LOS ECOS DE JEROMÍN: VILLAGARCÍA DE CAMPOS

¡Qué mejor manera de comenzar el recorrido por los lugares más relevantes de Villagarcía que de la mano del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha!

En el capítulo 49 de la obra de Cervantes, Don Quijote dice a otro personaje que, entre sus antepasados está un tal Gutierre  Quijada, que no es otro que un ascendiente de don Luis Méndez de Quijada importante personaje de la Corte de Carlos V y Felipe II. La dinastía de los Quijada fue una saga de fieles a la Monarquía que sirvieron anteriormente a los Reyes Católicos y a Felipe el Hermoso.

Don Luis casó con Magdalena de Ulloa (mujer importante por familia, fortuna y fundaciones) y juntos habitaron el castillo- palacio de Villagarcía de Campos mediado el siglo XVI.

Durante seis años correteó por aquella fortaleza el jovencito Jeromín, que en realidad era el diminutivo de Jerónimo, que así le llamó su padre Carlos V cuando nació producto de una relación extramatrimonial.

Jeromín, una vez reconocido por su padre (en Yuste),  y por su hermanastro Felipe II, pasó a formar parte de la familia real con el nombre de Juan (de Austria). Fue aquel detalle del rey Felipe un acto muy cariñoso, pues convirtió a Jeromín en el verdadero hermano (varón) que nunca llegó a tener el monarca, pues dos hijos de Carlos V que nacieron en 1537 y 1539 –y a los que se les puso de nombre Juan- fallecieron inmediatamente después de su llegada a esta vida; y otro hermano, Fernando, también había muerto prematuramente.

Mas, Villagarcía, además de esta historia y el viejo castillo, ofrece al visitante algunas interesantes casonas y  la colegiata de San Luis, mandada construir por Magdalena de Ulloa y que acogió  un importante convento jesuita.

Contado esto, ¡ea! a caminar por Villagarcía de Campos.

 

Castillo original del siglo XIII, fue  levantado durante las luchas fronterizas entre los reinos de León y Castilla. En su interior, y hacia el siglo XV,  se construyeron estancias palaciegas que habitaron los Quijada, ya en el siglo XVI. Por los pasillos del palacio y los patios y almenas del castillo correteó el famoso Jeromín, hijo bastardo de Carlos V.

 

La torre del homenaje permite disfrutar de amplísimas vistas y varios municipios (recomiendo llevar prismáticos): Medina de Rioseco, Tordehumos, Urueña…

 

Vistas del caserío de Villagarcía y de la Colegiata, que parece presidir el municipio.

 

Encaramos la calle Sacramento que, frente al castillo, conduce hacia la Colegiata. Pasamos por la plaza Mayor, donde se alza la iglesia de San Pedro, del principios del XVI,  con torre mudéjar.

 

Tiene Villagarcía varias casas blasonadas. Dos de las principales y que mejor se conservan están frente a la colegiata. Se trata del hospital de la Magdalena, fundado por Doña Magdalena de Ulloa (presiden su fachada sendos escudos de los esposos), y la casa del siglo XVII del obispo fray Francisco Guerra.

 

Y nos hallamos ante la Colegiata. La fachada, y en general su fábrica, es de un sobrio renacentista con aire clasicista herreriano.  Es muy  característico de las iglesias construidas bajo la tutela de la orden de los jesuitas. Veremos cómo es casi idéntica a la de la iglesia de San Miguel, en Valladolid. Y en su interior se respira el siglo XVI en cada detalle: eso es debido a que desde su construcción no ha sufrido alteración alguna, ni siquiera en los suelos. El edificio se erigió a finales del XVI según el proyecto de Rodrigo Gil de Hontañón, uno de los mejores arquitectos de su época. En realidad lo que ahora vemos del XVI (iglesia y algunas dependencias anejas) es una parte del gran conjunto que llegó a tener la colegiata. Su abandono tras la expulsión de los jesuitas por orden de Carlos III llevó a que se hundiera toda la parte conventual, erigida en su día en torno a un claustro de dos pisos.  La colegiata, aunque la ocupan los jesuitas, actualmente pertenece al Arzobispado de Valladolid. Antes de  comenzar el recorrido por la Colegiata y Museo de Villagarcía de Campos debe saberse que se trata de un conjunto histórico y artístico impresionante. Visitar estas dependencias es disponerse a ver obras que, en opinión de expertos en arte,  son palabras mayores. Aquí se verán obras de Francisco Gutiérrez, Luis Salvador Carmona, Tomás de Sierra, Cristóbal Ruíz de Andino, Gregorio Fernández o el palentino Juan Sáez de Torrecilla. Unos podrán ser más conocidos que otros, pero todos son referencia en el arte religioso. Se trata, en definitiva, de un conjunto de retablos, esculturas y pinturas de los siglos XVI, XVII y XVIII que atesora una de las más importantes colecciones de obras de arte que se puedan ver en España.

 

El pasillo por el que se inicia el recorrido por la Colegiata y su Museo, recibe con cinco grandes lienzos de Francisco Gutiérrez que representan escenas bíblicas con imaginativa ambientación italianizante propia de la escuela veneciana, y unas perspectivas extraordinarias.

 

Óleo de Miguel Ángel Galván, de 2009. Representa el encuentro entre Felipe II y su hermanastro Jeromín, acompañado del señor Luis Méndez de Quijada. El hecho tuvo lugar en las inmediaciones de la Santa Espina, no muy lejos de Villagarcía de Campos.

 

Y como no puede ser de otra manera, pronto se presentan a los visitantes los mecenas de la Colegiata: dos grandes retratos de Doña Magdalena de Ulloa y Don Luís Méndez de Quijada, separados por un enorme lienzo con el escudo de la casa que preside la Sala de Visitas o Sala de los Fundadores (que de las dos maneras se conoce).  En ella se expone una colección de libros y dos copias de sendos cuadros de El Greco, además de diversos muebles de la época.

 

Sin perder la continuidad, se transita de la parte propiamente museística a la Colegiata, no sin antes recorrer la sala de los Canónigos y Capellanes, donde se verán numerosos ornamentos, casullas, un altarcillo barroco y retaros de los primeros generales de los jesuitas.

 

Y  la capilla de las reliquias. La unidad de conjunto de la capilla tiene la firma de Tomás de la Sierra que, tal como relata Teresa, la guía de la visita, posiblemente se trata del mejor relicario de España. Representa pequeñas esculturas, grandes vitrinas con huesos que llevan grabado el nombre de su mortal dueño, frascos con restos humanos… todo ello sin destilar la menor sensación macabra, debido, sobre todo, a la armonía que exhala la capilla. En la imagen,  detalle del relicario de “las santas mujeres”.

 

No se abandona el recinto principal de la iglesia, en dirección a la cripta bajo el altar, la capilla de los novicios y la sacristía, sin admirar el retablo principal, diseñado por Juan de Herrera, que destaca por sus relieves en alabastro y una escultura de Gregorio Fernández.

 

Al introducirnos en la cripta bajo el altar en la que están enterrados los restos de Doña  Magdalena y Don Luis,  podemos entender porque la iglesia se construyó sobre unas altas escalinatas: era la manera de evitar que la cripta se encharcara. Cosa que habría ocurrido de haberse abierto bajo  la iglesia y que esta estuviera construida a nivel del suelo, dado que  en Villagarcía la capa freática se encuentra muy próxima a la superficie.

 

Acaso sea la sacristía de la capilla del noviciado otro de los peculiares rincones de la Colegiata. En ella se verá, entre otros objetos, una colección de casullas negras mandadas hacer por Doña Magdalena  para los funerales de su esposo, próximo a morir, y un gran tenebrario del siglo XVI. Pero se ha de llamar la atención sobre un Niño Jesús en una minúscula cama que es una muestra de la colección de figuras que acumuló Doña Magdalena que, imposibilitada de tener hijo, se dedicó a coleccionar muñecos a los que vestía de las formas más curiosas y de los que se verán varias ejemplos en la Colegiata.

 

La capilla de los novicios acoge un deslumbrante retablo  dorado de madera, presidido por un  San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas y que recuerda el espíritu viajero de muchos personajes, santos o no, de su época: estudió teología en París, se ordenó sacerdote en Venecia y murió en Roma, en 1556. No sin antes haber pasado largos años en Salamanca, Valladolid, Alcalá y Palestina.

 

NOTA: Hasta el 15 de octubre castillo y colegiata se pueden visitar los fines de semana llamando al 669 082 210. Teresa, la magnífica guía de Villagarcía,  conducirá  las visitas. A partir de esa fecha, hay que llamar directamente a la Colegiata: 983 717 032.

Anuncios

DE PASEO POR EL CAMPUS… UNIVERSITARIO

A fuerza de lo cotidiano, quizá  apenas valoramos que en Valladolid tenemos una Universidad. Una institución que es una auténtica ciudad dentro de la ciudad. Por historia, por arquitectura, por arte, por patrimonio, por número de personas implicadas: en torno a 18.000 entre alumnado, profesorado y personal administrativo (aparte, los campus de Palencia, Segovia y Soria).

(Ayer, como cada martes, lo conté en Onda Cero Radio en el programa de Valladolid en la Onda.) 

El siglo XIII es la centuria de las universidades en Europa (la de Bolonia, en el siglo XI, fue la primera universidad de Europa), aunque aún no tenían las características que ahora conocemos. Eran, más bien, lugares de Estudios Generales, en los que se trataba todo el conocimiento universal sabido hasta la época. No se expedían títulos que acreditaran una especialización ni nada parecido. Esta enseñanza, hasta que se formaron universidades propiamente dichas,  se daba en abadías, monasterios  y sedes episcopales. Era,  en definitiva, la Iglesia quien la impartía.

En el recurrente debate sobre la antigüedad de nuestra universidad, podemos dar por bueno que fue la tercera universidad que se creó en España, detrás de la de Palencia (que duró pocos años), y la de Salamanca. En cualquier caso,  la de Valladolid fue una universidad modelo y de ella se copió cuando Sancho IV impulsó la creación de la universidad de Alcalá de Henares. Aquello ocurrió en el año 1293. Por tanto en el siglo XIII ya existía en Valladolid lo que entonces podíamos llamar universidad.

Será en 1417, reinando Juan II, cuando se convierta propiamente en universidad. Es decir, paso de un lugar de Estudios Generales a Universidad confirmada por el papa Martín V al aceptar el establecimiento de una cátedra de Teología.

En el siglo XVI en Valladolid ya estaban claramente configuradas las especialidades de Cirugía y Medicina (nació como cátedra de Física), Matemáticas, Filosofía, Leyes, Cánones, Teología, Retórica, Griego y Hebreo. Incluso ya había dos colegios mayores: el de Santa Cruz y el de San Gregorio. La denominación de las cátedras y el número de ellas fue evolucionando con el discurrir del tiempo.

¿Cómo era, por ejemplo, en tiempo de los Reyes Católicos, el calendario universitario? Pues no muy distinto al actual: el curso duraba desde el 18 de septiembre hasta el 15 de agosto, con vacaciones en Navidad y Semana Santa… más un buen montón de días festivos, que según unas épocas u otras, rondaba los 55.

Las graduaciones (el doctorado diríamos hoy día), se celebraba con gran solemnidad: misa y procesión  por la ciudad, obsequio de vino a los asistentes, a veces también corrida de toros o vaquillas, paseo a caballo del nuevo doctor por toda la ciudad… y al final, el nuevo doctor invitaba a comer en su casa.

Con estos antecedentes propongo dar un paseo por los principales lugares relacionados con la Universidad. Nuestros pasos nos llevarán desde el edificio histórico de la plaza de la Universidad hasta el final del campus Miguel Delibes pasando por Santa Cruz, Centro Buendía, Facultad de Medicina y Campus Esgueva.

Vamos a disfrutar paseando de una especie de ciudad viva y con su propia personalidad en el vientre de Valladolid. No sin antes indicar que además de lo que aquí relatamos, la Universidad tiene el Museo de Ciencias Naturales en el interior del colegio público  García Quintana  sito en la plaza España. Las colecciones de museo se comenzaron a formar en el año 1860.

 

Propongo comenzar frente al edificio materno de la Universiad, en la plaza que lleva el mismo nombre. El primer edificio data de finales de finales del  s. XV. Tenía su fachada hacia la actual calle de la Librería. En el siglo XVIII (1716) se reconstruye con la fachada que ahora conocemos. Es el mayor exponente del barroco vallisoletano.  Sobre todo la parte que da a Librería es la que más reformas ha conocido: tuvo un observatorio astronómico (1915) y un reloj en la esquina con plaza de la Universidad. Hasta lo que ahora se puede ver, que incluye una profunda modificación en 1972 tras un incendio y otras reformas posteriores.  Este edificio acogía antes todas las especialidades universitarias hasta que el número de facultades y de alumnos fue creciendo y hubo que construir nuevas dependencias. (En las imágenes, la parte superior de la fachada en la que se representa a la Sabiduría pisando a la Ignorancia –en forma de niño-; y antiguo edificio -imagen tomada de la Fundación Joaquín Díaz-).

 

Fachada medieval de la calle Librería, según el grabado de Antolínez de Burgos.

 

Torre del observatorio astronómico, que daba a la plaza de Santa Cruz (foto procedente del Centro de Documentación de la Universidad)

 

Escudos de la Universidad de Valladolid, expuestos en el Museo al que se accede por el edificio Rector Tejerina. Hay una sala de exposiciones  montada sobre unas arquerías góticas del finales del XV.

 

Palacio de Santa Cruz (1484) y reformas del XVIII.  Este era el antiguo colegio mayor, que ahora está detrás (1675), quedando el edificio histórico para dependencias administrativas del rectorado. En la imagen se ve la campana que regulaba las horas universitarias y uno de los vástagos supervivientes que delimitaban el área de dominio de la Universidad, en la que no podían entrar autoridades ajenas a la propia institución. Entre otras cosas, el palacio acoge una maravillosa colección de Arte Africano. E imagen antigua de la Biblioteca Histórica (foto tomada del Museo de la Universidad).

 

Centro Buendía. En el número 14 de la calle Juan Mambrilla (antigua calle de Francos) está ubicado en un palacio de finales del s. XV de la familia Acuña (condes de Buendía). Es, junto con el palacio de los Vivero (Archivo Histórico Provincial), el único vestigio de arquitectura civil del XV: es un buen ejemplo del tránsito de gótico al renacimiento.

.Presume la Facultad  de Medicina de  antigüedad, pues Enrique III  en 1404 creó su antecedente más inmediato,  que por entonces se conocía como cátedra de Física. Una fotografía del primer edificio de Medicina a finales del siglo XIX (foto de AMVA)

 

Biblioteca Reina Sofía: antigua cárcel de Chancillería y casa del Alcaide. El patio por donde antes paseaban los presos se ha convertido en una sala de estudio. El edificio se acondicionó en el año 1988.

 

Casa del Estudiante, reacondicionada sobre dos antiguos palacios del siglo XVI (Condes de Ribadabia y Marqueses de Camarasa). Uno de ellos fue anteriormente un centro de beneficiencia. En las reformas que se hicieron a partir de 1973 (cuando los adquirió la Universidad), se descubrió la maqbara (cementerio) musulmana.

 

Edificio de Ciencias, en el prado de la Magdalena. Edificado sobre terrenos municipales en 1968. Junto a él la actual residencia de estudiantes Alfonso VIII, que en realidad se concibió para albergar un hospital materno que nunca llegó a funcionar. Junto a la facultad está el edificio de la antigua Escuela de Enfermería, hoy dedicado a residencia estudiantil universitaria.

 

Facultad de Filosofía y Letras (inmediatamente detrás de Ciencias) y una imagen de la cúpula central. A un costado está la de Comercio, y al fondo, los talleres de mantenimiento de la Universidad (desde 1989): antiguas naves de fabricación de sacos construidas en 1928 por  el arquitecto Manuel Cuadrillero.

 

Y cruzamos la Esgueva: Escuela de Ingenierías Industriales, (junto a la facultad de Ciencias Económicas y Empresariales –que comenzó a funcionar en 1985-). El otro edificio de Ingenierías  está en la Huerta del Rey, así como la Escuela de Arquitectura, que comenzó en el curso 1979-80. (Foto del Archivo Municipal de la colocación de la primera piedra de la Facultad de Económicas en 1982).

 

Y llegamos al Campus Miguel Delibes (rebasada la Facultad de Económicas), levantado entre el paseo del Cementerio y el paseo de Belén, se ha consolidado ya en el siglo XXI. Alberga diversas facultades y servicios universitarios, así como el afamado IOBA. Pasee hasta el final, donde está la planta de Biomasa que surte de calor a casi todas las dependencias universitarias. Detalle del interior del edificio de Investigación Científica… Por cierto, hay cafeterías en varias facultades por si necesitamos reponer fuerzas durante nuestro paseo.

 

En el paseo del Cementerio, además de una  residencia para estudiantes, se ha plantado un “arboreto”, que tiene su origen en el que ya hubo en la Universidad en el siglo XVIII hasta 1960 como unidad didáctica. En esta versión moderna se reproducen los paisajes característicos de Valladolid: Tierra de Campos, de Pinares y los páramos. Y al otro lado de las facultades, junto a las vías del ferrocarril, un espacioso y agradable jardín con su lago. Se trata de espacios que urbanizó y mantiene la propia Universidad.

NOTA: En Valladolid la mirada curiosa hay sendas entradas sobre el Museo de la Universidad y el de Arte Africano del Palacio de Santa Cruz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ARMEDILLA, EN UN BELLO PARAJE

En torno a la Armedilla se puede dar un paseo con espléndidas vistas, acogedora soledad y unas magníficas ruinas del monasterio jerónimo que pugnan por salir de su olvido y abandono.

 En lo alto del valle de Vadillana o Valdecas, entre los siglos XV y XVI, se fue construyendo el conjunto de edificios del Monasterio de Santa María de la Armedilla, entre los que llegó a haber un palacete de la dinastía de Alburquerque, cuya cabeza fue Beltrán de la Cueva, señor de Cuéllar e importante personaje de la historia de España.

El lugar que ocupa el monasterio no es el resultado de la casualidad: los jerónimos son  una orden de oración y, por tanto, buscaban lugares apartados. Pero, además, lugares que ofrecieran buenas condiciones para el sustento de la comunidad. En este caso se trata de un lugar con abundante agua (se conserva un arca madre del siglo XV), buenas tierras de labor (el valle, regado por numerosos manantiales y el arroyo Valdecascón –por eso al valle también se le conoce con este nombre-), y en una cañada. Pero, además, no demasiado alejado de una población importante, como era Cuéllar.

De que el valle era lugar feraz y muy bueno para el pasto dan prueba los numerosos conflictos que se produjeron entre Cuéllar y Peñafiel por el uso y control de este territorio. Hasta que Fernando de Antequera mandó delimitar los territorios mediante mojones que aún se conservan, tanto en el campo como en diversos lugares (iglesia de Cogeces del Monte, por ejemplo),  lo que no significó que cesaran por completo los pleitos.

Este enclave se encuentra en la carretera que conduce de Quintanilla de Onésimo hacia Cogeces del Monte que, desde Quintanilla, está en dirección a Cuéllar. Está declarado Bien de Interés Cultural por la Junta de Castilla y León.

Más, lo mejor es comenzar nuestro paseo según vamos comentando detalles de este monasterio y su historia.

 

Fernando de Antequera, que fue el gran príncipe de Castilla  y más tarde erigido en Fernando I de Aragón, casado, además, con Leonor Urraca, una “ricahembra” –como así se llamaba a las mujeres importantes y adineradas-,  invitó a los jerónimos de la Mejorada (Olmedo), del que era protector, a que se establecieran en la Armedilla. Formalizaron la cesión del terreno en 1402, aunque parece que ya llevaban un tiempo establecidos en la ermita.

 

Chozo de los Pedrines, de centenaria construcción, tiene algo más de seis metros de altura y llegó a disponer de dos corrales. Se puede ver en el horizonte, fijándonos en el borde del páramo al otro lado del valle que se aprecia en la otra imágen, en la que se ven restos de la cerca de piedra que cerraba las propiedades del monasterio.

 

 

Restos de la iglesia. La evolución de la Armedilla a partir de los jerónimos es bien conocida y documentada. Groso modo: sabemos que ya existía la cueva-ermita, dependencia del ermitaño,  algún rústico albergue de peregrinos,  y una granja.  Lo primero que  construyen los jerónimos es  una pequeña iglesia y refectorio encima de la cueva, y esta se reconvierte en cripta. Luego un claustro. Algunas dependencias para los jornaleros, aunque la mayoría de estos habitaban en la Casería, ahora un despoblado próximo al monasterio. Se levanta una cerca que acota toda la propiedad del monasterio que, entre otras cosas disponía de un molino en el Valdecascón, palomar, colmenar, huerta,  tierras de labranza y viñedos.

 

En el siglo XVI se levantó la nueva iglesia y una nueva entrada al conjunto monacal, con su portería. En la iglesia  se entronizó a la virgen y de esta manera se evitó  el trasiego de peregrinos por la zona reservada a los monjes. Además, los Alburquerque de Cuéllar construyeron algunas dependencias para su uso personal, incluyendo una notable bodega. Detalle del ábside de la iglesia.

 

 La consolidación de  este lugar sagrado se debe a la existencia de una ermita rupestre de la que se  tiene noticias al menos desde el siglo XII. Es el caso que,  como todos estos lugares, la realidad y la leyenda se funden hasta formar un todo único. Hablamos del siglo XII, cuando comienza una auténtica fiebre descubridora de vírgenes en cuevas y fuentes.  La ermita reúne ambos requisitos: la imagen de la virgen románica se “descubre” –por los “típicos” pastores-  en una cueva que disponía de un caudaloso manantial. A partir de esto comienzan peregrinaciones y se termina por acondicionar la cueva, construir un albergue para peregrinos  y poner un ermitaño que  cuide el lugar. Estamos, seguramente,  ante el típico ejemplo de cristianización de un espacio rupestre con posibles antecedentes culturales paganos, a los que se añaden otros intereses territoriales  o económicos  para la explotación del solar.

 

 

Bodega de los Duques de Alburquerque, bajo su palacio.

 

Arca Madre, del siglo XV. La existencia y canalización del agua fue fundamental para el desenvolvimiento del monasterio.

 

El altar de la pradera está sustentado sobre dos mojones del siglo XV que sirvieron para delimitar las propiedades del Duque de Antequera y terminar con las disputas territoriales entre Cuéllar y Peñafiel.

 

Interesante detalle del esgrafiado que decoraba las paredes de la fachada de la iglesia que, como se puede apreciar, en su día estuvieron revocadas y decoradas.

 

El escudo de los duques de Alburquerque preside la espadaña.

 

 La Desamortización de Mendizábal fue el principio del fin del monasterio. Las piedras de los edificios se vendían al peso y el patrimonio inmobiliario sufrió el expolio. No obstante, algunos objetos pudieron salvarse. ¿Donde se encuentran? La Virgen, en la iglesia de Cogeces del Monte; la portada de la iglesia en la Casa de Cervantes en Valladolid; el tímpano de la portada en Museo de Arte Spencer (Universidad de Kansas); las campanas, en Segovia;  en Riaza, el retablo (con representaciones de la vida de san Jerónimo); en Cuéllar, la platería; en Museo del Prado, diversos cuadros; y la sillería se ha troceado entre Rueda, Museo Nacional de Escultura de Valladolid y Museo del Louvre de París. Incluso el molino que había en el valle se desmontó y reinstaló en Quintanilla de Onésimo. (La imagen del la virgen está tomada del blog Ermitiella).

 

Aspecto de la puerta de la iglesia, instalada en la Casa de Cervantes en 1925, e imágenes de su evolución. 

 

El tímpano (Llantos sobre Cristo muerto) que coronaba la puerta  de la iglesia lo descubrió una investigadora de los Estados Unidos de Norteamérica. Pieza que después de pasar por las manos de la familia Gehry,  terminó en el Museo de Arte Spencer, como ya se ha dicho.

 

Los fines de semana se hacen visitas guiadas y también se pueden concertar a través del blog Asociación de Amigos de la Armedilla, que son el alma mater de la consolidación y protección del monasterio. En la capilla que del prado, construida hace apenas cuatro décadas, hay unos interesantes murales que explican la historia del monasterio: en la imagen, la arqueóloga Mariché Escribano durante una visita guiada.

 

La visita a la armedilla se puede completar  una visita al  parque temático de los chozos, un paseo por Cogeces,  y los museos de minerales y  etnográfico de Orrasco.  En este blog se  puede ver un paseo por Cogeces y un reportaje sobre el Museo de Minerales. Llegar al parque etnográfico de los chozos (que está el tramo de carretera entre el monasterio y Cogeces) es muy sencillo: una vez que salimos de la carretera para coger el camino (está señalizado), tomamos el primero a la izquierda y luego el siguiente a la derecha hasta llegar a un pinarcillo.

 

NOTA: Este artículo ha sido posible gracias a  las excelentes explicaciones de Mariché Escribano y sus entradas sobre el tema en su blog ERMITIELLA); y el artículo de Roberto Losa (En torno a los orígenes del monasterio de Santa María del Armedilla), arqueólogo que participó en los trabajos de documentación y excavación del lugar. El artículo está editado en Estudios del Patrimonio Cultural. No obstante hay más autores que han abordado la historia del monasterio.

 

AVISO: El blog va a descansar hasta septiembre, igual que el programa Velay, que hago todos los martes en el programa de Valladolid en la Onda, de Onda Cero. No obstante la próxima semana colgaré algunas sugerencias para disfrutar este verano. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SERRADA: UN PASEO POR EL ARTE

La labranza en general y la viticultura en particular han sido la base de la economía de este pueblo que ha sabido sacar buen partido a su pequeño pero feraz término municipal.

Sobradamente conocido es que la  uva está enraizada en la historia de Serrada, como de toda la comarca de Tierras de Medina, lo que en el pasado produjo buenas ganancias a particulares y réditos a los Ayuntamientos: de ahí sus casonas e  impresionantes iglesias, con sus afamados órganos barrocos.  Esa vieja pujanza económica  se refleja en que la mayoría de las casas tradicionales muestran su zarcera. Hubo, además, varios lagares de cierta importancia. Actualmente el término de Serrada forma parte de la Denominación de Origen Rueda.

Algunas de las espléndidas casonas de las que presume el pueblo fueron en su momento levantadas por órdenes religiosas como epicentro de sus propiedades rústicas,  y para la elaboración del vino.

Por otro lado, y más recientemente, Serrada es conocido por los premios Racimo, el Paseo del Arte y algunas otras actividades culturas que tienen su origen en el programa cultural conocido como “Cosecha”, cuyos impulsores fueron el periodista Carlos Blanco, el fotógrafo Luis Laforga, el pintor Manuel Sierra, la artista Concha Gay  y el escritor Avelino Hernández, por supuesto con el imprescindible apoyo del Ayuntamiento de la localidad.

La idea de esta “Cosecha”, era demostrar que se puede llevar a cabo actividades culturales potentes en el ámbito rural, incluido, por ejemplo, el arte abstracto, del que hay varias esculturas en la localidad.

Más si de arte seguimos hablando es necesario indicar que la localidad atesora   la colección de Lorenzo Frechilla y Teresa Eguibar (su esposa) que en su día fue donada al pueblo. De momento reposa en cajas en espera de encontrar un lugar apropiado para ser mostrada al público.  Lorenzo alcanzó fama internacional y recorrió muchos países con sus exposiciones. Nació en 1927 en Valladolid y falleció en 1990. Tiene obra en numerosos museos y colecciones: Reina Sofía, arte contemporáneo de Bilbao, Helsinki, Roma, Copenhague, etc.

Con estas breves notas vamos a perdernos por las calles de Serrada. No vamos a seguir un itinerario concreto: el municipio es pequeño y sin querer nos iremos encontrando con las cosas que aquí veremos.  Por orientarnos de alguna manera, indicamos que la mayor concentración de obras de arte está en torno al Paseo del Arte, en la salida del pueblo hacia La Seca.

 

Destaca la Casa Consistorial (en la plaza Mayor),  del siglo XVIII, que muestra la mano del afamado arquitecto Ventura Rodríguez. aquitecto que, entre otras muchas obras, llevó a cabo la Casa Consistorial de la Seca, la iglesia de los  Flilipinos (Valladolid), el Palacio de Liria (Madrid), Catedral de Pamplona, etc.

 

Detalle del arco conopial de una casona en la plaza Mayor.

 

La iglesia del siglo XVII a cuyo costado se erige un soberbio trinquete.

 

Casa señorial de Víctor de Castro Bocos que destaca, además, por su esquina redondeada a manera de potente contrafuerte. Detalle de la boca del lagar, elemento muy común en muchas casas de Serrada.

 

Casona de la familia Medina,  llamada casa del Obispo. El patriarca de la familia fue  César Medina Bocos, abogado y personaje importante del pueblo que en  el primer tercio del siglo XX ocupó en España cargos de relevancia política. Con vocación literaria y amante del arte en general, de sus trece hijos destacan, Santica,  Elvira y  José Luis Medina Castro (pintoras ellas y escultor él). Como curiosidad cabe indicar que el zaguán de la casa guarda la portada del antiguo Hospital de la Resurrección de Valladolid (donde ahora está la casa Mantilla).

 

Antigua casa de labranza de los dominicos, que ahora es propiedad de Bodegas Alberto. Tiene un gran lagar y una bodega cuyas galerías alcanzan el kilómetro de longitud. Imágenes de la fachada, parte trasera y bodega.

 

Hay en Serrada cuatro bodegas y dos queserías, a estas industrias agroalimentarias cabe añadir una fábrica de muebles de cocina.  Imágen de la bodega de quesos de Campoveja, empresa fundada en 1952.

 

El pozo Viejo, una de las construcciones más emblemáticas de Serrada. Es difícil datarlo (¿siglo XVIII?).

 

Antiguas eras del pueblo. La presencia de un crucero es muy típica de las funciones de protección que la religión cristiana atribuye a la cruz, por lo que con frecuencia  se erigen en eras, campos, cruces de caminos, etc.

 

Acercándonos al Paseo del Arte nos encontraremos con la primera plaza que se habilitó para ir creando la zona de exposición: el Parque del Encuentro, como señala Julio del Valle, concejal del Ayuntamiento que me acompañó en uno de mis paseos por Serrada.

 

En el parque del Encuentro una de las primeras obras de arte que se instaló en Serrada. Su autora es Concha Gay.

 

El Paseo del Arte ofrece numerosas obras de arte de muy diversos autores y estilos:  Eduardo Cuadrado, Carlos Colomo, Mario Bedini, Lorenzo Duque, Concha Gay, Jorge Egea, Luis Santiago, Francisco Barón, Pedro Monje, Feliciano Álvarez  (estos últimos ya fallecidos), el cubano Francisco Rivero, afincado en París, que decoró las paredes del colegio, etc…  en fin, una larga lista que no se agota en los nombres aquí anotados. Todos ellos están dejando un patrimonio inestimable que solo ha sido posible por la generosidad de los propios artistas, que han trabajado al más bajo coste posible.  Este proyecto, ya consolidado, arranca en el año 1991, en el que el pintor Manuel Sierra realizó  cinco murales por diversas paredes del pueblo (pero solo uno se conserva… y muy transformado). El resto pronto comenzó a deteriorarse, aunque alguno, como el dedicado a la caza (frente al pozo Bueno), aún permite entrever su traza.


Como curiosidad podemos relatar que hay un mural que decora las tapias del campo de fútbol realizado por  Isabel Sevillano. En ese mural se puede ver  el detalle de un dibujito que dejó hecho el que más tarde sería presidente del Gobierno de España José Luis Rodríguez Zapatero, que acudió invitado a una de las actividades culturales que se desarrollan en el pueblo.

 

El Paseo del Arte termina en la Plaza del Milenio, con obra del escultor Lorenzo Duque.

 

Y, hablando de labranza, forzoso es referirse a una curiosa actividad lúdica que desde hace unos años se lleva a cabo en julio. Se trata de construir espantapájaros en la salida del pueblo en dirección de La Seca.  ¿Qué tiene de particular esta actividad? Pues que obedece a una leyenda según la cual hace siglos los labriegos se reunían una noche de julio alrededor de espantapájaros bailando y bebiendo hasta la madrugada invocando conjuros para atraer las buenas cosechas y ahuyentar los malos espíritus. Para sustentar esta actividad se invoca un documento desaparecido que remonta incluso al siglo XVIII…. Es el caso que en realidad solo tenemos una tradición oral que ha terminado por construir una leyenda.

 

Y bien podemos rematar este recorrido por las calles de Serrada visitando el Museo Diocesano.  Está en la iglesia de San Pedro (plaza principal del pueblo)  y reúne numerosas piezas cuya antigüedad se remonta al siglo XVII. Sin duda, la pieza principal de este museo es una imagen del arcángel San Miguel aplastando al rebelde Lucifer, realizada por Gregorio Fernández hacia 1605. Dicen los expertos que tal vez se trate de una obra preparatoria de la pieza que preside la iglesia de San Miguel de Valladlid. En cualquier caso, se trata de una pieza de gran belleza que hasta no hace muchos años pasaba desapercibida y llena de polvo en un retablo de la iglesia. Hasta que una cuidada restauración sacó a la luz su belleza y sus colores.

NOTA: del Museo  hay una entrada en el blog: Serrada, museo parroquial: los guardianes de la plata.

 

 

 

 

 

 

 

LAS ARCAS REALES: FANTÁSTICA OBRA DE INGENIERÍA

Acaso se trata de la obra de ingeniería civil más importante que ha conocido  Valladolid y que ha dejado una profunda huella en la ciudad: construcciones, fuentes, conductos y trazado urbano.

Pues bien, a esta magna obra del Renacimiento español vamos a dedicarnos a continuación.

Corría el año 1497, cuando los señores regidores de la villa de Valladolid inauguraron la fuente que se había levantado el año anterior junto a la puerta del Campo  (al final de la actual calle Santiago). Y en ese lugar tomaron diversas medidas para que la población pudiera tener “para siempre jamás” tanta agua como la que salía, o más, procedente de la huerta de las Marinas, junto a los manantiales de Argales, desde los que desde hace unos cuantos años los monjes de San Benito condujeron el agua hasta su convento.

Y en el año 1974 (exactamente el 17 de julio), el entonces alcalde Julio Hernández informó a los concejales del Ayuntamiento, que “como consecuencia del informe de la Jefatura Provincial de Sanidad, en el que se califica de impotable el agua del manantial de la finca de Argales, ha sido clausurada dicha fuente para evitar enfermedades”. En esa fecha el viaje de Argales aún surtía de agua a seis fuentes.

Fueron 450 años los que la traída o viaje de Argales prestó un servicio importantísimo a Valladolid.

Pero ¿qué es el viaje de Argales… o la conducción de las Arcas Reales?

Es el tercer y definitivo intento de traer las aguas de aquellos manaderos y establecer fuentes en el interior de la ciudad y que se impulsó durante el reinado de Felipe II. Es verdad que el resultado final se quedó lejos de las expectativas, pero aún así, se trata de una fantástica obra de ingeniería que se considera una de las más relevantes de la arquitectura civil del Renacimiento. Cosa acaso poco valorada dado que por tratarse de una conducción bajo tierra apenas somos capaces de entender la extrema dificultad técnica que supuso su construcción.

En cualquier caso conviene indicar que hasta que se consolidó la definitiva conducción de aguas en el siglo XVI-XVII, hubo varios trazados distintos, pero no nos vamos a detener en esta larga historia.

Para hacernos idea de esto, se puede indicar que pasaron muchos años y muchos arquitectos: incluso alguno terminó en la cárcel por incumplir el contrato. Felipe II tuvo que destinar a su arquitecto principal, Juan de Herrera, a que concluyera definitivamente aquella obra que se demoraba años y años.

Parece que aquel destino no le hizo mucha gracia al afamado arquitecto,  pero se entregó por completo a resolver aquel desafío para la ingeniería: incluso llegó a crear un instrumento especial para medir milésimas de milímetro.

¿En qué radicaba la extraordinaria dificultad de la obra? Pues en que mediante gravedad había que traer el agua hasta la ciudad desde unos manantiales situados a cinco kilómetros y medio de distancia ¡y con un desnivel de solo nueve metros! Para ello había que construir un sistema que mediante arcas y registros se asegurara que el agua corriera de continuo: había que aprovechar cualquier curva de nivel por pequeña que fuera.

El resultado fue de treinta y tres arcas de las que se conservan quince.

Hasta que en 1496 se construyó aquella fuente de la puerta del Campo, la población se abastecía de agua por distintos medios: pozos, manantiales del Pisuerga o del Esgueva (o cogiendo el agua directamente del cauce de ambos ríos), aguadores.

Debe saberse que la construcción de estas arcas atendió a la forma de ir recogiendo, a lo largo de su trazado, cuantos manaderos iba encontrando por el camino, que eran muchos en esta zona muy pantanosa (argales y las marinas entre otros), y cuya complejidad técnica puede apreciarse asomándose al interior de las arcas.

Es el caso que en 1982 las Arcas Reales  fueron declaradas Monumento Histórico-Artístico Nacional.

Aquella conducción ha dejado profunda huella en la ciudad: desde el trazado de las calles hasta las construcciones que aún se conservan: arcas, registros, fuentes, etc.

Y para conocer un poco más esta fantástica obra, vamos a darnos un paseo tanto por las antiguas arcas como por algunas plazas y calles de Valladolid.

 

Sugiero comenzar al final de la calle Arca Real, cuando ya se apunta una reciente urbanización… y como punto de referencia podemos tomar la ya famosa torre de talleres Gualda, rematada por algo así como una escultura de hierro. Se trata de un paseo que recorre casi todas las arcas exteriores.

 

El arca número 10 está empotrada bajo el viaducto del Arco de Ladrillo, en la carretera de Madrid. Aquí comienza un paseo de unos dos kilómetros.

 

Arcas y detalles de las mismas. Todas están numeradas en su origen. Si nos vamos asomando a las mismas, además de ver las características de la conducción, en alguna de ellas incluso se oye como corre, aún, el agua.

 

Habrá que salvar la Avenida de Zamora y continuar el paseo por una pequeña abertura que hay detrás de la finca del colegio de la Salle.

 

No olvidemos fijarnos en los registros que se construyeron entre las arcas y  que servían para reparar los atranques mediante el vareo de las cañerías.

 

En 1999 se constituyó la primera Escuela Taller que comenzó a intervenir en la rehabilitación de las Arcas Reales. La segunda Escuela Taller es de 2011 y terminó su periodo formativo en 2003.

 

El arca principal, o número 1, destaca por su tamaño y noble construcción. Sobre los escudos reales se puede leer la siguiente inscripción: REINANDO LA MAGESTAD DEL REI DON PHILIPE II / NUESTRO SEÑOR ACABÓ ESTA ARCA / VALLADOLID SIENDO COREGIDOR DELLA / DON GARCIA BUSTO. AÑO DE 1589. 

 

Entre el arca principal y la número dos, la conducción no transcurre bajo tierra, sino a través de un acueducto en forma de muro de piedra por encima del nivel del suelo, puesto que tiene que salvar un pronunciado badén por donde discurría el arroyo Espanta. Siguiendo el acueducto observaremos como a ochenta metros del arca principal que el viejo arroyo lo salva con un puentecillo de arco de medio punto medio oculto por la maleza (en la imagen, el acueducto penetrando en el arca número dos).

 

Cruzamos la carretera  e iniciamos una senda perfectamente marcada que nos llevará a las arcas menos conocidas de esta conducción. En una de ellas veremos el escudo de Valladolid con la fecha de 1588.

 

Nuestro paseo, antes de volver al interior de la ciudad, termina en la acequia del canal del Duero.

 

Desde el viaducto del Arco de Ladrillo, entre la maleza, se puede ver otra de las arcas, y todavía hay dos más en el arbolado que conduce hacia el barrio de Delicias, que ahora está ocupado por varias chabolas.

 

En la calle de Teresa Gil, tanto a la altura de la iglesia de San Felipe Neri,  como frente al número 20 se conservan, bajo tierra, restos de las conducciones. Vemos que en una de ellas se cita la fuente de las Marinas: en realidad se trata de un manadero colindante con el de Argales, tal como ya se ha comentado más arriba.

 

Cuando la conducción de Argales se clausuró definitivamente en 1974, aún prestaba servicio a seis fuentes de la ciudad: calle de Embajadores esquina paseo de Farnesio, la de las tapias de RENFE en calle Estación (frente a la calle Panaderos), y plazas del Caño de Argales, Fuente Dorada, el Val y la Solanilla. En las imágenes: plaza de de la Trinidad, con el vástago que hubo en Fuente Dorada, y plaza de la Solanilla. Por cierto, en el Vergel del Museo de Valladolid se pueden ver restos de tuberías y sifones del viaje de Argales.

 

El aspecto actual de la fuente de la plaza del Caño de Argales, se compuso en 1888 con las piedras del lavadero de las Moreras, y tiene reformas de 1931. Esta plaza ha conocido varios nombres: Pi y Margall, Dos de Mayo, José Mosquera, y el actual: Argales. No obstante fue una de las primeras fuentes que dio servicio (allá por el siglo XVI). Solo cabe añadir que la actual traza de la fuente Dorada es muy posterior a la clausura de la traída de Argales de 1974.

NOTA. Para quien quiera conocer con amplitud y detalle cuanto aquí se ha narrado, recomiendo los siguientes libros: El viaje de las Arcas Reales (coordinado por Carlos Carricajo Carbajo); Ingeniería y arquitectura en el Renacimiento español, de Nicolás García Tapia, y Fuentes de vecindad en Valladolid, de Jesús Anta Roca.

 

EL VUELO DE LA CARPA: MUSEO ORIENTAL

El centenario Museo Oriental ya tenía organizada una colección en 1874, aunque solo con el objeto de mostrar a los seminaristas agustinos-filipinos las culturas en las que habrían de sumergirse cuando, ya formados, marcharan hacia Oriente.

El museo, acaso uno de los más desconocidos de Valladolid,  acoge la mejor colección de arte de Extremo Oriente existente en España, y abarca una cronología que va desde el siglo VI a. C. hasta el siglo XXI.

Se trata de piezas y objetos  que se centran en las culturas china, filipina y japonesa.

En 1908 se colocó la colección en un enorme salón del convento. Y a partir de aquel año el Museo  se abre al público aunque sólo a los varones, pues las normas de entonces establecían que en un convento de frailes no podían entrar mujeres. Esta restricción desaparece por completo en 1980, cuando se abre  en las dependencias actuales.  El Museo no está estancado con su colección original, sino que se enriquece con nuevas aportaciones, como  la que hizo en su día la familia Ibañez-Urbón, que cedió varias porcelanas chinas Yuang que abarcan un periodo que va desde el siglo XIII hasta el XXI.

¿Qué nos vamos a encontrar en este museo? La verdad es que es imposible resumirlo, pues se trata de una ingente variedad de objetos, materiales y costumbres. Pero podemos destacar los esmaltes, la cerámica y porcelana, las lacas, esculturas en jade y marfil, sedas, caligrafía, mobiliario vario, armas y armaduras, vestimenta, etc. etc. además de numerosas fotografías, grabados y dibujos.

Más, antes de comenzar un recorrido por el museo es necesario indicar que en él está muy presente la figura de fray Andrés de Urdaneta. Este monje agustino no solo encabezó la primera expedición de seminaristas a Filipinas, sino que su fama trascendió por haber sido el que estableció el llamado “tornaviaje”. Esta ruta, que se utilizó durante siglos, marcó a los barcos el rumbo de ida y vuelta entre Filipinas y México, y permitió un continuo trasiego de mercancías y especias de todo tipo que, desde México, terminaban por llegar a España. Itinerario que siguieron buena parte de los preciados objetos que se exponen en el Museo, entre los que se encuentran los famosos mantones de Manila que, en realidad, proceden de Cantón o la provincia de Fukien, ambos enclaves en suelo chino.

Entremos en algunos detalles sobre este interesante viaje: en 1559 Felipe II escribe desde Valladolid una carta a Urdaneta en la que pide al que antes fue experto marino (que incluso navegó junto a Juan Sebastián el Cano), que condujera las naves reales desde Méjico (que es donde estaba el agustino), hasta Filipinas y que las hiciera regresar con éxito: le estaba pidiendo que hiciera un viaje de ida y vuelta que hasta entonces jamás se había realizado. Y así se llevó a cabo en el año de 1565. El viaje de ida y vuelta se hizo  por rutas distintas, para aprovechar los vientos favorables a las velas de las naves.

El museo tiene, además, un valor añadido: el edifico en el que se halla emplazado… Pero, pasemos a deambular por sus salas, deteniéndonos con detalle en algunas de sus piezas.

 

La sede del museo está en el edificio neoclásico que comenzó a construirse en 1759 siguiendo los planos del afamado arquitecto Ventura Rodríguez. Este arquitecto tiene numerosa obra pública y religiosa en toda España: Palacio de Liria, fachada de la catedral  de Pamplona, culminación del Pilar de Zaragoza, capilla Real de Madrid, balneario de las Caldas, etc. etc.

 

Pasillos y claustro, en el que se ha instalado un busto del padre Manuel Blanco, importante botánico del siglo XIX. Describió más de dos mil especies de la flora filipina y su obra tiene el especial valor de indicar las aplicaciones culinarias y medicinales de cada especie.

 

Entrada al  Museo.

 

Blas Sierra, director del Museo, en una de las salas de China destaca un  dibujo sobre papel, titulado “Carpas remontando una cascada”, de la Dinastía Ming, que gobernó China entre 1368 y 1644, en el que se ve una gran carpa que  parece  pretender alcanzar la luna anaranjada que preside el cuadro,  mientras que las olas, casi unas garras, tratan de atraparla impidiéndola cumplir su sueño. Es, en definitiva, una metáfora que representa la lucha contra los obstáculos que el ser humano ha de superar para conseguir  sus deseos.

 La pintura está muy influenciada por el taoísmo, que muestra su amor y sensibilidad por la naturaleza. A buen seguro que el cuadro lo pintó algún monje budista que, al igual que otros pintores y poetas, escogió para su “fugis mundo” –cual anacoretas- las montañas o las orillas de los ríos. Dice la leyenda que se comunicaban entre ellos a través de las carpas: depositaban un mensaje en la boca del pez para que este lo llevara hasta otro eremita asentado en alguna montaña o en otro remoto lugar de la orilla de algún río. 

 

Y como en todo cuadro chino que se precie, se verá una muestra de caligrafía –los ideogramas-, que representa el arte de escribir. Pero en lo que a caligrafía se refiere nos fijaremos en otras muestras.  En China, la caligrafía y la pintura persiguen la misma cosa. El arte de escribir es la exhibición de la libertad de movimientos. La mano del calígrafo –del pintor- traza los ideogramas moviendo su muñeca como si se tratara de pasos de danza. En la cultura china, una pintura con caligrafía adquiere más valor que una pintura sin ella. Es más, con frecuencia, los cuadros son, en realidad, únicamente ideogramas: representaciones del arte de la danza, del ritmo, de la libertad. La caligrafía es el arte de danzar sobre el papel. Y de este arte de la caligrafía ofrece el museo diversas y bellas muestras. Algunos de los lienzos no han podido ser traducidos por tratarse de dialectos  chinos ya extinguidos.

 

En las salas de Filipinas, un Santo Niño de Cebú, realizado en madera, oro y plata por un orfebre chino hacia 1760 por encargo de los misioneros Agustinos-Filipinos, reproduce la imagen original de este Niño –realizada únicamente en madera- que se conserva en la Basílica del Santo Niño de Cebú, propiedad de los mismos frailes. La talla original, símbolo de los Agustinos, la portaba Magallanes cuando recaló en Filipinas, allá por 1521,  y se la regaló a una princesa de la isla que se encaprichó de la talla.

 

Y no podían faltar los kimonos japoneses en el museo. De entre ellos se puede destacar el “Kimono con cerezo en flor”. Realizado en el siglo XIX, está pintado y bordado en seda y oro. La prenda ofrece las tres artes más características del Japón: el arte textil, el de bordar y el de pintar. Representa el espíritu japonés: el kimono, la floración del cerezo, el renacer de la vida –las flores- en pleno invierno aún cuando parece que el árbol está totalmente muerto. Pero también advierte de lo efímero de la vida y la belleza, pues estas delicadas flores invernales pronto caerán abatidas por el viento. La flor del cerezo es, en realidad, corta como la vida del samurai. Una vida corta pero intensa que, sin embargo, ha merecido la pena, porque la flor y el samurai han luchado y vivido por algo.

 

 Buda Sakyamuni, realizado en China en bronce.

 

Avalokitesvara, dinastía Ming (1368-1644). Se trata de uno de los santos del budismo, que aún preparándose para llegar a la categoría de Buda no logran alcanzar su objetivo.

 

Traje de dragones, bordado en seda, es del siglo XIX.

 

Colección de armas de Mindanao (Filipinas).

 

Marfiles hispano-filipinos: en este caso se trata de figuras para ser vestidas.

 

Armadura japonesa de hierro, laca,  cuero y seda. Realizada en el siglo XVII.

 

Vitrina de marfiles chinos. Obsérvese en uno de ellos el  detallado trabajo para representar escenas de una batalla.

 

 

Entre tantísimos objetos curiosos que alberga el Museo está la espada del general Jáudenes, que en nombre de España rindió Filipinas en 1898.

 

NOTAS. El museo está en el Real Colegio de PP. Agustinos, sito  en paseo de Filipinos, 7 Valladolid. HORARIO: de 16 a 19 horas de lunes a sábados. Domingos y festivos de 12 a 14. Por las mañanas, sólo grupos concertados.  Teléfonos 983 306 800 y 900

PASEO ENTRE ÁRBOLES: DÍA MUNDIAL DEL ÁRBOL

Las viejas huertas de los conventos, las riberas de ríos y canales, y los parques, aportan a Valladolid  un valioso patrimonio natural formado por los árboles. Pero estos testigos vivos y en continua evolución, también se prodigan por calles y plazuelas.

En las  últimas décadas Valladolid ha incrementado de forma exponencial sus parques y zonas ajardinadas, creando una mancha ecológica que supera incluso las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud en cuanto a los metros cuadrados de zona verde que debe disponer cada habitante. La estadística dice que en Valladolid hay casi 20 metros cuadrados por persona (la OMS recomienda 15). Eso referido solo a jardines digamos urbanos. Si incluyéramos el Pinar de Antequera, la Fuente El Sol y las riberas de ríos y canales, tendríamos que decir que cada vallisoletano dispone de 90 metros cuadrados de zona verde y arbolada.

Cabe anotar que buena parte de esos jardines urbanos se han tenido que hacer en zonas periféricas de los barrios: Canterac, La Salud, Ribera de Castilla… pues la brutal especulación urbanística de los años 60 y 70 ocupó prácticamente todo el suelo urbanizable de los barrios de Delicias, Pajarillos y Rondilla (entre otros), haciendo imposible crear buenas zonas verdes entre el callejero de esos barrios.

Pues bien, contado esto, y tomando como disculpa que el día 28 de junio se celebra el Día Mundial del Árbol, vamos a dar un paseo buscando algunos de los árboles y jardines más interesantes de Valladolid ciudad, no sin advertir que esta propuesta no agota en absoluto todas las posibilidades de disfrutar de nuestros árboles y jardines.

 

Plátanos de la plaza Circular. Son sin duda los más imponentes de Valladolid. Esta plaza se construyó una vez que se soterró la Esgueva que pasaba por aquí buscando la actual calle de Nicolás Salmerón. En la plaza había un puente que aún se conserva en el subsuelo.

 

El Campo Grande es sin duda es el gran jardín botánico de la ciudad. Pero no vamos a detenernos especialmente en él, sino que vamos a buscar un par de ginkos  que hay en la zona de juegos infantiles presidida por un gran barco de madera, junto al Paseo de Zorrilla. No será fácil verlos y para ello hay que fijarse en las ramas altas que despuntan de entre el resto de árboles. El ginko, llamado también árbol de los abanicos por la forma de sus hojas, se considera acaso el árbol más antiguo de la humanidad que se conserva. A esta conclusión se ha llegado por encontrarse sus hojas junto a antiguos fósiles.

 

El árbol del amor, o de judas (que tan contradictorios nombre tiene), ofrece una espléndida floración en primavera. El nombre de judas viene dado por que se dice que en un ejemplar de ellos se ahorcó Judas, desesperado por su traición a Jesús en el huerto de los olivos. Este ejemplar está en la calle Núñez de Arce –en el jardincillo de la Fundación Segundo y Santiago Montes-.

 
Cipreses de la plaza de la Universidad. Se plantaron para simular las columnas de la antigua colegiata que aún ofrece buena parte de su torre y algunos muros. El ciprés es un árbol cargado de simbolismo asociado a la unión de la tierra y el cielo, y a la vida. Los romanos los plantaban en los caminos y delante de las casas que ofrecían alojamiento a los viajeros. Realidad o leyenda, se dice que con la madera de ciprés se construyó el arca de Noé y parte del templo de Salomón.

 

Curiosísimo ejemplar de higuera que medra en las paredes de piedra del pozo que hay en el patio del palacio de Fabio Nelly, actual sede del Museo de Valladolid.

 

Pasaje del Voluntariado, tras la iglesia de San Benito. Un gran tejo preside el espacio, en el que también se pueden ver tilos y algún saúco. El tejo es el árbol sagrado de los celtas debido a su longevidad. De hecho, los cementerios se construían junto a algún ejemplar de este árbol hasta que en la cristiandad fue sustituido por el ciprés. Otro tejo hay en la plaza del Viejo Coso. En la segunda imagen hay un ejemplar de saúco y se puede ver la estructura del antiguo frontón de la calle Expósitos: un lugar mítico de Valladolid cerrado al público desde hace muchos años.

 

En la plaza de San Pablo, un cedro plantado en 1880 actúa de escenario para la escultura de Felipe II: erigida en 1964,  es una copia del original de Pompeo Leoni.

 

La plaza de la Trinidad ofrece también dos buenos ejemplares de cedros, que junto a los plátanos, dan sombra a la columna central de la plaza que no es sino un adorno que antes estuvo embelleciendo la Fuente Dorada.

 

Las Moreras dan buenas oportunidades para observar diversos árboles. En el antiguo vivero, llamado de San Lorenzo y hecho en los años 60 del siglo XIX, hay un raro pinsapo (árbol endémico de las sierras mediterráneas de España). 

 

El paseo de las Moreras muestra los mejores ejemplares de sauces de Valladolid: árbol de hoja caduca que parece aspirar a tenerla perenne, pues apenas termina de tirarla en invierno cuando ya muestra los brotes de las nuevas hojas. El nombre de Moreras viene de la gran plantación de moreras que se hizo en tiempos pasados, cuando la confección de seda era una industrial boyante (y protegida por los reyes), y había que alimentar a los gusanos de las que se extraía el material con que confeccionar tan delicada tela.

 

Lugar tradicional donde pasar los días soleados del invierno (los de verano se solía ir al Prado de la Magdalena), la chopera de las Moreras viene del siglo XVIII, cuando la Asociación Económica de Amigos del País, que  propiciaba obras y actividades para modernizar España y mejorar las condiciones higiénicas de la población, consideró saludable para la aireación de Valladolid plantar árboles en el Espolón Nuevo (detrás del palacio de los condes de Benavente –actual sede de la biblioteca de Castilla y León en la plaza de la Trinidad), cosa que se llevó a efecto en la década de los 80 del s. XVIII.

 

Y buena forma de rematar este paseo es hacerlo delante de la secuoya del Canal de Castilla. Plantada junto a una casa llamada “tirolesa o suiza” por su forma y adornos, mide 36 metros. Se trata de uno de los cerca de 150 árboles que existen en  el Catálogo de especímenes vegetales de singular relevancia de Castilla y León.