HASTA DESPUÉS DE LAS FERIAS DE SEPTIEMBRE

Amigas y amigos lectores, VALLADOLID LA MIRADA CURIOSA volverá después de la Feria y Fiestas de Valladolid. Solo un par de consejillos: uno, el tórrido verano, para aquellos lectores de regiones cálidas, es muy apropiado para visitar museos, suelen ser lugares fresquitos; y, otro también es bueno para que leáis El patrimonio del Concejo, ese libro que salió hace unas semanas… os puede dar ideas para visitar algún pueblo de Valladolid, además de disfrutar de una amena lectura.

Anuncios

LOS ÚLTIMOS PAGANOS: VILLA ROMANA DE ALMENARA-PURAS

Vamos a visitar un museo y yacimiento arqueológico de gran interés, sito en el término municipal de Almenara.

Las villas eran grandes haciendas que acaudalados romanos dedicaban a la explotación agrícola y ganadera. Las villas cercanas a las grandes poblaciones romanas solo eran habitadas por sus propietarios durante unos meses al año. No parece el caso de esta villa vallisoletana ni, en general, de las que existieron en Valladolid, que fueron unas cuantas. Es decir, que lo más probable es que sus propietarios las habitaran todo el año.

Tanto en la provincia como la capital se documentan un buen puñado de villas, además de haberse detectado numerosos restos romanos diseminados por el territorio, que se datan en diversos siglos de la existencia del Imperio Romano.

Algunos  historiadores y cronistas  atribuyen Valladolid a un origen romano: un asentamiento llamado Pincia (o Pintia). Otros investigadores hablan del nombre de Pisoraca (Pisuerga). Lo cierto es que en el subsuelo de la ciudad se han ido encontrando numerosos hallazgos de época romana: pavimentos y mosaicos, cerámicas, enterramientos, numismática, esculturas, inscripciones, etc. Además, restos y trazados reconocibles de diversas villas: en el Cabildo, en el pago de Argales, en Villa de Prado… De estas construcciones romanas nos quedamos con la de Villa de Prado, datada en el siglo IV d.C. Está entre la antigua Granja Escuela José Antonio y el nuevo Estadio José Zorrilla. De esta villa hay documentación y restos perfectamente reconocibles, algunos de los cuales se muestran en el Museo de Valladolid.

No hace mucho quedó al descubierto un hipocaustum (una gloria) en las inmediaciones de la Antigua. Lo que nos habla de un asentamiento romano en la ciudad.

Pero hay otras cuantas referencias romanas de cierta importancia histórica en la provincia: Montealegre (Tela), Tiedra (Amallobriga), Simancas (Septimancas), etc. A estas hay que añadir Becilla de Valderaduey, que conserva parte de una calzada y un puentecillo.

Hay datos o restos de sentamientos en Torozos, en la cuenca del Pisuerga, en Tierra de Campos… En fin, una pródiga relación que desborda por completo los límites de este artículo. En cualquier caso, es muy recomendable la visita al Museo de Valladolid para conocer la presencia romana en Valladolid.

De todos estos importantes yacimientos, nos vamos a detener en la villa de la Calzadilla sito en el término de Almenara.

De esta villa, datada en el sigo IV-V, hay noticias desde 1887, cuando un campesino dio noticias del hallazgo de un gran mosaico del Bajo Imperio. De hecho, parece que esta villa fue la primera de las descubiertas en Valladolid. En el año 1942 comenzaron unas excavaciones por parte de la Universidad de Valladolid que confirmó la importancia de esta villa. Y en el año 2003 abrió sus puertas al público el Museo de las Villas Romanas bajo el impulso de la Diputación de Valladolid.

Imagen tomada de la página oficial de Turismo de la Diputación Provincial

Destaca  Almenara por sus azulejos, alguno de los cuales está en el Museo de Valladolid, pero in situ hay unos cuantos de gran belleza y perfección, como por ejemplo el de Pegaso o el de los Peces.

Una larga pasarela que sobrevuela sobre los restos arqueológicos facilita la observación de las dependencias, perfectamente reconocibles.

A esta extensa pieza principal se ha añadido una reconstrucción de determinados ambientes romanos y una villa con todos los elementos que caracterizaban estas mansiones campesinas.

Antes de entrar al yacimiento, diversos objetos de época o sus reproducciones, así como amenos y concisos paneles explicativos, preparan adecuadamente la visita a la pieza original, lo que permite su mayor disfrute y configuran un complejo museístico que abarca al mundo romano de la provincia, de ahí el nombre de Museo de la Villas Romanas…

Pero no me resisto a detenerme aunque sea someramente en lo que nos cuenta el libro Los últimos paganos, un relato del antropólogo vallisoletano Luis Díaz Viana (su segundo apellido en realidad es Gongález). Se trata de algo más que una novela pues ambientada en la villa de Almenara, mezcla ficción con hechos históricos reales.

Portada del libro de Luis Díaz Viana

Vayamos al relato. En estas villas, conocidas como “pagos”, vivían pacíficamente los campesinos  romanos (fueran propietarios o siervos), alejados de las intrigas de la metrópoli (en este caso Constantinopla, pues estamos hablando de la época del Imperio Bizantino) y en armónica convivencia con sus dioses. Esos seres que, aun estando en el Olimpo, eran asequibles y prácticos: uno se dedicaba a favorecer las cosechas, otro a proteger los ganados…  Había un dios o diosa para cada asunto. La gente veía a sus dioses como seres cercanos que les ayudaba en caso de necesidad. Con ellos, los  humanos conseguían ordenar su vida e interpretar lo desconocido, que era mucho en aquella época. Eran útiles para conectar con el más allá y les protegían de los males que pudieran acechar.

Más, algo ocurrió en Constantinopla: la conversión de Constantino y su madre Helena al cristianismo. No fue, como en general todas las conversiones, sino una decisión de conveniencia política y económica… Y claro, convertido el emperador y su corte,  el resto de los romanos tenían que seguirle  y despedir a los viejos dioses. El monoteísmo expulsaba al politeísmo. Como el imperio era muy extenso y no todo el mundo “comulgaba” con aquel cambio, sobre todo porque se llevaban muy bien con sus dioses de toda la vida, desde Constantinopla se facilitó que los infieles al nuevo dios, que normalmente eran los súbditos situados en los confines del imperio, comenzaran a ser acosados por los llamados bárbaros cristianizados. De tal manera que numerosas partidas de jinetes hostigaban a los últimos paganos (es decir, a los que vivían en los pagos) para que adoptaran por la fuerza al dios de los cristianos, además de dedicarse a arrebatarles sus propiedades.

Pues bien, conocida esta historia, acaso el visitante pueda hacerse una idea más interesante y curiosa cuando se acerque a recorrer esta  villa romana,  en medio de la planicie de las Tierras de Pinares.

Horario de visita: octubre a marzo: de jueves a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:00 a 18:00. Abril a septiembre: martes a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:30 a 20:00

EL FERROCARRIL Y LAS ESTACIONES

El ferrocarril ha desempeñado un papel fundamental en la historia de  Valladolid y su provincia. De hecho, la llegada del ferrocarril a la ciudad en 1860 supuso un antes y un después para la vida y la economía vallisoletana.

También para algunos  municipios de la provincia, como es el caso de Medina del Campo, que se convirtió en un centro neurálgico de las comunicaciones ferroviarias, y en diversos pueblos, que vieron como la construcción de una estación supuso un avance importantísimo. Si a ello añadimos sendos talleres de reparaciones en Valladolid y Medina del Campo, que llegaron a tener incluso escuela propia de aprendices, acabamos de entender cuanto bienestar aportó el ferrocarril a Valladolid.

Pero no vamos a meternos en la harina de la historia, sino a darnos un paseo por algunas estaciones y lugares relacionados con el ferrocarril.

El ferrocarril supuso un enorme avance para las comunicaciones y para el desplazamiento de viajeros. El ferrocarril tenía una enorme capacidad de arrastre de mercancías, así como una comodidad para los pasajeros, hasta entonces baqueteados en largos e incómodos desplazamientos en diligencia. Y hasta que el vehículo no se popularizó muy avanzado el siglo XX, el ferrocarril (también el coche de línea) fue la manera de desplazarse por la península e incluso al extranjero.

Tras la Guerra Civil, el gobierno nacionalizó el ferrocarril creando la empresa RENFE (Red Nacional de Ferrocarriles Españoles), pues desde el principio las líneas del tren las habían puesto en marcha  empresas privadas, que conseguían del Estado las concesiones correspondientes.

El primer tren que llegó a Valladolid fue el 8 de julio de 1860. Venía de Burgos y a esa ciudad se volvió después de pasearse varias veces por el Arco de Ladrillo. Todavía no estaba construido el tramo Madrid-Valladolid de la línea ferroviaria Madrid- Hendaya que estaba construyendo la concesionaria de ese tendido ferroviario: Ferrocarriles del Norte. Sorprendió a la muchedumbre que salió a recibir el tren, el que vinera con 56 vagones. Vagones cargados de traviesas, railes, clavos y carbón para los obras del citado tramos Valladolid-Madrid. La potente máquina de vapor, a la que habían bautizado con el nombre de “Valladolid”, estaba construida en Francia por la empresa Grafenstaden y Schneider. Se trataba de una locomotora muy parecida a la que aparece en la fotografía.

Fotografícas del Archivo Municipal de Valladolid

La primera estación de Valladolid estuvo al pie del Arco de Ladrillo, hasta que en 1895 entró en servicio la que ahora conocemos: Estación Campo Grande.

La necesidad de un sitio para que la población de Valladolid se expansionase, de manera especial la clase trabajadora, animó al Ayuntamiento del año 1900 a realizar gestiones para que la Compañía de los Ferrocarriles del Norte construyera un apeadero en el Pinar de Antequera; poco más tarde se levantó una pequeña estación que sin contemplaciones ni sensibilidad por la historia vallisoletana, se derribó en 2008 bajo el pretexto de las obras de soterramiento del tendido ferroviario a su paso por el Pinar. Se trataba de una típica estación  de ladrillo que en su interior ofrecía una interesante estructura y escalera de hierro. Un lugar donde facilitar que la gente pudiera llegar al Pinar y “saturar los pulmones dando vida y energía”, según se escribió en las crónicas periodísticas de principios del siglo XX.

Unos pocos años antes de la estación de El Pinar, exactamente en 1885, se había construido la de La Esperanza, en el tránsito del Arco de Ladrillo a la Farola. Se trata de la línea Valladolid-Ariza, que servía para dar salida a los trigos, y otras mercancías y pasajeros hacia el corredor del Ebro. La línea la construyó y explotó la compañía MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante). Aunque pueda desanimar visitar ahora esta vieja estación,  habida cuenta de lo apartado que está, se puede respirar todavía su ambiente ferroviario. En las imágenes se ven el reloj, muy característico de todas las estaciones de tren, y junto a la estación construcciones de la Azucarera Santa Victoria. La línea fue cerrada al tráfico de viajeros en 1985 y a mercancías en 1994. No obstante en las inmediaciones de Valladolid sigue prestando servicio a la fábrica RENAULT.

La Esperanza ofrece un conjunto de típicos edificios ferroviarios compuesto por almacenes y edificio de pasajeros. El edificio principal  es de  fachada de mampostería y tradicional reloj de estación. En este edificio  tiene su sede ASVAFER, una asociación de amigos del ferrocarril que trata de conservar la memoria y la historia de este trascendental medio de locomoción, así como fomentar su utilización.  A la derecha de la fotografía se ven los edificios de la antigua Azucarera Santa Victoria.

Fotografía del AMVA

Este paseo un tanto melancólico nos lleva a  hablar de la estación de la plaza de San Bartolomé, en el barrio de la Victoria. Era el punto de partida del tren económico a Medina de Rioseco,  o más popularmente conocido como tren burra (por la lentitud de su marcha). Comenzó a prestar servicio en 1884 y la línea se cerró en 1969. Su puesta en marcha requirió la compra de 5 locomotoras Sharp-Stewart que se fabricaron en Manchester. La línea ferroviaria la explotaba la Compañía de Ferrocarriles Castilla y Española de Ferrocarriles Secundarios.  Una de estas pequeñas máquinas de vapor se puede ver en la citada plaza rindiendo homenaje a tan entrañable e histórica línea ferroviaria. También en Medina de Rioseco hay otra locomotora  en uno de los jardines que bordean la carretera de León. 

Ambas imágenes son del AMVA

Hubo otra estación en el corazón de Valladolid. Donde ahora presta servicio la Estación de Autobuses antes estaba la estación Campo de Béjar, que daba servicio a la línea ferroviaria llamada tren burra. Las unidades, más bien pequeñas, entraban desde la Plaza de San Bartolomé por el Puente Mayor, el paseo de Isabel la Católica  y el Paseo de Zorrilla, hasta esta estación inmediata al Arco de Ladrillo. En una de las imágenes se ve cuando se comenzó a derribar el edificio de Campo de Béjar en la década de 1970;  en otra, unos curiosos posan junto a la máquina del tren frente a la Academia de Caballería pues había descarrilado y tuvo que permanecer parada unas cuantas horas; y por último, el tren a su paso por Isabel la Católica: un operario iba en el morro de la locomotora avisando de la presencia del trenecillo.

Foto del AMVA

La estación de Medina del Campo entró en servicio en septiembre de 1860 una vez que las obras del tendido hacia Madrid, desde Valladolid, llegaron a la villa. La estructura de la estación  es casi idéntica a la de Valladolid, incluso en la marquesina de los andenes. La estación se inauguró en 1902. Medina del Campo siguió creciendo en importancia ferroviaria cuando entraron en servicio nuevas líneas que comunicaban con Zamora y Segovia.

NOTA: Hay varios libros muy recomendables que tratan detalladamente de algunas de las cosas que en este artículo se comentan: El ferrocarril en la ciudad de Valladolid (1858-2018), de Pedro Pintado Quintana; y de este mismo autor, El ferrocarril Valladolid-Ariza. Godofredo Garabigo Gregorio escribió el libro El ferrocarril de Valladolid a Medina de Rioseco, tren burra.

SIMANCAS, TESTIGO DE UNA LEGENDARIA BATALLA

A los pies de Simancas, y atravesando el último puente medieval de su recorrido, el Pisuerga corre a rendir sus aguas en el Duero.

Es este, por tanto, el último lugar en el que aún se puede disfrutar de los paisajes que ha ido labrando el caudaloso río desde que nació en las montañas Palentinas.

Partiremos desde el otro lado del puente medieval, cuya fábrica actual se remonta al siglo XIII, y al que se le atribuye un primer origen romano. Desde aquí apreciamos una panorámica general del caserío,  que creció trepando las laderas que caen sobre el río. El paso sobre el puente nos permite apreciar el punto en el que el Pisuerga ya ha adquirido su máximo caudal escasos metros antes de desembocar en el Duero.

Nos encaramos hacia Simancas por un murete de piedra que se ve perfectamente desde el puente y que nos conduce hacia uno de los pocos rollos jurisdiccionales que se conservan en Valladolid, y hasta el afamado mirador de Simancas, al final de la calle Costanilla. Este rollo fue fruto de una disposición de  Felipe II, que eximió a la población de su dependencia  de Valladolid otorgándola, por tanto, capacidad para administrarse por sí misma.

Desde el mirador, que no por las veces que haya sido visitado deja de perder interés, se aprecia en toda su dimensión el impresionante puente, y cómo el Pisuerga comienza a describir una curva hacia donde perderá su nombre.

Buen lugar es el mirador para percatarnos de la magnitud que debió tener la batalla de Simancas,  pues se desarrolló, más o menos, por los campos que, a este lado del río, se encontraban hacia nuestra izquierda.

Aquella famosísima batalla y la mejor documentada de todas las de aquellos siglos, se desarrolló en agosto de año 939. Fue una gran victoria de los reinos cristianos de León, Castilla y Navarra sobre las tropas sarracenas de Abderraman III: algunas crónicas hablan de que aquel poderoso califa vino con un ejército de  100.000 hombres (seguramente una exageración). Lo cierto es que aquella victoria cristiana tuvo eco en toda Europa, y se considera el principio del declive de la dominación musulmana, pues se rebasó la frontera del Duero hasta el río Tormes y, desde entonces, apenas hubo razias del Al Andalus al norte de este río. Como en buena parte de aquellas batallas de reconquista, no falta la leyenda acerca de la intervención de un santo en favor de los cristianos, en este caso San Millán, lo que junto a su aparición en otras batallas, lo convirtió en co-patrón de España, junto a Santiago. 

En este punto de Simancas, y antes de volver a su puente medieval, vamos a dar un paseo por el interesante caserío de la villa. Desde la plaza del Mirador se vislumbra la fachada del Ayuntamiento, hacia donde iremos para bordear la iglesia románica de El Salvador y situarnos frente a la entrada principal del Archivo General. Allí está la llamada fuente del Rey. Antes habremos pasado por una escultura de Coello que representa la leyenda de las doncellas mancas.

Siguiendo la ronda del Archivo, en su costado nos acercamos hasta una fuente antigua, con su pilón, que, cosa poco corriente, aparece dibujada en grabados del siglo XIX.

Desde este lugar, y apenas iniciado el largo descenso hasta el río, tomaremos la calle Cava que, ascendiendo, nos introduce de nuevo en el casco urbano: por  las calles Cava, Olmas y Herradura llegaremos hasta la de El Salvador, donde se levanta uno de los muchos hospitales de pobres, huérfanos y peregrinos que había por todo Valladolid –muchos ya desaparecidos-. Este conserva muy bien su traza del siglo XVI. Y esto nos lleva de nuevo a la famosa batalla de Simancas: El Salvador es el nombre  de la iglesia de la localidad, el de una calle, el del hospital que acabamos de visitar… es El Salvador (uno de los sobrenombres de Cristo) patrón de la villa porque en la fecha de su onomástica (6 de agosto) se conmemora la batalla.

Concluiremos la excursión buscando calles que, bajando, nos permitan volver a nuestro punto de partida, desde donde nos acercaremos a tocar el agua del río. Los más curiosos pueden llegar hasta el mismo centro del cauce caminando sobre las piedras de una antigua pesquera: la potencia de las aguas del Pisuerga impone… y si nos dejamos llevar por las sensaciones, vivifican.

Camino del mirador está el rollo de la justicia que se puede ver en la izquierda de la imagen. Un poco más arriba se puede ver el arranque de un arco que servía de puerta de entrada a la fortaleza simanquina.

Paisaje desde el mirador, donde se aprecia el lamentable estado de la vieja fábrica de harinas.

Escultura de Gonzalo Coello que representa la leyenda de las siete mancas y cuyos ellos se remontan a los tiempos de Abderramán II. La tradición de doncellas que tributaban algunas poblaciones a los califas árabes también existe en otros puntos de España.

Fuente del Rey, frente al Archivo General. La traza actual del castillo se debe a Juan de Herrera, pero el origen de la fortaleza se remonta a una construcción musulmana. El archivo fue iniciado por Carlos I y consolidado por su hijo Felipe II, que encargó a Juan de Herrera que hiciera las modificaciones pertinentes para esta finalidad archivística. Guarda toda la documentación producida por los órganos de gobierno de la monarquía hispánica desde los Reyes Católicos hasta Isabel II. La UNESCO lo declaró en 2017 Patrimonio de la Humanidad en su categoría de Memoria del Mundo

Vieja fuente del siglo XIX

Hospital de El Salvador, del siglo XVI.

Las aguas del Pisuerga vistas desde la pesquera.

NOTA. Sobre la batalla de Simancas recomiendo la lectura de “Simancas 939. La batalla del Supremo Poder” en el blog Ermitiella, de la arqueóloga vallisoletana Mariché Escribano.

COGECES DEL MONTE Y LAS CAÑADAS QUE DISCURREN POR VALLADOLID

Vamos a tratar sobre las cañadas que atraviesan las tierras vallisoletanas, y sobre el Parque Etnográfico de la Arquitectura Pastoril que hay en Cogeces del Monte.

El Parque Etnográfico  se encuentra a poco más de 4 kilómetros de Cogeces del Monte y se asoma al  Valdecascón, un arroyo que ha labrado un vallejo que rompe la planicie.

El Parque, una reconstrucción de la vida pastoril, se ha constituido en torno a un chozo principal, el chozo de los Hilos.

Chozo de los Hilos

Presume Cogeces y la comarca de la Churrería de una tradicional actividad pastoril que se desarrollaba tanto en  los pagos habilitados para el pastoreo, como en la vieja práctica trashumante, aunque con la particularidad de     que los pastores de  esta zona en realidad no solían hacer grandes desplazamientos de sus rebaños. Es decir, que practicaban la trasterminancia, que es la forma de llamar a los movimientos de ganado que no rebasan los 100 km.

Una de las “decoraciones” que ilustran la vida en los chozos de Cogeces

El chozo era el alojamiento indispensable para protegerse de la noche, las inclemencias del tiempo y los depredadores. En su interior, una manta sobre un montón de paja, por cama, y algunas provisiones de leña, para calentarse,  eran todas las comodidades de que disponía el pastor… Eran otros tiempos.

Pues bien, el Parque Etnográfico ha reconstruido chozos y corrales, y ha dispuesto un didáctico itinerario en el que mediante paneles va describiendo la importancia de la actividad ganadera de la comarca. Incluye la posibilidad de practicar los juegos tradicionales en los que los pastores entretenían su tiempo libre, que debía ser mucho si tenemos en cuenta que no se ordeñaba diariamente a las ovejas, pues su aprovechamiento era para obtener lana y la elaboración de quesos para el consumo local.

Chozo de los Pedrines, de gran altura y su panel explicativo

Otra particularidad de la zona de la Churrería era la forma de uso de los chozos y los pastos. Cada pastor usaba el corral que mejor le conviniera en razón de los pastos que cada año le hubieran tocado en suerte. Hasta que los pastores no terminaron por ser propietarios de sus propios rebaños, ya en el siglo veinte, eran contratados por los dueños del ganado por un salario que incluía  algunas ovejas como pago en especie. Por su parte, los propietarios de los corrales y los pastos se conformaban con recoger el estiércol, que usaban como abono.

No muy lejos de aquí, hacia el Oeste, discurre la Cañada Real Soriana que viene desde Peñafiel hasta Medina del Campo, donde se une a las cañadas que conducen a Extremadura. Por aquí pasaban los rebaños sorianos y burgaleses que en el invierno buscaban las cálidas tierras extremeñas. Esta cañada, dice Federico Sanz Rubiales, que escribió un interesante libro sobre las cañadas  de Valladolid, también se conoce en otros pagos de la provincia como Cordel Real Burgalés, y en el término de Cogeces del Monte se la denomina Cañada de Baitardero, nombre de una fuente por la que pasa.

Y esto nos lleva a que Valladolid es uno de los territorios españoles con mayor número de kilómetros de cañadas, pues la provincia, por la posición central que ocupa en la Meseta, está atravesada por cuatro cañadas principales:  la Real Leonesa Occidental, la Real Leonesa Oriental y la  Real Burgalesa. También cruzan otras cañadas “menores”, como la de Martín Abad, la Montañesa, la de Tamarizo y la de Marrundiel, por citar algunas. En total, 4.129 km. están clasificados como vías pecuarias, en las que se incluyen las cañadas propiamente dichas (unos 450 km.),  cordeles, veredas, y coladas. Si se añaden los terrenos  que ocupan los descansaderos, unas 11.800 Ha. están dentro de la protección que dispensa la Ley de Vías Pecuarias, de 1995. Bien es verdad que la avaricia urbanizadora y la labranza  han invadido ilegalmente parte de las cañadas y descansaderos.

Cada primavera, algunos rebaños atraviesan la provincia en busca de los pastos del Norte. Este fotografía, realizada por Jonathan Tajes fue publicada en El Día de Valladolid.

No obstante, esta extensa red cañariega ha consolidado puentes, chozos y corrales, abrevaderos y pozos, además de haber generado un patrimonio histórico y etnográfico de extraordinario valor. Un patrimonio que empezó a consolidarse cuando Alfonso X, en 1273, reconoció al Concejo de la Mesta sus derechos inmemoriales.

Chozo y corraliza en Quintanilla de Arriba
Corrales de Duero, en el Valle del Cuco.

Si bien las cañadas han perdido casi por completo la función para la que se fueron abriendo paso por páramos, valles y bosques, aunque se siguen usando en parte,  ahora les queda la oportunidad de constituirse en un recurso para la educación, el recreo y el contacto con la naturaleza, tal como propone la Ley de Espacios Naturales de Castilla y León.

NOTA: en este mismo blog hay sendos artículos sobre Cogeces del Monte: Cogeces del Monte: piedra e historia y La belleza del hematites. El primero ofrece un paseo por el casco urbano del municipio, y el segundo un visita al museo de geología que hay en la localidad (muy interesante, por cierto).

LA CARA B DE LA HISTORIA DE VALLADOLID

En el devenir de la historia de Valladolid hay muchos personajes que sin que sean conocidos por el gran público, sin embargo tienen tras de sí curiosas vidas.

Con ellos se podría escribir otra historia de Valladolid, algo así como la cara B de los viejos discos de vinilo. Canciones que se consideraban menores pero que en realidad muchas de ellas escondían excelentes piezas musicales.

En esta ocasión propongo detenernos en cuatro personas que, con mayor o menor vinculación con Valladolid, me parecen interesantes.

Red Hugh O´Donnell  murió en Simancas, donde hay una placa que le recuerda y fue enterrado en el convento de San Francisco de Valladolid. Se trata de un irlandés que nació en 1572 y falleció en 1602. Era un noble de nacimiento, pues su padre era el rey de Tir Connail. Participó al frente de sus tropas en diversas guerras entre clanes, pero, sobre todo en diversas batallas contra las tropas inglesas. En realidad aquella contienda era el enfrentamiento entre los católicos irlandeses y los ingleses protestantes.

Derrotado por los ingleses, O´Donnell huyó a España con otros capitanes implicados en la rebelión irlandesa contra la corona inglesa. En Galicia fue recibido con grandes honores e inició contactos con Felipe III para que el monarca le facilitara tropas y pertrechos con los que hacer un desembarco militar en Irlanda.

Vino por Valladolid en 1601 para entrevistarse con el rey, que parece que le prometió organizar una invasión. Mas, al cabo de un año de no recibir noticias inició viaje para volver a Valladolid, pero la muerte le alcanzó en Simancas (parece que por una infección).

Fue enterrado en el convento de San Francisco, de Valladolid, sin que hasta la fecha esté localizada su tumba en aquel convento, que llegó a parecer un cementerio por la cantidad de personas que en él estaban enterradas. Tras la desamortización y después de varios años de abandono, se recogieron todos los restos de cuantas tumbas quedaban por allí y se depositaron en un osario del cementerio del Carmen, que ha sido removido al menos en un par de ocasiones.

Una placa en el castillo o archivo de Simancas (1991) y otra en el callejón de San Francisco de Valladolid (2011), recuerdan al personaje que llegó a alcanzar gran fama en vida. Lo cierto es que a pesar del tiempo transcurrido, son muchos los irlandeses, descendientes o no de aquel héroe, que cada año vienen a Simancas casi en peregrinación. En Irlanda se la han erigido varias estatuas y publicado unas cuantas novelas.

Alfonso de Espina, que llegó a ser confesor real de Enrique IV de Castilla,  en 1485,  publicó un libro titulado  Fortalitium Fidei (título resumido de “Fortaleza de la fe contra judíos, musulmanes y otros enemigos de la fe cristina”), uno de los textos que integran los Tratados Demonológicos. Espina, famoso predicador  quiso contribuir a advertir sobre los peligros que acarreaba iniciar tratos con el diablo. Estaba muy extendido en aquella época que había personas que para conseguir sus fines pactaban con el diablo. Pero la verdad es que su texto arremetía también contra herejes, moros y judíos. Su texto se ha llegado a calificar como un catecismo de odio hacia los judíos. Este clérigo era un franciscano del convento de Valladolid que llegó a rector de la Universidad de Salamanca.

Su cercanía a los círculos reales le llevó a que Juan II de Castilla le pidiera que asistiera a Álvaro de Luna en el momento de su ejecución, que ocurrió en junio de 1453 en la plaza Mayor de Valladolid. La imagen corresponde a un grabado de Juan Barcelón, 1791.

Otro clérigo importante tuvo Valladolid, que contrasta con Alfonso de Espina. Se trata de Juan de Torquemada (1388-1468), dominico nacido en Valladolid y que alcanzó el cardenalato. Un personaje que a pesar de tener una calle a él dedicada (Cardenal Torquemada), en el barrio de Rondilla es, paradójicamente, muy desconocido. Y esto sucede por la sencilla razón de que su nombre le ha jugado la mala pasada de que la mayoría de las personas crean que la citada calle está dedicada al inquisidor Torquemada, valido de los Reyes Católicos y personaje controvertido que pocas simpatías despierta, que, además era sobrino de Juan. Sin embargo Juan de Torquemada  fue un cultísimo clérigo del siglo XV, doctor en teología,  protector de artistas, experto en Derecho,  reconciliador de religiones y personaje muy importante en vida, en la que llegó a ejercer de pacificador de las disputas entre Carlos VII de Francia y Enrique IV de Inglaterra.

Fue prior de San Pablo de Valladolid y mandó construir la fachada del convento (ojo, no la de la iglesia).

Y concluiremos nuestra pequeña relación de personajes relacionados con Valladolid con una novelista.

La fama de los dramaturgos y poetas más relevantes del Siglo de Oro español, ha eclipsado a otros muchos escritores. Tuvo Valladolid en aquel siglo dorado un amplio círculo de literatos que demostraron acreditada calidad. Y de entre ellos, acaso de los más desconocidos sea, precisamente, una mujer: doña Beatriz Bernal  que fue la única en toda España que escribió una novela de caballerías (muy de moda por aquella época). De largo título que se puede resumir en Don Cristalián de España, editada en Valladolid, se trata de un libro de caballerías, que vio la luz sin que la escritora lo firmara, pero en el prólogo se deja bien claro que estaba escrito por una mujer. Aquello era un verdadero desafío para su época, pues invadía el terreno masculino. Beatríz Bernal era una persona de gran cultura que tuvo la osadía de destruir los prejuicios moralistas de la época que consideraban a las mujeres carentes de ingenio.

Nuestro historiador Antolínez de Burgos dijo de la novela que se la podía comparar a los mejores libros de la época.

En la trama cobran gran importancia los personajes femeninos y, de hecho, a Membrina se la llega a considerar como un antecedente del feminismo, pues de ella dice la autora: “Hubo una ínsula, llamada de las Maravillas, de la cual era señora una doncella muy gran sabidora en las artes. Fue tanto el su saber, que jamás quiso tomar marido, porque nadie tuviera mando ni señorío sobre ella.

La obra alcanzó gran popularidad y aún en vida vio cómo se tradujo a otros idiomas. Y su título completa era: Historia de los invictos y magnánimos caballeros don Cristalián de España, príncipe de Trapisonda, y del infante Lucescanio, su hermao, hijos del famosísimo emperador Lindedel de Trapisonda”… (toma ya…)

Se desconoce la fecha exacta de nacimiento y fallecimiento de Beatriz Bernal, que oscila entre 1501 y 1586.