DE SAN BERNARDO A VALBUENA DE DUERO

El sendero GR 14, es decir la Senda del Duero,  acompaña al río a lo largo de su recorrido por la Meseta Castellana. Desde el Urbión hasta entrar en Portugal su longitud suma 755 kilómetros. De estos, 150 discurren por Valladolid: entra por Peñafiel y sale por Villafranca del Duero.

Nos hallamos ante una de las opciones más interesantes para pasear por Valladolid: por naturaleza e historia. Y la mejor muestra es recorrer alguno de sus tramos. En esta ocasión vamos a disfrutar del Duero entre el monasterio de San Bernardo y Valbuena de Duero: apenas 10 kilómetros si lo hacemos por el mismo sitio ida y vuelta. Pero haremos alguna variación para contemplar paisajes diferentes: iremos por el río y volveremos por los caminos que unen Valbuena y San Bernardo. Total,  unos 7 kilómetros.

Mas no ha dejarse de apuntar una absurda paradoja: el sendero lo trazó y aprobó la Federación Castellano Leonesa de Montaña hace ya unos cuantos años, que es el organismo autorizado para  aprobar senderos. Pues bien, la Confederación Hidrográfica del Duero ha señalizado un trazado que  muy poco tiene que ver con el de la Federación. Si uno va siguiendo más bien poblaciones, el de la Confederación discurre totalmente pegado al cauce del río. Es el caso que está prevaleciendo este último.  Esto ha ocasionado daños colaterales, pues, incomprensiblemente, el Instituto Geográfico Nacional ha dibujado en los planos oficiales de España, el GR de la Federación sustituyendo muchos nombres de caminos tradicionales, como  la Senda de los Aragoneses, y  otros caminos locales cuyos nombres deberían haber sido respetados.

Total, que los planos marcan una GR 14 que “no existe”,  además de borrar historia y topónimos tradicionales, pues la que está amojonada y promovida es la de la Confederación Hidrográfica del Duero, junto al río.

Con estos antecedentes comencemos nuestro paseo. Y lo haremos partiendo desde la parte de atrás del monasterio de San Bernado. De este, el historiador Jorge Ferrer Vidal dijo que acaso fuera la joya del arte cisterciense.

Tenemos por delante poco más de cuatro kilómetros hasta Valbuena.

 

El monasterio se comenzó a levantar en el siglo XII gracias a  una fundación que realizó Doña Estefanía de Armengol, condesa de Urgel y nieta del Conde Ansúrez. El conjunto monacal tiene una zona visitable (claustro y capilla), un establecimiento hostelero de alto nivel, y acoge la Fundación de las Edades del Hombre. Las casas de colonización que hay en San Bernardo son una pedanía de Valbuena y se construyeron en los años 50 del siglo XX para acoger población rural que fue expulsada de sus municipios para construir el embalse de Entrepeñas, en Guadalajara.

 

Antes de llegar al río y tomar el GR 14 hacia la derecha, vayamos con atención, pues  a nuestra izquierda veremos un singular manantial: la fuente anguilera. Su nombre no puede obedecer sino a que los monjes criaban en ella y el caz por el que viene el agua, anguilas, un pescado de agua salada que, sin embargo, en su juventud remonta los ríos y en ellos pasa largos años de su existencia hasta que vuelven al mar para reproducirse.

 

A lo largo del recorrido veremos rastros de las construcciones monacales, entre las que destacan restos de  muralla y un  molino.

 

El venerado Duero siempre nos acompaña. La senda, en general, discurre por zonas sombrías, por lo que en días calurosos no sentiremos demasiado el rigor del sol.

 

El Duero está incluido en la Red Natura 2000,  con el nombre de Lugar de Importancia Comunitaria (LIC Riberas del río Duero y Afluentes) por sus especiales  valores naturales que incluyen flora y fauna. En la imagen una ardilla tratando de pasar desapercibida en la copa de un chopo.

 

Hacia el final,  la senda toma altura y nos descubre el paisaje de su otra margen, la izquierda. Si estamos atentos veremos los terrenos de Valdemonjas, en el término de Quintanilla de Arriba. Se trata de una bodega cuyo edificio principal ha recibo el reconocimiento internacional más prestigiado en arquitectura: el Architizer (más o menos como los Oscar de la arquitectura).

 

Llegados a Valbuena, continuamos la senda hasta llegar a los restos de un molino harinero. Este paraje, junto a una aceña, es muy agradable y bien merece la pena que nos demoremos un rato en él antes de emprender el camino de vuelta. Como curiosidad diremos que los molinos y aceñas que había en esta parte del Duero pertenecieron al monasterio de Santa María de Palazuelos, sito en las proximidades de Cabezón de Pisuerga.

 

Podemos volver por donde hemos venido, pero propongo que subamos hasta Valbuena y que, atravesado su casco urbano, salgamos por un camino junto al depósito de agua que nos conduce hacia el cementerio: en poco más de 25 minutos ya estamos de vuelta a San Bernardo, contemplando paisajes diferentes a los  hasta ahora hemos tenido. Veremos el arco de la vieja muralla que se mantiene entre el edifico de la Casa Consistorial y la iglesia de Santa María la Mayor del Castillo, de los siglos XVI-XVII.

UNA VISITA AL MUSEO DE VALLADOLID

El 18 de mayo se celebra el Día Internacional de los Museos: se abren las puertas de par en par, entrada gratuita,  horarios especiales, actuaciones musicales, etc. Es el caso que todo, ese día, invita a la ciudadanía a zambullirse en el mundo de los museos.

Y Valladolid bien puede presumir de museos de referencia, como el Museo de Escultura; únicos, como el Oriental; especiales, como el de Arte Africano… y unos cuantos más: Arte Contemporáneo, de la Ciencia, etc.

Tomando como pretexto este día, propongo visitar el Museo de Valladolid.

Se trata de “nuestro” museo, el que contiene y relata buena parte de la historia de Valladolid… pero no solo de Valladolid capital, sino que en él hallaremos numerosas piezas y colecciones provenientes de muchos municipios de la provincia, que, además, guarda piezas muy singulares o de gran rareza que no es fácil ver en otros museos.

La simple enumeración de los principales espacios en que se divide el museo  ya da idea de su contenido e importancia: prehistoria, mundo romano, mundo visigodo y medieval, bellas artes…

Prácticamente todas las piezas proceden de municipios de Valladolid: prospecciones arqueológicas; lápidas,  ajuar de palacios (cerámica, orfebrería, armamento, etc.); cuadros, frescos y escultura de iglesias y casas nobles; planos, maquetas, etc… que ayudan a interpretar y conocer Valladolid.

Difícil, por tanto,  resumir en un puñado de palabras, el contenido detallado del museo. Pero, bueno, apuntaremos algunas cosas, siguiendo un cierto orden cronológico.

 

Se trata de un edificio declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento (1996). Es un importante palacio renacentista representante del clasicismo vallisoletano y que quiere destacar el valor del hombre de negocios y humanista, como contrapunto del antiguo noble rico dado al derroche y el ocio. Hablamos del banquero Fabio Nelli (1533-1611). Es, al decir de los expertos, una obra de primera fila de la arquitectura civil y que tuvo dos importantes arquitectos: Juan de la Lastra y Pedro Mazuecos el Mozo. Una advertencia: el gran escudo que preside la fechada lo colocó con posterioridad al fallecimiento del hombre de negocios,  un bisnieto: el  primer marqués de la Vega de Boecillo (Baltasar  Francisco de Rivadeneira y Zúñiga).

 

El patio es de dos plantas con galerías de arcos de medio punto sobre columnas de orden corintio. Y tiene una gran escalera de piedra. (En la imagen, fachada y arranque de la escalera, con una gran pila bautismal del siglo XVI procedente de Melgar de Arriba).

 

Restos de piezas procedentes del poblado celtibérico sito en el Soto de Medinilla (a la orilla del Pisuerga). De la Primera Edad del Hierro, que se sitúa entre el siglo VIII y V a C. Se trata del primer asentamiento conocido de lo que llegaría a ser la ciudad de Valladolid.

 

Fotografía de las excavaciones arqueológicas del poblado.

 

Mosaico de Diana y las Estaciones: Villa de Prado, villa romana del siglo IV. Imagen general, y detalle de las teselas que dibujan a Diana cazadora.

 

También del mundo romano, pero procedente de Andalucía, el museo muestra algunos ladrillos con simbología paleocristiana de entre el s. V y VII. Si llamo la atención sobre esta pieza en la que se ve un ancla, es por el simbolismo de la misma. Entre los primeros cristianos, cuya religión no admitía roma, se extendió la costumbre de usar un ancla que quiere representar la cruz invertida, y así ocultar la práctica del cristianismo.

 

En el término de Piña de Esgueva se encontraron restos de una necrópolis visigoda del siglo VII llamada Las Piqueras. Estamos hablando de casi 170 enterramientos que se descubrieron en 1932. Restos de piezas de cerámica e imagen de los enterramientos. También se ha localizado diverso ajuar personal en el interior de las tumbas.

 

Fresco que representa el Juicio Final. Del siglo XIV, procede del convento de San Juan y San Pablo, Peñafiel.  A sus pies, el sarcófago del infante don Alfonso de Castilla, fallecido en Valladolid en 1291 (tercer hijo de Sancho IV y María de Molina), que estaba en la iglesia de San Pablo, Valladolid.

 

Una pieza muy singular es este Roponcillo del siglo XV, confeccionado en terciopelo de seda. Fue hallado en el sepulcro de don Alfonso, pero lo más probable es que se trate de un vestido que portara en su tumba uno de los hijos de Juan II, y, por tanto, hermano, o hermana,  de Isabel la Católica.

 

Estamos ya en las llamadas salas de las Bellas Artes: vista general de una de ellas: en el techo, mocárabes mudéjares del siglo XV, en madera policromada y procedentes del palacio del Almirante, donde ahora se levanta el Teatro Calderón de la Barca.

 

Detalle de la Inmaculada Anunciación, mural del siglo XV procedente del Convento de San Juan y San Pablo, de Peñafiel. A sus pies un simpático y curioso Niño Jesús dormido sobre una calavera realizado en mármol y fechado en el siglo XVI.

 

Sala con diverso ajuar doméstico y diversas obras de arte. Al fondo, un tapiz de una escena de caza que tiene un curioso compañero…

 

… Un mascarón al que se le atribuye tratarse de un retrato del mismo Fabio Nelli.

 

Y, en la misma sala, donde está la famosa “silla del diablo” con su correspondiente leyenda (dejo al lector o lectora entretenerse en buscarla), una de las piezas más importantes del Museo: un tapiz francés titulado “La Presentación del Libro y de la Espada”, del siglo XVII, de Marc de Comans y F. de la Planche. Forma parte de una serie de 74 episodios dedicados a describir los funerales del rey Mausolo, sátrapa del imperio aqueménida, que vivió en el siglo IV a. C. La escena representa los ideales del humanismo para la educación de un monarca: equilibrio entre la sabiduría de las letras y de las armas, en aras de un ideal de rey preparado para la paz y para la guerra.

 

Y al fondo de esta sala, tres curiosas piezas: una Arqueta veneciana de madera pintada en oro y de cristal de roca (s. XVI-XVII), procedente del Convento de San Pablo de Valladolid, tiene muy de especial el que apenas habrá una decena de piezas como esta en el mundo. Se dice que fue un regalo del Papa a Felipe III cuando nació el que sería Felipe IV, aunque lo más probable es que tal regalo fuera por el nacimiento de la primogénita Ana Mauricia, que llegó a reina de Francia por su matrimonio con Luis XIII…

 

… Maqueta del antiguo Ayuntamiento de Valladolid que, en estado ruinoso,  se derribó en 1879 siendo alcalde Miguel Iscar (hay escasísimas maquetas de época que representen edificios y monumentos vallisoletanos)….

 

… Y espada atribuida al Conde Ansúrez y cofre atribuido a su esposa Condesa Eylo (la verdad es que son del siglo XV y XVI respectivamente).

 

 

Si, como dicen los expertos en museos, estos en realidad tienen más importancia por lo que guardan que por lo que muestran, el Museo de Valladolid puede presumir de fondos no expuestos de indudable valor e interés: simplemente damos noticia del  Pendón de San Mauricio (siglo XVII) que procesionó en diversas actividades promovidas por la Corte, entonces presente en Valladolid;  restos  de un mosaico  romano procedente de Becilla de Valderaduey; o la cabeza de un proboscideo, animal prehistórico antepasado directo de los actuales elefantes, descubierto en Villavieja del Cerro, o la colección de más de 15.000 monedas de todas las épocas. Piezas estas, y otras más, que no se pueden exhibir principalmente por falta de espacio.

 

Más, no podemos olvidarnos de un discreto y encantador rincón del Museo: El Vergel, que solo se abre un par de meses en verano. En este jardín del palacio de Fabio Nelli se han ido depositando restos varios de la ciudad: desde basas y capiteles de columnas de la plaza Mayor o del mercado del Val, hasta conducciones de la traída de agua de Argales.  En el pasillo de acceso hay restos  procedentes de la antigua parroquia de San Miguel: en la imagen, parte de la lápida sepulcral de Jean Jacques d´Arigon, boticario de Felipe II.

HORARIO: octubre a junio: de martes a sábado: de 10 a 14 y 16 a 19. Domingos, 10 a 14

julio a septiembre: 10 a 14 y 17 a 20. Domingos 10 a 14

Entrada gratuita los domingos

 

… Y un poco de publicidad. La librería está en Crrt. de Medina, 5

 

BARRIOS DE BODEGAS DEL VALLE ESGUEVA

El mundo del vino se ha convertido en España en un enorme mercado que mueve cientos de millones de euros. El turismo en torno a las bodegas se centra en visitarlas,  dormir en lujosos hoteles en medio de viñedos… incluso en  museos dedicados exclusivamente al vino.

Todo esto ha hecho olvidar que, sin embargo, el vino fue en otro tiempo una cosa sencilla, de producción para el consumo de la familia, de disponer de un majuelo para sacar vino para el año, de ir a merendar a las bodegas con las viandas que hubiera por casa: un poco de queso, un chorizo, rico pan… y vino joven de la bodega… nada de grandes crianzas. Incluso lo que no se hubiera consumido en el año había que tirarlo para meter el  mosto nuevo en las cubas.

Casi nadie disponía de  lagar propio donde prensar la uva: había uno o dos lagares para todo el  pueblo y a él acudía cada vecino con sus cuévanos de uvas: recogía el mosto que saliera en proporción a la cantidad de uva que hubiera llevado, y lo guardaba en la oscuridad de su bodega a esperar que fermentara.

Vamos a hacer un recorrido por el Valle de la Esgueva fijándonos en los tradicionales “barrios de bodegas”, que ofrecen un paisaje con el encanto de lo auténtico y de lo sencillo. Lejos del bullicio de las denominaciones de origen y sus deslumbrantes bodegas.

Los barrios de bodegas responden a  una técnica constructiva, una historia y un paisaje especialmente peculiar en Valladolid, de tal manera que los conjuntos de bodegas antiguas y tradicionales que se pueden ver en muchos pueblos representan un excepcional valor etnográfico y paisajístico.

La producción tradicional de vino ha dado lugar tanto a un paisaje característico en las laderas de los tesos, motas y cerros como a un vocabulario singular: cerceras (cierceras o zarzeras: el nombre viene de la orientación del lugar por el que se ventila la bodega –el norte, el viento del cierzo-), echaderos (por donde se arroja la uva al interior de la bodega, cubas, cubetes, bocoyes,  lagar, viga, cocedera …

Todos los municipios del valle tienen bodegas, pero vamos a fijarnos solo en algunas de ellas, y en algunas cosas más.

 

Como a dos kilómetros  antes de llegar a Piña de Esgueva, al fondo a  mano derecha se ve la espadaña del despoblado de Torremazariegos. Un poblado  (abandonado en el siglo XVIII) que hubo a los pies de un teso  en su día coronado por una pequeña fortaleza. A la espadaña se puede llegar perfectamente por un camino evidente que sale de Piña. En este entorno, en dirección a Valladolid, fue hallado en su día un magnífico cementerio visigodo cuyos restos se conservan en el Museo de Valladolid (palacio de Fabio Nelli).

 

Barrio de bodegas de Piña. Arriba a la derecha se ven los restos de una antigua casa de monte: lugar que se habitaba durante el verano para hacer la cosecha del páramo.

 

Atentos al barrio de bodegas de Esguevillas de Esgueva.

 

Villaco está un poco apartado de la carretera, pero vamos a acercarnos hasta su casco urbano.

 

Y si paramos en Castroverde de Cerrato, subiremos dando un paseo por el cotarro en cuyas laderas están las bodegas. Arriba se mantiene aún en pie la llamada puerta de Santa Clara, que no es sino restos de una formidable fortificación posiblemente del siglo IX.

 

No pasar por alto las antiguas bodegas que hay a la izquierda nada más pasar Torre de Esgueva. Son de un primitivismo sorprendente. Hoy día están prácticamente abandonadas.

 

 

Fombellida.

 

Las bodegas de Canillas están a la entrada del pueblo: torre de la iglesia y las dos columnas de su antiguo castillo.

 

Bodegas de Encinas de Esgueva. Para verlas forzoso es caminar hacia la parte alta del pueblo.

 

Uno de tantos majuelos del valle. Rodeado de almendros, como es tradicional en Valladolid. El valle de la Esgueva no está en ninguna denominación de origen, pero conserva una extraordinaria cultura del vino.

EL SABINAR DE VALLADOLID

El paraje conocido como El Riscal o El Llanillo, un páramo próximo a Santiago del Arroyo, acoge el mayor sabinar de Valladolid. Si hay un lugar imprescindible que ha de conocerse es este, que, además, ofrece espléndidos paisajes y las siluetas de varios municipios: Iscar, Portillo…

Otros sabinares,  hay en Aldealbar (Monte de la Unión), y en Peñafiel, pero ninguno tiene la concentración de sabinas y enebros que ofrece Santiago del Arroyo. Un sabinar que se extienden por un suelo pobre, pedregoso y calizo, ideal para estos árboles.

Comenzamos el paseo y aconsejo llevar un bastón que nos ayude a mantener el  equilibrio y unos prismáticos para disfrutar de las panorámicas.

 

Entre las casas 18 y 20 de la calle Real de Arriba  (la vieja carretera), comienza una ruta circular de unas tres horas, y cuya mejor referencia de que vamos por el buen camino son las cuatro o cinco bodegas que vemos al frente, en la ladera. Si se prefiere, se puede subir en coche hasta el mismo sabinar. En la primera fotografía, la fachada de la casa del reloj en la que comienza la ruta. Una vez que dejamos atrás el caserío giramos a la izquierda hasta cruzar por debajo de la carretera. Nada más pasar, la primera a la derecha y siguiendo este ancho (y un tanto polvoriento) camino, la primera desviación que sale suavemente  a la izquierda emprende decididamente la subida al sabinar. Una vez arriba, continuaremos el camino hasta que este comienza a descender hacia otro valle. En ese momento comenzados a caminar hacia nuestra derecha siguiendo siempre el borde del páramo. Es imposible perderse pues estamos bordeando una especie de península rodeada de los valles que la dibujan: el arroyo Valseca, el de Santa María y el del Henar. Vista del caserío y del camino  que hemos traído, según vamos ascendiendo hacia el sabinar.

 

Las sabinas parecen alimentarse del suelo calizo que las sostiene.  Cabe advertir que la sabina y el enebro son de la misma familia. Juníperus thurífera es la sabina, y juníperus oxycedrus es el enebro, que, normalmente de porte arbustivo y finas hojas realmente puntiagudas suele mostrar unas pequeñas bayas de.. La sabina es un árbol que puede alcanzar edad milenaria.

 

Panorámica del valle del arroyo Valseca, que discurre a nuestra izquierda.

 

Una discutible decisión en su momento, ha permitido que se roturasen grandes extensiones de terreno y, además, se llevaron a cabo  plantaciones de pino.

 

En un momento dado, todavía en la primera dirección que seguimos, al borde se verá una curiosísima construcción: una especie de pila hecha por la mano del hombre que hay quien la atribuye a un pastor que la labró para dar de beber a sus ovejas. Hay un hito que indica el lugar de la pila (si no lo han desbaratado).

 

A poco que nos fijemos se verán los cortes en el suelo calizo que indican tratarse de explotaciones de piedra; industria que se llevaba a cabo con profusión en estos lugares. Ahora estos parajes tan solitarios conocieron épocas no tan lejanas en las que había trasiego de gente: se labraban las laderas y los caminos se transitaban para acarreo de mercancías entre los municipios del entorno, pues Santiago del Arroyo fue un pueblo de transportistas. Gente que dedicaba su tiempo, una vez concluidas las faenas agrícolas de su pequeño término municipal, a acarrear materiales de construcción a los municipios del contorno.

 

Llegamos a una de las “esquinas”, cuando nuestros pasos nos indican que ya estamos rodeando el Riscal. En la parte alta de la imagen (a la izquierda), la torre del castillo de  Íscar. Si nos fijamos, hacia la derecha y en el llano, se verán los municipios de Megeces y Cogeces de Íscar.  Y por el valle, el retorcido trazado que marca el arroyo de Santa María.

 

Casi en la esquina opuesta, donde en realidad vamos a iniciar el camino de vuelta, se destaca la silueta inconfundible de Portillo. En la parte de debajo de la imagen, en ruinas, la antigua fábrica de rubia (planta de la que se obtenía tinte rojo muy utilizado en el pasado en la industria textil). Antes de entrar en ruina, en el siglo XX se dedicó a producir energía eléctrica.

 

Ya comenzamos a volver (siempre buscando el borde del sabinar). Observamos que vamos en paralelo a la carretera de Segovia y que ya se adivina el caserío de Santiago: al fondo el municipio de Camporredondo, y en lo alto, el de Montemayor de Pililla.

 

Molino del Valle,  del siglo XVIII,  movido en su día por las aguas del arroyo del Henar.

 

Junto a la carretera, la Laguna del Prado. Es un pequeño pero interesantísimo humedal. Sus aguas no provienen solo de las lluvias o manantiales cercanos, sino que se alimentan de las corrientes subterráneas de las aguas freáticas provenientes de la las montañas de Navacerrada, en Segovia.

 

Vamos a hacer un último recorrido: visitar el Riscal. Se trata de un lapiaz: formación geológica propia de terrenos yesíferos que se erosiona con los ácidos que transporta la lluvia. Está horadado de tal manera que termina por parecer una hermosa filigrana de la naturaleza sin igual en Valladolid. Para llegar hasta él hay que seguir las siguientes indicaciones: según hemos subido desde Santiago, arriba ya, inmediatamente sale un sendero a nuestra derecha (justo frente a un camino bien marcado que va en dirección opuesta). Le seguimos sin dudar y como a 800 metros, junto a una labranza veremos un pino solitario. Casi a su altura, nos metemos en la maleza que hay a la izquierda y a poco que indaguemos daremos con el lapiaz. Hay otro lapiaz en Montemayor de Pililla y en Corrales de Duero (conocido como lapiaz de la Huga).

 

Diversas imágenes de Santiago del Arroyo: una focha en la Laguna, el arroyo del Henar al atardecer y restos de una linajuda casa.

 

Plano que nos ayudará en nuestro paseo: 1, cuesta que subimos desde Santiago; 2, aproximadamente donde se localiza la pila; 3, antiguo molino de rubia; 4, molino del siglo XVIII; 5, Laguna del Prado; 6, sendero que nos lleva hacia el lapiaz; y 7, zona del lapiaz.

ROTURAS: PARA ASOMARNOS A EXTENSOS PAISAJES

Roturas es un pueblo agazapado en un escondido rincón del Duero. Desde Pesquera sale la única carretera que llega (y muere) a Roturas, una población muy, muy pequeña que trata de sacar cabeza mediante el turismo rural.

Nos acercamos hasta él pues, sin duda, es un lugar recoleto y con encanto, a pesar de que su caserío nos ofrece numerosas casas en ruinas… el terrible signo de los tiempos de algunos municipios vallisoletanos.

Nuestro objetivo es asomarnos al valle del Duero desde el balcón natural que nos regala con  una vasta y espléndida panorámica.

El  lugar de destino de nuestro paseo, de como una hora entre ida y vuelta, es el pico Tres Fuentes,  y recomiendo llevar unos prismáticos.

 

Desde la carretera que conduce a Roturas (que se ve a la izquierda de la imagen), se divisa – a la derecha-  el roquedo (Tres Fuentes), destino de nuestro paseo.

 

 

Fuente en la plaza, del siglo XIX, desde donde iniciamos el recorrido que pasa por la fachada de la Casa Consistorial.

 

Por el camino de Curiel, que sale pegado a la iglesia, nos iremos encaramando por el “cerral”, que bordearemos hasta llegar al balcón de Tres Fuentes. Llegados prácticamente arriba, dejamos a nuestra izquierda el camino que atraviesa el páramo y  conduce hasta Curiel,  y nos ceñimos al cantil del páramo.

 

El paseo,  sencillo, y  agradable, solo consiste en ir deleitándonos con el paisaje. Antes había muchos nogales por el entorno pero, según relatan algunos viejos vecinos, en los años cincuenta vinieron ebanistas del país Vasco comprando la magnífica madera de estos árboles, lo que llevó a que se cortara la mayoría de ellos.

 

El cementerio, que duerme entre majuelos.

 

Desde el pico Tres Fuentes, posadero de buitres, se divisa una extensísima panorámica. A nuestra izquierda, por encima del páramo, se yergue la torre del castillo de Peñafiel. A nuestro pies, Pesquera (auténtica catedral del vino); y, sucesivamente (de izquierda a derecha): Padilla de Duero, Quintanilla de Arriba, Monasterio de San Bernardo, y el municipio de San Bernardo.

 

Antes de comenzar el camino, o a la vuelta, detengámonos en el edificio  que hay junto a la iglesia. Se trata de un antiguo lagar que conserva toda su estructura, salvo el husillo. Se barrunta que terminará por derruirse, habida cuenta de que sus propietarios no parecen interesados ni en restaurarlo ni en venderlo.

 

La planta alta de la Casa Consistorial conserva la vieja escuela. Es visitable, para lo que hay que preguntar por la persona que guarda la llave.

 

VILLAVAQUERÍN, EVOCACIÓN DE DELIBES

Vamos a pasear por territorio  de Villavaquerín, un municipio del valle del arroyo Jaramiel. Pueblo que  oficialmente aún conserva el apellido “de Cerrato”, denotativo de su antigua pertenencia a aquella comarca predominantemente palentina.

NOTA AL MARGEN: ME COMENTAN EN DOS LIBRERÍAS QUE MI LIBRO POZOS DE NIEVE Y COMERCIO DE HIELO EN LA PROVINCIA DE VALLADOLID ESTÁ SIENDO EL MÁS VENDIDO DE LOS LIBROS DE NO FICCIÓN.

Este municipio tiene cierta popularidad pues en él se rodaron escenas de la película “Las ratas”, basada en la novela de Miguel Delibes, en la que muchos vecinos aparecen como extras. También  una antigua finca de su término municipal (la Sinova) es mencionada por el escritor en su “Diario de un cazador” y otras novelas por haberla frecuentado en sus incursiones por el campo escopeta en mano.

Son días de paisajes. La primavera muestra una de las paletas cromáticas más hermosas de Valladolid: vallejos o barcos, laderas y páramos ofrecen matices y contrastes solo disfrutables en esta época del año, a pesar de que la lluvia se muestra esquiva haciendo peligrar cosechas.

La luz es especialmente clara y transparente, y  el viento, con trazas todavía invernales, sopla con fuerza en el páramo.

Andaremos como cuatro kilómetros por el valle de Valdeguinte, siguiendo un camino perfectamente marcado: detrás de la iglesia y pasadas las bodegas, nos encaminamos hacia el cementerio, más antes de que incluso lo veamos, un camino, llamado en el pueblo de Olivares (por conducir hacia aquella población), lame la ladera que nos irá conduciendo hasta el páramo. Cuando veamos una bifurcación, ya  encajados en el barco, sin duda hay que tomar el de la derecha.

Pues vamos a ello.

 

En la década de los 60 se incendió la casa consistorial, que se rehabilitó por completo en 1998, cuando fue reinaugurada. Al fondo la iglesia de Santa Cecilia, del siglo XVI y cuyo pórtico aparece expresamente en “Las ratas”.

 

El caserío de Villavaquerín, desde el camino que llevamos, con el barrio de bodegas en primer término. El pueblo tuvo castillo y llegó a estar enteramente fortificado durante la Edad Media.

 

Barco y camino que irá marcando nuestro itinerario.

 

Paisaje desde el camino de Olivares.

 

Llegados al páramo de Buenos Aires, diversas perfectivas… árboles aún desnudos pespuntean el paisaje.

 

La vuelta nos permitirá observar una panorámica de las Mamblas de Tudela, y la Mambla (a la izquierda) de Villabáñez.

 

Merece la pena demorarse un rato por el barrio de bodegas: las hay para todos los gustos y estilos.

 

Un plano que nos ayudará a situarnos en la ruta: 1 Villavaquerín; 2 camino de Olivares; 3 páramo.

ALLÁ EN EL FONDO DEL VALLE: ENCINAS DE ESGUEVA

Creció Encinas en una vaguada del páramo que cae hacia la Esgueva. Una vaguada flanqueada a uno y otro lado por el castillo de los Aguilar y la iglesia de San Mamés.

El caserío más antiguo está en la parte alta del municipio. Cosa lógica pues, a fin de cuentas, era una forma de dominar el valle. Ha de tenerse en cuenta que, ahora, este Esgueva  que discurre pacífico y sosegado, en otro tiempo fue frontera tanto entre los reinos moros y cristianos, como entre los de León y Castilla, y vía de penetración de cualquier posible invasión que viniera del norte o del este.  Además,  era una forma de estar a salvo de las riadas de la Esgueva que aunque en la actualidad ofrece un caudal modesto, esconde una historia de crecidas y desbordamientos  recurrentes.

De la posición estratégica de Encinas da cuenta la existencia de restos vacceos hallados en sus inmediaciones, lo que habla de lugar apetecido para el asentamiento de civilizaciones antiguas. De esta ubicación estratégica también da cuenta el enclave de cruces de caminos en el que se halla: la carretera del valle que conduce hacia Palencia y Burgos siguiendo el cauce del río; los caminos, ahora carreteras, que conducen hacia Roa de Duero, Peñafiel (por el valle del Cuco) y Piñel.

Más todo ese pasado importante no ha impedido que, como todos los pueblos del valle, se halla ido despoblando.

 

 

Comenzaremos nuestro paseo en el castillo de los Aguilar, Condes de Encinas, que exhiben su escudo en el ángulo de una de las torres. Los inicios de la fortaleza se remontan al siglo XIV.

 

Lo más antigua del caserío se aloja en la parte alta del municipio, trepando por  un barco de la ladera del páramo que comunica con el valle del Duero y, desde cierta altura, mira hacia la Esgueva.  En el caserío destaca la Iglesia de San Mamés  (nombre que viene, parece, de “el que fue amamantado”) del siglo XIV con una  torre mocha, muy parecida a las de la cercana comarca del Cerrato, a la que  Encinas y otras  poblaciones de la Esgueva pertenecieron en otro tiempo.

 

Nuestro paseo por el pueblo nos llevará a unos agradables jardines, al frontón junto a la antigua escuela de niños;  y a la vuelta, frente a las escaleras que conducen a la iglesia, la vieja escuela de niñas, ahora centro social y tienda del pueblo.

 

La plaza Mayor, pequeña y recoleta, muestra en la fachada de una de sus casas un reloj de sol ajustado a las más estrictas normas “científicas” de funcionamiento.

 

El recorrido por las calles de Encinas nos ofrecerá diversas construcciones en las que piedra, adobe y ladrillo se dan la mano, amén del barrio de bodega. Y, en la calle Principal, donde está el restaurante Casa Paco –que ofrece un excelente lechazo- , hay una noble casa de 1921.

 

Si queremos alargar el paseo, tomaremos la carretera que conduce a Roa, y como a dos kilómetros  se eleva el Otero hasta los 926 metros, cien metros por encima de Encinas. Sostienen en el pueblo que tiene la misma altitud que el Cuchillejo (Castrillo de Duero), considerado el punto más alto de Valladolid (933 metros). Cierto es que apenas 7 metros les diferencia.

 

Y desde este Otero, y la carretera que lleva hasta él,  se contempla un  hermoso y extenso paisaje de Encinas,  y al fondo su  vecina Canillas, con  sendas columnas que no son sino los últimos restos de su antiguo castillo.

 

Ofrece Encinas la posibilidad de disfrutar de un embalse situado  a 1,5 km. del casco urbano. Sobre él podemos encontrar un artículo en este mismo blog: “Un rincón insólito en el Valle Esgueva”.