PUENTES SOBRE EL PISUERGA

Tan acostumbrados estamos a pasar sobre los puentes del Pisuerga que terminamos por ignorarlos. Sin embargo, Valladolid tiene puentes de cierta belleza arquitectónica y, otros, cargados de historia. Los senderos que se han ido acondicionando en ambas orillas del río nos facilitan, además,  su contemplación.

Nuestros puentes han servido, unos,  para hacer ciudad, como los que en los años cincuenta se construyeron para “asaltar” la Huerta del Rey;  y otros, como el Mayor y el de Hierro o Colgante, para conectar partes de la ciudad que de antiguo existían y, sobre todo, enlazar con caminos y carreteras.

Valladolid tiene 11 puentes y dos pasarelas peatonales que se han ido construyendo con diversos estilos. No podemos olvidar que son obras de ingeniería y, por tanto, más atentas a solucionar los problemas técnicos y resolver las conexiones viarias.  Aun así en unos cuantos de ellos podemos ver arcos, tirantes  y pilares de muy agradable factura.

No obstante esto de los puentes no es una cosa “pacífica”, pues hay quienes piensa, y no sin razón, que un exceso de puentes destruye la belleza natural que nos ofrece el Pisuerga, pues a pesar de que ha habido demasiada permisividad para levantar edificios exageradamente encima de sus riberas (y especialmente el llamado Duque de Lerma), Valladolid puede presumir de río, de márgenes, de vegetación, y de paseos junto a sus orillas.

Los puentes han dado lugar a números dichos y refranes que no son sino metáforas  para interpretar la vida y las relaciones humanas. Así, empleamos con frecuencia frases como  “tender puentes”, “quemar los puentes”, “a enemigo que huye puente de plata”… o esta bonita frase atribuida a Isaac Newton: “Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes”.

Un somero vistazo sobre los puentes de nuestra ciudad nos da una idea precisa de cómo cambió Valladolid: en 600 años solo se construyeron dos puentes (siglo XIII- XIX): el Mayor y el Colgante; y en menos de sesenta años (1955-2011) se construyeron nueve y dos pasarelas peatonales.

Pues bien, no vamos a pasar sobre los puentes, sino a “disfrutar” de ellos. Por tanto, cuando atravesemos el río, invito a que dediquemos unos minutos a observar los puentes que queden a nuestra vista.

Es necesario indicar, cuando hablemos de cada puente, que no siempre hay coincidencia entre los datos que se manejan en las diversas fuentes que he consultado: hemeroteca, archivo municipal, paneles informativos y publicaciones. Me refiero a, por ejemplo, fecha de inauguración, de apertura al público o incluso longitud (pues depende de qué se considere el puente: si solo su voladizo sobre el agua o los accesos también, etc).

 

El puente Mayor,  cuya construcción en piedra hay que situarla más bien en el siglo XIII,  parece que en origen tuvo una construcción alomada (muy propia de los puentes románicos) y no rasante, como ahora lo vemos. A lo largo de su historia  ha sufrido numerosas reformas y reparaciones producidas por daños causados por riadas, por adaptaciones al tráfico o por la famosa voladura de varios arcos que provocaron los franceses en 1812. Tiene 10 arcos  y una longitud de 153 metros. El dibujo está tomado del libro de Ventura Pérez y refleja como sería el puente en el siglo XVIII.

 

 

Siguiendo el orden cronológico, el segundo puente que cruzó el Pisuerga fue el de Hierro, de Prado o Colgante, descrito en su día por la prensa como “modelo de solidez y elegancia”.  Su construcción se remonta al año 1865.   La estructura la realizó la empresa John Henderson Porter,  en Londres. Tiene una longitud de 75 metros. Entonces, el viejo Monasterio de Nuestra Señora de Prado ya estaba reconvertido en cárcel. Por eso, en ocasiones se hablaba del “puente del presidio”: de hecho, hasta la construcción de este puente, había un servicio de barcaza entre una y otra orilla que prestaban presidiarios de confianza. Un puente que, según las crónicas, estaba llamado a “prestar muy buen servicio a nuestra ciudad y a muchos pueblos de la provincia situados al otro lado del río”. Su construcción, más cabría decir ensamblaje de las vigas de hierro  apoyadas sobre los sólidos pilares de hormigón,  fue realmente rápida, pues si en junio de 1864 se habían acopiado junto al río los materiales de obra, en abril del año siguiente, exactamente el día 11, se hicieron las pruebas de carga para a continuación abrirlo al público, previa inauguración llevada a cabo el 19 de aquel mes de 1865.

 

 

El tercer puente sobre el Pisuerga, llamado de Isabel la Católica (nombre oficial), José Luis Arrese (ministro de Vivienda)  o del Cubo (por estar a la altura del viejo puente del Cubo que cruzaba sobre la desembocadura del Esgueva en este punto de la ciudad). En 1956  ya estaba abierto al tráfico de vehículos pero sabemos que el 25 de diciembre de 1955  ya se permitió el paso de peatones.  Mide 110 metros y,  como el del Poniente,  fue proyectado por el Sargento de Ingenieros Luis Díaz Caneja Pando.

 

El puente del Poniente, o  de González Regueral (nombre oficial del puente y alcalde de Valladolid entre 1949 y 1957), fue otro de los que se pensaron para dar el salto al otro lado del río sobre los terrenos de la Huerta del Rey. El  último día de febrero de 1957 los vallisoletanos comenzaran a pasar por el puente de 131 metros de longitud que se bautizó como de Vicente Mortes (a la sazón ministro de Vivienda entre 1969 y 1973).

 

 

Puente de García Morato (militar), que es como se le conoció desde el principio) o de Sánchez Arjona (ministro de Vivienda entre 1960 y 1969). Su nombre correcto, de reciente acuerdo, es de Adolfo Suárez. Mide 200 metros.  En septiembre de 1967 se llevaron a cabo las pruebas de resistencia y el día 9 de octubre de 1967 se inauguró este  quinto puente de la ciudad: “cinco puentes y sobre el Pisuerga y el sexto en proyecto”, relató la crónica de El Norte de Castilla. (Ripio de Ansúrez publicado  en su día en El Norte de Castilla)

 

Arturo Eyríes (responsable de servicios militares de Farmacia), de la División Azul, del Palero, o del Doctor Quemada –que es su nombre oficial-  es el sexto puente. Fue de iniciativa privada puesto que esta fue la condición del Ayuntamiento para que los promotores de este nuevo barrio obtuvieran los permisos correspondientes. No ha sido posible determinar una fecha concreta de inauguración o apertura al tráfico. En cualquier caso, en 1972 ya estaba en uso y la información oficial sobre su longitud nos habla de 102  metros.

 

Puente (o puentes gemelos) del Cabildo.  Ya estaban abiertos al tráfico  en 1988, aunque su inauguración oficial se hizo en enero de 1989. Tiene una longitud de  180 metros y es nuestro séptimo puente.

 

El de Juan de Austria o popularmente, de El Corte Inglés, se inauguró  el 19 de mayo de 1990. La información técnica del proyecto da la cifra de 214 metros de longitud, aunque  El Norte de Castilla manejó el dato de 175.

 

Puente de la Hispanidad, también lo llaman Atirantado, o de la Ronda.  Se inauguró 12 de mayo de 1999 y  se festejó con fuegos artificiales, actuaciones musicales y una limonada. Asistió una enorme cantidad de  público: allí se mezclaron los curiosos,   una parte del vecindario crítico con el alcalde de entonces, trabajadores que protestaban porque se acababa de condenar a cárcel o multa a varios  policías municipales y bomberos que habían llevado a cabo una sonada sentada sindical en dependencias de la Casa Consistorial…  en fin una auténtica multitud. Este puente supuso un cambio sustancial respecto a los puentes que se habían construido en las décadas 50 y 60. Se quería hacer una construcción de esas que se suelen llamar emblemáticas, de tal manera  que tuviera una estética muy agradable incluyendo una iluminación singular. Los mástiles tienen 25 metros de  altura, y el puente 156 metros. (Las Imágenes en blanco y negro son de El Norte de Castilla).

 

La condesa Eylo  tiene entre la Rondilla y la Victoria un puente  (130 metros) que lleva su nombre. Es el décimo con que cuenta Valladolid. Una paellada popular acompañó su inauguración el sábado 22 de mayo de  1999.

 

Corría el 25 de marzo de 2011 y se inauguraba el puente de Santa Teresa. Se trata del undécimo  y último hasta la fecha de los puentes rodados sobre el Pisuerga. Tiene una longitud de 194 metros, y el alcalde cortó la cinta en medio de una controversia entre una parte del vecindario y el consistorio, pues los primeros no veían la necesidad de tal obra que, además, consideraban muy costosa.

 

El Museo de la Ciencia cuenta con el complemento de una bella pasarela peatonal. En junio de 2004 ya estaba en servicio. Se hizo siguiendo el diseño del afamado arquitecto Rafael Moneo y su socio Enrique de Teresa, que a su vez son los responsables del Museo de la Ciencia. Tiene una longitud total de 234 metros  (o 400 según se quiera considerar): en cualquier caso, la estructura metálica característica de la pasarela mide 111 metros y pesa 200 toneladas.

 

Gómez Bosque, entrañable y querido médico vallisoletano, por su compromiso social y político que falleció en junio de 2008, tiene el homenaje de la ciudad dando nombre a una pasarela peatonal que une el Camino Viejo de Simancas con el barrio de Arturo Eyries. Se trata de una estructura de ligero aspecto y de 100 metros de longitud, en la que se pretende que la iluminación tenga un protagonismo destacado: se inauguró el 14 de marzo de 2011.

 

Y terminamos nuestro deambular  por los puentes del Pisuerga  con un par de panorámicas: una, cuando ya construidos los puentes de la Huerta del Rey, el barrio aún no se había comenzado a edificar (Archivo  Municipal); y otra, una vista aérea tomada durante un paseo en globo sobre la ciudad.

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RONDANDO LA MEMORIA DEL MARINERO PONCE DE LEÓN

Vamos a darnos un paseo motorizado, o en bici quien la quiera llevar, por un rincón extremo de la provincia vallisoletana en plena Tierra de Campos y fronterizo con Palencia y León. Llegaremos hasta Melgar de Arriba, el término municipal más alejado de la capital: hablamos de más de noventa kilómetros. Recorreremos pueblos pequeños pero, en algunos casos, con un patrimonio más que sobresaliente que no hace sino testimoniar la riqueza que en otro tiempo tuvieron estas tierras de abundante y codiciado trigo. Los nobles  castellanos y leoneses se disputaban entre sí estas tierras panaderas que garantizaban la alimentación de la población, la soldadesca, la caballería y el ganado.

El cereal financió la construcción de grandes paneras, hospitales, templos y casonas palaciegas tan características de la zona.

Ahora, las gentes de este rincón buscan que sus pueblos sigan sobreviviendo y tengan algún futuro intentando que la galopante despoblación no se los lleve por delante.

Así que dispongámonos a disfrutar de paisajes  y a callejear por un puñado de municipios que tienen en los ríos  Cea  y  Valderaduey  el agua que riega  sus tierras, y en otro tiempo también feraces huertas. Algo que desmiente la imagen de Tierra de Campos como comarca sedienta.

 

Fontihoyuelo detenta en la actualidad el “título” de segundo pueblo menos habitado de Tierra de Campos. No entiendo muy bien qué lógica tiene poner esto en el gran cartelón que te recibe al llegar a su caserío. Sobre todo porque desde que hace ya unos cuantos años se escribiera el texto del panel me temo que unos cuantos pueblos terracampinos habrán seguido perdiendo población de forma notable. Fontiyuelo, como otros municipios que vamos a visitar, está en el Camino de Madrid. Es decir el camino que hacia Santiago de Compostela seguían quienes venían del centro de la península. En la imagen dos peregrinos y una panorámica de las bodegas del municipio: aunque no veamos en nuestro recorrido, no podemos olvidar que la uva y el vino, incluso en estas tierras en las que prácticamente ningún testimonio queda, fue muy importante para la alimentación de los habitantes de estas tierras.

 

 

Dejamos atrás Fontihoyuelo para llegar a Villacarralón. Otro municipio que no alcanza el centenar de habitantes pero que muestra un patrimonio que habla de un pasado rico en gentes y actividad. En las imágenes, y de arriba abajo, la fachada del Hospital, que nos relata el trasiego de peregrinos que en otro tiempo debió tener; la panera, de grandísima capacidad y que por el escudo que preside su puerta debió estar bajo la administración eclesiástica, y la torre de la antigua iglesia de San Pedro. Varias casonas dan fe de prósperas haciendas.

 

 

Santervás de Campos, como la mayoría de los de la zona, hunde sus raíces en los siglos IX y X. Es decir, en una temprana repoblación de la Meseta por los señores del reino de asturleones. Tiene en Ponce de León, a su más afamado hijo al que el municipio le ha dedicado un museo que recorreremos al final de este reportaje. Ábside de la iglesia de san Gervasio y san Protasio, uno de los hitos más señeros del mudéjar en Valladolid. Relatan algunos historiadores que el nombre de Santervás tal vez venga de una contracción de San Gervasio. Entre los dos laterales mudéjares se incrusta una construcción plenamente románica. Caserón. Mural que lleva la firma de Manolo Sierra y que deja constancia de la pugna que entre esta localidad y otras,  y entre los habitantes de cada municipio,  se vivió hace unos años en torno a si albergar o no un almacén de residuos nucleares.

 

Melgar de Arriba, junto al cauce del Cea, tiene en el interior de su iglesia de San Miguel uno de los retablos más importantes de la provincia: del siglo XV y atribuido al escultor maestro de Calzada, de la escuela de Pedro Berruguete. Está presidido por el arcángel San Miguel y algunas de sus tablas se han expuesto de las Edades del Hombre. Panorámica de la montaña palentina desde el campanario de la torre de Santiago Apóstol,  y característicos palomares de Tierra de Campos.

 

Melgar de Abajo forma parte de la Zona de especial protección para las aves que se conoce como La Nava-Campos Norte perteneciente a la Red Natura 2000. En lo alto,  domina una impresionante vega sobre el río Cea. Una escultura que ha dejado el programa cultural Arte Campos; y la plaza del pueblo con el Ayuntamiento y la iglesia del Salvador, del siglo XVI.

 

Panorámica de Monasterio de Vega. En primer término la chimenea de una antigua fábrica de ladrillos; y detalle del monasterio, que asienta sus orígenes en el siglo X pero que lo que ahora vemos es fábrica del XVI. Estaba vinculado a la orden benedictina y actualmente es de propiedad privada.

 

Iglesia de san Pedro de Advícula y una antigua panera en Saelices de Mayorga. Son varios los “saelices” que hay en la geografía española y a los lectores más curiosos dejo el entretenimiento de buscar el origen de semejante término.

 

El pequeño municipio de Cabezón de Valderaduey guarda sus mejores galas en el pequeño artesonado mudéjar del siglo XVI con un característico mocárabe en su centro. Está en  la iglesia parroquial.

 

Villagómez la Nueva es de esos municipios aparentemente anodinos que, sin embargo,  sorprende con detalles de singular interés, como las ruinas de un castillo palacio del marquesado de San Vicente: un título nobiliario que arranca en el siglo XVII de la mano de Carlos II y con una trama familiar ligada a ilustres apellidos italianos que daría para un folletín… Ojo, no confundir con el marquesado de San Vicente del Barco, que en este título andan enredados vástagos de la casa de Alba… y la “Laguna”, una especie de monumento natural en el centro del pueblo, un manadero natural de antiquísima procedencia.

 

Y concluiremos nuestro itinerario circular en Vega de Ruiponce. Guarda este municipio una de esas cosas tan curiosas como raras: la llamada “piedra del milagro”. Un piedra de cuarcita (mineral inexistente en la zona) de media tonelada que como nadie se explica cómo llegó hasta aquí pues se acude a la leyenda, una buena manera de hacer familiar lo que es completamente ajeno y desconocido: hace siglos un arriero robó aceite (dicen unos) o telones (dicen otros) de la ermita que hay en sus inmediaciones. Detenido el supuesto ladrón juró que si era verdad aquello de lo que se le acusaba, que muriera uno de sus bueyes… y en efecto, uno de ellos reventó dejando sobre el suelo su gran vientre… que es la piedra que se contempla sobre un pequeño pedestal en medio de una sombreada chopera. Antiguas escuelas, y una vieja panera que amenaza ruina. Tuvo Vega de Ruiponce numerosas y feraces huertas que sus propietario regaban son pozos someros. “Pero ahora… ya ve ud…”  relatan unos cuantos tertulianos que pasan la mañana al abrigo de los muros de la ermita.

 

 

El museo de Ponce de León en Santervás de Campos rinde recuerdo y homenaje al personaje más famoso nacido en la localidad. Nacido en 1460 y fallecido en 1521, fue un insigne marinero que vivió casi toda su vida en América: participó en el segundo viaje de Colón, exploró la isla de San Juan, descubrió La Florida en 1513, murió en La Habana, y sus restos yacen en la catedral de Puerto Rico. El museo, de 600 m2. está en una casona del siglo XVII y comparte edificio con el albergue del Camino de Santiago. El proyecto museológico, del que destaca la reconstrucción de la  proa de un barco, es idea del director de teatro Raúl Gómez, que fue el impulsor de FETAL (festival de teatro), en Urones de Castroponce. Reproduce mobiliario y hechos tanto de Ponce de León como de la época que le tocó vivir. Por cierto, el insigne marinero recibió uno de los encargos más curiosos de la historia de la humanidad: el rey Fernando  le ordenó la misión de localizar la Fuente de la Eterna  Juventud… ni más ni menos… y en ello anduvo por la isla de Bimini, que es donde la leyenda indígena relataba su existencia. La escultura que preside la plaza delante del museo es obra del vallisoletano Luís Santiago Pardo.

 

NOTA: para visitar el museo, concertar en el teléfono 619 252 457

EL HEREJE CUMPLE VEINTE AÑOS

En el mes de septiembre  de 2018 que corre, se cumplen 20 años de la primera edición de “El hereje” última novela que escribió Miguel Delibes y que se ambienta en Valladolid. Buen pretexto para recordarla e introducirnos en el mundo de la Inquisición o Santo Oficio en Valladolid.

La novela de Delibes es, sobre todo, una narración sobre la tolerancia, o la intolerancia, según como se mire. Relata unos de los  episodios más duros que vivió Valladolid a lo largo de los muchos años de existencia de la Inquisición. Hablamos del año 1559. Aquel año en realidad hubo dos autos de fe: en mayo y en octubre. Entre ambos fueron quemadas 27 personas y los huesos de otras dos. También hubo 26 arrepentidos a los que se impuso penitencia.

Como sabemos, la llamada Inquisición “moderna” duró, con mayor o menor intensidad desde que en 1478 la reintrodujeron los Reyes Católicos  hasta que definitivamente quedó abolida en 1834 bajo el reinado de Isabel II, con un breve intervalo tras su abolición por las Cortes de Cádiz. Antes, en la Edad Media, desde el siglo XII  hasta principios del  XV, también hubo Inquisición en España, bien es verdad que bajo el control papal, cosa que fue distinta que con los Reyes Católicos, que eran ellos quienes la controlaban.

Valladolid, una villa por entonces (el título de ciudad no le fue concedido hasta 1596), se convirtió en el epicentro de la lucha religiosa contra el luteranismo. Felipe II quiso dar un castigo ejemplar al núcleo protestante que había en la villa.

Pero, antes de continuar, bueno será hacer un comentario acerca de la palabra “hereje”. Ha quedado en los diccionarios de la lengua  como “Persona que niega alguno de los dogmas establecidos en una religión. Persona díscola” , etc. Cuando su origen etimológico se acerca más a “decisión,  opción”… también “separación”. Es decir, persona que decide, que opta. Le pasa lo mismo que a la palabra “pagano”, que no significa sino habitante de los pagos (granjas) romanas alejadas del imperio. Pero la historia ha terminado por aplicarla a quienes no abrazan el cristianismo ni ninguna religión monoteísta; o persona no bautizada.

Y volvemos a Delibes. Muchos críticos han resumido la novela indicando es que es una historia de amor, pasión, odio, intolerancia, y también de amistad y decepción. Un crítico literario en 1998 escribió que sin ser para nada aficionado a Delibes, sin duda recomendaba la lectura de este libro, por tratarse de buena literatura y de una gran historia.

 

La obra nos lleva a recorrer el Valladolid del siglo XVI a través de la calle Santiago, la judería, la plaza Mayor,  el puente Mayor o la catedral. Siguiendo estos rincones, el Ayuntamiento ha organizado la “ruta del Hereje”. Y que comienza en el barrio de la judería, donde Cipriano tenía su almacén e industria de confección de pieles.

 

La historia se articula en torno a la familia Cazalla, y en concreto Agustín, cabeza más notoria del movimiento luterano en Valladolid, y que era Capellán de Carlos I. Predicaba en la corte del emperador y famosos fueron, también, sus sermones en la iglesia de Santiago de nuestra ciudad. En la imagen, uno de los rótulos que señalan los lugares que aparecen en la novela de Delibes: iglesia de Santiago.

 

La novela de Delibes, que también es un tratado sobre el amor, nos lleva por diversas ciudades, pueblos y parajes que el protagonista principal, Cipriano Salcedo, próspero comerciante de Valladolid, recorrió  numerosos lugares a lo largo  de su vida buscando  a Minervina, la dulce criada que le crió. Nuestro protagonista quedó huérfano de madre después del parto, causa por la  que su padre le odiará toda su vida y le internará en un orfanato  tras su primera niñez, separándole  de  su querida Minervina. La ilustración es del propio libro.

Auto de fe en la plaza Mayor, bastante idealizada por parte del autor. Aquellos juicios fueron rápidos y muy severísimos. El primero  estuvo presidido por Juan de Austria. Comentan algunos historiadores que Carlos I en realidad veía a los luteranos españoles más como enemigos políticos que disidentes religiosos. El segundo Auto de Fe, de octubre, estuvo presidido por Felipe II. La lámina es una copia de Verico, tomada del Voyage de Laborde.

 

La cruel e implacable condena llevó a que los que no se arrepintieron fueran  abrasados en las hogueras levantadas en el Campo Grande, en una época que en realidad era un inmenso descampado dedicado a exhibiciones militares, justas de caballeros y recepción de autoridades que provenían de Madrid, pues del Campo Grande partía este camino principal que comunicaba con la Corte. Tan cruel fue la condena que incluso desenterraron los restos de Leonor de Vivero (que estaban en la iglesia de San Benito), madre del doctor Cazalla, para arrojarlos al fuego. También fueron ejecutados Francisco, Beatriz y Pedro, hermanos del doctor. Dice la historia que Cazalla, que adjuró, recibió el “trato favorable” de ser previamente estrangulado para que no sufriera los horrores del fuego. En total, trece fueron los ejecutados, entre los que estaban cuatro monjas bernardas del convento de Belén, donde actualmente está el colegio de San José, en la plaza de Santa Cruz. A mayores, la condena mandó asolar las casas del Doctor Cazalla y de Leonor de Vivero.

 

De todas formas, el Santo Oficio no se limitaba solo a juzgar a quienes se apartaban de la estricta fe católica, sino que también ejercía la censura de pregones y publicaciones, como puede verse en este texto de Calixto y Melibea conservado en la Universidad de Valladolid.

 

La última sede que tuvo el Santo Oficio fue un gran edificio que ocupaba la esquina de Real de Burgos con Madre de Dios. Se sabe que antes la sede la tuvieron en calle Francos (actual calle Juan Mambrilla) y luego en la calle Pedro Barruecos. En la foto, el actual colegio Macías Picavea, donde estaba la última sede de la Inquisición, junto a la iglesia de San Pedro Apóstol, lugar donde se celebraban los llamados “autillos”, es decir juicios menores. La última sede se quemó por los cuatro costados la noche del 6 al 7 de diciembre de 1809   debido a que por el toque de queda impuesto por el mando francés, no se podían tocar las campanas llamando a fuego.

 

Cuadro de Goya titulado “Auto de fe de Inquisición”. A los reos se les ve con el capirote característico de los acusados. Está depositado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

 

Delibes ha tenido unos veinticinco premios y reconocimientos de especial interés, entre ellos el nombramiento de Doctor Honoris Causa por varias universidades, incluyendo la de Valladolid. Ha sido premio Nadal, Nacional de Narrativa, premio de las Letras de Castilla y León,  Miguel de Cervantes y, finalmente, de nuevo el Nacional de Narrativa en 1999 precisamente por la novela El hereje. Placa instalada en la calle Santiago, en los muros de la iglesia de Santiago. El autor de la placa es el artista vallisoletano Luis Santiago Pardo.

 

Dedicatoria original de Delibes grabada en la placa de la calle Santiago. En total, Delibes, que nació el 17 de octubre de 1920 y falleció el 12 de marzo de 2010,  contabiliza unas cuarenta y cinco narraciones. De las que Los Santos Inocentes, El disputado voto del Señor Cayo y Las Ratas, han sido llevadas al cine.

VALLE DEL BOTIJAS

El río Botijas recorre veinticuatro kilómetros desde su nacimiento hasta que desemboca en el Duero, en  Peñafiel. Mientras tanto, traza un pequeño valle que une las provincias de Valladolid y Segovia, lamiendo con sus aguas cuatro pueblos que no por pequeños carecen  de historia e interés.

Por Madres se conoce la turbera que recoge aguas en cantidad suficiente como para formar el caudal del Botijas. Esta turbera, sobre todo en verano, hace casi imposible que se vean las aguas que embalsa, pue bajo el lujurioso manto verde hay profundidades que superan el metro de agua. El paraje es accesible pero exige un poco de prudencia para no meter el pie donde nos podemos topar con el agua.

Y sin más preámbulos, vamos a iniciar nuestro recorrido por el Botijas, territorio del  mítico “El Empecinado”.

 

Cuevas de Provanco es el primer municipio de la provincia de Segovia una vez que atravesamos Castrillo de Duero viniendo desde Peñafiel. Cuevas es un pequeño pueblo que trepa las laderas que desde el valle se encarama hacia el páramo de Corcos, donde está la raya con la provincia de Burgos. En lo alto de municipio, restos de una fortificación.

 

Hasta las Madres podemos ir en una caminata siguiendo el valle desde Cuevas. Un paseo de unas cuatro horas entre ida y vuelta. O acortarlo tomando la carretera que parte de lo alto del pueblo hasta que nos topemos en una curva con unas viejas corralizas. En este punto descendemos hasta las Madres en un paseo que apenas nos lleva tres cuartos de  hora en total.

 

Reiniciamos el regreso por la carretera que nos devuelve a Peñafiel. Vamos a parar en Castrillo de Duero y a caminar un rato por sus calles. El punto más elevado es su iglesia (del s. XVII sobre restos del XII),  mirador que ofrece magníficas vistas del valle. Al otro lado del Botijas está la planicie del Cuchillejo, el punto más alto de la provincia de Valladolid… ¡nada menos que 933 metros de altitud!

 

Castrillo tiene varias casas blasonadas del siglo XVII y XVIII de piedra bien labrada, lo que nos habla de un pasado noble y muy próspero. Un cernícalo descansa sobre uno de los escudos nobiliarios  de la localidad.

 

La plaza del Ayuntamiento está presidida por una escultura de “El  Empecinado”. Fue un soldado de mítica historia nacido en Castrillo y  que alcanzó la más alta graduación militar luchando contra los invasores franceses. De origen humilde,  destacó por su fuerza, decisión e inteligencia. Terminó sus días ajusticiado por orden del taimado Fernando VII porque aquel militar de raza no se plegó a los intereses del malvado rey que traición la Constitución de Cádiz y restauró parcialmente la Inquisición, entre otras lindezas. Nada claro está el origen del apodo “El Empecinado” por el que se conoció a Juan Martín Díez: ¿por su tez oscura? ¿por sus firmes ideas? ¿porque en este lugar el Botijas se caracteriza por la pecina que se forma? El autor de la escultura es el vallisoletano Luis Santiago Pardo.

 

Iglesia de Olmos de Peñafiel que, como la Castrillo, conserva restos románicos, lo que habla de la antigüedad de estos municipios del Botijas. Molino ahora convertido en Museo de la Harina y la Miel que mantiene intacta su maquinaria.  Hay que concertar la visita.

 

Eremitorios: cuevas en las que  oraban monjes que se apartaban durante una temporada del mundo conventual.

 

Mélida: en lo alto de este pequeño municipio de apenas 60 habitantes,  fuente del siglo XIX con el escudo de Peñafiel. Este valle es rico en aguas que vienen de las llovedizas recogidas en los páramos calizos que le rodean.

 

Y el roquedo de Peñafiel se perfila al final del valle que hemos recorrido siguiendo el humilde Botijas,  pero cargado de historia. Habremos observado que en su último tramo hay  viñas y bodegas del afamado vino Ribera de Duero.

ARBOLEDAS DE VALLADOLID

Ya estamos en plena canícula veraniega y que mejor cosa que pasarla en frescos parques y jardines a la sombra de alguno de los muchos árboles de los que puede presumir Valladolid.

La ciudad del Pisuerga dispone de más de 5.300.000 de metros cuadrados de zona verde. Es decir, tocamos a más de 17 metros cuadrados por habitante. Esta superficie supera de largo la recomendada por la Organización Mundial de la Salud.

La preocupación por la creación de zonas verdes y plantación de árboles viene de antiguo. La Asociación Económica de Amigos del País, una sociedad filantrópica que amparó Carlos III,  a finales del siglo XVIII impulsó la plantación de una extensa arboleda a las orillas del Pisuerga. Por aquellas épocas se consideraba que los árboles contribuían a la mejor aireación de las poblaciones, en las que, con frecuencia, debido a sequías, aguas estancadas y abandono de basuras a la intemperie, se producía fetidez  en el ambiente; en definitiva “miasmas”, esos efluvios malignos que desprendían las materias orgánicas en descomposición.

Vale que ahora no haya en la ciudad aquellas pestilencias, pero bien está que disfrutemos de abundantes y cercanas zonas verdes con su correspondiente arbolado.

Son numerosos los parques que tiene Valladolid, incluyendo el Pinar de Antequera. Buena parte de estos se  halla en los bordes de los barrios o en zonas descampadas, como es el caso de Ribera de Castilla, Canterac, Salud, Fuente el Sol o las Moreras, por citar unos pocos ejemplos. Sin dejar de señalar nuestro magnífico Campo Grande y los márgenes del Pisuerga, un verdadero lujo del que disfruta Valladolid. Si a ello sumamos las huertas de los conventos, Valladolid dispone de un formidable patrimonio verde.

Pero tenemos, también, un buen puñado de parques o zonas ajardinadas en el interior de la población, medrando entre edificios,  piedras antiguas y monumentos históricos.

Y sea en las horas más cálidas del tórrido verano o a la fresca del atardecer, vamos a darnos un paseo por algunos de estos parques más urbanos y que tenemos prácticamente a la puerta de nuestras casas. Y aprovecharemos para disfrutar de la vista de algunos árboles singulares.

 

La plaza Circular es  una auténtica isla de plátanos. Algunos de ellos muestran formas realmente curiosas y follaje de gran majestuosidad. La plaza, acaso muy ahogada por el tráfico, se creó sobre el viejo cauce de la Esgueva del que en el subsuelo de la misma se conserva uno de sus puentes. Esta plaza, como todas las que vamos a recorrer, forma parte del listado de 24 arboledas singulares que el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) clasifica  como de especial interés.  Se consideran singulares porque destacan por sus especies, valor paisajístico o cualidad estética.

 

Los castaños de indias de la plaza de San Juan crean un espacio muy agradable que proporciona una tupida  y fresca sombra en verano. La plaza es un lugar muy concurrido y en la que se erige esa entrañable escultura de Ana María García Cavero titulada “María Pía”, acaso una muchachita que  antaño jugara por las calles de este popular barrio. 

 

El conjunto arbolado de la plaza de Santa Cruz se considera de gran valor ornamental y estético en el que no falta un tejo, un cedro y varios plátanos.

 

El patio del Colegio Mayor de Santa Cruz es un rincón sin duda de especial calidad histórica y monumental, que junto a los elementos originarios de su construcción se halla la fachada del antiguo colegio de San Ambrosio, antes situado en la calle del Santuario.

 

El recinto vallado que ocupa la vieja colegiata acoge un conjunto de 18 cipreses cuya edad ronda el medio siglo y que simulan las columnas que aquel edificio que se consagró el año 1095 en vida del Conde Ansúrez. Verdad o leyenda, se relata que con la madera del ciprés se construyó el arca de Noé y parte del templo de Salomón. Y en esta misma plaza de la Universidad, algunos pinos alcanzan los 20 metros de altura.

 

El enorme cedro del Líbano que escolta la escultura de Felipe II (reproducción de un original de Pompeo Leoni y erigida en 1964) es un árbol protegido plantado a finales hacia 1880. Mas,  junto a esta plaza de San Pablo hay dos árboles singulares que se “refugian” en el patio del instituto Zorrilla: un olivo y un ciprés que están incluidos en la lista de árboles protegidos. En Valladolid, el PGOU ha considerado que cerca de cuarenta árboles presentan unas excepcionales características debido a su dimensión, edad, porte o especie de la que se trata, normalmente un tanto exótica, y que, por tanto, hay que protegerlos de intervenciones inadecuadas.

 

Los dos cedros  prácticamente centenarios, y que rondan los 25 metros de altura,  así como alguno de los plátanos de la plaza de la Trinidad están incluidos como árboles singulares en el catálogo de árboles de Valladolid. Estamos en una de las plazas más históricas de la ciudad en la que conviven dos importantes iglesias (San Nicolás y convento de San Quirce), el antiguo palacio de los Condes de Benavente (actual biblioteca de Castilla y León), y la columna  central que en la década de 1960 presidia la fuente Dorada.

 

Y precisamente el interior de la Biblioteca de la Junta de Castilla y León nos ofrece en su patio cuatro palmitos gigantes que superan la decena de metros de altura y que el PGOU los incluye en su lista de árboles singulares.

 

El Pasaje del Voluntariado Social (a caballo de las calles San Ignacio y Encarnación –detrás de San Benito-) ofrece restos del jardín de un viejo convento. Nos muestra diversas variedades arbóreas que incluyen tilos, saúcos, arces y un magnífico y tupido tejo centenario que lo preside. Debido a su longevidad, el tejo era el árbol sagrado de los celtas y junto a los cuales enterraban a sus muertos. Y en este lugar tan recoleto pondremos fin a nuestro paseo por algunas de las árboles y árboles notables de Valladolid.

PUENTES DE COLORES EN LA ESGUEVA

La Esgueva es ese río modesto y discreto que discurre, domesticado, por un canal artificial que se terminó de construir a principios del siglo xx. No obstante todavía podemos intuir el verdadero Esgueva que discurre desde el barrio de la Pilarica hasta Vadillos. Luego ya lo que vemos es el cauce que desvió sus dos entradas en la ciudad: tanto la que la circunvalaba y que discurría desde  Pilarica hasta la calle Miguel Íscar, como la que atravesaba el corazón de la ciudad por la Antigua y Portugalete  y causa a veces  de tremendas desgracias por sus inundaciones.

Si los brazos de la Esgueva venían muy crecidos en el estío generaba a su vez pequeños ramales de escasa duración y cauce, pero la ciudad tenía que preverlos. De hecho,  en el Prado de la Magdalena en el verano se ramificaba en varios brazos, lo que contribuía a que se considerara un lugar fresco y agradable.

Esto hizo que la ciudad, ya desde los tiempos del Conde Ansúrez tuviera puentes tanto de piedra como de madera, lo que obligaba a numerosos gastos de mantenimiento, especialmente cuando las crecidas se llevaban unos cuantos por delante.

Lógicamente el número de puentes ha ido variando a lo largo de la historia, desde los 12  que parece que tenía en el siglo XV a los 18 del siglo XVIII (según el plano de Ventura Seco de 1738). En definitiva, a medida que iba creciendo la ciudad más allá de las Esguevas.

Evidentemente de aquellos puentes  de madera ningún rastro visible queda,  y de los que había repartidos por la ciudad construidos en piedra alguno subsiste, pero bajo el asfalto de las nuevas calles que nacieron al taparse los ramales del río a su paso por la ciudad. Algunos ejemplos tenemos en calle de Platerías, plaza Circular,  plaza Aviador Gómez del Barco, etc.

Una vez hecho el desvío de las Esguevas hacia el actual canal que desemboca en el Pisuerga entre los barrios España y Rondilla, y que supuso la desaparición de los puentes antiguos,  se fueron construyendo otros nuevos sobre el nuevo cauce.

Y a estos, levantados finales del siglo XIX y perfectamente reconocibles, me voy a referir proponiendo un paseo que parta del famoso puente de la Tía Juliana  en dirección hacia donde del río rinde sus aguas en el Pisuerga.

 

El puente conocido ahora como de la Tía Juliana, sito en el paseo  Juan Carlos I en el punto en el que se separan (o se unen) los barrios Pajarillos y Pilarica, allí donde antaño estaba el merendero de la Bombilla, es el más antiguo que se conserva (visible) de la Esgueva. Se le ha conocido por varios nombres: Encarnado, Martinete y de la Reina. Hacia 1840 se construyó en piedra para sustituir a uno que había de madera. Bajo la moderna plataforma se ven los pilares pétreos originales del siglo XIX. El Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) los protege de su destrucción.

 

En este punto recibimos a la Esgueva con su caudal procedente del valle. Hemos de advertir que en los estiajes de verano, cuando apenas trae agua, al río se le alimenta con aguas del canal del Duero que a él se vierten para que no pierda el caudal ecológico en un sifón que hay entre Renedo y Valladolid.

 

 

Puente Encarnado, como así se conoce en la actualidad el que permite el paso de las vías del tren sobre la Esgueva en el Paseo del Cauce. No es un lugar insignificante, pues en abril de 1856 en este punto de las afueras de la ciudad (entonces) el general Espartero, en nombre de la reina Isabel II, puso la primera piedra del trazado ferroviario que habría de unir Valladolid con Madrid. Acontecimiento que entre el 23 y 26 de aquel mes se celebró en la ciudad por todo lo alto: corridas de novillos, fuegos artificiales y representaciones teatrales. Este puente ferroviario también está protegido por el PGOU.

 

En el puente Encarnado podemos ver un curioso murete que no es sino el principio de un intento que hubo hace lustros de dignificar los bordes del ferrocarril… El proyecto no siguió adelante sin que se sepan las razones. En la imagen, al fondo a la derecha vemos la parte alta de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar –popularmente conocida como la Pilarica-, fechada en 1906 es obra del arquitecto municipal Juan Agapito y Revilla. El edificio, de estilo neogótico esta declarado Bien de Interés Cultural.

 

Siguiendo el curso el río, llegamos hasta el Prado de la Magdalena, allí donde el ramal sur o interior entraba en la ciudad atravesándola hasta desembocar en el Pisuerga. En este punto se conservan unos arcos que popularmente se consideran parte de un antiguo puente, pero hemos de insistir en que no fue un puente sino que son restos de la muralla o empalizada que rodeaba la ciudad y que en este punto salvaba el cauce del río. En su día tuvo unas rejas que impedían que nadie en barca pudiera entrar clandestinamente en la ciudad, sin pagar el peaje por introducir  mercancías para vender en el mercado. Esta modesta pero importante construcción (por su historia), también está protegida por el PGOU.

 

El puente del camino del Cementerio se levantó hacia 1890. Sendos escudos de la ciudad a cada lado le dignifican, y junto a él una construcción de ladrillo conocida como el Picón perteneciente a la Confederación Hidrográfica del Duero que actualmente no tiene más uso que servir esporádicamente de depósito de vehículos de la Confederación. Es un puente decorado por el artista Pablo Ransa.

 

En 1998, a punto de terminar las obras de restauración de las márgenes de la Esgueva, que la han convertido en un apreciado paseo urbano, el Ayuntamiento encargó a Pablo Ransa que decorara los puentes históricos del río. Ransa es el único pintor vallisoletano que tiene obra en el Reina Sofía.

 

 

Decoración con libélulas, cangrejos, peces y salamandras en cada uno de los puentes decorados por Ransa, que por desgracia la intemperie y la ausencia de mantenimiento van  haciendo que se deterioren irremediablemente. Todos los puentes excepto el de las libélulas, que en realidad es un acueducto, están catalogados por el PGOU.

 

 Una imagen inédita es la de esta ninfa de bronce de dos metros que representa a la Esgueva arrojándose hacia el Pisuerga. Su autor también es Ransa y fue robada en 2006.

 

Y en el puente de las salamandras, sito a la altura de la calle Olmo,  despedimos a la Esgueva que discurre hacia la irremediable entrega de sus aguas al río Mayor (como en otro tiempo se conocía el Pisuerga).

Añadimos a nuestros recuerdos de la Esgueva dos imágenes. La primera, de la década de 1970, cuando su cauce estaba bastante descuidado. La segunda, el puente que había en la plaza Circular (Puertas de Tudela), del que se conserva su estructura bajo los jardines de la plaza. Ambas son del Archivo Municipal de Valladolid.

EL RASTRO DE LAS LETRAS

Junio comienza en Valladolid con la Feria del Libro en la plaza Mayor. Sin duda, Valladolid es tierra de letras y puede presumir de buenos y afamados escritores y escritoras: poetas, dramaturgos, narradores… (vivos unos, fallecidos otros) como son  Zorrilla, Delibes, Umbral,  Rosa Chacel, Jiménez Lozano, Martín Garzo, Alonso de Santos, Díaz Viana, Esperanza Ortega, Pérez Gellida, José Manuel de la Huerga, Irene de Wittt, Fermín Herrero… Y dejo aquí la relación abierta para que cada cual añada los nombres que quiera.

El reconocimiento público a unos cuantos de estos creadores vinculados a Valladolid de una u otra manera,  está dejando en la ciudad un reguero de referencias visibles que propongo recorrer.

Un paseo urbano muy agradable en cualquier época del año y que se puede hacer siguiendo la ruta que cada cual quiera organizarse… y como de escritores afamados y reconocidos se refiere, poca literatura añadiré yo. Así que comencemos. Un par de detalles: suelen ser muy interesantes las inscripciones que hay en la mayoría de las esculturas, placas y bajorrelieves; y  no dejemos de fijarnos en los edificios que vamos a recorrer (aquellos donde nacieran o vivieran algunos de nuestros personajes) pues, en general, por tipología o momento histórico, tienen bastante interés.

 

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A la puerta del Museo Nacional de Escultura, una escultura de Eduardo Chillida instalada en 1982, rinde homenaje a Jorge Guillén (1893-1984). “Lo profundo es el aire” se titula, que forma parte de una serie de esculturas que con ese nombre llevó a cabo el escultor. Advertimos que a continuación está la Casa de Zorrilla, pero no nos detendremos pues a este dramaturgo ya lo veremos en la plaza que lleva su nombre. Pero la casa es la referencia que nos permite recordar al poeta e investigador  Narciso Alonso Cortés (1875-1972), pues en ella se conserva prácticamente toda su obra. Sobre la Casa de Zorrilla hay un reportaje en este mismo blog.

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Y bajamos hasta la Plaza de la Universidad. La escultura de Miguel de Cervantes (1547-1616) se erigió en 1877 creada por Fernández de la Oliva y fundida en los antiguos Talleres del Canal, que estaban en la dársena del Canal de Castilla (lugar que llegó a ser un verdadero emporio industrial). Este escultor fue el que primero presentó un presupuesto para hacer el monumento al Conde Ansúrez: corría el año 1862.

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En un caserón inmediato a la Universidad y donde emboca la calle López Gómez, hay un bajorrelieve dedicado a Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña (1905-1998)  y realizado por Ana Hernando en 1999. Poeta “castellanista” que tenía una especial predilección por Juana I de Castilla, a la que dedicó varias obras…

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… Continuamos por la calle López Gómez hasta cruzarnos con la calle Núñez de Arce y nos adentramos en ella  hasta el número 7 para ver la placa dedicada al poeta Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) que también ejerció de forma destacada en la política. Una buena razón para fijarnos tanto en la casa donde está la placa (sede del Colegio Oficial de Enfermería), como la de al lado, sede de la Fundación Santiago y  Segundo Montes. Ambas son un pequeño lujo en el corazón del casco histórico de Valladolid. Y ya que estamos aquí, a la altura del número 18, otra placa recuerda al arquitecto, investigador e historiador Juan Agapito y Revilla (1867-1944), aunque no fuera propiamente un hombre de la literatura…

 

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… Volvemos a López Gómez para caminar en dirección a la Plaza de España. En el número 16 de esta calle, se nos recuerda a Francisco Javier Martín Abril (1908-1997), poeta y periodista que llegó a formar parte de la Real Academia Española.

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Hemos de dirigirnos a la calle Miguel Íscar, donde asoma la Casa de Cervantes (un reportaje en este mismo blog hace un recorrido por el interior de la casa). En esta ocasión nos fijamos en la placa, un bajorrelieve esculpido por Nicolás Fernández de la Oliva en 1866 (al igual que el de la Casa de Colón). Ambas son las más antiguas obras escultóricas de Valladolid, después de la estatua de Neptuno (1835) que se conserva en el Campo Grande. Me refiero, claro está, a esculturas públicas.

 

12 En dos pasos son plantamos en la Plaza Zorrilla. Allí nos recibe un excelente grupo escultórico salido del estudio  de Aurelio Rodríguez Vicente Carretero, erigido en el año 1900. El poeta José Zorrilla (1817-1893) con su dedo parece reconocer el papel de las musas inspiradoras.

 

13-crop Llegados a este punto y antes de adentrarnos necesariamente en el Campo Grande, a la altura del número 12 de la Acera de Recoletos, una placa en su puerta señala el lugar donde nació Miguel Delibes (1920-2010). La placa (confeccionada en la afamada Fundición Capa) la ha realizado la escultora Belén González, autora, entre otras esculturas, de la estatua  en bronce del bailarín Vicente Escudero que está casi enfrente de este portal, al otro lado del paseo…

 

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… Y en Campo Grande entramos, donde tres bustos nos aguardan: en el paseo que va de puerta a puerta del Campo, hay una escultura de Leopoldo Cano (1844-1934) autor teatral de éxito en su época y militar que también llegó a formar parte de la Real Academia Española. La escultura, de 1936, se debe a Juan José Moreno Llebra. En un paseo frente a Cano hallaremos un busto de Rosa Chacel (1898-1994). Encuadrada en el Generación del 27, de abundante y reconocida obra, obtuvo el Premio Nacional de las Letras en 1987.  Y si nos dirigimos hacia la Fuente de la Fama, en un discreto rincón, de nuevo encontraremos una representación de Núñez de Arce, salido del mazo y cinceles de Emiliano Barral en 1932.

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Salimos del Campo Grande para recorrer la calle Santiago. En una de las paredes de la iglesia de Santiago, un bajorrelieve realizado por Luis Santiago rinde homenaje a Delibes, en este caso dedicado a su afamada novela “El hereje”, que en 1998 obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Luis Santiago tiene numerosa obra pública en Valladolid y en diversas localidades españolas.

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Ya vamos encaminándonos hacia el final de nuestro paseo. Para ello tomaremos la calle de la Constitución. A la altura del número 8 nos topamos con una placa dedicada a Jorge Guillén, que también ha salido de los talleres de Luis Santiago.

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Frente a número 1 de la calle Ferrari, en lo alto de la fachada, un bajorrelieve dedicado a Emilio Ferrari (1850-1907), poeta y periodista adscrito al llamado Realismo. Instalada en 1911,  su autor fue Aurelio Rodríguez Vicente Carretero…

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…Y nos dirigimos a la plaza del Poniente, donde sentada en un banco nos espera plácidamente Rosa Chacel, un bronce de nuestro ya conocido escultor Luis Santiago (1996). Y también en el Poniente está el grupo escultórico erigido por el mismo Santiago en 1998 y dedicado a Jorge Guillén y la infancia. Esta imagen de hace un par de años, incluye la última morada de la añorada librería Relieve (al fondo de la imagen a mano izquierda).

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Bien podemos concluir aquí nuestro paseo. Pero no hemos de olvidar acercarnos, en esta u otra ocasión, a visitar dos lugares que también rinden homenaje a sendos escritores. Uno es el monasterio de Santa Teresa, pues no podemos olvidar que Teresa de Jesús, nombre religioso de Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582) fue, sobre todo, una excelente y mística escritora. Y en la plaza de las Batallas nos encontraremos con  la “Lectora” (2003), un bronce de Belén González: una muchacha lee atentamente un fragmento de  la novela “Sara de Ur “…Una muchachita muy delgada, y de ojos muy grandesde José Jiménez Lozano, nacido en un pueblo de Ávila (1930) y residente en Alcazarén desde hace muchísimos años. Este poeta, ensayista y narrador obtuvo el Premio Cervantes en 2002.

NOTA: buena parte de la información que aquí he recogido la he obtenido del libro “Escultura pública en la ciudad de Valladolid”, de José Luís Cano de Gardoqui García.

Este artículo ya lo publiqué hace unos años, pero me apetecía volver a editarlo (con algunas modificaciones) para hacerlo coincidir con el Feria del Libro.