DONDE EL CANAL DE CASTILLA DEVUELVE SUS AGUAS AL PISUERGA

El estrecho  desagüe del Canal de Castilla, que desde la dársena y salvada la carretera de Gijón, va a desembocar en el Pisuerga, junto al Puente Mayor de Valladolid, ha sido durante muchos años  el último reducto de tradicionales huertos urbanos –ahora, por iniciativa vecinal y municipal se han ido abriendo huertos por diversos barrios de la ciudad-.

En el año 2001, el Ayuntamiento y la Confederación Hidrográfica del Duero decidieron convertir ese espacio en un jardín, que con el paso de los años se ha constituido en un bonito rincón de la ciudad tanto por su abundante vegetación como por los elementos históricos y urbanísticos que lo enmarcan.

Forman parte del parque la singular casa suiza con su emblemático secuoya –un árbol protegido por el Plan General de Ordenación Urbana-, y el edificio que fue la harinera “La Perla”, y allí las aguas del Canal terminan volviendo al Pisuerga. La Perla se construyó hacia 1857 pero un incendio ocurrido en 1912 obligó a reconstruirla casi en su totalidad. En 2006 cerró la fábrica y en ella se habilitó un hotel que cerró de mala manera en 2017. En 2018 se alojó en sus destruidas instalaciones un grupo de personas para “montar” en él un activo Centro Social llamado La Molinera. El edificio está declarado Bien de Interés Cultural desde 1991.

Carlos de Paz –un pintor de Valladolid que no se resiste a mostrar su creatividad plástica también en escultura- y que, titulado “Diálogo” se instaló en 2001, el mismo año que se inauguró el jardín.

En las rampas de acceso a los jardines, tanto desde la parte de la avenida de Gijón como desde la calle de las Eras, el Consejo Social del barrio de la Victoria, decidió, en el marco de la Agenda Local 21, aprovechando los muros de las rampas, que en ellos quedaran reflejadas evocaciones de las antiguas actividades de la zona: lavanderas, agricultores, fábrica de harinas, industria textil, tren burra… y también representación de la fauna y la flora característica del entorno –antaño más naturalizado, evidentemente-. Para ello se encargó al pintor Sergio Garrido que llevara a cabo la realización de diversos murales.

Sergio Garrrido, el autor de los murales.

DOS HISTÓRICAS E IMPORTANTES FACHADAS (II)

EDIFICIO HISTÓRICO DE LA PLAZA DE LA UNIVERSIDAD

Este es el segundo artículo que publico sobre estos dos importantes edificios de Valladolid. Lo hago para celebrar que el blog “Valladolid la mirada curiosa” ha alcanzado 1.000.000 de visitas. Con el mismo atrevimiento que he tenido de adentrarme en un prolijo detalle de la fachada, puede que haya deslizado errores o imperdonables olvidos. Si los detectáis, agradecería lo comentarais. Gracias por ese millón de visitas.

Las fachadas del Colegio de Santa Cruz y de la Universidad, acaso son las más interesantes de Valladolid en lo que a arquitectura civil  se refiere. Se trata, además de dos edificios relacionados entre sí pues el Colegio era el lugar donde se alojaban alumnos de la Universidad y con tal finalidad se construyó.

Son muy conocidas, sin duda, y en ellas seguro que muchas veces habremos fijado la vista y mostrado a quienes visitan la ciudad. Pero tengo la impresión de que no son bien conocidas.

En un artículo anterior abordé la fachada del Colegio de Santa Cruz. Vayamos ahora a la fachada del edificio histórico de la Universidad, en que ya solo se imparten los estudios de Derecho.

El arquitecto fue fray Pedro de la Visitación. Es de estilo barroco y se data entre 1716 y 1718.

Tiene la composición típica de un retablo, en este caso un retablo desacralizado. Un retablo del saber. El retablo tiene una finalidad claramente de representación, y la iconografía representa las disciplinas que en su momento se impartían en la Universidad.

La fachada tiene dos cuerpos y las columnas van articulando las hornacinas del retablo.

El cuerpo noble está en el centro de la fachada, por eso en él se sitúa la balconada y el escudo (por duplicado) de la Corona.

A pesar  de las reformas y desgracias tanto en su interior como en su entorno (derribos, incendios, etc.), la fachada conserva su traza original.

La representación de las disciplinas se hace con mujeres, y para su descripción además de literatura sobre ella, sigo lo que en cierta ocasión escuché a Iván Rincón-Borrego, profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de la Universidad de Valladolid.

Teología, la gran jerarquía suprema en el centro del retablo que ordena el resto de las disciplinas, no olvidemos que la Universidad nace bajo la disciplina de la Iglesia.

La Retórica se representa mediante una mujer con jofaina. Podemos interpretar que es el recipiente en el que se recoge la cantidad de palabras que requiere la disciplina.

La Geometría, una mujer dibujando sobre un papel.

El Derecho Canónico: vinculado a la Iglesia, de ahí la presencia de la tiara papal sobre un libro.

El Derecho Civil se representa con una espada, sinónimo de la justicia.

Astronomía, con la esfera celeste.

La Medicina, es una mujer con una redoma, utensilio propio de la disciplina.

La Filosofía aparece con un globo terráqueo, pues es  donde habitan los hombres.

La Historia, con una espada y escudo, pues como escuché en cierta ocasión a entendida en su día como una sucesión de batallas y reyes o reinos.

En la parte superior del cuerpo central y destacando por encima de todas estas figuras alegóricas se representa el triunfo de la Sabiduría sobre la Ignorancia, mediante una matrona pisando a un niño ciego.

En la parte cimera de la fachada se han instalado a los reyes benefactores de la Universidad. Sin orden cronológico, y de izquierda a derecha están:

Juan I, que eximió de impuestos a la Universidad para favorecer su desarrollo.

Alfonso VIII que fundó los estudios palentinos, precursores de esta de Valladolid.

Enrique III de Castilla,  que otorgó las tercias a la Universidad.

Y,  finalmente Felipe II que dio plena jurisdicción al Rector, es decir a la Universidad.

En la fachada también está el escudo de la Universidad,  que representa el origen pontificio, de ahí  los angelotes sujetando la tiara papal y otros sujetando las llaves papales. El escudo de la Universidad es  el árbol de las ciencias, del conocimiento.

En una zona rectangular de la fachada y bajo la figura de la Sabiduría, se esculpió una frase, ya casi ilegible, que es el lema de la Universidad: Sapientia aedificavit sibi domun (la sabiduría edificó aquí su casa).

Finalmente, el atrio está acotado por 20 leones sobre 18 columnas que tiene su origen en la concesión de la jurisdicción plena de la Universidad que le otorgó Felipe II: es decir que la Universidad traspasa al exterior su espacio, acotada por las columnas y unas antiguas cadenas formando un atrio en el que el rector era el que mandaba, hasta el punto de que la Universidad tuvo sus propias leyes, tribunal y presidio.

Unos  leones  sostienen escudos con el árbol de la sabiduría y otros,  escudos de armas de la Corona de Castilla.

DOS HISTÓRICAS E IMPORTANTES FACHADAS (I)

COLEGIO DE SANTA CRUZ

El blog «Valladolid la mirada curiosa», acaba de registrar un millón de visitas, lo que, la verdad, me llena de satisfacción. Y eso que hace meses que, como sabéis, no publico con regularidad por tener que atender otros frentes que me están absorbiendo mucho tiempo.

Para celebrar un número tan redondo (1.000.000) voy a publicar dos artículos sobre la fachada de dos edificios civiles a los que me tuve que aplicar hace unos meses para conocerlos con el mayor detalle y precisión posibles… y eso que ambos son de los más famosos e históricos de Valladolid.

Espero que estos dos artículos os sean útiles y os descubran aspectos en los que hasta ahora no hayáis reparado, como me ha pasado a mí. También espero que si he deslizado algún error u olvido imperdonable, me lo comentéis.

Un saludo y muchas gracias por vuestro seguimiento de «Valladolid la mirada curiosa»

Las fachadas del Colegio de Santa Cruz y de la Universidad, acaso son las más interesantes de Valladolid en lo que a arquitectura civil  se refiere. Se trata, además de dos edificios relacionados entre sí pues el Colegio era el lugar donde se alojaban alumnos de la Universidad y con tal finalidad se construyó.

Son muy conocidas, sin duda, y en ellas seguro que muchas veces habremos fijado la vista y mostrado a quienes visitan la ciudad. Pero tengo la impresión de que no son bien conocidas. De hecho, hasta no hace tanto, las famosas reformas de la fachada del Colegio de Santa Cruz del siglo XVIII no estaban bien documentadas. Fue el arquitecto vallisoletano Daniel Villalobos el que en un artículo publicado en 1987 desveló lo que realmente se hizo, y quien, en esta notable fachada. El artículo se titula: “El proyecto de Ventura Rodríguez para la reforma del colegio mayor de Santa Cruz en Valladolid: el inicio de un debate”.

Así que se me ha ocurrido dedicar sendos  artículos a ambas fachadas. Pido la clemencia del lector por los errores e inexactitudes en los que pueda incurrir, cosa que puede suceder pues son construcciones de bastante complejidad.

Vamos a ello.

El Colegio de Santa Cruz es la imagen institucional de la Universidad de Valladolid pues en él está alojado el Rectorado desde 1984, amén de que siga funcionando como residencia estudiantil. Desde el año 1995 está declarado Bien de Interés Cultural.

Con frecuencia se dice que es el primer edificio renacentista de la península, pero no se ajusta a la realidad. Más correcto sería decir que es pionero en incorporar a su fachada elementos del Renacimiento que había nacido en Italia medio siglo antes.

Lo manda construir el cardenal Mendoza para destinarlo para una residencia (colegio universitario) para estudiantes de pocos recursos, pero con demostrada capacidad intelectual. Una residencia para poco menos de 30 estudiantes.

Inicialmente se proyecta en estilo tardogótico (hacia 1486 se aprobaron los planos) por el arquitecto Enrique Gas. Cuando el Cardenal Mendoza viene a Valladolid a visitar las obras en 1488 ya estaba construido el primer cuerpo y le pareció un edificio mezquino, por lo que un nuevo arquitecto (Lorenzo Vázquez de Segovia) se hace cargo de las obras e incorpora la modernidad del Renacimiento.

Por tanto, el edificio no es renacentista en su plenitud, pues si nos fijamos en la fachada, veremos contrafuertes góticos, bóvedas de crucería góticas en el interior y ornamentos góticos.

Lorenzo Vázquez, introduce las nuevas formas renacentistas en el cuerpo central y en la cornisa: almohadillado en la fachada y decoraciones platerescas, y refleja el nuevo orden arquitectónico clasicista del pasado greco romano.

Ha tenido numerosas reformas, pero conserva la parte inferior del cuerpo central de la fachada, en la que destaca la iconografía del cardenal Mendoza arrodillado ante Santa Elena.

Las ventanas de los lados superiores y la central que está junto al escudo de los Mendoza y bajo el de los Reyes Católicos son posteriores.

La fachada se supone que se termina hacia 1491, tal como se ve en una lápida instalada en el zaguán, y es sin duda anterior a 1492, pues el escudo de los Reyes Católicos de la fachada no incluye las granadas representativas de la conquista de Granada.

La reforma del siglo XVIII, sobre todo, alteró los cuatro alzados del edificio mediante la supresión de las primitivas ventanas, sustituyéndolas por las que actualmente existen. Obra que no realizó Ventura Rodríguez, como tradicionalmente se afirma, sino que llevan la firma de otro arquitecto: Manuel Godoy, que sí que trabajó durante algún tiempo con Ventura Rodríguez. En la parte superior de algunas de las ventanas se aprecia el trazado gótico anterior. Godoy acentúa aún más el estilo de modernidad clásica con los balcones que añade.

Los pináculos son de tradición gótica, pero el tablamento que sujeta el voladizo de la balaustrada es netamente renacentista. Los pináculos son de una piedra que carece de la dureza que debería tener, por lo que siempre han dado problemas de conservación. Una de las varias reformas que ha tenido la hizo Juan de Nates en el siglo XVII, arquitecto herreriano, que cambia el primer cuerpo.

El arquitecto Ontanegui cambia totalmente el segundo y tercer cuerpo del patio. Lo cambia totalmente porque estaba muy deteriorado por el paso del tiempo.

En el siglo XX Eduardo González Fraile acomete la última restauración de la fachada.

Y ya que estamos ante la fachada, vamos hacer una somera incursión en el zaguán y patio del edificio.

Decoraciones de ángeles portantes realizadas por el escultor Alejo de Vahía.

La capilla es de Lorenzo Vázquez de Segovia, siguiendo las trazas de Enrique Gas. En su interior se guarda el Crucificado, una de las mejores obras de Gregorio Fernández, que sale en la procesión del encuentro en el jueves de la Semana Santa.

El patio siempre fue blanco, de piedra caliza. Lo llamamos palacio pero no hemos de perder de vista que se construyó para colegio. Los patios palaciegos no tienen las entradas y escaleras de este patio. Además tiene tres niveles de diferentes alturas cada uno, que no los tienen ningún palacio de Valladolid acaso a excepción del Licenciado Butrón.

El espacio se construyó para que albergara estancias colegiales: biblioteca, cocinas, salones, aulas de docencia, comedor… daba servicio a cerca de 30 estudiantes que solo podían permanecer en él ocho años, no podían tener familiares en el colegio ni acogía a más de un alumno de la misma localidad. Los estudiantes llevaban una vida muy austera: célibe y reglada, incluida misa diaria.

La maquinaria del reloj que se ha instalado en el patio es la estaba en la torre que en siglo XX hacía esquina entre la fachada histórica de Derecho y la calle librería.

En un próximo artículo hablamos de la fachada de la Universidad.

PÓSITOS Y ALFOLÍS DONDE GUARDAR EL GRANO Y LA SAL

Hace unos días publiqué en El Día de Valladolid un artículo sobre los pósitos de Valladolid. La extensión del periódico es muy limitada y en esta entrada en mi blog amplio notablemente lo que allí escribí e incluyo algunas imágenes a mayores.

Los abastecimientos han sido una preocupación prioritaria del Concejo de Valladolid (lo que hoy llamamos Ayuntamiento). En la actualidad la mayoría de los abastecimientos cotidianos los cubren las empresas, pero durante muchos siglos, fueron los ayuntamientos los que se tenían que asegurar que, sobre todo los alimentos, estuvieran al alcance del vecindario.

Hablamos del vino, el pan, la carne, el pescado, etc. Sin olvidar otras demandas como eran, por ejemplo, la sal, el hielo, o las velas o candelas con las que iluminar el interior de las viviendas.

De entre todos los productos sobresale, sin duda, el abasto del trigo (y del cereal en general), por la trascendental importancia que tenía el pan en la alimentación de la población. Han sido muchas las protestas del pueblo por las subidas del precio del pan o la carestía de éste. Algunos episodios fueron realmente muy violentos, así que el Ayuntamiento de Valladolid, hasta entrado el siglo XX tenía que vérselas con frecuencia con este problema, al que ponía remedio con medidas a veces tan duras como tener que incautar las tahonas.

Tradicionalmente el grano se almacenaba en alhóndigas, paneras o graneros, dependientes del Ayuntamiento y administrados por el pósito, y han cumplido una función importantísima de acopio de grano para garantizar semilla y grano en tiempos de escasez. Los pósitos han contribuido a evitar hambrunas y a asegurar la siembra en los años de escasez y sequías.

Conviene aclarar que se llamó pósito al edificio donde se administraba y vendía el grano (en ocasiones también tenían un horno panificación –aunque no parece que sea el caso en Valladolid-), y alhóndiga o panera al lugar físico donde se almacenaba el grano y también otros productos para abastecimiento de la población (sal, por ejemplo). Aunque con frecuencia, en Valladolid ambos espacios estaban en un mismo edificio. También hay que indicar que lo normal, la cesión de grano a panaderos, agricultores y otros particulares llevaba implícito la devolución del préstamo en especie con unos intereses (generalmente bajos) que se han conocido como “creces”.

Soportales de Cebadería, donde al parecer hubo un pósito municipal

El abasto del pan ha dejado rastro en la ciudad, y el callejero así lo refleja con nombres como calle Panaderos, Tahonas, Paneras, Troja (depósito donde se almacenaba el grano dentro de la alhóndiga), y soportales de Cebadería. Hay que añadir que también en muchos pueblos de la provincia hubo pósitos y alhóndigas, incluso se conservan unas cuantas de ellas.

En el caso de Valladolid ciudad, la existencia del pósito viene de muy atrás: en diciembre de 1499 el Regimiento encarga a dos regidores “que estudien donde hacer la alhóndiga nueva”, (hasta esa fecha no había alhóndiga en la villa), previo permiso de los Reyes Católicos, tal como relata Mª del Rosario Fernández González en su libro “Edificios municipales de la ciudad de Valladolid 1500 a 1561”. Se trataba de una iniciativa para tener provisiones de harina para proveer a los pobres en los años de malas cosechas. No obstante, tardó mucho en construir su propia alhóndiga, por lo que iba alquilando casas donde guardar el grano. Hasta que parece que, por fin, hacia 1528 se construye o adapta un edificio en la plaza de Santa María (actual plaza de la Universidad). Y para administrar la nueva institución se nombra un mayordomo de la Alhóndiga.

En Archivo Municipal de San Agustín, nada más entrar, se expone el arca donde se guardaban los caudales y documentos de dicha alhóndiga. Tiene una placa que dice: “Esta arca es del pósito del alondiga (sic) de esta ciudad de Valladolid. Año de 1742”.

EL ÚLTIMO PÓSITO

Son varios los lugares donde sucesivamente se fue construyendo el pósito y alhóndiga de la ciudad que tuvieran buena capacidad para almacenar el grano. Sí parece claro que en la Rinconada, a finales del siglo XVII, se construye una casa de granos dependiente del Concejo. Se trata, probablemente, de los arcos de piedra que se conservan en el arranque de Cebadería. Sabemos también que en 1865 en la plazuela de Belén (actual plaza de Santa Cruz en la parte inmediata al colegio de San José), había un pósito y alhóndiga en estado ruinoso que se pensó en reconvertirlo en escuelas para niños y niñas, y habilitar habitación para el maestro y la maestra. Dicha alhóndiga tenía tres trujes o trojes, es decir los depósitos en los que se guarda el grano.

Señalado con un círculo, el lugar donde estuvo el último pósito municipal. Entonces la calle Labradores se llamaba Zurradores. Plano de Ventura Seco 1738.

De la última alhóndiga que hubo en Valladolid nos da cuenta Juan Agapito y Revilla: se construyó en el siglo XVIII en la calle Panaderos y se trataba de un edificio grande que también sirvió de asilo y refugio para pobres. Luego, en su solar se construyeron escuelas. Hablamos del lugar donde en la actualidad se levanta el colegio Cardenal Mendoza.

De aquella alhóndiga, Agapito y Revilla, al desmontarla a principios del siglo XX, recogió un escudo que depositó en la Casa Consistorial. Dicho Escudo lleva la fecha de 1702.

LOS ALFOLÍES

Un servicio público muy importante ha sido el abasto de sal, bien mediante la intervención directa del Ayuntamiento o bien haciendo concesiones administrativas para que hubiera comerciantes que se obligaban a abastecer a la población de este producto, al igual que se hacía, por ejemplo, con la carne, el pescado o el hielo.

El almacén donde se guardaba la sal se conocía como alfolí. En 1713 Tenemos noticia del “alfolí de la sal sito en el soportal de la Espadería”, es decir en la plaza de Fuente Dorada. El término alfolí también se ha utilizado para indicar los almacenes de grano.

La sal, según su origen y calidad servía para la conservación de alimentos, como condimento culinario, como complemento mineral del ganado y para la cura de determinadas enfermedades, como el herpes.

La presencia de la sal en la economía de Valladolid viene de muy antiguo. Hay un privilegio de Fernando IV dado en Valladolid el 2 de marzo de 1302 por el que se permite al Concejo de la villa recaudar impuestos por la venta de determinados productos, entre ellos, la sal.

Y de la intervención del Ayuntamiento en el abasto de la sal hay noticas la menos desde el siglo XVI.

La administración de la sal como producto estanco, es decir, realizado directamente por el Ayuntamiento, o restringido a los lugares y personas autorizadas para su venta, llegó hasta muy entrado el siglo XIX: en 1864 había un empleado (el nombre de entonces era el de fiel) encargado del alfolí de la ciudad.

Imagen de salineros tomada de «Laguna al día».

Pero, sin duda, el municipio con mayor protagonismo en lo que a sal se refiere es Laguna de Duero. El diccionario de Madoz (1850) indica que la actividad industrial de Laguna eran la agrícola “y la que proporciona la elaboración de sal, que se hace con el agua de la laguna, por cuenta de la Hacienda Nacional”. Es decir, que era el Estado el que explotaba directamente este bien de interés nacional.

El blog “Laguna al día” informa que anteriormente las rentas que procuraban las salinas de Laguna beneficiaron al contento tordesillano de Santa Clara gracias un privilegio real.

También, hasta el siglo XVIII se extraía sal en pozas de Aldeamayor.

EL TURISMO, QUÉ GRAN INVENTO

EL TURISMO EN EL PERIÓDICO VALLISOLETANO EL NORTE DE CASTILLA, DECANO DE LA PRENSA ESPAÑOLA (FUNDADO EN 1854)

Hasta que el cómico Paco Martínez Soria no gritara aquello de “el turismo, que gran invento” en la película con ese mismo título rodada en 1968 por el director Pedro Lazaga, ya habían pasado unos cuantos lustros desde que el turismo hiciera su aparición en la sociedad.

El término turismo es relativamente reciente, pues no aparece, al menos en Valladolid, hasta avanzado el siglo XIX. Hasta entonces se hablaba de viajes, viajeros y forasteros, pero no de turismo ni turistas.

En 1862 El Norte de Castilla publica una larga crónica en la que se indica que en Francia ya se tenía clara la aportación del turismo a la economía de París: las compañías ferroviarias se esforzaban para reducir sus tarifas para atender al comercio, la industria y la agricultura, creando el billete de ida. Una idea que parece que fue “favorablemente acogida por los turistas parisienses”, época en la que ya existían “trenes por placer o recreo organizados en gran escala”. Aunque se constata que si bien los turistas producen importantes ingresos al servicio de viajeros durante los meses de buen tiempo, esos ingresos de las compañías se convierten en poco importantes en el cómputo anual: la suma principal de los ingresos considerado todo el año se debe a los viajeros que se trasladan para comprar, vender o entregar sus mercancías.

El turismo en el siglo XIX ya tenía cierta pujanza, tal como se refleja en una simpática crónica de El Norte de Castilla del 1 de agosto de 1875, en la que relata que “en Constantinopla florece la fabricación de monedas del tiempo de Constantino y de su madre para vendérselas a coleccionistas y turistas”.

El turismo va consolidando una importante actividad económica, al menos, evidentemente, entre las clases pudientes. Y a las compañías de transporte no se les escapa las posibilidades que tiene esta nueva actividad: el 28 de junio de 1897, el periódico publica el anuncio de una vuelta al mundo en barco, en la que, entre otras maravillas a visitar, el “turista” se extasiará ante la basílica de San Pedro de Roma.

En los años de tránsito entre el siglo XIX y XX, la fiesta de toros va convirtiéndose en un atractivo espectáculo para los turistas: el 22 de mayo de 1903, El Norte de Castilla relata que en la corrida de toros celebrada en Bilbao, “los turistas le regalaron ovaciones” al matador Montes.

Muy probablemente la palabra turista venga del francés “tour” (no nos vamos a detener en una matizada consideración etimológica). Así, en el periódico del 23 de mayo de 1903 se habla de los “touristas” (sic) participantes en la carrera oficial París-Madrid. En la noticia se indicaba que se descalificaría a los turistas que no se detuvieran en Ávila; o que en Valladolid, a los turistas “se les obsequiará con un lunch en el patio de San Gregorio, que al efecto será adornado con plantas y flores por el inteligente director de jardines del Municipio señor Sabadell”. Y en Tordesillas el alcalde obsequiaría a los turistas que se detuvieran en la villa, y “al efecto tiene dispuesto un lunch, música y bailes populares, disparándose multitud de cohetes a la llegada de los automovilistas”. A esas alturas, los vehículos automóviles ya se conocían como “turismos”.

Llegadas las fechas en que se celebró aquel tour, el periódico, el lunes 25 de mayo, puso en su portada una noticia que titulaba “PARÍS- MADRID. LA CARAVANA DE TURISTAS”. Aquella efeméride se siguió con interés nacional para que los turistas fueran agasajados y aclamados, de tal manera que “los hijos de la nación vecina se lleven de su expedición gratos recuerdos”, para que cuando vuelvan a París, destruyan “con su incontestable testimonio la leyenda que rueda por los boulevares de una España de folletín, tierra de toreadores y majas, de bailadoras y bandoleros; país de caminos intransitables; país sumido en la incultura”.

En aquella carrera los automóviles ya alcanzaban la desenfrenada velocidad de más de ochenta kilómetros por hora.

Procedentes de Burgos, en Valladolid entraron por Santa Clara, cuya calle principal estaba atestada de curiosos, y en los balcones se veían multitud de muchachas.

Los “turistas” fueron efusivamente recibidos por el público, y el comisario local de la carrera era el Sr. Reinoso, que junto al resto de comisionados, “se desvivían porque nada faltase a los automovilistas”.  Entre otros agasajos, se les obsequió con una novillada, sus coches se encerraron en la Casa de las Aldabas  y en la calle Duque de la Victoria, y a los turistas se les alojó en los hoteles de Francia, el Siglo y la Iberia. se les facilitó la comunicación telegráfica con sus familiares y amigos; se les obsequió con un lunch en el patio del Colegio de San Gregorio, al que, por supuesto, acudieron numerosas autoridades y prebostes de Valladolid, como el alcalde Queipo de Llano y  el Sr. Silió en calidad de presidente del comité local del RACE (Real Automóvil Club de España); hubo números musicales interpretados por la banda militar de Isabel II y la rondalla del Orfeón Pinciano en cuyas piezas no faltaron La Marsellesa, las notas de la Marcha Real ni la jota de La Dolores. Y a las 7 de la mañana del 25 de mayo comenzaron a salir por la carretera de Simancas con destino a Salamanca, su siguiente etapa.

El término  turista en las primeras décadas del siglo XX ya frecuenta las noticias locales y se aplica para muy variadas cosas. Por ejemplo, el día 9 de julio de 1905 el periódico da noticia de un “originalísimo turista” que está recorriendo Europa con la intención de recabar apoyos para la creación de un Asilo de carácter internacional para enfermos transeúntes. Se trata de un acaudalado abogado portugués llamado Juan Pereira Seves de Oliveira que perdió a sus padres y una hermana en el incendio de su casa solariega, y él mismo perdió el habla y el oído en tan espantosa tragedia, después de haber estado hospitalizado entre la vida y la muerte. Así que hizo la promesa de recorrer Europa con el fin comentado. Y en ese periplo pasó por Valladolid, ciudad que ya conocía pues en 1892 vino a ella cuando estudiaba formando parte de la Tuna de Coimbra.

Y hablando de Portugal, El Norte de Castilla abre el periódico del 11 de agosto de 1906 con la noticia de la visita a Valladolid del “culto director del Touring-Club Hispano-Portugués”, cosa que el periódico considera de gran interés como una forma de fomentar el “turismo en nuestra nación y en nuestra capital”. Y aprovecha para hacer una disertación sobre que España está dormida sobre una mina de la que se siguen sin explotar los múltiples filones por falta de espíritu emprendedor (aunque algo se va haciendo). Y sigue: “uno de estos filones, y no insignificante ciertamente es el turismo”. Más adelante se lamenta de que “a España no vienen apenas turistas y en Valladolid no se detienen los pocos que llegan”.

Dadas las fechas de la noticia, el periódico indica que “la próxima Exposición constituye un elemento más para atraer a los turistas cuando en Septiembre terminan las jornadas veraniegas en las playas del Norte”. Se refiere la noticia a la magna Feria de Muestras que en septiembre se iba a celebrar en unas instalaciones del Campo Grande que convertiría a Valladolid en el centro de los avances más modernos de los sectores agrícola e industrial.

Un antiguo cartel de promoción del Museo Nacional de Escultura de Valladolid

A lo largo de varias gacetillas, en aquellos primeros años del siglo XX se dice que los “buenos turistas no se cansan de ver la sala de Calderón, el Campo Grande y la Acera de San Francisco” (el lateral de la plaza Mayor donde está el café del Norte), porque  “de todas las cosas de Valladolid, la más típica, la más atractiva, la más simpática es la Acera”.

El turismo comienza a tener un desarrollo empresarial y en junio de 1929 la empresa “Carteleras de Turismo”, a través de su delegado provincial José Giménez Buesa, solicita al Ayuntamiento de Valladolid autorización para instalar carteles turísticos de 3,75 metros de altura en los accesos a la población y en puntos del interior del casco urbano, “en aquellos sitios donde procedan ser más útiles al turismo”.

Los carteles contendrían indicaciones referidas a monumentos artísticos, edificios notables, riqueza de la ciudad, ferias y fiestas, etc.

Las carteleras eran, según la empresa “de esmerada construcción y decorado artístico” y además de la información turística se dejaba espacio para que el Ayuntamiento insertara bandos, edictos o cuanta información considerara de interés general.

Es el caso que la Corporación, previo informe del arquitecto municipal, desechó la propuesta de “Carteleras de Tursimo”: la oferta no ajustaba a las condiciones que para estos postes imponía el Ministerio de Fomento, que no se aceptaba que los costes de instalación corrieran a cargo del Ayuntamiento y, a mayores, que la propuesta no incluía que fueran puestos en el interior de la población.

Más si de turismo hablamos en Valladolid, sin duda un personaje de lo más destacado es Benigno Vega Inclán y Flaquer, II Marqués de la Vega Inclán, que fue designado Comisario Regio de Turismo en 1911. Nació en Valladolid en 1858.

En 1911 intentó crear en Valladolid una oficina de turismo y establecer una línea de tranvía eléctrico que uniera la capital del Pisuerga con el municipio de Simancas, al que se consideraba un lugar muy atractivo para los turistas de aquella época. Esta última iniciativa la recoge así El Norte de Castilla del 16 de octubre de 1911: “El comisario regio del turismo, señor Marqués de la Vega Inclán, celebró ayer una reunión en el Gobierno Civil con el señor Ruiz Díaz, el alcalde señor Aguirre y D. Francisco Zorrilla, gerente de la Sociedad Tranvías de Valladolid. Como gestión preliminar, acordaron que se constituya una comisión de turismo, procurando que la integren elementos de la Sociedad Castellana de Excursiones. Se trató también del proyecto de tranvía á Simancas, cuyo Archivo constituye en nuestra provincia el mayor atractivo para el turismo.”

Busto el marqués instalado en los jardines de la Casa Cervantes.

Como ya es bien sabido, Vega Inclán fue el alma mater de que en Valladolid se abriera la Casa de Cervantes, una operación que inició su andadura en 1912 por el propio marqués, con la adquisición de la vivienda que habitó el insigne escritor, en nombre de Alfonso XIII y con el respaldo de Santiago Alba, a la sazón ministro de Instrucción Pública.

PEQUEÑOS DETALLES DEL CAMPO GRANDE

Sin duda el Campo Grande es el más importante y emblemático jardín de Valladolid. Su historia es bien conocida y lo único que diré es que el alcalde Miguel Íscar (fallecido en 1880) fue su gran impulsor, aunque ya de años antes venía ajardinándose.

Sus cerca de 12 hectáreas acogen numerosas esculturas, árboles singulares, paseos románticos, un lago y una gruta artificiales, y un montón interminable de historias: incluso el director de cine Iván Sáinz Pardo rodó en él escenas de la selva americana para realizar un corto sobre la vida de Colón.

Pero en esta ocasión vamos a detenernos en pequeños detalles y rincones que acaso pasen desapercibidos para mucha gente.

Inmediata a la Acera de Recoletos, frente al número 12 (donde nació Miguel Delibes), una pequeña columna de piedra recuerda el hermanamiento de Valladolid con la ciudad francesa de Lille.

En el suelo del Paseo Central, muy cerca del restaurante acristalado, varias placas de acero recuerdan que allí hubo un cementerio judío que se dejó al descubierto al hacer unas obras en 2002. Los arqueólogos lo han datado de hacia 1411, y en él se hallaron 78 enterramientos y 26 esqueletos.

Entramos en el interior del Campo Grande por la puerta lateral. A mano derecha está la biblioteca, y a mano izquierda, dentro de una zona ajardinada, languidece una fuente o estanque de las Ranas. Este tipo de estanques se pusieron de moda a principios del siglo XX. Han desaparecido todas las ranas de bronce que lanzaban agua por su boca y el estanque está muy descuidado. En 2007 el Ayuntamiento anunció que lo iba a restaurar… y así sigue.

Detrás de la Oficina de Turismo hay una escultura que representa a una muchacha contemplando un caracol. Se instaló, junto con el oso que hay cerca del monumento a Colón, en 1968. Su autor es el salmantino Agustín Casillas Osado.

Entre el paseo del Príncipe y la famosa pajarera, está  la Glorieta del Libro, un lugar recatado y tranquilo que acoge una fuente de la que no mana agua, rematada por una escultura que es un sencillo monumento a la lectura: “Niño y libro”, se titula. Se instaló con motivo del VII Congreso Nacional de Libreros celebrado en Valladolid en 1980.  Se inauguró el día 30 de julio y su autor es Manuel García Vázquez, que firma como Buciños por el municipio donde nació este escultor gallego.

Desde este punto iremos a una isleta próxima a la zona de juegos infantiles colindante con el Paseo de Zorrilla. En la isleta se “esconde” el dios Neptuno. Se trata de la escultura pública más antigua de Valladolid. Su primer emplazamiento fue en el Paseo Central, en 1835, junto con otras que representaban a Venus y a Mercurio. La de Neptuno se reinstaló en este lugar en 1932, y la de Venus se retiró al poco de instalarse pues arreciaban las críticas de la pacata sociedad de entonces que decía que tenía las tetas al aire.

Nuestro destino será la fuente de la Fama, instalada en 1883 en recuerdo del alcalde Miguel Íscar. Se trata de una representación de la diosa de la Fama, que iba de pueblo en pueblo cantando las excelencias de los grandes hombres. Por eso se la representa con una alas, con una trompeta anunciando su llegada y con la corona de laurel en su mano izquierda. El autor es el escultor Mariano Chicote. Lo que vemos es una réplica que Andrés Coello hizo en 2010 para retirar la original que mostraba síntomas de deterioro.

Muy cerca de la fuente, un recóndito bebedero para las aves y las ardillas.

Corría la primavera de 1922 cuando se inauguró la Biblioteca Popular del Campo Grande, que fue celebrada como un gran acontecimiento. El edificio, del arquitecto Emilio Baeza, está ubicado detrás de la escultura dedicada al poeta y político Núñez de Arce que preside la rosaleda próxima a la Fuente de la Fama. 

Acaso el lugar más concurrido del Campo Grande es el lago artificial y el entorno de la gruta y cascada. Las estalactitas que tiene la gruta son de la cueva burgalesa de Atapuerca. Aquello se consideró un escándalo de alcance nacional. Varios periódicos e instituciones, incluida la Sociedad Antropológica Española, montaron en cólera ante lo que consideraban un desaguisado. Fue tal el revuelo que incluso la Guardia Civil, a instancias del gobernador, retuvo el tren que portaba las estalactitas. Finalmente intervino el Ministerio de Fomento, que ordenó entregar las estalactitas al Ayuntamiento de Valladolid. En mayo de 1880 llegaron las estalactitas a Valladolid y comenzaron a instalarse en la gruta por la cual ya hacía días que caía el agua entre las rocas desde lo más alto de la cascada.

La construcción de la gruta tuvo sus problemas, entre ellos el peligro de derrumbarse. Para reforzar su construcción se emplearon piedras traídas de la antigua Casa Consistorial y de viejas casas solariegas. Con las piedras, además se hicieron los bancos del entorno de la cascada. En 2019 el Ayuntamiento anunció su intención de restaurar la gruta.

Entre las viejas piedras, de detrás de la gruta, hay una que tiene la inscripción CORE-ALÓN-VERA. Esta inscripción dio lugar a una leyenda que decía que la gruta había que pasarla por encima caminando, pues se hundiría si corrías sobre ella. Y la inscripción de la piedra se ha traducido por “corre y lo verás”, es de decir cómo se hundirá si corres. Y así lo cuenta el blog domuspucelae.

Y nos vamos del Campo Grande por la puerta del Príncipe en el Paseo de Filipinos. Esta puerta estuvo decorada con leones cuando se construyó, esculpidos por Nicolás Fernández de la Oliva, pero entre las diversas reformas que tuvo los perdió sin que se sepa que fue de ellos. En 1998 se instalaron los leones actuales, labrados por el vallisoletano Rodrigo de la Torre Martín-Romo.

EL TOMILLO, UN LUGAR CON HISTORIAS Y CURIOSIDADES

UN VOLCÁN EN EL TOMILLO

El Tomillo, un espacio verde de poco más de 9 ha. está al comienzo de la carretera de Renedo que se adentra en el Valle Esgueva. Es una zona verde, que espero que el Ayuntamiento pronto comience a adecentarla, y que tiene su historia, plagada de curiosidades y anécdotas.

Desde el siglo XIX, el Tomillo se ha considerado un lugar idóneo para sacar tierra y piedra destinadas a la construcción tanto de viviendas como de caminos y carreteras, y así está señalado en el mapa del Instituto Nacional de Geología. Incluso muchas familias de Belén y Pilarica, que fueron construyendo sus viviendas en las décadas de 1950 y 1960, venían al Tomillo a coger arenas para levantar sus propias casas. También había algún tejar.

Esa actividad extractiva ha dejado hondonadas y pequeñas cuevas que en diversas ocasiones han sido escenario de macabros y luctuosos hechos.

Contado esto, vamos a conocer algunas de las historias y curiosidades que han acaecido en el Tomillo.

Desde el siglo XVII hasta XIX, en la cuesta del Tomillo estuvieron los pozos de la nieve del Palacio Real, por eso era frecuente que en los anuncios de venta de arena, productos de huerta, casas o animales en la zona, señalaran el lugar como “pago titulado Pozos de la Nieve, conocido también con el nombre de Cuesta del Tomillo”.

Es curiosa esta noticia que publicaba El Norte de Castilla el día 2 de mayo de 1878: “Anteayer fueron conducidos a la Inspección de orden público siete chicos de 14 y 15 años por apedrearse en la cuesta del Tomillo. No comprendemos como no se impone una multa a los padres de los mismos por el abandono en que tienen a unos jóvenes que de no corregirles en la tierna edad, serán más tarde perjudiciales a la sociedad aún a ellos mismos.”

Ese mismo año, pero el 28 de diciembre, el periódico publicó lo siguiente: “Hace unos días que en la cuesta titulada del Tomillo, se advierte el cráter de un volcán que está en erupción desde ayer a las cinco de la tarde. Las autoridades han adoptado las medidas oportunas para que el numeroso público que va a presenciar esta extraordinaria novedad, no sufra con la ardiente lava que despiden los antros de aquella cuesta incendiada. No hay que lamentar desgracias personales”…  ¡Ah, que era el día de los Inocentes!

EL FIELATO Y ALGUNOS CRÍMENES

Hasta la década de 1960 hubo un fielato, es decir, un puesto donde el Ayuntamiento cobraba por las mercancías que se venían a vender a la capital. Son unas cuantas la noticias que hay sobre este fielato. Por ejemplo, aquella de mayo de 1897 en la que el cabo y los guardas de la guardia montada detuvieron a varios individuos que trataron de eludir el pago de impuestos de cuarenta cántaros de vino que traían a Valladolid y por supuesto, les decomisaron el género. Otra noticia de 1939 da cuenta de disparos y pedradas entre guardias y contrabandistas.

Son unas cuantas la noticias que tenemos de actos delictivos que han ocurrido en el Tomillo. Vamos a relatar los más sobresalientes.

Corría en mes de junio de 1874 y al amanecer se halló el cadáver de un guardia de campo asesinado de seis puñaladas y rota la cabeza. Hecha la autopsia, las autoridades abrieron las diligencias sobre el crimen, sin que se sepa como concluyó la investigación.

Tremenda fue la noticia que corrió por todo Valladolid en febrero de 1897: unos muchachos que andaban jugando por el Tomillo vieron a dos mujeres que portaban un bulto sospechoso. Unos obreros agrícolas que también las vieron, pensaron que estaban dando un rodeo para eludir el pago de impuestos en el fielato. Los muchachos, sin embargo, se percataron de que las mujeres estaban haciendo un hoyo, y cuando se marcharon las mujeres, se acercaron al lugar y, horrorizados, descubrieron una criatura muerta envuelta en unos trapos oscuros. Traslado el cadáver al Hospital Provincial, la policía inició las pesquisas. Desconocemos si las mujeres fueron detenidas, pero la policía dijo que tenían bastantes pistas sobre ellas.

Veamos otro caso tremebundo. Abril de 1930, tras un horroroso crimen en el que unos desalmados mataron al ermitaño de la ermita del Cristo del Otero, de Palencia, la policía descubre que el dinero, varios cálices, una patena y diversos objetos de plata y oro que habían robado lo escondieron en la Cuesta del Tomillo. Los autores fueron detenidos y condenados a cadena perpetua tras conmutarles la pena de muerte.

El Norte de Castilla

Llamativa es esta noticia del 22 de diciembre de 1881: “fueron detenidos en las cuevas de la Cuesta del Tomillo tres jóvenes (el mayor de 20 años), autores del robo sacrílego en la iglesia parroquial de San Nicolás”.

Pero, sin duda, lo que más fama dio al Tomillo en toda la ciudad, fue el descubrimiento en el pago “las Cascajeras”, de las latas en las que las que se localizaron poco más de 2.000.000 de pesetas de los 5.200.000 que en agosto de 1964 habían robado en el Banco Castellano. La recuperación de las latas fue posible porque colaboró uno de los ladrones. El hallazgo se produjo el 4 de noviembre de 1965.

ACCIDENTES LABORALES Y RECREO FESTIVO

Como hemos dicho, el Tomillo era un lugar para extraer arena y piedra. Un trabajo que dio lugar a varios accidentes laborales, como el que le ocurrió en noviembre de 1900 a un joven de 13 años de edad que estando trabajando en una cascajera, se hundió un pedazo de tierra y como consecuencia sufrió una herida en la cabeza y la pierna derecha fracturada. Peor parado resultó otro obrero cuatro años después, pues falleció en un accidente que alcanzó a otros dos compañeros: un desprendimiento de tierras cayó sobre la cuadrilla. Los otros dos resultaron con heridas leves. Hubo más casos de accidentes laborales mortales en el Tomillo: en uno de ellos murió un joven de 16 años.

El Tomillo era para mucha gente de la ciudad un paraje un tanto exótico, hasta el punto de que una asociación excursionista organizó una marcha nocturna por el parque un sábado de junio de 1913. Los expedicionarios deberían ir provistos de desayuno pues la excursión duraría hasta las primeras horas del domingo.

En la cuesta del Tomillo, o carretera de Renedo, hubo ventorros y merenderos desde el siglo XIX. Uno de ellos, el Tomillo, que es el que más ha perdurado y que por tanto muchos lectores y lectoras recordarán, en 1946 se conocía como “ventorro” y en 1949, como “merendero”. También estaba el Tomillar, que en 1979 se anuncia como “figón el Tomillar”.

Del mesón El Tomillo podemos contar que en 1955 inauguró una bolera tipo montañés en la que se celebraron algunas competiciones importantes en las que participaban incluso aficionados venidos de fuera. Y en su carta presumía de ricos caldos del país (vino), sabroso queso y ristras de embutidos. Además, tenía un horno de asar a la vista de la clientela.

La Cuesta del Tomillo en los años 50 del siglo XX era un lugar al que acudían las familias para distraer en el campo sus ocios dominicales. Los lugares de Valladolid que se frecuentaban los domingos y festivos eran las riberas del Pisuerga, la Fuente de la Salud, las Arcas Reales, la fuente del Sol, y también el Tomillo. Aquellas formas de ocio fueron cambiando a medida que la gente fue adquiriendo un vehículo y se iba a lugares más alejados de Valladolid.

El Tomillo comenzó a entrar en declive en la década de 1970, pues ya se empieza a detectar la existencia de escombreras. Aún así, en las Ferias de 1978, la Peña Motoristas del Pisuerga organizó el I Trofeo San Mateo de motocrós categoría senior nacional. Poco tiempo después la misma peña organizaba cursillos de motocross en el mismo lugar.

No obstante ese declive del Tomillo, todavía había familias del barrio Belén que iban a pasar las tardes de verano, donde compartían tortilla de patata y vino con sus vecinos. Un recuerdo que aún perdura en la memoria de los entonces niños y niñas de Belén.

MOLINOS DE VIENTO

En prácticamente todos los ríos, arroyos y canales vallisoletanos hubo molinos movidos por el agua. Estos ingenios de piedra tuvieron las más variadas actividades. Por supuesto, para hacer harina del trigo, pero sus muelas, rodeznos, cárcavas y saetines sirvieron también para moler la rubia con que confeccionar el tinte rojo, hacer papel, elaborar aceite, o fabricar pólvora.

Y contra lo que pudiera parecer, no fueron pocos los molinos de viento que también se construyeron en Valladolid, especialmente al norte del Duero.

De los testigos que quedan de aquellos molinos, podemos decir que su silueta, de adobe, tapial o piedra, desvirtuada por el deterioro del tiempo y la lejanía de la época en que dejaron de funcionar, ha llevado a que con frecuencia se confundan con restos de alguna torre de observación o algo así. Pero no, fueron molinos con sus aspas. Algunos otros se transformaron en palomares, aunque sus paredes, estructura y la presencia próxima de la piedra de moler u otros instrumentos inconfundiblemente molineros, adviertan de que aquello fue, en su tiempo, un molino.

Casi todos los molinos que aún mantienen siquiera una leve traza están en el norte y oeste de Valladolid: en Tierra de Campos y bordes de Torozos. Solían construirse en lo alto de cerros y tesos, donde era más fácil aprovechar las veleidades del viento. En general, estos molinos no son tan grandes y espectaculares como los de cubo o los de aceña, pero son una exquisita muestra de la ingeniería y de la técnica constructiva.

No fue anecdótica la existencia de molinos de viento, sino de cierta importancia y para ello baste decir que el diccionario de Madoz recoge la existencia de tres molinos harineros de viento en Villalón de Campos, o que en Medina de Rioseco existe un pago conocido como “Molinos de viento”. De este municipio se conserva un grabado publicado en el Semanario Pintoresco
Español (Biblioteca Nacional de España),  en el que están dibujados dos molinos dominando una ladera próxima a la ciudad.

Todavía se pueden ver restos de molinos de viento, siquiera mínimamente reconocibles, en Aguilar de Campos, Barcial de la Loma, Cabreros del Monte, Castromembibre, Castromonte, Cuenca de Campos, Palazuelos de Vedija, Santa Eufemia del Arroyo, Valdunquillo, Villabrágima,  Villafrechós, y Villagarcía de Campos. Noticias hay de molinos ya completamente desaparecidos, además de los citados de Villalón y Medina de Rioseco, en Moral de la Reina, Rueda y Villardefrades.

Molino de Aguilar de Campos, restaurado dejando bien patente la construcción original en piedra y ladrillo, y la cubierta y aspas, de moderna construcción. Es de propiedad privada y se puede visitar concertando previamente

En Barcial de la Loma aún es reconocible un molino que se transformó en palomar, tal como atestigua la piedra de moler que está en el suelo junto al palomar

Restos de los dos molinos de Cabreros del Monte

Molino de Cuenca de Campos, Villafrechós y Villabrágima (transformado en palomar)

En Castromembibre, el Ayuntamiento ha reconstruido el molino, que se puede visitar y subir

Sobre los molinos de Valladolid en general, los investigadores Nicolás García Tapia y Carlos Carricajo Carbajo nos han legado un extraordinario libro.

VALLADOLID LA MIRADA CURIOSA TOMA UN NUEVO RUMBO

Amigas y amigos lectores, mi blog entra prácticamente en hibernación.

Valladolid la mirada curiosa ha venido publicando un artículo cada semana. Y esto no me va ser posible seguir haciéndolo. Os cuento.

Tengo dos tareas para los próximos meses que me van a llevar mucho tiempo y concentración. Dos retos que me ilusionan.

Uno, que tengo que terminar en un mes (aunque en realidad, luego me llevará meses de ajustes), es el guion para un documental que me ha encargado un museo. Un guion, por cierto, que ya no lleva tilde desde la última actualización de la RAE. Decía, un texto como para tres cuartos de hora de relato.

Y el otro, la redacción del que espero que sea mi próximo libro que saldrá a la luz avanzado el próximo año.

Estas son dos tareas muy exigentes y tengo que sacar tiempo y concentración dejando otras cosas. Cada semana escribo un artículo para la contraportada de El Día de Valladolid, preparo mi pequeña aparición en Onda Cero cada martes, y escribo este blog… amén de otras cosas menos públicas. Y tengo que sacrificar algunas cosas. Valladolid la mirada curiosa, entre unas cosas y otras me lleva varias horas cada semana.

En definitiva, y si os cuento todo este rollo es porque tengo confianza con vosotros, que Valladolid la mirada curiosa dejará de «salir» cada semana y solo de tarde en tarde subiré algún artículo o algún comentario.

Así que, como pondría en la puerta de un comercio: «cerrado temporalmente por no poder atender».

La foto es del Pasaje Gutiérrez.