VILLALÓN DE CAMPOS: HISTORIA, PATRIMONIO Y SOPORTALES

Villalón fue una de las poblaciones más importantes de Tierra de Campos, cuando el trigo era el oro de Castilla y el mercado de ganados el centro de la actividad comercial de muchos pueblos de alrededor. Pero toda aquella actividad ha venido muy a menos y queda lejos de los casi 4.000 habitantes que contabilizada al comenzar el siglo XX. Es el desesperante signo de los tiempos que corren en buena parte de Castilla y León

Villalón de Campos asentó su importancia histórica entre otras cosas en el privilegio que Fernando III otorgó a la localidad en 1204 para celebrar Mercado Grande en la plaza todos los sábados del año, convirtiéndose en los siglos XIV y XV en uno de mercados financieros de Europa, debido a que los cambistas tenían instalados aquí sus negocios al igual que ocurriera en Medina de Rioseco y Medina del Campo.

A aquellas actividades le siguió un importantísimo negocio en torno a la producción y distribución de cereales que pervivió razonablemente bien hasta entrado el siglo XX. Prueba de ello es que en 1912 se inauguró, con presencia del mismísimo Alfonso XIII,  la línea ferroviaria que unió la localidad con Palencia y Medina de Rioseco (y lógicamente, con Valladolid). La ferroviaria fue, a su vez, una actividad importante por el personal y servicios que movía y, sobre todo, para el tráfico de mercancías. Pero el declive de la comarca en la década de 1960 llevó a que en 1969 se clausurara el servicio.

En otro tiempo, no solo el trigo y el ganado eran importantes, sino que incluso antes fue un importante centro de distribución para buena parte de España de pescado desalado procedente de los centros pesqueros del Cantábrico.

No obstante,  este pasado espléndido y el empeño que su gente pone en conseguir un futuro para el municipio, deja un rastro de patrimonio y evocaciones muy importante.

Mas,  antes de comenzar nuestro paseo por la localidad, dejemos constancia del nombre de una de sus calles. Entre los personajes nacidos en la localidad, como el noble Alonso Pimentel, el escritor y protestante Cristóbal Villalón, o el hebraísta Gaspar de Grajal, amigo de fray Luís de León, entre otros, hay una calle dedicada a Clara del Rey. Nació esta mujer en Villalón en 1765 y falleció en Madrid por la metralla de una bala de cañón en los sucesos del 2 de mayo de 1808 combatiendo, junto con su marido e hijos, contra las tropas napoleónicas en el parque de artillería de Monteleón. Una placa en la fachada de la iglesia madrileña de la Buena Dicha y el nombre de una calle de la capital de España también recuerdan su memoria.

 

Recorriendo la soportalada calle Rúa, la principal de la localidad, se llega a la Plaza Mayor, o del Rollo, en torno a la iglesia de San Miguel (s.XIII-XIV)  que, por cierto, guarda una talla de Juan de Juni y otra atribuida a Berruguete.

 

Por muy conocido que sea, el Rollo es una de las joyas de Villalón y, además, de los mejor labrados de toda España, según se puede apreciar en sus detalles. Construido en 1523 se atribuye al gótico burgalés.

 

Fachada de la Casa Consistorial, edificada en 1928 con una personalísima decoración.

 

Primer plano de una escultura en bronce que rinde homenaje a la vendedora de quesos (es famoso el llamado queso de pata de mulo), obra de Jesús Trapote Medina.

 

Foto del arco apuntado de los restos del convento de San Francisco, en la parte alta de la plaza Mayor.

 

Pilares de los soportales seguramente procedentes del vecino convento de San Francisco, que estaba detrás de la iglesia de San Miguel.

 

Diversas casas nobles,  y una vivienda considerada como destacada muestra de la arquitectura tradicional terracampina,  la del número 4 de la calle Ángel María Llamas.

 

Fuente del Chicharro, al final de la calle Constitución (que sale de la plaza Mayor en dirección a Boadilla) antes estaba en la plaza del Rollo pero se reinstaló en la plaza de San Juan, cuya iglesia se ve al fondo.

 

Algo muy característico de la iglesia de San Juan (s. XV)  es su construcción humilde y característica de Tierra de Campos: apenas se ve piedra y lo justo de ladrillo,  el resto es adobe y madera, incluido su ábside, tal como se aprecia en la foto.

 

Antiguo hospital en la plaza de San Juan, de estilo gótico. Ahora está oculto tras un andamio que intenta evitar su derrumbe total. De esta joya de la arquitectura del barro ya solo queda la fachada, tras hundirse toda la cubierta.

 

Villalón tuvo hasta cinco  parroquias. De ellas, quedan tres iglesias, las ya citadas de San Miguel y San Juan, y la de San Pedro (gótico mudéjar s XIII-XIV) en mal estado de conservación.

 

Frente a San Pedro, la fachada de una antigua panera.

 

Villalón llegó a tener cuatro fábricas de harina, lo que da testimonio de su importante actividad cerealística.

 

Depósito de agua inspirado en los palomares, una forma amable de hacer construcción civil moderna evocando la arquitectura tradicional.

 

Dos escuelas construidas en el último tercio del XIX hay en la localidad: una alberga el Museo del Queso (en la imagen), la otra acoge dependencias dedicadas a servicios sociales. Otros dos centros museísticos hay en la localidad: el Museo del Calzado Vibot y el Centro de Interpretación del Palomar del Abuelo.

 

El pueblo guarda un pequeño tesoro bajo muchas de sus casas que está reivindicando y dando a conocer: las bodegas que se remontan a los siglos XVI y XVII.  La falta de promontorios del terreno que facilitaran la excavación de los típicos barrios de bodegas, ha hecho que sus habitantes las hicieran bajo las viviendas. Eran bodegas tanto para la elaboración del imprescindible vino como para hacer de silos para la conservación de alimentos o almacenamiento de mercancías: el tamaño y longitud de cada bodega suele tener que ver con la importancia y actividad de cada casa. Es legendario el uso de las bodegas para el estraperlo, que en el siglo XIX incluso llevó a  que interviniera el ejército para intentar terminar con aquel fraudulento negocio (fotografía tomada de la página oficial del Ayuntamiento).

 

Y finalizaremos con una colección de fotografías de los soportales. Villalón es un auténtico parque temático de soportales. Los hay de toda clase y materiales: madera (rústica o  finamente trabajada), hierro, piedra, ladrillo, cemento… Los soportales son los principales testigos de la vieja y tradicional actividad comercial de Villalón de Campos. Actividad que se desarrollaba a lo largo de la calle principal (la Rúa)  y que se extendía por todas las casas que orlan la plaza Mayor.

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PALACIOS VALLISOLETANOS: HISTORIA DE VALLADOLID Y DE ESPAÑA

Entre el siglo XV y el XVII, Valladolid vivió acaso sus años de oro. Fueron dos  centurias del mayor esplendor histórico y cultural. Aquellos años dejaron un inmenso patrimonio arquitectónico que acogió a la nobleza y a influyentes burgueses en la política y la economía de la época. Más no solo fueron los palacios, sino también los conventos, la catedral  e instituciones, como la Real Audiencia y Chancillería, los edificios de la Universidad (histórica facultad de Derecho y Colegio de Santa Cruz), los talleres de los escultores Berruguete, Gregorio Fernández y Juan de Juni, etc.

La marcha de la Corte a Madrid y las posteriores crisis económicas contribuyeron a la decadencia, abandono y ruina  de muchas de aquellas casas. Y a eso se añadió el desafuero urbanístico vallisoletano que se practicó en las décadas de 1960 y 1970, que dejaron maltrecho el esplendor palaciego: se destruyeron muchas de aquellas construcciones, aunque alguna conserva,  como testimonio, la puerta de entrada.

No obstante es muy valioso el censo de palacios que aún son perfectamente reconocibles. A su rehabilitación ha contribuido en buena medida el uso administrativo o cultural que han ido adquiriendo sobre todo a partir de los años 80.

Acaso no seamos muy conscientes de lo que se conserva, pues parte de ese patrimonio ha quedado enmascarado por el uso que tiene, que no apunta a considerarlo como palacio. Me refiero, por ejemplo, al Palacio Real, que aún se sigue llamando “capitanía”, o al Arzobispado, que ocupa uno de los mejores y bien conservados palacios, o  la Biblioteca de la Junta de Castilla y León (antiguo hospicio y tal vez el palacio más grande que hubo en Valladolid), o la Casa del Estudiante y el Centro Buendía (ambos de la Universidad que ocupan varios palacios)… por no traer a colación diversos colegios y órdenes religiosas que se hicieron propietarios de casas palaciegas.

Si hacemos caso al cronista portugués  Pinheiro da Veiga, en los años en los que la corte se instaló en la ciudad entre 1601 y 1606, se contabilizaban hasta 400 palacios o casas palaciegas. Un número acaso exagerado. Lo cierto es que a día de hoy, según Jesús Urrea –catedrático de Arte de la Universidad de Valladolid-, podemos hablar de que se conservan casi  cuarenta construcciones,  de que de poco  más de una docena ofrece restos identificables, y noticias hay de una treintena  que ha desaparecido, entre ellos el palacio del Almirante de Castilla, sobre cuyo solar se levanta hoy el Teatro Calderón.

No vamos a entrar en detalles de cómo se han conservado varios de estos palacios, algunos de los cuales  han sufrido  modificaciones sustanciales. En cualquier caso, en el mundo de los palacios  palpita buena parte de la historia de Valladolid (y de España).

Bien merece la pena disfrutar de este patrimonio que aún existe. Y con esto dicho, vamos a pasear por Valladolid con unas breves pinceladas sobre algunos edificios palaciegos. Veremos una sucesión de pórticos, patios, escaleras y salones. Los principales destacan  por sus características dos torres a ambos lados de la fachada.

Prácticamente todos tienen algún tipo de protección histórica y urbanística. Salvo el palacio Real, al que solo se puede acceder mediante visita guiada, el resto en general se puede ver sobre todo en horario de mañana, pues se trata de espacios administrativos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El palacio Real (plaza de San Pablo) tiene el patio más grande de todos los palacios que hubo en Valladolid. El edificio se fue construyendo a partir de varias casas que en esta manzana tenían Francisco de los Cobos –secretario personal de Carlos I- y su esposa María de Mendoza. Desde 1876 tiene uso militar. Se puede visitar llamando  a los  teléfonos  983 219 310 o 983 327 302. En las imágenes: galería y jardín  de Saboya,  y escalera principal.

 

 

Palacio del Marqués de  Villena –una de las dependencias del Museo de Escultura- en la calle Cadenas de San Gregorio. Data del siglo XVI. Conserva la fachada y su puerta de entrada, la galería y la escalera. Las dos torres que la coronan datan del siglo XIX y  se construyeron  cuando se hizo una profunda reforma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El  palacio de Pimentel –sede de la Diputación Provincial de Valladolid e inmediato al de Villena-, también obedece al nombre de Rivadavia cuyos condes fueron sus propietarios durante 300 años, hasta que lo vendieron a un particular en 1849 y este, a su vez, a la Diputación Provincial en el año 1875. Ha sufrido muchas transformaciones. Conserva como más destacado la esquina plateresca que da a la plaza de San Pablo. En su escalera principal exhibe uno de los más importantes cuadros de Juan Pantoja de la Cruz: La resurrección de Cristo –considerado una de las primeras obras  del “tenebrismo”, corriente barroca del XVII que jugaba con fuertes contrastes entre la luz y la sombra-.

 

En la misma calle de Cadenas de San Gregorio no ha de pasarse por alto la fachada del palacio del Conde de Gondomar (más conocido como Casa del Sol). Actualmente está adscrito al Museo de Escultura. Construido en 1540, el conde lo adquirió en 1599. Este palacio acogió la más importante biblioteca que había en España, propiedad de Gondomar. Gran parte de esta riqueza bibliográfica ahora está en la Biblioteca Nacional de España. En la cripta de la aledaña iglesia de San Benito el Viejo (actual Sala de Reproducciones) está enterrado el conde. Este personaje, de los más influyentes en su época, fue embajador de España en Inglaterra entre los difíciles años de 1613 y 1622. Su vasta cultura y habilidad diplomática le ha valido el que se le conozca como “el Maquiavelo español”.

 

Los Condes de Benavente eran propietarios del que tal vez fue el más grande de los palacios. Sito en la plaza de la Trinidad, actualmente acoge la Biblioteca de la Junta de Castilla y León. Sus tapias llegaban hasta la misma orilla del Pisuerga y hasta que se construyó el palacio Real, en él se alojaron los reyes Felipe II y Felipe III. En 1847 lo compró la Diputación Provincial para dedicarlo a Hospicio, y en 1990 se instaló la Biblioteca.

 

Hemos de asomarnos al Pisuerga para detenernos a contemplar el paredón de piedra que se alza en la orilla contraria de la playa fluvial: se trata de los restos del palacio de la Ribera. Era el lugar de veraneo de la corte de Felipe III  y además de sus edificios correspondientes, presumió de fuentes monumentales y notables esculturas. La corte tuvo en la ciudad todos los ingredientes propios de su poder, pues incluso disponía de un barco militar y su correspondiente dotación de tropa que, para entretenimiento de los cortesanos y el pueblo, realizaba maniobras de navegación. Parece documentado que a los pies de estos muros se realizó la primera demostración de buceo del mundo, mediante un artilugio ideado por el reputado ingeniero Jerónimo de Ayanz: corría el año de 1602.

 

El palacio del licenciado Butrón (plaza de Santa Brígida, aunque su fachada principal da a la calle San Diego), terminó de construirse en 1572 y ahora se dedica a Archivo General de la Junta de Castilla y León, además de acoger algunos servicios administrativos relacionados con la conservación del Patrimonio. Su patio tiene tres pandas (galerías o corredores de un claustro) desiguales más una cuarta que, en realidad, es una fachada. Son varios los palacios que  tienen solo tres lados con arcos. La escalera de este palacio puede presumir de ser tal vez la más grande, con enormes peldaños de una sola pieza de granito. El patio está presidido por una representación de la Concordia (no olvidemos que estamos en la casa de uno de los abogados más prestigiosos en su época): diosa romana del acuerdo y el entendimiento.

 

El banquero Fabio Nelli mandó construir su espectacular residencia en el último cuarto del XVI, siguiendo los gustos italianizantes. Se trata de uno de los edificios renacentistas más importantes de Valladolid y el más reputado de la arquitectura civil vallisoletana.  Desde 1967 alberga el Museo Arqueológico que pasó, posteriormente,  a denominarse Museo de Valladolid. Parece que sus dos torres siguen el modelo del palacio Arzobispal.

 

Junto al palacio de Fabio Nelli está el de los marqueses de Valverde, mandado construir en los primeros años  del XVI. Parte de la fortuna de esta familia se basó en el comercio de la nieve que para las ciudades del interior de la península mandaban traer desde sus tierras de la montaña palentina. Cuenta la leyenda, verdaderamente infundada, que el marqués, habiendo pillado en adulterio a su esposa, mandó instalar en la fachada sendas figuras del amante y su mujer para escarnio del vecindario.

 

 

Y entre los palacios más notables está el del marqués de Villasante, actual palacio Arzobispal desde 1857. Sito en la calle San Juan de Dios (detrás del teatro Calderón), se construyó mediado el siglo XVI. Tiene diversas y valiosas obras de arte y el artesanado (también del siglo XVI)  de su escalera principal  se trajo del municipio de Fuente el Sol.

 

Uno de los palacios con más trascendencia histórica es el de los Vivero. Su construcción se remonta al siglo XV y en él firmaron en 1469 su compromiso matrimonial los reyes Católicos, lo que les valió la animadversión de parte de la nobleza. Formó parte de la Chancillería y desde 1996 alberga el Archivo Histórico Provincial. En su origen se trataba de una construcción fortificada, con torres y foso, hasta que los reyes Católicos mandaron eliminar estos elementos defensivos.

 

Hasta aquí los que podríamos considerar principales palacios nobiliarios, pero aún hay en la ciudad más construcciones palaciegas de indudable interés. La mayoría de ellas se reparten entre en el entorno de la iglesia de San Martín, la calle Fray Luis de León y la plaza de Santa Cruz. Mas otros hay repartidos por diversos  lugares de la ciudad: Casa de Luis de Vitora (actual colegio de Jesús y María en la plaza de Santa Cruz, y cuyo arquitecto bien pudo ser el mismo que el que construyó el palacio de Fabio Nelli)FOTO 1; palacios de Pedro Laso de Castilla (actual casa del Estudiante)FOTO 2 y 3; casa de los Galdós (c/ Prado 7); casa de Simón de Cervatos (c/ Zúñiga, 11); Casa del conde de Buendía (c/ Juan Mambrilla, 14 –actuales dependencias de la Universidad-); casa del doctor Diego Escudero (c/ Fray Luis de León, 15); Casa de los Gallo, actual Hotel Imperial, etc. etc.

 

Restos dispersos pero interesantes tenemos en el interior del Museo de la Universidad (Pl. de Santa Cruz) en la imágen;  y  jardines del Museo de Escultura.

 

No podemos terminar este paseo por los palacios vallisoletanos sin llamar la atención sobre uno de los que amenazan  ruina, a pesar conservar, al menos que se vea, su fachada principal: la casa del Secretario Alonso Arias (c/San Martín, 14). Su construcción se remonta también al siglo XVI.

 

Curiosos grafitis y diversos juegos en sendas balaustradas de los patios del Palacio Real y del licenciado Butrón, seguramente gravados para su solaz por la servidumbre y guardia palaciega.

 

NOTA: existe abundante bibliografía sobre el particular, por lo que por no cansar, me limito a citar a  autores que han tratado sobre los palacios: Jesús Urrea, María Antonia Fernández del Hoyo, Daniel Villalobos, Javier Pérez Gil, Sara Pérez, Eloísa Wattenberg, Juan Carlos Arnuncio, Juan José Martín González …

 

UN PASEO DIFERENTE POR EL CAMPO GRANDE

En  el Campo Grande está la mayor parte de las esculturas más antiguas de Valladolid, pero es que, además, recordaremos a  unos cuantos personajes destacados de la historia vallisoletana.

Al menos, que haya llegado hasta nuestros días, no son muchas las esculturas que se erigieron en Valladolid hasta la década de los ochenta del siglo XX (no obstante sabemos de algunas fuentes profusamente adornadas en el desaparecido palacio de la Ribera -cuyos restos se pueden ver frente a la actual playa de las Moreras-).  Y más concretamente hasta 1900 no se levantaron más que media docena, sin contar con algunos bajorrelieves que se instalaron en las fachadas de las casas de personajes ilustres: Cervantes, Colón y Zorrilla.

Cierto es que tenemos noticias de otras esculturas que hubo en el Campo Grande entre los años 1829 y 1835, que más adelante comentaremos.

La única escultura que hay del año 1900 es la del monumento a Zorrilla, en la plaza que lleva su nombre, y la más antigua es del año 1835: un Neptuno tallado en piedra que se halla en una islita próxima a la zona de juegos infantiles contigua al paseo de Zorrilla.

En fin, lo mejor es que vayamos paseando por todas estas esculturas: una forma diferente de ver el afamado y agradable Campo Grande.

 

Archiconocida es la escultura de José Zorrilla. El resultado final de este monumento que preside la entrada al Campo Grande es la conjunción de una propuesta municipal por rendir homenaje al poeta y dramaturgo, y la iniciativa popular del Ateneo de Madrid por erigir una escultura dedicada al más afamado de los escritores españoles de su época. Fechada en 1900, su autor es Aurelio Rodríguez Vicente Carretero (el mismo de la escultura del Conde Ansúrez de la Plaza Mayor): el vate declama y la alegoría de la Poesía escucha.

 

Al fondo de este paseo de Coches del Campo Grande está el monumento a Colón: de Antonio Susillo, se inauguró en el año 1905. Es, sin duda, la  escultura más grande de Valladolid. Los avatares de su instalación en Valladolid son interesantes: proyectada para erigirse en La Habana, llegada la independencia de aquella isla tanto Madrid como Sevilla pugnaron por recibir la escultura,  más el que Valladolid fuera el lugar de la muerte y primer entierro del descubridor parece que inclinó la balanza en favor de nuestra ciudad. El grupo escultórico está coronado por el almirante Colón y la representación de la Fe: cruz en una mano, cáliz en la otra y velo cubriéndole el rostro.

 

En este mismo paseo del jardín está la escultura que homenajea a Vicente Escudero. Su autora es Belén González Díaz y se erigió en 1995. Vicente Escudero (1888-1980), hijo de un humilde zapatero, fue grande entre los grandes del flamenco, no solo por su arte en el baile,  sino por su  enorme erudición sobre el mundo del flamenco.

 

Una detrás de la Oficina de Turismo,  y otra cerca del monumento a Colón, hay sendas figuras que representan a una muchacha contemplando un caracol, la primera; y un amable oso polar, la segunda. Se instalaron hacia 1968 y son las dos únicas esculturas  de las doce que llegó a haber en el Campo Grande  del autor salmantino Agustín Casillas Osado.

 

Nos aprestamos a recorrer el paseo del Príncipe comenzando por la plaza de Zorrilla, pero antes de entrar en el paseo hemos de fijarnos en un panel que resume la historia de la plaza, realizada por el artista Miguel Ángel Soria.

 

Nos recibe a la derecha del paseo el homenaje a los fotógrafos Marcelino Muñoz y su hijo  Vicente,  de Eduardo Cuadrado (1994). Años 50-60: se les conocía como minuteros, pues revelaban la foto en unos minutos sin tener que acudir a un laboratorio. El Campo Grande y la plaza Zorrilla eran lugares a los  que antes de popularizarse las cámaras de fotos,  una veintena de fotógrafos de Valladolid acudían domingos y festivos para retratar a soldados, novios y familias. Unos, como la saga Cabezas (Martín, Manolo y Cristóbal -Cholo-),  llevaban la fotografía en unos días a  casa;  otros, como los Muñoz, te la entregaban al momento.

 

A nuestra izquierda, el busto de poeta Leopoldo Cano (1844-1934), miembro de la Real Academia de la Lengua, se le asigna al realismo. La escultura es de 1936 y está realizado por Juan José Moreno Llebra.

 

Al otro lado del paseo, frente a Cano, y un tanto escondida, está el busto de la escritora Rosa Chacel (1898-1994). Su autor es Francisco Barón y se instaló en 1988, año en el que Valladolid le tributó un gran homenaje con motivo de cumplir sus 90 años.

 

Y desde este punto buscaremos en una isleta próxima a la zona de juegos infantiles colindante con el Paseo de Zorrilla, la imagen de Neptuno. Esta escultura es la más antigua que se conserva en Valladolid: 1835. Formaba parte de un trío de figuras que decoraron el paseo de Coches del Campo Grande: representaciones de Neptuno, Venus y Mercurio. Por cierto, muchas críticas se levantaron entre opinión pública y prensa por  los senos desnudos de Venus. Por sucesivas remodelaciones, primero se quitó la de Venus (otros dicen de La Abundancia),  y en 1878 las de Mercurio (que ha desaparecido también) y la Neptuno, que  volvió a instalarse en el Campo Grande en la década de 1930.

 

Si nos acercamos hasta el lago veremos una placa que homenajea al famos0 Catarro, el barquero que durante años paseo a niños y mayores por este lugar emblemático de Valladolid. Su autor es el escultor es Luis Santiago Pardo (autor, entre otras esculturas, de la Rosa Chacel de la plaza del Poniente).

 

La famosa Pérgola está presidida por la Fuente del Cisne, realizado por Gonzalo Bayón, su primer emplazamiento fue la plaza del Poniente, en 1887. Esta fuente en realidad se construyó para abastecimiento de agua a la población traída mediante una canalización desde un manantial que nacía al pie de la fábrica de harinas la Perla, al otro lado del Pisuerga en el barrio de la Victoria. Hasta que a los pocos años dejó de prestar servicio y pasó a ser decorativa en el Campo  Grande (corría el año de 1892). Curiosa fue la polémica entre los concejales del Ayuntamiento sobre si las figuras femeninas  (náyades o ninfas) debían tener el color carnal del barro o el verde que algo disimulaba su desnudez. En fin, cosas de la pacatería de aquella época.

 

Entre el paseo del Príncipe y la famosa pajarera, está  la Glorieta del Libro, un lugar recatado y tranquilo que acoge una fuente de la que no mana agua, rematada por una escultura que es un sencillo monumento a la lectura: “Niño y libro”, se titula. Se instaló con motivo del VII Congreso Nacional de Libreros celebrado en Valladolid en 1980.  Se inauguró el día 30 de julio y su autor es Manuel García Vázquez, que firma como Buciños por el municipio donde nació este escultor gallego.

 

Muy cerca de esta Glorieta está el busto en bronce  de Miguel Íscar (1828-1880) que fue alcalde de Valladolid entre 1877 y 1880. De breve mandato,  sin embargo fue enorme su contribución a la ciudad: entre otras, impulsar el Campo Grande que ahora conocemos. Temerario sería  resumir aquí su huella en la ciudad y la historia del Campo Grande. El autor de la escultura es Aurelio Rodríguez Carretero y se instaló en 1907.

 

Y la fuente de la Fama. Erigida en 1883 en homenaje a  Miguel Íscar.  El pedestal y estanque son de Antonio Iturralde y la escultura de Mariano Chicote. Es preciso advertir que la fuente no está coronada por un ángel (aunque tenga alas), sino por una diosa de la mitología griega y romana: la Fama (de ahí el nombre de la fuente). Es decir, la mujer alada que pregona y difunde, algo así como una voz pública que da a conocer las virtudes de  alguien.  La inauguración de la fuente (construida por suscripción popular) fue uno de los grandes acontecimientos de la historia doméstica de Valladolid. En 2010 se hizo una rehabilitación de la fuente, retirando la escultura de bronce original (deteriorada por el agua) y sustituida por una réplica llevada a cabo por el escultor y ceramista Andrés Coello.

 

En un apartado de la zona de la fuente de la Fama está la escultura que recuerda a Núñez de Arce (1832-1903). Realizada por Emiliano Barral en 1932. Núñez de Arce, además de escritor fue gobernador civil de Barcelona, diputado, ministro y académico de la lengua.

 

Este paseo por las esculturas del Campo Grande no puede finalizar sin fijarnos en los leones que decoran la puerta del Príncipe  (en honor del que fue Alfonso XII) que mira hacia el Arco de Ladrillo. Una rehabilitación llevada a cabo en 1998 incluyó la reposición de los leones que la coronan, realizada por el escultor en piedra, y reconocido restaurador, Rodrigo de la Torre Martín-Romo, con taller en Valladolid. Esta puerta conoció diversos avatares y cambios de ubicación: en 1846 se aprobó su construcción y hemos de llegar hasta 1894 para que tuviera una ubicación definitiva. Parece que en su origen estuvo coronada por unos leones realizados por el escultor Fernández de la Oliva (el autor del Cervantes de la plaza de la Universidad).

 

 

Hay dos esculturas que aunque no están propiamente en el Campo Grande, no deben pasar desapercibidas para el paseante. Se trata del bajorelieve que indica la casa (Acera Recoletos, 12) donde nació el escritor Miguel Delibes (1920-2010): se debe a la Fundición Capa, una empresa radicada en Madrid que ha reproducido esculturas de la mayoría de los escultores contemporáneos, además de realizar obra propia. Y el grupo escultórico  de los Héroes de Alcántara (una unidad de caballería creada en el siglo XVII), frente la Academia de Caballería: obra de Mariano Benlliure e instalada en 1931.

 

NOTA: Entre la bibliografía,  archivos y hemeroteca consultados, hay un par de  libros destacados:  “Escultura pública en la ciudad de Valladolid”, escrito por José Luis Cano de Gardoqui García; y  el libro de María Antonia Fernández del Hoyo publicado con el título  “Desarrollo urbano y proceso histórico del Campo Grande de Valladolid”.  Y la revista Atticus publicó en su tirada de diciembre de 2010 un detallado artículo sobre el grupo escultórico de Colón.

CASTILLOS DEL SEQUILLO: FRONTERA ENTRE LOS REINOS DE LEÓN Y CASTILLA.

El Sequillo, río de nombre y caudal modestos, de escasa prestancia y aparente inocencia,  alcanzó protagonismo significado en las disputas entre los reinos de León y Castilla a lo largo de los siglos XII y XIII.

Durante setenta años se convirtió en parte de la frontera, junto con el río Trabancos, que en Valladolid dividía los reinos de Castilla y León. Entre 1157 y 1230 se partió  en dos el reino cristiano del noroeste hispano: León por un lado y la naciente Castilla por otro. El Sequillo está en medio de los territorios que se disputaron los reyes de ambos reinos, pues necesitaban dominar las tierras de Campos, cuyo trigo llenaba los graneros de las aldeas y las despensas de los castillos. Para ello fundaron poblaciones, dieron prebendas a los nuevos moradores, amurallaron  pueblos  y levantaron castillos. Todo aquel intensísimo movimiento urbanístico y poblacional dejó una huella que todavía se percibe en las villas  que jalonan el Sequillo.

Toda esta historia arrancó cuando a la muerte del rey de León, Alfonso VII (1157), este dividió el territorio entre sus hijos e hijas: aquí comenzó una continua disputa entre el consolidado reino de León y el emergente reino de Castilla. Una división que terminó cuando Fernando III llamado el Santo, y coronado en Valladolid, consiguió unir ambos reinos, allá en el año de 1230.

Aquella cadena de castillos del Sequillo alcanzaba un punto en el  que se dividía entre los que, siguiendo el curso físico del río, llegaban hasta su desembocadura en el Valderaduey, ya en tierras zamoranas; y los que apuntaban hacia Toro, junto al Duero que, también fue frontera natural.

Superada la frontera y pacificados los territorios: junto a aquellos castillos (más bien pequeños, de sólidos muros, y construidos en lo alto de los tesos y en los bordes de Torozos),  fueron apareciendo nuevas fortalezas pero ya con trazas palaciegas: no estaban tan pensadas para la batalla como para la residencia de los nobles. La prueba es que se levantan en el llano, confiados en que no habría más batallas entre los reinos cristianos, y ya los musulmanes no constituían ninguna amenaza al norte del Duero.

Pues vamos a hacer un recorrido siguiendo algunos de aquellos castillos que pespuntean el Sequillo. Fortalezas que seguramente sean las más antiguas de Valladolid, después de los castillos que en siglos precedentes defendieron las orillas del Duero frente a los musulmanes: hablamos de los siglos X y XI: Peñafiel, Curiel, Tordesillas…

 

Empezaremos por Valdenebro de los Valles. No existen documentos  escritos que atestigüen su pertenencia a la cadena de fortificaciones fronterizas, más cuando uno se acerca a los escasos restos de su antiguo castillo, situado en el mismo casco urbano,  y se asoma al amplísimo territorio que domina, no puede dejar de pensarse que en un momento u otro, este municipio fue plaza fuerte en su día… Y no debemos dejar de ver la curiosa torre de la iglesia del municipio, con su escalera de caracol a ella pegada. La base de la torre es románica del siglo XIII ,y la planta del templo ya pertenece al XVI.

 

Medina de Rioseco perdió todo rastro de su castillo, aunque se conserva, ya muy remozada, la puerta de Zamora conocida como Arco de las Nieves, por haber allí una capilla dedicada a la Virgen de las Nieves.

 

Puerta del Reloj de Villabrágima. Esta puerta (con un reloj instalado en el siglo XX),  perteneció a la muralla que se levantó en el siglo XIII.

 

No es nada casual la ubicación del castillo de Tordehumos, y muy grande su importancia estratégica, pues desde él se domina casi todo el valle del Sequillo, y desde él se podían enviar avisos al resto de los castillos fronterizos. En el año 974 la localidad se la cita como Autero (Otero)  de Fumus.  Impresiona desde abajo la proporción que tuvo esta fortaleza que, ahora derruidas todas sus construcciones interiores (aunque es posible que queden restos por excavar  bajo tierra), ha quedado reducida a una pequeña meseta desde la que se obtienen inmensas panorámicas de todas las tierras y caseríos que lo rodean: Rioseco, Montealegre, Villabrágima, Villagarcía, Urueña o San Pedro de Latarce están a la vista de quien pasee rodeando el borde de las antiguas murallas. En Tordehumos se firmó el famoso tratado entre el rey leonés Alfonso IX y el castellano Alfonso VIII (uno de los siete tratados que se firmaron entre ambos reinos a lo largo de aquella guerra de fronteras). Sirvió para pacificar las luchas entre ambos reinos. Corría el año de 1194: el rey castellano devolvería fortalezas al de León, y que en caso de que el leonés falleciera sin descendencia, el castellano heredaría su reino: la orden del Temple y la de Calatrava se comprometieron a hacer cumplir el tratado, y mantener la paz entre los reinos.  Al castillo se sube fácilmente a través de una senda creada al efecto, y se puede recorrer alrededor, así como entrar al interior. Fotografía de la silueta de Urueña desde el castillo de Tordehumos.

 

Del castillo de Villagarcía de Campos, tenemos noticias desde mediado el siglo XIV.  En él se crió unos años el famoso Jeromín (Jerónimo), hijo natural de Carlos V. Aquel niño bastardo alcanzó relieve en la historia rebautizado por su hermanastro Felipe II con el nombre de Juan de Austria. De todas formas está en proceso de un profundo estudio arqueológico que, a lo mejor, revela una construcción más antigua de lo que hasta ahora se conoce.

 

Nuestro siguiente destino será San Pedro de Latarce. Tiene uno de los castillos más singulares de Valladolid, y seguramente de los más desconocidos: de planta ovalada, construido con cal y canto,  se levanta en la misma orilla del Sequillo. Esta fortaleza perteneció a Doña Berenguela, madre de Fernando III el Santo. En algún momento de su historia estuvo en manos de los templarios, para pasar luego a la orden de San Juan. El interior del castillo, una vez perdida su función defensiva,  albergó casas.  En las imágenes también se puede observar el lugar de la puerta principal del acceso. Desde aquí retrocederemos para buscar Urueña, aunque la línea defensiva del Sequillo continúa por los municipios de Belver de los Montes y Castronuevo, donde desemboca en el Valderaduey, pero estos municipios, que  se adentran en la provincia de Zamora, ya solo conservan escasísimos restos de sus fortificaciones.

 

A causa de la fama de sus murallas nos olvidamos de que  Urueña aún conserva su castillo, ahora convertido en cementerio municipal. El castillo está junto a un pequeño lavajo que llama la atención por estar en lo alto del páramo torozano.

 

Y terminamos nuestro recorrido en Tiedra: en la fotografía, imagen de Tiedra vista desde Villalonso, inmediato a Toro. Municipios, ambos que también disponen de sendas fortificaciones.

 

VALLADOLID Y LAS REINAS

La historia de España ha dado reinas excepcionales, que lo fueron por derecho y no por su condición de consorte. Mujeres que lucharon por sus derechos monárquicos y que defendieron los intereses de sus reinos. Que tuvieron que abrirse camino en un mundo hostil para la mujer. Que algunas sufrieron, a pesar de ser reinas, malos tratos, encierros y desprecios.  Nos estamos refiriendo a la Edad Media, pues la historia de España dio un salto de masculinidad monárquica desde Juana I en el siglo XVI, hasta Isabel II, ya en el XIX.

Pues bien, la mayoría de aquellas reinas lo fueron de los reinos de Castilla y León (juntos o por separado), y Valladolid atesora lugares que evocan a aquellas mujeres.

A lo largo de este año de 2017 se están llevando  a cabo algunas actividades conmemorativas de los 800 años transcurridos desde que Fernando III, llamado el Santo, fuera coronado Rey  de Castilla en la ciudad de Valladolid. Corona a la que añadiría en 1230 la de León uniendo, de esa manera, ambos reinos tras muchos años de disputas entre ambos territorios.

Si el dicho popular, no carente de ribetes machistas, de  que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, tiene ejemplos concretos, sin duda es el caso de Doña Berenguela, madre de Fernando III y propiciadora de que su hijo se ciñera la corona real.

La historia de los reinos de Castilla y León es una larga sucesión de uniones, separaciones, fronteras cambiantes, alianzas, estrategias, fidelidades y traiciones hasta su definitiva unidad. En esta película  hubo un espacio esencial para reinas excepcionales que tuvieron un papel  protagonista, más allá de figurantes o consortes (aunque entre estas no faltaron mujeres de gran talla por encima, incluso, de sus esposos reyes por derecho).

Nos estamos refiriendo a reinas “verdaderas”, es decir a aquellas que ejercieron el poder por sí mismas,  no por su posición matrimonial. Monarcas que supieron rodearse de una corte personal de músicos, poetas, filósofos o humanistas que terminaron por ejercer una gran influencia en la vida cultural y social de su tiempo.

Valladolid y algunas villas y pueblos de su provincia fueron escenarios históricos privilegiados de bodas, coronaciones, recibimientos, Cortes y disputas que jalonan la historia de los reinos de España.

Con este pretexto vamos a dar un paseo por  lugares vallisoletanos que evocan esta estrecha relación de Valladolid con las reinas. A tal fin daremos alguna pincelada (pues no es posible abordar con la extensión de un libro de historia aquellas vidas) sobre algunas de estas excepcionales mujeres.

 

Urraca I de Castilla (1079 o 1080 a  1126) hija de Alfonso VI y madre de Alfonso VII accedió al trono en 1109.  Fue la primera mujer que reinó sola en Castilla y León y se la describe como valiente e indómita.  Tuvo una estrecha relación con el Conde Ansúrez, que fue su ayo durante unos años, en cuya casa vivió desde que cumplió los ochos años de edad hasta que a los 16 años llegó la consumación del matrimonio que sus padres habían concertado con Raimundo de Constanza. La influencia del Conde, según algunos historiadores,  apunta a que fue él quien recomendó a Urraca su posterior matrimonio con Alfonso I el Batallador, rey de Aragón. De tormentosa vida, durante su relación matrimonial con Alfonso I,  llegó a sufrir maltratos físicos delante de la corte, e incluso la mandó encerrar para no separarse de ella y así no perder el reino de Castilla que lo consideraba como propio. Más, la reina supo maniobrar para segar la hierba bajo los pies de su esposo. Los reinos de Castilla y León y Aragón terminaron por separarse poniendo en serios apuros al Conde Ansúrez, que había prometido fidelidad a ambos.

 

La plaza Mayor de Valladolid exhibe una placa en su fachada de la Casa Consistorial que recuerda a Doña Berenguela. También la vieja Colegiata, mandada construir por Ansúrez, tiene papel protagonista en la historia de Berenguela (1181-1246). Esta  reina fue hija de Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra. Descrita como mujer excepcional y reina prudente, fue madre de Fernando III llamado el Santo. Tras diversas disputas con los nobles que pretendían que la corona recayera sobre Blanca de Castilla, consiguió los apoyos suficientes para ser reconocida como reina, y días después coronada (según esa placa) en la actual plaza Mayor de Valladolid, pero lo más probable es que aquello realmente ocurriera en la actual plaza de la Universidad, en 1217 conocida como del Mercado. Aquel acto se llevó a cabo en medio de una gran expectación y parece que se hizo en un lugar amplio que permitiera la presencia de la muchedumbre que quería ser testigo de aquel acontecimiento. En el mismo momento de su coronación traspasó el reinado a su hijo Fernando III y se trasladaron a la Colegiata para entonar un Te Deum . En realidad reinaron juntos durante treinta años  sin que se conozcan desavenencias importantes entre madre e hijo. Doña Berenguela se había casado en 1197  con Alfonso IX de León en la iglesia colegiata de Santa María de Valladolid, ignorando la prohibición de aquel matrimonio por parte del Papa Inocencio III que apelaba a consanguineidad entre ambos contrayentes.

 

María Alfonso de Meneses pasó a la historia como María de Molina (1265-1321).  El  Molina le vino  a raíz de que ya al final de su vida recibió de su esposo Sancho IV el señorío de Molina, ubicado en la provincia de Guadalajara. Era nieta de doña Berenguela y su matrimonio, del que nacieron siete hijos, no fue reconocido por el papado por razones de consanguineidad –igual que ocurriera con la boda de su abuela-. El matrimonio terminó por recibir el plácet de Bonifacio VIII merced a una generosísima donación de María al papa en 1301, lo que allanó el camino para que Fernando IV fuera reconocido como heredero de la corona. Aquel reconocimiento fue el resultado de numerosas intrigas en las que María de Molina se mostró especialmente inteligente, dando poder a las emergentes oligarquías urbanas enfrentadas a la nobleza. Fue verdaderamente tres veces reina: como esposa, madre y abuela regente, dada la precaria salud de su hijo Fernando y la falta de edad para gobernar de su nieto, que sería Alfonso XI. La custodia de su nieto se la dio “a los hombres buenos de la ciudad de Valladolid”. En definitiva, tuvo que estar al frente del reino hasta el final de sus días.  María de Molina fundó las Huelgas Reales (orden cisterciense) e impulsó el convento de San Pablo. Alivió las cargas fiscales de la naciente burguesía, se alineó con Bonifacio VIII para la liquidación de la orden del Temple, etc. Era prima carnal de Alfonso X: el nombre de calle Mirabel, en el barrio de la Rondilla, viene dado por el camino que conducía hasta el Real Palacio de Mirabel, en las inmediaciones de la Overuela, donde se dice que se redactó parte de las famosas Siete Partidas de Alfonso X el Sabio. Falleció en el desaparecido convento de San Francisco aunque está enterrada en las Huelgas Reales de Valladolid. (Las imágenes muestran la torre mudéjar de las Huelgas Reales –del blog Arte en Valladolid, de Javier Baladrón, al igual que  la sepultura de la reina-;   restos antiguos del convento de San Pablo, aunque ya prácticamente nada se conserva de su primigenia construcción; y el Museo de Valladolid conserva el sarcófago donde se guardaron los restos del infante Alfonso hijo de María de Molina).

 

En el Palacio de los Vivero (que aparece en las fotografías -solo visitable mañanas de día de diario-),  Isabel I de Castilla (1451-1504) firmó su compromiso matrimonial con Fernando de Aragón, príncipes aún aquel año de 1469. Para protegerse de las iras de parte de los nobles  que no vieron con buenos ojos aquel matrimonio, los príncipes  se refugiaron durante unos meses en Medina de Rioseco bajo la protección de Fadrique I Enríquez, a la sazón Almirante de Castilla, abuelo de Fernando y tío lejano de Isabel y, sobre todo, poderoso personaje respetado por el resto de la nobleza castellana.  Fueron muchos los escenarios vallisoletanos que vivieron los acontecimientos del reinado de Isabel y Fernando. La reina nació en Madrigal de las Altas Torres y falleció en el Palacio Testamentario de Medina del Campo. 

 

De Juana I de Castilla -mal llamada la Loca- (1479-1555)… pues ¡anda que no hemos tenido monarcas que debieron ser incapacitados en algún momento de su vida! De sobradamente conocida biografía, destacamos que fue reconocida como reina por los nobles castellanos durante la reclusión a la que le sometió su esposo Felipe el Hermoso en el castillo o palacio de Mucientes (fotografía) en los primeros días de julio de 1506 tratando, precisamente, de inhabilitarla. Son muchos los lugares de la provincia que guardan relación con la reina: Medina de Campo, Tordesillas…  Parece documentado que durante su reclusión  en Tordesillas oía misa en  San Antolín,   pero la leyenda añade que después subía hasta la torre de la iglesia para ver si desde allí oteaba la llegada de su (ya) fallecido esposo Felipe. (La escultura de la fotografía es del zamorano Hipólito Pérez, frente a la fachada de San Antolín donde destaca la torre a la que ascendía la reina Juana).

 

Hasta el mes de febrero de 2018, el palacio de Butrón (Sede del Archivo General de Castilla y León) sito en la plaza de Santa Brígida, ofrece al público una interesante exposición sobre Fernando III el Santo, hijo de Doña Berenguela.

 

NOTAS: son muchos los textos que abordan las vidas de estas mujeres, algunas con abultada bibliografía. Más si alguien quiere tener una visión de conjunto, recomiendo alguno de  los siguientes libros: Reinas Medievales en los Reinos Hispánicos (de María Jesús Fuente); Reinas Medievales españolas (de Vicenta Márquez de la Plata y Luis Valero de Bernabé); y Mujeres Ilustres de Valladolid, siglos XII-XIX (VV.AA.) editado por el Ayuntamiento de Valladolid. La sepultura de María de Molina puede verse aprovechando el horario de misa de 12 de los domingos de las Huelgas Reales (se entra por la calle Estudios).

 

FUENTEUNGRILLO: UN DESPOBLADO MEDIEVAL

En el siglo XV ya no quedaba habitante alguno en Fuenteungrillo. Acaso la peste, tal vez las exigencias recaudatorias de sus dueños, o la hambruna provocada por unas malas cosechas empujaran a los habitantes de este poblado medieval a abandonar sus casas. Seguramente no sería una decisión repentina, sino un proceso paulatino en el que intervendrían muchos acontecimientos, pero se sabe que hacia 1404 ya nadie quedaba en aquel lugar. No cabe descartar que entre las causas del abandono tuviera que ver el que perdiera interés estratégico en las pugnas por el control de los reinos de León y de Castilla o entre los señores feudales.

A cuatro kilómetros de Villalba de los Alcores se han rescatado parte de los restos de un pueblo que no fue pequeño en sus años. Se trata de un asentamiento del que ya hay constancia documental muy a principios del s. XIII y que estuvo habitado hasta el XV.

Este poblado tiene de extraordinario  el hecho de poseer abundante y detallada  documentación escrita, incluido el Becerro de las Behetrías, y los cimientos suficientes de muchas de sus construcciones, lo que ha permitido acotar perímetros y reconstruir su historia. Pero no es sino uno más de los muchísimos despoblados que se fueron produciendo en Europa y en España, sobre todo, en los siglos XIV y XV, a los que el territorio vallisoletano no es ajeno. Basta ojear el Diccionario de Pascual Madoz y otras crónicas del siglo XIX para percatarnos de los muchos despoblados que hay en la provincia. Buena parte de este fenómeno debe explicarse por causas económicas y de reordenación de la población cuando la Edad Media comenzaba a tocar su final, lo que algunos expertos denominan crisis de la Baja Edad Media.

En principio se pensó en que se trataba de una villa romana por unos restos cerámicos allí localizados, pero más tarde se comprobó que eran  de la llamada cerámica de Valladolid. No obstante,  no muy lejos del poblado se encontró un busto romano;  y en las inmediaciones restos prehistóricos, con lo que lo más probable es que hasta que se consolidó como poblado medieval es lógico pensar que hubiera algunos otros poblamientos, pues se trata de un enclave sobre un promontorio (que permite la observación de un amplio entorno) y con cercanía del agua del arroyo de Fuentes.

Los profesores Wattenberg, Palop y, desde 1982, Julio Valdeón e Inmaculada Sáez han sido los impulsores de la investigación de Fuenteungrillo, que el año 1983 fue declarado Bien de Interés Cultural. Actualmente el Ayuntamiento de Villalba de los Alcores mediante un convenio con  la empresa Arbotante está impulsando las investigaciones, que incluyen campañas veraniegas de estudiantes desentrañando piedras  y rescatando sencillos objetos que, una vez datados, serán llevados al Museo de Valladolid. También colaboran el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Valladolid, la Dirección General de Patrimonio Cultural y la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León.

El trazado del caserío, sus calles y las puertas del despoblado son perfectamente reconocibles sobre el terreno. El interés de este yacimiento reside en  que desde que se abandonó no ha sido alterado por ninguna otra ocupación. Por lo tanto se está pudiendo estudiar con buen detalle cómo fue el poblado original. Además, durante muchos años,  ha sido uno de los descansaderos más grandes e importantes de uno de los cordeles de la Cañada Real Leonesa Occidental, que iba desde Palencia a Torrelobatón pasando junto a Fuenteungrillo, por lo que ningún agricultor ha levantado las piedras para arar el terreno.

Un pequeño castillo defensivo y hasta cuatro  iglesias o parroquias aglutinaban a una comunidad que llegaría a tener 30 familias, unos doscientos habitantes que se surtían del arroyo de Fuentes. Más de diez hectáreas de terreno estaban ocupadas por casas de piedra y barro con sus correspondientes calles y adecuada organización social, guardadas por una muralla con dos puertas y debidamente vigiladas. Ahora solo vemos una parte de todo aquello.

 

El corral anexo a la fortaleza, que se representa mediante  dos caballerías silueteadas en acero era, en realidad, una majada donde guardar el rebaño.

 

La estructura del poblado es perfectamente reconocible y documentada: Barrio de Santa Coloma, Puertas de  San pedro (que también fue un barrio –donde está el actual palomar-), castillo y varios cementerios. 

 

Además de la estructura de las viviendas, algunas con pequeños corrales y silos,  se han rescatado hornos domésticos para hacer pan. 

 

La visita dispone de un aula de interpretación que explica detalladamente el origen y evolución de Fuenteungrillo: en la imagen uno de los paneles.

 

Una pieza cerámica de hace 800 años.

 

Se ha reconstruido  una vivienda, aunque en realidad la generalidad de ellas no debían ser tan grandes: apenas unos 20 m2 con cubierta a un agua habitadas por campesinos sencillos que trabajaban simplemente para subsistir.

El castillo, además de los silos de alimentos, tiene varios enterramientos infantiles, una vez que la fortaleza dejó de tener utilidad a partir de 1250. La fortaleza dispuso de su correspondiente torre. El suelo de la  puerta del castillo es original y se conserva el tope del portón.

 

En la imágen, desde el interior del castillo, se aprecia el Centro de Interpretación y, más al fondo, la vivienda reconstruida según un criterio idealizado de acuerdo a la información que se dispone de las construcciones de la época.

 

La foto muestra lo que estaba bajo tierra y el recrecimiento contemporáneo que se ha hecho de los muros originales, tal como nos muestra Iván García, una de las personas que está al frente de las excavaciones.

 

 Merece la pena subir hasta la azotea del aula que ha montado la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León por la panorámica que ofrece, no sólo del poblado en sí, sino del vasto y solitario territorio que desde esta altura se contempla. Villlalba de los Alcores la fondo.

 

La charca de Fuenteungrillo, a los pies del despoblado. Se trata de un embalsamiento artificial. En muchas casas de Villalba de los Alcores hay alguna piedra de las que, antes, los chavales sacaban del fondo de la “charca”. Se trata de unas piedras porosas, muy agujereadas, que la gente las utiliza para adornar algún  rincón de su casa.

 

La charca al atardecer. Algunos patos, pollas de aguas y garzas, en tiempo de emigración, encuentran refugio en estas quietas aguas de abundantes carrizos. También algunas gentes pescan carpas desde que hace unos pocos años se pobló el embalse con esta especie.

 

NOTA: el yacimiento tiene libre acceso: km. 4 desde Villalba de los Alcores hacia Valdenebro de los Valles. Para acceder al Aula de Interpretación y a la vivienda hay que concertar visita en el teléfono del Ayuntamiento de Villalba: 983 721 500.

TIEDRA: HISTORIA, PATRIMONIO Y PAISAJE

La villa de Tiedra es uno de los municipios vallisoletanos con mayor y más variado patrimonio. Con la venia de otros municipios, también acreedores al premio, Tiedra ha sido elegido como uno de los pueblos más bellos de Castilla y León para este año.

Esta villa estaba asentada desde época vaccea y romana en la planicie de la ermita, donde aún se encuentran restos en el subsuelo de la ciudad romana. En el siglo XII el caserío se trasladó hasta la ubicación actual, frente a la ermita, para mejor defender la frontera entre León y Castilla. Su importante desarrollo posterior se manifiesta en el levantamiento de cuatro parroquias, la consolidación de una singular plaza Mayor y la construcción de importantes edificios civiles, tanto de servicio público, como el pósito, como residenciales particulares.

Su emplazamiento en el borde de Torozos, su paisaje, sus edificios y su historia brindan a cuantos visitan Tiedra un verdadero placer para los sentidos que, además, ofrece un observatorio astronómico y un pequeño museo con diversos hallazgos arqueológicos…

… Y a disfrutar de ello nos aprestamos sin apenas palabras, no sin antes indicar que recientemente se ha editado un libro titulado “Tiedra, un viaje casual” en el que hemos participado diversos autores. El libro ya está disponible en las librerías.

 

La ermita de Nuestra Señora de Tiedra Vieja, con un reloj de sol acaso el más antiguo de Valladolid y curiosos exvotos en el interior de la iglesia. Fue primero hospedería (s. XVII) y el siglo siguiente se construyó la iglesia, con un órgano barroco:

 

Pobladura de Sotierra, a los pies de la villa:

 

 El perfil de Tiedra desde la ermita:

 

  Fuente de San Pedro, donde comienza una interesantísima ruta:

 

El pósito o almacén público de grano, del s. XVIII:

 

 

Uno de sus impresionantes caserones de piedra:

 

 

El ladrillo está muy presente en el caserío de Tiedra:

 

Antigua casa del Concejo e iglesia de San Miguel:

 

Iglesia de El Salvador, edificada en el XVI:

 

La Casa Consistorial, de hechuras palaciegas, que demostraba la pujanza económica de Tiedra en el s. XIX, y vieja casa con soportales  en la plaza Mayor:

 

Parque y antiguos lavaderos:

 

La ermita, sobre el primitivo asentamiento romano,  vista desde las estribaciones del castillo:

 

El antiguo matadero y un palomar:

 

Las viejas escuelas:

 

 Su singular castillo y vistas desde la torre (desde donde se puede ver Toro, con prismáticos):

 

 

NOTA: Oficina de Turismo de Tiedra: tlfs. 667763852 y 983791405; e-mail: turismortiedra@gmail.com