INMACULADA CONCEPCIÓN, DOGMA DE LARGA HISTORIA Y CONTROVERTIDOS DEBATES

El 8 de diciembre la Iglesia Católica celebra la Inmaculada Concepción, un dogma que tiene tras de sí una larguísima e interesante historia en la que intervino todo el mundo: órdenes religiosas, papado, reyes, ayuntamientos, cofradías, gremios, etc. etc. Se trata de un asunto que rebasó el ámbito religioso para entrar en razones políticas. Y en esa historia Valladolid tuvo un lugar destacado.

Corría el año 1618:   un vecino de Valladolid en el trance de la muerte, que no creía en la Inmaculada Concepción de la Virgen, oyó una voz que ordenó que se le produjeran espantosos dolores hasta que él mismo deseó la muerte. En esto se le apareció la Virgen “con gran resplandor y majestad” que con suave voz le pidió: “Creed en mi Limpia Concepción”, a lo cual al punto respondió: “Virgen Santísima concebida sin pecado original… dadme salud”. La Virgen, le pidió que además de creer en su limpia concepción, lo pregonara a los cuatro vientos. Asintió el dolorido moribundo que al punto quedó sano. Así, más o menos, lo escribió Lourdes Amigo Vázquez Doctora en Historia por la Universidad de Valladolid, en su tesis sobre “Devociones, poderes y regocijos. El Valladolid festivo en los siglos XVII y XVIII”.

Museo de San Antolín, Tordesillas. Una bellísima talla de la Inmaculada en madera del siglo XVII realizada por Pedro de Mena, escultor barroco considerado de los mejores de la imaginería andaluza.

Tal fue el interés, digamos político, de la proclamación de aquel dogma por parte de Roma que la Monarquía española (sobre todo los Austrias Felipe III y IV que fueron los impulsores de entre los reinos católicos europeos) se asoció indisolublemente a esta causa y a tal fin incluso se creó una Real Junta encargada de lograr de Roma la proclamación del dogma. Se trataba, como diríamos ahora, de un asunto de Estado. La causa real seguramente tenía mucho que ver con la reafirmación de la Corona en todos sus reinos creando elementos de identidad y unidad en torno al rey, y afianzar la contrarreforma: defensa de la fe contra el protestantismo, que no compartía el dogma de la Inmaculada… pero esto nos lleva a otros terrenos.

No estamos hablando de un asunto pacífico en absoluto pues, por ejemplo, la Congregación del Santo Oficio en el siglo XVII había prohibido asociar el término Inmaculada a la palabra Concepción. La controversia alcanzó en ocasiones altas dosis de pasión, pues, por ejemplo los dominicos no estuvieron a favor de la Inmaculada hasta  1663: corría el año de 1502 y en el sermón que el día de la Concepción ofreció en la catedral el oficiante del Convento de San Francisco, levantó tal oposición por parte de los dominicos de San Pablo que tuvo que intervenir el presidente de la Chancillería para poner orden en el conflicto cuya controversia se había encendido también entre las gentes del pueblo llano.

Alegoría de la Vírgen Inmaculada, de Juan de Roelas (1570-1625). Lienzo de grandes dimensiones expuesto en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid.

Y es que este hecho nos habla de un episodio entre los muchos que se han producido en torno a la Inmaculada Concepción, un dogma cuya controversia duró siglos y ocupó miles de escritos y apasionadas discusiones entre las mismas órdenes religiosas, pues no todas compartían lo que en 1854 terminó por sancionarse como un Dogma de Fe. Una larguísima historia que se remonta al siglo XII, (en el que ya se datan debates entre los Santos Padres y los cistercienses), totalmente imposible resumir en dos folios. Aunque podemos indicar que el vallisoletano convento de San Francisco sito en la plaza Mayor fue uno de los focos más fervorosos defensores en España del misterio de la concepción sin pecado original de la Virgen. Y Valladolid, en general, fue una sociedad volcada en favor de la proclamación del dogma inmaculista. Un proceso en el que destacaron varios ilustres monjes y obispos vallisoletanos.

Entre intervinientes notables en la controversia, que como ya se ha dicho, venía de lejos y fue larga, sabemos que en la década de 1430, el Cardenal vallisoletano Juan de Torquemada, y persona de toda confianza del papa, participó en la elaboración, junto a otros cien prestigiosos maestros, de una síntesis de las opiniones contrarias a la proclamación de la inmaculada concepción, que era más piadoso creer que la Santísima Virgen María de Dios fuera concebida con pecado omariginal.

Nuestra ilustre dama Marina Escobar (1554-1633), estrechamente vinculada a la orden jesuita que apenas recién creada se puso de parte de la proclamación de la Inmaculada, decía recibir en su alcoba donde estuvo recluida treinta años por razones de salud, visitas de la Virgen proclamando su limpia concepción.

Retrato de Marina de Escobar. Cuadro anónimo del siglo XVII conservado en el Monasterio de Santa Ana de Valladolid. Imagen tomada de Wikipedia.

Se trató, en todo caso, en un proceso en el que no solo opinaron las instancias eclesiásticas, papado incluido, sino que en una sociedad sacralizada como era la española, los estamentos civiles también intervinieron no sin razones de interés político: desde los mismos reyes hasta los más humildes ayuntamientos. Aquello era una verdadera campaña en la que de una forma u otra se iban sumando ciudades y pueblos. Sevilla, por ejemplo, fue, como Valladolid, una potente referencia en favor del dogma: hay una coplilla en Sevilla que dice “Todo el mundo en general a voces, Reyna escogida, diga que sois concebida sin pecado original”.

Anónimo del año 1662. La Inmaculada Concepción preside la consagración de la iglesia del Sagrario de la Catedral de Sevilla.

Fueron muchos los municipios españoles de todos los tamaños que tomaron posición favorable a la Inmaculada, como el nuestra provincia fueron, entre otros, Medina del Campo, Nava del Rey o Cogeces del Monte.

La fachada de la iglesia Nuestra Señora de la Asunción, de Cogeces del Monte, es una especie de trampantojo en honor de la Inmaculada Concepción, en cuyo frontispicio figura la siguiente inscripción: “Hombre, si eres racional, defiende con honra y vida que es María concebida sin pecado original”

El Ayuntamiento de Nava del Rey, que cambió el nombre de la ermita de Nuestra Señora del Pico Zarzero por el de Nuestra Señora de la Concepción, entre otras demostraciones de fervor inmaculista destaca la declaración de los munícipes en 1749, que acordaron “ defender en todas las ocasiones, por escrito y de palabra, en público y en secreto , y de todos modos, que María Santísima fue concebida sin mancha del pecado original en el primer instante de su ser natural; y que todos los individuos que en adelante fuesen de este Ayuntamiento, antes de ser recibidos en el uso de sus respectivos oficios, y al tiempo de hacer el juramento acostumbrado que para ello se requiere por derecho, lo hayan de hacer también de defender este misterio en la forma referida”.

En 1619 en Medina del Campo, tanto el cabildo eclesiástico como el Ayuntamiento hicieron solemne profesión de su devoción a la Inmaculada Concepción de María, Y para hacer notorio y visible este voto, el 5 de mayo de aquel año se organizó una solemne y concurridísima procesión.

El Ayuntamiento y el cabildo catedralicio de Valladolid también se sumaron a la causa inmaculista que con vehemencia defendían los franciscanos. Y en pro de la causa los munícipes organizaban fiestas populares y la Catedral concurridas procesiones. Incluso en 1617,   personajes principales de la Real Audiencia crearon una cofradía que juró la Concepción (y con tal nombre quedó la misma). Una cofradía que se alojó en la parroquia de San Pedro.

Una de aquellas fiestas así las describe Lourdes Amigo: “Las calles, balcones y ventanas estaban con tanta gente, que parecía haberla Valladolid buscado prestada para ese día”. Las ventanas estaban sembradas de colgaduras que decían María Santísima Concebida sin pecado original. El ayuntamiento puso antorchas en la fachada de la Casa Consistorial (que estaba donde sigue ahora en la plaza Mayor), también las casas particulares se iluminaron y hubo música, cohetes y fuegos artificiales (“invenciones de fuego”) en la plaza Mayor, también certámenes poéticos y procesiones.

En 1618 el Ayuntamiento y la Universidad (a instancias del propio rey Felipe III) “juraron y votaron creer y defender la Limpia Concepción de Nuestra Señora” y el 8 de diciembre en la Catedral hicieron público su voto. En 1662 el Concejo de Valladolid, convocó a una misa solemne en la Catedral siguiendo las indicaciones de una Real Cédula de Felipe IV  lo ordenaba a todas las ciudades con voto en Cortes para dar las gracias por que el Papa Alejandro VII  había declarado “el santo misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen Santísima”.

Inmaculada, de Francisco Salzillo (s. XVIII) recién adquirida por el Museo Nacional de Escultura. Hecha de barro cocido.

Muchos años después, incluso el Colegio de Abogados de Valladolid en junta celebrada el 16 de septiembre de 1759 acordó que los colegiados hicieran juramento de defender el misterio de la Purísima Concepción de María, adoptándola, además, como patrona. Y en 1779 se crea en Valladolid la Real Academia de la Purísima Concepción de Matemáticas y Nobles Artes, en cuyos estatutos se recoge la advocación del Misterio de la Concepción de María Santísima.

En fin, aún habrían de durar un par de centurias los debates: en 1777 el mismo Carlos III prohibió a la Universidad de Valladolid que directa o indirectamente pusiera en duda la Purísima Concepción.

Es el caso que, como se ha dicho, hasta 1854  Pío IX,  no aprobó el dogma: el 8 de diciembre de aquel año, el papa publicó la Bula ” Ineffabilis Deus”, que dice lo siguiente: “Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente…”.

EL VALLADOLID DE LAS PRIMERAS NOVELAS DE DELIBES

Delibes prácticamente no nombró Valladolid en sus novelas, pero es claro que cuando describe ambientes e impresiones está hablando de su ciudad natal. De aquello que escribió en las novelas que abarcan desde La sombra del ciprés es alargada a Diario de un emigrante, vemos la ciudad de posguerra que Miguel Delibes ya conoció con plena consciencia y con el ojo atento de escritor. Su primera novela, La sombra del ciprés es alargada obtiene el premio Nadal en 1947; Diario de un emigrante ve la luz el año  1958. Ya rozando la década de 1960, Valladolid comenzó a cambiar notablemente.

Comencemos ese paseo por el Valladolid de las primeras novelas de Delibes. Paseo que es más bien un resumen de cosas que me han llamado la atención pero que, evidentemente, no agota el universo deliberiano, pues es muy rico y variado en matices.

Imagen de Delibes tomada de la página de la Fundación Miguel Delibes.

He de advertir que las imágenes que acompañan el artículo no necesariamente tienen que ver con episodios relatados en las novelas, sino hechos acaecidos en aquellos años a los que me estoy refiriendo.

No sé si es una percepción mía o verdaderamente lo quiere reflejar, pero en sus novelas percibo la presencia del frío, nada extraño por otra parte, pues se trata de un rasgo muy  vallisoletano… quizá sea por esa permanente presencia de los cementerios en sus novelas.

Años de racionamiento y escasez: venta clandestina de pan blanco (lo ofrecen mujeres por la calle), colas en la carnicería,  el azúcar que entregaban con el racionamiento alguna gente lo cambiaba por sacarina (que cundía más), los suelos se limpiaban  con Zotal, restricciones eléctricas con los consabidos apagones… y un comentario sobre el enriquecimiento de ciertas personas tras la guerra.

En las Ferias de 1946 comenzaron a desfilar el Tío Tragaldabas y los Gigantes y Cabezudos. Foto Archivo Municipal de Valladolid.

El cine prácticamente aparece en todas sus novelas y delata su gran afición cinematográfica: cines de barrio, NODO, chiquillería en las filas baratas, largas colas para entrar, citas de películas (La mujer de dos caras, El sombrero de tres picos, Sonata triste, El niño de las monjas, Mi mula Francis, Ivanhoe, Me casé con una estrella…), comentarios sobre Greta Garbo y Jorge Negrete –que en aquellos años era el rey de la pantalla en España-.

Primavera de 1954, en el Museo de Escultura Orson Welles rueda algunas escenas de su película Mr. Arkadin, en la que Delibes participó como figurante. Foto tomada del libro La Controversia de Valladolid, del vallisoletano Clemente de Pablos.

Los domingos –no sé si calificarlos de festivos o un tanto grises-: a la salida de misa corros de gente, coqueteo entre los jóvenes, soldados, modistillas, criadas de servicio, estudiantes, oficinistas… ambiente de la calle principal una tarde de domingo. Y el fútbol, que condicionaba las tardes de los domingos, cantinas y el vino de Rueda.

Acera de Recoletos, lugar principal, junto con la calle Santiago, de los paseos dominicales y de “ligue” de la juventud. Foto Archivo Municipal de Valladolid.

Pero los domingos guardaban una dura realidad, y hablando del fútbol, refiriéndose a algunos hombres,  relata Delibes: “Acudían al fútbol para desahogarse de la opresión y los malos ratos de la oficina o el taller; más tarde, en el hogar se liberaban de las contrariedades del fútbol insultando y golpeando a sus mujeres”

Imágenes de la explosión del polvorín del cuartel del Pinar de Antequera en 1950. Murieron 5 personas. Casualmente diez años antes, en plenas ferias de septiembre, hubo otra explosión en el mismo lugar con el trágico resultado de 106 fallecidos. Foto de El Norte de Castilla.

Episodios en los que relata momentos de fervor patriótico: misa de campamento junto a la Estatua de Colón con motivo del Día de la Hispanidad –de la Raza-, manifestación a favor de que los ingleses devuelvan Gibraltar.

Lugares concretos: el Poniente,  el Cementerio del Carmen,  la Universidad y los Agustinos.

En 1950 Franco vino a Valladolid en el viaje inaugural del Talgo. En el mismo día inauguró las empresas NICAS y ENDASA, así como la Granja Escuela José Antonio. Foto del documental (Filmoteca Nacional).

Diversas fábricas entran en funcionamiento,  y otras están en construcción.

Placa en la casa nº 12 de la Acera Recoletos, donde nació Delibes. La fecha real de su nacimiento no fue el 17 de octubre, sino el 22, según consta en el Registro Civil de Valladolid.

Hasta aquí el Valladolid relatado por Delibes, en las que junto a descripciones de un Valladolid a veces amable, en ocasiones más gris, las novelas son relatos de amores, de esperanzas y proyectos, de jóvenes naciendo a la vida, de un mundo rural que va muriendo…

ARTE MUDÉJAR: ATADO A LA TIERRA

Sin duda, la provincia de Valladolid puede presumir de arquitectura mudéjar. Son muchos los municipios vallisoletanos que tienen alguna construcción notable, artesonado, o decorados mudéjares que bien merecen una visita. Una arquitectura  atada a la tierra por su carácter popular, vernáculo,  con frecuencia de construcción modesta en cuanto a costes y muchas veces sin pretensiones monumentales.

Mudéjar es un término de origen árabe –mudayyan- que significa “aquel a quien se ha permitido quedarse”. Se aplica a los musulmanes de la Península Ibérica que después de la conquista de los territorios árabes del sur continuaron en sus lugares de residencia. Se les permitió mantener determinados derechos, como su lengua, vestimenta, religión, leyes, costumbres, etc.). Estos musulmanes se dedicaban sobre todo al cultivo de huertas y a la construcción, de ahí  el término alarife tan usado en siglos pasados: viene el árabe hispano (al´ arif) que significa arquitecto, maestro de obras, albañil…

Artesonado instalado en el salón de plenos de la Diputación de Valladolid, procede de Villafuerte de Esgueva.

Corría el año 1515 y reinaba Juana I de Castilla. La reina concedió un privilegio a treinta carpinteros musulmanes de Valladolid que vivían en el barrio de Santa María (se conserva el nombre de la calle que daba nombre al barrio), a cambio de que fueran obligatoriamente a apagar el fuego con sus herramientas cuando oyeran las campanas de arrebate o fueran requeridos por el Concejo. A cambio se les eximía de la obligación de aposentar a nadie en sus casas cuando la corte u otros nobles recabaran en la ciudad y fuera necesario dar casa y comida a los miembros de la comitiva.  Téngase en cuenta que una de las principales maneras de cortar los frecuentes incendios que entonces había en la ciudad, era derribando casas para crear cortafuegos y evitar que las llamas se propagasen. Y eso quien mejor sabía hacerlo eran los maestros de obras y albañiles. A este “cuerpo de bomberos”, se les conocía como “moros llamados al fuego”, o más popularmente, “matafuegos”. No obstante, antes de aquel privilegio de la reina Juana I, ya se tiene constancia documental al menos desde 1497 de que había en Valladolid “moros obligados al fuego”. Esta obligación no era exclusiva de Valladolid, tal como ha documentado Olaz Villanueva Zubiarrieta, profesora de la Universidad de Valladolid, pues por ejemplo en Medina del Campo había unas ordenanzas de 1492 que ya indicaban que la población tenía que acudir a apagar el fuego con sogas y herradas de agua y, además, se constituyó un grupo de carpinteros asalariados compuesto de moros y cristianos obligados a acudir a apagar fuegos… Pero, esto nos lleva a otra historia muy interesante.

Real Monasterio de Santa Clara, Tordesillas

Volviendo al mudéjar, los musulmanes que permanecieron en territorios conquistados por los cristianos, iniciaron y desarrollaron un arte muy particular y tan extendido por toda España que incluso algunos expertos al mudéjar lo consideran el tipo de construcción genuinamente hispano  del que se puede presumir en España y que, lógicamente, continuaron maestros de obras que ya nada tenían que ver con los musulmanes.

Iglesia de San Miguel Arcángel, Aldea de San Miguel.

Una de las mayores peculiaridades del mudéjar son las techumbres o artesonados, así como el empleo del ladrillo, amén de los decorados arabizantes en puertas y ventanas. No obstante, aún sigue habiendo cierta controversia sobre las características del mudéjar. Por ejemplo el castillo de la Mota, o las iglesias románicas de ladrillo: que si deben considerarse o no de estilo mudéjar.

Ventana de San Pablo, Peñafiel.

En cualquier caso, estamos hablando de un estilo que va desde los siglos XII al XVI o incluso XVII y que, por tanto, fue evolucionando a lo largo de tantos años y que, en eso parece que sí hay consenso entre los expertos, es una manifestación estética y culturas, y no una manifestación étnica exclusiva de los moros que quedaron en España.

Torre de San Pelayo, Villanueva de los Caballeros.

Y también está claro que el mudéjar emplea unos materiales muy característicos, como son el ladrillo, la madera, el yeso, etc. En definitiva, materiales baratos y de ágil construcción, que contrasta con las iglesias u otras edificaciones en piedra que tardaban muchos años en concluirse y eran mucho más caras.  Otra característica del mudéjar es que da gran importancia a los elementos decorativos como por ejemplo tejidos, alfombras, cerámicas y carpintería.

Iglesia de San Andrés, Olmedo. La villa ofrece un parque temático dedicado al Mudéjar.

Cuentan Sánchez del Barrio y Regueras Grande, que el mudéjar vallisoletano nos emparenta con Ávila, Segovia, Toro o Sahagún, e incluso con los centros importantes del arte hispanomusulmán de Sevilla, Granada y Toledo. Pero el mudéjar vallisoletano no se puede decir que tenga una seña de identidad perfectamente delimitada debido, sobre todo, a los muchos años que abarca su existencia: algunos edificios son verdaderas referencias del mudéjar, otros, apenas ecos del estilo andalusí o viejas inercias constructivas ya muy desdibujadas. No obstante, Valladolid tiene un amplio catálogo de construcciones claramente mudéjares, además de la presencia musulmana en buena parte de sus municipios que se recuerda en el nombre de calles y barrios.

Iglesia de San Gervasio y San Protasio, Santervás de Campos.

Valladolid ciudad conserva muchas lugares o recuerdos de clara evocación musulmana: calle Santa María, Alcalleres, Moros, el enterramiento musulmán de la Casa del Estudiante.… el ya comentado grupo de moros obligados a acudir a “matar” el fuego, Y, sobre todo, los restos de una mezquita fechada en el siglo XV que  hace apenas unos meses se descubrieron en la calle Claudio Moyano.

Puerta árabe junto a la iglesia de la Magdalena, Valladolid. Ilustración del siglo XIX realizada por Parcerisa.
Restos de la mezquita recientemente localizados en la calle Claudio Moyano, Valladolid.

NOTA: para la redacción de este artículo he acudido, entre diversos artículos especializados, a dos libros asequibles en cualquier biblioteca: “Rutas del Mudéjar en la provincia de Valladolid”, de Carlos Duque Herrero, Fernando Regueras Grande y Antonio Sánchez del Barrio; y “Arte Mudéjar en la provincia de Valladolid”, de varios autores.

DORAR LA PÍLDORA: FARMACIA BELLOGÍN

En el Museo de Valladolid hay una exposición temporal titulada “Las antiguas farmacias Bellogín”, así en plural, pues aunque la mayoría de las personas solo hayan conocido la que estaba  ubicada en los soportales de Cebadería, a lo largo de la historia ha tenido otros emplazamientos. La exposición muestra, sobre todo, la colección de objetos variados de esta emblemática farmacia vallisoletana que su última propietaria, María Victoria Martín Pintó Bellogín donó al museo hace un año. El nombre de la farmacia  ha desaparecido y el negocio ha cambiado de emplazamiento (prácticamente al lado de la antigua) aunque mantiene el hilo familiar. La exposición de objetos se complementa con un pequeño documental de las farmacias religiosas. Hablamos de una actividad que se inicia a principios del siglo XIX.

El apellido Bellogín ha dado nombre a dos importantes farmacias de Valladolid ya desaparecidas. Una estuvo en la Plazuela Vieja, desde 1817, y otra en La Rinconada, entre 1840 y 1966. 

La mayor parte del fondo expuesto abarca desde 1817 a 1964 y a las piezas de Bellogín, el museo ha añadido objetos que ya formaban parte de sus fondos, procedentes sobre todo de las boticas de monasterios y conventos de la provincia de Valladolid: San Benito, Cartuja de Aniago, Colegio Jesuita de San Ignacio, etc.

Algunos objetos del botamen de Bellogín pasaron hace unos diez años a formar parte de los fondos del Museo de la Farmacia Hispana, de la Universidad Complutense de Madrid. El conjunto cedido corresponde al establecimiento, adquirido por  la familia en un traspaso de 1839. Aquella farmacia la regentó durante toda su vida Ángel Bellogín Gutiérrez, padre del representante más ilustre de la familia, Ángel Bellogín Aguasal (1841-1920). El apellido Bellogín pertenece a una larga familia de farmacéuticos vinculados a Valladolid durante seis generaciones. Manuel Bellogín Tovera inició la saga y ejerció como boticario no religioso en la botica del Hospital de la Resurrección desde 1779 a 1805.

Entre los objetos donados al Museo de la Farmacia Hispana está la fachada de madera, de estilo art decó,  que ha sido completamente restaurada y que se puede ver en las fotografías. En la exposición también se expone una maqueta de la fachada realizada por Víctor Javier Expósitos, trabajador de la farmacia desde hace muchos años.

Decíamos que Ángel Bellogín Aguasal fue el más ilustre de los Bellogín.  Entre otras actividades, fue pionero en la investigación farmacológica,  estuvo en la creación del Colegio de Farmacéuticos de Castilla la Vieja en el año 1865.  No le faltó cierto perfil político, pues destacó en la llamada Revolución Liberal de 1868, tradujo obras científicas de Francia y fue autor en solitario o en autoría compartida de más de una docena de libros relacionados con la farmacia y la biografía de algunos egregios boticarios. Según el historiador vallisoletano Anastasio Rojo (1954-2017), Ángel fue uno de los personajes más importantes de la Historia de la Farmacia española del siglo XIX y de todos los tiempos.

Las piezas procedentes de las instituciones religiosas se fabricaron en los alfares de Talavera de la Reina en los siglos XVII y XVIII.

Diversos objetos procedentes de la Farmacia Bellogín, entre ellos, dos grajeadores del siglo XIX para “dorar la píldora”, que ha quedado como frase sinónimo de dulcificar,  mitigar una mala noticia. Y cierto es que en las boticas se hacían  unas pelotillas medicinales doradas que servían para disimular el amargor del medicamento que envolvían.


Soportales de la calle Cebadería, donde estaba la farmacia en su último emplazamiento.
Detalle de la fachada. Foto de Luis Laforga.

NOTA: si los lectores quieren disfrutar de esta exposición, además de visitarla,  pueden acceder al detallado e interesante catálogo de la misma:

  Catálogo Farmacias Bellogin 2020

LAS LLAMAS DE LA INTOLERANCIA

En el mes de septiembre  de 1998 se publicó la primera edición de “El hereje” última novela que escribió Miguel Delibes y que se ambienta en Valladolid, cuando el famoso Auto de Fe de 1559. Y, recientemente, un libro titulado “Herejes luteranas en Valladolid” habla también de la ciudad y de las monjas del convento de Belén que fueron juzgadas en el mismo Auto de Fe: cuatro de ellas fueron quemadas en la hoguera.

La novela de Delibes es, sobre todo, una narración sobre la tolerancia, o la intolerancia, según como se mire. Relata unos de los  episodios más duros que vivió Valladolid a lo largo de los muchos años de existencia de la Inquisición. Hablamos del año 1559. Aquel año en realidad hubo dos autos de fe: en mayo y en octubre. Entre ambos fueron quemadas 27 personas,  y los huesos de otras dos. También hubo 26 arrepentidos a los que se impuso penitencia.

Entre los condenados a morir en la hoguera hubo cuatro monjas del convento de Belén, donde ahora se levanta el colegio de San José: de hecho, hasta que se puso el nombre de plaza de Santa Cruz, el tramo frente al colegio se llamaba plaza de Belén. Para narrar las circunstancias de estas monjas, y otras tres que se salvaron de las llamas, recientemente se ha publicado un libro: ” Herejes luteranas en Valladolid. Fuego y olvido sobre el convento de Belén”, escrito por la profesora de la Universidad Asunción Esteban y Manuel González, economista, fue teniente de alcalde del Ayuntamiento de Valladolid.

Como sabemos, la llamada Inquisición “moderna” duró, con mayor o menor intensidad desde que en 1478 la reintrodujeron los Reyes Católicos  hasta que definitivamente quedó abolida en 1834 bajo el reinado de Isabel II, con un breve intervalo tras su abolición por las Cortes de Cádiz. Antes, en la Edad Media, desde el siglo XII  hasta principios del  XV, también hubo Inquisición en España, bien es verdad que bajo el control papal, cosa que fue distinta que con los Reyes Católicos, que eran ellos quienes la controlaban.

Valladolid, una villa por entonces (el título de ciudad no le fue concedido hasta 1596), se convirtió en el epicentro de la lucha religiosa contra el luteranismo. Felipe II quiso dar un castigo ejemplar al núcleo protestante que había en la villa.

Pero, antes de continuar, bueno será hacer un comentario acerca de la palabra “hereje”. Ha quedado en los diccionarios de la lengua  como “Persona que niega alguno de los dogmas establecidos en una religión. Persona díscola” , etc. Cuando su origen etimológico se acerca más a “decisión,  opción”… también “separación”. Es decir, persona que decide, que opta. Le pasa lo mismo que a la palabra “pagano”, que no significa sino habitante de los pagos (granjas) romanas alejadas del imperio. Pero la historia ha terminado por aplicarla a quienes no abrazan el cristianismo ni ninguna religión monoteísta; o persona no bautizada.

Y volvemos a Delibes. Muchos críticos han resumido la novela indicando es que es una historia de amor, pasión, odio, intolerancia, y también de amistad y decepción. Críticas de su día hablan de la novela como un libro de recomendada lectura por tratarse de buena literatura y de una gran historia.

La obra nos lleva a recorrer el Valladolid del siglo XVI a través de la calle Santiago, la judería, la plaza Mayor,  el puente Mayor o la catedral. Siguiendo estos rincones, el Ayuntamiento ha organizado la “ruta del Hereje”. Y que comienza en el barrio de la judería, donde Cipriano tenía su almacén e industria de confección de pieles.

La historia se articula en torno a la familia Cazalla, y en concreto Agustín, cabeza más notoria del movimiento luterano en Valladolid, y que era Capellán de Carlos I. Predicaba en la corte del emperador y famosos fueron, también, sus sermones en la iglesia de Santiago de nuestra ciudad. En la imagen, uno de los rótulos que señalan los lugares que aparecen en la novela de Delibes: iglesia de Santiago.

La novela de Delibes, que también es un tratado sobre el amor, nos lleva por diversas ciudades, pueblos y parajes que el protagonista principal, Cipriano Salcedo, próspero comerciante de Valladolid, recorrió  numerosos lugares a lo largo  de su vida buscando  a Minervina, la dulce criada que le crió. Nuestro protagonista quedó huérfano de madre después del parto, causa por la  que su padre le odiará toda su vida y le internará en un orfanato  tras su primera niñez, separándole  de  su querida Minervina. La ilustración es del propio libro.

Auto de fe en la plaza Mayor, bastante idealizada por parte del autor. Aquellos juicios fueron rápidos y muy severísimos. El primero  estuvo presidido por Juan de Austria. Comentan algunos historiadores que Carlos I en realidad veía a los luteranos españoles más como enemigos políticos que disidentes religiosos. El segundo Auto de Fe, de octubre, estuvo presidido por Felipe II. La lámina es una copia de Verico, tomada del Voyage de Laborde.

La cruel e implacable condena llevó a que los que no se arrepintieron fueran  abrasados en las hogueras levantadas en el Campo Grande, en una época que en realidad era un inmenso descampado dedicado a exhibiciones militares, justas de caballeros y recepción de autoridades que provenían de Madrid, pues del Campo Grande partía este camino principal que comunicaba con la Corte. Tan cruel fue la condena que incluso desenterraron los restos de Leonor de Vivero (que estaban en la iglesia de San Benito), madre del doctor Cazalla, para arrojarlos al fuego. También fueron ejecutados Francisco, Beatriz y Pedro, hermanos del doctor. Dice la historia que Cazalla, que adjuró, recibió el “trato favorable” de ser previamente estrangulado para que no sufriera los horrores del fuego. En total, trece fueron los ejecutados, entre los que estaban cuatro monjas del convento de Belén. A mayores, la condena mandó asolar las casas del Doctor Cazalla y de Leonor de Vivero.

De todas formas, el Santo Oficio no se limitaba solo a juzgar a quienes se apartaban de la estricta fe católica, sino que también ejercía la censura de pregones y publicaciones, como puede verse en este texto de Calixto y Melibea conservado en la Universidad de Valladolid.

La última sede que tuvo el Santo Oficio fue un gran edificio que ocupaba la esquina de Real de Burgos con Madre de Dios. Se sabe que antes la sede la tuvieron en calle Francos (actual calle Juan Mambrilla) y luego en la calle Pedro Barruecos. En la foto, el actual colegio Macías Picavea, donde estaba la última sede de la Inquisición, junto a la iglesia de San Pedro Apóstol, lugar donde se celebraban los llamados “autillos”, es decir juicios menores. La última sede se quemó por los cuatro costados la noche del 6 al 7 de diciembre de 1809   debido a que por el toque de queda impuesto por el mando francés, no se podían tocar las campanas llamando a fuego.

Cuadro de Goya titulado “Auto de fe de Inquisición”. A los reos se les ve con el capirote característico de los acusados. Está depositado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Placa fijada en la fachada del colegio San José, que recuerda los nombres de las cuatro monjas cistercienses (popularmente llamadas bernardas -por el nombre del refundador de la orden: San Bernardo-) procesadas en el Auto de Fe de 1559 y que fueron, al igual que el doctor Cazalla, quemadas en la hoguera. Con este recuerdo se trata de sacarlas del olvido, sobre todo porque detrás de sus nombres y de las otras tres monjas juzgadas, hay una gran historia que también habla del Valladolid de aquella época de intolerancia.

SOBRE HUESOS … Y OTRAS HISTORIAS DE DIFUNTOS

Se acerca el tiempo de difuntos: noviembre. Mes por antonomasia para  recordar y honrar a los seres queridos que ya no están en este mundo.

No es fácil explicar por qué noviembre es el mes cristiano de honra a los difuntos. Quizá es porque ya se habían terminado todas las faenas agrícolas y por el acortamiento de las horas de luz como que se entraba en la oscuridad. Tal vez, porque había más tiempo para dedicarlo a recordar a los ausentes…

En la cultura celta noviembre era un tiempo para recordar a los difuntos, y en esa tradición de sustituir las fiestas llamadas paganas, acaso el cristianismo introdujo la costumbre de recordar a los difuntos en ese mes. Un mes que, además comienza a anunciar el invierno.

En cualquier caso, cierto es que el día primero de noviembre es el de los santos, y día festivo, pero el día dos sigue dedicado a los ausentes y en el calendario cristiano es el día de los “fieles difuntos”. Algo tiene que ver con el purgatorio, es decir, con aquellas ánimas que, según la religión cristiana, tienen que purificar antes de entrar en el cielo. Y como ellos no pueden ya hacer nada, tienen que ser los deudos los que recen por ellos y así acorten su tiempo de espera.

¿Cuáles son las costumbres funerarias en otras religiones? Veamos.

El Talmud judío explica que hay que enterrar el cuerpo entero, no luego de que haya sido reducido por cremación o cualquier otro medio.

Para el Islam, el cadáver se deposita directamente en la tierra, recostado sobre el lado derecho y con la cara dirigida a La Meca. El islam reprueba el embalsamamiento, la cremación e incluso las tumbas y monumentos funerarios. Los allegados pueden expresar su dolor, pero sin excesos. Es contrario a los preceptos de trasladar los restos mortales del difunto a otra ciudad, ya que es aconsejable enterrar a un musulmán en el cementerio de la ciudad donde murió. Aunque esto tiene muchas excepciones: durante la Guerra Civil, en el cementerio del Carmen de Valladolid  se enterraron varios “moros de los que trajo Franco”, como así se conocía a las tropas rifeñas que le acompañaron. Se construyó un apartado de ladrillo con alegorías arabizantes y se dieron órdenes expresas de que se les permitiera ser enterrados según sus ritos y costumbres (no como al resto de no católicos que iban a parar al llamado cementerio civil). Pasados unos años sus cuerpos fueron llevados a su país de origen y hacia la década de 1960 se destruyó la construcción que los acogía.

El budismo propugna la cremación para permitir que el espíritu se libera del cuerpo.

Hasta ahora, para los cristianos, la cremación destruye la mayor parte del cuerpo y el entierro de la carne se torna imposible, lo que viola el mandamiento bíblico, por lo que la cremación, aunque admitida por la Iglesia, no se practicaba hasta hace unas pocas décadas.

Es el caso que en occidente y todo el mundo latino, así como en la cultura anglosajona (con su halloween  incluido) noviembre es un mes en el que la muerte está presente, al menos durante unos días.

Por cierto, ¿qué significa Halloween?: es una contracción del inglés All Hallowos Eve, que traducido al castellano sería “Víspera de todos los santos”.

Vale, tenemos cada cual a nuestros seres queridos en su panteón o en el recuerdo de donde se esparcieron sus cenizas.

Pero de muchos personajes históricos se desconoce el lugar de enterramiento,  se han extraviado sus restos, o estos han sido sometidos a numerosos traslados.

Desde luego, la ocupación francesa de muchos templos durante la Guerra de Independencia, la posterior desamortización y consiguiente derribo de muchas iglesias,  y la Guerra Civil, contribuyeron a que hayan desparecido multitud de restos de mucha gente importante en la historia.

Vamos  a citar un caso a modo de ejemplo. Desde que en 1681 Calderón de la Barca fuera enterrado en la iglesia de San Salvador, de Madrid, sus restos fueron movidos de lugar seis veces para ser depositados en otras iglesias e incluso en un cementerio, hasta que con la Guerra Civil, se destruyó parte del templo de Nuestra Señora de los Dolores, donde al parecer reposaban sus despojos,  y sus restos se pierden.

Añadamos que también se desconoce el paradero de  Cervantes, Lope de Vega y Velázquez, entre otros muchos.

Valladolid también tiene historias parecidas a esta, y conserva unos cuantos enterramientos bien conocidos que merecen ser señalados. Y a ello nos vamos a dedicar a continuación.

Berruguete falleció en septiembre de 1561 y fue enterrado en Ventosa de la Cuesta, pueblo vallisoletano que era de su propiedad. ¿Por qué? Para pagar sus campañas bélicas Felipe II mandó vender numerosas propiedades de la corona, y entonces Berruguete compra Ventosa de la Cuesta. Eso le dio señorío y le permitió subir en la escala social, pues a pesar de su fama, no dejaba de carecer de nobleza.  Hay que decir que hasta finales del XIX no se supo que estaba enterrado en el altar mayor de  la iglesia de Ventosa, pero también sabemos que unas reformas que se hicieron en el suelo de la iglesia en 1768 borró las huellas y restos de su tumba, por lo que ahora mismo no se sabe dónde pueden parar.

 

 Pedro Niño, fundador de la iglesia de San Lorenzo y uno de los más importantes e influyentes “alcaldes” que ha tenido Valladolid,  fue enterrado en la misma iglesia. Sabemos que en el suelo de la iglesia de San Lorenzo había una losa que decía: “Aquí yace sepultado Don Pedro Niño (que) hizo edificar este templo desde los cimientos arriba.” Pero diversas reformas, también en el enlosado de iglesia han debido remover su ubicación por lo que, hasta donde sé, nadie puede indicar con mínima precisión donde yace. (Foto antigua de la iglesia de San Lorenzo).

 

Mas, como estamos en centenario del fallecimiento del Conde Ansúrez, forzoso es referirse a él: todos damos por bueno que sus restos descansan en el enterramiento que hay en la Catedral de Valladolid. Así lo asegura un estudio de José Zurita Nieto, canónigo de la Catedral de Valladolid. Sostiene en un trabajo de investigación sobre el conde fechado en 1918, que los restos de Ansúrez se acomodaron debajo del coro alto de la Colegiata construida por el conde. Que en la nueva colegiata del XIII sus huesos fueron a parar al crucero, guardados en una caja de piedra.  Que en 1674 se trasladaron a la nueva Catedral. Y que con el tiempo  recalaron en la capilla que hay junto al Evangelio (al lado izquierdo según se mira al altar)…

 

… Sin embargo de los restos de su esposa doña Eilo nada se sabe. Ambos dejaron dicho que querían ser enterrados en la iglesia de San Benito el Real de Sahagún de Campos. ¿Por qué entonces él está enterrado en Valladolid? Pero es que, además, los restos de Eilo no están (ni han debido estar nunca) en Sahagún. ¿Dónde entonces? Sin embargo todas las publicaciones sobre el asunto repiten que fue enterrada en Sahagún.

 

Y ¿qué decir de nuestro apreciado Gregorio Fernández? pues que tampoco sabemos muy bien cuáles son sus huesitos: el 22 de enero de 1636 fue enterrado en una sepultura de su propiedad en el Convento del Carmen Calzado de Madrid, donde había llevado a cabo diversos trabajos. En el siglo XIX la Real Academia de Bellas Artes quiso erigir un monumento en su honor, pero al levantar su lápida se encontraron muchos huesos y restos mezclados de diferentes personas que nada tenían que ver con él, pues la sepultura había cambiado de propiedad en el siglo XVIII y se habían añadido otros difuntos ¿y sacados sus restos? La imagen es un retrato que se conserva en el Museo de Escultura de Valladolid.

 

Tiene Valladolid el recuerdo de un héroe irlandés: Red Hugh O´Donnell. Falleció en el castillo de Simancas en septiembre de 1602 y fue enterrado en la llamada capilla de las Maravillas del antiguo convento de San Francisco que estaba en la plaza Mayor de Valladolid. Tiene una placa que lo recuerda en el llamado callejón de San Francisco. Con la destrucción del templo sus restos desaparecieron. Este personaje, hijo de reyes,  destacó por luchar contra las tropas invasoras inglesas. Aunque tuvo sonadas victorias, finalmente tuvo que huir de su país con parte de sus capitanes y vino a refugiarse en España, donde creyó que Felipe II le proporcionaría medios para volver a conquistar su isla… pero el monarca demoraba su decisión y en ese tiempo se produjo la muerte del héroe irlandés. Recientemente se ha hecho una excavación parcial de la capilla de las Maravillas, en la que se han encontrado algunos restos óseos pero ninguno pertenece al personaje: tengamos en cuenta que aquí fueron enterrados cientos de cadáveres y todo se ha ido removiendo según las obras que se han ido haciendo: edificio del Bando de Santander, Círculo de Recreo, etc. Por cierto, también en este convento fue enterrado Cristóbal Colón.

 Veamos, ahora, unos enterramientos bien conocidos. María de Molina, la gran señora de las reinas de España, conocida, por sus méritos, “La grande”, está enterrada en el Monasterio de las Huelgas Reales, al que, por cierto, se puede acceder por la calle de los Estudios los domingos en la misa de 12.

 En el interior de la iglesia de la Magdalena está el sepulcro de Pedro  de la Gasca, obra en alabastro de Esteban Jordán. La Gasca fue un obispo pero también diplomático y militar. Entre otras muchas cosas que hizo, está la de acabar con la rebelión de Gonzalo Pizarro en el Virreinato del Perú, por lo que se le conoce como “el pacificador”.

En el suelo del zaguán de la iglesia de San Pedro Apóstol se puede ver una lápida con su inscripción  ya muy desdibujada. Se trata del sepulcro del general Malher, oficial del ejército de Napoleón, que murió en unos ejercicios militares que la tropa estaba realizando en los altos de San Isidro. Al parecer a uno de los soldados se le disparó fortuitamente el fusil y salió impulsada la baqueta, hiriendo de muerte a Malher.

Don Álvaro de Luna fue ejecutado en Valladolid, degollado, tal como estaba reservado a los nobles: a los delincuentes comunes se les ahorcaba. Por cierto, es completamente falsa la leyenda de que su cabeza fue colgada en la “famosa” argolla de la plaza del Ochavo. Fue enterrado en la iglesia de San Francisco, hasta que  hacia 1498 sus restos fueron trasladados por su familia hasta la capilla que fundara el Condestable en la catedral de Toledo, en la que descansa junto a su segunda esposa doña Juana de Pimentel, conocida, desde que su marido fuera ejecutado, como “la triste condesa”.  Álvaro de Luna fue un personaje muy  significado de la historia de España: maestre de Santiago y Condestable de Castilla,  llevó el gobierno de los reinos por muchos años hasta que sus días finalizaron en la ejecución de julio de 1453. Cuadro del Museo del Prado.

 

Y finalizamos nuestro paseo por el mundo de los difuntos con este curioso enterramiento. Existe la creencia de que en la iglesia del municipio de San Román de Hornija fueron enterrados el rey godo Chindasvinto y su esposa Reciberga. Si traigo a colación este supuesto enterramiento es por concluir con uno de los más hermosos epitafios que se conocen. Hay varias versiones, en razón de su traducción, pero todas son muy similares, así nos quedaremos con esta que comienza así: “Si se pudiera evitar la muerte dando joyas y oro, ningún mal podría acabar con la vida de los reyes. Pero, como la suerte golpea por igual a todos los mortales, ni el dinero salva a los reyes, ni el llanto a los pobres. Desde aquí, esposa, porque no pude vencer al destino, concluido tu funeral, te encomiendo a la protección de los santos, para que, cuando el fuego voraz venga a abrasar la tierra, resurjas unida a ellos. Y ahora, amada mía Reciberga ¡adios! Mientras prepara el féretro tu amado rey Chindasvinto”

 

 

CANALES DE VALLADOLID

Hace escasas fechas el documental “El Canal de Castilla”, rodado en 1930 ha sido declarado Bien de Interés Cultural. Se trata de un testimonio gráfico de enorme valor histórico para las generaciones futuras. Y nos da pie para hablar de los canales de Valladolid.

La provincia vallisoletana está atravesada de un puñado de canales para el abastecimiento de agua, y el regadío de un buen número de hectáreas. Lógicamente la captación de agua para distribuirla a través de estos canales está en los dos principales ríos: Pisuerga y Duero, y en los dos canales “mayores”: Duero y Castilla.

La mayoría de estos canales y sus muchas acequias se fueron construyendo en los años 50 y 60 del siglo XX, y salvo los taludes de los canales de Castilla y del Duero, muchos de cuyos tramos  están construidos en tierra o con piedra de cantería, el resto encauzan sus aguas entre paredes de hormigón buscando las salidas hacia las acequias que se desparraman por diversas comarcas.

Del Canal de Castilla, que toma sus aguas del Pisuerga en Alar del Rey (Palencia),  no nos vamos a detener en su  interesante historia y abundante documentación. Solo apuntaremos que los 207 kilómetros que suman sus tres ramales y que pasa por 38 municipios de las provincias de Palencia, Burgos y Valladolid,  se dieron por completados en 1849, año en el que comenzó su explotación el ramal de Campos. Su construcción tuvo como principal objetivo la navegación, hasta que hacia 1960 se transformó completamente para el regadío y abastecimiento de agua a algunas poblaciones. Para lo que en esta ocasión pretendemos, diremos que además de abastecer una población de 400.000 habitantes de entre las que destacamos los municipios de Valladolid, Medina de Rioseco y Palencia, bien directamente o a través de los nueve canales que alimenta, sirve para regar entre las provincias de Valladolid, Burgos y Palencia más de 24.000 hectáreas. También produce energía eléctrica a través de los saltos de algunas de sus esclusas. La totalidad del canal está declarado Conjunto Histórico desde 1991. En la foto, la esclusa número 41 y 42, en el término de Valladolid.

El Canal del Duero tiene 52 km. Se inauguró en 1886 y es administrado por una Comunidad de Regantes, entre los que está el Ayuntamiento de Valladolid. Además de abastecer de agua a la capital, mediante sus hijuelas o acequias también riega los términos de Quintanilla de Onésimo, Sardón de Duero, Traspinedo, Villabáñez, Tudela de Duero, La Cistérniga, Laguna de Duero, Simancas, Santovenia de Pisuerga y Valladolid. Las imágenes muestran el lugar de captación del agua del Duero en Quintanilla de Onésimo, y el acueducto metálico por el que el canal cruza el Duero en el término de Villabáñez.

Canal de San José. Año 1946. Toma el agua por la margen izquierda del Duero a la altura de la presa del embalse de Castronuño. Tiene 51  km. de los cuales 8 en la provincia de Valladolid. Riega los términos de Castronuño, Villafranca de Duero y otros de Zamora. Red de acequias: 99 km. riega 4188 ha. En la fotografía, un ramal del canal en Villafranca.

Canal de Tordesillas. 28, 2 km. Arranca en Villamarciel y riega los términos de San Miguel del Pino, Tordesillas, y otros municipios. Toma sus aguas del Duero. Se construyó en 1923 y riega 1900 ha.

Canal de Pollos. 13 km.  Entró en servicio en 1945. Riega 1171 ha. y toma sus aguas del Duero Tiene una extensa red de acequias de 44 km.

Canal de Castronuño. Tiene 5,5 km. de longitud. Riega 388 ha. y comenzó a funcionar en 1960.

Canal de Toro – Zamora. Discurre por tierras vallisoletanas y zamoranas, Ha tenido diversas ampliaciones desde que comenzara a funcionar en 1945.Año 1952. Discurre por la margen derecha del Duero. Nace en la presa del embalse de San José (Castronuño), y riega casi 7.000 ha. y tiene una longitud de 60,2 km.

Canal de Riaza. Hubo varios proyectos y comenzó a llevar agua en 1945.a lo largo de sus  51, 40 km.  Toma sus aguas en la desembocadura del río Riaza en el Duero, exactamente en el pantano de Linares del Arroyo, término de Berlanga de Duero (Burgos). En Burgos y al principio de Valladolid, 17 km. vienen por la margen izquierda, y en un puente sobre el Duero, pasa a la margen derecha. Se adentra en la provincia atravesando los términos de Bocos, Curiel, Peñafiel, Pesquera, Valbuena, Olivares y Sardón para regar las feraces tierras de valle del Duero. Riega 5.040 ha. en 3 municipios de Burgos y 7 de Valladolid. El paso del Duero es aéreo mediante un sifón acueducto. El curioso puente sobre el Duero (en la fotografía) por el que pasa el agua del canal, salva un vano de 70 m. mediante un arco de curvas circulares de 63 metros de radio, con dos tubos de chapa de 10 mm. de grosor,  y 1 m. de diámetro arriostrados entre sí y articulados en sus extremos.

Canal de Macias Picavea.  Tiene 28 km. Coge sus aguas en el parte final de ramal de Campos del Canal de Castilla, en Medina de Rioseco, término municipal que riega, además de los de  Villabrágima, Tordehumos, Villagarcía de Campos y otros (en total, 2.265 ha.). Está en servicio desde 1959.

Canal de Padilla. Un pequeño canal de  2,2 km. se construyeron en 1966. Toma el agua del Duero, frente a Padilla de Duero, y riega unas 145 ha.

Anotamos, por último, el Canal Simancas Geria-Villamarciel, de 10 km. toma sus aguas del canal de Tordesillas y riega algo más de 600 ha. la atura de Geria. Dispone de dos ramales.

Volvamos al documental sobre el Canal de Castilla: fue realizado por el salmantino Leopoldo Alonso  Hernández en 1930,  y recoge la forma de vida de la época en torno al canal, los paisajes inéditos, así como la industria generada alrededor con las fábricas, molinos y batanes surgidos en los márgenes. Sirve asimismo para ver la gran cantidad de empleados que eran necesarios para la navegación y las actividades asociadas a la explotación del canal. Las imágenes son tres fotogramas del documental.

El documental, que dura 19 minutos, se puede ver en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=zZ36uriL-D0&feature=youtu.be

LA ARMEDILLA: UN LUGAR ESPECIAL

Otoño es una época excelente para dar un paseo que nos lleve desde el monasterio de La Armedilla, en Cogeces del Monte, hasta la cueva de Valdelaperra, la más larga conocida de Valladolid.

Santa María de La Armedilla es un monasterio medieval en ruinas localizado en el corazón de la vieja Castilla. Perteneciente a la orden de San Jerónimo, fue fundado en 1402, aunque los orígenes devocionales del lugar se remontan varios siglos atrás, al menos, desde el momento en que unos pastores descubrieron la imagen de la Virgen en la cueva que aún se conserva, allá por el siglo XII. Así resumen la importancia de este enclave la Asociación de Amigos del monasterio de la Armedilla, gente empeñada en consolidar lo que queda del monasterio y su entorno,  y ponerle en valor desde el punto de vista histórico y monumental.

El lugar ya era frecuentado en época prehistórica, pero hay que esperar hasta el siglo XII para encontrar la primera referencia documental al lugar de Sancte Marie Amidelle, cuando es cedido por el concejo de Cuéllar a los monjes cistercienses de Santa María y San Juan de Sacramenia. En esa época, o algo después, solo existiría la ermita-cueva que custodiaba la talla de una virgen con fama de milagrera, una granja perteneciente a los monjes y un albergue de peregrinos.

El siguiente hito en la historia del monasterio es la llegada de los monjes jerónimos en 1402 que serán quienes inicien un ambicioso proyecto arquitectónico, sobre todo en el siglo XVI que es cuando se lleva a cabo la construcción del claustro y de la gran iglesia gótico-renacentista. Con la desamortización del siglo XIX comienza la pérdida catastrófica de su patrimonio artístico y monumental. Una foto aérea permite ver la planta de la iglesia. Y desde este punto vamos a iniciar nuestro paseo hasta la cueva de Valdelaperra.

Por encima del monasterio, en el horizonte en el borde del páramo, destaca la silueta del chozo de los Pedrines de casi siete metros de altura, que será nuestra referencia.

Propongo comenzar el paseo por la parte derecha del monasterio, por un ancho camino que lo bordea. Cruzamos el valle del arroyo  Valdecascón y algún panel nos da señas de ciertos enclaves.

Tendremos que ir derivando hacia la izquierda y una vez en el páramo ir hacia el chozo de los Pedrines, atravesando o bordeando el páramo. Veremos restos de una potente construcción agrícola (quizá restos de una casa de monte).

El chozo de los Pedrines.

Justo hacia el otro lado del páramo, una antena y una pequeña caseta blanca nos marca la dirección que debemos tomar para llevar a Valdelaperra.

Llegados a la caseta, es mejor desplazarnos unos metros hacia nuestra izquierda y veremos una pequeña bajada muy marcada, que nos lleva hasta la boca de la cueva.

La cueva, de cerca de cien metros de profundidad,  pasa por ser la más profunda de las exploradas en tierras vallisoletanas. Los primeros metros son accesibles. El resto habría de recorrerlo prácticamente reptando. Fijémonos en el techo de la cueva para ver unas impresionantes chimeneas (ciegas) formadas de manera natural.

Paisaje el valle del arroyo Valimón desde la cueva.

Podemos volver por el mismo sitio o buscando un camino visible hacia nuestra derecha y con el monasterio al fondo. Bajaremos de nuevo al valle del arroyo  Valdecascón, atravesamos el arroyo y volvemos, siempre teniendo el monasterio como referencia, bordeando la vieja tapia del monasterio y pisando en algunos tramos el camino de piedra original que construyeron los monjes hace siglos.

Y… de vuelta a la Armedilla. Depende de los que nos entretengamos, en poco más de dos horas habremos disfrutado de un bello paseo.

Un plano con referencias a seguir, obtenido de SIGPAC.

NOTA: En este mismo blog hay un artículo más centrado en el monasterio: La Armedilla, en un bello paraje.

OVNIS EN VALLADOLID

Vamos a comentar un episodio relacionado con los “platillos volantes”  que aconteció en Valladolid en 1965, pero antes apuntaré alguna curiosidad sobre objetos voladores.

Luis Tasso (1894) Universidad de Sevilla

En el capítulo del Quijote que relata el episodio en el que él y  Sancho sufren la farsa de un viaje astral sobre el caballo Clavileño, el caballero le recuerda a su escudero la historia del  licenciado Torralba,  aquel médico erudito que voló desde Madrid hasta Roma y volvió, todo en una noche, montado sobre una escoba, rozando la luna. Pero Cervantes erró al situar el viaje del licenciado en Madrid, pues en realidad ocurrió en Valladolid.

Eugenio Torralba (1485-1531) fue un célebre doctor y mago del Renacimiento que pasó una larga temporada en Valladolid. Predijo el saqueo de Roma en mayo de 1527 por las tropas españolas y alemanas al servicio de Carlos I contra la alianza del Papa con Francia, pues él lo vio antes de que las noticias llegaran a España días más tarde, gracias a su alucinante viaje. Es el caso que terminó en manos de la Inquisición  y acabó confesando que fue su maléfico criado  Zequiel quien volando  le llevó desde Valladolid  a Roma.

Dos siglos más tarde, Diego Torres de Villarroel, catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, en 1730 relató el avistamiento de tres columnas de fuego subiendo y bajando hacia el cielo y cambiando de color.

Mas, hay que esperar a 1947 para que los científicos marquen aquel año como  como el principio de la era de la ufología: un fenómeno del siglo XX. Sobre todo en las décadas del 60 al 80 fueron muchos los avistamientos de objetos voladores no identificados que se registraron por las autoridades o por los medios de comunicación.

Un fenómeno al que Valladolid no fue ajeno y del que hay registros  en Tordesillas, Castronuño, Pedrosa del Rey, Villalón de Campos, el valle del Esgueva, etc, etc.

De entre todos ellos nos vamos a detener en lo acaecido en Valladolid ciudad el 16 de septiembre de 1965, por tratarse de un episodio que observaron miles y miles de vallisoletanos y que tuvo un testigo un tanto excepcional: el padre Antonio Felices, un padre dominico y profesor en el colegio de las Arcas Reales,  dedicó su vida a investigar el fenómeno OVNI, campo en el que alcanzó predicamento y fama afirmando su convencimiento de la existencia de vida intelectiva en otros mundos fuera de nuestro sistema solar. Además, en  1965 fue testigo del avistamiento de un gigantesco triángulo volador, cuya descripción dio la vuelta al mundo. Un avistamiento relatado por otras personas de Valladolid que también observaron el objeto.

Hacia las cuatro de la tarde del 16 de septiembre de 1965, miles de vallisoletanos pudieron ver un platillo volante: un extraño objeto brillante de forma triangular que lanzaba destellos de luz. La gente se agolpó en los balcones de las casas y en la plaza Mayor para observarlo. El padre Felices, dominico de las Arcas Reales montó un telescopio del colegio y pudo verlo con detenimiento. Lo describió y dibujó  como una gran masa metálica, plateada, con una cúpula alargada en el centro y una enorme panza y aletas. Situado como a 23 kilómetros de altura, estaba casi inmóvil excepto por un ligero bamboleo, como un barco.  Felices calculó  que mediría un kilómetro cuadrado, y relata que a las ocho de la tarde  se elevó a velocidad vertiginosa hasta desparecer.

El piloto Heliodoro  Carrión,  que con su avión se acercó hasta el objeto,  alertado por la torre de control de la base aérea de Villanubla, habló de un tamaño como de tres aviones de pasajeros y coincidió con  Felices en la descripción del mismo.

Es el caso que, evidentemente, el objeto no medía lo que pensó el padre Felices.

Es el caso que aquel OVNI se vio desde Palencia hasta Segovia. En la prensa se dieron varias explicaciones sobre la naturaleza del objeto, ninguna demasiado convincente.

Fotografía del padre Antonio Felices tomada hace ya muchos años.

Carta del padre Felices a Severino Machado, otro religioso aficionado al fenómeno Ovni. Está escrita dos días después del avistamiento, y tan nervioso debía estar aún Felices que puso mal la fecha del acontecimiento (día 17 en vez de 16). La carta del padre Felices termina indicando que adjuntaba un dibujo a vuela pluma del objeto que vio a través del telescopio.

El dibujo original que envió al padre Machado yo no lo he visto, pero sí e indagado hasta dar con tres versiones diferentes en otros tanto libros de personas dedicadas a los fenómenos paranormales. Ninguna es igual pero sí coinciden en la forma que describió el padre Felices.

Versión de Antonio Ribera en su libro de 1969 “Platillos volantes ante la cámara”.

El libro de Iker Jiménez “Enigmas sin resolver” (2006), dice  reproducir una imagen del ovni citando la autoría directa del padre Felices y no otra.

Finalmente nuestro paisano vallisoletano Ángel del Pozo, adjunta estas imágenes en su libro “La cripta sellada”, publicado en 2007. Según me ha comentado del Pozo, el dibujo está tomado de los archivos del padre Machado, entre los que está la carta que le dirigió Antonio Felices.

Fotografía del objeto que incluye Iker Jiménez en su “Enigmas sin resolver”.

LAS PRIMERAS VECES DE VALLADOLID

El Museo de la Ciencia acaba de estrenar el documental de producción propia titulado Las primeras veces de Valladolid, del cual soy el guionista y documentalista.

El documental se proyecta en el “cielo” del planetario. De poco más de cuarenta minutos de duración, ofrece  imágenes espectaculares en 360 º.

El documental presenta una serie de acontecimientos ocurridos en Valladolid relacionados con inventos y  avances tecnológicos que van desde la llegada a la ciudad del primer ferrocarril (año 1860) hasta la primera vez que se pudo ver la televisión (año 1959).

Es decir, cien años de la historia de Valladolid resumidos en una veintena de nuevos acontecimientos que sorprendieron a las gentes de la vieja ciudad castellana: la fotografía, el ferrocarril, el teléfono, la luz eléctrica, el cinematógrafo, los automóviles,  el tranvía eléctrico, la radio, la televisión, etc.

Valladolid en ocasiones fue de las primeras ciudades en disponer de estos inventos que admiraron al mundo e hicieron más confortable nuestra vida.

Marcelino Muñoz, un fotógrafo establecido en el Campo Grande hacia el año 1900, va conociendo junto a Félix López, guarda del histórico jardín, los inventos modernos que sorprendieron a la gente: los aviones, el automóvil, el cine sonoro… que aparecían por vez primera en el siglo XX. Y, al mismo tiempo, le cuenta cómo ocurrieron  aquellos otros avances tecnológicos que acontecieron en el siglo XIX, como lo fue el ferrocarril o el telégrafo.

Lo ha rodado y montado el productora Liberarte con banda músical montada por Armando Records. Ofrece muchas imágenes de archivo, pero tiene una historia rodada con actores que representan a dos personajes reales: Marcelino Muñoz, fotógrafo del Campo Grande, y a Félix López, un guarda del parque que había en el año 1900.

Los actores son Javier Carballo (del grupo musical Los Pichas y actor en obras del grupo teatral Teloncillo) que encarna a Marcelino;  Carlos Pinedo (Teatro Corsario y series de Televisión) que da vida a Félix;  y Anahí Van der Blick (Líbera Teatro y varios premios teatrales) que representa a una joven de ficción  llamada Jacinta. La Voz en off es de Rosa Manzano (actriz en obras de Teatro Corsario).

En 1860 llegó a Valladolid, procedente de Burgos, la primera máquina de tren. Aún quedaba por completar la línea ferroviaria Madrid-Irún (que pasaba por Valladolid).

Corría el año 1887 cuando se publicó que Valladolid ya disponía del primer teléfono particular. Lo instaló un industrial para comunicar su casa en la calle Santi Spíritu con su local sito en la calle Constitución. La imagen es posterior a la del año de aquel acontecimiento.

Sabemos que en 1883 varias familias acomodadas ya disponían de velocípedos: aquellos artefactos de rueda gigantesca. Y en 1886 se celebraron las primeras carreras ciclistas en el Campo Grande.

Año 1911, las gentes de Valladolid vieron volar sobre sus cabezas los dos aeroplanos pilotados por sendos pilotos franceses que participaban en el Raid Aéreo Salamanca-Valladolid. ¡A la friolera velocidad de 90 km / h! En la imagen, uno de los primeros aviones que hubo en Valladolid.

La Casa Mantilla, que se terminó de construir en 1892, fue novedosa por tres motivos: se trataba de la más alta de la ciudad, instaló el primer ascensor que hubo en Valladolid y disponía de sistemas para producir su propia energía eléctrica para servicio de las viviendas y el ascensor.

En 1906 se constituyó la Electra Popular Vallisoletana y fue la empresa que impulsó la extensión de la electricidad a toda la ciudad y que posibilitó que se fueran sustituyendo las farolas de la calle  de gas por eléctricas.

El tranvía eléctrico comenzó a funcionar el año 1910, y sustituyó al de tracción animal tirado por mulas desde 1881.

Marcelino Muñoz, popular fotógrafo del Campo Grande, que se estableció en Valladolid a primeros del siglo XX.