EL TRABAJOSO MONUMENTO DEL CONDE

La huella del conde Ansúrez en Valladolid (y III)

Se inauguró en la Plaza Mayor  el 30 de diciembre de 1903. Si solo dijéramos esto estaríamos hurtando una más que interesante historia sobre el mismo, que tuvo una larguísima gestación cuajada de numerosas anécdotas y curiosidades.

Y a ellas no vamos a referir muy resumidamente.

En el año de 1862 se solicita presupuesto de una estatua de Don Pedro Ansúrez al escultor Nicolás Fernández de la Oliva (a la sazón profesor de la Escuela de Industrias, Artes y Oficios, y autor de la escultura de Cervantes situada en la plaza de la Universidad). Este presenta varios presupuestos según la estatua se realizara en piedra caliza, mármol del país, mármol de Carrara o bronce. Según el historiador José Luis Cano de Gardoqui García, el monumento se iba a colocar en la plaza de San Miguel.

El caso es que ese primer tanteo tardó cinco años en cuajar, pues no fue hasta 1867 cuando el Ayuntamiento acordó con Fernández de la Oliva las bases para construir el monumento. Para pagar los gastos se hizo una suscripción popular y se compró una piedra con el fin de hacer el pedestal. Piedra que tardó en estar en la Plaza Mayor, pues en realidad acabó poniéndose como pedestal a la estatua del dios Apolo que durante unos años adornó  la Fuente Dorada.

En 1872, parece que  ya había una piedra en medio de la plaza con la finalidad de ser el pedestal del conde. Piedra que fue objeto de debate en un pleno municipal de 1877, en el que varios concejales pidieron que la piedra se trasladara a la plaza de Santa María o lugar próximo al palacio que habitó el Conde, que es  donde se sugiríó que se  levantara su estatua; y que en la plaza Mayor se construyera una fuente monumental abastecida con las aguas del Pisuerga que en esas fechas estaban abasteciendo las fuentes de la ciudad.

(Esta imágen es ficticia, creada por Alberto García, diseñador gráfico, a petición mía)

Pero hemos sabido  que sobre aquella piedra en realidad había un obelisco que estaba instalado en 1873. Se trataba, al parecer, de un “monumento provisional”  (¿a la I República?). Es el caso que el “dichoso” obelisco fue  motivo de algunas controversias: en 1877 el concejal encargado del “ornato público” propuso que se derribara, alegando  que “la permanencia del obelisco es ofensiva a la reconocida cultura de la capital de Castilla la Vieja”. 

Ciertamente esa piedra era, valga la expresión, “una china en el zapato de la ciudad”: en 1875, es decir dos años antes de lo relatado más arriba, Valladolid iba a recibir la visita de Alfonso XII, motivo por el que se quería mostrarle la mejor cara de la ciudad. Para tal fin se acordó que desapareciera el capitel (obelisco) sito en la plaza y que se sustituyera por una estatua en yeso del Conde.

VENTICINCO AÑOS MÁS TARDE

Llegamos a agosto de 1900, fecha en que el alcalde Mariano González Lorenzo se lamentaba de que “… el monumento del conde Don Pedro Ansúrez que tantas veces se ha  proyectado, quedándose otras tantas relegado al olvido sin causas que lo justificasen…”

Parece que ya la corporación se pone a ello para saldar esta vieja deuda con la memoria del repoblador de Valladolid, y de nuevo se estudia la forma de llevarse a cabo. En ese mismo año, el escultor Aurelio Carretero se ofrece al Ayuntamiento para llevar a cabo la construcción del monumento. A todo esto, el primer escultor consultado, Fernández de la Oliva, había fallecido en agosto de 1887.

A tal efecto se crea una comisión encargada de inspeccionar y revisar las obras y los gastos que fueren necesarios para la construcción del monumento. Para abaratar costes el propio Carretero propone que la obra se lleve a cabo en invierno, aprovechando la temporada “del plus”. ¿Y qué era el plus? Pues cuando el Ayuntamiento contrataba obreros jornaleros del campo que terminadas las faenas del campo (siega y vendimia principalmente) se quedan sin trabajo, y de esta manera se les abonaba algún salario que les permitiera pasar el invierno.

(Archivo Municipal de Valladolid)

Por cierto, el asunto del coste también preocupó a Carretero, pues él mismo presentó un proyecto “conteniendo los vuelos de la imaginación para no presentar un modelo irrealizable por su coste y sujetado a lo que realmente puede llevarse a cabo sin sacrificio, procurando que dentro de su sencillez reúna todas las condiciones de Monumento y a la vez tenga sabor de época”…

Hubo algún debate acerca de si el pedestal y la estatua deberían ser realizados por el escultor o si se podían separar, como así se hizo finalmente: Carretero la escultura y bronces del pedestal, y Agapito Revilla (a la sazón arquitecto municipal) el pedestal de piedra.

Y el pleno de 4 de enero de 1901  toma el acuerdo de que se construya en la Plaza Mayor, de acuerdo al presupuesto que habían presentado Carretero y Revilla.

Vamos a dar dos pinceladas sobre quienes fueron los ejecutores del monumento. Aurelio Rodríguez-Vicente Carretero, que solía firmar como Aurelio Carretero o A. Carretero, nació en  Medina de Rioseco 17 enero de 1863  y falleció en  Madrid en marzo de 1917. Entre otras obras, es el autor del monumento a Zorrilla, los bustos de Isabel la Católica en Medina del Campo y el de Miguel Íscar en el Campo Grande, así como de la escultura que preside el panteón de personas ilustres del cementerio del Carmen.

Y Juan Agapito y Revilla, arquitecto municipal de Valladolid, nació en la ciudad el 13 diciembre de 1867, y falleció en 1944. Destaca no tanto por obras arquitectónicas (hizo el iglesia de La Pilarica) como por sus numerosos estudios y publicaciones sobre la historia de Valladolid. Supongo que todos uds. conocerán su obra imprescindible: Las calles de Valladolid. También hay que destacar que fue quien halló el famoso plano de Ventura Seco de 1833. Estaba adherido a la parte inferior de una mesa en las dependencias municipales. Agapito lo reprodujo con todo detalle, y el original se conserva en el Archivo Municipal.

Para la realización de la estatua, el municipio solicitó  al Ministerio de la Guerra que cediera gratuitamente 350 kilogramos de bronce. Pero  aquella solicitud no fue atendida, pues siguiendo las instrucciones  de la reina regente María Cristina de Austria, madre del menor futuro Alfonso XIII, se rechazó tal petición alegando la escasez de existencias de bronce en los parques de Artillería.

Ante esta contrariedad, en marzo de 1901 el propio escultor Carretero ofreció gratuitamente el bronce de lo que tenía en su estudio.

POR FIN, LA INAUGURACIÓN

El Ayuntamiento quiso inaugurar el monumento durante las Ferias de septiembre de 1903, tal como se anunciaba en el programa, pero hubo que suspender el acontecimiento pues el pedestal aún no estaba terminado.

Fue el 30 de diciembre. A las 11 de la mañana, según acta levantada por el secretario municipal.  Con toda la corporación presente, se procedió al descubrimiento de la estatua, y el acto fue amenizado por los acordes de la Marcha Real y se disparó  multitud de cohetes y bombas reales.

Ahora, detengámonos con detalle en el monumento que finalmente fue inaugurado:

La escultura se concibe reposada y tranquila con el pendón castellano en la mano derecha, y  del brazo izquierdo  pende, y recoge, el manto digno de nobleza al mismo tiempo que porta el documento que le acredita señor de Valladolid.

El pedestal, según la memoria del proyecto de 1900  llevará “unos pilarotes que sujeten las cadenas propias de los puentes levadizos hasta la coronación almenada. En el frente la figura simbólica de Castilla narrando a unos niños la Historia del Conde y los hechos de sus mayores; los laterales ostentan dos escudos orlados, ambos de laurel y roble, conteniendo el uno un castillo y el otro un cebú, reuniendo así gloria, firmeza, nobleza y fuerza”.

 

Es el caso que el pedestal que finalmente se levanta sigue las indicaciones de Agapito y Revilla, modificando sustancialmente  la idea del escultor. Y es el que ahora luce en la plaza Mayor: una inscripción que pone, “La ciudad de Valladolid erige este monumento a la memoria de su protector y magnánimo bienhechor el Conde D. Pedro Ansúrez. Siglos XI-XII”. Frente a la Casa Consistorial, el escudo de la ciudad.

En los costados sendos relieves que representan el acto conocido de la vida del Conde ante Alfonso I el Batallador, rey de Aragón,  divorciado  de Dª Urraca, con la soga al cuello (el divorcio puso en aprietos al conde, pues debía lealtad a Urraca su “señora natural”, y al rey aragonés, al que había prestado “juramento de fidelidad”).

Y el otro suponemos que  representa las obras de la iglesia de Santa María la Mayor con la torre de la Antigua al fondo, que según entonces se creía, eran las dos obras más artísticas que hizo Ansúrez en la villa. Ahora sabemos que, podría existir o no la capilla de la Antigua, pero desde luego no su torre.

Finalmente hay varios sellos redondos que representan las dos caras (una muralla con ocho puertas y torres donde pone VAL por un lado; y por otro un castillo): se trata, en realidad de una representación simplificado del primer sello oficial de Valladolid, que se puso en un pergamino del siglo XIII.

 

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LAS FUNDACIONES DEL CONDE Y DOÑA EYLO

La huella del conde Ansúrez en Valladolid  (I)

 En palabras de Julio Valdeón, “trazar una biografía del conde Ansúrez es una tarea poco menos que imposible pues (de nuestro personaje) apenas sí tenemos otra cosa que unas escuetas referencias cronísticas (…) No obstante quizá lo más interesante al estudiar la figura del repoblador de Valladolid no sea tanto intentar penetrar en los pormenores de su peripecia vital, tarea por lo demás imposible, sino recrear aquella época que tanta transcendencia tuvo para el desarrollo de nuestra villa, y situar en la misma al conde don Pedro.”

Fernando Pérez Rodríguez-Aragón –Conservador del Museo de Valladolid-,   dice que  “El conde Pedro Ansúrez se convirtió en el más importante de los nobles del reino, ocupando el primer lugar entre los magnates en los diplomas emanados de la cancillería del rey”.

La figura del fundador, repoblador, poblador o impulsor (que de todas estas formas podríamos calificarlo) nos ha llegado cargada de muchas leyendas y tradiciones que no se pueden cotejar por la ausencia de documentación que las corrobore.

Pero lo más importante de nuestro conde y su esposa Doña Eylo no es tanto qué construyeron, sino que merced a su quehacer e influencia en la corte del Reino de León,  legaron un Valladolid que con el tiempo alcanzó la mayor importancia en la historia de España. Como diríamos ahora: puso Valladolid en el mapa.

Mas, cierto es que hay algunas construcciones vinculadas al conde, bien porque se levantaran en vida de él, bien porque fueron producto de su iniciativa.

Y por ellas vamos a pasear con los ojos bien abiertos.

Sendas imágenes del conde y la condesa que presiden el salón de Plenos del Ayuntamiento de Valladolid. Son de finales del siglo XIX y de autor desconocido.

La torre de la Colegiata ansuriana que ha llegado hasta nuestros días es,  bastante retocada, la puerta de entrada a la iglesia que, efectivamente se levantó en vida de los condes. Se consagró en mayo de 1095 con la presencia del mismo rey y los principales nobles del reino, amén de buena parte de la jerarquía católica de entonces.

La colegiata de Santa María la Mayor, que así se llamó, tuvo un trazado románico propio de su época, pero apenas dos siglos después se destruyó para construir otra gótica, hasta que ya en el siglo XVII de la mano de Juan de Herrera se levantó la iglesia catedralicia que ahora vemos.

De cómo fue aquella primigenia colegiata poco se sabe. Es más, a partir de las interpretaciones de lo poco que se conserva y su entorno, se puede llegar a conclusiones muy dispares. De hecho, dos prestigiosos arquitectos vallisoletanos que se han detenido en estudiar el tema ofrecen estas dos versiones de la colegiata: Javier Blanco considera que era un edificio de una sola nave con cubierta abovedada de 6,50 metros de anchura y unos 10 de altura; mientras que Óscar Burón se inclina por describir un edificio de tres naves de 17,45 metros de anchura interior y unos 45 de longitud.

En cualquier caso sí parece claro que la torre era la puerta de acceso al edificio y seguramente estaba coronada con un cuerpo de campanas. Mas, no hemos de dejar de anotar que algún estudio reciente muy concienzudo apunta a que tal vez la torre actual sea una construcción posterior a la propiamente ansuriana.

Es muy interesante también saber el porqué de la construcción de la colegiata en este enclave: ¿Por ser el punto más alto de la villa? ¿Porque no había sitio en la población que se encontró el conde? ¿Porque  aún eran visibles las ruinas de una antiguo asentamiento romano, y por tanto un lugar noble?…

Lo que se conserva de la torre (con bastantes modificados) románica, y a a derecha restos de la colegiata gótica.

Dibujo del arquitecto Javier Blanco según su versión de cómo pudo ser la Colegiata ansuriana. A la izquierda, puentes sobre la Esgueva.

 

Cabe suponer que la iglesia de Santa María de la Antigua también se construyó en vida del conde, considerándola por parte de los historiadores clásicos como la capilla del palacio condal. Mas,  con toda seguridad carecía de torre: la que ahora vemos es del siglo XIII o muy de finales del XII. No obstante, de la Antigua no hay noticia documental hasta 1177, es decir 59 años después del fallecimiento del conde. Lo cierto es que solo esta y el pórtico son los restos  románicos que  de la iglesia se conservan, pues  dos siglos después tuvo numerosas reformas; y la actual que vemos es una reconstrucción completa neogoticista de principios del s. XX (a excepción de la torre y el claustro, como ya hemos dicho).

Imágen de la actual iglesia de la Antigua y cómo, en realidad, debió ser la que se construyó en tiempos de Ansúrez: se trata de la iglesia de Santa María de Riaza, Segovia.

Sin duda el puente Mayor de Valladolid es el que más literatura ha conocido y alguna que otra leyenda (como que su construcción se debe al mismísimo Satán). La tradición viene atribuyendo su erección al moro Mohamed por mandato de la condesa Eylo, en los años en que su esposo estaba junto al rey Alfonso VI en el asedio de Toledo; y después fue ensanchado por Ansúrez. De la existencia de un puente sobre el Pisuerga (o río Mayor) hay noticias en 1114 y más tardías en 1188, más ninguna de ellas nos permite afirmar que se tratara de un puente de piedra. Recientes estudios, como el de “La arquitectura de Puentes de Castilla y León 1575-1650” realizado por Miguel Ángel Aramburu-Zabala Higuera, se inclina por dar como fecha de construcción (en piedra) hacia el siglo XIII.

No obstante, lo cierto es que no existe un trabajo a fondo que haya estudiado y documentado el puente Mayor.

Cuenta la tradición que cuando el conde recaló en Valladolid después de que Alfonso VI le cediera estas tierras había dos iglesias: San Pelayo (luego San Miguel) y San Julián. Pero esto también se envuelve en la bruma ante la falta de documentación, pues cuando el conde llegó ¿qué había aquí?: ¿Una pequeña aldea dependiente de Cabezón? ¿Una simple granja agrícola y ganadera? ¿No había nada y el conde levantó las primeras construcciones? En fin, en estos dilemas se debaten los historiadores contemporáneos.

La medievalista Adeline Rocquoi sostiene que a la muerte del conde había cuatro iglesias: Santa María de la Antigua, la colegiata, y las antes citadas.

Por otro lado  Pérez Rodríguez-Aragón relata que cotejando la escasa documentación de la época, “Pedro Ansúrez no menciona expresamente que estas iglesias hubieran sido fundadas por él; pero tampoco se dice lo contrario. Sin duda por aquel entonces ya eran de su propiedad, y al no existir tampoco testimonio de que las hubiera adquirido de un propietario anterior, es muy posible que San Julián y San Pelayo sean fundaciones de su tiempo”.

La gran obra del conde  en realidad fue, como ya hemos dicho, la fundación o engrandecimiento de Valladolid. Eso se tradujo en la construcción de las iglesias comentadas y posiblemente la celebración de mercado regular (aunque la verdad es que este mercado no aparece en documento alguno hasta 1152). Tener mercado, merced a una concesión real, suponía mucho para una población, pues además del impulso de la economía, atraía comerciantes y artesanos que se establecían en la villa. Sí parece que el entorno de la colegiata se convirtió en el lugar más importante de Valladolid, lo que se tradujo en la aparición de un nuevo barrio, el llamado de las Cabañuelas. También se conoció como el barrio de francos y, de hecho, hasta el siglo XX la actual calle Juan Mambrilla se llamaba de Francos.

¿Ese nombre obedece, tal como relata Juan Agapito y Revilla,  al asentamiento de soldados franceses en Valladolid que vinieron a España en ayuda del Alfonso VI para la conquista de Toledo y posterior contención de la arremetida de los almorávides contra los reinos cristianos? ¿O fue producto de que poco a poco se fueron asentando comerciantes, soldados, extranjeros que en general recibían el tratamiento de “francos”?…

Actual calle Juan Mambrilla, antiguamente llamada de Francos, en el barrio que comenzó a crecer en tiempos de Ansúrez.

Cómo sería la vista de Valladolid con su barrio de las Cabañuelas, según dibujo de Javier Blanco.

Si hiciéramos caso de la tradición, de algunos historiadores antiguos, así como de uno de los grabados que hay en la tumba del conde, a éste le debemos también  dos hospitales, la primigenia iglesia de San Nicolás, e incluso una casa de mujeres emparedadas: es decir mujeres separadas que entraban en clausura. Ninguna de estas supuestas fundaciones condales se sostiene con la documentación en la mano.

No hay tampoco seguridad de que el matrimonio Eylo-Ansúrez dispusiera de palacio residencial, como tradicionalmente se ha venido atribuyendo al antiguo Hospital Esgueva. De esta fundación hospitalaria sabemos que en marzo de 1208 se cita la existencia de una “confratrie de Aseua” (cofradía de Esgueva). A mayor abundamiento, ya sabemos que el Pedro vinculado documentalmente al hospital era en realidad el abad de la colegiata; y que la fundación del hospital se puede situar hacia 1178: es decir, en ningún caso en vida del conde.

De cualquier manera, de haber existido un palacio condal no es el edificio del hospital, ni mucho menos, sino que este se levantaría, en todo caso,  sobre el solar del palacio ansuriano.

Un palacio del que se ha llegado a decir que precisamente la Antigua era su capilla. ¿Por qué la duda? Por dos razones: no parece lógico pensar en un edificio suntuoso cuando los periodos de residencia de los condes en Valladolid eran más bien escasos, pues sin duda pasarían más tiempo en la corte de León (donde el padre de Ansúrez tenía su palacio),  en Toledo (donde se ubicó la corte de Alfonso VI tras su conquista en 1085), o en Sahagún, era donde el matrimonio tenía el centro de sus posesiones, y por Valladolid recalaban cuando tenían que resolver  problemas de administración de la villa.

Fotografías del Hospital Esgueva, derribado en los años 70, y detalle de su frontispicio. Y azulejo del hospital conservado en el Museo de Valladolid.

Desde luego, la colegiata es la gran obra de los condes, no tanto por lo que queda, sino por la naturaleza misma de la iglesia. Lo diré muy coloquialmente: la colegiata era la “hucha” de la familia. ¿Qué significa esto?

El matrimonio fue haciendo muchas donaciones a la colegiata: tierras de cultivo, solares, pastos, montes, tercias, viñas, ganado, municipios (con sus rentas), molinos, ermitas,  iglesias, etc. Buena parte de los documentos más antiguos que se conocen de Valladolid  tratan sobre transacciones relacionadas con Santa María la Mayor. Esta iglesia queda bien asegurada que es propiedad del  conde (de los condes más bien), que a su vez, cuando marcharon a Urgel,  la pusieron bajo la protección del Papa –que recibía rentas por este cometido-, para impedir que ni el mismísimo rey se pudiera apropiar de la colegiata. Cuando regresaron, digamos que la recuperaron rescatándola de la protección papal.  Las donaciones a la colegiata y la forma de administrar los ingresos de sus enjundiosas rentas impedían que los descendientes  trocearan la propiedad, y al mismo tiempo era una forma de fortalecer el clan familiar, pues no se podía dividir y obligaba a llegar a acuerdos entre los descendientes.

En definitiva, lo importante de la vida del conde Ansúrez es el desarrollo que conoció  Valladolid: resultó sorprendente, teniendo en cuenta que aquella aldea del siglo XI no tenía ninguna importancia política o comercial; no estaba en el camino de Santiago; carecía de fortificación alguna (como sí disponían Simancas y Cabezón); no era sede de ningún obispado… es decir, era un villorrio llamado al olvido. Destino que cambió a partir de la presencia del conde Ansúrez y que terminó por ser, años más tarde de la muerte del repoblador, la villa en la que los reyes fijaron sus ojos y, con frecuencia, también su residencia. Desde entonces, aunque en esto  no nos vamos a detener porque es otra historia, Valladolid fue el centro de la política en España, Y para ilustrar esta afirmación dejaremos anotado el trascendental acontecimiento de que en Valladolid en 1217  Doña Berenguela fuera reconocida como reina de Castila. Corona que, inmediatamente, traspasó a su hijo Fernando III el Santo que, años más tarde ostentó también la corona del reino de León.

 

Según los planos históricos de Valladolid, arriba, la villa a finales del XI y, más que triplicada su superficie, en el siglo XII. En el círculo destaco el barrio de las Cabañuelas, en torno a la Colegiata y la Antigua.

IX CENTENARIO DEL FALLECIMIENTO DEL CONDE ANSÚREZ

Organizado por el Ayuntamiento de Valladolid, entre otras actividades que se van a llevar a cabo con motivo del IX centenario del fallecimiento del conde Ansúrez, repoblador de Valladolid, y uno de los personajes más importantes en vida de los reinos cristianos del noroeste español del siglo XI y XII, voy a dar varias conferencias en centros cívicos de la ciudad.

La primera será el próximo sábado 3 de noviembre en el centro cívico José Mosquera, a las 7 de la tarde.

EL ROSTRO DE DON PERO ANSÚREZ

El Conde Ansúrez fue un personaje inteligente y culto. Conocedor de la lengua árabe, lo que le valió  ser interlocutor de los reinos cristianos con los califas musulmanes; y emparentó con los Armengol del Condado de Urgel.

Traigo esto a cuento para situar en brevísimas palabras el perfil del personaje al que se atribuye la fundación de Valladolid. Aunque más propio sería decir que a caballo del siglo XI y XII engrandeció o repobló Valladolid, que entonces no era más que una pequeña aldea.

En realidad no hay más que apenas un puñado de documentos que permitan tener certeza sobre la vida y fundaciones de Ansúrez, por lo que se trata de un personaje un tanto envuelto  en la niebla: no se ha podido establecer con precisión  el año de su muerte. Se ha acordado el año de 1118 como el de su fallecimiento pues en marzo de 1117 aún se reconoce su firma en un documento.

Por otro lado, al ser coetáneo del Cid, su vida palidece frente a la poderosa leyenda de aquel guerrero al que, por otra parte, se le atribuyen hechos y hazañas que en realidad no protagonizó. Pero así es la historia.

Es el caso que uno de los pocos historiadores que han abordado la vida de Ansúrez (Andrés Barón) le define como el personaje más influyente en vida de los reinos cristianos del noroeste español: fue la mano derecha de Alfonso VI y de su sucesora Doña Urraca.

Ni siquiera su enterramiento está exento de cierto misterio, pero parece suficientemente probado que el Conde tuvo su primera morada mortuoria en la antigua Colegiata de Valladolid. Si hacemos caso a José Zurita Nieto, en su libro sobre el Conde, fechado en 1918, los restos de Ansúrez se acomodaron debajo del coro alto de la Colegiata, y en 1674 se trasladaron a la nueva Catedral, que terminaron racalando en la capilla que hay del lado del Evangelio, perfectamente accesible a cualquier visitante.

Llama la atención que el Conde no fuera enterrado, como era su deseo, junto a su amada Condesa Eylo y su querido hijo Alfonso en el monasterio de San Benito de Sahagún (León), tal como era su deseo.

En el año 1095 se consagró la Colegiata. Era un pequeño edificio románico, del que se conserva aún parte de él  reconocible en lo que tiene que ver con la torre. Se trataba de un enclave elevado de la ciudad, aunque un tanto apartado del caserío en su época. Y aquella fundación dio origen al crecimiento de Valladolid más allá de la Esgueva y se crea el nuevo barrio de Francos o de San Martín (iglesia que se construyó con posterioridad a la vida del Conde).

En el Archivo Municipal se conservan unas fotografías, digitalizadas a partir de que me “tropecé” con los originales de papel  en una caja que contenía diversos documentos. La caja tenía fotografías de una especie de exhumación de los restos de Ansúrez llevado a cabo en la Catedral el año 1979. Exactamente el 3 de febrero de aquel año.

Y como estamos en el año en el que se celebra el noveno centenario de la muerte del Conde, vamos a reproducir imágenes que reflejan su rostro y sus hazañas. Todo ello teniendo en cuenta que se trata de recreaciones carentes de cualquier veracidad.

 

 

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Del sepulcro del Conde,   el Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid  nos da esta escueta noticia: “Sepulcro del Conde Pedro Ansúrez; escultura en madera policromada, de hacia 1585, reja de siglo XVII y pintura sobre tabla de San Miguel, del último tercio del siglos XVI”.  A su lado,  un retablo neoclásico de la Crucifixión, original del flamenco Michel Coxcie.

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Imágenes de la exhumación de los restos del Conde. Año 1979. En la primera fotografía aparecen el historiador Jesús Urrea y el canónigo archivero Vicente Rodriguez Valencia (Archivo Municipal de Valladolid).

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Escultura del sepulcro y primer plano de su rostro.

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Escultura que preside la plaza Mayor de Valladolid. Levantada en 1903 y esculpida por Aurelio Rodríguez Vicente Carretero (autor, también, del monumento a Zorrilla). El pedestal de la escultura recrea algunas escenas de la vida del Conde y fue realizado por el arquitecto municipal Juan Agapito y Revilla y tiene un par de bajorrelieves que llevan la firma de Carretero.

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Retrato del conde en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Valladolid, un óleo anónimo realizado a finales del s. XIX.

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En Mucientes se conserva un óleo  de 1890 del pintor vallisoletano Sánchez Santaren en el que se ve a Ansúrez, junto a su esposa Eylo, estudiando los planos de la iglesia de la Antigua. Una escena similar hay en un fresco que se conserva en el Casino de Valladolid.

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Cedido por la Diputación, el salón de recepciones del Ayuntamiento de Valladolid  (1906) muestra un lienzo de un Conde Ansúrez idealizado al gusto de la época. Su autor, Pedro Díaz Minaya, 1606…

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 … Y una copia de este lienzo la realizó Samuel Luna en 1898, que lo conserva la Diputación Provincial.

 
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 En el techo del mismo salón municipal, un fresco realizado por Gabriel Osmundo Gómez representa, de nuevo, al Conde y su esposa estudiando los planos de la Antigua. A su alrededor se muestran las armas y el poder que ostentaba. Si nos fijamos un poco más veremos que el arquitecto sujeta de su mano un plano del puente Mayor (aunque ya sabemos que no se construyó en vida del Conde).  Por cierto una de las vidrieras del mismo salón reproduce el rostro de Ansúrez, entre los de los Reyes Católicos y Felipe II.

 

NOTA: este artículo es un actualización del que publiqué hace tres años.

EL CONDE ANSÚREZ: UNA EXPOSICIÓN EN EL MUSEO DE VALLADOLID

Desde tiempo inmemorial, la tradición ha hecho del Conde Pedro Ansúrez un gran antepasado de los vallisoletanos, adjudicándole fundaciones y hechos que no parecen probados, pues la investigación arqueológica y documental hasta ahora pocas evidencias ha aportado sobre el origen de nuestra ciudad y la presencia en ella del Conde y su esposa Eilo.

Con ocasión del noveno centenario del fallecimiento del Conde, el Museo de Valladolid ha organizado una exposición que nos adentra en los entresijos que se conocen de Valladolid y de las andanzas ansurianas por estas tierras.

Una exposición sencilla, seriamente documentada, didáctica y amena que no nos debemos perder.

Se trata de una colección de piezas conservadas en el Museo que dan testimonio de la historia de Valladolid y su conde. Historia real o imaginada construida a lo largo de los siglos entre la verdad y la leyenda.

A estas piezas se une una maqueta del Valladolid de Ansúrez con una proyección audiovisual que recorre los lugares más significativos de aquella aldea medieval;  y un documental que repasa la vida del Conde hasta su fallecimiento.

Su fallecimiento se conmemora en este año 2018 no por que exista una fehaciente documentación que así acredite su muerte, al igual que la fecha de su nacimiento también es incierta, sino porque se sabe que en marzo de 2017 todavía aparece firmando en un documento real, y al no existir ya ningún otro rastro posterior  los historiadores han convenido que debió fallecer en este año que corre.

En cualquier caso, son muchos los historiadores que consideran a Ansúrez como el personaje más influyente de los reinos cristianos del noroeste español.

Pero, mejor vayamos a ver algunos detalles de la exposición.

 

Antes de acceder a la sala de la exposición nos encontraremos con esta instalación  que en el patio del palacio de Fabio Nelly reproduce el mosaico de Diana y las estaciones,  que procedente de la villa romana de  Villa de Prado, se conserva en la sala VIII del Museo. El mosaico ha sido realizado por el alumnado de la Escuela de Ingenierías Industriales de Valladolid.

 

El Valladolid del Conde Ansúrez nos recibe en la primera planta.

 

Panorámica general de la sala con la maqueta del Valladolid antiguo en el centro.

 

Detalle de la maqueta. A la derecha, la colegiata que se consagró en 1095  y  en cuyo entorno nació un nuevo barrio de la aldea. Este asentamiento ansuriano saltaba uno de los ramales de la Esgueva lo que obligó a construir algunos de los numerosos puentes que Valladolid llegó a tener. Obsérvese como la aldea del siglo XI que se encontró Ansúrez utilizada el ramal más próximo a la población a modo de frontera defensiva. Al fondo, sobre el Pisuerga (como Pisorize se le nombra en un documento de 1084) el puente de madera que se construyó en aquella época.

 

Panorámica del Valladolid que comenzaba a emerger: el número 1 indica la colegiata que mandara edificar Ansúrez y su esposa Eilo; el número 2 señala la parroquia de San Pelayo, de la que como la de San Julián, no hay certeza alguna que ya existiera antes de la llegada del Conde; el número 3 indica la parroquia de San Julián. Desde luego, existieran antes del Conde o las mandara edificar éste, lo cierto es que Ansúrez las donó más tarde a la Colegiata, lo que evidencia que, de una manera u otra, fueron  de su propiedad. Bajo el plano, restos romanos que aparecieron en la zona de la Colegiata. Se piensa que en tiempos del Conde algo se sabía de la existencia de aquellos antiguos asentamientos romanos y que por esa razón aquí mando construir su magna obra religiosa. De Santa María de la Antigua no hay referencias escritas hasta la segunda mitad del siglo XII, ya bien lejos de la vida del Conde, lo que arroja incertidumbre acerca de si se construyó en vida de aquel.

 

Curiosa imagen que se puede ver en el documental de la exposición: la Colegiata de Santa María la Mayor sobrepuesta a un mural de Eugenio Oliva que hay en el Círculo de Recreo y que representa al Conde supervisando los planos de la Colegiata que se estaba construyendo.

 

Monedas de la época.

 

Moneda que acuñó Ansúrez durante su estancia en Urgell (1104-1109) para defender los intereses de su nieto Armengol VI aún menor de edad. En ella se lee: PETRUS COMES- URGELLO DUX. No está muy claro si la acepción “dux”, se refiere a señor de Urgell o a caudillo, cosa baladí en principio pero que puede “escocer” según a quién si se trataba del “dueño” (señor), o de un defensor circustancial  (caudillo) de los intereses de aquellos lares.

 

 Imagen que se proyecta en el documental en el que se ve claramente los territorios y poblaciones en los que Ansúrez ejerció su autoridad.

 

Algunos de los escudos bordados en los siglos XVI-XVII. En uno de ellos pueden verse las aldabas (anillas) que con frecuencia se asocian al Conde. El origen de estas aldabas también se pierde en la bruma de la historia. Veamos: parece que estuvieron clavadas en las puertas de la Antigua, que se sepa, en el siglo XIV; que procedían de las puertas de Córdoba; que las arrebató de aquellas puertas sarracenas Armengol VI; o acaso Alfonso VI.  Y el ajedrezado que tanto se asocia a Ansúrez es, con pocas dudas, un escudo que aparece muy posteriormente a la vida del Conde y que fue característico de los Armengoles. En cualquier caso, cierto es que en tiempos ansurianos no existía aún heráldica. Otra cosa es que la tradición le adjudique al Conde este típico ajedrezado que, por otra parte, era común a otras figuras señeras de la Edad Media.

 

Espada que la tradición atribuye al Conde, pero quedan pocas dudas de  que en realidad se trata de un arma del siglo XV.

 

Cirios de la Cofradía de Santa María de la Esgueva, del siglo XVIII, y que se asocian a Ansúrez por creer que el palacio (luego hospital) de Santa María de la Esgueva fue una fundación hecha en vida del Conde y su esposa Eilo.

 

Diferentes instantáneas del documental que se proyecta en la exposición y que no hay que perderse: las guerras fraticidas entre Sancho II y sus hermanos; Alfonso, que perdió la guerra provocada por su hermano Sancho se refugia en Toledo,  acompañado de Ansúrez, bajo el dominio de  Al-Mamún; y conquista de Toledo por Alfonso VI en el año 1085.

 

… Y con los condes Ansúrez y Eilo nos despedimos de la visita a esta interesante exposición en el Museo de Valladolid. Mas, es buena ocasión para visitar el resto de las salas del Museo.

 

NOTAS: para la confección de este artículo me han sido de mucha utilidad los comentarios que me hizo Fernando Pérez Rodríguez-Aragón, Conservador del Museo de Valladolid.

La exposición estará abierta hasta diciembre.

Sobre el Museo de Valladolid hay un artículo en este mismo blog.

HORARIOS: julio a a septiembre de 10:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00

Domingos y festivos solo mañana,  y los lunes está cerrado.

De octubre a junio el horario de tarde es de 16:00 a 19:00

 

DE LA PIEDRA AL HIERRO: UN PASEO ENTRE PUENTES

Cuando  el Conde Ansúrez recaló en la aldea  que luego llegaría a convertirse en Valladolid, es seguro que el Pisuerga, río caudaloso, lo viera desde la orilla opuesta al barrio de la Victoria. Había venido con un pequeño acompañamiento de soldados y algunos leales vasallos para, mandado por su rey, repoblar tierras y pacificar las relaciones con los musulmanes. Ansúrez era muy apreciado por la corte  y, además, dominaba el árabe, lo que le hacía idóneo para mantener relaciones diplomáticas con los sarracenos.

Necesariamente tuvo que ver el esplendor del Pisuerga a su paso por Valladolid desde esta orilla, pues a buen seguro tuvo que haber vadeado el río en tierras palentinas, donde su menor caudal y mayor estrechez permitiría cruzar las aguas, o por el puente de Cabezón de Pisuerga, de factura anterior al puente Mayor. Además tenía que reconocer el terreno de esta parte de Valladolid y parlamentar con la gente de Cabezón de Pisuerga, población de la que entonces dependía Valladolid, que entre el Pisuerga y las Esguevas ya daba noticias de su existencia desde hacía más de un siglo.0-crop

Luego vendría la construcción del puente que, evidentemente, no es el que ahora vemos, sino seguramente tuviera una primera construcción de madera que iría dando paso a otra construcción ya en piedra. Además, durante la Guerra de la Independencia se volaron algunos ojos del puente.

En cualquier caso tenemos, para comenzar un largo paseo, un puente de origen medieval (s. XI) que recibe el nombre de Mayor porque así se conocía por entonces al Pisuerga: río Mayor, acaso para distinguirlo de las pequeñas Esguevas y otros arroyos que correrían por la zona, como el río Olmos,  que discurría por el actual barrio de la Rubia.

Cruzamos el río Mayor y nos dirigimos hacia la orilla derecha para, a la altura del edificio Duque de Lerma, bajarnos hacia la única pared que se conserva del antiguo palacio de la Ribera, sede veraniega de la corte a principios del XVII. A la altura de los restos de la antigua fábrica de luz, sitúa la historia (en cualquier caso por confirmar) que se hizo la primera inmersión de buzos en la historia mundial: el ingeniero Jerónimo de Ayanz (que por entonces residía en Valladolid) fue su inventor y asombró a la corte que, con Felipe III a la cabeza,  acudió a dar fe de la hazaña.

Pasado el palacio de la Ribera de nuevo subimos al asfalto para, frente al edificio de Cruz Roja, volver a caminos en tierra por los que, de forma más o menos intermitente, llegaremos hasta el segundo puente que se levantó en Valladolid: el Colgante. Este puente es un emblema de la modernidad y fue una demostración del hierro como nuevo y desafiante material para la construcción.

Iremos pasando, por arriba o por abajo, todos los puentes que se fueron construyendo para ensanchar Valladolid en torno a la Huerta del Rey: Poniente (1954), Isabel la Católica (1956), y García Morato (1961) hasta llegar al puente Colgante que, levantado en 1865, es el lugar por donde cruzaremos de orilla para volver hacia el Mayor.

Los pies de las fotografías que acompañan esta propuesta de paseo ilustran algunas referencias que no debemos perdernos en este itinerario que, según lo que nos entretengamos en cada lugar, no llegará a dos horas (unos 6 kilómetros).

El verano es una de las mejores estaciones para pasear alrededor del Pisuerga, lleno de vida.

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A la izquierda, boca por la que desemboca el canal de Castilla, y hueco en el que estaba instalado el ingenio de Zubiaurre (inmensa noria para abastecer el palacio de la Ribera), y detrás, pintado de verde, la antigua fábrica de harinas la Perla, ahora convertida en hotel.

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La antigua fábrica de la luz.

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Puente Colgante (o de Hierro) y al fondo la torre del Museo de la Ciencia.

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Antes de cruzar el puente Colgante fijarse en el restaurante La Goya, uno de esos establecimientos veteranos, fundado en 1902.

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Nada más pasar el puente Colgante, a la derecha, esta construcción tiene un gran pozo a su costado, pertenece a RENFE y es desde donde se abastecía de agua la estación de Valladolid hasta que hubo agua corriente en la ciudad.

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Una de las plataformas que permiten entrar en contacto directo con el agua del Pisuerga.

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Restos de las antiguas tenerías, donde se curtían los cueros.

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La caseta de El Catarro, barquero mítico y popular ya fallecido.

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Restos del palacio de la Ribera, a la izquierda el barco de recreo que surca las aguas del río.

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Lo que queda de las aceñas, antiguo molino que en el XIX ya estaba en desuso.