LOS MARQUESES DE VALVERDE DE LA SIERRA

Valladolid, a pesar del destrozo de los años 70 del siglo pasado, aún conserva diversos palacios, más conservados unos, más transformados otros. Es el caso que entre ellos está el palacio de los marqueses de Valverde. Sito en la calle San Ignacio frente a la iglesia de San Miguel y San Julián, y haciendo esquina con la plaza de Fabio Nelli, donde se alza el impresionante palacio de aquel importante banquero vallisoletano.

Si añadimos que se halla en las proximidades del convento de la Concepción, hablamos de que nos encontramos en uno de los enclaves más interesantes de Valladolid, tanto por arquitectura como por historia. Además,  no muy lejos están  la Plaza del Viejo Coso, del siglo XIX, y la casa del Marqués de Castrofuerte.

En definitiva, por la época en que algunas de estas construcciones se fueron levantando, estamos en el epicentro del Renacimiento del Valladolid cortesano.

La casa de los Marqueses de Valverde, que data de los primeros años del siglo XVI y que ha conocido diversas reformas en el XVIII y en el XX,  no es el palacio mejor conservado de Valladolid, aunque es perfectamente reconocible su traza, que mantiene todavía el aire del renacimiento italiano (especialmente en su esquina con la calle Expósitos) y, en todo caso, una bonita fachada.

Hay que advertir que el marquesado de Valverde es, en realidad de Valverde de la Sierra, que nada tiene que ver con otro título nobiliario que también responde a Valverde: un título creado en el siglo XVII por Felipe IV que está unido al ducado  de  Medina Sidonia.

No, el marquesado de Valverde de la Sierra se remonta a 1678, cuando Carlos II concedió este título a Fernando de Tovar y Enríquez de Castilla Cañas y Silva, a la sazón entre otros títulos, caballero de la Orden de Calatrava y señor de la Tierra de la Reina, que es donde está enclavado Valverde de la Sierra: un bonito pueblecito a los pies del pico Espiguete, todo una referencia de la Montaña Palentina. Desde principios del siglo XXI el título lo ostenta Irene Vázquez, residente en Cataluña y profesora de Formación Profesional.

El edificio palaciego fue levantado por el Oidor de la Chancillería Juan de Figueroa, que junto con su esposa María Núñez de Toledo, fundaron el cercano convento de la Concepción en 1521. Terminó perteneciendo a don Fernando de Tovar Enríquez de Castilla, señor de Tierra de la Reina,  y marqués de Valverde  a raíz de la creación de marquesado, como se ha dicho, por Carlos II.

La fachada tiene grabada la fecha de 1763, probablemente debida a obras o haber sido reconstruida en dicho año en algunas de sus partes. Juan Agapito y Revilla nos habla de la azarosa vida de este palacio que arrastra una curiosa leyenda que incluso se ha trasladado a la literatura, y sobre la que más adelante volveremos. En julio de 1736 el palacio padeció incendio. En este mismo palacio residieron los Agustinos Filipinos antes de ocupar el convento que ahora ocupan en la calle Filipinos. Más tarde estuvo ocupado por los Padres Carmelitas, hasta que, finalmente se convirtió en un edificio de bajos y viviendas de alquiler.

El almohadillado que hay en la puerta y otros detalles de la fachada siguen los gustos de la arquitectura florentina. Y también llama la atención la hilera de ventanas superiores en la  que se suceden formas redondas y formas cuadradas.

La esquina  es de dos ventanas superpuestas  con un pilar almohadillado que al parecer se mantiene desde el siglo XVI.

Escudos  de la familia Figueroa (cinco hojas de higuera), y Tovar (banda engolada).

Esquina coronada por dos figuras femeninas alojadas en sendos óculos flanqueando el escudo de los Tovar.

Patio del palacio que sirve para hacernos una idea de cómo era, dado que este no es el original ni las columnas que lo adornan.

Los Tovar, que como hemos recibieron el marquesado,  fueron una importante familia  que, por ejemplo, dejaron una fortificación en  Boca de Huérgano, en la zona de Tierra de la Reina, de la que se conserva la llamada torre de los Tovar, un torreón medieval de finales de la Edad Media. La imagen está tomada de Diario de Valderrueda.

Los marqueses de Valverde, entre otras rentas que obtenían de sus propiedades de Valladolid tales como casas, riberas y molinos,  disponían de unos ingresos extra con el comercio de la nieve. Tenían un contrato con el municipio de Valladolid (estamos hablando del entorno del siglo  XVIII) por el cual cuando en los pozos de nieve de la ciudad comenzaba a escasear el hielo que se había empozado procedente de las charcas de la Esgueva y otros lugares durante el invierno, los marqueses (que en realidad vivían en Madrid), previo aviso del Ayuntamiento, mandaban que los arrieros de Valverde de la Sierra, trajeran hielo procedente de los neveros perpetuos del pico Espigüete, que se alza sobre el pueblo. Aquel trasiego es una de las señas de identidad de ese y otros municipios del entorno, que vivían de él una vez que se terminaban las faenas agrícolas.

Y decíamos que la Casa cuenta con una leyenda relacionada con las infidelidades de la marquesa, que, al parecer tienen su plasmación en las dos figuras (hombre y mujer) que flanquean la ventana principal del palacio que da a la calle San Ignacio.  Al parecer, la marquesa  fue infiel a su esposo con uno de los criados de la casa. Se trataba, como no podía ser de otra forma, de un joven atractivo. Se cruzaban besos  al principio y pronto comenzaron los encuentros furtivos. Según versiones de la leyenda comenzaron a planificar su huida. Pero en esas estaban cuando fueron descubiertos por el marqués, que denunció la infidelidad de su esposa que, a la sazón, por aquellas épocas (no tan lejanas) era delito. Aquello abrió un proceso penal que terminó en la condena de marquesa y criado.

El marqués mandó labrar en la fachada la imagen de su infiel esposa y su desleal criado para que sirviera de escarnio público de ambos.

Esta leyenda fue recogida por Ramón de Campoamor  en “Drama universal”, que en su escena XXXV titulada Los marqueses de Valverde, de esta forma la comenzó: «Se alzó en Valladolid un edificio, / de Fabio Nelli en la plazuela un día, /y desnudo, en el ancho frontispicio, /el cuerpo de la dueña se veía. /Creyó, haciendo la impúdica escultura, /este Marqués celoso y delirante, /vil castigar la vil desenvoltura /de esa adultera esposa y del amante / Ciego, al llenar a su mujer de lodo, / no ve el Marqués que su deshonra sella / publicando el imbécil de este modo / la infamia de él y la vergüenza de ella”.

ALGUNA DE LA BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA: “Guía de Arquitectura de Valladolid” (coord. J.C. Arnuncio);  “Las calles de Valladolid” (J. Agapito y Revilla);  “Arquitectura y Nobleza” ( Jesús Urrea); “Guía Misteriosa de Valladolid” (Javier Burrieza); y “Pozos de nieve y abastecimiento de hielo en la provincial de Valladolid” (Jesús Anta).

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UN RECORRIDO POR EL VALLE DEL CUCO

El Valle del Cuco es uno de los rincones más interesantes de la Provincia de Valladolid que limita con Burgos. Formado por seis términos municipales, su nombre se lo da el arroyo del Cuco, que nace en San Llorente y  rinde sus aguas al Duero en Bocos. Desde el Duero,  el valle va subiendo hasta el páramo que separa este río del Valle Esgueva.

Sus municipios se remontan a los últimos años de la Alta Edad Media, cuando los reinos cristianos consiguieron dominar el territorio al norte del Duero y comenzaron a repoblar estas tierras. No obstante, hay evidencias de algún asentamiento de la Edad del Bronce en el término de Bocos de Duero, lo que habla de la benignidad de estas tierras, con abundante agua y con algunos altos, como el monte Gurugú, que proporcionaban adecuadas condiciones para asentamientos humanos bien aprovisionados y defendidos.

El valle lo forman los municipios de Curiel, Bocos, Corrales, Valdearcos, San Llorente y Roturas.

Pueblos pequeños pero no exentos de antigua historia y comunicaciones que, como hemos dicho, se remontan a la Edad Media: por aquí pasa el camino Real de Burgos, en realidad una cañada.

La carretera que vamos a recorrer ensarta cinco de los seis municipios del valle: a Roturas habría que ir por Pesquera de Duero, aunque podríamos acercarnos desde San Llorente pero por un camino de concentración de 6 km.

El recorrido nos permitirá disfrutar de historia, patrimonio, curiosidades y paisajes.

La “puerta” de entrada al valle está en Curiel y su principal recorrido termina en  San Llorente, que es el itinerario que vamos a llevar en esta ocasión. En este mismo blog hay diversas entradas relacionadas con el valle que se detienen en recorridos pormenorizados por Curiel, Roturas, el pico Gurugú y las fuentes, que son una de las señas de identidad de este espléndido territorio vallisoletano.

Rollo jurisdiccional de Curiel en primer término y al fondo, el teso donde estuvo su castillo, del que se conservan algunos cimientos. En moderna construcción se ha levantado una posada Real. Este castillo, frente al de Peñafiel, eran dos verdaderos guardianes del paso del valle del Duero… Y en la carretera,  un vehículo de museo.

Arco de la puerta de la Magdalena, del siglo XIII da testimonio de las cuatro puertas que tuvo la muralla de Curiel.

Llegando a Bocos, al fondo se ve el pico Gurugú, al que se puede subir para ver una panorámica del valle del Duero. Alguna de las antañonas casas del pueblo y el viejo molino.

En Corrales han puesto la fuente del siglo XIX al pie de la iglesia: antes estaba en la pobeda (chopera) de la parte baja del municipio.  Algunas fachadas lucen recuerdos de habitantes que llegaron a centenarios.

De Corrales parten varias sendas que conducen a las fuentes del valle, por si queremos darnos un paseo a pie.

Antes de llegar a Valdearcos de la Vega, todavía en el término municipal de Corrales, hay uno de los árboles singulares  de la provincia de Valladolid. Se trata de la “encina de la Tía Isabel”.

Valdearcos de la Vega: ermita de la entrada y rollo jurisdiccional en la plaza. En Valdearcos también hay alguna placa de recuerda a vecinos de centenaria edad, lo que acaso demuestre una peculiaridad de la población del valle del Cuco, que es la longevidad de sus habitantes.

Panorámica de San Llorente, torre del Ayuntamiento (en la plaza Socarrena),  y un colmenar tradicional a las afueras del pueblo.

Al final de la calle Hospital, en San Llorente, pasada la Plaza Mayor, hay un amplio balcón que se asoma al valle, y por debajo de esta zona están las bodegas, como tienen todos los municipios del valle.

En el páramo del término de San Llorente está la fuente de la Jarrubia, que da nacimiento al arroyo del Cuco. Y no muy lejos  aún se reconocen las ruinas de un antiguo asentamiento o ermita: Isarrubia o Jarrubia. De Isarrubia queda la talla de una Virgen del siglo XIII que ahora se cobija en la iglesia parroquial de San Llorente.

Bella imagen de cigüeñas en pleno vuelo migratorio.

EL DIABLO ANDA SUELTO

En  la iglesia de Santiago Apóstol se guarda una repintada escultura del arcángel San Miguel de tamaño natural y al decir de los expertos, de escasa calidad. Está datada en el siglo XVIII y es de autor desconocido.

Esta escultura presidía el Arco de Santiago, derribado en 1864 y que a su vez había sustituido a la llamada Puerta del Campo, un cerramiento de la cerca medieval del siglo XIV. Por puerta del Campo nos estamos refiriendo a la que había al final de la calle Santiago y por la que se salía al espacio abierto que con el paso del tiempo llegó a ser el Campo Grande.

Fotografía del Archivo Municipal

El Arco de Santiago, más ornamental que defensivo (como era la Puerta), según la historiadora María Antonia Fernández del Hoyo, se debió construir hacia 1625 por el arquitecto de la ciudad Diego de Praves –cosa que, no obstante, no está documentada-. En esta puerta se entronizó una escultura de San Miguel, a la sazón patrono de la ciudad hasta que en 1746 le sustituyó en su cometido protector de la ciudad  el recién elevado a los altares Pedro Regalado. Por cierto, por la otra cara de la puerta, la que daba hacia la calle Santiago había una imagen de la Virgen de San Lorenzo, de cuyo rastro nada se sabe.

Como es lógico, San Miguel, protector de la ciudad, tenía su hornacina en la cara del Arco que miraba hacia el exterior,  para así detener a quienes trataran de hacer daño a la ciudad.

Decíamos que la escultura de San Miguel se instala en la iglesia de Santiago Apóstol en 1864. Pero ¡oh! le falta el dragón, la serpiente, el demonio… ese ángel caído, ese lucero brillante hijo de la aurora –Lucifer, o Luzbel-, como le define el profeta Isaías. Un ángel que quiso ser como el Altísimo y que, sin embargo, fue expulsado al sepulcro, a las profundidades del abismo. En definitiva, en la tradición cristiana, la personificación del Mal,  pero que para los helenos el Demonio era, en realidad, un ser superior próximo a los dioses…

Fachada de la iglesia de San Miguel, en la calle San Ignacio.

Ese Satanás -el que nos lleva por el mal camino- que fue derrotado por  el jefe de las milicias celestiales, el arcángel San Miguel: brazo ejecutor de la justicia divina que tiene en sus pies, derrotado, al enemigo infernal. Vestido con coraza, protegido por el escudo y blandiendo la espada, que en ocasiones es de fuego (también se le suele representar con una lanza).

Este ser protector aparece también en la religión hebrea e islámica.

El arcángel fue nuestro patrón durante siglos. Pero aquella imagen que sobre la puerta principal de Valladolid, la del Campo nos protegía,  no tenía al maléfico, al maligno, bajo sus pies: ¿se le escapó?  y, por tanto, ¿eso ha permitido que el demonio ande libre por nuestra ciudad?

Acaso sí, si nos atenemos a las historias que ruedan por Valladolid. Veamos.

De antiguo viene el que el Diablo ande haciendo de las suyas por nuestras calles, tal como nos relató Anonio Martínez Viérgol, que en 1892 publicó esta leyenda titulada  “El Puente Mayor”. Mas, ya nos advierte el autor, desde la primera línea que: “Antes, lector, que pases adelante, hacerte una advertencia es mi deseo; nada hermoso hallarás, todo es muy feo”.

En el siglo onceno había en Valladolid dos linajes enfrentados que controlaron durante siglos la vida social y económica de la villa: se repartían alternativamente, con la aquiescencia de los reyes, el gobierno de Valladolid. Se trataba de poderosas familias cada una de las cuales dominaba siete casas principales: los Tovar y los Reoyo.

Uno de los jóvenes Tovar, apuesto doncel, se prendó de una preciosa muchacha que vivía al otro lado del Pisuerga, el río Mayor. Flor se llamaba: un ser angelical “que nació de un beso que el viento dio en el cáliz de una rosa”

Cada noche el  joven enamorado acudía al encuentro de su amada cruzando el río con una barca. Pero una de aquellas noches algo inesperado ocurrió. Era una noche de tormenta y aguacero y se dirigía presuroso a desatar su barquilla para remar al otro lado del río. En esa ansiedad andaba camino del Pisuerga, cuando  se le cruzó uno de los Reoyo. Su odio y enfrentamiento secular salieron a relucir y ambos jóvenes se desafían. Desenvainan las espadas. Con furia se embisten. Cruzan sus aceros… hasta que “Reoyo cae a un lado traspasado el corazón”.

Aquel inesperado y trágico encuentro  retrasó el momento de cruzar el río. La tormenta y el aguacero no habían hecho sino aumentar en los minutos que los jóvenes emplearon en el desafío. Tal era el furor del temporal que la barquilla se había desbaratado. “¿Qué hacer? ¿Cruzar a nado? ¡Vana empresa! El Tovar se desespera”.

Se sintió abandonado por Dios y gritando clama “¡Satán! Ven en mi ayuda; un renegado reclama tu poder a tan buen precio que mi conciencia, cuando soy y ansío, lo depongo desde hoy a tú albedrío (…) condúceme a los brazos de mi amada”.

Fotomontaje realizado con una escultura del siglo XVIII del Museo de Escultura de autor anónimo.

Y de entre las aguas del Pisuerga, entre olores azufrados y pestilentes, apareció Satanás “muy feo y con rabo”, y le dijo que puesto tanto era su deseo de ver a su amada Flor,  “yo un puente forjaré porque la veas”.  Y en pocos instantes “el Pisuerga alborotado por el Puente Mayor se vio cruzado”.

El Tovar cruzó el puente a la carrera y al otro lado del mismo vio a su Flor a sus pies tendida. Parecía dormida y dándola un beso la susurró “Flor despierta”… Pero, horror, estaba muerta: un rayo la mató. Preso de una terrible desesperación el desgraciado Tovar enloqueció…

Y es que el Diablo siempre cobra sus servicios.

En una de las salas del Museo de Valladolid (plaza de Fabio Nelli) se muestra un sillón de cuero pespunteado con artísticos clavos y primorosamente decorado  que data del siglo XVI.

De la existencia de este sillón se tiene noticia hace poco más de cien años. Estaba sujeto en lo alto de la pared de la sacristía de la Universidad con fuertes abrazaderas de hierro y bocabajo, lo que hacía imposible sentarse en él.

Esta extraña colocación llamó la atención hace más de un siglo de una persona que preguntó por el sillón,  y la respuesta que obtuvo fue que se trataba del sillón del Diablo y que tenía una leyenda de terror.

Mediado el siglo XVI había en Valladolid un afamado médico que realizaba notables curaciones. Andrés de Proaza se llamaba y por sus venas corría sangre  mora y judía.

En la calle Esgueva vivía, cuyas traseras, lamidas por el cauce de la Esgueva,  daban a la actual calle Solanilla. Se murmuraba que era nigromante y que en el sótano de aquella casa practicaba hechicerías. Por la noche se oían gemidos y en el cauce del río flotaban coágulos de sangre.

La alarma producida en el barrio por la desaparición de un niño llevó a los alguaciles a entrar en su vivienda… y, horrorizados,  allí encontraron  los restos de la criatura,  que había sido diseccionado en vivo, tal como terminó confesando el médico.

Procesado por el Tribunal Universitario (por aquel entonces la Universidad tenía sus propios jueces y cárcel), fue hallado culpable y condenado a morir  ahorcado en la plaza pública.

Para resarcirse de los daños e indemnizaciones, las autoridades universitarias intentaron vender los bienes de aquel malvado, pero nadie quiso comprar nada que hubiera pertenecido a semejantes monstruo.

Es el caso que la Universidad se quedó, entre otros objetos, con un elegante sillón de piel, el que ahora luce en el Museo. Un sillón que, según había relatado antes el propio Andrés de Proaza, tenía poderes sobrenaturales para la curación de enfermedades, pero que aquel que en él se sentara por tres veces, no siendo médico moriría; y también moriría quien intentara destruirlo.

La Universidad guardó el sillón en un trastero. Mas, un bedel que vigilaba las aulas entre clase y clase y no tenía más que hacer, lo rescató del trastero y en él se sentó a esperar que salieran del aula los alumnos. Así un día y otro más, hasta que al tercer día, al no levantarse tras la terminación de las clases, trataron de despertarle pensando que estaba dormido… Pero no, no estaba dormido, estaba muerto.

No le dieron más importancia a aquel luctuoso hecho, y la vida siguió entre las paredes de la Universidad. La alarma cundió cuando el bedel que le sustituyó también lo hallaron muerto recostado en el sillón.

Hechas algunas indagaciones, se recordó lo que el nigromante asesino había relatado. Así que las autoridades universitarias decidieron colgarlo bocabajo en la sacristía de la Universidad, tal como se ha contado al principio de este relato.

Así nos lo ha contado Saturnino Rivera Manescau que en 1948 escribió Tradiciones universitarias (Historias y fantasías).

Y ahí está… luciendo en el Museo de Valladolid. El historiador Anastasio Rojo Vega, acaso el mayor experto en estos temas, dejó escrito que tras muchas investigaciones, el tal Proaza no existió.  Pero cierto es que, salvo alguna conjetura, nada se sabe con seguridad acerca de a quién perteneció este diabólico sillón de cuero.

Por si acaso, aviso al visitante,  mejor ni siquiera rozar el sillón del Diablo del Museo de Valladolid.

En el capítulo en el que Don Quijote y Sancho montan en el famoso caballo de madera Clavileño, y les hacen creer que iban volando por el cielo,  el caballero le recuerda al escudero que no debe destaparse los ojos: «No hagas tal —respondió don Quijote— y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerno de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra, por no desvanecerse» 

Más aquí Cervantes erró, pues aquel viaje no partió de Madrid, sino de Valladolid. El licenciado Torralba, de nombre Eugenio (1485-1531) fue un personaje que algunos  consideran uno de los más importantes científicos de su época. Nació en Cuenca pero pasó una larga temporada en Valladolid. Médico, filósofo, nigromante…  fue sometido a la Inquisición por haber predicho el saqueo de Roma y mostrar saberes ocultos. Ante el Santo Oficio reconoció que tenía un criado (Zequiel) de portentosos poderes que fue quien desde Valladolid le llevó a Roma por los aires  montado en un grueso palo la noche del 6 de mayo de 1527 para contemplar el sangriento saqueo de la Ciudad Santa. Y esa misma noche lo devolvió a Valladolid donde contó lo que aún tardaría varias jornadas en llegar como noticia a la Corte española.

Ilustración de una edición del Licenciado Torralba, de Campoamor, en la que se muestra al diablo portando al médico y criado Zequiel.

Sometido a juicio, para salvarse de lo peor reconoció que su criado era el diablo. Pero ¿lo era en realidad? Sobre este interesante personaje escribieron, entre otros,  Julio Caro Baroja, y Ramón de Campoamor le dedicó un poemario en el que jugaba con la doble personalidad de personaje benéfico y diabólico que parece que era su criado Zequiel.

En pleno fervor romántico, José Zorrilla escribió una obra de teatro titulada “El alcalde Ronquillo o el Diablo en Valladolid” que se estrenó en 1845.

Nuestro dramaturgo toma como personaje a  Ronquillo, que es el célebre alcalde que juzgó a los comuneros e hizo  ahorcar al obispo Acuña. Pero le toma como pretexto para escribir un drama siguiendo la leyenda de que el Diablo se llevó el cadáver de Ronquillo, merecedor del infierno por haber hecho matar ni más ni menos que a un obispo. Aquella acción demoniaca ocurrió mientras  los monjes franciscanos estaban velando su cuerpo en el convento de San Francisco, en la plaza Mayor.

Es tradición indudable que en Valladolid fue enterrado el alcalde Ronquillo, personaje cruel que hizo colgar a un mismísimo obispo. El monje franciscano que al día siguiente de la muerte de Ronquillo tenía que predicar las honras fúnebres del personaje, llegada la noche se retiró a la biblioteca del convento  para preparar su discurso… Pero en medio del más profundo silencio un estrepitoso sonido de trompetas le asustó de tal manera que el fraile se escondió entre las estanterías.

Fotomontaje realizado a partir de una imagen tomada del blog Rituals y Propaganda.

Entre los libros que le ocultaban, vio entrar en la sala a un gran número de enlutados precedidos por un jefe que ordenó que a la estancia trajeran el cadáver del alcalde. Y en seguida, en medio de un espantoso ruido de cadenas un tropel de demonios trajo el alma del difunto envuelta en llamas. Y allí mismo fue condenado a prisión perpetua en el infierno en cuerpo y alma. Para ejecutar la sentencia hicieron salir de su escondite al fraile y le obligaron a bajar a la iglesia donde estaba el cuerpo del condenado al infierno. Levantaron la losa y extrajeron el cuerpo. Tras una ceremonia, en la que los demonios hicieron que el alcalde escupiera la hostia que había recibido antes de morir, se apoderaron de su cuerpo y desaparecieron  con él.

A los pocos instantes descargó horrible tempestad que despertó a toda la ciudad y la población creyó que había llegado poco menos que el fin del mundo.

Desde entonces, los frailes franciscanos, cuando mostraban el convento, señalaban un agujero en el techo de la iglesia que habían abierto los demonios al llevarse el cuerpo del alcalde Ronquillo.

Y con estas u otras similares palabras, tan tremenda leyenda nos lo han relatado Matías Sangrador y Antolínez de Burgos en sus respectivas historias de Valladolid.

Rodrigo Ronquillo en realidad murió en Madrid y fue enterrado en Arévalo.

Entre los libros que le ocultaban, vio entrar en la sala a un gran número de enlutados precedidos por un jefe que ordenó que a la estancia trajeran el cadáver del alcalde. Y en seguida, en medio de un espantoso ruido de cadenas un tropel de demonios trajo el alma del difunto envuelta en llamas. Y allí mismo fue condenado a prisión perpetua en el infierno en cuerpo y alma. Para ejecutar la sentencia hicieron salir de su escondite al fraile y le obligaron a bajar a la iglesia donde estaba el cuerpo del condenado al infierno. Levantaron la losa y extrajeron el cuerpo. Tras una ceremonia, en la que los demonios hicieron que el alcalde escupiera la hostia que había recibido antes de morir, se apoderaron de su cuerpo y desaparecieron  con él.

A los pocos instantes descargó horrible tempestad que despertó a toda la ciudad y la población creyó que había llegado poco menos que el fin del mundo.

Desde entonces, los frailes franciscanos, cuando mostraban el convento, señalaban un agujero en el techo de la iglesia que habían abierto los demonios al llevarse el cuerpo del alcalde Ronquillo.

Y con estas u otras similares palabras, tan tremenda leyenda nos lo han relatado Matías Sangrador y Antolínez de Burgos en sus respectivas historias de Valladolid.

Rodrigo Ronquillo en realidad murió en Madrid y fue enterrado en Arévalo.

Son muchas las esculturas y pinturas que representan a San Miguel en iglesias y Museo de Escultura. De entre ellas he escogido estas tres.

Ángulo inferior derecho del cuadro Tentaciones de San Antonio Abad, de Jan Brueghel de Velours (1568-1625). Museo de Escultura.
Vista parcial del Retablo de San Miguel Arcángel, del Maestro de Osma (hacia 1500). Museo de la Catedral de Valladolid.
San Miguel Arcángel, de Felipe de Espinabete (1719-1799). Madera policromada. Museo Nacional de Escultura.

HASTA DESPUÉS DE LAS FERIAS DE SEPTIEMBRE

Amigas y amigos lectores, VALLADOLID LA MIRADA CURIOSA volverá después de la Feria y Fiestas de Valladolid. Solo un par de consejillos: uno, el tórrido verano, para aquellos lectores de regiones cálidas, es muy apropiado para visitar museos, suelen ser lugares fresquitos; y, otro también es bueno para que leáis El patrimonio del Concejo, ese libro que salió hace unas semanas… os puede dar ideas para visitar algún pueblo de Valladolid, además de disfrutar de una amena lectura.

LOS ÚLTIMOS PAGANOS: VILLA ROMANA DE ALMENARA-PURAS

Vamos a visitar un museo y yacimiento arqueológico de gran interés, sito en el término municipal de Almenara.

Las villas eran grandes haciendas que acaudalados romanos dedicaban a la explotación agrícola y ganadera. Las villas cercanas a las grandes poblaciones romanas solo eran habitadas por sus propietarios durante unos meses al año. No parece el caso de esta villa vallisoletana ni, en general, de las que existieron en Valladolid, que fueron unas cuantas. Es decir, que lo más probable es que sus propietarios las habitaran todo el año.

Tanto en la provincia como la capital se documentan un buen puñado de villas, además de haberse detectado numerosos restos romanos diseminados por el territorio, que se datan en diversos siglos de la existencia del Imperio Romano.

Algunos  historiadores y cronistas  atribuyen Valladolid a un origen romano: un asentamiento llamado Pincia (o Pintia). Otros investigadores hablan del nombre de Pisoraca (Pisuerga). Lo cierto es que en el subsuelo de la ciudad se han ido encontrando numerosos hallazgos de época romana: pavimentos y mosaicos, cerámicas, enterramientos, numismática, esculturas, inscripciones, etc. Además, restos y trazados reconocibles de diversas villas: en el Cabildo, en el pago de Argales, en Villa de Prado… De estas construcciones romanas nos quedamos con la de Villa de Prado, datada en el siglo IV d.C. Está entre la antigua Granja Escuela José Antonio y el nuevo Estadio José Zorrilla. De esta villa hay documentación y restos perfectamente reconocibles, algunos de los cuales se muestran en el Museo de Valladolid.

No hace mucho quedó al descubierto un hipocaustum (una gloria) en las inmediaciones de la Antigua. Lo que nos habla de un asentamiento romano en la ciudad.

Pero hay otras cuantas referencias romanas de cierta importancia histórica en la provincia: Montealegre (Tela), Tiedra (Amallobriga), Simancas (Septimancas), etc. A estas hay que añadir Becilla de Valderaduey, que conserva parte de una calzada y un puentecillo.

Hay datos o restos de sentamientos en Torozos, en la cuenca del Pisuerga, en Tierra de Campos… En fin, una pródiga relación que desborda por completo los límites de este artículo. En cualquier caso, es muy recomendable la visita al Museo de Valladolid para conocer la presencia romana en Valladolid.

De todos estos importantes yacimientos, nos vamos a detener en la villa de la Calzadilla sito en el término de Almenara.

De esta villa, datada en el sigo IV-V, hay noticias desde 1887, cuando un campesino dio noticias del hallazgo de un gran mosaico del Bajo Imperio. De hecho, parece que esta villa fue la primera de las descubiertas en Valladolid. En el año 1942 comenzaron unas excavaciones por parte de la Universidad de Valladolid que confirmó la importancia de esta villa. Y en el año 2003 abrió sus puertas al público el Museo de las Villas Romanas bajo el impulso de la Diputación de Valladolid.

Imagen tomada de la página oficial de Turismo de la Diputación Provincial

Destaca  Almenara por sus azulejos, alguno de los cuales está en el Museo de Valladolid, pero in situ hay unos cuantos de gran belleza y perfección, como por ejemplo el de Pegaso o el de los Peces.

Una larga pasarela que sobrevuela sobre los restos arqueológicos facilita la observación de las dependencias, perfectamente reconocibles.

A esta extensa pieza principal se ha añadido una reconstrucción de determinados ambientes romanos y una villa con todos los elementos que caracterizaban estas mansiones campesinas.

Antes de entrar al yacimiento, diversos objetos de época o sus reproducciones, así como amenos y concisos paneles explicativos, preparan adecuadamente la visita a la pieza original, lo que permite su mayor disfrute y configuran un complejo museístico que abarca al mundo romano de la provincia, de ahí el nombre de Museo de la Villas Romanas…

Pero no me resisto a detenerme aunque sea someramente en lo que nos cuenta el libro Los últimos paganos, un relato del antropólogo vallisoletano Luis Díaz Viana (su segundo apellido en realidad es Gongález). Se trata de algo más que una novela pues ambientada en la villa de Almenara, mezcla ficción con hechos históricos reales.

Portada del libro de Luis Díaz Viana

Vayamos al relato. En estas villas, conocidas como “pagos”, vivían pacíficamente los campesinos  romanos (fueran propietarios o siervos), alejados de las intrigas de la metrópoli (en este caso Constantinopla, pues estamos hablando de la época del Imperio Bizantino) y en armónica convivencia con sus dioses. Esos seres que, aun estando en el Olimpo, eran asequibles y prácticos: uno se dedicaba a favorecer las cosechas, otro a proteger los ganados…  Había un dios o diosa para cada asunto. La gente veía a sus dioses como seres cercanos que les ayudaba en caso de necesidad. Con ellos, los  humanos conseguían ordenar su vida e interpretar lo desconocido, que era mucho en aquella época. Eran útiles para conectar con el más allá y les protegían de los males que pudieran acechar.

Más, algo ocurrió en Constantinopla: la conversión de Constantino y su madre Helena al cristianismo. No fue, como en general todas las conversiones, sino una decisión de conveniencia política y económica… Y claro, convertido el emperador y su corte,  el resto de los romanos tenían que seguirle  y despedir a los viejos dioses. El monoteísmo expulsaba al politeísmo. Como el imperio era muy extenso y no todo el mundo “comulgaba” con aquel cambio, sobre todo porque se llevaban muy bien con sus dioses de toda la vida, desde Constantinopla se facilitó que los infieles al nuevo dios, que normalmente eran los súbditos situados en los confines del imperio, comenzaran a ser acosados por los llamados bárbaros cristianizados. De tal manera que numerosas partidas de jinetes hostigaban a los últimos paganos (es decir, a los que vivían en los pagos) para que adoptaran por la fuerza al dios de los cristianos, además de dedicarse a arrebatarles sus propiedades.

Pues bien, conocida esta historia, acaso el visitante pueda hacerse una idea más interesante y curiosa cuando se acerque a recorrer esta  villa romana,  en medio de la planicie de las Tierras de Pinares.

Horario de visita: octubre a marzo: de jueves a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:00 a 18:00. Abril a septiembre: martes a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:30 a 20:00

EL FERROCARRIL Y LAS ESTACIONES

El ferrocarril ha desempeñado un papel fundamental en la historia de  Valladolid y su provincia. De hecho, la llegada del ferrocarril a la ciudad en 1860 supuso un antes y un después para la vida y la economía vallisoletana.

También para algunos  municipios de la provincia, como es el caso de Medina del Campo, que se convirtió en un centro neurálgico de las comunicaciones ferroviarias, y en diversos pueblos, que vieron como la construcción de una estación supuso un avance importantísimo. Si a ello añadimos sendos talleres de reparaciones en Valladolid y Medina del Campo, que llegaron a tener incluso escuela propia de aprendices, acabamos de entender cuanto bienestar aportó el ferrocarril a Valladolid.

Pero no vamos a meternos en la harina de la historia, sino a darnos un paseo por algunas estaciones y lugares relacionados con el ferrocarril.

El ferrocarril supuso un enorme avance para las comunicaciones y para el desplazamiento de viajeros. El ferrocarril tenía una enorme capacidad de arrastre de mercancías, así como una comodidad para los pasajeros, hasta entonces baqueteados en largos e incómodos desplazamientos en diligencia. Y hasta que el vehículo no se popularizó muy avanzado el siglo XX, el ferrocarril (también el coche de línea) fue la manera de desplazarse por la península e incluso al extranjero.

Tras la Guerra Civil, el gobierno nacionalizó el ferrocarril creando la empresa RENFE (Red Nacional de Ferrocarriles Españoles), pues desde el principio las líneas del tren las habían puesto en marcha  empresas privadas, que conseguían del Estado las concesiones correspondientes.

El primer tren que llegó a Valladolid fue el 8 de julio de 1860. Venía de Burgos y a esa ciudad se volvió después de pasearse varias veces por el Arco de Ladrillo. Todavía no estaba construido el tramo Madrid-Valladolid de la línea ferroviaria Madrid- Hendaya que estaba construyendo la concesionaria de ese tendido ferroviario: Ferrocarriles del Norte. Sorprendió a la muchedumbre que salió a recibir el tren, el que vinera con 56 vagones. Vagones cargados de traviesas, railes, clavos y carbón para los obras del citado tramos Valladolid-Madrid. La potente máquina de vapor, a la que habían bautizado con el nombre de “Valladolid”, estaba construida en Francia por la empresa Grafenstaden y Schneider. Se trataba de una locomotora muy parecida a la que aparece en la fotografía.

Fotografícas del Archivo Municipal de Valladolid

La primera estación de Valladolid estuvo al pie del Arco de Ladrillo, hasta que en 1895 entró en servicio la que ahora conocemos: Estación Campo Grande.

La necesidad de un sitio para que la población de Valladolid se expansionase, de manera especial la clase trabajadora, animó al Ayuntamiento del año 1900 a realizar gestiones para que la Compañía de los Ferrocarriles del Norte construyera un apeadero en el Pinar de Antequera; poco más tarde se levantó una pequeña estación que sin contemplaciones ni sensibilidad por la historia vallisoletana, se derribó en 2008 bajo el pretexto de las obras de soterramiento del tendido ferroviario a su paso por el Pinar. Se trataba de una típica estación  de ladrillo que en su interior ofrecía una interesante estructura y escalera de hierro. Un lugar donde facilitar que la gente pudiera llegar al Pinar y “saturar los pulmones dando vida y energía”, según se escribió en las crónicas periodísticas de principios del siglo XX.

Unos pocos años antes de la estación de El Pinar, exactamente en 1885, se había construido la de La Esperanza, en el tránsito del Arco de Ladrillo a la Farola. Se trata de la línea Valladolid-Ariza, que servía para dar salida a los trigos, y otras mercancías y pasajeros hacia el corredor del Ebro. La línea la construyó y explotó la compañía MZA (Madrid-Zaragoza-Alicante). Aunque pueda desanimar visitar ahora esta vieja estación,  habida cuenta de lo apartado que está, se puede respirar todavía su ambiente ferroviario. En las imágenes se ven el reloj, muy característico de todas las estaciones de tren, y junto a la estación construcciones de la Azucarera Santa Victoria. La línea fue cerrada al tráfico de viajeros en 1985 y a mercancías en 1994. No obstante en las inmediaciones de Valladolid sigue prestando servicio a la fábrica RENAULT.

La Esperanza ofrece un conjunto de típicos edificios ferroviarios compuesto por almacenes y edificio de pasajeros. El edificio principal  es de  fachada de mampostería y tradicional reloj de estación. En este edificio  tiene su sede ASVAFER, una asociación de amigos del ferrocarril que trata de conservar la memoria y la historia de este trascendental medio de locomoción, así como fomentar su utilización.  A la derecha de la fotografía se ven los edificios de la antigua Azucarera Santa Victoria.

Fotografía del AMVA

Este paseo un tanto melancólico nos lleva a  hablar de la estación de la plaza de San Bartolomé, en el barrio de la Victoria. Era el punto de partida del tren económico a Medina de Rioseco,  o más popularmente conocido como tren burra (por la lentitud de su marcha). Comenzó a prestar servicio en 1884 y la línea se cerró en 1969. Su puesta en marcha requirió la compra de 5 locomotoras Sharp-Stewart que se fabricaron en Manchester. La línea ferroviaria la explotaba la Compañía de Ferrocarriles Castilla y Española de Ferrocarriles Secundarios.  Una de estas pequeñas máquinas de vapor se puede ver en la citada plaza rindiendo homenaje a tan entrañable e histórica línea ferroviaria. También en Medina de Rioseco hay otra locomotora  en uno de los jardines que bordean la carretera de León. 

Ambas imágenes son del AMVA

Hubo otra estación en el corazón de Valladolid. Donde ahora presta servicio la Estación de Autobuses antes estaba la estación Campo de Béjar, que daba servicio a la línea ferroviaria llamada tren burra. Las unidades, más bien pequeñas, entraban desde la Plaza de San Bartolomé por el Puente Mayor, el paseo de Isabel la Católica  y el Paseo de Zorrilla, hasta esta estación inmediata al Arco de Ladrillo. En una de las imágenes se ve cuando se comenzó a derribar el edificio de Campo de Béjar en la década de 1970;  en otra, unos curiosos posan junto a la máquina del tren frente a la Academia de Caballería pues había descarrilado y tuvo que permanecer parada unas cuantas horas; y por último, el tren a su paso por Isabel la Católica: un operario iba en el morro de la locomotora avisando de la presencia del trenecillo.

Foto del AMVA

La estación de Medina del Campo entró en servicio en septiembre de 1860 una vez que las obras del tendido hacia Madrid, desde Valladolid, llegaron a la villa. La estructura de la estación  es casi idéntica a la de Valladolid, incluso en la marquesina de los andenes. La estación se inauguró en 1902. Medina del Campo siguió creciendo en importancia ferroviaria cuando entraron en servicio nuevas líneas que comunicaban con Zamora y Segovia.

NOTA: Hay varios libros muy recomendables que tratan detalladamente de algunas de las cosas que en este artículo se comentan: El ferrocarril en la ciudad de Valladolid (1858-2018), de Pedro Pintado Quintana; y de este mismo autor, El ferrocarril Valladolid-Ariza. Godofredo Garabigo Gregorio escribió el libro El ferrocarril de Valladolid a Medina de Rioseco, tren burra.

SIMANCAS, TESTIGO DE UNA LEGENDARIA BATALLA

A los pies de Simancas, y atravesando el último puente medieval de su recorrido, el Pisuerga corre a rendir sus aguas en el Duero.

Es este, por tanto, el último lugar en el que aún se puede disfrutar de los paisajes que ha ido labrando el caudaloso río desde que nació en las montañas Palentinas.

Partiremos desde el otro lado del puente medieval, cuya fábrica actual se remonta al siglo XIII, y al que se le atribuye un primer origen romano. Desde aquí apreciamos una panorámica general del caserío,  que creció trepando las laderas que caen sobre el río. El paso sobre el puente nos permite apreciar el punto en el que el Pisuerga ya ha adquirido su máximo caudal escasos metros antes de desembocar en el Duero.

Nos encaramos hacia Simancas por un murete de piedra que se ve perfectamente desde el puente y que nos conduce hacia uno de los pocos rollos jurisdiccionales que se conservan en Valladolid, y hasta el afamado mirador de Simancas, al final de la calle Costanilla. Este rollo fue fruto de una disposición de  Felipe II, que eximió a la población de su dependencia  de Valladolid otorgándola, por tanto, capacidad para administrarse por sí misma.

Desde el mirador, que no por las veces que haya sido visitado deja de perder interés, se aprecia en toda su dimensión el impresionante puente, y cómo el Pisuerga comienza a describir una curva hacia donde perderá su nombre.

Buen lugar es el mirador para percatarnos de la magnitud que debió tener la batalla de Simancas,  pues se desarrolló, más o menos, por los campos que, a este lado del río, se encontraban hacia nuestra izquierda.

Aquella famosísima batalla y la mejor documentada de todas las de aquellos siglos, se desarrolló en agosto de año 939. Fue una gran victoria de los reinos cristianos de León, Castilla y Navarra sobre las tropas sarracenas de Abderraman III: algunas crónicas hablan de que aquel poderoso califa vino con un ejército de  100.000 hombres (seguramente una exageración). Lo cierto es que aquella victoria cristiana tuvo eco en toda Europa, y se considera el principio del declive de la dominación musulmana, pues se rebasó la frontera del Duero hasta el río Tormes y, desde entonces, apenas hubo razias del Al Andalus al norte de este río. Como en buena parte de aquellas batallas de reconquista, no falta la leyenda acerca de la intervención de un santo en favor de los cristianos, en este caso San Millán, lo que junto a su aparición en otras batallas, lo convirtió en co-patrón de España, junto a Santiago. 

En este punto de Simancas, y antes de volver a su puente medieval, vamos a dar un paseo por el interesante caserío de la villa. Desde la plaza del Mirador se vislumbra la fachada del Ayuntamiento, hacia donde iremos para bordear la iglesia románica de El Salvador y situarnos frente a la entrada principal del Archivo General. Allí está la llamada fuente del Rey. Antes habremos pasado por una escultura de Coello que representa la leyenda de las doncellas mancas.

Siguiendo la ronda del Archivo, en su costado nos acercamos hasta una fuente antigua, con su pilón, que, cosa poco corriente, aparece dibujada en grabados del siglo XIX.

Desde este lugar, y apenas iniciado el largo descenso hasta el río, tomaremos la calle Cava que, ascendiendo, nos introduce de nuevo en el casco urbano: por  las calles Cava, Olmas y Herradura llegaremos hasta la de El Salvador, donde se levanta uno de los muchos hospitales de pobres, huérfanos y peregrinos que había por todo Valladolid –muchos ya desaparecidos-. Este conserva muy bien su traza del siglo XVI. Y esto nos lleva de nuevo a la famosa batalla de Simancas: El Salvador es el nombre  de la iglesia de la localidad, el de una calle, el del hospital que acabamos de visitar… es El Salvador (uno de los sobrenombres de Cristo) patrón de la villa porque en la fecha de su onomástica (6 de agosto) se conmemora la batalla.

Concluiremos la excursión buscando calles que, bajando, nos permitan volver a nuestro punto de partida, desde donde nos acercaremos a tocar el agua del río. Los más curiosos pueden llegar hasta el mismo centro del cauce caminando sobre las piedras de una antigua pesquera: la potencia de las aguas del Pisuerga impone… y si nos dejamos llevar por las sensaciones, vivifican.

Camino del mirador está el rollo de la justicia que se puede ver en la izquierda de la imagen. Un poco más arriba se puede ver el arranque de un arco que servía de puerta de entrada a la fortaleza simanquina.

Paisaje desde el mirador, donde se aprecia el lamentable estado de la vieja fábrica de harinas.

Escultura de Gonzalo Coello que representa la leyenda de las siete mancas y cuyos ellos se remontan a los tiempos de Abderramán II. La tradición de doncellas que tributaban algunas poblaciones a los califas árabes también existe en otros puntos de España.

Fuente del Rey, frente al Archivo General. La traza actual del castillo se debe a Juan de Herrera, pero el origen de la fortaleza se remonta a una construcción musulmana. El archivo fue iniciado por Carlos I y consolidado por su hijo Felipe II, que encargó a Juan de Herrera que hiciera las modificaciones pertinentes para esta finalidad archivística. Guarda toda la documentación producida por los órganos de gobierno de la monarquía hispánica desde los Reyes Católicos hasta Isabel II. La UNESCO lo declaró en 2017 Patrimonio de la Humanidad en su categoría de Memoria del Mundo

Vieja fuente del siglo XIX

Hospital de El Salvador, del siglo XVI.

Las aguas del Pisuerga vistas desde la pesquera.

NOTA. Sobre la batalla de Simancas recomiendo la lectura de “Simancas 939. La batalla del Supremo Poder” en el blog Ermitiella, de la arqueóloga vallisoletana Mariché Escribano.