LO MÁS VISITADO

Francisco Umbral es el seudónimo del escritor Francisco Alejandro Pérez Martínez (1932-2007). Todo un personaje vinculado a Valladolid, que en 1993 puso de moda la siguiente frase: “yo he venido aquí a hablar de mi libro” en un programa de televisión que presentaba la popular Mercedes Milá.

Pues eso, en esta entrega de Valladolid la mirada curiosa vamos a hablar de mi libro… de “mi blog” quiero decir.

No se tome esta entrega como un ejercicio de narcisismo, sino como un curioso resumen del blog que comenzó a andar definitivamente hace seis  años. Desde entonces registra 650.000 vistas. Creo que se trata de una cantidad nada desdeñable.

Teniendo en cuenta que el blog tiene 350 artículos de Valladolid y provincia,  el gran número de personas visitantes, y los 1.200 comentarios que han hecho los lectores,   acaso sea un termómetro (no científico) de qué asuntos y temas más interesan  al menos a quienes se han asomado al blog.

Sin duda la estrella es el pasaje Gutiérrez, con 14.000 vistas. Cosa que me ha sorprendido pues siempre pensé que era un lugar conocido como cualquier otro de la ciudad.

Destacan los artículos que tratan sobre los barrios de la ciudad. Y de entre todos, el de la Victoria, con 13.000 vistas… Ya me lo dicen cuantos viven o han nacido en él: “los de la Victoria somos muy del barrio”.

Le siguen Rondilla y Pajarillos. Pudiera parecer lógico por cuanto se trata de barrios muy populosos, con permiso de Delicias y Parquesol, pero lo cierto es que en general los paseos  por los barrios publicados en el blog han tenido mucha aceptación incluso los que tratan sobre pequeños barrios. Por ejemplo, el paseo por San Pedro Regalado y Barrio España ha sumado cerca de 7.000 vistas, y el barrio Girón 5.000.

Algunas personas me han  indicado que a los colectivos vecinales y a los de Educación a lo Largo de la Vida (lo que se conoce como Educación de personas adultas) este blog les ha venido de perlas para sus actividades.

Las entradas sobre fotos antiguas son otras de las estrellas del blog. De entre todas destacan las que se refieren a la Plaza Mayor, a los desaparecidos cines de barrio, los viejos hospitales, etc. En total, más de 25.000 vistas. No me sorprende, pues el interés por las fotos antiguas es manifiesto. No hace falta sino saber que la página de Facebook Fotos antiguas de Valladolid es la que más asociados registra: más de 23.000, seguida de Descubriendo Valladolid, con 16.000. Es claro que hay un interés de la ciudadanía por conocer el pasado y el presente de la ciudad.

Acerca de enclaves y rincones vallisoletanos, la palma de cuantas personas han visitado Valladolid la mirada curiosa, se la llevan las entradas que se refieren a la historia y curiosidades de la Plaza Mayor, los puentes, la Fuente del Sol, las Arcas Reales, el patrimonio industrial y los callejones de oficios.

El cementerio del Carmen, con su historia e historias, simbología y curiosidades es otra de las estrellas del blog. Hablamos de unas 10.000 vistas.  Verdaderamente no me asombra, pues es un verdadero éxito la asistencia de la gente a las visitas guiadas que hacemos por el cementerio.

Sobre la provincia, destacan las vistas del blog a los  despoblados de Minguela y Villacreces. Situado el primero en las inmediaciones de Bahabón , y el segundo en las cercanías de Villalón de Campos.

Los rollos de la justicia y el sabinar de Santiago del Arrroyo también han suscitado mucho interés por parte de los lectores, así como el “techo” de Valladolid (el Cuchillejo), que todos rondan las 5.000 visitas cada uno.

En cuanto a reportajes sobre municipios, los más vistos han sido Mayorga, Nava del Rey, Mucientes, Montemayor de Pililla, Castronuño,  Tiedra y Arroyo de la Encomienda.

Y en lo que a los reportajes sobre las comarcas de la provincial, la palma se la lleva el Valle Esgueva.

Cambiando de tema, vamos a comentar sobre las personas que leen el blog pero que residen en España (por provincias no da información el sistema). EE.UU. es el país donde Valladolid la mirada curiosa tiene más vistas. También de Méjico, Francia y Argentina hay lectores. Y si de países algo más exóticos hablamos, algunas personas de  Kazajistan, Nepal o China también se asoman al blog… pero, vamos, que no hablo de multitudes.

ARROYO DE LA ENCOMIENDA: UN INTERESANTE MUNICIPIO

Arroyo de la Encomienda, al que más bien se le conoce  como La Flecha es un municipio de humilde origen y enorme crecimiento urbanístico durante los desbocados años de la construcción de adosados y  unifamiliares: de 1.400 habitantes en 1990, en el año que corre contabiliza 20.000 almas.

Esto pudiera hacer creer que se trata de uno más de tantos lugares de escasa importancia que entre tanto ladrillo y numerosas urbanizaciones nada tiene de especial interés. Pero no es así. Arroyo de la Encomienda guarda edificios, lugares e historias que poco a poco se van poniendo de relieve por  el Ayuntamiento,  y  también  gracias a la Asociación Cultural Descubriendo Arroyo, al frente de la cual está, con gran entusiasmo, Andrés Madroño.

Linda Arroyo con el término de Valladolid, y los dos focos de mayor interés histórico y monumental están en sendos extremos del casco urbano, que se divide entre los enclaves de Arroyo de la Encomienda y  La Flecha.  El nombre oficial del municipio es el de Arroyo, aunque parezca que La Flecha se haya “comido” el nombre  del municipio. Los referidos extremos son el antiguo monasterio de Santa Ana (siglo XVIII) y  junto al monasterio lo que queda del pequeño cenobio de San Pedro de las Flechas, del siglo XII. Y en el otro extremo la interesantísima iglesia románica de San Juan Evangelista, también del XII. Y en torno a ambos enclaves diversos testimonios que no deben pasar desapercibidos.

Arroyo, hasta la desamortización, perteneció a la encomienda de San Juan de los monjes de Wamba. De ahí que entre el arroyo del Rodastillo (que nace en Ciguñuela) y su pertenencia los monjes de Wamba, un nombre terminara por ser el que es: Arroyo de la Encomienda.

Contado esto,  nos aprestamos a recorrer el municipio.

Hotel Santa Ana. Antiguo monasterio de los jerónimos de Nuestra Señora de Prado (Valladolid), que se fundó como una especie de  finca de recreo. Los monjes  tenían  aquí importantes explotaciones agrícolas desde el siglo XV, así como  unas grandes aceñas de producción de harina que compraron al conde D. Gonzalo de Guzmán, y un molino de papel.

Las aceñas, tras la Desamortización, las compró al Estado Mariano Miguel de Reinoso (que llegó a ser ministro de Fomento reinando Isabel II), y se transformaron en la fábrica de harinas “La Flecha”, que estuvo en servicio hasta el año 1962. El núcleo urbano  de La Flecha fue formándose sobre las antiguas propiedades de los monjes sobre todo a partir  de la década de 1950, aunque ya en el siglo XIX se cita en ocasiones este enclave como “barrio de La Flecha” que, por ejemplo en 1885 se indica que tenía “dos casas”, “pertenecientes a San Juan de Arroyo”. Iglesia que, a su vez, estaba bajo la jurisdicción de la parroquia de Santa María de la Victoria, de Valladolid.

Pared, sin la leyenda que presidía su fachada, con escudo episcopal: iglesia de San Pedro de las Flechas (de ahí el nombre de La Flecha). Se trata de un repoblador del siglo XII. El resto del edifico se derribó recientemente. El texto que presidia la entrada era el siguiente: “DON PEDRO PÉREZ PERÓN FUNDÓ ÉSTA IGLESIA AÑO DE 1150. DON NICOLAS VALDES DE CARRIAZO SU DESCENDIENTE Y ÚNICO PATRÓN DELLA SIENDO OBISPO DE GUADIX LA RREDIFICO EN EL AÑO DE 1613”.

Casco viejo de La Flecha, con casas revalorizadas que poco a poco se van arreglando.

Escuelas de 1968 con la casa del maestro en la esquina del fondo.

En la foto se ve el Ayuntamiento, y a la izquierda el Centro de Salud.

Panorámica de La Flecha, con una colorida escultura de Gabarrón.

En la izquierda de la imágen, Cotarra o Cotarrona de la Horca.  Documentado está la existencia de una horca en este lugar en el siglo XV. En primer plano la plaza que con “Holas” en todos los idiomas, creada por Ángel Marcos.

Escultura del vaquero (de Gonzalo Coello),  en pleno Arroyo de la Encomienda, sirve de testimonio de la importante industria ganadera y lechera que hubo en este lugar: la granja de los Ibáñez, de la que dependía la mayoría de la población.

En Arroyo hubo unos 200 jornaleros, que habitaban algunas casas (muy interesantes) que aún se conservan (del siglo XIX).

Iglesia de San Juan Evangelista, del siglo XII. Es una verdadera joya del románico en Valladolid.

La espadaña de la iglesia antes estaba en el centro del edificio, pero se derribó debido a que el peso amenazaba el hundimiento de la misma. Antigua ilustración de Parcerisa.

Junto a la iglesia, una nueva escultura de Coello mostrando al campanero. La campana es original y la regaló al pueblo el conde de Guaquí en 1876. El conde fue propietario de buena parte del término de Arroyo.

Presidiendo la plaza de la Tablonada, el hotel Los jardines de la Abadía. Es una construcción reciente que inspira un aspecto histórico.

Bodega, bajo la plaza de la Tablonada, de la que no está muy clara su propiedad original. Pero desde luego ha servido, recientemente, de bodega comunitaria y durante la Guerra Civil de refugio antiaéreo. En la imágenes, la entrada que nos muestra Andrés,  el presidente de la Asociación Descubriendo Arroyo; e interior de la misma.

Los valores históricos y patrimoniales de Arroyo de la Encomienda se complementan con la vega y orilla del Pisuerga, pero ese paseo para otra ocasión.

POLICÍA MUNICIPAL, HISTORIA Y MUSEO

Podemos hablar del año 1826 como el de la creación del primer cuerpo de vigilantes que es el antecedente de lo que  ahora conocemos como Policía Municipal. Aquel  grupo se conocía como la Partida de la Capa, por la prenda con que se protegían de las inclemencias del tiempo.

Hasta entonces, y a lo largo del tiempo,  varias habían sido las instituciones que se dedicaron a la vigilancia y protección de bienes y personas. La Santa Hermandad, los alguaciles, los fieles de abastos, los vigilantes de campo, etc. han ido sucediéndose en la historia hasta que se fueron constituyendo los cuerpos de policía que existen en la actualidad, entre los que los policías municipales se han especializado en las tareas de vigilancia, que se concreta en tareas como proteger a las autoridades de la Corporación Local, hacer cumplir las ordenanzas, regular el tráfico, prestar auxilio en casos de accidentes, vigilar los espacios públicos, etc. etc.

Mas, sin perdernos en un pretérito demasiado lejano, de toda la historia relativa a los oficios de vigilancia urbana, las generaciones presentes han conocido a los serenos: los encargados de vigilar las calles por la noche; los vigilantes de parques y jardines;  y los consumeros: los dedicados a cobrar los impuestos sobre mercancías que se traían a vender a la ciudad, y se apostaban en sus entradas junto a una pequeña construcción llamada fielato.

El cuerpo de serenos (también llamados celadores nocturnos), que en los días más crudos del invierno estaban exentos de cantar las medias horas, estuvo en servicio hasta el año 1974, en el que extinguieron  por orden del Ministerio de la Gobernación (MUSAP).

Aquellos entrañables serenos, armados con un chuzo,  daban las horas y las medias, así como socorrían a quien hubiera olvidado las llaves del portal. El acuerdo de su creación en Valladolid se remonta al año 1820, aunque no comenzaron a prestar servicio efectivo sino catorce años más tarde.

Imagen de los vigilantes del Campo Grande.

Como ya se ha dicho, el germen  de la actual Policía Municipal es la llamada Partida de la Capa, que comenzó a pasear por las calles de Valladolid en enero de 1826 y estaba formado por algo más de una quincena de personas procedentes del estamento militar.

Posteriormente, en 1835,  se crea el Cuerpo de Celadores de Policía Urbana, que a su vez  fue sustituido por una nueva estructura de vigilancia: la Guardia Municipal. Se creó  en 1856 pero  tendría que esperar al 58 para comenzar a ejercer.

Casi cien años pervivió esa denominación, pues en 1952 un Reglamento estatal  unifica el funcionamiento de los guardas municipales de todas las poblaciones, y entre otras cosas ordena que el cuerpo encargado de la vigilancia de las ciudades pase a llamarse Policía Municipal, a la que se le asigna, entre otras cosas, la “Vigilancia y ordenación del tráfico”.

En ocasiones, los efectivos de policía se nutrieron de soldados procedentes de las guerras de África y posteriormente de la Guerra Civil.

Puesto de Policía Municipal para regular el tráfico en la calle María de Molina (MUSAP).

En el año 1957 se instaló el primer semáforo en Valladolid. Solo tenía dos colores: rojo y verde. Se puso en la esquina de la calle Regalado con Duque de la Victoria.

Pues bien, todo este brevísimo recorrido histórico que abarca 193 años, se puede ver amenamente organizado en el Museo de la Policía Municipal de Valladolid.

El museo (MUSAP), que  ocupa parte de las dependencias del edificio de la Policía Municipal de la avenida de Burgos, es de modestas proporciones pero no le resta ningún mérito en cuanto a la calidad  que se aprecia a lo largo de su recorrido. Fue montado por varios policías municipales de forma voluntaria, que recogieron cuantos documentos, fotografías, indumentaria, armas y objetos pudieron encontrar. El resultado es una didáctica exposición que merece ser visitada. A través de la Oficina de Turismo del Campo Grande, el acceso al público a este museo se lleva a cabo las tardes de los viernes.

Todas las fotografías que se publican a continuación están tomadas en el Museo.

Acceso al Museo de la Policía Municipal. En la imagen aparece el agente Julio César Gómez, que ejerce, junto a otros policías, de guía del Museo.

Simulación de antiguas dependencias de la Policía Municipal. En este siglo XX, la policía ocupaba parte de los bajos de la Casa Consistorial, hasta que en 1982 se instalaron en la calle Puente Colgante para, finalmente,  ocupar las actuales dependencias en la avenida de Burgos.

La Guardia Urbana de Valladolid en 1895. Era norma el que se dejaran el bigote. La foto está realizada en las dependencias de Viejo Coso.

Reglamento de los Celadores, 1848.

Guardias Municipales en 1915. La foto está tomada en el tejado de la Casa Consistorial.

Primeros agentes de circulación: 1933.

Las primeras mujeres policías accedieron al cuerpo en 1972. Valladolid, junto a Córdoba y Madrid fue pionera en esta incorporación femenina. En el contrato de trabajo figuraba una cláusula por la que se comprometían a no casarse, perdiendo el empleo en caso de incumplimiento. Pocos años después, aquella cláusula fue eliminada a raíz de que una policía de otra localidad ganara en los tribunales el derecho a casarse, una vez despedida. En la imagen, cuatro de las primeras policías en la Casa Consistorial. Hasta 1982 no accedieron a la sección de motoristas. Por cierto, Valladolid también fue pionera al ser la primera capital de provincia en poner al frente de la Policía Municipal a una mujer, pues en 2014 Julia González fue nombrada superintendente, el puesto máximo de mando.

El  primer uniforme  de la policía femenina incorporaba una falda por encima de la rodilla, que enseguida se cambió por otro cuya falda fuera más larga.

Policía Municipal vestida de gala en un desfile de carrozas escoltando a la reina y damas de las Ferias de Valladolid en la década de 1960.

Uniforme de los Celadores Urbanos, de 1835.

En 1918 se creó la sección de bicis, que sustituyeron a los caballos,  y en 1957 la de motos. No obstante, en 2012 de nuevo se puso en servicio una patrulla equina, que se eliminó en 2015. También hubo una sección canina, que en la actualidad la desarrolla la Policía Nacional. En la izquierda de la imagen se puede ver una foto de uno de los primitivos policías de a caballo.

Vista general de una de las salas.

Uniforme de la banda de música que en su día tenía la policía, y el de fuerza de intervención, que se eliminó a los pocos meses por considerarse de apariencia un tanto represora.

Entre los más diversos objetos, se muestran armas largas y cortas, bien usadas por la propia policía o procedentes de decomisos.

El museo muestras enseñas, documentos y diversos objetos de policías del mundo, como, por ejemplo, una estantería con gorros y viseras.

Retrato de D. Prudencio de Gualdafajara Aguilera, Duque de Castroterreño y Capitán General de Castilla la Vieja. Creó la llamada Partida de la Capa, que empezó a ejercer en 1826. Imagen tomada del libro “Policía Municipal de Valladolid, 185 años de historia”. Aquel primer cuerpo contó con 16 hombres, hoy la Policía Municipal la componen unas 440 personas.

NOTA: La información que aquí se relata está tomada del Archivo Municipal, El Norte de Castilla, el libro “Policía Municipal de Valladolid, 185 años de Historia” (varios autores, cinco de ellos, policías municipales en ejercicio), y el propio Museo de la Policía Municipal.

VALLADOLID DE CINE: LA COQUITO

Valladolid, ciudad conocida en España por su vinculación al cine, especialmente por la SEMINCI y su Cátedra de Cine de la Universidad de Valladolid,  sin embargo, de entre todas las ciudades y provincias  de Castilla y León, no es en la que más películas se hayan rodado en todo o en parte.

Según escribió en su día en El Norte de Castilla el periodista Antonio Corbillón, podemos hablar de unas 60 películas de largometraje (otra cosa son los cortos que tan de moda se han puesto en los últimos tiempos). Segovia, Ávila, Burgos y Salamanca superan considerablemente a Valladolid en el número de largometrajes.

XVII edición (año 1972) de la actual SEMINCI, cuando aún se conocía como de “valores religiosos y humanos”, y se celebraba en el mes de abril.  Fotografía del Archivo Municipal de Valladolid (AMVA).

Eso sí, hemos tenido entre ilustres directores y actores, a Orson Welles –Mr. Arkadin– y a Charlton Heston y Raf Vallone galopando por Torrelobatón durante el rodaje de El Cid (Sofía Lóren no estuvo en estas tomas). Y eso sin olvidarnos de la mítica “Doctor Zhivago”, con Omar Sharif y Julie Christie parados en una estación de ferrocarril en medio de la Estepa Rusa que era, ni más ni menos, que nuestra entrañable Estación del Norte.

Juan Antonio Bardem (izquierda) paseando por Valladolid con Vicente Escudero (derecha) en marzo de 1965. Fotografía de Filadelfo (AMVA).

Pero algo parece que apunta en otra dirección: si hasta ahora ha sido Hollywood el que en ocasiones se instalaba en Valladolid, Bollywood  y alguna potente cadena televisiva han recalado en nuestras plazas y pueblos no hace mucho para rodar un musical, en el caso de la industria cinematográfica india;  y una serie  (Magi) sobre un viaje a España de cuatro niños japoneses en el siglo XVI. Así,  la plaza Mayor de Valladolid, el Palacio de Santa Cruz, el Patio Herreriano, el convento de Santa Isabel,  y los municipios de Tiedra  y Urueña, han visto las andanzas de bailarines de la India y de principescas carrozas de los tiempos de Felipe II.

Esto nos lleva a saber que han sido varios los escenarios de la capital vallisoletana que se han asomado a la gran pantalla,  entre los que figuran el Puente Mayor, el Museo Patio Herreriano, la Plaza Zorrilla, etc. 

De entre todos, acaso el que más veces se ha utilizado ha sido el Museo de Escultura: Una muchacha de Valladolid, el citado Mister Arkadin, Fuego en Castilla (del singular director Val del Omar) así como diversos documentales de cierta importancia, como Y la madera se hizo carne, han llevado a la pantalla la fachada, claustro y algunas salas del Museo.

El Diario Regional y El Norte de Castilla se hicieron amplio eco de la presencia de Orson Welles en Valladolid. La imagen está tomada del libro La controversia de Valladolid, de Clemente de Pablos Miguel.

El Pasaje Gutiérrez (uno de los más bellos pasajes al estilo europeo que se conocen) ha aparecido en Memorias de Leticia Valle, Soldados de plomo e Íntimos  y extraños.

Y la Estación del Norte pone fondo a Hola ¿estás sola?, Todo menos la chica y la citada Doctor Zhivago.

La Plaza Mayor y el Café del Norte decoraron Un buen día lo tiene cualquiera, Monseñor Quijote y Soldados de plomo.

Los talleres del Norte aparecieron en la que se considera primera película rodada íntegramente en Valladolid: Salida de los obreros de los talleres del ferrocarril del Norte a la hora de comer, rodada en 1904 por los hermanos Pradera, que regentaban el añorado cine Pradera en el Campo Grande.

En cuanto a la provincia,  en Torrelobatón  durante tres días del año 1961 hubo un despliegue impresionante de actores y extras: las crónicas de la época hablan de 600 figurantes, más de la mitad, gente del pueblo: por aquel paraje cabalgó El Cid. Además, en el castillo hay una sala  dedicada a recordar este rodaje en el que se exhiben carteleras que anunciaron la película en numerosos idiomas, pues se exhibió en medio mundo.

El Cid, 1961, escenas rodadas en Torrelobatón. Fotografía de Filadelfo ( AMVA).

En Teresa de Jesús (con Aurora Bautista como protagonista) aparece Medina del Campo; en Tordesillas se rodaron escenas de  Locura de Amor y El Lazarillo de Tormes;  Laguna de Duero  en Mamá es boba, y Villavaquerín con la adaptación de Las Ratas, novela de Miguel Delibes, son, entre otros municipios como Wamba, Peñafiel o Fuensaldaña, lugares que  han tenido su minuto de gloria en la gran pantalla.

Fotograma de Locura de Amor (1948) de Juan de Orduña,  algunas de cuyas escenas se rodaron en Tordesillas.

Añadamos a este somero repaso sobre rodajes de películas en Valladolid, que el director vallisoletano Iván Sáinz-Pardo convirtió el Campo Grande en una selva amazónica para rodar El último viaje del Almirante (Colón) que se proyectó en la SEMINCI. Y Arturo Dueñas tuvo como protagonista destacado el paisaje de Valladolid en su extenso documental sobre el pintor Cuadrado Lomas: Tierras construidas.

Contado todo esto, que ha sido publicado en diversos medios, vamos a detenernos en un film que apenas ha sido citado entre las películas que muestran escenas de algún enclave vallisoletano. Me refiero a La Coquito. Se trata de una película dirigida por  Pedro Masó  en 1977 (en Valladolid se estrenó en enero de 1978).  En ella hay una larga escena rodada en el Teatro Calderón,  en la que la protagonista -Iliana Ross- mostraba sus encantos interpretando a la cupletista Coquito. Iliana era una jovencísima y espectacular actriz de 17 años procedente de San Juan de Puerto Rico, cuyo nombre real  es Ileana Martínez del Valle y acabó casándose con el director de la película, con quien vivió 23 años y de cuyo matrimonio nacieron tres hijos.

Cartel promocional de la película La Coquito.

La escena en el Calderón en realidad quería pasar como si fuera el Teatro Romea de Barcelona, que es donde se supone que se desarrollaba la trama. 

El film también incluye otros escenarios vallisoletanos: el interior del Círculo de Recreo y un duelo a pistola en el Cementerio del Carmen: dos de los varios hombres con los que La Coquito tuvo relaciones, previo pago de ciertas cantidades de dinero a su madre, se retaron y la cosa acabó con padrinos y duelo a sangre, es decir que no era necesario llegar a la muerte, bastaba con que uno hiriera a otro.

Parece, pero no he podido confirmarlo, que también se hizo  alguna  toma en el Teatro Lope de Vega.

Carátula de La Coquito, cuando se  editó para ser distribuida en DVD.

El film estaba basado en una novela de Joaquín Belda (una historia sobre La Chelito –famosa vedette en su tiempo-). Pero la familia de la artista no permitió que Pedro Masó utilizara el nombre real, por lo que optó por desarrollar una historia similar pero con un nombre fingido. Como anécdota podemos decir que la primera persona en que pensó Masó fue en la entonces también joven Isabel Pantoja. La Coquitocuando cantaba en realidad lo hacía en playbak (magistral, por cierto) pues la verdadera voz la puso la cantante onubense Blanca Villa.

Ambientada en los años 20, cuando La Coquito, acompañada de su madre, la actriz Amparo Rivelles, llega a España procedente de su tierra natal, Cuba, en España había una dura pugna entre Eduardo Dato y Largo Caballero: una escena recrea una manifestación de obreros protestando por la subida del precio del pan.

Ileana solo rodó dos películas en toda su vida, pues Pedro, muy celoso, no quiso que se convirtiera en una sexy boom en aquella España del destape, y eso que incluso le propusieron el papel de una “chico Bond”.  En 1981 rodó su segunda y última película –fallida, la verdad- titulada Puente aéreo

En el film, acaso el rostro más conocido que aparece, aparte de Amparo Rivelles, sea el de Juanito  Navarro.

Otras localizaciones de esta película fueron Palencia, Cuenca, Palma de Mallorca y San Juan de Puerto Rico.

Reportaje del Diario Regional en julio de 1977.

La prensa local se hizo un eco desigual del rodaje de aquellas memorables escenas del Calderón. Mientras El Norte de Castilla se despachó el 12 de julio de 1977 con un escueto: “Se rueda una película en el Teatro Calderón con extras vallisoletanos”, El Diario Regional  publicó un amplio reportaje con varias fotografías.

Parte de la cartelería de los cines de Valladolid en el mes de enero de 1978, cuando se estrenó La Coquito.

NOTA: para documentar este reportaje, entre otras publicaciones, he utilizado la hemeroteca de El Norte de Castilla,  Diario Regional y libertaddigital.com ; “Cine en Castilla y León (1910-2010)”, de Ismael Shahín y Alberto Palacios; “Castilla y León en el Cine”, de Fernando González García; el trabajo fin de master (TFM), “Escenarios de películas. Creación de una ruta cinematográfica en la ciudad de Valladolid”, de Irene González Agüera; “Cines de Valladolid”, de Daniel Villalobos, Sara Pérez e Iván Rincón; “El cinematógrafo (1896-1919)”, de Luis Martín Arias y Pedro Sáinz Guerra; y el asesoramiento del experto cinematográfico Alfonso Jesús Población.

ESCRITO EN EL SUELO

El urbanismo y las modas van dejando numerosas huellas en la ciudad: esculturas, rotulación del nombre de las calles,  lápidas conmemorativas o explicativas en las fachadas, fechas y placas en los portales… y  hasta en el suelo se pueden ver huellas que visibilizan lo que algún día hubo allí o  lo que se oculta a nuestros ojos en el subsuelo.

Valladolid, sobre todo en las últimas décadas en las que hay mayor sensibilidad por la historia y el patrimonio de la ciudad, han sido unos cuantos los lugares en los que se han “dibujado” en el suelo detalles mediante colores y materiales que ofrecen a la ciudadanía una especie de relato que ayudan a entender lo que en realidad no está visible. Es una forma de ir dejando constancia viva y en lo posible respetuosa de la vieja ciudad sobre la que se va construyendo la actual.

Con estas premisas propongo recorrer unos cuantos de estos lugares.

Lo que más abunda por centro de Valladolid son placas de bronce fijadas al suelo que dan noticia de edificios pretéritos, calles antiguas y relatos de la Esgueva. Si recorremos con detenimiento los soportales de la plaza Mayor serán unas cuantas las que nos encontraremos, así que como ejemplo traemos a colación la que está en la misma puerta de la Casa Consistorial, que da cuenta del edificio que se construyó en 1570 hasta su derribo en 1879 debido a su estado ruinoso. El actual edificio se inauguró en 1908.

En 1885 se remodeló la fachada de la Iglesia de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que acoge una cofradía penitencial fundada en 1596, peor que hasta 1676 no dispuso del templo que ahora se erige en la calle Jesús. Tras una reciente remodelación de la calle, en el pavimento se ha dejado constancia de donde estaba la fachada inicial del siglo XVII (una especie de triángulo isósceles). Aquella fachada se retranqueó en el año 1885 pues, si nos fijamos, veremos que de haberse mantenido, su esquina quedaría completamente pegada al nuevo Ayuntamiento. No obstante en realidad se retranqueó porque se quería dejar paso hasta el recientemente construido mercado de la plaza del Val (1882), que por aquel entonces se consideró una modernización de la ciudad.

Si nos vamos a la calle Sandoval, en un costado del mercado del Val, se ha adoquinado el suelo haciendo un juego con formas y colores distintos para dejar constancia que por este lugar discurría el ramal norte de la Esgueva en dirección hacia San Benito y su desembocadura en el Pisuerga. Al principio de la calle Sandoval, en la parte de la plaza del Val, una placa en el suelo deja constancia de este discurrir de la Esgueva y del “cariño” que tan vallisoletano río le profesaba el gran Francisco de Quevedo.

En un lateral del antiguo convento de San Benito, actuales dependencias municipales, mirando hacia la plaza del Poniente se ha hecho una especie de turrón del duro y se ha indicado en el pavimento el perfil el alcázar real sobre el que posteriormente se construyó el convento. Debajo de este “montaje” sí se conservan restos auténticos de la antigua fortaleza, tal como se refleja en la fotografía.

Delante de la fachada de Archivo Municipal de Valladolid, antigua iglesia y convento de San Agustín, en la calle Santo Domingo de Guzmán, un pequeño resalte de piedra pareciera que hubiera quedado olvidado cuando en 2003 terminaron la inmensa obra de rehabilitación que llevaron a cabo los arquitectos Gabriel Gallegos y Primitivo González. Pero, desde luego, este pequeño resto histórico no es más que un giño de lo que encierra tanto el edificio como el Parque Arqueológico de está en el costado del Archivo. El Parque pone al descubierto no solo restos de convento de San Agustín, sino restos del antiguo barrio de Reoyo. Un barrio con importantes connotaciones en la historia de Valladolid, pues viene de uno de los dos linajes que durante siglos se repartieron la administración y prebendas de la villa. El otro linaje era el de los Tovar. En el Parque se aprecia una noria, un silo y restos de una pequeña iglesia quizá anterior a la de San Agustín; y restos de algunas capillas de San Agustín.

Volvemos a la Esgueva en la calle de Miguel Íscar. Una vez que se cubrió el cauce en el siglo XIX lo cierto es que en ciertos puntos de la calle con frecuencia se producían hundimientos de la calzada, hasta que en 2006 se acometió una obra de envergadura  para solucionar este recurrente problema de una vez por todas. Según los planos de los que disponen, que datan de 1860 es la mayor bóveda que cubría el río. Aprovechando la urbanización de la calle, mediante baldosas rojas y negras se ha “dibujado” en el suelo la dirección que seguía el río. Se puede comenzar su recorrido desde la plaza de España por la acera de los pares y cruzar a la de los impares. En las imágenes pueden verse estas marcas frente a la Casa Museo de Cervantes y las obras que se acometieron en 2006 (foto publicada en El Día de Valladolid).

Ya que estamos en la calle Miguel Íscar nos acercamos hasta el paseo de Coches del Campo Grande y a la altura de los edificios acristalados, una decena de pequeñas placas de acero nos informan de que en este lugar estaba uno de los principales cementerios judíos. Cuando en 2002 se remodeló el paseo central de Campo Grande se localizaron restos óseo repartidos por 78 enterramientos. Pero los arqueólogos calcularon que se traba de un cementerio que bien  podría haber albergado  un millar de cuerpos. Un sencillo texto del poeta granadino del siglo XII, Mosheh Ibn Ezra, rotulado en una de las placas sirve para honrar la memoria de aquellos vecinos judíos que, hasta la intolerancia religiosa del siglo XV convivieron, en Valladolid, con moros y cristianos: “Son tumbas viejas, de tiempos antiguos/en los que unos hombres duermen el sueño eterno/No hay en su interior ni odio ni envidia/ni tampoco amor o enemistad de vecinos/Al verlas mi mente no es capaz/de distinguir entre esclavos y señores”.

Tanto los judíos  como los musulmanes tenían que enterrarse fuera de las murallas. Por eso en este punto estaba este enterramiento, y en la Casa del Estudiante de la calle Real de Burgos, estaba el cementerio musulmán.

Pues nos vamos al final de calle Santiago, allí donde estaba la puerta del Campo. Una placa deja constancia de aquella puerta, que marcaba los límites de la cerca de la ciudad. Por debajo del asfalto pasaba el cauce de la Esgueva que venía por la actual calle Miguel Íscar, como antes hemos visto. En este punto el cubrimiento del río dejó una formidable construcción que tal vez algún día se haga visitable para el público en general.

Ya son antiguas las marcas que la traía de Argales y de las Marinas de la calle Teresa Gil –a la altura de los números 10 y 20 de la calle-  (en realidad se trata de un grupo de manaderos cercanos uno del otro) del  siglo XVI. Trozos de estas conducciones (sifones, tuberías, etc.) se conservan en San Benito y el jardín del Museo de Valladolid.

Nos dirigimos a la Bajada de la Libertad y a la altura de los números 15-17 en el pavimento se deja constancia de otro de los ramales de la Esgueva. Y en la foto (tomada del libro Valladolid y el río Esgueva. Una historia de encuentros y desencuentros) se puede ver que hay debajo del edificio recién construido y sirve de ejemplo de numerosos restos de la canalización del río y de sus puentes históricos que hay en unos cuantos edificios y calles de la ciudad.

Continúa la Bajada de la Libertad por la calle Angustias. En ella, a raíz de un paño de piedra que apareció tras unas obras en el interior de un edificio, ha pasado considerarse parte de la muralla. En cualquier caso, en el suelo se ha marcado con loseta de distinto color la ubicación de algunas puertas de acceso, en esta parte conocida como el Bao. En la imagen una placa adherida al paño de piedra. Esta placa advierte de que la muralla debió levantarse en el siglo XII y que en el XV perdió su función, por lo que parte de sus piedras sirvieron de cimentación para otras construcciones. Y que bajo la cota de la calle se hallan restos auténticos de la fortificación.

Parece que cuando el repoblador Ansúrez llegó a la aldea vallisoletana ya estaba construida la iglesia de san Pelayo, que un siglo más tarde cambió su advocación por la de san Miguel, que fue patrón de la ciudad hasta el siglo XVIII. Aquel templo estaba en la actual plaza de San Miguel. Precisamente en ese siglo se decidió derribar el templo dado su ruinoso estado. La última reforma que se hizo de la plaza, decidió dejar un pequeño testimonio de aquella primitiva iglesia en forma de unas losetas que indican donde aún hay restos arqueológicos. Algunos elementos arqueológicos de la iglesia se depositaron en el Museo de Valladolid junto a un panel informativo. Estos restos, lápidas en general, se encuentran en el acceso al jardín del Museo.

Las recientes obras de ampliación del Hospital Clínico dejaron al descubierto restos de edificaciones religiosas de cuya existencia ya había constancia. De estos restos se ha dejado huella evocadora mediante dibujos sobre el asfalto perfectamente visibles en la zona de acceso a Urgencias.

Y nos vamos a despedir con una huella simpática que no tiene que ver con ningún acontecimiento histórico o urbanístico de enjundia, pero que rebosa la evocación de un Valladolid antiguo. Hay en la calle dibujada una serpiente que es en realidad la plasmación del nombre de la calle: Sierpes, cuyo nombre viene de lo sinuoso de su trazado, que en realidad ha quedado reducido a solo un tramo de la vieja calle que era notoriamente más larga. Delfín Val, cronista de Valladolid, escribió en la Revista de Folklore de la Fundación Joaquín Díaz un texto titulado “Dos muertes en la calle Sierpes”. Una, ocurrida en 1750,  habla de un hombre que murió a manos de un soldado que previamente había sido increpado por la esposa del asesinado por orinar en la calle. La otra, la relataremos prácticamente en su totalidad: “A principios de siglo se cantaba por las calles y mercados de Valladolid una coplilla que decía “En la calle de la Sierpe mataron a Pepinillo por hacer burlo a los guardias y enseñarles el culillo”. El guardia que disparó contra el despantalonado Pepinillo pertenecía a un piquete antidisturbios que había tratado, sin resultado, de aplacar  los ánimos airados de un grupo de mujeres, que se manifestaban por las calles de Valladolid porque les habían subido el precio del pan en unos céntimos. Aquellas mujeres, que debían ser de armas tomar, apedreaban a los guardias con tan desatada furia, que éstos tuvieron que refugiarse en la estrecha calle de la Sierpe. Fue entonces cuando el randa de Pepinillo tiró de pantalón y lanzó por la boca la imitación de una ventosidad dedicada a la autoridad. Un disparo dio con el pícaro en tierra y solo su sangre logró dispersar la manifestación, olvidándola, para atenderle a él…”

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NOTA: El libro Valladolid y el río Esgueva, editado por el Ayuntamiento de Valladolid, está coordinado por Jesús Misiego y José Ignacio Díaz-Caneja.

LOS MARQUESES DE VALVERDE DE LA SIERRA

Valladolid, a pesar del destrozo de los años 70 del siglo pasado, aún conserva diversos palacios, más conservados unos, más transformados otros. Es el caso que entre ellos está el palacio de los marqueses de Valverde. Sito en la calle San Ignacio frente a la iglesia de San Miguel y San Julián, y haciendo esquina con la plaza de Fabio Nelli, donde se alza el impresionante palacio de aquel importante banquero vallisoletano.

Si añadimos que se halla en las proximidades del convento de la Concepción, hablamos de que nos encontramos en uno de los enclaves más interesantes de Valladolid, tanto por arquitectura como por historia. Además,  no muy lejos están  la Plaza del Viejo Coso, del siglo XIX, y la casa del Marqués de Castrofuerte.

En definitiva, por la época en que algunas de estas construcciones se fueron levantando, estamos en el epicentro del Renacimiento del Valladolid cortesano.

La casa de los Marqueses de Valverde, que data de los primeros años del siglo XVI y que ha conocido diversas reformas en el XVIII y en el XX,  no es el palacio mejor conservado de Valladolid, aunque es perfectamente reconocible su traza, que mantiene todavía el aire del renacimiento italiano (especialmente en su esquina con la calle Expósitos) y, en todo caso, una bonita fachada.

Hay que advertir que el marquesado de Valverde es, en realidad de Valverde de la Sierra, que nada tiene que ver con otro título nobiliario que también responde a Valverde: un título creado en el siglo XVII por Felipe IV que está unido al ducado  de  Medina Sidonia.

No, el marquesado de Valverde de la Sierra se remonta a 1678, cuando Carlos II concedió este título a Fernando de Tovar y Enríquez de Castilla Cañas y Silva, a la sazón entre otros títulos, caballero de la Orden de Calatrava y señor de la Tierra de la Reina, que es donde está enclavado Valverde de la Sierra: un bonito pueblecito a los pies del pico Espiguete, todo una referencia de la Montaña Palentina. Desde principios del siglo XXI el título lo ostenta Irene Vázquez, residente en Cataluña y profesora de Formación Profesional.

El edificio palaciego fue levantado por el Oidor de la Chancillería Juan de Figueroa, que junto con su esposa María Núñez de Toledo, fundaron el cercano convento de la Concepción en 1521. Terminó perteneciendo a don Fernando de Tovar Enríquez de Castilla, señor de Tierra de la Reina,  y marqués de Valverde  a raíz de la creación de marquesado, como se ha dicho, por Carlos II.

La fachada tiene grabada la fecha de 1763, probablemente debida a obras o haber sido reconstruida en dicho año en algunas de sus partes. Juan Agapito y Revilla nos habla de la azarosa vida de este palacio que arrastra una curiosa leyenda que incluso se ha trasladado a la literatura, y sobre la que más adelante volveremos. En julio de 1736 el palacio padeció incendio. En este mismo palacio residieron los Agustinos Filipinos antes de ocupar el convento que ahora ocupan en la calle Filipinos. Más tarde estuvo ocupado por los Padres Carmelitas, hasta que, finalmente se convirtió en un edificio de bajos y viviendas de alquiler.

El almohadillado que hay en la puerta y otros detalles de la fachada siguen los gustos de la arquitectura florentina. Y también llama la atención la hilera de ventanas superiores en la  que se suceden formas redondas y formas cuadradas.

La esquina  es de dos ventanas superpuestas  con un pilar almohadillado que al parecer se mantiene desde el siglo XVI.

Escudos  de la familia Figueroa (cinco hojas de higuera), y Tovar (banda engolada).

Esquina coronada por dos figuras femeninas alojadas en sendos óculos flanqueando el escudo de los Tovar.

Patio del palacio que sirve para hacernos una idea de cómo era, dado que este no es el original ni las columnas que lo adornan.

Los Tovar, que como hemos recibieron el marquesado,  fueron una importante familia  que, por ejemplo, dejaron una fortificación en  Boca de Huérgano, en la zona de Tierra de la Reina, de la que se conserva la llamada torre de los Tovar, un torreón medieval de finales de la Edad Media. La imagen está tomada de Diario de Valderrueda.

Los marqueses de Valverde, entre otras rentas que obtenían de sus propiedades de Valladolid tales como casas, riberas y molinos,  disponían de unos ingresos extra con el comercio de la nieve. Tenían un contrato con el municipio de Valladolid (estamos hablando del entorno del siglo  XVIII) por el cual cuando en los pozos de nieve de la ciudad comenzaba a escasear el hielo que se había empozado procedente de las charcas de la Esgueva y otros lugares durante el invierno, los marqueses (que en realidad vivían en Madrid), previo aviso del Ayuntamiento, mandaban que los arrieros de Valverde de la Sierra, trajeran hielo procedente de los neveros perpetuos del pico Espigüete, que se alza sobre el pueblo. Aquel trasiego es una de las señas de identidad de ese y otros municipios del entorno, que vivían de él una vez que se terminaban las faenas agrícolas.

Y decíamos que la Casa cuenta con una leyenda relacionada con las infidelidades de la marquesa, que, al parecer tienen su plasmación en las dos figuras (hombre y mujer) que flanquean la ventana principal del palacio que da a la calle San Ignacio.  Al parecer, la marquesa  fue infiel a su esposo con uno de los criados de la casa. Se trataba, como no podía ser de otra forma, de un joven atractivo. Se cruzaban besos  al principio y pronto comenzaron los encuentros furtivos. Según versiones de la leyenda comenzaron a planificar su huida. Pero en esas estaban cuando fueron descubiertos por el marqués, que denunció la infidelidad de su esposa que, a la sazón, por aquellas épocas (no tan lejanas) era delito. Aquello abrió un proceso penal que terminó en la condena de marquesa y criado.

El marqués mandó labrar en la fachada la imagen de su infiel esposa y su desleal criado para que sirviera de escarnio público de ambos.

Esta leyenda fue recogida por Ramón de Campoamor  en “Drama universal”, que en su escena XXXV titulada Los marqueses de Valverde, de esta forma la comenzó: «Se alzó en Valladolid un edificio, / de Fabio Nelli en la plazuela un día, /y desnudo, en el ancho frontispicio, /el cuerpo de la dueña se veía. /Creyó, haciendo la impúdica escultura, /este Marqués celoso y delirante, /vil castigar la vil desenvoltura /de esa adultera esposa y del amante / Ciego, al llenar a su mujer de lodo, / no ve el Marqués que su deshonra sella / publicando el imbécil de este modo / la infamia de él y la vergüenza de ella”.

ALGUNA DE LA BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA: “Guía de Arquitectura de Valladolid” (coord. J.C. Arnuncio);  “Las calles de Valladolid” (J. Agapito y Revilla);  “Arquitectura y Nobleza” ( Jesús Urrea); “Guía Misteriosa de Valladolid” (Javier Burrieza); y “Pozos de nieve y abastecimiento de hielo en la provincial de Valladolid” (Jesús Anta).

UN RECORRIDO POR EL VALLE DEL CUCO

El Valle del Cuco es uno de los rincones más interesantes de la Provincia de Valladolid que limita con Burgos. Formado por seis términos municipales, su nombre se lo da el arroyo del Cuco, que nace en San Llorente y  rinde sus aguas al Duero en Bocos. Desde el Duero,  el valle va subiendo hasta el páramo que separa este río del Valle Esgueva.

Sus municipios se remontan a los últimos años de la Alta Edad Media, cuando los reinos cristianos consiguieron dominar el territorio al norte del Duero y comenzaron a repoblar estas tierras. No obstante, hay evidencias de algún asentamiento de la Edad del Bronce en el término de Bocos de Duero, lo que habla de la benignidad de estas tierras, con abundante agua y con algunos altos, como el monte Gurugú, que proporcionaban adecuadas condiciones para asentamientos humanos bien aprovisionados y defendidos.

El valle lo forman los municipios de Curiel, Bocos, Corrales, Valdearcos, San Llorente y Roturas.

Pueblos pequeños pero no exentos de antigua historia y comunicaciones que, como hemos dicho, se remontan a la Edad Media: por aquí pasa el camino Real de Burgos, en realidad una cañada.

La carretera que vamos a recorrer ensarta cinco de los seis municipios del valle: a Roturas habría que ir por Pesquera de Duero, aunque podríamos acercarnos desde San Llorente pero por un camino de concentración de 6 km.

El recorrido nos permitirá disfrutar de historia, patrimonio, curiosidades y paisajes.

La “puerta” de entrada al valle está en Curiel y su principal recorrido termina en  San Llorente, que es el itinerario que vamos a llevar en esta ocasión. En este mismo blog hay diversas entradas relacionadas con el valle que se detienen en recorridos pormenorizados por Curiel, Roturas, el pico Gurugú y las fuentes, que son una de las señas de identidad de este espléndido territorio vallisoletano.

Rollo jurisdiccional de Curiel en primer término y al fondo, el teso donde estuvo su castillo, del que se conservan algunos cimientos. En moderna construcción se ha levantado una posada Real. Este castillo, frente al de Peñafiel, eran dos verdaderos guardianes del paso del valle del Duero… Y en la carretera,  un vehículo de museo.

Arco de la puerta de la Magdalena, del siglo XIII da testimonio de las cuatro puertas que tuvo la muralla de Curiel.

Llegando a Bocos, al fondo se ve el pico Gurugú, al que se puede subir para ver una panorámica del valle del Duero. Alguna de las antañonas casas del pueblo y el viejo molino.

En Corrales han puesto la fuente del siglo XIX al pie de la iglesia: antes estaba en la pobeda (chopera) de la parte baja del municipio.  Algunas fachadas lucen recuerdos de habitantes que llegaron a centenarios.

De Corrales parten varias sendas que conducen a las fuentes del valle, por si queremos darnos un paseo a pie.

Antes de llegar a Valdearcos de la Vega, todavía en el término municipal de Corrales, hay uno de los árboles singulares  de la provincia de Valladolid. Se trata de la “encina de la Tía Pilar” (que es como se la conoce en la zona), aunque en algún catálogo de arboles singulares se la cita como de la “tía Isabel”.

Valdearcos de la Vega: ermita de la entrada y rollo jurisdiccional en la plaza. En Valdearcos también hay alguna placa de recuerda a vecinos de centenaria edad, lo que acaso demuestre una peculiaridad de la población del valle del Cuco, que es la longevidad de sus habitantes.

Panorámica de San Llorente, torre del Ayuntamiento (en la plaza Socarrena),  y un colmenar tradicional a las afueras del pueblo.

Al final de la calle Hospital, en San Llorente, pasada la Plaza Mayor, hay un amplio balcón que se asoma al valle, y por debajo de esta zona están las bodegas, como tienen todos los municipios del valle.

En el páramo del término de San Llorente está la fuente de la Jarrubia, que da nacimiento al arroyo del Cuco. Y no muy lejos  aún se reconocen las ruinas de un antiguo asentamiento o ermita: Isarrubia o Jarrubia. De Isarrubia queda la talla de una Virgen del siglo XIII que ahora se cobija en la iglesia parroquial de San Llorente.

Bella imagen de cigüeñas en pleno vuelo migratorio.