LA ARMEDILLA, EN UN BELLO PARAJE

En torno a la Armedilla se puede dar un paseo con espléndidas vistas, acogedora soledad y unas magníficas ruinas del monasterio jerónimo que pugnan por salir de su olvido y abandono.

 En lo alto del valle de Vadillana o Valdecas, entre los siglos XV y XVI, se fue construyendo el conjunto de edificios del Monasterio de Santa María de la Armedilla, entre los que llegó a haber un palacete de la dinastía de Alburquerque, cuya cabeza fue Beltrán de la Cueva, señor de Cuéllar e importante personaje de la historia de España.

El lugar que ocupa el monasterio no es el resultado de la casualidad: los jerónimos son  una orden de oración y, por tanto, buscaban lugares apartados. Pero, además, lugares que ofrecieran buenas condiciones para el sustento de la comunidad. En este caso se trata de un lugar con abundante agua (se conserva un arca madre del siglo XV), buenas tierras de labor (el valle, regado por numerosos manantiales y el arroyo Valdecascón –por eso al valle también se le conoce con este nombre-), y en una cañada. Pero, además, no demasiado alejado de una población importante, como era Cuéllar.

De que el valle era lugar feraz y muy bueno para el pasto dan prueba los numerosos conflictos que se produjeron entre Cuéllar y Peñafiel por el uso y control de este territorio. Hasta que Fernando de Antequera mandó delimitar los territorios mediante mojones que aún se conservan, tanto en el campo como en diversos lugares (iglesia de Cogeces del Monte, por ejemplo),  lo que no significó que cesaran por completo los pleitos.

Este enclave se encuentra en la carretera que conduce de Quintanilla de Onésimo hacia Cogeces del Monte que, desde Quintanilla, está en dirección a Cuéllar. Está declarado Bien de Interés Cultural por la Junta de Castilla y León.

Más, lo mejor es comenzar nuestro paseo según vamos comentando detalles de este monasterio y su historia.

 

Fernando de Antequera, que fue el gran príncipe de Castilla  y más tarde erigido en Fernando I de Aragón, casado, además, con Leonor Urraca, una “ricahembra” –como así se llamaba a las mujeres importantes y adineradas-,  invitó a los jerónimos de la Mejorada (Olmedo), del que era protector, a que se establecieran en la Armedilla. Formalizaron la cesión del terreno en 1402, aunque parece que ya llevaban un tiempo establecidos en la ermita.

 

 

Chozo de los Pedrines, de centenaria construcción, tiene algo más de seis metros de altura y llegó a disponer de dos corrales. Se puede ver en el horizonte, fijándonos en el borde del páramo al otro lado del valle que se aprecia en la otra imágen, en la que se ven restos de la cerca de piedra que cerraba las propiedades del monasterio.

 

 

Restos de la iglesia. La evolución de la Armedilla a partir de los jerónimos es bien conocida y documentada. Groso modo: sabemos que ya existía la cueva-ermita, dependencia del ermitaño,  algún rústico albergue de peregrinos,  y una granja.  Lo primero que  construyen los jerónimos es  una pequeña iglesia y refectorio encima de la cueva, y esta se reconvierte en cripta. Luego un claustro. Algunas dependencias para los jornaleros, aunque la mayoría de estos habitaban en la Casería, ahora un despoblado próximo al monasterio. Se levanta una cerca que acota toda la propiedad del monasterio que, entre otras cosas disponía de un molino en el Valdecascón, palomar, colmenar, huerta,  tierras de labranza y viñedos.

 

En el siglo XVI se levantó la nueva iglesia y una nueva entrada al conjunto monacal, con su portería. En la iglesia  se entronizó a la virgen y de esta manera se evitó  el trasiego de peregrinos por la zona reservada a los monjes. Además, los Alburquerque de Cuéllar construyeron algunas dependencias para su uso personal, incluyendo una notable bodega. Detalle del ábside de la iglesia.

 

 La consolidación de  este lugar sagrado se debe a la existencia de una ermita rupestre de la que se  tiene noticias al menos desde el siglo XII. Es el caso que,  como todos estos lugares, la realidad y la leyenda se funden hasta formar un todo único. Hablamos del siglo XII, cuando comienza una auténtica fiebre descubridora de vírgenes en cuevas y fuentes.  La ermita reúne ambos requisitos: la imagen de la virgen románica se “descubre” –por los “típicos” pastores-  en una cueva que disponía de un caudaloso manantial. A partir de esto comienzan peregrinaciones y se termina por acondicionar la cueva, construir un albergue para peregrinos  y poner un ermitaño que  cuide el lugar. Estamos, seguramente,  ante el típico ejemplo de cristianización de un espacio rupestre con posibles antecedentes culturales paganos, a los que se añaden otros intereses territoriales  o económicos  para la explotación del solar.

 

 

Bodega de los Duques de Alburquerque, bajo su palacio.

 

Arca Madre, del siglo XV. La existencia y canalización del agua fue fundamental para el desenvolvimiento del monasterio.

 

El altar de la pradera está sustentado sobre dos mojones del siglo XV que sirvieron para delimitar las propiedades del Duque de Antequera y terminar con las disputas territoriales entre Cuéllar y Peñafiel.

 

Interesante detalle del esgrafiado que decoraba las paredes de la fachada de la iglesia que, como se puede apreciar, en su día estuvieron revocadas y decoradas.

 

El escudo de los duques de Alburquerque preside la espadaña.

 

 La Desamortización de Mendizábal fue el principio del fin del monasterio. Las piedras de los edificios se vendían al peso y el patrimonio inmobiliario sufrió el expolio. No obstante, algunos objetos pudieron salvarse. ¿Donde se encuentran? La Virgen, en la iglesia de Cogeces del Monte; la portada de la iglesia en la Casa de Cervantes en Valladolid; el tímpano de la portada en Museo de Arte Spencer (Universidad de Kansas); las campanas, en Segovia;  en Riaza, el retablo (con representaciones de la vida de san Jerónimo); en Cuéllar, la platería; en Museo del Prado, diversos cuadros; y la sillería se ha troceado entre Rueda, Museo Nacional de Escultura de Valladolid y Museo del Louvre de París. Incluso el molino que había en el valle se desmontó y reinstaló en Quintanilla de Onésimo. (La imagen del la virgen está tomada del blog Ermitiella).

 

Aspecto de la puerta de la iglesia, instalada en la Casa de Cervantes en 1925, e imágenes de su evolución. 

 

El tímpano (Llantos sobre Cristo muerto) que coronaba la puerta  de la iglesia lo descubrió una investigadora de los Estados Unidos de Norteamérica. Pieza que después de pasar por las manos de la familia Gehry,  terminó en el Museo de Arte Spencer, como ya se ha dicho.

 

Los fines de semana se hacen visitas guiadas y también se pueden concertar a través del blog Asociación de Amigos de la Armedilla, que son el alma mater de la consolidación y protección del monasterio. En la capilla que del prado, construida hace apenas cuatro décadas, hay unos interesantes murales que explican la historia del monasterio: en la imagen, la arqueóloga Mariché Escribano durante una visita guiada.

 

La visita a la armedilla se puede completar  una visita al  parque temático de los chozos, un paseo por Cogeces,  y los museos de minerales y  etnográfico de Orrasco.  En este blog se  puede ver un paseo por Cogeces y un reportaje sobre el Museo de Minerales. Llegar al parque etnográfico de los chozos (que está el tramo de carretera entre el monasterio y Cogeces) es muy sencillo: una vez que salimos de la carretera para coger el camino (está señalizado), tomamos el primero a la izquierda y luego el siguiente a la derecha hasta llegar a un pinarcillo.

 

NOTA: Este artículo ha sido posible gracias a  las excelentes explicaciones de Mariché Escribano y sus entradas sobre el tema en su blog ERMITIELLA); y el artículo de Roberto Losa (En torno a los orígenes del monasterio de Santa María del Armedilla), arqueólogo que participó en los trabajos de documentación y excavación del lugar. El artículo está editado en Estudios del Patrimonio Cultural. No obstante hay más autores que han abordado la historia del monasterio.

 

AVISO: El blog va a descansar hasta septiembre, igual que el programa Velay, que hago todos los martes en el programa de Valladolid en la Onda, de Onda Cero. No obstante la próxima semana colgaré algunas sugerencias para disfrutar este verano. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SERRADA: UN PASEO POR EL ARTE

La labranza en general y la viticultura en particular han sido la base de la economía de este pueblo que ha sabido sacar buen partido a su pequeño pero feraz término municipal.

Sobradamente conocido es que la  uva está enraizada en la historia de Serrada, como de toda la comarca de Tierras de Medina, lo que en el pasado produjo buenas ganancias a particulares y réditos a los Ayuntamientos: de ahí sus casonas e  impresionantes iglesias, con sus afamados órganos barrocos.  Esa vieja pujanza económica  se refleja en que la mayoría de las casas tradicionales muestran su zarcera. Hubo, además, varios lagares de cierta importancia. Actualmente el término de Serrada forma parte de la Denominación de Origen Rueda.

Algunas de las espléndidas casonas de las que presume el pueblo fueron en su momento levantadas por órdenes religiosas como epicentro de sus propiedades rústicas,  y para la elaboración del vino.

Por otro lado, y más recientemente, Serrada es conocido por los premios Racimo, el Paseo del Arte y algunas otras actividades culturas que tienen su origen en el programa cultural conocido como “Cosecha”, cuyos impulsores fueron el periodista Carlos Blanco, el fotógrafo Luis Laforga, el pintor Manuel Sierra, la artista Concha Gay  y el escritor Avelino Hernández, por supuesto con el imprescindible apoyo del Ayuntamiento de la localidad.

La idea de esta “Cosecha”, era demostrar que se puede llevar a cabo actividades culturales potentes en el ámbito rural, incluido, por ejemplo, el arte abstracto, del que hay varias esculturas en la localidad.

Más si de arte seguimos hablando es necesario indicar que la localidad atesora   la colección de Lorenzo Frechilla y Teresa Eguibar (su esposa) que en su día fue donada al pueblo. De momento reposa en cajas en espera de encontrar un lugar apropiado para ser mostrada al público.  Lorenzo alcanzó fama internacional y recorrió muchos países con sus exposiciones. Nació en 1927 en Valladolid y falleció en 1990. Tiene obra en numerosos museos y colecciones: Reina Sofía, arte contemporáneo de Bilbao, Helsinki, Roma, Copenhague, etc.

Con estas breves notas vamos a perdernos por las calles de Serrada. No vamos a seguir un itinerario concreto: el municipio es pequeño y sin querer nos iremos encontrando con las cosas que aquí veremos.  Por orientarnos de alguna manera, indicamos que la mayor concentración de obras de arte está en torno al Paseo del Arte, en la salida del pueblo hacia La Seca.

 

Destaca la Casa Consistorial (en la plaza Mayor),  del siglo XVIII, que muestra la mano del afamado arquitecto Ventura Rodríguez. aquitecto que, entre otras muchas obras, llevó a cabo la Casa Consistorial de la Seca, la iglesia de los  Flilipinos (Valladolid), el Palacio de Liria (Madrid), Catedral de Pamplona, etc.

 

Detalle del arco conopial de una casona en la plaza Mayor.

 

La iglesia del siglo XVII a cuyo costado se erige un soberbio trinquete.

 

Casa señorial de Víctor de Castro Bocos que destaca, además, por su esquina redondeada a manera de potente contrafuerte. Detalle de la boca del lagar, elemento muy común en muchas casas de Serrada.

 

Casona de la familia Medina,  llamada casa del Obispo. El patriarca de la familia fue  César Medina Bocos, abogado y personaje importante del pueblo que en  el primer tercio del siglo XX ocupó en España cargos de relevancia política. Con vocación literaria y amante del arte en general, de sus trece hijos destacan, Santica,  Elvira y  José Luis Medina Castro (pintoras ellas y escultor él). Como curiosidad cabe indicar que el zaguán de la casa guarda la portada del antiguo Hospital de la Resurrección de Valladolid (donde ahora está la casa Mantilla).

 

Antigua casa de labranza de los dominicos, que ahora es propiedad de Bodegas Alberto. Tiene un gran lagar y una bodega cuyas galerías alcanzan el kilómetro de longitud. Imágenes de la fachada, parte trasera y bodega.

 

Hay en Serrada cuatro bodegas y dos queserías, a estas industrias agroalimentarias cabe añadir una fábrica de muebles de cocina.  Imágen de la bodega de quesos de Campoveja, empresa fundada en 1952.

 

El pozo Viejo, una de las construcciones más emblemáticas de Serrada. Es difícil datarlo (¿siglo XVIII?).

 

Antiguas eras del pueblo. La presencia de un crucero es muy típica de las funciones de protección que la religión cristiana atribuye a la cruz, por lo que con frecuencia  se erigen en eras, campos, cruces de caminos, etc.

 

Acercándonos al Paseo del Arte nos encontraremos con la primera plaza que se habilitó para ir creando la zona de exposición: el Parque del Encuentro, como señala Julio del Valle, concejal del Ayuntamiento que me acompañó en uno de mis paseos por Serrada.

 

En el parque del Encuentro una de las primeras obras de arte que se instaló en Serrada. Su autora es Concha Gay.

 

El Paseo del Arte ofrece numerosas obras de arte de muy diversos autores y estilos:  Eduardo Cuadrado, Carlos Colomo, Mario Bedini, Lorenzo Duque, Concha Gay, Jorge Egea, Luis Santiago, Francisco Barón, Pedro Monje, Feliciano Álvarez  (estos últimos ya fallecidos), el cubano Francisco Rivero, afincado en París, que decoró las paredes del colegio, etc…  en fin, una larga lista que no se agota en los nombres aquí anotados. Todos ellos están dejando un patrimonio inestimable que solo ha sido posible por la generosidad de los propios artistas, que han trabajado al más bajo coste posible.  Este proyecto, ya consolidado, arranca en el año 1991, en el que el pintor Manuel Sierra realizó  cinco murales por diversas paredes del pueblo (pero solo uno se conserva… y muy transformado). El resto pronto comenzó a deteriorarse, aunque alguno, como el dedicado a la caza (frente al pozo Bueno), aún permite entrever su traza.


Como curiosidad podemos relatar que hay un mural que decora las tapias del campo de fútbol realizado por  Isabel Sevillano. En ese mural se puede ver  el detalle de un dibujito que dejó hecho el que más tarde sería presidente del Gobierno de España José Luis Rodríguez Zapatero, que acudió invitado a una de las actividades culturales que se desarrollan en el pueblo.

 

El Paseo del Arte termina en la Plaza del Milenio, con obra del escultor Lorenzo Duque.

 

Y, hablando de labranza, forzoso es referirse a una curiosa actividad lúdica que desde hace unos años se lleva a cabo en julio. Se trata de construir espantapájaros en la salida del pueblo en dirección de La Seca.  ¿Qué tiene de particular esta actividad? Pues que obedece a una leyenda según la cual hace siglos los labriegos se reunían una noche de julio alrededor de espantapájaros bailando y bebiendo hasta la madrugada invocando conjuros para atraer las buenas cosechas y ahuyentar los malos espíritus. Para sustentar esta actividad se invoca un documento desaparecido que remonta incluso al siglo XVIII…. Es el caso que en realidad solo tenemos una tradición oral que ha terminado por construir una leyenda.

 

Y bien podemos rematar este recorrido por las calles de Serrada visitando el Museo Diocesano.  Está en la iglesia de San Pedro (plaza principal del pueblo)  y reúne numerosas piezas cuya antigüedad se remonta al siglo XVII. Sin duda, la pieza principal de este museo es una imagen del arcángel San Miguel aplastando al rebelde Lucifer, realizada por Gregorio Fernández hacia 1605. Dicen los expertos que tal vez se trate de una obra preparatoria de la pieza que preside la iglesia de San Miguel de Valladlid. En cualquier caso, se trata de una pieza de gran belleza que hasta no hace muchos años pasaba desapercibida y llena de polvo en un retablo de la iglesia. Hasta que una cuidada restauración sacó a la luz su belleza y sus colores.

NOTA: del Museo  hay una entrada en el blog: Serrada, museo parroquial: los guardianes de la plata.

 

 

 

 

 

 

 

LAS ARCAS REALES: FANTÁSTICA OBRA DE INGENIERÍA

Acaso se trata de la obra de ingeniería civil más importante que ha conocido  Valladolid y que ha dejado una profunda huella en la ciudad: construcciones, fuentes, conductos y trazado urbano.

Pues bien, a esta magna obra del Renacimiento español vamos a dedicarnos a continuación.

Corría el año 1497, cuando los señores regidores de la villa de Valladolid inauguraron la fuente que se había levantado el año anterior junto a la puerta del Campo  (al final de la actual calle Santiago). Y en ese lugar tomaron diversas medidas para que la población pudiera tener “para siempre jamás” tanta agua como la que salía, o más, procedente de la huerta de las Marinas, junto a los manantiales de Argales, desde los que desde hace unos cuantos años los monjes de San Benito condujeron el agua hasta su convento.

Y en el año 1974 (exactamente el 17 de julio), el entonces alcalde Julio Hernández informó a los concejales del Ayuntamiento, que “como consecuencia del informe de la Jefatura Provincial de Sanidad, en el que se califica de impotable el agua del manantial de la finca de Argales, ha sido clausurada dicha fuente para evitar enfermedades”. En esa fecha el viaje de Argales aún surtía de agua a seis fuentes.

Fueron 450 años los que la traída o viaje de Argales prestó un servicio importantísimo a Valladolid.

Pero ¿qué es el viaje de Argales… o la conducción de las Arcas Reales?

Es el tercer y definitivo intento de traer las aguas de aquellos manaderos y establecer fuentes en el interior de la ciudad y que se impulsó durante el reinado de Felipe II. Es verdad que el resultado final se quedó lejos de las expectativas, pero aún así, se trata de una fantástica obra de ingeniería que se considera una de las más relevantes de la arquitectura civil del Renacimiento. Cosa acaso poco valorada dado que por tratarse de una conducción bajo tierra apenas somos capaces de entender la extrema dificultad técnica que supuso su construcción.

En cualquier caso conviene indicar que hasta que se consolidó la definitiva conducción de aguas en el siglo XVI-XVII, hubo varios trazados distintos, pero no nos vamos a detener en esta larga historia.

Para hacernos idea de esto, se puede indicar que pasaron muchos años y muchos arquitectos: incluso alguno terminó en la cárcel por incumplir el contrato. Felipe II tuvo que destinar a su arquitecto principal, Juan de Herrera, a que concluyera definitivamente aquella obra que se demoraba años y años.

Parece que aquel destino no le hizo mucha gracia al afamado arquitecto,  pero se entregó por completo a resolver aquel desafío para la ingeniería: incluso llegó a crear un instrumento especial para medir milésimas de milímetro.

¿En qué radicaba la extraordinaria dificultad de la obra? Pues en que mediante gravedad había que traer el agua hasta la ciudad desde unos manantiales situados a cinco kilómetros y medio de distancia ¡y con un desnivel de solo nueve metros! Para ello había que construir un sistema que mediante arcas y registros se asegurara que el agua corriera de continuo: había que aprovechar cualquier curva de nivel por pequeña que fuera.

El resultado fue de treinta y tres arcas de las que se conservan quince.

Hasta que en 1496 se construyó aquella fuente de la puerta del Campo, la población se abastecía de agua por distintos medios: pozos, manantiales del Pisuerga o del Esgueva (o cogiendo el agua directamente del cauce de ambos ríos), aguadores.

Debe saberse que la construcción de estas arcas atendió a la forma de ir recogiendo, a lo largo de su trazado, cuantos manaderos iba encontrando por el camino, que eran muchos en esta zona muy pantanosa (argales y las marinas entre otros), y cuya complejidad técnica puede apreciarse asomándose al interior de las arcas.

Es el caso que en 1982 las Arcas Reales  fueron declaradas Monumento Histórico-Artístico Nacional.

Aquella conducción ha dejado profunda huella en la ciudad: desde el trazado de las calles hasta las construcciones que aún se conservan: arcas, registros, fuentes, etc.

Y para conocer un poco más esta fantástica obra, vamos a darnos un paseo tanto por las antiguas arcas como por algunas plazas y calles de Valladolid.

 

Sugiero comenzar al final de la calle Arca Real, cuando ya se apunta una reciente urbanización… y como punto de referencia podemos tomar la ya famosa torre de talleres Gualda, rematada por algo así como una escultura de hierro. Se trata de un paseo que recorre casi todas las arcas exteriores.

 

El arca número 10 está empotrada bajo el viaducto del Arco de Ladrillo, en la carretera de Madrid. Aquí comienza un paseo de unos dos kilómetros.

 

Arcas y detalles de las mismas. Todas están numeradas en su origen. Si nos vamos asomando a las mismas, además de ver las características de la conducción, en alguna de ellas incluso se oye como corre, aún, el agua.

 

Habrá que salvar la Avenida de Zamora y continuar el paseo por una pequeña abertura que hay detrás de la finca del colegio de la Salle.

 

No olvidemos fijarnos en los registros que se construyeron entre las arcas y  que servían para reparar los atranques mediante el vareo de las cañerías.

 

En 1999 se constituyó la primera Escuela Taller que comenzó a intervenir en la rehabilitación de las Arcas Reales. La segunda Escuela Taller es de 2011 y terminó su periodo formativo en 2003.

 

El arca principal, o número 1, destaca por su tamaño y noble construcción. Sobre los escudos reales se puede leer la siguiente inscripción: REINANDO LA MAGESTAD DEL REI DON PHILIPE II / NUESTRO SEÑOR ACABÓ ESTA ARCA / VALLADOLID SIENDO COREGIDOR DELLA / DON GARCIA BUSTO. AÑO DE 1589.

 

Cruzamos la carretera  e iniciamos una senda perfectamente marcada que nos llevará a las arcas menos conocidas de esta conducción. En una de ellas veremos el escudo de Valladolid con la fecha de 1588.

 

Nuestro paseo, antes de volver al interior de la ciudad, termina en la acequia del canal del Duero.

 

Desde el viaducto del Arco de Ladrillo, entre la maleza, se puede ver otra de las arcas, y todavía hay dos más en el arbolado que conduce hacia el barrio de Delicias, que ahora está ocupado por varias chabolas.

 

En la calle de Teresa Gil, tanto a la altura de la iglesia de San Felipe Neri,  como frente al número 20 se conservan, bajo tierra, restos de las conducciones. Vemos que en una de ellas se cita la fuente de las Marinas: en realidad se trata de un manadero colindante con el de Argales, tal como ya se ha comentado más arriba.

 

Cuando la conducción de Argales se clausuró definitivamente en 1974, aún prestaba servicio a seis fuentes de la ciudad: calle de Embajadores esquina paseo de Farnesio, la de las tapias de RENFE en calle Estación (frente a la calle Panaderos), y plazas del Caño de Argales, Fuente Dorada, el Val y la Solanilla. En las imágenes: plaza de de la Trinidad, con el vástago que hubo en Fuente Dorada, y plaza de la Solanilla. Por cierto, en el Vergel del Museo de Valladolid se pueden ver restos de tuberías y sifones del viaje de Argales.

 

El aspecto actual de la fuente de la plaza del Caño de Argales, se compuso en 1888 con las piedras del lavadero de las Moreras, y tiene reformas de 1931. Esta plaza ha conocido varios nombres: Pi y Margall, Dos de Mayo, José Mosquera, y el actual: Argales. No obstante fue una de las primeras fuentes que dio servicio (allá por el siglo XVI). Solo cabe añadir que la actual traza de la fuente Dorada es muy posterior a la clausura de la traída de Argales de 1974.

NOTA. Para quien quiera conocer con amplitud y detalle cuanto aquí se ha narrado, recomiendo los siguientes libros: El viaje de las Arcas Reales (coordinado por Carlos Carricajo Carbajo); Ingeniería y arquitectura en el Renacimiento español, de Nicolás García Tapia, y Fuentes de vecindad en Valladolid, de Jesús Anta Roca.

 

EL VUELO DE LA CARPA: MUSEO ORIENTAL

El centenario Museo Oriental ya tenía organizada una colección en 1874, aunque solo con el objeto de mostrar a los seminaristas agustinos-filipinos las culturas en las que habrían de sumergirse cuando, ya formados, marcharan hacia Oriente.

El museo, acaso uno de los más desconocidos de Valladolid,  acoge la mejor colección de arte de Extremo Oriente existente en España, y abarca una cronología que va desde el siglo VI a. C. hasta el siglo XXI.

Se trata de piezas y objetos  que se centran en las culturas china, filipina y japonesa.

En 1908 se colocó la colección en un enorme salón del convento. Y a partir de aquel año el Museo  se abre al público aunque sólo a los varones, pues las normas de entonces establecían que en un convento de frailes no podían entrar mujeres. Esta restricción desaparece por completo en 1980, cuando se abre  en las dependencias actuales.  El Museo no está estancado con su colección original, sino que se enriquece con nuevas aportaciones, como  la que hizo en su día la familia Ibañez-Urbón, que cedió varias porcelanas chinas Yuang que abarcan un periodo que va desde el siglo XIII hasta el XXI.

¿Qué nos vamos a encontrar en este museo? La verdad es que es imposible resumirlo, pues se trata de una ingente variedad de objetos, materiales y costumbres. Pero podemos destacar los esmaltes, la cerámica y porcelana, las lacas, esculturas en jade y marfil, sedas, caligrafía, mobiliario vario, armas y armaduras, vestimenta, etc. etc. además de numerosas fotografías, grabados y dibujos.

Más, antes de comenzar un recorrido por el museo es necesario indicar que en él está muy presente la figura de fray Andrés de Urdaneta. Este monje agustino no solo encabezó la primera expedición de seminaristas a Filipinas, sino que su fama trascendió por haber sido el que estableció el llamado “tornaviaje”. Esta ruta, que se utilizó durante siglos, marcó a los barcos el rumbo de ida y vuelta entre Filipinas y México, y permitió un continuo trasiego de mercancías y especias de todo tipo que, desde México, terminaban por llegar a España. Itinerario que siguieron buena parte de los preciados objetos que se exponen en el Museo, entre los que se encuentran los famosos mantones de Manila que, en realidad, proceden de Cantón o la provincia de Fukien, ambos enclaves en suelo chino.

Entremos en algunos detalles sobre este interesante viaje: en 1559 Felipe II escribe desde Valladolid una carta a Urdaneta en la que pide al que antes fue experto marino (que incluso navegó junto a Juan Sebastián el Cano), que condujera las naves reales desde Méjico (que es donde estaba el agustino), hasta Filipinas y que las hiciera regresar con éxito: le estaba pidiendo que hiciera un viaje de ida y vuelta que hasta entonces jamás se había realizado. Y así se llevó a cabo en el año de 1565. El viaje de ida y vuelta se hizo  por rutas distintas, para aprovechar los vientos favorables a las velas de las naves.

El museo tiene, además, un valor añadido: el edifico en el que se halla emplazado… Pero, pasemos a deambular por sus salas, deteniéndonos con detalle en algunas de sus piezas.

 

La sede del museo está en el edificio neoclásico que comenzó a construirse en 1759 siguiendo los planos del afamado arquitecto Ventura Rodríguez. Este arquitecto tiene numerosa obra pública y religiosa en toda España: Palacio de Liria, fachada de la catedral  de Pamplona, culminación del Pilar de Zaragoza, capilla Real de Madrid, balneario de las Caldas, etc. etc.

 

Pasillos y claustro, en el que se ha instalado un busto del padre Manuel Blanco, importante botánico del siglo XIX. Describió más de dos mil especies de la flora filipina y su obra tiene el especial valor de indicar las aplicaciones culinarias y medicinales de cada especie.

 

Entrada al  Museo.

 

Blas Sierra, director del Museo, en una de las salas de China destaca un  dibujo sobre papel, titulado “Carpas remontando una cascada”, de la Dinastía Ming, que gobernó China entre 1368 y 1644, en el que se ve una gran carpa que  parece  pretender alcanzar la luna anaranjada que preside el cuadro,  mientras que las olas, casi unas garras, tratan de atraparla impidiéndola cumplir su sueño. Es, en definitiva, una metáfora que representa la lucha contra los obstáculos que el ser humano ha de superar para conseguir  sus deseos.

 La pintura está muy influenciada por el taoísmo, que muestra su amor y sensibilidad por la naturaleza. A buen seguro que el cuadro lo pintó algún monje budista que, al igual que otros pintores y poetas, escogió para su “fugis mundo” –cual anacoretas- las montañas o las orillas de los ríos. Dice la leyenda que se comunicaban entre ellos a través de las carpas: depositaban un mensaje en la boca del pez para que este lo llevara hasta otro eremita asentado en alguna montaña o en otro remoto lugar de la orilla de algún río. 

 

Y como en todo cuadro chino que se precie, se verá una muestra de caligrafía –los ideogramas-, que representa el arte de escribir. Pero en lo que a caligrafía se refiere nos fijaremos en otras muestras.  En China, la caligrafía y la pintura persiguen la misma cosa. El arte de escribir es la exhibición de la libertad de movimientos. La mano del calígrafo –del pintor- traza los ideogramas moviendo su muñeca como si se tratara de pasos de danza. En la cultura china, una pintura con caligrafía adquiere más valor que una pintura sin ella. Es más, con frecuencia, los cuadros son, en realidad, únicamente ideogramas: representaciones del arte de la danza, del ritmo, de la libertad. La caligrafía es el arte de danzar sobre el papel. Y de este arte de la caligrafía ofrece el museo diversas y bellas muestras. Algunos de los lienzos no han podido ser traducidos por tratarse de dialectos  chinos ya extinguidos.

 

En las salas de Filipinas, un Santo Niño de Cebú, realizado en madera, oro y plata por un orfebre chino hacia 1760 por encargo de los misioneros Agustinos-Filipinos, reproduce la imagen original de este Niño –realizada únicamente en madera- que se conserva en la Basílica del Santo Niño de Cebú, propiedad de los mismos frailes. La talla original, símbolo de los Agustinos, la portaba Magallanes cuando recaló en Filipinas, allá por 1521,  y se la regaló a una princesa de la isla que se encaprichó de la talla.

 

Y no podían faltar los kimonos japoneses en el museo. De entre ellos se puede destacar el “Kimono con cerezo en flor”. Realizado en el siglo XIX, está pintado y bordado en seda y oro. La prenda ofrece las tres artes más características del Japón: el arte textil, el de bordar y el de pintar. Representa el espíritu japonés: el kimono, la floración del cerezo, el renacer de la vida –las flores- en pleno invierno aún cuando parece que el árbol está totalmente muerto. Pero también advierte de lo efímero de la vida y la belleza, pues estas delicadas flores invernales pronto caerán abatidas por el viento. La flor del cerezo es, en realidad, corta como la vida del samurai. Una vida corta pero intensa que, sin embargo, ha merecido la pena, porque la flor y el samurai han luchado y vivido por algo.

 

 Buda Sakyamuni, realizado en China en bronce.

 

Avalokitesvara, dinastía Ming (1368-1644). Se trata de uno de los santos del budismo, que aún preparándose para llegar a la categoría de Buda no logran alcanzar su objetivo.

 

Traje de dragones, bordado en seda, es del siglo XIX.

 

Colección de armas de Mindanao (Filipinas).

 

Marfiles hispano-filipinos: en este caso se trata de figuras para ser vestidas.

 

Armadura japonesa de hierro, laca,  cuero y seda. Realizada en el siglo XVII.

 

Vitrina de marfiles chinos. Obsérvese en uno de ellos el  detallado trabajo para representar escenas de una batalla.

 

 

Entre tantísimos objetos curiosos que alberga el Museo está la espada del general Jáudenes, que en nombre de España rindió Filipinas en 1898.

 

NOTAS. El museo está en el Real Colegio de PP. Agustinos, sito  en paseo de Filipinos, 7 Valladolid. HORARIO: de 16 a 19 horas de lunes a sábados. Domingos y festivos de 12 a 14. Por las mañanas, sólo grupos concertados.  Teléfonos 983 306 800 y 900

PASEO ENTRE ÁRBOLES: DÍA MUNDIAL DEL ÁRBOL

Las viejas huertas de los conventos, las riberas de ríos y canales, y los parques, aportan a Valladolid  un valioso patrimonio natural formado por los árboles. Pero estos testigos vivos y en continua evolución, también se prodigan por calles y plazuelas.

En las  últimas décadas Valladolid ha incrementado de forma exponencial sus parques y zonas ajardinadas, creando una mancha ecológica que supera incluso las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud en cuanto a los metros cuadrados de zona verde que debe disponer cada habitante. La estadística dice que en Valladolid hay casi 20 metros cuadrados por persona (la OMS recomienda 15). Eso referido solo a jardines digamos urbanos. Si incluyéramos el Pinar de Antequera, la Fuente El Sol y las riberas de ríos y canales, tendríamos que decir que cada vallisoletano dispone de 90 metros cuadrados de zona verde y arbolada.

Cabe anotar que buena parte de esos jardines urbanos se han tenido que hacer en zonas periféricas de los barrios: Canterac, La Salud, Ribera de Castilla… pues la brutal especulación urbanística de los años 60 y 70 ocupó prácticamente todo el suelo urbanizable de los barrios de Delicias, Pajarillos y Rondilla (entre otros), haciendo imposible crear buenas zonas verdes entre el callejero de esos barrios.

Pues bien, contado esto, y tomando como disculpa que el día 28 de junio se celebra el Día Mundial del Árbol, vamos a dar un paseo buscando algunos de los árboles y jardines más interesantes de Valladolid ciudad, no sin advertir que esta propuesta no agota en absoluto todas las posibilidades de disfrutar de nuestros árboles y jardines.

 

Plátanos de la plaza Circular. Son sin duda los más imponentes de Valladolid. Esta plaza se construyó una vez que se soterró la Esgueva que pasaba por aquí buscando la actual calle de Nicolás Salmerón. En la plaza había un puente que aún se conserva en el subsuelo.

 

El Campo Grande es sin duda es el gran jardín botánico de la ciudad. Pero no vamos a detenernos especialmente en él, sino que vamos a buscar un par de ginkos  que hay en la zona de juegos infantiles presidida por un gran barco de madera, junto al Paseo de Zorrilla. No será fácil verlos y para ello hay que fijarse en las ramas altas que despuntan de entre el resto de árboles. El ginko, llamado también árbol de los abanicos por la forma de sus hojas, se considera acaso el árbol más antiguo de la humanidad que se conserva. A esta conclusión se ha llegado por encontrarse sus hojas junto a antiguos fósiles.

 

El árbol del amor, o de judas (que tan contradictorios nombre tiene), ofrece una espléndida floración en primavera. El nombre de judas viene dado por que se dice que en un ejemplar de ellos se ahorcó Judas, desesperado por su traición a Jesús en el huerto de los olivos. Este ejemplar está en la calle Núñez de Arce –en el jardincillo de la Fundación Segundo y Santiago Montes-.

 
Cipreses de la plaza de la Universidad. Se plantaron para simular las columnas de la antigua colegiata que aún ofrece buena parte de su torre y algunos muros. El ciprés es un árbol cargado de simbolismo asociado a la unión de la tierra y el cielo, y a la vida. Los romanos los plantaban en los caminos y delante de las casas que ofrecían alojamiento a los viajeros. Realidad o leyenda, se dice que con la madera de ciprés se construyó el arca de Noé y parte del templo de Salomón.

 

Curiosísimo ejemplar de higuera que medra en las paredes de piedra del pozo que hay en el patio del palacio de Fabio Nelly, actual sede del Museo de Valladolid.

 

Pasaje del Voluntariado, tras la iglesia de San Benito. Un gran tejo preside el espacio, en el que también se pueden ver tilos y algún saúco. El tejo es el árbol sagrado de los celtas debido a su longevidad. De hecho, los cementerios se construían junto a algún ejemplar de este árbol hasta que en la cristiandad fue sustituido por el ciprés. Otro tejo hay en la plaza del Viejo Coso. En la segunda imagen hay un ejemplar de saúco y se puede ver la estructura del antiguo frontón de la calle Expósitos: un lugar mítico de Valladolid cerrado al público desde hace muchos años.

 

En la plaza de San Pablo, un cedro plantado en 1880 actúa de escenario para la escultura de Felipe II: erigida en 1964,  es una copia del original de Pompeo Leoni.

 

La plaza de la Trinidad ofrece también dos buenos ejemplares de cedros, que junto a los plátanos, dan sombra a la columna central de la plaza que no es sino un adorno que antes estuvo embelleciendo la Fuente Dorada.

 

Las Moreras dan buenas oportunidades para observar diversos árboles. En el antiguo vivero, llamado de San Lorenzo y hecho en los años 60 del siglo XIX, hay un raro pinsapo (árbol endémico de las sierras mediterráneas de España). 

 

El paseo de las Moreras muestra los mejores ejemplares de sauces de Valladolid: árbol de hoja caduca que parece aspirar a tenerla perenne, pues apenas termina de tirarla en invierno cuando ya muestra los brotes de las nuevas hojas. El nombre de Moreras viene de la gran plantación de moreras que se hizo en tiempos pasados, cuando la confección de seda era una industrial boyante (y protegida por los reyes), y había que alimentar a los gusanos de las que se extraía el material con que confeccionar tan delicada tela.

 

Lugar tradicional donde pasar los días soleados del invierno (los de verano se solía ir al Prado de la Magdalena), la chopera de las Moreras viene del siglo XVIII, cuando la Asociación Económica de Amigos del País, que  propiciaba obras y actividades para modernizar España y mejorar las condiciones higiénicas de la población, consideró saludable para la aireación de Valladolid plantar árboles en el Espolón Nuevo (detrás del palacio de los condes de Benavente –actual sede de la biblioteca de Castilla y León en la plaza de la Trinidad), cosa que se llevó a efecto en la década de los 80 del s. XVIII.

 

Y buena forma de rematar este paseo es hacerlo delante de la secuoya del Canal de Castilla. Plantada junto a una casa llamada “tirolesa o suiza” por su forma y adornos, mide 36 metros. Se trata de uno de los cerca de 150 árboles que existen en  el Catálogo de especímenes vegetales de singular relevancia de Castilla y León.

CANAL DE CASTILLA: UNA QUIMERA DE LA ILUSTRACIÓN

De la dársena del barrio de la Victoria hasta la esclusa 42 (a la altura del antiguo poblado de Tafisa), el recorrido por las orillas del canal de Castilla es un paseo excepcional en la Meseta Castellana.

El Canal de Castilla es una de las obras más relevantes de la ingeniería española de la época Moderna. Las obras adquirieron el máximo rango posible, al declararse como Reales Obras del Canal de Castilla. Se trataba del intento de una España moderna que seguía la estela de los países europeos y que perseguía el progreso material del país.

Hasta llegar al proyecto definitivo del actual canal no se puede olvidar que ya en los siglos XVI y XVII la Corona andaba soñando con la construcción de un canal (por cierto, no solo en el de Castilla, sino en otros varios, incluido el de Aragón). Sabemos que Carlos I de España, hacia 1550 ya planteaba tras la posibilidad de unir por vía acuática la Meseta con el Cantábrico.  Y Felipe II también acarició esta posibilidad, para lo que encargó el levantamiento topográfico del territorio español.

Pero no fue hasta 1751 para que, bajo el impulso del Marqués de la Ensenada, Fernando VI ordenara la constitución de una comisión de estudio sobre las posibilidades de construir algunos canales de navegación.

Nació el canal con la quimérica pretensión de atravesar la Cordillera Cantábrica y unir el corazón de la meseta con el mar. No se consiguió finalizar aquella empresa de titanes que comenzó en 1753, y los trigos terracampinos sólo llegaron, en barca, hasta Alar del Rey. Desde allí, el ferrocarril transportaba el cereal hasta los puertos santanderinos.

Su construcción adquirió notable proporción administrativa, hasta el punto de convertirse en un ente de magnas proporciones. El canal generó un complejo entramado compuesto por los más diversos cargos políticos y burocráticos, amén de numerosos oficios.

También necesitó proveerse de hospitales en diversos puntos del trazado según avanzaban las obras: Sahagún el Viejo, Dueñas, Cigales, Medina de Rioseco y el monasterio de Matallana -que luego pasaría a ser cantera para las obras del Canal-, por ejemplo. Además hubo que habilitar presidios para acoger a los penados que desde distintas cárceles de España se enviaban a trabajar en las obras del Canal, con toda la intendencia que ello suponía.

Un curioso detalle: los esfuerzos que por temporadas exigían las obras del canal llevaron en varios ocasiones a pedir licencia al obispado de Palencia para que permitiera trabajar en días festivos, con la condición de hacerlo después de haber oído misa y anunciándolo al pueblo durante la misa para evitar malos entendidos.

Para hacernos idea de la magnitud de la obra diremos que en 1786 se anota la presencia de 2.000 soldados y otros tantos campesinos trabajando en las obras.

Pero ¿qué es el Canal de Castilla?

Una arteria de agua de 207 km. que atraviesa 38 términos municipales de Valladolid, Palencia y Burgos, y que tiene sus dársenas en Medina de Rioseco, Alar del Rey y Valladolid.

Los primeros barcos comenzaron a navegar en 1792, y tras algunos lustros de gran actividad (hasta 365 barcas llegaron a estar al servicio del Canal), en 1954, después de una larga y agónica decadencia, navegó la última embarcación. Ahora el Canal sirve para proveer de agua potable a las poblaciones que se encuentran en su recorrido, y para regar las tierras de labranza.

Para las funciones de regadío fue necesario someter al canal a unas costosas obras: subir el fondo, estrechar la sección, reducir la altura de los saltos de algunas esclusas y suprimir compuertas; todo  para conseguir el objetivo de aumentar la velocidad del agua, pues esta debería correr más rápido si se quería que el Canal funcionara para regadío. Como curiosidad cabe indicar que el Canal, pese a lo que se cita en muchas ocasiones, jamás ha perdido, oficialmente, la condición de navegable. Ningún decreto, orden o circular ha advertido de que el Canal de Castilla dejara de ser navegable.

Vamos a dar un paseo de apenas un par de horas entre ida y vuelta. Un recorrido que tiene en su mayor parte carácter muy urbano, pues discurre en paralelo a los barrios de la Victoria, Parva la Ría y antiguo poblado de Tafisa, lo que aumenta el disfrute de puntos de vista y parajes muy variopintos.

 

En el barrio de la Victoria, de Valladolid, está la dársena donde termina el ramal del sur, cuya obra concluyó en 1835. Hasta 1849 no estuvo en uso la dársena de Medina de Rioseco – el ramal de Campos-, y entonces ya esta insólita arteria de agua quedó practicable para la navegación. En total, 207 kilómetros que pasan por 38 términos municipales de Palencia y Valladolid principalmente (además de Burgos).

 

Andar por las orillas del canal es recorrer uno de los patrimonios históricos industriales más importantes de España.

 

En la orilla izquierda, donde están las naves de mantenimiento, estaba el puerto seco: lugar donde se reparaban las barcas. Ahora está tapado, pero se conserva la estructura y piedras que parece que la Confederación Hidrográfica del Duero quiere rescatar.

 

En la nave principal (-calle Canal- frente al Archivo de la Confederación), se señalizan los senderos GR 39 y GR 89, que son senderos de largo recorrido que discurren por Montes Torozos y Canal de Castilla, respectivamente.

 

El Canal fue declarado Conjunto Histórico Artístico el 14 de agosto de 1991. En la imagen, uno de los miliarios que marcan los kilómetros. Hasta donde sé, solo se conservan dos de estos hitos.

 

Los caminos de sirga del Canal son un marco ideal para el paseo, la bici o la carrera.

 

El canal es un auténtico corredor biológico que facilita la dispersión de los organismos que lo habitan. Sus ecosistemas ribereños configuran una franja de hábitat ideal para especies animales y forestales. Una densa arboleda jalona los caminos, cuyo itinerario desde la dársena debe comenzarse por la orilla derecha y cruzar hacia la orilla izquierda en el primer puente que se vea. La grafiosis de la década de los ochenta del siglo XX también hizo estragos en los olmos que crecían en las orillas del canal. Ahora, algunos ejemplares se recuperan entre la alameda. En el tramo más urbano, numerosos patos y pollas de agua acompañaran el camino al que asoman varios barrios de la ciudad: la Victoria, la Maruquesa, Fuente el Sol, la Parva de la Ría y, ya casi al final, las ya despobladas casas de la antigua Tafisa.

 

Esclusa 42 -la última del canal-, cuyo edificio sirvió antes de almacén y fielato, y ahora es un  centro de control del canal. Esta esclusa, además, parece que es la única cuyas puertas siguen funcionando.

 

Podemos prolongar el paseo durante un pequeño tramo hasta donde la carretera de la Overuela se estrecha,  y el Canal y el Pisuerga casi se rozan. Debajo de nosotros un puente permite que el arroyo Berrocal vierta sus aguas en el río. Aunque no se puede ver, el puente tiene una buena potencia constructiva y, como todas las obras del canal, está protegido urbanísiticamente. Por cierto, en las primeras y últimas horas del día, es un buen observatorio de la evolución de las rapaces que anidan en el Soto de Medinilla (al otro lado del río) cuando estas están en plena actividad de caza.

 

La viejas casas del poblado de Tafisa, a la altura de la esclusa 42: melancolía a raudales.

 

Paralelo al primer tramo de la dársena discurre la calle Canal, en la que hay tanto naves como viviendas que se facilitaron a los trabajadores de la empresa. En la imagen, pequeños corrales que cuidan los habitantes de la calle.

 

… Y, a continuación, unas cuantas fotos en blanco y negro. La dársena llegó a ser en el siglo XIX el principal centro de actividad económica de Valladolid: fundiciones, cerámicas, tejidos, industrias harineras y diversos talleres,  constituían lo que hoy llamaríamos un auténtico polígono industrial. La primera imagen es de 1888 y el resto ya del siglo XX.  Las fotos son del Archivo Municipal de Valladolid y de la Confederación Hidrográfica del Duero.

 



PRESENTACIÓN DEL LIBRO SOBRE LOS POZOS DE NIEVE

En la Mota de Medina del Campo se conserva la estructura exterior y el desaguadero de un gran pozo de nieve. El lugar se conoce como Mirador de la Reina. A buen seguro que habría otros pozos de nieve habida cuenta de la importancia que tuvo la villa medinense. Además, el Archivo Histórico de la localidad conserva un buen puñado de legajos que da cuenta de la actividad de empozado y venta del hielo.