PUENTES SOBRE EL PISUERGA

Tan acostumbrados estamos a pasar sobre los puentes del Pisuerga que terminamos por ignorarlos. Sin embargo, Valladolid tiene puentes de cierta belleza arquitectónica y, otros, cargados de historia. Los senderos que se han ido acondicionando en ambas orillas del río nos facilitan, además,  su contemplación.

Nuestros puentes han servido, unos,  para hacer ciudad, como los que en los años cincuenta se construyeron para “asaltar” la Huerta del Rey;  y otros, como el Mayor y el de Hierro o Colgante, para conectar partes de la ciudad que de antiguo existían y, sobre todo, enlazar con caminos y carreteras.

Valladolid tiene 11 puentes y dos pasarelas peatonales que se han ido construyendo con diversos estilos. No podemos olvidar que son obras de ingeniería y, por tanto, más atentas a solucionar los problemas técnicos y resolver las conexiones viarias.  Aun así en unos cuantos de ellos podemos ver arcos, tirantes  y pilares de muy agradable factura.

No obstante esto de los puentes no es una cosa “pacífica”, pues hay quienes piensa, y no sin razón, que un exceso de puentes destruye la belleza natural que nos ofrece el Pisuerga, pues a pesar de que ha habido demasiada permisividad para levantar edificios exageradamente encima de sus riberas (y especialmente el llamado Duque de Lerma), Valladolid puede presumir de río, de márgenes, de vegetación, y de paseos junto a sus orillas.

Los puentes han dado lugar a números dichos y refranes que no son sino metáforas  para interpretar la vida y las relaciones humanas. Así, empleamos con frecuencia frases como  “tender puentes”, “quemar los puentes”, “a enemigo que huye puente de plata”… o esta bonita frase atribuida a Isaac Newton: “Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes”.

Un somero vistazo sobre los puentes de nuestra ciudad nos da una idea precisa de cómo cambió Valladolid: en 600 años solo se construyeron dos puentes (siglo XIII- XIX): el Mayor y el Colgante; y en menos de sesenta años (1955-2011) se construyeron nueve y dos pasarelas peatonales.

Pues bien, no vamos a pasar sobre los puentes, sino a “disfrutar” de ellos. Por tanto, cuando atravesemos el río, invito a que dediquemos unos minutos a observar los puentes que queden a nuestra vista.

Es necesario indicar, cuando hablemos de cada puente, que no siempre hay coincidencia entre los datos que se manejan en las diversas fuentes que he consultado: hemeroteca, archivo municipal, paneles informativos y publicaciones. Me refiero a, por ejemplo, fecha de inauguración, de apertura al público o incluso longitud (pues depende de qué se considere el puente: si solo su voladizo sobre el agua o los accesos también, etc).

 

El puente Mayor,  cuya construcción en piedra hay que situarla más bien en el siglo XIII,  parece que en origen tuvo una construcción alomada (muy propia de los puentes románicos) y no rasante, como ahora lo vemos. A lo largo de su historia  ha sufrido numerosas reformas y reparaciones producidas por daños causados por riadas, por adaptaciones al tráfico o por la famosa voladura de varios arcos que provocaron los franceses en 1812. Tiene 10 arcos  y una longitud de 153 metros. El dibujo está tomado del libro de Ventura Pérez y refleja como sería el puente en el siglo XVIII.

 

 

Siguiendo el orden cronológico, el segundo puente que cruzó el Pisuerga fue el de Hierro, de Prado o Colgante, descrito en su día por la prensa como “modelo de solidez y elegancia”.  Su construcción se remonta al año 1865.   La estructura la realizó la empresa John Henderson Porter,  en Londres. Tiene una longitud de 75 metros. Entonces, el viejo Monasterio de Nuestra Señora de Prado ya estaba reconvertido en cárcel. Por eso, en ocasiones se hablaba del “puente del presidio”: de hecho, hasta la construcción de este puente, había un servicio de barcaza entre una y otra orilla que prestaban presidiarios de confianza. Un puente que, según las crónicas, estaba llamado a “prestar muy buen servicio a nuestra ciudad y a muchos pueblos de la provincia situados al otro lado del río”. Su construcción, más cabría decir ensamblaje de las vigas de hierro  apoyadas sobre los sólidos pilares de hormigón,  fue realmente rápida, pues si en junio de 1864 se habían acopiado junto al río los materiales de obra, en abril del año siguiente, exactamente el día 11, se hicieron las pruebas de carga para a continuación abrirlo al público, previa inauguración llevada a cabo el 19 de aquel mes de 1865.

 

 

El tercer puente sobre el Pisuerga, llamado de Isabel la Católica (nombre oficial), José Luis Arrese (ministro de Vivienda)  o del Cubo (por estar a la altura del viejo puente del Cubo que cruzaba sobre la desembocadura del Esgueva en este punto de la ciudad). En 1956  ya estaba abierto al tráfico de vehículos pero sabemos que el 25 de diciembre de 1955  ya se permitió el paso de peatones.  Mide 110 metros y,  como el del Poniente,  fue proyectado por el Sargento de Ingenieros Luis Díaz Caneja Pando.

 

El puente del Poniente, o  de González Regueral (nombre oficial del puente y alcalde de Valladolid entre 1949 y 1957), fue otro de los que se pensaron para dar el salto al otro lado del río sobre los terrenos de la Huerta del Rey. El  último día de febrero de 1957 los vallisoletanos comenzaran a pasar por el puente de 131 metros de longitud que se bautizó como de Vicente Mortes (a la sazón ministro de Vivienda entre 1969 y 1973).

 

 

Puente de García Morato (militar), que es como se le conoció desde el principio) o de Sánchez Arjona (ministro de Vivienda entre 1960 y 1969). Su nombre correcto, de reciente acuerdo, es de Adolfo Suárez. Mide 200 metros.  En septiembre de 1967 se llevaron a cabo las pruebas de resistencia y el día 9 de octubre de 1967 se inauguró este  quinto puente de la ciudad: “cinco puentes y sobre el Pisuerga y el sexto en proyecto”, relató la crónica de El Norte de Castilla. (Ripio de Ansúrez publicado  en su día en El Norte de Castilla)

 

Arturo Eyríes (responsable de servicios militares de Farmacia), de la División Azul, del Palero, o del Doctor Quemada –que es su nombre oficial-  es el sexto puente. Fue de iniciativa privada puesto que esta fue la condición del Ayuntamiento para que los promotores de este nuevo barrio obtuvieran los permisos correspondientes. No ha sido posible determinar una fecha concreta de inauguración o apertura al tráfico. En cualquier caso, en 1972 ya estaba en uso y la información oficial sobre su longitud nos habla de 102  metros.

 

Puente (o puentes gemelos) del Cabildo.  Ya estaban abiertos al tráfico  en 1988, aunque su inauguración oficial se hizo en enero de 1989. Tiene una longitud de  180 metros y es nuestro séptimo puente.

 

El de Juan de Austria o popularmente, de El Corte Inglés, se inauguró  el 19 de mayo de 1990. La información técnica del proyecto da la cifra de 214 metros de longitud, aunque  El Norte de Castilla manejó el dato de 175.

 

Puente de la Hispanidad, también lo llaman Atirantado, o de la Ronda.  Se inauguró 12 de mayo de 1999 y  se festejó con fuegos artificiales, actuaciones musicales y una limonada. Asistió una enorme cantidad de  público: allí se mezclaron los curiosos,   una parte del vecindario crítico con el alcalde de entonces, trabajadores que protestaban porque se acababa de condenar a cárcel o multa a varios  policías municipales y bomberos que habían llevado a cabo una sonada sentada sindical en dependencias de la Casa Consistorial…  en fin una auténtica multitud. Este puente supuso un cambio sustancial respecto a los puentes que se habían construido en las décadas 50 y 60. Se quería hacer una construcción de esas que se suelen llamar emblemáticas, de tal manera  que tuviera una estética muy agradable incluyendo una iluminación singular. Los mástiles tienen 25 metros de  altura, y el puente 156 metros. (Las Imágenes en blanco y negro son de El Norte de Castilla).

 

La condesa Eylo  tiene entre la Rondilla y la Victoria un puente  (130 metros) que lleva su nombre. Es el décimo con que cuenta Valladolid. Una paellada popular acompañó su inauguración el sábado 22 de mayo de  1999.

 

Corría el 25 de marzo de 2011 y se inauguraba el puente de Santa Teresa. Se trata del undécimo  y último hasta la fecha de los puentes rodados sobre el Pisuerga. Tiene una longitud de 194 metros, y el alcalde cortó la cinta en medio de una controversia entre una parte del vecindario y el consistorio, pues los primeros no veían la necesidad de tal obra que, además, consideraban muy costosa.

 

El Museo de la Ciencia cuenta con el complemento de una bella pasarela peatonal. En junio de 2004 ya estaba en servicio. Se hizo siguiendo el diseño del afamado arquitecto Rafael Moneo y su socio Enrique de Teresa, que a su vez son los responsables del Museo de la Ciencia. Tiene una longitud total de 234 metros  (o 400 según se quiera considerar): en cualquier caso, la estructura metálica característica de la pasarela mide 111 metros y pesa 200 toneladas.

 

Gómez Bosque, entrañable y querido médico vallisoletano, por su compromiso social y político que falleció en junio de 2008, tiene el homenaje de la ciudad dando nombre a una pasarela peatonal que une el Camino Viejo de Simancas con el barrio de Arturo Eyries. Se trata de una estructura de ligero aspecto y de 100 metros de longitud, en la que se pretende que la iluminación tenga un protagonismo destacado: se inauguró el 14 de marzo de 2011.

 

Y terminamos nuestro deambular  por los puentes del Pisuerga  con un par de panorámicas: una, cuando ya construidos los puentes de la Huerta del Rey, el barrio aún no se había comenzado a edificar (Archivo  Municipal); y otra, una vista aérea tomada durante un paseo en globo sobre la ciudad.

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LOS PUENTES DE UNA VIEJA COMARCA

La campiña del Pisuerga es una de  las viejas comarcas vallisoletanas. Una vez que la aldea de Valladolid compró su independencia a Cabezón,  fue configurando un alfoz de amplísima influencia y tamaño. A él llegaron a pertenecer poblaciones tales como Peñaflor de Hornija, Cigales, Villanubla, Renedo, Portillo, Tudela de Duero y otras. Municipios que, sin embargo, con el paso del tiempo pasaron a formar parte de otras comarcas: Torozos, Esgueva o Tierra de Pinares.

La feracidad de las tierras cerealistas, la presencia de abundante agua y un clima relativamente benigno, hicieron que el entorno del Pisuerga fuera visitado por vacceos, romanos, visigodos y musulmanes, hasta que las tropas cristianas repoblaron definitivamente la vieja Castilla. La presencia humana en las orillas del Pisuerga se remonta a la Edad del Hierro, y esto ha dejado un importante yacimiento arqueológico en el extenso meandro que, conocido como Soto de Medinilla, forma el río ya a punto de entrar en Valladolid.

Curiosamente, este antiguo territorio, que se fue desmembrando tanto como se tejió  a lo largo de la Edad Media,  terminará por ser el primero en parecerse más a una verdadera comarca, aunque su denominación administrativa será la de Área Funcional, merced a una reciente ley de Ordenación del Territorio de Castilla y León.

Moderna comarca (Área Funcional) en torno a la capital vallisoletana que, paradójicamente,  de nuevo traerá a su ámbito algunos municipios que, como antes indiqué, formaban parte de otros territorios… es decir, como un largo viaje de ida y vuelta. En cualquier caso, más se parece a una extensa área metropolitana en torno a la capital de la provincia que entre los 22 municipios que la integran agrega una población de más de 400.000 (para hacernos una idea, toda la provincial suma unos 530.000). Población que se desparrama por miles de hectáreas de terreno antes rústico y ahora ocupado por innumerables urbanizaciones.

Con estos someros antecedentes  pasearemos por esta remozada comarca en construcción, en la que varios ríos se anudan entre sí: Pisuerga, Duero, Esgueva, Cega y Adaja. Razón por la cual uno de los hilos conductores de nuestro  viaje serán los puentes, entre los que se encuentran algunos de los que fueron más importantes de la vieja Castilla. Puentes, muchos de los cuales, a los que se les atribuye origen romano, cuando nada permite sostener esta afirmación, salvo construcciones anteriores a las actuales, fueran de madera –lo más probable- o de piedra.

A mayor abundamiento, la mayoría de ellos han sufrido profundas reformas a lo largo de la historia, bien sea por riadas, por nulo mantenimiento o por destrucciones bélicas, especialmente las padecidas durante la Guerra de Independencia.

 

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Santa María de Palazuelos, monasterio cisterciense al que se accede desde Cabezón, aunque está en el término de Corcos del Valle. Comenzó a edificarse en el siglo XIII, aunque tuvo importantes reformas en el XVI

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El municipio de Cabezón de Pisuerga, antes de Cerrato, debe su nombre al “cabezo”, esa prominencia que domina el caserío. En sus estribaciones hubo viviendas trogloditas hasta los años 50 del s. XX, ahora muchas reconvertidas en bodegas. Del puente de Cabezón, de origen medieval, se escribió en el s. XVII que era de los más importantes de todo el reino y que por él pasaban los ganados y la mayor parte de los viajes comerciales de toda Castilla

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Fuentona y antiguo lavadero de Santovenia de Pisuerga, construida (o reformada) en 1808, está en la entrada del municipio, junto a las piscinas. Es una de las fuentes más monumentales de la provincia

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Soto de Medinilla, un amplio meandro entre Santovenia y Valladolid, que estuvo habitado durante varios siglos a partir de la Edad del Hierro. Se trata del yacimiento arqueológico más antiguo de la ciudad

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Panorámica aérea del puente Mayor de Valladolid

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Pórtico de la iglesia parroquial de San Juan, en Arroyo de la Encomienda: una joya del románico tanto por su factura como por conservarse casi intacta: empezó a construirse en el s. XII…  Y una imagen de la escultura que, cerca de la iglesia, recuerda una importante actividad  de este municipio: la granja de los Ibáñez

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Simancas, magnífico puente de 17 arcos sobre el Pisuerga, ya cerca de desembocar en el Duero

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Ahora Puente Duero es un barrio de Valladolid, pero fue municipio en su día. Su puente era imprescindible para las comunicaciones con Madrid

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La  cartuja de Aniago, en el término de Villanueva de Duero, se alza junto al lugar en el que el Adaja se une al Duero. Antes de su desamortización en 1835, el general francés Kelleman (algo así como el gobernador militar de Valladolid) mandó habilitar una escuela gratuita para los pobres

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Puente de Aniago, sobre el Adaja. Para acceder a él hay que ir hacia el área recreativa que junto a la urbanización de los Aljibes se alza en la carretera que conduce a Villanueva de Duero. Fue puente importante, al igual que el de Puente Duero, para las comunicaciones con Medina del Campo y la capital del reino

IMPORTANTES OBRAS DE INGENIERÍA

La rutina de pasar sobre ellos ha hecho que muchos puentes pasen casi desapercibidos. Y, sin embargo, es probablemente la obra de ingeniería más importante de muchos municipios. En otro tiempo punto de cita de la juventud, destino del paseo al atardecer,  lugar de juegos para la chiquillería, o piscina natural donde bañarse en verano si próximo a sus pilares hubiera una represa, los puentes han sido una principal referencia en la vida de las gentes de la mayoría de los municipios. Pues raro es que más cerca o más lejos, no haya un río o un arroyo que pase por el término municipal sino, más bien, muy próximo al caserío de la población. No podemos olvidar que la existencia de un curso de agua ha sido fundamental para que los asentamientos humanos se consolidaran: los pozos o los manantiales del terreno ayudaban a abastecer de agua, pero los ríos eran fundamentales.

Y, además, aunque no fuera el río imprescindible para cubrir las necesidades de los pueblos, había que salvar su cauce para disponer de vías de comunicación durante todo el año. Y hasta que los puentes proliferaron por los caminos y carreteras (merced sobre todo a las políticas de obras públicas de Carlos III), el vadeo de los arroyos,  y las barcas en los ríos principales, solucionaban mejor o peor la comunicación entre las orillas de los cauces fluviales.

Será difícil que en cada municipio no haya algún puente de cierto interés tipológico, histórico o constructivo.jaramiel villabañez 7

Incluso los más modestos arroyos tienen puentes interesantes. Larga puede ser la lista pero pongamos algún ejemplo como es el de Villabáñez (Arroyo Jaramiel) (el que aparece en la foto) o Montealegre (Arroyo Anguijón). Y, sin duda, de los ejemplos de puentes sobre humildes ríos destaca el de Becilla de Valderaduey,  tan sencillo como hermoso puente romano.

Otros puentes hay que pasan más desapercibidos y que pertenecen a diversas épocas, y el de Vadalba, sobre el Eresma, próximo a Pedrajas de San Esteban, o el de Cogeces de Iscar (notable puente medieval sobre el Cega) son buenos ejemplos de tantos otros puentes como hay sobre cauces medianos.

Y, sin duda alguna, son los ríos Duero y Pisuerga los que, por lógica, muestran los puentes de mayor envergadura: Valladolid, Simancas, Quintanilla de Abajo/Olivares de Duero, Peñafiel, Tudela de Duero,  Cabezón de Pisuerga, Puente Duero o Tordesillas son buenas poblaciones para contemplar los potentes tajamares.

Ciertamente es larga la lista de puentes de cierto interés por unos u otros motivos, y aquí podríamos abrir una relación que incluyera a  Mayorga, Mojados, Olmedo, Siete Iglesias, Torrelobatón… etc.

Y muchos son los puentes que hay pues Valladolid fue tierra de encrucijadas, y por la que desde antiguo han discurrido importantes vías de comunicación: fuera en tiempos de la presencia de los romanos, la Edad Media o en los reinados de la Edad Moderna, la provincia ha dispuesto de numerosos puentes, que no deben pasar desapercibidos.

UN FERROCARRIL INJUSTAMENTE OLVIDADO

La vieja línea de Valladolid- Ariza necesió de siete puentes y  treinta y ocho pontones para salvar desniveles y cauces fluviales. De buen acero bilbaíno, se construyeron a lo largo de los 254 kilómetros de la línea ferroviaria, que llegó a tener en servicio veintisiete estaciones y tres apeaderos.

Escribe Pintado, autor de un espléndido estudio sobre la línea de Ariza, que sus puentes  “se yerguen en medio de los campos castellanos, con majestuosidad propia, cuya contemplación nos recuerda hoy que, en otros tiempos, por allí circularon trenes que vertebraron el pobre territorio que atravesaban”. Prestó, además de servicio de pasajeros, un notable servicio de mercancías: por aquí llegaba la remolacha a la azucarera Santa Victoria y de Valladolid salían los cereales para Cataluña. La línea se inauguró en enero de 1895 y se cerró definitivamente en 1993, después de un largo periodo de decadencia, descuido y desinterés por su mantenimiento. En aquel año ya sólo 8 personas trabajaban en la línea, que, para hacernos una idea, tenía 204 trabajadores en 1958.

Nació esta línea ferroviaria para unir las redes de ferrocarriles que transitaban por el norte con las del nordeste, y en sus años de gestación se la denominaba  “Línea del Duero”, tal como se pone de manifiesto en numerosos debates que hubo en el Ayuntamiento de Valladolid sobre este particular.

Las razones pretextadas para su cierre definitivo fueron las limitaciones de velocidad, debido a su mal estado, que no se quería reparar, lo que le hacía no competitivo para la explotación comercial; los numerosos pasos a nivel que tenía; y las presiones del Banco Mundial para que RENFE cerrara la línea por antieconómica.