CRUCEROS, EN LA SOLEDAD DE LOS CAMINOS

Son infinidad las cruces de piedra que se pueden encontrar en caminos y tierras de Valladolid, especialmente en los páramos y sus estribaciones (quizá porque en ellos abunda la piedra). Y no nos referimos a las que forman parte de los Vía Crucis, ni tampoco a los humilladeros y aquellas que se erigen a las puertas de iglesias y ermitas.

No, hablamos de aquellas cruces solitarias que están en las encrucijadas de los  caminos, en el interior de un pinar (como la cruz de Tudela, en Mojados), en mitad de unas tierras de cultivo o  presidiendo las eras.

Todos representan la misma cruz, el símbolo máximo de la religión cristiana. Sin embargo no todos, ni mucho menos, han sido erigidos por los mismos motivos. Incluso algunos nadie ha sabido explicar porque fueron puestos en el lugar que ocupan. Pero lo cierto es que es difícil que en las inmediaciones de una población o en los caminos que a ellas conducen –especialmente si se trata de encrucijadas- no se encuentre una cruz.

Un buen puñado de cruces no son sino el recuerdo de una muerte súbita (el infarto que sorprendió al segador en el campo), el agradecimiento por el desenlace feliz de un rayo que no terminó con la vida de un campesino junto a su arado o con el rebaño de un pastor.

 

¿Tal vez la cristianización del rito pagano por el que los viajeros del pueblo de Roma,  al emprender un viaje depositaban piedras al borde del camino en honor de Hermes?, lugares donde se solían poner los santones para augurar buen viaje a los caminantes. ¿O tal vez la cristianización de lugares que transmiten cierta magia, como tradicionalmente se han considerado las encrucijadas, en las que en ocasiones se practicaban ciertos rituales?

Los celtas consideraban sagrados los cruces de los caminos, o, también lugares en los que se encontraban el demonio y las ánimas que vagaban por la noche. También tenían la costumbre de enterrar a sus muertos con piedras a las afueras de las poblaciones.

En fin, en las encrucijadas se comenzó a invocar a ciertas divinidades para protegerse de los males y la oscuridad… y una forma de hacer ofrendas era dejar piedras, que se iban convirtiendo en un montón y, acaso, aquello fue el origen de consolidar pilastras o cruceros.

En cualquier caso, los cruceros se multiplicaron a partir de la Contrarreforma. Una obsesión por imponer la presencia de la religión en todos los órdenes de la vida: no solo en el interior de los templos, en las tradiciones populares o en el interior de los hogares, sino también en la intemperie y, especialmente, en los caminos, como el llamado crucero del Pelícano en las afueras de Portillo según se va desde Valladolid, o el de Bahabón en la carretera hacia Campaspero. Sobre todo en las encrucijadas, del que es buen ejemplo la cruz del Pico de  Montemayor de Pililla, del siglo XVI.  Endefinitiva, a las entradas (o salidas según se mire) de las poblaciones.

En Quintanilla de Arriba, el que hay a las orillas del Duero recuerda una leyenda incluida un trágica muerte: el hermano Diego (en este mismo blog se relata aquel episodio). También los hay que recuerdan el agradecimiento por un buen año de mies, o para hacer una rogativa perpetua pidiendo una buena cosecha. Y los hay que se levantaron para indicar los límites territoriales de un pueblo.

 

Del crucero de Torrescárcela, en el valle del Valcorba, se sabe que desde antaño, por San Marcos, en abril, hasta él se iba en rogativa  para implorar buenas cosechas.

En Mojados está la cruz de Tudela  (siglo XVII), que aún se puede contemplar en todo su esplendor, la cual señala un cruce de caminos de aquella época, como es el camino antiguo a Valladolid, a través de la cañada de Santiago. Después en el siglo XX sirvió en carnavales a los mojadenses para peregrinar el Miércoles de Ceniza en procesión hasta ella y enterrar la sardina

Hay cruceros muy ilustrados, como el de Canalejas de Peñafiel que data de 1760 y que está en la plaza de la Cruz.

Algunos,  decorados con querubines, como los de Aldea de San Miguel, San Miguel del Arroyo o la llamada cruz de Pesquera, en Cogeces de Iscar (del siglo XVI)…

… O adornados con bolas, como los de Lomoviejo o Cogeces del Monte… Unos están completamente desnudos, otros representan la crucifixión de Cristo, también los hay esculpidos con tibias y calaveras… y algunos incluyen una sucinta Piedad…

Se pueden ver cruceros en Casasola de Arión, Iscar, Llano de Olmedo, Fompedraza, Puras, Bocigas, un curioso crucero de hierro en Marzales, Campaspero (quizá la población con más cruces), Alaejos…

 

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EL TRABAJOSO MONUMENTO DEL CONDE

La huella del conde Ansúrez en Valladolid (y III)

Se inauguró en la Plaza Mayor  el 30 de diciembre de 1903. Si solo dijéramos esto estaríamos hurtando una más que interesante historia sobre el mismo, que tuvo una larguísima gestación cuajada de numerosas anécdotas y curiosidades.

Y a ellas no vamos a referir muy resumidamente.

En el año de 1862 se solicita presupuesto de una estatua de Don Pedro Ansúrez al escultor Nicolás Fernández de la Oliva (a la sazón profesor de la Escuela de Industrias, Artes y Oficios, y autor de la escultura de Cervantes situada en la plaza de la Universidad). Este presenta varios presupuestos según la estatua se realizara en piedra caliza, mármol del país, mármol de Carrara o bronce. Según el historiador José Luis Cano de Gardoqui García, el monumento se iba a colocar en la plaza de San Miguel.

El caso es que ese primer tanteo tardó cinco años en cuajar, pues no fue hasta 1867 cuando el Ayuntamiento acordó con Fernández de la Oliva las bases para construir el monumento. Para pagar los gastos se hizo una suscripción popular y se compró una piedra con el fin de hacer el pedestal. Piedra que tardó en estar en la Plaza Mayor, pues en realidad acabó poniéndose como pedestal a la estatua del dios Apolo que durante unos años adornó  la Fuente Dorada.

En 1872, parece que  ya había una piedra en medio de la plaza con la finalidad de ser el pedestal del conde. Piedra que fue objeto de debate en un pleno municipal de 1877, en el que varios concejales pidieron que la piedra se trasladara a la plaza de Santa María o lugar próximo al palacio que habitó el Conde, que es  donde se sugiríó que se  levantara su estatua; y que en la plaza Mayor se construyera una fuente monumental abastecida con las aguas del Pisuerga que en esas fechas estaban abasteciendo las fuentes de la ciudad.

(Esta imágen es ficticia, creada por Alberto García, diseñador gráfico, a petición mía)

Pero hemos sabido  que sobre aquella piedra en realidad había un obelisco que estaba instalado en 1873. Se trataba, al parecer, de un “monumento provisional”  (¿a la I República?). Es el caso que el “dichoso” obelisco fue  motivo de algunas controversias: en 1877 el concejal encargado del “ornato público” propuso que se derribara, alegando  que “la permanencia del obelisco es ofensiva a la reconocida cultura de la capital de Castilla la Vieja”. 

Ciertamente esa piedra era, valga la expresión, “una china en el zapato de la ciudad”: en 1875, es decir dos años antes de lo relatado más arriba, Valladolid iba a recibir la visita de Alfonso XII, motivo por el que se quería mostrarle la mejor cara de la ciudad. Para tal fin se acordó que desapareciera el capitel (obelisco) sito en la plaza y que se sustituyera por una estatua en yeso del Conde.

VENTICINCO AÑOS MÁS TARDE

Llegamos a agosto de 1900, fecha en que el alcalde Mariano González Lorenzo se lamentaba de que “… el monumento del conde Don Pedro Ansúrez que tantas veces se ha  proyectado, quedándose otras tantas relegado al olvido sin causas que lo justificasen…”

Parece que ya la corporación se pone a ello para saldar esta vieja deuda con la memoria del repoblador de Valladolid, y de nuevo se estudia la forma de llevarse a cabo. En ese mismo año, el escultor Aurelio Carretero se ofrece al Ayuntamiento para llevar a cabo la construcción del monumento. A todo esto, el primer escultor consultado, Fernández de la Oliva, había fallecido en agosto de 1887.

A tal efecto se crea una comisión encargada de inspeccionar y revisar las obras y los gastos que fueren necesarios para la construcción del monumento. Para abaratar costes el propio Carretero propone que la obra se lleve a cabo en invierno, aprovechando la temporada “del plus”. ¿Y qué era el plus? Pues cuando el Ayuntamiento contrataba obreros jornaleros del campo que terminadas las faenas del campo (siega y vendimia principalmente) se quedan sin trabajo, y de esta manera se les abonaba algún salario que les permitiera pasar el invierno.

(Archivo Municipal de Valladolid)

Por cierto, el asunto del coste también preocupó a Carretero, pues él mismo presentó un proyecto “conteniendo los vuelos de la imaginación para no presentar un modelo irrealizable por su coste y sujetado a lo que realmente puede llevarse a cabo sin sacrificio, procurando que dentro de su sencillez reúna todas las condiciones de Monumento y a la vez tenga sabor de época”…

Hubo algún debate acerca de si el pedestal y la estatua deberían ser realizados por el escultor o si se podían separar, como así se hizo finalmente: Carretero la escultura y bronces del pedestal, y Agapito Revilla (a la sazón arquitecto municipal) el pedestal de piedra.

Y el pleno de 4 de enero de 1901  toma el acuerdo de que se construya en la Plaza Mayor, de acuerdo al presupuesto que habían presentado Carretero y Revilla.

Vamos a dar dos pinceladas sobre quienes fueron los ejecutores del monumento. Aurelio Rodríguez-Vicente Carretero, que solía firmar como Aurelio Carretero o A. Carretero, nació en  Medina de Rioseco 17 enero de 1863  y falleció en  Madrid en marzo de 1917. Entre otras obras, es el autor del monumento a Zorrilla, los bustos de Isabel la Católica en Medina del Campo y el de Miguel Íscar en el Campo Grande, así como de la escultura que preside el panteón de personas ilustres del cementerio del Carmen.

Y Juan Agapito y Revilla, arquitecto municipal de Valladolid, nació en la ciudad el 13 diciembre de 1867, y falleció en 1944. Destaca no tanto por obras arquitectónicas (hizo el iglesia de La Pilarica) como por sus numerosos estudios y publicaciones sobre la historia de Valladolid. Supongo que todos uds. conocerán su obra imprescindible: Las calles de Valladolid. También hay que destacar que fue quien halló el famoso plano de Ventura Seco de 1833. Estaba adherido a la parte inferior de una mesa en las dependencias municipales. Agapito lo reprodujo con todo detalle, y el original se conserva en el Archivo Municipal.

Para la realización de la estatua, el municipio solicitó  al Ministerio de la Guerra que cediera gratuitamente 350 kilogramos de bronce. Pero  aquella solicitud no fue atendida, pues siguiendo las instrucciones  de la reina regente María Cristina de Austria, madre del menor futuro Alfonso XIII, se rechazó tal petición alegando la escasez de existencias de bronce en los parques de Artillería.

Ante esta contrariedad, en marzo de 1901 el propio escultor Carretero ofreció gratuitamente el bronce de lo que tenía en su estudio.

POR FIN, LA INAUGURACIÓN

El Ayuntamiento quiso inaugurar el monumento durante las Ferias de septiembre de 1903, tal como se anunciaba en el programa, pero hubo que suspender el acontecimiento pues el pedestal aún no estaba terminado.

Fue el 30 de diciembre. A las 11 de la mañana, según acta levantada por el secretario municipal.  Con toda la corporación presente, se procedió al descubrimiento de la estatua, y el acto fue amenizado por los acordes de la Marcha Real y se disparó  multitud de cohetes y bombas reales.

Ahora, detengámonos con detalle en el monumento que finalmente fue inaugurado:

La escultura se concibe reposada y tranquila con el pendón castellano en la mano derecha, y  del brazo izquierdo  pende, y recoge, el manto digno de nobleza al mismo tiempo que porta el documento que le acredita señor de Valladolid.

El pedestal, según la memoria del proyecto de 1900  llevará “unos pilarotes que sujeten las cadenas propias de los puentes levadizos hasta la coronación almenada. En el frente la figura simbólica de Castilla narrando a unos niños la Historia del Conde y los hechos de sus mayores; los laterales ostentan dos escudos orlados, ambos de laurel y roble, conteniendo el uno un castillo y el otro un cebú, reuniendo así gloria, firmeza, nobleza y fuerza”.

 

Es el caso que el pedestal que finalmente se levanta sigue las indicaciones de Agapito y Revilla, modificando sustancialmente  la idea del escultor. Y es el que ahora luce en la plaza Mayor: una inscripción que pone, “La ciudad de Valladolid erige este monumento a la memoria de su protector y magnánimo bienhechor el Conde D. Pedro Ansúrez. Siglos XI-XII”. Frente a la Casa Consistorial, el escudo de la ciudad.

En los costados sendos relieves que representan el acto conocido de la vida del Conde ante Alfonso I el Batallador, rey de Aragón,  divorciado  de Dª Urraca, con la soga al cuello (el divorcio puso en aprietos al conde, pues debía lealtad a Urraca su “señora natural”, y al rey aragonés, al que había prestado “juramento de fidelidad”).

Y el otro suponemos que  representa las obras de la iglesia de Santa María la Mayor con la torre de la Antigua al fondo, que según entonces se creía, eran las dos obras más artísticas que hizo Ansúrez en la villa. Ahora sabemos que, podría existir o no la capilla de la Antigua, pero desde luego no su torre.

Finalmente hay varios sellos redondos que representan las dos caras (una muralla con ocho puertas y torres donde pone VAL por un lado; y por otro un castillo): se trata, en realidad de una representación simplificado del primer sello oficial de Valladolid, que se puso en un pergamino del siglo XIII.

 

EL PANTEÓN DE ANSÚREZ DE LA CATEDRAL

La huella del conde Ansúrez en Valladolid (II)

Del panteón de Ansúrez en la Catedral Metropolitana existen dudas razonables sobre su autenticidad. Amando Represa sostiene que los condes dejaron dispuesto ser enterrados en el monasterio de San Benito el Real de Sahagún de Campos, pero “… a pesar de lo dicho nada sabemos sobre la certeza de los restos que yacen hoy”, en la Catedral.

Parece lógica la voluntad del matrimonio de ser enterrados en Sahagún pues podríamos decir que era la “capital” de los vastos territorios que controlaban Eylo y Ansúrez. 

Por eso sorprende que Ansúrez fuera enterrado en su colegiata de Valladolid y que en Sahagún de Campos nada se sepa del enterramiento de Eylo.

No obstante, en general los historiadores no discuten la tesis de José Zurita Nieto, canónigo de la Catedral, que en 1918 publicó un trabajo de investigación  sobre el enterramiento del conde.  Sostiene Zurita que los restos de Ansúrez se acomodaron debajo del coro alto de la Colegiata construida por el conde. Que en la nueva colegiata del XIII sus huesos fueron a parar al crucero, guardados en una caja de piedra.  Que en 1674 se trasladaron a la nueva Catedral. Y que con el tiempo  recalaron en la capilla que hay junto al Evangelio (al lado izquierdo según se mira al altar).

Del sepulcro nos da cuenta esta escueta noticia inserta en el Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid, y que dice así: “Sepulcro del Conde Pedro Ansúrez; escultura en madera policromada, de hacia 1585, reja del siglo XVII y pintura sobre tabla de San Miguel, del último tercio del siglo XVI”. Aunque algún documento avala más que la reja sea del XVI, como el San Miguel y la escultura. En resumen: el sepulcro que hoy conocemos se acomoda en 1774 según traza de Ventura Pérez.

 

 

La composición del sepulcro es una recreación ahistórica, como se puede apreciar en el bulto que realizó el escultor, vistiéndole más bien como un patricio romano, o como a un Carlomagno: su armadura y casco para nada tienen que ver con las de la época del conde.

 

El panteón está presidido por una representación del arcángel san Miguel (patrono de la ciudad hasta que lo fue Regalado). En ambos lados del enterramiento hay sendas leyendas que resaltan sus supuestas fundaciones. Así en una de ellas se lee, textualmente: “hizo la Iglesia Mayor y dotóla largamente/ el Antigua, y la gran puente/ que son obras de valor/ San Nicolás, y otras tales/ que son obras Reales/ según por ellas se prueba/ Dexó el Hospital Esgueva/ con otros dos hospitales…” Además de glosar sus virtudes: “Aquí yace sepultado / un Conde digno de fama, / un varón señalado, / leal, valiente, esforzado, / Don Pedro Ansúrez se llama”

 

 Al lado del sepulcro del conde hay un retablo neoclásico de la Crucifixión, original del flamenco Michel Coxcie. A este autor se le conoce como el Rafael de los Países Bajos, y tiene obra repartida por media Europa, incluido el Museo del Prado.

 

El día 3 de febrero de 1979 se hizo una especie de exhumación de los restos del conde. Para ello, una amplia representación de la ciudad se congregó en torno a la caja que guardan sus huesos. En las fotografías que se tomaron aparecen en primer término el catedrático de Historia del Arte Jesús Urrea, el canónigo archivero de la Catedral Vicente Rodríguez Valencia y el historiador Juan José Martín González. Se comprobó que los restos pertenecían a un hombre fallecido en avanzada edad y de gran fortaleza física.

  ¿Y qué conocemos de los enterramientos del resto de las personas que tuvieron especial relevancia en la vida del conde? En el Monasterio de San Benito de Sahagún fue enterrado Alfonso, el hijo del matrimonio que estaba llamado a heredar el título nobiliario pero que la muerte se lo llevó aún joven.  En el mismo monasterio fue enterrado  Alfonso VI y varias de sus esposas y amantes (se le conocen cinco esposas y dos amantes). Alfonso murió en Toledo en junio de 1109 y su cuerpo fue  trasladad0 a Sahagún en agosto. En la actualidad los restos reposan en un discreto sepulcro ubicado en  el Monasterio  de las monjas benedictinas de Santa Cruz, en la misma localidad.

De la reina Doña Urraca sabemos que fue enterrada en el panteón de los Reyes de san Isidoro, en León, aunque en la actualidad no están localizados, debido a la remoción de restos y panteones que sufrió San Isidoro.

 

El Museo Arqueológico Nacional conserva la lauda sepulcral de Alfonso, hijo de los condes. Ostenta la siguiente leyenda: “En el sexto día de los idus de diciembre de la era de 1131 murió Alfonso, el hijo querido del conde Pedro Ansúrez y de la condesa Elión”. La fecha corresponde a la llamada Era Hispánica, que en la actualidad equivale al día 8 de diciembre de 1903.

 

Imagen del panteón de los Reyes de San Isidoro, donde fue enterrada Doña Urraca, que en su infancia estuvo al cuidado de los condes.

 

 Enterramiento de Alfonso VI, en el monasterio de Santa Cruz, de Sahagún. Hay diferencias de opinión sobre la estrecha relación del monarca con Ansúrez: unos sostienen que fueron compañeros de juegos desde la infancia; otros, que el conde fue instructor de Alfonso. (Imagen tomada de Sahagún Digital)

LAS FUNDACIONES DEL CONDE Y DOÑA EYLO

La huella del conde Ansúrez en Valladolid  (I)

 En palabras de Julio Valdeón, “trazar una biografía del conde Ansúrez es una tarea poco menos que imposible pues (de nuestro personaje) apenas sí tenemos otra cosa que unas escuetas referencias cronísticas (…) No obstante quizá lo más interesante al estudiar la figura del repoblador de Valladolid no sea tanto intentar penetrar en los pormenores de su peripecia vital, tarea por lo demás imposible, sino recrear aquella época que tanta transcendencia tuvo para el desarrollo de nuestra villa, y situar en la misma al conde don Pedro.”

Fernando Pérez Rodríguez-Aragón –Conservador del Museo de Valladolid-,   dice que  “El conde Pedro Ansúrez se convirtió en el más importante de los nobles del reino, ocupando el primer lugar entre los magnates en los diplomas emanados de la cancillería del rey”.

La figura del fundador, repoblador, poblador o impulsor (que de todas estas formas podríamos calificarlo) nos ha llegado cargada de muchas leyendas y tradiciones que no se pueden cotejar por la ausencia de documentación que las corrobore.

Pero lo más importante de nuestro conde y su esposa Doña Eylo no es tanto qué construyeron, sino que merced a su quehacer e influencia en la corte del Reino de León,  legaron un Valladolid que con el tiempo alcanzó la mayor importancia en la historia de España. Como diríamos ahora: puso Valladolid en el mapa.

Mas, cierto es que hay algunas construcciones vinculadas al conde, bien porque se levantaran en vida de él, bien porque fueron producto de su iniciativa.

Y por ellas vamos a pasear con los ojos bien abiertos.

Sendas imágenes del conde y la condesa que presiden el salón de Plenos del Ayuntamiento de Valladolid. Son de finales del siglo XIX y de autor desconocido.

La torre de la Colegiata ansuriana que ha llegado hasta nuestros días es,  bastante retocada, la puerta de entrada a la iglesia que, efectivamente se levantó en vida de los condes. Se consagró en mayo de 1095 con la presencia del mismo rey y los principales nobles del reino, amén de buena parte de la jerarquía católica de entonces.

La colegiata de Santa María la Mayor, que así se llamó, tuvo un trazado románico propio de su época, pero apenas dos siglos después se destruyó para construir otra gótica, hasta que ya en el siglo XVII de la mano de Juan de Herrera se levantó la iglesia catedralicia que ahora vemos.

De cómo fue aquella primigenia colegiata poco se sabe. Es más, a partir de las interpretaciones de lo poco que se conserva y su entorno, se puede llegar a conclusiones muy dispares. De hecho, dos prestigiosos arquitectos vallisoletanos que se han detenido en estudiar el tema ofrecen estas dos versiones de la colegiata: Javier Blanco considera que era un edificio de una sola nave con cubierta abovedada de 6,50 metros de anchura y unos 10 de altura; mientras que Óscar Burón se inclina por describir un edificio de tres naves de 17,45 metros de anchura interior y unos 45 de longitud.

En cualquier caso sí parece claro que la torre era la puerta de acceso al edificio y seguramente estaba coronada con un cuerpo de campanas. Mas, no hemos de dejar de anotar que algún estudio reciente muy concienzudo apunta a que tal vez la torre actual sea una construcción posterior a la propiamente ansuriana.

Es muy interesante también saber el porqué de la construcción de la colegiata en este enclave: ¿Por ser el punto más alto de la villa? ¿Porque no había sitio en la población que se encontró el conde? ¿Porque  aún eran visibles las ruinas de una antiguo asentamiento romano, y por tanto un lugar noble?…

Lo que se conserva de la torre (con bastantes modificados) románica, y a a derecha restos de la colegiata gótica.

Dibujo del arquitecto Javier Blanco según su versión de cómo pudo ser la Colegiata ansuriana. A la izquierda, puentes sobre la Esgueva.

 

Cabe suponer que la iglesia de Santa María de la Antigua también se construyó en vida del conde, considerándola por parte de los historiadores clásicos como la capilla del palacio condal. Mas,  con toda seguridad carecía de torre: la que ahora vemos es del siglo XIII o muy de finales del XII. No obstante, de la Antigua no hay noticia documental hasta 1177, es decir 59 años después del fallecimiento del conde. Lo cierto es que solo esta y el pórtico son los restos  románicos que  de la iglesia se conservan, pues  dos siglos después tuvo numerosas reformas; y la actual que vemos es una reconstrucción completa neogoticista de principios del s. XX (a excepción de la torre y el claustro, como ya hemos dicho).

Imágen de la actual iglesia de la Antigua y cómo, en realidad, debió ser la que se construyó en tiempos de Ansúrez: se trata de la iglesia de Santa María de Riaza, Segovia.

Sin duda el puente Mayor de Valladolid es el que más literatura ha conocido y alguna que otra leyenda (como que su construcción se debe al mismísimo Satán). La tradición viene atribuyendo su erección al moro Mohamed por mandato de la condesa Eylo, en los años en que su esposo estaba junto al rey Alfonso VI en el asedio de Toledo; y después fue ensanchado por Ansúrez. De la existencia de un puente sobre el Pisuerga (o río Mayor) hay noticias en 1114 y más tardías en 1188, más ninguna de ellas nos permite afirmar que se tratara de un puente de piedra. Recientes estudios, como el de “La arquitectura de Puentes de Castilla y León 1575-1650” realizado por Miguel Ángel Aramburu-Zabala Higuera, se inclina por dar como fecha de construcción (en piedra) hacia el siglo XIII.

No obstante, lo cierto es que no existe un trabajo a fondo que haya estudiado y documentado el puente Mayor.

Cuenta la tradición que cuando el conde recaló en Valladolid después de que Alfonso VI le cediera estas tierras había dos iglesias: San Pelayo (luego San Miguel) y San Julián. Pero esto también se envuelve en la bruma ante la falta de documentación, pues cuando el conde llegó ¿qué había aquí?: ¿Una pequeña aldea dependiente de Cabezón? ¿Una simple granja agrícola y ganadera? ¿No había nada y el conde levantó las primeras construcciones? En fin, en estos dilemas se debaten los historiadores contemporáneos.

La medievalista Adeline Rocquoi sostiene que a la muerte del conde había cuatro iglesias: Santa María de la Antigua, la colegiata, y las antes citadas.

Por otro lado  Pérez Rodríguez-Aragón relata que cotejando la escasa documentación de la época, “Pedro Ansúrez no menciona expresamente que estas iglesias hubieran sido fundadas por él; pero tampoco se dice lo contrario. Sin duda por aquel entonces ya eran de su propiedad, y al no existir tampoco testimonio de que las hubiera adquirido de un propietario anterior, es muy posible que San Julián y San Pelayo sean fundaciones de su tiempo”.

La gran obra del conde  en realidad fue, como ya hemos dicho, la fundación o engrandecimiento de Valladolid. Eso se tradujo en la construcción de las iglesias comentadas y posiblemente la celebración de mercado regular (aunque la verdad es que este mercado no aparece en documento alguno hasta 1152). Tener mercado, merced a una concesión real, suponía mucho para una población, pues además del impulso de la economía, atraía comerciantes y artesanos que se establecían en la villa. Sí parece que el entorno de la colegiata se convirtió en el lugar más importante de Valladolid, lo que se tradujo en la aparición de un nuevo barrio, el llamado de las Cabañuelas. También se conoció como el barrio de francos y, de hecho, hasta el siglo XX la actual calle Juan Mambrilla se llamaba de Francos.

¿Ese nombre obedece, tal como relata Juan Agapito y Revilla,  al asentamiento de soldados franceses en Valladolid que vinieron a España en ayuda del Alfonso VI para la conquista de Toledo y posterior contención de la arremetida de los almorávides contra los reinos cristianos? ¿O fue producto de que poco a poco se fueron asentando comerciantes, soldados, extranjeros que en general recibían el tratamiento de “francos”?…

Actual calle Juan Mambrilla, antiguamente llamada de Francos, en el barrio que comenzó a crecer en tiempos de Ansúrez.

Cómo sería la vista de Valladolid con su barrio de las Cabañuelas, según dibujo de Javier Blanco.

Si hiciéramos caso de la tradición, de algunos historiadores antiguos, así como de uno de los grabados que hay en la tumba del conde, a éste le debemos también  dos hospitales, la primigenia iglesia de San Nicolás, e incluso una casa de mujeres emparedadas: es decir mujeres separadas que entraban en clausura. Ninguna de estas supuestas fundaciones condales se sostiene con la documentación en la mano.

No hay tampoco seguridad de que el matrimonio Eylo-Ansúrez dispusiera de palacio residencial, como tradicionalmente se ha venido atribuyendo al antiguo Hospital Esgueva. De esta fundación hospitalaria sabemos que en marzo de 1208 se cita la existencia de una “confratrie de Aseua” (cofradía de Esgueva). A mayor abundamiento, ya sabemos que el Pedro vinculado documentalmente al hospital era en realidad el abad de la colegiata; y que la fundación del hospital se puede situar hacia 1178: es decir, en ningún caso en vida del conde.

De cualquier manera, de haber existido un palacio condal no es el edificio del hospital, ni mucho menos, sino que este se levantaría, en todo caso,  sobre el solar del palacio ansuriano.

Un palacio del que se ha llegado a decir que precisamente la Antigua era su capilla. ¿Por qué la duda? Por dos razones: no parece lógico pensar en un edificio suntuoso cuando los periodos de residencia de los condes en Valladolid eran más bien escasos, pues sin duda pasarían más tiempo en la corte de León (donde el padre de Ansúrez tenía su palacio),  en Toledo (donde se ubicó la corte de Alfonso VI tras su conquista en 1085), o en Sahagún, era donde el matrimonio tenía el centro de sus posesiones, y por Valladolid recalaban cuando tenían que resolver  problemas de administración de la villa.

Fotografías del Hospital Esgueva, derribado en los años 70, y detalle de su frontispicio. Y azulejo del hospital conservado en el Museo de Valladolid.

Desde luego, la colegiata es la gran obra de los condes, no tanto por lo que queda, sino por la naturaleza misma de la iglesia. Lo diré muy coloquialmente: la colegiata era la “hucha” de la familia. ¿Qué significa esto?

El matrimonio fue haciendo muchas donaciones a la colegiata: tierras de cultivo, solares, pastos, montes, tercias, viñas, ganado, municipios (con sus rentas), molinos, ermitas,  iglesias, etc. Buena parte de los documentos más antiguos que se conocen de Valladolid  tratan sobre transacciones relacionadas con Santa María la Mayor. Esta iglesia queda bien asegurada que es propiedad del  conde (de los condes más bien), que a su vez, cuando marcharon a Urgel,  la pusieron bajo la protección del Papa –que recibía rentas por este cometido-, para impedir que ni el mismísimo rey se pudiera apropiar de la colegiata. Cuando regresaron, digamos que la recuperaron rescatándola de la protección papal.  Las donaciones a la colegiata y la forma de administrar los ingresos de sus enjundiosas rentas impedían que los descendientes  trocearan la propiedad, y al mismo tiempo era una forma de fortalecer el clan familiar, pues no se podía dividir y obligaba a llegar a acuerdos entre los descendientes.

En definitiva, lo importante de la vida del conde Ansúrez es el desarrollo que conoció  Valladolid: resultó sorprendente, teniendo en cuenta que aquella aldea del siglo XI no tenía ninguna importancia política o comercial; no estaba en el camino de Santiago; carecía de fortificación alguna (como sí disponían Simancas y Cabezón); no era sede de ningún obispado… es decir, era un villorrio llamado al olvido. Destino que cambió a partir de la presencia del conde Ansúrez y que terminó por ser, años más tarde de la muerte del repoblador, la villa en la que los reyes fijaron sus ojos y, con frecuencia, también su residencia. Desde entonces, aunque en esto  no nos vamos a detener porque es otra historia, Valladolid fue el centro de la política en España, Y para ilustrar esta afirmación dejaremos anotado el trascendental acontecimiento de que en Valladolid en 1217  Doña Berenguela fuera reconocida como reina de Castila. Corona que, inmediatamente, traspasó a su hijo Fernando III el Santo que, años más tarde ostentó también la corona del reino de León.

 

Según los planos históricos de Valladolid, arriba, la villa a finales del XI y, más que triplicada su superficie, en el siglo XII. En el círculo destaco el barrio de las Cabañuelas, en torno a la Colegiata y la Antigua.

TIERRA DE CAMPOS: TIERRA DE CAMINOS

Tierra de Campos tiene tal extensión que bien podría equipararse a algunas  regiones españolas.  Enorme comarca que, además de Valladolid,  abarca las provincias de Palencia, Zamora y, en menor medida, León e incluye numerosos municipios.

Por estas tierras pasaron vacceos, romanos,  godos y musulmanes: todos buscando el granero que asegurara la alimentación de sus ciudades y ejércitos.

Tiene la comarca diversas señas de identidad que, cada una por separado, serían suficientes para seguir un itinerario verdaderamente  interesante: el canal de Castilla;  el popularmente conocido como tren burra, con ramales que ascienden hasta Villalón para desviarse hacia Palencia por Villada (u otro que toma la dirección de Palanquinos, ya en tierras leonesas);  u otro camino, cual es el de Santiago de los peregrinos procedentes de Madrid; sin olvidar el rastro que en esta comarca dejaron los segadores gallegos; o los singulares palomares (difícil será ver dos iguales a pesar de su gran número); quizá las torres exentas de antiguas iglesias ya desaparecidas que son verdaderos miradores de Campos; o el rastro de los molinos de viento que hubo por estas tierras…

La extensión de esta comarca es tal, y tan diferentes sus direcciones, que abarcarla en un solo viaje sería tarea imposible. De hecho, Jesús Torbado en su magnífico relato sobre Tierra de Campos, necesitó un libro entero con docenas de itinerarios distintos para recorrerla. En mi caso es más modesto el propósito: me limito a iniciar un viaje por un una esquina de la comarca.

Un itinerario que sigue el rastro  de Alejo de Vahía, un  poco conocido  escultor del s. XV que tiene casi toda su obra repartida por la zona terracampina que vamos a recorrer, amén de las ciudades de Valladolid y Palencia, además del Museo del Louvre. Por buena parte de las localidades que recorreremos hay obra de Alejo: Rioseco, Moral de la Reina,  Cuenca de Campos, Paredes de Nava, Fuentes de Nava, Becerril y Ampudia. Además,  el recorrido que haremos nos permitirá confluir con los Berruguete, padre e hijo, artistas nacidos en Paredes de Nava y cuya obra se corresponde con el siglo XVI.

Por este rincón terracampino hay poblaciones de un sorprendente patrimonio histórico, artístico y monumental que da fe de la enorme importancia económica y política que llegó a tener Tierra de Campos.

 

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Medina de Rioseco será nuestro punto de partida. La dársena del canal de Castilla, símbolo de la importancia económica que en otro tiempo tuvo Tierra de Campos, con la magnífica fábrica de harinas San Antonio. Rioseco, al igual que  Paredes de Nava, bien se merece un detenido paseo por la cantidad y belleza de su patrimonio.

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En Moral de la Reina las ruinas de la iglesia de San Juan, con restos mudéjares del s. XV e importantes reformas del XVIII, ofrece un llamativo doble pórtico. En el del interior y sobre el arco de la puerta,  un curioso detalle ornamental que incluye la figura de un gato.

 5 La comarca de Tierra de Campos es la que tiene más palomares en toda la Provincia. Imagen tomada desde la torre de los Santos Justo y Pastor de Cuenca de Campos-crop

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Panorámica de palomares desde la torre (no accesible al público) de la iglesia de los Santos Juanes, de Cuenca de Campos. En la misma iglesia se instaló un modesto museo diocesano cuya visita hay que convenir previamente,  y en él que hay algunas piezas de Alejo de Vahía, como este ángel portante. En Rioseco se podría haber visitado la iglesia de San Pedro, en cuyo retablo principal se expone una sobresaliente Virgen de la Leche, de este mismo escultor.

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Entre señalados monumentos, como su magnífico rollo, Villalón de Campos tiene este curioso Ayuntamiento de 1928.

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Camino de Fontihoyuelo, uno de los pueblos más pequeños de Tierra de Campos está, aún en término de Villalón, la ermita de la Virgen de  Fuentes. De Tierra de Campos se ha transmitido la imagen de secano, pero lo cierto es que tiene numerosas fuentes manantiales. Incluyo Fontihoyuelo presume de laguna.

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 Alomado paisaje de los inmensos campos cerealistas que, como el mar, su color va cambiando con las horas del día y las estaciones del año.

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Villacarralón tiene diversos edificios notables, como este antiguo hospital. Raro es la población de la comarca que no tuviera un hospital. Al pie de la torre de San Pedro, un mural muestra el rechazo que muchas personas mostraron en su día a la posible instalación en la comarca de un cementerio nuclear.

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Sendas construcciones en adobe, muy características de la comarca.

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En la estación de Villada, hasta donde llegara el tren burra, se rinde recuerdo al terrible accidente ferroviario ocurrido en 2006: la población de Villada se volcó en las tareas de rescate y ayuda a las víctimas.

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En Cisneros se pueden ver antiguos silos del extinguido Servicio Nacional de Cereales. Muestra fehaciente de la importancia que tuvo, y tiene,  el cereal en Tierra de Campos.

 

 

100 La magnífica iglesia de Santa Eulalia habla de la grandísima importancia que tuvo Paredes de Nava. El edificio, a cuyo pie se levanta un monumento en recuerdo de Jorge Manrique, hijo de esta localidad, acoge un esplendido museo con obras, entre otros, de Alejo de Vahía, y de Pedro y Alonso Berrugete,  nacidos en Paredes.

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Emprendemos camino hacia la nava. Pasamos por Fuentes de Nava, que tiene una airosa torre de 65 metros (iglesia de San Pedro, del XVI), y tomamos la dirección de Mazariegos. La carretera pasa por medio de la Laguna de la Nava. Hay algunos observatorios señalizados y también se puede hacer senderismo si nos queremos meter más en la laguna.  Lo que ahora se ve es una recuperación artificial de la antigua nava, que llegó a ser conocida como el Mar de Campos. Pero aún así, se considera uno de los humedales más importantes de la Península para la avifauna acuática. En Fuentes de Nava hay un centro de interpretación.

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Llegados a este punto, hay dos opciones, volver hacia Fuentes para tomar la carretera hacia Becerril de Campos, o dejar esta población, imprescindible, que fue donde Alajo de Vahía tuvo su taller, y ahora  el Museo de Santa María, ofrece abundante obra del entre otros.

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Pero,  hagamos una cosa u otra, habremos de  tomar el  camino hacia Ampudia. Para ello pasaremos por Pedraza de Campos (siempre acompañado el viaje de palomares), y Torremormojón. Esta última población ofrece un agudo cabezo que en su día estuvo coronado por una fortificación. En cualquier caso, es más que probable que este gran “mojón” fuera una imprescindible orientación para los viajeros de otra época, y para los segadores que, desde Galicia, bajaban a Tierra de Campos: desde lejos, y caminando, cuando  vieran esta referencia geográfica, estarían seguros de ir por la buena dirección.

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Ampudia, que ya apunta a Torozos,  será el  final del viaje. La airosa torre de San Fructuoso, del s. XVIII  (que nos recuerda a la de Fuentes) y el castillo dan la bienvenida. Un paseo por esta localidad nos permitirá discurrir por la Corredera,  una de las calles porticadas más interesantes de España.

 

Ubicación de Tierra de Campos en el mapa de España.

NOTA: recomiendo ver en este blog la entrada: Alejo de Vahía, enigmático escultor. En Becerril de Campos.

MUSEO DEL PAN

En Mayorga, en plena Tierra de Campos vallisoletana fronteriza con León, la Diputación Provincial de Valladolid ha promovido el Museo del Pan. Un municipio sin duda apropiado por cuanto nos hallamos en un rincón de esta extensa comarca en la que la producción de cereal, trigo en especial, es una tradicional seña de identidad.

El museo se construyó en 2009 y lleva la firma del arquitecto Roberto Valle, que se empleó a fondo para que el edificio de la vieja iglesia de San Juan, ampliada con una moderna construcción, permitiera albergar las instalaciones museísticas.

El pan ha sido durante siglos la base de la alimentación en España, por lo que el trigo y su panificación han sido de extraordinaria importancia. Y si de algo puede presumir Tierra de Campos, comarca en la que Valladolid tiene buena parte de su territorio, es de sembrar excelentes cereales y hacer buen pan.

Tan importante ha sido el pan en la alimentación que hasta ha motivado motines entre la población cuando este subía de precio. En junio de 1856 las clases populares explotaron ante la carestía del pan (aunque no solo por eso), y en muchas poblaciones. En Valladolid la gente salió a la calle: quemó molinos y asaltó panaderías. Aquella tremenda revuelta se saldó en la capital con la ejecución de veintiún hombres y dos mujeres, cientos de detenidos y otros cuantos que murieron en las cárceles.

El pan de Valladolid ha sido incluido como alimento protegido de Castilla y León, por lo que tiene marca propia desde hace unos cuantos años. Y de entre todos los tipos de pan destaca el candeal, nombre que le viene de un trigo muy utilizado desde hace siglos. Se trata de un pan que se puede documentar en la Alta Edad Media. A este característico pan de Castilla también se le conoce como sobao o bregado

Como no puede ser de otra manera, el logo del museo es un pan lechuguino. El pan lechuguino es el pan más característico de Valladolid: tiene forma de hogaza redonda y aplastada, de apretada miga y fina corteza ligeramente tostada. Un pan que puede aguantar varios días para ser consumido.

Por cierto, no dejar de dar un buen paseo por Mayorga.

 

El museo ha utilizado San Juan,  una iglesia mozárabe del siglo XV.

 

Sala principal del museo, en la que se pueden ver diversos objetos relacionados con el pan, entre ellos un molino cedido por la Fábrica de Harinas Emilio Esteban, sita en el valle del Esgueva.

 

Recreación de un horno tradicional, en los que hasta no hace tanto se hacía el pan. El museo también dispone de un moderno horno que las visitas guiadas pueden ver funcionar e incluso participar en la elaboración del pan.

 

Sellos con los que antes los panaderos personalizaban su producto.

 

Diversos aperos y utensilios que intervienen en la recolección del trigo.

 

Extenso muestrario de tipos de trigo.

 

Una muestra en miniatura y murales de diversos tipos de molinos.

 

Sistemas de moler a mano, como estos molinos primitivos: de mortero, de piedra (que ya se usaba hace 11.000 años), o rotativo.

 

Diversas salas, paneles y objetos que se pueden ver en el museo y que contribuyen a una visita que ilustra y entretiene, de la que se sale con un aceptable conocimiento de todo el proceso de elaboración del pan.

 

Una auténtica colección de bregadoras. El término bregadora no lo vamos a encontrar en los diccionarios, a pesar de ser una palabra muy corriente en Castilla, así como breguín . En definitiva, una máquina para bregar el pan, es decir pasar la masa del pan entre dos rodillos para evitar que entre ella quede aire… Total: amasar. Estas sencillas máquinas también se solían utilizar en las casas que las tuvieran para escurrir la ropa.

 

Frente al Museo, la ermita de Santo Toribio de Mogrovejo, patrón de la población y en cuyo honor se hace todo los años el desfile del Vítor (estandarte), la fiesta más importante del municipio que está declarada de Interés Nacional y  que se celebra cada 27 de septiembre. Conmemora la llegada de las reliquias del santo desde Perú. En esa noche de otoño se apagan todas las luces de la localidad y comienza una procesión que parte de la ermita y recorre las calles con la única iluminación del fuego de cientos de pellejos ardiendo. Se celebra desde el siglo XVIII. En las imágenes, la ermita y un murete decorado,  y una pequeña exposición del Vítor en el interior del Museo del Pan.

 HORARIO. Octubre a marzo: jueves a domingo y festivos de 10,30 a 14:00 h y de 16:00 a 18:00 h.

De abril a septiembre: martes a domingo y festivos de 10,30 a 14:00 h y de 16,30 a 20:00 h.

El centro permanecerá cerrado el 24, 25 y 31 de diciembre, y 1 y 6 de enero.

La entrada general cuesta 4 euros.

NOTA. En este mismo blog: Mayorga, sorprendente patrimonio.

VISTAS DEL VALLADOLID HISTÓRICO

Los lugares más altos y más próximos a la ciudad son la Cuesta de la Maruquesa y San Isidro.  A menos de media legua ya se puede tener una vista panorámica de la villa. Estamos hablando, claro está, antes de que en el siglo XX comenzaran a construirse viviendas de una altura que ahora impiden la vista de la ciudad antigua. En la actualidad necesitamos desplazarnos a puntos mucho más altos, como son  el Cerro de San Cristóbal o  Zaratán, ya a cinco kilómetros del centro histórico de Valladolid, aunque todavía, desde el borde más alto de Fuente el Sol, se puede ver en parte la vieja ciudad.

No es de extrañar, por tanto, que las dos primeras y más antiguas vistas de Valladolid se tomaran desde la Maruquesa y San Isidro, en el siglo XVI.

Sin embargo, Valladolid, a pesar de la importancia histórica y administrativa que ha tenido, no dispone de información gráfica adecuada hasta ya el siglo XVIII. Es decir, que plano propiamente dicho, no se conoce ninguno hasta el famoso de Ventura Seco fechado en 1738. Hasta entonces algunas pocas vistas panorámicas se pueden considerar de cierto interés. Suelen ser representaciones del paisaje con más aire pictórico que arquitectónico.

No obstante, diversas publicaciones y  grabados  nos han ido mostrando nuevas vistas de la ciudad en las que nos vamos a entretener.

Antes de ver las imágenes he de agradecer al arquitecto Óscar Burón el que me haya facilitado unos cuantos de  los grabados  que a continuación muestro por orden, más o menos, cronológico.

 

 

Este grabado de G. Braun y F. Hohenbergius (hacia 1574), junto con el de Wyngaerden, es una de las dos panorámicas más  antiguas de Valladolid. Está realizado sobre un dibujo original de Joris Haffangel, que se conserva en la Biblioteca Nacional Austriaca, Viena, fechado en 1565. Hay otro ejemplar de Braun y Hohenbergius en la  Biblioteca de Santa Cruz, Valladolid, aunque en mal estado de conservación. Está realizado desde el alto de San Isidro y se ve perfectamente la torre de la Antigua, entre otras, y  el camino a Tudela. De este grabado se han hecho numerosas copias y reinterpretaciones por diferentes autores en  años posteriores. Ahora mismo, desde San Isidro, es imposible reconocer aquella ciudad del siglo XVI pues los grandes edificios han ocultado por completo la vista.

 

A. Van  Der Wyngaerden era un pintor holandés, que estuvo al servicio de Felipe II, que le nombró pintor de cámara una vez que terminó el encargo de dibujar un buen número de ciudades españolas, entre ellas también los municipios de Tordesillas y Medina del Campo. La panorámica de Valladolid está tomada desde la Cuesta de la Maruquesa. Se fecha en 1565 y en realidad se trata de dos trabajos, uno no coloreado; y otro, en sepia de un tamaño enorme: 130 x 20,5 centímetros.

 

 En el “Libro de grandezas y otras cosas memorables de España”, Pedro de Medina incluyó en 1549 esta personal visión de Valladolid, junto con una descripción de la ciudad. Lógicamente no puede compararse, ni mucho menos, con las dos excelentes panorámicas antes comentadas.

Gabriel Meisner nos dejó este dibujo de Valladolid en 1640. Al igual de las tres imágenes que vienen a continuación sin duda se trata de una reinterpretación del grabado de Braun y Hohenbergius.

 

Francesco Valezo realizó este grabado en 1595 sobre dibujo realizado por él en 1579. Forma parte de una  colección italiana de las ciudades más ilustres y famosas del mundo.

 

Grabado del siglo XVII, incluida en Theatrum hispaniae exhibens regni, urbes, villas ac Viridiana magis ilustria.

 

Vista general de Valladolid, hecha por el francés Gabriel Huquier en 1770.

 

Un grabado de 1837 mostrando una fortificación francesa con Valladolid al fondo.

 

Vista de Valladolid publicada en el Semanario Pintoresco Español en 1842.

 

 Este grabado, una orla en realidad, se fecha en 1847 y pertenece a la “Carte administrative, physique et routiere de l´Espagne et du Portugal”.

 

En 1854 se fecha esta curiosa y enigmática panorámica de Valladolid a vista de pájaro realizada por el francés Alfred Guesdon. La verdad es que no se ha podido explicar con certeza como Guesdon llevó a cabo esta toma desde el aire. La explicación más razonable es que la hiciera subido a la barquilla de un globo aerostático cautivo.

 

La Crónica General de la Provincia de Valladolid, de Fernando Fulgosio y publicada en 1869, incluye esta vista de la ciudad, seguramente copiando de una fotografía de francés Jean Laurent realizada en 1865.

 

Publicado en el libro “Castilla y León según la visión de los viajeros extranjeros”, se incluye esta vista de la ciudad de autor desconocido.

 

Aunque no se trata de una vista panorámica de Valladolid, de las que trata este reportaje, no debe pasar desapercibido este cuadro. Pintado por Pantoja de la Cruz en 1602, retrata a la Infanta Ana Mauricia y se conserva en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Pues bien, en la ventana se ven las aceñas del puente Mayor y el incipiente barrio de la Victoria. Se trata, en definitiva, de la más antigua representación pictórica de un enclave de Valladolid.

 

Invito, para finalizar,  a pasear sosegadamente por el borde de Fuente el Sol, sobre todo a partir del mirador que allí se ha habilitado, para descubrir (mejor con unos prismáticos) parte del Valladolid del siglo XVI que dibujó Wyngaerden y que  aún está ahí, agobiado por la ciudad moderna.