EL SABINAR DE VALLADOLID

El paraje conocido como El Riscal o El Llanillo, un páramo próximo a Santiago del Arroyo, acoge el mayor sabinar de Valladolid. Si hay un lugar imprescindible que ha de conocerse es este, que, además, ofrece espléndidos paisajes y las siluetas de varios municipios: Iscar, Portillo…

Otros sabinares,  hay en Aldealbar (Monte de la Unión), y en Peñafiel, pero ninguno tiene la concentración de sabinas y enebros que ofrece Santiago del Arroyo. Un sabinar que se extienden por un suelo pobre, pedregoso y calizo, ideal para estos árboles.

Comenzamos el paseo y aconsejo llevar un bastón que nos ayude a mantener el  equilibrio y unos prismáticos para disfrutar de las panorámicas.

 

Entre las casas 18 y 20 de la calle Real de Arriba  (la vieja carretera), comienza una ruta circular de unas tres horas, y cuya mejor referencia de que vamos por el buen camino son las cuatro o cinco bodegas que vemos al frente, en la ladera. Si se prefiere, se puede subir en coche hasta el mismo sabinar. En la primera fotografía, la fachada de la casa del reloj en la que comienza la ruta. Una vez que dejamos atrás el caserío giramos a la izquierda hasta cruzar por debajo de la carretera. Nada más pasar, la primera a la derecha y siguiendo este ancho (y un tanto polvoriento) camino, la primera desviación que sale suavemente  a la izquierda emprende decididamente la subida al sabinar. Una vez arriba, continuaremos el camino hasta que este comienza a descender hacia otro valle. En ese momento comenzados a caminar hacia nuestra derecha siguiendo siempre el borde del páramo. Es imposible perderse pues estamos bordeando una especie de península rodeada de los valles que la dibujan: el arroyo Valseca, el de Santa María y el del Henar. Vista del caserío y del camino  que hemos traído, según vamos ascendiendo hacia el sabinar.

 

Las sabinas parecen alimentarse del suelo calizo que las sostiene.  Cabe advertir que la sabina y el enebro son de la misma familia. Juníperus thurífera es la sabina, y juníperus oxycedrus es el enebro, que, normalmente de porte arbustivo y finas hojas realmente puntiagudas suele mostrar unas pequeñas bayas de.. La sabina es un árbol que puede alcanzar edad milenaria.

 

Panorámica del valle del arroyo Valseca, que discurre a nuestra izquierda.

 

Una desafortunada decisión en su momento ha permitido que se roturasen grandes extensiones de terreno y, además, se llevaron a cabo inadecuadas plantaciones de pino.

 

En un momento dado, todavía en la primera dirección que seguimos, al borde se verá una curiosísima construcción: una especie de pila hecha por la mano del hombre que hay quien la atribuye a un pastor que la labró para dar de beber a sus ovejas. Hay un hito que indica el lugar de la pila (si no lo han desbaratado).

 

A poco que nos fijemos se verán los cortes en el suelo calizo que indican tratarse de explotaciones de piedra; industria que se llevaba a cabo con profusión en estos lugares. Ahora estos parajes tan solitarios conocieron épocas no tan lejanas en las que había trasiego de gente: se labraban las laderas y los caminos se transitaban para acarreo de mercancías entre los municipios del entorno, pues Santiago del Arroyo fue un pueblo de transportistas. Gente que dedicaba su tiempo, una vez concluidas las faenas agrícolas de su pequeño término municipal, a acarrear materiales de construcción a los municipios del contorno.

 

Llegamos a una de las “esquinas”, cuando nuestros pasos nos indican que ya estamos rodeando el Riscal. En la parte alta de la imagen (a la izquierda), la torre del castillo de  Íscar. Si nos fijamos, hacia la derecha y en el llano, se verán los caseríos de Megeces y Cogeces de Íscar.  Y por el valle, el retorcido trazado que marca el arroyo de Santa María.

 

Casi en la esquina opuesta, donde en realidad vamos a iniciar el camino de vuelta, se destaca la silueta inconfundible de Portillo. En la parte de debajo de la imagen, en ruinas, la antigua fábrica de rubia (planta de la que se obtenía tinte rojo muy utilizado en el pasado en la industria textil). Antes de entrar en ruina, en el siglo XX se dedicó a producir energía eléctrica.

 

Ya comenzamos a volver (siempre buscando el borde del sabinar). Observamos que vamos en paralelo a la carretera de Segovia y que ya se adivina el caserío de Santiago: al fondo el municipio de Camporredondo, y en lo alto, el de Montemayor de Pililla.

 

Molino del Valle,  del siglo XVIII,  movido en su día por las aguas del arroyo del Henar.

 

Junto a la carretera, la Laguna del Prado. Es un pequeño pero interesantísimo humedal. Sus aguas no provienen solo de las lluvias o manantiales cercanos, sino que se alimentan de las corrientes subterráneas de las aguas freáticas provenientes de la las montañas de Navacerrada, en Segovia.

 

Vamos a hacer un último recorrido: visitar el Riscal. Se trata de un lapiaz: formación geológica propia de terrenos yesíferos que se erosiona con los ácidos que transporta la lluvia. Está horadado de tal manera que termina por parecer una hermosa filigrana de la naturaleza sin igual en Valladolid (otro lapiaz de menor potencia hay en Montemayor de Pililla). Para llegar hasta él hay que seguir las siguientes indicaciones: según hemos subido desde Santiago, arriba ya, inmediatamente sale un sendero a nuestra derecha (justo frente a un camino bien marcado que va en dirección opuesta). Le seguimos sin dudar y como a 800 metros, junto a una labranza veremos un pino solitario. Casi a su altura, nos metemos en la maleza que hay a la izquierda y a poco que indaguemos daremos con el lapiaz.

 

Diversas imágenes de Santiago del Arroyo: una focha en la Laguna, el arroyo del Henar al atardecer y restos de una linajuda casa.

 

Plano que nos ayudará en nuestro paseo: 1, cuesta que subimos desde Santiago; 2, aproximadamente donde se localiza la pila; 3, antiguo molino de rubia; 4, molino del siglo XVIII; 5, Laguna del Prado; 6, sendero que nos lleva hacia el lapiaz; y 7, zona del lapiaz.

ROTURAS: PARA ASOMARNOS A EXTENSOS PAISAJES

Roturas es un pueblo agazapado en un escondido rincón del Duero. Desde Pesquera sale la única carretera que llega (y muere) a Roturas, una población muy, muy pequeña que trata de sacar cabeza mediante el turismo rural.

Nos acercamos hasta él pues, sin duda, es un lugar recoleto y con encanto, a pesar de que su caserío nos ofrece numerosas casas en ruinas… el terrible signo de los tiempos de algunos municipios vallisoletanos.

Nuestro objetivo es asomarnos al valle del Duero desde el balcón natural que nos regala con  una vasta y espléndida panorámica.

El  lugar de destino de nuestro paseo, de como una hora entre ida y vuelta, es el pico Tres Fuentes,  y recomiendo llevar unos prismáticos.

 

Desde la carretera que conduce a Roturas (que se ve a la izquierda de la imagen), se divisa – a la derecha-  el roquedo (Tres Fuentes), destino de nuestro paseo.

 

 

Fuente en la plaza, del siglo XIX, desde donde iniciamos el recorrido que pasa por la fachada de la Casa Consistorial.

 

Por el camino de Curiel, que sale pegado a la iglesia, nos iremos encaramando por el “cerral”, que bordearemos hasta llegar al balcón de Tres Fuentes. Llegados prácticamente arriba, dejamos a nuestra izquierda el camino que atraviesa el páramo y  conduce hasta Curiel,  y nos ceñimos al cantil del páramo.

 

El paseo,  sencillo, y  agradable, solo consiste en ir deleitándonos con el paisaje. Antes había muchos nogales por el entorno pero, según relatan algunos viejos vecinos, en los años cincuenta vinieron ebanistas del país Vasco comprando la magnífica madera de estos árboles, lo que llevó a que se cortara la mayoría de ellos.

 

El cementerio, que duerme entre majuelos.

 

Desde el pico Tres Fuentes, posadero de buitres, se divisa una extensísima panorámica. A nuestra izquierda, por encima del páramo, se yergue la torre del castillo de Peñafiel. A nuestro pies, Pesquera (auténtica catedral del vino); y, sucesivamente (de izquierda a derecha): Padilla de Duero, Quintanilla de Arriba, Monasterio de San Bernardo, y el municipio de San Bernardo.

 

Antes de comenzar el camino, o a la vuelta, detengámonos en el edificio  que hay junto a la iglesia. Se trata de un antiguo lagar que conserva toda su estructura, salvo el husillo. Se barrunta que terminará por derruirse, habida cuenta de que sus propietarios no parecen interesados ni en restaurarlo ni en venderlo.

 

La planta alta de la Casa Consistorial conserva la vieja escuela. Es visitable, para lo que hay que preguntar por la persona que guarda la llave.

 

VILLAVAQUERÍN, EVOCACIÓN DE DELIBES

Vamos a pasear por territorio  de Villavaquerín, un municipio del valle del arroyo Jaramiel. Pueblo que  oficialmente aún conserva el apellido “de Cerrato”, denotativo de su antigua pertenencia a aquella comarca predominantemente palentina.

NOTA AL MARGEN: ME COMENTAN EN DOS LIBRERÍAS QUE MI LIBRO POZOS DE NIEVE Y COMERCIO DE HIELO EN LA PROVINCIA DE VALLADOLID ESTÁ SIENDO EL MÁS VENDIDO DE LOS LIBROS DE NO FICCIÓN.

Este municipio tiene cierta popularidad pues en él se rodaron escenas de la película “Las ratas”, basada en la novela de Miguel Delibes, en la que muchos vecinos aparecen como extras. También  una antigua finca de su término municipal (la Sinova) es mencionada por el escritor en su “Diario de un cazador” y otras novelas por haberla frecuentado en sus incursiones por el campo escopeta en mano.

Son días de paisajes. La primavera muestra una de las paletas cromáticas más hermosas de Valladolid: vallejos o barcos, laderas y páramos ofrecen matices y contrastes solo disfrutables en esta época del año, a pesar de que la lluvia se muestra esquiva haciendo peligrar cosechas.

La luz es especialmente clara y transparente, y  el viento, con trazas todavía invernales, sopla con fuerza en el páramo.

Andaremos como cuatro kilómetros por el valle de Valdeguinte, siguiendo un camino perfectamente marcado: detrás de la iglesia y pasadas las bodegas, nos encaminamos hacia el cementerio, más antes de que incluso lo veamos, un camino, llamado en el pueblo de Olivares (por conducir hacia aquella población), lame la ladera que nos irá conduciendo hasta el páramo. Cuando veamos una bifurcación, ya  encajados en el barco, sin duda hay que tomar el de la derecha.

Pues vamos a ello.

 

En la década de los 60 se incendió la casa consistorial, que se rehabilitó por completo en 1998, cuando fue reinaugurada. Al fondo la iglesia de Santa Cecilia, del siglo XVI y cuyo pórtico aparece expresamente en “Las ratas”.

 

El caserío de Villavaquerín, desde el camino que llevamos, con el barrio de bodegas en primer término. El pueblo tuvo castillo y llegó a estar enteramente fortificado durante la Edad Media.

 

Barco y camino que irá marcando nuestro itinerario.

 

Paisaje desde el camino de Olivares.

 

Llegados al páramo de Buenos Aires, diversas perfectivas… árboles aún desnudos pespuntean el paisaje.

 

La vuelta nos permitirá observar una panorámica de las Mamblas de Tudela, y la Mambla (a la izquierda) de Villabáñez.

 

Merece la pena demorarse un rato por el barrio de bodegas: las hay para todos los gustos y estilos.

 

Un plano que nos ayudará a situarnos en la ruta: 1 Villavaquerín; 2 camino de Olivares; 3 páramo.

ALLÁ EN EL FONDO DEL VALLE: ENCINAS DE ESGUEVA

Creció Encinas en una vaguada del páramo que cae hacia la Esgueva. Una vaguada flanqueada a uno y otro lado por el castillo de los Aguilar y la iglesia de San Mamés.

El caserío más antiguo está en la parte alta del municipio. Cosa lógica pues, a fin de cuentas, era una forma de dominar el valle. Ha de tenerse en cuenta que, ahora, este Esgueva  que discurre pacífico y sosegado, en otro tiempo fue frontera tanto entre los reinos moros y cristianos, como entre los de León y Castilla, y vía de penetración de cualquier posible invasión que viniera del norte o del este.  Además,  era una forma de estar a salvo de las riadas de la Esgueva que aunque en la actualidad ofrece un caudal modesto, esconde una historia de crecidas y desbordamientos  recurrentes.

De la posición estratégica de Encinas da cuenta la existencia de restos vacceos hallados en sus inmediaciones, lo que habla de lugar apetecido para el asentamiento de civilizaciones antiguas. De esta ubicación estratégica también da cuenta el enclave de cruces de caminos en el que se halla: la carretera del valle que conduce hacia Palencia y Burgos siguiendo el cauce del río; los caminos, ahora carreteras, que conducen hacia Roa de Duero, Peñafiel (por el valle del Cuco) y Piñel.

Más todo ese pasado importante no ha impedido que, como todos los pueblos del valle, se halla ido despoblando.

 

 

Comenzaremos nuestro paseo en el castillo de los Aguilar, Condes de Encinas, que exhiben su escudo en el ángulo de una de las torres. Los inicios de la fortaleza se remontan al siglo XIV.

 

Lo más antigua del caserío se aloja en la parte alta del municipio, trepando por  un barco de la ladera del páramo que comunica con el valle del Duero y, desde cierta altura, mira hacia la Esgueva.  En el caserío destaca la Iglesia de San Mamés  (nombre que viene, parece, de “el que fue amamantado”) del siglo XIV con una  torre mocha, muy parecida a las de la cercana comarca del Cerrato, a la que  Encinas y otras  poblaciones de la Esgueva pertenecieron en otro tiempo.

 

Nuestro paseo por el pueblo nos llevará a unos agradables jardines, al frontón junto a la antigua escuela de niños;  y a la vuelta, frente a las escaleras que conducen a la iglesia, la vieja escuela de niñas, ahora centro social y tienda del pueblo.

 

La plaza Mayor, pequeña y recoleta, muestra en la fachada de una de sus casas un reloj de sol ajustado a las más estrictas normas “científicas” de funcionamiento.

 

El recorrido por las calles de Encinas nos ofrecerá diversas construcciones en las que piedra, adobe y ladrillo se dan la mano, amén del barrio de bodega. Y, en la calle Principal, donde está el restaurante Casa Paco –que ofrece un excelente lechazo- , hay una noble casa de 1921.

 

Si queremos alargar el paseo, tomaremos la carretera que conduce a Roa, y como a dos kilómetros  se eleva el Otero hasta los 926 metros, cien metros por encima de Encinas. Sostienen en el pueblo que tiene la misma altitud que el Cuchillejo (Castrillo de Duero), considerado el punto más alto de Valladolid (933 metros). Cierto es que apenas 7 metros les diferencia.

 

Y desde este Otero, y la carretera que lleva hasta él,  se contempla un  hermoso y extenso paisaje de Encinas,  y al fondo su  vecina Canillas, con  sendas columnas que no son sino los últimos restos de su antiguo castillo.

 

Ofrece Encinas la posibilidad de disfrutar de un embalse situado  a 1,5 km. del casco urbano. Sobre él podemos encontrar un artículo en este mismo blog: “Un rincón insólito en el Valle Esgueva”.

LEONES EN VALLADOLID

Para contemplar leones no hace falta irse a exóticos lugares. También los tenemos en Valladolid. Bien es verdad que bastante más pequeños… y de piedra. Pero con más historia de cuantos pudiéramos observar  en África.

Hay leones coronando columnas, vigilando nobles espacios, anunciando epopeyas, acechando en jardines, decorando fachadas…

No está nada claro el porqué  de la presencia de la figura leonada en tan diversos lugares de la ciudad. Tal vez se trata de una representación del poder real, de la pertenencia de Valladolid al reino de León, o  una metáfora de la guardia y custodia: sepa quien se atreva a penetrar en estos lugares que la fuerza del león los protege; o una advertencia: la fiereza del rey de la selva protege los reinos y linajes representados en los escudos que sus garras sujetan.

Es el caso que, como sabemos,  las pilastras de los atrios servían para delimitar poderes y fueros especiales. Lugares en los que no actuaba la justicia ordinaria sino la propia del estamento propietario del lugar, tanto da que fuera la universidad, un convento o un palacio.

El león ha sido una figura presente en la historia de Valladolid. No hay más que ver que la fachada del desaparecido Hospital Esgueva, cuya fundación  se atribuye al matrimonio Ansúrez-Eylo, llegó tener leones en su fachada, animales que portaban del escudo del Conde. Fotografía tomada del blog Arte en Valladolid.

Delante de  la colegiata de Santa María la Mayor (más o menos donde ahora está la Catedral)  se levantó una columna coronada por un león que conmemoraba la victoria del rey Ordoño II sobre el moro Ulit. Esta columna llegaría hasta el siglo XIX  y se conocía como León de la Catedral, de la que da fe el historiador Juan Antolínez de Burgos, y que dibujó Ventura Pérez. El león –tal vez representación del reino leones-, descansaba sobre un moro derrotado y portaba el estandarte del Conde Ansúrez.  Imagen obtenida en el blog Domus Pucelae.

Más, el transcurso del tiempo ha terminado también por hacer del león una simple figura decorativa.

Calle del León hay en Valladolid sin que se sepa muy bien el porqué ¿acaso porque detrás del Palacio Real (actual plaza de las Brígidas) hubo un pequeño zoo que incluía leones, para divertimento de la Corte? O porque en sus inmediaciones hubiera alguna columna o arco que tuviera leones en su decoración.

Vayamos, dicho todo esto, de safari fotográfico por Valladolid.

 

 

En los jardines de la Avenida de Santa Teresa,  junto a la puerta de los Carros, hay agazapado, y al acecho como buen cazador, un león de los que decoraban la cerca del convento de San Pablo. Entre sus garras sostiene el escudo de armas del Duque de Lerma.

 

Y, siguiendo la estela de este majestuoso convento, la fachada de San Pablo se ve rodeada de un atrio compuesto de 13 pilares y 14 fieros leones que, como no puede ser de otra manera, también sostienen el escudo del Duque de Lerma. Estas columnas sirvieron para sustentar las cadenas que indicaban el área jurisdiccional de los monjes, de tal manera que cualquiera que llegara a ella quedaba a salvo de la justicia ordinaria, pero sujeto (que también tenía sus penas) al fuero eclesiástico. El Duque de Lerma fue uno de los grandes benefactores de San Pablo, con tan enorme ego que desplazó la huella del obispo de Palencia fray Alonso de Burgos (anterior protector), e inundó el edificio con sus señas ducales.

 

Más leones portantes del escudo del Duque de Lerma hay guardando la entrada al convento de los dominicos de San Pablo, que está en la calleja lateral del templo.

 

 

La fachada de San Pablo está coronada por dos gigantescos leones que sustentan el escudo de los Reyes Católicos, al igual que se aprecia en la vecina fachada del colegio de San Gregorio.

 

Aunque no es accesible, por tratarse de un inmueble particular, en el número 10 de la calle Francisco Zarandona, un edificio que remonta su construcción al año 1855 acoge en el hueco de la escalera un indolente felino de estuco.

 

Y de ahí nos encaminamos hacia la plaza de la Rinconada, en cuyo edifico de correos (inaugurado en 1922 y  bastante reformado en su coronación –a peor-), dos leones esperan la cada vez más escasa correspondencia en papel.

 

La calle de Pedro Niño, que discurre por delante de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora de San Lorenzo, desemboca en la avenida de Isabel la Católica, justo frente a las puertas del antiguo vivero municipal, coronada por sendos leones tenentes del escudo de la ciudad. El vivero, conocido como  San Lorenzo (o huerta de los Capuchinos), empezó a ponerse en servicio hacia 1845. Parece que luego se trasladó al Prado de la Magdalena, y más recientemente al término de Renedo de Esgueva.

 

Nuestros pasos nos encaminan hasta la llamada puerta del Príncipe, en el Campo Grande. Puerta del Príncipe Alfonso sería el nombre más correcto, tal como figura en el acuerdo municipal de 1859 para que se construyera, en honor del que sería futuro Alfonso XII, que había nacido dos años antes.

 

Las fotografías de principios del siglo XX mostraban unas columnas desnudas, pero por las crónicas del XIX  sabemos que entre los numerosos avatares que padecieron las puertas (tanto para su  construcción como por diversos traslados) sí debió tener  pétreos leones esculpidos por Nicolás Fernández de la Oliva (el mismo que firma el Cervantes de la plaza de la Universidad). Por eso,  la reforma del perímetro del Campo Grande efectuada en 1998,  llevó a adecentar las puertas incluyendo dos leones con el escudo de la ciudad. La obra se la encargaron  al vallisoletano Roberto de la Torre Martín-Romo, un escultor en piedra  y experto en restauraciones  de gran prestigio en España.

 

El monumento a Colón, obra del sevillano Antonio Susillo, fue inaugurado en 1905. Sus siete toneladas de peso incluyen la figura de un regio león que no debería estar campando por Valladolid, sino por Cuba. Pero la pérdida de aquella colonia española, a la que estaba destinada la gigantesca escultura, hizo que recalara en Valladolid.  El fiero león, coronado con un castillo, sostiene en una de sus temibles zarpas la N del “Non plus ultra”, una metáfora de la fe de la corona de Castilla y León en “destrozar” la idea de que no había más tierra continental que la que se acababa en Finisterre.

 

Y caminamos hacia la plaza de la Universidad, con  sigilo, pues pasaremos por delante de los leones que vigilan la casa de Mantilla.

 

El atrio de la Universidad tiene 18 columnas en las  que se encaraman 20 leones. Los de las esquinas sujetan el escudo real, y el resto el Árbol de la Ciencia, emblema de la Universidad. Los pilares y sus figuras, recientemente, restaurados,  datan de 1724 y se hicieron con piedra de Campaspero. Tienen la boca entreabierta y en su día ostentaban una lengua  embutida y sostenida con plomo.

 

Seguimos en territorios universitarios. Traspasamos la cancela que da acceso a los jardines (antigua huerta) que hay entre el palacio de Santa Cruz y el colegio universitario. En ellos, a la sombra de la fachada del antiguo colegio jesuita de  San Ambrosio (siglo XVIII), que aquí se trajo en 1940 desde su emplazamiento original en la calle Ruíz Hernández,  sendos leones  sujetan el escudo de Castilla.

 

Nuestro safari fotográfico concluye delante de la fachada del templo de Santa María Magdalena, en cuya fachada se exhibe el que se considera escudo más grande de Valladolid, que corresponde con los emblemas de don Pedro  de la Gasca, sacerdote, diplomático y militar español del siglo XVI, elevado a la categoría de pacificador de Perú y que determinó que esta iglesia  fuera su última morada… a  poco que nos fijemos perfectamente se ve un león un tanto desdibujado en lo más alto del escudo.

 

NOTA: para quien quiera conocer algo más sobre  la presencia de estos fieros leones, amén de los legajos del Archivo Municipal de Valladolid y unas cuantas referencias dispersas en diversos textos, se puede acudir al libro sobre el Campo Grande de María Antonia Fernández del Hoyo, al Catálogo Monumental de Valladolid, al libro sobre las calles de Valladolid de Agapito y Revilla,  o a la revista Atticus de diciembre de 2010.

ZORRILLA, EN UN RINCÓN DE LA ESGUEVA

José Zorrilla, joven aún,  no solo deambuló por el viejo Valladolid que le vio nacer, sino que se interesó por otros rincones de la provincia. No sé si llegó a visitarlos, pero desde luego de ellos escribió. Uno fue Fuensaldaña, pues a un cuadro que entonces se guardada en el convento de las monjas de aquella localidad le dedicó un cuento: “La Madona de Pablo Rubens”.

Y otro paraje fue el valle de la Esgueva, que protagoniza su obra titulada “Honra y vida que se pierden, no se cobran,  mas  se vengan”. El profesor de la Universidad de Valladolid Ricardo de la Fuente Ballesteros, en su libro “Valladolid y Zorrilla”, sitúa  el desarrollo de la narración en las proximidades de Canillas, Encinas y Villafuerte.

Es el caso que el poeta vivió en este valle uno de los tantos episodios y aventuras que conoció a lo largo de su vida. El mismo escritor relata en “Recuerdos del tiempo viejo” que cuando su padre, a la vista de su poco interés por los estudios de derecho que manifestaba el joven Zorrilla, le  quiso recluir en  Lerma obligándole a tomar una diligencia (galera) que le condujera a aquella población burgalesa donde residía su familia, aprovechó un descuido del conductor y se montó a lomos de una yegua que por el campo pastaba,  y “… me volví a Valladolid por el valle de Esgueva, que era otro camino del que la galera había traído.” Tal como él mismo relata.

Pues bien, vamos a darnos un paseo por este paraje  de Castilla al son de  los primeros versos de la citada  obra de Zorrilla: “Honra y vida que se pierden, no se cobran, más se vengan”. Acompañaremos el texto con discretas  imágenes, de Encinas, Canillas y otros rincones del valle,  que no estorben las rimas del poema.

En un rincón de Castilla, / allá en el fondo de un valle, / sobre tres cerros distintos / hay tres torres semejantes.

1

Castillos los llaman unos, / otros atalayas árabes, / más su origen positivo /  a la verdad no se sabe.

2

Un río humilde, el Esgueva,  / la falda a los cerros lame, / y entre huertas y majuelos / lleva a rastra sus cristales.

Entre los olmos y las vides / con que tapiza su margen, / y ambas filas de colinas / que le interrumpen el aire, / hay derramados sin orden /  más de un ciento de lugares  / que amasados todos ellos / un pueblo tal vez no valen.

3

Pues los pueblos con el río,  / y las huertas de la margen, / las colinas que le cercan / en dos bandas desiguales, / y lo tres cerros distintos / con tres torres semejantes,/ de tal modo unos en otros / vegetan, pasan o yacen, / que todo el conjunto entero, / sin que esto lo dude nadie, / tomando nombre del río / forman sin disputa un valle.

4

Está la noche expirando, / y allá  en el fin de la sombra / en vacilante crepúsculo / tiñe el Oriente la aurora.

6

La luna en el Occidente / su pálida luz ahoga, / y las estrellas la siguen / luz reflejando medrosa.

Silba el cierzo entre las ramas / de los árboles sin hojas, / y con espejos de hielo / Esgueva sus aguas orla (…)

 NOTA: el texto está tomado de la edición de 1943 que Librería Santarén hizo en el cincuenta aniversario del fallecimiento de José Zorrilla.

 

PASEO TURÍSTICO POR VALLADOLID CON ZORRILLA

Boris de Tannenberg en su libro “La poesía castellana contemporánea” (escrito en francés y editado en 1889), dedicó un capítulo a José Zorrilla. El joven  Tannenberg visitó al poeta en Valladolid en algún momento (no precisado) entre los años 1885 y 1888. Nuestro poeta por aquél entonces vivía en la calle de los Baños (actual Echegaray y próxima al viejo mercado de Potugalete).  Fruto de aquella visita, el francés publica en su libro el relato de un paseo -hoy día diríamos turístico- que le ofreció Zorrilla.

Voy a reproducirlo completo, pues es una deliciosa descripción de cómo Zorrilla veía los monumentos, así como de algunos comentarios de las cosas de la ciudad…6323525-l

En los comentarios del poeta veremos cierta acidez y crítica por el estado lamentable de algunos monumentos, pero en modo alguno significa esto desdén o desapego, pues si de algo presumió Zorrilla, al menos en literatura, fue de su amor por Valladolid. Y, si no (y antes de entrar en materia), veamos que escribió de la ciudad que lo vio nacer cuando regresó a España en 1866 tras doce años de ausencia por haber estado residiendo en Méjico (y un año en Cuba):

Esta es Valladolid… ¡al fin la veo! / ¡Con qué placer…, como la luz primera / cuando en ella nací! ¡Dios mío!, creo / que vuelvo hoy a nacer. Espera, espera / cariñosa amistad!, solo un paseo /Por la plaza, una vuelta por la Acera, / déjame este aire respirar: deseo / beber las dulces aguas de esta fuente / de mis recuerdos y bañar mi alma / en el remanso tibio y trasparente / que hace, con ellas resbalando en calma, / del tranquilo Pisuerga la corriente. / Déjame… quiero hablar con estas piedras, / y abrazar estos árboles, y ansioso / besar estas paredes de que yedras / son mis dulces memorias, y reposo / tomar en estos bancos en que un día, / mal estudiante, a divagar venía.(…)

Contado esto, dispongámonos a dar ese paseo con Zorrilla,  no sin antes advertir que el texto de Tannenberg es conocido gracias a  la traducción que en su día publicó Narciso Alonso Cortés, y del que Begoña de Vicente, en su día trabajadora de la Casa de Zorrilla, me hizo partícipe.  Las fotos son del Archivo Municipal de Valladolid, y los grabados del libro “Recuerdos y bellezas de España (Valladolid)”. Salvo la foto del tranvía, que es de 1910, el resto de las imágenes se corresponden con la época en que poeta y crítico literario dieron el paseo.

 

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Dos minutos después estamos en la calle, y marchando siempre a su paso menudo y vivo, no cesa de hablar y de explicarme todo lo que pasa ante mis ojos, con un relieve pintoresco de lenguaje y un verbo humorístico encantador, que no puedo reproducir.

Este es Valladolid, donde he nacido y he venido a pasar mis últimos días… Me han dado la sinecura de cronista de la provincia, una manera delicada de ayudarme… Nadie conoce esta ciudad mejor que yo; yo sé de memoria todas las casas, todas las piedras antiguas… No es, por otra parte, de las más curiosas de España desde el punto de vista artístico; los turistas no encuentran gran cosa. Su mayor riqueza son los recuerdos a ella ligados…

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… Espere usted, que le he traído delante de la catedral: es un enorme edificio inacabado, obra del arquitecto de Felipe II, Herrera, el mismo que hizo el Escorial… Aquí, como en el Escorial, triunfa la línea recta: una arquitectura fría y pesada…

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… He aquí algo que vale infinitamente  más; es lo que nosotros llamamos la Antigua, una iglesia románica del siglo XI; hace largo tiempo que no se entra en ella, porque amenaza ruina. La torre es de una pureza de líneas, de una esbeltez incomparable; a mí me ha tenido siempre prendado, y he hablado de ella en una de mis leyendas. Pero se desplomará el mejor días, falta de las restauraciones necesarias; estamos en una negligencia estúpida y en beocismo artístico sin límites…

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… Al paso, voy a mostrar a usted la casa donde yo nací; ahora está deshabitada y en  lastimoso estado: siempre he tenido el proyecto de rescatarla algún día (se refería el poeta a la actual Casa de Zorrilla, que está detrás del edificio de la Diputación que aparece en la imágen)… Está justamente al lado del palacio donde nació Felipe II; hemos sido vecinos… ¿Ve usted esta ventana de la planta baja cuya reja ha sido cortada en dos y está sujeta por una cadena? Por aquí se le hizo salir para bautizarle por la parte frontera, en el convento de San Pablo…

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 … La fachada de este convento es una joya artística: fíjese usted que riqueza, que variedad de adornos! Admiro que hubiera hombres bastante pacientes para hacer esto…

 
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A dos pasos de aquí, quiero que vea usted también la fachada del colegio de San Gregorio, (actual Museo de Escultura) que es una verdadera maravilla… Como el carácter religioso del edificio no ha retenido la imaginación un poco libre del artista, hay aquí mucha más audacia y fantasía. Entreténgase usted en estudiar un poco los detalles: estos escultores de la Edad Media tenían caprichos de un grotesco inestimable…

 
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… Vamos ahora a dar una vuelta a la Plaza Mayor. Pero está un poco lejos; tomemos el tranvía… Hele precisamente ahí abajo… Pst! Pst… Oh! No tenga usted prisa; esperará cinco minutos si es preciso; no estamos en París, donde hay que correr detrás del ómnibus…

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… Podría llevarle a usted a la casa de Cervantes, pero está muy lejos y no tiene nada de particular. Está en venta, y me la han ofrecido, no muy cara. La proposición me tentaba: el viejo Zorrilla terminando sus días en la casa de Cervantes, no estaba mal. Pero después de pensarlo desistí, porque la casa no es habitable, y hubiera estado muy mal… Ya llegamos…

 

h 2 jacvoa 1870 jean laurent-crop … Está la plaza rodeada de soportales, es un bello efecto ¿no es verdad? Está en el centro mismo de Valladolid, el lugar de cita de los tontos desde las cuatro de la tarde (en la imágen, el tramo de la Plaza Mayor que entonces se conocía como Acera de San Francisco, por el convento que en su día había aquí)… En este país se pasa el tiempo en pasear… En este momento no hay animación; el día es caluroso y es cerca de mediodía… Podemos volver a pié. (A una señora que pasa) Buenos días, doña Rafaela ¿está bien su marido? Vamos, me alegro… (A mí) Es la peinadora de mi mujer…

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… Pasamos por el mercado; entremos. Quiero que pruebe usted una sandía. (Al vendedor) ¿Son buenas tus sandías? ¡De seguro! Bueno, pues mándeme una; mándame también un melón… (Continuando el camino). Toda esta gente me conoce y me saluda, ya ve usted. No hay en España hombre de letras más popular que yo entre las clases obreras… Cuido, por otra parte, de mi popularidad; no soy hosco y hablo a todo el mundo… Ya estamos de vuelta; entremos… Usted primero, se lo ruego.

Almorzamos con champagne, con un buen humor de estudiantes… Sin embargo se hacía preciso renunciar a la lectura, a la deliciosa charla. La hora de partir había llegado. Zorrilla quiso acompañarme hasta la estación…

… Y continúa su relato el joven francés Tannenberg…

… Como había tiempo, fuimos a pie, para tomar un poco el fresco… Él, fatigado, no hablaba, marchando sin apresurarse, con las manos cruzadas atrás; yo, con esa angustia y esa tristeza que acometen después de todos los instantes dichosos pasado en cualquier sitio, cuando, al caer el sol, es preciso decir adiós y reanudar la marcha… soñando con tantos recuerdos evocados y escuchando todavía resonar en mi oído el eco de tantos hermosos versos… 

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… Seguíamos el paseo de álamos que se extiende en el Campo Grande. Es allí donde, en los tiempos heroicos de Valladolid, se celebraban los autos de fe. Veía yo el jardín público animarse y la multitud esparcirse para el paseo vespertino… “Heme en el coche: ciérranse las portezuelas. El poeta, subido en el estribo, me da el último apretón de manos. Puede usted jactarse, me dice, de haber confesado a Zorrilla.

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Parte el tren, deslizándose al principio con lentitud; y le veo todavía largo tiempo, de pie en el andén, saludándome siempre con ese ademán español en las manos, tan gracioso y tan amigable.