VALLADOLID Y LAS REINAS

La historia de España ha dado reinas excepcionales, que lo fueron por derecho y no por su condición de consorte. Mujeres que lucharon por sus derechos monárquicos y que defendieron los intereses de sus reinos. Que tuvieron que abrirse camino en un mundo hostil para la mujer. Que algunas sufrieron, a pesar de ser reinas, malos tratos, encierros y desprecios.  Nos estamos refiriendo a la Edad Media, pues la historia de España dio un salto de masculinidad monárquica desde Juana I en el siglo XVI, hasta Isabel II, ya en el XIX.

Pues bien, la mayoría de aquellas reinas lo fueron de los reinos de Castilla y León (juntos o por separado), y Valladolid atesora lugares que evocan a aquellas mujeres.

A lo largo de este año de 2017 se están llevando  a cabo algunas actividades conmemorativas de los 800 años transcurridos desde que Fernando III, llamado el Santo, fuera coronado Rey  de Castilla en la ciudad de Valladolid. Corona a la que añadiría en 1230 la de León uniendo, de esa manera, ambos reinos tras muchos años de disputas entre ambos territorios.

Si el dicho popular, no carente de ribetes machistas, de  que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, tiene ejemplos concretos, sin duda es el caso de Doña Berenguela, madre de Fernando III y propiciadora de que su hijo se ciñera la corona real.

La historia de los reinos de Castilla y León es una larga sucesión de uniones, separaciones, fronteras cambiantes, alianzas, estrategias, fidelidades y traiciones hasta su definitiva unidad. En esta película  hubo un espacio esencial para reinas excepcionales que tuvieron un papel  protagonista, más allá de figurantes o consortes (aunque entre estas no faltaron mujeres de gran talla por encima, incluso, de sus esposos reyes por derecho).

Nos estamos refiriendo a reinas “verdaderas”, es decir a aquellas que ejercieron el poder por sí mismas,  no por su posición matrimonial. Monarcas que supieron rodearse de una corte personal de músicos, poetas, filósofos o humanistas que terminaron por ejercer una gran influencia en la vida cultural y social de su tiempo.

Valladolid y algunas villas y pueblos de su provincia fueron escenarios históricos privilegiados de bodas, coronaciones, recibimientos, Cortes y disputas que jalonan la historia de los reinos de España.

Con este pretexto vamos a dar un paseo por  lugares vallisoletanos que evocan esta estrecha relación de Valladolid con las reinas. A tal fin daremos alguna pincelada (pues no es posible abordar con la extensión de un libro de historia aquellas vidas) sobre algunas de estas excepcionales mujeres.

 

Urraca I de Castilla (1079 o 1080 a  1126) hija de Alfonso VI y madre de Alfonso VII accedió al trono en 1109.  Fue la primera mujer que reinó sola en Castilla y León y se la describe como valiente e indómita.  Tuvo una estrecha relación con el Conde Ansúrez, que fue su ayo durante unos años, en cuya casa vivió desde que cumplió los ochos años de edad hasta que a los 16 años llegó la consumación del matrimonio que sus padres habían concertado con Raimundo de Constanza. La influencia del Conde, según algunos historiadores,  apunta a que fue él quien recomendó a Urraca su posterior matrimonio con Alfonso I el Batallador, rey de Aragón. De tormentosa vida, durante su relación matrimonial con Alfonso I,  llegó a sufrir maltratos físicos delante de la corte, e incluso la mandó encerrar para no separarse de ella y así no perder el reino de Castilla que lo consideraba como propio. Más, la reina supo maniobrar para segar la hierba bajo los pies de su esposo. Los reinos de Castilla y León y Aragón terminaron por separarse poniendo en serios apuros al Conde Ansúrez, que había prometido fidelidad a ambos.

 

La plaza Mayor de Valladolid exhibe una placa en su fachada de la Casa Consistorial que recuerda a Doña Berenguela. También la vieja Colegiata, mandada construir por Ansúrez, tiene papel protagonista en la historia de Berenguela (1181-1246). Esta  reina fue hija de Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra. Descrita como mujer excepcional y reina prudente, fue madre de Fernando III llamado el Santo. Tras diversas disputas con los nobles que pretendían que la corona recayera sobre Blanca de Castilla, consiguió los apoyos suficientes para ser reconocida como reina, y días después coronada (según esa placa) en la actual plaza Mayor de Valladolid, pero lo más probable es que aquello realmente ocurriera en la actual plaza de la Universidad, en 1217 conocida como del Mercado. Aquel acto se llevó a cabo en medio de una gran expectación y parece que se hizo en un lugar amplio que permitiera la presencia de la muchedumbre que quería ser testigo de aquel acontecimiento. En el mismo momento de su coronación traspasó el reinado a su hijo Fernando III y se trasladaron a la Colegiata para entonar un Te Deum . En realidad reinaron juntos durante treinta años  sin que se conozcan desavenencias importantes entre madre e hijo. Doña Berenguela se había casado en 1197  con Alfonso IX de León en la iglesia colegiata de Santa María de Valladolid, ignorando la prohibición de aquel matrimonio por parte del Papa Inocencio III que apelaba a consanguineidad entre ambos contrayentes.

 

María Alfonso de Meneses pasó a la historia como María de Molina (1265-1321).  El  Molina le vino  a raíz de que ya al final de su vida recibió de su esposo Sancho IV el señorío de Molina, ubicado en la provincia de Guadalajara. Era nieta de doña Berenguela y su matrimonio, del que nacieron siete hijos, no fue reconocido por el papado por razones de consanguineidad –igual que ocurriera con la boda de su abuela-. El matrimonio terminó por recibir el plácet de Bonifacio VIII merced a una generosísima donación de María al papa en 1301, lo que allanó el camino para que Fernando IV fuera reconocido como heredero de la corona. Aquel reconocimiento fue el resultado de numerosas intrigas en las que María de Molina se mostró especialmente inteligente, dando poder a las emergentes oligarquías urbanas enfrentadas a la nobleza. Fue verdaderamente tres veces reina: como esposa, madre y abuela regente, dada la precaria salud de su hijo Fernando y la falta de edad para gobernar de su nieto, que sería Alfonso XI. La custodia de su nieto se la dio “a los hombres buenos de la ciudad de Valladolid”. En definitiva, tuvo que estar al frente del reino hasta el final de sus días.  María de Molina fundó las Huelgas Reales (orden cisterciense) e impulsó el convento de San Pablo. Alivió las cargas fiscales de la naciente burguesía, se alineó con Bonifacio VIII para la liquidación de la orden del Temple, etc. Era prima carnal de Alfonso X: el nombre de calle Mirabel, en el barrio de la Rondilla, viene dado por el camino que conducía hasta el Real Palacio de Mirabel, en las inmediaciones de la Overuela, donde se dice que se redactó parte de las famosas Siete Partidas de Alfonso X el Sabio. Falleció en el desaparecido convento de San Francisco aunque está enterrada en las Huelgas Reales de Valladolid. (Las imágenes muestran la torre mudéjar de las Huelgas Reales –del blog Arte en Valladolid, de Javier Baladrón, al igual que  la sepultura de la reina-;   restos antiguos del convento de San Pablo, aunque ya prácticamente nada se conserva de su primigenia construcción; y el Museo de Valladolid conserva el sarcófago donde se guardaron los restos del infante Alfonso hijo de María de Molina).

 

En el Palacio de los Vivero (que aparece en las fotografías -solo visitable mañanas de día de diario-),  Isabel I de Castilla (1451-1504) firmó su compromiso matrimonial con Fernando de Aragón, príncipes aún aquel año de 1469. Para protegerse de las iras de parte de los nobles  que no vieron con buenos ojos aquel matrimonio, los príncipes  se refugiaron durante unos meses en Medina de Rioseco bajo la protección de Fadrique I Enríquez, a la sazón Almirante de Castilla, abuelo de Fernando y tío lejano de Isabel y, sobre todo, poderoso personaje respetado por el resto de la nobleza castellana.  Fueron muchos los escenarios vallisoletanos que vivieron los acontecimientos del reinado de Isabel y Fernando. La reina nació en Madrigal de las Altas Torres y falleció en el Palacio Testamentario de Medina del Campo. 

 

De Juana I de Castilla -mal llamada la Loca- (1479-1555)… pues ¡anda que no hemos tenido monarcas que debieron ser incapacitados en algún momento de su vida! De sobradamente conocida biografía, destacamos que fue reconocida como reina por los nobles castellanos durante la reclusión a la que le sometió su esposo Felipe el Hermoso en el castillo o palacio de Mucientes (fotografía) en los primeros días de julio de 1506 tratando, precisamente, de inhabilitarla. Son muchos los lugares de la provincia que guardan relación con la reina: Medina de Campo, Tordesillas…  Parece documentado que durante su reclusión  en Tordesillas oía misa en  San Antolín,   pero la leyenda añade que después subía hasta la torre de la iglesia para ver si desde allí oteaba la llegada de su (ya) fallecido esposo Felipe. (La escultura de la fotografía es del zamorano Hipólito Pérez, frente a la fachada de San Antolín donde destaca la torre a la que ascendía la reina Juana).

 

Hasta el mes de febrero de 2018, el palacio de Butrón (Sede del Archivo General de Castilla y León) sito en la plaza de Santa Brígida, ofrece al público una interesante exposición sobre Fernando III el Santo, hijo de Doña Berenguela.

 

NOTAS: son muchos los textos que abordan las vidas de estas mujeres, algunas con abultada bibliografía. Más si alguien quiere tener una visión de conjunto, recomiendo alguno de  los siguientes libros: Reinas Medievales en los Reinos Hispánicos (de María Jesús Fuente); Reinas Medievales españolas (de Vicenta Márquez de la Plata y Luis Valero de Bernabé); y Mujeres Ilustres de Valladolid, siglos XII-XIX (VV.AA.) editado por el Ayuntamiento de Valladolid. La sepultura de María de Molina puede verse aprovechando el horario de misa de 12 de los domingos de las Huelgas Reales (se entra por la calle Estudios).

 

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FUENTEUNGRILLO: UN DESPOBLADO MEDIEVAL

En el siglo XV ya no quedaba habitante alguno en Fuenteungrillo. Acaso la peste, tal vez las exigencias recaudatorias de sus dueños, o la hambruna provocada por unas malas cosechas empujaran a los habitantes de este poblado medieval a abandonar sus casas. Seguramente no sería una decisión repentina, sino un proceso paulatino en el que intervendrían muchos acontecimientos, pero se sabe que hacia 1404 ya nadie quedaba en aquel lugar. No cabe descartar que entre las causas del abandono tuviera que ver el que perdiera interés estratégico en las pugnas por el control de los reinos de León y de Castilla o entre los señores feudales.

A cuatro kilómetros de Villalba de los Alcores se han rescatado parte de los restos de un pueblo que no fue pequeño en sus años. Se trata de un asentamiento del que ya hay constancia documental muy a principios del s. XIII y que estuvo habitado hasta el XV.

Este poblado tiene de extraordinario  el hecho de poseer abundante y detallada  documentación escrita, incluido el Becerro de las Behetrías, y los cimientos suficientes de muchas de sus construcciones, lo que ha permitido acotar perímetros y reconstruir su historia. Pero no es sino uno más de los muchísimos despoblados que se fueron produciendo en Europa y en España, sobre todo, en los siglos XIV y XV, a los que el territorio vallisoletano no es ajeno. Basta ojear el Diccionario de Pascual Madoz y otras crónicas del siglo XIX para percatarnos de los muchos despoblados que hay en la provincia. Buena parte de este fenómeno debe explicarse por causas económicas y de reordenación de la población cuando la Edad Media comenzaba a tocar su final, lo que algunos expertos denominan crisis de la Baja Edad Media.

En principio se pensó en que se trataba de una villa romana por unos restos cerámicos allí localizados, pero más tarde se comprobó que eran  de la llamada cerámica de Valladolid. No obstante,  no muy lejos del poblado se encontró un busto romano;  y en las inmediaciones restos prehistóricos, con lo que lo más probable es que hasta que se consolidó como poblado medieval es lógico pensar que hubiera algunos otros poblamientos, pues se trata de un enclave sobre un promontorio (que permite la observación de un amplio entorno) y con cercanía del agua del arroyo de Fuentes.

Los profesores Wattenberg, Palop y, desde 1982, Julio Valdeón e Inmaculada Sáez han sido los impulsores de la investigación de Fuenteungrillo, que el año 1983 fue declarado Bien de Interés Cultural. Actualmente el Ayuntamiento de Villalba de los Alcores mediante un convenio con  la empresa Arbotante está impulsando las investigaciones, que incluyen campañas veraniegas de estudiantes desentrañando piedras  y rescatando sencillos objetos que, una vez datados, serán llevados al Museo de Valladolid. También colaboran el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Valladolid, la Dirección General de Patrimonio Cultural y la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León.

El trazado del caserío, sus calles y las puertas del despoblado son perfectamente reconocibles sobre el terreno. El interés de este yacimiento reside en  que desde que se abandonó no ha sido alterado por ninguna otra ocupación. Por lo tanto se está pudiendo estudiar con buen detalle cómo fue el poblado original. Además, durante muchos años,  ha sido uno de los descansaderos más grandes e importantes de uno de los cordeles de la Cañada Real Leonesa Occidental, que iba desde Palencia a Torrelobatón pasando junto a Fuenteungrillo, por lo que ningún agricultor ha levantado las piedras para arar el terreno.

Un pequeño castillo defensivo y hasta cuatro  iglesias o parroquias aglutinaban a una comunidad que llegaría a tener 30 familias, unos doscientos habitantes que se surtían del arroyo de Fuentes. Más de diez hectáreas de terreno estaban ocupadas por casas de piedra y barro con sus correspondientes calles y adecuada organización social, guardadas por una muralla con dos puertas y debidamente vigiladas. Ahora solo vemos una parte de todo aquello.

 

El corral anexo a la fortaleza, que se representa mediante  dos caballerías silueteadas en acero era, en realidad, una majada donde guardar el rebaño.

 

La estructura del poblado es perfectamente reconocible y documentada: Barrio de Santa Coloma, Puertas de  San pedro (que también fue un barrio –donde está el actual palomar-), castillo y varios cementerios. 

 

Además de la estructura de las viviendas, algunas con pequeños corrales y silos,  se han rescatado hornos domésticos para hacer pan. 

 

La visita dispone de un aula de interpretación que explica detalladamente el origen y evolución de Fuenteungrillo: en la imagen uno de los paneles.

 

Una pieza cerámica de hace 800 años.

 

Se ha reconstruido  una vivienda, aunque en realidad la generalidad de ellas no debían ser tan grandes: apenas unos 20 m2 con cubierta a un agua habitadas por campesinos sencillos que trabajaban simplemente para subsistir.

El castillo, además de los silos de alimentos, tiene varios enterramientos infantiles, una vez que la fortaleza dejó de tener utilidad a partir de 1250. La fortaleza dispuso de su correspondiente torre. El suelo de la  puerta del castillo es original y se conserva el tope del portón.

 

En la imágen, desde el interior del castillo, se aprecia el Centro de Interpretación y, más al fondo, la vivienda reconstruida según un criterio idealizado de acuerdo a la información que se dispone de las construcciones de la época.

 

La foto muestra lo que estaba bajo tierra y el recrecimiento contemporáneo que se ha hecho de los muros originales, tal como nos muestra Iván García, una de las personas que está al frente de las excavaciones.

 

 Merece la pena subir hasta la azotea del aula que ha montado la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León por la panorámica que ofrece, no sólo del poblado en sí, sino del vasto y solitario territorio que desde esta altura se contempla. Villlalba de los Alcores la fondo.

 

La charca de Fuenteungrillo, a los pies del despoblado. Se trata de un embalsamiento artificial. En muchas casas de Villalba de los Alcores hay alguna piedra de las que, antes, los chavales sacaban del fondo de la “charca”. Se trata de unas piedras porosas, muy agujereadas, que la gente las utiliza para adornar algún  rincón de su casa.

 

La charca al atardecer. Algunos patos, pollas de aguas y garzas, en tiempo de emigración, encuentran refugio en estas quietas aguas de abundantes carrizos. También algunas gentes pescan carpas desde que hace unos pocos años se pobló el embalse con esta especie.

 

NOTA: el yacimiento tiene libre acceso: km. 4 desde Villalba de los Alcores hacia Valdenebro de los Valles. Para acceder al Aula de Interpretación y a la vivienda hay que concertar visita en el teléfono del Ayuntamiento de Villalba: 983 721 500.

TIEDRA: HISTORIA, PATRIMONIO Y PAISAJE

La villa de Tiedra es uno de los municipios vallisoletanos con mayor y más variado patrimonio. Con la venia de otros municipios, también acreedores al premio, Tiedra ha sido elegido como uno de los pueblos más bellos de Castilla y León para este año.

Esta villa estaba asentada desde época vaccea y romana en la planicie de la ermita, donde aún se encuentran restos en el subsuelo de la ciudad romana. En el siglo XII el caserío se trasladó hasta la ubicación actual, frente a la ermita, para mejor defender la frontera entre León y Castilla. Su importante desarrollo posterior se manifiesta en el levantamiento de cuatro parroquias, la consolidación de una singular plaza Mayor y la construcción de importantes edificios civiles, tanto de servicio público, como el pósito, como residenciales particulares.

Su emplazamiento en el borde de Torozos, su paisaje, sus edificios y su historia brindan a cuantos visitan Tiedra un verdadero placer para los sentidos que, además, ofrece un observatorio astronómico y un pequeño museo con diversos hallazgos arqueológicos…

… Y a disfrutar de ello nos aprestamos sin apenas palabras, no sin antes indicar que recientemente se ha editado un libro titulado “Tiedra, un viaje casual” en el que hemos participado diversos autores. El libro ya está disponible en las librerías.

 

La ermita de Nuestra Señora de Tiedra Vieja, con un reloj de sol acaso el más antiguo de Valladolid y curiosos exvotos en el interior de la iglesia. Fue primero hospedería (s. XVII) y el siglo siguiente se construyó la iglesia, con un órgano barroco:

 

Pobladura de Sotierra, a los pies de la villa:

 

 El perfil de Tiedra desde la ermita:

 

  Fuente de San Pedro, donde comienza una interesantísima ruta:

 

El pósito o almacén público de grano, del s. XVIII:

 

 

Uno de sus impresionantes caserones de piedra:

 

 

El ladrillo está muy presente en el caserío de Tiedra:

 

Antigua casa del Concejo e iglesia de San Miguel:

 

Iglesia de El Salvador, edificada en el XVI:

 

La Casa Consistorial, de hechuras palaciegas, que demostraba la pujanza económica de Tiedra en el s. XIX, y vieja casa con soportales  en la plaza Mayor:

 

Parque y antiguos lavaderos:

 

La ermita, sobre el primitivo asentamiento romano,  vista desde las estribaciones del castillo:

 

El antiguo matadero y un palomar:

 

Las viejas escuelas:

 

 Su singular castillo y vistas desde la torre (desde donde se puede ver Toro, con prismáticos):

 

 

NOTA: Oficina de Turismo de Tiedra: tlfs. 667763852 y 983791405; e-mail: turismortiedra@gmail.com

CANAL DEL DUERO: APAGÓ LA SED DE VALLADOLID

El canal de Duero fue un proyecto sin duda muy positivo para Valladolid y los municipios por los que discurre desde su inicio en Quintanilla de Onésimo. Más, sus primeros años de servicio no estuvieron exentos de controversia.

En otoño de 1886 ya corría por las tuberías de Valladolid el agua que traía el canal. Fue muy largo el parto que permitió  que la ciudad recibiera el agua que le sacaría de sus endémicos problemas de abastecimiento. Los antecedentes  hay que situarlos en lo que se dio en llamar proyecto del canal de Valladolid: en  1864 se autorizó la construcción de un canal derivado del Duero en las inmediaciones del Molino de Villabáñez, cerca de Peñalva. Pero aún habría de trascurrir más de dos décadas hasta que el canal fuera una realidad y, además, con un proyecto diferente, que es el que ahora conocemos.

La ciudad tenía en aquellas fechas unos 66.000 habitantes, y las fuentes  públicas que suministraba la traída de Arcas Reales no daban ni de lejos para atender las necesidades de la población y sus industrias. Durante años se fueron sucediendo iniciativas para satisfacer la necesidad de agua: se reparó la traída de Argales, se hicieron fuentes con agua suministrada por el Pisuerga, se condujeron aguas hasta el interior de la población desde el barrio de la Victoria, se estudiaron todos los manantiales del entorno de la ciudad, etc… Pero la ciudad no estaba convenientemente abastecida. De ahí que el municipio viera con esperanza la construcción del canal del Duero.

Muy arduas fueran las gestiones que realizó el Ayuntamiento de la capital para asegurarse de que el proyecto del canal, de iniciativa privada por una empresa formada en 1862, saliera adelante. Aquello fue motivo de no pocos debates entre los munícipes capitalinos, pues el proyecto no dejaba de ser un negocio privado y había quienes apostaban por emplear las aguas del Pisuerga y no las del Duero para abastecer la ciudad. Ganaron, finalmente, los llamados “dueristas” y, si bien al menos sirvió para asegurar el saneamiento de Valladolid (además del abastecimiento de aguas potables), a partir de aquel año de 1886, no empezaron sino un sinfín de disputas entre la empresa y las autoridades municipales:  que si eran leoninas la condiciones de abastecimiento,  que si la empresa no ponía todas las fuentes a se había comprometido, que si estas eran de hierro y mala calidad, que si la calidad del agua que suministraba a las casas dejaba mucho que desear (especialmente la que iba a los barrios humildes), etc. Todo aquello condujo a que tras muchas polémicas, el Ayuntamiento municipalizara el servicio en el año 1959, para lo que se firmó un acuerdo con la Sociedad Industrial Castellana que era la que en aquellas fechas gestionaba el canal.

La construcción del canal se acometió para atender dos objetivos: abastecer de aguas a Valladolid,  y regar unos cuantos miles de hectáreas. Para ello necesitó construir túneles, acequias, puentes, acueductos y depuradoras.

Es el caso que esta fenomenal obra de ingeniería ha dejado un interesantísimo patrimonio industrial y natural. Y con esta somera introducción sobre la historia del Canal, vamos a recorrerlo desde su nacimiento.

 

Las obras del canal comenzaron en noviembre de 1880. La captación de las aguas del Duero está en Quintanilla de Onésimo. Duraron seis años y en algunos momentos hubo hasta 1.000 jornaleros trabajando en su construcción. El canal principal tiene una longitud de 52 kilómetros y desemboca en el Pisuerga a la altura del municipio de Santovenia.

 

Por cierto, hay que aprovechar el paseo para admirar el puente que une Quintanilla con Olivares. Se trata de una obra del renacimiento cuya construcción comenzó a principios del s. XV y no estuvo completamente terminada hasta dos siglos después. Ya en tiempos de los Reyes Católicos se comenzó a barruntar la necesidad de construir este importante paso sobre el Duero.

 

A partir de la captación, el canal discurre bajo Quintanilla por un túnel de 450 metros. Cuando sale a la luz, a las afueras de la población, es donde se sitúa propiamente el nacimiento del canal. Desde este punto,  una senda discurre  entre el río y el canal  que, hasta Tudela, corren parejos  consolidando un bello y exuberante paisaje de ribera: chopos lombardos, olmos, pinos, fresnos, encinas, robinias y otras muchas especies son las dueñas de estas orillas.

 

Ambos cauces van tan próximos que incluso en algunas ocasiones sus aguas han llegado a mezclarse, motivo por lo que en un tramo entre Quintanilla y Abadía Retuerta hubo que construir un muro de hormigón de casi trescientos metros de longitud y  un metro de ancho que los separase.

 

En Sardón, el canal se estrecha formando un puente para salvar la desembocadura del arroyo de Valimón en el Duero.

 

Y, de nuevo, a la altura de Puente Hinojo, el agua tiene que pasar sobre la desembocadura del arroyo Valcorba. Para ello se construyó un puente por donde pasa el canal. Recientemente sobre este puente se construyó un pontón de madera que une el paraje recreativo de Puente Hinojo con la Senda del Duero. Veamos esta misma construcción hace unos cuantos años, donde se aprecia que el canal se utilizaba para baño y disfrute de la gente. La foto antigua está tomada del libro “El canal del Duero” editado por la Junta de Castilla y León en 1991, en el que participan varios autores.

 

Una de las mayores dificultades con que se encontraron los ingenieros del Canal fue que este debía salvar el cauce del propio río Duero en un punto a la altura de Tudela. Para ello construyeron un viaducto de hierro que sobrevuela el río. La fotografía está cogida del blog “Valladolid en bici”.

 

Una de las casas que se construyeron para servicio del Canal y que ocupaban vigilantes y capataces.

 

Típico puente a la altura de Laguna de Duero.

 

El canal antes pasaba sobre la carretera de Segovia. Para tal fin se construyó lo que se conocía como tubo Barrasa. Era de hierro y con alguna frecuencia se rompía por el paso de camiones de cierta altura. Se solucionó haciendo una desviación del canal que evitara el paso sobre la carretera. Aún se pueden ver los estribos sobre los que se apoyaba el tubo. Están sobre la vieja carretera en las inmediaciones de la urbanización La Corala.

 

Los caminos de servicio del canal son frecuentados por ciclistas y corredores. Y sus aguas se aprovechan para la pesca de barbos, carpas y cangrejos.

 

El canal entra en Valladolid hacia la depuradora de San Isidro.

 


Diversas construcciones del canal, entre las que hay que apreciar dos modestas construcciones:  las antiguas arcas para solventar atranques en el canal, que en este tramo discurre bajo tierra.  Las encontramos junto a la carretera de Soria en el tramo que entra ya en el casco urbano de Valladolid.

 

Edificio de la depuradora de san Isidro  y otras construcciones de 1886.

 

Nuevas  instalaciones que ampliaron la capacidad de la vieja depuradora. La gestión del servicio de abastecimiento durante 20 años (desde 1997) la llevó a cabo una empresa privada. Recientemente el Ayuntamiento ha vuelto a recuperar la gestión directa.

 

Y nos vamos a introducir en el interior de las instalaciones. Se conservan las viejas salas, como la de filtración, de reactivos, el primer cuadro eléctrico de bombeo, etc.

 

El tratamiento del agua y su posterior distribución exigen una maquinaria y tecnología importantes,  tal como se puede apreciar en estas imágenes de la depuradora. En 1955 el Ayuntamiento tomó la decisión de usar también las aguas del Canal de Castilla para abastecer la futura Huerta del Rey y otros barrios de aquel lado del Pisuerga. Para ello se iniciaron los trámites de construcción de una nueva depuradora y su correspondiente red de abastecimiento.

 

Y concluimos nuestro paseo virtual por el canal con dos perspectivas del primitivo aljibe de la depuradora: una fascinante construcción en ladrillo que guarda, en la oscuridad, el agua en espera de ser distribuida para el consumo.

MAYORGA: SORPRENDENTE PATRIMONIO

Presume Mayorga de haber tenido el primer buzón de correos que se instaló en España. Sobre una laja de piedra con su correspondiente boca para el depósito de las cartas, está grabada la siguiente inscripción: “Coreo / Ano de / MDCCXCIII” (1793).

Motivo suficiente para acercarse a conocer más de cerca este municipio de Tierra de Campos que, además, tiene añadido (y con abundancia)  patrimonio, historia y paisaje.

Sin detenernos demasiado en su historia, diremos que se datan asentamientos prerromanos y que en la Edad Media fue una plaza estratégica en las disputas que mantuvieron los reinos de León y Castilla, por lo que  perteneció en unos momentos u otros  a un reino, o al otro. Cuando nos asomemos al impresionante mirador sobre el río Cea comprenderemos la importancia estratégica de Mayorga debido a las inmensas vistas sobre el territorio circundante y, por tanto, dominador de cuantos movimientos de tropas se produjeran en muchos kilómetros a la redonda.

Mayorga fue recinto amurallado con cuatro puertas, de las que una, muy remodelada, aún se conserva, así como algún pequeño lienzo de la muralla. Contó con una importante judería y un enclave templario.

No exageramos si decimos que cuenta con uno de los conjuntos patrimoniales más importantes de la provincia, en el que el ladrillo mudéjar domina de forma bella y notable. Un patrimonio que no solo se asienta en la monumentalidad de los edificios religiosos, sino en numerosos edificios civiles.

Así que, sin mayor dilación, iniciamos un apretado recorrido por el casco urbano de Mayorga.

 

La panorámica sobre Mayorga está dominada por las torres de sus iglesias: hasta 16 parroquias llegó a tener la villa.

 

El patrimonio religioso de Mayorga es muy importante, por lo que será necesario fijarse en unas cuantas de sus iglesias. Como la de  Santa Marina (mudéjar del siglo XV). Un  típico caso de retablos e imágenes que acaban diseminados por el mundo: el Museo de Bellas Artes de Asturias  presume del retablo de Santa Marina como una de las piezas más importantes de su colección;  y el  Carmen Extramuros  de Valladolid también alberga otro de sus retablos.

 

Torre de la iglesia del Salvador, del siglo XVII,  preside la plaza de España, centro de la villa (donde también está la Casa Consistorial, edificio barroco de dos plantas, y  hay caracerísticos soportales castellanos). Su interior aloja un retablo procedente de la vecina iglesia de Santa María de Arbás. (La foto del retablo es de Javier Baladrón, publicada en Arte en Valladolid).

 

Y Santa María de Arbás. Declarada Monumento Histórico Artístico y construida en el siglo XV, aunque actualmente no se encuentra en buen estado de conservación, es uno de los monumentos más representativos del mudéjar de Tierra de Campos.

 

Tiene la villa una calle recoleta llamada “pasaje de San Martín” que en una de sus embocaduras conserva el arco de acceso a la desaparecida iglesia de San Martín. Varios escudos y otras piedras noblemente labradas adornan la calle. Junto al arco, en piedra, el escudo de Mayorga, y frente a él, el centro cívico, que lleva el nombre de Modesto Lafuente: importante personaje de la política y la literatura del siglo XIX, que está enterrado en el panteón familiar del cementerio de Mayorga. Fue miembro de la Real Academia de la Historia e hizo una valiosa aportación con su Historia General de España (1850), que supuso una obra moderna de la historia de España, que al parecer nadie se había molestado en escribirla desde que en el siglo XVI se publicara la llamada Historia rebus Hispaniae (de Juan de Mariana).

 

Sin duda, una de las referencias monumentales de la villa es su Rollo de la Justica, de construcción gótica (se construyó en el primera cuarto del XVI), que es uno de los poco más de media docena de rollos que se conservan en Valladolid. Casualmente se salvaron de la destrucción de estos signos de vasallaje que ordenaron las Cortes de Cádiz de 1812. Su entorno es un agradable jardín.  Mayorga ha ido configurando un puñado de plazas y zonas ajardinadas que no deben pasar desapercibidas para el visitante, como Cuevacaliente o el Mirador (entre otras), hacia donde nos dirigiremos a continuación.

 

Se constata la importancia estratégica que tuvo la villa con solo asomarse a las inmensas vistas que nos ofrece el parque del Mirador sobre la vega del río Cea. Desde este punto se ven las provincias de Zamora, León (montes del Teleno), las montañas de Asturias y los montes de Palencia (que aparecen en la fotografía).

 

El Museo del Pan se instaló aprovechando la nave de la vieja iglesia de San Juan, añadiendo una construcción moderna. Frente a él, la ermita de Santo Toribio de Mogrovejo (s. XVIII),  patrón de la localidad  cuyo pretil se ha decorado con una alegoría de la fiesta del Vítor que cada 27 de septiembre celebra su tradicional desfile nocturno a la luz de pellejos ardiendo. Una rememoración de cuando en 1737 los vecinos salieron a recibir la reliquia de santo Toribio por la noche a la luz de las antorchas.

 

A lo largo del paseo por Mayorga nos toparemos con  numerosos edificios civiles de gran interés, como la casa de los Capellanes de Arbás, conde Catres, del obispo Cachón, casa Calle, etc. etc.  Casonas palaciegas que dan fe de una economía próspera en la que el cereal a buen seguro tuvo mucho que ver. En la imagen, fachada de Capellanes de Arbás y detalle de su escudo, y al fondo asoma el “pirulí” del antiguo y curioso depósito de agua.

 

La calle Derecha atraviesa de lado a lado la localidad. Comienza en la Puerta del Arco  una de las cuatro puertas que tuvo la muralla. Está muy reformada pero aún así conserva su encanto. Esta calle fue en su día cañada. Y su recorrido nos depara un pequeño resumen de Mayorga: puerta (s. XV-XVI), casa de los Calderones (blasonada), convento de San Pedro Mártir… (y sigue…)

 

… Y el afamado buzón de Correos, que presume de ser el primero que se instaló en España, allá por el año 1793, según corrobora oficialmente el organismo de Correos. Está en una casa que en su día funcionaba como posada…

 

… Y continúa la calle Derecha, que nos lleva hasta la plaza de Santa María, donde está la iglesia que da nombre a la plaza, un edificio mudéjar del s. XV que ha sido recientemente consolidado pues estaba a punto de derrumbarse, el Hospital de San Lázaro, del XVIII. Y desemboca en el corro del Templo, donde se ha dejado constancia de que allí la orden de los caballeros del Temple tuvieron una fortificación…

 

 Restos de la vieja muralla y vistas de una calle.

 

… Y qué mejor remate para nuestro largo y detallado paseo por Mayorga  que terminar a la orilla del Cea, junto a un puente que aún conserva sus arcos históricos. Se trata de una zona  bien cuidada y agradable. Del puente se hablaba ya en el siglo XII, pero la traza actual, con muchas reformas, nos lleva al siglo XVI. Es el viejo testigo de la importancia que llegó a tener Mayorga, pues de este puente sobre el Cea se escribió que se trataba de uno de los principales del reino para el comercio, la carretería y la cabaña lanar.

 

Plano del callejero de Mayorga.

 

NOTA: La Oficina de Turismo (abierta todo el año) ofrece visitas guiadas que se pueden concertar en el teléfono 983 752 027.

UN PASEO POR LA DESEMBOCADURA DE LA ESGUEVA

Valladolid es una ciudad marcada por sus ríos, especialmente por la Esgueva. La población aparece mencionada por primera vez en 1062. Fue una villa que se desarrolló alrededor de este río,  por eso se puede hablar de que Valladolid en la Edad Media era la villa de la Esgueva.  

El río que ahora vemos en la ciudad es un canal artificial, pero que arranca del cauce natural del río antes de su entrada en la ciudad. Un río que siempre tuvo dos ramales principales, amén de ciertos canalillos laterales que se manifestaban o no según hubiera mayor o menor caudal. No obstante, hay historiadores que sostienen que el ramal exterior era artificial, acaso mandado construir con el Conde Ansúrez con la finalidad de evitar los desbordamientos del, hasta entonces, único ramal  que discurría por el interior de la villa.

A este respecto los dos brazos principales de la Esgueva se han conocido como Norte o interior (el que discurría por la zona de la Antigua), el uno; y Sur o  exterior (el que venía por la actual plaza Circular)  el otro.

Estos ramales y sus ramalillos ocasionales obligaron a que la villa llegara a tener hasta 18 puentes de piedra y algunos más de madera. Aquello dio lugar a que algún viajero del siglo XVIII describiera Valladolid como “la Venecia de Castilla”.

El paso de la Esgueva por la ciudad, su posterior cubrimiento  y el canal que se construyó en el siglo XX,  han dejado un rastro de evidencias muy variadas: nombres de calles como Esgueva o barrios como Vadillos (la zona por donde se vadeaba la Esgueva).

Una parte del trazado urbano de Valladolid se explica por el curso que seguían los ramales de las Esguevas, y para ejemplo, las calles Nicolás Salmerón, Dos de Mayo y Miguel Íscar, que están urbanizadas sobre el ramal sur, y  debajo de las cuales están las bóvedas el Esgueva soterrado.

De las esguevas soterradas hay  diversas huellas visibles dibujadas sobre el pavimento: además de algunas placas en la calle de Platerías y plaza del Val, una gran losa advierte en la calle Santiago, próximo a Miguel Iscar, que debajo de ella se hallan los restos del puente de la puerta del Campo. Y, sobre todo, bajo el gran edificio de San Benito, hay unas impresionantes bóvedas que conducen hacia la antigua desembocadura en el Pisuerga.

La Esgueva, con sus ramales, ha sido un río  que  prestó un gran servicio a Valladolid en lo que a regadío de huertas se refiere, instalación de molinos, para lavado de ropa por las mujeres que carecían de pozo y el Pisuerga les quedaba lejos y, sobre todo, como colector de residuos, también produjo calamitosos desbordamientos que arrasaban numerosas viviendas. Razones estas dos últimas que han abonado una mala fama que bien se encargaron de airear algunos poetas del Siglo de Oro.

Hacia 1850 comenzó el soterramiento de las Esguevas y podemos poner la fecha de 1910 como la de finalización de obras.

En la década de 1990 el cauce de la Esgueva conoció una profunda remodelación que, después de varias visicitudes, concluyó en 1999, según una placa que reza en las compuertas.

Contado todo esto, propongo recrearnos en la desembocadura, ubicada entre los barrios de España y Rondilla.

 

Paseos y cauce que conducen hacia la desembocadura, un verdadero jardín botánico en el que se contabilizan numerosas especies arbóreas.

 

Compuertas y detalle de la maquinaria, cuya finalidad era conducir el agua hacia la llamada “fábrica de la luz”, que generaba energía eléctrica para abastecer algunos barrios.

 

Detalle de las balsas de iniciación al piragüismo. Las instalaciones que se ven al fondo están dedicas a Narciso Suárez, destacado piragüista vallisoletano que participó en cuatro Olimpiadas, en las que obtuvo una medalla de bronce y varios diplomas olímpicos. Debajo de la fábrica de la luz está el gimnasio. 

 

La “fábrica de la luz”. Se construyó hacia 1930. En este lugar se había planeado anteriormente un centro de impulsión de las aguas fecales de Valladolid hasta el pinar de Antequera, donde se depurarían mediante el sistema de balsas naturales. Ambicioso proyecto inconcluso del ingeniero Recaredo Huagón, que fue quien diseñó todo el sistema de saneamiento de Valladolid.

 

Inicio de un paseo que conduce hasta el Pisuerga y que nos lleva por debajo de la fábrica de la luz.

 

Desagüe de la fábrica.

 

Puentecillo que permite completar un agradable paseo en torno a la desembocadura.

 

La Esgueva cae más de siete metros sobre el cauce del Pisuerga. Eso generaría un problema de deterioro del entorno, y para paliarlo,   el ingeniero Huagón ideó construir 7 grandes peldaños de tal manera que el agua llegara suavemente hasta el Pisuerga. Esta construcción también se conoce como “salto de Linares”, por estar próximo al paraje que desde siempre se conoce con ese nombre (por plantarse antiguamente lino).

 

 

Arbolado junto a la desembocadura  en el  Pisuerga.

 

 

En el entorno inmediato se pueden ver las huertas populares del barrio España, y diversas instalaciones de la Cámara de Comercio (vivero de empresas), la Cámara de Contratistas y el Centro de Artesanía de Castilla y León.

 

 

 

 

LOS ECOS DE JEROMÍN: VILLAGARCÍA DE CAMPOS

¡Qué mejor manera de comenzar el recorrido por los lugares más relevantes de Villagarcía que de la mano del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha!

En el capítulo 49 de la obra de Cervantes, Don Quijote dice a otro personaje que, entre sus antepasados está un tal Gutierre  Quijada, que no es otro que un ascendiente de don Luis Méndez de Quijada importante personaje de la Corte de Carlos V y Felipe II. La dinastía de los Quijada fue una saga de fieles a la Monarquía que sirvieron anteriormente a los Reyes Católicos y a Felipe el Hermoso.

Don Luis casó con Magdalena de Ulloa (mujer importante por familia, fortuna y fundaciones) y juntos habitaron el castillo- palacio de Villagarcía de Campos mediado el siglo XVI.

Durante seis años correteó por aquella fortaleza el jovencito Jeromín, que en realidad era el diminutivo de Jerónimo, que así le llamó su padre Carlos V cuando nació producto de una relación extramatrimonial.

Jeromín, una vez reconocido por su padre (en Yuste),  y por su hermanastro Felipe II, pasó a formar parte de la familia real con el nombre de Juan (de Austria). Fue aquel detalle del rey Felipe un acto muy cariñoso, pues convirtió a Jeromín en el verdadero hermano (varón) que nunca llegó a tener el monarca, pues dos hijos de Carlos V que nacieron en 1537 y 1539 –y a los que se les puso de nombre Juan- fallecieron inmediatamente después de su llegada a esta vida; y otro hermano, Fernando, también había muerto prematuramente.

Mas, Villagarcía, además de esta historia y el viejo castillo, ofrece al visitante algunas interesantes casonas y  la colegiata de San Luis, mandada construir por Magdalena de Ulloa y que acogió  un importante convento jesuita.

Contado esto, ¡ea! a caminar por Villagarcía de Campos.

 

Castillo original del siglo XIII, fue  levantado durante las luchas fronterizas entre los reinos de León y Castilla. En su interior, y hacia el siglo XV,  se construyeron estancias palaciegas que habitaron los Quijada, ya en el siglo XVI. Por los pasillos del palacio y los patios y almenas del castillo correteó el famoso Jeromín, hijo bastardo de Carlos V.

 

La torre del homenaje permite disfrutar de amplísimas vistas y varios municipios (recomiendo llevar prismáticos): Medina de Rioseco, Tordehumos, Urueña…

 

Vistas del caserío de Villagarcía y de la Colegiata, que parece presidir el municipio.

 

Encaramos la calle Sacramento que, frente al castillo, conduce hacia la Colegiata. Pasamos por la plaza Mayor, donde se alza la iglesia de San Pedro, del principios del XVI,  con torre mudéjar.

 

Tiene Villagarcía varias casas blasonadas. Dos de las principales y que mejor se conservan están frente a la colegiata. Se trata del hospital de la Magdalena, fundado por Doña Magdalena de Ulloa (presiden su fachada sendos escudos de los esposos), y la casa del siglo XVII del obispo fray Francisco Guerra.

 

Y nos hallamos ante la Colegiata. La fachada, y en general su fábrica, es de un sobrio renacentista con aire clasicista herreriano.  Es muy  característico de las iglesias construidas bajo la tutela de la orden de los jesuitas. Veremos cómo es casi idéntica a la de la iglesia de San Miguel, en Valladolid. Y en su interior se respira el siglo XVI en cada detalle: eso es debido a que desde su construcción no ha sufrido alteración alguna, ni siquiera en los suelos. El edificio se erigió a finales del XVI según el proyecto de Rodrigo Gil de Hontañón, uno de los mejores arquitectos de su época. En realidad lo que ahora vemos del XVI (iglesia y algunas dependencias anejas) es una parte del gran conjunto que llegó a tener la colegiata. Su abandono tras la expulsión de los jesuitas por orden de Carlos III llevó a que se hundiera toda la parte conventual, erigida en su día en torno a un claustro de dos pisos.  La colegiata, aunque la ocupan los jesuitas, actualmente pertenece al Arzobispado de Valladolid. Antes de  comenzar el recorrido por la Colegiata y Museo de Villagarcía de Campos debe saberse que se trata de un conjunto histórico y artístico impresionante. Visitar estas dependencias es disponerse a ver obras que, en opinión de expertos en arte,  son palabras mayores. Aquí se verán obras de Francisco Gutiérrez, Luis Salvador Carmona, Tomás de Sierra, Cristóbal Ruíz de Andino, Gregorio Fernández o el palentino Juan Sáez de Torrecilla. Unos podrán ser más conocidos que otros, pero todos son referencia en el arte religioso. Se trata, en definitiva, de un conjunto de retablos, esculturas y pinturas de los siglos XVI, XVII y XVIII que atesora una de las más importantes colecciones de obras de arte que se puedan ver en España.

 

El pasillo por el que se inicia el recorrido por la Colegiata y su Museo, recibe con cinco grandes lienzos de Francisco Gutiérrez que representan escenas bíblicas con imaginativa ambientación italianizante propia de la escuela veneciana, y unas perspectivas extraordinarias.

 

Óleo de Miguel Ángel Galván, de 2009. Representa el encuentro entre Felipe II y su hermanastro Jeromín, acompañado del señor Luis Méndez de Quijada. El hecho tuvo lugar en las inmediaciones de la Santa Espina, no muy lejos de Villagarcía de Campos.

 

Y como no puede ser de otra manera, pronto se presentan a los visitantes los mecenas de la Colegiata: dos grandes retratos de Doña Magdalena de Ulloa y Don Luís Méndez de Quijada, separados por un enorme lienzo con el escudo de la casa que preside la Sala de Visitas o Sala de los Fundadores (que de las dos maneras se conoce).  En ella se expone una colección de libros y dos copias de sendos cuadros de El Greco, además de diversos muebles de la época.

 

Sin perder la continuidad, se transita de la parte propiamente museística a la Colegiata, no sin antes recorrer la sala de los Canónigos y Capellanes, donde se verán numerosos ornamentos, casullas, un altarcillo barroco y retaros de los primeros generales de los jesuitas.

 

Y  la capilla de las reliquias. La unidad de conjunto de la capilla tiene la firma de Tomás de la Sierra que, tal como relata Teresa, la guía de la visita, posiblemente se trata del mejor relicario de España. Representa pequeñas esculturas, grandes vitrinas con huesos que llevan grabado el nombre de su mortal dueño, frascos con restos humanos… todo ello sin destilar la menor sensación macabra, debido, sobre todo, a la armonía que exhala la capilla. En la imagen,  detalle del relicario de “las santas mujeres”.

 

No se abandona el recinto principal de la iglesia, en dirección a la cripta bajo el altar, la capilla de los novicios y la sacristía, sin admirar el retablo principal, diseñado por Juan de Herrera, que destaca por sus relieves en alabastro y una escultura de Gregorio Fernández.

 

Al introducirnos en la cripta bajo el altar en la que están enterrados los restos de Doña  Magdalena y Don Luis,  podemos entender porque la iglesia se construyó sobre unas altas escalinatas: era la manera de evitar que la cripta se encharcara. Cosa que habría ocurrido de haberse abierto bajo  la iglesia y que esta estuviera construida a nivel del suelo, dado que  en Villagarcía la capa freática se encuentra muy próxima a la superficie.

 

Acaso sea la sacristía de la capilla del noviciado otro de los peculiares rincones de la Colegiata. En ella se verá, entre otros objetos, una colección de casullas negras mandadas hacer por Doña Magdalena  para los funerales de su esposo, próximo a morir, y un gran tenebrario del siglo XVI. Pero se ha de llamar la atención sobre un Niño Jesús en una minúscula cama que es una muestra de la colección de figuras que acumuló Doña Magdalena que, imposibilitada de tener hijo, se dedicó a coleccionar muñecos a los que vestía de las formas más curiosas y de los que se verán varias ejemplos en la Colegiata.

 

La capilla de los novicios acoge un deslumbrante retablo  dorado de madera, presidido por un  San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas y que recuerda el espíritu viajero de muchos personajes, santos o no, de su época: estudió teología en París, se ordenó sacerdote en Venecia y murió en Roma, en 1556. No sin antes haber pasado largos años en Salamanca, Valladolid, Alcalá y Palestina.

 

NOTA: Hasta el 15 de octubre castillo y colegiata se pueden visitar los fines de semana llamando al 669 082 210. Teresa, la magnífica guía de Villagarcía,  conducirá  las visitas. A partir de esa fecha, hay que llamar directamente a la Colegiata: 983 717 032.