, se sabe que desde antaño, por San Marcos, en abril, hasta él se iba en rogativa  para implorar buenas cosechas.

En Mojados está la cruz de Tudela  (siglo XVII), que aún se puede contemplar en todo su esplendor, la cual señala un cruce de caminos de aquella época, como es el camino antiguo a Valladolid, a través de la cañada de Santiago. Después en el siglo XX sirvió en carnavales a los mojadenses para peregrinar el Miércoles de Ceniza en procesión hasta ella y enterrar la sardina

Hay cruceros muy ilustrados, como el de Canalejas de Peñafiel que data de 1760 y que está en la plaza de la Cruz.

Algunos,  decorados con querubines, como los de Aldea de San Miguel, San Miguel del Arroyo o la llamada cruz de Pesquera, en Cogeces de Iscar (del siglo XVI)…

… O adornados con bolas, como los de Lomoviejo o Cogeces del Monte… Unos están completamente desnudos, otros representan la crucifixión de Cristo, también los hay esculpidos con tibias y calaveras… y algunos incluyen una sucinta Piedad…

Se pueden ver cruceros en Casasola de Arión, Iscar, Llano de Olmedo, Fompedraza, Puras, Bocigas, un curioso crucero de hierro en Marzales, Campaspero (quizá la población con más cruces), Alaejos…

Después de publicar el artículo, mi amigo Alejandro Hernández, de Torrelobatón, me envía esta bellísima fotografía realizada por él con el siguiente comentario: Muy antigua es la tradición de santificar los campos y las poblaciones con cruceros par ahuyentar a los malos espíritus. Se trata de la cruz de piedra en los Moscateles de Torrelobatón, yacimiento de la Edad del Cobre.

SAN PEDRO REGALADO O FIESTAS DE PRIMAVERA

SAN PEDRO REGALADO O FIESTAS DE PRIMAVERA

Las  fiestas en torno a la fecha en la que se venera a San Pedro Regalado, en realidad no han tenido tal nombre hasta el año 1950, aunque es verdad que desde tiempo inmemorial, de una manera y otra, la ciudad ha festejado a su patrón.

Desde hace siglos, por la fecha de San Pedro, el Concejo hacía alguna dádiva que honrara al patrón: ayudar al convento de San Francisco (donde ingresó de niño Pedro el de la Costanilla- o Pedro el Regalado- es decir el futuro santo); dotar a su imagen en la iglesia de Jesús de una corona de plata; ayuda para el convento de la Aguilera, donde yacen los restos de santo, etc.

También se celebraban, como es lógico, actos litúrgicos y procesiones. Y desde al menos el siglo XVIII, se ofrecía una corrida de toros que pagaba el municipio. Ya sabemos que el santo está asociado al milagro de detener a un toro que aterrorizaba a la población, aunque hay que decir que ese milagro también lo hicieron otros santos. El asunto del toro está más en la hagiografía y tradiciones que en la realidad.

Procesión de San Pedro Regalado. Foto tomada hacia 1920. Archivo Municipal de Valladolid.

El fraile Pedro Regalado ya murió en olor de santidad en marzo de 1456, pero el paroxismo que vivió Valladolid cuando fue elevado a los altares el 14 de junio de 1746 es inenarrable: la fiesta duró varios días en los que no faltaron corridas de toros, fuegos artificiales, procesiones, bandas de música, etc. etc. No era para menos para la sociedad de aquella época, pues se trataba del primer vallisoletano (y vallisoletana) que un Papa (Benedicto XIV) subía a los altares.

La religiosidad de aquella época llevó a que por aclamación popular, tras consulta en las parroquias y a los estamentos de la ciudad, se proclamara patrón de Valladolid en sustitución del Arcángel San Miguel, que hasta entonces protegía a la ciudad de los males que pudieran acecharla. Y se declaró el 13 de mayo fiesta de precepto en el territorio del obispado. Desde entonces, en torno al 13 de mayo,  a la suntuosidad de las celebraciones religiosas se unió la alegría de las funciones profanas.

Retablo de 1709 atribuido a Juan de Ávila. Preside la capilla de San Pedro de la iglesia del Salvador, donde la tradición dice que se bautizó Pedro Regalado, el hijo de María la de la Costanilla.

Lo cierto es que rastreando en el Archivo Municipal y en la hemeroteca no he localizado la celebración de Fiestas de San Pedro Regalado hasta el año 1950. Aquel año el Ayuntamiento acordó reducir el número de días de lo que hasta entonces se llamaban Fiestas de Primavera. La reducción se propuso en vistas del poco arraigo que tenía la fiesta. Y, además, se suprimía la corrida de toros, cosa que fue contestada por varios concejales, que propusieron que si había que reducir el presupuesto destinado a la fiesta que no se hiciera en detrimento de la corrida de toros, pues afirmaban que era un festejo que traía forasteros a la ciudad (y con ello, consumo, evidentemente). Y ya en esa ocasión es como las Fiestas de Primavera pasaron a llamarse Fiestas de San Pedro Regalado.

Las Fiestas de Primavera, o nombre similar, hasta 1945 se celebraban en abril, es decir, no coincidían con la onomástica de Regalado (13 de mayo), a excepción del año 1934. Es decir hablamos de unas celebraciones festivas un tanto intermitentes y como no muy bien encajadas en el calendario vallisoletano. Por ejemplo entre 1890 y 1920 no hay rastro alguno de fiestas primaverales ni santorales. Y entre 1923 y 1945 oscilaban de nombre y de meses.

Total, que hasta 1945 no encontramos unas Fiestas de Primavera (coincidiendo con la festividad de San Pedro Regalado), con su característico cartel y un abultado programa: juegos florales, concurso de arada, corridas de toros, misa en el Santuario Nacional, concurso de dulzaina, partido de futbol, teatro infantil, concurso de tiro al plato, conciertos de música sinfónica en el Teatro Calderón, misa en la iglesia del Salvador, fiesta en el Calderón en honor de las mozas labradoras, bailes populares en la Plaza Mayor, fuegos artificiales, concurso de tiro de pichón, desfile de los gigantones y cabezudos y barracas en el paseo central del Campo Grande, etc.

Y así durante cuatro años hasta que, como ya se ha comentado, en 1950 las fiestas primaverales pasaron a llamarse de San Pedro Regalado. Unas fiestas que seguramente por razones económicas pasaron a ser más modestas, tanto en el número de días como en el programa.

Carteles de las Fiestas de Primavera que se conservan en el Archivo Municipal.

Por cierto, el Tío Tragaldabas, que junto con los gigantones y cabezudos, eran (y son) un clásico de las fiestas vallisoletanas, se renovó por completo en 1948. Se montó en Valencia por una empresa experimentada en fallas, por un importe de 27.000 pesetas. Para ahorrar costes se aprovechó el mismo carruaje del viejo Tragaldabas. La misma empresa el año anterior fabricó unos nuevos gigantes y cabezudos, pues los que había hasta entonces eran  feos y de mal gusto.

NOTA. En La mirada curiosa hay también una entrada sobre este santo: Pedro el Regalado, hijo de María  de la Costanilla

ALGUNOS HÉROES VALLISOLETANOS, Y AGUERRIDAS MUJERES, QUE DESTACARON EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

El levantamiento del Dos de mayo y la Guerra de la Independencia tuvieron en toda España numerosos protagonistas en todos los niveles, además de los militares de uno y otro ejército.

Y Valladolid también puede presumir de unos cuantos protagonistas en lo que al pueblo llano se refiere.

Sin duda alguna el gran personaje vinculado a Valladolid fue Juan Martín “el Empecinado”, que terminó por hacer carrera militar y política (llegó a ser nombrado Gobernador Militar de Zamora).

Mas, entre el pueblo llano hay un puñado de protagonistas, especialmente entre la Guerrilla: Jerónimo Saornil Moraleja, Tomás Principe (por el que el mando francés ofreció una altísima recompensa para quien lo entregara vivo o muerto), etc. Un librito de Jorge Sánchez Fernández (La Guerrilla Vallisoletana) de buena noticia de estos líderes guerrilleros.

El 2 de mayo de 1808 en Madrid o La lucha con los mamelucos. Francisco de Goya, 1814. Museo del Prado.

Pero hay, también, otros cuantos nombres propios, especialmente mujeres, entre las que destacan algunas vallisoletanas. La historiadora y académica Carmen Iglesias indica que por primera vez en unos acontecimientos de la importancia que aquellos tuvieron,  mujeres del pueblo llano aparecen con nombres y apellidos, y destacan de una forma singular e importante. El recuerdo de la madrileña Manuela Malasaña y la vallisoletana Clara del Rey han llegado hasta nosotros, pero también está constatado que muchas otras mujeres mostraron su bravura y determinación, aunque simplemente fuera arrojando macetas sobre la cabeza de los franceses o ejerciendo de espías.

Y también otro vallisoletano, Tiburcio Álvarez fue un héroe de la Guerra de la Independencia.

A esas mujeres y a este héroe me voy a referir a continuación.

Una de las  más famosas  es, sin duda,  Clara del Rey Calvo, nacida en Villalón de Campos en 1761 y fallecida en Madrid el 2 de mayo de 1808. Estaba casada con Manuel González, también oriundo de Villalón,  y a principios del siglo XIX la pareja decidió irse  a Madrid en busca de una vida mejor. Tuvieron  tres hijos. Clara fue una de los héroes en la defensa del parque de artillería de Monteleón que mandaban los capitanes Daoíz y Velarde. Ella, su esposo y sus hijos se unieron a los militares y civiles que se habían hecho fuertes en el cuartel de Monteleón, aunque eran conscientes de su débil posición.  Destacó por sus arengas y la ayuda en el funcionamiento de la artillería. Allí murió, a los 47 años,  por la metralla de una bala de cañón. En el mismo episodio al parecer murieron su esposo y uno de sus hijos. Fue enterrada en el cementerio de la iglesia de la Buena Dicha y una placa en la fachada del templo la rinde homenaje. Una calle de Madrid y una lápida en los jardines de Mario Benedetti, así como un Instituto y una urbanización de Villalón de Campos,  recuerdan su memoria.

Diversos expertos indican que la mujer que aparece muerta en algunos cuadros, como el que pintó Joaquín Sorolla en 1884,  y el grupo escultórico “A los héroes del dos de mayo” de Aniceto Marinas, erigido en la plaza de España de Madrid,  se corresponden con Clara del Rey.

La huella que dejó Clara del Rey ha llegado también a la literatura. Arturo Pérez Reverte en su libro “Un día de cólera”, escribe: “Cae poco después, junto al cañón que atiende con su marido y sus hijos, la vecina del barrio Clara del Rey, alcanzada por un cascote de metralla que le destroza la frente”.

Otra mujer fue Catalina Martín. Nació en Medina de Rioseco y falleció el 2 de agosto de 1810 por disparos de bala durante la defensa del puerto de Miravete, en Cáceres, donde entonces residía, por lo que en Extremadura también la consideran de los suyos. Tras la batalla de Moclín que se libró en las inmediaciones de Rioseco el 14 de julio de 1808, las tropas francesas entraron a saco en la ciudad. Aquel sangriento episodio empujó a Catalina a empuñar las armas y se unió a la guerrilla junto a un tío suyo, el famoso guerrillero Toribio Bustamante. Catalina alcanzó el grado de alférez de caballería, con paga reconocida incluido, por una destacada acción bélica en Valverde de Leganés en febrero de 1810.

Monumento erigido en Medina de Rioseco  en recuerdo de la batalla Moclín.  Lleva la firma del escultor riosecano Aurelio Carretero.

Hay en Valladolid otras dos resistentes de las que se conocen detalles de su vida. Se trata de Rosa Barreda “la Rosita”, que espió en favor de la causa guerrillera gracias a sus relaciones de amante con el poderoso general francés Kellerman, autoridad militar de los gabachos en tierras vallisoletanas. Y de Nicolasa Centeno, “la Nicolasa”,  que también gracias a sus amoríos con el general francés Dufresse, gobernador de Valladolid, espió para los intereses españoles entre los años 1809 y 1812.

Una placa en el jardincillo de la fachada del Palacio Real las recuerda a ambas. Gracias a ellas, entre otras cosas, se conoció con antelación el movimiento y aprovisionamiento de las tropas francesas, lo que favoreció la actuación guerrillera.

El escritor Narciso Alonso Cortés en su día dio noticias de las hermanas Ubón (Claudia, María y Antonia), que destacaron por sus servicios a la Nación durante la guerra. En 1814, las Cortes les agradecieron sus servicios en beneficio y alivio de soldados prisioneros, y les concedieron una asignación económica de por vida.

Tiburcio Álvarez Maroto nació y se crio en Villafrades de Campos en 1785. De joven anduvo con varias partidas guerrilleras.

Recuerdo de Tiburcio en Villafrades de Campos.

En 1809 se alista en un escuadrón de caballería de Húsares de León (donde alcanzó los galones de cabo) y pasa a formar parte de la guarnición militar de Astorga. Astorga sufrió numerosos y durísimos ataques por parte del ejército francés a partir del otoño de 1809. En aquella batalla, Tiburcio sobresalió por su arrojo, pues al mando de un puñado de jinetes logró salvar la vida de cuarenta soldados completamente rodeados por los franceses y, además, dio muerte al comandante francés. Meses más tardes sostuvo con gran heroísmo la posición española en una brecha de la muralla astorgana que estaba completamente desbordada por la artillería y el empuje francés.

Monumento en la plaza Mayor de Astorga en el que figura el nombre de Tiburcio Álvarez. No obstante el verdadero apellido de Tiburcio no era ese, sino Fernández, según me ha hecho saber un lector cuyo comentario reproduzco al final del artículo.

En abril de 1810 acabó fusilado por los franceses al negarse a asumir la capitulación de Astorga, y atacó con su sable al general francés que mandaba la tropa gabacha. Fue pasado por las armas y enterrado a las afueras de la población. Una vez recuperada Astorga por los españoles, sus restos se sacaron de la tierra y fueron depositados en una iglesia de la población. Finalmente, en 1912 fueron depositados con todos los honores en la catedral astorgana. Hace unos pocos años también pusieron su nombre a una calle.

En 2005 los ayuntamientos de Villafrades y Astorga le homenajearon y se puso su nombre a una calle de Astorga.

Las Cortes de Cádiz hicieron una mención especial a Tiburcio, y su nombre pasó a formar parte de la lista de los soldados que sobresalieron en la Guerra de la Independencia. 

Interesantísimo comentario que me ha remitido un lector (Rafael Gómez) sobre Tiburcio y que lo reproduzco tal cual:

Hola Jesús. Una pequeña puntualización respecto del Húsar Tiburcio que mencionas en este artículo.
El general José María Santocildes, gobernador en plaza y quien en sus partes diarios ensalzara constantemente el valor del Húsar, al redactar el acta de su muerte le atribuye de forma incorrecta el apellido Álvarez. Esto hizo que todos los que escribieron acerca de este personaje, incurrieran en el mismo error, incluso el Ayuntamiento de Astorga cuando alza el monumento conmemorativo a los héroes del asedio. Este error quedará subsanado en 1912 cuando los restos del Húsar se trasladaron desde la iglesia castrense de San Miguel a la Catedral. El Ayuntamiento de Astorga al no encontrarlo en las listas oficiales de la guarnición solicita al Ayuntamiento de Villafrades y al cura párroco que le faciliten su nombre correcto, y así figura en la placa que cubre el nicho donde está actualmente sepultado junto a los restos de general Santocildes: Tiburcio Fernández Maroto. Simplemente para que quede constancia y que este personaje histórico sea recordado con sus apellidos correctos. Un cordial saludo.

PASEO POR ALGUNAS ESCONDIDAS ESCULTURAS

Desconozco cuando comenzaría la costumbre de instalar esculturas en los espacios públicos.  Probablemente cuando se empezó a urbanizar paseos, jardines y alamedas públicos allá por el siglo XVII. Quizá en ese momento el disfrute de esculturas dejaría de ser un lujo exclusivo de los nobles y burgueses en sus palacios y jardines: el palacio de la Ribera que se construyó en tiempos de Felipe III en lo que ahora es el barrio de Huerta del Rey, era notorio por sus esculturas.

Según  el historiador Javier Burrieza, el primer jardín o paseo público de España fue la Alameda de Hércules en Sevilla. De cómo era aquel jardín construido en 1574, el colegio de los ingleses San Albano, de Valladolid, conserva un cuadro de autor desconocido fechado en el primer tercio del siglo XVII. En él se representan una bella fuente y las estatuas de Hércules y Julio César. En Murcia también presumen del primer jardín público, el de Floridablanca, pero se remonta a 1634.

Lo cierto es que la segunda mitad del siglo XIX fue prolija en la erección de monumentos y esculturas. Que, además, tenían una función didáctica, tal como escribe José Luis Cano de Gardoqui García en su libro “Escultura pública en la ciudad de Valladolid”.

Sobre esto mismo escribió el insigne Juan Agapito y Revilla, que advirtió sobre  la necesidad de que el mobiliario urbano fuera bello.

Tenemos documentación sobre las que acaso sean las primeras esculturas que se instalaron en la vía pública y de las hablo en mi  libro “Fuentes de vecindad en Valladolid”. Una de ellas fue la que adornó la Fuente Dorada en el siglo XVIII. La fuente tenía un florero, unos delfines y una estatua representando la primavera. En la foto, una representación idealizada de cómo sería aquella fuente. El fotomontaje lo ha realizado el diseñador gráfico Alberto García.

Entre 1829 y 1835 se construyeron tres fuentes en el salón central del Campo Grande que tuvieron variados adornos: una estatua de Mercurio, una imagen de Neptuno y una representación de Venus (que parece que mostraba los pechos) que se mandó retirar por quejas de la opinión pública al mostrar su desnudez. Las estatuas se movieron de lugar. Es el caso que ya solo se conserva la de Neptuno casi escondida en una isleta del Campo Grande, tal como se aprecia en la fotografía.

Respecto al puritanismo de aquellos tiempos, también es notable el debate que en 1864 hubo en el Ayuntamiento cuando se estaba concluyendo la fuente que hubo en la explanada de San Benito, conocida como fuente del Cisne, que luego se trasladó a la pérgola del Campo Grande. El grupo escultórico formado por ninfas y cisnes se iba a rematar en color “carne”, pero aquello podía ser impúdico porque remarcaba la desnudez de las ninfas, así que se mandó que se pintaran de verde.

Pero si de puritanismo hablamos, también muy curioso fue lo que ocurrió con la estatua que se instaló en la Fuente Dorada en 1950. Una escultura que seguramente sería del siglo XIX y que estaba en el palacio de Villena. Solo duró tres años pues a su indefinición de que personaje se trataba: un dios Hermes o un dios inca, la estatua (de bronce) ofrecía un perfil que parecía que el personaje se estaba sujetando el falo. Total, que en aquellos tiempos de postguerra y acendrado puritanismo, hicieron que el Ayuntamiento la retirara. Inmediatamente después se la llevó para su pueblo el alcalde de Tamariz de Campos, donde sigue instalada.

Contadas todas estas curiosidades, propongo que nos demos un paseo por algunas esculturas que están ubicadas en discretos y escondidos lugares o que por su carácter más bien decorativo no se valora el carácter artístico y de autor que tienen. No pretendo presentar un inventario detallado, sino un propongo más bien un juego de ir “descubriendo” algunas de ellas.

Ya hemos hablado del dios Neptuno, pero si está escondida qué decir de esta, titulada Torso, semi oculta en un jardincillo del Instituto Zorrilla. Su autor fue profesor del Instituto: José Luis Núñez Solé.

En el acceso al aparcamiento del paseo Isabel la Católica han enjaulado esta escultura titulada Máscara, y realizada en 2002 por Pepe Blanco y Paco Roldán (José Alberto Blanco Parra y Francisco Roldán Arnal).

También en el paseo de Isabel la Católica, pero detrás del Archivo Municipal (iglesia de san Agustín), está instalada desde 2004  esta escultura de Jorge Oteiza titulada “Macla de dos cuboides abiertos”. Y otra obra hay, bastante apartada de la vista del público, en el jardincillo de la Fundación Segundo y Santiago Montes, en el número 9 de la calle Núñez de Arce. Titulada “Odiseo”, la donó el escultor a la Fundación en 2003 como prueba de la amistad que le unía con Santiago Montes.

Si nos vamos al  parque que hay detrás de las Cortes de Castilla y León, justo también detrás de la antigua Granja Escuela, hay una gran fuente de la que emerge la escultura de Fernando Guijar, cuyo carácter escultórico pasa un tanto desapercibido al parecer un adorno y no un trabajo de autor. Este escultor nació en Medina del Campo y ha realizado numerosas exposiciones en las más prestigiosas galerías de arte de Madrid (donde reside) y de otras localidades, como Valladolid.

Y sin movernos mucho del lugar, en la ladera de Parquesol que arranca en el Monasterio de Nuestra Señora de Prado, esta obra de acero cortén, “Subespacio triangular II”  es del arquitecto y escultor Primitivo González.

Si seguimos en Parquesol, justo delante del Centro Cívico sito en la calle Eusebio González, lo que parece una estructura de hierro puramente decorativa es, sin embargo, una obra de Felipe Montes Balsa titulada “Dolmendemon”, de 1994. Montes es profesor de la Universidad de Valladolid.

Seguro que pasa desapercibida esta “Vírgen de la Candelaria” que en realidad está a la vista de todos. Está instalada en la fachada del Colegio San Agustín en 1961. Su autor es el valenciano Vicente Rodilla Zanón.

Y si seguimos con fachadas, en 1982 se instaló en el edificio de Usos Múltiples de Huerta del Rey esta creación de Miguel Escalona que seguramente a la mayoría de las personas les parecerá un mero detalle decorativo. Escalona, vallisoletano, tiene, entre otras obras, tiene el grupo escultórico titulado “Mesta” al inicio de la calle Cañada Real.

Más que discreta, la ubicación de esta escultura de Feliciano Álvarez, que tiene numerosa obra en Valladolid y otras poblaciones como Barcelona o Palencia, podríamos decir que se hace prácticamente invisible, instalada en un jardincillo de la calle Doce de Octubre.

Y más escondida imposible es esta gran pieza elaborada en hierro titulada “Códice 4”. Se instaló en 1985 detrás de la Facultad de Ciencias Económicas del Paseo del Cauce. Su autor es Vicente Larrea Gayarre. Este escultor bilbaíno probablemente será de los artistas  que más escultura pública tiene en España.

En la entrada del edificio sito en la Plaza Madrid, de los antiguos sindicatos verticales (ahora ocupado por CC.OO. y la CVE), hay unos bajo relieves de Antonio Vaquero Agudo, que además de importante escultor fue profesor y director de la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid.

Francisco López Hernández, madrileño que se formó con el maestro pintor y escultor Antonio López García y que tiene obra en importantes museos españoles y extranjeros, firma estos discretos relieves en la puerta de entrada del edificio de los Juzgados de la calle Angustias, del arquitecto Primitivo González.

En fin, como muestra ya está bien este paseo que nos hemos dado por las calles de Valladolid buscando arte “escondido”… y quedarían obras más que suficientes para darnos otra caminata por la ciudad.

CENTENARIOS COMUNEROS

Estamos de centenario, el V, de la batalla de Villalar. Un aniversario, como en general todo lo que tiene que ver con la Guerra de las Comunidades,  que se ha quedado reducido al ámbito de Castilla y León, cuando en aquel importante avatar histórico participaron comunidades de buena parte del reino de norte a sur.

En cualquier caso, los fastos de este V centenario se han quedado muy lejos de lo que prometieron hace un par de años las autoridades de Castilla y León, Madrid y Castilla-La Mancha. Lo que tenía que haber sido el V Centenario de la Guerra de las Comunidades (que es bastante más que la batalla de Villalar) se ha quedado prácticamente reducido al recuerdo de aquella derrota comunera y en el estricto ámbito castellano leonés (y en León con sordina).

Pero no es esto de lo que este artículo quiere tratar. Sino que vamos a recordar cómo fueron los centenarios anteriores.

Lo cierto es que tras la derrota de Villalar en abril de 1521 y la conquista de Toledo por las tropas realistas en febrero de 1522, la Guerra de las Comunidades entró en un absoluto olvido.

Hay que esperar a 1821, es decir tres siglos después, para que vuelva a la historia aquella guerra entre comuneros y realistas. Algunos años antes se comenzaron a publicar algunas creaciones literarias con los comuneros como protagonistas: Manuel José Quintana compuso en 1797 la Oda a Juan de Padilla. Por cierto, fue prohibida por la Inquisición en 1805.

Pero, sin duda, el gran animador del III Centenario fue Juan Martín Díaz, el Empecinado. En 1821 era gobernador militar de Zamora y llamó  a todas las ciudades que respaldaron el levantamiento contra los caprichos de Carlos I a recuperar el espíritu comunero, y el mismo Martín Díaz encabezó una comitiva que se desplazó a Villalar para localizar los restos de los tres comuneros decapitados. Omito todos los detalles que en su excelente libro aporta Enrique Berzal de la Rosa (Los comuneros. De la realidad al mito), para resumir aquella expedición que se organizó en  torno al rollo que aún existía en Villalar. En sus inmediaciones se localizaron dos enterramientos. Uno con dos cuerpos sin cabeza y otro con un cráneo. Total, que los médicos y notario que formaban parte de la comitiva, decidieron, a partir del estudio de los huesos y algunos detalles circunstanciales,  que aquellos eran los restos de Padilla, Bravo y Maldonado.

Retrato copia de un original de Goya de 1809. Juan Martín Díaz (Castrillo de Duero 1775-Roa de Duero 1825). Copia de Martínez Cubells (1881) depositatada en el Museo del Prado.

Recogieron los huesos, y junto con la punta de una espada, trozos de una escarpia y lanza que hallaron en la picota y un puñal que se encontró en el campo de la batalla,  los guardaron en una urna que se depositó en la parroquia de San Juan Bautista, de Villalar.

Foto es la representación teatral de “Delaciones sobre la degollación de Villalar” de la compañía Corral de Comedias. Estrenada en 1971. Autor Santiago José Sáiz. Entre los actores estaban Juan Antonio Quintana, Fernando Urdiales, Juan Antonio Miralles “Licas”, Carlos Toquero Sandoval, Eduardo Usillos, Eduardo Gijón, Juan Pérez, Adela Moriñigo, Agustín Poveda, Mariano García… Imagen y texto tomados del blog “Los persas teatro”.

Los comuneros comienzan a convertirse en un referente mitificado de la lucha por la libertad y contra la tiranía en España.

En noviembre del año siguiente (es diceir, 1822), el nuevo gobernador militar de Zamora mandó llevar la urna con los supuestos restos de los capitanes comuneros a la capilla de San Pablo de la Catedral de Zamora.

Tras el derrocamiento del trienio liberal en febrero de 1823, provocado por el taimado Fernando VII que abrió la frontera a la penetración de un ejército francés conocido los Cien mil hijos de San Luis, una turba desordenada favorable al monarca absolutista, tomó la urna de la catedral de Zamora, la quemó y arrojaron sus cenizas al Duero.

Mas, era bastante incierto que tales huesos fueran los de los comuneros. El caso es que se ha perdido todo rastro de los mismos. Si partimos de que no eran los restos auténticos, lo más probable es que tras la degollación los de Bravo fueran llevados a Segovia y los de Maldonado a Salamanca. Hay constancia de sendas lápidas, pero diversos avatares han conducido a que los restos de ambos estén en paradero desconocido. Supuestamente los restos de Bravo se exhumaron de la catedral y se llevaron a la iglesia de Muñoveros (Segovia). Una placa en la iglesia así lo dice, aunque nunca se ha llegado a confirmar.

Restos de la pirámide que coronaba el rollo de Villalar de los Comuneros. Es propiedad del Museo de Valladolid pero está depositado en el Ayuntamiento de la localidad. La tradición dice que a los pies del rollo fueron ajusticiados los tres dirigentes comuneros y que en sus escarpias colgaron sus cabezas.

El cuerpo de Padilla no  le fue entregado a su esposa,  María de Pacheco, para evitar que los llevara a Toledo, donde aún resistía la conocida como  Leona de Castilla, para evitar convertirle en un mártir. Es el caso que la leyenda dice que se enterraron en el Monasterio Jerónimo de la Mejorada, en Olmedo, y que sus huesos también terminaron por desaparecer.

Añadamos que también se han extraviado los restos de María Pacheco, que estaban enterrados en la catedral de Oporto, donde estaba exiliada tras la pérdida de Toledo.

Cuadro pintado por Vicente Borrás y Mompó en 1881 titulado “Doña María Pacheco después de Villalar”. Se conserva en el Museo del Prado.

A largo del XIX se fue construyendo el mito de los comuneros, convertidos en emblema de libertad por los liberales, y denostado por los conservadores, que los acusaban de haber contribuido a dividir España. Es el caso que pasaron a formar parte de los personajes y hechos que contribuían a forjar una imagen de España que se estaba formando como Nación. También el Romanticismo encontró en los comuneros abundante munición para la prosa y la lírica, y épicas estampas para los pintores historicistas.

Lo cierto es  que hasta hace escasas décadas no se han comenzado a publicar trabajos solventes que colocan la Guerra de las Comunidades y a sus dirigentes, en la dimensión y contesto más correctos.

Monolito de Villalar, erigido  “A la memoria de doña María Pacheco, Padilla, Bravo y Maldonado. L. P. F. Este obelisco se hizo por cuenta del ayuntamiento siendo alcalde don Fermín Vidal. Año de 1889.”

Curioso es, también, el IV Centenario. Aquel 1921 ya se celebró  con mayor calor y entusiasmo institucional.

El Norte de Castilla hizo un importantísimo despliegue, dedicando al centenario varias primeras páginas y largos y numerosos artículos y reseñas. Hasta el punto que en una editorial llegó a escribir: “Por muchos centenarios que se celebren en España, ninguno ha de conmemorar un hecho de tanta trascendencia como la batalla de Villalar.” Además invitaba a visitar Villalar y los lugares comuneros de la provincia.

Portada de El Norte de Castilla del día 24 de abril de 1921.

Los alumnos de la Facultad de Historia encargaron una lápida que el 23 de abril  se fijó en la pared del claustro de la Universidad inmediato al salón de lectura y biblioteca, con el siguiente texto grabado en letras moradas: “Para honra eterna de los Comuneros de Castilla en su IV centenario. Los alumnos de la Facultad de Historia elevan esta lápida. 23.IV-1921”.

A continuación hablaron diversas autoridades universitarias, rector incluido y representantes de diversas instituciones, como Alonso Cortés, a la sazón director del Instituto Zorrilla.

La placa está en paradero desconocido. Un hipótesis es que en las importantes reformas posteriores que se acometieron en el edificio a partir de 1940, ninguna autoridad académica puso interés en conservarla, habida cuenta de que el franquismo no era precisamente muy simpatizante del movimiento comunero, que había sido una referencia para los republicanos y el regionalismo castellano.

Otras iniciativas de aquel centenario fue añadir “de los Comuneros” al nombre del municipio de Villalar, acuerdo que se tomó en Consejo de Ministros.

Mas, otra propuesta quedó frustrada: la erección de un grandioso monumento que habría de hacer el prestigioso escultor palentino Victorio Macho. Pero la tenía que pagar el Ministerio de Hacienda y el coste de 500.000 pesetas le pareció demasiado elevado. Así que el monumento quedó sin hacerse.

Monumento conmemorativo de la Batalla de Villalar, en la carretera a Marzales, sobre el arroyo de los Molinos. El paraje está declarado Bien de Interés Cultural-Sitio Histórico, desde 1996.