VALLE DEL BOTIJAS

El río Botijas recorre veinticuatro kilómetros desde su nacimiento hasta que desemboca en el Duero, en  Peñafiel. Mientras tanto, traza un pequeño valle que une las provincias de Valladolid y Segovia, lamiendo con sus aguas cuatro pueblos que no por pequeños carecen  de historia e interés.

Por Madres se conoce la turbera que recoge aguas en cantidad suficiente como para formar el caudal del Botijas. Esta turbera, sobre todo en verano, hace casi imposible que se vean las aguas que embalsa, pue bajo el lujurioso manto verde hay profundidades que superan el metro de agua. El paraje es accesible pero exige un poco de prudencia para no meter el pie donde nos podemos topar con el agua.

Y sin más preámbulos, vamos a iniciar nuestro recorrido por el Botijas, territorio del  mítico “El Empecinado”.

 

Cuevas de Provanco es el primer municipio de la provincia de Segovia una vez que atravesamos Castrillo de Duero viniendo desde Peñafiel. Cuevas es un pequeño pueblo que trepa las laderas que desde el valle se encarama hacia el páramo de Corcos, donde está la raya con la provincia de Burgos. En lo alto de municipio, restos de una fortificación.

 

Hasta las Madres podemos ir en una caminata siguiendo el valle desde Cuevas. Un paseo de unas cuatro horas entre ida y vuelta. O acortarlo tomando la carretera que parte de lo alto del pueblo hasta que nos topemos en una curva con unas viejas corralizas. En este punto descendemos hasta las Madres en un paseo que apenas nos lleva tres cuartos de  hora en total.

 

Reiniciamos el regreso por la carretera que nos devuelve a Peñafiel. Vamos a parar en Castrillo de Duero y a caminar un rato por sus calles. El punto más elevado es su iglesia (del s. XVII sobre restos del XII),  mirador que ofrece magníficas vistas del valle. Al otro lado del Botijas está la planicie del Cuchillejo, el punto más alto de la provincia de Valladolid… ¡nada menos que 933 metros de altitud!

 

Castrillo tiene varias casas blasonadas del siglo XVII y XVIII de piedra bien labrada, lo que nos habla de un pasado noble y muy próspero. Un cernícalo descansa sobre uno de los escudos nobiliarios  de la localidad.

 

La plaza del Ayuntamiento está presidida por una escultura de “El  Empecinado”. Fue un soldado de mítica historia nacido en Castrillo y  que alcanzó la más alta graduación militar luchando contra los invasores franceses. De origen humilde,  destacó por su fuerza, decisión e inteligencia. Terminó sus días ajusticiado por orden del taimado Fernando VII porque aquel militar de raza no se plegó a los intereses del malvado rey que traición la Constitución de Cádiz y restauró parcialmente la Inquisición, entre otras lindezas. Nada claro está el origen del apodo “El Empecinado” por el que se conoció a Juan Martín Díez: ¿por su tez oscura? ¿por sus firmes ideas? ¿porque en este lugar el Botijas se caracteriza por la pecina que se forma? El autor de la escultura es el vallisoletano Luis Santiago Pardo.

 

Iglesia de Olmos de Peñafiel que, como la Castrillo, conserva restos románicos, lo que habla de la antigüedad de estos municipios del Botijas. Molino ahora convertido en Museo de la Harina y la Miel que mantiene intacta su maquinaria.  Hay que concertar la visita.

 

Eremitorios: cuevas en las que  oraban monjes que se apartaban durante una temporada del mundo conventual.

 

Mélida: en lo alto de este pequeño municipio de apenas 60 habitantes,  fuente del siglo XIX con el escudo de Peñafiel. Este valle es rico en aguas que vienen de las llovedizas recogidas en los páramos calizos que le rodean.

 

Y el roquedo de Peñafiel se perfila al final del valle que hemos recorrido siguiendo el humilde Botijas,  pero cargado de historia. Habremos observado que en su último tramo hay  viñas y bodegas del afamado vino Ribera de Duero.

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ARBOLEDAS DE VALLADOLID

Ya estamos en plena canícula veraniega y que mejor cosa que pasarla en frescos parques y jardines a la sombra de alguno de los muchos árboles de los que puede presumir Valladolid.

La ciudad del Pisuerga dispone de más de 5.300.000 de metros cuadrados de zona verde. Es decir, tocamos a más de 17 metros cuadrados por habitante. Esta superficie supera de largo la recomendada por la Organización Mundial de la Salud.

La preocupación por la creación de zonas verdes y plantación de árboles viene de antiguo. La Asociación Económica de Amigos del País, una sociedad filantrópica que amparó Carlos III,  a finales del siglo XVIII impulsó la plantación de una extensa arboleda a las orillas del Pisuerga. Por aquellas épocas se consideraba que los árboles contribuían a la mejor aireación de las poblaciones, en las que, con frecuencia, debido a sequías, aguas estancadas y abandono de basuras a la intemperie, se producía fetidez  en el ambiente; en definitiva “miasmas”, esos efluvios malignos que desprendían las materias orgánicas en descomposición.

Vale que ahora no haya en la ciudad aquellas pestilencias, pero bien está que disfrutemos de abundantes y cercanas zonas verdes con su correspondiente arbolado.

Son numerosos los parques que tiene Valladolid, incluyendo el Pinar de Antequera. Buena parte de estos se  halla en los bordes de los barrios o en zonas descampadas, como es el caso de Ribera de Castilla, Canterac, Salud, Fuente el Sol o las Moreras, por citar unos pocos ejemplos. Sin dejar de señalar nuestro magnífico Campo Grande y los márgenes del Pisuerga, un verdadero lujo del que disfruta Valladolid. Si a ello sumamos las huertas de los conventos, Valladolid dispone de un formidable patrimonio verde.

Pero tenemos, también, un buen puñado de parques o zonas ajardinadas en el interior de la población, medrando entre edificios,  piedras antiguas y monumentos históricos.

Y sea en las horas más cálidas del tórrido verano o a la fresca del atardecer, vamos a darnos un paseo por algunos de estos parques más urbanos y que tenemos prácticamente a la puerta de nuestras casas. Y aprovecharemos para disfrutar de la vista de algunos árboles singulares.

 

La plaza Circular es  una auténtica isla de plátanos. Algunos de ellos muestran formas realmente curiosas y follaje de gran majestuosidad. La plaza, acaso muy ahogada por el tráfico, se creó sobre el viejo cauce de la Esgueva del que en el subsuelo de la misma se conserva uno de sus puentes. Esta plaza, como todas las que vamos a recorrer, forma parte del listado de 24 arboledas singulares que el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) clasifica  como de especial interés.  Se consideran singulares porque destacan por sus especies, valor paisajístico o cualidad estética.

 

Los castaños de indias de la plaza de San Juan crean un espacio muy agradable que proporciona una tupida  y fresca sombra en verano. La plaza es un lugar muy concurrido y en la que se erige esa entrañable escultura de Ana María García Cavero titulada “María Pía”, acaso una muchachita que  antaño jugara por las calles de este popular barrio. 

 

El conjunto arbolado de la plaza de Santa Cruz se considera de gran valor ornamental y estético en el que no falta un tejo, un cedro y varios plátanos.

 

El patio del Colegio Mayor de Santa Cruz es un rincón sin duda de especial calidad histórica y monumental, que junto a los elementos originarios de su construcción se halla la fachada del antiguo colegio de San Ambrosio, antes situado en la calle del Santuario.

 

El recinto vallado que ocupa la vieja colegiata acoge un conjunto de 18 cipreses cuya edad ronda el medio siglo y que simulan las columnas que aquel edificio que se consagró el año 1095 en vida del Conde Ansúrez. Verdad o leyenda, se relata que con la madera del ciprés se construyó el arca de Noé y parte del templo de Salomón. Y en esta misma plaza de la Universidad, algunos pinos alcanzan los 20 metros de altura.

 

El enorme cedro del Líbano que escolta la escultura de Felipe II (reproducción de un original de Pompeo Leoni y erigida en 1964) es un árbol protegido plantado a finales hacia 1880. Mas,  junto a esta plaza de San Pablo hay dos árboles singulares que se “refugian” en el patio del instituto Zorrilla: un olivo y un ciprés que están incluidos en la lista de árboles protegidos. En Valladolid, el PGOU ha considerado que cerca de cuarenta árboles presentan unas excepcionales características debido a su dimensión, edad, porte o especie de la que se trata, normalmente un tanto exótica, y que, por tanto, hay que protegerlos de intervenciones inadecuadas.

 

Los dos cedros  prácticamente centenarios, y que rondan los 25 metros de altura,  así como alguno de los plátanos de la plaza de la Trinidad están incluidos como árboles singulares en el catálogo de árboles de Valladolid. Estamos en una de las plazas más históricas de la ciudad en la que conviven dos importantes iglesias (San Nicolás y convento de San Quirce), el antiguo palacio de los Condes de Benavente (actual biblioteca de Castilla y León), y la columna  central que en la década de 1960 presidia la fuente Dorada.

 

Y precisamente el interior de la Biblioteca de la Junta de Castilla y León nos ofrece en su patio cuatro palmitos gigantes que superan la decena de metros de altura y que el PGOU los incluye en su lista de árboles singulares.

 

El Pasaje del Voluntariado Social (a caballo de las calles San Ignacio y Encarnación –detrás de San Benito-) ofrece restos del jardín de un viejo convento. Nos muestra diversas variedades arbóreas que incluyen tilos, saúcos, arces y un magnífico y tupido tejo centenario que lo preside. Debido a su longevidad, el tejo era el árbol sagrado de los celtas y junto a los cuales enterraban a sus muertos. Y en este lugar tan recoleto pondremos fin a nuestro paseo por algunas de las árboles y árboles notables de Valladolid.

PUENTES DE COLORES EN LA ESGUEVA

La Esgueva es ese río modesto y discreto que discurre, domesticado, por un canal artificial que se terminó de construir a principios del siglo xx. No obstante todavía podemos intuir el verdadero Esgueva que discurre desde el barrio de la Pilarica hasta Vadillos. Luego ya lo que vemos es el cauce que desvió sus dos entradas en la ciudad: tanto la que la circunvalaba y que discurría desde  Pilarica hasta la calle Miguel Íscar, como la que atravesaba el corazón de la ciudad por la Antigua y Portugalete  y causa a veces  de tremendas desgracias por sus inundaciones.

Si los brazos de la Esgueva venían muy crecidos en el estío generaba a su vez pequeños ramales de escasa duración y cauce, pero la ciudad tenía que preverlos. De hecho,  en el Prado de la Magdalena en el verano se ramificaba en varios brazos, lo que contribuía a que se considerara un lugar fresco y agradable.

Esto hizo que la ciudad, ya desde los tiempos del Conde Ansúrez tuviera puentes tanto de piedra como de madera, lo que obligaba a numerosos gastos de mantenimiento, especialmente cuando las crecidas se llevaban unos cuantos por delante.

Lógicamente el número de puentes ha ido variando a lo largo de la historia, desde los 12  que parece que tenía en el siglo XV a los 18 del siglo XVIII (según el plano de Ventura Seco de 1738). En definitiva, a medida que iba creciendo la ciudad más allá de las Esguevas.

Evidentemente de aquellos puentes  de madera ningún rastro visible queda,  y de los que había repartidos por la ciudad construidos en piedra alguno subsiste, pero bajo el asfalto de las nuevas calles que nacieron al taparse los ramales del río a su paso por la ciudad. Algunos ejemplos tenemos en calle de Platerías, plaza Circular,  plaza Aviador Gómez del Barco, etc.

Una vez hecho el desvío de las Esguevas hacia el actual canal que desemboca en el Pisuerga entre los barrios España y Rondilla, y que supuso la desaparición de los puentes antiguos,  se fueron construyendo otros nuevos sobre el nuevo cauce.

Y a estos, levantados finales del siglo XIX y perfectamente reconocibles, me voy a referir proponiendo un paseo que parta del famoso puente de la Tía Juliana  en dirección hacia donde del río rinde sus aguas en el Pisuerga.

 

El puente conocido ahora como de la Tía Juliana, sito en el paseo  Juan Carlos I en el punto en el que se separan (o se unen) los barrios Pajarillos y Pilarica, allí donde antaño estaba el merendero de la Bombilla, es el más antiguo que se conserva (visible) de la Esgueva. Se le ha conocido por varios nombres: Encarnado, Martinete y de la Reina. Hacia 1840 se construyó en piedra para sustituir a uno que había de madera. Bajo la moderna plataforma se ven los pilares pétreos originales del siglo XIX. El Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) los protege de su destrucción.

 

En este punto recibimos a la Esgueva con su caudal procedente del valle. Hemos de advertir que en los estiajes de verano, cuando apenas trae agua, al río se le alimenta con aguas del canal del Duero que a él se vierten para que no pierda el caudal ecológico en un sifón que hay entre Renedo y Valladolid.

 

 

Puente Encarnado, como así se conoce en la actualidad el que permite el paso de las vías del tren sobre la Esgueva en el Paseo del Cauce. No es un lugar insignificante, pues en abril de 1856 en este punto de las afueras de la ciudad (entonces) el general Espartero, en nombre de la reina Isabel II, puso la primera piedra del trazado ferroviario que habría de unir Valladolid con Madrid. Acontecimiento que entre el 23 y 26 de aquel mes se celebró en la ciudad por todo lo alto: corridas de novillos, fuegos artificiales y representaciones teatrales. Este puente ferroviario también está protegido por el PGOU.

 

En el puente Encarnado podemos ver un curioso murete que no es sino el principio de un intento que hubo hace lustros de dignificar los bordes del ferrocarril… El proyecto no siguió adelante sin que se sepan las razones. En la imagen, al fondo a la derecha vemos la parte alta de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar –popularmente conocida como la Pilarica-, fechada en 1906 es obra del arquitecto municipal Juan Agapito y Revilla. El edificio, de estilo neogótico esta declarado Bien de Interés Cultural.

 

Siguiendo el curso el río, llegamos hasta el Prado de la Magdalena, allí donde el ramal sur o interior entraba en la ciudad atravesándola hasta desembocar en el Pisuerga. En este punto se conservan unos arcos que popularmente se consideran parte de un antiguo puente, pero hemos de insistir en que no fue un puente sino que son restos de la muralla o empalizada que rodeaba la ciudad y que en este punto salvaba el cauce del río. En su día tuvo unas rejas que impedían que nadie en barca pudiera entrar clandestinamente en la ciudad, sin pagar el peaje por introducir  mercancías para vender en el mercado. Esta modesta pero importante construcción (por su historia), también está protegida por el PGOU.

 

El puente del camino del Cementerio se levantó hacia 1890. Sendos escudos de la ciudad a cada lado le dignifican, y junto a él una construcción de ladrillo conocida como el Picón perteneciente a la Confederación Hidrográfica del Duero que actualmente no tiene más uso que servir esporádicamente de depósito de vehículos de la Confederación. Es un puente decorado por el artista Pablo Ransa.

 

En 1998, a punto de terminar las obras de restauración de las márgenes de la Esgueva, que la han convertido en un apreciado paseo urbano, el Ayuntamiento encargó a Pablo Ransa que decorara los puentes históricos del río. Ransa es el único pintor vallisoletano que tiene obra en el Reina Sofía.

 

 

Decoración con libélulas, cangrejos, peces y salamandras en cada uno de los puentes decorados por Ransa, que por desgracia la intemperie y la ausencia de mantenimiento van  haciendo que se deterioren irremediablemente. Todos los puentes excepto el de las libélulas, que en realidad es un acueducto, están catalogados por el PGOU.

 

 Una imagen inédita es la de esta ninfa de bronce de dos metros que representa a la Esgueva arrojándose hacia el Pisuerga. Su autor también es Ransa y fue robada en 2006.

 

Y en el puente de las salamandras, sito a la altura de la calle Olmo,  despedimos a la Esgueva que discurre hacia la irremediable entrega de sus aguas al río Mayor (como en otro tiempo se conocía el Pisuerga).

Añadimos a nuestros recuerdos de la Esgueva dos imágenes. La primera, de la década de 1970, cuando su cauce estaba bastante descuidado. La segunda, el puente que había en la plaza Circular (Puertas de Tudela), del que se conserva su estructura bajo los jardines de la plaza. Ambas son del Archivo Municipal de Valladolid.

EL RASTRO DE LAS LETRAS

Junio comienza en Valladolid con la Feria del Libro en la plaza Mayor. Sin duda, Valladolid es tierra de letras y puede presumir de buenos y afamados escritores y escritoras: poetas, dramaturgos, narradores… (vivos unos, fallecidos otros) como son  Zorrilla, Delibes, Umbral,  Rosa Chacel, Jiménez Lozano, Martín Garzo, Alonso de Santos, Díaz Viana, Esperanza Ortega, Pérez Gellida, José Manuel de la Huerga, Irene de Wittt, Fermín Herrero… Y dejo aquí la relación abierta para que cada cual añada los nombres que quiera.

El reconocimiento público a unos cuantos de estos creadores vinculados a Valladolid de una u otra manera,  está dejando en la ciudad un reguero de referencias visibles que propongo recorrer.

Un paseo urbano muy agradable en cualquier época del año y que se puede hacer siguiendo la ruta que cada cual quiera organizarse… y como de escritores afamados y reconocidos se refiere, poca literatura añadiré yo. Así que comencemos. Un par de detalles: suelen ser muy interesantes las inscripciones que hay en la mayoría de las esculturas, placas y bajorrelieves; y  no dejemos de fijarnos en los edificios que vamos a recorrer (aquellos donde nacieran o vivieran algunos de nuestros personajes) pues, en general, por tipología o momento histórico, tienen bastante interés.

 

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A la puerta del Museo Nacional de Escultura, una escultura de Eduardo Chillida instalada en 1982, rinde homenaje a Jorge Guillén (1893-1984). “Lo profundo es el aire” se titula, que forma parte de una serie de esculturas que con ese nombre llevó a cabo el escultor. Advertimos que a continuación está la Casa de Zorrilla, pero no nos detendremos pues a este dramaturgo ya lo veremos en la plaza que lleva su nombre. Pero la casa es la referencia que nos permite recordar al poeta e investigador  Narciso Alonso Cortés (1875-1972), pues en ella se conserva prácticamente toda su obra. Sobre la Casa de Zorrilla hay un reportaje en este mismo blog.

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Y bajamos hasta la Plaza de la Universidad. La escultura de Miguel de Cervantes (1547-1616) se erigió en 1877 creada por Fernández de la Oliva y fundida en los antiguos Talleres del Canal, que estaban en la dársena del Canal de Castilla (lugar que llegó a ser un verdadero emporio industrial). Este escultor fue el que primero presentó un presupuesto para hacer el monumento al Conde Ansúrez: corría el año 1862.

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En un caserón inmediato a la Universidad y donde emboca la calle López Gómez, hay un bajorrelieve dedicado a Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña (1905-1998)  y realizado por Ana Hernando en 1999. Poeta “castellanista” que tenía una especial predilección por Juana I de Castilla, a la que dedicó varias obras…

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… Continuamos por la calle López Gómez hasta cruzarnos con la calle Núñez de Arce y nos adentramos en ella  hasta el número 7 para ver la placa dedicada al poeta Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) que también ejerció de forma destacada en la política. Una buena razón para fijarnos tanto en la casa donde está la placa (sede del Colegio Oficial de Enfermería), como la de al lado, sede de la Fundación Santiago y  Segundo Montes. Ambas son un pequeño lujo en el corazón del casco histórico de Valladolid. Y ya que estamos aquí, a la altura del número 18, otra placa recuerda al arquitecto, investigador e historiador Juan Agapito y Revilla (1867-1944), aunque no fuera propiamente un hombre de la literatura…

 

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… Volvemos a López Gómez para caminar en dirección a la Plaza de España. En el número 16 de esta calle, se nos recuerda a Francisco Javier Martín Abril (1908-1997), poeta y periodista que llegó a formar parte de la Real Academia Española.

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Hemos de dirigirnos a la calle Miguel Íscar, donde asoma la Casa de Cervantes (un reportaje en este mismo blog hace un recorrido por el interior de la casa). En esta ocasión nos fijamos en la placa, un bajorrelieve esculpido por Nicolás Fernández de la Oliva en 1866 (al igual que el de la Casa de Colón). Ambas son las más antiguas obras escultóricas de Valladolid, después de la estatua de Neptuno (1835) que se conserva en el Campo Grande. Me refiero, claro está, a esculturas públicas.

 

12 En dos pasos son plantamos en la Plaza Zorrilla. Allí nos recibe un excelente grupo escultórico salido del estudio  de Aurelio Rodríguez Vicente Carretero, erigido en el año 1900. El poeta José Zorrilla (1817-1893) con su dedo parece reconocer el papel de las musas inspiradoras.

 

13-crop Llegados a este punto y antes de adentrarnos necesariamente en el Campo Grande, a la altura del número 12 de la Acera de Recoletos, una placa en su puerta señala el lugar donde nació Miguel Delibes (1920-2010). La placa (confeccionada en la afamada Fundición Capa) la ha realizado la escultora Belén González, autora, entre otras esculturas, de la estatua  en bronce del bailarín Vicente Escudero que está casi enfrente de este portal, al otro lado del paseo…

 

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… Y en Campo Grande entramos, donde tres bustos nos aguardan: en el paseo que va de puerta a puerta del Campo, hay una escultura de Leopoldo Cano (1844-1934) autor teatral de éxito en su época y militar que también llegó a formar parte de la Real Academia Española. La escultura, de 1936, se debe a Juan José Moreno Llebra. En un paseo frente a Cano hallaremos un busto de Rosa Chacel (1898-1994). Encuadrada en el Generación del 27, de abundante y reconocida obra, obtuvo el Premio Nacional de las Letras en 1987.  Y si nos dirigimos hacia la Fuente de la Fama, en un discreto rincón, de nuevo encontraremos una representación de Núñez de Arce, salido del mazo y cinceles de Emiliano Barral en 1932.

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Salimos del Campo Grande para recorrer la calle Santiago. En una de las paredes de la iglesia de Santiago, un bajorrelieve realizado por Luis Santiago rinde homenaje a Delibes, en este caso dedicado a su afamada novela “El hereje”, que en 1998 obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Luis Santiago tiene numerosa obra pública en Valladolid y en diversas localidades españolas.

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Ya vamos encaminándonos hacia el final de nuestro paseo. Para ello tomaremos la calle de la Constitución. A la altura del número 8 nos topamos con una placa dedicada a Jorge Guillén, que también ha salido de los talleres de Luis Santiago.

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Frente a número 1 de la calle Ferrari, en lo alto de la fachada, un bajorrelieve dedicado a Emilio Ferrari (1850-1907), poeta y periodista adscrito al llamado Realismo. Instalada en 1911,  su autor fue Aurelio Rodríguez Vicente Carretero…

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…Y nos dirigimos a la plaza del Poniente, donde sentada en un banco nos espera plácidamente Rosa Chacel, un bronce de nuestro ya conocido escultor Luis Santiago (1996). Y también en el Poniente está el grupo escultórico erigido por el mismo Santiago en 1998 y dedicado a Jorge Guillén y la infancia. Esta imagen de hace un par de años, incluye la última morada de la añorada librería Relieve (al fondo de la imagen a mano izquierda).

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Bien podemos concluir aquí nuestro paseo. Pero no hemos de olvidar acercarnos, en esta u otra ocasión, a visitar dos lugares que también rinden homenaje a sendos escritores. Uno es el monasterio de Santa Teresa, pues no podemos olvidar que Teresa de Jesús, nombre religioso de Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582) fue, sobre todo, una excelente y mística escritora. Y en la plaza de las Batallas nos encontraremos con  la “Lectora” (2003), un bronce de Belén González: una muchacha lee atentamente un fragmento de  la novela “Sara de Ur “…Una muchachita muy delgada, y de ojos muy grandesde José Jiménez Lozano, nacido en un pueblo de Ávila (1930) y residente en Alcazarén desde hace muchísimos años. Este poeta, ensayista y narrador obtuvo el Premio Cervantes en 2002.

NOTA: buena parte de la información que aquí he recogido la he obtenido del libro “Escultura pública en la ciudad de Valladolid”, de José Luís Cano de Gardoqui García.

Este artículo ya lo publiqué hace unos años, pero me apetecía volver a editarlo (con algunas modificaciones) para hacerlo coincidir con el Feria del Libro.

VILLACRECES, UN DESPOBLADO EN TIERRA DE CAMPOS

Villacreces, un pueblo deshabitado desde hace  cuatro décadas, recibe a los visitantes en los confines del norte de la provincia de Valladolid, aunque no es el único pueblo abandonado durante el siglo XX, pues al otro extremo, en el sur, junto a San Pablo de la Moraleja, Honquilana también está desierto desde los primeros años del siglo.

Paradojas de la vida, para llegar a Villacreces, ahora hay una decente carretera para salvar las vías del ferrocarril, donde antes apenas un mal camino pasaba por encima de los raíles.

Cuando se deshabitó  definitivamente tenía una treintena de casas y casi cincuenta bodegas. En los años 50 aún censaba 130 habitantes. Era un municipio que vivía del cereal,  del vino y de las legumbres. También tenía rebaños de ovejas. No fue tanto el problema de falta de trabajo, sino el tirón de la emigración hacia la industria y la falta de servicios en el pueblo: para todo había que salir del pueblo.

Los últimos habitantes se marcharon a Villada. No había agua corriente en las casas, el agua la cogían de pozos y de la fuente. Ahora el término municipal está agregado a Santervás de Campos.

Villacreces es un municipio antiguo. Su historia se remonta al siglo XI y sus pastos han sido codiciados. Pastores de Quintanilla que traían aquí sus rebaños  en el XVI pleitearon con Peñafiel por el uso de los pastos. Acabó siendo tierra de Peñafiel. Fue villa  en el XVIII. El valor de su trigo llegó a ser  referencia en la comarca. Unas 44 casas tenía a mediados del XIX. Con 230 habitantes comenzó el siglo veinte y mantuvo una escuela mixta hasta los años sesenta.

 

Desde Villalón de Campos se llega hasta la palentina Villada y atravesando Pozuelos del Rey,  al final de una carretera recién construida, se dibuja un paraje que impresiona sobremanera: un pueblo vacío, marrón de abobes,  ruinas recortadas sobre un horizonte casi infinito, quietud extrema, soledad absoluta, silencio.

 

Villacreces se ha constituido en un yacimiento de adobes: por todas partes  viviendas y tapiales corraleros  se han ido viniendo abajo. El barro y paja  que alguna vez abrigó a las gentes que  habitaban las casas se ha fundido con la tierra. No obstante, las fachadas y  paredes que resisten el paso del tiempo sin derrumbarse producen la apariencia de mantener, aún, el trazado de las calles.

 

Es un caserío de pequeña extensión, pero su recorrido da mucho de si. Todavía hay multitud de restos que dan fe de la vida que alguna vez tuvo. Un paseo atento por entre las casas ofrecerá objetos variopintos: un SEAT 600 abandonado, máquinas aventadoras inservibles, brocales de pozo, alguna pequeña rueda de molino, gastadas vigas de madera, restos de persianas y otros objetos domésticos,  las tripas de un palomar,  una puerta que aún crea la ilusión de cerrar el acceso a una casa…  En fin, testimonios de quienes antes habitaban  sus casas, recorrían las calles, cuidaban las bodegas y atendían los corrales que, de todas formas, se llevaron consigo cuanto de valor y utilidad pudieron.

 

Sólo una construcción se mantiene enteramente en pie: la torre mudéjar del siglo XVI. Cuadrada y de cinco cuerpos, abre en su parte más alta los arcos de medio punto donde se alojaban las campanas. Y, muy común en las construcciones mudéjares, se pueden apreciar a lo largo de toda la torre los agujeros en los que se instalaban los andamios que facilitaban su construcción. Mechinales, se llaman estos orificios. Hace unos años unos desalmados robaron  la última campana que quedaba. Ahora, la torre es morada de búhos y palomas. Próxima a la torre, también se mantiene en pie la fachada de la iglesia que se reconstruyó en los años 50.

 

 

Al final del pueblo hay  muchas  bodegas cuyas entradas se han ido cegando con la tierra de las bóvedas que se van viniendo abajo. Es un lugar donde no se debe  caminar fuera de los senderos marcados, pues son numerosos los agujeros que se han ido abriendo, así como por el mal estado de las techumbres antes consolidadas con vigas de madera.

 

Y a las afueras del pueblo, un oasis en medio de Tierra de Campos. Eso parece la chopera y la profusa  vegetación que medran junto a las orillas de un riachuelo y una fuente de abundantes aguas. Un puentecillo salva el riachuelo y dos grandes pilones rebosantes de agua encharcan todo el entorno, verde, sombrado. Un lugar muy atractivo en verano al que suelen venir gentes de los pueblos de alrededor.

PATRIMONIO Y NATURALEZA EN LA SANTA ESPINA

El embalse de Castromonte, también llamado del Bajoz o de la Santa Espina, es uno de los lugares más interesantes de la provincia de Valladolid. Una presa de tierra levantada en 1969 sujetó  las aguas del modesto río Bajoz para construir un pantano con el que regar las tierras del entorno del pueblo de la Santa Espina (perteneciente a Castromonte), que en 1957 se había asentado en las proximidades del Monasterio del mismo nombre.

Hacia los ochenta, se decidió que ya no se volverían a utilizar estas aguas para regar,  y su destino se convirtió en velar por la reproducción de aves, acoger aves migratorias, favorecer la vida del extraño gallipato (un anfibio que puede llegar a medir 30 cm. con una cola aplastada lateralmente)  y alojar tencas y carpas. Dicen quienes entienden, que este  embalse es el destino preferido de los pescadores de la región que quieren disfrutar de la captura de tencas. No obstante, la necesidad de proteger la reproducción de las aves y no perjudicar a la colonia de anátidas, sobre todo en la cola del embalse, ha hecho que se limiten a prácticamente  la mitad de sus orillas los lugares destinados a la pesca. Una pesca para la que solo se conceden seis permisos diarios.

Pero este entorno también nos ofrece otros alicientes relacionados con el patrimonio para disfrutar de él en una agradable excursión. Una excursión que, indefectiblemente, ha de incluir una visita al monasterio de la Santa Espina.

Hay varias opciones para recorrer este paraje recóndito, en razón del tiempo que queramos dedicar a caminar: podemos partir desde el mismo monasterio atravesándolo por completo o, como propongo en este caso, desde el arranque del sendero que parte de la carretera que une La Santa Espina con Castromonte. Hasta el pantano hay apenas tres kilómetros y si lo rodeamos tendremos que dedicar unas tres horas a la excursión.

 

Punto de partida del sendero. Para dejar el coche hay un pequeño aparcamiento unos cien metros más adelante.

 

Molino de cubo que explotaban los monjes. Su técnica, que se explica en un letrero, consistía en llenar de agua una especie de pozo que incidía sobre la piedra que hacía girar el molino.

 

Colonia de abejarucos, pájaros que  aprovechan para anidar los taludes de tierra blanda y que tienen especial predilección por las abejas. Cuentan en el pueblo que el famoso Félix Rodríguez de la Fuente tomó escenas del movimiento de esta  colonia de aves.

 

Pasado el talud de los abejarucos, a la izquierda se inicia un corto sendero que lleva hasta las ruinas de la “Casa del  fuerte” (atentos pues el fuerte está en la izquierda apenas comenzada la subida). Esta casa estaba habitada por el guarda del monte.  Su último morador (hasta la década de 1950) fue Cirilo. Estas tierras donde se ha levantado el pueblo de colonización de la Santa Espina, pertenecieron a la marquesa de Valderas. Aquella señora dejó escrito en su testamento que si sus herederos carecieran de descendencia, la tierra se donaría a gentes humildes de los pueblos de alrededor. Fue el ministro Cabestany el que echó mano del testamento para levantar un pueblo de colonización y dar casas a familias de los pueblos limítrofes con Castromonte. Y aquí llevan desde 1957.

 

Llegamos hasta el embalse. Se puede rodear por completo. Lo mejor es hacerlo por la parte derecha y hay que ir muy atentos para ver el punto en el que hacia el final permite el paso hacia la otra orilla. La mejor forma de hacerlo es fijarnos en alguna cinta de plástico atada a las ramas de un árbol: el punto en el que se halla un puentecillo de madera que salva el escaso caudal del Bajoz. Si no se encontrara, pues media vuelta y a seguir disfrutando de la caminata.

 

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Toda la orilla del embalse es muy sombrada: pinos, cipreses de Arizona y robles nos procuran un agradable paseo.

 

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Garza descansando en la copa de un árbol.  Terminado el paseo es obligado disfrutar de otros puntos de interés en la Santa Espina.

 

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Terminado el paseo es imprescindible  visitar  los edificios de la Santa Espina, como la iglesia. Pero hay otros puntos interesantes,  como el lugar de la Nevera: bordeando las piscinas e instalaciones deportivas que están detrás del monasterio,  y junto a la explotación ganadera que hay en el monasterio, tomaremos el camino de la Nevera. En un momento determinado sale por nuestra derecha, como retrocediendo, una caminillo que nos lleva hasta el depósito de agua. Este depósito, presidido por un alto pedestal que eleva lo que queda de una imagen conocida como Virgen de la Nevera,  está construido aprovechando un antiguo pozo de nieve.

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Panorámica de la Santa Espina desde la Nevera.

 

141516 El monasterio de la Santa Espina tiene origen cisterciense (s. XII), aunque casi todo lo que ahora vemos alcanza su esplendor en el XVI (hospedería), y XVIII (fachada y torres de la iglesia). Llamo la atención sobre los dos relojes de sol que están en el arco de acceso al monasterio.

 

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Para conocer todas las posibilidades que ofrece completar nuestra excursión conviene consultar en internet horarios y días de visita al monasterio y el museo de Aperos del Ayer.

 

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Panel explicativo sobre los valores naturales del embalse,  y plano orientativo de las sendas que parten del mismo monasterio.

ARCO DE LADRILLO, SÍMBOLO VALLISOLETANO

El Arco de Ladrillo es una de esas construcciones únicas de las que disfruta Valladolid. Sin duda es el emblema ferroviario de la ciudad.  Es  el epicentro de un amplio entorno en el que se entremezclan diversos edificios muy peculiares: vinculados al ferrocarril unos, industriales otros, dotacionales, etc. que tienen el hilo conductor del ladrillo y de una época a caballo entre el siglo XIX y XX. Un paisaje  que, aunque muy transformado, conserva el sabor de una época.

Juan Agapito y Revilla, el arquitecto municipal de las primeras décadas del s. XX,  se interesó por la construcción del Arco de Ladrillo. Relata que nadie supo darle un explicación convincente de porque se construyó en este punto y sitio tan curioso y sin justificación alguna, ni porqué lo de haber empleado ladrillo. De sus pesquisas solo quedaron interrogantes: ¿disputa por demostrar la solidez del ladrillo frente a la creciente competencia del hierro? ; ¿una prueba para la futura construcción de la cimbra de un puente? ; ¿arco triunfal para la inauguración del ferrocarril? ; ¿una disputa entre los ingenieros españoles (partidarios del ladrillo) y los ingenieros franceses (defensores  del hierro)?…

Para  intentar resolver estas cuestiones viene en nuestro auxilio  Nicolás García Tapia: acudimos a su discurso pronunciado en el año 2000 en la Real Academia de Bellas Artes  titulado “Arquitectura y máquinas: el Arco de Ladrillo, símbolo del patrimonio industrial de Valladolid”.

Este discurso de uno de los mayores expertos en historia de la tecnología nos deja varias afirmaciones: la construcción está ligada claramente a la de ferrocarril, pues incluso la prensa, desde el principio lo comenzó a llamar “Arco de la Estación” (incluso antes de que se construyeran las vías), y a la calle que conducía hacia esta nueva construcción se la conoció como calle del Arco de la Estación; el porqué de este nombre puede venir explicado por el hecho de que la primera estación de viajeros se construyó al pie del arco. Se trataba poco más que de un sencillo apeadero. La actual estación con su marquesina tardaría aún varios años en construirse.

Y en cuanto a la fecha, parece claro que en diciembre de 1857 ya estaba levantado.

La reina Isabel II recaló en Valladolid el 23 de julio de 1858, y entre los eventos que ese día se organizaron en honor a la Casa Real estuvo la inauguración del ferrocarril que estaba siendo el gran acontecimiento de una ciudad que iba a ver cambiado radicalmente su futuro gracias a esta nueva infraestructura. Mas, en honor  a la verdad,  hay que decir que aún no se habían construido las vías de ferrocarril, así que la inauguración ahora diríamos que fue “en diferido”: no había vías ni estación, lo que convirtió al Arco de Ladrillo en el hito conmemorativo del ferrocarril en Valladolid.

Sigue contando García Tapia que el sentido ferroviario del arco quedaba confirmado en un folleto que  anunciaba la fastuosa inauguración. El texto decía, entre otras cosas,  que el arco de ladrillo era el “arco que ha de dar entrada a la Estación del Ferrocarril del Norte”.

El caso es que el Arco de Ladrillo, que quedó un tanto desvalorizado cuando se construyó finalmente la Estación del Norte con su marquesina de hierro, se constituyó en el símbolo ferroviario e industrial de Valladolid,  y brillante exponente de la potente industria cerámica de Valladolid.

Desde que por aquí estuviera de inauguración la Reina habrán de pasar dos años para que recalara el primer tren en nuestra ciudad. Y fue el Arco de Ladrillo el que puso el marco a la llegada de aquella primera locomotora  en 1860. El tren, procedente de Burgos, solo pudo llegar hasta el Arco de Ladrillo, donde estaba habilitada una modesta estación y porque, además, todavía no había vías en dirección  Madrid.

Contado esto propongo un paseo por el entorno de este emblema vallisoletano, saboreando lo que aún queda y tratando de entrever lo que el Paseo del Arco de Ladrillo fue en sus días de máxima actividad industrial (el tramo del paseo  que apunta hacia Madrid antes se conocía como carretera de Madrid). El paseo podemos comenzarlo frente a la fábrica de harinas la Rosa y concluirlo en  el paso a nivel de la carretera o calle Arca Real, en la embocadura del Polígono de Argales.

 

Fábrica de harinas la Rosa, en la calle Puente Colgante, frente a ella, la Casa de la India. La fábrica conoció sus primeras construcciones en 1906 y tuvo varias ampliaciones. 

 

En 1851 Eudosio López amplió el horizonte empresarial que había heredado de un pequeño negocio de ultramarinos en la calle Cebadería que tenía actividad desde 1821. Construyó un almacén de licores y la fábrica de chocolates La Llave. Posteriormente –año 1894-  y en el mismo lugar levantó el nuevo edificio que ahora vemos.

 

Aunque parezca modesto es muy interesante por su tipología este edificio inmediato al Arco de Ladrillo, y no hay que dejar de fijarnos en su parte posterior,  a la que se accede por una nueva calle que se abrió en la antigua Guardería (que conserva su arco de entrada).

 

Arco de Ladrillo (1857) en la actualidad. Sobrevuela las vías del tren con una luz de 30 metros y su punto más alto se eleva a 23 metros. Para su construcción se emplearon 147.276 ladrillos (es una estimación entre los que están a la vista y los interiores) y pesa 800 toneladas, incluyendo los cimientos.

 

 

En la foto de Clifford y en el grabado de Tomás Capuz se reflejan las grandes tiendas de campaña que se montaron para la  inauguración del ferrocarril y la presencia de Isabel II (1858). Tiendas y arco estaban decorados con banderas españolas y francesas debido a que la empresa financiadora de las obras ferroviarias era Le Crédit Mobilier, y a la participación en las obras de ingenieros franceses junto a los españoles.

 

La llamada Rotonda es un edificio de gran singularidad constructiva y muy vanguardista para la época. Apenas hay edificios ferroviarios como este en toda Europa. Tuvo gran importancia en la logística de los ferrocarriles de toda España pues llegó a tener asignadas para su mantenimiento  más de 110 locomotoras. Su construcción se remonta a 1863. Ahora está muy deteriorada y tiene construcciones y materiales añadidos que no se corresponden con su composición original. Es, sin duda, un edificio que debe ser conservado y restaurado.

 

Almacenes Generales de Castilla, que llevan la firma del afamado arquitecto Jerónimo Ortíz de Urbina. Su licencia de construcción se remonta a 1874 y su primera actividad hay que situarla en 1878. Se convirtieron en uno de los mayores almacenes de España para distribución de mercancías por toda la Península. En estas naves se alojaron diversos mayoristas de la alimentación. En ellos estuvieron industriales como Rueda, Abel González,  García Abril, etc.    En 1990 cesó toda actividad: el último en salir fue Legumbres Rueda. Tras un  periodo de abandono, sus naves se están recuperando con diversas actividades. En las imágenes: panorámica del edificio,  interior de una nave antes de su rehabilitación y las bodegas que ahora ocupa el restaurante Arco  Ladrillo. Inmediato a estos almacenes había uno de los varios fielatos que tuvo Valladolid en todas las carreteras de acceso a la ciudad. El fielato era el punto de recaudación de impuestos por algunas de las mercancías que se introducían en la ciudad.

 

Uno de los edificios más interesantes de Valladolid por su ubicación, construcción e historia: la posada del Arco, una construcción fechada en 1880 sobre otra anterior de 1840. Su arquitecto fue, también, Jerónimo Ortiz de Urbina.  Es el recuerdo vivo de las posadas que hubo en Valladolid. En esta recalaban desde los piñeros que venían a la ciudad con su mercancía, hasta tropa con los  sementales del ejército, pasando por trabajadores del ferrocarril. Muy interesante la construcción tipo suizo de su parte de atrás. Esta posada nos sirve para indicar que la vieja carretera de Madrid  comenzó a ser atractiva para posadas y actividades industriales incluso antes de la llegada del ferrocarril.

 

Estación de la Esperanza (1895) de la línea ferroviaria de Ariza, instalaciones construidas por el ingeniero francés Boucher de la Martinière.  Las vías aún están en uso  para servicio de RENAULT.  Junto a ella se ve la chimenea y otras construcciones de la antigua Azucarera Santa Victoria, que se construyó en 1899. Probablemente se construyó una vez perdida Cuba y, por tanto el azúcar que en aquella isla se fabricaba. Hoy día sus instalaciones están abandonadas, no obstante es un lugar ajardinado muy agradable para pasear.

 

La carretera de Madrid y la proximidad al ferrocarril debió parecer al Ministerio de Defensa (de Guerra se llamaba antes), que era un lugar ideal para construir cuarteles.  El cuartel Conde Ansúrez se construyó en 1901 (lo inauguró Alfonso XII en 1902)  y la residencia militar inmediata al cuartel en 1903. Muy posterior  es el cuartel de artillería General Monasterio (1953) y la residencia de oficiales que hay junto a él. Conserva el Conde Ansúrez el escudo real que corona su frontispicio de la entrada. Como curiosidad, en las tapias de este cuartel aún se puede ver la entrada al palomar: corrían años en los que las palomas fueron de mucha utilidad en las comunicaciones  militares, por eso el Ministerio de Defensa, todavía avanzado el siglo XX, tuvo competencias sobre palomas y ganadería caballar (también de interés estratégico militar).

 

Lo único que queda de los míticos talleres Fundiciones Gabilondo (luego Beloit Ibérica), instalados hacia 1947. Cerraron sus puertas en   1999   después de que la nueva propietaria, la multinacional ENERTEC,  vendiera los terrenos para construir viviendas.

 

Casilla ferroviaria de Argales. Como ya hemos dicho, la línea de Ariza todavía está en servicio en esta parte de Valladolid para uso de la empresa RENAULT, por eso es necesario que se mantenga este viejo paso a nivel del siglo XIX, pues, aunque de tarde en tarde,  aún se baja la barrera para dar paso al tren.

 

Inmediata al arco, estuvo la fábrica de harinas La Magdalena, de Emeterio Guerra. La licencia de construcción es de 1914, su arquitecto fue el afamado Teodosio Torres, que también proyecto edificios como el Instituto Zorrilla, la plaza de toros o el llamado Hospital Viejo (actuales dependencias de Diputación).

 

Desaparecida fábrica de harinas de Anselmo León, en el paseo del Arco de Ladrillo, cerca de la actual estación de Ariza. Su fecha de construcción se remonta a 1907. Con el tiempo, Anselmo León fue por la provincia transformando fábricas de harina en centrales eléctricas.