LAS FUNDACIONES DEL CONDE Y DOÑA EYLO

La huella del conde Ansúrez en Valladolid  (I)

 En palabras de Julio Valdeón, “trazar una biografía del conde Ansúrez es una tarea poco menos que imposible pues (de nuestro personaje) apenas sí tenemos otra cosa que unas escuetas referencias cronísticas (…) No obstante quizá lo más interesante al estudiar la figura del repoblador de Valladolid no sea tanto intentar penetrar en los pormenores de su peripecia vital, tarea por lo demás imposible, sino recrear aquella época que tanta transcendencia tuvo para el desarrollo de nuestra villa, y situar en la misma al conde don Pedro.”

Fernando Pérez Rodríguez-Aragón –Conservador del Museo de Valladolid-,   dice que  “El conde Pedro Ansúrez se convirtió en el más importante de los nobles del reino, ocupando el primer lugar entre los magnates en los diplomas emanados de la cancillería del rey”.

La figura del fundador, repoblador, poblador o impulsor (que de todas estas formas podríamos calificarlo) nos ha llegado cargada de muchas leyendas y tradiciones que no se pueden cotejar por la ausencia de documentación que las corrobore.

Pero lo más importante de nuestro conde y su esposa Doña Eylo no es tanto qué construyeron, sino que merced a su quehacer e influencia en la corte del Reino de León,  legaron un Valladolid que con el tiempo alcanzó la mayor importancia en la historia de España. Como diríamos ahora: puso Valladolid en el mapa.

Mas, cierto es que hay algunas construcciones vinculadas al conde, bien porque se levantaran en vida de él, bien porque fueron producto de su iniciativa.

Y por ellas vamos a pasear con los ojos bien abiertos.

Sendas imágenes del conde y la condesa que presiden el salón de Plenos del Ayuntamiento de Valladolid. Son de finales del siglo XIX y de autor desconocido.

La torre de la Colegiata ansuriana que ha llegado hasta nuestros días es,  bastante retocada, la puerta de entrada a la iglesia que, efectivamente se levantó en vida de los condes. Se consagró en mayo de 1095 con la presencia del mismo rey y los principales nobles del reino, amén de buena parte de la jerarquía católica de entonces.

La colegiata de Santa María la Mayor, que así se llamó, tuvo un trazado románico propio de su época, pero apenas dos siglos después se destruyó para construir otra gótica, hasta que ya en el siglo XVII de la mano de Juan de Herrera se levantó la iglesia catedralicia que ahora vemos.

De cómo fue aquella primigenia colegiata poco se sabe. Es más, a partir de las interpretaciones de lo poco que se conserva y su entorno, se puede llegar a conclusiones muy dispares. De hecho, dos prestigiosos arquitectos vallisoletanos que se han detenido en estudiar el tema ofrecen estas dos versiones de la colegiata: Javier Blanco considera que era un edificio de una sola nave con cubierta abovedada de 6,50 metros de anchura y unos 10 de altura; mientras que Óscar Burón se inclina por describir un edificio de tres naves de 17,45 metros de anchura interior y unos 45 de longitud.

En cualquier caso sí parece claro que la torre era la puerta de acceso al edificio y seguramente estaba coronada con un cuerpo de campanas. Mas, no hemos de dejar de anotar que algún estudio reciente muy concienzudo apunta a que tal vez la torre actual sea una construcción posterior a la propiamente ansuriana.

Es muy interesante también saber el porqué de la construcción de la colegiata en este enclave: ¿Por ser el punto más alto de la villa? ¿Porque no había sitio en la población que se encontró el conde? ¿Porque  aún eran visibles las ruinas de una antiguo asentamiento romano, y por tanto un lugar noble?…

Lo que se conserva de la torre (con bastantes modificados) románica, y a a derecha restos de la colegiata gótica.

Dibujo del arquitecto Javier Blanco según su versión de cómo pudo ser la Colegiata ansuriana. A la izquierda, puentes sobre la Esgueva.

 

Cabe suponer que la iglesia de Santa María de la Antigua también se construyó en vida del conde, considerándola por parte de los historiadores clásicos como la capilla del palacio condal. Mas,  con toda seguridad carecía de torre: la que ahora vemos es del siglo XIII o muy de finales del XII. No obstante, de la Antigua no hay noticia documental hasta 1177, es decir 59 años después del fallecimiento del conde. Lo cierto es que solo esta y el pórtico son los restos  románicos que  de la iglesia se conservan, pues  dos siglos después tuvo numerosas reformas; y la actual que vemos es una reconstrucción completa neogoticista de principios del s. XX (a excepción de la torre y el claustro, como ya hemos dicho).

Imágen de la actual iglesia de la Antigua y cómo, en realidad, debió ser la que se construyó en tiempos de Ansúrez: se trata de la iglesia de Santa María de Riaza, Segovia.

Sin duda el puente Mayor de Valladolid es el que más literatura ha conocido y alguna que otra leyenda (como que su construcción se debe al mismísimo Satán). La tradición viene atribuyendo su erección al moro Mohamed por mandato de la condesa Eylo, en los años en que su esposo estaba junto al rey Alfonso VI en el asedio de Toledo; y después fue ensanchado por Ansúrez. De la existencia de un puente sobre el Pisuerga (o río Mayor) hay noticias en 1114 y más tardías en 1188, más ninguna de ellas nos permite afirmar que se tratara de un puente de piedra. Recientes estudios, como el de “La arquitectura de Puentes de Castilla y León 1575-1650” realizado por Miguel Ángel Aramburu-Zabala Higuera, se inclina por dar como fecha de construcción (en piedra) hacia el siglo XIII.

No obstante, lo cierto es que no existe un trabajo a fondo que haya estudiado y documentado el puente Mayor.

Cuenta la tradición que cuando el conde recaló en Valladolid después de que Alfonso VI le cediera estas tierras había dos iglesias: San Pelayo (luego San Miguel) y San Julián. Pero esto también se envuelve en la bruma ante la falta de documentación, pues cuando el conde llegó ¿qué había aquí?: ¿Una pequeña aldea dependiente de Cabezón? ¿Una simple granja agrícola y ganadera? ¿No había nada y el conde levantó las primeras construcciones? En fin, en estos dilemas se debaten los historiadores contemporáneos.

La medievalista Adeline Rocquoi sostiene que a la muerte del conde había cuatro iglesias: Santa María de la Antigua, la colegiata, y las antes citadas.

Por otro lado  Pérez Rodríguez-Aragón relata que cotejando la escasa documentación de la época, “Pedro Ansúrez no menciona expresamente que estas iglesias hubieran sido fundadas por él; pero tampoco se dice lo contrario. Sin duda por aquel entonces ya eran de su propiedad, y al no existir tampoco testimonio de que las hubiera adquirido de un propietario anterior, es muy posible que San Julián y San Pelayo sean fundaciones de su tiempo”.

La gran obra del conde  en realidad fue, como ya hemos dicho, la fundación o engrandecimiento de Valladolid. Eso se tradujo en la construcción de las iglesias comentadas y posiblemente la celebración de mercado regular (aunque la verdad es que este mercado no aparece en documento alguno hasta 1152). Tener mercado, merced a una concesión real, suponía mucho para una población, pues además del impulso de la economía, atraía comerciantes y artesanos que se establecían en la villa. Sí parece que el entorno de la colegiata se convirtió en el lugar más importante de Valladolid, lo que se tradujo en la aparición de un nuevo barrio, el llamado de las Cabañuelas. También se conoció como el barrio de francos y, de hecho, hasta el siglo XX la actual calle Juan Mambrilla se llamaba de Francos.

¿Ese nombre obedece, tal como relata Juan Agapito y Revilla,  al asentamiento de soldados franceses en Valladolid que vinieron a España en ayuda del Alfonso VI para la conquista de Toledo y posterior contención de la arremetida de los almorávides contra los reinos cristianos? ¿O fue producto de que poco a poco se fueron asentando comerciantes, soldados, extranjeros que en general recibían el tratamiento de “francos”?…

Actual calle Juan Mambrilla, antiguamente llamada de Francos, en el barrio que comenzó a crecer en tiempos de Ansúrez.

Cómo sería la vista de Valladolid con su barrio de las Cabañuelas, según dibujo de Javier Blanco.

Si hiciéramos caso de la tradición, de algunos historiadores antiguos, así como de uno de los grabados que hay en la tumba del conde, a éste le debemos también  dos hospitales, la primigenia iglesia de San Nicolás, e incluso una casa de mujeres emparedadas: es decir mujeres separadas que entraban en clausura. Ninguna de estas supuestas fundaciones condales se sostiene con la documentación en la mano.

No hay tampoco seguridad de que el matrimonio Eylo-Ansúrez dispusiera de palacio residencial, como tradicionalmente se ha venido atribuyendo al antiguo Hospital Esgueva. De esta fundación hospitalaria sabemos que en marzo de 1208 se cita la existencia de una “confratrie de Aseua” (cofradía de Esgueva). A mayor abundamiento, ya sabemos que el Pedro vinculado documentalmente al hospital era en realidad el abad de la colegiata; y que la fundación del hospital se puede situar hacia 1178: es decir, en ningún caso en vida del conde.

De cualquier manera, de haber existido un palacio condal no es el edificio del hospital, ni mucho menos, sino que este se levantaría, en todo caso,  sobre el solar del palacio ansuriano.

Un palacio del que se ha llegado a decir que precisamente la Antigua era su capilla. ¿Por qué la duda? Por dos razones: no parece lógico pensar en un edificio suntuoso cuando los periodos de residencia de los condes en Valladolid eran más bien escasos, pues sin duda pasarían más tiempo en la corte de León (donde el padre de Ansúrez tenía su palacio),  en Toledo (donde se ubicó la corte de Alfonso VI tras su conquista en 1085), o en Sahagún, era donde el matrimonio tenía el centro de sus posesiones, y por Valladolid recalaban cuando tenían que resolver  problemas de administración de la villa.

Fotografías del Hospital Esgueva, derribado en los años 70, y detalle de su frontispicio. Y azulejo del hospital conservado en el Museo de Valladolid.

Desde luego, la colegiata es la gran obra de los condes, no tanto por lo que queda, sino por la naturaleza misma de la iglesia. Lo diré muy coloquialmente: la colegiata era la “hucha” de la familia. ¿Qué significa esto?

El matrimonio fue haciendo muchas donaciones a la colegiata: tierras de cultivo, solares, pastos, montes, tercias, viñas, ganado, municipios (con sus rentas), molinos, ermitas,  iglesias, etc. Buena parte de los documentos más antiguos que se conocen de Valladolid  tratan sobre transacciones relacionadas con Santa María la Mayor. Esta iglesia queda bien asegurada que es propiedad del  conde (de los condes más bien), que a su vez, cuando marcharon a Urgel,  la pusieron bajo la protección del Papa –que recibía rentas por este cometido-, para impedir que ni el mismísimo rey se pudiera apropiar de la colegiata. Cuando regresaron, digamos que la recuperaron rescatándola de la protección papal.  Las donaciones a la colegiata y la forma de administrar los ingresos de sus enjundiosas rentas impedían que los descendientes  trocearan la propiedad, y al mismo tiempo era una forma de fortalecer el clan familiar, pues no se podía dividir y obligaba a llegar a acuerdos entre los descendientes.

En definitiva, lo importante de la vida del conde Ansúrez es el desarrollo que conoció  Valladolid: resultó sorprendente, teniendo en cuenta que aquella aldea del siglo XI no tenía ninguna importancia política o comercial; no estaba en el camino de Santiago; carecía de fortificación alguna (como sí disponían Simancas y Cabezón); no era sede de ningún obispado… es decir, era un villorrio llamado al olvido. Destino que cambió a partir de la presencia del conde Ansúrez y que terminó por ser, años más tarde de la muerte del repoblador, la villa en la que los reyes fijaron sus ojos y, con frecuencia, también su residencia. Desde entonces, aunque en esto  no nos vamos a detener porque es otra historia, Valladolid fue el centro de la política en España, Y para ilustrar esta afirmación dejaremos anotado el trascendental acontecimiento de que en Valladolid en 1217  Doña Berenguela fuera reconocida como reina de Castila. Corona que, inmediatamente, traspasó a su hijo Fernando III el Santo que, años más tarde ostentó también la corona del reino de León.

 

Según los planos históricos de Valladolid, arriba, la villa a finales del XI y, más que triplicada su superficie, en el siglo XII. En el círculo destaco el barrio de las Cabañuelas, en torno a la Colegiata y la Antigua.

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TIERRA DE CAMPOS: TIERRA DE CAMINOS

Tierra de Campos tiene tal extensión que bien podría equipararse a algunas  regiones españolas.  Enorme comarca que, además de Valladolid,  abarca las provincias de Palencia, Zamora y, en menor medida, León e incluye numerosos municipios.

Por estas tierras pasaron vacceos, romanos,  godos y musulmanes: todos buscando el granero que asegurara la alimentación de sus ciudades y ejércitos.

Tiene la comarca diversas señas de identidad que, cada una por separado, serían suficientes para seguir un itinerario verdaderamente  interesante: el canal de Castilla;  el popularmente conocido como tren burra, con ramales que ascienden hasta Villalón para desviarse hacia Palencia por Villada (u otro que toma la dirección de Palanquinos, ya en tierras leonesas);  u otro camino, cual es el de Santiago de los peregrinos procedentes de Madrid; sin olvidar el rastro que en esta comarca dejaron los segadores gallegos; o los singulares palomares (difícil será ver dos iguales a pesar de su gran número); quizá las torres exentas de antiguas iglesias ya desaparecidas que son verdaderos miradores de Campos; o el rastro de los molinos de viento que hubo por estas tierras…

La extensión de esta comarca es tal, y tan diferentes sus direcciones, que abarcarla en un solo viaje sería tarea imposible. De hecho, Jesús Torbado en su magnífico relato sobre Tierra de Campos, necesitó un libro entero con docenas de itinerarios distintos para recorrerla. En mi caso es más modesto el propósito: me limito a iniciar un viaje por un una esquina de la comarca.

Un itinerario que sigue el rastro  de Alejo de Vahía, un  poco conocido  escultor del s. XV que tiene casi toda su obra repartida por la zona terracampina que vamos a recorrer, amén de las ciudades de Valladolid y Palencia, además del Museo del Louvre. Por buena parte de las localidades que recorreremos hay obra de Alejo: Rioseco, Moral de la Reina,  Cuenca de Campos, Paredes de Nava, Fuentes de Nava, Becerril y Ampudia. Además,  el recorrido que haremos nos permitirá confluir con los Berruguete, padre e hijo, artistas nacidos en Paredes de Nava y cuya obra se corresponde con el siglo XVI.

Por este rincón terracampino hay poblaciones de un sorprendente patrimonio histórico, artístico y monumental que da fe de la enorme importancia económica y política que llegó a tener Tierra de Campos.

 

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Medina de Rioseco será nuestro punto de partida. La dársena del canal de Castilla, símbolo de la importancia económica que en otro tiempo tuvo Tierra de Campos, con la magnífica fábrica de harinas San Antonio. Rioseco, al igual que  Paredes de Nava, bien se merece un detenido paseo por la cantidad y belleza de su patrimonio.

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En Moral de la Reina las ruinas de la iglesia de San Juan, con restos mudéjares del s. XV e importantes reformas del XVIII, ofrece un llamativo doble pórtico. En el del interior y sobre el arco de la puerta,  un curioso detalle ornamental que incluye la figura de un gato.

 5 La comarca de Tierra de Campos es la que tiene más palomares en toda la Provincia. Imagen tomada desde la torre de los Santos Justo y Pastor de Cuenca de Campos-crop

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Panorámica de palomares desde la torre (no accesible al público) de la iglesia de los Santos Juanes, de Cuenca de Campos. En la misma iglesia se instaló un modesto museo diocesano cuya visita hay que convenir previamente,  y en él que hay algunas piezas de Alejo de Vahía, como este ángel portante. En Rioseco se podría haber visitado la iglesia de San Pedro, en cuyo retablo principal se expone una sobresaliente Virgen de la Leche, de este mismo escultor.

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Entre señalados monumentos, como su magnífico rollo, Villalón de Campos tiene este curioso Ayuntamiento de 1928.

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Camino de Fontihoyuelo, uno de los pueblos más pequeños de Tierra de Campos está, aún en término de Villalón, la ermita de la Virgen de  Fuentes. De Tierra de Campos se ha transmitido la imagen de secano, pero lo cierto es que tiene numerosas fuentes manantiales. Incluyo Fontihoyuelo presume de laguna.

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 Alomado paisaje de los inmensos campos cerealistas que, como el mar, su color va cambiando con las horas del día y las estaciones del año.

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Villacarralón tiene diversos edificios notables, como este antiguo hospital. Raro es la población de la comarca que no tuviera un hospital. Al pie de la torre de San Pedro, un mural muestra el rechazo que muchas personas mostraron en su día a la posible instalación en la comarca de un cementerio nuclear.

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Sendas construcciones en adobe, muy características de la comarca.

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En la estación de Villada, hasta donde llegara el tren burra, se rinde recuerdo al terrible accidente ferroviario ocurrido en 2006: la población de Villada se volcó en las tareas de rescate y ayuda a las víctimas.

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En Cisneros se pueden ver antiguos silos del extinguido Servicio Nacional de Cereales. Muestra fehaciente de la importancia que tuvo, y tiene,  el cereal en Tierra de Campos.

 

 

100 La magnífica iglesia de Santa Eulalia habla de la grandísima importancia que tuvo Paredes de Nava. El edificio, a cuyo pie se levanta un monumento en recuerdo de Jorge Manrique, hijo de esta localidad, acoge un esplendido museo con obras, entre otros, de Alejo de Vahía, y de Pedro y Alonso Berrugete,  nacidos en Paredes.

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Emprendemos camino hacia la nava. Pasamos por Fuentes de Nava, que tiene una airosa torre de 65 metros (iglesia de San Pedro, del XVI), y tomamos la dirección de Mazariegos. La carretera pasa por medio de la Laguna de la Nava. Hay algunos observatorios señalizados y también se puede hacer senderismo si nos queremos meter más en la laguna.  Lo que ahora se ve es una recuperación artificial de la antigua nava, que llegó a ser conocida como el Mar de Campos. Pero aún así, se considera uno de los humedales más importantes de la Península para la avifauna acuática. En Fuentes de Nava hay un centro de interpretación.

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Llegados a este punto, hay dos opciones, volver hacia Fuentes para tomar la carretera hacia Becerril de Campos, o dejar esta población, imprescindible, que fue donde Alajo de Vahía tuvo su taller, y ahora  el Museo de Santa María, ofrece abundante obra del entre otros.

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Pero,  hagamos una cosa u otra, habremos de  tomar el  camino hacia Ampudia. Para ello pasaremos por Pedraza de Campos (siempre acompañado el viaje de palomares), y Torremormojón. Esta última población ofrece un agudo cabezo que en su día estuvo coronado por una fortificación. En cualquier caso, es más que probable que este gran “mojón” fuera una imprescindible orientación para los viajeros de otra época, y para los segadores que, desde Galicia, bajaban a Tierra de Campos: desde lejos, y caminando, cuando  vieran esta referencia geográfica, estarían seguros de ir por la buena dirección.

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Ampudia, que ya apunta a Torozos,  será el  final del viaje. La airosa torre de San Fructuoso, del s. XVIII  (que nos recuerda a la de Fuentes) y el castillo dan la bienvenida. Un paseo por esta localidad nos permitirá discurrir por la Corredera,  una de las calles porticadas más interesantes de España.

 

Ubicación de Tierra de Campos en el mapa de España.

NOTA: recomiendo ver en este blog la entrada: Alejo de Vahía, enigmático escultor. En Becerril de Campos.

MUSEO DEL PAN

En Mayorga, en plena Tierra de Campos vallisoletana fronteriza con León, la Diputación Provincial de Valladolid ha promovido el Museo del Pan. Un municipio sin duda apropiado por cuanto nos hallamos en un rincón de esta extensa comarca en la que la producción de cereal, trigo en especial, es una tradicional seña de identidad.

El museo se construyó en 2009 y lleva la firma del arquitecto Roberto Valle, que se empleó a fondo para que el edificio de la vieja iglesia de San Juan, ampliada con una moderna construcción, permitiera albergar las instalaciones museísticas.

El pan ha sido durante siglos la base de la alimentación en España, por lo que el trigo y su panificación han sido de extraordinaria importancia. Y si de algo puede presumir Tierra de Campos, comarca en la que Valladolid tiene buena parte de su territorio, es de sembrar excelentes cereales y hacer buen pan.

Tan importante ha sido el pan en la alimentación que hasta ha motivado motines entre la población cuando este subía de precio. En junio de 1856 las clases populares explotaron ante la carestía del pan (aunque no solo por eso), y en muchas poblaciones. En Valladolid la gente salió a la calle: quemó molinos y asaltó panaderías. Aquella tremenda revuelta se saldó en la capital con la ejecución de veintiún hombres y dos mujeres, cientos de detenidos y otros cuantos que murieron en las cárceles.

El pan de Valladolid ha sido incluido como alimento protegido de Castilla y León, por lo que tiene marca propia desde hace unos cuantos años. Y de entre todos los tipos de pan destaca el candeal, nombre que le viene de un trigo muy utilizado desde hace siglos. Se trata de un pan que se puede documentar en la Alta Edad Media. A este característico pan de Castilla también se le conoce como sobao o bregado

Como no puede ser de otra manera, el logo del museo es un pan lechuguino. El pan lechuguino es el pan más característico de Valladolid: tiene forma de hogaza redonda y aplastada, de apretada miga y fina corteza ligeramente tostada. Un pan que puede aguantar varios días para ser consumido.

Por cierto, no dejar de dar un buen paseo por Mayorga.

 

El museo ha utilizado San Juan,  una iglesia mozárabe del siglo XV.

 

Sala principal del museo, en la que se pueden ver diversos objetos relacionados con el pan, entre ellos un molino cedido por la Fábrica de Harinas Emilio Esteban, sita en el valle del Esgueva.

 

Recreación de un horno tradicional, en los que hasta no hace tanto se hacía el pan. El museo también dispone de un moderno horno que las visitas guiadas pueden ver funcionar e incluso participar en la elaboración del pan.

 

Sellos con los que antes los panaderos personalizaban su producto.

 

Diversos aperos y utensilios que intervienen en la recolección del trigo.

 

Extenso muestrario de tipos de trigo.

 

Una muestra en miniatura y murales de diversos tipos de molinos.

 

Sistemas de moler a mano, como estos molinos primitivos: de mortero, de piedra (que ya se usaba hace 11.000 años), o rotativo.

 

Diversas salas, paneles y objetos que se pueden ver en el museo y que contribuyen a una visita que ilustra y entretiene, de la que se sale con un aceptable conocimiento de todo el proceso de elaboración del pan.

 

Una auténtica colección de bregadoras. El término bregadora no lo vamos a encontrar en los diccionarios, a pesar de ser una palabra muy corriente en Castilla, así como breguín . En definitiva, una máquina para bregar el pan, es decir pasar la masa del pan entre dos rodillos para evitar que entre ella quede aire… Total: amasar. Estas sencillas máquinas también se solían utilizar en las casas que las tuvieran para escurrir la ropa.

 

Frente al Museo, la ermita de Santo Toribio de Mogrovejo, patrón de la población y en cuyo honor se hace todo los años el desfile del Vítor (estandarte), la fiesta más importante del municipio que está declarada de Interés Nacional y  que se celebra cada 27 de septiembre. Conmemora la llegada de las reliquias del santo desde Perú. En esa noche de otoño se apagan todas las luces de la localidad y comienza una procesión que parte de la ermita y recorre las calles con la única iluminación del fuego de cientos de pellejos ardiendo. Se celebra desde el siglo XVIII. En las imágenes, la ermita y un murete decorado,  y una pequeña exposición del Vítor en el interior del Museo del Pan.

 HORARIO. Octubre a marzo: jueves a domingo y festivos de 10,30 a 14:00 h y de 16:00 a 18:00 h.

De abril a septiembre: martes a domingo y festivos de 10,30 a 14:00 h y de 16,30 a 20:00 h.

El centro permanecerá cerrado el 24, 25 y 31 de diciembre, y 1 y 6 de enero.

La entrada general cuesta 4 euros.

NOTA. En este mismo blog: Mayorga, sorprendente patrimonio.

PUENTES SOBRE EL PISUERGA

Tan acostumbrados estamos a pasar sobre los puentes del Pisuerga que terminamos por ignorarlos. Sin embargo, Valladolid tiene puentes de cierta belleza arquitectónica y, otros, cargados de historia. Los senderos que se han ido acondicionando en ambas orillas del río nos facilitan, además,  su contemplación.

Nuestros puentes han servido, unos,  para hacer ciudad, como los que en los años cincuenta se construyeron para “asaltar” la Huerta del Rey;  y otros, como el Mayor y el de Hierro o Colgante, para conectar partes de la ciudad que de antiguo existían y, sobre todo, enlazar con caminos y carreteras.

Valladolid tiene 11 puentes y dos pasarelas peatonales que se han ido construyendo con diversos estilos. No podemos olvidar que son obras de ingeniería y, por tanto, más atentas a solucionar los problemas técnicos y resolver las conexiones viarias.  Aun así en unos cuantos de ellos podemos ver arcos, tirantes  y pilares de muy agradable factura.

No obstante esto de los puentes no es una cosa “pacífica”, pues hay quienes piensa, y no sin razón, que un exceso de puentes destruye la belleza natural que nos ofrece el Pisuerga, pues a pesar de que ha habido demasiada permisividad para levantar edificios exageradamente encima de sus riberas (y especialmente el llamado Duque de Lerma), Valladolid puede presumir de río, de márgenes, de vegetación, y de paseos junto a sus orillas.

Los puentes han dado lugar a números dichos y refranes que no son sino metáforas  para interpretar la vida y las relaciones humanas. Así, empleamos con frecuencia frases como  “tender puentes”, “quemar los puentes”, “a enemigo que huye puente de plata”… o esta bonita frase atribuida a Isaac Newton: “Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes”.

Un somero vistazo sobre los puentes de nuestra ciudad nos da una idea precisa de cómo cambió Valladolid: en 600 años solo se construyeron dos puentes (siglo XIII- XIX): el Mayor y el Colgante; y en menos de sesenta años (1955-2011) se construyeron nueve y dos pasarelas peatonales.

Pues bien, no vamos a pasar sobre los puentes, sino a “disfrutar” de ellos. Por tanto, cuando atravesemos el río, invito a que dediquemos unos minutos a observar los puentes que queden a nuestra vista.

Es necesario indicar, cuando hablemos de cada puente, que no siempre hay coincidencia entre los datos que se manejan en las diversas fuentes que he consultado: hemeroteca, archivo municipal, paneles informativos y publicaciones. Me refiero a, por ejemplo, fecha de inauguración, de apertura al público o incluso longitud (pues depende de qué se considere el puente: si solo su voladizo sobre el agua o los accesos también, etc).

 

El puente Mayor,  cuya construcción en piedra hay que situarla más bien en el siglo XIII,  parece que en origen tuvo una construcción alomada (muy propia de los puentes románicos) y no rasante, como ahora lo vemos. A lo largo de su historia  ha sufrido numerosas reformas y reparaciones producidas por daños causados por riadas, por adaptaciones al tráfico o por la famosa voladura de varios arcos que provocaron los franceses en 1812. Tiene 10 arcos  y una longitud de 153 metros. El dibujo está tomado del libro de Ventura Pérez y refleja como sería el puente en el siglo XVIII.

 

 

Siguiendo el orden cronológico, el segundo puente que cruzó el Pisuerga fue el de Hierro, de Prado o Colgante, descrito en su día por la prensa como “modelo de solidez y elegancia”.  Su construcción se remonta al año 1865.   La estructura la realizó la empresa John Henderson Porter,  en Londres. Tiene una longitud de 75 metros. Entonces, el viejo Monasterio de Nuestra Señora de Prado ya estaba reconvertido en cárcel. Por eso, en ocasiones se hablaba del “puente del presidio”: de hecho, hasta la construcción de este puente, había un servicio de barcaza entre una y otra orilla que prestaban presidiarios de confianza. Un puente que, según las crónicas, estaba llamado a “prestar muy buen servicio a nuestra ciudad y a muchos pueblos de la provincia situados al otro lado del río”. Su construcción, más cabría decir ensamblaje de las vigas de hierro  apoyadas sobre los sólidos pilares de hormigón,  fue realmente rápida, pues si en junio de 1864 se habían acopiado junto al río los materiales de obra, en abril del año siguiente, exactamente el día 11, se hicieron las pruebas de carga para a continuación abrirlo al público, previa inauguración llevada a cabo el 19 de aquel mes de 1865.

 

 

El tercer puente sobre el Pisuerga, llamado de Isabel la Católica (nombre oficial), José Luis Arrese (ministro de Vivienda)  o del Cubo (por estar a la altura del viejo puente del Cubo que cruzaba sobre la desembocadura del Esgueva en este punto de la ciudad). En 1956  ya estaba abierto al tráfico de vehículos pero sabemos que el 25 de diciembre de 1955  ya se permitió el paso de peatones.  Mide 110 metros y,  como el del Poniente,  fue proyectado por el Sargento de Ingenieros Luis Díaz Caneja Pando.

 

El puente del Poniente, o  de González Regueral (nombre oficial del puente y alcalde de Valladolid entre 1949 y 1957), fue otro de los que se pensaron para dar el salto al otro lado del río sobre los terrenos de la Huerta del Rey. El  último día de febrero de 1957 los vallisoletanos comenzaran a pasar por el puente de 131 metros de longitud que se bautizó como de Vicente Mortes (a la sazón ministro de Vivienda entre 1969 y 1973).

 

 

Puente de García Morato (militar), que es como se le conoció desde el principio) o de Sánchez Arjona (ministro de Vivienda entre 1960 y 1969). Su nombre correcto, de reciente acuerdo, es de Adolfo Suárez. Mide 200 metros.  En septiembre de 1967 se llevaron a cabo las pruebas de resistencia y el día 9 de octubre de 1967 se inauguró este  quinto puente de la ciudad: “cinco puentes y sobre el Pisuerga y el sexto en proyecto”, relató la crónica de El Norte de Castilla. (Ripio de Ansúrez publicado  en su día en El Norte de Castilla)

 

Arturo Eyríes (responsable de servicios militares de Farmacia), de la División Azul, del Palero, o del Doctor Quemada –que es su nombre oficial-  es el sexto puente. Fue de iniciativa privada puesto que esta fue la condición del Ayuntamiento para que los promotores de este nuevo barrio obtuvieran los permisos correspondientes. No ha sido posible determinar una fecha concreta de inauguración o apertura al tráfico. En cualquier caso, en 1972 ya estaba en uso y la información oficial sobre su longitud nos habla de 102  metros.

 

Puente (o puentes gemelos) del Cabildo.  Ya estaban abiertos al tráfico  en 1988, aunque su inauguración oficial se hizo en enero de 1989. Tiene una longitud de  180 metros y es nuestro séptimo puente.

 

El de Juan de Austria o popularmente, de El Corte Inglés, se inauguró  el 19 de mayo de 1990. La información técnica del proyecto da la cifra de 214 metros de longitud, aunque  El Norte de Castilla manejó el dato de 175.

 

Puente de la Hispanidad, también lo llaman Atirantado, o de la Ronda.  Se inauguró 12 de mayo de 1999 y  se festejó con fuegos artificiales, actuaciones musicales y una limonada. Asistió una enorme cantidad de  público: allí se mezclaron los curiosos,   una parte del vecindario crítico con el alcalde de entonces, trabajadores que protestaban porque se acababa de condenar a cárcel o multa a varios  policías municipales y bomberos que habían llevado a cabo una sonada sentada sindical en dependencias de la Casa Consistorial…  en fin una auténtica multitud. Este puente supuso un cambio sustancial respecto a los puentes que se habían construido en las décadas 50 y 60. Se quería hacer una construcción de esas que se suelen llamar emblemáticas, de tal manera  que tuviera una estética muy agradable incluyendo una iluminación singular. Los mástiles tienen 25 metros de  altura, y el puente 156 metros. (Las Imágenes en blanco y negro son de El Norte de Castilla).

 

La condesa Eylo  tiene entre la Rondilla y la Victoria un puente  (130 metros) que lleva su nombre. Es el décimo con que cuenta Valladolid. Una paellada popular acompañó su inauguración el sábado 22 de mayo de  1999.

 

Corría el 25 de marzo de 2011 y se inauguraba el puente de Santa Teresa. Se trata del undécimo  y último hasta la fecha de los puentes rodados sobre el Pisuerga. Tiene una longitud de 194 metros, y el alcalde cortó la cinta en medio de una controversia entre una parte del vecindario y el consistorio, pues los primeros no veían la necesidad de tal obra que, además, consideraban muy costosa.

 

El Museo de la Ciencia cuenta con el complemento de una bella pasarela peatonal. En junio de 2004 ya estaba en servicio. Se hizo siguiendo el diseño del afamado arquitecto Rafael Moneo y su socio Enrique de Teresa, que a su vez son los responsables del Museo de la Ciencia. Tiene una longitud total de 234 metros  (o 400 según se quiera considerar): en cualquier caso, la estructura metálica característica de la pasarela mide 111 metros y pesa 200 toneladas.

 

Gómez Bosque, entrañable y querido médico vallisoletano, por su compromiso social y político que falleció en junio de 2008, tiene el homenaje de la ciudad dando nombre a una pasarela peatonal que une el Camino Viejo de Simancas con el barrio de Arturo Eyries. Se trata de una estructura de ligero aspecto y de 100 metros de longitud, en la que se pretende que la iluminación tenga un protagonismo destacado: se inauguró el 14 de marzo de 2011.

 

Y terminamos nuestro deambular  por los puentes del Pisuerga  con un par de panorámicas: una, cuando ya construidos los puentes de la Huerta del Rey, el barrio aún no se había comenzado a edificar (Archivo  Municipal); y otra, una vista aérea tomada durante un paseo en globo sobre la ciudad.

RONDANDO LA MEMORIA DEL MARINERO PONCE DE LEÓN

Vamos a darnos un paseo motorizado, o en bici quien la quiera llevar, por un rincón extremo de la provincia vallisoletana en plena Tierra de Campos y fronterizo con Palencia y León. Llegaremos hasta Melgar de Arriba, el término municipal más alejado de la capital: hablamos de más de noventa kilómetros. Recorreremos pueblos pequeños pero, en algunos casos, con un patrimonio más que sobresaliente que no hace sino testimoniar la riqueza que en otro tiempo tuvieron estas tierras de abundante y codiciado trigo. Los nobles  castellanos y leoneses se disputaban entre sí estas tierras panaderas que garantizaban la alimentación de la población, la soldadesca, la caballería y el ganado.

El cereal financió la construcción de grandes paneras, hospitales, templos y casonas palaciegas tan características de la zona.

Ahora, las gentes de este rincón buscan que sus pueblos sigan sobreviviendo y tengan algún futuro intentando que la galopante despoblación no se los lleve por delante.

Así que dispongámonos a disfrutar de paisajes  y a callejear por un puñado de municipios que tienen en los ríos  Cea  y  Valderaduey  el agua que riega  sus tierras, y en otro tiempo también feraces huertas. Algo que desmiente la imagen de Tierra de Campos como comarca sedienta.

 

Fontihoyuelo detenta en la actualidad el “título” de segundo pueblo menos habitado de Tierra de Campos. No entiendo muy bien qué lógica tiene poner esto en el gran cartelón que te recibe al llegar a su caserío. Sobre todo porque desde que hace ya unos cuantos años se escribiera el texto del panel me temo que unos cuantos pueblos terracampinos habrán seguido perdiendo población de forma notable. Fontiyuelo, como otros municipios que vamos a visitar, está en el Camino de Madrid. Es decir el camino que hacia Santiago de Compostela seguían quienes venían del centro de la península. En la imagen dos peregrinos y una panorámica de las bodegas del municipio: aunque no veamos en nuestro recorrido, no podemos olvidar que la uva y el vino, incluso en estas tierras en las que prácticamente ningún testimonio queda, fue muy importante para la alimentación de los habitantes de estas tierras.

 

 

Dejamos atrás Fontihoyuelo para llegar a Villacarralón. Otro municipio que no alcanza el centenar de habitantes pero que muestra un patrimonio que habla de un pasado rico en gentes y actividad. En las imágenes, y de arriba abajo, la fachada del Hospital, que nos relata el trasiego de peregrinos que en otro tiempo debió tener; la panera, de grandísima capacidad y que por el escudo que preside su puerta debió estar bajo la administración eclesiástica, y la torre de la antigua iglesia de San Pedro. Varias casonas dan fe de prósperas haciendas.

 

 

Santervás de Campos, como la mayoría de los de la zona, hunde sus raíces en los siglos IX y X. Es decir, en una temprana repoblación de la Meseta por los señores del reino de asturleones. Tiene en Ponce de León, a su más afamado hijo al que el municipio le ha dedicado un museo que recorreremos al final de este reportaje. Ábside de la iglesia de san Gervasio y san Protasio, uno de los hitos más señeros del mudéjar en Valladolid. Relatan algunos historiadores que el nombre de Santervás tal vez venga de una contracción de San Gervasio. Entre los dos laterales mudéjares se incrusta una construcción plenamente románica. Caserón. Mural que lleva la firma de Manolo Sierra y que deja constancia de la pugna que entre esta localidad y otras,  y entre los habitantes de cada municipio,  se vivió hace unos años en torno a si albergar o no un almacén de residuos nucleares.

 

Melgar de Arriba, junto al cauce del Cea, tiene en el interior de su iglesia de San Miguel uno de los retablos más importantes de la provincia: del siglo XV y atribuido al escultor maestro de Calzada, de la escuela de Pedro Berruguete. Está presidido por el arcángel San Miguel y algunas de sus tablas se han expuesto de las Edades del Hombre. Panorámica de la montaña palentina desde el campanario de la torre de Santiago Apóstol,  y característicos palomares de Tierra de Campos.

 

Melgar de Abajo forma parte de la Zona de especial protección para las aves que se conoce como La Nava-Campos Norte perteneciente a la Red Natura 2000. En lo alto,  domina una impresionante vega sobre el río Cea. Una escultura que ha dejado el programa cultural Arte Campos; y la plaza del pueblo con el Ayuntamiento y la iglesia del Salvador, del siglo XVI.

 

Panorámica de Monasterio de Vega. En primer término la chimenea de una antigua fábrica de ladrillos; y detalle del monasterio, que asienta sus orígenes en el siglo X pero que lo que ahora vemos es fábrica del XVI. Estaba vinculado a la orden benedictina y actualmente es de propiedad privada.

 

Iglesia de san Pedro de Advícula y una antigua panera en Saelices de Mayorga. Son varios los “saelices” que hay en la geografía española y a los lectores más curiosos dejo el entretenimiento de buscar el origen de semejante término.

 

El pequeño municipio de Cabezón de Valderaduey guarda sus mejores galas en el pequeño artesonado mudéjar del siglo XVI con un característico mocárabe en su centro. Está en  la iglesia parroquial.

 

Villagómez la Nueva es de esos municipios aparentemente anodinos que, sin embargo,  sorprende con detalles de singular interés, como las ruinas de un castillo palacio del marquesado de San Vicente: un título nobiliario que arranca en el siglo XVII de la mano de Carlos II y con una trama familiar ligada a ilustres apellidos italianos que daría para un folletín… Ojo, no confundir con el marquesado de San Vicente del Barco, que en este título andan enredados vástagos de la casa de Alba… y la “Laguna”, una especie de monumento natural en el centro del pueblo, un manadero natural de antiquísima procedencia.

 

Y concluiremos nuestro itinerario circular en Vega de Ruiponce. Guarda este municipio una de esas cosas tan curiosas como raras: la llamada “piedra del milagro”. Un piedra de cuarcita (mineral inexistente en la zona) de media tonelada que como nadie se explica cómo llegó hasta aquí pues se acude a la leyenda, una buena manera de hacer familiar lo que es completamente ajeno y desconocido: hace siglos un arriero robó aceite (dicen unos) o telones (dicen otros) de la ermita que hay en sus inmediaciones. Detenido el supuesto ladrón juró que si era verdad aquello de lo que se le acusaba, que muriera uno de sus bueyes… y en efecto, uno de ellos reventó dejando sobre el suelo su gran vientre… que es la piedra que se contempla sobre un pequeño pedestal en medio de una sombreada chopera. Antiguas escuelas, y una vieja panera que amenaza ruina. Tuvo Vega de Ruiponce numerosas y feraces huertas que sus propietario regaban son pozos someros. “Pero ahora… ya ve ud…”  relatan unos cuantos tertulianos que pasan la mañana al abrigo de los muros de la ermita.

 

 

El museo de Ponce de León en Santervás de Campos rinde recuerdo y homenaje al personaje más famoso nacido en la localidad. Nacido en 1460 y fallecido en 1521, fue un insigne marinero que vivió casi toda su vida en América: participó en el segundo viaje de Colón, exploró la isla de San Juan, descubrió La Florida en 1513, murió en La Habana, y sus restos yacen en la catedral de Puerto Rico. El museo, de 600 m2. está en una casona del siglo XVII y comparte edificio con el albergue del Camino de Santiago. El proyecto museológico, del que destaca la reconstrucción de la  proa de un barco, es idea del director de teatro Raúl Gómez, que fue el impulsor de FETAL (festival de teatro), en Urones de Castroponce. Reproduce mobiliario y hechos tanto de Ponce de León como de la época que le tocó vivir. Por cierto, el insigne marinero recibió uno de los encargos más curiosos de la historia de la humanidad: el rey Fernando  le ordenó la misión de localizar la Fuente de la Eterna  Juventud… ni más ni menos… y en ello anduvo por la isla de Bimini, que es donde la leyenda indígena relataba su existencia. La escultura que preside la plaza delante del museo es obra del vallisoletano Luís Santiago Pardo.

 

NOTA: para visitar el museo, concertar en el teléfono 619 252 457

EL HEREJE CUMPLE VEINTE AÑOS

En el mes de septiembre  de 2018 que corre, se cumplen 20 años de la primera edición de “El hereje” última novela que escribió Miguel Delibes y que se ambienta en Valladolid. Buen pretexto para recordarla e introducirnos en el mundo de la Inquisición o Santo Oficio en Valladolid.

La novela de Delibes es, sobre todo, una narración sobre la tolerancia, o la intolerancia, según como se mire. Relata unos de los  episodios más duros que vivió Valladolid a lo largo de los muchos años de existencia de la Inquisición. Hablamos del año 1559. Aquel año en realidad hubo dos autos de fe: en mayo y en octubre. Entre ambos fueron quemadas 27 personas y los huesos de otras dos. También hubo 26 arrepentidos a los que se impuso penitencia.

Como sabemos, la llamada Inquisición “moderna” duró, con mayor o menor intensidad desde que en 1478 la reintrodujeron los Reyes Católicos  hasta que definitivamente quedó abolida en 1834 bajo el reinado de Isabel II, con un breve intervalo tras su abolición por las Cortes de Cádiz. Antes, en la Edad Media, desde el siglo XII  hasta principios del  XV, también hubo Inquisición en España, bien es verdad que bajo el control papal, cosa que fue distinta que con los Reyes Católicos, que eran ellos quienes la controlaban.

Valladolid, una villa por entonces (el título de ciudad no le fue concedido hasta 1596), se convirtió en el epicentro de la lucha religiosa contra el luteranismo. Felipe II quiso dar un castigo ejemplar al núcleo protestante que había en la villa.

Pero, antes de continuar, bueno será hacer un comentario acerca de la palabra “hereje”. Ha quedado en los diccionarios de la lengua  como “Persona que niega alguno de los dogmas establecidos en una religión. Persona díscola” , etc. Cuando su origen etimológico se acerca más a “decisión,  opción”… también “separación”. Es decir, persona que decide, que opta. Le pasa lo mismo que a la palabra “pagano”, que no significa sino habitante de los pagos (granjas) romanas alejadas del imperio. Pero la historia ha terminado por aplicarla a quienes no abrazan el cristianismo ni ninguna religión monoteísta; o persona no bautizada.

Y volvemos a Delibes. Muchos críticos han resumido la novela indicando es que es una historia de amor, pasión, odio, intolerancia, y también de amistad y decepción. Un crítico literario en 1998 escribió que sin ser para nada aficionado a Delibes, sin duda recomendaba la lectura de este libro, por tratarse de buena literatura y de una gran historia.

 

La obra nos lleva a recorrer el Valladolid del siglo XVI a través de la calle Santiago, la judería, la plaza Mayor,  el puente Mayor o la catedral. Siguiendo estos rincones, el Ayuntamiento ha organizado la “ruta del Hereje”. Y que comienza en el barrio de la judería, donde Cipriano tenía su almacén e industria de confección de pieles.

 

La historia se articula en torno a la familia Cazalla, y en concreto Agustín, cabeza más notoria del movimiento luterano en Valladolid, y que era Capellán de Carlos I. Predicaba en la corte del emperador y famosos fueron, también, sus sermones en la iglesia de Santiago de nuestra ciudad. En la imagen, uno de los rótulos que señalan los lugares que aparecen en la novela de Delibes: iglesia de Santiago.

 

La novela de Delibes, que también es un tratado sobre el amor, nos lleva por diversas ciudades, pueblos y parajes que el protagonista principal, Cipriano Salcedo, próspero comerciante de Valladolid, recorrió  numerosos lugares a lo largo  de su vida buscando  a Minervina, la dulce criada que le crió. Nuestro protagonista quedó huérfano de madre después del parto, causa por la  que su padre le odiará toda su vida y le internará en un orfanato  tras su primera niñez, separándole  de  su querida Minervina. La ilustración es del propio libro.

Auto de fe en la plaza Mayor, bastante idealizada por parte del autor. Aquellos juicios fueron rápidos y muy severísimos. El primero  estuvo presidido por Juan de Austria. Comentan algunos historiadores que Carlos I en realidad veía a los luteranos españoles más como enemigos políticos que disidentes religiosos. El segundo Auto de Fe, de octubre, estuvo presidido por Felipe II. La lámina es una copia de Verico, tomada del Voyage de Laborde.

 

La cruel e implacable condena llevó a que los que no se arrepintieron fueran  abrasados en las hogueras levantadas en el Campo Grande, en una época que en realidad era un inmenso descampado dedicado a exhibiciones militares, justas de caballeros y recepción de autoridades que provenían de Madrid, pues del Campo Grande partía este camino principal que comunicaba con la Corte. Tan cruel fue la condena que incluso desenterraron los restos de Leonor de Vivero (que estaban en la iglesia de San Benito), madre del doctor Cazalla, para arrojarlos al fuego. También fueron ejecutados Francisco, Beatriz y Pedro, hermanos del doctor. Dice la historia que Cazalla, que adjuró, recibió el “trato favorable” de ser previamente estrangulado para que no sufriera los horrores del fuego. En total, trece fueron los ejecutados, entre los que estaban cuatro monjas bernardas del convento de Belén, donde actualmente está el colegio de San José, en la plaza de Santa Cruz. A mayores, la condena mandó asolar las casas del Doctor Cazalla y de Leonor de Vivero.

 

De todas formas, el Santo Oficio no se limitaba solo a juzgar a quienes se apartaban de la estricta fe católica, sino que también ejercía la censura de pregones y publicaciones, como puede verse en este texto de Calixto y Melibea conservado en la Universidad de Valladolid.

 

La última sede que tuvo el Santo Oficio fue un gran edificio que ocupaba la esquina de Real de Burgos con Madre de Dios. Se sabe que antes la sede la tuvieron en calle Francos (actual calle Juan Mambrilla) y luego en la calle Pedro Barruecos. En la foto, el actual colegio Macías Picavea, donde estaba la última sede de la Inquisición, junto a la iglesia de San Pedro Apóstol, lugar donde se celebraban los llamados “autillos”, es decir juicios menores. La última sede se quemó por los cuatro costados la noche del 6 al 7 de diciembre de 1809   debido a que por el toque de queda impuesto por el mando francés, no se podían tocar las campanas llamando a fuego.

 

Cuadro de Goya titulado “Auto de fe de Inquisición”. A los reos se les ve con el capirote característico de los acusados. Está depositado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

 

Delibes ha tenido unos veinticinco premios y reconocimientos de especial interés, entre ellos el nombramiento de Doctor Honoris Causa por varias universidades, incluyendo la de Valladolid. Ha sido premio Nadal, Nacional de Narrativa, premio de las Letras de Castilla y León,  Miguel de Cervantes y, finalmente, de nuevo el Nacional de Narrativa en 1999 precisamente por la novela El hereje. Placa instalada en la calle Santiago, en los muros de la iglesia de Santiago. El autor de la placa es el artista vallisoletano Luis Santiago Pardo.

 

Dedicatoria original de Delibes grabada en la placa de la calle Santiago. En total, Delibes, que nació el 17 de octubre de 1920 y falleció el 12 de marzo de 2010,  contabiliza unas cuarenta y cinco narraciones. De las que Los Santos Inocentes, El disputado voto del Señor Cayo y Las Ratas, han sido llevadas al cine.

VALLE DEL BOTIJAS

El río Botijas recorre veinticuatro kilómetros desde su nacimiento hasta que desemboca en el Duero, en  Peñafiel. Mientras tanto, traza un pequeño valle que une las provincias de Valladolid y Segovia, lamiendo con sus aguas cuatro pueblos que no por pequeños carecen  de historia e interés.

Por Madres se conoce la turbera que recoge aguas en cantidad suficiente como para formar el caudal del Botijas. Esta turbera, sobre todo en verano, hace casi imposible que se vean las aguas que embalsa, pue bajo el lujurioso manto verde hay profundidades que superan el metro de agua. El paraje es accesible pero exige un poco de prudencia para no meter el pie donde nos podemos topar con el agua.

Y sin más preámbulos, vamos a iniciar nuestro recorrido por el Botijas, territorio del  mítico “El Empecinado”.

 

Cuevas de Provanco es el primer municipio de la provincia de Segovia una vez que atravesamos Castrillo de Duero viniendo desde Peñafiel. Cuevas es un pequeño pueblo que trepa las laderas que desde el valle se encarama hacia el páramo de Corcos, donde está la raya con la provincia de Burgos. En lo alto de municipio, restos de una fortificación.

 

Hasta las Madres podemos ir en una caminata siguiendo el valle desde Cuevas. Un paseo de unas cuatro horas entre ida y vuelta. O acortarlo tomando la carretera que parte de lo alto del pueblo hasta que nos topemos en una curva con unas viejas corralizas. En este punto descendemos hasta las Madres en un paseo que apenas nos lleva tres cuartos de  hora en total.

 

Reiniciamos el regreso por la carretera que nos devuelve a Peñafiel. Vamos a parar en Castrillo de Duero y a caminar un rato por sus calles. El punto más elevado es su iglesia (del s. XVII sobre restos del XII),  mirador que ofrece magníficas vistas del valle. Al otro lado del Botijas está la planicie del Cuchillejo, el punto más alto de la provincia de Valladolid… ¡nada menos que 933 metros de altitud!

 

Castrillo tiene varias casas blasonadas del siglo XVII y XVIII de piedra bien labrada, lo que nos habla de un pasado noble y muy próspero. Un cernícalo descansa sobre uno de los escudos nobiliarios  de la localidad.

 

La plaza del Ayuntamiento está presidida por una escultura de “El  Empecinado”. Fue un soldado de mítica historia nacido en Castrillo y  que alcanzó la más alta graduación militar luchando contra los invasores franceses. De origen humilde,  destacó por su fuerza, decisión e inteligencia. Terminó sus días ajusticiado por orden del taimado Fernando VII porque aquel militar de raza no se plegó a los intereses del malvado rey que traición la Constitución de Cádiz y restauró parcialmente la Inquisición, entre otras lindezas. Nada claro está el origen del apodo “El Empecinado” por el que se conoció a Juan Martín Díez: ¿por su tez oscura? ¿por sus firmes ideas? ¿porque en este lugar el Botijas se caracteriza por la pecina que se forma? El autor de la escultura es el vallisoletano Luis Santiago Pardo.

 

Iglesia de Olmos de Peñafiel que, como la Castrillo, conserva restos románicos, lo que habla de la antigüedad de estos municipios del Botijas. Molino ahora convertido en Museo de la Harina y la Miel que mantiene intacta su maquinaria.  Hay que concertar la visita.

 

Eremitorios: cuevas en las que  oraban monjes que se apartaban durante una temporada del mundo conventual.

 

Mélida: en lo alto de este pequeño municipio de apenas 60 habitantes,  fuente del siglo XIX con el escudo de Peñafiel. Este valle es rico en aguas que vienen de las llovedizas recogidas en los páramos calizos que le rodean.

 

Y el roquedo de Peñafiel se perfila al final del valle que hemos recorrido siguiendo el humilde Botijas,  pero cargado de historia. Habremos observado que en su último tramo hay  viñas y bodegas del afamado vino Ribera de Duero.