VALLADOLID, AÑO 1900

Buscando unos planos de Valladolid para cierta investigación me he topado con el del Diccionario Hispano Americano, del año 1897, y con otro editado por Leonardo Miñón en 1900. Así que me ha parecido interesante compartir con los lectores como era, a grandes rasgos, el Valladolid que cerraba el siglo XIX y abría el XX.

 Tenía la ciudad 71.000 habitantes aproximadamente (hay otras cifras pero no se apartan mucho de esta), y su actividad era eminentemente agrícola e industrial. Fábricas sobre todo para el autoconsumo: chocolates, cervezas, hierro, cerámicas, papel, jabón, botones, mantas, bayetas, estameña (tejido de lana), harinas, etc. También dos potentes fundiciones: talleres Gabilondo y Miguel de Prado, además de unas pujantes tenerías.

Disponía de facultades universitarias y  la población analfabeta superaba ligeramente el 50 %, aunque para salvar el honor de Valladolid hay que decir que en ese año de 1900 la media del analfabetismo en España  se elevaba a 66 de cada cien habitantes.

El Palacio de Santa Cruz disponía de un Museo Arqueológico que incluía pintura y escultura…

… Pero, mejor que veamos algunas imágenes,  y detalles del  citado plano de Miñón del año 1900

 

 Aquel 1900 abrió sus puertas en la calle Duque de la Victoria el Banco Castellano, ocupando el edificio palaciego de Ortíz Vega, un acaudalado hombre de negocios. De ahí la fecha que preside su fachada, que se puso tras  la completa remodelación del edificio a causa de un incendio ocurrido en 1917.

Hasta 1899 el antiguo monasterio de Nuestra Señora de Prado fue presidio, y a partir de ese año se habilitó como Manicomio (que lo fue hasta 1977). Por eso los planos al filo de 1900 todavía siguen reflejando el monasterio como presidio. De hecho, el puente Colgante se conocía también popularmente como puente del presidio.

 

En septiembre  se inauguró la estatua de José Zorrilla en la plaza que lleva su nombre. El autor de la obra fue Aurelio Carretero previa adjudicación mediante concurso público. El monumento fue fruto de la iniciativa del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, que en 1893 había acordado erigirle  por suscripción de carácter nacional. Y posteriormente decidió que se ubicara en Valladolid. En la imagen, correspondiente al día de la inauguración, se puede ver al antigua academia de Caballería, conocida como el Octógono, por su forma, que fue pasto de las llamas en 1915.

 

También en 1900 comenzó la restauración de la iglesia de Santa María de la Antigua de la mano del acreditado arquitecto Antonio Bermejo, que lo primero que intervino fue la torre y la galería porticada. Obra que no pudo terminar pues falleció al año siguiente. Mas traigo a colación lo que José Zorrilla opinaba de este templo: recogemos sus palabras del libro “La poesía castellana contemporánea” editado en 1889: “He aquí algo que vale infinitamente  más; es lo que nosotros llamamos la Antigua, una iglesia románica del siglo XI; hace largo tiempo que no se entra en ella, porque amenaza ruina. La torre es de una pureza de líneas, de una esbeltez incomparable; a mí me ha tenido siempre prendado, y he hablado de ella en una de mis leyendas. Pero se desplomará el mejor días, falta de las restauraciones necesarias; estamos en una negligencia estúpida y en beocismo artístico sin límites.” Seguramente el hecho de que fuera declarada Monumento Nacional en 1897 la salvó de ser completamente derribada.

 

El ferrocarril de Rioseco (popularmente tren burra) presentaba entonces dos estaciones: la principal, junto a la estación del Norte que estaba en el solar que en la actualidad ocupa la Estación de Autobuses; y otra en la plaza de San Bartolomé.

 

En el barrio de la Victoria, inmediato al puente Mayor, había uno de los fielatos de Valladolid, y la estación secundaria del tren burra en la actual plaza de San Bartolomé.

 

La actual plaza de la Universidad aún se llamaba de Santa María, debido a su inmediatez a la colegiata de Santa María la Mayor, la primigenia iglesia catedralicia que se construyó en tiempos del conde Ansúrez. En el mismo plano puede verse el mercado de Portugalete, que se derribó en 1974.

 

Detalle en el plano del mercado del Campillo (plaza España), derribado en 1957. Este, el de Portugalete y el del Val, recientemente restaurado, fueron fruto del impulso que imprimió el alcalde Miguel Íscar  (fallecido en 1880) para mejorar las condiciones higiénicas en la venta de alimentos. Todavía las Esguevas no estaban completamente soterradas.

 

Nuestra plaza Mayor se conocía  como plaza de la Constitución, y en el plano de 1900 se aprecia el vacío que había dejado la vieja Casa Consistorial derribada por ruina en tiempos del alcalde Miguel Íscar en 1879. El tranvía, que había comenzado a funcionar en 1881 atravesaba toda la ciudad tirado por mulas. Hasta 1910 no entró en funcionamiento el eléctrico.

 

Los paseos que frecuentaban  los vallisoletanos en aquellos años eran el del Campo Grande (actual paseo del Príncipe), el de la acera Recoletos, el del Espolón (junto al Pisuerga), el de la Salud (pasadas las puertas de Tudela –plaza Circular- en torno a la fuente de la Salud), y el del Prado de la Magdalena. En concreto, el Prado de la Magdalena se describía como anchuroso, con magníficas plantaciones y dotado de paseos y espléndidos jardines. Todavía lo regaba la Esgueva.

 

En 1900 el matadero estaba ubicado en el Prado de la Magdalena. Se trataba de un conjunto de edificios inaugurado en 1877 con modernas e higiénicas instalaciones del  que nuestro cronista Casimiro García Valladolid dijo: “Es un edificio que honra verdaderamente a Valladolid (…) y que algunas poblaciones han tomado como modelo”. Véase más abajo la referencia de la fábrica de papel, que en realidad era como un molino.

 

Hacia 1855 entró en servicio el nuevo vivero que se habilitó junto al Pisuerga en las huertas de la Trinidad. Disponía de casa del guarda, una noria para el regadío de las plantaciones y una caseta para guardar la herramienta. Era voluntad del Ayuntamiento que fuera una “obra digna de la capital”, por lo que además de las tapias que evitaban que entrara gente o ganado, se  mandó construir  una puerta notable y una verja para el frente. En el Prado de la Magdalena también había otro vivero. 

 

Entre los teatros vallisoletanos (Zorrilla, Lope de Vega y Calderón), todavía se contabilizaba el de la Comedia, sito en la plaza Martí y Monsó –o de la Comedia-, aunque en 1900 parece que ya solo se utilizaba como salón de baile, según las crónicas de la época.

 

 

 

 

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BUSTOS: UNA FORMA DE CONTAR HISTORIAS DE VALLADOLID

En escultura, un busto es la representación artística  de la cabeza y parte superior del tronco humano, sin presencia de los brazos. Se trata de una técnica concreta que tiene sus reglas. Es decir, no es un parte fragmentada o parcial de una obra, sino que es, en sí misma, una obra completa

Parece que el origen de esta forma de representación de un personaje está asociado a ritos funerarios, tal como se hacía en el Antiguo Egipto,  pero no necesariamente, pues en el Imperio Romano los bustos comenzaron a ser una forma de reconocimiento a personajes importantes, a héroes o a dioses. Por eso los museos de Roma están llenos de bustos. En la imágen, busto del siglo II realizado en mármol y encontrado en Medina de Rioseco que se conserva en el Museo de Valladolid.

No obstante, en las familias romanas pudientes era costumbre mandar esculpir la representación de sus difuntos, cuyos bustos solían ponerlos en el vestíbulo de la vivienda o incluso en armarios. Era una manera de seguir teniendo entre ellos a sus parientes ausentes. En definitiva, el equivalente a los retratos fotográficos que nos recuerdan a los ausentes y que ponemos en las estanterías de las librerías y en los aparadores.

Para esculpir un busto, como en cualquier escultura, se puede emplear todo tipo de materiales: madera, piedra, bronce, mármol, granito, etc.

Contado esto no abundaremos más, pues nos enredaríamos en asuntos de expertos, cosa que no viene al caso, dado que acaso también tendríamos que hablar de los relicarios de las iglesias, en los que se representa a santos o mártires.

Ese origen digamos privado de los bustos, en algún momento saltó al espacio público y es frecuente que los municipios ofrezcan a los ojos de los paseantes los bustos de personajes notables de la historia de la ciudad.

Y, en esto, Valladolid no es  una excepción. Bien es verdad que veremos que algunos de los bustos están en edificios y por consiguiente un tanto ocultos a la mirada de la mayoría del público, de los que también vamos a dar cuenta.

 

El busto más antiguo de la época moderna que hay en Valladolid es el que representa al alcalde Miguel Íscar (1828-1880). Miguel Íscar, uno de los más importantes munícipes que hubo en la ciudad, nació en 1828,  y ejerció entre 1877 y 1880, año en el que falleció. Se trata de un bronce esculpido por Aurelio Rodríguez Carretero (el escultor de Zorrilla o el Conde Ansúrez). Se instaló en el Campo Grande, cerca de la pajarera, en el año 1907.

 

No muy lejos, y más próximo a la fuente de la Fama, se instaló en 1932 el busto de Núñez de Arce (1832-1903), diputado, ministro y académico de la lengua. Su autor fue Emiliano Barral, escultor con obra incluso en el Reina Sofía, en Valladolid tuvo un monumento a  Leopoldo Cano (1936) que se destruyó durante la Guerra Civil por los fascistas.

 

Y el siguiente busto más antiguo de Valladolid es el que representa a Leopoldo Cano (1844-1934). Está ubicado en el paseo del Príncipe del Campo Grande. El poeta Cano fue miembro de la Real Academia de la Lengua. La escultura lleva la firma de Juan José Moreno Llebra (Chechñe), nacido en Valladolid.

 

Seguimos en el Campo Grande, y frente a Cano, un tanto escondida y mimetizada con el entorno está el busto de la escritora Rosa Chacel (1898-1994). Su autor es Francisco Barón y se instaló el año 1988, coincidiendo con el homenaje que la tributó la ciudad con motivo de cumplir 90 años. Barón fue Premio Valladolid de Escultura en 1983 y ha expuesto en numerosas ciudades europeas.

 

Y nos vamos a la Casa de Cervantes, en la calle Miguel Íscar. En el jardín que precede al edificio vemos al marqués de la Vega Inclán (1858-1942), político y militar, fue un mecenas que contribuyó a evitar el derribo de la casa que habitó el autor del Quijote. Al marqués se le considera en gran impulsor del turismo en España. El autor de la obra es Mariano Benlliure, con numorosa obra repartida por toda España y  que en Valladolid también tiene el Monumento a los Cazadores de Alcántara (1931) delante de la Academia de Caballería.

 

El jardín interior de la Casa de Cervantes está presidido por el busto de Archer Milton Huntington (1870-1955).  Arqueólogo y filántropo hispanista nacido en Estados Unidos, fue presidente de la Sociedad Hispánica de Nueva York. Gran contribuyente a que ahora disfrutemos de la Casa de Cervantes pues consiguió el respaldo de Alfonso XIII para mantener y rehabilitar la casa. La autora de la escultura fue Eva, hija de Archer, que la donó a la ciudad en 1962. La escultura se definió como una persona enamorada de España.

 

El museo Casa Colón exhibe en su patio de la fachada un busto de Isabel la Católica instalado en 2004 y realizado en bronce  por José Luis Fernández, escultor ovetense nacido en 1943. De esta pieza hay una réplica instalada en el Monasterio de Guadalupe, Cáceres.

 

El busto de Ponce de León de la Casa Colón es obra de Carmen Wattemberg  García y se instaló en 1976. Sin embargo se trata de un segundo busto en el mismo lugar: el primero, de Cristina Carreño, se inauguró en 1971 con motivo del 450 aniversario del fallecimiento del descubridor. Pero fue robado, por eso se encargó una segunda escultura, que es la que ahora vemos. Ponce de León Nació en Santervás de Campos en 1460 y falleció en La Habana en 1521. Explorador al que se le considera descubridor de la Florida. La información del busto me la ha facilitado Francisco Furones Martínez.

 

En el jardín que precede al colegio de Santa Cruz, detrás del palacio, se instaló un busto de Claudio Moyano (1809-1890), realizado por Luis Santiago Pardo en 2009. Claudio Moyano fue ministro de Fomento con Isabel II y en su mandato se aprobó la ley de enseñanza más longeva de España pues no se derogó definitivamente hasta la década de 1970. Aunque nacido en la provincia de Zamora, fue alcalde de Valladolid y rector de su Universidad. La puerta de acceso, aunque parece cerrada, se puede franquear. El escultor Luis Santiago –vallisoletano-  es el autor, entre otras piezas, de las de Rosa Chacel y Jorge Guillén, en la plaza del Poniente.

 

En el panteón del PSOE y UGT del cementerio del Carmen, hay un busto de Pablo Iglesias Posse (1850-1925), instalado en 1998. Iglesias, que  fue  fundador de las dos organizaciones citadas, nació en El Ferrol. La autoría es de Alberto Bustos, un ceramista y escultor vallisoletano de proyección internacional.

 

La casa de la Beneficencia, en el paseo del Cementerio, guarda en su jardín una representación del  capitán general Carlos O´ Donnell.  Este homenaje se debe a que la institución nació en 1818 fundada por el militar, con la finalidad de “evitar la miseria y la exposición de salud pública por las aglomeraciones de pobres en la ciudad”. La obra es de Javier Polo (del que nada más he conseguido saber).  El general, uno de los políticos más influyentes en la historia de España,  estuvo vinculado a Valladolid, pues entre otras cosas  fue director de la Sociedad Económica de Valladolid entre 1819 y 1822.

En el claustro del convento de los Agustinos-Filipinos está la escultura de uno de los botánicos españoles más importantes: el padre Francisco Manuel Blanco. Zamorano nacido en 1779,  falleció en Filipinas en 1845, isla de la que hizo un exhaustivo estudio de su flora con una descripción de sus aplicaciones culinarias y medicinales. El busto es de Luis Santiago Pardo y de él hay dos versiones: una en el pueblo donde nació (Navianos de Alba), y otro en Zamora capital.

 

 

En el jardín de acceso a la Casa de Zorrilla, en 2017 se instaló un busto de Narciso Alonso Cortés, cuyo autor es el imaginero vallisoletano Miguel Ángel Tapia. Alonso Cortés (1875-1972)  fue el mayor especialista en la vida y obra de Zorrilla, además de poeta e historiador.

 

Nos vamos hasta Parquesol. En su plaza principal hay un busto de Marcos Fernández (1937-1998), empresario, promotor del barrio y añorado presidente del Real Valladolid. La obra, instalada en 2001,  es de Luis Santiago Pardo.

 

Seguimos viendo esculturas al aire libre y nos vamos hasta la Casa de la India, en la calle Puente Colgante, en la que hay un busto (más bien una escultura por cuanto se representa con brazos y manos) del premio Nobel Rabindranath Tagore donada por el Gobierno de la India en 2006, con motivo de la inauguración de la Casa.

 

 

Y nos vamos a visitar un par de interiores. En la tercera planta de la Facultad de Medicina, donde se ubican los servicios administrativos, hay una representación del doctor Mercado realizada en hormigón por el escultor Ramón Núñez en 1930. Núñez es el autor del Sagrado Corazón que corona la torre de la Catedral de Valladolid. Luis de Mercado falleció en 1611 y según el historiador  Anastasio Rojo nació en 1532 y no en 1525, como pone en la placa que preside el busto. No hay seguridad sobre su lugar de nacimiento (probablemente Valladolid). Lo fue todo en la medicina incluido médico de cámara de los reyes Felipe II y  III. Ejerció de catedrático en Valladolid y sus libros influyeron en la práctica médica de España y Europa. Con una solvente formación filosófica, se le llegó a conocer como el “Santo Tomás de la Medicina”.

 

En el hospital Pío del Río Hortega hay un duplicado del busto de este importante investigador. El busto original, que es el  que vemos en la foto, es propiedad del Museo Nacional de Escultura, que se lo dejó al hospital en 1990 para que hiciera una copia del mismo. La obra, de 1923, lleva la firma del escultor Juan Cristóbal González Quesada. Pío, vallisoletano nacido en Portillo,  fue propuesto por dos veces para el Nobel de Medicina. (1929 y 1937), lo que da idea de sus  trascendentes aportaciones al mundo de la neurociencia.

 

Concluimos este periplo por los bustos de la ciudad de Valladolid en la Casa Consistorial. En el acceso al Salón de Recepciones  hay sendos bustos realizados  en madera por Crispín Trapote: La ciega de Íscar y el Labriego Castellano. Crispín (1916-1975) perteneció a una saga de escultores vallisoletanos, de los que aún hay algún descendiente en activo: Jesús Trapote, autor del  Homenaje al Imaginero Castellano frente al teatro Calderón.

ESCENARIOS DE GUERRA

Aunque no lo parezca, las tierras vallisoletanas han sido protagonistas en diversas contiendas bélicas a lo largo de la historia, y unas cuantas de sus poblaciones han sido escenarios de significativas batallas.

Sobre estos acontecimientos voy a proponer varios escenarios en distintos puntos de la geografía vallisoletana. No se me exija rigor histórico exacto, pues no es lo que persigo aquí, sino traer evocaciones y argumentos para animar a visitar esos parajes donde percibir las vibraciones de la historia, y visitar  sus localidades próximas.

Será necesario apuntar, al menos someramente, las causas que han contribuido a esta notoriedad vallisoletana en el terreno bélico. Una de ellas es que Valladolid resulta paso obligado para las comunicaciones entre la frontera francesa, la capital de España y el vecino país de Portugal. También el que el Duero fuera frontera durante muchos años entre la España cristiana y la musulmana. Y no menos importantes fueron las disputas fronterizas entre los reinos de León y Castilla cuando estos se separaron. Además, la importancia de algunas poblaciones, como Valladolid, Medina del Campo y otras, en las disputas entre aspirantes al trono en diversos acontecimientos a lo largo de la historia (por ejemplo las aspiraciones al trono del bastardo príncipe Alfonso y el que fuera Enrique IV –hablamos de los tiempos que precedieron al reinado de los Reyes Católicos-). “Quién señor de Castilla quiera ser, Olmedo de su parte ha de tener”, se decía en el siglo XV.

En fin, que todo apunta a que las comarcas y villas vallisoletanas tengan un sitio en la historia, aunque sea por motivos bélicos.

Sugiero algunos casos, más o menos épicos e importantes, que marcaron hitos en la historia de España.

 

Simancas fue escenario de una de las más famosas, importantes y mejor documentadas batallas entre los emiratos musulmanes y los reinos cristianos. Tuvo lugar en agosto de año 939. Fue una gran victoria de los reyes cristianos de León, Castilla y Navarra sobre las tropas sarracenas: los historiadores dicen que aquella batalla marcó el declive definitivo de los musulmanes.

Corrían los primeros días de agosto del año 939, cuando el califa Abderramán III se presentó, según algunas crónicas –que hay que poner en cuarentena-,  con 100.000 soldados a los pies de la muralla simanquina, que estaba defendida por tropas al mando del rey de León Ramiro II, que había conseguido unir a diversos nobles cristianos que aportaron soldados para la causa. La batalla, que duró varios días, fue muy cruenta y se desarrolló a lo largo de la margen derecha del Pisuerga al noroeste de Simancas. La batalla la perdió definitivamente Abderramán cuando se batía en retirada, y eso trajo como consecuencia que el control cristiano rebasara el Duero y llegara hasta asentarse a la orilla del río Tormes. Esta batalla fue uno de los acontecimientos más relevantes del siglo X en la historia de España, y de ella se habló en toda Europa y en los confines de Asia.

No obstante, aquella derrota musulmana no impidió que años después (exactamente en 981) Almanzor se presentara en Rueda para librar otra importante batalla que se decantó a favor de los sarracenos, y que tuvo consecuencias internas para los cristianos, pues los nobles gallegos se levantaron contra Ramiro III, obligándole a abdicar como rey de León en favor de Bermudo II.

 

Dejemos a moros y cristianos para saber que ocurrió entre los mismos cristianos, que no necesitaban de enemigos agarenos  para  enfrentarse entre ellos.

 

Apuntado queda que los ríos fueron importantes líneas divisorias: los puentes no eran precisamente numerosos, pocos los lugares de vadeo y no durante todo el año, y aunque ahora veamos escaso el Sequillo o inexistente el Trabancos, sin embargo en otras épocas no eran obstáculos fáciles de salvar.

Y esto nos lleva a situar el Sequillo y el Trabancos como líneas fronterizas, esta vez entre los reinos de León y Castilla. Me detendré en el Trabancos.

Vamos, pues, a  Castrejón de Trabancos (que queda cerca de Alaejos y Nava del Rey) para recordar que en sus inmediaciones se desarrolló una trascendental colisión entre ambos reinos cristianos. Corría el año 1179 y las tropas leonesas del entorno de Toro y Castronuño, leales a Fernando II, se enfrentaron a las tropas de Alfonso VIII de Castilla. No estoy muy seguro de si en aquella ocasión hubo vencedores y vencidos pero cierto es que los historiadores aseguran que aquella cruenta reyerta obligó a firmar la paz, pocos años después -1183- entre ambos reinos.

Sigamos con los monarcas cristianos,  y esto nos lleva a las batallas de Olmedo, pues dos fueron las que acontecieron. El 19 de mayo de 1445 las tropas de Juan II de Navarra, que tenían Olmedo en su poder acabaron enfrentadas en una nada pequeña batalla con los partidarios del entonces príncipe Enrique (futuro Enrique IV de Castilla).

El segundo enfrentamiento tuvo lugar el 20 de agosto de 1467. Entonces, de nuevo Enrique IV se enfrenta a los partidarios de su hermanastro Alfonso. Ambos se proclamaron vencedores y en la contienda estaban enredadas todas las familias notables de la época, alguno de los cuales estaban llamados a futuros acontecimientos: ¿se acuerdan de Beltrán de la Cueva, tan implicado en la lucha por la sucesión del trono entre Juana la Beltraneja e Isabel? pues por Olmedo andaba el tal Beltrán.

Algunas coplas se hicieron eco de estos acontecimientos de Olmedo.

 

Representación de la Quema de Medina. Foto cedida por Rubén García

Las luchas entre realistas y comuneros fueron unos de los enfrentamientos bélicos más trascendentes en la historia de España. Y esto nos lleva a poner de relieve un singularísimo acontecimiento que no tuvo las características de una batalla, pero sí el valor de la gesta. Me refiero a lo que se conoce como la “Quema de Medina”.  Corría el año 1520, exactamente el 21 de agosto. Las tropas del emperador Carlos se presentaron en Medina del Campo para tomar las piezas de artillería que allí estaban custodiadas y, con ellas, dirigirse a tomar Segovia, en manos de los Comuneros: de madrugada, Antonio de Fonseca se presentó en las puertas de Medina exigiendo las piezas artilleras. El alcalde pronto se puso de su parte, pero los vecinos se negaron: juntaron todos los cañones en la plaza, desmontaron las ruedas y las cureñas y los rodearon para defenderlos. Las tropas realistas, en verdad escasas, no pudieron someter a los partidarios de la causa comunera, por lo que no tuvieron otra idea que prender fuego a Medina por diversos lugares para así provocar la desbandada del pueblo. Pero nadie se movió del lugar, y antes de que las llamas llegaran a prender los almacenes de los ricos comerciantes, las tropas del emperador se retiraron para que los habitantes de Medina pudieran apagar los fuegos. Aquello no hizo sino aumentar más las adhesiones a la causa comunera en las poblaciones de Castilla. Fruto de aquel notable hecho histórico es que en Medina haya una plaza de Segovia y en Segovia una llamada de Medina del Campo (solidaridad comunera).

Y  el relato de la Quema de Medina nos lleva a la batalla de la Guerra de las Comunidades: la de Villalar. Fue aquel 23 de abril de 1521, cuyo desenlace no puso fin a la guerra pero supuso un punto de inflexión ya indudablemente favorable a los intereses del Emperador Carlos.

Ejecución de los comuneros, de Antonio Gisbert. Museo del Prado

Se desarrolló como a dos kilómetros de la población, aunque Padilla intentó que tuviera lugar en el casco urbano, instalando en él parte de su artillería. Era consciente de sus menguadas fuerzas frente a las tropas imperiales, y consideró que podría tener alguna ventaja evitando el campo abierto.

Fue una batalla no querida por los comuneros, pues en realidad pretendían llegar desde Torrelobatón (donde  estaban acuartelados) hasta Toro para sumar refuerzos y aprovisionamientos. Pero sucedió lo inevitable, pues los imperiales interceptaban el camino que habían tomado las tropas comuneras.  La batalla, bajo una intensa lluvia, fue una masacre para los de Padilla.

Lo peor de aquello es que descabezó parte principal de los caudillos comuneros, como bien sabemos.

Aquella triste derrota se recuerda en Villalar de los Comuneros. En el monolito de la plaza principal, levantado en 1889,  se lee la siguiente inscripción: “A la memoria de Doña María Pacheco, Padilla, Bravo y Maldonado…”

Y más recientemente, en concreto en 2004, se levantó un monumento en el paraje llamado puente de Fierro (como a dos kilómetros de la población, al que se puede llegar andando por un camino acondicionado), y que recoge las siguientes palabras del poema de los Comuneros de Luis López Álvarez: “Desde entonces Castilla no se ha vuelto a levantar”.

Villalar de los Comuneros bien se merece una visita en días más sosegados que los que rodean la fiesta de la Comunidad. Y si se tiene ocasión, subir a la torre del Reloj que está frente al Ayuntamiento solicitando la llave con algún de antelación en el teléfono de la Casa Consistorial: excelentes vistas.

 

Daremos un salto para irnos a la Guerra de la Independencia, y dar cuenta de dos singulares acontecimientos bélicos.

Escultura de Aurelio Carretero en Medina de Rioseco. Recuerdo de de la batalla de Moclín

A poco más de cuatro kilómetros del casco urbano de Medina de Rioseco está el teso de Moclín, a cuyos pies se desarrolló un importante batalla de la que aún sigue estudiándose las causas de la derrota de los ejércitos españoles. Fue el primer enfrentamiento propiamente bélico entre tropas regulares francesas y españolas.  Las tropas francesas ganaron la partida a los españoles. Aquello ocurrió un 14 de julio de 1808 y de ello ha dejado constancia un grupo escultórico de Aurelio Carretero inaugurado en 1908 junto al parque Duque de Osuna. Cabe añadir que acaso lo peor vino después de la batalla, y fue el saqueo de la ciudad de Medina de Rioseco por parte de las tropas francesas. Largo sería explicar las causas de la derrota, pero en lo que a las tropas españolas se refiere, se puede apuntar que  buena parte de ellas eran bisoñas, obligadas a llegar al punto de batalla a marchas forzadas; el que los oficiales españoles no coordinaron adecuadamente sus movimientos; o el que los españoles emplazaron inadecuadamente las piezas de artillería, teniendo la luz cegadora del sol en contra.

Famosa fue la trágica escaramuza ocurrida en Cabezón de Pisuerga el 12 de junio de 1808 (es decir unas semanas antes de la Batalla de Moclín): las tropas francesas acantonadas en Burgos vieron peligrar la línea de postas que unía Madrid con Francia y que pasaba por Valladolid, por lo que se movilizaron para asegurar el servicio del correo. Aquel fatídico día, apenas 5.000 hombres inexpertos (estudiantes y seminaristas de Valladolid reclutados a marchas forzadas), se enfrentaron a 9.000 curtidos soldados franceses (por dragones se les conocía). Y los españoles, al mando de un incauto general se dejaron atrapar en el puente de Cabezón sufriendo en apenas unas horas centenares de bajas, muchas de las cuales aún semanas después seguían sin enterrar. A cada lado del puente hay sendos monolitos: uno recuerda propiamente la batalla, otro, más reciente y rodeado de banderas, recuerda la voladura del puente que ocurrió cuatro años después.

Y concluyo este recorrido anotando un hecho curioso: en Castrejón de Trabancos  pudo cambiar el signo de la Guerra de la Independencia, pues aquí sufrió Wellington un importante susto cuando estuvo a punto de ser apresado por las tropas francesas que merodeaban por Rueda, lo que  muy probablemente habría  hecho que el curso de aquella guerra tomara otros derroteros.

 

MARCELINA PONCELA, PINTORA: UNA VIDA Y UNA EXPOSICIÓN

Marcelina Poncela  nació en 1864 en la calle Vega,  de Valladolid, en el seno de una familia humilde cuyo padre era un artesano de cestería oriundo de Bercero.

Tenía otros dos hermanos que murieron muy tempranamente. Quedó huérfana de madre a los tres años, por lo que fue criada por su abuela paterna, según costumbres de la época, en las que no era frecuente que el padre se encargara de la crianza de una hija, además de que no dispusiera del tiempo necesario habida cuenta de su trabajo.

Lo que no significa que no estuviera atento a su educación, pues  su progenitor apreció las cualidades intelectuales y artísticas de Marcelina, de tal manera que Marcelina estudió Magisterio compatibilizando con clases de dibujo y pintura en la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, que por aquel entonces estaba situada en el Colegio de Santa Cruz. Sus clases de arte comenzaron en 1876 y tuvo como maestro a José  Martí y Monsó.

En 1882, a raíz del fallecimiento de su padre, y como era menor (18 años) quedó bajo la tutela del esposo de su tía Ysidra Poncela. El matrimonio vivía en Madrid, por lo que Marcelina  se trasladó a vivir a la capital de España, donde siguió compaginando sus estudios de magisterio con los artísticos. Necesitó de una dispensa expresa de la Casa Real para poder ingresar en 1884 en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado.

Además, obtuvo sendas becas o pensiones tanto del Ayuntamiento como de la Diputación de Valladolid, lo que le permitió dedicarse con mayor intensidad a su formación.

Uno de los maestros que más influyeron en nuestra pintora fue Carlos de Haes, un excepcional paisajista español de origen belga que era partidario de una nueva forma de pintar el paisaje: al aire libre  y con la rapidez y sutileza suficientes como para captar los matices que se operan en la naturaleza producto de la luz cambiante.

Casó con un periodista, pero sus obligaciones familiares no mermaron su vocación de pintora, que le acompañó toda la vida.

Tuvo tuvo varias hijas y un varón que llegó a ser famoso dramaturgo: Enrique Jardiel Poncela.  El matrimonio inculcó a sus prole el gusto por el arte y la cultura, por eso fueron educados en la Institución Libre de Enseñanza, y sus hijas estudiaron Magisterio y Comercio, en una época en que las mujeres apenas se las enseñaba las cuatro reglas y mal leer.

Su apellido, de momento, quedó más ligado a la fama de su hijo que a su propia trayectoria artística. Tal vez esto comience a cambiar a partir de lo que ya se va conociendo de esta excepcional mujer gracias a la publicación de su vida y obra por parte de María Dolores Cid Pérez. Una  vallisoletana doctora  en Historia del Arte que hizo su tesis sobre la vida de Marcelina, y que recientemente ha visto la luz en forma de libro publicado por el Ayuntamiento de Valladolid: “Retrato de Marcelina Poncela”

Marcelina, que falleció en 1917,  no perdió el contacto con Valladolid, pues además de cartearse con una amiga residente en nuestra ciudad, hasta 1912 acudió a todas las exposiciones que se celebraban en Valladolid, de las que El Norte de Castilla recoge elogiosas críticas de sus cuadros.

Nuestra pintora tuvo la gran valía y suerte de ver en vida como se valoraba y apreciaba su obra. Acudió con su obra a los certámenes más importantes de España, como eran el  Círculo de Bellas Artes de Madrid, y  Exposición Nacional de Bellas Artes (en la obtuvo galardones en varias convocatorias).

Como indica la propia Dolores Cid, Marcelina era “una mujer valiente y decidida que siempre tuvo muy claro que lo que quería hacer en la vida era pintar, y no dudó en atreverse a irrumpir en el mundo artístico decimonónico, que era masculino, y tratar de hacerse un hueco en él”.

Coincidiendo con la reciente publicación del libro sobre la vida y obra de Marcelina, la Universidad de Valladolid ha organizado una exposición sobre la pintora, en la que a través de una quincena de cuadros, algunos dibujos y varios libros en los que se recoge su trayectoria nos podemos hacer una idea cabal del valor artístico de Marcelina Poncela.

En palabras de Daniel Villalobos, arquitecto y director del Museo de la Universidad de Valladolid, Marcelina Poncela  fue “una de las primeras seis mujeres en mostrar a la sociedad española de final del siglo XIX, la capacidad de la mujer en un tiempo de aquella sociedad en el que ser mujer y querer oficialmente ser artistas, era casi imposible de compaginar.”

Curiosamente, Marcelina ahora es una desconocida, pero en vida recibió el reconocimiento de los ambientes artístico y participó en numerosas exposiciones locales, de las que la prensa de la época daba debida cuenta. Parece que sus paisanos seguían su trayectoria artística y estaban orgullosos de sus logros.

Por suerte, algunos de sus cuadros, sean copias de los del Museo del Prado de su época de estudiante, o de creación propia, se conservan en Valladolid. Se hallan depositados en el Ayuntamiento y en la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción.

Si hubiera que resumir en brevísimo espacio su trayectoria profesional y vital, podríamos hacerlo diciendo que fue maestra, artista y pionera. Empleó todas las técnicas: óleo, acuarela y pastel; y practicó el dibujo. Y abordó todos los géneros: paisaje, retrato, costumbrismo, bodegón y flores.

Por cierto, la sala de exposiciones está en el interior del Museo de la Universidad, por lo que es muy buena ocasión para conocerlo, quien no lo haya visitado nunca,  o para volver a recrearse por si ha visitado alguna vez.

Se trata de una escogida selección de objetos y obras de arte relacionadas con la Universidad, y en definitiva con Valladolid; y de cuadros y esculturas de excelentes autores vallisoletanos contemporáneos.

Como curiosidad contaremos que  en la exposición de Marcelina Poncela hay un cuadro que representa a la Reina Regente  María Cristina (viuda de Alfonso XII) y a su hijo, futuro Alfonso XIII, de niño; y  en el Museo de la Universidad se pueden ver sendos cuadros de María Cristina y Alfonso XII pintados por Blas González García –Valladolid unos pocos años antes que el de Marcelina.

 

NOTA: La exposición está abierta hasta el día 12 de abril en el Edificio Rector Tejerina, al que se accede por la plaza de Santa Cruz. El horario de visita es de 10 a 14 y de 18 a 21 horas.

 

LOS NUEVE ROLLOS DE VALLADOLID

El rollo es una columna de piedra, generalmente erigida sobre una pequeña grada que  se levantaba en los municipios que tenían capacidad jurisdiccional. Es decir, que podían administrar justicia, pero indicando el poder al que estaba sujeto el pueblo: el señor feudal, la corona, el poder eclesiástico o el régimen concejil. Se suele considerar que solo se podían poner en los villazgos, es decir municipios con cierta autonomía administrativa: impartían justicia y ejecutaban la pena.

Los rollos también sirvieron para marcar límites territoriales, como simple conmemoración de la adquisición de la categoría de villa,  y para exponer al escarnio público a aquellos delincuentes que eran condenados, pero en esta especie de variante de rollo tendríamos que hablar más bien de “picota”. No obstante en muchas poblaciones eran la misma cosa, o terminaron por serlo.

Para hacernos una idea más exacta de la importancia que tuvieron los rollos diremos que durante la conquista de América, el primer acto de fundación de una ciudad consistía en la erección del rollo como símbolo de jurisdicción real y como signo de amenaza coercitiva.

La estructura de los rollos era relativamente parecida en todos los casos, o al menos se construían siguiendo ciertos patrones: de piedra, sobre una grada con varios escalones, con una base, columna y rematadas con bolas, picos o conos. Se solía poner los símbolos de la autoridad propietaria de la villa. Y a la columna, cuando el rollo ejercía de picota, pues llevaba unas argollas donde se encadenaba o ataba al reo para que sufriera el escarnio público.

Los siglos XVI y XVII fueron en los que se construyeron más rollos en España.

Hay autores que sostienen que las primeras picotas o rollos se remontan al siglo XIII, reinando Alfonso X el Sabio. Desde luego, en Las Siete partidas se hace referencia a las siete maneras en que se debía aplicar la pena a los reos: desde la pena de muerte hasta la amputación de miembros, pasando por ser azotado, herido con yerros, dejándolo al sol untado en miel para que lo coman las moscas, o ponerle en deshonra en la picota. Penas que buscaban, además que no solo sufrieran pena sino también padecieran vergüenza. ¡Vaya como se las gastaba el rey Sabio! La picota, en definitiva, era el lugar para que que los malhechores sufrieran el escarnio público.Es el caso que Valladolid fue una de las provincias de España que más rollos tuvieron,  y en general en Castilla y León.

Las Cortes de Cádiz consideraron que aquellas columnas (que ya no tenían más función que la decorativa) eran una reminiscencia de signos de vasallaje y  debían ser eliminados. Así, mediante un decreto fechado el 26 de mayo de 1813, ordenaron a los ayuntamientos la demolición de todos los signos de vasallaje que hubiera en las entradas de los municipios, casas consistoriales o cualquier otro sitio “puesto que los pueblos de la Nación Española no reconocen ni reconocerán jamás otro señorío que el de la Nación misma, y que su orgullo sufrirá tener a la vista un recuerdo continuo de humillación.”

Pero no todos los municipios hicieron caso de aquella  órden, y producto de tal desacato es que  España  conserve  unos 150 rollos. Nueve de ellos en Valladolid: Aguilar de Campos, Bolaños, Curiel de Duero, Mayorga, Simancas, Torrelobatón, Valdearcos de la Vega, Villalar y Villalón de Campos.

 

En Villalón de Campos, rematado en un pináculo que sostiene una veleta, se levantó el rollo de justicia, de estilo gótico flamígero isabelino, en los primeros años del siglo XVI (hay dataciones que lo fechan en 1523). De una altura de 10 metros, seguramente es el rollo más artístico y monumental de España. Le caracteriza un rico decorado y una buena conservación.  Rematado con una veleta, se ha convertido en el símbolo inequívoco de Villalón. Apuntan los estudios sobre este rollo que tal vez fuera trabajado por un maestro cantero de la Catedral de Burgos. Sea como fuere, ha entrado en la lista de los principales monumentos españoles, tal como indica esa vieja copla que dice: “Campanas, las de Toledo; iglesia, la de León; reloj, el de Benavente; y rollo, el de Villalón”. Fue declarado Bien de Interés Cultural en 1929.

 

El rollo de Mayorga se fecha en el primer cuarto del XVI. Es una sobria pero esbelta columna decorada con la representación de cuatro bestias  legendarias que apuntan en los cuatro puntos cardinales, está rematado con una especie de templete.

 

En Bolaños de Campos, se yergue el más austero de los rollos terracampinos. Se asienta sobre un podio de seis escaleras. Es de finales del XV y está rematado con cuatro cabezas de león que apuntan hacia todos los puntos cardinales, alegoría que, como ya hemos visto, se repite en Mayorga. (Ambas imágenes están tomadas de la página de Turismo de la Diputación Provincial).

 

El rollo de Aguilar de Campos, gótico también  del XV, se halla a los pies de la iglesia de San Andrés, acaso el edificio mudéjar más importante de todo Valladolid. Tiene una fachada que a la puesta del sol iluminando el ladrillo de su pórtico  occidental, con el rollo a sus pies ofrece el espectáculo de una verdadera tea encendida. En 1979, iglesia y rollo se declararon Bien de Interés Cultural.

 

Curiel de Duero, puerta del Valle del Cuco,  tiene en su entrada un rollo del siglo XVI  al que parece que le falta el remate, pero que muestra en su coronación el escudo de los Zúñiga o Estúñiga, cuyo palacio se puede ver en la plaza principal del municipio, bien es verdad que solo los muros de piedra.

 

Adentrados en el Valle del Cuco, Valdearcos de la Vega, uno de sus cinco municipios, conserva en su plaza el rollo que podríamos considerar renacentista y rematado por una cruz de hierro forjado.

 

Villalar de los Comuneros también puede presumir de su villazgo, solo que no conserva el rollo completo, sino la coronación del mismo. Es propiedad del Museo de Valladolid, pero está depositado en las dependencias municipales del municipio comunero. Se trata de la pirámide que coronaba el rollo del siglo XV y que se conoce como Piedra de los Comuneros. La tradición dice que a los pies del rollo fueron ajusticiados Padilla, Bravo y Maldonado y en sus escarpias colgaron sus cabezas. Parece que en su momento, esta pirámide tuvo una lanza. (La imagen está tomada del catálogo de la Exposición promovida por la Fundación Villalar titulada “Tierra de comunidades”, y el texto referente a este rollo es de Fernando Pérez, conservador del Museo)

 

En su parte alta del caserío, Simancas conserva un rollo declarado Bien de Interés Cultural.

 

Torrelobatón recuperó en 2007 su rollo, que durante décadas estuvo en la finca que Rafael Cavestany, ministro de Agricultura desde 1951 a 1957, tenía por estos lares. Instalado, tras su recuperación por el municipio, frente a la Casa Consistorial, finalmente se reubicó en su emplazamiento original:en la entrada del pueblo por donde viene la Cañada Real Leonesa Occidental.

ANTONIO MACHADO, SU MEMORIA TAMBIÉN VAGA POR VALLADOLID

En estas fechas se están celebrando los 80 años que han transcurrido desde que Antonio Machado falleciera. Machado murió el 22 de febrero de 1939, a los 64 años de edad. Está enterrado en el cementerio de la pequeña localidad francesa de Colliure. En el mismo panteón que tres días después fuera enterrada su madre, Ana Ruíz, que justo el día que cumplía 85 años no pudo superar el dolor por la muerte de su hijo a quien había acompañado al exilio. Tiempo atrás, Ana Ruíz había dicho que “estaba dispuesta a vivir tanto como su hijo Antonio”… y vaya si fueron premonitorias sus palabras.

Panteón de Machado en el cementerio de Colliure. La imagen está tomada de Tripadvisor.

Además de su madre, en la vida de Machado hubo otras dos mujeres: Leonor Izquierdo y Pilar de Valderrama.

En torno a estas dos mujeres, tanto la sala de exposiciones del Teatro Zorrilla, como la galería de la Diputación Provincial, ofrecen sendas exposiciones. Por cierto, recomiendo que se visite primero la del teatro Zorrilla, pues se comprende mejor la de la Diputación.

Valladolid también tiene algo que contar de  Machado pues, por algunos avatares que vamos a comentar, el espíritu del gran poeta está entre nosotros. Veamos.

Quiere la casualidad que en el cementerio del Carmen de Valladolid, un panteón tiene escrito el inicio de un verso de Antonio Machado… y no es un capricho literario de quien está enterrado o de sus deudos, no. Se trata del enterramiento de José María Palacio Girón. Palacio, de origen hoscense, vivía en Soria cuando Machado recaló en aquella capital castellana a orillas del Duero. Era maestro con plaza de funcionario y con aficiones literarias y periodísticas que dirigió durante varios años El porvenir Castellano, una revista en la que participó Machado.

En Soria, Machado se enamora locamente de Leonor Izquierdo, una niña de 13 años de edad a la  que el poeta le llevaba 32 años. No hubo oposición paterna a aquella relación, pero debieron esperar a que Leonor cumpliera la edad legal para poder casarse: 15 años. El matrimonio se celebró en 1909. Y quiso el destino que las esposas de Machado y Palacio fueran primas, lo que hizo que la amistad del periodista y del poeta se viera reforzada por lazos familiares.

El matrimonio de Leonor y Antonio duró tres años, pues en 1912 falleció aquella muchacha que tenía loco al poeta. Mas, Leonor llegó a tener entre sus manos Campos de Castilla, libro que fue haciéndose con enorme ilusión de la joven.

Machado no pudo resistir aquella ausencia y en pocos días se marchó de Soria camino de Baeza. De aquella partida, Palacio escribió en el periódico: “… De su paso por Soria deja un libro inmortal, acogido por la crítica selecta como pocos libros lo fueron. Nuestro amigo entrañable se aleja de Soria con un dolor profundo…”

Por razones que se desconocen, aquel gran amigo de Machado estaba en Valladolid en 1936, donde le  sobrevino la muerte. Fue enterrado en el cementerio del Carmen, y sobre su lápida se grabó esta estrofa: “Palacio, buen amigo, está la primavera” y firma A. Machado.  Se trata del principio de un largo poema que el poeta había dedicado a su buen amigo Palacio en abril de 1913. Cierto era el cariño de Machado por su amigo, pues este se encargó de que no faltaran flores en la tumba de Leonor habida cuenta de la lejanía del poeta del lugar donde yacían los restos de su amada.

Panteón de Palacio en el cementerio del Carmen.

El poema dedicado a Palacio empieza con las siguientes estrofas: “Palacio, buen amigo, / ¿está la primavera / vistiendo ya las ramas de los chopos / del río y los camino? En la estepa / del alto Duero, Primavera tarda, / ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!…”

Pero de más lazos con Machado puede presumir Valladolid. Y es de la admiración que  profesaba a Narciso Alonso Cortés, al que le dedicó un poema incluido en el libro Árbol añoso, publicado en 1914. Entre la documentación que el Archivo Municipal de Valladolid guarda de Alonso Cortés, hay un libro dedicado por Machado de su mano y letra.

El poema, titulado “A Narciso Alonso Cortés, poeta de Castilla”,  comienza así: “Tus versos me han llegado a este rincón manchego, / regio presente en arcas de rica taracea, / que guardan, entre ramos de castellano espliego, / narcisos de Citeres y Lirios de Judea.”  Y concluye: “Poeta, que declaras arrugas en tu frente, / tu noble verso será más joven cada día; / que en tu árbol viejo suene el canto adolescente, / del ruiseñor eterno la dulce melodía.”

Mas, sigamos con la tercera mujer importante en la vida de Machado: Pilar de Valderrama. El poeta recaló en Segovia, donde trabó relación con aquella mujer. Casada, con tres hijos y muy culta que participaba y animaba la vida cultural de Madrid, donde se relacionó con un gran número de intelectuales: María de Maeztu, María Teresa León, Luis Buñuel, Rafael Alberti, Vicente Alexandre, etc, etc.

Detalle de la doble exposición en Zorrilla y Diputación.

De aquella vida cultural destacaremos que formó parte del primer Cineclub que se formó en Madrid, y de la asociación Lyceum Club que, participada mayoritariamente  por mujeres, defendía los derechos de la mujer, sobre todo el acceso a la cultura.

La relación con Pilar se inició en 1929 y duró hasta que el levantamiento militar del 36 les separó por el distinto destino que tomaron Machado y la familia de su amiga. Pilar, después de unos meses en Portugal, volvió para instalarse en Palencia, en una casa solariega de la familia de su esposo.

Fotografía de los jardines de la Moncloa, donde Pilar de Valderrama y Machado se veían los fines de semana. Exhibida en la exposición de la Diputación de Valladolid.

Los versos y la relación epistolar entre Machado y Valderrama dio nacimiento a una musa mítica  llamada Guiomar, que no era sino el nombre que escondía el del Pilar de Valderrama. Pilar, también poeta,  publicó seis poemarios, tres obras de teatro y una autobiografía: Sí, soy Guiomar, memorias de mi vida, publicada en 1981, dos años después de su fallecimiento. Pilar vivió de 1889 a 1979.

Esa autobiografía tiene, también,  sello vallisoletano, pues su prólogo lleva la firma de Jorge Guillén, amigo, confidente y gran conocedor de la relación que durante ocho años mantuvieron Guiomar y Machado.

Y sobre Machado hay más relación con Valladolid: El escritor y periodista vallisoletano Ángel María de Pablos, en 2007 escribió, por encargo de la Junta de Castilla y León, una obra de teatro que conmemoraba el centenario de la llegada del poeta a Soria. La tituló La Fontana.

Ahora, Valladolid guarda el recuerdo de Machado  en el nombre de una calle y de un colegio. Además, existe una Federación de Asociaciones Vecinales y de Consumidores que, nacida en 1980, se puso  el nombre de Antonio Machado.

 

LA CASA MANTILLA, EDIFICIO EMBLEMÁTICO

El 31 de diciembre de 1892 se dio por terminada la construcción de la Casa de Mantilla. El “de” viene de que se trataba de un edificio mandado construir por el comerciante de origen cántabro  Fidel Recio Mantilla.

Las crónicas de la época recogieron con entusiasmo aquel nuevo edificio de Valladolid, no en vano se convirtió en el más alto de Valladolid. Casimiro G. García-Valladolid, cronista que fue de la ciudad, recogió en sus escritos que se trataba de una “grandiosa, magnífica y gallarda, manifestación soberbia de un pueblo que se moderniza”. Salvo la vivienda de los propietarios, el resto del edificio se dedicó a viviendas de alquiler.

La casa se levantó en  el solar que hasta finales de 1890 ocupó el antiguo Hospital de la Resurrección, que desde 1553  atendía a pobres y enfermos. Por cierto, este edificio con anterioridad ejercía como local de la Mancebía, dependiente del Municipio. Una parte de la fachada se reinstaló en los jardines de la vecina casa de Cervantes: en concreto el cuerpo alto de la misma y la imagen del Cristo resucitado.

 

Mucho se ponderó su esplendidez y arquitectura. Y sobre su altura, que ofrecía una  vastísima panorámica, llegó a decirse que desde el torreón la vista alcanzaba a ver el pueblo de Pozaldez.  En total, son cinco los portales que componen el edificio, constituyendo un solo cuerpo uniforme. (Foto AMVA)

 

 

La construcción lleva la firma del arquitecto Julio Saracíbar, alavés que también rubrica el edificio del comerciante Francisco Resines, en la Acera de Recoletos, 8 y 9. Ambos edificios se han calificado como las obras más singulares de viviendas de finales del siglo XIX. Saracíbar, del que se desconoce la fecha de su fallecimiento, nació en 1841. Fue arquitecto municipal de Lérida y Bilbao. Y en aquella ciudad, pero sobre todo en Vitoria, su ciudad natal, construyó varios edificios señeros, además de los dos de Valladolid. Dibujo: alzado de la fachada que da a Acera de Recoletos -AMVA-,  y fachada de la casa de Resines.

 

El edificio supuso una verdadera revolución en la tecnología local,  debido a que fue el primero en instalar ascensores en cada portal. Pero no pararon aquí las novedades, pues, además, dispuso de su propio sistema de generación de electricidad,  amén de disponer de iluminación exterior de las fachadas.

 

Mas, no pararon ahí las novedades que admiró la sociedad vallisoletana, porque la fachada se decoró profusamente con diversas figuras.  Hasta la década de 1920 todavía se podían ver en la fachada unos bajorrelieves que representaban a personajes de la historia de Valladolid realizados por el taller de los Chicote: el moro Olit, el conde Ansúrez, Felipe II, Santa Teresa de Jesús, el alcalde Miguel Íscar, San Pedro Regalado, el beato Simón de Rojas (nacido en Valladolid y santo desde 1988) y la venerable Marina de Escobar.  Además, tal como nos relata el cronista García-Valladolid, las estatuas que representaban las Ciencias, las Artes, el Comercio y la Industria. Obsérvese en la foto del Archivo Municipal, los medallones a la altura de las ventanas de la tercera planta. Uno de los hermanos Chicote, Mariano, es el autor de la figura de la Fama que decora la fuente dedicada a Miguel Íscar. Bien es verdad que en la actualidad esta escultura en bronce ha sido sustituida, para evitar su deterioro,  por una reproducción realizada por el taller de Coello.

 

Una radical reforma de las fachadas eliminó todas estas representaciones, debido a la mala calidad de su ejecución. En la actualidad, la fachada está decorada con  farolas,  motivos vegetales, cabezas de leones y  matronas que reposan sobre algunas ventanas.

 

Portal número 1 de Acera de Recoletos y detalle de la entrada.

 

 

Los techos de la vivienda de los Mantilla, que ocupaban el primer piso del número 1 de la Acera de Recoletos, se decoraron ricamente con pinturas del madrileño Ruíz Cornejo y del artista vallisoletano Andrés Gerbolés.  Los señores de Mantilla inauguraron oficialmente el edificio con la celebración de un suntuoso baile el 23 de febrero de 1895,  dos  años después de su terminación.

 

 

 

La casa ofrece fachada a cuatro  calles: Miguel Íscar, Marina Escobar, Mantilla y Acera Recoletos. Sin duda esta última es la que más historia arrastra, sobre todo por el continuo trasiego de su nombre: Los Recoletos comenzó a llamarse por estar en ella el convento con el mismo nombre; en 1843 se la denominó oficialmente Campo de Marte; en 1903 pasó a llamarse Alfonso XIII a raíz de una visita que en ese año realizó el monarca a la ciudad; en abril de 1931 se cambió a avenida de la República; en agosto de 1936 la comisión gestora del Ayuntamiento la repuso como acera de Recoletos; meses después (octubre) se la puso el nombre de General Franco; y ya en democracia volvió a recuperar el nombre primigenio, es decir, Acera de Recoletos.