DE LA PIEDRA AL HIERRO: UN PASEO ENTRE PUENTES

Cuando  el Conde Ansúrez recaló en la aldea  que luego llegaría a convertirse en Valladolid, es seguro que el Pisuerga, río caudaloso, lo viera desde la orilla opuesta al barrio de la Victoria. Había venido con un pequeño acompañamiento de soldados y algunos leales vasallos para, mandado por su rey, repoblar tierras y pacificar las relaciones con los musulmanes. Ansúrez era muy apreciado por la corte  y, además, dominaba el árabe, lo que le hacía idóneo para mantener relaciones diplomáticas con los sarracenos.

Necesariamente tuvo que ver el esplendor del Pisuerga a su paso por Valladolid desde esta orilla, pues a buen seguro tuvo que haber vadeado el río en tierras palentinas, donde su menor caudal y mayor estrechez permitiría cruzar las aguas, o por el puente de Cabezón de Pisuerga, de factura anterior al puente Mayor. Además tenía que reconocer el terreno de esta parte de Valladolid y parlamentar con la gente de Cabezón de Pisuerga, población de la que entonces dependía Valladolid, que entre el Pisuerga y las Esguevas ya daba noticias de su existencia desde hacía más de un siglo.0-crop

Luego vendría la construcción del puente que, evidentemente, no es el que ahora vemos, sino seguramente tuviera una primera construcción de madera que iría dando paso a otra construcción ya en piedra. Además, durante la Guerra de la Independencia se volaron algunos ojos del puente.

En cualquier caso tenemos, para comenzar un largo paseo, un puente de origen medieval (s. XI) que recibe el nombre de Mayor porque así se conocía por entonces al Pisuerga: río Mayor, acaso para distinguirlo de las pequeñas Esguevas y otros arroyos que correrían por la zona, como el río Olmos,  que discurría por el actual barrio de la Rubia.

Cruzamos el río Mayor y nos dirigimos hacia la orilla derecha para, a la altura del edificio Duque de Lerma, bajarnos hacia la única pared que se conserva del antiguo palacio de la Ribera, sede veraniega de la corte a principios del XVII. A la altura de los restos de la antigua fábrica de luz, sitúa la historia (en cualquier caso por confirmar) que se hizo la primera inmersión de buzos en la historia mundial: el ingeniero Jerónimo de Ayanz (que por entonces residía en Valladolid) fue su inventor y asombró a la corte que, con Felipe III a la cabeza,  acudió a dar fe de la hazaña.

Pasado el palacio de la Ribera de nuevo subimos al asfalto para, frente al edificio de Cruz Roja, volver a caminos en tierra por los que, de forma más o menos intermitente, llegaremos hasta el segundo puente que se levantó en Valladolid: el Colgante. Este puente es un emblema de la modernidad y fue una demostración del hierro como nuevo y desafiante material para la construcción.

Iremos pasando, por arriba o por abajo, todos los puentes que se fueron construyendo para ensanchar Valladolid en torno a la Huerta del Rey: Poniente (1954), Isabel la Católica (1956), y García Morato (1961) hasta llegar al puente Colgante que, levantado en 1865, es el lugar por donde cruzaremos de orilla para volver hacia el Mayor.

Los pies de las fotografías que acompañan esta propuesta de paseo ilustran algunas referencias que no debemos perdernos en este itinerario que, según lo que nos entretengamos en cada lugar, no llegará a dos horas (unos 6 kilómetros).

El verano es una de las mejores estaciones para pasear alrededor del Pisuerga, lleno de vida.

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A la izquierda, boca por la que desemboca el canal de Castilla, y hueco en el que estaba instalado el ingenio de Zubiaurre (inmensa noria para abastecer el palacio de la Ribera), y detrás, pintado de verde, la antigua fábrica de harinas la Perla, ahora convertida en hotel.

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La antigua fábrica de la luz.

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Puente Mayor, al fondo la torre del Museo de la Ciencia.

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Antes de cruzar el puente Colgante fijarse en el restaurante La Goya, uno de esos establecimientos veteranos, fundado en 1902.

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Nada más pasar el puente Colgante, a la derecha, esta construcción tiene un gran pozo a su costado, pertenece a RENFE y es desde donde se abastecía de agua la estación de Valladolid hasta que hubo agua corriente en la ciudad.

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Una de las plataformas que permiten entrar en contacto directo con el agua del Pisuerga.

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Restos de las antiguas tenerías, donde se curtían los cueros.

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La caseta de El Catarro, barquero mítico y popular ya fallecido.

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Restos del palacio de la Ribera, a la izquierda el barco de recreo que surca las aguas del río.

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Lo que queda de las aceñas, antiguo molino que en el XIX ya estaba en desuso.

MOLINOS, O COMO APROVECHAR EL AGUA (velay 3)

En todos los ríos, arroyos y canales vallisoletanos hubo molinos movidos por el agua: para hacer harina del trigo, para moler la rubia y confeccionar el tinte rojo, para hacer papel, para producir energía eléctrica,  o para abatanar los cueros y las telas.

Porque bien extendida está la creencia de que los molinos solo tenían utilidad para moler el grano. Y aunque ciertamente esta ha sido una de las más destacadas utilidades de los ingenios de piedra, metal, madera, muelas, rodeznos, cárcavas y saetines que hunden sus pilares en los cauces fluviales, lo cierto es que han tenido otras muchas e imprescindibles actividades, entre las que no ha faltado la extracción de aceites, ni la fabricación de pólvora.

Por ejemplo, los molinos de pasta de papel procuraron pingües beneficios a conventos que tenían la exclusiva de imprimir las bulas papales, caso del monasterio de Villa de Prado en Valladolid.

Miremos a los principales ríos,  como son Duero y Pisuerga, a ríos medianos como el Eresma o el Cega, al Canal de Castilla o a los modestos arroyos Valcorba, Cuco o Bajoz, en todos se podrán encontrar rastros de molinos cuando no, aún, los molinos completos. Bien es verdad que ya todos han perdido su original utilidad y se han convertido en viviendas, alojamientos turísticos, estudios de profesionales y artistas, edificios culturales u otros destinos propios de los nuevos tiempos.

Acaso sea el arroyo Anguijón, que baja de Torozos hacia Tierra de Campos lamiendo los pies de Montealegre, un ejemplo de cómo una docena de molinos se organizaban para llenar sus grandes cubos de agua mediante caces que tomaban las escasas aguas del arroyo. Para ello solo tenían  que ponerse de acuerdo entre los molineros y represar cada uno el arroyo según qué días del mes.

“Sembrados” por toda la geografía vallisoletana, difícil será que kilómetro arriba o abajo de un caudal cualquiera de agua no se encuentre el rastro de un molino, incluidas las aceñas que servían para represar el agua y conducirla a la cárcava que discurría bajo el molino. La construcción de los primeros molinos hidráulicos en Valladolid se remonta a la Alta Edad Media, y en siglo XVIII se llegaron a censar cerca de cuatrocientos. molinos

Sean molinos grandes como los del Duero en Tordesillas, medianos, como el del Concejo en Castrodeza, o más pequeños, como el Molino nuevo de Bocos de Duero, lo cierto es que estas construcciones han legado un patrimonio industrial, arquitectónico, histórico y etnográfico del máximo interés. (En la foto, molino de la Requejada, sobre el Valcorba, en Bahabón)

Una función destacada de algunos molinos reconvertidos fue la de producción de energía eléctrica cuando a caballo entre los siglos XIX y XX, y antes de la aparición de las grandes empresas suministradoras, cada localidad buscaba la forma de proveerse de luz (tal como hacían los municipios del valle del Henar: San Miguel del Arroyo y Valoria).

Ejemplo de molino para moler la rubia (una planta de antiquísima utilidad) y fabricar tintes de color rojo destinados a la industria textil y a la actividad farmacológica, se encuentra en el término de Santiago del Arroyo, sobre el arroyo del Henar. Se conoce como la Fábrica, ya muy arruinado pero aún reconocible.

Hacer siquiera una somera lista de molinos de agua es tarea casi inútil, pues por muchos que se quisieran incluir en este breve artículo, no sería sino una ínfima relación de todos los que se pueden ver por todas las comarcas vallisoletanas.