LOS TEMPLOS CONTEMPORÁNEOS

Si nos proponen visitar iglesias de Valladolid, seguro que sin dudarlo encaminaremos nuestros pasos hacia Santa María de la Antigua, la Colegiata Catedral, la del Salvador o la de San Martín, por ejemplo.  Concluido el paseo por ese puñado de excelentes construcciones religiosas que tenemos en Valladolid, nos daremos por satisfechos, saciados  de arte, historia y patrimonio. El románico, el gótico, el neoclasicismo y algo de barroco nos ofrecerán un impresionante abanico de estilos y arquitecturas.

En general todos estos templos ofrecen excelentes y grandes retablos, capillas cargadas de imágenes, lápidas que recuerdan a los patronos de la iglesia y más de un sepulcro de importantes personajes de la historia de Valladolid como María de Molina o Pedro de la Gasca.

Escultores e imagineros de la talla de Gregorio Fernández y Juan de Juni habrán aportado un enorme caudal de arte a nuestro paseo por las iglesias y parroquias vallisoletanas.

Pero seguro que habremos pasado de largo por ese largo censo de iglesias que se han ido levantando sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, cuando Valladolid comenzó a crecer al rebufo de la industrialización,  pues tal vez consideramos que son de escaso interés. Es más, de hecho no suele hacerse referencia a ellas cuando se habla de arte y arquitectura religiosa.

Y es un error, pues ofrecen interesantísimos testimonios de arquitectura contemporánea y de religiosidad posconciliar.

Para este paseo que os voy a proponer por algunas iglesias contemporáneas vallisoletanas he acudido a diversos autores que han aportado interesante literatura sobre el particular. Y especialmente he consultado la obra de Paloma Gil Giménez y su libro El templo del siglo XX; y de Esteban Fernández-Cobián con sus  Escritos sobre arquitectura religiosa contemporánea.

Desde luego, cuántas veces hemos admirado los potentes contrafuertes que sustentan muros y techo de las iglesias y las catedrales. También sus pequeñas ventanas cuando su construcción se remonta al románico, o por el contrario sus admirables vidrieras cuando la arquitectura del gótico permitió abrir grandes ventanales para iluminar el interior de los templos. También esos colosales pilares en los que se apoyan los nervios que sujetan las bóvedas.

Sin embargo, como en la arquitectura civil, los modernos materiales de construcción y las nuevas técnicas arquitectónicas, han permitido la desaparición de basas, pilares, contrafuertes o los admirables nervios para sustentar las bóvedas.

Al igual que la arquitectura civil contemporánea, la religiosa, especialmente a partir del Concilio Vaticano II,  ha ido buscando nuevas formas de representación  e iconografía. Una  nueva liturgia se abre paso en la que influye hasta el mismo hecho de que ya no se oficie de espaldas a los fieles, sino de cara a la feligresía. Incluso que ya dejaran de construirse coros y púlpitos.  Los arquitectos también han aplicado a las construcciones religiosas el funcionalismo contemporáneo, la limpieza de las forma,  la economía formal.

Los retablos, como expresión de la teatralidad religiosa, en general desaparecen, y las cabeceras de las iglesias se desnudan de cualquier otra representación que no sea la mera figura de la cruz o el crucificado, en el mejor de los casos acompañado de su madre la Virgen María. Ya no se construyen ni ensanchan los templos con capillas laterales. Las esculturas representando la nómina del santoral, y los grandes cuadros o lienzos que otrora eran signo de riqueza y devoción quedan sustituidos por paredes desnudas: el ladrillo, la loseta, la madera  o cualquier otro material constructivo moderno evita la distracción del creyente, y toda la actividad religiosa se centra en el altar. Como escribe Paloma Gil, esto supone “la desaparición de elementos que dificultan el protagonismo del tabernáculo”. O, también nos dice Gil: “El objetivo del templo no es solamente congregar a los fieles, no es ser un monumento o un edificio para grandes recepciones. En él se debe crear un flujo de sensaciones, sentimientos e ideas que lleven a la comunicación con lo divino”. En definitiva, “ha de hacer visible lo invisible”

Pero, sobre todo, la luz diáfana y  abundante inunda el interior de los templos. En otros casos toda la luz se concentra en el altar, dejando en penumbra el recinto de la feligresía. Algunos arquitectos expresan la modernidad de los templos en cuanto a su decoración, iluminación, formas geométricas, etc. el que los fieles sean parte activa del culto y no meros espectadores, como venía ocurriendo en las prácticas religiosas tradicionales.

Todo ello, por fuerza, exige un diseño arquitectónico que consiga estos objetivos, en los que la desnudez prima para que todo converja hacia el altar. Bien es verdad que no existe una uniformidad entre las formas arquitectónicas, pero todos los arquitectos más afamados han aceptado encargos de construir templos: Alvar Aalto, Ronchamp, Álvaro Siza, el afamado Le Corbusier…

Aunque todo esto que aquí relato no deja de ser una tendencia en absoluto dogmática que tiene muchas interpretaciones. Porque, en realidad, todo lo que se pueda contar sobre la arquitectura religiosa contemporánea no es más que parte de un debate sobre cómo deben construirse los templos. Por ejemplo, Fernández-Cobián ya nos advierte de que por ejemplo en EEUU se han reactivado cátedras de arquitectura religiosa que enseñan a construir iglesias “tradicionales”, es decir, románicas o barrocas. Una actitud, que en realidad nunca desapareció, aunque ha estado relativamente silenciada, que propone que los credos también se expresen por su construcción evitando uniformidades que diluyan las diferencias entre una mezquita, una sinagoga, un templo evangélico o una iglesia católica, y que estas han de proyectarse con su propia identidad.

En cualquier caso, una iglesia, por contemporánea que sea, no debe renunciar a una torre o una espadaña, más o menos altas, eso es un tanto lo de menos. Dice Fernández-Cobián que ha de ser un lugar abierto y acogedor, de formas serenas, debe invitar  a entrar, debe ser un edificio serio, pues aunque la religión debe ser una cosa alegre, el edificio no puede ser una construcción trivial o risible.

Y hecho este largo exordio, vamos a recorrer unos cuantos templos de moderna y contemporánea construcción. Lógicamente la mayoría de ellos están en los nuevos barrios que han surgido en el siglo XX y XXI, pero también algunas iglesias o parroquias históricas han realizado reformas o rehabilitaciones que han dejado atrás su clásica construcción, como por ejemplo la iglesia de Nuestra Señora de San Lorenzo, la Victoria,  Canterac o San Ildefonso. Algunas de las más modernas iglesias llevan la firma de importantes arquitectos, como Ispizúa o Fisac, también de artistas como Antonio Vaquero o Coello (parroquia de La Milagrosa, en las Delicias).

En la calle Fuente el Sol está la parroquia de Nuestra Señora de la Victoria. Se trata de una construcción reinstalada en 1967 –tras desmontarse en 1964- de la que básicamente lo único que se conserva es la fachada. Desde 1544 estaba en el barrio ocupando la parcela, más o menos, donde hoy están las dependencias de la Policía Municipal (carretera de Burgos).

San Ildefonso es una parroquia sita en la calle que lleva ese nombre. Su construcción original es del siglo XVII cuya traza era de Juan de Naveda y la ejecución de obra la hizo Francisco de Praves. La nueva iglesia que ahora vemos se construyó en 1965.

Entre estas iglesias históricas “reinventadas”, entre las que hay que incluir la de San Lorenzo y Canterac,  y la segunda mitad del siglo XX, hay varias parroquias y templos interesantes que comentamos a continuación.

 La capilla del convento de las Salesas,  en la calle Juan Mambrilla haciendo esquina con Colón, de ladrillo, fue inaugurada en 1907. Los planos los realizó el afamado arquitecto Teodosio Torres.

Nuestra Señora del Pilar –popularmente conocida como la Pilarica-, en la plaza Rafael Cano. Este señor y su esposa costearon la construcción del templo, donde el matrimonio está enterrado.  Acaso es la única obra importante del arquitecto municipal Juan Agapito y Revilla. Se trata de otra construcción neogótica de 1907, declarada Bien de Interés Cultural en 1994.

Y  San Juan Bautista, en el barrio de San Juan, que es una moderna iglesia de 1932 que sigue la estela de la que en el siglo XIV levantó la Orden templaria.   

La iglesia de San Pío X, en el barrio Girón, construida en la década de 1950 apunta modernas tendencias que se salen de lo tradicional que hasta esas fechas aún se venía construyendo. Según algunos expertos, los arquitectos González Martín e Ignacio Bosch se inspiraron en arquitectos alemanes u austríacos que apostaban por la modernidad. El interior del templo es enormemente austero.

También de los años 50 es la parroquia de la  Inmaculada Concepción, sita en el paseo Zorrilla, 27. Al igual que la de Girón, el arquitecto fue Julio González Martín.

La misma autoría ofrece la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, en la plaza del Doctor Quemada, cuyo altar está presidido por un Cristo esculpido por Antonio Vaquero. Cuentas las crónicas que el edificio en ladrillo contó con cierto rechazo por parte del público. Sin embargo, el paso del tiempo ha hecho que aquella arquitectura se revalorice, de tal manera que la Inmaculada Concepción y Santo Domingo de Guzmán hayan pasado a ser considerados edificios significativos de la arquitectura moderna, tal como los ha declarado la prestigiosa entidad internacional DO.CO,MO.MO (acrónimo inglés de Documentación y Conservación de la Arquitectura y el Urbanismo de Movimiento Moderno).

La iglesia de la Paz abrió sus puertas en 1963. Lleva la firma del reputado arquitecto Pedro Ispizúa Susunaga, con destacada obra en el País Vasco. El enorme arco parabólico de su fachada puede estar inspirado en la arquitectura de Gaudí, del que Ispizúa fue alumno.  El proyecto inicial incluía una altísima torre campanario en el lado izquierdo según se mira la fachada, lo que habría dado al edificio la monumentalidad que merecía, sin que por eso carezca de singularidad.

La Compañía de Jesús tiene su iglesia en la calle Ruíz Hernández, integrada en un edificio residencial de la misma congregación. La iglesia actual se inauguró en 1972 y sustituyó a otra de estilo neogótico terminada de construir en 1896. Sorprende el amplísimo espacio que ocupa inimaginable viendo la fachada del edificio presidida por una gran cruz. La imagen histórica está tomada del blog artevalladolid.blogspot.

San Ramón Nonato, erigida en la calle Calixto Valverde, del barrio de Huerta del Rey, es un construcción de 1981, toda ella en ladrillo. Carece de retablos y capillas y su alter está presidido por un gran crucifijo del siglo XIV. Tiene una Virgen del XV y una imagen del patrón del XVII. Destaca por una bella iluminación cenital sobre el altar.

La parroquia de Santa Rosa de Lima, en el barrio de Arturo Eyries se inauguró en 1988. Aunque, como otras muchas parroquias, se financió a expensas del Arzobispado, los muebles, campanas, bancos, imágenes, etc. se pagaron con las aportaciones de la feligresía.

Parroquia de Nuestra Señora de Prado en la calle Adolfo Miaja de la Muela, se inauguró en abril de 1999. De los padres carmelitas, es una de las más grandes de Valladolid pues tiene capacidad para unas setecientas personas sentadas. Su fachada está construida con pizarra y piedra artificial con estructura de madera y tejado de cobre. Su interior muestra un retablo de la escuela de Berruguete y un altar iluminados por un lucernario que arroja luz sobre ello mientras el resto del templo carece de luz y adornos que distraigan a los feligreses.

El edificio de la parroquia carmelita Virgen del Henar (calle Trilla) se construyó en el año 2000 con todos los atributos arquitectónicos propios de los recintos religiosos contemporáneos. Destaca su fachada de piedra blanca y la cubierta de madera. El templo, de muy agradable aspecto, está firmado por el arquitecto Elesio Gatón. Recientemente fallecido, ha trabajado especialmente (aunque no solo)  en edificios religiosos, tanto en obra nueva, como en rehabilitación, como es el caso de la recientísima limpieza y restauración  del interior de la iglesia  de la Antigua. No son fáciles este tipo de intervenciones arquitectónicas pues se trata de actuar en edificios singulares.

La parroquia del Beato Florentino Asensio se terminó de construir en 2006, en el barrio Parque Alameda –calle Vega-. Su arquitecto fue, también Elesio Gatón. Para su construcción se emplearon todo tipo de materiales: madera, cemento blanco, ladrillo, cristal, mármol blanco y un cemento que imita la piedra de granito.

Aunque no sea un templo parroquial, lo cierto es que la capilla de los dominicos de las Arcas Reales es una de las más bellas de Valladolid. Su arquitecto fue el afamado Miguel Fisac, Premio Nacional de Arquitectura 2002. La iglesia y el conjunto docente donde se ubica se construyeron en la década de 1950. Se considera por los expertos como una obra clave en España, pues el arquitecto marcó unos nuevos parámetros de la arquitectura religiosa, y se convirtió en un referente de la nueva orientación emanada del Concilio Vaticano II en lo que tenía que rodear la liturgia. En 1954 recibió la Medalla de Oro en el Concurso de Arte Sacro de Viena, y en 2011 la iglesia fue declarada Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento.

NOTA: como se ha podido apreciar, algunas de las imágenes están tomadas del blog ArquitecturaVA

MUSEO DE LAS FERIAS DE MEDINA DEL CAMPO

JUNTÁRONSE COMERCIANTES, ARTISTAS Y BANQUEROS

Artistas, mercaderes, banqueros y artesanos coincidieron en Medina del Campo, antes una villa amurallada que, en una encrucijada de caminos, gozó de los favores de la Corona. Aquella conjunción de creadores, comerciantes y nobles llegó a hacer de Medina uno de los más importantes centros comerciales de Europa, al abrigo de las Ferias que en mayo y octubre de cada año se celebraron con gran importancia desde principios del siglo XV, y que conocieron su apogeo en el XVI convirtiéndose en la mayor feria de España. Era entonces Medina una de los municipios más grandes de todo el Reino.

Fachada y zaguán del museo.

Para recoger todo aquel esplendor, que dejó una huella aún perceptible en el comercio mundial (la letra de cambio, por ejemplo), se ha creado este museo que recoge una selecta colección de piezas originales desde el siglo XV al XVII. Algunas sirven para ilustrar la vida de la villa y la mayoría, para mostrar la trascendencia que aquellas ferias tuvieron. Todo ello ordenado y explicado de manera muy didáctica. Hay algunas piezas procedentes de iglesias de Medina.

Vista parcial de la panorámica de Medina del Campo que dibujó Anton Van den Wyngaerde en 1565.

Vista general de la sala principal y su artesonado.

A TANTO LA TABLA DE FLANDES

El comercio de la lana y el textil fue la principal actividad de las ferias. En Medina se cerraban transacciones mercantiles que suponían un importante comercio de importación y exportación con Europa, explica Antonio Sánchez del Barrio, director del museo. La serie de tapices más antigua que cuelga en el Palacio Real de Madrid, fue mandada comprar por la reina Isabel de Castilla en Medina del Campo. Esos tapices antes adornaban las paredes mudéjares del Palacio Testamentario de Medina. Y debe saberse que estas obras de arte textiles, ahora cuidadas con primoroso cuidado, antes servían, simplemente, para vestir las paredes y abrigar a los moradores de palacios y fortalezas del frío invernal que se colaba por las rendijas que se abrían entre las piedras y los ladrillos.

Una Piedad de Juan de Juni, procedente de la Colegiata de San Antolín.

Mas no sólo fue la lana, sino que buena parte de los admirados retablos y tablas flamencas que se exhiben en museos e iglesias de España, se encargaban por los comerciantes asentados en Medina. Y la platería de Limoges y de Italia pasaba por las ferias.

Llanto sobre Cristo Muerto, de autor anónimo de los Países Bajos. Antes estaba alojada en la iglesia de Santiago.

Cosas, todas ellas, de las que da fe el museo mostrando escogidas piezas de cada una de aquellas actividades.

Talla original de la conocida como Virgen del Pópulo. Antes estaba en el balconcillo de la Colegiata desde donde se oficiaba la misa hacia la calle los días de mercado para que los comerciantes no tuvieran de dejar sus puestos.

Si fuera preciso destacar una de las muchas imágenes y esculturas que se conservan en el museo, esta es, sin duda, la del obispo Barrientos. Realizada hacia 1454 en varias piezas de alabastro y después policromadas, conserva buena parte de los colores. Representa la primera figura orante de la que se tiene constancia documental. Tiene, entre otras singularidades, el ser una temprana figura mortuoria que no está en posición yacente, como era costumbre aún en la Edad Media. Fue este un personaje influyente en la corte de Juan II de Castilla y, aunque hombre culto que llegó a escribir varios libros, no dudó, sin embargo, en participar en la quema de los libros que escribiera Enrique de Villena, pariente del propio rey, acusado, por su gran conocimiento de la ciencia, de tratos con el diablo.

La zona acotada a banqueros y cambistas se rodeaba de cadenas ancladas a unos rollos jurisdiccionales.

LA VITRINA DE LOS LIBROS

En el comercio de las ferias no faltaron los libros. Ahora sorprende la manera en que en su momento se trataba al libro. A Medina llegaban los libros impresos sin encuadernar, en bruto, elaborados por los impresores. Estos grandes paquetes de pliegos se pasaban al encuadernador, que se encargaba de ordenarles y cubrirles con tapas de cuero, de piel, más o menos adornadas. Y, finalmente, era el librero el que los ponía en el mercado. Un mercado casi siempre de encargo, como aquel que hizo el Cardenal Cisneros en 1480 para las dependencias de la Casa Real. Como no podía ser de otra manera, al calor de ese comercio también los emprendedores hombres de negocios de Medina decidieron iniciarse en la impresión. Por eso, en 1511 se hace la primera edición en la villa -y uno de cuyos únicos cinco ejemplares que existen se exhibe en el museo- de “Valerio de las Historias Escolásticas”. Y la primera edición del Lazarillo de Tormes se imprimió en Medina, aunque aquí no se conserve ejemplar alguno.

Diversas vitrinas mostrando libros de cuentas,  pesas y medidas y otros objetos relacionados con las transacciones comerciales.

SIMÓN RUIZ, DESTACADO HOMBRE DE NEGOCIOS

Figuras orantes en alabastro talladas por los escultores Pedro de la Cuadra y Francisco de Rincón. Se hicieron siguiendo indicaciones del testamento de Simón Ruiz. Muestran al propio banquero y a sus dos mujeres: María de Montalvo y Mariana de Paz. Detrás de las esculturas sendos retratos del banquero  y su segunda esposa, Mariana de Paz, atribuidos a la escuela de Pantoja de la Cruz.

El museo, más exactamente la Fundación Museo de las Ferias (en la están el Ayuntamiento de Medina, la Diputación, la Junta de C y L y la Universidad, custodia el archivo de Simón Ruiz. Ruiz (1525-1597) fue un importantísimo mercador y banquero con intereses en toda Europa y América  y que en ocasiones financió a los reyes. Amasó una enorme fortuna y financió la construcción del Hospital General más conocido como Hospital de Simón Ruiz, un inmenso edificio renacentista construido entre 1592 y 1619. Está declarado como Bien de Interés Cultural. Algunos de los objetos pertenecientes a aquel hombre de negocios se exhiben en el museo. De Simón Ruiz se ha heredado una masa documental que aporta gran información sobre la época en la que vivió.

Fachada de la Colegiata de San Antolín que da a la plaza Mayor de Medina y detalle del balconcillo donde se exhibe una copia de la virgen del Pópulo.

ALGUNOS DATOS

MUSEO DE LAS FERIAS
LUGAR: c/ San Martín, 26. Medina del Campo
VISITAS: de 10 a 13:30 y de 16 a 19 de martes a sábado. Domingos y festivos de 11 a 14. Lunes cerrado. Se puede concertar visita guiada. Teléfono 983 837 527
CONTENIDO: Piezas originales del s. XV al XVII de la historia de Medina y de sus ferias.

UVAS Y COTILLONES

Llama la atención que hasta más recientemente, se utilizaba más el término de “año viejo” que el de “noche vieja”.  E incluso los llamados cotillones eran muy habituales en la noche de Reyes. Eso nos lleva a indicar que las fiestas navideñas ponían más énfasis en el recibimiento del Año Nuevo que en la despedida del año que terminaba.

Al principio los cotillones o fiestas de año nuevo se celebraban en los círculos de recreo tanto de la capital como en las sociedades de los pueblos de la provincia.

Mas, ¿qué es el cotillón? En realidad se trata de un tipo de baile y música que parece que se creó en 1700 pero que cayó en decadencia hasta que “resucitó” a finales del siglo XIX y se comienza a tocar en todas las celebraciones festivas: en carnaval, en bailes de puesta de largo de las “señoritas” de la alta sociedad, fiestas veraniegas (“en el casino se va a celebrar el primer cotillón del Verano”), en los numerosos círculos que había en la ciudad (“En octubre se celebrará un cotillón en los salones del Círculo de Labradores”),  etc. Eran piezas musicales que frecuentemente dirigía algún maestro de ceremonias que invitaba a cambiar de pareja. En definitiva un baile que inducía a facilitar la relación entre las personas que acudían a la fiesta. Es habitual que se incluyan piezas de cotillón en los conciertos de los teatros.

Así, era habitual que junto a piezas como el rigodón, la mazourka o el vals, se incluyera como cierre de los conciertos el cotillón.

El cotillón era tan popular en Valladolid que la prensa de finales del siglo XIX llegó a escribir que tal pieza de baile “era una institución en los bailes de Valladolid”, aunque necesitaba tiempo para que los danzantes perfeccionasen su ejecución.

Imagen tomada de la revista La Ilustración Castellana (año 1883). Círculo de Recreo de Valladolid. Dibujo realizado por Mario Viani. Archivo Municipal de Valladolid.

El cotillón terminó por imponerse como una fiesta en sí misma que incluía algún servicio de merienda o cena, una orquesta y algún obsequio: eso que más recientemente terminó por llamarse “bolsa de cotillón” (antifaz confetis, serpentinas, etc.), en las salas de fiesta o restaurantes que celebraban la fiesta de Reyes o la de Noche Vieja. La Granja Royal ofrecía el 31 de diciembre de 1929 “Gran fiesta de las uvas, regalos, cotillón, desde las 11 hasta la madrugada”.

Los hoteles o establecimientos hosteleros, como el antiguo Hotel Felipe II (actual Felipe IV), el Hostal Florido, el hotel Conde Ansúrez, Hotel Inglaterra,  etc. era donde tradicionalmente se celebraban los cotillones, hasta que  ya a partir de los años 60 se comenzó a generalizar en restaurantes, salas de fiesta y discotecas. Y el cotillón desaparece como celebración de las actividades festivas como carnavales o fiestas de verano para convertirse en la fiesta de fin de año.

El cotillón de fin de año incluye las famosas doce uvas. La costumbre de comer las uvas ya estaba extendida a principios de siglo XX. El origen de este hábito no está claro, pues hay historiadores que la sitúan en la Francia de la década de 1880, y otros en España. En cualquier caso, a principios del siglo XX se inicia la costumbre de acudir a la plaza Mayor de Valladolid a comer las doce uvas de la suerte, quizá a partir del año 1909, que es cuando se instaló el reloj en la torre de la Casa Consistorial. Incluso los teatros, como el Lope de Vega, que ofrecían espectáculos el día 31, suspendían momentáneamente la actuación para que los espectadores tomaran las uvas que el propio teatro les ofrecía. Las doce uvas simbolizan los 12 meses del año. Por otro lado, la uva se asocia a símbolos positivos, como la hermandad, la alegría o el placer.

Las fechas navideñas eran muy propicias para actividades solidarias. Así, es llamativo cómo en la década de 1920 había bailes de caridad para recaudar fondos “para los niños pobres de las escuelas públicas”.

Pero la palma en esas iniciativas caritativas se la llevan las rifas que recaudaban dinero “para los presos de Chancillería”. Ha de tenerse en cuenta que hasta que en 1935 se iniciara la construcción de la nueva cárcel en la calle Madre de Dios, la de Chancillería era el presidio provincial.

El dinero recaudado, según noticas recogidas en 1930,  para los penados (hombres y mujeres) se destinaba para, entre otras cosas, la compra de carbón para las estufas, pues el edificio y las celdas era muy frías y húmedas. También a los presos se les daba un par de  comidas especiales que incluían “vino y tabaco”. El menú de aquellas comidas se componía de paella si era a medio día, y si era cena, alubias con salchichas y bocadillos de jamón. El postre se componía de mantecadas de Astorga e higos de Fraga.

Las navidades eran fechas propicias para que los establecimientos comerciales incluyeran anuncios  deseando un feliz año nuevo a su clientela.

Aunque nos parezca que los turrones, digamos de “fantasía”, son una invención moderna para salirse de la rutina de los turrones típicos, como son el de Alicante, Jijona o avellana, los cierto es que algunas tiendas de Valladolid anunciaban en el año 1900 la venta de turrones de Cádiz como el de coco, piña, fresa, café, naranja, limón o nieve. Por cierto, a 4 pesetas el kilogramo.

En las Navidades de principios del siglo XX la carne más consumida como propia de esas fechas, era la de pavo y capón. Y cómo ahora, que hay panaderías que ofrecen asar el lechazo o el tostón aprovechando el calor residual de los hornos tras la elaboración del pan, había establecimientos que ofrecían asar aquellas grandes aves.

Acaso pensamos que los juguetes educativos son una opción reciente, pero la prensa de principios del XX anunciaba que la Casa Santarén, una importante y gran librería que estaba en la plaza de Fuente Dorada, vendía juguetes instructivos y estuches de ingeniería.

Por cierto, era costumbre en los años centrales del siglo pasado hacer obsequios a los policías municipales que se encargaban de regular el tráfico. De tal manera que hay testimonios de algunos guardias en medio de una plaza rodeados de varias cestas de navidad.

NOTA: buena parte de este artículo, y las fotos, está realizado con información procedente de El Norte de Castilla.

LOS PUENTES MAYOR Y COLGANTE, BIENES DE INTERÉS CULTURAL

El Ayuntamiento de Valladolid ha iniciado el proceso para que estos dos puentes tan importantes en la historia de la ciudad así como por sus características arquitectónicas, sean declarados Bien de Interés Cultural (BIC). De momento la Junta de Castilla y León, que es quien tiene que aceptar la propuesta ha dado la callada por respuesta.

Esto no significa que el camino haya quedado cerrado, sino que se va a alargar un poco más de lo previsto. En este artículo me voy a centrar en el caso del Puente Mayor y para ello he realizado un resumen del documento oficial del Ayuntamiento. En internet se puede acceder al expediente completo. El arquitecto municipal Óscar Burón Rodrigo ha sido el encargado de “pilotar” este proyecto.

El memorándum que ha presentado el Ayuntamiento a la Junta de Castilla y León comienza con estas bellas palabras que escribió Cervantes en La Galatea: «Volved el presuroso pensamiento a las riberas del Pisuerga bellas, veréis que aumentan este rico cuento claros ingenios con quien se honran ellas. Ellas no solo, sino el firmamento, donde lucen las claríficas estrellas, honrarse puede bien cuando consigo tenga allá los varones que aquí digo».

El Ayuntamiento de Valladolid entiende que por su relevante interés artístico, histórico, arquitectónico y etnográfica hacen que el Puente Mayor reúna, de forma singular y relevante, los valores que justificarían la incoación de la tramitación de su declaración como Bien de Interés Cultural a la Dirección General de Patrimonio Cultural de la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León, en la categoría de Conjunto Histórico, de acuerdo a los artículos que regulan la legislación sobre el particular.

Así mismo el Ayuntamiento de Valladolid prevé realizar actuaciones tendentes a recuperar la importancia relevante que ha tenido el puente y su entorno en la historia de la ciudad, de cara a su protección y conservación, así como  facilitar a los ciudadanos el conocimiento de la singular construcción y conseguir que sea una herencia para las generaciones futuras.

El puente fue el primero en ser construido y único durante casi un milenio. Realizado en fábrica de sillería caliza, tiene una longitud de 153 metros con 10 ojos de diferentes secciones, y desde finales del S. XIX una anchura media de la plataforma superior de 12 m, volada sobre el puente histórico con ojos de 9,05 m. de ancho. Constituye uno de los elementos urbanos históricos más antiguos e importantes de Valladolid, si bien su actual imagen está configurada también por las modificaciones que se han realizado sobre él a lo largo de la historia, en especial las obras ejecutadas hace poco más de un siglo con el objeto de ampliar su anchura y enrasar su perfil longitudinal; en cierta forma esta reforma cubrió a la vista el alto valor artístico e histórico de este puente de origen medieval y de gran belleza.

Su estructura responde a la tipología común de los puentes de origen medieval, si bien existen tres particularidades que caracterizan de forma singular al Puente Mayor. Por un lado, que es un puente doble, algo que puede comprobarse en el intradós de varios de sus ojos, claramente es un puente que fue ampliado al doble de su anchura original en algún momento de la historia (quizás en el siglo XV) por lo que en realidad son dos puentes paralelos adosados.

El más antiguo de los dos es el que se sitúa aguas abajo. La segunda característica es que, pese a ser un puente de origen medieval, el aspecto que hoy conocemos poco tiene que ver con su perfil original, abombado en el centro como otros puentes del Medievo. Una reforma drástica realizada a finales del S. XIX fue la responsable del enrasamiento, así como de la ampliación de la anchura del tablero.

La tercera particularidad es que posee diez ojos casi todos diferentes, fruto de las sucesivas reformas que fueron moldeando el puente de forma irregular. Sus formas se engloban en tres tipos principales: dos ojos son de medio punto, otros dos no llegan a la media circunferencia, otros dos también de media circunferencia, pero peraltados, y finalmente, los cuatro restantes son apuntados.

Todas las singularidades geométricas en tajamares y ojos son fruto de las numerosas reformas que se acometieron a lo largo de la historia, en las que fueron reconstruidos y reforzados arcos, pilares, cepas y pretiles, algunas veces por el desgaste propio del tránsito de personas, animales y vehículos y, en la mayoría de las veces, por las múltiples riadas e inundaciones que cada poco sufría el puente. Pero lamentablemente también por las consecuencias de la guerra, pues en 1812 fue parcialmente destruido por el ejército francés por su importante ubicación estratégica.

El Puente Mayor debe su nombre a su trascendental valor en la historia de Valladolid, aunque en la documentación antigua se le llama “la Puente del Río”, “la Puente de Piedra”, e incluso solamente “la Puente” (antiguamente puente tenía género femenino), señal inequívoca de que fue el único hasta fechas recientes. La existencia de un gran número de pequeños puentes que atravesaron los dos cauces de las Esguevas, es seguramente la razón por la que se le denominó “Mayor”, para diferenciarlo del resto.

Como muchas otras construcciones antiguas, la historiografía clásica vallisoletana, que en buena medida hunde sus raíces sobre la tradición y la leyenda, liga la construcción del Puente Mayor al propio surgir de la ciudad a la Historia de la mano de los condes Pedro Ansúrez y Eylo Alfonsez. Estos mitos derivan de la publicación de dos novelas a finales del siglo XIX cuya influencia es patente incluso a día de hoy, y se repite popularmente confundiendo a los propios vallisoletanos: una novela habla de que fue construido por un moro por órdenes directas de la Condesa Eylo, y la otra que directamente construido por el mismísimo diablo.

En realidad, poco se puede asegurar sobre la fecha de su origen (a pesar de la historiografía tradicional). La primera documentación histórica realizada a un puente de Valladolid es del año 1114, y muy posiblemente sea el Puente Mayor, pero de lo que sí hay algo seguro es que muy poco se parecería al que nos ha llegado hasta nuestros días. Su fábrica actual está muy alterada al haber sido objeto de innumerables reparaciones desde su construcción.

Un documento de la reina Urraca (primeros años del siglo XII) de donación del monasterio de San Cosme y San Damián a la Colegiata de Valladolid, dice que el mismo estaba situado “caput pontis valleadolleti” (algo así como “en la cabecera del puente  de Valladolid”).

Del puente se sabe que  las partes más antiguas datables se remontan a fechas de entre los siglos XIII y XIV. La opción de vincular el Puente Mayor a la presencia de posibles asentamientos previos a la época ansuriana en nuestra ciudad, ya fueran romanos o hispanovisigodos, es imposible a día de hoy; si bien se han encontrado muchas evidencias arqueológicas de algún tipo de asentamiento romano de cierta entidad, quizás un vicus, no hay rastro de ningún registro posterior al periodo del Bajo Imperio hasta los inicios de la Baja Edad Media, cuando ya nos encontramos con un núcleo de vecinos “in territorium de Kabezone” que, con centro en la actual plaza de San Miguel, nace por la actividad que todo cruce importante de caminos genera: en nuestro caso el configurado por los que cruzaban el territorio en las direcciones cardinales, uniendo León y Rioseco con el Valle de Esgueva, y Simancas con el norte y Cabezón. Las condiciones favorables de la zona, terreno fértil y llano irrigado por abundantes cauces, hizo el resto para el asentamiento de la población que Ansúrez recibió de manos del rey Alfonso VI cerca del año 1072.

Nuestro Puente Mayor se sitúa en un ensanchamiento natural del río que, casi con seguridad, dio lugar a un vado natural que tenía posibilidades de ser cruzado en determinadas épocas del año; no debería pensarse en la existencia de un puente más antiguo que el de las fechas que barajamos, pues si hubiese sido así muy probablemente la población se hubiese asentado en origen más cercana a él, como en muchos otros casos en los que así ocurre. Y, sin embargo, aunque la tradición hizo fundar al conde Ansúrez ese lugar llamado “la Puebla del Puente”, hoy barrio de San Nicolás, en realidad no aparece en los registros históricos hasta finales del s. XII. En todo caso, no podemos dudar de la existencia temprana de un paso sobre el río, y de la inmediata importancia que éste comenzó a tener para la población y su economía. Por todo ello se puede concluir que este puente quizá sí pudo ser contemporáneo a los condes Pedro y Eylo, pero su morfología debía corresponder a algo muy diferente a lo que imaginamos: una estructura de pontones de madera sobre machones de fábrica de piedra, que permitía un acceso más bien precario a la villa, necesitado de continuas reparaciones dado que el Pisuerga es un río con frecuentes crecidas.

El Puente Mayor  también sufrió los rigores de la Guerra de la Independencia. Acompañado de unos 10.000 hombres, el 6 de enero de 1809 Napoleón entró por el Puente Mayor en Valladolid, por entonces un gran nudo estratégico en el camino desde Francia a Lisboa y de ahí su importancia para las tropas francesas para despejar el camino hacia Portugal. Ya en 1812, después de que la ciudad se levantase en armas, y siendo escenario de las batallas entre fuerzas inglesas y francesas, el 29 de julio los franceses volaron uno de los ojos centrales del puente en su huida, que el Ayuntamiento reparó en precario con maderas, que el 7 de septiembre los franceses volverían a sabotear. Ese mismo día las tropas angloespañolas con Wellington al frente consideraron pequeño el destrozo y volaron un segundo ojo que debía situarse junto a él. Volvieron a arreglarse los daños en precario en 1815 hasta que finalmente se repararon con sillares entre los años 1826 y 1828.

En 1888 el puente sufrió una gran reforma, pues desde hacía años se advertía que el primer ojo de la margen derecha amenazaba ruina inmediata,  lo que hace  que el Ministerio de Fomento elaborase un proyecto de recomposición del puente, atendiendo también a la posible ampliación y ensanche del mismo. Fue la intervención más agresiva que se ha realizado sobre el puente.

Para hablar de las aceñas, el azud y la pesquera que también forman parte del proyecto de declaración de BIC, debemos saber que desde tiempos inmemoriales el hombre se ha servido de la fuerza natural de los ríos para construir ingenios que la aprovecharan, tales como aceñas y batanes, que facilitaron la elaboración de harinas y tejidos.

En lo que a Valladolid concierne, la primera noticia de estas aceñas es de 1230. Estas fueron conocidas como las Aceñas del Puente, de San Benito o de los Frailes, y son el testimonio más antiguo del patrimonio industrial de Valladolid. Junto a las aceñas se situaba una pesquera, construcción de ingeniería fluvial que simula un ramal para la circulación de los peces ante la barrera que suponía el azud, hasta una balsa en la que poder los pescar de una forma mucho más sencilla.

En definitiva, el Puente Mayor es un puente medieval cuya estructura básica pervive tras un gran conjunto de reformas que le han ido configurando una marcada singularidad y personalidad característica, por ejemplo con su duplicación en sus primeras etapas, que ha progresado intrínsecamente con la ciudad siendo una de las más importantes representaciones culturales de ella, y testimonio etnográfico de la evolución de Valladolid en la Historia desde sus comienzos.

Por otro lado tenemos el valor del patrimonio arqueológico industrial del conjunto del azud, las aceñas y la pesquera, cuyos restos son el testimonio, al menos desde siglo XIII, de la utilización del río mediante artilugios hechos por el hombre para la obtención de energía para la confección de tejidos y la molienda del cereal, así como para la acuicultura, es decir, los recursos pesqueros.

Ambos son testigos del desarrollo sostenible histórico de los vecinos con el río Pisuerga.

Mas, a ambos elementos hay que sumar los valores inmateriales, culturales y etnográficos del sistema medieval amurallado de la ciudad, por la ubicación de puertas y postigos en el Puente Mayor y sus alrededores, como muestra del sistema de vigilancia vinculado a la ciudad moderna, al principio y de forma principal desde el aspecto defensivo y después desde el económico a través del control fiscal. Y también el patrimonio arqueológico de los edificios religiosos que históricamente se situaron en los extremos del puente, ermitas y humilladero, ligados al comienzo de los caminos, cuyos restos posiblemente aún queden en el subsuelo y pudieran ser recuperados en los trabajos de restitución del antiguo perfil del puente.

No se pueden olvidar los valores culturales e históricos de los proyectos reformadores ilustrados de finales del XVIII y su influencia en la modernización del país, como el proyecto de Canal de Castilla para trasladar el trigo castellano a los puertos cantábricos, el plantío de árboles para el embellecimiento del paseo del Espolón Nuevo, o la plantación de Las Moreras para el apoyo de la industria de la seda en la ciudad.

No tienen menor importancia los valores naturales de las riberas del río Pisuerga, en especial de la orilla derecha, que aun estando situada en un entorno urbanizado y consolidado de Valladolid, todavía conserva el paisaje fluvial propio del bosque de galería que caracteriza a nuestro río.

Añadamos los valores científicos vinculados al periodo en el que Valladolid fue capital de la Corte, en el que fue escenario de proyectos y artefactos tecnológicos revolucionarios, como el ingenio de Zubiaurre para la elevación del agua, el proyecto de navegación por los ríos de Castilla, o el primer sistema de respiración automática para la práctica del buceo, son buenos reflejos de la superación tecnológica de los siglos XVI y XVII.

En conclusión,  se trata de un conjunto de valores singulares y excepcionales que configuran un sistema de relación de los ciudadanos de Valladolid con el río, un testimonio único que ha sobrevivido conservado en buena medida hasta el día presente, y que lo hace único e irrepetible en la Comunidad de Castilla y León.

NOTA: Todas las imágenes aquí mostradas están obtenidas del informe del Ayuntamiento.

SEGUNDA EDICIÓN DE EL PATRIMONIO DEL CONCEJO

El próximo jueves 12 presentamos la segunda edición de mi libro. Será en los locales que amablemente nos ha cedido la Asociación Vecinal Rondilla. Tanto la editorial como yo queríamos un lugar diferente, un barrio, además.

Como véis, queremos que tenga un formato diferente a la habitual presentación de libros. Queremos que se compre o no, pasar un rato agradable: María José Larena con la voz, y Miguel Ángel Pérez, más conocido como Maguil, con la música, contribuirán a dar una visión más cercana y curiosa del contenido del libro.

La Editorial Páramo sorteará algunos lotes de libro de su fondo editorial.

Y luego tomamos un vinito de elaboración propia.

No dejéis de acudir, tengáis comprado ya o no el libro, y tengáis intención o no de comprarlo.

Nos vemos.

LA CASA CONSISTORIAL

Hay un  edificio en Valladolid en el que de alguna manera se siente representada la ciudadanía y sus instituciones: la Casa Consistorial.

El Ayuntamiento actual de la ciudad se inauguró en 1908 y, simplificando, su estilo suele catalogarse como ecléctico, es decir un poco de todo y de tendencia historicista, muy en boga en aquella época. Antes hubo otras casas consistoriales, la última anterior, del s. XVI con numerosas reformas posteriores,  en el mismo emplazamiento que el actual. Hasta la Edad Moderna los munícipes se reunían en los lugares más variados: atrios de iglesias, casas alquiladas, conventos… Pero los Reyes Católicos querían dejar bien claro la existencia de un poder civil distinto al de la Iglesia, así que ordenaron que en todas las poblaciones se construyesen casas consistoriales.

Una cosa que siempre han tenido buen cuidado los concejos de pueblos, villas y ciudades, es que hubiera un reloj que pudiera escucharse tanto en el casco urbano como en las tierras de alrededor. A veces ese reloj “municipal” no estaba en el mismo edificio concejil, sino en alguna torre independiente o campanario de una iglesia… pero lo normal es que los gastos de instalación y mantenimiento, así como el  pago del salario del relojero se costearan con cargo al presupuesto municipal. Hay muchas historias curiosas e interesantes en torno a los relojes concejiles. Pero eso lo dejo para mejor ocasión.

El arquitecto del Ayuntamiento fue Enrique María Repullés  y Vargas, que tiene obra nueva o intervenciones rehabilitadoras por muchas ciudades españolas. En concreto, el edificio de la plaza Mayor que hace esquina con calle Ferrari, es de este mismo autor. Las dependencias acogen numerosos objetos y obras de arte, cuyo detallado enunciado haría muy largo este reportaje. En general, la representación de reyes y personajes relacionados con la monarquía está muy presente en la decoración, aunque no faltan escenas costumbristas ni paisajes.

Y sin más preámbulo vamos a introducirnos en el interior de edificio.

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Como cosa curiosa, cuando en septiembre de 1908 se inauguró el Ayuntamiento, aún no estaba concluida la torre, por lo que el reloj no comenzó a dar las horas hasta enero de 1909.  En el ladrillo de la fachada se aprecian claramente impactos de bala producidos durante los primeros meses de la Guerra Civil

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Escalinata principal, de mármol. Cristaleras  con el escudo de la ciudad

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Antesala del Salón de Recepciones y dependencias de la Alcaldía. Tapices con escenas del lecho mortuorio de Isabel la Católica y otras escenas de los Reyes Católicos. Arcones de tres llaves que guardaban documentos y tesorería

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Salón de Recepciones. Diversos detalles. El techo representa varios  acontecimientos de la historia de Valladolid: el Conde Ansúrez, Felipe II, los Reyes Católicos… Pintados por el cubano Gabriel Osmundo Gómez. La decoración del techo se completa con dos medallones: uno de ellos, firmado por el catalán Barral Nualar, representa una escena cortesana de Dª María de Molina. Las vidrieras que dan al balcón incluyen rostros de varios personajes históricos: Ansúrez, Reyes Católicos, Felipe II y María de Molina Y retrato idealizado del Conde Ansúrez, propiedad de la Diputación y realizado por Pedro Díaz Minaya en el s. XVII

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Hay una sala apartada, llamada “de los pasos perdidos” (porque es donde antiguamente la gente esperaba horas y horas a ser recibida por el alcalde)  que tiene buenas copias de cuadros originales de Velázquez: Felipe IV, Mariana de Austria y Carlos II. Están muy, muy deteriorados. Como curiosidad, si se entra en el Ayuntamiento por la puerta de la calle Manzana, en las paredes del pasillo se ven reproducciones en papel  los tres cuadros, y una leyenda “mentirosa”, que se instaló hace varios lustros y que  dice que están en proceso de restauración

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Otra dependencia administrativa que en su día fue sala de comisiones, guarda un enorme y delicioso lienzo firmado en 1901  por Antonio García Mencía. El cuadro tiene varios orificios de bala de cuando la sublevación franquista

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El pasillo que da acceso a las dependencias de Alcaldía tienen diversos retratos entre los que se incluyen los de sendos alcaldes de la Democracia: Rodríguez Bolaños y León de la Riva realizados por Cano y Quesada, respectivamente

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Hay una sala de espera, inmediata a la Alcaldía,  que reúne un buen puñado de obras de arte. Entre ellas, retratos de María Cristina con su hijo Alfonso XIII en brazos, y del mismo monarca, cuya autoría la firman, respectivamente, Marcelina Poncela y  Gabriel Osmundo Gómez

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Despacho de Alcaldía. Un San Juan, de Ribera; una Magdalena firmada por Cesare de Sexto y un busto de San Pedro, que lleva la firma de Torre Berasategui, entre otros objetos artísticos, decoran una pieza totalmente decimonónica

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Concluiremos la visita a las, digamos, dependencias nobles de la Casa Consistorial en el salón de Plenos: retratos de Ansúrez y su esposa Eilo, de finales del s. XX y autor desconocido. La vidriera advierte sobre la fecha de inauguración del edificio

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1aa-cropComo indiqué, hay numerosa obra de arte en el Ayuntamiento. De entre todas las que no he citado, no me resisto a ignorar un cuadro costumbrista ambientado en el Puente Mayor y que fue pintado en 1903 por Francisco Prieto Santos (observar las vías del ferrocarril en el pavimento del puente: el llamado tren burra que llegaba hasta el interior de la ciudad); un bajorrelieve que evoca una vida silvestre y pastoril -muy del gusto de la època-, ubicado en un apartado pasillo, realizado por el escultor Tomás Argüello; así como dos bustos en madera tallados por Crispín Trapote: La Ciega de Íscar y el Labriego Castellano