VILLACRECES, UN DESPOBLADO EN TIERRA DE CAMPOS

Villacreces, un pueblo deshabitado desde hace  cuatro décadas, recibe a los visitantes en los confines del norte de la provincia de Valladolid, aunque no es el único pueblo abandonado durante el siglo XX, pues al otro extremo, en el sur, junto a San Pablo de la Moraleja, Honquilana también está desierto desde los primeros años del siglo.

Paradojas de la vida, para llegar a Villacreces, ahora hay una decente carretera para salvar las vías del ferrocarril, donde antes apenas un mal camino pasaba por encima de los raíles.

Cuando se deshabitó  definitivamente tenía una treintena de casas y casi cincuenta bodegas. En los años 50 aún censaba 130 habitantes. Era un municipio que vivía del cereal,  del vino y de las legumbres. También tenía rebaños de ovejas. No fue tanto el problema de falta de trabajo, sino el tirón de la emigración hacia la industria y la falta de servicios en el pueblo: para todo había que salir del pueblo.

Los últimos habitantes se marcharon a Villada. No había agua corriente en las casas, el agua la cogían de pozos y de la fuente. Ahora el término municipal está agregado a Santervás de Campos.

Villacreces es un municipio antiguo. Su historia se remonta al siglo XI y sus pastos han sido codiciados. Pastores de Quintanilla que traían aquí sus rebaños  en el XVI pleitearon con Peñafiel por el uso de los pastos. Acabó siendo tierra de Peñafiel. Fue villa  en el XVIII. El valor de su trigo llegó a ser  referencia en la comarca. Unas 44 casas tenía a mediados del XIX. Con 230 habitantes comenzó el siglo veinte y mantuvo una escuela mixta hasta los años sesenta.

 

Desde Villalón de Campos se llega hasta la palentina Villada y atravesando Pozuelos del Rey,  al final de una carretera recién construida, se dibuja un paraje que impresiona sobremanera: un pueblo vacío, marrón de abobes,  ruinas recortadas sobre un horizonte casi infinito, quietud extrema, soledad absoluta, silencio.

 

Villacreces se ha constituido en un yacimiento de adobes: por todas partes  viviendas y tapiales corraleros  se han ido viniendo abajo. El barro y paja  que alguna vez abrigó a las gentes que  habitaban las casas se ha fundido con la tierra. No obstante, las fachadas y  paredes que resisten el paso del tiempo sin derrumbarse producen la apariencia de mantener, aún, el trazado de las calles.

 

Es un caserío de pequeña extensión, pero su recorrido da mucho de si. Todavía hay multitud de restos que dan fe de la vida que alguna vez tuvo. Un paseo atento por entre las casas ofrecerá objetos variopintos: un SEAT 600 abandonado, máquinas aventadoras inservibles, brocales de pozo, alguna pequeña rueda de molino, gastadas vigas de madera, restos de persianas y otros objetos domésticos,  las tripas de un palomar,  una puerta que aún crea la ilusión de cerrar el acceso a una casa…  En fin, testimonios de quienes antes habitaban  sus casas, recorrían las calles, cuidaban las bodegas y atendían los corrales que, de todas formas, se llevaron consigo cuanto de valor y utilidad pudieron.

 

Sólo una construcción se mantiene enteramente en pie: la torre mudéjar del siglo XVI. Cuadrada y de cinco cuerpos, abre en su parte más alta los arcos de medio punto donde se alojaban las campanas. Y, muy común en las construcciones mudéjares, se pueden apreciar a lo largo de toda la torre los agujeros en los que se instalaban los andamios que facilitaban su construcción. Mechinales, se llaman estos orificios. Hace unos años unos desalmados robaron  la última campana que quedaba. Ahora, la torre es morada de búhos y palomas. Próxima a la torre, también se mantiene en pie la fachada de la iglesia que se reconstruyó en los años 50.

 

 

Al final del pueblo hay  muchas  bodegas cuyas entradas se han ido cegando con la tierra de las bóvedas que se van viniendo abajo. Es un lugar donde no se debe  caminar fuera de los senderos marcados, pues son numerosos los agujeros que se han ido abriendo, así como por el mal estado de las techumbres antes consolidadas con vigas de madera.

 

Y a las afueras del pueblo, un oasis en medio de Tierra de Campos. Eso parece la chopera y la profusa  vegetación que medran junto a las orillas de un riachuelo y una fuente de abundantes aguas. Un puentecillo salva el riachuelo y dos grandes pilones rebosantes de agua encharcan todo el entorno, verde, sombrado. Un lugar muy atractivo en verano al que suelen venir gentes de los pueblos de alrededor.

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PATRIMONIO Y NATURALEZA EN LA SANTA ESPINA

El embalse de Castromonte, también llamado del Bajoz o de la Santa Espina, es uno de los lugares más interesantes de la provincia de Valladolid. Una presa de tierra levantada en 1969 sujetó  las aguas del modesto río Bajoz para construir un pantano con el que regar las tierras del entorno del pueblo de la Santa Espina (perteneciente a Castromonte), que en 1957 se había asentado en las proximidades del Monasterio del mismo nombre.

Hacia los ochenta, se decidió que ya no se volverían a utilizar estas aguas para regar,  y su destino se convirtió en velar por la reproducción de aves, acoger aves migratorias, favorecer la vida del extraño gallipato (un anfibio que puede llegar a medir 30 cm. con una cola aplastada lateralmente)  y alojar tencas y carpas. Dicen quienes entienden, que este  embalse es el destino preferido de los pescadores de la región que quieren disfrutar de la captura de tencas. No obstante, la necesidad de proteger la reproducción de las aves y no perjudicar a la colonia de anátidas, sobre todo en la cola del embalse, ha hecho que se limiten a prácticamente  la mitad de sus orillas los lugares destinados a la pesca. Una pesca para la que solo se conceden seis permisos diarios.

Pero este entorno también nos ofrece otros alicientes relacionados con el patrimonio para disfrutar de él en una agradable excursión. Una excursión que, indefectiblemente, ha de incluir una visita al monasterio de la Santa Espina.

Hay varias opciones para recorrer este paraje recóndito, en razón del tiempo que queramos dedicar a caminar: podemos partir desde el mismo monasterio atravesándolo por completo o, como propongo en este caso, desde el arranque del sendero que parte de la carretera que une La Santa Espina con Castromonte. Hasta el pantano hay apenas tres kilómetros y si lo rodeamos tendremos que dedicar unas tres horas a la excursión.

 

Punto de partida del sendero. Para dejar el coche hay un pequeño aparcamiento unos cien metros más adelante.

 

Molino de cubo que explotaban los monjes. Su técnica, que se explica en un letrero, consistía en llenar de agua una especie de pozo que incidía sobre la piedra que hacía girar el molino.

 

Colonia de abejarucos, pájaros que  aprovechan para anidar los taludes de tierra blanda y que tienen especial predilección por las abejas. Cuentan en el pueblo que el famoso Félix Rodríguez de la Fuente tomó escenas del movimiento de esta  colonia de aves.

 

Pasado el talud de los abejarucos, a la izquierda se inicia un corto sendero que lleva hasta las ruinas de la “Casa del  fuerte” (atentos pues el fuerte está en la izquierda apenas comenzada la subida). Esta casa estaba habitada por el guarda del monte.  Su último morador (hasta la década de 1950) fue Cirilo. Estas tierras donde se ha levantado el pueblo de colonización de la Santa Espina, pertenecieron a la marquesa de Valderas. Aquella señora dejó escrito en su testamento que si sus herederos carecieran de descendencia, la tierra se donaría a gentes humildes de los pueblos de alrededor. Fue el ministro Cabestany el que echó mano del testamento para levantar un pueblo de colonización y dar casas a familias de los pueblos limítrofes con Castromonte. Y aquí llevan desde 1957.

 

Llegamos hasta el embalse. Se puede rodear por completo. Lo mejor es hacerlo por la parte derecha y hay que ir muy atentos para ver el punto en el que hacia el final permite el paso hacia la otra orilla. La mejor forma de hacerlo es fijarnos en alguna cinta de plástico atada a las ramas de un árbol: el punto en el que se halla un puentecillo de madera que salva el escaso caudal del Bajoz. Si no se encontrara, pues media vuelta y a seguir disfrutando de la caminata.

 

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Toda la orilla del embalse es muy sombrada: pinos, cipreses de Arizona y robles nos procuran un agradable paseo.

 

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Garza descansando en la copa de un árbol.  Terminado el paseo es obligado disfrutar de otros puntos de interés en la Santa Espina.

 

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Terminado el paseo es imprescindible  visitar  los edificios de la Santa Espina, como la iglesia. Pero hay otros puntos interesantes,  como el lugar de la Nevera: bordeando las piscinas e instalaciones deportivas que están detrás del monasterio,  y junto a la explotación ganadera que hay en el monasterio, tomaremos el camino de la Nevera. En un momento determinado sale por nuestra derecha, como retrocediendo, una caminillo que nos lleva hasta el depósito de agua. Este depósito, presidido por un alto pedestal que eleva lo que queda de una imagen conocida como Virgen de la Nevera,  está construido aprovechando un antiguo pozo de nieve.

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Panorámica de la Santa Espina desde la Nevera.

 

141516 El monasterio de la Santa Espina tiene origen cisterciense (s. XII), aunque casi todo lo que ahora vemos alcanza su esplendor en el XVI (hospedería), y XVIII (fachada y torres de la iglesia). Llamo la atención sobre los dos relojes de sol que están en el arco de acceso al monasterio.

 

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Para conocer todas las posibilidades que ofrece completar nuestra excursión conviene consultar en internet horarios y días de visita al monasterio y el museo de Aperos del Ayer.

 

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Panel explicativo sobre los valores naturales del embalse,  y plano orientativo de las sendas que parten del mismo monasterio.

ARCO DE LADRILLO, SÍMBOLO VALLISOLETANO

El Arco de Ladrillo es una de esas construcciones únicas de las que disfruta Valladolid. Sin duda es el emblema ferroviario de la ciudad.  Es  el epicentro de un amplio entorno en el que se entremezclan diversos edificios muy peculiares: vinculados al ferrocarril unos, industriales otros, dotacionales, etc. que tienen el hilo conductor del ladrillo y de una época a caballo entre el siglo XIX y XX. Un paisaje  que, aunque muy transformado, conserva el sabor de una época.

Juan Agapito y Revilla, el arquitecto municipal de las primeras décadas del s. XX,  se interesó por la construcción del Arco de Ladrillo. Relata que nadie supo darle un explicación convincente de porque se construyó en este punto y sitio tan curioso y sin justificación alguna, ni porqué lo de haber empleado ladrillo. De sus pesquisas solo quedaron interrogantes: ¿disputa por demostrar la solidez del ladrillo frente a la creciente competencia del hierro? ; ¿una prueba para la futura construcción de la cimbra de un puente? ; ¿arco triunfal para la inauguración del ferrocarril? ; ¿una disputa entre los ingenieros españoles (partidarios del ladrillo) y los ingenieros franceses (defensores  del hierro)?…

Para  intentar resolver estas cuestiones viene en nuestro auxilio  Nicolás García Tapia: acudimos a su discurso pronunciado en el año 2000 en la Real Academia de Bellas Artes  titulado “Arquitectura y máquinas: el Arco de Ladrillo, símbolo del patrimonio industrial de Valladolid”.

Este discurso de uno de los mayores expertos en historia de la tecnología nos deja varias afirmaciones: la construcción está ligada claramente a la de ferrocarril, pues incluso la prensa, desde el principio lo comenzó a llamar “Arco de la Estación” (incluso antes de que se construyeran las vías), y a la calle que conducía hacia esta nueva construcción se la conoció como calle del Arco de la Estación; el porqué de este nombre puede venir explicado por el hecho de que la primera estación de viajeros se construyó al pie del arco. Se trataba poco más que de un sencillo apeadero. La actual estación con su marquesina tardaría aún varios años en construirse.

Y en cuanto a la fecha, parece claro que en diciembre de 1857 ya estaba levantado.

La reina Isabel II recaló en Valladolid el 23 de julio de 1858, y entre los eventos que ese día se organizaron en honor a la Casa Real estuvo la inauguración del ferrocarril que estaba siendo el gran acontecimiento de una ciudad que iba a ver cambiado radicalmente su futuro gracias a esta nueva infraestructura. Mas, en honor  a la verdad,  hay que decir que aún no se habían construido las vías de ferrocarril, así que la inauguración ahora diríamos que fue “en diferido”: no había vías ni estación, lo que convirtió al Arco de Ladrillo en el hito conmemorativo del ferrocarril en Valladolid.

Sigue contando García Tapia que el sentido ferroviario del arco quedaba confirmado en un folleto que  anunciaba la fastuosa inauguración. El texto decía, entre otras cosas,  que el arco de ladrillo era el “arco que ha de dar entrada a la Estación del Ferrocarril del Norte”.

El caso es que el Arco de Ladrillo, que quedó un tanto desvalorizado cuando se construyó finalmente la Estación del Norte con su marquesina de hierro, se constituyó en el símbolo ferroviario e industrial de Valladolid,  y brillante exponente de la potente industria cerámica de Valladolid.

Desde que por aquí estuviera de inauguración la Reina habrán de pasar dos años para que recalara el primer tren en nuestra ciudad. Y fue el Arco de Ladrillo el que puso el marco a la llegada de aquella primera locomotora  en 1860. El tren, procedente de Burgos, solo pudo llegar hasta el Arco de Ladrillo, donde estaba habilitada una modesta estación y porque, además, todavía no había vías en dirección  Madrid.

Contado esto propongo un paseo por el entorno de este emblema vallisoletano, saboreando lo que aún queda y tratando de entrever lo que el Paseo del Arco de Ladrillo fue en sus días de máxima actividad industrial (el tramo del paseo  que apunta hacia Madrid antes se conocía como carretera de Madrid). El paseo podemos comenzarlo frente a la fábrica de harinas la Rosa y concluirlo en  el paso a nivel de la carretera o calle Arca Real, en la embocadura del Polígono de Argales.

 

Fábrica de harinas la Rosa, en la calle Puente Colgante, frente a ella, la Casa de la India. La fábrica conoció sus primeras construcciones en 1906 y tuvo varias ampliaciones. 

 

En 1851 Eudosio López amplió el horizonte empresarial que había heredado de un pequeño negocio de ultramarinos en la calle Cebadería que tenía actividad desde 1821. Construyó un almacén de licores y la fábrica de chocolates La Llave. Posteriormente –año 1894-  y en el mismo lugar levantó el nuevo edificio que ahora vemos.

 

Aunque parezca modesto es muy interesante por su tipología este edificio inmediato al Arco de Ladrillo, y no hay que dejar de fijarnos en su parte posterior,  a la que se accede por una nueva calle que se abrió en la antigua Guardería (que conserva su arco de entrada).

 

Arco de Ladrillo (1857) en la actualidad. Sobrevuela las vías del tren con una luz de 30 metros y su punto más alto se eleva a 23 metros. Para su construcción se emplearon 147.276 ladrillos (es una estimación entre los que están a la vista y los interiores) y pesa 800 toneladas, incluyendo los cimientos.

 

 

En la foto de Clifford y en el grabado de Tomás Capuz se reflejan las grandes tiendas de campaña que se montaron para la  inauguración del ferrocarril y la presencia de Isabel II (1858). Tiendas y arco estaban decorados con banderas españolas y francesas debido a que la empresa financiadora de las obras ferroviarias era Le Crédit Mobilier, y a la participación en las obras de ingenieros franceses junto a los españoles.

 

La llamada Rotonda es un edificio de gran singularidad constructiva y muy vanguardista para la época. Apenas hay edificios ferroviarios como este en toda Europa. Tuvo gran importancia en la logística de los ferrocarriles de toda España pues llegó a tener asignadas para su mantenimiento  más de 110 locomotoras. Su construcción se remonta a 1863. Ahora está muy deteriorada y tiene construcciones y materiales añadidos que no se corresponden con su composición original. Es, sin duda, un edificio que debe ser conservado y restaurado.

 

Almacenes Generales de Castilla, que llevan la firma del afamado arquitecto Jerónimo Ortíz de Urbina. Su licencia de construcción se remonta a 1874 y su primera actividad hay que situarla en 1878. Se convirtieron en uno de los mayores almacenes de España para distribución de mercancías por toda la Península. En estas naves se alojaron diversos mayoristas de la alimentación. En ellos estuvieron industriales como Rueda, Abel González,  García Abril, etc.    En 1990 cesó toda actividad: el último en salir fue Legumbres Rueda. Tras un  periodo de abandono, sus naves se están recuperando con diversas actividades. En las imágenes: panorámica del edificio,  interior de una nave antes de su rehabilitación y las bodegas que ahora ocupa el restaurante Arco  Ladrillo. Inmediato a estos almacenes había uno de los varios fielatos que tuvo Valladolid en todas las carreteras de acceso a la ciudad. El fielato era el punto de recaudación de impuestos por algunas de las mercancías que se introducían en la ciudad.

 

Uno de los edificios más interesantes de Valladolid por su ubicación, construcción e historia: la posada del Arco, una construcción fechada en 1880 sobre otra anterior de 1840. Su arquitecto fue, también, Jerónimo Ortiz de Urbina.  Es el recuerdo vivo de las posadas que hubo en Valladolid. En esta recalaban desde los piñeros que venían a la ciudad con su mercancía, hasta tropa con los  sementales del ejército, pasando por trabajadores del ferrocarril. Muy interesante la construcción tipo suizo de su parte de atrás. Esta posada nos sirve para indicar que la vieja carretera de Madrid  comenzó a ser atractiva para posadas y actividades industriales incluso antes de la llegada del ferrocarril.

 

Estación de la Esperanza (1895) de la línea ferroviaria de Ariza, instalaciones construidas por el ingeniero francés Boucher de la Martinière.  Las vías aún están en uso  para servicio de RENAULT.  Junto a ella se ve la chimenea y otras construcciones de la antigua Azucarera Santa Victoria, que se construyó en 1899. Probablemente se construyó una vez perdida Cuba y, por tanto el azúcar que en aquella isla se fabricaba. Hoy día sus instalaciones están abandonadas, no obstante es un lugar ajardinado muy agradable para pasear.

 

La carretera de Madrid y la proximidad al ferrocarril debió parecer al Ministerio de Defensa (de Guerra se llamaba antes), que era un lugar ideal para construir cuarteles.  El cuartel Conde Ansúrez se construyó en 1901 (lo inauguró Alfonso XII en 1902)  y la residencia militar inmediata al cuartel en 1903. Muy posterior  es el cuartel de artillería General Monasterio (1953) y la residencia de oficiales que hay junto a él. Conserva el Conde Ansúrez el escudo real que corona su frontispicio de la entrada. Como curiosidad, en las tapias de este cuartel aún se puede ver la entrada al palomar: corrían años en los que las palomas fueron de mucha utilidad en las comunicaciones  militares, por eso el Ministerio de Defensa, todavía avanzado el siglo XX, tuvo competencias sobre palomas y ganadería caballar (también de interés estratégico militar).

 

Lo único que queda de los míticos talleres Fundiciones Gabilondo (luego Beloit Ibérica), instalados hacia 1947. Cerraron sus puertas en   1999   después de que la nueva propietaria, la multinacional ENERTEC,  vendiera los terrenos para construir viviendas.

 

Casilla ferroviaria de Argales. Como ya hemos dicho, la línea de Ariza todavía está en servicio en esta parte de Valladolid para uso de la empresa RENAULT, por eso es necesario que se mantenga este viejo paso a nivel del siglo XIX, pues, aunque de tarde en tarde,  aún se baja la barrera para dar paso al tren.

 

Inmediata al arco, estuvo la fábrica de harinas La Magdalena, de Emeterio Guerra. La licencia de construcción es de 1914, su arquitecto fue el afamado Teodosio Torres, que también proyecto edificios como el Instituto Zorrilla, la plaza de toros o el llamado Hospital Viejo (actuales dependencias de Diputación).

 

Desaparecida fábrica de harinas de Anselmo León, en el paseo del Arco de Ladrillo, cerca de la actual estación de Ariza. Su fecha de construcción se remonta a 1907. Con el tiempo, Anselmo León fue por la provincia transformando fábricas de harina en centrales eléctricas.

DE PASEO POR OLMEDO

 

Algunos municipios de Valladolid se constituyen por sí mismos en verdaderos museos  sin necesidad de recluirse en recinto cerrado alguno. Este es el caso de Olmedo que, inmerso en Tierra de Pinares, además del rico mudéjar característico de la zona, ofrece un caserío de variados y expresivos edificios.

Dejo los detalles de los lugares que visitemos en Olmedo al interés de cada persona por proveerse de información turística e histórica; pero sobradamente pueden servir los paneles y cartelas que en cada plaza y monumento tiene instalados el Ayuntamiento de la localidad.

Olmedo fue villa amurallada e importante en la Edad Media, cuando buena parte de la historia de la España cristiana gravitaba en torno a los reinos de Castilla y León. Por eso  Olmedo fue testigo de dos batallas señeras (años 1445 y 1467). En la primera latían las pugnas  entre bandos nobiliarios, y en la segunda salieron a colación los derechos sucesorios de la corona. Total, que entre una y otra casi se resume la historia de la época,  pues estuvieron implicados personajes tales como Beltrán de la Cueva, el Marqués de Santillana, Álvaro de Luna, Juan II de Castilla, los Infantes de Aragón, los Enríquez y los Pimentel, Enrique IV de Castilla y su hermano Alfonso… Vamos, que el tema da para una serie televisiva

Pero la historia y personalidad de Olmedo no se resumen solo en edificios monumentales y nobiliarios, sino en una variada panorámica de construcciones con muy distinta finalidad. Por eso voy a proponer una visita que no incluye todos los edificios típicos y monumentales, pero sí otros que el paseante no encontrará indicados en el callejero turístico de Olmedo.

Si la excursión se hace con chiquillería, es recomendable la visita al Parque Temático del Mudéjar en el que aparecen representados edificios de la provincia… También a las personas adultas les resulta curiosa la visita, pues las maquetas tienen el suficiente tamaño como para que incluso un adulto pueda meterse en el interior de algunos edificios. (B)

Vale, vamos a pasear por Olmedo (adjunto un callejero tomado del plano turístico de la villa, y las letras y números que acompañan el texto se corresponden con la ubicación en el callejero).

Entraremos por la calle 10 de Octubre: si se quiere acceder con vehículo, permite circulación hasta la plaza de Santa María, donde se puede aparcar el coche (A)

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Llegando desde Valladolid por la carretera de Madrid, nos toparemos con este imponente edificio, muestra de la rica actividad harinera que hubo otrora en la provincia. Lo del “sistema Buhler” que se anuncia en el frontispicio, no es sino una forma de moler la harina que en vez de emplear las muelas tradicionales, incorpora medios mecánicos mediante cilindros que incrementa sustancialmente la producción (1)

 

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El Ayuntamiento se refugia en el antiguo convento de Nª Señora de la Merced Calzada. Su actual aspecto barroco obedece al siglo XVIII. La parte trasera del edificio acoge el Centro de Actividades Escénicas (2)

 

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Frente al Ayuntamiento, está la Iglesia de Santa María del Castillo. Ofrece características que van del románico  del s. XII (portada), al gótico del XVI, pasando por ostensibles caracteres mudéjares del XV. Delante de la iglesia hay un busto que rinde homenaje a fray Bartolomé, curioso fraile mercedario nacido en Olmedo que, entre otras actividades en América, se propuso evangelizar al gran rey  Moctezuma, pero los acontecimientos no permitieron que su tarea llegara a buen puerto (3)

 

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De los tiempos de Carlos III, el Caño Nuevo es quizá la fuente más ilustrada y monumental de Valladolid. Al fondo se ve el lavadero, ya del siglo XX, cuyo interior merece una visita (4)

 

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Casa del Pósito, muy reformada, donde se almacenaba el grano. Actualmente es una casa particular (5)

 

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Restos de la iglesia de la Trinidad, mudéjar del XIII, cuya última utilidad fue albergar un cine (6)

 

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Cuando en el  XVI la peste asoló la ciudad de Valladolid, la Real Chancillería se alojó provisionalmente en este edificio, que también se conoce como la Torre del Reloj (7)

 

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Antigua casa de la Villa (s. XVI-XVII), ahora centro de actividades culturales. Por el arco del Corregidor, que se abre bajo el edificio, nos dirigimos hacia nuestro próximo destino (8)

 

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Monumento Histórico Artístico Nacional, el edificio de la iglesia de San Andrés es una de las construcciones más queridas de Olmedo. Mudéjar del siglo XIII, delante de su fachada se yergue el esqueleto de un gran olmo. Esta foto es un pequeño lujo pues el olmo ya solo conserva el tronco  (9)

 

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Detrás de la plaza de San Andrés, está el Instituto Alfonso VI, uno de esos característicos colegios de los años 30 del siglo XX que tienen la firma de la que fue afamada Oficina Técnica para Construcción de Escuelas: dependiente del Estado se creó  en 1920. (10)

 

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Nos salimos del recinto amurallado por el Arco de la Villa, una de las legendarias 7 puertas de Olmedo (11)

 

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Y frente al Arco de la Villa, en la calle Senovilla, se conserva la que se considera última cantina superviviente de Olmedo. Tomamos un refresco en Cantina Chichi, y nos aprestamos a concluir nuestro paseo, ahora por el exterior, hasta nuestra próxima y cercana parada. Aprovechamos para observar los lienzos de la muralla que, más o menos reconstruidos, aún se conservan (12)

 

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Arco e iglesia de San Miguel. Otra de las puertas.  La iglesia es, tal vez, el edificio mudéjar más emblemático de la localidad (13)

 

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Volvemos a adentrarnos en el interior de la villa para dirigirnos al Palacio del  Caballero de Olmedo. Un histórico y noble edificio que perteneció a los Condes de Bornos. Ahora alberga un espacio audio visual que relata diversos episodios del Siglo de Oro español y de la afamada obra teatral de Lope de Vega. Su patio acoge el corral de comedias donde se lleva a cabo buena parte del Festival de Teatro Clásico   (14)

 

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Y, próximo al Palacio del Caballero está Las Mesnadas,  antigua posada construida en el año 1517 (15)

Nuestro paseo ha concluido. No obstante en nuestro deambular por Olmedo nos iremos encontrando con interesantes casas y rincones, así como con la mayoría de edificios que tienen alguna relevancia arquitectónica o histórica.

 

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Plano-callejero de Olmedo

 

 

 

TORRELOBATÓN: CENTRO DE INTERPRETACIÓN DEL MOVIMIENTO COMUNERO

Cuando Juan Bravo oyó decir en el pregón que los degollaban por traidores, se volvió al  verdugo y le dijo: “Mientes tú y quién te lo manda decir; traidores no, más celosos del bien público sí, y defensores de la libertad del Reino”.

Con estas palabras, el líder comunero que junto a Padilla y Maldonado iba a ser decapitado una vez perdida la batalla de Villalar, reivindicaba el fondo y las causas del aquel levantamiento popular.

La guerra de las Comunidades tuvo una gran importancia en la historia de España, y su incidencia trascendió el marco temporal en que se desenvolvió. La derrota de Villalar en 1521 y más tarde la pérdida definitiva de Toledo en 1522, tuvieron una proyección enorme en los siglos venideros. La gesta de los comuneros se convirtió en uno de los mitos más significados de la lucha política y social por las libertades. De ahí su utilización por los liberales del siglo XIX como privilegiado referente y antecedente histórico de su proyecto político, tal como narra  Enrique Berzal de la Rosa en su libro “Los comuneros. De la realidad al mito”.

El levantamiento comunero fue tan fuerte y sentido que el almirante de Castilla escribió una carta al emperador dándole cuenta de lo difícil que iba a ser pacificar Castilla tras la revuelta, aun ganada la guerra por los realistas: “Su majestad ha de saber que esta maldita secta de libertad estaba muy imprimida en los corazones de esta gente, que han de pasar largos tiempos para que se olvide. Ha de saber Su Alteza que tan vivo tienen en el pensamiento a Juan de Padilla, como si lo viesen delante.”… Y se inició una tremenda represión contra los cabecillas comuneros y sus seguidores.

Aquella lucha contra los intereses imperiales de Carlos I tuvo varios escenarios: Segovia, Toledo,Toro,Villalar,  Medina del Campo… pero sobre todo, algunos castillos de Torozos: Peñaflor de Hornija, Villalba de los Alcores… y Torre de Lobatón (como entonces se llamaba a este municipio). De ahí que en el castillo de Torrelobatón esté perfectamente encajado el Centro de Interpretación del Movimiento Comunero.

Esto viene a decir que las plazas y castillos vallisoletanos tuvieron un especial protagonismo en la Guerra de las comunidades. Y a tal efecto comentaremos, brevemente, alguno episodios.

La llamada quema de Medina se debe a que  el pueblo medinense defendió la artillería, desmontando las piezas y rodeándola con sus cuerpos, para impedir que las tropas realistas se las llevaran para asaltar Segovia, ciudad simpatizante con la causa comunera. Las tropas imperiales prendieron fuego a las casas pensando que el pueblo abandonaría la defensa y correría a socorrer sus propiedades. Pero nadie se movió hasta que las huestes de Carlos I no abandonaron sus intenciones y se marcharon de Medina del Campo sin haber cumplido su objetivo.

En aquella cruenta contienda también participó la villa de Valladolid. Corría el mes de enero de 1521 y el pueblo se concentró en la puerta de San Esteban (por la existencia de una iglesia con ese nombre), que estaba en las inmediaciones de la actual Plaza Cruz Verde. El motivo de aquel motín fue que en enero de 1521  Carlos I dio la orden de trasladar la Chancillería  a Arévalo. Aquello suponía una gran pérdida para la ciudad tanto en prestigio social como en actividad económica, por lo que los simpatizantes comuneros taponaron la puerta de tal manera que la comitiva de la Chancillería, dispuesta para el traslado, tuvo que volverse a sus casas sin abandonar la villa.

Por cierto, un hecho tan histórico como poco conocido es que en el antiguo monasterio de La Mejorada (Olmedo)  se enterró el cuerpo de Padilla: una vez ajusticiados los capitanes comuneros después de la batalla de Villalar.  Carlos I no permitió que su viuda, María Pacheco, se llevara los restos hasta Toledo para evitar convertirle en un mártir. Una vez perdido Toledo para la causa comunera, el enterramiento de Padilla continuó en La Mejorada, sin que se sepa que fue de sus despojos… A lo mejor su espíritu está vagando por la finca.

Y, volviendo al Centro de Interpretación Comunero, hay que decir que es de una calidad más que notable.  El conjunto de las salas, paneles, audiovisuales y objetos expuestos resulta muy didáctico, y se transforma en una amena y verdadera lección de historia.

La visita al castillo depara una agradable sorpresa, cual es una pequeña exposición sobre la película de El Cid, pues varias de sus escenas se rodaron en Torrelobatón.

 

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Habremos de llegar hasta el castillo de Torrelobatón entrando por la plaza principal, en la que está el Ayuntamiento y un recién recuperado rollo jurisdiccional que hasta hace unos pocos años estaba en la cercana finca de los Cabestany (de los cuales Rafael llegó a ser ministro de Franco)

 

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 La construcción del castillo es del siglo XV, sobre otro anterior del XIII, al que probablemente pertenezca la planta baja de la torre, lo que sirve para hacernos una idea de la antigüedad de las fortalezas de Torozos (había ya un castillo en Tiedra en la época del Cid: siglo XI, aunque el actual es de finales del XIII)

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Diversos paneles explican muy bien el contexto histórico en  el que se produjo la Guerra de las Comunidades

 

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Una guerra que tuvo un después que quedó muy influido por el levantamiento comunero, aunque fuera aplastado por el emperador 

 

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Maqueta y panel que explican la historia del castillo

 

13Desde la torre se divisa un amplio paisaje,  y unos paneles apuntan la dirección de diversos castillos: Montealegre, Fuensaldaña, Villalonso, Tiedra, Villavellid, Arévalo, Fuentes de Valdepero, etc

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En el rodaje de las escenas de El Cid que se llevó a cabo en Torrelobatón, participaron muchas personas de la localidad en calidad de extras. Hay quien dice que aquel rodaje produjo un antes y un después en el municipio: aportó cierto dinero a los bolsillos de los torreños, y también les abrió los ojos a otro mundo cuando en España (1961) apenas  había comenzado a entrar en la llamada época del desarrollismo.

HORARIO DE VISITA. Verano: Viernes de 17.00 h. a 19.30 h.; sábados, domingos y festivos de 11.00 h. a 14.00 h. y de 17.00 h. a 19.30 h. Invierno: Sábados, domingos y festivos de 11.00 h. a 14.00 h. y de 16.00 h. a 18.30 h. Visitas concertadas de grupo por teléfono de martes tarde a domingos.  Para más información, telf. 665 834 753.

 

 

 

 

WAMBA: A REY MUERTO REY PUESTO

Recesvinto falleció en Wamba (antes llamada Gérticos) el dia 1 de septiembre de 672. Junto a su cadáver aún caliente, dice la leyenda que ese mismo día Wamba fue elegido rey de los visigodos.

Parece que la muerte le sobrevino a Recesvinto arando las tierras de su villa de Wamba(los reyes no eran entonces  señores coronados dedicándose a presidir audiencias y a viajar por el mundo, no) y que ese mismo día sus súbditos forzaron a Wamba a aceptar la sucesión del reino, cosa que él  no deseaba bajo ningún concepto.

Mas, es Valladolid tierra antigua y quiere el capricho de la historia que, según la leyenda, se dé  por bueno que no muy lejos de Wamba esté enterrado, precisamente, el antecesor de Recesvinto: en San Román de Hornija descansan los restos de  su padre, Chindasvinto. Ambos municipios (Wamba y San Román) están regados por ríos hermanos.

Es el caso que el valle del Hontanija, donde se asienta la localidad de Wamba tiene fama de abundantes y buenas aguas, que antaño le procuraban un verdor y frescura en verano muy atractivo para veranear. Tan es así que los Condes de Gamazo, a la sazón residentes en Madrid y gente muy vinculada a Valladolid (recordemos sus orígenes boecillanos) venían a Wamba a mitigar los calores estivales.

Bien, pues vamos a darnos un detenido paseo por  la vieja Gérticos,  tal como antes,  apuntan los historiadores,  se llamaba la actual Wamba,  municipio de potentes resonancias históricas,  en honor de aquel tímido rey que no quiso ser tal.

 

Nos recibe, antes de entrar en la localidad,  una estatua de factura contemporánea que representa al rey. Su autor es Lorenzo Duque. Descansan los restos de Wamba en la catedral de Toledo por expreso deseo de Isabel II. Murió, ya retirado de las tareas del reino (ocho años llevó la corona regia),  en la localidad burgalesa de Pampliega, donde reposó hasta que en el siglo XIII, por mandato del AlfonsoX el Sabio, sus restos mortales fueron llevados a una iglesia de Toledo. Cierto es que no deseaba la corona pero una vez aceptada exigió ser coronado en Toledo, capital por excelencia de los pueblos godos. Una vez empuñado el cetro real, demostró coraje y decisión. De tal manera que se le considera el último gran rey de los godos. Por ejemplo, y antes de la definitiva invasión de la Península Ibérica por los musulmanes en el año 711, Wamba ya tuvo que rechazar un desembarco árabe en el  672.

 

Ya hemos dado cuenta del enclave que ocupa el municipio en el valle de Hontanija,  río que nace en el antiguo monasterio de la Fuente de los Ángeles, en Villanubla. Pero además añade todas las aguas de los tesos calizos torozanos que le rodean, por lo que no es de extrañar la existencia de varias fuentes, cuyas aguas se han venido considerando salutíferas. De hecho el nombre de la fuente de Honcalada (en la fotografía), a la salida del pueblo en dirección a Villanubla, se considera que viene de la Edad Media. Tiene una fecha del siglo XVIII grabada en el frontispicio, pero sin duda se trata de una reconstrucción. Luego nos encontraremos con otra fuente antigua en nuestro recorrido por el municipio.

 

Tomamos la calle Zapico, que sale por detrás de la estatua a mano izquierda, que se prolonga por la calle de la Cruz y nos conduce hacia la plaza de la Iglesia. En la imagen fachada y detalle dela casa de la calle de la Cruz, 21 (la inscripción en la piedra dice que “todo lo que se ofrece a Dios florece”)… y otras construcciones que nos iremos encontrando durante el recorrido.

 

La iglesia de Santa María posiblemente se erige  sobre un templo visigodo desaparecido. Lo más antiguo que ahora se puede ver en el interior del templo se remonta al s. X. Construcciones  que fueron llevadas a cabo por monjes mozárabes venidos de los reinos musulmanes. Hablar de la historia de esta iglesia exigiría un largo artículo, así que lo dejaremos en apuntar que en el s. XII la engrandecieron los monjes hospitalarios (Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén), cuya característica cruz de ocho puntas se puede ver en diversos lugares del templo. La visita al interior de la iglesia hay que concertarla en el teléfono 679 14 27 30 (cualquier día de la semana excepto lunes). Frente a la fachada de la iglesia se ve la puerta de entrada al palacio y hospedería  de los hospitalarios (a la izquierda de la fotografía).

 

 

Diversos detalles de la fachada, que se fecha en 1195, año en que se rematan las trazas del templo. La iglesia se declaró Monumento Nacional en 1931.

 

Interiores de la iglesia incluidos algunos frescos antes tapado: se compone de tres naves; retablo hispano flamenco del s. XVI;  y   la capilla donde parece que recibió sepultura la reina Urraca de Portugal (madre el Alfonso IX de León). 

 

Patio que antes ocupaban el claustro y dependencias de los hospitalarios, también conocidos como Orden de Malta.

 

El afamado osario de Wamba se fue acumulando entre los siglos XIII y XVIII. Se trata de miles de calaveras y huesos atribuidos a los monjes.

 

Parte trasera de la iglesia y detalle de la cruz hospitalaria de ocho puntas en una ventana del templo.

 

 Detrás de la iglesia está la Casa Consistorial, de 1889.

 

Si volvemos hacia la estatua de Wamba por la calle de la Fuente veremos la llamada  fuente antigua, que nos muestra dos fechas que dan fe de diversos arreglos.

 

Por la zona en la que estamos, sin duda la piedra es la protagonista de las construcciones, como se puede ver en el recorrido por el municipio.

 

Ya en las afueras, en la carretera hacia Castrodeza,  veremos primero un peculiar palomar y luego un molino harinero, reconvertido en fábrica de luz, que aprovechaba las aguas del Hontanija.

 

La carretera hacia Peñaflor de Hornija conduce hasta el Humilladero,  por donde pasa el Camino de Santiago; y también nos lleva hasta la ermita de Nuestra Señora de la Encina, que aquí vemos al fondo formando parte del paisaje.  

 

Panorámica general del pueblo desde las estribaciones de Torozos. Obsérvese la estructura medieval que tiene formando un caserío en círculo cerrado sobre sí mismo para ser más fácilmente defendido en caso de batalla.

 

Plano callejero de Wamba, tomado de uno de los libros de Javier G. Muelas sobre la localidad.

 

AQUELLOS ANTIGUOS HOSPITALES

Valladolid tiene una contrastada tradición de atención a pobres, enfermos y niños abandonados que ha materializado durante siglos en una red de centros asistenciales: asilos, hospitales y hospicios han dado cobijo a quienes lo han necesitado.

Es larga la relación de aquellos llamados hospitales: viudas, curas jubilados, pobres, enfermos, enajenados,  niños y niñas abandonados, peregrinos, etc. solían  encontrar algún establecimiento que los acogiera. En general, estos establecimientos estaban auspiciados por nobles,  cofradías,  conventos y el propio Concejo. Todos estos lugares normalmente eran benéficos y amparados a las limosnas y donaciones de personas piadosas o hermanos cofrades.

En fin, una ciudad que, de todas maneras, y más allá de la caridad, puede presumir de médicos acreditados como lo fueron  Alonso Rodríguez de Guevara, pionero en auspiciar en el mundo disecciones de cadáveres para la enseñanza de la medicina cuando corría el siglo XVI;  Luis de Mercado, médico de cámara de Felipe II y de cuyos tratados de medicina han aprendido generaciones de médicos;  Dionisio Daza Chacón, que atendió al mismísimo Cervantes en la batalla de Lepanto, etc.

La historia de la medicina en Valladolid ha dejado un rastro perceptible al que vamos a referirnos, no sin dejar advertido que sería de pretenciosos intentar resumir en un artículo tan larga y compleja historia: vamos a centrarnos en la última centuria para señalar lugares que nos incentiven a dar un paseo para recorrerlos.

Hasta que en 1953 se abrió al público el gigantesco hospital Onésimo Redondo –conocido popularmente como “la residencia” (en democracia tomó el nombre de Hospital Río Hortega)-, los enfermos eran atendidos en una red de centros públicos y privados cuyas historias son, en muchos casos, realmente curiosas. Y a ellas vamos a referirnos.

 

Fueron muchos los lugares de acogida y beneficencia que cuentan varios siglos de existencia, como es el caso del convento de San Cosme y San Damián, en la plaza del Rosarillo. De él ya hay noticias a finales de la Edad Media como lugar de acogida de pobres, y en siglo XVIII ejercía como Hospital de Convalecientes, es decir, personas que dadas de alta en un hospital necesitaban, sin embargo, reponerse. Conserva su fachada, pero trasladada a la calle de San Juan de Dios como puerta de la Residencia Sacerdotal.

 

Uno de los viejos hospitales fue el  Municipal de Santa María de Esgueva, que se habilitó en el llamado palacio de los Ansúrez (sin que en realidad haya demasiada fiabilidad sobre la existencia de tal palacio). En 1865 se adscribió al Hospital de la Resurrección. La piqueta de la década de 1970 derribó aquel entrañable edificio  que ya llevaba años abandonado. Las imágenes  son de los años 30. Fotografías de Carvajal del Archivo Municipal de Valladolid –en lo sucesivo AMVA-.

 

El hospital de la Resurrección se fundó en el siglo XVI y se derribó en 1890, tras llevar varios años abandonado: en 1881 se trasladaron los enfermos al Hospital del Esgueva. En el solar, varios años después se construyó la llamada Casa Mantilla (esquina Miguel Íscar con Acera de Recoletos). Cervantes ambientó algunos capítulos de “El coloquio de los perros”  y “El casamiento engañoso”  en las salas de este hospital. La escultura del Cristo Resucitado que presidía la fachada  se reinstaló en los jardines de la Casa de Cervantes, y el retablo del Santo Sepulcro se conserva en la iglesia de la Magdalena.

 

Corría el año de 1889 cuando el nuevo Hospital Provincial se convertía en una realidad. Varios años de gestación  y la mano del arquitecto de la Diputación Teodosio Torres  (también ocupó plaza de arquitecto del Ministerio de Instrucción Pública) permitieron que Valladolid contara con un moderno hospital, más propio del siglo XX que se avecinaba que aquellos vetustos (pero entrañables) hospitales que ya hemos comentado. Desde 1997, tras una larga restauración, el edificio se dedica a dependencias administrativas de la Diputación de Valladolid.

 

En nombre de la Reina, la  marquesa de  Alhucemas inauguró  en 1919 el nuevo “Real Dispensario Antituberculoso Victoria Eugenia”. Ubicado en la calle Muro, desde 1983 es sede del Centro de Educación de Personas Adultas. El impulsor de aquel hospital fue Román Durán, a la sazón director de Sanidad de Valladolid. La lucha contra la temida tuberculosis ha sido una constante durante décadas en España. También había un pabellón Antituberculoso en el Prado de la Magdalena , y en Viana de Cega (hace años convertido en un enorme edificio fantasma): en la fotografía, enfermos tomando el aire limpio del Pinar.  

 

No muy lejos del Antituberculoso se inauguró en la década de 1950 el ambulatorio del 18 de julio (en la calle Gamazo), que actualmente sirve de dependencias sindicales (UGT). Su aspecto y filosofía se corresponde con el modelo de atención hospitalaria que tuvo su auge en la España de los 50-60.

 

La última Casa de Socorro que como tal funcionó en Valladolid está situada en la calle López Gómez. La Casa de Socorro conoció varias ubicaciones, siendo esta la definitiva una vez que se inauguró  el colegio García Quintana en 1943, tras un largo proceso de construcción que se gestó en 1926. No obstante, en esta dependencia, que ahora es una biblioteca municipal, antes estuvieron los juzgados.

 

 Muy cerca de la antigua Casa de Socorro está el edificio que fue Sanatorio del doctor Escudero (Félix Escudero): calle Santuario 14 (ahora son dependencias de la Consejería de Agricultura). Este edificio comenzó a construirse en 1944 y junto con el de Jolín y Quemada componía la tríada de hospitales del Valladolid de posguerra. Tres hospitales con personalidad bien diferenciada que, como les describieron en prensa en cierta ocasión, se caracterizaban por la ortodoxia de Escudero, la cirugía renovadora de Jolín, y la cirugía de urgencia de Quemada.

 

El acogimiento de niños abandonados tiene tras de sí una larga historia en Valladolid,  y está cuajada de muchas curiosidades: por ejemplo, durante años se financiaba con parte del dinero obtenido por la venta de entradas del Corral de Comedias o con la venta de aloja. Pero no nos vamos a detener en ello. El Hospicio ha tenido diversas sedes y su última ubicación hasta la década de 1970  fue el antiguo palacio de los Condes de Benavente, actual biblioteca de la Junta de Castilla y León en la plaza de la Trinidad. La fotografía es del año 1900, AMVA.

 

La atención a los enfermos mentales (locos se les llamaba antes) ha tenido diversos edificios. El anterior al moderno Hospital Psiquiátrico ubicado en el barrio de Parquesol, fue el monasterio de Nuestra Señora de Prado, que ahora acoge a la Consejería de Cultura. Manicomio se le llamaba  y lo fue entre 1898 y 1976, cuando se inauguró el actual hospital.  Hasta lo actual, se han conocido “manicomios” en la calle Orates (ahora Cánovas del Castillo) – entre 1489 y 1850-. El nombre de Orates viene, precisamente, por estar allí el lugar donde se encerraba a los locos –se decía que se les reconocía por estar continuamente hablando a lo tonto (de ahí lo de Orates)-; y en  la calle Alonso Pesquera -antigua casa del Cordón-, entre 1850 y 1898. En la fotografía del  AMVA entrada al manicomio a principios del s. XX.

 

 Hasta 2007 y desde 1945 (aproximadamente) ha prestado servicio el hospital Virgen de la Salud, más conocido como clínica del doctor Jolín, nombre de su fundador: Víctor Jolín Daguerre.  Una clínica que en realidad regentaban las Siervas de María desde 1962. El edificio –en la fotografía- está situado en la calle Pedro Niño con esquina a Paseo de Isabel la Católica  y actualmente es una residencia de personas mayores. Hay más hospitales regentados por congregaciones religiosas, como el Sagrado Corazón, en la calle Alonso Pesquera, cuya titularidad es de las Siervas de Jesús de la Caridad. Su aspecto moderno actual está muy transformado,  pero en este lugar llevan instaladas las monjas desde 1897, donde desarrollaban sus  actividades caritativas con los enfermos.

 

De 1943 es el sanatorio del Doctor Quemada (su nombre completo era José Quemada Blanco) que estaba en la calle Aurora esquina con Paseo de Zorrilla. En la fotografía de El Norte de Castilla,  inauguración de la capilla del sanatorio en 1947. En el año 1985 se instalaron las verjas del ya desaparecido hospital  en la plaza del Doctor Quemada.

 

El Hospital Militar, que dejó de prestar servicio en 1995 y que ahora ocupa la Consejería de Sanidad, se construyó en 1933. Bien es verdad que anteriormente, y en este mismo emplazamiento,  desde el siglo XIX ya había dependencias sanitarias de atención específica para soldados y oficiales.

 

La Cruz Roja también tiene en Valladolid una larga historia de atención sanitaria. En la década de 1910 establece un Cuarto de Socorro en la calle Nuñez de Arce, que pronto se quedó pequeño. En el años 1932 se trasladaron a un nuevo local, ya desaparecido, en la calle Leopoldo Cano. Aquel sanatorio se convirtió en hospital militar durante la Guerra Civil y servicio de información sobre heridos y fallecidos en la contienda. Allí estuvo la Cruz Roja hasta que en 1965 inauguraron el hospital de la calle Felipe II (en la fotografía) que ha sido de su propiedad hasta que en el año 2000 dejaron de prestar asistencia sanitaria y lo vendieron. En la fotografía de época vemos una actividad realizada en febrero de 1932 en los locales de Leopoldo Cano (está tomada de El Norte de Castilla).

 

Aunque ya nada quede de él,  no quiero terminar este paseo por los viejos hospitales, sin referirme a uno,  desaparecido, y del que no ha quedado rastro visible alguno, al menos que se sepa. Se trata del llamado “sanato” que en realidad era el Sanatorio del Carmen,  en la calle Paulina Harriet. Este sanatorio fue fundado por el prestigioso urólogo  Rodrigo Esteban Cebrián en la década de 1920. En la memoria de algunas personas se recuerda como “el sanato de D. Cebrián”. Médico muy acreditado fue nombrado profesor auxiliar de la Facultad de Medicina al mismo tiempo que Pío del Río Hortega. Fue alcalde “accidental” en 1924 y a lo largo de su vida recibió numerosos reconocimientos a pesar de haber sido represaliado en el franquismo para que no ejerciera la docencia en la Universidad. La foto es de José Luís Salinas. Detalle de las verjas que daban entrada al sanatorio (AMVA).