MEDINA DE RIOSECO, ESPLÉNDIDA CIUDAD

Medina de Rioseco es un impresionante municipio por historia y monumentalidad. Sus cuatro iglesias principales tienen un imponente porte catedralicio. Y el patrimonio civil que ofrece no será fácil verlo en otros lugares.

Rioseco vivió de la riqueza y pujanza económica,  como en general toda Tierra de Campos, cuando el trigo de esta comarca era una auténtica mina de oro. A Medina de Rioseco se le llegó a conocer como la “India chica” -o “la ciudad de los mil millonarios”-, equiparándola de esa manera a las ricas tierras de ultramar. Triste es ver, hoy, como buena parte de esta comarca está sometida a un declive y despoblamiento tremendos.

Hay muchas opciones de recorridos por Rioseco, entre los que el entorno de la dársena del Canal de Castilla no es la menor… o los jardines y plazas: …. o sus fuentes;  y  anotadas quedan sus iglesias, sin olvidar el Museo de San Francisco, el de Semana Santa -ubicado en la iglesia de la Santa Cruz- o la Harinera San Antonio; y, en general, el callejero de la ciudad, con un agradable sabor a antiguo y señorial (en razón de sus casonas).

Hablar de Rioseco es hablar de palabras mayores tanto en patrimonio (como ya se ha dicho) como en historia. De hecho, su casco histórico está declarado Conjunto Histórico Artístico desde 1965. Y para ello solo un par de detalles, que relatamos a continuación.

En Rioseco se refugiaron, recién casados,  Isabel y Fernando. El casamiento no contaba con el beneplácito de Enrique IV  hermanastro de Isabel.  Es el caso que para protegerse de las iras del rey, los jóvenes esposos contaron con el respaldo del poderoso Fadrique  Enríquez, Almirante de Castilla (que a la sazón era señor de Rioseco,  abuelo de Fernando y tío lejano de Isabel), por tanto  personaje por cuyas venas corría sangre real, y en caso de conflicto podría ser enemigo temible del propio rey.

Pero es que en Rioseco, lustros más tarde (1520), también se refugió el cardenal Adriano, regente del reino en ausencia del Emperador Carlos V, huyendo de las tropas comuneras.

Entre las muchas opciones que hay de disfrutar de Rioseco, propongo buscar las tres puertas que aún se mantienen de las siete que llegó a tener en su momento. Esto nos va a permitir pasear por las calles del municipio y contemplar diversos edificios  y ambientes.

Comenzaremos en el puente sobre el Sequillo, que da entrada a Rioseco si llegamos desde Valladolid.

 Nada más cruzar el puente hay un edificio de ladrillo que da la bienvenida y es la sede de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago. Pues bien, este modesto edificio era en otro tiempo como otra puerta (virtual) pues en él estaba alojado el “portazgo”, es decir, el lugar donde se recaudaban los impuestos por los productos que se introducían en la localidad para venderlos en tiendas y mercados. Estos portazgos también se conocían como fielatos… vaya, lo que hoy llamaríamos peaje.

 Camino de la plaza Mayor, ya adentrados en la ciudad, veremos a un lado el Parque Duque de Osuna: situado a los pies del desaparecido  castillo,  se urbanizó por el Ayuntamiento en  1858 y ha sido el lugar tradicional de paseo de los riosecanos. Cuentan que antaño la gente pudiente frecuentaba uno de los paseos, y el pueblo llano,  la servidumbre y los artesanos, el otro. Acaso el paseo central lo usaban las parejas de enamorados, por eso también se le conoce como “el paseo”. Las columnas y pilastras son restos del antiguo palacio de los Almirantes, que con frecuencia se cita también como el castillo. Pero en realidad se trata de dos construcciones diferentes: el parque del duque de Osuna eran los jardines del palacio, destruido por los franceses; mientras que el castillo propiamente dicho se erigía en lo alto del cerro. Del castillo no queda resto alguna sobre todo porque su piedra se usó para otras edificaciones.

La fuente de La Flora, en el parque, que no es la original, pues aquella está en la Casa Consistorial.

Junto al parque, según se entra en la ciudad,  casi en las puertas del  Museo de  San Francisco, se levanta una escultura que rinde memoria de la famosa batalla de Moclín (un teso próximo a Rioseco), la primera batalla en toda regla que disputaron las tropas francesas invasoras y el endeble ejército español al principio de la Guerra de Independencia, en julio de 1808. Perdieron los batallones españoles y los franceses entraron a saco en Rioseco. El autor es Aurelio Carretero, escultor nacido en la localidad y cuyas obras más conocidas son el monumento al Conde Ansúrez y la escultura de Zorrilla, ambas erigidas en Valladolid.

Y el antiguo Convento de San Francisco (s. XVI- XVIII), que hoy alberga un interesantísimo museo que, si tenemos tiempo, no hay que perderse por  la historia, cultura y escultura que ofrece.

Precisamente frente al Convento, bordeando el parque, sale la calle del Almirante que, cuesta arriba,  lleva hasta la puerta de Zamora. Construida en el XVI, también se conoce como Arco de las Nieves, por haber en ella una capilla dedicada a la Virgen de las Nieves (¿será porque en sus inmediaciones había uno de  los pozos de nieve que tuvo Rioseco?). El alzado es muy original pues tiene que dar acceso a varias calles. Podemos subir hasta los jardines del Castillo y ver una panorámica de la ciudad.

Al final de la calle del Castillo se encuentra el Corro del Asado, donde se alza el Torno, un edificio del XVI levantado junto al desaparecido castillo, que ha servido a los habitantes de Rioseco para diversos menesteres. Fue, originalmente, pósito  -almacén de trigo-; luego sirvió para dar dio cobijo a pobres; durante la II República aquí ensayaban las murgas de carnaval; y tras la Guerra Civil,  un torno recogía a los bebes de las mujeres solteras.

Ocupan estos jardines el suelo de una fortaleza de la que, como ya hemos dicho,  ya nada queda. Se trata de un lugar un tanto desarmado pero que se compensa con la quietud que respira y el paisaje que despliega a sus pies. Allí abajo se verá la vieja máquina del ferrocarril que unía esta localidad con Valladolid -el famoso tren burra-, y una gran escultura de Jesús Capa, artista plástico nacido en Rioseco. Pero necesariamente hemos de volver por el mismo sitio a buscar la plaza Mayor.

Plaza Mayor y casa Consistorial, reconstruida en el último tercio del s. XX, sus soportales pertenecieron al claustro del convento de San Francisco. Medina de Rioseco  es una de las tres poblaciones de la provincia que ostenta el  título de ciudad: Valladolid y Nava del Rey son las otras dos.

Una calle lateral del Ayuntamiento (Ronda de Santa Ana), con traza amurallada, lleva directamente hasta nuestra segunda puerta: la del Arco del Ajujar. Comenzada a construir en el siglo XIII (como la muralla), en sus bajos hay un pequeño museo Municipal. Junto a la puerta se podrán observar restos de la antigua fortificación.

Bordeando la población, encinchada por el cauce del Sequillo, alcanzaremos la puerta de San Sebastián. Esta es una puerta señorial que no pertenece a la muralla original. Se construyó en el siglo XVI –sustituyendo una anterior-, y fue costeada por el municipio (es decir, por el pueblo): en su frontispicio figura la inscripción “populus faciebat”. Se trata de una puerta monumental, llamativa por sus dos arcos y característica del Renacimiento. En su cara exterior están labrados los escudos de la ciudad, y en su interior alberga una capilla donde se venera la imagen del Cristo de las Puertas.

Fuente y alberca de San Sebastián, en la carretera de Villalón, algunos artículos la fechan en el siglo XVI y sería, por tanto, la más antigua de todas las fuentes de la ciudad, erigidas en el siglo XIX.

 
Desde la puerta de San Sebastián, sugiero acercarse hasta el Canal de Castilla (llamado Ramal de Campos) cuya dársena, terminada de construir hacia 1850, se convirtió en el epicentro de una gran actividad industrial y agrícola. Tanto por la zona ajardinada que la rodea como por las vistas que ofrece (la gran lámina de agua crea una luminosidad especial), bien merece la pena recrearse un rato en su entorno. La Fábrica de Harinas San Antonio conserva toda su maquinaria del siglo XIX, y tiene horarios de visita al público. La zona está agradablemente ajardinada y se conoce como “jardines de la Concha”, me imagino que por la forma que ofrece la dársena.

Nuestra vuelta al punto de inicio es el mejor pretexto para atravesar el corazón de Rioseco recorriendo la calle Rúa (como así se conoce en la localidad), pero que, en realidad son dos calles: Lázaro Alonso y Román Martín. Calle a cuyos lados se ubican buena parte de los edificios más monumentales del municipio. La Rúa, singular por sus soportales, está considerada como uno de los conjuntos más interesantes de la arquitectura popular de la provincia.

Ya hemos dejado atrás la Plaza Mayor y nos dirigimos al puente donde comenzamos nuestro paseo… y nos despedimos de Medina de Rioseco fijándonos en un interesante edificio que está a nuestra izquierda: una posada del siglo XVI en la que se alojó el poeta León Felipe (1884-1968) en sus estancias en la localidad. Por cierto, al albaceas de León Felipe, que fue un tal Alejando Campos Ramírez, más conocido por el seudónimo de Finisterre (escritor también aunque de escasa fortuna), se le consiera el  inventor del futbolín.

Plano de Medina de Rioseco, tomado de la página de la Oficina de Turismo.

Medina de Rioseco tiene otros puntos de gran interés, como es la fuente de Valdescopezo, un paseo a recorrer por las afueras del municipio, junto a los restos de un viejo convento; sus iglesias (auténticas catedrales) una de las cuales -la de Santa María- tiene la capilla de los Benavente, considerada la Capilla Sixtina de Castilla; su curiosa plaza de toros de 10 lados inaugurada en 1861; la ermita de Castilviejo; y las fuentes que bordean Rioseco. Pero acaso sean muy desconocidas las bodegas que tiene, muchas en piedra de sillería, y también los restos de su muralla, cuyas piedras están ocultas tras las edificaciones.

Del Museo de San Francisco y de la Fuente de Valdescopezo hay sendos reportajes en este mismo blog.

ARROYO DE LA ENCOMIENDA: UN INTERESANTE MUNICIPIO

Arroyo de la Encomienda, al que más bien se le conoce  como La Flecha es un municipio de humilde origen y enorme crecimiento urbanístico durante los desbocados años de la construcción de adosados y  unifamiliares: de 1.400 habitantes en 1990, en el año que corre contabiliza 20.000 almas.

Esto pudiera hacer creer que se trata de uno más de tantos lugares de escasa importancia que entre tanto ladrillo y numerosas urbanizaciones nada tiene de especial interés. Pero no es así. Arroyo de la Encomienda guarda edificios, lugares e historias que poco a poco se van poniendo de relieve por  el Ayuntamiento,  y  también  gracias a la Asociación Cultural Descubriendo Arroyo, al frente de la cual está, con gran entusiasmo, Andrés Madroño.

Linda Arroyo con el término de Valladolid, y los dos focos de mayor interés histórico y monumental están en sendos extremos del casco urbano, que se divide entre los enclaves de Arroyo de la Encomienda y  La Flecha.  El nombre oficial del municipio es el de Arroyo, aunque parezca que La Flecha se haya “comido” el nombre  del municipio. Los referidos extremos son el antiguo monasterio de Santa Ana (siglo XVIII) y  junto al monasterio lo que queda del pequeño cenobio de San Pedro de las Flechas, del siglo XII. Y en el otro extremo la interesantísima iglesia románica de San Juan Evangelista, también del XII. Y en torno a ambos enclaves diversos testimonios que no deben pasar desapercibidos.

Arroyo, hasta la desamortización, perteneció a la encomienda de San Juan de los monjes de Wamba. De ahí que entre el arroyo del Rodastillo (que nace en Ciguñuela) y su pertenencia los monjes de Wamba, un nombre terminara por ser el que es: Arroyo de la Encomienda.

Contado esto,  nos aprestamos a recorrer el municipio.

Hotel Santa Ana. Antiguo monasterio de los jerónimos de Nuestra Señora de Prado (Valladolid), que se fundó como una especie de  finca de recreo. Los monjes  tenían  aquí importantes explotaciones agrícolas desde el siglo XV, así como  unas grandes aceñas de producción de harina que compraron al conde D. Gonzalo de Guzmán, y un molino de papel.

Las aceñas, tras la Desamortización, las compró al Estado Mariano Miguel de Reinoso (que llegó a ser ministro de Fomento reinando Isabel II), y se transformaron en la fábrica de harinas “La Flecha”, que estuvo en servicio hasta el año 1962. El núcleo urbano  de La Flecha fue formándose sobre las antiguas propiedades de los monjes sobre todo a partir  de la década de 1950, aunque ya en el siglo XIX se cita en ocasiones este enclave como “barrio de La Flecha” que, por ejemplo en 1885 se indica que tenía “dos casas”, “pertenecientes a San Juan de Arroyo”. Iglesia que, a su vez, estaba bajo la jurisdicción de la parroquia de Santa María de la Victoria, de Valladolid.

Pared, sin la leyenda que presidía su fachada, con escudo episcopal: iglesia de San Pedro de las Flechas (de ahí el nombre de La Flecha). Se trata de un repoblador del siglo XII. El resto del edifico se derribó recientemente. El texto que presidia la entrada era el siguiente: “DON PEDRO PÉREZ PERÓN FUNDÓ ÉSTA IGLESIA AÑO DE 1150. DON NICOLAS VALDES DE CARRIAZO SU DESCENDIENTE Y ÚNICO PATRÓN DELLA SIENDO OBISPO DE GUADIX LA RREDIFICO EN EL AÑO DE 1613”.

Casco viejo de La Flecha, con casas revalorizadas que poco a poco se van arreglando.

Escuelas de 1968 con la casa del maestro en la esquina del fondo.

En la foto se ve el Ayuntamiento, y a la izquierda el Centro de Salud.

Panorámica de La Flecha, con una colorida escultura de Gabarrón.

En la izquierda de la imágen, Cotarra o Cotarrona de la Horca.  Documentado está la existencia de una horca en este lugar en el siglo XV. En primer plano la plaza que con “Holas” en todos los idiomas, creada por Ángel Marcos.

Escultura del vaquero (de Gonzalo Coello),  en pleno Arroyo de la Encomienda, sirve de testimonio de la importante industria ganadera y lechera que hubo en este lugar: la granja de los Ibáñez, de la que dependía la mayoría de la población.

En Arroyo hubo unos 200 jornaleros, que habitaban algunas casas (muy interesantes) que aún se conservan (del siglo XIX).

Iglesia de San Juan Evangelista, del siglo XII. Es una verdadera joya del románico en Valladolid.

La espadaña de la iglesia antes estaba en el centro del edificio, pero se derribó debido a que el peso amenazaba el hundimiento de la misma. Antigua ilustración de Parcerisa.

Junto a la iglesia, una nueva escultura de Coello mostrando al campanero. La campana es original y la regaló al pueblo el conde de Guaquí en 1876. El conde fue propietario de buena parte del término de Arroyo.

Presidiendo la plaza de la Tablonada, el hotel Los jardines de la Abadía. Es una construcción reciente que inspira un aspecto histórico.

Bodega, bajo la plaza de la Tablonada, de la que no está muy clara su propiedad original. Pero desde luego ha servido, recientemente, de bodega comunitaria y durante la Guerra Civil de refugio antiaéreo. En la imágenes, la entrada que nos muestra Andrés,  el presidente de la Asociación Descubriendo Arroyo; e interior de la misma.

Los valores históricos y patrimoniales de Arroyo de la Encomienda se complementan con la vega y orilla del Pisuerga, pero ese paseo para otra ocasión.

UN RECORRIDO POR EL VALLE DEL CUCO

El Valle del Cuco es uno de los rincones más interesantes de la Provincia de Valladolid que limita con Burgos. Formado por seis términos municipales, su nombre se lo da el arroyo del Cuco, que nace en San Llorente y  rinde sus aguas al Duero en Bocos. Desde el Duero,  el valle va subiendo hasta el páramo que separa este río del Valle Esgueva.

Sus municipios se remontan a los últimos años de la Alta Edad Media, cuando los reinos cristianos consiguieron dominar el territorio al norte del Duero y comenzaron a repoblar estas tierras. No obstante, hay evidencias de algún asentamiento de la Edad del Bronce en el término de Bocos de Duero, lo que habla de la benignidad de estas tierras, con abundante agua y con algunos altos, como el monte Gurugú, que proporcionaban adecuadas condiciones para asentamientos humanos bien aprovisionados y defendidos.

El valle lo forman los municipios de Curiel, Bocos, Corrales, Valdearcos, San Llorente y Roturas.

Pueblos pequeños pero no exentos de antigua historia y comunicaciones que, como hemos dicho, se remontan a la Edad Media: por aquí pasa el camino Real de Burgos, en realidad una cañada.

La carretera que vamos a recorrer ensarta cinco de los seis municipios del valle: a Roturas habría que ir por Pesquera de Duero, aunque podríamos acercarnos desde San Llorente pero por un camino de concentración de 6 km.

El recorrido nos permitirá disfrutar de historia, patrimonio, curiosidades y paisajes.

La “puerta” de entrada al valle está en Curiel y su principal recorrido termina en  San Llorente, que es el itinerario que vamos a llevar en esta ocasión. En este mismo blog hay diversas entradas relacionadas con el valle que se detienen en recorridos pormenorizados por Curiel, Roturas, el pico Gurugú y las fuentes, que son una de las señas de identidad de este espléndido territorio vallisoletano.

Rollo jurisdiccional de Curiel en primer término y al fondo, el teso donde estuvo su castillo, del que se conservan algunos cimientos. En moderna construcción se ha levantado una posada Real. Este castillo, frente al de Peñafiel, eran dos verdaderos guardianes del paso del valle del Duero… Y en la carretera,  un vehículo de museo.

Arco de la puerta de la Magdalena, del siglo XIII da testimonio de las cuatro puertas que tuvo la muralla de Curiel.

Llegando a Bocos, al fondo se ve el pico Gurugú, al que se puede subir para ver una panorámica del valle del Duero. Alguna de las antañonas casas del pueblo y el viejo molino.

En Corrales han puesto la fuente del siglo XIX al pie de la iglesia: antes estaba en la pobeda (chopera) de la parte baja del municipio.  Algunas fachadas lucen recuerdos de habitantes que llegaron a centenarios.

De Corrales parten varias sendas que conducen a las fuentes del valle, por si queremos darnos un paseo a pie.

Antes de llegar a Valdearcos de la Vega, todavía en el término municipal de Corrales, hay uno de los árboles singulares  de la provincia de Valladolid. Se trata de la “encina de la Tía Pilar” (que es como se la conoce en la zona), aunque en algún catálogo de arboles singulares se la cita como de la “tía Isabel”.

Valdearcos de la Vega: ermita de la entrada y rollo jurisdiccional en la plaza. En Valdearcos también hay alguna placa de recuerda a vecinos de centenaria edad, lo que acaso demuestre una peculiaridad de la población del valle del Cuco, que es la longevidad de sus habitantes.

Panorámica de San Llorente, torre del Ayuntamiento (en la plaza Socarrena),  y un colmenar tradicional a las afueras del pueblo.

Al final de la calle Hospital, en San Llorente, pasada la Plaza Mayor, hay un amplio balcón que se asoma al valle, y por debajo de esta zona están las bodegas, como tienen todos los municipios del valle.

En el páramo del término de San Llorente está la fuente de la Jarrubia, que da nacimiento al arroyo del Cuco. Y no muy lejos  aún se reconocen las ruinas de un antiguo asentamiento o ermita: Isarrubia o Jarrubia. De Isarrubia queda la talla de una Virgen del siglo XIII que ahora se cobija en la iglesia parroquial de San Llorente.

Bella imagen de cigüeñas en pleno vuelo migratorio.

LOS ÚLTIMOS PAGANOS: VILLA ROMANA DE ALMENARA-PURAS

Vamos a visitar un museo y yacimiento arqueológico de gran interés, sito en el término municipal de Almenara.

Las villas eran grandes haciendas que acaudalados romanos dedicaban a la explotación agrícola y ganadera. Las villas cercanas a las grandes poblaciones romanas solo eran habitadas por sus propietarios durante unos meses al año. No parece el caso de esta villa vallisoletana ni, en general, de las que existieron en Valladolid, que fueron unas cuantas. Es decir, que lo más probable es que sus propietarios las habitaran todo el año.

Tanto en la provincia como la capital se documentan un buen puñado de villas, además de haberse detectado numerosos restos romanos diseminados por el territorio, que se datan en diversos siglos de la existencia del Imperio Romano.

Algunos  historiadores y cronistas  atribuyen Valladolid a un origen romano: un asentamiento llamado Pincia (o Pintia). Otros investigadores hablan del nombre de Pisoraca (Pisuerga). Lo cierto es que en el subsuelo de la ciudad se han ido encontrando numerosos hallazgos de época romana: pavimentos y mosaicos, cerámicas, enterramientos, numismática, esculturas, inscripciones, etc. Además, restos y trazados reconocibles de diversas villas: en el Cabildo, en el pago de Argales, en Villa de Prado… De estas construcciones romanas nos quedamos con la de Villa de Prado, datada en el siglo IV d.C. Está entre la antigua Granja Escuela José Antonio y el nuevo Estadio José Zorrilla. De esta villa hay documentación y restos perfectamente reconocibles, algunos de los cuales se muestran en el Museo de Valladolid.

No hace mucho quedó al descubierto un hipocaustum (una gloria) en las inmediaciones de la Antigua. Lo que nos habla de un asentamiento romano en la ciudad.

Pero hay otras cuantas referencias romanas de cierta importancia histórica en la provincia: Montealegre (Tela), Tiedra (Amallobriga), Simancas (Septimancas), etc. A estas hay que añadir Becilla de Valderaduey, que conserva parte de una calzada y un puentecillo.

Hay datos o restos de sentamientos en Torozos, en la cuenca del Pisuerga, en Tierra de Campos… En fin, una pródiga relación que desborda por completo los límites de este artículo. En cualquier caso, es muy recomendable la visita al Museo de Valladolid para conocer la presencia romana en Valladolid.

De todos estos importantes yacimientos, nos vamos a detener en la villa de la Calzadilla sito en el término de Almenara.

De esta villa, datada en el sigo IV-V, hay noticias desde 1887, cuando un campesino dio noticias del hallazgo de un gran mosaico del Bajo Imperio. De hecho, parece que esta villa fue la primera de las descubiertas en Valladolid. En el año 1942 comenzaron unas excavaciones por parte de la Universidad de Valladolid que confirmó la importancia de esta villa. Y en el año 2003 abrió sus puertas al público el Museo de las Villas Romanas bajo el impulso de la Diputación de Valladolid.

Imagen tomada de la página oficial de Turismo de la Diputación Provincial

Destaca  Almenara por sus azulejos, alguno de los cuales está en el Museo de Valladolid, pero in situ hay unos cuantos de gran belleza y perfección, como por ejemplo el de Pegaso o el de los Peces.

Una larga pasarela que sobrevuela sobre los restos arqueológicos facilita la observación de las dependencias, perfectamente reconocibles.

A esta extensa pieza principal se ha añadido una reconstrucción de determinados ambientes romanos y una villa con todos los elementos que caracterizaban estas mansiones campesinas.

Antes de entrar al yacimiento, diversos objetos de época o sus reproducciones, así como amenos y concisos paneles explicativos, preparan adecuadamente la visita a la pieza original, lo que permite su mayor disfrute y configuran un complejo museístico que abarca al mundo romano de la provincia, de ahí el nombre de Museo de la Villas Romanas…

Pero no me resisto a detenerme aunque sea someramente en lo que nos cuenta el libro Los últimos paganos, un relato del antropólogo vallisoletano Luis Díaz Viana (su segundo apellido en realidad es Gongález). Se trata de algo más que una novela pues ambientada en la villa de Almenara, mezcla ficción con hechos históricos reales.

Portada del libro de Luis Díaz Viana

Vayamos al relato. En estas villas, conocidas como “pagos”, vivían pacíficamente los campesinos  romanos (fueran propietarios o siervos), alejados de las intrigas de la metrópoli (en este caso Constantinopla, pues estamos hablando de la época del Imperio Bizantino) y en armónica convivencia con sus dioses. Esos seres que, aun estando en el Olimpo, eran asequibles y prácticos: uno se dedicaba a favorecer las cosechas, otro a proteger los ganados…  Había un dios o diosa para cada asunto. La gente veía a sus dioses como seres cercanos que les ayudaba en caso de necesidad. Con ellos, los  humanos conseguían ordenar su vida e interpretar lo desconocido, que era mucho en aquella época. Eran útiles para conectar con el más allá y les protegían de los males que pudieran acechar.

Más, algo ocurrió en Constantinopla: la conversión de Constantino y su madre Helena al cristianismo. No fue, como en general todas las conversiones, sino una decisión de conveniencia política y económica… Y claro, convertido el emperador y su corte,  el resto de los romanos tenían que seguirle  y despedir a los viejos dioses. El monoteísmo expulsaba al politeísmo. Como el imperio era muy extenso y no todo el mundo “comulgaba” con aquel cambio, sobre todo porque se llevaban muy bien con sus dioses de toda la vida, desde Constantinopla se facilitó que los infieles al nuevo dios, que normalmente eran los súbditos situados en los confines del imperio, comenzaran a ser acosados por los llamados bárbaros cristianizados. De tal manera que numerosas partidas de jinetes hostigaban a los últimos paganos (es decir, a los que vivían en los pagos) para que adoptaran por la fuerza al dios de los cristianos, además de dedicarse a arrebatarles sus propiedades.

Pues bien, conocida esta historia, acaso el visitante pueda hacerse una idea más interesante y curiosa cuando se acerque a recorrer esta  villa romana,  en medio de la planicie de las Tierras de Pinares.

Horario de visita: octubre a marzo: de jueves a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:00 a 18:00. Abril a septiembre: martes a domingos y festivos 10:30 a 14:00 y 16:30 a 20:00

COGECES DEL MONTE Y LAS CAÑADAS QUE DISCURREN POR VALLADOLID

Vamos a tratar sobre las cañadas que atraviesan las tierras vallisoletanas, y sobre el Parque Etnográfico de la Arquitectura Pastoril que hay en Cogeces del Monte.

El Parque Etnográfico  se encuentra a poco más de 4 kilómetros de Cogeces del Monte y se asoma al  Valdecascón, un arroyo que ha labrado un vallejo que rompe la planicie.

El Parque, una reconstrucción de la vida pastoril, se ha constituido en torno a un chozo principal, el chozo de los Hilos.

Chozo de los Hilos

Presume Cogeces y la comarca de la Churrería de una tradicional actividad pastoril que se desarrollaba tanto en  los pagos habilitados para el pastoreo, como en la vieja práctica trashumante, aunque con la particularidad de     que los pastores de  esta zona en realidad no solían hacer grandes desplazamientos de sus rebaños. Es decir, que practicaban la trasterminancia, que es la forma de llamar a los movimientos de ganado que no rebasan los 100 km.

Una de las “decoraciones” que ilustran la vida en los chozos de Cogeces

El chozo era el alojamiento indispensable para protegerse de la noche, las inclemencias del tiempo y los depredadores. En su interior, una manta sobre un montón de paja, por cama, y algunas provisiones de leña, para calentarse,  eran todas las comodidades de que disponía el pastor… Eran otros tiempos.

Pues bien, el Parque Etnográfico ha reconstruido chozos y corrales, y ha dispuesto un didáctico itinerario en el que mediante paneles va describiendo la importancia de la actividad ganadera de la comarca. Incluye la posibilidad de practicar los juegos tradicionales en los que los pastores entretenían su tiempo libre, que debía ser mucho si tenemos en cuenta que no se ordeñaba diariamente a las ovejas, pues su aprovechamiento era para obtener lana y la elaboración de quesos para el consumo local.

Chozo de los Pedrines, de gran altura y su panel explicativo

Otra particularidad de la zona de la Churrería era la forma de uso de los chozos y los pastos. Cada pastor usaba el corral que mejor le conviniera en razón de los pastos que cada año le hubieran tocado en suerte. Hasta que los pastores no terminaron por ser propietarios de sus propios rebaños, ya en el siglo veinte, eran contratados por los dueños del ganado por un salario que incluía  algunas ovejas como pago en especie. Por su parte, los propietarios de los corrales y los pastos se conformaban con recoger el estiércol, que usaban como abono.

No muy lejos de aquí, hacia el Oeste, discurre la Cañada Real Soriana que viene desde Peñafiel hasta Medina del Campo, donde se une a las cañadas que conducen a Extremadura. Por aquí pasaban los rebaños sorianos y burgaleses que en el invierno buscaban las cálidas tierras extremeñas. Esta cañada, dice Federico Sanz Rubiales, que escribió un interesante libro sobre las cañadas  de Valladolid, también se conoce en otros pagos de la provincia como Cordel Real Burgalés, y en el término de Cogeces del Monte se la denomina Cañada de Baitardero, nombre de una fuente por la que pasa.

Y esto nos lleva a que Valladolid es uno de los territorios españoles con mayor número de kilómetros de cañadas, pues la provincia, por la posición central que ocupa en la Meseta, está atravesada por cuatro cañadas principales:  la Real Leonesa Occidental, la Real Leonesa Oriental y la  Real Burgalesa. También cruzan otras cañadas “menores”, como la de Martín Abad, la Montañesa, la de Tamarizo y la de Marrundiel, por citar algunas. En total, 4.129 km. están clasificados como vías pecuarias, en las que se incluyen las cañadas propiamente dichas (unos 450 km.),  cordeles, veredas, y coladas. Si se añaden los terrenos  que ocupan los descansaderos, unas 11.800 Ha. están dentro de la protección que dispensa la Ley de Vías Pecuarias, de 1995. Bien es verdad que la avaricia urbanizadora y la labranza  han invadido ilegalmente parte de las cañadas y descansaderos.

Cada primavera, algunos rebaños atraviesan la provincia en busca de los pastos del Norte. Este fotografía, realizada por Jonathan Tajes fue publicada en El Día de Valladolid.

No obstante, esta extensa red cañariega ha consolidado puentes, chozos y corrales, abrevaderos y pozos, además de haber generado un patrimonio histórico y etnográfico de extraordinario valor. Un patrimonio que empezó a consolidarse cuando Alfonso X, en 1273, reconoció al Concejo de la Mesta sus derechos inmemoriales.

Chozo y corraliza en Quintanilla de Arriba
Corrales de Duero, en el Valle del Cuco.

Si bien las cañadas han perdido casi por completo la función para la que se fueron abriendo paso por páramos, valles y bosques, aunque se siguen usando en parte,  ahora les queda la oportunidad de constituirse en un recurso para la educación, el recreo y el contacto con la naturaleza, tal como propone la Ley de Espacios Naturales de Castilla y León.

NOTA: en este mismo blog hay sendos artículos sobre Cogeces del Monte: Cogeces del Monte: piedra e historia y La belleza del hematites. El primero ofrece un paseo por el casco urbano del municipio, y el segundo un visita al museo de geología que hay en la localidad (muy interesante, por cierto).

SENDAS DE AFANES Y SUDORES

El frontón o trinquete de Montemayor de Pililla,  bien plantado y todo él construido en piedra (de los que pocos hay en Valladolid), puede ser un buen lugar para iniciar la “Ruta del Segador”. Una ruta que pide dejarse llevar por las sensaciones.

Esta ruta ilustra sobre los quehaceres tradicionales de las gentes de Montemayor y su entorno: caminos hacia los molinos, las viñas, los colmenares, las tierras de labranza, los pastos,  los pinares donde extraer la miera, los pozos, las fuentes  y el abastecimiento de leña. Es, por tanto,  una senda que nos advierte de cuando campos y pinares conocían un continuo trasiego de gentes y abundantes rebaños de ovejas.

La ruta tiene  por delante una quincena de kilómetros o su equivalente de unas cuatro horas que exigen, en determinados tramos, cierto esfuerzo, pues algunas cuestas se empinan notablemente y algunos caminos son auténticos areneros en los que se hunden nuestros pasos.  Cabe advertir que todo el camino está muy bien señalizado y apenas se tropezará con puntos que produzcan algún desconcierto.

Desde el frontón habrá que ir a buscar el camino Prado Henar, que es por donde iniciaremos la marcha. En apenas 15 minutos se advierte de la presencia de un lapiaz bastante bien conservado. No es fácil ver estas formaciones calizas en Valladolid, de entre las que destaca también la del sabinar de Santiago del Arroyo. Este lapiaz de Montemayor muestra cómo la piedra que emerge en la superficie del páramo, horadada por la lluvia y los ácidos que esta arrastra, se cuaja de agujeros creando una virguería caliza.0

Desde aquí pronto se desciende hacia un valle que terminará por llevarnos al valle del Valcorba. Poco antes de penetrar en un paraje que denominan zona sombría, un chozo de guardaviñas advierte que en estas tierras hubo importante producción vinícola. Esto nos recuerda que el vino nunca faltaba en las casas y que, en su tiempo, era un complemento alimenticio. Alcanzada la zona sombría cuyo nombre es fiel reflejo del paraje que estamos atravesando, hay un punto de inflexión en la ruta y se abandona el arroyo del Valle para coger el vallecillo que labró el ahora escaso caudal del Valcorba. Y pronto encontraremos a un lado del camino un antiguo colmenar que parece una pequeña cabaña.

Encontraremos, luego, algunos caseríos llamado uno del Quiñón y otro del Valcorba, que son  explotaciones agropecuarias que preceden a los edificios que constituyen el Molino  de los Álamos, donde el camino gira e  inicia una fuerte ascensión que advierte de que se abandona el valle y comienza el retorno hacia Montemayor. La historia del   Molino de los Álamos  dice que hasta aquí llegaba el poder del monasterio de la Armedilla (entre Cogeces del Monte y Quintanilla), pues una parte de lo que ahora es todo el amplio complejo molinero perteneció a aquellos monjes hasta 1599.

Ya en la pronunciada cuesta que nos devuelve a Montemayor hay un excelente mirador sobre el valle  y los caseríos y el molino.

Solo una última observación: retornando hacia el pueblo y en medio de un  pinar que atravesamos se nos indica que hay que girar hacia la derecha dejando el camino. No está muy bien señalizado, pero no tiene pérdida. Si por alguna circunstancia esto se nos pasara, no ocurre nada pues el amplio camino que llevamos conduce directamente a Montemayor.

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El lapiaz que se encuentra nada más comenzar la ruta.

 

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Chozo guardaviñas que mira hacia el valle.

 

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A pesar de que ya no se plantan, son abundantes las vides que crecen espontáneamente.

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En el camino nos encontraremos  muchos  tramos sombreados.

 

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Viejo colmenar de adobe.

 

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Molino de los álamos, de muchos siglos de antigüedad.

 

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Panorámica del valle del Valcorba, ya en la parte final del recorrido.

 

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Un plano que indica el recorrido de la Senda del Segador.

NOTA: en este mismo blog se puede ver el artículo “Montemayor de Pililla, piedra y pino“.

BARCOS DE PIEDRA

Las aceñas son edificios destinados a albergar  el  artefacto, “más osado y espectacular que se levanta en Castilla y León en la Edad Media”. Esto escribieron Nicolás García Tapia y Carlos Carricajo Carbajo en su impagable libro titulado “Molinos de la provincia de Valladolid”.

Las aceñas son auténticos castillos,  catedrales o barcos de piedra dentro del agua, capaces de soportar los embates de los caudalosos ríos vallisoletanos como son el Duero y el Pisuerga, pues es en estos dos ríos donde podemos encontrar estas formidables construcciones que aprovechan la fuerza del agua para mover sus grandes piedras de moler el trigo y otros cereales.

Si tenemos que quedarnos con la más acertada similitud, deberíamos hablar de barcos de piedra, pues las aceñas se construían con forma de tajamar, idéntica a la proa de los barcos que va separando las aguas y disolviendo la resistencia, y el espaldón, de estructura plana como el típico castillo de popa de muchos barcos a vela.

Curiosamente, sin embargo  lo que normalmente dañaba estas fuertes construcciones no eran las temerosas crecidas, sino el fuego que se producía con relativa frecuencia  por la concentración de polvo seco en las salas de molienda  y que arrasaba fundamentalmente los tejados; la vegetación que enraizaba entre sus grandes piedras calizas, dislocando la construcción; y los troncos arrastrados por el agua que trababa las paletas  y los cárcavos que movían las pesadas piedras de moler.

Las aceñas y molinos hidráulicos, como ya se ha dicho, hunden sus raíces en la Edad Media y conocieron su particular Siglo de Oro en los siglos XVI y XVII.

Es una lástima que todas estas espectaculares construcciones, que tan útiles fueron durante siglos, estén muy deterioradas. Quizá la causa de este abandono se deba a lo tarde que las instituciones de Castilla y León  y los municipios han tomado conciencia de su importancia, e iniciado procesos para proteger el patrimonio industrial evitando así su pérdida definitiva.

Encontraremos aceñas en un buen puñado de municipios de la provincia de Valladolid, siempre que estén próximos a los dos grandes ríos. Mejor conservadas unas, muy perdidas otras, todavía se pueden observar restos de aceñas en Tudela de Duero, Tordesillas, Valladolid, Peñafiel o San Miguel del Pino.

Cuadro de la Infanta Dª Ana Mauricia, pintado en 1602 por Pantoja de la Cruz. En él hay una ventana que nos permite ver el puente Mayor y las aceñas del Pisuerga. Fijémonos en el detalle al que desciende el artista, pintando caballerías portando blancos sacos, sin duda cargados de trigo o de harina.

De las aceñas y el azud del puente Mayor se tiene noticias al menos desde el siglo XIII. Seguramente se trata de la primera construcción industrial que hubo en la ciudad. Recientemente el Ayuntamiento de Valladolid ha iniciado en abril de 2019 el proceso para la declaración de Bien de Interés  Cultural  (BIC) del puente Mayor y su entorno, que incluye el azud y aceñas. A continuación hay varias fotografías que desde mediado el siglo XIX muestran el deterioro paulatino de las aceñas. La mayoría de las imágenes son del Archivo Municipal. Comienza con una foto de Louis Eugène Sevaistre en 1857, erróneamente en ocasiones considerada la imagen más antigua de Valladolid.

Y seguimos…

La presa, o azud, generalmente  se construía  en diagonal al eje del cauce del río. Eso contribuía a elevar el nivel del agua y llevarla hacia la aceña o molino, tal como se aprecia en estas fotografías: una es  del molino de Simancas; y la otra de la aceña del puente Mayor. La imagen está tomada del expediente del Ayuntamiento para la declaración de BIC. Está accesible a través de internet, y lleva la firma del arquitecto municipal Óscar Burón.

Aceña del Postigo, en Tordesillas, compuesta de tres cuerpos.

También en Tordesillas, frente a la ermita de la Virgen de la Peña está la aceña de la Peña. Es un lugar de especial belleza que hace que incluso haya novios que se hayan hecho su reportaje de boda en el interior de la misma. Aquí vemos muy bien los arcos de medio punto, que  son de una impresionante resistencia, capaces de soportar grandísimos pesos y presiones. Su fortaleza reside en la piedra clave que cierra el arco, que se ha construido con dovelas bien trabajadas. Además de estas dos, en Tordesillas hay otras cinco aceñas que todavía son identificables: del Puente, Herreros, Zafraguillas,  Osluga y Moraleja.

Aceña de San Miguel del Pino. El azud o presa crea una lámina remansada del agua que ofrece bellas imágenes. En una de las plazas del municipio se pueden ver las piedras de moler.