DONDE LA SÁTIRA, LA MÚSICA Y UNA BUENA BIBLIOTECA

El Archivo Municipal de Valladolid no  solo custodia  legajos, expedientes, documentos, planos y fotos. Tiene, también, una importante biblioteca, y a ella nos vamos a dedicar en este artículo.

Una biblioteca que atesora un fondo de cerca de 40.000 documentos entre monografías, folletos, carteles, revistas, etc. Y que se ha enriquecido no hace mucho con el traslado de los fondos bibliográficos y colecciones que estaban depositados en la Casa de Zorrilla.

Esta desconocida biblioteca está compuesta de variados fondos: lo publicado por el Ayuntamiento o libros sobre Valladolid; libros de derecho administrativo local; un fondo muy curioso que proviene sobre todo del siglo XIX, y que hasta 1991 estaba en el Teatro Calderón: colección formada por gente ilustrada de la burguesía vallisoletana de aquella época. Se trata de  una colección de arte, ciencia e historia. Una colección con leyenda pues cuando el Ayuntamiento se hizo cargo del Teatro Calderón en 1986 se tapió el cuarto donde estaban los libros, y al decir de algunos se les perdió la pista hasta que, se dice, la descubrió un fontanero durante las obras de remodelación del Teatro.

También forma parte de la biblioteca del Archivo, los fondos bibliográficos y colecciones que hasta 2017 estaban en la Casa de Zorrilla.

Igualmente destaca la biblioteca y fonoteca del antiguo Conservatorio. Un fondo que se ha ido forjando desde 1918.

A todo esto hay que sumar la hemeroteca completa de los desaparecidos periódicos la Hoja del Lunes y el Libertad, además de la colección del Boletín Oficial de la Provincia (desde 1833) y la vieja Gaceta de Madrid…

… Y curiosísimas publicaciones satíricas del XIX.

En cualquier caso, necesite o no consultar algún legajo del archivo o alguna publicación de la biblioteca, visitar el Archivo Municipal es una recomendable actividad. Los arquitectos que han llevado a cabo la rehabilitación son Gabriel Gallegos y Primitivo González.

El Archivo Municipal ocupa la antigua iglesia de San Agustín (cuyos restos visibles datan del siglo XVI), que tras su abandono y usos diversos tales como  actuaciones musicales o depósito municipal de coches, se rehabilitó para funcionar como tal archivo  a partir de 2003.

Imágenes del interior de San Agustín en cuyo patio principal está la sala de consulta.

Ilustraciones de la afamada revista London News que se publicó a caballo entre los siglos XIX y XX: representación teatral en el Londres de 1901 y anuncio de un vigorizante del cabello.

El Boletín Oficial de Valladolid encuadernado en piel. Esa publicación que nos parece tan “administrativa”, sin embargo contiene ordenanzas y otras instrucciones que han influido en nuestras vidas.

Cabeceras de diversos periódicos satíricos decimonónicos. Muchos de ellos apenas superaban la media docena de ediciones.

Retrato de Zorrilla, conservado en la biblioteca. La biblioteca Narciso Alonso Cortés  comienza a formarse a raíz del I Centenario del nacimiento de Zorrilla. Es decir, corría el año 1917.  Pero la biblioteca contiene otras importantes donaciones, cual es la de Francisco Álvaro González: se trata de un fondo importantísimo de investigación y documentación del teatro español del siglo XX. Francisco Álvaro (oriundo de Villalón  de Campos),  entre otros reconocimientos, obtuvo el premio Nacional de Teatro. A este fondo se une la biblioteca de la antigua Escuela de Teatro. Es, en definitiva, un referente para el estudio del teatro contemporáneo.

La biblioteca tiene numerosos libros que eran de Zorrilla, en muchos casos con anotaciones manuscritas del dramaturgo. Zorrilla también era una persona interesada por los libros relacionados con el teatro, como un curioso “Tratado de voz”. En la fotografía una ilustración de Doré del libro “Ecos de la montaña”, novela histórica de Zorrilla.

Libro editado en 1884 con las obras completas de Zorrilla que el poeta corrigió personalmente.

Quizá por creer que Alonso Cortés era un escritor “local”, carece de la relevancia que la ciudad debería darle, pero no solo no fue así, sino que se codeó con la mayoría de los escritores y poetas de su época, como fueron, por ejemplo, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.

La arquería que ahora embellece el edificio, está instalada en su lugar original, después de que se desmontara en 1925 y se fuera emplazando en diversos lugares: Museo Arqueológico, Campo Grande, Museo de Escultura… hasta que, finalmente, con la rehabilitación del edificio, se trajo a su primitiva ubicación.

En torno al edificio de San Agustín se han hecho diversas excavaciones arqueológicas que, sobre todo, han servido para recuperar viejos suelos, aljibes, algunas columnas,  pies de muros y paredes de dependencias históricas de la iglesia conventual, etc.

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EL MONUMENTO A LEOPOLDO CANO

Guarda Valladolid una historia seguramente muy desconocida, pero realmente interesante. Se trata del desaparecido monumento en homenaje al literato Leopoldo Cano. Una escultura que padeció una azarosa e injusta vida.

… Y comenzó a suceder en el año 1934.

Necesario es perfilar, aunque sea someramente, la biografía de Leopoldo Cano y Masas. Nació en Valladolid en noviembre de 1844 y falleció en Madrid el día 9 de abril de 1934. Vivió, por tanto, casi 90 noventa años.

Su casa de nacimiento fue el desaparecido palacio del Almirante de Castilla. Estaba en la calle Angustias y era de grandes proporciones. Se desconoce la fecha de construcción pero por algunos datos podríamos pensar que su origen se remonta al siglo XV. En sus dependencias llegó a estar la Diputación Provincial entre 1850 y 1856. Posteriormente se derribó y sobre parte del solar se edificó el Teatro Calderón de la Barca. Inaugurado el 28 de septiembre de  1864,  se puede considerar como uno de los de mayores dimensiones de toda España.

Entonces, la calle en la que nació Leopoldo Cano se llamaba de las Damas, sin que se sepa porqué. Una calle que frecuentó José Zorrilla pues en ella vivía su aya Marcelina, hasta que en diciembre de 1901, el Ayuntamiento cambió su nombre por el de Leopoldo Cano.

Leopoldo Cano fue un hombre polifacético: militar (alcanzó el grado de general de división), matemático y literato. Destacó como autor teatral y sus obras lograron un gran éxito tanto en España como en América. En 1910 entró en la Real Academia Española. Su estilo, ampuloso para nuestros días, estaba de acuerdo con la moda de su tiempo. Fue un autor de espíritu liberal con grandes preocupaciones sociales que plasma en muchas de sus obras. Se le clasifica dentro del Realismo y se lo considera como uno de los discípulos del neorromántico José Echegaray. Su obra más importante fue La Pasionaria,  estrenada en el Jovellanos de Madrid.  Y se acercó a la tragedia clásica al publicar  La muerte de Lucrecia.

En vida recibió honores y numerosos homenajes, como el que le tributó el Ateneo en octubre de 1924, que entre otros agasajos puso una lápida en el pilar del Teatro Calderón que forma esquina entre las calles Leopoldo Cano y Angustias.

Y ahí va la historia: se trata de un monumento del que seguramente la mayoría de la gente de Valladolid no habrá oído hablar.

En la sesión del 21 de abril de 1934 el Ayuntamiento, presidido por el alcalde socialista García Quintana,  acordó  homenajear al recién fallecido Cano aceptando la propuesta del Sr. Cabello de erigir un monumento o una fuente artística en los jardincillos situados en la plaza de Libertad,  “tanto por ser un lugar de cierto recogimiento, como por estar próximo a la casa donde vivió el poeta y asimismo al teatro en que obtuvo sus mejores éxitos como dramaturgo”.

Se convocó un concurso público para que los escultores presentaran propuestas. Entre las bases del concurso figuraba que el monumento se basara en el poema de Cano titulado La Frontera, muy querido para él.

El poema es un claro canto a la fraternidad y la convivencia.  Algunas de sus estrofas dicen:  “Allá en mi país natal,/que de Francia está vecino,/ hay en medio de un camino/una piedra y un rosal./La piedra está en la frontera,/el rosal en torno crece,/y cada flor que aparece/de su hermana es extranjera (…) Yo, mirando tristemente/esa línea fronteriza,/que tortuosa se desliza/con aspecto de serpiente,/y recordando los lazos/que el hombre rompe iracundo,/pensé: ¡El amor creó el mundo!/¡El odio le hizo pedazos!/¡Cuán absurda y caprichosa/es la pretensión humana!/¿Dejará de ser hermana/una rosa de otra rosa?/Y en la piedra, entre las dos/pobres flores, dejé escrito:/La frontera es un delito/contra las leyes de Dios”.

En las bases se añadía que la escultura alegórica a La Frontera debía ser en piedra,  que el escultor tuviera en cuenta el lugar donde se iba a emplazar y que solo podrían concurrir artistas españoles.

Entre las tres propuestas que se recibieron, los expertos designados por el Ayuntamiento acordaron que el concurso lo ganara Emiliano Barral. Entre los expertos figuraba el arquitecto e historiador Juan Agapito y Revilla y el pintor vallisoletano García Lesmes.

Los otros dos concursantes fueron los escultores Verdugo y Conde, por un lado; y Juan José Moreno Llebra, más conocido como “Cheché”. Conde, más tarde fue el autor de las figuras infantiles del parque del Poniente; y “Cheché” tendrá un protagonismo que luego veremos.

Boceto que presentó “Cheché” al concurso. AMVA.

Autorretrato de Barral. Propiedad de la familia. Museo de Segovia.

Emiliano Barral, nacido en Sepúlveda, vivió entre 1896 y 1936. Tiene obra repartida por numerosos lugares, entre los que podemos destacar el Museo Reina Sofía, la Casa Museo de Machado (con quien trabó amistad), y el Cementerio Civil de Madrid.

En Valladolid ya se le conocía, pues en 1932 se instaló en el Campo Grande (inmediaciones de la fuente de La Fama), el monumento a Núñez de Arce, realizado por el escultor.

Imagen del boceto del monumento proyectado por Barral, obtenida del libro Pintura y escultura en Valladolid en el siglo XX (1900-1936)

Su proyecto consistía en un basamento rectangular de “piedra neolítica” donde se colocaría la dedicatoria al poeta y, sobre dicho pedestal, la representación del amor fraternal y universal del que habla el poema, que el artista lo representaba como una matrona que cobija bajo su manto a tres niños desnudos. Como dijo el propio Barral: “hijos distintos, pero unidos bajo el manto de la misma madre”. 

Fotografía de la plaza de la Libertad en 1935, y proyecto de como quedaría el monumento de Barral. AMVA.

Fotografía propiedad de la familia del escultor el día de la inauguración. Tomada del libro “Emiliano Barral“.

El monumento se inauguró el 9 de abril de 1935, justamente un año después del fallecimiento del poeta. Al acto asistieron muchas autoridades civiles y, sobre todo, militares, entidades culturales, significados intelectuales, familiares del poeta,   y numeroso público que aplaudió cuantos discursos allí se pronunciaron, que contenían palabras tan elogiosas como las que pronunció don Mariano Escribano, a la sazón alcalde de Valladolid en aquellos meses y que  describían el monumento como “bella obra, símbolo de la poesía”.

El Norte de Castilla de 10 de abril de 1935. Inauguración del monumento en la plaza. Los actos tuvieron continuidad en la Casa Consistorial.

El alcalde Escribano, camino de la inauguración del monumento a Cano. Obérvese el despliegue militar que rendía homenaje al poeta. Foto (retocada) del AMVA. Colección Óscar Campillo.

Mas, aquellos elogios al poco se cambiaron por críticas de la prensa, burlas por parte del público y animadversión de los grupos políticos más conservadores. Del monumento se llegó a decir que era una representación de la III Internacional o una alegoría de la República. Aquel cambio tan drástico  seguramente se debía a que el clima político local se estaba radicalizando especialmente por parte de los detractores de la República y porque el escultor era de reconocida ideología de izquierdas. Quizá también porque la escultura rompía los moldes academicistas de los típicos y hieráticos monumentos de aquella época, pues incluso los pliegues del manto de la matrona marcaban claramente sus formas femeninas.

Total, que el Ayuntamiento, de tendencia conservadora,  acordó proponer al escultor que hiciera algunas modificaciones del monumento y que, además, se trasladara a un lugar más apartado de la vista del público, como era el Campo Grande, donde se pretendía que  la hiedra lo cubriría en parte. Aquello contó con el aplauso de la prensa, que llegó a tildar del monumento de “armatoste”.

El escultor Barral se negó a tales pretensiones, pero el Consistorio aprovechó la debilidad del artista en unas semanas en las que se hallaba enfermo, y el 15 de octubre comenzó a desmotar el monumento y lo guardó en los almacenes municipales: apenas habían transcurrido seis meses desde su inauguración y El Norte de Castilla aplaudía que se desmontara aquella “lamentable escultura”.

El consistorio quería mantener el reconocimiento a Leopoldo Cano, y para ello convocó un concurso que el 4 de diciembre de 1935 lo ganó “Cheché”. El busto, de corte clásico,  se inauguró en la plaza de la Libertad en marzo de 1936,  hasta que, posteriormente, unas obras de remodelación de la plaza hicieron que el Ayuntamiento optara por recolocar el busto en  las inmediaciones del paseo del Príncipe del Campo Grande, donde ahí sigue. Al concurso se habían presentado también Ángel Vaquero Agudo y Ángel Trapote Mateo.

Boceto de “Cheché”. En la plaza de la Libertad se estaba construyendo una pérgola y se acordó que en el jardincillo de la misma se pusiera “un monumento sencillo” erigido a la memoria de Leopoldo Cano.

En mayo de 1936 falleció el concejal Remigio Cabello, que fue quien había propuesto, dos años antes, hacer un monumento en homenaje a Cano. Quiso la casualidad que Cabello falleciera en mayo de 1936 y que su séquito funerario pasara por la plaza de la Libertad, de donde se había quitado el monumento al poeta y que se sustituyó por el busto encargado a Cheché, que luego fue a parar al Campo Grande. En la foto del AMVA (colección Oscar Campillo) subrayo la ubicación del busto.

De nuevo alcanzó la alcaldía el socialista Antonio García Quintana, y en junio de ese mismo año (1936),  se decidió  rescatar el monumento a Cano y tras unas modificaciones que aceptó el escultor Barral,  se colocó en la plaza de la Trinidad, frente al Hospicio Provincial.

Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936  provocó su derribo y destrucción por los grupos más reaccionarios de Valladolid.

De aquel monumento solo se conservó el basamento, que se utilizó como banco de la plaza. Y el resto se dio por desaparecido, hasta que a principios de los años 80, el profesor Martín González localizó una parte del monumento, en concreto el torso de la matrona, que estaba en la parte  dependiente de la Cofradía de la Antigua Devoción de Nuestra Señora  de Extramuros.

El sábado 28 de julio de 1984 el torso quedó instalado provisionalmente en el patio de acceso a la Capilla del Museo Nacional de Escultura. En la actualidad se puede contemplar en el jardín del Museo. 

NOTA: fuentes utilizadas

Pintura y escultura en Valladolid en el siglo XX (1900-1936). José Carlos Brasas Egido y Jesús Urrea Fernández.

Escultura pública en la ciudad de Valladolid. José Luis Cano de Gardoqui.

Emiliano Barral. Juan Manuel Santamaría.

“Entre el Arte y la Política: La Frontera, de Emiliano Barral”. Ana Mª Pérez Pérez.

Archivo Municipal de Valladolid

El Norte de Castilla

Museo Nacional de Escultura

FERIA DEL LIBRO

Este miércoles 5 de junio, de 12 a 14 h. estaré en la caseta de Editorial Páramo para entregar el libro a quienes lo hayan comprado anticipadamente. Y para atenderos a quienes queráis comprarlo en la Feria.

También vale acercarse para, simplemente, charlar un rato.

El libro se presentará oficialmente el domingo 9 a las 12 en el Teatro Zorrilla. Ya lo recordaré.

JOSÉ ZORRILLA: BIBLIOTECARIO Y CRONISTA DE VALLADOLID… Y OTROS CRONISTAS

José Zorrilla fue Cronista Oficial de Valladolid. El segundo del que yo tenga noticia. Antes lo fue Matías Sangrador. De la información que dispongo parece que esta figura  ahora honorífica (y en su tiempo retribuida), no existió hasta el siglo XIX. Desde luego, rastreando la información documental publicada del XVIII parece deducirse que entonces no existían los cronistas oficiales. Una figura que emanó del Gobierno de la Nación, pues para poder nombrar a Zorrilla, el Ayuntamiento tuvo que acogerse a un Real Decreto de 28 de noviembre de 1851.

Pero, no nos perdamos en legalismos. Lo cierto es que en el caso de Zorrilla, el Ayuntamiento vio la oportunidad de acudir en sostén de nuestro preclaro vate que, como casi toda su vida, estaba en gran precariedad económica… Y esto nos llevaría a la imposible tarea en este artículo de relatar la vida (personal y pública) de una persona cuyas andanzas son verdaderamente 7-croplegendarias: desde su rebeldía juvenil (se fugó de la casa paterna),  pasando por sus matrimonios,   hasta su tiempo de residencia en Francia y los 12 años que vivió en Cuba y Méjico: Maximiliano le nombró director del Teatro Nacional y Lector del Emperador.

Y esto sin entrar en toda su carrera literaria cuajada de éxitos  y también de mediocridades. Pero, desde luego, alcanzó fama, enorme popularidad y mérito nacional: en 1848 (tenía 31 años de edad) fue elegido miembro de la Real Academia Española de la Lengua (aunque no tomaría posesión hasta casi cuarenta años después tras nuevo nombramiento). Y en 1889, ya al borde del final de su vida, en Granada fue coronado como Poeta Nacional en medio de unos fastos pocas veces vistos, en los que participaron la regente  infanta Isabel, el presidente del Consejo de Ministros, el presidente del Congreso, condes, marqueses y embajadores, entre otras destacadas personalidades.

El entierro de Zorrilla en Madrid, su posterior traslado a Valladolid y su recibimiento en la ciudad que lo vio nacer, han pasado a los anales de la historia por el enorme gentío que lo acompañó en cada una de estas tres ocasiones, y los reconocimientos oficiales con que le honraron. A tal fin en Valladolid se creó en su honor el Panteón de Personas Ilustres en el Cementerio del Carmen (antes de Vallisoletanos Ilustres, hasta que se enterró en él a Rosa Chacel).

Más, antes de continuar adelante es necesario aclarar una cosa. Es frecuente que a tal o cual escritor se le cite como cronista de Valladolid: Pinheiro da Vega, Manuel Canesi, Ventura Pérez, Hilarión Sancho, Juan Ortega Rubio, etc. O el poco conocido Rafael Floranes, cuyos artículos sobre Valladolid están aún, injustamente,  por publicar. Se sabe que un tal Rodrigo de Verdesoto  en siglo XVI anotaba los sucesos más sobresalientes de la ciudad.

Cronistas hubo de Indias y casi cada monarca (desde la Edad Media) nombraba su Cronista: legendaria es la controversia entre Bartolomé de las Casas (obispo de Chiapas) y Ginés de Sepúlveda (cronista del Emperador) sobre los derechos de los indígenas.

No, aquí me estoy refiriendo a los cronistas “oficiales” nombrados por el Ayuntamiento de Valladolid. En otras localidades de la provincia, como Medina del Campo y de Rioseco, también se nombraban cronistas. Y cronistas oficiales parece que nombró la Diputación, como es el caso de Zorrilla, que también lo fue de la Provincia.

La realidad es  que hay una laguna en nuestra historia local por  la ausencia de un detallado trabajo de investigación y divulgación de nuestros cronistas, aunque en alguna ocasión escuché al actual cronista, Teófanes Egido, que o estaba en ello o que recomendaba que se hiciera. Y me aferro a esta carencia  para  exculparme de las lagunas  o errores que este artículo pueda contener. Y aprovecho este capítulo de disculpas para advertir de la necesaria reducción que he tenido que hacer de la historia de cada uno de los cronistas, algunos de los cuales llenaría un libro.

Pues bien, a la espera de esa futura publicación,  propongo este somero artículo sobre los cronistas de Valladolid. No sin antes advertir que además del tiempo que pasé rastreando bibliografía, libros  y artículos, esto que relato no hubiera sido posible sin la colaboración del Archivo Municipal de Valladolid y, especialmente, de su trabajadora Mirem Díaz Blanco.

Además de los  citados Matías Sangrador, Zorrilla y Teófanes Egido, Valladolid ha tenido como cronistas a Emilio Ferrari, Casimiro González García-Valladolid, Narciso Alonso Cortés, Francisco Mendizábal García, y Luis Calabia. Y hay que añadir un cronista oficial ocasional: M. Martín Fernández (que firmaba con el seudónimo de Doctor Blas).

Vamos a ello.

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Matías Sangrador y Vitores (o Vítores con tilde), nació en Valladolid el 24 de febrero de 1819. Se doctoró en leyes, dio clases en la Universidad pero a partir de 1846 ejerció la judicatura y recorrió diversas ciudades españolas. Entre sus obras destacan la publicación en 1851 del Tomo I de Historia de la muy noble y leal ciudad de Valladolid y en 1854 el Tomo II;  y en 1859 La vida de San Pedro Regalado. Es un referente importante para la historiografía vallisoletana. Murió en Valladolid el 29 de abril de 1869.  

Cronista nombrado el 21 de julio de 1862.

La primera imagen está tomada del blog Vallisoletum, y la segunda de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

 
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6-domus-pucelae975-3-entierro-de-zorrilla-foto-viuda-e-hijos-de-fdez-ilustracion-espanola-y-americana-8-10-1895José Zorrilla y Moral nació en Valladolid el 21 de febrero de 1817 y falleció en Madrid el 23 de enero de 1893. Cultivó todos los géneros literarios. En su vida y obra no nos detenemos, pues algo ya hemos contando antes,  pero sí en una anécdota. En su momento (1882)  el nombramiento de cronista llevaba aparejada una buena retribución anual  y, además,  el Gobierno le estaba tramitando, también, una pensión. Es el caso que al año siguiente  de saberse esta noticia recibió carta de un supuesto sobrino en la que tras felicitarle por su nombramiento como cronista, le pedía alguna recomendación para conseguir algún empleo. El poeta le contestó que no tenía sobrinos, pero que no le volvería la espalda y le ayudaría, más “… ten presente (…le contesta…)  que he vivido y vivo de mi trabajo, por conservar mi independencia salvaje, por no adular a nadie, ni servir a ningún gobernante (…) y no he tenido más parientes que cuarenta y seis años de trabajo…”. 

Zorrilla fue nombrado cronista el 2 de junio de 1882 que, según el acuerdo, municipal, era una forma de reconocer a un hijo esclarecido de la ciudad y de esa manera asegurar su porvenir. En el acta aparece una asignación anual de 4.500 pesetas para los gastos de desempeño del cargo.

Imágenes: calle Fray Luis de Granada -Casa Zorrilla- (bajorelieve de 1895 esculpido por Dionisio Pastor); y fotos tomadas del blog Domus Pucelae: recibimiento de los restos de Zorrilla en la acera de Recoletos y traslado por la calle Angustias

 
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Emilio Pérez Ferrari: Valladolid 24 de febrero de 1850- Madrid 1 de noviembre de 1907. Poeta y periodista se doctoró en Derecho y Filosofía y Letras. Formó parte del cuerpo de archiveros e ingresó en la Real Academia de la Lengua en 1905. 

Fue  nombrado cronista el 8 de octubre de 1891.

El retrato está tomado de La Ilustración Española y su casa natal está en  calle Ferrari, 1 (la lápida es 1911  hecha por Aurelio Rodriguez Vicente Carretero).


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Casimiro González García-Valladolid  (1855-1928). Licenciado en Derecho, funda en 1895 el Diario de Valladolid, que apenas duró cuatro meses. Fue director de la Crónica Mercantil, que junto con El Norte de Castilla era el periódico más influyente en la ciudad. Fue presidente de la Comisión de Monumentos y de la Academia de la Historia. 

Nombrado cronista por acuerdo municipal de 1 de marzo de 1902.

Imagen cogida de la Biblioteca Digital de Castilla y León.

 


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Narciso Alonso Cortés: Valladolid 11.03.1875- 19.05.1972. Poeta, investigador e historiador de la literatura. Especialista en Zorrilla, fue el primer director de la Casa de Cervantes. Presidio la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción,  y Académico de la Lengua desde 1952. Entre las curiosidades de su prolongada vida, destaca su afición al ciclismo en su juventud, modalidad en la que llegó a competir en pruebas oficiales. Antonio Machado le dedicó una poema: “A Narciso Alonso Cortés, poeta de Castilla”..

Nombrado cronista el 12 de julio de 1912.

Fotografía del Archivo Municipal de Valladolid y casa de la calle Felipe II.

 
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Francisco Mendizábal Garcia (1885-1976). Archivero de formación, desarrolló su vida profesional en la Real Chancillería de Valladolid, de la que llegó a ser director a partir de 1941. También ejerció de profesor de historia  en la Universidad. Fue nombrado miembro del la Real Academia de la Lengua, y además de sus artículos periodísticos  y otros escritos, alcanzó fama por su encendido verbo en programas radiofónicos.  Como curiosidad cabe relatar que la famosa radio de resistencia antifranquista Radio París, le hizo una entrevista en aquella ciudad con motivo de una exposición de fotografías de Semana Santa en la capital francesa en 1960.

Fue nombrado cronista en el Pleno del Ayuntamiento de 17 de marzo de 1920, cuando contaba con 35 años de edad. Seguramente el cronista más joven que ha conocido Valladolid, y también el que más tiempo estuvo ejerciendo.

Ambas fotos son del Archivo Municipal de Valladolid (la primera es del fotógrafo Garay).

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Luis Calabia Ibáñez (1904-1989). Periodista, fue un verdadero maestro de la profesión, en la que cultivó todos los géneros: crónica municipal, cultura, arte, deportes. Fue redactor jefe de El diario Regional y corresponsal del Marca. Académico de Bellas Artes de la Purísima Concepción. Aunque se le conoce por su faceta periodística, en realidad era  funcionario de la Confederación Hidrográfica del Duero.

Su elección como Cronista se produjo el 31 de mayo de 1978.

Foto del Archivo Municipal.

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Teófanes Egido López (Gajates, Salamanca, 1936). Benedictino, estudió en la Universidad de Valladolid, a la que estuvo ligado hasta su jubilación en 2001 como catedrático de Historia Moderna. Destacado especialista en el siglo XVIII, ha hecho notables incursiones en otras centurias. Tiene una extensa producción entre libros y artículos. 

Fue elegido cronista por acuerdo municipal de 2 de octubre de 2001 y vino a sustituir la vacante de Luis Calabia, que había fallecido 22 años antes.

Foto obtenida de Salamanca al Día.

Teófanes Egido solicitó ser relevado como Cronista (con su sentido del humor, dijo que lo hizo porque quería conocer en vida quien le iba a sustituir).  En efecto, el Ayuntamiento pronto eligió a su sucesor y nombró a José Delfin Val. El nuevo cronista nació en Salamanca en el año 1940 y ejerció el periodismo hasta su jubilación primero en Televisión Española y después en Radio Nacional de España de Valladolid. Tiene en su haber numerosos libros relacionados con Valladolid de gran variedad temática, y es miembro de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción.

Fue elegido en el Pleno Municipal de 27 de julio de 2018, con el respaldo de todos los partidos políticos.

La foto es de El Día de Valladolid.

… Y, veamos el caso de un curioso cronista circunstancial:

 
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Mariano Martín Fernández (Valladolid 1866-1940). Fue abogado y ejerció la política como diputado y senador. Fue periodista  y corresponsal en diversos diarios locales y nacionales, como El Norte de Castilla o La Prensa de Buenos Aires. Fundador de la Asociación de la Prensa en Madrid. Firmaba algunos artículos como El Doctor Blas o El Bachiller Franqueza. 

Por lo que él mismo dice, parece que el Ayuntamiento de Valladolid lo  nombró  cronista especial para asistir y escribir sobre la Coronación de Zorrilla como Poeta Nacional.

La primera foto es de la Biblioteca Digital de Castilla y León; la segunda está tomada en su casa natal y es un detalle conmemorativo de su nombramiento en Granada como poeta nacional.

Más, no para aquí la relación de cronistas, pues el Ayuntamiento ha añadido otro: José Miguel Ortega, en calidad de Cronista Deportivo Oficial  de Valladolid. Algo que refleja el peso que ha adquirido el deporte en la sociedad.

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tribuna-de-valladolid-alberto-mingueza-cropNació José Miguel Ortega Bariego el 17 de marzo de 1943. De profesión periodista, ha trabajado para medios como El País, El Norte de Castilla, El Mundo de Valladolid, TVE, Marca y Radio Nacional Española. Aunque su actividad y publicaciones están muy centradas en el deporte, sin embargo  también ha escrito diversos libros sobre la historia de Valladolid: “Historia de 100 tabernas de Valladolid”, etc.  Además ostenta la Insignia de Oro del Real Valladolid. Sostiene el cronista que acaso el primer lugar de España donde se practicó el balompié fue en Valladolid, a tenor de algunos legajos que leyó en el Archivo Municipal, y cosa muy probable teniendo en cuenta la antigua presencia en nuestra ciudad de ingleses y escoceses, gente de la Gran Bretaña, patria del football.

Fue elegido Cronista Deportivo Oficial de Valladolid en el pleno municipal del 1 de junio de 2013.

La primera foto corresponde al homenaje que le tributó el Real Valladolid (está tomada de la página oficial del Real Valladolid SAD); y la segunda imagen corresponde a la presentación de uno de sus libros (la foto está tomada del periódico digital Tribuna de Valladolid y ha sido realizada por Alberto Mingueza).

DEL AYUNTAMIENTO VALLISOLETANO HABLAMOS

Este año 2019 se está conmemorando el 40 aniversario de las primeras elecciones municipales en Democracia. Puede ser un buen pretexto para curiosear un poco por algunos avatares consistoriales. Para ello propongo dar un vistazo a vuela pluma por los últimos cien años.

El 3 de abril de 1979 se celebraron los primeros comicios locales democráticos.  Era la tercera vez que el pueblo estaba llamado a las urnas en menos de dos años: en junio de 1977 se votó para formar la Asamblea Constituyente, y en marzo de 1979 se habían convocado Elecciones Generales.

Vamos, pues, a detenernos en algunas curiosidades en torno al Ayuntamiento de Valladolid. Para ello vamos a irnos, también, más lejos de estos cuarenta años democráticos, y nos asomaremos al Ayuntamiento de hace 100 años y comentaremos algunas otras curiosidades que han acaecido a lo largo de todo este tiempo.

Despacho de Alcaldía. Foto de Cacho

Si no he sumado mal, en estos cien años Valladolid ha conocido treinta y dos alcaldes contando con el actual, más algunos más accidentales de brevísima duración, que sustituyeron transitoriamente a fallecidos o enfermos. Esto nos da una media de 3,1 años de duración cada alcalde. Si quitamos los tres alcaldes  que ha habido en estos últimos cuarenta años de Democracia,  en los sesenta anteriores la media baja a 2 años de duración.

La verdad es que hubo temporadas en las que la brevedad de algunos ediles fue asombrosa. Para ello nos vamos al año 1924. A lo largo de aquel año hasta ocho personas llevaron el bastón de la alcaldía. Más accidentada imposible: así nos lo contó Mariano Cañas en 2009 en El Norte de Castilla: en octubre de 1923 José Morales Moreno fue elegido, pero le dieron tres meses de plazo para que se repusiera de una enfermedad, y ocupa el sillón el concejal Vaca hasta que el 30 de enero se hace cargo de la alcaldía el teniente de alcalde Álvaro Olea y Pimentel. El 6 de abril se constituye una nueva corporación y Blas Sierra Rodríguez es elegido alcalde, quien dimite el día 21 por hallarse enfermo. Le sustituye como alcalde electo Nicolás López Serrano, que fallece el 19 de octubre. Se hace cargo accidentalmente Rodrigo Esteban Cebrián que a los diez días dimite (el 30 de octubre). En sesión de 3 de noviembre es elegido mediante votación Ramón Álvarez del Manzano, que presenta su dimisión irrevocable el 11 de diciembre (por cierto, alegando la falta de confianza por parte de los concejales que le eligieron); y ese mismo día es proclamado alcalde Vicente Moliner Vaquero… ¡Tela!

¿Cuáles eran las actividades privadas de estos más de treinta alcaldes de los últimos cien años? Destacan, por el número, empresarios, abogados, militares, médicos,  hay solo tres trabajadores por cuenta ajena, algún catedrático y algún maestro. En definitiva, la mayor parte de los alcaldes que ha conocido Valladolid en estos cien años eran de clase alta y acomodada bien por profesión (militar de alta graduación,  por ejemplo),  bien por actividad (médicos, empresarios…).

Pero volvamos a 1919.  En ese año hasta dos alcaldes pasaron por el sillón: Luís Gutiérrez López, que dimitió en febrero por motivos de salud, pero también por discrepancias con los concejales, y le sustituyó ese mismo mes Gaspar Rodríguez Pardo que en noviembre presentó su dimisión alegando, también, motivos de salud, pero no se la admitieron y tuvo que ejercer hasta el 1 de abril del año siguiente. Como vemos en 1919 y 1924, lo del estado de salud da para todo.

Detengámonos en curiosear sobre cuáles eran los asuntos que se trataron en los plenos de 1919. Por cierto, era habitual que se celebraran varios plenos en el mes, no como ahora en que salvo excepciones solo se celebra uno al mes, y en muchos municipios pequeños uno al trimestre. La razón es que muchas competencias que antaño eran de pleno, se fueron pasando a Comisiones de Gobierno o a exclusividad de Alcaldía.

Nos preguntábamos sobre qué asuntos preocupaban a nuestros ediles de hace 100 años. Vamos a verlo, resumidamente.

Se trató de abordar una reforma de la Policía Municipal (convocatoria de plazas, uniformes, ascensos, etc.), asunto que fue muy polémico (sin que en realidad se llegara a conclusiones importantes), y motivó varios enfrentamientos entre los concejales. En esa época los Policías eran llamados Guardias.

Preocupaban mucho los  asuntos de Beneficencia. Se elaboraba un censo de personas acogidas a la beneficencia municipal que se iba modificando prácticamente todos los meses en función de las personas que perdían esa situación o entraban en ella. Para las atenciones de la Beneficencia se disponía de un asilo, de un presupuesto para pagar el suministro de medicamentos y  vacunas, o para atender las necesidades de leche para las criaturas de familias humildes: eso se llevaba a través de un programa que se llamaba la “Gota de leche”.

Se abordó la construcción y mantenimiento de escuelas pública. Y ese mismo año se comenzó a pensar en crear dos escuelas  para mujeres adultas de carácter voluntario. La edad mínima para acceder a dichas aula era de 13 años. Para ponerlas en marcha se mandató a dos maestras que estudiaran como se hacía en Madrid y Barcelona. Valladolid entonces tenía una veintena de escuelas para niños y niñas. El analfabetismo en España rondaba al 50 % de la población, aunque en Valladolid parecía que era sensiblemente menor.

En todos los plenos había  acuerdos sobre el cementerio, referidos generalmente a la construcción de unidades de enterramiento, licencias a particulares para la construcción de panteones o concesión de titularidades de los mismos.

Se aprobaron diversas gratificaciones de los empleados públicos que solían estar individualizadas según sus actividades y horas extraordinarias. Así como también había que acordar la concesión de pensiones a funcionarios municipales.

En lo que a pavimentación de calles, aquel año dominaron dos especialmente: el paseo de Alfonso XIII (actual acera de Recoletos) y la calle de Santiago. Por cierto, esta segunda fue realmente polémica, lo que  llevó a que la obra fuera tratada en el pleno varias veces  por dos principales razones: por la subasta para la adjudicación, y por las quejas de los comerciantes sobre cómo se llevaban a cabo las obras pues parece que repercutía en sus negocios.

Todo ello, aparte de los acuerdos de tipo administrativo y, digamos, ordinario: devolución de fianzas por contratos, formación de presupuesto, licencias de obras, caja de reclutas, etc.

Valladolid, aquel año 1919 registraba datos de un muerto al día a causa de la tuberculosis, una enfermedad por desgracia muy común en las primeras décadas del siglo XX.

Existía preocupación por las condiciones higiénicas de la ciudad y, por tanto, el alcalde Gaspar Rodríguez Pardo emitió un bando el 28 de octubre en el que entre otras cosas decía: “Para que las calles se mantengan siempre en el estado de higiene y limpieza que la importancia de nuestra ciudad exige (…) se prohíbe que haya muladares y depósitos de basura a menos de 450 metros del perímetro de la ciudad”. El bando también incluía esta prohibición: “No se arrojaran en ninguna hora por los balcones o ventanas, basuras, aguas sucias ni limpias, no se sacudirán telas ni ropas después de las siete de la mañana en verano, y de las nueve en invierno”

Como efemérides de aquel año, podemos citar que César Silió  fue nombrado, el 16 de abril de 1919, Ministro de Instrucción en el Gabinete de Maura. Y que nació Miguel Delibes.

Mas, vengamos a ese 1979, primer año de elecciones democráticas.

Fue elegido alcalde Tomás Rodríguez Bolaños. Aquel primer año (también los sucesivos) hubo que dar una vuelta completa a la administración municipal. Sirva de ejemplo lo que El Norte de Castilla publicaba el 31 de julio: “”El Ayuntamiento en la frontera de la legalidad. Adoptó acuerdos que pueden ser nulos”. Y a continuación el alcalde indicaba que “Cada día es más difícil funcionar con la Ley de Régimen Local (…) y para poder iniciar determinadas actuaciones hemos de correr algunos riesgos”

El Norte de Castilla: julio de 1979

En julio se declaró la plaza Mayor como zona peatonal, y las fiestas de aquel año se inauguraron con el pregón del poeta vallisoletano Jorge Guillén.

Vamos a ver algunos alcaldes que lo fueron en años clave de la política durante estos cien años que estamos recorriendo.

A Luís Gutiérrez López, que era el alcalde que abrió el año 1919, El Norte de Castilla lo definió como “abogado de mérito y joven de grandes esperanzas”. Hubo en su mandato un curioso debate entre los concejales digamos socialistas que querían que el Ayuntamiento saludara el fin de la Primera Guerra Mundial, y los conservadores, que negaban los valores de las naciones vencedoras.

Antonio García Quintana con su familia

Antonio García Quintana, trabajador de las artes gráficas,  fue el último alcalde de la II República. Fue fusilado en la campa de San Isidro el día 8 de octubre de 1936. Entre las muchas iniciativas que se llevaron a cabo bajo su mandato, destaca una muy peculiar y desconocida: un estudio para traer agua para abastecimiento de la ciudad desde los manantiales de Viloria (entonces Viloria del Henar).

Florentino Criado

El primer alcalde de Valladolid tras el triunfo en la ciudad tras el golpe de Estado fue Florentino Criado Sanz. Un militar profesional forjado en las Guerra de África bajo cuyo mandato se iniciaron los trámites para la construcción de aeropuerto de Villanubla.

Francisco Bravo en el centro del grupo de concejales, con unos folios de la mano

El último alcalde de la Dictadura fue Francisco Bravo Revuelta, Auxiliar de Farmacia diplomado. Llegó a la Alcaldía por dimisiones de varios concejales, incluido el entonces alcalde Manuel Vidal García, para poder presentarse a las elecciones que se habían convocado para abril de 1979.

Retrato de Rodríguez Bolaños colgado en la Casa Consistorial. Realizado por Cano

Y el primer alcalde de la Democracia fue Tomás Rodríguez Bolaños, del PSOE. Trabajador de FASA como analista químico, estuvo en el cargo hasta el 17 de junio de 1995. Tuvo la tarea de poner en marcha un verdadero Ayuntamiento, hasta entonces carente del presupuesto necesario y de las competencias adecuadas.

¿Y en relación con el Ayuntamiento, qué decir de las mujeres?

Adelaida Díez Díez y Eloisa de Felipe Alonso fueron las dos primeras concejalas que hubo en el Ayuntamiento de Valladolid, tal como nos recuerda el historiador Enrique Berzal.  Accedieron al consistorio en otoño de 1928 pero no por elección. Sucedió que habían dimitido hasta 16 concejales, y el gobernador civil se vio en la obligación de designar sustitutos por la vía de decreto, pues parece que no debían quedar concejales suplentes. En aquellos años, merced al Estatuto Municipal de Calvo Sotelo de 1924, las mujeres ya podían acceder a desempeñar funciones concejiles. Eso sí, se las exigía no estar casadas ni sujetas a patria potestad, autoridad marital o tutela.

Transcurrieron 39 años hasta que en 1963 fuera elegida concejala María Dolores Pérez Lapeña. Licenciada en Derecho y vinculada a la Sección Femenina, fue elegida por el tercio de entidades económicas, culturales y profesionales. Los otros dos tercios eran los de cabezas de familia y el sindical. También formó parte de la Diputación Provincial.

Iñigo de Toro en la izquierda de la imágen, y Pérez Lapeña en la derecha.

Poco tiempo después (1967) Lapeña compartió consistorio con otra mujer, María Teresa Íñigo de Toro. Polifacética profesional del mundo de la comunicación, la cultura y la historia. Fue teniente de alcalde.

Pilar García Santos
Pilar Fol Frutos
Victorina Alonso-Cortés

En 1979, con el primer Ayuntamiento democrático, tres mujeres formaron parte de la corporación: por el PSOE, Pilar García Santos –que fue concejala de Cultura-,  y Pilar Fol Frutos–concejala de Deportes-. Y Victorina Alonso-Cortés, de la extinta UCD.

NOTA: La mayoría de imágenes y textos proceden del Archivo Municipal de Valladolid, El Norte de Castilla, “Diccionario de Alcaldes de Valladolid”, “Valladolid, Alcaldes y Municipio en el siglo XX”, y el blog “Valladolid la mirada curiosa”.

BIBLIOTECAS, TESOROS DE LA SABIDURÍA

Por muy diversas razones, especialmente por la historia que Valladolid acumula y la presencia de órdenes religiosas y señeros palacios, hay en la ciudad y provincia diversas e interesantes bibliotecas cuyo interés no solo radica en los libros y documentos que atesoran, sino en sus historias y edificios en las que se alojan.

(Este artículo refunde y, sobre todo, actualiza otros artículos publicados anteriormente)

Propongo a los lectores recorrer algunas de estas bibliotecas.

El convento de los Agustinos Filipinos, sede del Seminario de los Padres Agustinos, acoge el centro de  Estudio Teológico Agustiniano. Se halla ubicado en un soberbio edificio de la segunda mitad del siglo XVIII que lleva la firma del afamado arquitecto Ventura Rodríguez. Edificio que, además, alberga el Museo Oriental, dedicado al arte del Extremo Oriente, y al decir de los expertos, sin duda el mejor en su género en España.

El origen de los Agustinos Filipinos se remonta al primer tercio del XVIII, cuando desde  Manila la orden de San Agustín adopta la idea de fomentar sacerdotes católicos formados  en España con destino a las islas Filipinas.

El fondo  más importante de la biblioteca de lo agustinos es el conocido como Filipinas, que está compuesto por ejemplares traídos por la congregación cuando ya se preveía la pérdida de la colonia. Hay, también,  libros adquiridos en diversas ciudades de Europa, como  París y Amsterdam. Esta colección contiene libros sobre historia, artes, derecho, costumbres, diccionarios de las muchas lenguas que se hablan en el archipiélago filipino, etc.  Se trata de libros de los siglos XVII, XVIII y XIX.

El resto de la biblioteca se ha ido especializando en historia de la Iglesia,  dogmática y moral, tal como corresponde a un centro que se ha ido centrando en estudios teológicos.

También tiene numerosas publicaciones sobre la historia de los agustinos…

 

Panorámica de la fachada del edificio, obra del afamado Ventura Rodríguez, s. XVIII, sito en el paseo de Filipinos, vecino del espléndido Campo Grande.

 

El acceso hasta la biblioteca, que está abierta al público, permite pasear por el claustro del monasterio. Sus paredes están decoradas con grandes cuadros que representan diversas imágenes religiosas y acontecimientos relacionados con la congregación.  

 

Los  sótanos de la biblioteca albergan en torno a  170.000 libros,  de los que unos 130 son incunables, es decir, anteriores al año 1500. Hay libros del XVI y XVII: unos 40.000 títulos de cada uno de estos siglos.

 

 

 

Imagen  de un Atlas de China, del siglo XVII.

 

Un ilustración  de la batalla relatada en el incunable “Cronica de Bravante”: historia antigua de los países bajos.

 

Diccionario de chino, uno de tantos libros sobre lenguas orientales.

 La Biblioteca Histórica del Palacio de Santa Cruz se fundó en 1483 como parte integrante del Colegio Mayor. Su finalidad, obviamente, era ponerla a disposición del alumnado de la Universidad.  El fondo inicial se nutrió de unos 300 volúmenes del fundador, el cardenal Mendoza, y poco a poco fue creciendo con las aportaciones de los estudiantes que llegaban a licenciarse: cada uno debía donar un libro al terminar sus estudios. Evidentemente, también se fueron haciendo numerosas adquisiciones que engrandecieron el fondo bibliográfico.

Buena parte del fondo proviene de las desamortizaciones de diversos conventos vallisoletanos, como los de San Benito y San Francisco. Además de una vasta colección de los jesuitas tras su expulsión de España en tiempos de Carlos III. Libros que tenían en los conventos de San Ambrosio y San Ignacio.

Y no debe olvidarse el fondo proveniente de la biblioteca del conde de Gondomar (s. XVI-XVII) que se consideraba como la gran biblioteca de Valladolid y una de las mayores de España. El conde incluso realizó ampliaciones de su palacio (conocido como Casa del Sol)  para poder colocar su rica biblioteca.

Los libros que se ven en la biblioteca de la Universidad (que no son solo los que están en las estanterías históricas –que son los manuscritos, incunables y raros-, sino también los que se guardan en una sala anexa), datan de fechas anteriores a 1835.

 

Fachada del Palacio de Santa Cruz, de finales del siglo XV, con importantes reformas del XVIII. El marcado carácter Neoclásico que se contempla lo llevó a cabo (planos y dirección de obra), Manuel Godoy, aparejador y discípulo de Ventura, tal como ha demostrado el profesor de la Escuela de Arquitectura Daniel Villalobos.

 

Las estanterías, del barroco,  que ahora vemos son de 1705. Y forman hasta nueve pisos.

 

Detalle de los adornos que, además en su momento, servían para identificar las diferentes materias de la biblioteca. Su decoración se inscribe en una estética botánica, muy de moda en aquella época.

 

La biblioteca está presidida por un retrato ecuestre del Cardenal Mendoza, realizado por el pintor Manuel Peti Vander. Dos globos terráqueos, muy característicos de siglos anteriores,  flanquean el retrato.

 

El depósito de Santa Cruz puede dividirse entre manuscritos (529 volúmenes), incunables (202) y raros (147), e impresos (12.878 de los siglos XVI, XVII y XVIII principalmente). De entre los manuscritos, el más antiguo que se conserva es una copia de Los Comentarios al Apocalipsis de San Juan,  de Beato de Liébana, copiado  por Oveco en el monasterio de Valcabado  en el año 970. Popularmente se le conoce como el Beato de Valcabado o Beato de Valladolid. En la imagen se ven dos de las 87 ilustraciones del Beato: el arca de Noé y los cuatro jinetes del Apocalipsis.

 

Acceso a la biblioteca, cuyas puertas están decoradas por el escultor Alejo de Vahía, que también firma las ménsulas del zaguán del Palacio de Santa Cruz.

 

El Centro Josefino, es el lugar donde se estudia la figura de San José. El padre de Jesús, el Crucificado, tardó en ser venerado. Fue, en cierta manera, un santo tardío, tal como relata el carmelita descalzo Teófanes Egido, historiador que ha sido cronista de Valladolid.

Además, la imagen de aquel padre callado que apenas tiene papel en la Biblia, está desvirtuada, pues se ha venido insistiendo en presentarle como una persona mayor (quizá para hacer ver que, efectivamente, cuando nació el Salvador el ya no estaba en edad muy dispuesta para la actividad marital) y, por tanto, el nacimiento de Jesús tuvo que ser necesariamente milagroso. Pero San José no era una persona mayor y se sabe que casó con María siendo muy jóvenes ambos.

A San José se le dio un papel muy secundario en la vida de Jesús. Y acaso por aquella vida tan discreta que le fue asignada es que se trate, ahora, de un personaje bíblico con una extensísima literatura. Y a su  estudio y divulgación  se dedica el Centro Josefino Español, sito en el convento de Carmelitas Descalzos de San Benito.

Es sobre todo a raíz de que Santa Teresa atribuyera a la intervención milagrosa de San José la sanación de sus graves enfermedades (incluso se la dio por muerta), que aquel padre discreto se popularizara entre la cristiandad, de tal manera que se convirtió en el nombre propio más usado en España y Latinoamérica a partir del siglo XVII hasta finales del XX. Y en 1870 se le hizo patrón de toda la Iglesia.

Más,  este humilde carpintero también le sirvió a Pío XII para intentar contrarrestar la influencia socialista entre los trabajadores, y propuso que la festividad de San José se convirtiera en el referente de la clase trabajadora del mundo cristiano.

El Centro Josefino Español, creado en 1940,  es ahora el único en todo el mundo dedicado exclusivamente a San José.  Hubo un centro en Canadá, y actualmente hay algún centro con buena biblioteca sobren el santo en Polonia  y  Méjico, pero muy lejos del contenido e importancia de este.

La biblioteca incluye devocionarios, patrología, el Talmud de Babilonia, sermones cuando desde los púlpitos, en el Renacimiento, se empezó a pregonar al santo. El Corán, que también se encuentra en la biblioteca, considera a San José como un gran profeta.

El libro más antiguo que se conserva (que en realidad es el primero que se escribió sobre San José) data del s. XVI.

 

Convento de carmelitas descalzos,  donde se alberga el Centro Josefino Español.

 

Algunas vitrinas que guardan imágenes del santo, mostradas por Teófanes Egido.

 

Llama la atención un cuadro del XVII que representa el nacimiento de Jesús,  que  en realidad es una escena reconvertida, pues originalmente se trataba del nacimiento de la Virgen,  y su figura de recién nacida se convirtió en el Niño Jesús por obra y gracia de los pinceles.

 

El libro más leído sobre San José es “La sombra del padre: historia de José de Nazaret”, del polaco Jan Dobraczynski, y ha sido traducido a prácticamente todos los idiomas. En el Centro se puede consultar todo lo publicado en todos los idiomas sobre el santo, aunque,  por supuesto, predominan los textos de estudio, pero también hay novelas y teatro: Paul Claudé y G. Martin Garzo, con su “El lenguaje de las fuentes”, por ejemplo.

 

Una pieza del XVII  llamada “la auténtica”, pues incluye un supuesto certificado de autenticidad del anillo con el que se casó San José. Cosa imposible, porque en aquellos años y cultura  no se utilizaba el anillo como símbolo de desposorio. Por otro lado, no hay en el mundo ninguna reliquia de él porque, en la evocación popular, subió tan rápido al cielo que no fue posible desmembrarlo ni tomar objetos personales de él.

 

Una vez que conoces la biblioteca de la Casona de Urueña se hace difícil separarla del valiosísimo conjunto documental de la Fundación Joaquín Díaz, cuyos fondos están depositados en esa población que, desde Torozos, se asoma a las llanuras de Tierra de Campos.

Lo primero que hay que indicar es que se trata de una biblioteca personal de Joaquín hecha libro a libro desde hace más medio siglo.

Aunque pudiera parecer que su grueso principal tiene que ver con la actividad musical de su promotor, lo cierto es que la biblioteca está especializa en la antropología, que en definitiva es todo lo que interesa al ser humano.

El fondo bibliográfico se compone de unos 26.000 libros. Una de las salas ofrece un ambiente acogedor que propicia una agradable consulta de los libros. Es la pieza en la que se concentra la oralidad en idioma castellano en todas sus vertientes: música, cancioneros, lengua, teatro, cuentos, coplas de cordel, refranero… Libros en varios idiomas, de países que también tienen una gran cultura oral: Francia, Italia, Portugal… también Alemania, etc. Y en todas las lenguas que se hablan en España: catalán, gallego y euskera. Incluso  hay autores, como Calderón de la Barca, cuyos sainetes contienen muchas referencias folklóricas.

 

Fachada de la Casona de Urueña, Fundación Joaquín Díaz.

 

Zaguán de la casona con la puerta de acceso a una de las salas de la biblioteca.

 

Interior y diversos detalles de la pieza principal de la biblioteca, con el característico facistol, que permitía apoyar aquellos grandes libros.

 

Facsimil sobre la entrada de los cruzados en Jerusalén : “Las crónicas de las Cruzadas”, una trilogía del siglo XV.

 

 “Libro de trajes españoles”  de 1860, impreso en París, escrito por Albert Adam…

 

… Y ya que estamos en la Casona, no me resisto a incluir un par de  imágenes de las piezas expuestas al público: solo una pequeñísima muestra de lo que allí nos podemos encontrar (en la foto superior Joaquín Díaz dándome detalles de un instrumento musical.

NOTAHorario de visita de la Casona (calle Real): de martes a viernes, de 10 a 13 h. y de 16 a 19 h.; sábados y domingos, de 10 a 13 h. Lunes y festivos, cerrado. Entrada individual, 2 euros.