LOS ÚLTIMOS PAGANOS: VILLA ROMANA DE ALMENARA-PURAS

Vamos a visitar un museo y yacimiento arqueológico de gran interés, sito en el término municipal de Almenara.

Las villas eran grandes haciendas que acaudalados romanos dedicaban a la explotación agrícola y ganadera. Las villas cercanas a las grandes poblaciones romanas solo eran habitadas por sus propietarios durante unos meses al año. No parece el caso de esta villa vallisoletana ni, en general, de las que existieron en Valladolid, que fueron unas cuantas. Es decir, que lo más probable es que sus propietarios las habitaran todo el año.

Tanto en la provincia como la capital se documentan un buen puñado de villas, además de haberse detectado numerosos restos romanos diseminados por el territorio, que se datan en diversos siglos de la existencia del Imperio Romano.

Algunos  historiadores y cronistas  atribuyen Valladolid a un origen romano: un asentamiento llamado Pincia (o Pintia). Otros investigadores hablan del nombre de Pisoraca (Pisuerga). Lo cierto es que en el subsuelo de la ciudad se han ido encontrando numerosos hallazgos de época romana: pavimentos y mosaicos, cerámicas, enterramientos, numismática, esculturas, inscripciones, etc. Además, restos y trazados reconocibles de diversas villas: en el Cabildo, en el pago de Argales, en Villa de Prado… De estas construcciones romanas nos quedamos con la de Villa de Prado, datada en el siglo IV d.C. Está entre la antigua Granja Escuela José Antonio y el nuevo Estadio José Zorrilla. De esta villa hay documentación y restos perfectamente reconocibles, algunos de los cuales se muestran en el Museo de Valladolid.

No hace mucho quedó al descubierto un hipocaustum (una gloria) en las inmediaciones de la Antigua. Lo que nos habla de un asentamiento romano en la ciudad.

Pero hay otras cuantas referencias romanas de cierta importancia histórica en la provincia: Montealegre (Tela), Tiedra (Amallobriga), Simancas (Septimancas), etc. A estas hay que añadir Becilla de Valderaduey, que conserva parte de una calzada y un puentecillo.

Hay datos o restos de sentamientos en Torozos, en la cuenca del Pisuerga, en Tierra de Campos… En fin, una pródiga relación que desborda por completo los límites de este artículo. En cualquier caso, es muy recomendable la visita al Museo de Valladolid para conocer la presencia romana en Valladolid.

De todos estos importantes yacimientos, nos vamos a detener en la villa de la Calzadilla sito en el término de Almenara.

De esta villa, datada en el sigo IV-V, hay noticias desde 1887, cuando un campesino dio noticias del hallazgo de un gran mosaico del Bajo Imperio. De hecho, parece que esta villa fue la primera de las descubiertas en Valladolid. En el año 1942 comenzaron unas excavaciones por parte de la Universidad de Valladolid que confirmó la importancia de esta villa. Y en el año 2003 abrió sus puertas al público el Museo de las Villas Romanas bajo el impulso de la Diputación de Valladolid.

Imagen tomada de la página oficial de Turismo de la Diputación Provincial

Destaca  Almenara por sus azulejos, alguno de los cuales está en el Museo de Valladolid, pero in situ hay unos cuantos de gran belleza y perfección, como por ejemplo el de Pegaso o el de los Peces.

Una larga pasarela que sobrevuela sobre los restos arqueológicos facilita la observación de las dependencias, perfectamente reconocibles.

A esta extensa pieza principal se ha añadido una reconstrucción de determinados ambientes romanos y una villa con todos los elementos que caracterizaban estas mansiones campesinas.

Antes de entrar al yacimiento, diversos objetos de época o sus reproducciones, así como amenos y concisos paneles explicativos, preparan adecuadamente la visita a la pieza original, lo que permite su mayor disfrute y configuran un complejo museístico que abarca al mundo romano de la provincia, de ahí el nombre de Museo de la Villas Romanas…

Pero no me resisto a detenerme aunque sea someramente en lo que nos cuenta el libro Los últimos paganos, un relato del antropólogo vallisoletano Luis Díaz Viana (su segundo apellido en realidad es Gongález). Se trata de algo más que una novela pues ambientada en la villa de Almenara, mezcla ficción con hechos históricos reales.

Portada del libro de Luis Díaz Viana

Vayamos al relato. En estas villas, conocidas como “pagos”, vivían pacíficamente los campesinos  romanos (fueran propietarios o siervos), alejados de las intrigas de la metrópoli (en este caso Constantinopla, pues estamos hablando de la época del Imperio Bizantino) y en armónica convivencia con sus dioses. Esos seres que, aun estando en el Olimpo, eran asequibles y prácticos: uno se dedicaba a favorecer las cosechas, otro a proteger los ganados…  Había un dios o diosa para cada asunto. La gente veía a sus dioses como seres cercanos que les ayudaba en caso de necesidad. Con ellos, los  humanos conseguían ordenar su vida e interpretar lo desconocido, que era mucho en aquella época. Eran útiles para conectar con el más allá y les protegían de los males que pudieran acechar.

Más, algo ocurrió en Constantinopla: la conversión de Constantino y su madre Helena al cristianismo. No fue, como en general todas las conversiones, sino una decisión de conveniencia política y económica… Y claro, convertido el emperador y su corte,  el resto de los romanos tenían que seguirle  y despedir a los viejos dioses. El monoteísmo expulsaba al politeísmo. Como el imperio era muy extenso y no todo el mundo “comulgaba” con aquel cambio, sobre todo porque se llevaban muy bien con sus dioses de toda la vida, desde Constantinopla se facilitó que los infieles al nuevo dios, que normalmente eran los súbditos situados en los confines del imperio, comenzaran a ser acosados por los llamados bárbaros cristianizados. De tal manera que numerosas partidas de jinetes hostigaban a los últimos paganos (es decir, a los que vivían en los pagos) para que adoptaran por la fuerza al dios de los cristianos, además de dedicarse a arrebatarles sus propiedades.

Pues bien, conocida esta historia, acaso el visitante pueda hacerse una idea más interesante y curiosa cuando se acerque a recorrer esta  villa romana,  en medio de la planicie de las Tierras de Pinares.

Horario de visita: octubre a marzo: de jueves a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:00 a 18:00. Abril a septiembre: martes a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:30 a 20:00

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COGECES DEL MONTE Y LAS CAÑADAS QUE DISCURREN POR VALLADOLID

Vamos a tratar sobre las cañadas que atraviesan las tierras vallisoletanas, y sobre el Parque Etnográfico de la Arquitectura Pastoril que hay en Cogeces del Monte.

El Parque Etnográfico  se encuentra a poco más de 4 kilómetros de Cogeces del Monte y se asoma al  Valdecascón, un arroyo que ha labrado un vallejo que rompe la planicie.

El Parque, una reconstrucción de la vida pastoril, se ha constituido en torno a un chozo principal, el chozo de los Hilos.

Chozo de los Hilos

Presume Cogeces y la comarca de la Churrería de una tradicional actividad pastoril que se desarrollaba tanto en  los pagos habilitados para el pastoreo, como en la vieja práctica trashumante, aunque con la particularidad de     que los pastores de  esta zona en realidad no solían hacer grandes desplazamientos de sus rebaños. Es decir, que practicaban la trasterminancia, que es la forma de llamar a los movimientos de ganado que no rebasan los 100 km.

Una de las “decoraciones” que ilustran la vida en los chozos de Cogeces

El chozo era el alojamiento indispensable para protegerse de la noche, las inclemencias del tiempo y los depredadores. En su interior, una manta sobre un montón de paja, por cama, y algunas provisiones de leña, para calentarse,  eran todas las comodidades de que disponía el pastor… Eran otros tiempos.

Pues bien, el Parque Etnográfico ha reconstruido chozos y corrales, y ha dispuesto un didáctico itinerario en el que mediante paneles va describiendo la importancia de la actividad ganadera de la comarca. Incluye la posibilidad de practicar los juegos tradicionales en los que los pastores entretenían su tiempo libre, que debía ser mucho si tenemos en cuenta que no se ordeñaba diariamente a las ovejas, pues su aprovechamiento era para obtener lana y la elaboración de quesos para el consumo local.

Chozo de los Pedrines, de gran altura y su panel explicativo

Otra particularidad de la zona de la Churrería era la forma de uso de los chozos y los pastos. Cada pastor usaba el corral que mejor le conviniera en razón de los pastos que cada año le hubieran tocado en suerte. Hasta que los pastores no terminaron por ser propietarios de sus propios rebaños, ya en el siglo veinte, eran contratados por los dueños del ganado por un salario que incluía  algunas ovejas como pago en especie. Por su parte, los propietarios de los corrales y los pastos se conformaban con recoger el estiércol, que usaban como abono.

No muy lejos de aquí, hacia el Oeste, discurre la Cañada Real Soriana que viene desde Peñafiel hasta Medina del Campo, donde se une a las cañadas que conducen a Extremadura. Por aquí pasaban los rebaños sorianos y burgaleses que en el invierno buscaban las cálidas tierras extremeñas. Esta cañada, dice Federico Sanz Rubiales, que escribió un interesante libro sobre las cañadas  de Valladolid, también se conoce en otros pagos de la provincia como Cordel Real Burgalés, y en el término de Cogeces del Monte se la denomina Cañada de Baitardero, nombre de una fuente por la que pasa.

Y esto nos lleva a que Valladolid es uno de los territorios españoles con mayor número de kilómetros de cañadas, pues la provincia, por la posición central que ocupa en la Meseta, está atravesada por cuatro cañadas principales:  la Real Leonesa Occidental, la Real Leonesa Oriental y la  Real Burgalesa. También cruzan otras cañadas “menores”, como la de Martín Abad, la Montañesa, la de Tamarizo y la de Marrundiel, por citar algunas. En total, 4.129 km. están clasificados como vías pecuarias, en las que se incluyen las cañadas propiamente dichas (unos 450 km.),  cordeles, veredas, y coladas. Si se añaden los terrenos  que ocupan los descansaderos, unas 11.800 Ha. están dentro de la protección que dispensa la Ley de Vías Pecuarias, de 1995. Bien es verdad que la avaricia urbanizadora y la labranza  han invadido ilegalmente parte de las cañadas y descansaderos.

Cada primavera, algunos rebaños atraviesan la provincia en busca de los pastos del Norte. Este fotografía, realizada por Jonathan Tajes fue publicada en El Día de Valladolid.

No obstante, esta extensa red cañariega ha consolidado puentes, chozos y corrales, abrevaderos y pozos, además de haber generado un patrimonio histórico y etnográfico de extraordinario valor. Un patrimonio que empezó a consolidarse cuando Alfonso X, en 1273, reconoció al Concejo de la Mesta sus derechos inmemoriales.

Chozo y corraliza en Quintanilla de Arriba
Corrales de Duero, en el Valle del Cuco.

Si bien las cañadas han perdido casi por completo la función para la que se fueron abriendo paso por páramos, valles y bosques, aunque se siguen usando en parte,  ahora les queda la oportunidad de constituirse en un recurso para la educación, el recreo y el contacto con la naturaleza, tal como propone la Ley de Espacios Naturales de Castilla y León.

NOTA: en este mismo blog hay sendos artículos sobre Cogeces del Monte: Cogeces del Monte: piedra e historia y La belleza del hematites. El primero ofrece un paseo por el casco urbano del municipio, y el segundo un visita al museo de geología que hay en la localidad (muy interesante, por cierto).

SENDAS DE AFANES Y SUDORES

El frontón o trinquete de Montemayor de Pililla,  bien plantado y todo él construido en piedra (de los que pocos hay en Valladolid), puede ser un buen lugar para iniciar la “Ruta del Segador”. Una ruta que pide dejarse llevar por las sensaciones.

Esta ruta ilustra sobre los quehaceres tradicionales de las gentes de Montemayor y su entorno: caminos hacia los molinos, las viñas, los colmenares, las tierras de labranza, los pastos,  los pinares donde extraer la miera, los pozos, las fuentes  y el abastecimiento de leña. Es, por tanto,  una senda que nos advierte de cuando campos y pinares conocían un continuo trasiego de gentes y abundantes rebaños de ovejas.

La ruta tiene  por delante una quincena de kilómetros o su equivalente de unas cuatro horas que exigen, en determinados tramos, cierto esfuerzo, pues algunas cuestas se empinan notablemente y algunos caminos son auténticos areneros en los que se hunden nuestros pasos.  Cabe advertir que todo el camino está muy bien señalizado y apenas se tropezará con puntos que produzcan algún desconcierto.

Desde el frontón habrá que ir a buscar el camino Prado Henar, que es por donde iniciaremos la marcha. En apenas 15 minutos se advierte de la presencia de un lapiaz bastante bien conservado. No es fácil ver estas formaciones calizas en Valladolid, de entre las que destaca también la del sabinar de Santiago del Arroyo. Este lapiaz de Montemayor muestra cómo la piedra que emerge en la superficie del páramo, horadada por la lluvia y los ácidos que esta arrastra, se cuaja de agujeros creando una virguería caliza.0

Desde aquí pronto se desciende hacia un valle que terminará por llevarnos al valle del Valcorba. Poco antes de penetrar en un paraje que denominan zona sombría, un chozo de guardaviñas advierte que en estas tierras hubo importante producción vinícola. Esto nos recuerda que el vino nunca faltaba en las casas y que, en su tiempo, era un complemento alimenticio. Alcanzada la zona sombría cuyo nombre es fiel reflejo del paraje que estamos atravesando, hay un punto de inflexión en la ruta y se abandona el arroyo del Valle para coger el vallecillo que labró el ahora escaso caudal del Valcorba. Y pronto encontraremos a un lado del camino un antiguo colmenar que parece una pequeña cabaña.

Encontraremos, luego, algunos caseríos llamado uno del Quiñón y otro del Valcorba, que son  explotaciones agropecuarias que preceden a los edificios que constituyen el Molino  de los Álamos, donde el camino gira e  inicia una fuerte ascensión que advierte de que se abandona el valle y comienza el retorno hacia Montemayor. La historia del   Molino de los Álamos  dice que hasta aquí llegaba el poder del monasterio de la Armedilla (entre Cogeces del Monte y Quintanilla), pues una parte de lo que ahora es todo el amplio complejo molinero perteneció a aquellos monjes hasta 1599.

Ya en la pronunciada cuesta que nos devuelve a Montemayor hay un excelente mirador sobre el valle  y los caseríos y el molino.

Solo una última observación: retornando hacia el pueblo y en medio de un  pinar que atravesamos se nos indica que hay que girar hacia la derecha dejando el camino. No está muy bien señalizado, pero no tiene pérdida. Si por alguna circunstancia esto se nos pasara, no ocurre nada pues el amplio camino que llevamos conduce directamente a Montemayor.

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El lapiaz que se encuentra nada más comenzar la ruta.

 

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Chozo guardaviñas que mira hacia el valle.

 

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A pesar de que ya no se plantan, son abundantes las vides que crecen espontáneamente.

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En el camino nos encontraremos  muchos  tramos sombreados.

 

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Viejo colmenar de adobe.

 

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Molino de los álamos, de muchos siglos de antigüedad.

 

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Panorámica del valle del Valcorba, ya en la parte final del recorrido.

 

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Un plano que indica el recorrido de la Senda del Segador.

NOTA: en este mismo blog se puede ver el artículo “Montemayor de Pililla, piedra y pino“.

BARCOS DE PIEDRA

Las aceñas son edificios destinados a albergar  el  artefacto, “más osado y espectacular que se levanta en Castilla y León en la Edad Media”. Esto escribieron Nicolás García Tapia y Carlos Carricajo Carbajo en su impagable libro titulado “Molinos de la provincia de Valladolid”.

Las aceñas son auténticos castillos,  catedrales o barcos de piedra dentro del agua, capaces de soportar los embates de los caudalosos ríos vallisoletanos como son el Duero y el Pisuerga, pues es en estos dos ríos donde podemos encontrar estas formidables construcciones que aprovechan la fuerza del agua para mover sus grandes piedras de moler el trigo y otros cereales.

Si tenemos que quedarnos con la más acertada similitud, deberíamos hablar de barcos de piedra, pues las aceñas se construían con forma de tajamar, idéntica a la proa de los barcos que va separando las aguas y disolviendo la resistencia, y el espaldón, de estructura plana como el típico castillo de popa de muchos barcos a vela.

Curiosamente, sin embargo  lo que normalmente dañaba estas fuertes construcciones no eran las temerosas crecidas, sino el fuego que se producía con relativa frecuencia  por la concentración de polvo seco en las salas de molienda  y que arrasaba fundamentalmente los tejados; la vegetación que enraizaba entre sus grandes piedras calizas, dislocando la construcción; y los troncos arrastrados por el agua que trababa las paletas  y los cárcavos que movían las pesadas piedras de moler.

Las aceñas y molinos hidráulicos, como ya se ha dicho, hunden sus raíces en la Edad Media y conocieron su particular Siglo de Oro en los siglos XVI y XVII.

Es una lástima que todas estas espectaculares construcciones, que tan útiles fueron durante siglos, estén muy deterioradas. Quizá la causa de este abandono se deba a lo tarde que las instituciones de Castilla y León  y los municipios han tomado conciencia de su importancia, e iniciado procesos para proteger el patrimonio industrial evitando así su pérdida definitiva.

Encontraremos aceñas en un buen puñado de municipios de la provincia de Valladolid, siempre que estén próximos a los dos grandes ríos. Mejor conservadas unas, muy perdidas otras, todavía se pueden observar restos de aceñas en Tudela de Duero, Tordesillas, Valladolid, Peñafiel o San Miguel del Pino.

Cuadro de la Infanta Dª Ana Mauricia, pintado en 1602 por Pantoja de la Cruz. En él hay una ventana que nos permite ver el puente Mayor y las aceñas del Pisuerga. Fijémonos en el detalle al que desciende el artista, pintando caballerías portando blancos sacos, sin duda cargados de trigo o de harina.

De las aceñas y el azud del puente Mayor se tiene noticias al menos desde el siglo XIII. Seguramente se trata de la primera construcción industrial que hubo en la ciudad. Recientemente el Ayuntamiento de Valladolid ha iniciado en abril de 2019 el proceso para la declaración de Bien de Interés  Cultural  (BIC) del puente Mayor y su entorno, que incluye el azud y aceñas. A continuación hay varias fotografías que desde mediado el siglo XIX muestran el deterioro paulatino de las aceñas. La mayoría de las imágenes son del Archivo Municipal. Comienza con una foto de Louis Eugène Sevaistre en 1857, erróneamente en ocasiones considerada la imagen más antigua de Valladolid.

Y seguimos…

La presa, o azud, generalmente  se construía  en diagonal al eje del cauce del río. Eso contribuía a elevar el nivel del agua y llevarla hacia la aceña o molino, tal como se aprecia en estas fotografías: una es  del molino de Simancas; y la otra de la aceña del puente Mayor. La imagen está tomada del expediente del Ayuntamiento para la declaración de BIC. Está accesible a través de internet, y lleva la firma del arquitecto municipal Óscar Burón.

Aceña del Postigo, en Tordesillas, compuesta de tres cuerpos.

También en Tordesillas, frente a la ermita de la Virgen de la Peña está la aceña de la Peña. Es un lugar de especial belleza que hace que incluso haya novios que se hayan hecho su reportaje de boda en el interior de la misma. Aquí vemos muy bien los arcos de medio punto, que  son de una impresionante resistencia, capaces de soportar grandísimos pesos y presiones. Su fortaleza reside en la piedra clave que cierra el arco, que se ha construido con dovelas bien trabajadas. Además de estas dos, en Tordesillas hay otras cinco aceñas que todavía son identificables: del Puente, Herreros, Zafraguillas,  Osluga y Moraleja.

Aceña de San Miguel del Pino. El azud o presa crea una lámina remansada del agua que ofrece bellas imágenes. En una de las plazas del municipio se pueden ver las piedras de moler.

EXTENSOS PAISAJES PINARIEGOS

Tierra de Pinares, una comarca en la que el sur de Valladolid se funde con Segovia, y tiene en el pino y en el mudéjar sus principales atractivos. 

Si a esta comarca le añadimos Tierra de Campos, se comprenderá porqué algunos expertos consideran que la provincia de Valladolid posee uno de los mejores conjuntos patrimoniales de arte mudéjar de la Meseta norte.

Tierra de Pinares es una entidad histórica, económica y paisajística con  personalidad y perfil propios, por lo que me apresto a recorrer algunos de sus parajes. Un  viaje que nos llevará desde Aldea de San Miguel hasta Cuéllar, no sin advertir que, aunque algo más apartada de esta ruta, está Coca en lontananza y bien merece una visita porque, además, se ha convertido en un centro importante de impulso de la extracción de resina, actividad, junto con la explotación del piñón, tradicionales (y en otro tiempo fundamentales).

Un agricultor socarrón me comentó, hace tiempo, que hasta que comenzó la fiebre del ladrillo, y por tanto el aumento de los ingresos municipales provenientes de obras y construcciones, Portillo era, sin duda, el pueblo más rico de la provincia. Y no le falta razón a tenor de los censos del siglo XIX y XX relativos a la explotación de los pinares portillanos.

Cierto es que del pino, como se dice del cerdo, se aprovecha todo: piña, piñón, cascara del piñón, resina, madera y, antes, se obtenía la pez, en función de si es piñonero o resinero.

La comarca, dominada por masas pinariegas está hendida por algunos cursos fluviales, como son el Eresma, Adaja y Henar, entre otros más pequeños, que rompen la homogeneidad del paisaje y le aportan especies forestales diversas que contribuyen a una rica diversidad vegetal.

 

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La  iglesia de San Miguel, en Aldea de San Miguel, se considera una construcción excepcional del mudéjar vallisoletano, además de ser uno de los edificios mejor conservados. Quien la visite no se olvide de apreciar la curiosidad de su puerta de entrada, en la que la portada del siglo XVI, deja entrever, sin embargo, las arquivoltas apuntadas de estilo toresano.

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Muchas referencias tiene Portillo, en la que desde luego no debe faltar una visita a su castillo: pozo y ascenso a la torre. Conserva la puerta original del siglo XV-XVI. Desde la torre se pueden disfrutar inmensas panorámicas, como esta de los pinares de Portillo.

 

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Plaza Mayor y Casa Consistorial de Montemayor de Pililla. Este municipio tiene, entre todos sus pinares, uno que llaman de la Unión, por tratarse de una explotación perteneciente, junto a otros muchos pinares en España, a la Unión Resinera. Fundada en 1898,  fue en su día una de las empresas más importantes del país. El paisaje de este entorno está dominado por el pino resinero. Y si de pinares resineros hablamos no se puede olvidar el pinar del Negral que, en el término de San Miguel del Arroyo, fue de los pocos que mantuvo actividad resinera tradicional antes de que, más recientemente, se reactivara la extracción de este producto

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Viloria  (cuya plaza principal aparece en la foto) es, desde Valladolid, la antesala del monasterio del Henar y si hemos de detenernos en sus frescas praderías es porque, con independencia de creencias religiosas, la Virgen del Henar fue nombrada en 1958 patrona de los resineros, lo que ya dice bastante de en qué tierras nos encontramos y a que se dedicaban sus gentes  en Viloria, San Miguel  y Santiago del Arroyo, Montemayor, y otros pueblos del entorno. En la imagen la cubierta de la fuente donde la leyenda sitúa la aparición de la Virgen

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El patrimonio histórico y monumental de Cuéllar es impresionante. Una de sus antiguas iglesias, la de San Martín, se ha habilitado como Centro de Interpretación del Arte Mudéjar. En la  primera foto, parte del castillo tomado desde su reconstruido adarve y el Centro de Interpretación del Mudéjar al fondo… y una panorámica del casco urbano de la villa

 

7-crop Quizá el principal municipio vallisoletano en lo que tiene que ver con  la fabricación de muebles y auxiliares (aunque la crisis económica le ha golpeado con fuerza) Íscar rinde homenaje a sus maestros ebanistas y carpinteros. Se trata de una escultura de Coello instalada a la entrada del municipio.

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Si hay algo en Pedrajas de San Esteban con lo que la mayoría de sus habitantes se sienta identificada es, sin duda, con la ermita y paraje de Sacedón. Ya hace rato que el paisaje de pino resinero (pinus pinaster) ha cambiado al pino piñonero (pinus pinea), como refleja este frondoso pino en Sacedón. En uno de ellos se ha instalado un monumento al piñonero, que trepaba por los árboles para recoger las piñas de las que saldrá el piñón,  uno de los productos naturales más exquisitos que se puedan paladear, y en el que Pedrajas está especializado.

Concluido nuestro paseo vamos a detenernos en algunos detalles relacionados con el pinar: 

Chozo resinero San Macario, en Montemayor de Pililla. Estos chozos, servían  a los resineros para guardar la herramienta, protegerse de las inclemencias del tiempo, pasar la noche o sestear.

 

Banqueto, una especie de escalerilla que se fabricaba in situ y servía para alzarse un poco más para resinar. Pinar de El Negral, en San Miguel del Arroyo.

 

La peguera era un horno para fabricar la pez. La resina que caía fuera del pote y se amontonaba en el suelo se mezclaba con las hojas del pino y la tierra, produciendo una masa resinosa que se conoce como sarro. Pues bien, este sarro es el que se recogía y se apilaba dentro de  la peguera para quemarlo y producir la pez. Se trata de un pequeño horno construido en el mismo pinar y fabricado con ladrillo refractario. Imágen obtenida del blog Lastras de Cuéllar.

 

NOTA: Sobre arte mudéjar hay infinidad de  publicaciones. Para quien quiera conocer con algún detalle esta expresión de los alarifes moros en tierras cristianas recomiendo los libros “Arte Mudéjar en la provincia de Valladolid”, (año  2007); y “Rutas del Mudéjar en la provincia de Valladolid”, (año 2005) ambos editados por la Diputación de Valladolid.

 

TRAS LOS PASOS DEL ALMIRANTE

Cristóbal Colón está íntimamente ligado a Valladolid pues, entre otras relaciones que tuvo con la ciudad, fue donde falleció.

Colón fue un personaje misterioso desde su nacimiento hasta su tumba: ni se sabe dónde y cuando nació, ni como era su rostro,  ni en qué lugar se encuentran, con total seguridad,  sus restos mortales. No obstante se viene dando por bueno que lo más probable es  que estén en Sevilla, aunque parece que pasaron por La Habana, y los dominicanos sostienen que están en la catedral de Santo Domingo.

El misterioso navegante pasó al menos tres veces por Valladolid  a intervalos de 10 años: 1486, 1496 y 1506, donde dejó certezas contrastadas y también, cómo no, alguna que otra leyenda y laguna histórica.

Propongo un paseo siguiendo los principales lugares que evocan su presencia en la ciudad.

 

El antiguo monasterio jerónimo de Nuestra Señora de Prado (hoy sede de la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla y León –Avd. Salamanca-) será el principio de nuestra larga e interesante ruta urbana. En el monasterio, del siglo XV con importantes reformas del XVII y XVIII,  pernoctó Colón el 11 de agosto de 1486, donde, camino de Medina de Rioseco, el navegante explicó su proyecto a los monjes, recabando su apoyo a la empresa ante la reina Isabel. Al monasterio se le ha llegado a llamar “el Escorial de Valladolid”.

 

Desde el monasterio nos encaminamos hacia el grupo escultórico de la plaza de Colón, que rememora su gesta descubridora. Obra del escultor Antonio Susillo fue Erigido en 1901,  además de elementos alegóricos, reproduce algunas escenas de la vida de Colón. Los bajorrelieves reproducen las siguientes escenas: exposición del proyecto en la Rábida, salida desde Palos, llegada a América y recibimiento en Barcelona

 

Nuestro siguiente destino será la plaza Mayor, y forzoso es ir a los soportales del Teatro Zorrilla, pues unos metros por delante de su fachada, una placa en el suelo nos recuerda el lugar donde falleció el navegante: el desaparecido convento de San Francisco. Y fue en aquel convento donde se depositaron sus restos mortales el 20 de mayo de 1506, tras el agravamiento de su salud que lo pasó en algún lugar de la ciudad (que no fue en el sitio donde señala una placa junto al Museo de Colón). Colón fue ingresado en el convento que a la sazón, como otros conventos de la ciudad, ejercía de hospital. Una vez fallecido fue enterrado en una capilla que pertenecía a la familia de su  amigo Luis de la Cerda. Tres años más tarde, sus restos salieron camino de Sevilla por expreso deseo de su hijo Diego… y desde entonces se inicia el misterio sobre donde reposan los restos del descubridor, honor que también lo reclama la República Dominicana.

 

Por la plaza de Fuente Dorada Colón paseó algunos días de su mes de estancia en la ciudad, allá por el verano de  1496. No se conoce donde residió durante ese tiempo, pero es probable que lo hiciera en un pequeño palacio que en la calle Teresa Gil tenía su amigo y protector y citado Luis de la Cerda (influyente noble en la Corte de los Reyes). Es el caso que su estancia fue preparatoria para un encuentro con la corte, y Colón aprovechó para comprar un rico ajuar que le permitiera presentarse con dignidad y decoro ante los Reyes Católicos tras su segundo viaje desde América. Gastó sus buenos “cuartos” en diversos comercios de la plaza de Fuente Dorada donde jubeteros,  sastres y zapateros tenían sus talleres.

 

Nuestra siguiente meta será el Museo de Colón, en cuyo patio de entrada hay un placa que dice: “Aquí murió Colón”. Esta placa se instaló en este lugar en 1866, siguiendo las indicaciones de algún cronista de la época que con escasos datos situó aquí el fallecimiento de nuestro personaje. El Ayuntamiento dio por bueno algo que no lo era en realidad y además de instalar la placa, rebautizó como calle Colón la que hasta  entonces era calle Ancha de la Magdalena.  No obstante este pequeño pedazo de la huerta de las salesas sirvió para que en 1968  la ciudad construyera un museo reproduciendo una casa palaciega que su hijo Diego tuvo en propiedad en la isla de Santo Domingo. Por cierto, la placa la hizo el escultor Nicolás Fernández de la Oliva en 1866. Este escultor, era profesor de la Escuela de Bellas Artes de Valladolid y, entre otras obras, suya es la escultura de Cervantes en la plaza de la Universidad. 

 

Si estamos dispuestos a alargar la caminata, el siguiente destino  debería ser la plazuela de la Trinidad, y más concretamente  la iglesia de San Nicolás. La razón de esta visita es que la iglesia acoge una imagen de la virgen a la que, según la leyenda, Colón se encomendó durante su brevísima estancia en el Monasterio de Nuestra Señora de Prado, donde estaba esta imagen románica del siglo XIII en 1486. Desde entonces se conoce la imagen como Virgen de Colón o Virgen del Descubrimiento.

 

La misteriosa biografía de nuestro almirante alcanza a que ni siquiera se le conozca algún retrato hecho en vida que nos pudiera mostrar, al menos, como era su rostro en algún momento de su existencia. De Colón hay un buen puñado de pinturas todas muy diferentes entre sí. Este retrato (año 1520) es de Ghirlandaio y se conserva en el Museo del Mar y la Navegación, de Génova.

NOTA: En este mismo blog hay una entrada sobre el Museo de Colón.

LAS FUNDACIONES DEL CONDE Y DOÑA EYLO

La huella del conde Ansúrez en Valladolid  (I)

 En palabras de Julio Valdeón, “trazar una biografía del conde Ansúrez es una tarea poco menos que imposible pues (de nuestro personaje) apenas sí tenemos otra cosa que unas escuetas referencias cronísticas (…) No obstante quizá lo más interesante al estudiar la figura del repoblador de Valladolid no sea tanto intentar penetrar en los pormenores de su peripecia vital, tarea por lo demás imposible, sino recrear aquella época que tanta transcendencia tuvo para el desarrollo de nuestra villa, y situar en la misma al conde don Pedro.”

Fernando Pérez Rodríguez-Aragón –Conservador del Museo de Valladolid-,   dice que  “El conde Pedro Ansúrez se convirtió en el más importante de los nobles del reino, ocupando el primer lugar entre los magnates en los diplomas emanados de la cancillería del rey”.

La figura del fundador, repoblador, poblador o impulsor (que de todas estas formas podríamos calificarlo) nos ha llegado cargada de muchas leyendas y tradiciones que no se pueden cotejar por la ausencia de documentación que las corrobore.

Pero lo más importante de nuestro conde y su esposa Doña Eylo no es tanto qué construyeron, sino que merced a su quehacer e influencia en la corte del Reino de León,  legaron un Valladolid que con el tiempo alcanzó la mayor importancia en la historia de España. Como diríamos ahora: puso Valladolid en el mapa.

Mas, cierto es que hay algunas construcciones vinculadas al conde, bien porque se levantaran en vida de él, bien porque fueron producto de su iniciativa.

Y por ellas vamos a pasear con los ojos bien abiertos.

Sendas imágenes del conde y la condesa que presiden el salón de Plenos del Ayuntamiento de Valladolid. Son de finales del siglo XIX y de autor desconocido.

La torre de la Colegiata ansuriana que ha llegado hasta nuestros días es,  bastante retocada, la puerta de entrada a la iglesia que, efectivamente se levantó en vida de los condes. Se consagró en mayo de 1095 con la presencia del mismo rey y los principales nobles del reino, amén de buena parte de la jerarquía católica de entonces.

La colegiata de Santa María la Mayor, que así se llamó, tuvo un trazado románico propio de su época, pero apenas dos siglos después se destruyó para construir otra gótica, hasta que ya en el siglo XVII de la mano de Juan de Herrera se levantó la iglesia catedralicia que ahora vemos.

De cómo fue aquella primigenia colegiata poco se sabe. Es más, a partir de las interpretaciones de lo poco que se conserva y su entorno, se puede llegar a conclusiones muy dispares. De hecho, dos prestigiosos arquitectos vallisoletanos que se han detenido en estudiar el tema ofrecen estas dos versiones de la colegiata: Javier Blanco considera que era un edificio de una sola nave con cubierta abovedada de 6,50 metros de anchura y unos 10 de altura; mientras que Óscar Burón se inclina por describir un edificio de tres naves de 17,45 metros de anchura interior y unos 45 de longitud.

En cualquier caso sí parece claro que la torre era la puerta de acceso al edificio y seguramente estaba coronada con un cuerpo de campanas. Mas, no hemos de dejar de anotar que algún estudio reciente muy concienzudo apunta a que tal vez la torre actual sea una construcción posterior a la propiamente ansuriana.

Es muy interesante también saber el porqué de la construcción de la colegiata en este enclave: ¿Por ser el punto más alto de la villa? ¿Porque no había sitio en la población que se encontró el conde? ¿Porque  aún eran visibles las ruinas de una antiguo asentamiento romano, y por tanto un lugar noble?…

Lo que se conserva de la torre (con bastantes modificados) románica, y a a derecha restos de la colegiata gótica.

Dibujo del arquitecto Javier Blanco según su versión de cómo pudo ser la Colegiata ansuriana. A la izquierda, puentes sobre la Esgueva.

 

Cabe suponer que la iglesia de Santa María de la Antigua también se construyó en vida del conde, considerándola por parte de los historiadores clásicos como la capilla del palacio condal. Mas,  con toda seguridad carecía de torre: la que ahora vemos es del siglo XIII o muy de finales del XII. No obstante, de la Antigua no hay noticia documental hasta 1177, es decir 59 años después del fallecimiento del conde. Lo cierto es que solo esta y el pórtico son los restos  románicos que  de la iglesia se conservan, pues  dos siglos después tuvo numerosas reformas; y la actual que vemos es una reconstrucción completa neogoticista de principios del s. XX (a excepción de la torre y el claustro, como ya hemos dicho).

Imágen de la actual iglesia de la Antigua y cómo, en realidad, debió ser la que se construyó en tiempos de Ansúrez: se trata de la iglesia de Santa María de Riaza, Segovia.

Sin duda el puente Mayor de Valladolid es el que más literatura ha conocido y alguna que otra leyenda (como que su construcción se debe al mismísimo Satán). La tradición viene atribuyendo su erección al moro Mohamed por mandato de la condesa Eylo, en los años en que su esposo estaba junto al rey Alfonso VI en el asedio de Toledo; y después fue ensanchado por Ansúrez. De la existencia de un puente sobre el Pisuerga (o río Mayor) hay noticias en 1114 y más tardías en 1188, más ninguna de ellas nos permite afirmar que se tratara de un puente de piedra. Recientes estudios, como el de “La arquitectura de Puentes de Castilla y León 1575-1650” realizado por Miguel Ángel Aramburu-Zabala Higuera, se inclina por dar como fecha de construcción (en piedra) hacia el siglo XIII.

No obstante, lo cierto es que no existe un trabajo a fondo que haya estudiado y documentado el puente Mayor.

Cuenta la tradición que cuando el conde recaló en Valladolid después de que Alfonso VI le cediera estas tierras había dos iglesias: San Pelayo (luego San Miguel) y San Julián. Pero esto también se envuelve en la bruma ante la falta de documentación, pues cuando el conde llegó ¿qué había aquí?: ¿Una pequeña aldea dependiente de Cabezón? ¿Una simple granja agrícola y ganadera? ¿No había nada y el conde levantó las primeras construcciones? En fin, en estos dilemas se debaten los historiadores contemporáneos.

La medievalista Adeline Rocquoi sostiene que a la muerte del conde había cuatro iglesias: Santa María de la Antigua, la colegiata, y las antes citadas.

Por otro lado  Pérez Rodríguez-Aragón relata que cotejando la escasa documentación de la época, “Pedro Ansúrez no menciona expresamente que estas iglesias hubieran sido fundadas por él; pero tampoco se dice lo contrario. Sin duda por aquel entonces ya eran de su propiedad, y al no existir tampoco testimonio de que las hubiera adquirido de un propietario anterior, es muy posible que San Julián y San Pelayo sean fundaciones de su tiempo”.

La gran obra del conde  en realidad fue, como ya hemos dicho, la fundación o engrandecimiento de Valladolid. Eso se tradujo en la construcción de las iglesias comentadas y posiblemente la celebración de mercado regular (aunque la verdad es que este mercado no aparece en documento alguno hasta 1152). Tener mercado, merced a una concesión real, suponía mucho para una población, pues además del impulso de la economía, atraía comerciantes y artesanos que se establecían en la villa. Sí parece que el entorno de la colegiata se convirtió en el lugar más importante de Valladolid, lo que se tradujo en la aparición de un nuevo barrio, el llamado de las Cabañuelas. También se conoció como el barrio de francos y, de hecho, hasta el siglo XX la actual calle Juan Mambrilla se llamaba de Francos.

¿Ese nombre obedece, tal como relata Juan Agapito y Revilla,  al asentamiento de soldados franceses en Valladolid que vinieron a España en ayuda del Alfonso VI para la conquista de Toledo y posterior contención de la arremetida de los almorávides contra los reinos cristianos? ¿O fue producto de que poco a poco se fueron asentando comerciantes, soldados, extranjeros que en general recibían el tratamiento de “francos”?…

Actual calle Juan Mambrilla, antiguamente llamada de Francos, en el barrio que comenzó a crecer en tiempos de Ansúrez.

Cómo sería la vista de Valladolid con su barrio de las Cabañuelas, según dibujo de Javier Blanco.

Si hiciéramos caso de la tradición, de algunos historiadores antiguos, así como de uno de los grabados que hay en la tumba del conde, a éste le debemos también  dos hospitales, la primigenia iglesia de San Nicolás, e incluso una casa de mujeres emparedadas: es decir mujeres separadas que entraban en clausura. Ninguna de estas supuestas fundaciones condales se sostiene con la documentación en la mano.

No hay tampoco seguridad de que el matrimonio Eylo-Ansúrez dispusiera de palacio residencial, como tradicionalmente se ha venido atribuyendo al antiguo Hospital Esgueva. De esta fundación hospitalaria sabemos que en marzo de 1208 se cita la existencia de una “confratrie de Aseua” (cofradía de Esgueva). A mayor abundamiento, ya sabemos que el Pedro vinculado documentalmente al hospital era en realidad el abad de la colegiata; y que la fundación del hospital se puede situar hacia 1178: es decir, en ningún caso en vida del conde.

De cualquier manera, de haber existido un palacio condal no es el edificio del hospital, ni mucho menos, sino que este se levantaría, en todo caso,  sobre el solar del palacio ansuriano.

Un palacio del que se ha llegado a decir que precisamente la Antigua era su capilla. ¿Por qué la duda? Por dos razones: no parece lógico pensar en un edificio suntuoso cuando los periodos de residencia de los condes en Valladolid eran más bien escasos, pues sin duda pasarían más tiempo en la corte de León (donde el padre de Ansúrez tenía su palacio),  en Toledo (donde se ubicó la corte de Alfonso VI tras su conquista en 1085), o en Sahagún, era donde el matrimonio tenía el centro de sus posesiones, y por Valladolid recalaban cuando tenían que resolver  problemas de administración de la villa.

Fotografías del Hospital Esgueva, derribado en los años 70, y detalle de su frontispicio. Y azulejo del hospital conservado en el Museo de Valladolid.

Desde luego, la colegiata es la gran obra de los condes, no tanto por lo que queda, sino por la naturaleza misma de la iglesia. Lo diré muy coloquialmente: la colegiata era la “hucha” de la familia. ¿Qué significa esto?

El matrimonio fue haciendo muchas donaciones a la colegiata: tierras de cultivo, solares, pastos, montes, tercias, viñas, ganado, municipios (con sus rentas), molinos, ermitas,  iglesias, etc. Buena parte de los documentos más antiguos que se conocen de Valladolid  tratan sobre transacciones relacionadas con Santa María la Mayor. Esta iglesia queda bien asegurada que es propiedad del  conde (de los condes más bien), que a su vez, cuando marcharon a Urgel,  la pusieron bajo la protección del Papa –que recibía rentas por este cometido-, para impedir que ni el mismísimo rey se pudiera apropiar de la colegiata. Cuando regresaron, digamos que la recuperaron rescatándola de la protección papal.  Las donaciones a la colegiata y la forma de administrar los ingresos de sus enjundiosas rentas impedían que los descendientes  trocearan la propiedad, y al mismo tiempo era una forma de fortalecer el clan familiar, pues no se podía dividir y obligaba a llegar a acuerdos entre los descendientes.

En definitiva, lo importante de la vida del conde Ansúrez es el desarrollo que conoció  Valladolid: resultó sorprendente, teniendo en cuenta que aquella aldea del siglo XI no tenía ninguna importancia política o comercial; no estaba en el camino de Santiago; carecía de fortificación alguna (como sí disponían Simancas y Cabezón); no era sede de ningún obispado… es decir, era un villorrio llamado al olvido. Destino que cambió a partir de la presencia del conde Ansúrez y que terminó por ser, años más tarde de la muerte del repoblador, la villa en la que los reyes fijaron sus ojos y, con frecuencia, también su residencia. Desde entonces, aunque en esto  no nos vamos a detener porque es otra historia, Valladolid fue el centro de la política en España, Y para ilustrar esta afirmación dejaremos anotado el trascendental acontecimiento de que en Valladolid en 1217  Doña Berenguela fuera reconocida como reina de Castila. Corona que, inmediatamente, traspasó a su hijo Fernando III el Santo que, años más tarde ostentó también la corona del reino de León.

 

Según los planos históricos de Valladolid, arriba, la villa a finales del XI y, más que triplicada su superficie, en el siglo XII. En el círculo destaco el barrio de las Cabañuelas, en torno a la Colegiata y la Antigua.